El Experimento de la Intención



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Capítulo 4


Corazones que laten como uno solo
Ninguno de los científicos que participaron en el «experimento del amoD> recuerda a quién se le ocurrió este nombre. Puede que hubiese comenzado como una broma privada de Elisabeth Targ, ya que en el experimento participaban parejas que ocupaban dos habita­ciones distintas y estaban separadas por un pasillo, tres puertas, ocho paredes y varios centímetros de acero inoxidable. 1

Se pretendía que el nombre fuese una señal de agradecimiento hacia el patrocinador del experimento, el Instituto de Investigaciones sobre el Amor Infinito de la Universidad Case Western Reserve. Des­graciadamente, se convirtió en un homenaje postumo a Elisabeth Targ, a quien diagnosticaron un tumor cerebral mortal justo antes de que se concediera el dinero de la subvención. El experimento del amor sería un digno homenaje a la memoria de Targ, ya que se trataba de la pri­mera demostración científica de cómo la intención afecta físicamente a su destinatario, y el nombre ha mostrado ser especialmente apto para describir este proceso. Cuando envías una intención, todos los sistemas fisiológicos importantes de tu organismo se reflejan en el cuerpo del destinatario. La intención es la manifestación perfecta del amor. Dos cuerpos se convierten en uno solo.

Targ comenzó su carrera como científica tradicional, pero se hizo famosa en 1999 con dos extraordinarios experimentos realizados en el Centro Médico California Pacific, en San Francisco, sobre la curación a distancia en los casos avanzados de sida. Targ pasó varios meses diseñando la prueba. Ella y su socio, el psicólogo y administrador de hospital jubilado Fred Sicher, buscaron un grupo homogéneo de pacientes avanzados de sida con el mismo grado de enfermedad, inclu­yendo el mismo recuento de células T y número de dolencias asocia­das. Como querían comprobar los efectos de la curación a distancia, y no cualquier método de curación, decidieron contratar a exitosos curanderos con mucha experiencia y con distintos antecedentes, para que representasen una amplia variedad de enfoques.

Targ y Sicher reunieron a un ecléctico grupo de expertos en el arte de curar provenientes de todos los rincones de los Estados Unidos —desde cristianos ortodoxos hasta chamanes indios— y les pidieron que enviasen pensamientos curativos a un grupo de pacientes de sida en estrictas condiciones doble ciego. Toda la curación debería realizarse remotamente, de modo que ningún otro factor, como la presencia del curandero o algún contacto físico, pudiese alterar los resultados. Targ creó un estricto formato doble ciego: cada curandero recibió paquetes sellados con información sobre los pacientes que debían ser curados, incluyendo nombres, fotos y recuentos de células T. Cada dos semanas se les asignaba un nuevo paciente y se les pedía que enviasen una intención en favor de su bienestar y salud una hora al día, durante seis días, con semanas alternas de reposo. De esta forma, al final cada paciente del grupo recibiría energía curativa de cada uno de los curanderos.

Al terminar el primer experimento, a pesar de que el 40% del grupo de control murió, los diez pacientes del grupo bajo tratamiento no sólo sobrevivieron, sino que su salud mejoró en todos los sentidos.

Targ y Sicher repitieron el experimento, pero esta vez duplicaron el tamaño del grupo bajo tratamiento e hicieron aún más riguroso el protocolo. También ampliaron la gama de resultados que querían medir. En este segundo estudio, los pacientes a quienes se envió energía curativa mejoraron significativamente según todos los parámetros de salud examinados: menor número de enfermedades asociadas, mejores niveles de células T, menos hospitalizaciones, menos visitas al médico, menos nuevas dolencias, menor intensidad de la enfermedad y mayor bienestar psicológico. Las diferencias eran evidentes; por ejemplo, al final del experimento, el grupo bajo tratamiento tuvo seis veces menos enfermedades asociadas y cuatro veces menos hospitalizaciones que los grupos de control.

En los experimentos iniciales de Targ, la curación había sido rea­lizada por curanderos experimentados y exitosos a los que habían ele­gido porque poseían un don especial. Después de completar estos expe­rimentos, Targ se interesó por saber si un individuo normal y corrien­te podía ser adiestrado para usar eficazmente la intención.

Para el experimento del amor, Targ contó con la importante cola­boración de Marilyn Schlitz, vicepresidenta de investigaciones y edu­cación del Instituto de Ciencias Noéticas (ICN). Schlitz, rubia y diná­mica, se había forjado una reputación a nivel nacional gracias a sus meticulosamente diseñados experimentos de parapsicología y a los espectaculares resultados obtenidos, que atrajeron la atención de los más importantes investigadores de la conciencia así como del New York Times. Durante su larga colaboración con el psicólogo William Braud, Schlitz realizó rigurosas investigaciones sobre la capacidad del pensamiento para influir sobre el mundo vivo circundante. Estas investigaciones recibieron el nombre de DMILS (según sus siglas en inglés) o interacción mental directa con los sistemas vivos.3 A lo largo de su carrera como parapsicóloga, Schlitz siempre se interesó mucho por la influencia remota; fue una de las primeras personas que exa­minó los efectos de la intención sobre la curación, y reunió una gran base de datos sobre este tema para el Instituto de Ciencias Noéticas.

