El cuestionamiento al enfoque teórico de la ortodoxia y las teorías alternativas



Descargar 128.5 Kb.
Página1/3
Fecha de conversión13.05.2018
Tamaño128.5 Kb.
Vistas52
Descargas0
  1   2   3
Catálogo: archivos secyt -> image
image -> Institutos de Investigación Científica, Humanística y de Desarrollo Tecnológico de la Universidad de Buenos Aires
image -> Obra Social (Dosuba) para los Becarios de Investigación

PIUBAD

PRIMER SIMPOSIO

8 de Junio de 2011

Lic. José D. Villadeamigo

El cuestionamiento a los enfoques ortodoxos de la Economía y las visiones alternativas. El caso de las economías en desarrollo.

Resumen: En este trabajo se plantea la necesidad y conveniencia de encarar la elaboración de políticas económicas divergentes de las implementadas en el país durante el último cuarto del siglo pasado, con la finalidad de encarar los objetivos preestablecidos por la sociedad (estabilización, crecimiento, desarrollo). Se sostiene que para ello debe recurrirse a teorías alternativas a la corriente principal, sobre todo tomando en cuenta las experiencias resultantes de la aplicación de políticas deducidas de ésta y que después del desplazamiento del Consenso Keynesiano no se ha impuesto otro como reemplazante. Se identifica al pensamiento postkeynesiano como un cuerpo de teoría que, partiendo de una visión más adecuada, puede dar lugar a la identificación de políticas económicas debidamente fundadas y válidas para enfrentar la problemática de una economía en desarrollo como la argentina.

El Consenso Keynesiano de la Síntesis Neoclásica: ataque y desplazamiento

  • La importante crisis económica de la década de los ’70 del siglo pasado, disolvió el consenso logrado por el keynesianismo de la Síntesis Neoclásica (SNC), abriéndole paso a la crítica monetarista. Las dificultades enfrentadas por el Monetarismo en tanto cuerpo de teoría capaz de reemplazar al keynesianismo como situación clásica schumpeteriana1, la que se prolongara durante casi tres décadas desde fines de la segunda guerra mundial, dieron lugar a que la denominada escuela de los Nuevos Clásicos (macroeconomía “nuevo-clásica” en adelante MNC) intentara constituirse en el enfoque teórico principal de la ortodoxia. Si bien consiguió el protagonismo en diversos e influyentes ámbitos de las economías avanzadas (como los centros del poder económico y organismos internacionales) no obtuvo la aceptación generalizada que lograran, en su momento, la escuela clásica en su expresión ricardiana y el neoclasicismo, reconocido, principalmente, bajo el sello marshalliano y que mantuviera una robusta vigencia desde el último cuarto del S. XIX hasta la Gran Guerra. En el mundo académico y aún en no pocos órganos encargados del tratamiento profesional de los hechos económicos, no logró dicha escuela de Chicago desplazar al modelo básico de la síntesis neoclásica. Es decir, no se construyó un nuevo Consenso cuya base teórica fuera el enfoque de los Nuevos Clásicos2.

  • El enfoque keynesiano de la síntesis, si bien introdujo algunas ideas de J. M. Keynes en su modelo, lo hizo a partir de una lectura walrasiana o neowalrasiana de la Teoría General (J. E. King, 2002; Clower, 1965). Sin entrar en la conocida discusión sobre cuál es la lectura más fiel de las trascendentes contribuciones de Keynes a la economía política, o la “economía”, es distintivo de la síntesis neoclásica SNC – compuesto por el modelo IS/LM del ingreso y la tasa de interés, el mercado de trabajo que incorpora las variables empleo y salario, el análisis de la relación entre empleo y precios basado en la curva de Phillips y la teoría del crecimiento - la aceptación de la existencia de situaciones de desempleo involuntario en la economía capitalista o de mercado, y por ello, de niveles de producción menores al potencial. Tales situaciones engendran inestabilidades a las que –de acuerdo al Consenso keynesiano- es necesario y conveniente evitar puesto que, así, se impide la reducción del bienestar general. Para ello, se requiere la intervención estatal quien mediante política fiscal o monetaria o por una combinación de ambas, puede obtener el regreso a una posición de equilibrio con pleno empleo.

