El coraje de aceptar la aceptación



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Jornada de Desarrollo personal El Trabajo en Equipo.

Cartagena Invierno 2009

Colegio Hogar de Cristo
PRIMER MOMENTO
Busque un lugar tranquilo y lea el texto, 2 ó 3 veces si es preciso, tiene tiempo para ello. No se distraiga no busque las miradas de otros, ya habrá tiempo para compartir, simplemente respire profundamente y concéntrese en el texto.
El coraje de aceptar la aceptación

Peter G. Van Breemen S.J.
Un principio básico de la Teología establece que la Fe y la Sagrada Escritura contienen la respuesta a las inquietudes más profundas del corazón humano. La fe atañe a la vida, a mi vida. La fe viene a ser como una radiografía de mi existencia humana. Me ayuda en la tarea de vivir una vida mejor, de ser más humano, más integrado. Creer es descubrir que existe una sola unidad: Dios es el fundamento más profundo de mí ser.
La pregunta

Una de las más hondas necesidades del corazón humano es la de ser apreciado. Todo ser humano desea que lo valoren. No que todos queramos que los demás nos tengan por seres maravillosos. A lo mejor esto resulta la pura verdad, pero no es lo fundamental. Podríamos decir también que toda persona quiere ser amada pero también resulta algo ambiguo pues se da tanta variedad en los tipos de amor como en las especies de flores. Para algunos, el amor es, ante todo, apasionado; para otros, es más bien romántico; otros, en fin, lo consideran meramente sexual. Pero existe un amor mucho más profundo que podemos llamar amor de aceptación. Toda persona ansía vivamente que los demás la acepten y que la acepten verdaderamente por lo que ella es. Nada hay en la vida humana que tenga efectos duraderos y tan fatales como la experiencia de no ser aceptado plenamente. Cuando no se me acepta, algo queda roto dentro de mi. Un bebe no recibido con agrado está arruinado desde las raíces mismas de su ser. Un estudiante no aceptado por su profesor no llegará nunca a aprender. Una persona no aceptada por sus colegas de trabajo padecerá de úlceras y hará la vida imposible a los de su hogar. La historia de muchos presidiarios demuestra que la experiencia de no haberse sentido aceptados constituyó el motivo principal de sus extravíos. De igual manera, en la vida religiosa, cuando una persona no se siente aceptada en su comunidad, no puede ser feliz. Una vida sin aceptación es una vida en la que deja de satisfacerse una de las necesidades más primordiales.


Se aceptado significa que las personas con quienes vivo me hacen sentir que valgo y soy digno de respeto. Son felices porque yo soy quien soy. Ser aceptado significa que me permiten ser como soy y que, aunque es verdad que todos tenemos que desarrollarnos, no me obligan a ello a la fuerza. ¡No tengo que pasar por quien no soy! Y tampoco me tienen fichado por lo que he sido en el pasado o por lo que ahora soy. Por el contrario me dejan campo libre para desplegar mi personalidad, para enmendar mis errores pasados y progresar. En cierto sentido podemos decir que la aceptación constituye un descubrimiento. Toda persona nace con un gran número de potencialidades, pero si estas no son estimuladas por el toque caluroso de la aceptación de los demás, permanecerán dormidas para siempre. La aceptación, pues, libera todo lo que hay dentro de mi. Sólo cuando soy amado, en ese sentido profundo de la plena aceptación, puedo llegar a ser yo mismo. El amor y la aceptación por los demás hacen posible que yo llegue a ser esa persona verdaderamente única e irrepetible que estoy llamado a ser. Cuando se estima a un hombre por lo que hace, no se le trata como un ser único, porque siempre podrá haber otro que pueda hacer su mismo trabajo o incluso hacerlo mejor. Pero cuando uno es amado por lo que uno es, sólo entonces se convierte en una persona única e insustituible. Queda claro, por consiguiente, que necesito de la aceptación de los demás para alcanzar la plenitud de mi personalidad. Cuando no soy aceptado, no soy nadie. No puedo alcanzar mi plenitud un hombre aceptado es un hombre feliz porque ha sido descubierto y podrá desarrollarse.
Aceptar a otro no quiere decir que tenga que negar sus defectos ni tratar de encubrirlos. Tampoco significa que todo lo que él haga sea “genial” o “perfectamente hecho”. Todo lo contrario. Al negar los defectos de una persona estoy demostrando justamente que no la acepto. Todavía no he llegado a la profundidad de su persona. Sólo cuando acepto a alguien totalmente y sin reservas puedo hacer frente a sus defectos.
De manera negativa podemos decir que aceptar a una persona no darle nunca motivos para que se sienta poca cosa. No esperar nada de alguien es como matarlo o hacerlo estéril. Ya no puede hacer nada. Cuentan que, en ciertas regiones, los niños atacados de raquitismo arañan las paredes de las casas para obtener cal. De manera semejante podemos decir que el hombre que no es aceptado “araña las paredes” para obtener aceptación. ¿Y cuáles son los síntomas?