Para el experimento del amor, Schlitz contó con la colaboración de Dean Radin, su jefe de investigaciones en el ICN y uno de los más renombrados parapsicólogos de los Estados Unidos. Radin tenía que diseñar el experimento y también una parte de los dispositivos que se iban a usar. Con sus conocimientos de ingeniería y psicología, se encargaría de garantizar la rigurosidad del protocolo y de los detalles técnicos. Targ reclutó también a Jerome Stone, un enfermero y practi­cante de Budismo que había trabajado con ella en los experimentos del sida, tanto en el diseño del programa como en el adiestramiento de los pacientes.

En el 2002, después del fallecimiento de Targ, Schlitz y los otros se comprometieron a continuar con el experimento y reclutaron a Ellen Levine, una de las colegas de Targ en el Centro Médico Califor­nia Pacific, para que ocupara su lugar y fuera —junto a Stonela inves­tigadora jefe del proyecto.

El experimento del amor iba a seguir el diseño favorito de mu­chos investigadores de la conciencia: la sensación de ser observado.4 En estos experimentos, se separa a dos personas, colocándolas en habita­ciones distintas. Una cámara de vídeo sigue al receptor, que está tam­bién conectado a un equipo de conductividad de la piel, parecido a un polígrafo —el tipo usado en los experimentos de detección de mentiras para detectar un aumento en la respuesta de «lucha o huida», la acti­vidad inconsciente del sistema nervioso autónomo—. A intervalos alea­torios, se pide al «emisor» que observe al sujeto en el monitor, y al «receptor» que se relaje y que intente pensar en cualquier cosa que no sea el hecho de que lo están observando. Un posterior análisis compa­rativo determina si el sistema autónomo del receptor registró una reac­ción durante los momentos en que lo observaron y si la mera atención del emisor fue captada inconscientemente por el más automático de los sistemas del cuerpo del receptor.

El conjunto de pruebas reunidas por Schlitz y Braud a lo largo de diez años mostraba la existencia de este efecto. Todos los experimen­tos realizados fueron reseñados en un artículo que fue publicado en una importante revista de psicología. El artículo concluía que los efec­tos habían sido pequeños pero significativos.

El diseño del experimento del amor también se inspiraba en los principales experimentos de DMILS realizados desde 1963, que demos­traban que, en muchos tipos de circunstancias, las señales eléctricas del cerebro se sincronizan.6 Las frecuencias, amplitudes y fases de las ondas cerebrales comienzan a operar en tándem. Aunque los experimentos tuvieron diseños levemente distintos, todos ellos plantearon la misma pregunta: ¿puede la estimulación de una persona ser sentida por el sis­tema nervioso central de otra? O, como lo describía Radin, después de que el emisor recibe un pellizco, ¿siente también el «ay» el receptor?7

Dos personas conectadas a una variedad de equipos de monitoreo fisiológico, como los electroencefalogramas, fueron separadas y colo­cadas en habitaciones distintas. Una de ellas iba a ser estimulada con algo, una imagen, una luz o una leve descarga eléctrica. Los investiga­dores luego analizarían los dos electroencefalogramas para determinar si las ondas cerebrales del receptor se parecían a las del emisor cuando se estimulaba a éste.

Las primeras investigaciones DMILS habían sido diseñadas por el psicólogo e investigador de la conciencia Charles Tart, que realizó una serie de brutales experimentos para determinar si la gente podía sentir empáticamente el dolor de otra persona. Tart se administraba descar­gas eléctricas a sí mismo, mientras un voluntario, aislado en otra habi­tación y conectado a una gran variedad de dispositivos médicos, era monitorizado para ver si su sistema nervioso simpático captaba de algún modo las reacciones de Tart. Cada vez que se administraba una descarga, el receptor registraba una respuesta empática inconsciente consistente en una reducción del flujo sanguíneo y un aumento de la frecuencia cardíaca -como si también estuviese recibiendo las deseargasOtro fascinante experimento anterior se había realizado con gemelos. Apenas uno de ellos cerraba los ojos y su ritmo eléctrico cere­bral bajaba hasta el nivel alfa, el cerebro del otro gemelo también hacía lo mismo, a pesar de que sus ojos estuviesen bien abiertos.

