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LA PSICOLOGÍA NEWTONIANA
De igual manera que la biología y la medicina, la ciencia de la psicología ha tomado su forma del paradigma cartesiano. Los psi­cólogos, partidarios de la teoría de Descartes, hicieron una estricta distinción entre la res cogitans y la res extensa, y por ello les resultó muy difícil la interacción de la mente y el cuerpo. La confusión que existe hoy sobre la función y la naturaleza de la mente, distinguién­dola de la del cerebro, es una consecuencia obvia de la filosofía car­tesiana.

Descartes no sólo hizo una marcada distinción entre lo imper­manente del cuerpo humano y la indestructible alma, sino que tam­bién propuso varios métodos para estudiarlos. El alma, o la mente, debían ser exploradas a través de la introspección, mientras que el es­tudio del cuerpo requería seguir los métodos de las ciencias natu­rales. Sin embargo, los psicólogos de los siglos subsiguientes no si­guieron las sugerencias de Descartes, sino que adoptaron ambos mé­todos para el estudio de la psique humana, creando dos importantes escuelas de psicología: los estructuralistas, que estudiaban la mente a través de la introspección y trataban de analizar la conciencia re­duciéndola a sus elementos básicos, y los conductistas, que se con­centraban exclusivamente en el estudio del comportamiento y, en consecuencia, ignoraban o negaban del todo la existencia de la mente. Ambas escuelas surgieron en una época en la que el pensa­miento cartesiano estaba dominado por el modelo newtoniano de la realidad: por tanto, ambas imitaron los modelos de la física clásica, incorporando a sus esquemas teóricos los conceptos básicos de mecánica newtoniana.

Mientras tanto, Sigmund Freud, trabajando en la clínica y en consultorio más que en el laboratorio, usaba el método de la asociación para crear el psicoanálisis. Pese a que esta teoría sobre la mente humana era muy diferente de las demás, e incluso se la podía llamar revolucionaria, la naturaleza de sus conceptos básicos seguía siendo newtoniana. Por tanto, las tres principales corrientes del pensamiento psicológico en las primeras décadas del siglo XX, de las cuales dos eran académicas y una clínica, estaban basadas no sólo en paradigma cartesiano, sino también en conceptos de la realidad específicamente newtonianos.

Suele creerse que la psicología, en cuanto a ciencia, fue creada en el siglo XIX, y que sus raíces históricas se remontan a las filosofos de la antigüedad griega1. En la actualidad, se ha comenzado a conocer que la idea generalizada de que esta tradición ha producido las únicas teorías válidas es una opinión parcial, condicionada por la misma cultura occidental. Varios descubrimientos recientes sobre estudios de la conciencia, de la psicoterapia y de la psicología inter­personal han despertado el interés por los sistemas orientales de pensamiento, en particular los de la India, que presentan una gran variedad de sistemas psicológicos profundos y sofisticados. La rica tradición de la filosofía hindú ha engendrado un sinnúmero de escuelas filosóficas, que van del materialismo al idealismo extremo y desde el monismo absoluto, pasando por el dualismo, hasta el pluralismo total. En consecuencia, estas escuelas han formulado un gran número de teorías, a veces antagónicas, sobre el comportamiento humano, la naturaleza de la conciencia y la relación entre la mente y la materia.

Junto con esta gran variedad de escuelas filosóficas, la cultura hindú y las demás culturas orientales han desarrollado ciertas tradiciones espirituales que, al estar basadas en conocimientos empíri­cos, son más similares a los planteamientos de la ciencia moderna2. Estas tradiciones se apoyan en ciertas experiencias místicas que han engendrado varios modelos de conciencia elaborados y extremadamente perfeccionados, incomprensibles dentro del esquema cartesiano, pero sorprendentemente concordantes con los desarrollos científicos más recientes3. Sin embargo, el interés primordial de las tradiciones místicas orientales no se halla en los conceptos teóricos sino en que éstos son, antes que nada, maneras de liberación, rela­cionadas con la transformación de la conciencia. A lo largo de su historia, han ideado varias técnicas sutiles para cambiar el concepto que sus discípulos tienen de su propia existencia y de su relación con la sociedad y la naturaleza. Por ello, tradiciones como el vedanta, el yoga, el budismo y el taoísmo tienen más puntos en común con la psicoterapia que con las religiones o las filosofías, y por tanto no resulta sorprendente que algunos psicoterapeutas occidentales hayan mostrado un vivo interés por el misticismo oriental4.

La gran influencia de las ideas orientales se reflejaba también en las especulaciones psicológicas de los antiguos filósofos griegos, quienes —según la historia y las leyendas— las asimilaron en los pe­ríodos en que realizaban estudios extensivos sobre estas ideas en Egipto. Esta primera etapa de la psicología filosófica occidental fluc­túa entre una visión idealista y una visión materialista del alma. Entre los presocráticos, Empédocles enseñaba una teoría materialista de la psique, según la cual todos los pensamientos y percepciones depen­dían de los cambios fisiológicos. Por otra parte, Pitágoras exponía opiniones firmemente basadas en el misticismo que incluían la creen­cia en la transmigración del alma. Sócrates introdujo un nuevo con­cepto de alma en la filosofía griega: mientras que antes el alma era descrita como una fuerza vital —«el aliento de la vida»— o como un principio trascendental en el sentido místico, Sócrates utilizaba la palabra psique en el mismo sentido que la utiliza la psicología mo­derna, a saber, para designar la sede de la inteligencia y de la per­sonalidad.

Platón fue el primero en ocuparse explícitamente del problema de la conciencia y Aristóteles escribió el primer tratado sistemático so­bre este tema, titulado Sobre el Alma, en el que formuló un sistema biológico y materialista para abordar el tema de la psicología. Esta postura materialista, que luego sería elaborada nuevamente por los estoicos, tuvo su adversario más elocuente en Plotino, fundador del neoplatonismo y el último de los grandes filósofos de la antigüedad, cuyas enseñanzas tenían muchos aspectos similares a la filosofía vedanta de la India e influyeron enormemente en las primeras doctrinas cristianas. Según Plotino, el alma es inmaterial e inmortal: la conciencia es la imagen del Uno y como tal está presente en todos los niveles de la realidad.

