El Experimento de la Intención



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Lynne McTaggart


EL experimento de la Intención

Maquetado y formatos sobre pdf anónimo por Maese

Oct. 2011

Resumen


¿Tiene la mente algún poder sobre la materia? ¿Es posible que nuestros pensamientos, nuestros deseos y oraciones puedan producir cambios objetivos en el mundo? ¿Son los pensamientos meros procesos cerebrales que sólo afectan al mundo en la medida en que nos llevan a la acción? ¿O hay algo más?

Con base en los últimos descubrimientos científicos, El Experimento de la intención responde a todas estas fascinantes preguntas y nos muestra que los pensamientos e intenciones son mucho más poderosos de lo que pensábamos, pues poseen una energía que puede cambiar la realidad física. Esto quiere decir que los podemos usar para mejorar nuestras vidas, para curar nuestros cuerpos y para ayudar a pacificar nuestro planeta. Naturalmente, no todos los pensamientos tienen el mismo poder. Por ello, la autora nos explica las técnicas más efectivas para aumentar el poder de nuestros pensamientos e intenciones, para así obtener resultados concretos en nuestras vidas. Además, nos invita a participar en el mayor experimento jamás realizado acerca del dominio que la mente tiene sobre la materia.

«Dios está en marcha, la magia está viva ...la magia nunca ha muerto.»

Leonard Cohen, Dios está vivo} la magia está en marcha.

Para Anja, maestra de la intención

Prólogo


Este libro viene a completar el trabajo que comenzó en 2001 cuando publiqué el libro titulado The Field [El campo]. Al intentar encontrar una explicación científica para la homeopatía y la curación espiritual, descubrí sin querer las bases de una nueva ciencia.

Durante mis investigaciones, conocí a un grupo de científicos de vanguardia que llevaban varios años reexaminando la física cuántica y sus extraordinarias implicaciones. Algunos de ellos habían resucitado ciertas ecuaciones que la física cuántica convencional consideraba superfluas. Estas ecuaciones, que representaban al Campo Punto Cero, estaban relacionadas con la continua fluctuación de energía que existe entre todas las partículas subatómicas. La existencia del Campo impli­ca que toda la materia del universo está conectada en el nivel subató­mico a través de una constante danza de intercambio cuántico de energía.


Otras pruebas demostraron que, en el más básico de los niveles, cada uno de nosotros es también un paquete de energía pulsante en constante interacción con ese inmenso mar de energía.

Pero la prueba más herética de todas se refería al papel de la con­ciencia. Los bien diseñados experimentos realizados por estos científi­cos sugerían que la conciencia es una sustancia que está fuera de los límites de nuestro cuerpo -una energía altamente ordenada con la capacidad de cambiar la materia física-. El hecho de dirigir los pensa­mientos hacia un blanco determinado parecía tener el poder de afec­tar a las máquinas, a las células y, desde luego, a los organismos mul­ticelulares como los seres humanos. Este poder de la mente sobre la materia parecía incluso atravesar el tiempo y el espacio.

En El Campo intenté dar un sentido a todas las ideas que surgie­ron a raíz de estos distintos experimentos y sintetizarlas en una teoría global. El libro nos revela un universo interconectado y nos propor­ciona una explicación científica para muchos de los más profundos misterios de la humanidad, desde la medicina alternativa v la curación espiritual hasta la percepción extrasensorial y el inconsciente colectivo.

Aparentemente, EJ Campo tocó un punto sensible. Recibí cientos de cartas de lectores que me decían que la obra les había cambiado la vida. Una escritora quiso incluirme como personaje en su novela. Dos compositores se inspiraron en el libro para crear obras musicales, una de las cuales fue interpretada en un escenario internacional. Yo misma aparecí en una película, titulada What the Bleep!? Down the R¿ibbit Hole [¿Y tú qué sabes? Dentro de la madriguera] y en el calendario realiza­do por los productores de la película. Citas de El Campo aparecieron en las tarjetas de Navidad.

Por muy gratificante que fuera esta reacción, sentía que mi pro­pio viaje de descubrimientos apenas acababa de comenzar. Las eviden­cias científicas que había reunido para El Campo sugerían algo extra­ordinario e incluso perturbador: el pensamiento dirigido cumplía algún tipo de papel que era central en la creación de la realidad.

El hecho de dirigir tus pensamientos -algo que los científicos lla­man altisonantemente «intencionalidad» o «intención»parecía pro­ducir una energía lo suficientemente poderosa como para cambiar la realidad física. Un simple pensamiento parecía tener el poder de transformar nuestro mundo.

