El esquema en cruz



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IEL ESQUEMA EN CRUZI

El gráfico del esquema se encuentra al principio de este capítulo
El esquema en cruz es un recurso gráfico por el que se representa en un diagrama la relación entre tiempo y cul­tura: la temporalidad en el eje horizontal, la cultura en el eje vertical y en el centro el presente, que es la síntesis del yo como esquema de salud (la identidad) y el vacío de la fragmentación como esquema de psicopatología. El diagra­ma sirve para visualizar las relaciones que tienen entre sí las cinco estructuras de personalidad básicas y los cinco cuadros psicopatológicos más importantes. Las primeras se determinan de acuerdo con nuestro planteo recorriendo el tiempo de ayer a mañana pasando por el presente gracias al sostén de las funciones de vínculo y de estructura. Y en el mismo cuando enferman, se pro­ducen los cuadros psicopatológicos de depresión, pa­ranoia, esquizofrenia, histeria y neurosis obse­siva. Este esquema luego va cobrando mayor comple­jidad con las relaciones en detalle del proceso de la enfer­medad, y permite ganar en economía de pensamiento, pues se trata de un esquema conceptual y de diagnóstico, que opera organizando la sintomatología del paciente. De acuer­do con la fórmula más sintética, la cruz expresa: "Puedo saltar del pasado al futuro sostenido por vínculos y estruc­turas, que son familia y trabajo”. De este modo se sintetizan los cuatro extremos de la cruz; en el centro se ubica el vértice del núcleo del yo: el yo sano, como síntesis de las dos oposiciones vínculo­ estructura y pasado‑futuro. Y el yo enfermo, como el fra­caso de esa síntesis, que tiene como consecuencia la frag­mentación. En este caso en el lugar del ser hay un agujero, un vacío, desapareció toda la cruz (pues ella sostenía el yo).
LAS DOS DIMENSIONES DEL YO (ESPACIO Y TIEMPO)

En el esquema en cruz podemos considerar al eje ver­tical como el eje del espacio (o de la cultura) pues en él están ubicados los dos diálogos reales del yo, con las per­sonas y con el campo, ambos en la dimensión de lo concreto, de la realidad material, en el área de la energía.

El otro es el eje del tiempo (o de la subjetividad), con los otros dos diálogos del yo, estos imaginarios, con el yo­ sido y el yo por ser, es decir con su pasado y su futuro. Estos diálogos son internos del yo, en lo simbólico, es decir en el área de la información. De modo que los dos ejes podrían llamarse del Espacio (energía) y del Tiempo (información). Aquí vemos que estas dos dimensiones per­pendiculares entre sí (espacio y tiempo) nos ayudan a se­parar más claramente las dos funciones del yo en relación a ser y existir, esto es considerando que primeramente el núcleo del yo debe discriminarse del no‑yo (el entorno que lo rodea) y luego, y no menos importante que esto, es ase­gurar su continuidad a través de las transformaciones de lo real. Vemos así que se es en el espacio y se existe en el tiempo. Este segundo eje, el horizontal, es privativo del hombre, sólo él se autopercibe existiendo, el animal sólo es en cada instante a través de una conciencia puntual, no puede acceder a lo simbólico, al mundo de la información, diríamos que sólo vive en el espacio, en el presente (en el eje vertical).

La propuesta de la teoría temporal del psiquismo es re­pensar todas las funciones del psiquismo respecto a que aseguren esto, a pesar de que los vínculos (amor‑odio) ponen en peligro la discriminación del yo por los mecanismos de identificación‑proyección, y que las transformaciones de la realidad (y de la propia biología, el creci­miento) ponen en peligro la continuidad de la autoper­cepción.

Respecto ahora al concepto de identidad proponemos que ésta sólo se asegura en la suma de ser y existir, sólo puede hablarse de identidad cuando un yo discriminado se percibe dentro de una historia, dicho de otra forma la per­sona debe constituirse simultáneamente en las dos dimen­siones: espacio y tiempo, o sea como energía y como infor­mación lo cual no es otra cosa que la vieja distinción entre cuerpo (energía) y mente (información).

Por lo anterior podríamos considerar dos grupos bási­cos de defensas respecto a asegurar la identidad: defensas de la discriminación del yo y defensas de la continuidad:

DISCRIMINACION: está en relación con ser y se cons­tituye por oposición al no yo, es decir al mundo, que según nuestro esquema es la suma de los vínculos y el campo (sim­bólico y material). La mirada del otro me define y también lo hace el entorno donde vivo.

