El cartero seguía echando por debajo de la puerta una publicidad a la monsieur Baruch permanecía completamente insensible


—Cuénteme, caballero, soy todo oídos —inició el psiquiatra



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—Cuénteme, caballero, soy todo oídos —inició el psiquiatra.


—¿Quién es usted? —se extrañó el del pijama—. No le he visto nunca. ¿Por qué he de contarle nada? ¡Déjeme en paz!

—Ni falta que le hace conocerme. Soy médico, psiquiatra. Y puede llamarme Manuel, aunque sea lo que menos importa. —Y prosiguió resolutivo— Mire usted, amigo, llevo toda la semana de noches y me quedan sólo tres horas para terminar la última. Me dicen que está amnésico, lo que no dudo, y encima parece usted cansado. Pero le garantizo que, por mi parte, me bastarían una cama y veinticuatro horas por delante de sueño seguido para considerarme el ser más afortunado del planeta. Así que dispone de esas tres horas, junto con toda mi paciencia como propina, para que se ponga cuanto antes a contarme cosas. Porque, si no, me veré ante el enojoso dictamen de dejarle ingresado en observación, o, peor aún, remitirlo al juez, o a la Beneficencia, que ya veríamos. No sé si está al corriente de la bronca que ha organizado en plena vía pública y de que le pueden acusar de desacato a la autoridad.

Aquel sábado por la noche en la sala de urgencias del Hospital Universitario, el parte de guerra – además de dos fiambres frescos y media docena de heridos de asfalto, un par de drogadictos en coma, un rumano con dos orificios de bala, una prostituta navajeada por su chulo y un conjunto heterogéneo de bultos dolientes o sangrantes sin clasificar – incluía un cuarentón de mirada terrosa y rasgos vulgares, revestido con un pijama color rata y luciendo un soberbio chichón violeta sobre la ceja izquierda. Una patrulla de la policía lo había recogido bajo un puente de la autopista, indocumentado, descalzo y con media cebolla y un mendrugo de pan en los bolsillos. Se resistió en principio a ser cacheado por los agentes y les respondió violentamente. Que no sabía quién era ni de dónde salía. Cuando lo divisaron estaba volcando un contenedor, y después les juró que unos extraterrestres llenos de tatuajes e imperdibles le habían robado la cartera, un batín y unas zapatillas.

Una vez en el hospital y descartados alcohol, drogas y patologías severas – un chichón era una broma frente al panorama que presentaba el vestíbulo – el médico con mando en plaza decidió quitárselo cuanto antes de encima. Ordenó que le inyecataran un perdigonazo de Valium y que avisaran al psiquiatra de guardia para que se hiciera cargo, el cual apareció al poco bostezando y desgreñado.

—Llévatelo donde quieras, Manolo, es todo tuyo —le soltó el jefe de servicio. Y Manolo tomó de mala gana el historial bajo el brazo y le pidió a un celador que le acompañara con el desmemoriado, ya más tranquilo y con una impoluta venda coronándole el cráneo, hasta su consulta. Era su responsabilidad meter un periscopio en aquella perola apepinada y determinar su futuro próximo.

Y en el interrogatorio hubo sobre todo respuestas plagadas de vacilaciones y tartamudeos. Un pasado más o menos mediocre y sólo aproximadamente exacto: pequeñas islas de lucidez en un mar de oscuridades. Durante una hora larga rememoró a retazos un edificio de oficinas con muchos despachos, las comidas de Navidad, un jefe inepto y castrante, las juergas de los viernes con los amigotes, el entierro de un compañero fulminado por un infarto, las hipotecas, algunas lejanas vacaciones, la guapa secretaria del colegio de sus hijos... Pocas nueces, concluyó Manolo.