Después de escribir El Campo, reflexioné sobre el alcance de este poder y las numerosas preguntas que planteaba. ¿Cómo, por ejemplo, podía trasladar lo que había sido confirmado en el laboratorio para usarlo en el mundo de cada día? ¿Podría, por ejemplo, ponerme fren­te a un tren en movimiento y, como si fuera Superman, detenerlo con la fuerza de mi pensamiento? ¿Podría usar el pensamiento dirigido para volar hasta el tejado de mi casa y hacer allí unas reparaciones? ¿Y borrar a los médicos y a los curanderos de mi agenda telefónica, dado que ahora soy capaz de curarme mediante el pensamiento? ¿Podría usar el pensamiento para ayudar a mis hijos a aprobar sus exámenes de matemáticas? Si el tiempo lineal y el espacio tridimensional no existen realmente, ¿sería capaz de retroceder en el tiempo y borrar todos esos momentos de mi vida de los cuales me arrepiento profundamente? ¿Y podría mi diminuta contribución mental hacer algo por disminuir la gran cantidad de sufrimiento que existe en nuestro planeta?

Las implicaciones de estas pruebas eran inquietantes. ¿Debería­mos vigilar cada uno de nuestros pensamientos en todo momento? ¿Es probable que la visión del mundo de un pesimista se convierta en una profecía autocumplida? ¿Es posible que todos esos pensamientos nega­tivos -el permanente monólogo interior de juicios y críticasestuvie­sen teniendo un efecto en el mundo exterior?

¿Existirán condiciones que mejoren nuestras posibilidades de obtener un efecto más positivo con nuestros pensamientos? ¿Fun­cionará el pensamiento en cualquier momento o será necesario que tú, tu objetivo y el propio universo os halléis en un cierto estado de ánimo? Si todas las cosas están continuamente afectándose entre sí, ¿no anula esto cualquier efecto real?

¿Qué sucede cuando varias personas conciben el mismo pensa­miento al mismo tiempo? ¿Tiene esto un efecto mayor que los pen­samientos generados individualmente? ¿Existe un número mínimo de personas que habría que reunir para que el pensamiento fuese lo más poderoso posible? ¿Depende la intención del tamaño del grupo -cuan­to mayor el grupo, mayor el efecto-?

Se ha escrito muchísimo sobre el poder del pensamiento, comen­zando por Thinkand Grow Rich [Piensey gágase rico],' de Napoleon Hill, posiblemente el primer gurú de la autoayuda. La intención se ha con­vertido en la palabra de moda del movimiento Nueva Era. Los practi­cantes de la medicina alternativa hablan de usar la «intención» para curar a los pacientes. YJane Fonda escribe que hay que usar la «intención» en la educación de nuestros hijos.

¿Qué demonios quieren decir con «intención»? ¿Y cómo puede uno practicarla de manera eficaz? La mayor parte del material parece haber sido escrito improvisadamente -un poco de filosofía oriental por aquí, unas gotas de Dale Carnegie por allá...— con muy pocas evi­dencias científicas de que funcione.

Para encontrar respuestas a todas estas preguntas, recurrí, una vez más, a la ciencia, y examiné minuciosamente la literatura científica en busca de estudios sobre la curación a distancia y otras formas de psicoquinesis, o del dominio de la mente sobre la materia. Busqué a cien­tíficos internacionales que estudiasen cómo los pensamientos pueden afectar a la materia. Los experimentos descritos en El Campo fueron realizados durante la década de los setenta, así que examiné los descu­brimientos más recientes de la física cuántica en busca de más indicios.

También recurrí a la gente que había conseguido dominar el poder de la intención y que podía realizar proezas extraordinarias -curanderos espirituales, monjes budistas, maestros de Qigong, cha­manes—, para poder comprender las transformaciones que experimen­taban para aumentar el poder de sus pensamientos. Estudié las mil maneras de usar la intención en la vida real —en los deportes, por ejem­plo, y en diferentes tipos de curación como el biofeedback-. Analicé cómo los pueblos indígenas incorporaban el pensamiento dirigido en sus rituales diarios.

Comencé a buscar pruebas de cómo múltiples mentes concentrán­dose en el mismo blanco podían magnificar el efecto producido por un solo individuo. Estas pruebas, reunidas en su mayor parte por la organización de la meditación trascendental, eran prometedoras e indi­caban que un grupo de pensamientos semejantes creaba algún tipo de orden en lo que de otro modo sería un Campo Punto Cero aleatorio.

En ese punto de mi recorrido, el camino dejaba de estar asfalta­do. A partir de ahí, todo lo que se extendía frente a mí, por lo que yo sabía, era terreno inexplorado.

Entonces, una tarde, a mi marido, Bryan, emprendedor nato en la mayoría de las situaciones, se le ocurrió lo que parecía ser un pro­yecto descabellado: «¿Por qué no haces tú misma algunos experimen­tos de grupo?».