Harald Walach, científico alemán de la Universidad de Friburgo, para maximizar la respuesta del receptor, probó una técnica que garan­tizaba la intensificación de los efectos del emisor. Al emisor se mostró un tablero de ajedrez, una imagen llamada «patrón invertido», que se sabe produce ondas cerebrales de gran amplitud. En el mismo instan­te, el electroencefalograma del aislado y distante receptor registró idén­ticos patrones en sus ondas cerebrales.10

El neurofisiólogo de la Universidad Nacional Autónoma de México, Jacobo Grinberg-Zylberbaum, había usado este mismo proto­colo una década antes de Walach pero con un giro distinto: destellos de luz en lugar de imágenes. En este experimento, los patrones cere­brales del emisor, generados por la luz, se reprodujeron en el cerebro del receptor, que estaba sentado en una habitación aislada eléctrica­mente a 14,5 metros de distancia. Grinberg-Zylberbaum también des­cubrió que había una importante condición que determinaba el éxito: la sincronía sólo se producía entre parejas de participantes que ya se conocían y que habían establecido una conexión pasando veinte minu­tos juntos en silencio meditativo.11

En trabajos anteriores, Grinberg-Zylberbaum había descubierto que la sincronía cerebral se producía no sólo entre dos personas, sino también entre los dos hemisferios de ambos participantes, con una importante diferencia: el participante con los patrones de onda cuán­tica más cohesivos solía marcar el ritmo e influenciar al otro. El patrón cerebral más ordenado solía prevalecer.12

En el experimento DMILS más reciente, realizado en el 2005, un grupo de investigadores de la Universidad Bastyr y la Universidad de Washington reunió a treinta parejas con un fuerte vínculo emocional y psicológico, y también muchá experiencia en la práctica de la medi­tación. Los miembros de cada pareja fueron colocados en habitaciones separadas y a una distancia de unos diez metros la una de la otra. Cada participante tenía un amplificador EEG conectado al lóbulo occipital (visual) del cerebro. En el momento en que cada emisor era expuesto a una luz parpadeante, tenía que intentar transmitir una imagen de esa luz —o un pensamiento sobre ella— a su pareja. De los 60 receptores analizados, cinco de ellos, o el 8%, demostraron tener una activación cerebral significativamente más elevada durante los momentos en que su pareja les «enviaba» las imágenes visuales.13

Los investigadores de Washington seleccionaron entonces a cinco parejas de entre las que obtuvieron los mejores resultados, las conecta­ron a una unidad de resonancia magnética, que mide los minúsculos cambios cerebrales que se producen durante la realización de funcio­nes críticas, y les pidieron que repitieran el experimento. Durante los momentos en que el pensamiento se estaba «transmitiendo», los recep­tores experimentaron un aumento de la oxigenación sanguínea en una porción de la corteza visual del cerebro. Este aumento no se produjo cuando no se estimulaba visualmente a la pareja emisora.14 Los inves­tigadores de Bastyr repitieron este experimento, esta vez con volunta­rios con mucha experiencia en la práctica de la meditación, y lograron una de las mayores correlaciones entre emisores y receptores obtenidas hasta la fecha.

El estudio de Bastyr representó un gran avance en la investigación sobre la influencia mental directa. Demostró que la respuesta de las ondas cerebrales del emisor ante un estímulo es reproducida por el re­ceptor, y que el estímulo en el receptor se produce exactamente en el mismo lugar del cerebro que en el emisor. El cerebro del receptor reaccio­na como si estuviese viendo la misma imagen al mismo tiempo.

Un extraordinario experimento final examinó el efecto de un poderoso vínculo emocional sobre la influencia remota. Los investiga­dores de la Universidad de Edimburgo estudiaron y compararon los EEG de parejas unidas por algún vínculo emocional, otras constitui­das por dos extraños, y varios individuos que no tenían pareja pero que pensaban que iban a ser emparejados y que sus respectivas ondas cere­brales serían comparadas. Todas las personas que fueron emparejadas, conocieran o no a su pareja, mostraron un aumento en el número de ondas cerebrales en sincronía. Los únicos participantes que no presen­taron este efecto fueron aquellos que no tenían pareja.13

Radin realizó una variación de este experimento conectando a parejas con un fuerte vínculo emocional —parejas sentimentales, ami­gos, y padres e hijos— En un número significativo de casos, los EEG de los emisores y de los receptores parecían sincronizarse.16

Al diseñar el experimento del amor, Schlitz y Radin también fue­ron influenciados por otras investigaciones que mostraban que, duran­te los actos de influencia remota, las ondas EEG del receptor duplican a las del emisor. En varios experimentos sobre la curación, las ondas EEG del receptor de la curación sincronizan con las del emisor en los momentos en que la energía curativa se está «enviando».17 El escaneo cerebral realizado durante ciertos tipos de curación, como la bioenergía, también presenta evidencias de sincronía de las ondas cerebra­les.18 En muchos casos, cuando una persona está enviando intención focalizada a otra, sus cerebros parecen entrar en sincronía.

La sincronización {entrainment) es un término usado en física cuan­do dos sistemas oscilantes entran en sincronía. Fue acuñado en 1665 por el matemático holandés Christiaan Huygens, después de que des­cubriera que los péndulos de dos de sus relojes habían comenzado a oscilar al unísono. Había estado jugando con los péndulos y com­probó que incluso si hacía oscilar uno de ellos comenzando desde un extremo, y el otro desde el extremo opuesto, al final los dos péndulos oscilarían al unísono.