Las generalizadas políticas económicas (sustentadas en la SNC) atendían así a dos objetivos fundamentales: la consecución del pleno empleo y la fijación de un cierto nivel de variación de los precios. Ello implicaba el manejo de la demanda agregada y el reconocimiento de un “quid pro quo” entre los niveles de actividad y precios, en el cuadro general de las políticas típicas del llamado Estado de Bienestar. La intervención estatal en la economía no correspondía sólo en el contexto de las fluctuaciones económicas sino que se extendía, también, al caso de la implementación de políticas tendientes al logro del crecimiento económico. Así, la programación económica fue un instrumento cuya aplicación, durante el período del Consenso keynesiano, era aconsejada por los organismos internacionales de crédito a los países subdesarrollados con la finalidad de conseguir una mejor asignación de los recursos disponibles3.

El intento de recrear un nuevo Consenso: El monetarismo y la macroeconomía nuevo clásica (MNC)

-El quiebre, en los ’70, del crecimiento continuado de la producción y del comercio internacional4, conseguido, particularmente, en las economías avanzadas y el alargamiento de la situación de crisis en dicha década5, cuestionaron la capacidad de las políticas keynesianas para superar la situación (Shaikh, 2000). La particularidad de la conjunción de alza de precios con recesión –situación prácticamente desconocida en el capitalismo del Centro (J. Robinson en Eichner, 1982)– fue especialmente propicia para que la crítica monetarista a la curva de Phillips6 (M. Friedman, 1968; Phelps, 1967) tuviera una aceptación significativa, dado que el modelo de la SNC sólo admite la existencia de las brechas inflacionaria y deflacionaria, excluyendo la posibilidad de un alza de precios con desempleo involuntario (la estanflación)7 . Sin embargo, había otras explicaciones de la estanflación diferentes a la del monetarismo friedmaniano. Ellas conducen, finalmente, a entender la reacción conservadora que se impuso desde fines de los ’70 (Heilbroner, 1992) y que se justificó en la necesidad de superar el serio impacto de la crisis sobre el empleo, los precios, la rentabilidad de las inversiones, la moneda de reserva mundial y el sistema financiero internacional8. La confluencia de la nueva onda conservadora y el monetarismo redivivo no bastó para mantenerlo en la posición dominante pues fue desplazado de ese lugar por el Nuevo Clasicismo (MNC) de Chicago. El reemplazo no significó ninguna alteración sustancial de la teoría económica que debía sustentar a los argumentos del conservadurismo y las políticas económicas por él propiciadas, puesto que el enfoque Nuevo Clásico nació en comunidad de visión con el monetarismo y compartiendo con éste una aproximación metodológica esencial9. Asimismo, plantearon una similar reacción antikeynesiana (J. W. Deanen, 1981). El supuesto distintivo del enfoque de la MNC es la adopción de las llamadas ‘expectativas racionales’ al que se adiciona el del vaciado de los mercados. Sobre esta base se construyen modelos a los que se considera macroeconómicos simplemente porque, como siempre lo planteó la escuela NC de raíz walrasiana, basta con sólo agregar lo deducido del comportamiento optimizador del agente representativo en el plano de la microeconomía. Este agente es el hombre económico, calculador racional de placeres y dolores, procurando su máxima satisfacción10. Así, para obtener una macroeconomía que informe correctamente a los responsables de elaborar las políticas económicas es preciso llevar los supuestos de racionalidad, optimización y equilibrio en los mercados hasta sus últimas consecuencias (M. Willes, 1981). Un resultado de este armazón lógico, derivado de la hiper-racionalidad atribuida a los ‘agentes’11, es la rectificación de las conclusiones a que se arribara con la crítica que formulara Friedman a la curva de Phillips. Reemplazando las expectativas adaptativas por las racionales, se consigue demostrar que no existe ningún ‘quid pro quo’ entre las variaciones del empleo y de los precios; simplemente, no hay lugar para que ninguna intervención estatal preanunciada pueda generar un aumento real perdurable del producto y del empleo, ni en el corto ni en el largo plazos. Otro resultado deducido de la incorporación de la hipótesis de expectativas racionales (HER) y del vaciado permanente de los mercados, es la función de Oferta Agregada: dado que los agentes son racionales, su comportamiento refleja decisiones óptimas12, la oferta (de trabajo o producto) depende de los precios relativos. El producto sólo se desviará de su nivel natural cuando haya una diferencia entre el nivel de precios existente y el esperado. Cuando los individuos sean sorprendidos e interpreten un aumento de precios como un aumento en el precio relativo de su producto, aumentará el nivel de oferta de productos y de trabajo en la economía. Cuando los agentes perciben que no hubo una modificación de los precios relativos, se rectifican, con lo cual el producto y el empleo retornan a su nivel de largo plazo. Esta formulación de la oferta agregada fue desarrollada por Lucas (1972, 1973) y, en definitiva, postulaba que cuando las expectativas de inflación son correctas (en ausencias de cambios inesperados de precios) el producto y el empleo se mantendrán en sus tasas naturales. A este “teorema” económico se le agrega otro: el comportamiento del trabajador individual en paro13. Para esto, consideran al trabajador en paro como realizando una actividad –el desempleo como actividad –, concluyendo que el desempleo constituye una forma particular del “ocio”. Entonces, todo desempleo resultaría ser “voluntario”14. Además, está la teoría del ciclo real15 que se apoya en el supuesto del vaciado de los mercados16, afirmando que las fluctuaciones de la producción en el sistema económico resultan de los ‘shocks’ exógenos que obligan a generar reequilibrios de tipo walrasiano como respuesta (Kydland y Prescott, 1982). Excluyendo la exogeneidad originada en la interferencia estatal y en otras instituciones de efecto similar, como la acción sindical convalidada por leyes y conductas sociales afines muy arraigadas, quedaba como factor exógeno importante el que resumía a las fuerzas de la innovación y el progreso tecnológico. La inestabilidad provocada por ese factor resultaba favorable, en última instancia, pues la conducta reactiva racional de los agentes habría de conducir al aumento de la producción. Por ello, no era necesario concebir políticas que intentaran neutralizar la inestabilidad ya que ella se convertiría, muy probablemente, en crecimiento.