No soy físico. Tampoco soy ningún tipo de científico. El último experimento que realicé fue en la escuela secundaria.

Lo que sí tenía, sin embargo, era un recurso del que disponen pocos científicos: una masa potencialmente enorme de sujetos experi­mentales. Los experimentos colectivos de intención son extraordina­riamente difíciles de efectuar en un laboratorio ordinario. Un investi­gador tendría que reclutar a miles de participantes. ¿Cómo iba a encon­trarlos? ¿Dónde iba a ponerlos? ¿Cómo iba a conseguir que todos pen­saran lo mismo al mismo tiempo?

Los lectores de un libro ofrecen un grupo ideal de individuos con ideas afines que podrían estar dispuestos a participar en poner a prue­ba una idea. De hecho, ya tenía mi propio grupo de lectores asiduos con los que me comunicaba a través de Internet y mis otras activida­des derivadas de El Campo.

Primero se me ocurrió llevar a cabo mis propios experimentos con Robert Jahn, decano de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Princeton, y su colega, la psicóloga Brenda Dunne, que dirige el Laboratorio de Investigaciones Anómalas de la Facultad de Ingeniería (Laboratorio PEAR, según sus siglas en inglés). A ambos los había conocido a través de mis investigaciones para El Campo. Jahn y Dunne llevaban nada menos que treinta años reuniendo minuciosamente algunas de las pruebas más convincentes sobre el poder de la intención dirigida para afectar a todo tipo de maquinaria. Son fanáticos del rigor científico, detallistas y van directo al grano. Robert Jahn es una de las pocas personas que conozco que se expresa con frases perfectas y com­pletas. Brenda Dunne es igualmente perfeccionista con sus experimen­tos y su lenguaje. Si aceptaran participar, podría estar segura de que el protocolo seguido en los experimentos sería el correcto.

Ambos tenían una gran variedad de científicos a su disposición. Dirigían el Laboratorio Internacional de Investigaciones sobre la Conciencia, muchos de cuyos miembros se hallan entre los más pres­tigiosos científicos del mundo que realizan investigaciones sobre la conciencia. Dunne también dirige PEARTree, un grupo de jóvenes científicos interesados en las investigaciones sobre la conciencia.

Jahn y Dunne se entusiasmaron inmediatamente con la idea. Nos reunimos varias veces y especulamos sobre algunas posibilidades. Finalmente, propusieron a Fritz-Albert Popp, subdirector del Instituto Internacional de Biofísica (IIB) en Neuss, Alemania, para que realiza­ra los primeros experimentos sobre la intención. Las investigaciones que hice para El campo me habían llevado a conocer a Fritz Popp. Fue el primero en descubrir que todos los seres vivos emiten una pequeña corriente de luz. Dado que era un eminente científico alemán recono­cido internacionalmente por sus descubrimientos, podía estar segura de que Popp también sería muy riguroso en la aplicación del método científico.

Otros científicos, como el psicólogo Gary Schwartz, del Centro Biológico de la Universidad de Arizona; Marilyn Schlitz, vicepresidenta de educación e investigación del Instituto de Ciencias Noéticas; Dean Radin, científico jefe en el mismo instituto, y el psicólogo Roger Nelson, del Proyecto de Conciencia Global, también ofrecieron su colaboración.

No tengo ningún patrocinador oculto para este proyecto. El sitio web y todos nuestros experimentos serán financiados por las ventas de este libro o por donaciones, ahora y en el futuro.

Los científicos que se dedican a la investigación experimental usualmente no pueden aventurarse más allá de los resultados obteni­dos a fin de especular sobre las implicaciones de lo que han descu­bierto. Por lo tanto, al reunir las pruebas que ya existen sobre la inten­ción, he intentado tener en cuenta las implicaciones más importantes de este trabajo y sintetizar estos descubrimientos individuales en una teoría coherente. Para poder describir con palabras conceptos que gene­ralmente son expresados mediante ecuaciones matemáticas, he tenido que recurrir a aproximaciones metafóricas a la verdad. A veces, con la ayuda de los científicos implicados, también me he visto en la obliga­ción de entrar en especulaciones. Es importante reconocer que las con­clusiones a las que he llegado en este libro representan los frutos de la ciencia de vanguardia. Estas ideas son parte de un trabajo en marcha. Indudablemente, aparecerán nuevos datos que amplificarán y refinarán estas conclusiones iniciales.