Cuando dos ondas alcanzan su cresta y su valle al mismo tiempo, se dice que se hallan «en fase», o en sincronía. Cuando alcanzan su cresta en distintos momentos, que están «fuera de fase>. Los físicos creen que la sincronización se produce debido a pequeños intercam­bios de energía entre dos sistemas que están fuera de fase, haciendo que uno vaya más despacio y que el otro acelere hasta que los dos estén en fase. También está relacionado con la resonancia, o la capacidad de cualquier sistema para absorber más energía de lo normal en una deter­minada frecuencia (el número de crestas y valles en un segundo). Cualquier objeto vibratorio, incluida la onda electromagnética, tiene sus propias frecuencias preferenciales, llamadas «frecuencias resonan­tes», en las que le resulta más fácil vibrar. Cuando «escucha» o recibe una vibración proveniente de alguna otra parte, se desconecta de todos los pretendientes y sólo sintoniza con su propia frecuencia resonante. Es como una madre que reconoce instantáneamente a su hijo entre un montón de niños. Los planetas tienen resonancias orbitales. Nuestro sentido del oído opera mediante un tipo de reordenamiento: distintas partes de la membrana del oído interno resuenan a las diferentes fre­cuencias del sonido. La resonancia incluso se produce en los mares, como es el caso de la resonancia de la marea de la bahía de Fundy, en el extremo noreste del golfo de Maine, cerca de Nueva Escocia.

Cuando marchan al mismo ritmo, los objetos sincronizados envían una señal más fuerte de lo que lo harían individualmente. Esto sucede con frecuencia con los instrumentos musicales, cuyo sonido es amplificado cuando todos tocan sincronizadamente. En la bahía de Fundy, el intervalo que necesita una ola para viajar desde la boca de la bahía hasta el extremo contrario y regresar, coincide exactamente con el tiempo de cada marea. Cada ola es amplificada por el ritmo de cada marea, lo que da lugar a una de las mareas más altas del mundo.

La sincronización también se produce cuando alguien envía una poderosa intención de hacer daño, como quedó demostrado en los experimentos tóbate de Mikio Yamamoto, del Instituto Nacional de Ciencias Radiológicas, en Chiba, y la Escuela Médica Nipona de Tokio. Tóbate es una especie de enfrentamiento mental entre dos prac­ticantes de Qigong, uno de los cuales recibe una descarga sensorial y se ve obligado a rendirse y a retroceder varios metros sin que se haya producido ningún contacto físico entre ambos. La pregunta central planteada por esta técnica, según Yamamoto, es si el efecto del tóbate es psicológico o físico: ¿la persona retrocede a causa de algún tipo de intimidación psicológica o es empujado por el ki de su adversario?

En el primero de los experimentos de Yamamoto, un maestro de Qigong fue colocado en una habitación con aislamiento electromagné­tico en el cuarto piso de un edificio, mientras su alumno fue aislado de la misma forma en el primer piso. Yamamoto le pidió al maestro que realizara «emisiones de k¿» durante 80 segundos a intervalos aleatorios. Cada vez, Yamamoto monitoreó sus respectivos movimientos —el envío de !é y el inicio de la reacción del alumno-. En casi la tercera parte de los 49 intentos -un resultado altamente significativo—, cada vez que el maestro realizó un movimiento de tóbate, su adversario, en la otra habitación, era empujado hacia atrás. En una segunda serie de 57 intentos, Yamamoto conectó al maestro y al alumno a sendas máquinas de EBG. Cada vez que el maestro emitía su alumno pre­sentaba un aumento en el número de ondas cerebrales alfa en el lóbu­lo frontal derecho, lo que sugiere que éste es el lugar donde el cuerpo recibe inicialmente el «mensaje» de la intención.

En la serie final, se examinaron las ondas cerebrales de ambos. Cada vez que el maestro realizaba el tóbate, las ondas beta de él y su alumno mostraban una mayor coherencia.19 En un experimento ante­rior llevado a cabo por el grupo de Tokio, las ondas cerebrales del receptor y del emisor se sincronizaron en el espacio de un segundo des­pués de que hubiese comenzado el tóbate.2°

Además de la resonancia, los experimentos DMILS proporciona­ron evidencias de otro fenómeno durante la intención: el receptor anti­cipaba la información al registrar el «ay» algunos instantes antes que el emisor experimentase el pellizco. En 1997, en su antiguo laborato­rio de la Universidad de Nevada, Radin descubrió que los seres huma­nos pueden recibir un presentimiento físico de un acontecimiento.

Programó un ordenador para que seleccionara aleatoriamente fotos diseñadas para calmar, estimular o perturbar a un participante. Sus voluntarios fueron conectados a monitores fisiológicos que registraban los cambios en la conductividad de la piel, la frecuencia cardíaca y la presión sanguínea, y se sentaron frente a un ordenador que mostraba aleatoriamente fotos de escenas relajantes (paisajes), perturbadoras (autopsias) o excitantes (material erótico).