  • La “macroeconomía nuevo-clásica” (MNC) muestra como rasgos destacados la construcción de modelos macroeconómicos con micro-fundamentos y su expresión con un pronunciado formalismo matemático. Pero, tanto los supuestos como el modo de operar atribuido al comportamiento de los agentes individuales –en rigor, sólo de uno pues la pluralidad sobreviene por la simple agregación que abarca a todos- se enmarcan perfectamente en el enfoque NC17. Más aún, cabe interpretar a la MNC como una corriente ortodoxa que cree haber construido las bases de una macroeconomía correcta y más satisfactoria que la de la SNC porque recupera la noción del funcionamiento automático y eficiente de la economía, en términos plenos18. Se pretende desalojar, así, la noción de la existencia de desequilibrios repetidos y sistemáticos o de equilibrios con desempleo y por ende ineficientes y con ello, la noción de la necesaria intervención estatal (ya sea regulando o participando en la actividad económica). Vercelli, 1991, objeta –válidamente- la estrechez de los supuestos que introduce la MNC al elaborar sus modelos con micro-fundamentos pues lleva a ignorar grandes áreas, básicas en la macroeconomía de Keynes, como la problemática del desequilibrio, la incertidumbre y la inestabilidad. Asimismo, señala que la microeconomía utilizada por los modelos de la MNC no proporciona fundamentos suficientemente sólidos como para alcanzar un desarrollo satisfactorio de la macroeconomía. También, afirma que debe procederse de un modo inverso al de los MNC, tratando de incorporar fundamentos macroeconómicos a la microeconomía19.