Por ejemplo los tabúes de tocar de las sociedades ecoló­gicas están en relación a separarse, discriminarse de perso­nas y lugares.


CONTINUIDAD: está en relación con existir y se con­figura cuando ese presente que se está viviendo es un esla­bón en una cadena histórica como un pasaje de ayer a ma­ñana. El presente (lo real) se opone a lo imaginario. En este caso los tabúes de hacer (las prohibiciones) protegen de realizar actos que discontinúen la realidad.

Pero finalmente debemos tener en cuenta que alguien es a través de su historia, de modo que las dos defensas de la identidad son en lo más profundo una sola y sólo es conveniente separarlas para comprender cierta patología y por razones de mejor distinción didáctica.

Ahora podemos decir que la trama cultural consiste en someter la energía a la información, el acto al símbolo, en síntesis hacer que el espacio sea atravesado por el tiempo.

Pero no debemos perder de vista que a su vez el tiempo es simplemente la información de estados pasados del espa­cio, de modo que cada dimensión define la otra, el análisis de sólo una de ellas es posible por una disección conceptual.

En todo el mundo animal la exploración del medio y la interacción con otros de la misma especie, son necesidades básicas, y podemos decir que la búsqueda de COMIDA­-HABITAT (energía y protección) y la actividad SEXO‑AGRESION (reproducción y competencia) son las dos in­teracciones con el mundo circundante que mantienen vivo al individuo. Estas necesidades las compartimos con los animales. Pero en el hombre se agrega una necesidad más, que nos permitió el salto cualitativo a los humanos y que es la ca­pacidad de autopercibirse dentro de una historia singular, que es su destino, su identidad. Gran parte de lo que hace­mos en la vida es para asegurar esa singularidad, esa dis­criminación, que además para constituirse, debe ser vista (aceptada por los otros). Por eso el terapeuta debe ayudar al paciente a rescatar su singularidad.

La historicidad del yo, o sea la identidad, es una supo­sición puesta en peligro por la mirada de los otros que me pueden definir de distinto modo, y por las transformaciones del mundo real que me colocan en un campo desconocido. Por esto la continuidad del yo no es algo "natural”, asegu­rado, sino que es el resultado de una continua lucha contra la entropía (tendencia desorganizadora del devenir). Esta es una lucha colectiva pues entre todos hemos creado las tramas objetivadas de continuidad (las reglas de lectura y operación de la realidad, es decir la cultura).


LA IDENTIDAD

El proceso de individuación es una tarea de integración. Es necesario armar una historia con lo que me pasó, yo voy a ser la suma de lo que hice, pero debo elegir el sentido en que voy a "leer" mi vida. Se trata de algo así como el hallazgo de una clave de mi historia.

Un día nos damos cuenta de que estamos metidos den­tro de una vida y que no podemos salir de ella. Debemos cumplirla, también inventarla y encontrarle un sentido y para ello la única posibilidad es conocer y aceptar "todos los que yo fui", desde "el que soy ahora" y elegir un "yo que quiero ser" para hacer que mi presente sea atravesado por una historia.

En su lucha por permanecer discriminado el núcleo del yo debe enfrentar a dos formidables enemigos: el tiempo y el amor; el tiempo por su capacidad transformadora, y el amor por su juego de identificaciones, pues para amar hay que saber primero quién se es; de lo contrario se corre el peligro de quedar mezclado con el otro (por eso el orgasmo, máxima entrega mutua, es vivido a veces como muy peligro­so). En cambio, es interesante observar que el odio (el amor "dado vuelta") no representa el mismo peligro, pues el que yo odio es el que está separado de mí, es el que yo rechazo.


TERAPIA Y LUCIDEZ

Esta concepción terapéutica se distingue de otras en que nosotros op­tamos por ayudar al paciente a recorrer el difícil camino a una razonable lucidez en el enfrentamiento con el proble­ma que plantea la existencia, en lugar de ayudarlo a cons­truir un sistema de seguridad. No nos parece mal que exis­tan las muletas y los "papás ortopédicos". Sabemos que a veces es la única posibilidad de resolver la secuela irreme­diable de una infancia llena de vacío, pero también pensa­mos que es indeseable convertirnos en papás, policías u oráculos; preferimos ser parteros, ayudar a que alguien se encuentre y tenga su "lugar al sol" sin que dependa de la generosidad del personaje o la doctrina protectora. Pero tampoco ignoramos que a veces "la mano viene mal" y se hace necesario convertirse en papás o mamás de huérfanos irremediables, policías restrictivos de acting peligrosos u oráculos que vuelvan menos desesperante el déficit de in­formación. Pero el desempeño de estos roles sólo debe constituir un momento de la tarea terapéutica.