Jactancia: De manera sutil o manifiesta, buscan la manera de obtener la alabanza y estima que tanto necesitan.

- Rigidez: La falta de aceptación produce falta de seguridad en el camino de la vida y, a fortiori, falta de coraje para arriesgarse a dar un paso fuera de lo trazado.

- Complejo de inferioridad: Qué simplemente define las condiciones ya mencionadas.

- Masturbación o cualquier otro placer superficial: Le falta tanto en la profundidad de su ser, que hace todo lo posible por sacar de la vida lo que pueda de manera fácil.

- Deseo de hacer valer en todo sus propios derechos: Terrible poder de imponerse sobre los demás, excesiva necesidad de que los demás le hagan caso, tendencia a sentirse amenazado, a exagerar las cosas, a murmurar y sospechar de los demás; son todos síntomas de no sentirse aceptado.


La persona realmente equilibrada no tiene necesidad de gratificarse en esa medida. Erik Erikson en su libro “El joven Lutero” (Young Man Luther – Ed. W. Norton and Co. N.Y. 1958, p. 118) escribe:
“Hay algo que el ser humano adquiere en su primera relación interpersonal, algo que la mayoría de los que sobreviven y mantienen sano el juicio pueden creer que lo tienen ya asegurado. Sin embargo, sólo los psiquiatras, los sacerdotes y los filósofos natos, llegan a darse cuenta de la forma tan penosa como esto puede faltar, de hecho, en la vida de los individuos. Yo he llamado “confianza básica” a este tesoro temprano, primer rasgo de la psicología humana y base de todas las demás.
Esta “confianza básica” en la reciprocidad aparece como un “optimismo” original, como la percepción de que “alguien hay aquí”, sin el cual no podemos vivir. En determinadas circunstancias, esta confianza básica no logra desarrollarse en el curso de la primera infancia -por algún defecto del propio niño, o por el ambiente materno-, y los niños mueren mentalmente. No son capaces de responder ni de aprender; no asimilan ni sus alimentos, ni pueden defenderse frente a alguna infección, llegando con frecuencia a morir, no sólo mental sino físicamente.
La respuesta

Dios me acepta tal como soy -¡tal como soy!- y no tal como debería ser. Decir esto es, en cierta forma, afirmar algo obvio, pero lo cierto es que yo nunca soy lo que debería ser. Yo sé muy bien que nunca, en realidad, sigo fielmente el camino recto. Ha habido muchas curvas, muchas decisiones equivocadas que, en el curso de mi vida, me han conducido al lugar donde actualmente me encuentro. Pero, he aquí que la Escritura dice: “el lugar en que estás es tierra sagrada” (ex 3, 5). Dios me conoce por mi propio nombre: “mira cómo te tengo grabada en las palmas de mis manos” (Is 49, 16). Lo cual quiere decir que Dios nunca podrá mirarse la mano sin ver mi nombre... Y mi nombre, eso soy yo...El mismo Dios garantiza que yo puedo ser quien soy. San Agustín dice: “un amigo es alguien que sabe todo de ti y, no obstante, te acepta”. Es el sueño de todos: ¡qué un día me encuentre con la persona con quien realmente pueda yo hablar; con la persona que me comprenda a mi ya las palabras que hablo; que me pueda escuchar y logre comprender aún lo que no puedo decir y que realmente me acepte como soy! Ahora bien, Dios me quiere con mis ideales y con mis fallas, con mis sacrificios y con mis alegrías, con mis éxitos y con mis fracasos. Dios es el fundamento más radical de mi ser entero. Una cosa es saberme aceptado, pero sentirlo vivamente es otra cosa completamente distinta. No basta haber palpado una sola vez el amor de Dios. Se necesita mucho más que eso para construir la vida sobre el amor de Dios. Hace falta mucho tiempo para llegar a creer que Dios me acepta tal como soy.