Investigar el trabajo de la gente que está a la vanguardia de los des­cubrimientos científicos ha sido para mí toda una lección de humil­dad. Dentro de los límites de un laboratorio, estos generalmente anó­nimos hombres y mujeres realizan actividades que están muy cerca de la heroicidad. Buscando a tientas en la oscuridad, se arriesgan a perder subvenciones, puestos académicos y carreras profesionales. La mayoría está siempre persiguiendo las subvenciones o donaciones que les per­mitan continuar con su trabajo.

Todos los avances científicos son un tanto heréticos, ya que cada nuevo descubrimiento importante niega en parte —o totalmentela visión predominante del momento. Para ser un verdadero explorador de la ciencia —para seguir sin prejuicios el camino de la investigación científica purano hay que temer proponer lo impensable ni demos­trar que los amigos, los colegas y los paradigmas científicos estaban equivocados. Ocultos en el lenguaje cauteloso y neutral de los datos experimentales y de las ecuaciones matemáticas se esconden nada menos que los cimientos de un nuevo mundo, un mundo que va tomando forma lentamente, de experimento en experimento.



Lynne McTaggart

Junio del 2006


Introducción


El experimento de la intención no es un libro cualquiera, y tu no eres un lector cualquiera. Se trata de una obra sin final, porque pre­tendo que tú me ayudes a terminarla. Tú no eres sólo un lector de este libro, sino también uno de sus protagonistas -un importante partici­pante en una investigación científica de vanguardia —. Estás a punto de embarcarte en el mayor experimento de la historia acerca del dominio que la mente tiene sobre la materia.

El experimento de la intención es el primer libro «vivo» en tres di­mensiones. El libro, en cierto sentido, es un preludio, y el «contenido» va mucho más allá del momento en que termines la última página. Aquí descubrirás evidencias científicas sobre el poder de tus propios pensamientos, y luego irás más allá de esta información y pondrás a prueba otras posibilidades a través de un gran experimento interna­cional de grupo, bajo la dirección de algunos de los más respetados científicos internacionales que están investigando sobre la conciencia.
A través del sitio web de El experimento de la intención (www.theintentionexperiment.com), tú y el resto de los lectores de este libro podréis participar en experimentos remotos, cuyos resultados serán publicados en el sitio web. Cada uno de vosotros se convertirá en un científico en uno de los experimentos más audaces jamás realizados sobre la conciencia.

E/ experimento de la intención se basa en una premisa descabellada: el pensamiento afecta a la realidad física. Una gran cantidad de inves­tigaciones sobre la naturaleza de la conciencia, realizadas durante más de treinta años en prestigiosas instituciones científicas de todo el mundo, muestra que los pensamientos son capaces de afectar a todo tipo de cosas, desde las máquinas más simples hasta los organismos vivos más complejos.1 Estos resultados sugieren que los pensamientos humanos y las intenciones son una «sustancia» física que tiene el asom­broso poder de cambiar nuestro mundo. Cada pensamiento que tene­mos es una energía tangible con poder para transformar las cosas. Un pensamiento no es sólo una cosa; un pensamiento es una cosa que ejer­ce influencia sobre otras.

Esta idea central de que la conciencia afecta a la materia está en el centro de una discrepancia irreconciliable entre la visión del mundo de la física clásica —la ciencia del mundo visibley la de la física cuán­tica -la ciencia del mundo microscópico—. Esta discrepancia atañe a la propia naturaleza de la materia y a las maneras en que puede ser modi­ficada.

Toda la física clásica, y también el resto de la ciencia, se deriva de las leyes del movimiento y la gravedad desarrolladas por Isaac Newton en su obra Principios matemáticos de la filosofía natural\ publicada en 1687." Las leyes de Newton describen un universo en el que todos los objetos se mueven en el espacio tridimensional de la geometría y el tiempo conforme a ciertas leyes fijas del movimiento. La materia era considerada inmutable y enclaustrada en sí misma, con sus propias fronteras fijas. Cualquier tipo de influencia exigía que se hiciera algo físico a alguna cosa —una fuerza o una colisión Modificar algo impli­caba básicamente calentarlo, quemarlo, congelarlo, dejarlo caer o darle una buena patada.

Las leyes de Newton, las ilustres «reglas del juego» de la ciencia, como las denominó el famoso físico Richard Feynman,3 y su premisa principal de que las cosas existen independientemente unas de otras, constituyen los fundamentos de nuestra visión filosófica del mundo. Creemos que la totalidad de la vida y su tumultuosa actividad con­tinúan a nuestro alrededor, con independencia de lo que hagamos o pensemos. Dormimos tranquilamente por la noche con la seguridad de que cuando cerramos los ojos el universo no desaparece.