La tarea terapéutica debe realizarse en dos sentidos, ha­cia atrás y hacia adelante. Primero consideraremos la re­gresión psicológica que permite el reencuentro con "los otros" que fuimos, en especial, aquel niño que quedó solo allá atrás. (Más adelante analizaremos el concepto de niño fantasma). A esta regresión, que no es neurótica, pues no está al servicio de la negación del momento presente sino al de la exploración de nuestro pasado, la llamaremos re­gresión integrativa y debe favorecerse en el proceso tera­péutico.

En el otro sentido, hacia adelante, la integración de la historia toma otro carácter, el de proponer sucesos posibles, el de planificar, el de suponerse otro que es el que viene más adelante en la sucesión de personajes que debemos re­correr; a esta tarea le daremos el nombre de progresión planificadora. Siempre estamos trabajando para "ese otro”, a él lo convertimos en padre cuando embarazamos a una mujer, a él también, ya más viejo, le damos mañana un sueldo cuando aportamos hoy a la caja de jubilaciones. Esta progresión llega a ser patológica cuando "aquél que vamos a ser" nos explota. Se trata del caso de los que viven an­ticipándose, pensando en el día de mañana, pero como nunca se detienen, siempre están trabajando para un fan­tasma al que jamás llegan y por último terminan por en­tregar todo lo que en su vida no dieron al yo real, a un cadáver, el último de los fantasmas que pueden imaginar (son los que viven como mendigos dejando grandes for­tunas).

La patología de la regresión, en cambio, consiste en quedar atrapado atrás, en el personaje de don Fulgencio (“el hombre que no tuvo infancia").
EL DIALOGO INTERNO

Estar sano no es ser "normal" (adaptado), sino no tener secretos para consigo mismo. La psicoterapia ha estado rela­cionada siempre con la individuación, que es también un tema fundamental de la filosofía. Por eso Sócrates y los maes­tros del budismo zen tienen en común que ayudan a que pueda realizarse el diálogo interno y, fi­nalmente, a que la persona se discrimine como alguien con destino único. Por este motivo la neurosis y mucho más todavía la psicosis tienen relación con la traición a sí mis­mo. A algunos niños (futuros neuróticos) les es necesario representar a "otro" para que los adultos los quieran y los protejan. Eric Berne analiza esto con toda precisión en su teoría del guión propuesto por los padres y Ronald Laing estudió el caso extremo de individuos que sólo se definen por la mirada que los demás les dirigen, al punto que si no se los mira, sienten que no existen, en cuyo caso no hay ningún diálogo interno que les permita un mínimo de au­tonomía.

Este diálogo interno se extiende por el tiempo, y la acep­tación de la vida como proceso despierta muchas resisten­cias, pues vuelve imposible la negación del principio y el fin. En nuestra cultura tecnológica el tiempo está organi­zado hacia el futuro, siempre hacia adelante, hacia el pro­greso y, por tanto, la pregunta que se plantea es dónde es­taré yo cuando me muera. Pero de acuerdo con la filosofía oriental (la hindú en particular), el tiempo tiene dos puntas hundidas en el misterio y la pregunta que se formula es dónde estaba yo antes de nacer. En las representaciones iconográficas de Buda el ombligo cobra suma importancia, pues se relaciona con el origen de la vida.

El melancólico y el paranoide pueden estar más fácil­mente solos, pues nunca lo están totalmente. Su enferme­dad los protege de esto: al primero, ella lo abandonó y está unido por el reproche (o la culpa); y al otro, él lo persigue y ese control le sirve de vínculo. En cambio el esquizoide, que está montado en el centro del tiempo (el vértice de la cruz), sólo puede evitar esto disociándose y dialogando consigo mismo.

La muerte rodeado de amigos y con una obra o familia hecha, no es la muerte; la muerte temida es la soledad total y la confusión (en realidad, es la vivencia de muerte). De todos modos la muerte verdadera, que es la propia desapa­rición, nos es muy ajena, pues nunca nos sucedió. La teme­mos, pues va a ser la "primera vez" que nos morimos y lo que se teme realmente es lo desconocido.
ELABORACION CREADORA

Pero el centro de la cruz es también el lugar de la creación, pues para que surja síntesis se debe atravesar la fragmentación. La creación consiste en ver lo que todavía no existe y poder hacerlo existir para los demás. Entre una poesía y un delirio la diferencia consiste en que la primera permite que los demás entiendan la locura, la tris­teza y el temor de un autor. En suma, si supera la subje­tividad, la locura compartida se llama arte.

