El Divorcio



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A. Hortelano, Divorcio.

El Divorcio
Por: Antonio Hortelano

En El amor y la sexualidad Problemas actuales de moral

c. 20, t.2. Ed. Sígueme, Salamanca, 1982, 639-675.

Son muchos los que hoy piensan honestamente que el matrimonio para siempre es cosa ardua y dificil (1). Las estadísticas sociológicas demuestran hasta la saciedad el aumento de rupturas matrimoniales (2). No es extrafio que muchos jóvenes piensen que prometerse un amor para siempre es puro romanticismo. Su amor antes o después, por bonito que sea, estará expuesto a As mismas tormentas de los demás y terminará probablemente por naufragar en un mundo, qùe en vez de favorecer la estabilidad, empuja por todos los medios a su alcance al cambio y la mutación.


A todo esto ha venido a afiadirse el influjo del existencialismo exasperado que ha sostenido en el periodo de entreguerras la imposibilidad de una entrega del yo para siempre. La guerra, en efecto, apenas si permite al hombre vivir al dia. El yo que soy en este momento no tiene nada que ver con el yo que seré dentro de diez afios. Comprometer a aquel yo no sólo es imposible, pues nada tengo que ver con él, sino que el solo intento es una verdadera inmoralidad. Una especie de apropiación abusiva de la personalidad del otro.
En este contexto parece lógica la actitud de quienes piensan en el divorcio como una solución para esta inestabilidad matrimonial. Parece inhumano dejar en la cuneta a los que han fracasado en su matrimonio condenándolos a vivir en la soledad. Obligarles a un celibato para ci que no se sienten Ilamados resulta verdaderamente odioso.
Lo trágico del amor humano nace precisamente de su fragilidad, de ese carácter quebradizo, que hace posible la ruptura de una comunién aceptada en sus con-denzos para siempre. Por eso cuando ci amor desaparece de la vida conyugal y sólo se mantiene una coexistencia extema, impuesta por la ley y la sociología, pero sin la más minima orientación afectiva, viene a la memoria la frase de Marx de que el matrimonio burgués es una prostitución legal. La afirmación será exagerada, pero expresa en el fondo una realidad que choca hoy contra la conciencia de muchos hombres. Mantener unidas a dos personas que no se quieren, e incluso que viven en una profunda lejanía Ilena de agresividad y repugnancia mutua, es lo más opuesto humana y religiosamente a lo que debiera ser una comunidad y una alianza de amor. Parece, en estos casos, que la fidelidad a una idea tan santa y significativa corno la indisolubilidad, es inucho más importante y necesaria que la aceptacién y reconocimiento real del «tú» de la otra persona (3).
El divorcio se está convirtiendo así en un ploblema de extraordinaria actualidad (4), al que la iglesia debe dar una respuesta de un modo u otro (5).
Dada la dificultad de este complejo problema, hemos preferido distinguir en él tres dimensiones para facilitar su análisis en profundidad. Estudiaremos de ese modo ci divorcio civil, éticoexistencial y religioso.
l. Divorcio civil
Es preciso distinguir netamente entre divorcio jurídico, por una parte, y divorcio ético-existencial o religioso por otra. Una cosa es que propugnemos que se abrogue la ley que prohíbe a los esposos separarse y volverse a casar y otra muy diferente que los esposos puedan hacerlo en coúciencia sin más ni más y pisoteando ci dinamismo humano y religioso del amor. En ci fondo, ci divorcio jurídico lo único que pretende es no obligar con las leyes y, últimamente, con la policla, a la indisolubilidad. Son los esposos, ellos mismos quienes han de sentir la necesidad de amarse siempre, sin necesidad de que nadie les obligue a ello. Mediante ci divorcio jurídico lo que se quiere, corno en otros muchos campos de la morai, es sustituir la presión externa por la aspiración interna. No es abrir las compuertas para que cada cual haga lo que quiera, sino fomentar las inquietudes internas a este respecto, de tal modo que los esposos sientan, sin coacción de ninguna clase, la necesidad de envejecer juntos, pase lo que pase.