Una de las imágenes más poderosas e influyentes de la psique se halla en la filosofía de Platón. En el Fedro, el alma es descrita como un auriga que maneja un carro tirado por dos caballos, uno de los cuales representa las pasiones físicas mientras el otro encarna las emociones espirituales. Esta metáfora contiene las dos maneras —la manera biológica y la manera espiritual— con las que la filosofía y la ciencia occidental han tratado de abordar el problema de la conciencia a lo largo de su historia, sin que jamás hayan podido recon­ciliarlas. La diferencia entre ambas generó el problema de la «mente-cuerpo» que se refleja en muchas escuelas de psicología, especialmente en el conflicto entre la escuela freudiana y la escuela jungiana.


En el siglo XVII, el problema «mente-cuerpo» obtuvo la forma con la que influiría en el posterior desarrollo de la psicología cien­tífica occidental. Según Descartes, la mente y el cuerpo pertenecían a dos campos paralelos pero fundamentalmente distintos y cada uno de ellos podía ser consultado sin hacer referencia al otro. El cuerpo estaba regulado por leyes mecánicas, pero la mente —o el alma— era libre e inmortal. El alma se identificaba claramente con la con­ciencia y podía afectar al cuerpo entablando una reacción recíproca con él a través de la glándula pineal, situada en el cerebro. Descartes veía las emociones humanas como combinaciones de las seis «pasio­nes» elementales y las describía de una manera semimecánica. Por lo que se refiere al conocimiento y a la percepción, Descartes creía que el saber era una función primaria de la razón humana, o sea del alma, que podía darse independientemente del cerebro. La claridad de conceptos, que desempeñaba un papel tan importante en la filosofía y la ciencia cartesianas5, no podía derivarse de la confusa actuación de los sentidos, sino que era el resultado de una disposición cognosci­tiva innata. El aprendizaje y la experiencia no hacían más que pro­porcionar la ocasión para que se manifestasen las ideas innatas.

El paradigma cartesiano fue una fuente de inspiración, y también un desafío, para dos grandes filósofos del siglo XVII: Baruj Spinoza y Gottfried Wilhelm Leibniz. Spinoza no lograba aceptar el dua­lismo cartesiano y lo sustituyó por un monismo extremadamente místico. Leibniz introdujo la idea de un número infinito de subs­tancias que llamó «mónadas», unidades inextensibles de naturaleza esencialmente psíquica, entre las cuales el alma humana ocupaba una posición especial. Según Leibniz las mónadas «no tienen ventanas» y se limitan simplemente a reflejarse las unas en las otras6. No existe una interacción entre la mente y el cuerpo, sino que ambos actúan según una «armonía preestablecida».

El subsiguiente desarrollo de la psicología no siguió la visión es­piritual de Spinoza ni tampoco las ideas monistas de Leibniz. Por el contrario, los filósofos y los científicos adoptaron la formulación matemática precisa que Newton dio al paradigma mecanicista car­tesiano y trataron de utilizar sus principios para comprender la na­turaleza humana. Mientras La Mettrie, en Francia, aplicaba direc­tamente al organismo humano el modelo mecanicista cartesiano de los animales, los filósofos empíricos ingleses se servían de las ideas newtonianas para idear teorías psicológicas más complejas. Hobbes y Locke refutaban el concepto cartesiano de ideas innatas y mantenían que nada había en la mente que no hubiera antes en los sentidos. En el momento de nacer la mente humana era —según la famosa frase de Locke— una tabula rasa, una pizarra en blanco sobre la cual se imprimían las ideas por medio de la percepción sensible. Este con­cepto fue el punto de partida de la teoría mecanicista del conoci­miento, que ve las sensaciones como elementos básicos del reino mental, y las combina mediante el proceso de asociación para formar estructuras más complejas.

El concepto de asociación representó un paso significativo en el desarrollo de la manera newtoniana de abordar la psicología, pues permitió a los filósofos reducir el complejo funcionamiento de la mente a ciertas leyes elementales. David Hume, especialmente, con­virtió la inferencia en el principio central del análisis de la mente humana, considerándola como la «atracción del mundo mental» cuya función era comparable a la de la fuerza de la gravedad en el universo material newtoniano. Otra influencia decisiva en su filosofía fue el método de razonamiento inductivo creado por Newton, que se ba­saba en la experiencia y en la observación: Hume lo utilizó para for­mular las teorías de una psicología atomísta en la que el «Yo» se reducía a un «haz de impresiones».

David Hartley fue más lejos aún, combinando el concepto de asociación de ideas con el de los reflejos neurológicos, con objeto de crear un ingenioso y detallado modelo mecanicista de la mente en el que toda actividad mental quedaba reducida a una serie de procesos neurofisiológicos. Este modelo fue estudiado con más detenimiento por los empiristas y hacia 1870 fue incorporado a la obra de Wilheim Wundt, a quien se suele considerar como el fundador de la psicología científica.

La ciencia moderna de la psicología es resultado de los descubrimientos realizados en el siglo XIX en los campos de la anatomía de la fisiología. Estudios intensivos del cerebro y del sistema nervioso demostraron las relaciones concretas que existen entre las funciones mentales y las estructuras cerebrales, además de explicar distintas funciones del sistema nervioso y de revelar nuevos con cimientos detallados sobre la anatomía y la fisiología de los órganos sensoriales. Resultado de estos adelantos fue que los ingeniosos pero ingenuos modelos mecanicistas, trazados en sus líneas generales por Descartes, Hartley y La Mettrie fueron formulados en términos modernos, y la orientación newtoniana de la psicología quedó fir­memente arraigada.

El descubrimiento de la correlación entre la actividad mental y estructura cerebral despertó gran entusiasmo entre los neuroatomistas y fomentó la suposición de que el comportamiento humano podía ser reducido a una serie de facultades mentales o caracteres independientes situados en diferentes sectores del cerebro. Pese a que en hipótesis resultaba insostenible, su objetivo básico —vincular las distintas funciones de la mente a determinadas partes del cerebro—si­gue siendo muy popular entre los neurocientíficos. En un principio los investigadores consiguieron localizar con facilidad las funciones motrices y sensoriales primarias, pero cuando el método se extendió a procesos más cognitivos, entre ellos la memoria y el aprendizaje no lograron ninguna imagen consistente de estos fenómenos. No obstante, la mayoría de los neurocientíficos siguieron realizando sus investigaciones basándose en las ideas reduccionistas establecidas.