Esta relación entre el vacío fértil y la síntesis creadora está contenida en lo esencial del pensamiento zen. Según éste, cuando se llega al fondo de ese vacío de conciencia, tan laboriosamente buscado, se produce la revelación, el satori.

Aunque similares en algo esencial, el del loco y el del artista son dos destinos opuestos en cuanto a su capacidad de construir cultura como explicación compartida. Los dos viajan a la subjetividad (la regresión filogenética), pero sólo el artista vuelve a encontrarse con los demás, aumentando la complejidad de esa trama vincular que es el espacio transicional de la cultura.

Lo mismo sucede en el caso de toda creación.
LA ENFERMEDAD BASICA

Nosotros proponemos que a consecuencia de la hipóte­sis de la conciencia puntual lo reprimido es fundamental­mente la vivencia de disolución del yo, de muerte, que no necesita ser real para ser efectiva; basta que nos conecte­mos con la vorágine de posibilidades del futuro inmediato o con la paralización del tiempo en las discontinuidades graves del proceso de vivir (muertes, separaciones) para que resbalemos de este mundo racional, compartido y esta­bilizado gracias al lenguaje, y caigamos en la seriación caó­tica de imágenes y sensaciones del mundo subjetivo: ese allí­ adentro de nuestros últimos secretos y temores intraducibles e incomunicables donde siempre quedamos solos y confusos.

El psicoanálisis propone como lo reprimido la sexualidad, pero nosotros pensamos que como la sexua­lidad, aún la patológica, depende del vínculo yo‑tú, ya está asegurada la evitación de ese otro vértice de disolución, don­de al no haber más tú, no hay tampoco más yo. De modo que lo que el psicoanálisis considera el trauma bá­sico, la situación edípica, es para nosotros, en lo más profundo, una defensa con­tra la vivencia de soledad infinita o de no‑existencia, que lleva a ese sentimiento de desaparición del sí mismo (que Winnicott llama la vivencia abismal, lo impensable, y que estudió en los bebés abandonados, de madres autistas).

En síntesis, lo que proponemos es que hay una pato­genia última que está por debajo, y es más arcaica que el trauma básico freudiano (la represión de la sexualidad, es­pecialmente del incesto). Esta, es la posibilidad de desapa­rición del último reducto del yo, de esa porción de nosotros con la que íntimamente nos auto percibimos, y que llamamos el núcleo del yo (el sí mismo). Esto llevaría a la desapari­ción del último testigo de nosotros mismos, la disolución de nuestro último y más íntimo diálogo. Por esto las crisis son más probables y catastróficas en subculturas con defen­sas obsesivas (como por ejemplo, la clase media), que nie­gan el tiempo y la finitud, que en las subculturas con más aceptación del ciclo vital vida‑muerte (como en la clase rural, la cultura criolla).

De acuerdo con este modelo para pensar el sufrimiento psicológico se considera, y lo decimos una vez más, que la desorganización de la temporalidad, la fragmentación caóti­ca del yo, el sentimiento de vacío, es la enfermedad básica. Esto en apariencia se opone a la teoría de Pichón Riviere, según la cual la depresión es la enfermedad básica. Cuando hace ya varios años, le propuse a Pichón la esquizofreniza­ción, la fragmentación del yo como punto básico, Pichón sintetizó ambas propuestas diciéndome: “Tené en cuenta que lo que produce más tristeza es la pérdida de uno mismo".

Esta observación de Pichón Riviere me sirvió de estimulo para concentrarme en un eje de melancolía‑esquizofrenia, que en el punto más agudo de perturbación se unen en un solo cuadro de pérdida del sí mismo por fragmentación. Podemos darle el nombre de eje de la enfermedad, que en el momento de mayor agudeza se traslada al centro, al lugar de la disolución del yo.

Al definir sólo el centro (la fragmentación del yo) co­mo enfermedad, a los cuatro extremos de la cruz los con­sideramos defensas del vértice: quedarse atrás (depresión), adelantarse (paranoia‑fobia), simular (histeria) o repetir (neurosis obsesiva). Luego y en un área aparte nos referi­mos a la instrumentalidad sin historia (adicciones, hipo­condría y psicopatía).
ADIESTRAMIENTO A CARGO DE LOS PADRES

El diagrama en cruz que es la base de este esquema conceptual sirve como referencia para describir el modelo de conciencia sana y también el de psicopatología. Como representación de los mecanismos psíquicos consideramos el cruce de dos ejes (tiempo y cultura) cada uno con una oposición, la primera se refiere a un diálogo entre el yo y el mundo, diálogo que al ir cambiando define dos espacios, el antes y el después que configuran lo ima­ginario que se opone a lo concreto (el presente).