a) Delito o culpa
Para resolver este problema y otros parecidos es muy importante distinguir la diferencia que existe entre ci delito jurídico y la culpa moral. Culpa moral es todo aquello que va en contra de los imperativos éticos prescindiendo de que esté o no permitido por la legislación de un país. En cambio, delito jurídico es todo aquello que a juicio de la mayoría de una población libremente expresado de un modo directo o a través de sus legítimos delegados es penalizado por perjudicar a la sociedad.
No hay por qué convertir en delitos todas las culpas morales. En realidad, como dicen Tomás y muchos de sus comentadores, especialmente Suárez, hay que procurar hacer las menos leyes posibles, sobre todo en ci campo penal.
La ley humana se impone a una multitud de hombres en que una gran mayoría es de imperfectos en la virtud. Por eso la ley humana no prohíbe todos los vicios de los cuales se abstienen los virtuosos, sino só1o los más graves, aquellos que la mayor parte de la multitud puede evitar, y, sobre todo, los que van en perjuicio de los demás, sin cuya prohibición la sociedad humana no podría sostenerse. Así, la ley humana prohfbe ci homicidio, ci robo y otros males semejantes (6).
b) Prudencia po1ítico-social
¿Qué criterios tenemos a mano para saber cuándo una culpa debe ser deciarada delito penal ? En realidad, éste es un problema de «prudencia política», «o de la prudencia que Aristóteles llama gráficamente legum positiva, es decir, de la prudencia “ponedora de leyes" (7).
¿Qué es mejor para el bien común, castigar a los que se separan y se vuelven a casar o reconocer que hay ciertos matrimonios rotos irreparablemente y tomar nota a efectos civiles y sociales de la nueva realidad matrimonial que se crea?
Debe quedar muy claro a este respecto que todos los ciudadanos honestos, incluidos los católicos, deben analizar los pros y contras de las dos opciones y que pueden después optar por una u otra solución corno crean en conciencia.
Es lo que ha ocurrido en problemas similares, pongamos por caso, la prostitución. Desde Cicerón y AgustIn, pasando por Alfonso de Ligorio, muchos moralistas han pensado que era mejor tolerarla que castigarla penalmente, en virtud de un argumento bastante discutible corno es la famosa teoria de la «válvula de escape». Pero había otros que eran partidarios de la penalización de esta abominable infamia moral y social. Unos y otros creían obrar de acuerdo a la prudencia politica y eran libres de pensar y actuar en conciencia. Lo mismo podemos decir del divorcio. Ningún católico, por el hecho de serlo, está obligado a optar por la penalización del divorcio. Deberá, eso si, pensar seriamente ante Dios, qué es lo mejor para su país en unas circunstancias concretas y deberá obrar en consecuencia.
1) Razones en contra de la liberalización del divorcio
Que la ruptura de los matrimonios causa un grave perjuicio a los interesados, a los hijos y a la sociedad no cabe la menor duda posible, corno veremos después. Pero, a fuer de sinceros, hemos de reconocer que no sólo el divorcio provoca estos males, sino también la simple separación legal, sin derecho a volver a casarse, y la anulación. En realidad esta última es, a nuestro juicio, mucho más grave que el divorcio, porque se Ileva a cabo con absoluta tranquilidad de conciencia y se deja a la parte inocente a la intemperie y sin garantía de ningún tipo.