—¿Algún recuerdo más... moderno? —quiso saber, algo decepcionado. Y el de la camilla cerró los ojos en un esfuerzo ímprobo de concentración. Sí, prosiguió como un quiromántico, veo algo ocurrido muy recientemente. Una noche regresé tardísimo a casa, abrí el garaje con el mando y metí el coche. Subí la escalera interior hasta el salón y, en cuanto me adapté a la oscuridad, reparé en mi hijo sobre el sofá, bajo una manta, sobado como siempre delante de la tele después de cenar. Lo cargué en brazos hasta su cama. Volví al salón. En la mesita central restos de bocadillos de jamón y queso. Me dio pereza ensuciar platos, así que resolví que aquello me bastaba para reponer fuerzas. En lugar de cerveza me empiné la botella de vermut del armario de licores. Estaba fundido, pero la tele emitía una película de acción que aligeró mi cerebro. Al terminar apagué el televisor y subí la escalera en penumbras y, cuando crucé ante la habitación de mi hija, entré y le di un beso en el pelo que ella agradeció con normalidad, es decir, con un gruñido desde las tinieblas. En mi dormitorio tomé un pijama del armario – a oscuras, porque a mi mujer le despierta la luz de la lamparilla – me lavé los dientes y me deslicé junto a ella.

—¿Cogió rápido el sueño? ¿Muchas horas? Es importante que me aporte más detalles de esa noche —insistió el médico. No, no... en principio no me dormí, el vermut me había animado. Me pegué a la espalda de mi esposa, la manoseé como sé que le agrada y consumamos el rito del débito conyugal sin que ella hiciera otra cosa que dejarse llevar y dedicarme algunos gemidos, creo que esta vez de sinceridad intermedia. No hubo ninguna sorpresa respecto a otras ocasiones. Bueno, sí, ahora que lo recuerdo, supuse que se había descuidado últimamente con la dieta porque le noté la cadera un poco más rellenita.

—Muy bien, gracias. Prosiga. ¿Qué pasó por la mañana? —Y el del pijama se lanzó— Pues que me levanté muy temprano y bajé a la cocina a desayunar. A través de la ventana me tapó la visión del jardín un árbol que no recordaba en absoluto, y debajo había un estanque árabe con una estatua de piedra que tampoco reconocí. Paralizado de estupor escruté la estancia y los muebles y, como en un fogonazo terrible, advertí mi tremendo desliz. ¡Qué desastre! ¡Santo Cielo! Tal y como iba, en batín y zapatillas, corrí al garaje y escapé en coche a toda velocidad. Después de esto no recuerdo más que una finísima llovizna bajo un cielo encapotado, una curva cerrada y el tronco de una encina delante del parabrisas. Y luego el vacío. Y el hospital, claro.

—Vaya, vaya..., curioso..., y..., ¿recuerda qué tipo de árbol era y a quién representaba la estatua del estanque? —inquirió lentamente el médico con una mirada de taladro.

—¿Son importantes esos detalles? ¿Para qué?

—Cuando se trata de una amnesia de su calado, mi querido amigo, cada dato concreto es oro molido para nosotros los científicos.

—Sí, sí... eso lo recuerdo bien, quizá por el susto... Un magnolio y una Blancanieves.

Manolo dio un respingo. De repente se le encendió un farol mental: en el parque infantil del complejo, años atrás, junto a un matrimonio con niños de edades parecidas a los suyos. Entre triciclos y pelotas el simpático marido – ¡Claro! ¡El mismo tipo! ¡Por fin sabía por qué le sonaba su cara! ¡Y el pijama! – se le había presentado como nuevo vecino, aunque de otro bloque de adosados. Todo encajaba; en aquella interminable colonia los chalés eran tan uniformes por fuera y por dentro que el muy gilipollas habría desembarcado la otra noche desde la autopista con la mente espesa, se distrajo y se equivocó de bloque; con el inventario final de colarse en su casa, comerse su jamón y su queso, beberse su vermut y cepillarse impunemente a su Mariola enfundado en su pijama.