Como ya hemos dicho antes, la sucesión en que se percibe el proceso es una construcción cultural. El niño nace sin estos mecanismos para configurar sucesiones temporales. Los padres son los encargados de adiestrarlo (empleamos la palabra "adiestrar" por considerar que el bebé es todavía "un animal" y no sabe anticipar) para que organice el caos desde los recursos configurantes de la cul­tura. Le enseñan cómo evitar el vacío, a libidinizar objetos (las figuras) discriminados del fondo y a construir estruc­turas compartidas por medio del lenguaje, organizador del caos subjetivo. Estas son el desarrollo de la capacidad de expresar sentimientos, la organización de la rea­lidad, la acumulación de experiencias (elaboración del pasado), y también la confección de planes (la anticipación del futuro). También el centro, el lugar de la esquizoidía, tiene una función sana: la capacidad de frag­mentar y luego sintetizar, la de crear atravesando, admitien­do y soportando inicialmente el caos.

Consiste en lo siguiente: el niño de una familia dada aprende que cuando las cosas van mal, él debe representar, simular emociones, valerse de mecanismos histéricos. En otra familia el niño aprende a defenderse de la desintegración repitiendo y controlando, esto es, recurriendo a rituales obsesivos. En una tercera fa­milia la defensa consiste en ponerse triste, es decir, "atrasar el reloj", demorar el proceso de vivir adhiriéndose al re­cuerdo de lo que sucedió. El niño de una familia paranoide o fóbica aprende que cuando se instala el vacío debe "ade­lantar el reloj", vivir anticipando lo que va a suceder, pues para controlar el objeto es necesario pre‑ver, ponerle tram­pas al futuro. En las dos primeras defensas, que llamaremos neuróticas o culturales, todavía el diálogo con el objeto es real; el niño simula frente a alguien en la familia histé­rica (relaciones "teatrales") y controla objetos reales, lim­pia u ordena el entorno real en la familia obsesiva. Pero en la familia melancólica y paranoide hay un cambio cua­litativo, por lo que llamaremos a las defensas que en ellas se producen defensas psicóticas o arcaicas. La relación con los objetos‑vínculos es interna, subjetiva. Para evitar el cen­tro, donde ya no hay yo y no‑yo, se crea un diálogo interno imaginario con lo perdido (depresión) o con lo temido (pa­ranoia). La relación se basa en un argumento de reproche-­culpa en el primer caso, y en evitación‑ataque en el segundo. Vale la pena observar que en ambos pares el tema del diá­logo es el mismo, pero considerado desde los roles opues­tos: "Si yo reprocho, vos sos culpable" y "Si yo siento culpa, vos me estás reprochando". En el otro par se supera el miedo identificándose con el agresor y convirtiéndose uno mismo en perseguidor (evitar atacando). De los diálogos patológicos, el más difícil de disolver terapéuticamente es el reproche‑culpa, pues se crea en él una simbiosis particu­lar muy intensa que está al servicio de no perder nunca el objeto querido‑odiado, el depresivo no puede aceptar que el tiempo lo separó del objeto (sujeto) querido y luego odiado por el abandono.

El terreno disposicional para una perturbación grave (de tipo esquizofrénico) depende de que haya sido bien o mal realizado el "adiestramiento" infantil del paciente. Esto no sólo es consecuencia de si los padres fueron abandona­dores o sofocadores, sino especialmente de si usaron mani­pulaciones paradójicas (en el sentido de Jay Haley). En este caso los padres no transmitieron una trama de conti­nuidad, sino que paralizaron y confundieron toda sucesión temporal posible por las contradicciones del doble vínculo, que es afirmar algo en un nivel comunicacional (por ejem­plo la palabra) y negarlo en otro (el gesto o la acción). Es un mundo donde las anticipaciones no se cumplen y el yo en su salto hacia adelante cae fuera de sí.
LA DEFENSA HIPERTROFIADA