Los estudios realizados en el siglo XIX sobre el sistema nervioso dieron origen a otro campo de investigación, la reflexología o estudio de los reflejos, que influyó profundamente en las teorías psicológicas subsiguientes. El reflejo neurológico, seguro como el de una má­quina, con su evidente relación causal entre estímulo y respuesta, se convirtió en la primera causa del componente fisiológico elemental utilizado de base para modelos de comportamiento más complejos. El descubrimiento de nuevas clases de respuestas reflejas hizo que muchos psiquiatras concibieran la esperanza de que, a la larga, el comportamiento humano podría explicarse en términos de complejas combinaciones de los mecanismos reflejos básicos. Esta opinión la enunció Ivan Sechenov, fundador de la influyente escuela rusa de reflexología, cuyo miembro más destacado fue Ivan Pavlov. El des­cubrimiento de Pavlov del principio de los reflejos condicionados tuvo un impacto decisivo en las teorías de aprendizaje subsiguientes.

La investigación detallada del sistema nervioso central se fue com­plementando con una comprensión cada vez mayor de la estructura y del funcionamiento de los órganos sensorios, comprensión que ayudó a determinar las relaciones sistemáticas que existen entre la calidad de las experiencias sensibles y las características físicas de los estímulos que las provocan. Los primeros experimentos realizados por Ernst Weber y Gustav Fechner tuvieron como resultado la for­mulación de la famosa ley de Weber-Fechner, que establece una re­lación matemática entre la intensidad de una sensación y la del es­tímulo que la provoca. Las aportaciones de los físicos al campo de la fisiología sensorial fueron muy importantes: por ejemplo, Her­mann von Helmholtz formuló varias teorías generales sobre el oído y la visión cromática.

Estas maneras experimentales de abordar la percepción y el com­portamiento culminaron en las investigaciones de Wundt. Fundador del primer laboratorio de psicología, Wundt fue considerado la fi­gura más influyente de la psicología científica durante más de cuatro décadas. En aquellos años fue el principal representante de la llamada «corriente elementista», según la cual todas las funciones de la mente podían analizarse reduciéndolas a determinados elementos específi­cos. En su opinión, el objetivo de la psicología era estudiar cómo podrían combinarse estos elementos para formar ideas, percepciones y varios procesos de asociación.

Los psicólogos experimentales ortodoxos del siglo XIX eran par­tidarios del dualismo y trataban de establecer una clara distinción entre la mente y la materia. En su opinión, a introspección era a la vez una fuente necesaria para obtener información sobre la mente y un método analítico que les permitía reducir la conciencia a una serie de elementos bien definidos ligados a determinadas corrientes nerviosas del cerebro. Estas teorías reduccionistas y materialistas de los fenómenos psicológicos encontraron gran oposición por parte de los psicólogos que acentuaban la naturaleza unitaria de la conciencia y la percepción. El enfoque holístico dio origen a dos influyentes escuelas, el gestaltismo y el funcionalismo. Si bien no lograron cam­biar la orientación newtoniana de la mayoría de los psicólogos del siglo XIX y de principios de este, ambas escuelas influyeron deci­sivamente en las nuevas corrientes que surgieron en el campo de la psicología y de la psicoterapia después de 1950.

El gestaltismo, fundado por Max Wertheimer y sus seguidores, se basaba en la suposición de que los organismos vivientes no perciben las cosas como elementos aislados sino como Gestalten, esto es, como unidades significativas dotadas de cualidades que no existen en sus partes individuales. Unos años después, Kurt Goldstein aplicó la visión gestaltista al tratamiento de los trastornos cerebrales con que él llamaba método «organísmico», cuyo objetivo era ayudar a las personas a aceptarse a sí mismas y a adaptarse a su entorno.

El desarrollo del funcionalismo fue consecuencia del pensamiento evolucionista del siglo XIX, que estableció una importante correla­ción entre la estructura y la función. Según Darwin, cada estructura anatómica era un componente funcional de un organismo viviente, integrado, que participaba en la lucha por la supervivencia. Este én­fasis en el dinamismo hizo que muchos psicólogos abandonaran el estudio de la estructura mental y se volcaran en el de los procesos mentales, concibiendo la conciencia como un fenómeno dinámico e investigando las distintas maneras en que ésta funciona, especialmente con relación a la vida de todo el organismo. Estos psicólogos, conocidos por el nombre de funcionalistas, criticaban las tendencias de sus contemporáneos a analizar la mente reduciéndola a sus elementos atomísticos: para ellos, lo más importante era la unidad y la naturaleza dinámica de la «corriente de conciencia».

El principal exponente del funcionalismo fue William James, a quien muchos consideran el más destacado psicólogo estadounidense. No cabe duda de que su obra contiene un singular conjunto de ideas que ha servido de estímulo a psicólogos pertenecientes a las más diversas escuelas. Antes de convertirse en pionero del método científico experimental en el campo de la psicología, James fue pro­fesor de fisiología; fundó el primer laboratorio de psicología en los Estados Unidos y contribuyó enormemente a convertir la psicología de una rama de la filosofía en una ciencia de laboratorio.

A pesar de su orientación totalmente científica, William James fue un ferviente crítico de las tendencias atomistas y mecanicistas en psi­cología, y un entusiasta defensor de la interacción e interdependencia de la mente y el cuerpo. En su interpretación de los descubrimientos realizados por los investigadores de su época, acentuaba con firmeza el fenómeno de la conciencia como fenómeno personal, integral y continuo. En su opinión, no bastaba con estudiar los elementos del funcionamiento mental y las leyes de la asociación de ideas, pues estos elementos no eran más que arbitrarias secciones transversales de una «corriente de pensamiento» continua que tenía que com­prenderse desde el punto de vista de las acciones conscientes de los seres humanos confrontados cotidianamente con una gran variedad de desafíos ambientales.

En 1890, James publicó sus innovadoras ideas sobre la psique hu­mana en una voluminosa obra titulada Principios de Psicología, que pronto se convirtió en clásico. Cuando la hubo terminado, su interés se volcó en temas más filosóficos y esotéricos y comenzó a estudiar estados de conciencia excepcionales, fenómenos psíquicos y expe­riencias religiosas. El objetivo de sus investigaciones era probar toda la capacidad de la conciencia humana, como declaró elocuentemente en otra de sus obras, Las variedades de la Experiencia Religiosa.



Nuestra conciencia normal, o conciencia racional, no es más que una forma especial de conciencia, pues junto a ella y separadas por la más sutil de las cortinas, hay varias formas potenciales de conciencia to­talmente diferentes. Podríamos llegar al final de nuestras vidas sin haber sospechado siquiera su existencia; pero basta con aplicar los es­tímulos requeridos para que aparezcan inmediatamente en toda su plenitud...
Ninguna descripción del universo en su totalidad podrá ser definitiva mientras haga caso omiso de estas otras formas de conciencia... La cuestión es cómo juzgarlas... De todos modos, impiden que cerremos prematuramente nuestro informe sobre la realidad7.