Siempre se nos ha dicho que es importante amar a Dios y, por supuesto, es la pura verdad. ¡Pero es mucho más importante el que Dios nos ame a nosotros! Nuestro amor a Dios es algo secundario. Primero es el amor de Dios a nosotros: “El amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros” ( 1 Jn. 4, 19). Esto es lo fundamental. Karl Rahner decía cierta vez que estamos viviendo una época en la que se presta mucho interés a la “política” de la Iglesia (v gr, la píldora, la reforma de la Curia Romana, el celibato sacerdotal, etc.). Ahora bien, esto puede ser señal de una fe profunda, pero también puede ser señal de una falta de fe profunda. Lo fundamental de la fe es saber que Dios me acepta: “Así hemos llegado a saber que Dios nos ama” (1 Jn 4, 16). Este es, pues, el contenido de nuestra fe: el amor de Dios hacia nosotros. Todo el Credo de los Apóstoles no es sino una declaración, doce veces repetida, de la creencia en este amor que Dios nos tiene.
La noche antes de su muerte, Jesús pidió a su Padre: Tú, “que los amas tanto como me amas a mí... que el amor que me tienes esté en ellos” (Jn 17, 23 – 26). Parece increíble que Dios nos ame tanto como a su hijo Jesucristo. Y, sin embargo, esto es precisamente lo que nos dice la Escritura. Todos los seres humanos nos hallamos divididos de múltiples maneras, por ejemplo:

1) En cuanto al tiempo: para nosotros, un minuto sigue a continuación de otro y así va transcurriendo el tiempo. Pero para Dios las cosas no son así. Dios vive constantemente en un “ahora” siempre actual. Para Él no hay división. La “eternidad” significa que la totalidad del tiempo se halla condensada en ese momento que perdura para siempre.

2) En cuanto al espacio: contamos con ciertas extensiones delimitadas. Pero para Dios no es así. Dios es totalmente uno

3) En cuanto al amor: nos dividimos en nuestro amor. A unas personas las queremos muchísimo (90%), bastante (50%) o muy poco (20%). Dios en cambio, no mide su amor. Dios no puede sino amar plenamente: 100%. Si pensamos que Dios puede dividir su amor, no pensamos en Dios sino en nosotros mismos. Dios es perfectamente uno, la perfecta unidad. Nosotros tenemos amor; Dios es amor. Su amor no es una actividad, es todo su ser. Si pudiéramos captar algo de esto, comprenderíamos pues, que Dios sería incapaz de dar el 100% de su amor a su Hijo y sólo un 70% a nosotros. Si fuera capaz de eso, no sería Dios. Al leer los diálogos de Santa Catalina de Siena, sacamos la impresión de que Dios no tiene otra cosa que hacer sino que preocuparse de Catalina. Y es la pura verdad. Toda la atención indivisa de Dios está concentrada en ella y en cada uno de nosotros.


Tillich define la fe como “el coraje de aceptar la aceptación”, refiriéndose a la aceptación nuestra por parte de Dios. Tal vez no nos demos cuenta de que la fe exige mucho coraje de nuestra parte. Quizá, incluso, la fe nos parezca algo muy fácil y suave. Pero, en realidad, el coraje es un requisito indispensable y es el valor, justamente lo que nos falta con demasiada frecuencia. ¿Por qué es tan indispensable tener coraje para aceptar la aceptación? En primer lugar, porque, cuando nos ocurre algún acontecimiento adverso, casi siempre nuestra primera reacción es la de quejarnos: “¿Cómo es posible que Dios permita tal cosa?” Ponemos en duda el amor de Dios. Hay que tener valor, pues, para creer en la aceptación de Dios, pase lo que pase. De esta forma, el acto de fe trasciende mi experiencia personal. La fe es, pues, una interpretación de la vida que yo acepto. En segundo lugar, porque el amor de Dios es infinito. Jamás podemos agarrarlo, ni comprenderlo, ni mucho menos controlarlo. Lo único que podemos hacer es lanzarnos a su profundidad insondable, pero tenemos que lanzarnos así. Nos da miedo soltarnos. Even Stolpe, un sueco convertido, dice que tener fe significa subir a una escalera portátil muy alta y allí, en el escalón más alto, escuchar una voz que me dice “¡lánzate, que yo te agarraré!”. El que da el salto es el hombre de fe. Y hay que tener coraje para lanzarse. Por último, hay que un tercer motivo, que aunque parezca sutil no deja de ser verdadero. Resulta más o menos fácil creer en el amor de Dios en general, pero es muy difícil creer en el amor de Dios para conmigo, personalmente. ¿Por qué a mí? En realidad son poquísimas las personas capaz de aceptarse a sí mismas, capaces de aceptar la aceptación. Raras veces podemos encontrarnos con una persona capaz de enfrentar la pregunta “¿por qué a mí?” La autoaceptación no puede fundamentarse en mi propia persona, en mis propias aptitudes. Basar la aceptación de mi mismo en tal fundamento produciría un desastre. La autoaceptación es un acto de fe. Si Dios me ama, yo tengo que aceptarme a mí mismo. No puedo ser más exigente que el mismo Dios, ¿verdad?