Veamos ahora qué sucede cuando el niño adiestrado en las familias que acabamos de describir llega a un punto de fractura en su proceso de vida, sea por una situación trau­mática o por la discontinuidad de una etapa evolutiva. Es probable que se produzca una crisis, es decir, que vuelva al centro de la cruz (de donde le enseñó a salir la familia con sus mecanismos defensivos particulares) y vuelva a ex­perimentar la desintegración del yo, que será más o menos terrible según haya sido de patológica la familia. Cuando esto ocurre, recurrirá a los mecanismos defensivos apren­didos, pero con una exageración que ya no resulta funcional, de modo que la enfermedad se constituye con la defensa hipertrofiada. Una regla muy útil para explorar el material que trae consigo el paciente es: "Lo que ahora es un sínto­ma, alguna vez fue funcional dicho de otra manera "el delirio alguna vez fue realidad". Esto quiere decir que el motivo de la escena o el personaje temido que no resulta explicable por las circunstancias en la situación actual, debe rastrearse en la infancia. Esto se complica siempre porque, la angustia que produce lo temido, hace que lo histórico se desplace a una estructura homóloga actual.

A partir de los trastornos de la identidad, que son los que analiza e intenta reparar la teoría de crisis, describiremos la clasificación de la psicopatología, que se corresponde más o menos con los cuadros patológicos convencionales, aunque analizados según se refuerce o se ataque en ellos la identidad. Es decir, desde el punto de vista de lo que perturba la discriminación del yo en el presente y la continuidad de esta autopercepción en el tiempo.

LA PSICOPATOLOGIA DESDE EL ESQUEMA EN CRUZ
Habíamos dicho que la enfermedad se constituye des­pués de haber experimentado la vuelta al centro de la cruz (como lugar del vacío) y que, como consecuencia de esto, se retoman los me­canismos de defensa, pero ya no en un nivel funcional que permita la relación con el entorno, sino hipertrofiados. Hay pues, una continuidad entre las funciones sanas y las mismas funciones enfermas.

La enfermedad es una "salud exagerada” y, agregaría­mos, parcializada, pues la persona "se especializa" en una de las estructuras de sostén del presente. Para sintetizar nuestra concepción de la salud y la enfermedad en una frase, diremos que la vida es la historia de un diálogo y la enfer­medad sobreviene cuando este diálogo desaparece (la crisis) o si no, cuando se crean diálogos internos, imaginarios, como restitución (neurosis o psicosis).

Si, como hemos propuesto, suponemos la ubicación de la situación enfrentante en otro lugar (el tiempo), va a cam­biar el sentido de los mecanismos defensivos, pues nos es­taremos defendiendo de otra cosa, de otra situación temida.

El esquema de la psicopatología se sintetiza también en el diagrama en cruz. Para desarrollar las distintas perturbaciones vamos a recorrer los extremos de la cruz analizando los trastornos en los vínculos, las estructuras y en la constitución del pasado y el futuro, que corresponden a las áreas de la histeria, la neurosis obsesiva, las depresiones y los trastornos paranoides respectivamente, aunque con algunas variantes que provienen de ver estas perturbaciones desde los supuestos de la teoría temporal del psiquismo.


PERTURBACIONES EN LA FUNCION VINCULAR

Área de la histeria y del autismo-simbiosis

Consideramos que la perturbación básica en los víncu­los es el desplazamiento de un diálogo imaginario (en el tiempo) sobre un diálogo real (en el espacio). El tiempo invade el espacio. Es la persona que representa escenas y cuelga personajes a los demás, con los que después dialoga. Este diálogo desplazado, constituye el cuadro histérico, pero para poder realizar esto debe regular la distancia y lograr el control del otro.

En relación a la distancia en el vínculo, el par de opuestos es aislamiento‑simbiosis y en el control el juego es entre sometedor‑sometido.

Estas perturbaciones están íntimamente ligadas pues para retener la matriz vincular en que se estuvo incluido en la infancia, hace falta desplazar esta modalidad de diá­logo en una figura cercana (simbiótica) y poder controlarla (someterla). Tanto es así que según Ronald Laing la fun­ción del autismo en la esquizofrenia es la evitación de una madre simbiótica‑sometedora que absorbe, impide todo nú­cleo yoico.

Por esto se decía antiguamente que los locos estaban "poseídos" (poseídos por otros), pues en verdad ellos se relacionan desde un personaje interno (en general sus figu­ras parentales) que le enseñaron (lo adiestraron) en un diálogo sometedor, que anula la originalidad del otro.

Por eso se puede decir que el neurótico o psicótico (ca­da uno con distinta intensidad) nos desconoce, nos mira ­como otro, nos cosifica, nos confunde. El loco nos enloquece, por eso es necesario tratarlo, controlarlo.