Radin descubrió que sus voluntarios estaban registrando respues­tas fisiológicas antes de ver la foto. Como si se estuvieran preparando para lo que iba a suceder, sus respuestas eran más intensas antes de ver una imagen erótica o perturbadora. Esto proporcionó la primera prue­ba de laboratorio de que nuestros cuerpos anticipan inconscientemen­te nuestros estados emocionales futuros y de que nuestro sistema ner­vioso no sólo se prepara ante un futuro golpe, sino que también dedu­ce su significado emocional/1

El doctor Rollin McCraty, vicepresidente ejecutivo y director de investigaciones del Instituto HeartMath, en Boulder Creek, California, quedó fascinado con la idea de un presentimiento físico compartido de un acontecimiento, pero se preguntaba en qué lugar exacto del cuer­po se sentiría primero esta información intuitiva. Usó el diseño origi­nal del experimento de Radin (un sistema informatizado que genera­ba aleatoriamente fotos excitantes), pero conectó a sus participantes a un equipo médico más completo.

McCraty descubrió que estos presentimientos de buenas y malas noticias eran sentidos en el corazón y en el cerebro, cuyas ondas elec­tromagnéticas se aceleraban o se ralentizaban justo antes de que se mos­trara una foto perturbadora o relajante. Además, los cuatro lóbulos de la corteza cerebral parecían participar en esta conciencia intuitiva. Y lo más sorprendente de todo es que el corazón parecía recibir esta infor­mación instantes antes de que lo hiciera el cerebro. Esto sugería que el cuerpo tiene un aparato perceptivo que le permite intuir el futuro, y que es el corazón el que tiene las antenas más largas. Después de haber recibido la información, el corazón se la comunica al cerebro.

El experimento de McCraty mostró ciertas fascinantes diferencias entre los sexos. El corazón y el cerebro se sincronizaban antes y con más frecuencia en las mujeres que en los hombres. McCraty concluyó que esto era una prueba científica que confirmaba la extendida idea de que las mujeres son naturalmente más intuitivas que los hombres y que están más en sintonía con su corazón."

La conclusión de McCraty —de que el corazón es el mayor «cere­bro» del cuerpoha ganado credibilidad después de los resultados de las investigaciones del doctor John Andrew Armour, de la Universidad de Montreal, y el Hospital del Sagrado Corazón, en Montreal. Armour descubrió unos neurotransmisores en el corazón que tienen influencia sobre aspectos del pensamiento superior en el cerebro.23 McCraty des­cubrió que el tacto e incluso el hecho de centrarse mentalmente en el corazón producen una sincronización de las ondas cerebrales de las personas. Cuando dos individuos se tocaban mientras centraban sus pensamientos de amor en el corazón, el ritmo cardíaco más «coheren­te» comenzaba a sincronizarse con el corazón de la otra persona.24

Armados con estos nuevos datos sobre el corazón, Dean Radin y Marilyn Schlitz decidieron investigar si la influencia mental a distan­cia se extendía a otras partes del cuerpo. Un lugar obvio por el que empezar era el aparato digestivo. La gente suele referirse a la intuición como una «reacción visceral», y ciertos investigadores se han referido al aparato digestivo como un «segundo cerebro».2^ Radin se pregunta­ba si la intuición venía acompañada por algún efecto físico.

Radin y Schlitz reunieron a 26 voluntarios, los emparejaron y esta vez los conectaron a un electrogastrograma (EGG), que mide el com­portamiento eléctrico del aparato digestivo; los sensores en la piel sue­len coincidir con las frecuencias y contracciones del estómago. Aunque el experimento de Friburgo había demostrado lo contrario, Radin y Schlitz creían que la familiaridad sólo podía ayudar a magnificar los efectos de la influencia a distancia. Por ello, en el caso de que algún tipo de conexión física fuese realmente importante, Radin pidió a todos los participantes que primero intercambiaran algún objeto significativo.

Colocó a uno de los miembros de cada pareja en una habitación. El otro estaba sentado en otra estancia, conectado a un electrogastro­grama, y presenciando imágenes de vídeo en directo de la otra persona. En otro monitor se mostraban periódicamente imágenes acompañadas de música diseñadas para producir determinadas emociones: positivas, negativas, relajantes, perturbadoras o simplemente neutrales.

Los resultados revelaron otro ejemplo de sincronización —esta vez en las tripas—. El EGG del receptor presentaba unos resultados signifi­cativamente más elevados y que estaban correlacionados con los del emisor cuando éste experimentaba emociones fuertes, positivas o nega­tivas. Esto constituía otra prueba más de que el estado emocional del emisor es registrado en el cuerpo del receptor —en este caso, en lo más profundo de los intestinos— y que el hogar de la intuición se encuen­tra realmente en las tripas.26

Estos últimos datos eran otra prueba más de que nuestras res­puestas emocionales son constantemente captadas y reproducidas por las personas que nos rodean.27 En cada uno de estos estudios, los cuer­pos de las parejas se habían sincronizado o «entrelazado», como Radin lo llamaba;28 los receptores estaban «viendo» o sintiendo en dempo real lo que sus parejas realmente veían o sentían.