Las políticas económicas deducidas de la MNC

  • A partir de la crisis y existiendo la mencionada conjunción entre conservadurismo y teoría económica, se abrió una nueva etapa que se caracterizó por el retiro del Estado de la economía, una progresiva mejora de la retribución al capital -registrándose más tarde, un desmejoramiento de los ingresos del trabajo-, y una creciente liberalización de los mercados aunada al auge de la inversión financiera con la libre movilidad internacional de los capitales. La crisis estuvo precedida por un debilitamiento de la rentabilidad de la inversión, generándose durante ésta una caída, mientras que la etapa siguiente mostró una recomposición de la misma a partir de la ampliación de las áreas de actividad a su alcance (las que antes estaban bajo la órbita estatal y sobre nuevas regiones del planeta)20. A su vez, la atención se desplazó desde la renta y el empleo a la inflación y la respuesta proporcionada por el monetarismo y la MNC satisfizo plenamente tal inquietud. Con ese fracaso (el de la SNC), la creencia en reglas monetarias de largo plazo se adecuaba perfectamente a las circunstancias y la oferta monetaria se convirtió en la única variable importante para el mundo de los negocios (Heilbroner, 1992). Las políticas económicas justificadas por la MNC tienen un leitmotiv: la inefectividad de la intervención estatal21. Dado que ésta debe circunscribirse a la política monetaria –pues la fiscal entienden que quedó descalificada por sus teoremas y por ende, desalojada - cabe esperar que aquella actúe sólo sobre los valores nominales asumidos por las variables fundamentales. Así, por ejemplo, una política anti-inflacionaria sería muy probablemente efectiva si se basara en una oferta monetaria cuyo comportamiento preanunciado fuera creíble; en tal caso, podría concretarse una baja de precios sin que se experimentara un descenso en el producto y el empleo22, y el costo real de la contracción sería, entonces, nulo. Las fuerzas económicas operan automáticamente garantizando la eficacia del mercado. Tal concepción explica la privatización, la desregulación y la liberalización comercial y financiera. En cuanto a este último mercado, cabe atribuirle el mismo comportamiento que el de los otros y el general de la economía. Por ende, las regulaciones financieras no tienen porqué sustituir o sobreponerse al desempeño de las fuerzas que actúan en tal mercado. El crecimiento de la inversión financiera y la multiplicación del precio de los activos financieros no constituye, según el razonamiento de la MNC, ningún elemento generador de inestabilidad particular puesto que cabe esperar que la racionalidad de los agentes y la flexibilidad del sistema de precios actuarán para que se concrete el automatismo que garantiza la eficiencia.

La crítica desde la ortodoxia a la MNC: la macroeconomía nuevo-keynesiana y la restauración revisada del keynesianismo

- En las dos últimas décadas del siglo, se consolidaron las tendencias que, durante los años setenta, se habían insinuado en la economía mundial. Las políticas de ajuste aplicadas, durante los ’80 en varias economías centrales, con la finalidad de enfrentar la inflación, repercutieron a nivel doméstico provocando recesión y desempleo e internacionalmente, haciendo descender los precios de los bienes primarios, entre los cuales estaba el petróleo, y recortando así la masa de fondos salidos del Centro para pagar esas importaciones. Esto coincidió con el impulso otorgado a la liberalización comercial y financiera,23 lo que acentuó el movimiento de capitales, dadas las nuevas reglas que rigieron en materia cambiaria, al generalizarse los tipos de cambio fluctuantes y la consecuente modificación de las tasas de interés a escala internacional. Pero, quedó claro que las políticas de ajuste no generaron el efecto que predecía la MNC, y el control de la cantidad de dinero trajo consigo la contracción del producto y el desempleo, en la primera parte de los ochenta.

Ante esto y también frente a lo que varios consideraron una explicación insatisfactoria de la crisis de los ’70 (Galindo, 2003), surgieron dentro de la propia ortodoxia, críticas hacia ciertas posiciones monetaristas y la MNC las que, finalmente, se estructuraron en el enfoque macroeconómico conocido como “nuevo keynesianismo” (MNK).

Este enfoque persigue explicar las fluctuaciones agregadas como la consecuencia de impedimentos para la coordinación de la elección por parte de los agentes racionales que, en forma individual, maximizan la función consumo, producción, etc. pero que colectivamente están impedidos de lograr una asignación eficiente de Pareto (Parkin citado por Bucheli).

Para ello, desarrollan modelos macroeconómicos sostenidos en fundamentos microeconómicos que incorporan la HER, coincidiendo así con los modelos de la MNC. En cambio, rechazan el concepto apriorístico de mercados que se equilibran automáticamente24 - el “vaciado continuo” implícito en Walras- e incorporan elementos de la realidad al tiempo de elaborar sus modelos como las imperfecciones del mercado y precios que no son absolutamente flexibles, destacando que la validación de una teoría no está plenamente alcanzada a través de las predicciones de carácter empírico, por lo cual éstas tienen sólo un carácter necesario y no suficiente.