También es importante en la patología de la distan­cia del vínculo la simbiosis (no nos referimos a las simbio­sis funcionales sino a aquellas intensas donde cada uno mutila funciones del otro). En los casos de simbiosis agudas, entre las dos personas hacen sólo una, pues ninguna de las dos adquirió autonomía yoica. (Se puede estar solo de tan cer­ca). Este tipo de vínculo patológico es común entre madre e hija cuando no existió un padre que les permitió discri­minarse.
PERTURBACIONES EN LA FUNCION ESTRUCTURANTE

Área de la neurosis obsesiva y personalidad confusa

La cultura, estructura el campo de la realidad para or­denar los vínculos. El campo, el contexto del diálogo con el otro tiene dos niveles: el del campo material, el hábitat, el entorno físico, y el campo simbólico que es el conjunto de reglas, leyes, normas, y especialmente él lenguaje, que ordenan el encuen­tro entre las personas y permiten secuencias de expectati­vas, las ceremonias sociales, sin las cuales seria imposible suponer la conducta probable promedio del otro y poder adecuarse a ella. Son los que se llaman juegos de coordinación tácita en donde se opera en base a "qué supongo yo que él supone que yo supongo..."

La perturbación más común de la función estructu­rante es la exageración en los controles, límites, reglas, que llegan a impedir en vez de facilitar los vínculos. Es el cuadro de la neurosis obsesiva donde la rigidez, la formalización del campo lleva a los rituales rígidos y los estereotipos que terminan mutilando las posibilidades crea­tivas y de crecimiento. Es lo que llamamos la perturbación por restricción, por mutilación (en la función vinculo era el desplazamiento). Una característica muy importante del ob­sesivo es mediatizar la relación con los demás a través de los objetos, pues controlando los objetos controla las per­sonas.

El otro extremo es la personalidad confusa, la persona que vive en medio del caos, donde no puede hacer planes ni ordenar su hábitat (campo material) o su comunicación (campo simbólico). Es la persona que, aunque por ra­zones opuestas, tampoco puede vincularse bien, todo es im­previsto y desconcierta a los demás. Estas personas, a veces, viven con un gran monto de angustia por la continua viven­cia de una catástrofe incontrolable e imprevisible.


PERTURBACIONES EN LA CONFIGURACION DEL PASADO

Área de la depresión

La elaboración normal (sana) de las etapas y personas perdidas constituye lo que llamamos los recuerdos, donde se acepta que el objeto perdido deja de pertenecer al mundo presente (al espacio) y pasa a formar parte de una zona en lo imaginario que llamamos el pasado, que lo percibi­mos como un largo espacio virtual. Si por alguna razón no podemos aceptar que ese objeto "no existe más en el presente" vamos a producir una situación nueva, pues esa escena o personaje no va a estar ni en el presente (el es­pacio), ni en el pasado (en el tiempo). Se constituye así una zona del tiempo que queda superpuesta al espacio. Algo está y no está presente, se configura una situación ambigua, que puede ser "leída" por la actividad perceptora desde dos posibilidades opuestas: es el tema del fantasma.

La percepción inestable y ambigua es la característica esencial de lo fantasmal: inquieta, desconcierta, porque es y no es en el mismo instante.

En cambio cuando la seriación de los espacios vividos está secuenciada desde lo imaginario, algo va a ser, luego es y finalmente diremos que fue. Se puede ver a las dos dimensiones del tiempo como a los lados del presente (va­mos de una a la otra). Para esto deben establecerse cortes en la percepción de la realidad. En este sentido los rituales de pasaje (que establecen un antes y un después) son las ceremonias más antiguas del hombre.

Si ahora volvemos al nivel de la psicopatología dire­mos que el depresivo es el que no aprendió a configurar rituales de pasaje, no puede separarse imaginariamente de lo que ya no existe en lo real y para retener lo que fue, apela a maniobras en el mundo real (los síntomas). El sano puede retener imaginariamente los objetos perdidos pues llega a convertirlos en recuerdos, que sí se pueden "guardar" en la memoria y ordenarlos en una sucesión que es "el pasado" de esa persona ("la parte de atrás" de la historia de su vida).

En general podemos decir que los personajes más difí­ciles de convertir en recuerdos (poder realizar el duelo) son aquellos con los que no fue posible completar el encuen­tro, con quienes no estaba agotado el tema, la tarea. Caso típico son los padres que dejaron vacíos en la tarea de querer y organizar al niño, o que lo hicieron mal. En este caso la separación (en general, la muerte) deja una tarea inconclusa que desarrolla energía psicológica y hace difícil convertirlos en figuras internas (el recuerdo). Son los padres candidatos a fantasmas que aparecen en el mundo pre­sente del paciente como síntomas en vez de recuerdos.