Esta amplia visión de la psicología quizá sea el aspecto más importante de la gran influencia de James en las recientes investigaciones en el campo psicológico.

En el siglo XX la psicología realizó grandes adelantos y ganó a la vez más prestigio; sacó mucho provecho de la cooperación con otras disciplinas —desde la biología y la medicina hasta la estadística cibernética y la teoría de la comunicación— y se aplicó con éxito la asistencia sanitaria, la educación, la industria y muchos otros campos de la actividad práctica humana. En las primeras décadas de nuestro siglo, el pensamiento psicológico estaba dominado por influyentes escuelas —el conductismo y el psicoanálisis—, muy diferentes en cuanto a sus métodos y a sus ideas sobre la conciencia y sin embargo adscritas, en su esencia, al mismo modelo newtoniana de la realidad.

El conductismo representa el punto culminante del enfoque mecanicista en psicología8. Basándose en un conocimiento detallado de la fisiología humana, los conductistas crearon una «psicología desprovista de alma», una versión más complicada de la máquina humana de La Mettrie. Los fenómenos mentales quedaban reducido a modelos de comportamiento, y el comportamiento era resultad de varios procesos fisiológicos regidos por las leyes de la física y de la química. John Watson, fundador del conductismo, se hallaba muy influido por ciertas tendencias de las ciencias biológicas que se desarrollaron hacia finales del siglo pasado.

Edward Titchener, líder reconocido de la escuela «estructuralista» de psicología, llevó el enfoque experimental de Wundt de Alemania a los Estados Unidos. Titchener trató de reducir radicalmente los contenidos de la conciencia a elementos «simples», acentuando el hecho de que el «significado» de los estados mentales no era sino el contexto dentro del cual ocurren estas estructuras mentales y no te­nía ninguna significación adicional en la psicología. Al mismo tiempo, en la visión reduccionista y materialista de los fenómenos mentales influyó de manera decisiva la biología mecanicista de Loeb, y particularmente su teoría del tropismo —la tendencia de plantas y animales a volver ciertas partes en determinadas direcciones. Loeb explicaba este fenómeno en términos de «movimientos forzados» que el medio impone sobre los organismos vivientes de un modo estrictamente mecanicista. Esta nueva teoría, que convirtió el tro­pismo en uno de los mecanismos claves de la vida, resultó enor­memente atractiva para muchos psicólogos, que aplicaron el con­cepto de los movimientos forzados a una escala más amplia de com­portamientos de los animales y, por último, al comportamiento de los seres humanos.

El estudio de los procesos de aprendizaje desempeñó un papel cen­tral en la descripción de fenómenos mentales desde el punto de vista de los modelos de comportamiento.

Experimentos cuantitativos so­bre el aprendizaje de los animales abrieron el campo totalmente nuevo de la psicología experimental animal, y la mayoría de las es­cuelas —a excepción del psicoanálisis— crearon un sinfín de teorías de aprendizaje. Entre ellas, la más influida por la obra de Pavlov sobre los reflejos condicionados fue el conductismo. En su estudio de la salivación de los perros en respuesta a los estímulos que coin­ciden con la provisión de alimentos, Pavlov tuvo mucho cuidado de evitar cualquier concepto psicológico y describió el comportamiento de los animales únicamente desde el punto de vista de sus sistemas de reflejos. Este método sugirió a los sicólogos que era posible for­mular una teoría del comportamiento más general en términos pu­ramente fisiológicos. Vladimir Bekhterev, fundador del primer la­boratorio de psicología experimental de Rusia, trazó las líneas ge­nerales de esta teoría, describiendo el proceso de aprendizaje con un lenguaje estrictamente fisiológico que reducía los modelos complejos de comportamiento a una serie de combinaciones de respuestas con­dicionadas.

La tendencia general a alejarse de la conciencia y a dirigirse hacia una visión estrictamente mecanicista, los nuevos métodos de la psi­cología animal, el principio del reflejo condicionado y el concepto del aprendizaje como modificación del comportamiento fueron in­corporados por Watson en su nueva teoría, que identificaba la psi­cología con el estudio del comportamiento. En su opinión, el con­ductismo era un intento de aplicar al estudio experimental de la con­ducta humana los mismos procedimientos y el mismo lenguaje des­criptivo cuya utilidad había sido comprobada en el estudio de los animales. De hecho, Watson —como La Mettrie dos siglos antes de él— no veía ninguna diferencia esencial entre los seres humanos y los animales: «El hombre —afirma en una de sus obras— es un animal que se distingue de los demás únicamente por los modelos de conducta que demuestra»9.

Watson pretendía dar a la psicología la categoría de ciencia natural objetiva, y con este fin se apoyó lo más que pudo en la metodología y los principios de la mecánica newtoniana, el ejemplo más acusado de rigor y objetividad científica. Para lograr someter los experimentos psicológicos al criterio utilizado por los físicos, los psicólogos tenían que centrar su atención exclusivamente en los fenómenos que podían ser reconocidos y descritos objetivamente por observadores independientes. A consecuencia de ello, Watson se convirtió en un ferviente crítico del método introspectivo utilizado por Freud y James y también por Wundt y Titchener. En su opinión, todo el con­cepto de conciencia que resultaba de la introspección tenía que ser excluido de la psicología, y todos los términos relacionados con este concepto —como «mente», «pensamiento» y «sentimiento»— tenían que ser eliminados de la terminología psicológica. «La psicología, tal como la concibe un conductista —escribió— es una rama puramente objetiva y experimental de una ciencia natural que puede prescindir de la conciencia igual que la química y la física»10. Seguramente Watson se habría sorprendido mucho si hubiese sabido que sólo unas décadas más tarde un eminente físico, Eugene Wigner, declararía: «Hubiera sido imposible formular de manera coherente las leyes de la teoría de los cuantos sin hacer referencia a la conciencia»11.

En opinión de Watson y desde el punto de vista conductista, los organismos vivientes son máquinas complejas que responden a es­tímulos externos, y este mecanismo de estímulo y respuesta imitaba, por supuesto, el de la física newtoniana, implicando una relación causal rigurosa que permitía a los psicólogos predecir la reacción provocada por un estímulo determinado y, a la inversa, determinar el estímulo para una respuesta dada. En realidad, los conductistas rara vez se ocupaban de estímulos y respuestas simples, sino que estudiaban constelaciones enteras de estímulos y respuestas complejas, refiriéndose a ellos como «situaciones» y «ajustes» respectiva­mente. La hipótesis básica de los conductistas era que los fenómenos complejos siempre —o al menos en principio— podían reducirse a combinaciones de estímulos y respuestas simples. Por consiguiente, era de suponer que las leyes derivadas de situaciones experimentales simples podían ser aplicadas a fenómenos más complejos, y las res­puestas condicionadas cada vez más complejas eran consideradas una explicación adecuada de todas las expresiones humanas, entre ellas la ciencia, el arte y la religión.