Los Nuevos Keynesianos argumentaron que la teoría del ciclo económico basada en fallas de mercado era más realista que la de los nuevos clásicos. Los modelos de la síntesis neoclásica suponían fijado el salario nominal, mientras que los nuevos keynesianos intentaron brindar micro fundamentos para explicar el fenómeno de salarios y precios viscosos.

El marco teórico propuesto por los nuevos keynesianos incluye competencia imperfecta, mercados incompletos, trabajo heterogéneo e información asimétrica. A partir de ello, constatan y elaboran el hecho que en la economía hay una cierta rigidez de precios, lo cual lo asocian con que éstos no varían cuando se modifica la demanda agregada (y los costos marginales no se alteran). Entonces, un aumento de la demanda no provocará, imprescindiblemente, una modificación al alza de los precios. Y cuando tales costos se modifican, no se produce una alteración de los precios debido a la existencia de fricciones reales y nominales. Entre las reales están las externalidades, la imperfección de los mercados de capitales ante la información incompleta, el comportamiento cíclico de las elasticidades de la demanda y la viscosidad del salario en el mercado de trabajo. Y entre las nominales identifican a los “costos de menú” y la racionalidad incompleta de los agentes25. Concluyen, entonces, que la economía se caracteriza por la existencia de fallas de coordinación y externalidades. Estas características se combinan de distintas maneras en los modelos, pero un primer problema de la nueva economía keynesiana es que no hay un modelo unificado sino una variedad de explicaciones de las rigideces de precios y salarios y sus consecuencias macroeconómicas.

Ahora bien, se ha afirmado que la funcionalidad de la MNC consistió en que proporcionó el marco teórico adecuado para la instauración de las políticas que de un modo u otro, ampliaron el área de influencia del sector privado de la economía, achataron los salarios, facilitaron el ensanchamiento del radio de acción internacional de las economías avanzadas y dentro de éstas de los grupos económicos de mayor fortaleza, y tendieron a reducir el gasto en bienestar. Gran parte de esas políticas fue justificada por la “demostración científica” de que los mercados tienen una capacidad autorreguladora y que, librados a su propia fuerza, son capaces de proporcionar el máximo de bienestar individual y social. La crítica de la MNK a la MNC y las conclusiones de sus modelos venían a señalar los errores predictivos de los enfoques de ésta. Pero, además, volvían a plantear que la economía presenta problemas que no son tratados o bien, no lo son debidamente por los modelos de la MNC. Por ende, las políticas deducidas de ellos o no son capaces de resolverlos o pueden agravarlos. Así, dentro de la ortodoxia, los Nuevos Keynesianos, por una parte, al introducir un cierto grado de realismo en el análisis, trataron los problemas de la teoría a la hora de confrontarla con los hechos económicos y su entramado y, por otra, expresaron también las necesidades de un proceso real que mostraba la existencia de imperfecciones en el funcionamiento de los mercados. Esta teoría brindó el marco para estudiar esas imperfecciones sin cuestionar el papel central de los mercados, ni la dinámica del capitalismo.

Se podría identificar (como lo hacen Usabiaga- Caraballo, 2002 ) al caso típico de la visión MNK con un modelo que incorpora competencia monopolística, fricciones nominales, efectos macroeconómicos de las fricciones nominales -especialmente, la no neutralidad del dinero a corto plazo-, desempleo involuntario y, finalmente, el énfasis en la interacción entre las rigideces nominales y reales. Por otro lado, puede considerarse a la competencia perfecta, la plena flexibilidad de precios y salarios, la neutralidad del dinero y el desempleo voluntario como el caso MNC, de acuerdo, por ejemplo, con lo planteado por Lucas (1972) y Hoover (1988)26.

Las políticas económicas deducidas de la MNK reconocen la posibilidad de que la intervención puede disminuir los efectos inconvenientes, derivados de las imperfecciones, de la falta de información completa, de las rigideces, sobre el bienestar. Este sería el limitado campo de actuación asignado a las políticas de intervención, con lo que habría una coincidencia muy parcial con los keynesianos de la síntesis.