Como indican estas investigaciones, la intención puede ser una sintonización de energía. Las investigaciones DMILS establecieron que, en ciertas condiciones, la frecuencia cardíaca, la estimulación del siste­ma nervioso autónomo, las ondas cerebrales y el flujo sanguíneo hacia las extremidades de dos personas distintas se sincronizan. Sin embar­go, en la mayoría de los experimentos DMILS, la respuesta correspon­diente era producto de una simple estimulación del emisor, que luego era captada inconscientemente por el receptor. Excepto en un caso, nadie trató de influir sobre otra persona.

Schlitz y Radin ahora querían descubrir si lograrían unas correla­ciones similares si el emisor enviase una intención de curar. Para el experimento del amor, Schlitz y sus colegas decidieron reclutar a per­sonas comunes y corrientes, y adiestrarlas en las técnicas de curación. Se preguntaban si ciertas condiciones serían más favorables que otras para lograr la sincronización. Muchos estudios sobre la curación indi­caban que la motivación, la conexión interpersonal y un conjunto de creencias compartidas eran indispensables para lograr el éxito. GrinbergZylberbaum creía que un «potencial transferido», como denominó a esta forma de sincronización, se producía únicamente entre las perso­nas que habían seguido alguna disciplina meditativa, y sólo después de que se hubiese establecido algún tipo de conexión psíquica entre el emisor y el receptor. Sin embargo, en el experimento de Friburgo, muchas de las parejas nunca se habían visto antes y no tuvieron la oportunidad de establecer un vínculo. Los investigadores alemanes habían concluido que la «conexión» y la preparación mental pueden desempeñar un papel, pero que no eran factores cruciales. En opinión de Schlitz, la motivación era un componente clave del éxito. Cuando más urgente fuese la situación, como en el caso de un paciente con cán­cer, más motivada estaría su pareja en intentar curarlo.

Schlitz y sus colegas investigadores decidieron buscar parejas en que la mujer padeciese cáncer de mama, y comenzaron una campaña publicitaria para conseguir voluntarios en el área de la bahía de San Francisco. Pronto quedó claro que era necesario ampliar los requisitos iniciales. La población con cáncer de mama en el área de la bahía de San Francisco, que es mayor a la media de los Estados Unidos, ha sido extremadamente bien estudiada. Dada la débil respuesta suscitada por la campaña publicitaria, parecía que los pacientes no tenían ganas de participar en más investigaciones.

Los científicos decidieron ampliar los requisitos y aceptar a cual­quier pareja en la que uno de sus miembros sufriese algún tipo de cán­cer. Finalmente, 31 parejas se presentaron como voluntarias, incluidas algunas sanas que servirían como grupo de control.

Jerome Stone escribió un manual de adiestramiento para las pare­jas, después de analizar a varios curanderos y sintetizar sus prácticas habituales.^ El primer componente de este programa consistía en enseñar al emisor cómo concentrarse, al igual que sucede en la medi­tación, para crear un alto grado de atención sostenida. La evidencia científica demuestra que la meditación produce ondas cerebrales más coherentes; al menos veinticinco estudios muestran que durante la me­ditación se produce una sincronización EEG entre las cuatro regiones del cerebro.30 Otros estudios sobre la meditación han demostrado que ésta genera emisiones más coherentes de biofotones,31 y que en general ayuda en la curación.

Stone también creía que sus emisores necesitaban aprender cómo generar compasión o empatia hacia sus parejas mediante una técnica basada sobre todo en la idea budista Tonglen de «dar y recibir». Esta téc­nica enseñaría a los pardcipantes a desarrollar una verdadera com­prensión del sufrimiento de su pareja, a asumir el sufrimiento del otro sin sentirse agobiado por él y a transformar este sufrimiento mediante el proceso de enviar curación. El desarrollo de una verdadera empatia también ayudaría a disolver las fronteras entre el emisor y el receptor. Los pensamientos positivos y afectuosos también tenían efectos fisioló­gicos positivos. Las investigaciones de Rollin McCraty, del Instituto HeartMath, mostraron que una variación continua (o «coherente», como él la denominó) en la frecuencia cardíaca era más probable con pensamientos «positivos» —afectuosos o altruistas— y que esta «coheren­cia» era captada rápidamente por el cerebro, que pronto comenzaba a entrar en sincronía32 y mostraba un mejor desempeño cognitivo.33

Después de instruir a las parejas en técnicas sencillas de medita­ción, Stone también les enseñó a ser compasivas cuando llevasen a cabo la intención. El aspecto final del adiestramiento de Stone con­sistía en infundirles confianza y fe a los emisores y a los receptores. Stone había descubierto pruebas, tanto en la literatura sobre curación como en la literatura parapsicológica, de que la fe en el proceso ayuda al éxito de procesos psíquicos como la percepción extrasensorial, que, como la intención, implican la «transferencia» de información a distancia.34

Aunque la previsión original era que el programa de adiestra­miento durase ocho semanas, la falta de fondos obligó a Stone a com­primir todo su seminario, que debía completarse con prácticas en casa, en un solo día.