Una consecuencia lógica del modelo estímulo-respuesta fue la ten­dencia a buscar las determinantes de los fenómenos psicológicos en el mundo externo y no dentro del organismo. Watson no sólo apli­caba este sistema a la percepción, sino también a las imágenes, al pensamiento y a las emociones. Todos estos fenómenos no se veían como experiencias subjetivas, sino como modos implícitos de con­ducta que responden a estímulos externos.

Puesto que el proceso de aprendizaje resulta extremadamente pro­picio a la investigación experimental objetiva, el conductismo se con­virtió en un principio en una teoría del aprendizaje. En su fórmula original no figuraba el concepto de condicionamiento, pero después de que Watson hubiera estudiado la obra de Bekhterev, el condicio­namiento se convirtió en el método principal y el primer principio explicativo del conductismo. Además, la importancia que daba al control concordaba perfectamente con el ideal baconiano, que se ha­bía convertido en una característica de la ciencia occidental12. El ob­jetivo de dominar y controlar la naturaleza se aplicó a los animales y luego, con la noción de la «ingeniería conductista», a los seres hu­manos.

Una consecuencia de esta visión fue la creación de una terapia de la conducta que trataba de aplicar las técnicas del condicionamiento al tratamiento de los trastornos sicológicos mediante una modifica­ción del comportamiento. Estas tentativas se remontan a la obra in­novadora de Pavlov y Bekhterev pero no fueron desarrolladas de manera sistemática hasta mediados de este siglo. Actualmente, la te­rapia «pura» de conducta está dirigida a los síntomas —o síntomas —o problemas— o problemas. Los síntomas psiquiátricos no se con­sideran una manifestación de un trastorno oculto, sino casos aislados de comportamiento inadaptado aprendido que se puede corregir uti­lizando las técnicas de condicionamiento adecuadas.

Las primeras tres décadas del siglo XX se suelen considerar el período del «conductismo clásico», dominado por John Watson y caracterizado por las feroces polémicas en contra de los psicólogos partidarios de la introspección. Durante esta fase clásica de la psicología conductista hubo muchísima experimentación, pero los psicólogos no lograron formular una teoría general sobre el comportamiento humano. En los años treinta y cuarenta, Clark Hull intentó dar forma a una teoría de este tipo, basada en experimentos muy per­feccionados y formulada desde el punto de vista de un sistema de definiciones y postulados, similar al de los Principia de Newton. La clave de la teoría de Hull era el principio del refuerzo: la respuesta a un estímulo dado queda reforzada por la satisfacción de un instinto o de una necesidad básica. Este método dominó las teorías de aprendizaje y su sistema se aplicó a la investigación de casi todos los problemas de aprendizaje conocidos13. En los años cincuenta, sin embargo, la influencia de Hull decayó y su teoría fue reemplazada gradualmente por el enfoque de Skinner, que dotó al conductismo de una nueva vitalidad en la segunda mitad de este siglo.

B. F. Skinner fue el más destacado exponente de la visión conductista de las últimas tres décadas. Su talento especial para inventar situaciones experimentales simples y concretas lo llevaron a desarro­llar una teoría mucho más rigurosa y, también mucho más sutil, que se ha vuelto muy popular —especialmente en los Estados Unidos—y que ha contribuido a mantener la importancia del conductismo en la psicología académica. Las principales innovaciones del conduc­tismo skinneriano son una definición del refuerzo estrictamente desde el punto de vista de su efectividad —todo lo que aumente la probabilidad de la respuesta precedente— y una gran importancia puesta en determinadas «listas de refuerzos». A fin de probar sus conceptos teóricos Skinner ideó un nuevo método de condicionamiento llamado «condicionamiento operante» que se diferencia del proceso clásico pavloviano en que el refuerzo ocurre sólo después de que el animal ejecuta una operación predeterminada, por ejemplo pulsar una palanca o picotear un círculo iluminado. Este método se perfeccionó aún más simplificando al máximo el entorno del animal. Por ejemplo, se encerraba a las ratas en unas cajas llamadas «cajas de Skinner» que contenían simplemente una barra horizontal en la que el animal se apoyaba para soltar una bolita de comida; en otros ex­perimentos se trataba de hacer picotear a una paloma, que es algo que se puede controlar con mucha precisión.

El concepto del comportamiento operante —comportamiento de­terminado por la historia pasada del sujeto y no por los estímulos directos— fue uno de los grandes éxitos del conductismo, pero su estructura en conjunto siguió siendo estrictamente newtoniana. En su famoso libro La Ciencia y la Conducta Humana Skinner explica claramente desde el principio que, en su opinión, todos los fenó­menos relacionados con la conciencia humana, como la mente o las ideas, son entidades que no existen, «inventadas para proporcionar explicaciones espurias». Según Skinner, las únicas explicaciones se­rias son las que se basan en la visión mecanicista de los organismos vivientes y que cumplen con los criterios de la física newtoniana. «Es posible afirmar que los acontecimientos mentales o psíquicos carecen de las dimensiones de la ciencia física —escribió— y esa es otra razón para rechazarlos»14.

Pese a que el título de la obra de Skinner se refiere explícitamente al comportamiento humano, los conceptos que en su libro se dis­cuten se apoyan casi exclusivamente en experimentos de condicio­namiento realizados con ratas y palomas. Estos animales, en palabras de Paul Weiss, se convierten en «marionetas que se mueven con hilos ambientales»15. Los conductistas ignoran en gran medida la interac­ción y la dependencia recíproca entre los organismos vivientes y su entorno natural, que a su vez es también un organismo. Desde su parcial perspectiva de la conducta animal saltan conceptualmente a la conducta humana, afirmando que todos los seres humanos —como los animales— son máquinas cuya actividad se limita a las respuestas condicionadas que dan a los estímulos ambientales. Skin­ner rechazaba firmemente la imagen de los seres humanos que actúan de acuerdo con las decisiones tomadas por su yo interior, y proponía en cambio un enfoque mecanicista que crease un nuevo tipo de «hombre», un ser humano condicionado para comportarse de la ma­nera más adecuada para él y para la sociedad. Según Skinner, nuestra crisis actual no podría superarse a través de una evolución de la con­ciencia, pues ésta no existe, y tampoco a través de un cambio de valores, pues éstos no son más que refuerzos positivos o negativos, sino a través del control científico del comportamiento humano: «Lo que necesitamos —escribió— es una tecnología de la conducta... comparable en cuanto a su fuerza y precisión a la tecnología física y biológica»16.