La única razón más o menos válida en contra de la liberalización del divorcio es que la perrnisividad en este terreno va a aumentar los casos de divorcio.
Es posible que esto sea cierto, aunque el aumento y la escalada del número de divorcios no se debe única y exclusivamente a la permisividad legal. El fenómeno es por demás complejo y está condicionado por múltiples factores.
Y no hay que olvidar, por otra parte, el dafio que causa tamhién a los interesados y, en última instancia a la sociedad, el penoso deber legal de arrastrar un matrimonio a la fuerza creando un clima imposible dentro del hogar o condenándose, si los conyuges se separan, a un celibato para el que no se tiene vocación o a una ciandestinidad pseudoconyugal que puede perjudicar gravemente a los interesados y a la sociedad en general.
2) Razones a favor de la liberalización del divorcio
a) Hecho histórico-sociológico
La liberalización del divorcio aparece corno una necesidad hist(Srico-cultural de nuestro tiempo. Prácticamente el divorcio legal rxiste en casi todos los países del mundo, por lo que la situación tic las pocas naciones en que no se da resulta francamente insostenible desde todos los puntos de vista, sobre todo si tenemos en etienta la irresistible circulación de ideas y de personas que se ha producido en los últimos tiempos. Aunque no nos guste el divort-io legal, éste terminará por imponerse. No puede hacerse nada contra esta corriente tan fuerte y avasalladora. Como decía aquel pedagogo, mejor es ponerse al frente de la historia, que enfrente.
b) Nueva pedagogía
Pero no sólo tenemos que «hacer de tripas corazón» ante un liccho que se nos presenta como irreversible y universal, sino que ercemos que esta sustitución de la presión externa por la aspiración interna constituye un verdadero progreso en el comportainicnto moral. Este, en efecto, se hace así más maduro y responsable. Es evidente que a los nifios y a los pueblos primitivos hemos tic protegerlos cien por cien, porque son frágiles e indefensos. Pero hemos de educarlos y promocionarlos de tal modo que poco a poco vayan preparándose para cuando Ileguen a su mayorla tic edad, a la piena responsabilidad y autonomía. Es frecuente la tetitación de la autoridad de considerar a sus subordinados como perpetuamente nifios, con lo que les impiden de verdad crecer y desarrollarse. En realidad estas ideas aparecen ya en los libros sapienciales y en la misma liturgia cristiana: «Bienaventurado aquel que pudo pecar y no pecó». No feliz aquel que tuvo a su lado una pareja de la policía para ser fiel a su mujer. Sino aquel, que pudiendo ser infiel, sociopofiticamente hablando, no lo es, porque ama con locura a su cónyuge y porque desde los pies a la cabeza siente la necesidad de darse a él totalmente y para siempre. Esta necesidad es la que realmente hemos de crear y lo antes posible. Antes de que sea demasiado tarde y el cambio de situación legal coja a los interesados desprevenidos, con lo que tendríamos frecuentes dramas afectivos en las familias que quizás pareclan estables desde fuera.
c) Una buena ley del divorcio
Del i al 4 de abril de 1975 se celebró en Estrasburgo el primer coloquio de estudios del Secretariado Internacional de Moralistas sobre el tema «Matrimonio y divorcio». En él se insistió sobre las exigencias que una reglamentación jurldica del divorcio debe cumplir: que su existencia sea pedida por el bien común, que el contenido legal tienda a realizar el bien común, que la ley res-. pete y facilite la práctica de la indisolubilidad para los que en conciencia la acepten (8).