Sin embargo, esta ordenada y cómoda visión del universo como una colección de aislados y previsibles objetos se vino abajo a comien­zos del siglo XX, cuando los pioneros de la física cuántica comenzaron a adentrarse en el corazón de la materia. Los más diminutos fragmen­tos del universo, los propios componentes del gran mundo objetivo, no se comportaban en absoluto conforme a ninguna regla conocida.

Este comportamiento poco ortodoxo fue resumido en un con­junto de ideas que llegaron a ser conocidas como la interpretación de Copenhague, en honor al lugar donde el enérgico físico danés Niels Bohr y su brillante ayudante, el físico alemán Werner Heisenberg, for­mularon el significado probable de sus extraordinarios descubrimien­tos matemáticos. Bohr y Heisenberg se dieron cuenta de que los áto­mos no son pequeños sistemas solares en miniatura, sino algo mucho más caótico: pequeñas nubes de probabilidad. Cada partícula subató­mica no es algo sólido y estable, sino que existe simplemente como una potencialidad de cualquiera de sus entidades futuras —lo que los físicos llaman una «superposición» o suma de todas las probabilidades, como una persona que se mira a sí misma en una sala de espejos-

Una de sus conclusiones se refería a la noción de «indetermina­ción» -el hecho de que uno nunca puede saberlo todo sobre una partí­cula subatómica en un momento dado-. Si descubres informaciones sobre su posición, por ejemplo, no podrás calcular al mismo tiempo adonde se dirige o a qué velocidad. Hablaban de una partícula cuántica como si fuera a la vez una partícula -un objeto sólido y fijo y una «onda»: una amplia región del espacio-tiempo dentro de la cual la partícula podía ocupar cualquier lugar. Era como describir a una per­sona diciendo que abarcaba toda la calle en que vivía.

Sus conclusiones sugerían que, en el nivel más elemental, la mate­ria física no es sólida y estable -de hecho, no es nada aún—. La reali­dad subatómica no se parecía al estado sólido y fiable descrito por la ciencia clásica, sino a un efímero conjunto de opciones aparentemen­te infinitas. Los fragmentos más pequeños de la materia parecían tan caprichosos que los primeros físicos cuánticos tuvieron que confor­marse con una rudimentaria aproximación simbólica a la verdad -una gama matemática de todas las posibilidades-

En el nivel cuántico, la realidad se parecía a una gelatina de fru­tas sin cuajar.

Las teorías cuánticas desarrolladas por Bohr, Heisenberg y otros científicos hicieron temblar los cimientos de la visión nexvtoniana de la materia como algo discreto y enclaustrado en sí mismo. Estas teorías sugerían que la materia, en su nivel más fundamental, no podía ser dividida en unidades independientes ni tampoco podía ser descrita totalmente. Las cosas no tenían sentido en el aislamiento; sólo lo tenían dentro de una red de interrelaciones dinámicas.

Estos pioneros también descubrieron la asombrosa capacidad de las partículas cuánticas para influenciarse mutuamente, a pesar de la ausencia de todos los factores que, según los físicos, podrían ser los causantes de esa influencia, como un intercambio de fuerzas sucedien­do a una velocidad finita.

Una vez dos partículas entraban en contacto, ambas conservaban un extraño poder remoto una sobre la otra. Las acciones -por ejemplo, la orientación magnética— de una partícula subatómica influenciaban inmediatamente a la otra, sin importar la distancia que las separase.

En el nivel subatómico, el cambio también se debía a desplaza­mientos dinámicos de energía; esos pequeños paquetes de energía vibra­toria intercambiaban constantemente información a través de «partícu­las virtuales», como los rápidos pases de un juego de baloncesto, un incesante ir y venir que dio origen a una gigantesca capa básica de energía en el universo.4

la materia subatómica parecía estar implicada en un continuo intercambio de información, causando refinamientos constantes y sutiles alteraciones. El universo no era un almacén de objetos separa­dos y estáticos, sino un único organismo de campos de energía interconectados, en continua transformación. En el nivel infinitesimal, nuestro mundo se parecía a una gigantesca red de información cuán­tica, con todos sus componentes en permanente comunicación.

La participación de un observador es lo único que convertía a esta pequeña nube de probabilidad en algo sólido y mensurable. Cuando estos científicos decidían examinar más de cerca una partícula subató­mica y medirla, la partícula subatómica que existía como pura poten­cialidad se «colapsaba» en un estado determinado.

Las implicaciones de estos primeros resultados experimentales eran profundas: la conciencia viva era de alguna forma la influencia que convertía la posibilidad de algo en una realidad. En el momento en que observábamos un electrón o realizábamos una medición, pare­cía que estábamos ayudando a determinar el estado final de ese electrón. Esto sugería que el ingrediente más importante en la creación de nuestro universo es la conciencia que lo observa. Algunas de las figuras más relevantes de la física cuántica argumentaron que el universo era democrático y participativo —un esfuerzo conjunto entre el observador y lo observado—.