Esto, entonces, sería una psicología newtoniana por excelencia, una psicología que reduce el comportamiento a una serie de secuen­cias mecanicistas de respuestas condicionadas y que afirma que la única comprensión científica de la naturaleza humana es aquella que permanece dentro de la estructura de la física y la biología clásicas; sería, además, una psicología que reflejaría la preocupación de nuestra cultura ante la tecnología manipuladora, diseñada para dominar y controlar. En los últimos años el conductismo ha comenzado a cambiar, asimilando elementos de otras disciplinas y, a consecuencia de ello, ha perdido mucha de su rigidez anterior. Pero los conduc­tistas siguen afiliados al paradigma cartesiano y a menudo lo defien­den como el único enfoque científico válido de la psicología, limitando de este modo la ciencia a la estructura newtoniana clásica.


El psicoanálisis, la otra escuela dominante de la psicología en el siglo XX, no tiene su origen en la psicología, sino en la psiquiatría, ciencia que en el siglo XIX ya se hallaba firmemente establecida como una rama de la medicina. En aquel entonces, los psiquiatras estaban totalmente comprometidos con el modelo biomédico y dirigían todos sus esfuerzos a encontrar una causa orgánica para todos los trastornos mentales. Esta orientación tuvo un comienzo prometedor, pero no logró descubrir la base orgánica precisa de las neurosis y de los trastornos mentales; y por eso muchos psiquiatras comenzaron a buscar métodos psicológicos para abordar los problemas de la en­fermedad mental.

A finales del siglo hubo una etapa decisiva en este desarrollo, cuando Jean Martin Charcot logró tratar la histeria por medio de la hipnosis. En sus espectaculares demostraciones, Charcot probó que la hipnosis podía eliminar los síntomas de histeria en un paciente, y que los podía hacer aparecer de nuevo. Esto puso en tela de juicio todo el enfoque orgánico de la psiquiatría e impresionó vivamente a Sigmund Freud, que había ido a París en 1885 a escuchar los dis­cursos de Charcot y a asistir a sus demostraciones. A su regreso a Viena, donde trabajaba junto con Joseph Breuer, Freud comenzó a tratar a los pacientes neuróticos con la técnica de la hipnosis.

La publicación de Estudios sobre la Histeria en 1895 se suele con­siderar como el nacimiento del psicoanálisis, puesto que en esta obra Freud y Breuer exponían el nuevo método de la libre asociación que habían descubierto, comprobando que era muchísimo más útil que la hipnosis. Se trataba de poner al paciente en un estado similar al sueño y luego dejarlo hablar de sus problemas con total libertad, sin hacer demasiado hincapié en las experiencias emocionales dramáti­cas. Este uso de la libre asociación se convertiría en la clave del mé­todo «psicoanalítico».

Formado en neurología, Freud creía que en principio los proble­mas mentales se podían entender desde el punto de vista de la neu­roquímica. El mismo año que se publicó su tratado sobre la histeria, Freud escribió un extraordinario documento, el Proyecto de una Psi­cología Científica, en el que detallaba un esquema para explicar la enfermedad mental en términos neurológicos17. Freud nunca llegó a publicar esta obra, pero dos décadas más tarde confirmó su opinión de que «todas nuestras ideas provisionales sobre la psicología esta­rán, algún día, basadas en una subestructura orgánica»18. En aquel tiempo, sin embargo, la neurología no estaba lo bastante avanzada y, por ello, Freud se vio obligado a tomar un camino diferente para estudiar el «aparato intrafísico». Su colaboración con Breuer con­cluyó después de su investigación conjunta de la histeria, y Freud se embarcó en una singular exploración de la mente humana que tendría como resultado el primer enfoque sistemáticamente psicológico de la enfermedad mental.

La aportación de Freud fue verdaderamente extraordinaria, con­siderando el estado de la psiquiatría en su tiempo. Durante más de treinta años mantuvo una continua actividad creadora que culminó en varios descubrimientos trascendentales; uno solo hubiera sido la aportación admirable de toda una vida. En primer lugar, Freud des­cubrió prácticamente sin la ayuda de nadie el subconsciente y su di­námica. Unos años después, los conductistas se negaron a reconocer la existencia del subconsciente humano, pero Freud lo veía como la fuente esencial del comportamiento. En su opinión, nuestra con­ciencia representa una finísima capa que descansa sobre el vasto terreno del subconsciente —la punta de un iceberg, por decirlo así— cuyas regiones ocultas están gobernadas por poderosas fuerzas instintivas. El psicoanálisis puede revelar tendencias de la naturaleza humana que se hallan profundamente sumergidas, y por ello el método de Freud también es conocido como la «psicología de las pro­fundidades».

La teoría de Freud abordaba la psicología de una manera dinámica, estudiando las fuerzas que provocan los trastornos psicológicos y acentuando la importancia de las experiencias infantiles en el pos­terior desarrollo de un individuo. Identificaba la líbido, o deseo se­xual, con una de las principales fuerzas psicológicas y extendía con­siderablemente el concepto de sexualidad humana, introduciendo la idea de la sexualidad infantil y determinando las principales etapas del primer desarrollo psicosexual. Otro descubrimiento de impor­tancia capital fue el de la interpretación de los sueños, que Freud llamaba «el camino real que lleva al subconsciente».

En 1909 Freud pronunció ante los alumnos de la Clark University de Massachussets un discurso que iba a hacer época: «El Origen y el Desarrollo del Psicoanálisis». A partir de entonces su fama fue mundial y la escuela psicoanalítica quedó firmemente establecida en los Estados Unidos. La publicación del discurso fue seguida por la de un ensayo autobiográfico, La historia del Movimiento Psicoana­lítico, publicado en 1914, que puso fin a la primera fase importante del psicoanálisis19. En esta fase se había formulado la primera teoría coherente sobre la dinámica del subconsciente, basada en impulsos instintivos de naturaleza esencialmente sexual que, al actuar recípro­camente con varias tendencias inhibidoras generan la gran variedad de modelos psicológicos existentes.