Cinco minutos antes de acabar la guardia el psiquiatra sacaba por impresora su informe. “Diagnóstico: psicosis esquizofrénica. Muy irritable. Tendencias claramente violadoras. Tratamiento: se proponen dosis máximas de tranquilizantes y esterilización quirúrgica inmediata con amputación del músculo elevador del órgano”.

—¡Ahora vas a saber tú lo que cuesta un peine, capullo! —sentenció para sí Manolo con una sonrisa indefinible.



LA CABRONA

Sesión XXXI

María Isabel Peral del Valle
-Tengo la frente empapada en sudor.

-Tenga un pañuelo para secarse.

-Pañuelos…Veo algunos pañuelos blancos, de esos que agitan en los adioses de las películas añejas. Me voy de viaje. Que no se haga tarde… Mañanas recogiendo folletos de las agencias de viajes, mirando lugares y paisajes. Tardes deslizando mis dedos por el mapa, posándolos en un lugar y preguntándome ¿Qué tal se vivirá aquí? Al fin y al cabo vivo en una ciudad de provincias ¿Qué tal se vivirá en Barcelona? Pero el problema del idioma…. ¿Y en Madrid? … las viviendas están muy caras. Indecisa que soy. Así que: “aguantando como burro bajo el agua”. Espere que cuente…: “tarantantantos” bajo el agua… Un viajecito me sentará bien.

-Se encuentra muuuuuy relajaaada, relajaaaaada…

-Me mareo, no estoy para reflexiones profundas. ¡Cuánta gente ha venido hoy! Con lo sola que estoy siempre. Horas y horas esperando una llamada de algún alma caritativa y el teléfono mudo…Menos mal que tengo el botón de la asistencia telemática. Aunque no lo pulse, sale una voz por no se sabe que rincones de la casa: ¿doña Encarna, como estamos? Una voz alegre, como si no le pagasen para eso, como si me apreciara mucho. ¡Vamos…amigas de toda la vida!

-No se agite. Respire profundamente: cinco, cuatro, tres…

-¡Ufff! Que calor y estamos en febrero.

-¿Quiere que encienda el aire acondicionado?

- Vaticinan que dentro de cincuenta años esto será un desierto. Es posible, pero…

a mí qué? ! El que venga detrás que arree! Y hablando de los que vienen detrás…

¿Ese coche? Parece que se han despistado en el cruce, ahora giran a la izquierda. ! Pero si es una boda! Voy de blanco, y virgen…él no es virgen…Más corrido que un mozo en sanfermines. Menuda cara de perro que lleva mi suegra, si lo llego a saber le dejo a su niño para ella solita. ¿Quién me ha mandado meterme en esto? Mucho cuento, mucho cuento… de hadas. Ya me decía mi hermano Antonio que el Genraro era un fenicio, hasta el chaqué es prestado… le arrastra. Un fenicio. ¡Si yo le contara…!

-A eso ha venido, cuente, cuente…

- […]

-¿Recuerda alguna canción?



-¿Una canción? No recuerdo ninguna.... La señorita Godoy me atiza con una regla en los dedos para que no los arquee sobre el piano. Prefiero hacer novillos e irme al parque donde se escucha esa canción: Yesterday. Ayer…ayer le dio un viagrazo a Genraro. ¡Claro a su edad y con una jaca!

-¿Una jaca?

-¿No sabe lo que es una jaca? Déjelo… Déjelo… Eso tenía que haber hecho yo, dejarlo, y no que… he cumplido con mi obligación. Criar a mis hijas. Pensé que lo mejor era llevarlas a colegios religiosos. Una se metió en los legionarios de no sé qué… los de Ceuta, no, otros legionarios y no la he vuelto a ver el pelo, dice que está con Cristo. O… meapilas …o… quema santos. Noches soñando con escaparme a un país asequible, con buen clima. Pero…! Si aquí vienen todos! Esto está a tope de extranjeros ¿A dónde ir… si la tierra se ha quedado vacía? Mis hijas quieren que me vaya de vacaciones. ..

-Respire profundamente, uno… dos… tres… el aire le llega a los pulmones, al estómago, al vientre. Le pesan los párpados, la mandíbula se relaja, la lengua se le despega del paladar…

-Ahora llega mi otra hija, la pequeña. Parece que va a una fiesta. Ha aparcado su descapotable y ha bajado con sus tacones de oro rompiendo el suelo. Un sastre que le calza como un guante. La melena muy cuidada, las uñas afiladas, muy… afiladas. El collar de perlas y los brillantes de mi madre. Mírala, parece una reina…! Que poderío! La sonrisa de parte a parte. ¡Cara costó la ortodoncia! Se parece cada día más a su papá, no solo en el físico también en lo psíquico. Es que los genes llevan su camino, le gusta un plato frío de venganza más que joder. Bueno…las dos cosas mezcladitas. Viene colgada del brazo de su suegra: la millones

-¿Recuerda algún olor?

-¿Un olor…? No sé. Huele a flores. Siempre quise largarme. Marcharme. Imaginaba paraísos de palmeras y flores, quizás por el Sur de los mares… aunque… dicen que hay machismo. No quiero más de eso, ya tuve bastante por el desnorte de los nortes. ¿Qué tal se vivirá en Miami? Pondría anuncio: “Señora sola, y con ciertos posibles” ¿Qué posibles? ¿Quién me mandaría hacer donación en vida? ¿Qué ha sido ese ruido?

-Disculpe se me han caído las gafas. Relájese…Le pesan las piernas. Le pesan los brazos. Le pesa todo…5, 4, 3, profuuuuundo…2, 1…

-Las gafas… se me han olvidado y cada día estoy más miope. Pero… sí, ahora la veo bien… ¡La que faltaba! : mi cuñada… ¿Tendrá valor? Parece una vaca cargada de aretes de oro. Menuda elementa. Con un golpe de suerte se ha convertido en pobre viuda rica. Es que los hombres de mi casa han sido unos peleles, menos mi padre: ¡cualquiera se atrevía! Mi amiga la del cubano dice que a nuestra generación nos han dado por delante y por detrás… ¿Habré llegado tarde…a todo? Creo que sí… por poco llego hoy tarde.

-Respire…3, 2, 1…Continúe recordando… ¿Que siente…?

-Siento…emoción… ¿Será la emoción del viaje? ¿Será ese chute extraño? Como si me hubiese tomado cuatro vinos. ¿Usted no siente estos efluvios aromáticos y alcohólicos?

-¿Qué efluvios?

- Sigo oliendo a flores…Mi ramo es de azahar. , quiero. Lo más bonito que tiene es el nombre: Genraro… El matrimonio me ha servido para dejar el pueblo. ¡Menudo putero el Genraro! Y a callar, para eso soy honrada. Dos hijas, tengo dos hijas…Comerás sopas. Sí, sopas…

La “nena” me ha salido putifina, si hubiese salido putibasta sería peor… o mejor… nunca se sabe. Si fuese puta a secas tendría sentimiento de culpa y me llevaría en bandeja, como el hijo de la Vicenta que es maricón por gusto y no sabe en qué altar poner a su madre. Mi hija no me perdona que el Genraro me haya abandonado. ¿Qué culpa tengo de que esa furcia se lo haya hecho…?

Según “la nena” no se abrirme de piernas. También me echa en cara que por ese motivo la economía de la casa sea tan ajustada. Ahora mi hija es rica por gananciales y esos caprichos los paga en carnes. Quiero decir, que ella sí sabe abrirse de piernas para que su marido abone religiosamente la cuota del club del golf. Ahora que me fijo… mi hija y mi cuñada se besan efusivamente. ¡No te digo! Mi cuñada nos puso un pleito de herencia, pero mi hija se lo ha perdonado todo. Ahora son intimas. No me extraña: un día mi “nena” apuntó en una agenda el nombre de todos mis enemigos y los llamó uno a uno para invitarlos a tomar el té…

-No se agite. Respire profundamente: cinco, cuatro, tres…Ahora hábleme de su marido.

-¿Mi marido? No la contó…Lo mataron.

-¿En la guerra?

-Sí, en la guerra…

-¿Cómo fue?

-En la guerra de la jaca y las pastillitas azules.

-Lo siento.

-Nada de eso. ¡Una alegría!

-¡Ya!


-Lo único es la soledad. La amiga de mi amiga se ha comprado un marido en Cuba, pero a los tres meses le ha tenido que poner las maletas en la calle. Ya se figura…Mis hijas quieren que me vaya de vacaciones. Un viajecito no me irá mal... Cuando la “nena” empezó a hacerme la vida imposible pensé que eran chiquillerías. Si, si, chiquillerías: años hostigándome. ¿Qué por qué?... si no lo sabe ella ¿cómo voy a saberlo yo? ¿Qué quiere decir la frase tiene mala leche? ¿A qué leche se refiere? No sé… Se lo preguntaré a Genraro.

-3…2...1. Profuuuundooooo…

-¡Qué calor! ¿Por qué hace tanto calor en estos sitios? Con los pañuelos se secan el sudor. ¿Huele a jazmines? ¡Ya quisiera yo que fuesen jazmines. ! Por fin me voy de viaje!

Una paletada de cemento, otra y otra. Una lápida provisional y más flores: “Tus hijas no te olvidan.”

-Hemos terminado por hoy. Contaré hasta cinco y se irá despertando. Se sentirá feliz, relajada y recordará…recordará…

El rostro de Papá

Maximiliano Chirinos
Los dedos largos y nerviosos del de la bata blanca y autoritaria bailaban indecisos sobre el botón rojo que la gerencia había hecho colocar en los escritorios desde donde las tristes reencarnaciones del célebre Napoleón eran interrogadas.
Al otro lado de su inútil barrera de caoba yo deambulaba alto y confundido tratando de rememorar los hechos y circunstancias relacionados con el asesinato de mi idolatrado viejo. El de la bata me explicó que los médicos habían atribuido mi incapacidad de recordar el rostro de mi padre en virtud a la severa contusión encéfalo craneana causada en ese trágico episodio. Convenciéndolo que mejoraría mi evocación, el circunspecto y desconfiado especialista accedió a dejarme fumar.
Así que empecé por recordar que yacía de pie en una gélida esquina que daba al malecón buscando resguardarme de una desorientadora llovizna. Del saco logré llevarme a la nariz un cigarro cubano tal como lo solía hacer mi progenitor todos los domingos durante veinte monótonos años.
Se dejaba caer en su curtido trono frente a la playa y con rutina imperial elevaba la mano derecha esperando a que mi sincronizadísima mano le colocara el venerado cigarro. Con la mirada perdida en el mar, lo respiraba eternamente hasta arrebatarle el último rincón de sabor; mordía su base haciendo la mueca de un rabioso can y rumiaba una y otra vez hasta lanzar el esperado escupitajo. Sin embargo, por alguna razón, no lo encendía. Era entonces que descargaba sus férreos puños sobre mi solícita tez. Luego descubría no sólo que había estado inconciente por varios días sino que el veraz y doloroso espejo se mofaba susurrándome “cabeza de momia”.
Todo comenzó uno de aquellos domingos en los que religiosamente me llevaba al cine. Las cada vez más intensas jaquecas de Mamá venían impidiendo que ella nos acompañase. Según chismearían los diarios, el encargado de llevar la película a la matinée estrelló su endeble motocicleta contra una sólida carroza haciendo añicos el carrete y, de paso, su frutada cabeza. Papá logró levantarme el ánimo con rebosantes golosinas usando el dinero de las entradas. Con una sonrisa de fotografía en la que le estrenaba al mundo mis relucientes dientes de hueso lo escolté a recoger las pastillas de mi convaleciente madre.

Entramos en la casa, un profundo olor a habano nos penetró hasta las sienes y nuestras barbillas se estiraron a tal punto que sentimos que tocaron el piso: mi adolorida madre yacía gozosamente sometida a un extasiado sujeto que disfrutaba la última jineteada de su vida. Lo que pasó luego es algo de lo que tampoco me puedo acordar y de lo que nunca hablé con mi venerado padre. Sé que fue la primera vez que desperté con la cabeza vendada y la última noticia que tuve de Mamá…


El de la bata dio tres aplausos con firmeza, yo corté la soga que me jalaba al pasado y volé hacia el ahora, enseguida escupí la base del cigarro que estuve masticando sobre la blanquísima pared en la que había estado sumergido por el tiempo que dura una sesión y de un ágil brinco salté del otro lado de la mesa. Uno de los aterrorizados dedos del especialista logró arañar la alarma, pero fue tarde para cuando lograron clavarme la jeringa en la espalda. Fijé la mirada en el suelo y mientras contemplaba cómo se desbordaba el rojizo estanque desde la sien de ese rígido y desfigurado hombre por fin pude recordar vívidamente el rostro de mi augusto padre… me lo imaginé tomando una eterna siesta en la esquina que daba al malecón...

Clase XXXI

Akaki Akakievitch

Mamá, papá, la novia y la madre que os parió.

Bueno, doctor, yo la verdad es que me levanté y lo primero que ví fue la cara de ella. Me santigüé y recé un padre nuestro, eso no podía ser real. Yo, que recuerdo haberme casado varias veces(fíjate algunas cosas sí que no se me han borrado de la cabeza), con chicas hermosas, muy hermosas, aunque luego nunca llegara a funcionar. Pero, ¿esa?, hay mujeres y mujeres.

Sin embargo allí no acabó todo porque cuando me dí la vuelta me encontré a un hombre de cincuenta años con la cabeza hacia atrás en el asiento, la boca abierta y medio acostado en mi cama ¿Papá? Dios santo, ¿tú te imaginas que es encontrarte a una persona así en la cama? Es como comer chorizo y un helado de vainilla a la vez, que eso no quiere decir que lo haya probado claro; o encontrarte una barra de pan en el lugar de la escobilla del váter. Era…y claro, me quedé con una cara de gilipollas, a la que segundos después otra persona de cincuenta años que apareció por la puerta de la habitación respondió con una sonrisa enorme, que ocupaba media cara, como la de Joker. ¿Mamá? ¿Pero tú eras así?

Al final decidí quedarme en la cama, con mi ¿novia?, aún no me lo creo; mi ¿padre? roncando a pleno pulmón por si fuera poco, de esos que empiezas con un pequeño silbido y terminan con un gruñido de León; y mi ¿madre? Con la sonrisa de silicona de la puerta. Recordé la película de Stallone, acorralado sin salida.

¿Qué recuerdo de antes? Sí, que fui a una iglesia enorme y allí parecía haber algo importante, porque había mucha gente. Sudaba como un pollo y había un cura con cara de alcachofa(y no exagero) que me miró como un demonio, Lucifer o Satanás quién prefieras. ¿Qué habría dicho para que me mirara así? Luego aparece un símbolo extraño que de repente me nubló la vista. Era una C invertida entrelazada con otra C normal. Y se acabó, no hay más, todo negro, kaput. ¿Lo del diablo y el símbolo puede ser una pista, doctor? La verdad es que me resulta familiar pero no logro ubicarlo…Una mano de brocha gorda pasa por mi mente posponiendo una segunda capa. Pero se que la primera capa está debajo(yo antes hacía estas comparaciones ridículas) Además no puedo volver a casa porque estoy oficialmente autodesterrado a vivir en un motel de media estrella.

¿Cómo? Ah, sí. A mi me dijeron que me había casado con “ella” y que de camino al altar me pegué un porrazo que se me borró la memoria. Cuando me levanté de aquella cama, lo primero que me dijo mi ¿madre? fue “te has casado con Laura”, a lo que yo contesté “¿Quién, ésta?, y una mierda. Por cierto, ¿tú tenías esa cara mamá?” Es que parece que nada encaja, como si fuera una pieza de otro puzle.

El caso es que cada vez estoy más seguro de que se ha formado una conspiración a mi alrededor y nadie me quiere decir la verdad. Con eso de que me caí y no me acuerdo de muchas cosas parezco el tonto de la teleserie. Te digo que mi madre es la que maneja todo el cotarro, que me ha robado la novia y me ha plantado esa a mi lado. Te digo que mi madre…sí, bueno, quien sea la mujer de la sonrisa de silicona, ya tenía pronosticado enredarme con una chica como aquella desde que nací . Dinero, me juego a la ruleta rusa que ha elegido la hija de la familia con más pasta de toda la ciudad. Sería capaz de montar un complot con toda la familia para que sus planes se hicieran realidad. Sí, es posible.

Pobre novia, seguro que me quería como las otras, Seguro que es mucho más guapa, ojos pequeños y pelo rizado. Una encantadora sonrisa y palabras tranquilizadoras. Algo así estaría bien, aunque después de perder ilusión por tirármela me buscaría a otra. Pero dónde estará secuestrada, dónde. Pobrecilla, seguro que está encerrada en una habitación. A oscuras. Pasándole la comida por una rendija de la puerta y haciendo sus necesidades en una esquina.

¿Cómo? Ya, para eso estoy aquí, para que me ayude usted. Am, vale, vale. Vayamos por partes. Antes de la imagen de la iglesia… ¿mi familia?, pero si yo me llevaba muy bien con mi familia(¿no?). Teníamos nuestros problemillas, pero sé que en el fondo me quieren, para ellos yo soy como el pilar de su vida, su joya del Nilo, la razón de su felicidad.

Espera que le enseño una fotografía que tengo en la cartera. Coño, una carta rosa en mi bolsillo, qué raro, a ver que pone:

“Mira hijo, seguramente en esos momentos estés algo confuso pero no te preocupes. El caso es que estábamos hasta los huevos de ti y cuando dijiste el “no quiero” en tu sexta boda no pude más que lanzarte mi bonito bolso de Chanel a la cabeza con tan buena suerte que, sin querer (debió ser la enorme hebilla de acero cromado con sus famosas “C”) te dejó más seco en el suelo que un espantapájaros. También tuvimos que separar a tu padre de ti antes de que te dejara morado porque no paraba de darte en el suelo cuando estabas inconsciente. Descubrimos que sufriste pérdida de memoria y qué gran idea tuvo tu novia(está muy bien no te preocupes), qué oportunidad grandiosa. Asi que te sedamos y mientras tú dormías plácidamente planeamos cómo deshacernos de tí y ser felices de una vez. Te puedo decir que todo el vecindario y conocidos, incluso el cura, no duraron en participar. Te hemos plantado en otra familia como un seto en el jardín. Es lo que pasa cuando se tiene dinero, cariño. Al final parece que todo ha salido muy bien y nos alegramos mucho.

La casa, para tu regalo de cumpleaños. No nos busques, déjanos vivir, además será inútil. Si te acuerdas de algo, tú ignóralo. También te aviso que tengo mi bolso en la vitrina de trofeos y no dudaría en volver a usarlo. Espero que te guste la mujer con la que te has casado y pórtate bien con la familia.



Capullo como te vuelva a ver te termino de dar la paliza y te…(escrito con otra letra)

Un besito muy fuerte y no dudes que te queremos mucho.

Mamá.”




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