Radin dividió a las parejas en tres grupos. El primero (el «grupo adiestrado») tenía que recibir el adiestramiento de Stone, practicar dia­riamente la intención compasiva durante tres meses y luego participar en el experimento. El segundo (llamado el «grupo de espera») tenía que participar primero en el experimento y a continuación recibir el adies­tramiento. Las 18 parejas que formaban el tercer grupo (el grupo de control) no recibirían ningún adiestramiento, y sólo participarían en el experimento.

En los tres grupos, se pedía a un miembro —el que tuviese cáncer o uno de los componentes de las parejas del grupo de control— que se sentara en un sillón reclinable situado en una habitación aislada elec­tromagnéticamente y con muros de sólido acero. La pequeña cámara Lindgren/ETS estaba separada del mundo exterior por dos capas de acero y uno de madera maciza, que bloqueaban todos los sonidos y toda la energía electromagnética. Las señales eléctricas provenientes de la cámara circulaban por un cable de fibra ópdca para asegurar el ais­lamiento electromagnético de la habitación.

El sujeto era conectado a una variedad de dispositivos médicos que medían las ondas cerebrales, la frecuencia cardíaca, la respiración, la conductividad de la piel y el flujo sanguíneo periférico. Pin una esquina había una discreta cámara de vídeo.

La habitación tenía cortinas de tonos tierra, iluminación suave y un ficus artificial. Había música ambiental. Los muebles, la música y un gran póster de una cascada en las montañas ayudaban a disimular el hecho de que, cuando se cerraba la puerta de acero de doscientos kilos de peso, el sujeto quedaba encerrado en algo muy parecido al frigorí­fico de una planta empaquetadora de carne, pero sin tanto frío.

A unos veinte metros de distancia, el otro miembro de la pareja estaba sentado en la oscuridad, conectado a los mismos dispositivos que su pareja y con la mirada fija en una pequeña pantalla de televi­sión Sylvania que estaba en blanco. Toallas dobladas bloqueaban los últimos vestigios de luz. Cada vez que la imagen de la persona en la cámara sellada aparecía repentinamente en la pantalla de televisión, el otro miembro tenía que enviarle una intención compasiva durante diez segundos.

Stone, Rading y los otros colegas planearon examinar dos resul­tados distintos: comprobar si el adiestramiento mejoraba la relación matrimonial, y si había alguna correspondencia entre las sensaciones físicas del emisor y del receptor. Aunque también hubiesen deseado verificar si las intenciones afectaban al pronóstico médico, la falta de fondos impidió realizar esta parte de la investigación.

Stone y Levine se encargaron de analizar los aspectos sociales de la investigación. Inicialmente descubrieron que el adiestramiento no afectaba a la calidad de la relación matrimonial entre las parejas. Este resultado no era especialmente sorprendente, dado que cualquiera que estuviese dispuesto a participar en un experimento que exigiese tres meses de adiestramiento probablemente ya estaría muy comprometido con su relación sentimental. Además, Schlitz había intentado reclutar a parejas motivadas cuando diseñó el experimento. Un análisis poste­rior y más detallado de los resultados mostró que el adiestramiento y la práctica de la intención habían mejorado la relación matrimonial de las parejas, pero Radin concluyó que estos efectos se debían a su expec­tativa de optimizar su relación.

Radin reunió toda la información fisiológica de los tres grupos y estudió los resultados entre parejas y los promedios compuestos del grupo. Cada respuesta fisiológica proporcionaba fascinantes observa­ciones sobre los efectos de la intención en el receptor. Por ejemplo, en el caso de las mediciones de la sangre hacia las extremidades, en cada grupo, la conductibilidad de la piel del emisor aumentó dos segundos después de haber visto la imagen de su pareja, y el receptor registró una respuesta similar medio segundo después de la aparición de la imagen. Sin embargo, a diferencia de los anteriores experimentos DMILS, donde la respuesta de la conductibilidad de la piel del receptor seme­jaba un «reflejo de sobresalto» y disminuía rápidamente, en este caso la respuesta persistía siete segundos después del estímulo. El receptor parecía estar respondiendo a la intención casi instantáneamente. De hecho, la respuesta del receptor se produjo al menos un segundo más rápido de lo que habría sido posible en el caso de que el emisor hubiese formulado conscientemente su intención. Radin no estaba seguro de si esto quería decir que el receptor había tenido una premonición de la intención. Podría simplemente haber reflejado la turgente naturale­za de la respuesta de la conductibilidad de la piel; el receptor estaba pro­bablemente respondiendo en sus extremidades a informaciones envia­das por el sistema nervioso central del emisor, que habría reaccionado a la estimulación inicial de la imagen en la pantalla mucho más rápi­do que los impulsos eléctricos enviados a las puntas de sus dedos. Sin embargo, según Radin, las dos respuestas de la conducdbilidad de la piel estaban correlacionadas, incluso si se hallaban levemente desfasadas.

Ocurría algo parecido con la frecuencia cardíaca. La del emisor aumentaba cinco segundos después del estímulo para comenzar a enviar la intención —lo cual era consistente con la respuesta física que se produce en el cuerpo cuando se realiza algún tipo de esfuerzo men­tal-. Pero el receptor experimentaba un aumento idéntico, algo que no sucedería por regla general con una persona que estuviese simplemen­te descansando en un sillón reclinable.