En la segunda fase de su carrera científica Freud formuló una nueva teoría de la personalidad basada en tres estructuras distintas del aparato interpsíquico que él llamaba el «ello», el «yo» y el «super yo». Este período también estuvo marcado por ciertos cambios sig­nificativos en la comprensión del proceso terapéutico, especialmente por el descubrimiento del «transfert», que llegaría a tener una im­portancia capital en la práctica del psicoanálisis. Estas etapas sistemáticas en el desarrollo de la teoría y práctica freudianas fueron se­guidas por los psicoanalistas de Europa y de los Estados Unidos y establecieron el psicoanálisis como una de las principales escuelas de la psicología, que se impuso a la psicoterapia durante varias décadas. Además, la penetración freudiana del funcionamiento de la mente y del desarrollo de la personalidad humana tuvo consecuencias tras­cendentales en la interpretación de gran variedad de fenómenos cul­turales —arte, religión, historia y muchos más— y determinó de ma­nera significativa la visión mundial de la era moderna.

Desde el comienzo de sus exploraciones psicoanalíticas hasta el final de su vida, Freud se interesó en convertir el psicoanálisis en una disciplina científica. El padre del psicoanálisis creía que los mismos principios organizadores que habían moldeado la naturaleza en todas sus formas también eran responsables de la estructura y del funcio­namiento de la mente humana. Si bien la ciencia de su tiempo estaba aún muy lejos de demostrar esa unidad de la naturaleza, Freud pen­saba que este objetivo se lograría en un futuro, y siempre recordaba que el psicoanálisis derivaba de las ciencias naturales, especialmente de la física y de la medicina. Pese a ser el creador del enfoque psi­cológico de la psiquiatría, Freud seguía estando influido por el mo­delo biomédico, tanto en la teoría como en la práctica.

A fin de formular una teoría científica de la psique y del com­portamiento humano, Freud trató, en la medida de lo posible, de usar los conceptos básicos de la física clásica en su descripción en los fenómenos psicológicos y con ello establecer una relación conceptual entre el psicoanálisis y la mecánica newtoniana20. Esto lo manifestó claramente cuando, dirigiéndose a un grupo de psicoanalistas, dijo: «Los analistas... no pueden remediar el hecho de que su ciencia de­riva de las ciencias exactas, y tampoco han de olvidar que forman una comunidad con los representantes de estas ciencias... En el fondo, los analistas son mecanicistas y materialistas incorregibles.» Al mismo tiempo, Freud —a diferencia de muchos de sus seguido­res— era muy consciente de la naturaleza limitada de los modelos científicos y tenía esperanzas de que el psicoanálisis evolucionaría continuamente a la luz de nuevos desarrollos en otras ciencias. Y así continuó su exhortativa descripción de los psicoanalistas:



Se conforman con fragmentos de conocimiento y con hipótesis básicas que carecen de precisión y que siempre son susceptibles de cambio. En vez de esperar el momento en que podrán escapar de los límites impuestos por las leyes familiares de la física y la química, acaricia la esperanza de que aparezcan unas leyes naturales más extensas trascendentales a las cuales están dispuestos a someterse21.

La estrecha relación entre el psicoanálisis y la física clásica vuelve asombrosamente clara si consideramos los cuatro grupos conceptos que hay en la base de la mecánica newtoniana:



a) El concepto de tiempo y espacio absolutos, de los objetos materiales aislados que se mueven dentro de este espacio y que actúan recíprocamente de manera mecánica.

b) El concepto de fuerzas fundamentales, esencialmente distintas de la materia

c) El concepto de las leyes elementales que describen el movimiento y las interacciones recíprocas de los objetos materiales desde el punto de vista de las relaciones cuantitativas.

d) El concepto de un determinismo riguroso y la noción de una descripción objetiva de la naturaleza basada en la distinción cartesiana entre la mente y la materia22.

Estos conceptos corresponden a los métodos con los que los psi­coanalistas han abordado y analizado tradicionalmente la vida men­tal. Se conocen respectivamente como el punto de vista topográfico, el dinámico, el económico y el genético.23

De la misma manera que Newton veía el espacio absoluto eucli­diano como el marco de referencia dentro del cual los objetos ma­teriales se desarrollaban y se localizaban, Freud establecía el espacio psicológico como el marco de referencia de las estructuras del «apa­rato» mental. Las estructuras psicológicas en las que Freud basó su teoría de la personalidad humana —el «ello» (Id), el «yo» (Ego) y el «superyo» (Superego)— se conciben como una suerte de objetos in­ternos, localizados y desarrollados dentro del espacio psicológico. Por tanto, en todo el sistema freudiano hay una gran cantidad de metáforas referentes al espacio, como la «psicología de lo profundo», el «inconsciente profundo» y el «subconsciente». Parecería que el psicoanalista, cual cirujano, hurgase en la psique como si de una herida se tratara. De hecho, Freud solía aconsejar a sus discípulos ser «fríos como un cirujano», lo que refleja el ideal clásico de la obje­tividad científica y también la concepción espacial y mecanicista de la mente.

En la descripción topográfica freudiana, el subconsciente contiene «materia» que ha sido olvidada o reprimida, o que nunca ha alcan­zado la conciencia. En su interior se halla el Id, una entidad que es la fuente de los poderosos impulsos instintivos que están en conflicto con un sistema extremadamente desarrollado de mecanismos inhi­bidores que residen en el Superego. El Ego es una frágil entidad si­tuada entre ambos que participa en una lucha continua por su exis­tencia.

Si bien Freud describía a veces estas estructuras psicológicas como abstracciones y se resistía a vincularlas a determinadas estructuras y funciones del cerebro, solía concederles las propiedades de un objeto material. Dos entidades no podían ocupar el mismo sitio y por ello una parte del aparato psicológico sólo podía desarrollarse si despla­zaba otra. Como en la mecánica newtoniana, los objetos psicológicos se caracterizaban por su extensión, su posición y su movimiento.

El aspecto dinámico del psicoanálisis, igual que el aspecto diná­mico de la física, consiste en describir cómo establecen los «objetos materiales» una relación recíproca a través de fuerzas que en su esen­cia difieren de la materia. Cada una de estas fuerzas tiene una orien­tación definida y puede reforzar o inhibir a otra. Entre ellas, las más fundamentales son las fuerzas instintivas y, particularmente, el im­pulso sexual. La psicología freudiana era básicamente una psicología de conflictos. El énfasis que Freud pone en la lucha por la super­vivencia refleja sin lugar a dudas la influencia de Darwin y de los darwinistas sociales, pero la dinámica detallada de las «colisiones» psicológicas deriva seguramente de las ideas de Newton. En el sis­tema freudiano todos los mecanismos y toda la maquinaria de la mente son activados por fuerzas similares a las de la mecánica clásica.