El efecto del observador en la experimentación cuántica da lugar a otra noción herética: el hecho de que la conciencia viva es crucial en la transformación del desordenado mundo cuántico en algo parecido a la realidad cotidiana. Sugiere no sólo que el observador hace surgir lo observado, sino también que no hay nada en el universo que exista como un «objeto» independiente de nuestra percepción.

Implica que la observación -la participación de la conciencia hace cuajar la gelatina de frutas.



Implica que la realidad no es algo fijo, sino algo fluido y cambiante, y por lo tanto abierto a otras influencias.

La idea de que la conciencia crea y probablemente incluso afecta al universo físico también cuestiona nuestra visión científica actual de la conciencia, que se desarrolló a partir cié las teorías del filósofo francés del siglo XVII René Descartes -el hecho de que la mente está separada y es distinta de la materia-, y que adoptó la idea de que la conciencia es generada por completo por el cerebro y está encerrada en el cráneo.

La mayor parte de los físicos en ejercicio se encogen de hombros respecto a este enigma crucial: el hecho de que objetos grandes se encuentren separados pero que sus diminutos componentes funda­mentales estén en incesante comunicación entre ellos. Durante medio siglo, los físicos han aceptado, como si fuera algo muy lógico, que un electrón que se comporta de una cierta manera en el nivel subatómico pase a adoptar un comportamiento «clásico» (es decir, newtoniano) cuando se da cuenta de que forma parte de un conjunto mayor.

En general, los científicos han dejado de preocuparse por las pro­blemáticas preguntas planteadas por la física cuántica, que sus pione­ros dejaron sin respuesta. La teoría cuántica funciona matemática­mente. Ofrece una exitosa receta para lidiar con el mundo subatómi­co. Ayudó a crear la bomba atómica y el láser. En la actualidad, los científicos se han olvidado del efecto del observador. Se contentan con sus elegantes ecuaciones y aguardan la formulación de una teoría uni­ficada del todo o el descubrimiento de más dimensiones además de las que ya percibimos, lo cual esperan que ayude a unificar todos estos resultados contradictorios en una sola teoría centralizada.

Hace treinta años, mientras el resto de la comunidad científica seguía con su rutina de siempre, un pequeño grupo de científicos de vanguardia pertenecientes a prestigiosas universidades de todo el mun­do se tomó un tiempo para considerar las implicaciones metafísicas de la interpretación de Copenhague y el efecto del observador/' Si la mate­ria era mutable, y la conciencia hacía que la materia se convirtiese en algo fijo, parecía probable que la conciencia también pudiese empujar las cosas en una cierta dirección.

Sus investigaciones se reducían a una simple pregunta: si el acto de la atención afectaba a la materia física, ¿cuál era el efecto de la inten­ción, de intentar producir un cambio deliberadamente? En nuestro acto de participación como observadores en el mundo cuántico, podríamos ser no sólo creadores sino también factores influyentes.7

Comenzaron diseñando y llevando a cabo experimentos, ponien­do a prueba algo que recibió el complicado nombre de «influencia mental remota dirigida», «psicoquinesis» o, en resumen, «intención» o incluso «intencionalidad». La intención es definida como «un plan deliberado para realizar una acción que llevará a un resultado desea­do»,8 a diferencia de un deseo, que sólo implica centrarse en un resul­tado, sin un plan deliberado de cómo lograrlo. La intención iba diri­gida a las propias acciones del sujeto; requería algún tipo de razona­miento, un compromiso de hacer lo que el sujeto se había propuesto. La intención implicaba un propósito: la comprensión de un plan de acción y un resultado satisfactorio. Marilyn Schlitz, vicepresidenta de educación e investigación del Instituto de Ciencias Noéticas y una de las científicas que participaron en las primeras investigaciones de influencia a distancia, definió la intención como «la proyección de la conciencia, deliberada y eficazmente, hacia algún objeto o resultado».9 Estos científicos creían que para influir sobre la materia física el pen­samiento tenía que estar muy motivado y dirigirse hacia un objetivo.

En una serie de extraordinarios experimentos, demostraron que el hecho de tener ciertos pensamientos dirigidos podía afectar al propio cuerpo de la persona, a objetos inanimados y a prácticamente todos los seres vivos, desde los organismos unicelulares hasta los seres humanos. Dos de las figuras más importantes de este pequeño grupo eran Robert Jahn, decano de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Princeton, y Brenda Dunne, directora del Laboratorio de Investigaciones Anómalas de la misma universidad (Laboratorio PEAR, según sus siglas en inglés). Juntos, crearon un sofisticado y riguroso programa de investigaciones. A lo largo de veinticinco años, Jahn y Dunne dirigie­ron lo que se convirtió en un gigantesco esfuerzo internacional por cuantificar la «micropsicoquinesis», el efecto de la mente sobre los generadores de sucesos aleatorios (GSA) que realizan el equivalente electrónico de echar una moneda al aire.