La puesta en jaque de la visión ortodoxa: las crisis de fines de los ‘90 y la gran crisis financiera internacional 2007-2008

En los últimos años, la teoría económica ortodoxa sufrió importantes embates desde la propia realidad. Las crisis financieras que afectaron a las economías del SE asiático y que se extendieron hacia Rusia, Brasil y México en el último tercio de los años ’90, dieron lugar a la reiteración de los planteamientos críticos mencionados mas arriba y a nuevas reflexiones referidas a la situación creada en estos países. En general, esas economías se habían abierto comercial y financieramente e implementado, además, diversas medidas de política complementarias. La desregulación financiera, los tipos de cambio fluctuantes, el retiro del Estado y la liberación de los precios domésticos constituían elementos comunes a todas ellas. De acuerdo a la teoría aceptada –por lo menos por las autoridades domésticas que habían introducido tales políticas y por quienes las propiciaban- los mercados son eficientes27 y por ende, los financieros y los de divisas no escapan a esta característica. Sin embargo, los acontecimientos mencionados obligaron a reconocer que los mercados financieros pueden ser ineficientes (Krugman, 1999). Asimismo, las políticas consistentes en apartar al Estado de la economía, flexibilizar el mercado de trabajo, comprimir el gasto público, desgravar o minimizar las alícuotas tributarias a ciertas actividades económicas, todo ello dentro del marco de la apertura comercial y liberalización financiera, fueron aplicadas en general en las economías en desarrollo o de mercados emergentes. Salvo algunas de ellas, en puntos bastante acotados, recibieron la aprobación de toda la ortodoxia.

Pero, en la gran mayoría de los casos, los resultados de tales políticas fueron, por lo menos, magros en varios aspectos de importancia (el nivel de actividad y empleo, la distribución del ingreso, el avance en la acumulación de capital y la introducción de tecnologías con efecto positivo sobre el rendimiento del trabajo). Y la fluctuación macroeconómica siempre se hizo presente. Esto ha generado el cuestionamiento a las políticas y a los enfoque teóricos que las prohijaron.

La superación de la situación de crisis en las economías de los países nombrados más arriba requirió la adopción de políticas ad-hoc cuya naturaleza no difería de las propiciadas y aplicadas en su momento por el keynesianismo de la síntesis, a las que la MNC había considerado definitivamente desterradas y condenadas al olvido. Sin embargo, la calidad de ser economías de “mercados emergentes” o en desarrollo, las afectadas por la crisis, permitía dejar flotando una asignación de culpas que iba desde el error cometido por órganos públicos a la permanencia de instituciones de naturaleza o conducta inadecuadas, pasando por las ineficiencias peculiares de tales economías… Las reconvenciones originadas en los críticos no ortodoxos y dirigidas a las políticas aplicadas, muchas veces propiciadas por los órganos internacionales y también muy alabadas por los núcleos influyentes y aún personajes de los propios gobiernos de los países de economía avanzada, no tuvieron eco, prácticamente, en dichos núcleos de poder. Al menos, en sus tomas de posición públicas al respecto.

El caso de la crisis de la economía argentina, a principios de este siglo, es revelador para apreciar la existencia de un cierto disenso –una vez estallada aquella- dentro de la ortodoxia respecto, por un lado, a su origen y causalidades y por otro, a las medidas requeridas y aplicadas para su superación. Sin embargo, debe recordarse que, al tiempo de adoptarse el NME y aplicarse las políticas respectivas, hubo una aprobación casi general por parte de los organismos internacionales, los gobiernos del grupo de los siete y aún de organizaciones no gubernamentales partidarias de las concepciones ortodoxas. Si bien una de sus peculiaridades como el tipo de cambio fijo, convertible, adoptando el dólar estadounidense como patrón, no estaba entre los consejos liminares de los organismos internacionales, no fue, sin embargo, considerado como un factor que convirtiera en inviable a todo el conjunto de medidas implementadas28

Los fundamentos y las consecuencias de tal modelo han sido amplia y detalladamente evaluadas. La ortodoxia, dividida (¿dividida?), realizó sus apreciaciones al respecto. Pero, de ningún modo expresó un pensamiento revisionista de los principios de las políticas que había considerado adecuadas una vez producido el estallido económico-financiero con consecuencias político-sociales alarmantes.

Hubo que esperar a que la crisis internacional de 2007-2008, nacida y esparcida principalmente en las economías avanzadas, mostrara la gravedad de los efectos de las concepciones macroeconómicas de la “mainstream” y de las políticas implementadas para que se presentara tal revisión.