Otra forma de no perder el diálogo con el objeto des­aparecido, aprovechando las cuentas pendientes con él, es estructurar un vínculo a través del reproche o la culpa, según que la persona sienta que fue lastimada por el per­sonaje perdido o que por el contrario ella agredió al ob­jeto desaparecido. Este tema del diálogo reproche‑culpa hace que el objeto no se desvanezca, que subsista un vínculo que, aunque no sea de amor, protege igual de la vivencia de soledad total, que siempre irrumpe al desaparecer todo diálogo del yo. De todos modos, en el par reproche‑culpa, se invierten fácil­mente los dos términos pues el objeto era querido inicial­mente pero al desaparecer abandona y se negativiza. Por esta razón, es odiado, reprochado, pero esta agresión a lo anteriormente querido también produce culpa.

Así podemos decir que el diálogo reproche‑culpa se des­arrolla en una zona muy íntima de la persona y es más di­fícil para el terapeuta hacer elaborar estos sentimientos que encierran al yo en un diálogo dentro de sí mismo.

Es más fácil, a veces, esclarecer el otro diálogo, el de evitación‑agresión a que lleva la personalidad paranoide, pues en este caso el objeto está colocado afuera, en espacio y tiempo (el futuro es el afuera del tiempo), y no es tan simbiótica la relación entre persona y objeto imaginario. En cambio, el diálogo reproche‑culpa, al ser muy simbiótico e interno, hace difícil para el terapeuta incluirse en él como el tercero que aclara, que objetiva los personajes.

Otra manera de considerar la relación entre depresión y paranoia es, que cuando el encierro paralizante de la de­presión se hace demasiado angustiante, una maniobra defen­siva es inventar un perseguidor que siempre reorganiza la percepción y la prospectiva en función de evitarlo o atacarlo y arma nuevamente la secuencia temporal. Debajo de la depresión siempre hay agresividad (“nunca hagas enojar a un depresivo”…)

PERTURBACIONES EN LA CONSTRUCCION DEL FUTURO

Área de la paranoia y las fobias

Cuando el futuro no puede organizarse en base al deseo, para que no se paralice el giro del tiempo y se produzca el vacío, se constituye la estructura del miedo. (Se entiende que hablamos del caso donde no hay peligro real).

Si se nos desvanece "la zanahoria" debe alucinarse (construirse como imagen anticipatoria) otro objeto aun­que sea con un recuerdo doloroso. En ese caso colgaremos del hilo que hace caminar al burro una araña, que confi­gurará un futuro patológico, en el sentido de que organiza perceptualmente una dirección pero que no permite cami­narla.

En las perturbaciones del futuro hay algo a señalar que es básico para entender por qué el objeto es evitado y es que, como no se lo pudo anticipar (construirlo "allá adelante"), resulta desconocido y por lo tanto misterioso, peligroso.

En cambio, en la depresión hubo contacto, conocimien­to del objeto y por eso la actitud en vez de ser evitada es retentiva, pues el yo quedó ligado al objeto.

En las paranoias y fobias, el diálogo está basado en la evitación del objeto. Según que la actitud sea pasiva o ac­tiva, encontraremos estrategias evitativas o de ataque cuan­do se produce la identificación con el agresor. El par vincu­lar que se constituye es el de evitación‑ataque; la actitud evitativa está en relación con los cuadros fóbicos. En estos se controla el peligro, que siempre acecha en el futuro, con una organización espacial (claustrofobia, etc.) o con obje­tos acompañantes o contrafóbicos. Los otros, los que agre­den para evitar el miedo, adoptan el rol de lo que temen (atacan para no ser atacados) y configuran los trastornos paranoides, en el nivel de neurosis, o paranoicos (nivel psi­cótico) cuando se instala un delirio persecutorio con defen­sas activas. En este último caso se trata del temido "loco peligroso", que realmente puede llegar a serlo si pone en acción su delirio.


En este esquema de la psicopatología no hemos incluido las crisis y el brote esquizofrénico (máxima crisis) por considerarlos la enfermedad básica, ya que, para salir de ella, se recurre a las maniobras que acabamos de mencionar y que consideramos estrategias, aún enfermas, que defienden de la insoportable e insostenible vi­vencia de la disolución del yo.

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