Los resultados que obtenían estas máquinas (el equivalente informático de cara o cruz) eran controlados por una frecuencia alter­nada aleatoria de pulsaciones negativas y positivas. Como su actividad dependía totalmente del azar, cada una producía «caras» y «cruces» aproximadamente el 50% de las veces, conforme a las reglas de la pro­babilidad. La configuración más común de los experimentos con GSA consistía en una pantalla de ordenador en la que alternaban aleatoria­mente dos atractivas imágenes -por ejemplo, de indios y vaqueros-. A los participantes en los experimentos se les pedía que se sentaran fren­te al ordenador y que intentaran influir sobre la máquina para que ori­ginase más de un cierto tipo de imágenes -más vaqueros, por ejem­plo—, luego que la influenciaran para que produjese más imágenes de indios, y finalmente que no intentasen influenciarla en absoluto.

Después de más de dos millones y medio de pruebas, Jahn y Dunne demostraron claramente que la intención humana puede influir sobre estos dispositivos electrónicos en la dirección deseada,10 y sus resultados fueron duplicados independientemente por 68 investigadores.11

Mientras el Laboratorio de Investigaciones Anómalas de la Uni­versidad de Princeton se concentraba en los efectos de la mente sobre objetos y procesos inanimados, muchos otros científicos experimenta­ron con el efecto de la intención sobre los seres vivos. Varios investi­gadores demostraron que la intención humana puede afectar a una enorme variedad de sistemas vivos: bacterias, hongos, algas, piojos, pollos, ratones, jerbos, perros y gatos.12 Varios de estos experimentos se han realizado con sujetos humanos; y se ha demostrado que la inten­ción afecta a muchos procesos biológicos del sujeto, incluidos los movimientos motores y los del corazón, el ojo, el cerebro y el sistema respiratorio.

Los animales también demostraron ser capaces de actos de verda­dera intención. En un ingenioso experimento realizado por René Peoc'h, de la Fundación ODIER, en Nantes, Francia, un robot «madre gallina», construido a partir de un generador de sucesos aleatorios, le fue «inculcado» a un grupo de pollitos poco después de su nacimien­to. El robot fue colocado fuera de la jaula de los pollitos, donde podía moverse libremente, y se siguió su trayectoria. Finalmente, quedó claro que se movía hacia los pollitos dos veces y medio más a menudo de lo que lo hubiera hecho normalmente; la «presunta intención» de los pollitos —su deseo de estar cerca de su madreparecía afectar al robot, haciendo que se acercara a la jaula. En otros ochenta experimentos similares, una vela encendida se colocó sobre un GSA móvil, y los pollitos —que habían sido mantenidos en la oscuridad— conseguían que el robot pasase más tiempo del normal cerca de sus jaulas.13

El mayor y más persuasivo conjunto de pruebas ha sido reunido por William Braud, psicólogo y director de investigaciones de la Mind Science Foundation en San Antonio, Texas, y, más tarde, del Insdtuto de Psicología Transpersonal. Braud y sus colegas demostraron que los pensamientos humanos pueden alterar la dirección en que nadan los pe­ces, el movimiento de otros animales, como los jerbos, y la descom­posición de las células en un laboratorio.14

Braud también diseñó algunos de los primeros experimentos bien controlados acerca de la influencia mental sobre los seres humanos. En una serie de experimentos, demostró que una persona podía afectar al sistema nervioso autónomo de otra (o al mecanismo de lucha o huida).15 La actividad electrodermal (AED) es una medida de la resis­tencia de la piel y muestra el estado de estrés de un individuo; gene­ralmente se produce un cambio en la AED cuando alguien está estresado o no se siente a gusto.16 El experimento de Braud examinó el efec­to que tenía sobre la AED el hecho de ser observado, una de las mane­ras más simples de aislar el efecto de la influencia a distancia sobre un ser humano. Comprobó repetidamente que la gente era estimulada de manera subconsciente cuando se la observaba.17

Tal vez el área más frecuentemente estudiada de la influencia remota sea la curación a distancia. Se han llevado a cabo un total de 150 estudios,18 con distintos grados de rigor científico, y uno de los mejor diseñados fue realizado por la ya fallecida doctora Elisabeth Targ. Durante el apogeo de la epidemia de sida en la década de los ochenta, diseñó un ingenioso y riguroso experimento en el que se com­probó que cuarenta especialistas en curación a distancia de distintos kigares de los Estados Unidos consiguieron mejorar el estado de salud de pacientes terminales de sida, a pesar de no haber estado nunca en contacto con ellos.1"