En un documento producido por un alto funcionario del FMI (Repensando la política macroeconómica, O. Blanchard et alia, febrero 2010) se encara un balance del pensamiento de la “mainstream” y lo que podrían ser las nuevas directrices de la política macroeconómica en los tiempos de post-crisis. Al comienzo de dicho documento sostienen: ‘Se procede mediante tres pasos. En el primero, se expresa la opinión que nos merece lo que creímos saber. El segundo, identifica dónde nos equivocamos. El tercero, y más provisorio de los tres, da un primer paso hacia la determinación del contorno esquemático de una nueva política macroeconómica’.

Este último punto plantea una nueva agenda de política económica alternativa al "consenso macroeconómico" que existiera hasta la crisis económica de 2007-200829. Se afirma en el documento que las bases de dicho Consenso quedaron seriamente heridas por la crisis y señalan: a) que quienes estructuraron la política económica prevaleciente pudieron ver que el mantenimiento de una tasa estable y baja de inflación no basta para lograr la estabilidad macroeconómica. Esto es así porque los precios de los activos, de los agregados de crédito y hasta la propia composición de la producción, pueden generar fuerzas desestabilizadoras en la economía. Éstas conducen ya sea a mediano o largo plazos, hacia crisis financieras de gran magnitud. En segundo lugar, la fijación de una meta de inflación demasiado baja reduce considerablemente el espacio para la disminución de la tasa nominal de interés cuando ello fuera necesario a fin de enfrentar los efectos de una crisis financiera. Así, los costos debidos a la pérdida de flexibilidad derivados de una meta de inflación demasiado baja superan, en mucho, a las posibles ganancias en credibilidad que pudieran generar. En tercer lugar, el mantenimiento de un “espacio fiscal”– entendido como una relación entre deuda bruta y PIB de nivel bajo a moderado – se mostró como de importancia fundamental para una pronta y decisiva respuesta de la política fiscal a la crisis financiera. Finalmente, el carácter limitado de la regulación financiera proporcionó los incentivos necesarios para que los bancos crearan operaciones "exóticas" fuera de sus balances, de modo de eludir los límites establecidos para el “leverage” por el Acuerdo de Basilea, lo que terminó aumentando la fragilidad financiera del sistema como un todo.


Ante esta visión de las causas generadoras de la crisis financiera es preciso tomar en cuenta otras que presenten una interpretación alternativa. Puede citarse, por ejemplo, la siguiente:

En primer lugar, cabe sostener que la crisis de la economía norteamericana – que la incubó y esparció - significó el agotamiento de un modelo del ciclo basado en la combinación de la inflación de activos con un fuerte aumento del endeudamiento. La crisis, en términos generales, reveló una crisis del propio modelo liberal, en el que fallaron los principios de eficiencia de los mercados y su capacidad de autorregulación.

Luego, debe apuntarse a que las vacilaciones en las políticas que se implementaron, con una preocupación posiblemente prematura en el déficit del sector público y el incremento de la deuda gubernamental, terminaron por generar incertidumbres aún mayores en relación a la recuperación económica mundial, no debiendo excluirse el desemboque en una nueva contracción económica.

En tercer lugar, la crisis de las economías periféricas de la UE revela los problemas relacionados con la rigidez de las políticas macro y las asimetrías de la realidad económica en la zona del euro, entre países con condiciones estructurales bastante diferentes, generando un problema crónico de competitividad externa, una vez que la adhesión al euro eliminó la posibilidad de usar la devaluación cambiaria como un instrumento de política económica.

Desde ya, la constatación de la inconsistencia entre la realidad, por un lado y la teoría-políticas- predicciones, por otro, no basta para dar a luz a una alternativa teórica, deducir políticas aptas y obtener el suficiente grado de consenso como para encarar los problemas existentes. Aunque, sí, la aceptación de esa inconsistencia y el análisis de las alternativas teóricas presentadas por el pensamiento económico crítico y de su adecuación a una o más realidades particulares, constituye un paso necesario y valioso para encaminar la teoría y las políticas, lograr consenso y hacer viable su concreción en la práctica.



Compartir con tus amigos:
  1   2   3


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2017
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos