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EL CALLEJON SIN SALIDA DE LA



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EL CALLEJON SIN SALIDA DE LA

ECONOMIA
Con el triunfo de la mecánica newtoniana en los siglos XVIII y XIX la física quedó establecida como prototipo de una ciencia «exacta» con la que se habían de cotejar todas las demás ciencias. Cuanto más cerca llegasen los científicos en su imitación de los mé­todos físicos, y cuantos más conceptos de la física lograsen utilizar, tanta más categoría tendría su ciencia ante la comunidad científica. En nuestro siglo, esta tendencia A imitar los conceptos, y las teorías de la física newtoniana se ha vuelto una gran desventaja en muchos campos, especialmente en las ciencias sociales. Éstas, por tradición, eran consideradas las «menos exactas», y sociólogos y economistas han realizado los mayores esfuerzos para ganar respetabilidad, adop­tando el paradigma cartesiano y los métodos de la física newtoniana. Sin embargo, el esquema cartesiano muchas veces resulta inadecuado para describir los fenómenos de las ciencias sociales y, por consi­guiente, los modelos se han vuelto cada vez menos realistas. Hoy por hoy, esto es particularmente notorio en la economía.

La economía actual se caracteriza por el enfoque fragmentario y reduccionista, típico de la mayoría de las ciencias sociales. Por lo general, los economistas tienden a olvidar que su ciencia no es más que un aspecto de toda una estructura ecológica y social, un sistema viviente formado de seres humanos que se relacionan continuamente entre sí y con los recursos naturales, que, a su vez, son también organismos vivientes. El principal error de las ciencias sociales es la división de esta estructura en fragmentos que se consideran independientes y que se tratan en distintos departamentos académicos. Así pues, los expertos en política suelen hacer caso omiso de las fuerzas económicas básicas, mientras los economistas no logran incorporar las realidades políticas y sociales a sus modelos. Este enfoque frag­mentario también se refleja en los gobiernos, en la división entre la política social y la economía, y —especialmente en los Estados Uni­dos— en los laberínticos comités y subcomités del Congreso donde se discuten estos temas políticos.

A lo largo de la historia moderna, varias figuras destacadas han señalado y criticado la división de la economía en fragmentos y sec­ciones. No obstante, al mismo tiempo, los economistas críticos que querían estudiar los fenómenos económicos tal y como se presen­taban en la realidad, vinculados a la sociedad y al ecosistema, y que, por consiguiente, disentían de la doctrina económica aceptada, se veían prácticamente obligados a situarse «fuera» de las ciencias eco­nómicas, eximiendo a la confraternidad de los economistas de tratar con los problemas que estos críticos planteaban. Por ejemplo, a Max Weber, uno de los críticos del capitalismo en el siglo XIX, se le con­sideraba un historiador económico; John Kenneth Galbraith y Ro­bert Heilbroner suelen aparecer como sociólogos; y los libros hablan del «historiador» Kenneth Boulding. En cambio, Karl Marx se ne­gaba a que lo llamasen economista y se consideraba a sí mismo un crítico de la sociedad, afirmando que los economistas no eran más que apologistas del orden capitalista existente. De hecho, en su origen, el término «socialista» se refería sólo a aquellos que no acep­taban la visión del mundo de los economistas. En los últimos años, Hazel Henderson ha continuado esta tradición, llamándose a sí misma «futurista» y poniéndole por subtítulo a uno de sus libros «El fin de la Economía»1.

Otro aspecto de los fenómenos económicos que, pese a su enorme importancia, ha sido descuidado por los economistas es la evolución dinámica de la economía. Los fenómenos descritos por la economía se diferencian profundamente de los estudiados por las ciencias naturales en su naturaleza dinámica. La física clásica se aplica a un ámbito de fenómenos naturales bien definido e inmutable. Si bien más allá de estos límites he de ser sustituida por la física cuántica y por la relativista, el modelo newtoniano sigue siendo válido dentro del ámbito clásico y sigue considerándose una base teórica eficaz para gran parte de la tecnología contemporánea. Asimismo, los conceptos de la biología se aplican a una realidad que ha cambiado muy poco a través de los siglos, pese a los considerables progresos habidos en el conocimiento de los fenómenos biológicos y al reconocimiento de las limitaciones de la antigua estructura cartesiana. Pero la evolución biológica tiende a suceder durante larguísimos períodos de tiempo y en general no genera fenómenos totalmente nuevos, sino que avanza mezclando y combinando un número limitado de estructuras y funciones2.

En cambio, la evolución de los modelos económicos sucede a una velocidad mucho mayor. La economía es un sistema obligado al cam­bio y a la evolución constante y que depende de los cambiantes sistemas ecológicos y sociales a los que está vinculada. Para enten­derla necesitamos un esquema conceptual que también sea capaz de cambiar y adaptarse continuamente a nuevas situaciones. Desafor­tunadamente, las obras de la mayoría de los economistas contem­poráneos carecen de tal estructura, pues sus autores siguen fascina­dos por el rigor absoluto del paradigma cartesiano y por la elegancia de los modelos newtonianos, y pierden por ello cada vez más el con­tacto con las realidades económicas actuales.

La evolución de una sociedad, que incluye la evolución de su sis­tema económico, está íntimamente vinculada a los cambios del sis­tema de valores que está en la base de todas sus manifestaciones. Los valores que rigen la vida de una sociedad son los que determinarán su visión del mundo y de sus instituciones religiosas, sus empresas científicas, su tecnología y sus acuerdos políticos y económicos. Una vez expresados y codificados, los valores y los objetivos de la co­munidad constituirán la estructura de las percepciones e ideas de la sociedad, y también determinarán las innovaciones y las adaptacio­nes sociales que ésta realice. Como el sistema de valores culturales suele cambiar —muchas veces en respuesta a los desafíos ambien­tales— surgirán nuevos modelos de evolución cultural.

Así pues, el estudio de los valores tiene una importancia capital en todas las ciencias sociales: no puede haber ninguna ciencia social que esté desprovista de valores. Los investigadores que consideran «poco científica» la cuestión de los valores y que creen estar evitán­dolos están tratando de hacer algo imposible.

Cualquier análisis «desprovisto de valores» de un fenómeno social se basa en la suposición tácita de que existe un sistema de valores implícito en la selección y la interpretación de datos. Evitar el asunto de los valores, pues, no significa que los especialistas en ciencias so­ciales sean más científicos, sino que, por el contrario, están siendo menos científicos, al no exponer explícitamente las suposiciones en las que se apoyan sus teorías. Por consiguiente, quedan expuestos a la crítica de Marx cuando afirmaba que «todas las ciencias sociales son ideologías disfrazadas»3.

La economía se define generalmente como la ciencia que se ocupa de la producción, de la distribución y del consumo de la riqueza. Las ciencias económicas tratan de determinar qué es válido en un momento dado a través del estudio del valor de cambio de bienes y servicios. Así pues, de todas las ciencias sociales, la economía es la más normativa y la más dependiente de valores. Sus modelos y sus teorías siempre estarán basados en un cierto sistema de valores y en una cierta concepción de la naturaleza humana, apoyándose en una serie de suposiciones que E.F. Schumacher llama «metaeconomías», pues rara vez están incluidas explícitamente en el pensamiento eco­nómico contemporáneo4. Schumacher ha ilustrado elocuentemente la dependencia de la economía respecto del sistema de valores, com­parando dos sistemas económicos dotados de valores y de objetivos totalmente distintos5. El primero es nuestro sistema materialista mo­derno, en el que el «nivel de vida» se mide de acuerdo con la cantidad de consumo anual, y que por consiguiente trata de alcanzar el con­sumo máximo junto con un modelo óptimo de producción. En el segundo se trata de un sistema de economía budista basado en las nociones del «justo sustento» y de «la Vía del Medio», cuyo objeto es conseguir el máximo de bienestar humano con un modelo óptimo de consumo.

Los economistas contemporáneos, tratando equivocadamente de proporcionar rigor científico a su disciplina, han evitado constan­temente el tema de los valores no expresados. Kenneth Boulding, presidente de la Asociación de Economistas Norteamericanos, ha de­finido este intento concertado como «un ejercicio destinado a fracasar estrepitosamente... que ha preocupado a toda una generación de economistas (en realidad, a varias generaciones) llevándolos a un punto muerto, a un desinterés casi total por todos los principales problemas de nuestro tiempo»6. Al evadir los temas relacionados con los valores, los economistas se han retirado hacia problemas más fá­ciles pero menos importantes, y han ocultado los conflictos de va­lores utilizando un lenguaje técnico muy elaborado. Esta tendencia es particularmente fuerte en los Estados Unidos, donde hoy existe la creencia generalizada de que todos los problemas —económicos, políticos o sociales— pueden resolverse con la técnica. De ahí que las industrias y las empresas contraten ejércitos de economistas para preparar los análisis de rentabilidad que convierten las opciones mo­rales y sociales en opciones pseudotécnicas y por ello ocultan los conflictos de valores que sólo pueden ser resueltos políticamente7.

Los únicos valores que aparecen en los modelos económicos ac­tuales son aquellos que pueden ser cuantificados asignándoles un va­lor monetario. La importancia que se da a la cuantificación hace que la economía parezca una ciencia exacta. Al mismo tiempo, sin em­bargo, limita severamente el ámbito de las teorías económicas, pues excluye las distinciones cualitativas, que son de extrema importancia para entender las dimensiones ecológicas, sociales y psicológicas de la actividad económica. Por ejemplo, la energía se mide únicamente en kilovatios, sin tener en cuenta su origen; no se hace una distinción entre los bienes renovables y los no renovables, y los costos sociales de la producción se añaden —incomprensiblemente— como contri­buciones positivas al producto nacional bruto. Además, los econo­mistas nunca se han preocupado por las encuestas psicológicas sobre el comportamiento de las personas como trabajadores, como inver­sores o como consumidores al no poder aplicar los resultados de estas investigaciones a los actuales análisis cuantitativos8.

El enfoque fragmentario de los economistas contemporáneos, su preferencia por los modelos cuantitativos abstractos y su olvido de la evolución estructural de la economía han tenido como resultado la tremenda división que hoy existe entre la teoría y la realidad eco­nómica. En opinión del Washington Post: «La ambición de los eco­nomistas los ha llevado a crear complejas soluciones matemáticas para los problemas teóricos, que pese a su elegante formulación tie­nen poca o ninguna importancia para los problemas sociales»9. La economía actual está pasando por una profunda crisis conceptual. Se le ha hecho imposible ocuparse de las anomalías sociales y econó­micas —la inflación y el desempleo mundial, la injusta repartición de las riquezas, la crisis energética y muchas más— que hoy resultan evidentes para la mayoría de las personas. El público, cada vez más escéptico, los científicos de otras disciplinas, y los mismos econo­mistas reconocen que su ciencia ha fracasado.

La mayoría de los sondeos de la opinión pública realizados en los años setenta han mostrado la disminución de la confianza del público norteamericano en sus instituciones comerciales e industriales. El porcentaje de gente que creía que las principales compañías se habían vuelto demasiado poderosas ascendió en 1973 a un 75 por ciento; y en 1974, el 53 por ciento de las personas creían en la necesidad de desmantelar muchas de las principales compañías, y más de la mitad de los ciudadanos norteamericanos deseaban un aumento de la re­glamentación federal en los servicios públicos, en las compañías de seguros, y en las industrias petroleras, farmacéuticas y automovilísticas10.

También dentro de las propias corporaciones se están modificando estas actitudes. Según una encuesta publicada en 1975 en el Harvard Business Review, el 70 por ciento de los ejecutivos entrevistados pre­fería las antiguas ideologías del individualismo, de la propiedad pri­vada y de la libre empresa, pero el 73 por ciento afirmaba estar con­vencido de que estos valores serían sustituidos en el transcurso de una década por modelos colectivos para solucionar los problemas, y el 60 por ciento creía que una orientación colectiva sería mucho más eficaz para encontrar una solución a la crisis11.

Los mismos economistas comienzan a reconocer que su disciplina se encuentra en un callejón sin salida. En 1971 Arthur Burns, en aquel entonces presidente del Federal Reserve Board, observó que «las leyes de la economía ya no funcionan exactamente como antes»12 y Milton Freedman, dirigiéndose a la Asociación de Economistas Norteamericanos en 1972, fue aún más sincero: «Creo que en los últimos años los economistas hemos hecho muchísimo daño a la so­ciedad en general y a nuestra profesión en particular, exigiendo más de lo que podemos dar.»13 En 1978 el tono había pasado de admo­nitorio a desesperado cuando el Ministro de Hacienda Michael Blu­menthal declaró: «Creo firmemente que la profesión económica está muy cerca de la bancarrota en lo que respecta a la situación actual, ante o post factum»14. Juanita Kreps, Secretaria de Comercio saliente en 1979, dijo rotundamente que le era imposible regresar a su antiguo trabajo de catedrática de economía en la Duke University, pues «No sabría qué enseñar»15.

La mala administración de nuestra economía actual pone en tela de juicio los conceptos básicos del pensamiento económico contem­poráneo. Pese a ser perfectamente conscientes del estado de crisis actual, la mayoría de los economistas siguen creyendo en la posi­bilidad de encontrar las soluciones a los problemas dentro de la es­tructura teórica existente. Esta estructura, sin embargo, se apoya en ciertos conceptos y variables que se remontan a varios siglos y que han sido superadas definitivamente por los cambios tecnológicos y sociales. Lo más urgente sería que los economistas reactualizarán toda su base conceptual y que proyectaran nuevamente sus modelos básicos y sus teorías de acuerdo con ello. La crisis económica actual sólo se superará cuando los economistas estén dispuestos a participar en el cambio de paradigma que hoy se está verificando en todos los campos. Igual que en psicología y en medicina, la transición del pa­radigma cartesiano a una visión holística y ecológica no significará que los nuevos métodos sean menos científicos; por el contrario, los hará más coherentes con los últimos desarrollos en el campo de las ciencias naturales.


Para examinar nuevamente los conceptos y los modelos econó­micos a un nivel más profundo es necesario tener en cuenta el sistema de valores en el que se apoyan y reconocer su relación con el con­texto cultural. Desde este punto de vista, muchos de los actuales problemas sociales y económicos parecen derivar de la dificultad que los individuos y las instituciones tienen para ajustarse a los cam­biantes valores de nuestra época16. La emergencia de la economía como disciplina separada de la filosofía y de la política coincidió con la aparición, a finales de la Edad Media de la cultura centrada en los sentidos, propia de la Europa Occidental. En su evolución, esta cul­tura incluyó en sus instituciones sociales los valores masculinos, orientados hacia el yang, que hoy dominan nuestra sociedad y que forman la base de nuestro sistema económico. La economía, centrada esencialmente en la riqueza material, es hoy la expresión quintaesencial de los valores de los sentidos17.

Entre las actitudes y las actividades consideradas importantes por este sistema figuran la adquisición, la expansión, la competitividad, y una obsesión por la «tecnología dura» y la «ciencia exacta». A enfatizar excesivamente estos valores, nuestra sociedad ha fomentado ciertos objetivos que resultan peligrosos e inmorales, y ha institu­cionalizado varios de los pecados mortales del Cristianismo: la gula, el orgullo, el egoísmo y la avaricia.

El sistema de valores que se desarrolló en los siglos XVII y XVIII fue sustituyendo poco a poco a una serie coherente de valores y ac­titudes medievales: la creencia en el carácter sagrado de la naturaleza las sanciones morales contra los prestamistas; la exigencia de precios «justos»; el convencimiento de que no habían de fomentarse el beneficio personal y la acumulación y de que el comercio se justificable solamente cuando servía para restaurar una situación económica de­sahogada en el grupo; la idea de que el trabajo era necesario para la comunidad y para el bienestar del alma y que todas las verdaderas recompensas se encontrarían en el otro Mundo. Hasta el siglo XVI los fenómenos puramente económicos no estaban separados de la vida misma. Durante gran parte de la historia los alimentos, la ropa, la casa y otras necesidades básicas fueron producidas por su valor y uso y se distribuyeron a tribus y grupos sobre una base recíproca18. El sistema nacional de mercados es un fenómeno relativamente re­ciente que surge en la Inglaterra del siglo XVII y de allí se extendió a todo el mundo, dando origen a la actual «plaza de mercado global» interdependiente. Los mercados, evidentemente, habían existido desde la Edad de Piedra, pero se basaban en el trueque y no en el dinero, y por tanto tenían que ser locales. Incluso los primeros co­merciantes carecían prácticamente de motivaciones económicas, pues el comercio solía ser una actividad religiosa y ceremonial relacional con los lazos de sangre y con las costumbres de la familia. Por ejemplo, los habitantes de las islas Trobriand en el Pacífico sudoccidental emprendían viajes en los que recorrían una ruta circular de miles de kilómetros sin tener ningún motivo significativo de ganancia, canje o de intercambio que lo justificase. Su incentivo radicaba en una suerte de moralidad profesional y en un simbolismo mágico que consistía en transportar joyas hechas con conchas marinas blancas en una dirección y ornamentos de conchas marinas rojas en la otra di­rección, de modo que realizasen en diez años todo el periplo de su archipiélago19.

Muchas sociedades arcaicas usaban el dinero y las divisas metáli­cas, pero siempre para impuestos y salarios, no para circular libre­mente. El motivo de una actividad económica tendente a un bene­ficio individual no solía existir; la idea de lucro, y mucho menos de interés, era inconcebible o estaba prohibida. Había organizaciones económicas extremadamente complejas que suponían una detallada división del trabajo y que funcionaban completamente a través del mecanismo de almacenar y redistribuir los bienes comunes —los ce­reales, por ejemplo— y de igual manera funcionaban todos los sis­temas feudales. Obviamente, esto no impedía la aparición de los anti­quísimos motivos de poder, dominación y explotación, pero la idea de que las necesidades humanas eran ilimitadas no surgiría hasta el Siglo de las Luces.

Un principio importante de todas las civilizaciones arcaicas era el de la economía doméstica, la oikonomía de los griegos, que es la raíz de nuestro término moderno «economía». La propiedad privada se justificaba sólo en la medida en que servía al bienestar de todos. De hecho, el adjetivo «privado» deriva de la palabra latina «privare», lo que demuestra la creencia generalizada de los antiguos en que la pro­piedad era ante todo y sobre todo comunitaria. Cuando las socie­dades pasaron de este punto de vista comunitario y cooperador a un punto de vista más individualista y autoafirmante, las personas ya no pensaron en la propiedad privada como un bien que ciertos in­dividuos privaban al grupo de utilizar; de hecho, invirtieron el sen­tido del término, sosteniendo que la propiedad debía ser ante todo privada y que la sociedad no debía privar al individuo de su uso sin los debidos procedimientos legales.

Con la Revolución Científica y el Siglo de las Luces, el razona­miento crítico, el empirismo y el individualismo se convirtieron en los principales valores, junto con una orientación secular y materia­lista que llevó a la producción de bienes y lujos materiales y a la mentalidad manipuladora de la Era Industrial. Las nuevas costum­bres y las nuevas actividades tuvieron como resultado la creación de nuevas instituciones políticas y sociales, y dieron origen a un nuevo objetivo filosófico: teorizar sobre una serie de actividades econó­micas específicas —la producción, el comercio, la distribución y los préstamos— que de pronto comenzaron a adquirir relieve y que re­querían no sólo una descripción y una explicación, sino también una justificación.

Una de las consecuencias más importantes del cambio de valores ocurrido a finales de la Edad Media fue el desarrollo del capitalismo en los siglos XVI y XVII. El desarrollo de la mentalidad capitalista, según la ingeniosa tesis de Max Weber, estaba íntimamente vinculado a la idea de la «vocación» religiosa, que se perfila por primera vez con Lutero durante la Reforma, y a la noción de una obligación mo­ral de cumplir con el propio deber en los asuntos mundanos. Esta idea de una vocación mundana proyectó el comportamiento religioso en el mundo laico. Este punto fue recalcado con mayor fuerza por las sectas puritanas, para quienes la actividad mundana y las ganan­cias materiales que resultaban de una vida laboriosa eran una señal de predestinación divina. A raíz de esto surge la famosa ética pro­testante del trabajo, en la que el trabajo duro realizado con abne­gación y el éxito material se equiparan con la virtud. Por otra parte, los puritanos aborrecían todo lo que no fuera el consumo más frugal, y por consiguiente aprobaban la acumulación de riquezas, siempre y cuando se combinase con una actividad laboriosa. Según las teorías de Weber estos valores y motivos religiosos fueron los que engen­draron el impulso y la energía emocional necesaria para la aparición y el rápido desarrollo del capitalismo20.

La tradición weberiana de criticar las actividades económicas ba­sándose en un análisis de los valores fundamentales marcó el camino para muchos críticos que vinieron después, entre ellos Kenneth Boulding, Erich Fromm y Barbara Ward21. Siguiendo esta tradición, pero llegando a un nivel aún más profundo, la reciente crítica fe­minista de los sistemas económicos —tanto del capitalista como del marxista— ha centrado su atención en el sistema patriarcal de valores en el que se apoyan prácticamente todas las economías modernas22. La conexión entre los valores patriarcales y el capitalismo va había sido señalada en el siglo XIX por Friedrich Engels y fue subrayada por las sucesivas generaciones de marxistas. Sin embargo, en opinión de Engels, la explotación de la mujer tenía origen en el sistema eco­nómico capitalista y llegaría a su fin con la derrota del capitalismo. Pero las críticas feministas actuales demuestran contundentemente que las actitudes patriarcales son mucho más antiguas que las eco­nomías capitalistas y están mucho más arraigadas en la mayoría de las sociedades. De hecho, la mayoría de los movimientos socialistas y revolucionarios denotan una abrumadora tendencia machista, pro­moviendo revoluciones sociales que mantienen esencialmente intac­tos el liderazgo y el control masculinos23.


En los siglos XVI y XVII, mientras los nuevos valores del indi­vidualismo, del derecho a la propiedad y del gobierno representativo llevaban al decaimiento del sistema feudal tradicional y desgastaban el poder de la aristocracia, el antiguo orden económico seguía siendo defendido por varios teóricos que creían que el desarrollo económico de una nación se lograba a través de la acumulación de dinero pro­veniente del comercio exterior. Esta teoría fue llamada «mercanti­lismo». Sus partidarios no eran economistas, sino políticos, admi­nistradores y comerciantes. Aplicaban la antigua noción de la eco­nomía —en el sentido de llevar los gastos de una casa— al estado, concebido como la «casa» del gobernante, y por tanto sus ideas fue­ron conocidas por el nombre de «economía política». El término siguió siendo utilizado hasta el siglo XX, cuando fue sustituido por el término «economía».

La idea mercantilista del balance comercial —la creencia de que la nación se enriquece cuando exporta más de lo que importa— se con­virtió en el concepto central de todo el pensamiento económico su­cesivo. No cabe duda de que influyó en ella el concepto de equilibrio de la mecánica newtoniana y que concordaba perfectamente con la limitada visión del mundo de las monarquías de la época, escasa­mente pobladas y aisladas en sí mismas. Pero hoy, en un mundo superpoblado donde todos dependemos estrechamente de los demás, resulta evidente que no todos los países pueden ganar simultánea­mente el juego mercantilista. El hecho de que muchos países —entre los que figura recientemente el Japón— sigan intentando mantener una balanza comercial positiva lleva necesariamente a la guerra co­mercial, a la crisis económica y al conflicto internacional.

En realidad, la economía moderna tiene poco más de trescientos años. Fue creada en el siglo XVII por sir William Petty, profesor de anatomía en Oxford y profesor de música en Londres, y también médico del ejército de Oliver Cromwell. En su círculo de amistades figuraba Christopher Wren, arquitecto de muchos monumentos londinenses, y también Isaac Newton. En su Política Aritmética se nota la influencia de Newton y de Descartes, pues el método de Petty consiste en sustituir palabras y razonamientos por números, pesos y medidas y usar sólo los argumentos dictados por la razón y con­siderar únicamente las causas que tengan fundamentos visibles en la naturaleza24.

En esta y en otras obras, Petty formuló una serie de ideas que se convirtieron en los ingredientes indispensables de las teorías de Adam Smith y de otros economistas posteriores. Entre estas ideas figuraban la teoría del valor del trabajo —adoptada por Smith, Ri­cardo y Marx— según la cual el valor de un producto derivaba úni­camente del trabajo humano requerido para producirlo, y la idea de la distinción entre precio y valor que, en diversas fórmulas, ha preo­cupado a los economistas desde entonces. Petty también expuso la noción del «justo salario», describió las ventajas de la división del trabajo y definió el concepto de monopolio. Discutió las nociones «newtonianas» de la cantidad de dinero y de la velocidad con que éste circulaba, temas que siguen siendo objeto de controversia en la escuela monetarista actual, y sugirió la creación de obras públicas como remedio al desempleo, anticipándose a Keynes en más de dos siglos. La política económica de hoy, tal como se discute en Was­hington, Bonn o Londres, no sería ninguna sorpresa para Petty, salvo por el hecho de haber cambiado tan poco.

Junto con Petty y los mercantilistas, John Locke también contri­buyó a sentar las bases de la economía moderna. Locke fue el más destacado filósofo del Siglo de las Luces y sus ideas sobre los fe­nómenos psicológicos, sociales y económicos —influidas fuerte­mente por Descartes y Newton— se tornaron el centro del pensa­miento del siglo XVIII. Su teoría atomista de la sociedad humana25 le hizo concebir la idea de un gobierno representativo cuya función era proteger el derecho del individuo a la propiedad y a los frutos de su trabajo. Locke creía que cuando las personas hubiesen elegido un gobierno que administrase sus derechos, sus libertades y sus pro­piedades, la legitimidad de tal gobierno dependería de la protección de éstos. Si el gobierno fracasaba, las personas habrían de tener el poder de disolverlo. Varias teorías políticas y económicas fueron in­fluidas por los conceptos radicales y morales del Siglo de las Luces. Sin embargo, en el campo de la economía una de las teorías más innovadoras de Locke trataba de los precios. Mientras que Petty ha­bía afirmado que los precios y las mercancías tenían que reflejar exac­tamente la cantidad de trabajo que suponía su fabricación, Locke propuso la idea de que los precios podían ser determinados de ma­nera objetiva, por la ley de la oferta y la demanda. Esto no sólo liberó a los comerciantes de esa época de la idea de los precios «justos», sino que se convirtió en la clave de la economía y fue elevada a la categoría de las leyes de la mecánica, rango que conserva aún hoy en la mayoría de los análisis.

La ley de la oferta y la demanda también se ajustaba perfectamente a la nueva matemática de Newton y de Leibniz —el cálculo diferen­cial— pues se creía que la economía se ocupaba de variaciones con­tinuas de cantidades extremadamente pequeñas que se podían des­cribir con eficacia a través de esta técnica matemática. Esta noción se convirtió en la base de todos los esfuerzos sucesivos para convertir la economía en una ciencia matemática exacta. Sin embargo, el pro­blema era —y lo sigue siendo— que las variables utilizadas en estos modelos matemáticos no pueden cuantificarse rigurosamente, sino que se definen de acuerdo con una serie de suposiciones que suelen volver totalmente irreales los modelos.

Otra escuela del pensamiento del siglo XVIII que influyó de ma­nera significativa en la teoría económica clásica, y especialmente en la de Adam Smith, fue la escuela de los fisiócratas franceses. Estos filósofos fueron los primeros en llamarse a sí mismos economistas, en considerar sus teorías «objetivamente» científicas y en desarrollar una visión completa de la economía francesa de la época inmedia­tamente anterior a la Revolución. La palabra fisiocracia significa «go­bierno de la naturaleza» y los fisiócratas criticaban con acerbo el mercantilismo y el crecimiento urbano. En su opinión, la agricultura y la tierra eran los únicos factores que producían la verdadera ri­queza; por este motivo, promovieron una temprana visión «ecologista». El líder de este grupo, Francois Quesnay, era como William Petty y John Locke, médico de profesión, y trabajaba de cirujano en la corte del rey de Francia. Según Quesnay, la ley natural, si se la dejase actuar libremente sin oponerle obstáculos, podría gobernar los asuntos económicos de la manera más ventajosa para todos. De esta manera fue introducida otra piedra angular de la economía: la doctrina del laissez faire o no intervención.
El período de la «economía política clásica» se inauguró en 1776, cuando Adam Smith publicó la Encuesta sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de los países. Filósofo escocés y amigo de David Hume, Smith fue con mucho el más influyente de todos los eco­nomistas. Su obra La Riqueza de los Países fue el primer tratado completo de economía y ha sido definido como «por sus resultados finales, el libro más importante que jamás se haya escrito»26. En la obra de Smith se manifiesta la influencia de los fisiócratas y los fi­lósofos del siglo de las Luces. Por otra parte, Smith fue amigo de James Watt, el inventor de la locomotora de vapor, conoció a Benjamin Franklin y quizá también a Thomas Jefferson, y vivió en un período en el que la Revolución Industrial había comenzado a cambiar la faz de Gran Bretaña. Cuando Smith escribió La Riqueza de los Países se encontraba bien encaminada la transición de una economía agrícola y artesanal a otra dominada por la energía de yapo y por máquinas que funcionaban en las gigantescas fábricas y molinos ingleses. Se había inventado la máquina de hilar y los telares mecánicos se utilizaban en fábricas de algodón que daban trabajo a más de trescientos obreros. Las ideas de Smith fueron plasmadas por la nueva actividad empresarial, por las fábricas y por las máquinas propulsadas por energía, de suerte que Smith se convirtió en un ferviente entusiasta de las transformaciones sociales de su época y en un ardiente crítico de los vestigios del sistema feudal basado en propiedad agrícola.

Como la mayoría de los grandes economistas clásicos, Adam Smith no era un especialista, sino un pensador rico en imaginación y con muchas ideas nuevas. En un comienzo, se puso a investigar como aumenta y se distribuye la riqueza de un país —el tema central de la economía moderna—. Rechazando la visión mercantilista según la cual la riqueza aumenta mediante el comercio exterior y la acu­mulación de lingotes de oro y plata, Smith afirmó que la verdadera base de la riqueza se halla en la producción que resulta del trabajo humano y de los recursos naturales: la riqueza de una nación de­pendería así del porcentaje de la población que participe en esta producción y en la eficiencia y en la habilidad de estas personas. Smith sostenía, como Petty antes que él, que el medio fundamental para incrementar la producción era la división del trabajo.

De la idea newtoniana sobre las leyes naturales dedujo Smith que pertenecía a «la naturaleza humana el canjear e intercambiar» y tam­bién creía «natural» que el trabajo de los obreros se volviese gra­dualmente más fácil y su productividad mejorase con la ayuda de maquinaria. Al mismo tiempo, los primeros industriales tenían una visión mucho más cínica de la función de las máquinas: sabían per­fectamente que las máquinas podían sustituir a los obreros y que por tanto podían usarlas para mantenerlos dóciles y temerosos27.

Smith adoptó el tema del laissez faire de los fisiócratas, y lo in­mortalizó en la metáfora de la Mano Invisible. Según Smith, la Mano Invisible del mercado guiaba el interés privado de todos los patrones, los productores y los consumidores para conseguir una armonía y una mejora de las condiciones de todos: la «mejora» equivalía a la producción de bienes materiales. De esta manera se conseguía un resultado social que sería independiente de las intenciones indivi­duales, y por consiguiente, surgía la posibilidad de una ciencia ob­jetiva de la actividad económica.

Smith creía en la teoría del valor del trabajo, pero también acep­taba la idea de que los precios fueran determinados en los mercados libres por los efectos estabilizadores de la oferta y la demanda. Su teoría económica estaba basada en las teorías newtonianas sobre el equilibrio, las leyes del movimiento y la objetividad científica. Una de las dificultades para aplicar estos conceptos mecanicistas a los fe­nómenos sociales era la falta de apreciación por el problema de la fricción. Puesto que la mecánica de Newton suele olvidar el pro­blema de la fricción, Smith creyó que los mecanismos estabilizadores del mercado deberían ser casi instantáneos, y describió sus ajustes como «inmediatos» «que ocurrirán pronto» y «continuos» mientras los precios «gravitaban» en la dirección correcta. Los pequeños productores y los pequeños consumidores se encontrarían en la plaza del mercado provistos del mismo poder y de la misma información.

Esta imagen idealista es la base del «modelo competitivo» que usan con mucha frecuencia los economistas actuales. Entre sus suposicio­nes básicas figuran la existencia de una información correcta y libre para todos los participantes en una transacción comercial; la creen­cia de que el comprador y el vendedor en un mercado tienen poca significación y por tanto no pueden influir en el precio; y la completa e instantánea movilidad de los trabajadores desplazados, de los re­cursos naturales y de la maquinaria. Estas condiciones son incum­plidas en la mayoría de los mercados actuales, pero muchos eco­nomistas siguen utilizándolas como base para sus teorías. Lucia Dunn, catedrática de economía de la Northwestern University, des­cribe la situación con estas palabras: «Utilizan estas suposiciones en sus obras de manera casi inconsciente. De hecho, en la opinión de muchos economistas, han dejado de ser suposiciones y se han vuelto una imagen de la realidad del mundo»28.

Para el comercio internacional, Smith creó la doctrina de la ventaja comparativa, según la cual cada país tenía que sobresalir en algún tipo de producción, y esto tendría como consecuencia una división internacional del trabajo y de la libertad del comercio. El modelo del libre comercio internacional sigue siendo la base de la mayoría de los conceptos actuales sobre economía mundial y hoy por hoy produce su propia serie de costes sociales y ambientales29. Smith creía que dentro de un país el sistema de mercados autoestabilizador se caracterizaba por un desarrollo gradual y constante, unido a una demanda cada vez mayor de bienes y de trabajo. La idea del creci­miento continuo fue adoptada por las generaciones sucesivas de eco­nomistas, quienes, paradójicamente, siguieron usando las hipótesis dictadas por el equilibrio mecanicista y postulando al mismo tiempo el crecimiento económico continuo. El mismo Smith predijo que el progreso económico, a la larga, llegaría a su fin cuando la riqueza de los países hubiera llegado a los límites naturales impuestos por su terreno y por su clima. Desgraciadamente creyó que este punto se hallaba en un futuro tan lejano que no tenía importancia en sus teo­rías.

Smith hizo alusión a la idea del crecimiento de las estructuras sociales y económicas como monopolios cuando criticó a las personas que, dentro de un mismo ramo comercial, conspiraban para aumen­tar los precios artificialmente, pero no vio las enormes repercusiones de estas prácticas. El crecimiento de estas estructuras, y en particular el de la estructura de clases, se convertiría en el tema central del aná­lisis económico de Marx. Adam Smith justificaba las ganancias del capitalismo afirmando que éstas eran necesarias para invertir en má­quinas y en fábricas que serían provechosas para todos. Indicó la lucha entre los obreros y los empresarios y los esfuerzos de ambos para «interferir en el mercado» pero nunca hizo referencia alguna a la desigualdad de poder de los trabajadores y los capitalistas —un clavo que Marx remacharía a fondo.

Cuando Smith escribió que los trabajadores y «otras clases infe­riores de personas» engendraban demasiados hijos los cuales harían disminuir los salarios a un nivel de simple subsistencia, no hacía más que demostrar que su visión de la sociedad era parecida a la de otros filósofos del Siglo de las Luces. Su posición como miembros de la burguesía ilustrada les permitía concebir ideas extremistas sobre la igualdad, la justicia y la libertad, pero les impedía extender estos conceptos a las «clases inferiores», y tampoco incluían en sus teorías a las mujeres.
A comienzos del siglo XIX, los economistas empezaron a siste­matizar su disciplina en una tentativa de darle la forma de una cien­cia. El primero y el más influyente de esos pensadores sistemáticos de la economía fue David Ricardo, un agente de Bolsa que llegó a ser multimillonario a la edad de treinta y cinco años y luego, tras leer La Riqueza de los Países, se volcó en el estudio de la economía política. Basándose en la obra de Adam Smith, Ricardo redujo la economía a un enfoque más parcial y así comenzó un proceso que se volvería característico de la mayoría del pensamiento económico no marxista posterior. La obra de Ricardo contenía muy poca filo­sofía social; en cambio, introducía el concepto de «modelo econó­mico», un sistema lógico de postulados y de leyes con un número limitado de variables que podían utilizarse para describir y predecir fenómenos económicos.

La idea central del sistema ricardiano era que el progreso llegaría tarde o temprano a su fin a causa del aumento del coste de la pro­ducción de alimentos en un terreno limitado. El fundamento de esta perspectiva ecologista era la visión pesimista de que, como había evo­cado anteriormente Thomas Malthus, la población aumenta con ma­yor rapidez que la oferta de víveres. Ricardo aceptaba el principio malthusiano pero analizaba la situación más detalladamente. En su opinión, el aumento de la población significaba que se habrían de cultivar terrenos más pobres y marginales. Al mismo tiempo, au­mentaría el valor relativo de los terrenos más fértiles, y el alto al­quiler pagado por ellos sería un superávit recibido por los terrate­nientes simplemente por ser dueños de la tierra. Este concepto de las tierras «marginales» se volvió la base de las modernas escuelas económicas de análisis marginal. Igual que Smith, Ricardo aceptaba la teoría del valor del trabajo pero incluía en su definición de los precios el coste del trabajo requerido para construir las máquinas y las fábricas. En su opinión, el dueño de una fábrica, al recibir los beneficios, estaba recibiendo algo producido por el trabajo, y éste fue el punto sobre el cual Marx construyó su teoría sobre el valor excedente (plusvalía).

Los esfuerzos sistemáticos de Ricardo y de otros economistas clá­sicos consolidaron la economía en una serie de dogmas que sostenían la estructura de clases existente y que se oponían a todos los intentos de realizar mejoras sociales con el razonamiento «científico» de que las «leyes de la naturaleza» estaban funcionando y que los pobres eran responsables de su propia desdicha. Al mismo tiempo las su­blevaciones de los obreros se hacían cada vez más frecuentes y el nuevo cuerpo de pensamiento económico engendró sus propios crí­ticos aterrorizados mucho antes de Marx.

Un enfoque lleno de buenas intenciones pero irrealista en sus plan­teamientos llevó a una larga serie de formulaciones irrealizables que más tarde se conocería por el nombre de economía de la asistencia social o de la beneficencia. Los defensores de esta escuela dejaron de lado la antigua visión del bienestar concebido como producción material y centraron su interés en los criterios subjetivos de placer y dolor individual, construyendo complicadísimos diagramas y cur­vas basados en «unidades de placer» y «unidades de dolor». Vilfredo Pareto mejoró estos esquemas algo primitivos con su teoría de la oportunidad, basada en la suposición de que el bienestar social au­mentaría si la satisfacción de algunos individuos pudiese ser aumen­tada sin disminuir la satisfacción de los demás. En otras palabras, cualquier cambio que hiciese a alguien «más rico» sin hacer a otro «más pobre» era propicio al bienestar social. No obstante, la teoría de Pareto seguía olvidando el hecho de la desigualdad de poder, de información y de renta. La economía del bienestar sigue siendo uti­lizada en la actualidad, pese a que se ha demostrado de manera con­cluyente la imposibilidad de convertir la suma de las preferencias individuales en una opción social30. Muchos críticos contemporáneos ven en este enfoque una excusa mal disimulada para un comporta­miento egoísta que socava los cimientos de cualquier serie coherente de objetivos sociales y que hoy está haciendo estragos en todas las líneas políticas de tipo ambiental31.

Mientras los economistas del bienestar estaban construyendo sus detallados esquemas matemáticos, otra escuela de reformadores in­tentaba oponerse a las deficiencias del capitalismo con unos experi­mentos francamente idealistas. Los utopistas construían fábricas y talleres según los principios humanitarios—reducción de horarios de trabajo, aumento de los salarios, tiempo libre, seguros y a veces alojamiento—, fundaban cooperativas de trabajadores y fomentaban los valores éticos, estéticos y espirituales. Muchos de estos experi­mentos tuvieron éxito durante un tiempo, pero a la larga todos ellos fracasaron, incapaces como eran de sobrevivir en un ambiente eco­nómico que les era hostil. Karl Marx, quien mucho debía a la ima­ginación de los utopistas, creía que sus comunidades no podían du­rar, al no haber surgido «orgánicamente» de la etapa existente de desarrollo económico material. Mirándolo desde la perspectiva de los años ochenta, parecería que Marx tenía razón. Quizá hemos tenido que esperar al actual cansancio «postindustrial» con el consuno ma­sivo y el reconocimiento de los costes sociales y ambientales cada vez mayores —por no mencionar la disminución rápida de los re­cursos— para alcanzar las condiciones necesarias en las que el sueño utopista de un orden social en armonía con la ecología y basado en la cooperación puede hacerse realidad.

El más destacado de los reformadores económicos clásicos fue John Stuart Mill, quien participó en el campo de la crítica social tras haber asimilado la mayor parte de las obras de los economistas y filósofos de su tiempo a la edad de trece años. En 1848 publicó sus Principios de la Economía Política, un hercúleo examen en el que llegaba a una conclusión radical. La economía, en su opinión, sólo tenía un campo de trabajo: la producción y la escasez de medios. La distribución no era un proceso económico, sino un proceso político. Sus teorías reducían el ámbito de la economía política a una «eco­nomía pura» que más tarde sería llamada «neoclásica», y que permitía enfocar más detalladamente el «proceso del núcleo económico», ex­cluyendo a la vez las variables sociales y ambientales en analogía con los experimentos controlados de las ciencias físicas. Después de Mill, la economía se fraccionó en dos bloques: por una parte, el enfoque neoclásico, «científico» y matemático, por la otra el «arte» de una filosofía social mucho más extensa. Con el tiempo esto acabó en la desastrosa confusión que hoy existe entre los dos bloques, dando origen a unos instrumentos políticos derivados de modelos mate­máticos abstractos e irreales.

John Stuart Mill tenía buenas intenciones cuando puso de relieve la naturaleza política de toda la distribución económica. El hecho de que señalara que la distribución de la riqueza de una sociedad de­pendía de las leyes y de las costumbres de esta sociedad, que variaban mucho a través de las épocas y las culturas, debía haber puesto el tema de los valores nuevamente en la agenda de la economía política. Mill no sólo veía las opciones éticas en el fondo de la economía, sino que también estaba perfectamente enterado de sus repercusiones psi­cológicas y filosóficas.
Cualquiera que intente seriamente comprender la condición social de la humanidad tiene que ocuparse del pensamiento de Karl Marx y no podrá dejar de sentirse fascinado por su atractivo intelectual. Según Robert Heilbroner, este atractivo radica en el hecho de que «Marx fue el primero en descubrir un método de investigación que desde entonces le pertenecería para siempre. Esto sólo había sucedido antes una vez, cuando Platón «descubrió» el método de la investi­gación filosófica32. El método de investigación marxista fue el de la crítica social, y es por este motivo por lo que Marx no solía hablar de sí mismo como filósofo, historiador o economista —pese a ser todo eso a la vez— sino como crítico de la sociedad. También esta es la razón por la que su filosofía social y su ciencia siguen ejerciendo una gran influencia en el pensamiento social.

Como filósofo, Marx enseñaba una filosofía de acción. «Los fi­lósofos —escribió— no han hecho más que interpretar el mundo de varias maneras; la cuestión, sin embargo, es cambiarlo33. Como eco­nomista, Marx criticó la economía clásica con más habilidad y efi­cacia que cualquiera de sus predecesores. No obstante, la influencia de Marx no ha sido intelectual, sino política. Como revolucionario, si se juzga por el número de sus adoradores, «Marx ha de ser con­siderado un líder religioso que está al mismo nivel que Cristo o Ma­homa»34.

Mientras que el Marx revolucionario ha sido canonizado por mi­llones de personas de todo el mundo, los economistas han tenido que enfrentarse —pese a que frecuentemente han preferido olvidarlos o citarlos incorrectamente— con sus pronósticos molestos pero cer­teros, entre ellos la aparición de ciclos comerciales de «gran auge» y de «quiebra» y la tendencia de los sistemas económicos orientados en los mercados a desarrollar «ejércitos de reserva» de parados, que hoy por hoy suelen estar formados de minorías étnicas y de mujeres. La principal obra marxista, expuesta en los tres volúmenes de El Ca­pital, representa una crítica a fondo del capitalismo. Marx consideró la sociedad y la economía desde la perspectiva, formulada de manera explícita, de la lucha entre trabajadores y capitalistas, pero su am­plitud de ideas sobre la evolución social le permitía concebir unos modelos mucho más amplios de los procesos económicos.

Marx reconocía que las formas capitalistas de organización social acelerarían el proceso de las innovaciones tecnológicas e incremen­tarían la productividad material, y predijo que este hecho modificaría dialécticamente las relaciones sociales. Así pues, logró prever fenó­menos como los monopolios y las crisis económicas y predecir que el capitalismo fomentaría el socialismo —lo cual es cierto— y que a la larga desaparecería —lo que podría ocurrir. En el primer volumen de Das Kapital, Marx formuló su acusación al capitalismo con las siguientes palabras:



Mano a mano con la centralización del capital... se desarrolla, en una escala cada vez más extensa,... la implicación de todas las personas en la red del mercado mundial y con ello el carácter internacional del régimen capitalista. Junto con el constante aumento del número de magnates del capital que usurpan y monopolizan todas las ventajas de este proceso de transformación, aumenta la miseria, la opresión, la esclavitud, la degradación y la explotación...35
Actualmente, en el contexto de nuestra economía mundial, plagada por las crisis y dominada por las grandes sociedades, con lo inmensos riesgos de su tecnología y sus enormes costes sociales ecológicos, esta afirmación no ha perdido nada de su fuerza.

Los críticos de Marx suelen señalar que la fuerza de trabajo en los Estados Unidos, que hubiera debido ser la primera en organizarse políticamente y en alzarse en armas para crear una sociedad socialista, no lo hizo, pues los salarios de los trabajadores son suficientemente altos para que éstos comiencen a identificarse con la movilidad ascendente de la clase media. Pero esta es sólo una de lo explicaciones que existen para el fracaso del socialismo en los Estado Unidos36. Los trabajadores norteamericanos siempre fueron gente de paso que se desplazaba con sus trabajos a lo largo de una frontera que cambiaba continuamente; estaban divididos por barreras lingüísticas y por otras diferencias étnicas que los dueños de las fábricas no dejaban de explotar. Un gran número de estos trabajadores regresaban a su tierra de origen tan pronto como tenía los medios par mejorar las condiciones de la familia que allí los esperaba. Por consiguiente, las oportunidades de organizar un partido socialista al estilo europeo eran muy limitadas. Por otra parte, no cabe duda de que la situación de los obreros norteamericanos no ha empeorado sino que, por el contrario, su riqueza material ha aumentado, si bien es cierto que a un nivel relativamente bajo y después de muchas luchas.

Otro punto importante es que hoy, a finales del siglo XX, el Tercer Mundo ha asumido el papel de proletariado a causa del desarrollo de las multinacionales, algo que Marx no había previsto. En la actualidad, las multinacionales azuzan a los trabajadores de un país contra los de otro, sacando provecho del racismo, del nacionalismo y del machismo. Por tanto, las ventajas conseguidas por los trabajadores norteamericanos suelen ser a expensas de los trabajadores del Tercer Mundo; cada vez resulta más difícil cumplir con el lema mar­xista «Trabajadores del mundo, uníos».

En su «Crítica de la Economía Política», que es el subtítulo de Das Kapital, Marx utilizó la teoría del valor del trabajo para plantear el problema de la justicia y formuló nuevos conceptos de gran efi­cacia para combatir la lógica reduccionista de los economistas neo­clásicos de su tiempo. Marx comprendía perfectamente bien que los salarios y los precios se determinan en gran medida políticamente. Partiendo del hecho de que el trabajo humano crea todos los valores, Marx observó que un trabajo constante y repetitivo tendría que pro­ducir, al menos, lo suficiente para asegurar la subsistencia del tra­bajador y para recambiar los materiales utilizados. Pero, en general, suele haber un excedente con respecto a ese mínimo. La forma que toma este «valor excedente» será la clave para comprender a una so­ciedad, su economía y su tecnología37.

En las sociedades capitalistas, según Marx, los capitalistas son los que se apropian del valor excedente; son ellos los dueños de los me­dios de producción y los que determinan las condiciones de trabajo. Esta transacción entre gente de poder desigual permite a los capi­talistas ganar más dinero con el trabajo de los obreros, Y así el dinero se convierte en capital. En su análisis, Marx hacía hincapié en que una condición necesaria para la aparición del capital era una deter­minada relación entre las clases sociales, que a su vez era el resultado de una larga historia38. La base de la crítica marxista de la economía clásica, tan válida hoy como lo era en aquel entonces, es que los economistas, reduciendo su campo de investigación al «proceso del núcleo económico», eludían el problema ético de la repartición. En palabras del economista Joan Robertson, que no es marxista, los eco­nomistas desplazaban su interés «de la medida de los valores... al problema mucho menos candente de los precios relativos»39. El valor y los precios, sin embargo, son dos conceptos muy diferentes. Otro no marxista, el escritor Oscar Wilde, lo expresó mejor: «Es posible saber el precio de todo y no conocer el valor de nada.»

Marx no era rígido en su teoría del valor del trabajo, sino que parecía dejar un cierto espacio al cambio. Predijo que el trabajo se volvería más «mental» a medida que el conocimiento y la ciencia se aplicasen cada vez más al proceso de producción, y también reconoció la importante función de los recursos naturales. De ahí que escribiese en sus Manuscritos Económicos y Filosóficos de 1844: «El trabajador no puede crear nada sin la naturaleza, sin el mundo ex­terno y sensual, pues éste es el material en el que su trabajo se ma­nifiesta, en el que realiza su actividad, a partir del cual y por medio del cual produce»40.

En tiempos de Marx, cuando los recursos eran abundantes y la población reducida, el trabajo humano era efectivamente la más im­portante aportación a la producción. Pero en el transcurso del siglo XX la teoría del valor del trabajo perdió parte de su significado y hoy el proceso de producción se ha vuelto tan complejo que ya no es posible distinguir netamente cuáles son las contribuciones de la tie­rra, del trabajo, del capital y de otros factores.

La visión de Marx del papel de la naturaleza en el proceso de pro­ducción formaba parte de su percepción orgánica de la realidad, como ha observado Michael Harrington en una convincente reexa­minación del pensamiento marxista41. Los críticos del marxismo sue­len pasar por alto esta visión orgánica o integral, afirmando que las teorías de Marx son exclusivamente deterministas y materialistas. Ocupándose de los razonamientos económicos reduccionistas de sus contemporáneos, Marx cayó en la trampa de expresar sus ideas con fórmulas matemáticas «científicas» que minaban la amplitud de su teoría sociopolítica. Pero la teoría marxista reflejaba firmemente una aguda conciencia de que la sociedad y la naturaleza formaban un todo orgánico, como podemos ver en este hermoso pasaje tomado de los Manuscritos Económicos y Filosóficos:



La naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre —esto es, la na­turaleza en la medida en que no es en sí misma el cuerpo humano. Que el hombre viva de la naturaleza significa que la naturaleza es su cuerpo, con el que tiene que relacionarse continuamente para no morir. La relación de la vida física y espiritual del hombre con la naturaleza significa simplemente que la naturaleza está vinculada a sí misma, pues el hombre es parte de la naturaleza42.

En todos sus escritos destacó Marx la importancia de la naturaleza en el tejido social y económico, pese a no ser este el problema central de los activistas de aquella época. Tampoco en aquel entonces era la ecología un problema tan candente como lo es hoy, y no cabía esperar que Marx lo recalcase con firmeza. No obstante ello, Marx era muy consciente del impacto ecológico de los sistemas económicos capitalistas, como podemos ver en muchas de sus afirmaciones, por muy fortuitas que parezcan. Por citar sólo un ejemplo: «Todos los adelantos de la agricultura capitalista son adelantos no sólo en el arte de robar al trabajador, sino también en el de robar a la tierra»43

Parecería, entonces, que pese a no haber puesto demasiado énfasis en los problemas ecológicos, el método de Marx podría haber sido utilizado para predecir la explotación ambiental provocada por el ca­pitalismo y perpetuada por el socialismo. No cabe duda de que se podría criticar a los marxistas por no haber comprendido antes el problema ecológico, pues éste les hubiera proporcionado otra crítica devastadora al capitalismo y una confirmación de la fuerza del mé­todo marxista. Desde luego, si los marxistas se hubiesen enfrentado honradamente con la evidencia ecológica, se habrían visto obligados a concluir que las sociedades socialistas no lo habían hecho mejor, y que su impacto en el medio ambiente era menor sólo debido a su nivel de consumo más bajo (que de todos modos estaban tratando de aumentar).

Los conocimientos ecológicos son muy sutiles y resulta muy difícil usarlos como base para el activismo social, puesto que las demás es­pecies —se trate de ballenas, secoyas o insectos— no proporcionan la energía revolucionaria necesaria para cambiar las instituciones hu­manas. Quizá sea este el motivo por el que los marxistas han pasado por alto durante tanto tiempo el aspecto ecológico de las teorías de Marx. Estudios recientes han traído a la luz algunas de las sutilezas del pensamiento orgánico de Marx, pero estos aspectos les resultan muy incómodos a la mayoría de los activistas sociales, quienes pre­fieren organizar su actividad alrededor de temas mucho más simples. Tal vez sea esta la razón por la que Marx dijo al final de su vida «Yo no soy marxista»44.

Igual que Freud, Marx tuvo una vida intelectual larga y fructífera, enunciando muchísimas ideas creativas que han dado forma de ma­nera decisiva a nuestra época. Sus críticas sociales han sido fuente de inspiración para millones de revolucionarios no sólo de todo el mundo socialista sino también en la mayoría de los países europeos, en el Canadá, en África y en el Japón —de hecho, prácticamente en todos los países del mundo excepto en los Estados Unidos. El pen­samiento marxista puede interpretarse de un sinfín de maneras y por ello sigue fascinando a los estudiosos. Un punto que nos interesa particularmente en nuestro análisis es la relación entre la crítica mar­xista y la estructura reduccionista de la ciencia de su tiempo.

Como la mayoría de los pensadores del siglo XIX, Marx estaba muy preocupado por ser «científico» y utilizaba constantemente este término en la descripción de su método de crítica. Por ello, con fre­cuencia intentaba formular sus teorías en un lenguaje cartesiano y newtoniano. Con todo, su amplia visión de los fenómenos sociales le permitió trascender la estructura cartesiana de varias maneras sig­nificativas. No adoptó la postura clásica del observador objetivo, sino que dio gran importancia a su papel de participante, afirmando que su análisis de la sociedad era inseparable de la crítica social. En su crítica fue mucho más allá de las cuestiones sociales y con fre­cuencia reveló unas ideas profundamente humanistas, por ejemplo en su planteamiento del concepto de alienación45. Por último, si bien solía hablar a favor del determinismo tecnológico —lo que hacía a su teoría más aceptable como ciencia— también se adentró en las relaciones que ligan todos los fenómenos, concibiendo la sociedad como un todo orgánico en el que ideología y tecnología tenían la misma importancia.


A mediados del siglo XIX, la economía política clásica se había dividido en dos grandes corrientes. Por una parte estaban los refor­madores: los utopistas, los marxistas y la minoría de economistas clásicos partidarios de John Stuart Mill. Por la otra estaban los eco­nomistas neoclásicos que centraban sus esfuerzos en el proceso del núcleo económico y crearon la escuela de la economía matemática. Algunos de ellos trataron de establecer fórmulas objetivas para al­canzar un máximo de asistencia social, mientras otros se refugiaron en una matemática aún más abstrusa, tratando de escapar a las críticas devastadoras de los utopistas y de los marxistas.

Gran parte de la economía matemática estaba —y, sigue estando—dedicada a estudiar los «mecanismos del mercado» con la ayuda de curvas que describen la oferta y la demanda, que siempre se expresan como funciones de precios y se basan en varias hipótesis sobre el comportamiento económico que suelen resultar extremadamente irreales en el mundo actual. Por ejemplo, la mayoría de los modelos dan por sentada la perfecta competencia en los mercados libres, tal y como fue formulada por Adam Smith. La esencia del enfoque puede ser ilustrada por el gráfico básico de la oferta y la demanda presentado en todos los textos de introducción a la economía (ver gráfico).




La interpretación de este gráfico se basa en la hipótesis newtoniana según la cual los participantes en un mercado «gravitarán» automá­ticamente (y, por supuesto, sin «fricción» alguna) hacia el precio de «equilibrio» situado en el punto de intersección de las dos curvas.

Mientras los economistas matemáticos perfeccionaban sus mode­los a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, la economía mundial se aproximaba a la peor crisis de la historia, una crisis que socavó los cimientos del capitalismo y pareció confirmar todas las predicciones de Marx. Sin embargo, después de la Gran Depresión de 1929, la rueda de la fortuna giró de nuevo a favor del capitalismo, estimulada por las intervenciones sociales y económicas de los go­biernos. Estos programas se apoyaban en la teoría de John Maynard Keynes, economista que influyó de manera decisiva en el pensamiento económico moderno.

Keynes estaba profundamente interesado por toda la escena po­lítica y social y consideraba la teoría económica un instrumento de la política. Modificando los métodos llamados «libres de valores» de la economía neoclásica y utilizándolos para fines y propósitos instru­mentales, Keynes dio nuevamente un valor político a la economía, pero esta vez de una manera totalmente diferente. Desde luego, esto suponía renunciar al ideal del observador científico objetivo, y esto era algo que los economistas neoclásicos hacían sólo de mala gana. Pero Keynes los tranquilizó, demostrándoles que podía derivar sus intervenciones normativas del modelo neoclásico sin interferir con las operaciones estabilizadoras del sistema de mercados. Con este fin demostró que los estados de equilibrio económico eran «casos es­peciales», excepciones y no la regla del mundo real.

Con objeto de determinar la naturaleza de las intervenciones gu­bernamentales, Keynes desplazó su centro de interés del micronivel al macronivel, hacia unas variables económicas como la renta nacio­nal, la suma total de los consumos y de las inversiones, el volumen total de empleo, etc. Estableciendo relaciones simplificadas entre es­tas variables, logró demostrar que eran susceptibles de cambios a corto plazo en los que se podía influir tomando las disposiciones adecuadas. Según Keynes, estos ciclos económicos fluctuantes eran una propiedad intrínseca de las economías nacionales. Esta teoría iba en contra del pensamiento económico ortodoxo, que postulaba el empleo total, pero Keynes defendió su herejía apelando a la expe­riencia y señalando que «una característica destacada del sistema eco­nómico en que vivimos es el hecho de que está sujeto a graves fluc­tuaciones con respecto a la producción y al empleo»46

En el modelo keynesiano, al aumentar la inversión siempre au­mentará el número de puestos de trabajo, y por consiguiente incre­mentará el nivel de renta total, que a su vez conducirá a una mayor demanda de bienes de consumo. Así pues, la inversión estimula el crecimiento económico e incrementa la riqueza nacional que, a la larga, «se filtrará poco a poco» a las clases más pobres. Por otra parte, Keynes nunca dijo que este proceso culminaría en el empleo total: simplemente hará que el sistema se desplace en esa dirección: deteniéndose en algún nivel de subempleo o dando directamente marcha atrás, pues esto depende de muchas hipótesis que no forman parte del mundo keynesiano.

Esto explica la importancia de la publicidad, medio con el que las grandes compañías tratan de controlar la demanda en el mercado. Para que el sistema funcione, no sólo es necesario que los consu­midores gasten cada vez más, sino que lo hagan de una manera pre­visible. En la actualidad, la dirección de la teoría de la economía clásica prácticamente se ha invertido. Los economistas de todas las creencias, cada uno a su manera, formulan distintos tipos de ciclos económicos; los consumidores se ven obligados a convertirse en in­versores involuntarios y las intervenciones gubernamentales y co­merciales controlan el mercado, mientras los teóricos neoclásicos si­guen invocando la Mano Invisible.

En el siglo XX, el modelo keynesiano es totalmente asimilado por la corriente principal del pensamiento económico. A la mayoría de los economistas les sigue interesando muy poco el problema político del paro, y siguen intentando «poner a punto» los remedios key­nesianos para acuñar moneda, aumentar o reducir las tasas de interés, recortar o incrementar los impuestos, y así sucesivamente. Sin em­bargo, al no tener en cuenta la estructura detallada de la economía y la naturaleza cualitativa de sus problemas, estos métodos suelen estar destinados al fracaso. En los años setenta, los fallos de la eco­nomía keynesiana ya se habían hecho evidentes.

Hoy el modelo keynesiano se ha vuelto inadecuado, pues no tiene en cuenta muchos factores que son de importancia capital para com­prender la situación económica. Se concentra en la economía interna, disociándola de la red económica mundial y haciendo caso omiso de los acuerdos económicos internacionales; no tiene en cuenta el enorme poder político de las multinacionales; no presta atención a las condiciones políticas y olvida las costas sociales y ambientales de las actividades económicas. En el mejor de los casos, el enfoque key­nesiano puede proporcionar una serie de escenarios posibles, pero no puede hacer pronósticos específicos. Como gran parte del pen­samiento económico cartesiano, ha durado más que su utilidad.


La economía contemporánea es una mezcla de conceptos, teorías y modelos procedentes de varios períodos de la historia económica. Las principales escuelas de pensamiento son la escuela marxista y la economía «mixta», una versión moderna de la economía neoclásica que usa técnicas matemáticas mucho más complejas, pero que sigue basándose en las nociones clásicas. A finales de los años treinta y en los años cuarenta se proclamó la nueva síntesis «neoclásico-keyne­siana», pero en realidad, dicha síntesis nunca llegó a realizarse. Los economistas neoclásicos simplemente se apropiaron de los instru­mentos keynesianos y los injertaron en sus propios modelos, en una tentativa de influir en las llamadas fuerzas de mercado y a la vez, esquizofrénicamente, retener los antiguos conceptos de equilibrio.

En los últimos años, un grupo heterogéneo de economistas ha sido llamado colectivamente la escuela «post-keynesiana». Los partida­rios más conservadores del pensamiento post-keynesiano anuncian hoy un nuevo tipo de la llamada economía de la oferta, que ha en­contrado fervientes admiradores en Washington. La esencia de su razonamiento es que, tras el fracaso de los keynesianos en sus ten­tativas de estimular la demanda sin aumentar la inflación, hoy se de­bería estimular la oferta: por ejemplo, invirtiendo más en fábricas y en automatización y suprimiendo los «improductivos» controles am­bientales. Este enfoque es obviamente antiecológico: su aplicación probablemente de origen a una rápida explotación de los recursos naturales y por tanto agravaría nuestros problemas. Otros post-keynesianos han comenzado a analizar la estructura económica de ma­nera más realista. Estos economistas rechazan el modelo del mercado libre y el concepto de la Mano Invisible y reconocen que la economía actual se halla dominada por las gigantescas instituciones empresa­riales y por las agencias gubernamentales que suelen atender a sus ne­cesidades. Sin embargo, la mayoría de los post-keynesianos utilizan datos demasiado generales, impropiamente derivados del microa­nálisis; hacen caso omiso del concepto de crecimiento y no parecen tener una visión clara de las dimensiones ecológicas de nuestros pro­blemas económicos. En sus complejos modelos cuantitativos describen segmentos fragmentarios de la actividad económica; se supone que estos fragmentos tienen una base «empírica» y que no represen­tan más que «hechos», pero en realidad se apoyan en una serie de conceptos neoclásicos tácitamente asumidos.

Todos estos modelos y teorías —sean marxistas o no marxistas—siguen estando profundamente arraigados en el paradigma carte­siano, y por ello no sirven para describir las interacciones y las con­tinuas transformaciones del sistema económico mundial actual. A los no iniciados no les resulta nada fácil comprender el lenguaje técnico y extremadamente abstracto de la economía moderna: no obstante, una vez dominado este lenguaje, los principales fallos del pensa­miento económico contemporáneo se tornan inmediatamente evi­dentes.

Una de las más destacadas características de los sistemas econó­micos modernos, tanto del capitalista como del comunista, es la ob­sesión por el crecimiento. Prácticamente todos los economistas y to­dos los políticos consideran esencial el crecimiento económico y tec­nológico, pese a que hoy hay suficientes pruebas de que la expansión ilimitada en un ambiente finito sólo puede llevar al desastre. La creencia en la necesidad de un crecimiento constante es una conse­cuencia de la excesiva importancia dada a los valores yang —la ex­pansión, la autoafirmación, la competitividad— y también puede es­tar relacionada con las nociones newtonianas del tiempo y espacio absolutos e infinitos. Este es un ejemplo de pensamiento lineal, de la creencia errónea de que si algo es bueno para un individuo o un grupo, más de lo mismo será necesariamente mejor.

El enfoque competitivo y autoafirmador usado en el comercio forma parte de la herencia del individualismo atomista de John Locke. Esta filosofía tuvo una importancia vital para los primeros colonos y exploradores del continente americano; hoy, sin embargo, se ha vuelto insuficiente, incapaz de hacer frente a la intrincada red de relaciones sociales y ecológicas que caracterizan a las economías industriales maduras. En el gobierno y en el comercio, el credo pre­dominante sigue siendo que el máximo del bien común se obtendrá cuando los individuos, los grupos y las instituciones logren llegar al máximo de su propia riqueza material: lo que es bueno para la Ge­neral Motors también lo es para los Estados Unidos. El todo se identifica con la suma de sus partes y se olvida la posibilidad de que sea superior o inferior a esta suma, según la interferencia recíproca de las partes. Las consecuencias de esta falacia reduccionista se están haciendo desagradablemente visibles: hay cada vez más choques en­tre las fuerzas económicas, que desgarran el tejido social y arruinan el entorno natural.

De la obsesión mundial por el crecimiento ha resultado el asom­broso parecido entre las economías capitalistas y las comunistas. Los dos representantes principales de estos opuestos sistemas de valores, la Unión Soviética y los Estados Unidos, no parecen hoy tan dife­rentes. Ambas potencias se dedican al crecimiento industrial y a la tecnología «dura», y ambas ejercen un control cada vez más centra­lizado y burocrático, sea por parte del estado, sea por parte de las multinacionales «privadas». La dependencia universal del creci­miento y de la expansión se está haciendo más fuerte que todas las demás ideologías: tomando la frase de Marx, podemos decir que se ha convertido en «el opio del pueblo»

En cierto sentido, la creencia generalizada en el crecimiento se puede justificar, pues el crecimiento es una característica esencial de la vida. El hombre lo ha sabido desde tiempos inmemoriales, como podemos ver por los términos utilizados en la antigüedad para des­cribir la realidad. La palabra griega physis —que es la raíz de nuestros términos modernos física, fisiología etc.—, y el término sánscrito brahman, utilizados ambos para describir la naturaleza esencial de todas las cosas, derivan de la misma raíz indoeuropea bheu, que sig­nifica «crecer». De hecho, la evolución, el cambio y el crecimiento parecen ser aspectos esenciales de la realidad. Sin embargo, el error de las actuales nociones de crecimiento económico y tecnológico es­triba en su falta de restricciones. Se suele creer que todo crecimiento es bueno sin reconocer que, en un ambiente finito, tiene que haber un equilibrio dinámico entre el crecimiento y la decadencia. Mientras que unas cosas tienen que crecer, otras tienen que decaer, para que sus elementos constituyentes puedan ser liberados y aprovechados nuevamente.

La mayor parte del pensamiento económico actual se apoya en la noción del crecimiento no diferenciado. La idea de que el creci­miento puede ser paralizante, malsano o patológico no se toma en consideración. Por tanto, lo más urgente es diferenciar y precisar el concepto de crecimiento. El crecimiento, enfocado hacia la excesiva producción y el enorme consumo del sector privado, ha de canali­zarse hacia ramas del servicio público como el transporte, la edu­cación y la asistencia sanitaria. Este cambio ha de ir acompañado de un cambio fundamental de énfasis, pasando de las adquisiciones ma­teriales al crecimiento y desarrollo interiores.

En las sociedades industriales hay tres aspectos de crecimiento que están íntimamente vinculados entre sí: el económico, el tecnológico y el institucional. La mayoría de los economistas aceptan el dogma del continuo crecimiento económico, suponiendo —como Keynes— ­que es la única manera en que la riqueza material «se filtrará» hacia las clases más pobres. Ahora bien: lo irreal de ese modelo de cre­cimiento «por filtración» ha quedado patente hace mucho tiempo. Los altos índices de crecimiento no resuelven prácticamente ninguno de los problemas sociales y humanos más urgentes y en muchos paí­ses han ido acompañados de un aumento del paro y de un deterioro general en las condiciones sociales47. Así pues, en 1976 Nelson Roc­kefeller afirmó en una reunión del Club dé Roma: «Es esencial au­mentar el crecimiento para que millones de norteamericanos tengan la oportunidad de mejorar su calidad de vida»48.

En realidad, Nelson Rockefeller no se estaba refiriendo a la calidad de vida sino al llamado «nivel de vida» que se equipara con el con­sumo material. Los industriales gastan enormes sumas de dinero en publicidad para mantener un nivel de consumo competitivo; por este motivo, muchos de los bienes consumidos son innecesarios, exce­sivos y con frecuencia directamente perjudiciales. El precio que pa­gamos por estas costumbres derrochadoras es la continua degrada­ción de la verdadera calidad de vida —del aire que respiramos, de la comida que comemos, del ambiente en el que vivimos y de las re­laciones sociales que forman el tejido de nuestras vidas. Las costas de este consumo excesivo basado en el despilfarro fueron muy bien documentadas hace unas décadas y siguen aumentando día a día49.

La consecuencia más grave del crecimiento económico continuo es el agotamiento de los recursos naturales del planeta. A comienzos de los años cincuenta, el geólogo M. King Hubbert predijo con exac­titud matemática el ritmo de tal agotamiento. Hubbert trató de presentar esta hipótesis al presidente John F. Kennedy y a los sucesivos presidentes norteamericanos pero la mayoría de las veces fue tomado por un chiflado. Desde entonces, la historia se ha encargado de con­firmar las predicciones de Hubbert con todo detalle, y últimamente ha recibido muchos premios.

Las estimaciones y los cálculos de Hubbert demuestran que las curvas de producción/agotamiento para todos los recursos naturales no renovables tienen forma de campana, y que son muy parecidas a las curvas que indican el auge y la caída de las civilizaciones50. En un principio la curva sube paulatinamente, luego se empina brus­camente, llega a su punto culminante, desciende de improviso y a la larga desaparece. De esta manera predijo Hubbert que la producción de petróleo y de gas natural en los Estados Unidos alcanzaría su punto máximo en los años setenta —como sucedió— y luego co­menzaría el descenso que continúa en la actualidad. El mismo mo­delo anuncia que la producción mundial de petróleo llegará a su punto culminante hacia 1990, mientras la producción mundial de carbón lo hará en el trascurso del siglo XXI. El aspecto más impor­tante de estas curvas es que describen el agotamiento de todos los recursos naturales, desde el carbón, el petróleo y el gas natural hasta los metales, los bosques y las reservas ícticas e incluso del oxígeno y del ozono. Quizá la solución al problema de la producción de ener­gía se encuentre en los combustibles orgánicos, pero esto no pondrá fin al agotamiento de los otros recursos naturales. Si mantenemos los modelos actuales de crecimiento no diferenciado, pronto agotaremos las reservas de metales, alimentos, oxígeno y ozono que tienen una importancia capital para nuestra supervivencia.

Para reducir el ritmo veloz del agotamiento de nuestros recursos naturales no sólo tenemos que olvidar la idea del crecimiento eco­nómico continuo, sino que también hemos de controlar el incre­mento de la población mundial. Los peligros de esta «explosión de­mográfica» suelen reconocerse, pero las opiniones sobre cómo lograr un «crecimiento demográfico cero» varían mucho, y los métodos propuestos van desde la planificación familiar voluntaria y la edu­cación sexual hasta la coacción con medidas legales y mediante el empleo de la fuerza bruta. La mayoría de estas proposiciones se ba­san en una visión exclusivamente biológica del fenómeno, relacionándolo sólo con la fertilidad y la contracepción. Pero hoy existen una serie de pruebas concluyentes, reunidas por demógrafos de todo el mundo, de que el crecimiento demográfico se ve afectado también, o incluso más, por varios factores sociales poderosos. La concepción sugerida por estas investigaciones ve afectado el índice de creci­miento por la compleja interacción entre varias fuerzas biológicas, sociales y psicológicas.

Los demógrafos han descubierto que el modelo más significativo radica en la transición entre dos niveles de poblaciones estables, que ha sido una característica de todos los países occidentales. En las sociedades premodernas los índices de natalidad eran altos, pero también lo eran los índices de mortalidad, de suerte que el número de la población permanecía estable. Al mejorar las condiciones de vida en la época de la revolución industrial los índices de mortalidad comenzaron a disminuir y, puesto que los índices de natalidad se­guían siendo muy altos, la población comenzó a aumentar rápida­mente. Sin embargo, al mejorar constantemente el nivel de vida y al reducirse cada vez más los índices de mortalidad, también los índices de natalidad comenzaron a disminuir, con ello disminuyó también el ritmo del crecimiento demográfico. La razón de esta disminución se ha observado en todo el mundo. A través de la interacción de las fuerzas sociales y psicológicas, la calidad de vida —la satisfacción de las necesidades materiales, la sensación de bienestar y la confianza en el futuro— se convierte en una motivación muy potente y eficaz para controlar el crecimiento demográfico. De hecho, se ha descu­bierto un nivel crítico de bienestar que conduce a una rápida reduc­ción del índice de natalidad y que tiende al equilibrio demográfico. Las sociedades humanas, pues, han desarrollado un proceso de auto-regulación, basado en las condiciones sociales, que tiene como re­sultado una transición demográfica de una población en equilibrio con un alto índice de natalidad y mortalidad y un bajo nivel de vida a una población con un nivel de vida más alto, mayor en número que la anterior pero igualmente equilibrada, en la que tanto el índice de natalidad como el de mortalidad son muy bajos51.

La crisis demográfica del mundo moderno se debe al rápido au­mento de la población en el Tercer Mundo, y las consideraciones mencionadas anteriormente demuestran con claridad que este aumento continúa al no haberse cumplido las condiciones necesarias para la segunda fase de la transición demográfica. En el pasado colonial, los países del Tercer Mundo experimentaron una mejora de las condiciones de vida que bastó para reducir el índice de mortali­dad, iniciando así el crecimiento demográfico. Ahora bien, el nivel de vida no siguió aumentando, pues las riquezas de las colonias se transferían a los países más desarrollados, donde contribuían a la es­tabilización de sus poblaciones. Este proceso ocurre todavía, pues muchos países tercermundistas siguen estando colonizados económicamente. Esta explotación sigue aumentando la opulencia de los colonizadores e impide que las poblaciones del Tercer Mundo alcancen el nivel de vida necesario para reducir su índice de creci­miento demográfico.

La crisis demográfica mundial es pues un efecto imprevisto de la explotación internacional, una consecuencia de las relaciones fun­damentales dentro del ecosistema mundial, en el que cada explota­ción vuelve, con el tiempo, a perjudicar a los explotadores. Desde este punto de vista resulta evidente que el equilibrio ecológico también requiere la justicia social. La manera más eficaz de controlar el crecimiento demográfico será ayudar a los pueblos del Tercer Mundo a alcanzar un nivel de bienestar que los induzca a limitar volunta­riamente su fertilidad. Para ello, se requiere una redistribución mun­dial de la riqueza, a saber, que parte de la riqueza del mundo se devuelva a los que contribuyeron mayoritariamente a su producción.

Un aspecto importante pero poco conocido del problema demo­gráfico es que el costo de aumentar el nivel de vida de los países más pobres hasta el punto en que la gente se convenza de no tener un número excesivo de hijos es muy reducido con respecto a la riqueza de los países desarrollados. En otras palabras: hay suficiente riqueza para mantener a todo el mundo en un nivel que desemboque en un equilibrio demográfico52. El problema radica en que esta riqueza esta repartida de manera desigual, y que se desperdicia en gran parte. En los Estados Unidos, donde el consumo excesivo y el derroche se han convertido un modo de vida, el 5 por ciento de la población mundial, consume un tercio de los recursos mundiales, con un consumo la energía per cápita que es aproximadamente el doble del de la mayoría de los países europeos. Al mismo tiempo, las frustraciones creadas y mantenidas por las dosis masivas de publicidad, combinadas con la injusticia social dentro del país, contribuyen a determinar el cre­ciente número de crímenes, de actos violentos y otras patologías so­ciales. El triste estado de cosas se refleja muy bien en el esquizofré­nico contenido de los semanarios americanos. La mitad de las pá­ginas están llenas de siniestras historias sobre crímenes violentos, de­sastres económicos, tensiones políticas internacionales y la carrera hacia la destrucción mundial, mientras que la otra mitad retrata gente alegre y despreocupada que nos ofrece paquetes de cigarrillos, bo­tellas de alcohol y flamantes coches nuevos. En la televisión, la pu­blicidad influye en el contenido y la forma de todos los programas, incluidos los noticiarios, y utiliza el enorme poder de sugestión de este medio de comunicación —en funcionamiento durante seis horas y media en la familia norteamericana media— para deformar la ima­ginación de las personas, desvirtuar su sentido de la realidad y de­terminar sus opiniones, sus gustos y sus comportamientos53. El único objetivo de esta peligrosa manera de proceder es condicionar al público para comprar los productos anunciados antes, después y durante cada programa.

En esta cultura, el crecimiento económico está inexplicablemente ligado al crecimiento tecnológico. Los individuos y las instituciones se hallan hipnotizados por los milagros de la tecnología moderna y han acabado por creer que todos los problemas se pueden solucionar con la tecnología. No importa que la naturaleza del problema sea po­lítica, psicológica o ecológica, la primera reacción, casi automática, es tratar de resolverlo aplicando o desarrollando algún nuevo tipo de tecnología. Al derroche del consumo de la energía se responde creando nuevas centrales nucleares; la falta de ideas políticas se com­pensa fabricando más misiles y más bombas, y el remedio para el envenenamiento del medio ambiente es la creación de nuevas tec­nologías que, a su vez, afectan a la naturaleza de varias maneras aún desconocidas. Tratando de encontrar soluciones técnicas para todos los problemas, nos hemos limitado simplemente a cambiarlos de sitio en el ecosistema mundial, y frecuentemente los efectos secundarios de la «solución» son más dañinos que el problema original.

La última manifestación de nuestra obsesión por la alta tecnología es la generalizada fantasía de que nuestros problemas actuales pueden resolverse creando hábitats artificiales en el espacio. No excluyo la posibilidad de que algún día se fabriquen estas colonias espaciales, si bien por lo que he visto de los planos y de la mentalidad que las ha concebido estoy seguro de que no me gustaría vivir allí. Sin em­bargo, el error básico de toda la idea no es tecnológico: se trata de la ingenua creencia de que la tecnología espacial puede solucionar las crisis sociales y culturales de nuestro planeta.

El crecimiento tecnológico no sólo está considerado como la so­lución definitiva del problema, sino también como el factor que de­termina nuestro sistema de vida, nuestra organización social y nues­tro sistema de valores. Este «determinismo tecnológico» parece ser consecuencia del prestigio de la ciencia en nuestra vida pública —en comparación con la filosofía, el arte o la religión— y del hecho que los científicos no han sido generalmente capaces de ocuparse de los valores humanos de manera significativa. Esto ha llevado a muchas personas a creer que la tecnología determina la naturaleza de nuestro sistema de valores y de nuestras relaciones sociales, en vez de re­conocer que es exactamente lo contrario: son nuestros valores y nuestras relaciones sociales los que determinan la naturaleza de nues­tra tecnología.

La conciencia masculina, o «yang», que domina nuestra cultura, se ha visto realizada no sólo en la ciencia «exacta», sino también en la tecnología «dura» que deriva de ella. Esta tecnología es más bien fragmentaria que holística, orientada hacia la manipulación y el con­trol y no hacia la cooperación, autoafirmadora y no integradora, y adecuada a una administración centralizada en vez de a una aplica­ción regional por individuos y pequeños grupos. Como resultado de ello, esta tecnología se ha hecho profundamente antiecológica, anti­social, poco sana e inhumana.

La manifestación más peligrosa de nuestra tecnología dura y «ma­chista» es la difusión de las armas nucleares, que equivale al «boom» militar más caro de la historia54. Tras lavar el cerebro del público americano y controlar eficazmente a sus representantes, el complejo militar-industrial ha logrado obtener con regularidad presupuestos de defensa cada vez mayores y los ha utilizado para diseñar las armas que se utilizarán en una guerra en la que se usarán intensivamente los recursos científicos y que estallará en unos diez o veinte años.

En el campo militar trabajan de un tercio a la mitad de los científicos e ingenieros norteamericanos, utilizando toda su imaginación y su creatividad para inventar medios cada vez más complejos destinados a la destrucción total —sistemas de comunicación por laser, ondas dirigidas de partículas y otras tecnologías complejas destinadas a la «guerra de las galaxias»55.

Resulta sorprendente que todos estos esfuerzos se concentren ex­clusivamente en las armas. Los problemas de defensa de los Estados Unidos, como todos los demás problemas que afectan al país, se per­ciben como simples problemas de alta tecnología. La idea de que las investigaciones en el campo de la psicología, de lo social y de la con­ducta —y no hablemos ya de la filosofía o la poesía— podrían ser importantes pasa desapercibida. Además, el problema de la seguri­dad nacional se analiza principalmente en términos de «bloques de poderes», «acción y reacción», «vacío político» y otras nociones newtonianas parecidas.

Los efectos del extenso uso militar de la tecnología «dura» son semejantes a los que se encuentran en la economía civil. La comple­jidad de nuestros sistemas industriales y tecnológicos ha llegado a un punto en el que muchos de estos sistemas ya no pueden ser mode­lados ni controlados. Las averías y los accidentes suceden cada vez con mayor frecuencia; continuamente surgen costos sociales y am­bientales imprevistos, y se dedica más tiempo a mantener y a regular el sistema que a suministrar bienes y servicios útiles. Estas empresas, por tanto, son extremadamente inflacionarias, además de tener gra­ves consecuencias para nuestra salud física y mental. De ahí que cada vez se haga más evidente, como indicaba Henderson, que podríamos alcanzar nuestros límites sociales, psicológicos y conceptuales de cre­cimiento incluso antes de haber alcanzado los límites físicos56.

Por consiguiente, lo que necesitamos es una nueva definición de la naturaleza de la tecnología, un cambio en su orientación, y una nueva evaluación del sistema de valores en el que se apoya. Si se entiende la tecnología en el sentido más amplio del término —como la aplicación de los conocimientos humanos para resolver una serie de problemas prácticos— se hace evidente que nos hemos concen­trado demasiado en las tecnologías «duras», altamente complejas, que requieren un uso intensivo de los recursos, y que hemos de desplazar nuestra atención hacia las tecnologías «blandas» para resolver los conflictos, llegar a acuerdos sociales, a la cooperación, a la re­cuperación y a la redistribución de los bienes. Como dice Schuma­cher en su obra Lo Pequeño es Hermoso, necesitamos una «tecno­logía con rostro humano»57.


El tercer aspecto del crecimiento no diferenciado que es insepa­rable del crecimiento tecnológico y económico, es el crecimiento de las instituciones desde las compañías y las corporaciones hasta las universidades y las facultades, las iglesias, las ciudades, los gobiernos y los países. Cualquiera que sea el objetivo original de la institución, su crecimiento hasta más allá de cierto punto deforma inevitable­mente este objetivo convirtiendo en meta principal la subsistencia y la posterior extensión de la institución. Al mismo tiempo, quienes forman parte de esta institución y los que tienen que tratar con ella se sienten cada vez más alienados y despersonalizados, mientras que las familias, los barrios y otras organizaciones sociales en pequeña escala se ven amenazadas y a menudo destruidas por la dominación y la explotación institucional58.

Actualmente, una de las manifestaciones más peligrosas del cre­cimiento institucional es el de las sociedades anónimas. Las más grandes han trascendido los límites nacionales y se han convertido en protagonistas del escenario mundial. Los recursos económicos de estos gigantes multinacionales superan el producto nacional bruto de la mayoría de los países; su poder económico y político supera al de muchos gobiernos, amenazando la soberanía nacional y la estabilidad monetaria mundial. En la mayoría de los países occidentales, y es­pecialmente en los Estados Unidos, el poder de las compañías se extiende prácticamente a todas las facetas de la vida pública. Las so­ciedades controlan gran parte del proceso legislativo, desvirtúan el sentido de la información que el público recibe a través de los medios de información, y determinan hasta cierto punto el funcionamiento de nuestro sistema escolar y la orientación de las investigaciones aca­démicas. Los dirigentes de las empresas y del comercio destacan en los consejos de administración de las instituciones y fundaciones aca­démicas, donde inevitablemente utilizan su influencia para perpetuar un sistema de valores conforme a los intereses de sus empresas59.

La naturaleza de las grandes empresas es profundamente inhu­mana. La competencia, la coacción y la explotación son aspectos esenciales de sus actividades, todas ellas motivadas por el deseo de una expansión infinita. El crecimiento continuo forma parte inte­grante de la estructura empresarial. Por ejemplo, el ejecutivo de una empresa que deliberadamente deja pasar de largo la oportunidad de aumentar las ganancias de su empresa, por cualquier motivo, puede ser sometido a un proceso legal. Por consiguiente la obtención del máximo de ganancias se convierte en objetivo primordial, lo que ex­cluye todas las demás consideraciones. Los ejecutivos empresariales tienen que olvidarse de su humanidad cuando asisten a las reuniones del consejo de administración. Se espera que no demuestren senti­miento alguno, ni tampoco arrepentimiento; no pueden decir nunca «lo siento» o «nos hemos equivocado». En cambio, los temas que tratan son la coacción, el control y la manipulación.

Las grandes sociedades anónimas, cuando han crecido más allá de cierto punto, comienzan a funcionar como máquinas y no como ins­tituciones. Sin embargo, no existe ninguna ley, nacional o interna­cional, que pueda enfrentarse efectivamente a esas gigantescas ins­tituciones. El crecimiento del poder empresarial ha superado el de­sarrollo de una estructura legal adecuada. Leyes hechas para seres humanos se aplican a sociedades que han perdido toda semejanza con los seres humanos. Los conceptos de propiedad privada y de empresa se han confundido con la propiedad de las empresas y con el capi­talismo de estado, y la «libertad de expresión empresarial» está hoy protegida por la Primera Enmienda de la Constitución norteameri­cana. Por otra parte, estas empresas no asumen las responsabilidades de un individuo, pues están proyectadas de tal manera que ninguno de sus ejecutivos cargue con toda la responsabilidad de las actividades empresariales. De hecho, los dirigentes empresariales creen que las empresas están exentas de valores y que se les debería permitir fun­cionar fuera del orden moral y ético. Esta peligrosa noción fue ex­presada muy cándidamente por Walter Wriston, presidente del Ci­tibank, el segundo banco del mundo. En una reciente entrevista, Wriston hizo el espeluznante comentario: «Los valores están patas arriba... Los estudiantes universitarios viven en dormitorios mixtos, los hombres en un piso y las mujeres en el otro, y todos ellos se reúnen para discutir si la General Motors actúa honradamente o no... En mi opinión no existen valores institucionales: sólo hay valores personales»60.

Mientras las multinacionales intensifican su búsqueda de recursos naturales, de mano de obra barata y de nuevos mercados en todo el mundo, los desastres ecológicos y las tensiones sociales creadas en su obsesión por el crecimiento indefinido se hacen cada vez más evi­dentes. Miles de pequeñas empresas han sido expulsadas del mercado por el poder de las grandes compañías que pueden obtener subsidios federales para sus complejas tecnologías, en las que invierten enor­mes sumas de dinero y con las que consumen una gran cantidad de recursos naturales. Al mismo tiempo, hay una tremenda escasez de personas con conocimientos de oficios simples como la carpintería, la plomería, la sastrería y otro tipo de trabajos manuales y de man­tenimiento que han sido socialmente desvalorizados y gravemente descuidados pese a seguir siendo tan importantes como antes. En vez de recuperar la autosuficiencia cambiando de trabajo y practicando estos oficios, la mayoría de los trabajadores siguen dependiendo to­talmente de las grandes empresas y en las épocas de crisis económica no ven otra solución que cobrar los subsidios de paro y aceptar pa­sivamente que la situación está fuera de su control.

Mientras las consecuencias del poder empresarial son perjudiciales en los países industrializados, en los países del Tercer Mundo re­sultan totalmente desastrosas, pues allí no suele haber ningún tipo de restricción y, cuando la hay, es imposible hacerla cumplir, y la explotación de las personas y de sus tierras ha llegado a proporciones extremas. Manipulando hábilmente los medios de información, que hacen hincapié en la naturaleza «científica» de sus actividades y a menudo están respaldadas completamente por el gobierno de los Es­tados Unidos, las empresas multinacionales extraen implacablemente los recursos naturales del Tercer Mundo. Con este fin suelen utilizar una tecnología contaminadora y perjudicial para la sociedad, que causa graves desastres ecológicos y caos político. Abusan de la tierra y de los recursos vírgenes de los países del Tercer Mundo para pro­ducir frutas y verduras destinadas a la exportación y no alimentos para la población local, y fomentan modelos de consumo poco sa­nos, entre ellos la venta de productos extremadamente peligrosos que están prohibidos en los Estados Unidos. En los último años hemos oído muchísimas historias terroríficas sobre las actividades de las multinacionales en los países del Tercer Mundo que prueban sin lu­gar a dudas que el respeto por las personas, por la naturaleza y por la vida no forman parte de la mentalidad empresarial. Por el contra­rio, los delitos empresariales a gran escala son hoy la actividad de­lictiva más difundida y menos perseguida61.

La mayoría de las grandes empresas se han convertido en insti­tuciones abrasadas que inmovilizan el capital, la administración y los recursos, pero que son incapaces de adaptar su funcionamiento a las necesidades cambiantes. Un ejemplo muy conocido es el de la in­dustria automovilística, que no puede adaptarse al hecho de que las limitaciones mundiales de la energía y los recursos nos obligarán a reestructurar drásticamente nuestro sistema de transporte, pasando a los transportes de masa y utilizando coches más pequeños, más eficaces y más duraderos. Asimismo, las empresas de servicio pú­blico necesitan una demanda de electricidad cada vez mayor para justificar su expansión y por ello se han embarcado en una enérgica campaña a favor de la energía nuclear en vez de fomentar la tecno­logía solar a pequeña escala, descentralizada, que es la única que puede producir un ambiente que nos permita sobrevivir.

A pesar de que estas empresas gigantes suelen estar al borde de la quiebra, aún tienen suficiente poder político para convencer al go­bierno de sacarlas de apuros con el dinero de los contribuyentes. Alegan invariablemente que sus esfuerzos están motivados por el de­seo de mantener los puestos de trabajo pese a que se ha comprobado que las pequeñas empresas basadas en un uso intensivo de la mano de obra, crean más puestos de trabajo y generan menos costas so­ciales y ambientales62. Siempre necesitaremos operaciones a gran es­cala, pero muchas de las sociedades gigantescas, que dependen de unos medios de producción en los que se utilizan enormes cantidades de energía y de recursos naturales para producir bienes de utilidad marginal, tienen que transformarse radicalmente o pasar a mejor vida. Sólo entonces liberarán el capital, los recursos y el ingenio hu­mano con los que se podrá construir una economía sostenible y crear unas tecnologías alternativas.

La cuestión de la escala —iniciada por Schumacher con el lema «lo pequeño es hermoso»— desempeñará un papel crucial en la nueva evaluación de nuestro sistema económico y de nuestra tecnología. La obsesión universal por el crecimiento ha ido acompañada de una idolatría del gigantismo, del «grandor de las cosas» en palabras de Theodor Roszak63. El tamaño, desde luego, es relativo, y no siempre las estructuras pequeñas son mejores que las grandes. En el mundo moderno tenemos necesidad de ambas, y nuestra tarea será conseguir un equilibrio entre las dos. El crecimiento tendrá que ser cualificado y el concepto de escala tendrá una función capital en la reestructu­ración de nuestra sociedad. La cualificación del crecimiento y la in­tegración de la noción de escala en el pensamiento económico ten­drán como resultado una profunda revisión de la estructura concep­tual básica de la economía. Muchos modelos económicos que hoy se aceptan tácitamente como inevitables tendrán que modificarse; la actividad económica se tendrá que estudiar dentro del contexto del ecosistema global; y será necesario ampliar, modificar o abandonar la mayoría de los conceptos utilizados en la teoría económica actual.

Los economistas tienden a congelar la economía de manera arbi­traria dentro de su actual estructura institucional en vez de concebirla como un sistema evolutivo que genera modelos que cambian con­tinuamente. Es importantísimo comprender esta evolución dinámica de la economía porque muestra que ciertas estrategias que resultan aceptables en una fase pueden volverse totalmente inadecuadas en otra. Muchos de los problemas con los que hoy nos enfrentamos derivan del hecho de que hemos rebasado los límites de nuestras em­presas tecnológicas y de nuestra planificación económica. Como suele decir Hazel Henderson, hemos llegado a un punto donde «nada fracasa tanto como el éxito». Nuestras estructuras económicas e institucionales son dinosaurios incapaces de adaptarse a los cambios del medio y por tanto destinados a extinguirse.

La economía del mundo actual se basa en una configuración anti­cuada del poder que perpetúa las estructuras de clase y la injusta distribución de la riqueza dentro de las economías nacionales, ade­más de fomentar la explotación de los países del Tercer Mundo por las ricas naciones industrializadas. Estas realidades sociales suelen ser ignoradas por los economistas, que tienden a evitar las cuestiones morales y a aceptar la actual distribución de la riqueza como un hecho dado e inmutable. En la mayoría de los países occidentales la riqueza económica está controlada herméticamente por un reducido número de personas que forman la «clase dirigente» cuya renta de­riva en gran parte de sus propiedades64. En los Estados Unidos, el 76 por ciento de todas las acciones están en manos del 1 por ciento de los accionistas mientras que, en la base de la pirámide social, el 50 por ciento de los ciudadanos controla sólo el 8 por ciento de la riqueza del país65. En su famoso manual La Economía, Paul Sa­muelson ilustró con una analogía muy elocuente esta asimétrica dis­tribución de la riqueza: «Si hoy hiciéramos una pirámide de las rentas con los cubos de construcción de un niño, e hiciésemos que cada nivel correspondiese a 1.000 dólares de renta, la cima sería mucho más alta que la torre Eiffel, mientras que casi todos nosotros esta­ríamos a un metro del suelo»66. Esta desigualdad social no es un ac­cidente, sino un aspecto intrínseco de la estructura misma de nuestro sistema económico y está perpetuada por el énfasis puesto en las tec­nologías que hacen un uso intensivo de capital. La necesidad de con­tinuar la explotación para el crecimiento de la economía norteame­ricana fue señalada escuetamente en un artículo de fondo del Wall Street Journal sobre «El crecimiento y la ética» en el que insistía en que los Estados Unidos tendrán que optar entre el crecimiento y una mayor igualdad, puesto que el mantenimiento de la desigualdad era necesario para crear el capital67.

La enorme desigualdad en la repartición de la riqueza y de la renta en los países industrializados es paralela a unos modelos similares de injusta repartición entre los países industrializados y el Tercer Mundo. Las multinacionales frecuentemente utilizan los programas de ayuda económica y tecnológica al Tercer Mundo para explotar la mano de obra y los recursos naturales de estos países y para llenar los bolsillos de una elite corrupta y minoritaria. Como dice el cínico dicho, «La ayuda económica es tomar el dinero de los pobres de los países ricos para dárselo a los ricos de los países pobres». El resultado de estas prácticas es la perpetuación de un «equilibrio de la pobreza» en el Tercer Mundo, donde el nivel de vida se aproxima al mínimo necesario para la subsistencia68.

El hecho de que la teoría económica actual evite enfrentarse a los problemas sociales va íntimamente vinculado a la asombrosa incapacidad de los economistas para adoptar una perspectiva ecológica. La discusión entre ecologistas y economistas ha durado más de dos décadas y ha demostrado con gran claridad que la mayoría del pen­samiento económico contemporáneo es intrínsecamente antieco­lógico69. Los economistas hacen caso omiso de la interdependen­cia entre la sociedad y la ecología, tratando todos los bienes por igual, sin considerar las distintas formas en que estos bienes están relacionados con el resto del mundo —si son hechos por la mano del hombre o si se encuentran en la naturaleza, si son renovables o no, y así sucesivamente. Para ellos, diez dólares de carbón equivalen a diez dólares de pan, de transporte, de zapatos o de educación. El único criterio para determinar el valor relativo de estos bienes y ser­vicios es su valor monetario en el mercado; todos los valores quedan reducidos al único criterio de los beneficios privados.

Puesto que la estructura conceptual de la economía no resulta muy adecuada para explicar las costas ambientales y sociales generadas por toda la actividad económica, los economistas tienden a hacer caso omiso de estas costas, catalogándolas como «variables» externas que no encajan en sus modelos teóricos. Y puesto que la mayoría de los economistas trabajan para grupos de interés privado preparando aná­lisis de rentabilidad que suelen tomar parte a favor de los proyectos de los empresarios, tenemos muy pocos datos aún sobre los «factores externos» que son fáciles de cuantificar. Los economistas al servicio de las empresas tratan el aire, el agua y otras reservas del ecosistema como productos gratuitos, concibiendo el delicado tejido de las re­laciones sociales como un bien del que pueden disponer gratuita­mente, a pesar de que se halla severamente afectado por la expansión económica. Las ganancias privadas se realizan cada vez más a costa del público, como refleja el deterioro del medio ambiente y de la calidad de la vida. En palabras de Henderson: «Nos hablan del brillo de las vajillas y de la ropa, pero se olvidan de mencionar la pérdida de brillo de los ríos y de los lagos»70.

La incapacidad de los economistas para ver las actividades eco­nómicas dentro de un contexto ecológico les impide entender mu­chos de los principales problemas de nuestro tiempo, ante todo la tenaz persistencia de la inflación y del paro. La inflación no es cau­sada por un único factor: se pueden identificar varias fuentes principales, y la mayoría de los economistas no logran comprender la inflación porque todas estas fuentes incluyen una serie de variables que han sido excluidas de los modelos económicos actuales. Los eco­nomistas no suelen tomar en cuenta el hecho de que la riqueza se basa en los recursos naturales y en la energía, pese a que resulta cada vez más difícil olvidarlo. Al disminuir la base de los recursos, las materias primas y la energía han de ser extraídas de reservas cada vez más degradadas e inaccesibles, de ahí que se necesite cada vez más capital para financiar el proceso de extracción. Por consiguiente, el agotamiento inevitable de los recursos naturales, que sigue las co­nocidas curvas en forma de campana, va acompañado de un alza ex­ponencial y continua del precio de la energía y los recursos, y esto se convierte en una de las principales fuerzas motrices de la inflación.

La excesiva dependencia de nuestra economía respecto de la ener­gía y de los recursos se refleja en el uso intensivo de capital y no de mano de obra. El capital representa una posibilidad de trabajo, de­rivado de la anterior explotación de los recursos naturales. Al dis­minuir estos recursos, el capital se está volviendo un recurso muy escaso. A pesar de ello, y a causa de la noción parcial de producti­vidad, hay una fuerte tendencia a sustituir la mano de obra por el capital, y esto es algo que se observa tanto en los países capitalistas como en los marxistas. La comunidad de empresarios ejerce cons­tantes presiones sobre el gobierno para obtener deducciones tribu­tarias por sus inversiones de capital, muchas de las cuales reducen el número de puestos de trabajo a través de la automatización, por ejemplo en el caso de las líneas de control automatizadas en los su­permercados y de los sistemas electrónicos para la transferencia de fondos en los bancos. Tanto el capital como la mano de obra en­gendran riqueza, pero una economía basada en el capital también comporta un uso intensivo de los recursos naturales y de la energía, y por ello se volverá extremadamente inflacionaria.

Un sorprendente ejemplo de tal actividad con uso intensivo de capital se halla en el sistema de agricultura estadounidense, que ejerce su impacto inflacionista en muchos niveles de la economía. La pro­ducción se realiza con la ayuda de maquinaria y de sistemas de irri­gación que tienen un gran consumo de energía y con fuertes dosis de pesticidas y fertilizantes a base de petróleo. Estos métodos no sólo destruyen el equilibrio orgánico del terreno y producen substancias químicas que envenenan nuestros alimentos, sino que dan además un rendimiento cada vez menor, convirtiendo a los agricultores en las principales víctimas de la inflación. La industria alimentaria trans­forma los productos agrícolas en alimentos enlatados o congelados, elaborados en exceso y desproporcionadamente anunciados, que luego transporta a todo el país, donde se venden en los grandes su­permercados; todos estos procesos requieren un consumo de energía excesivo y, por tanto, fomentan la inflación.

Lo mismo se puede decir de la cría de animales, muy fomentada por la industria petroquímica, ya que se necesita aproximadamente diez veces más energía de combustible orgánico para producir una unidad de proteína vegetal que una unidad de proteína animal. La mayor parte de los cereales producidos en los Estados Unidos no es consumida por personas, sino que sirve para alimentar el ganado que luego será comido por personas. A causa de ello, la mayoría de los americanos tienen una dieta desequilibrada que frecuentemente lleva a la obesidad y a la enfermedad, contribuyendo así a la inflación en la asistencia sanitaria. En todo nuestro sistema económico se pueden observar modelos similares. La inversión excesiva de capital, de ener­gía y de recursos naturales pone a prueba el medio ambiente, afecta negativamente a nuestra salud, y es la principal causa de la inflación.


La sabiduría económica convencional da por sentada la existencia de un mercado libre que por naturaleza tiende a permanecer en equi­librio. La inflación y el desempleo se conciben como aberraciones temporales e interdependientes del estado de equilibrio, y una es el recambio de la otra. En la realidad actual, sin embargo, con las eco­nomías dominadas por enormes instituciones y grupos de interés, esta suerte de modelos de equilibrio ya no son válidos. El supuesto recambio de la inflación y el desempleo —expresado matemática­mente por la llamada curva de Philips— es un concepto abstracto y completamente irrealista. La combinación de la inflación y el desem­pleo, conocida por el nombre de stagflation, se ha vuelto un aspecto estructural de todas las sociedades industriales que se dedican al cre­cimiento no diferenciado. La excesiva dependencia de la energía y de los recursos naturales, y la inversión excesiva de capital y no de mano de obra, son medidas extremadamente inflacionarias y además causan el desempleo masivo. De hecho, el paro se ha vuelto un as­pecto tan intrínseco de nuestra economía que los economistas gu­bernamentales hoy hablan del «pleno empleo» cuando más de 5 por ciento de la mano de obra no tiene trabajo.

La segunda causa de la inflación es el aumento cada vez mayor de las costas sociales engendradas por el crecimiento no diferenciado. En sus tentativas por alcanzar el máximo de beneficios, los indivi­duos, las compañías y las instituciones tratan de «exteriorizar» todas las costas sociales y ambientales, excluyéndolas de sus balances y transfiriéndolas al sistema, al medio ambiente y a las generaciones futuras. Gradualmente, estas costas se van acumulando y se mani­fiestan en las costas de pleitos, control de la criminalidad, coordi­nación burocrática, leyes federales, protección del consumidor, asis­tencia sanitaria y así sucesivamente. Estas actividades no añaden nada a la verdadera producción: por el contrario, todas ellas aportan de manera significativa al aumento de la inflación.



En vez de incorporar en sus teorías estas importantísimas variables sociales y ambientales, los economistas tienden a trabajar con mo­delos de equilibrio que, pese a su elegancia, están totalmente des­conectados de la realidad; la mayoría de estos modelos se funda­menta en la noción clásica de los mercados libres, donde los com­pradores y los vendedores se encuentran para intercambiar sus pro­ductos disponiendo del mismo poder y de la misma información. En la mayoría de las sociedades industriales, las grandes empresas con­trolan la oferta de bienes, crean una demanda artificial a través de la publicidad y ejercen una influencia decisiva en la política del país. El ejemplo más extremo son las compañías petroleras que determi­nan la política energética de los Estados Unidos hasta tal punto que las decisiones cruciales no se toman en interés del país, sino en interés de las empresas dominantes. El interés de las empresas, sin ninguna duda, no tiene nada que ver con el bienestar del ciudadano nortea­mericano, sino que se preocupa exclusivamente por sus propios be­neficios. John Sweringen uno de los principales ejecutivos de la Stan­dard Oil en Indiana, lo dijo sin rodeos en una reciente entrevista: «Nosotros no nos ocupamos de energía —fueron sus palabras—Nuestro objeto es utilizar los recursos que nos han sido confiados por nuestros accionistas para darles el máximo rendimiento por el dinero que han invertido en nuestra empresa»71. En la actualidad, gigantes como la Standard Oil tienen el poder de determinar en gran parte, no sólo la política energética del país, sino también sus sis­temas de transporte, agricultura, asistencia sanitaria y muchos otros aspectos de la vida social y económica. Los mercados libres, equi­librados por la oferta y la demanda, desaparecieron hace mucho tiempo: sólo existen en los manuales de economía. También se ha vuelto anticuada la idea keynesiana de que las fluctuaciones econó­micas cíclicas pueden eliminarse tomando las medidas adecuadas. A pesar de ello, los economistas modernos aún utilizan los tradicio­nales instrumentos keynesianos para provocar la inflación o la de­flación de la economía, creando oscilaciones a corto plazo que ocul­tan las realidades ecológicas y sociales.
Para enfrentarse a los fenómenos económicos desde una perspec­tiva ecológica, los economistas tendrán que revisar drásticamente sus conceptos básicos. Como estos conceptos fueron definidos de ma­nera parcial y han sido utilizados sin su contexto social y ecológico, ya no sirven para representar las actividades económicas en un mundo tan fundamentalmente interdependiente como el nuestro. El producto nacional bruto, por ejemplo, tendría que indicar la riqueza de un país, pero todas las actividades económicas relacionadas con los valores monetarios se suman de manera indiscriminada para ob­tener el PNB y se olvidan todos los aspectos no monetarios de la economía; la educación se sigue considerando un gasto en vez de una inversión y no se toman en cuenta el trabajo doméstico y los bienes producidos por éste. Pese a que hoy muchos economistas admiten la insuficiencia de este método de contabilidad, no se ha realizado ningún esfuerzo serio para definir nuevamente el PNB y convertirlo en una medida eficaz de la producción y de la riqueza.

Así mismo, los conceptos de «rendimiento», «productividad» y «beneficio» se utilizan en un contexto tan parcial que se han vuelto extremadamente arbitrarios. El rendimiento de una sociedad anó­nima se mide desde el punto de vista de los beneficios de la empresa, pero como estos beneficios se hacen cada vez más a costa del público, tenemos que preguntarnos «¿rendimiento para quién?» Cuando los economistas hablan del rendimiento, ¿quieren decir el rendimiento —o eficacia— para el individuo, para la empresa o para el ecosis­tema? Un sorprendente ejemplo del uso extremadamente parcial de la noción de rendimiento lo dan las compañías de servicios públicos, que han estado tratando de convencernos de que la energía nuclear es la fuente de energía más eficaz, prescindiendo totalmente de las tremendas costas sociales y ambientales que surgen del manejo de material radiactivo. Este uso oblicuo de la palabra «rendimiento» es una característica de la industria energética, que no sólo nos ha in­formado mal sobre los gastos ambientales y sociales, sino también sobre las realidades políticas ocultas tras el costo de la energía. Tras obtener enormes subsidios por la tecnología convencional gracias a su poder político, las empresas de servicio público dieron media vuelta y declararon que la energía solar era poco eficaz pues no podía competir con las demás fuentes de energía del «mercado libre».

Esta suerte de ejemplos abunda. El sistema agrícola de los Estados Unidos, muy mecanizado y subvencionado por las empresas petro­leras, hoy se ha vuelto el menos rentable del mundo si se lo juzga desde el punto de vista de la cantidad de energía utilizada para pro­ducir un determinado número de calorías; sin embargo, las empresas agrícolas, que son en gran parte propiedad de la industria petroquí­mica, obtienen enormes ganancias. De hecho, todo el sistema in­dustrial norteamericano, que usa una enorme cantidad de los recur­sos del planeta para un diminuto porcentaje de su población, podría considerarse extremadamente ineficaz desde el punto de vista eco­lógico y mundial.

El concepto de «productividad» está íntimamente vinculado al de «rendimiento», y también se ha desvirtuado de manera similar. La productividad suele definirse como la producción de un trabajador por hora de trabajo. Con objeto de aumentar esta cantidad, los em­presarios tienden a automatizar y mecanizar lo más posible los pro­cesos de producción: de esta manera, también aumentan el número de trabajadores en paro y reducen su productividad a cero haciendo que se inscriban en las listas de parados.

Junto con la redefinición de «rendimiento» y de «productividad» tenemos que revisar minuciosamente nuestro concepto de «benefi­cios». Los beneficios privados se cosechan con demasiada frecuencia a expensas de la explotación de las personas o de la naturaleza. Todas estas costas se han de tomar en cuenta de manera que la noción de beneficios se relacione con la creación de verdadera riqueza. Sólo entonces la mayoría de los bienes producidos y vendidos «con be­neficios» serán reconocidos como un gasto inútil y ya no podrán competir en los mercados internacionales.

Uno de los motivos por los que el concepto de «beneficio» se ha desvirtuado tanto es la división artificial de la economía en sectores privados y públicos, que ha llevado a los economistas a olvidar el vínculo entre los beneficios privados y las costas públicas. Hoy se ponen cada vez más en duda las funciones relativas de los sectores privados y públicos de bienes y servicios, y cada vez más gente se pregunta por qué hemos de aceptar la necesidad de unas industrias multimillonarias dedicadas a la producción de alimentos para ani­males domésticos, cosméticos, fármacos y toda suerte de aparatos que suponen un derroche de energía, cuando al mismo tiempo se nos dice que no podemos «permitirnos el lujo» de unos servicios sanitarios adecuados, de un buen cuerpo de bomberos, o de unos sistemas de transporte público realmente eficaces para nuestras ciu­dades.


La nueva organización de nuestra economía no es simplemente una tarea intelectual: también supone una serie de cambios profun­dos en nuestro sistema de valores. La idea misma de riqueza, que es la clave de la economía, está inextricablemente vinculada a las ex­pectativas, los valores y los modos de vida de los seres humanos. Para definir la riqueza dentro de una estructura ecológica se ha de ir más allá de las actuales connotaciones de la palabra sobre la acu­mulación de bienes materiales y darle un sentido más amplio de en­riquecimiento humano. Esta noción de riqueza, junto con la de «be­neficios» y la de otros conceptos relacionados con ellos, no podrá ser cuantificada con rigor, y por ello los economistas ya no podrán ocuparse de los valores en términos exclusivamente monetarios. De hecho, los problemas económicos actuales han puesto en evidencia que el dinero ya no es un criterio de medición adecuado72.

Un aspecto importante de la revisión que hemos de hacer de nues­tro sistema de valores es la redefinición de la palabra «trabajo73». En nuestra sociedad, el trabajo se identifica con la prestación de un ser­vicio que se hace para alguien y por dinero; las actividades que se realizan gratuitamente no se consideran trabajos. Por ejemplo, al tra­bajo realizado por hombres y mujeres en su casa no se le da ningún valor económico; sin embargo, este trabajo equivale, en términos monetarios, a dos tercios de todos los sueldos y salarios pagados por todas las empresas de los Estados Unidos74. Por otra parte, ya no hay suficientes puestos de trabajo pagados para muchas personas que desean obtenerlos. Estar en paro conlleva un estigma social; las per­sonas pierden prestigio y respeto ante sus propios ojos y los de los demás al ser incapaces de conseguir un empleo.

Al mismo tiempo, los que sí tienen trabajo suelen verse obligados a realizar tareas de las que no pueden enorgullecerse, faenas que los dejan profundamente alienados e insatisfechos. Como Marx reco­noció claramente, esta alienación deriva del hecho de que los obreros no son dueños de los medios de producción, no pueden expresar su opinión sobre el uso de su trabajo y no logran identificarse de manera significativa con el proceso de producción. El trabajador industrial moderno va no se siente responsable de su trabajo y tampoco se siente orgulloso de él. El resultado son productos que reflejan cada vez menos habilidad artesanal, calidad artística o buen gusto. De ahí que el trabajo se haya degradado profundamente; desde el punto de vista del obrero, su único objetivo es ganarse la vida, mientras que el único fin del empresario es aumentar sus ganancias.

La falta de responsabilidad y de orgullo, junto con el motivo prin­cipal de los beneficios, han originado una situación en la que la ma­yoría del trabajo es hoy un gasto inútil y no tiene justificación. Como ha afirmado enérgicamente Theodor Roszak:



El trabajo que produce cacharros innecesarios de consumo o arma­mento bélico es un error y un despilfarro. El trabajo que es resultado de una falsa necesidad o de un deseo impropio es un error y un des­pilfarro. El trabajo que engaña o que falsea para obtener sus fines, que explota o degrada a un ser humano, es un error y un despilfarro. El trabajo que daña el medio ambiente o que afea el mundo es un error y un despilfarro. Esta clase de trabajo no puede redimirse de ninguna manera, ni enriqueciéndolo ni reestructurándolo, ni socializándolo ni nacionalizándolo, ni volviéndolo más «pequeño», des­centralizado o democrático75.

La situación se opone netamente a la de las sociedades tradicionales en las que todos los hombres y mujeres se ocupaban de una gran variedad de actividades —agricultura, ganadería, pesca, caza, tejido, confección de ropa, construcción, fabricación de cerámica y de he­rramientas, cocina, curación— todas ellas trabajos útiles, dignos y especializados. En nuestra sociedad, la mayoría de las personas están insatisfechas con su trabajo y ponen las actividades de tiempo libre en el centro de su vida. Así pues, el trabajo se ha vuelto lo contrario del ocio, y este último es servido por una enorme industria que fa­brica aparatos que conllevan un uso intensivo de energía y de re­cursos —videojuegos, lanchas motoras y trineos motorizados— y exhorta a las personas a despilfarrar y a consumir.

En lo referente a la categoría social de los distintos tipos de tra­bajo, hay una interesante jerarquía en nuestra sociedad. El trabajo de menor categoría tiende a ser el más «entrópico», esto es, aquel donde la prueba tangible del esfuerzo puede ser destruida con mayor facilidad. Se trata de un trabajo que ha de realizarse una y otra vez sin dejar un efecto duradero: preparar comidas que se comen in­mediatamente, barrer los suelos de una fábrica que pronto estarán sucios de nuevo, recortar setos y céspedes que siguen creciendo... En nuestra sociedad, como en todas las culturas industriales, los tra­bajos que implican un alto nivel de entropía —los quehaceres do­mésticos, los servicios de reparación, la agricultura— ocupan la ca­tegorías inferiores y reciben la paga más baja, pese a ser esenciales para nuestra existencia cotidiana76. Suelen delegarse a los grupos mi­noritarios y a las mujeres. Los trabajos de alta categoría son los que producen algo duradero —rascacielos, aviones supersónicos, cohetes espaciales, cabezas nucleares, y todos los productos de alta tecno­logía. También se otorga gran categoría a todos los trabajos admi­nistrativos relacionados con la alta tecnología, por muy aburridos que sean.

La jerarquía del trabajo es exactamente lo contrario de la que se observa en las tradiciones místicas. En ellas se da gran valor al trabajo que supone un alto grado de entropía pues éste cumple una función importantísima en el ritual cotidiano de las prácticas espirituales. Los monjes budistas consideran la cocina, el cuidado del jardín y la lim­pieza del monasterio como parte de sus actividades de meditación, y los monjes y monjas cristianos tienen una larga tradición de agri­cultura, asistencia a los enfermos y otros servicios. Parece que el alto valor espiritual otorgado al trabajo entrópico en estas tradiciones de­riva de una profunda conciencia ecológica. Hacer un trabajo repe­titivo nos ayuda a reconocer los ciclos naturales de crecimiento y descomposición, del nacimiento y de la muerte, de suerte que to­mamos conciencia del orden dinámico del universo. El trabajo «or­dinario», como indica el significado de la raíz del término, es el tra­bajo en armonía con el orden que percibimos en la naturaleza.

Esta conciencia ecológica se ha perdido en nuestra cultura, donde el valor más alto corresponde al trabajo que crea algo «extraordi­nario», algo que está fuera del orden natural. Por tanto, no es sor­prendente que la mayoría de estos trabajos altamente apreciados hoy esté generando unas tecnologías y unas instituciones que son extre­mamente perjudiciales para el ambiente natural y social. Así pues, lo que necesitamos es revisar el concepto y la práctica del trabajo de tal manera que se convierta en algo significativo y satisfactorio para el individuo, en algo útil para la sociedad, y en parte del orden ar­monioso del ecosistema. Reconocer y practicar nuestro trabajo de esta manera nos permitirá capturar una vez más su esencia mística.
La revisión inevitable de nuestros conceptos económicos básicos y de nuestras teorías será tan radical que cabe preguntarse si la eco­nomía misma, como ciencia social, podrá sobrevivirle. De hecho, varios críticos han pronosticado el fin de la economía. En mi opi­nión, la manera más adecuada de abordar el problema no sería aban­donar la economía como tal, sino considerar la estructura del pen­samiento económico actual, tan arraigado en el paradigma carte­siano, como modelo científico hoy superado. Se lo podría seguir uti­lizando para un número limitado de análisis microeconómicos, pero indudablemente tendrá que modificarse y ampliarse. Es probable que la nueva teoría —o la nueva serie de modelos— se base en un enfoque integral que reúna en la misma estructura ecológica a la biología, la psicología, la filosofía política y varias otras ramas del conocimiento humano. En la actualidad, las líneas generales de esta estructura están siendo trazadas por muchos hombres y mujeres que se niegan a ser catalogados como economistas o relacionados con una determinada disciplina académica convencional77. Siguen utilizando un enfoque científico, pero éste va mucho más allá de la imagen cartesiano-new­toniana de la ciencia. Su base empírica no solo incluye datos eco­lógicos, hechos sociales y políticos y fenómenos psicológicos, sino que también hace referencia explícita a los valores culturales. A partir de esta base, los científicos podrán construir modelos realistas y fia­bles de los fenómenos económicos.

La referencia explícita a las actitudes, valores y estilos de vida de los seres humanos en el pensamiento económico harán que esta nueva ciencia sea profundamente humanista. Se ocupará de las as­piraciones y posibilidades humanas y las integrará en la matriz sub­yacente del ecosistema mundial. Tal enfoque irá mucho más allá de todas las tentativas de la ciencia moderna; su naturaleza final será, a la vez, científica y mística.




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