1) ¿Divorcio sanción o consentimiento mutuo?


Desde el punto de vista procesal habría que sustituir el divorciosanción por el divorcio-consentimiento mutuo. El divorcio sanciOn constituye una verdadera batalla campal en que se permiten todos los golpes bajos que pueden perjudicar al otro. Y, si es el caso, se llega a inventar lo que no ha existido y se presentan falsos testigos. De este modo, todos, padres e hijos, quedan fuertemente traumatizados por el clima de odio que se crea en torno al proceso. El divorcio no debería ser en realidad sino la constatación de un fracaso. 4Por qué convertirlo en un combate? Ya es bastante drama que se rompa un amor con todas las consecuencias negativas que implica, para que le afiadamos una batalla extra que va a dejar un mal recuerdo para toda la vida (9).
2) No discriminación de los católicos en cuanto al divorcio civil
La autoridad del Estado no debería imponer a los católicos canónicamente casados la prohibición civil de acogerse a la Iey civil dei divorcio. El dar o no dar ese paso -el acogerse a la ley civil que «permite» el divorcio vincular- es algo que hay que dejar a la conciencia moral de los religiosa o canónicamente casados. Una prohibición civil de ese tipo -corno resultado quizás de una negociación concordataria; piénsese, por ejemplo, en el «caso» de Portugal, ahora ya superadono es coherente, a nuestro juicio, con la doctrina del Vaticano Il en relaci6n con la libertad social y civil en materia religiosa. Quedarla lesionada la igualdad jurídica de los ciudadanos, es decir, la igualdad de los ciudadanos ante la ley civil. Se produciría una real discriminación entre ellos por motivos religiosos: on el caso contemplado la discriminación afectarfa a determinados ciudadanos por este preciso motivo de haberse casado religiosamente, esto es, por la iglesia. La autoridad civil debe proveer que la igualdad jurídica de los ciudadanos, la cual pertenece al bien común de la sociedad, jamás ni abierta ni ocultamente, sca lesionada por motivos religiosos, ni que se establezca entre ellos ninguna discriminación (10).
Además no hay que ser muy perspicaces para comprender que «inventada la ley, se inventa la trampa». Caso de hacerse esta discriminación legai en virtud de la cual se concedería el divorcio legal sólo a los que se han casado por lo civil y no a los casados por la iglesia (si este matrimonio tiene en un pals efectos civiles), lo que ocurriría es que muchisimos se casarían por lo civil, con lo que tendrían asegurado el divorcio legal en caso de crisis matrimonial, y después se presentarían a la iglesia para casarse sacramentalmente, planteando a los pastores de almas no pocos problemas.
Esto nos hace reconfirmarnos en nuestra idea de que en ningún caso y por ningún motivo el matrimonio religioso debería tener efectos civiles. Todos deberían casarse previamente por lo civil y después los que quisieran podrían vivirlo sacramentalmente en el Seflor a través de la comunidad cristiana. En efecto, ¿cómo podría tener efectos civiles el matrimonio religioso, si a los casados por la iglesia se les permite después divorciarse civilmente? El matrimonio canónico en efecto es incompatible, según el código de la iglesia, con el divorcio vincular. 0 se le reconoce efectos civiles o no. Pero si se le reconoce, no se puede conceder a los casados por la iglesia el divorcio, con lo qne nos situaríamos en contra del Vaticano II. Esto indica hasta qué punto el código de derecho canónigo y el concilio Vaticano II difieren entre si en sus planteamientos (11).
2. Divorcio ético-existencial
Una cosa es la libertad externa, es decir, la no presión desde fuera por medios coactivos y otra la libertad interior de los interesados. Admitido el divorcio legal, Llos casados pueden sin más separarse y casarse con otro, como si su amor no importara nada y ahora fuesen ya libres para hacer lo que quieran? Ciertamente no. Más bien debe ocurrir lo contrario. Al dejarles en la libertad de hacer ellos lo que quieran sin forzarles en este sentido desde fuera, serán ellos los que deberán enfrentarse con su conciencia responsable para descubrir qué es lo que exige su amor desde lo más profundo de ese nosotros que han creado tiempo atrás.
Y aquí debe estar claro que todavía no aludimos para nada al sacramento y a la realidad religiosa y trascendente del amor. Nos movemos aliora en un plano puramente psicológico y existencial, que vale igualmente para el no creyente. Insistimos en esto, porque suele haber en este terreno muchísimas confusiones. La indisolubilidad del matriomonio procede no del sacramento, sino del amor humano que está en su base. El sacramento podrá, como

veremos después, confirmar esta indisolubilidad, pero el amor, antes de que aparezca la trascendencia mistérica, exige ya imperiosamente ser un amor para siempre.