Incluso algunos de los experimentos más rudimentarios del domi­nio de la mente sobre la materia han tenido resultados sorprendentes. Uno de estos primeros experimentos consistía en influenciar los resul­tados de una tirada de dados. Hasta la fecha, 73 estudios han exami­nado los esfuerzos de 2500 personas por influir sobre más de dos millones v medio de tiradas de dados, con un éxito extraordinario. Cuando todos los estudios fueron analizados en conjunto, tomando en cuenta su calidad y los informes selectivos, las probabilidades de que los resultados fuesen producidos exclusivamente por el azar eran de 1 entre 10 elevado a la potencia 76 (uno seguido de setenta y seis ceros).20

También había algo de provocativo en doblar cucharas con la mente, ese típico truco hecho famoso por el médium Uri Geller. John Hasted, profesor del Birkbeck College, de la Universidad de Londres, realizó un ingenioso experimento sobre este tema en el que participó un grupo de niños. Hasted colgó del techo una serie de llaves y colocó a cada niño a una distancia de entre uno y tres metros de la llave que le correspondía, para evitar cualquier contacto físico. Cada llave tenía un medidor de esfuerzo que detectaría y registraría cualquier cambio en ella. Luego Hasted pidió a los niños que intentasen doblar el metal suspendido. Durante las sesiones, observó no sólo que las llaves se movían y a veces se fracturaban, sino también abruptos y enormes aumentos de voltaje de hasta 10 volaos —el límite máximo del medi­dor—. Ylo que es aún más impactante, cuando se pidió a los niños que dirigieran su intención hacia varias llaves al mismo tiempo, los medi­dores de esfuerzo registraron señales simultáneas, como si se estuviese afectando al conjunto de llaves."

Algo que resulta muy intrigante en la mayor parte de las investi­gaciones sobre la psicoquinesis es que la influencia mental de cualquier tipo produce efectos mensurables, sin importar la distancia entre el sujeto y el objeto o en qué momento el sujeto generó su intención. Según las pruebas experimentales, el poder del pensamiento trasciende el tiempo y el espacio.

Cuando estos revisionistas terminaron, habían hecho añicos el libro de reglas y esparcido los pedazos a los cuatro vientos. La mente parecía estar inextricablemente conectada a la materia y, de hecho, ser capaz de alterarla. La materia física podía ser influenciada, incluso irre­vocablemente alterada, no sólo mediante la fuerza, sino con el simple acto de formular un pensamiento.

Sin embargo, las pruebas presentadas por estos científicos de van­guardia dejaban sin respuesta cuatro preguntas fundamentales. ¿A través de qué mecanismos físicos los pensamientos afectan a la reali­dad? Cuando escribo estas líneas, unos famosos estudios sobre la ora­ción no han conseguido mostrar que ésta produjera ningún efecto. ¿Qué condiciones especiales y qué estados preparatorios de la mente contribuyen a propiciar el éxito? ¿Cuánto poder tiene realmente un pensamiento, para el bien o para el mal? ¿Cuántas cosas de nuestra vida puede cambiar un pensamiento?

La mayor parte de los descubrimientos sobre la conciencia se pro­dujeron hace más de treinta años. Los más recientes experimentos de la física cuántica de vanguardia y de laboratorios de todo el mundo ofrecen respuestas a algunas de estas preguntas. Proporcionan pruebas de que nuestro mundo es altamente maleable, abierto a constantes influencias sutiles. Las investigaciones recientes demuestran que los seres vivos son transmisores y receptores constantes de energías men­surables. Los nuevos modelos de la conciencia la describen como una entidad capaz de trascender los límites físicos de todo tipo. La intención parece ser algo parecido a un diapasón que hace que los diapasones de otros obje­tos del universo resuenen en la misma frecuencia.

Los últimos estudios del efecto de la mente sobre la materia sugie­ren que la intención tiene efectos variables que dependen del estado del sujeto, y del momento y el lugar en que se origina. La intención ya ha sido empleada en muchas partes para curar enfermedades, alterar los procesos físicos e influir sobre los acontecimientos. No es un don espe­cial, sino una habilidad aprendida, fácilmente enseñable. De hecho, ya la usamos en muchos aspectos de nuestras vidas cotidianas.



Un conjunto de investigaciones también sugiere que el poder de la intención se multiplica cuando hay mucha gente teniendo el mismo pensamiento al mismo tiempo.22



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