El flujo sanguíneo seguía una pauta similar. Siempre que experi­mentamos algo que nos estimula, la red vascular de nuestras extremi­dades se contrae ligeramente, para maximizar el flujo sanguíneo hacia el centro del cuerpo. En el experimento del amor, este fenómeno se producía en el emisor, y pronto comenzaba a originarse en el cuerpo del receptor.

En lo que respecta a la respiración, siempre que aparecía la ima­gen en la pantalla, el emisor inspiraba con fuerza inmediatamente y espiraba quince segundos más tarde. Esta respuesta respiratoria se pare­ce a la de alguien que está preparándose para la tarea que debe realizar. En este caso, la respuesta del receptor fue disdnta. Durante los prime­ros cinco segundos, la respiración del receptor vaciló, como si hubiese dejado de respirar, y luego se reanudó con una larga espiración en los cinco segundos finales de la intención. Era como si el receptor hubie­se estado escuchando con atención, conteniendo la respiración y haciendo un esfuerzo por oír algo, antes de dar un suspiro de alivio cuando el estímulo ya ha pasado.

Pero los resultados más interesantes fueron los de las ondas cere­brales. Siempre que la imagen del receptor aparecía en la pantalla, los emisores registraban un pequeño aumento en sus ondas cerebrales, como un respingo, y a continuación un fuerte y repentino aumento durante un tercio de segundo para luego caer y tardar un segundo en regresar al nivel inicial. En el emisor, este pequeño aumento inicial representaba algo llamado onda P300 -un fenómeno que registra el tiempo que tarda el cerebro en procesar el encendido de una luz—. La caída indicaba el dempo que necesita la atención para convertir el estí­mulo en una respuesta.

En este caso, los receptores no tenían una onda P300; sin embar­go, sus ondas cerebrales reproducían la caída vertical de las ondas cere­brales que luego experimentaba el emisor, a pesar de que, a diferencia del emisor, el receptor no había tenido ningún estímulo. El cerebro de éste último estaba reaccionando al igual que lo hace durante el sueño. Los receptores habían registrado una reacción emocional, aunque no hubiese ningún estímulo tangible.

Los resultados de Radin eran todavía más extraordinarios porque a los receptores no se les había dicho cuánto iba a durar el estímulo, y ni los emisores ni los receptores sabían con antelación cuánto tiempo iba a tener que esperar el emisor antes de que la imagen de su pareja apareciera en la pantalla. Un programa informático seleccionaba alea­toriamente la duración de las imágenes, que variaba entre cinco y cua­renta segundos. Esto quería decir que cualquier expectativa por parte de uno de los dos miembros de la pareja no podría explicar los resultados.

Radin luego comparó las respuestas de los grupos. Los tres grupos habían mostrado un efecto. En todos los casos, la respuesta fisiológica de los receptores había secundado la respuesta de los emisores. Sin embargo, la pauta más prolongada se produjo entre los pacientes de cáncer cuyas parejas habían sido adiestradas en la intención compasi­va. Los receptores del grupo de adiestramiento no sólo respondieron al estímulo sino que también continuaron respondiendo durante ocho de los diez segundos de la intención. En términos cuánticos, las pare­jas se habían convertido en una sola persona.

El experimento del amor sugiere algunas profundas ideas sobre la naturaleza de la intención. El hecho de enviar un pensamiento dirigi­do parece generar una energía palpable; cada vez que uno de los emi­sores de Radin enviaba una intención curativa, se activaban muchos aspectos sutiles del cuerpo del receptor, como si hubiese recibido una minúscula descarga eléctrica. Parecía tratarse de una especie de con­ciencia activadora, como si el cuerpo del receptor hubiese sentido u oído la señal curativa.

Incluso había habido un elemento de anticipación en el receptor; algunas de las reacciones fisiológicas registradas sugerían que el recep­tor había sentido la intención curativa de su pareja antes de que ésta la hubiese enviado.

El cuerpo del receptor parece entrar en sintonía con la energía más coherente de la intención del emisor. Podría ser que, durante la curación, la energía «ordenada» de la persona sana «reordena» y reor­ganiza la energía de la enferma.

Para lograr el mayor efecto posible, el curandero o emisor tiene que alcanzar un cierto «orden» a nivel subatómico, mental y emocio­nal. El experimento del amor demuestra que ciertas condiciones y esta­dos mentales hacen que nuestra intención sea especialmente poderosa y que nuestro ser tenga un mayor orden, y estos estados pueden lograr­se mediante el adiestramiento. El éxito de los programas básicos de adiestramiento que Radin, Schlitz y Stone han diseñado sugiere que la atención, la confianza, la motivación y la compasión son importantes para que la intención funcione, pero que existen probablemente otras condiciones que intensifican sus efectos.

Yo necesitaba descubrir, por ejemplo, cómo podemos ampliar nuestras fronteras psicológicas. Estaba comenzando a comprender que cuando enviamos intención tenemos que, en cierta forma, «convertir­nos» en la otra persona.35






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