a) ¿Indisolubilidad matrimonial?
La palabra «indisolubilidad» tan frecuentemente usada a propósito del divorcio, no deja de ser extraordinariamente ambigua.
El vínculo matrimonial se dice intrinseca o internamente indisoluble si no puede disolverse por la misma causa que lo constituyó, es decir, por la voluntad de los cónyuges. Y se dice extrínseca o externamente indisoluble, si no existe en ci mundo autoridad alguna, la que sea, capaz de disolverlo. Ahora bien, no es objeto de discusión, dentro del campo católico, ci primer tipo de indisolubilidad sino ci segundo. Es la indisolubilidad extrínseca o externa del matrimonio la que en nuestro tiempo es objeto de una especial reconsideración por parte de te61ogos y canonistas. Respecto de la indisolubilidad intrinseca o interna la doctrina católica cuenta con una pacífica unanimidad. Los cónyuges son libres para casarse, pero no son libres para descasarse. La indisolubilidad intrinseca o interna significa, por lo tanto, que ci matrimonio -que tiene su fundamento en la donación y aceptación recfprocas y que, en términos jurídicos, se Ilama consentimiento- posce, una vez que ha sido Alidamente celebrado, un carácter supraindividual. Es un «servicio público». No es un asunto meramente privado. Y, por consiguiente, su disolución no es competencia de dos personas privadas. Es, a Io más, competencia de la autoridad pública. Solamente una instancia pública, es decir, la autoridad social será la causa hipotética -en la comunidad religiosa o en la comunidad politica- que puede legítimamente, corno desde fuera y corno desde arriba, disolver ci vínculo matrimonial (12).
Esta concepción extrinsecista de la indisolubilidad matrimonial nos deja perplejos a los hombres de nuestro tiempo. La palabra «indisolubilidad» aplicada al matrimonio es sumamente ambigua. «Si por él se entiende que Jesús formuló una exigencia moral, es indudable, pero la cosa resulta menos evidente si se atiene al sentido etimológico. En efecto, el adjetivo indisoluble significa que no puede ser disuelto» (13). Pero en realidad el matrimonio ha sido disuelto frecuentemente no sólo por la autoridad civil, sino también eclesiástica, como veremos después. Con lo que el empleo de esta palabra no hace sino complicar las cosas.
Pero además «la indisolubilidad existencial reviste la máxima importancia y no puede ser sustituida por una concepción jurídica de la indisolubilidad; los hechos sociales y sus influencias están exigiendo una nueva reflexión sobre la ensefianza de la iglesia acerca de la indisolubilidad» (14). El problema es mucho más profundo y hay que situarlo en lo más hondo del amor humano.
1) ¿Indisolubilidad o amor para siempre?
La indisolubilidad (com. garantía y defensa de la comunidad conyugal) no es un vInculo extrínseco impuesto al amor desde fucra, sino que es -debe ser- una dimensión jurídico-institucional de ese mismo amor. Y, esto, repetimos, porque el amor conyugal, si es auténtico, espera ser definitivo. El «para siempre» es un elemento esencial del amor conyugal, y si se renuncia a él, dejarla de ser verdadero amor (15).
En realidad, «la ley exige la indisolubilidad, pero sólo el amor hace al matrimonio indisoluble». La estabilidad del matrimonio hay que buscarla dentro de él y no fuera. Nada ni nadie puede deshacer un amor que existe. Propiamente la autoridad no puede deshacer un matrimonio contra la voluntad de los interesados. «Se caería en un legalismo abusivo, en donde la ley no es ley, sino fuerza y opresión» (16). Lo único que puede hacer en realidad la autoridad es reconocer que ya no existe el amor ni el matrimonio.
2) La ruptura corno constatación de que ha fracasado el amor
Que el amor que está en la base dei matrimonio puede fracasar es un hecho doloroso que comprobamos todos los días. ¿Fracasado el amor irreparablemente deja de existir el matrimonio?
El amor auténtico es, por tanto, el elemento más importante de esta comunión fundada en el amor y hecha estable y definitiva por una alianza y una entrega irrevocables. El amor auténtico es por tanto el elemen to más importante de esta comunión; es renuncia, servicio, generosidad. Pero una vez realizada esta comunión, ya no está a merced de los altibajos de un querer humano subjetivo, cambiante e inestable, sino que por el contrario, está por encima de las alternativas de la pasión y de la arbitrariedad de los esposos. Por esta razón, el matrimonio no puede quedar a merced de las vicisitudes del sentin-dento. por muy noble que fucre, pero que, corno tal, está sujeto a variaciones, a descensos, a desviaciones y a la languidez. Queremos reafirmar una vez más esta doctrina tradicional, recordada ya por la constitución pastoral Gaudium et spes, n. 48, contra la falaz argumentación según la cual el matrimonio terminaría cuando el amor -¿pero qué amor? se apaga (17).
Sin embargo -es un hecho- el amor en ocasiones se apaga. Y, por desgracia, con demasiada frecuencia. En muchos casos se impone la separación para toda la vida de los esposos. Y la autoridad civil y religiosa la concede con relativa facilidad. ¿Qué significa en ese caso que el matrimonio es indisoluble? Muy poco realmente. Lo grave, lo gravIsimo es la separación sin posibilidad de arreglo de dos seres que se habian comprometido a quererse para siempre y a formar,entre ellos un solo ser. ¿De qué sirve que se crea que entre ellos existe un vínculo jurídico irrompible, si se ha roto el amor que está en la base del mismo? Quizás para lo único que sirve ese vínculo es para impedir a esas personas rehacer sus vidas. Pero ¿qué estamos defendiendo: el amor de la pareja y de los hijos o una realidad jurídica abstracta y sin contenido?
Todo esto nos piantea el problema urgente de situarnos en los imperativos éticos y existenciales, que están más alIá de las realidades puramente jurldicas.
b) Proyecto de amor para siempre
1) Necesidad del «para siempre» en el amor
El «para siempre», como hemos dicho repetidamente, no es un adjetivo, que se quita y se pone, como si hubiera dos tipos de amor, el amor temporal y el amor eterno, entre los que el sujeto podría escoger a su gusto. No. El amor por su propia exigencia intrínseca quiere y espera ser definitivo. El para siempre es esencial al amor. Si renunciáramos a priori al proyecto eterno en el amor, dejarlamos automáticamente de amar. No hay escapatoria. O nos decidimos a amar para siempre y hacemos todo lo que está a nuestro alcance para realizarlo, o no amamos. El amor es exigente y radical (18).