Anote en el reverso lo que le sucede al leerlo, desde lo emocional, no trate de racionalizarlo, solo sentir.
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SEGUNDO MOMENTO


Cielo e Infierno



 

Cierto día, un gran sabio religioso le pidió a Dios que le permitiera ver como era el Cielo y el Infierno para compartir su experiencia con los demás hombres.

 

El sabio de inmediato se sumergió en sueños y mediante el poder de Dios su alma viajó a los diferentes destinos.



 

Dios decidió mostrarle primero el infierno. Era una gran mansión, cuya única habitación era un largo e infinito comedor. El comedor era tan amplio como una autopista y al frente de cada comensal estaban servidos los mejores y más variados platillos y manjares existentes. El sabio observó detenidamente sus caras y notó que estaban enfermos, y que tenían hambre ya que sus cubiertos eran tan largos como remos, y por más que intentaran estirar sus brazos no alcanzaban a alimentarse.

 

El sabio simplemente observó detenidamente y en silencio. Imaginaba que el cielo sería totalmente diferente.



 

Después de observar unos segundos más, Dios decidió mostrarle al sabio el Cielo. El sabio comenzó a mover sus manos mientras ascendía en ese lento trance.

 

Cual sería el asombro de ver la misma mansión, y entrar en ella. La única habitación era un gran comedor con las mismas dimensiones y características del infierno. Estaba servida con los mismos platillos ostentosos... Sabía que algo diferente tenía que ocurrir.



 

Observó que los comensales, a pesar de tener cucharas tan largas como remos se veían saludables, llenos de vigor y felices.. Él sabio se preguntó a sí mismo: ¿Pero cómo están tan felices si ellos por si mismos no pueden aliment..... ?...Ahhhh, es eso. Y observó que cada comensal alimentaba al que estaba en frente.  



 

  Recordemos que en nuestra vida Dios nos da la oportunidad de escoger entre cielo e Infierno. Lo que no sabemos es que nuestra vida la volvemos cielo o infierno dependiendo de nuestra buena convivencia orientada hacia el bienestar


Responde en el dorso de la hoja ¿Qué estoy dispuesto a dar para mejora nuestro trabajo en equipo ¿

¿ Qué ayuda necesito de los demás para poder mantener mi disposición¿

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TERCER MOMENTO Y CIERRE

El vuelo de los gansos
 

La ciencia ha descubierto el porqué los gansos vuelan juntos. Vuelan formando una "V", porque cada pájaro al batir sus alas, produce un movimiento en el aire que ayuda al ganso que va detrás de él. Volando en V, todo el grupo aumenta por lo menos en un 70% su poder de vuelo, comparado a que cada pájaro lo hiciera solo.

Debemos considerar que la unión hace la fuerza.

Cada vez que un ganso se sale de la formación y siente la resistencia del aire, se da cuenta de la dificultad de volar solo y de inmediato se reincorpora al grupo, para beneficiarse del poder del compañero que va adelante.



Unidos vencemos, divididos caemos.

Cuando un líder de los gansos se cansa, se pasa a uno de los puestos de atrás y otro ganso toma su lugar.



Todos debemos estar dispuestos a asumir responsabilidades.

Los gansos que van detrás producen un sonido propio de ellos y lo hacen con frecuencia para estimular a los que van adelante para mantener la velocidad.



Una palabra de aliento incrementa las fuerzas.

Cuando un ganso enferma o cae herido, dos de sus compañeros se salen de la formación y lo siguen para ayudarlo y protegerlo, y se quedan con él hasta que esté nuevamente en condiciones de volar o hasta que muere.



 

 



En una hoja de block escriba un mensaje y grafique su compromiso para el segundo semestre.

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