2) Falsas razones en contra
a) La dictadura de la estadística
No estamos de acuerdo con la objeción sociológica en contra del amor para siempre. Está muy bien conocer las estadísticas para saber cuántos matrimonios fallan y por qué. Esto puede ser muy aleccionador en la pedagogía prematrimonial. Pero no podernós aceptar la dictadura de las matemáticas corno criterio moral. El hecho de que sean muchos los matrimonios rotos no afecta nada a lo que hemos de hacer para ser coherentes con nuestro dinamismo interior. La media matemática con frecuencia es ramplona y chabacana y a veces está francamente en los antípodas de lo que hemos de hacer. Porque sean muchos los que se drogan en determinados ambientes no queda justificado el uso de la droga. No hemos de dejarnos arrastrar fatafisticamente por la historia, sino que debernos ser dueflos de la historia y seflores suyos. En este sentido creemos que hacen falta unas generaciones de pioneros y testigos que sepan abrirse camino contra viento y marea para ayudar a los otros a encontrar el camino. Al alejar las presiones externas, hemos de Ilenar el vacío, que esto va a dejar, con una mística arrolladora, que nazca de lo más profundo de los corazones generosos y entregados. Estamos seguros, porque somos optimistas radicalmente, que antes o después, las aguas volverán a su cauce y que esto se reflejará hasta en las matemáticas. En estos momentos vivimos en parte de reacciones. Una vez que el problema se serene y los hombres recobren la paz y el equilibrio, volverán a sentir lo maravilloso que es darse con lo más profundo que tienen, no superficialmente, los unos a los otros, y para siempre.



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