Un aspecto característico de la mecánica newtoniana es el principio de que las fuerzas siempre vienen por pares: para cada fuerza «activa» existe una fuerza «reactiva» de la misma potencia, pero con una orientación diferente. Freud adoptó este principio y llamó a las fuer­zas activas «impulsos» y «defensas». Otros pares de fuerzas que se desarrollaron en diferentes etapas de la teoría freudiana fueron la Li­bido y el Destrudo, o Eros y Tanatos: en ambos casos, una de las fuerzas se orienta hacia la vida y la otra hacia la muerte. Igual que en la mecánica newtoniana, estas fuerzas estaban definidas desde el punto de vista de sus efectos, que se estudiaban detalladamente, pero no se exploraba la naturaleza intrínseca de estas fuerzas. La naturaleza de la fuerza de gravedad siempre había sido un tema problemático y discutido de la teoría newtoniana, como también lo era la naturaleza de la Libido en la teoría freudiana24.

En la teoría psicoanalítica, la comprensión de la dinámica del subconsciente es fundamental para entender el proceso terapéutico. La imagen básica es la de unos impulsos instintivos que luchan por des­cargarse, y de varias fuerzas opuestas que los inhiben y luego los deforman. Por consiguiente, un buen analista se concentraría ante todo en eliminar los obstáculos que impiden la expresión directa de las fuerzas primarias. La concepción de Freud sobre los detallados mecanismos necesarios para lograr este objetivo sufrió modificacio­nes considerables en el curso de su vida, pero en todas sus especulaciones resulta evidente la influencia de la filosofía cartesiana.

La primera teoría freudiana sobre el origen y el tratamiento de las neurosis y, en particular, de la histeria se formuló como si fuese un modelo hidráulico. Las causas primarias de la histeria en un paciente se identificaban con situaciones dramáticas de su infancia, ocurridas en circunstancias que impidieron una expresión adecuada de la energía emocional generada por los mismos incidentes. Esta energía contenida, o atascada del organismo seguiría intentando descargarse hasta encontrar una expresión modificada a través de varios «canales neuróticos. Según este modelo, la terapia consistía en recordar los traumas originales en condiciones que permitieran la liberación emo­cional tardía de las energías retenidas.

Freud abandonó este modelo hidráulico, considerándolo dema­siado simplista, al comprobar que los síntomas de un paciente no eran derivados de progresos patológicos aislados, sino que eran una consecuencia del mosaico global de sus experiencias. Según esta, nueva visión, las raíces de la neurosis se hallaban en las tendencias instintivas, especialmente en las tendencias sexuales, que eran ina­ceptables y, por tanto, eran reprimidas por las fuerzas psíquicas que luego las convertían en síntomas neuróticos. Por consiguiente, la concepción básica se desplazó de la imagen hidráulica de una libe­ración explosiva de las energías a una constelación de fuerzas diná­micas que se inhibían mutuamente.

El segundo concepto implica la noción de varias entidades aisladas en el espacio pero incapaces de moverse o desarrollarse sin desplazar a las demás. Por consiguiente, en la estructura del psicoanálisis clá­sico no hay lugar para la extensión cualitativa y el mejoramiento del Ego: la extensión solo puede ocurrir a expensas del Superego o del Id. En palabras de Freud: «Donde estuvo el Id, ahí estará el Ego»25. En la física clásica, las interacciones entre los objetos materiales y los efectos de las distintas fuerzas se describen como si fueran can­tidades mensurables —masa, velocidad, energía, etcétera— vincu­ladas a través de ecuaciones matemáticas. A pesar de que Freud no logró ir tan lejos en su teoría de la mente, sí dio gran importancia al aspecto cuantitativo o «económico» del psicoanálisis, dotando las imágenes mentales que representan los impulsos instintivos de can­tidades de energía emocional definidas que no se podían medir di­rectamente pero que se podían deducir de la intensidad de los sín­tomas manifestados. El «intercambio de energía mental» era consi­derado un aspecto clave de todos los conflictos psicológicos. «El re­sultado de la lucha —escribió Freud— depende de las relaciones cuantitativas »26

Tanto en la física newtoniana como en el psicoanálisis, la visión mecanicista de la realidad implica un riguroso determinismo. Cada fenómeno psicológico tiene una causa determinada y provoca un efecto determinado, y todo el estado psicológico de un individuo está determinado únicamente por las «condiciones iniciales» de su pri­mera infancia. El enfoque «genético» del psicoanálisis consiste en determinar el origen de los síntomas y del comportamiento del pa­ciente, centrándose en las etapas evolutivas previas, a lo largo de una cadena lineal de relaciones causa-efecto.

Un concepto estrechamente relacionado con el anterior es el de la objetividad científica del observador. La teoría freudiana clásica se basa en la suposición de que es posible observar al paciente durante la sesión de psicoanálisis sin que haya ninguna interferencia o inte­racción apreciable. Esta creencia se refleja en el orden básico de la práctica psicoanalítica: el paciente se acuesta en un diván y el tera­peuta, invisible, se sienta detrás de él y mantiene una actitud fría e impasible, analizando los datos de manera objetiva. El enfoque ex­clusivista de los procesos mentales en la práctica psicoanalítica es un ejemplo de la división cartesiana entre mente y materia, que es él origen filosófico del concepto de objetividad científica. Durante el proceso psicoanalítico se discuten las consecuencias físicas de los procesos psicoanalíticos, pero la técnica terapéutica en sí no supone ninguna intervención física directa. La psicoterapia freudiana no presta atención al cuerpo, igual que la terapia médica hace caso omiso de la mente. Este tabú del contacto físico es tan fuerte que algunos analistas ni siquiera dan la mano a sus pacientes.

El mismo Freud era, en realidad, mucho menos rígido en su práctica que en su teoría psicoanalítica. La teoría, en su opinión, tenía que seguir el principio de la objetividad científica para ser aceptada como ciencia pero en la práctica, Freud solía ir más allá de las limitaciones del esquema newtoniano. Excelente observador clínico, Freud admitía que la observación analítica equivalía a una poderosa intervención que modificaba de manera significativa la condición psi­cológica del paciente: un análisis prolongado incluso podría producir una imagen clínica completamente nueva —la neurosis de la transferencia— que no era determinada por la historia pasada del individuo, sino que dependía de la interacción entre el terapeuta y el paciente. Esta observación le llevó a abandonar el ideal del observador frío y distante de su obra clínica y a hacer hincapié en la necesidad de que los psicoanalistas demuestren un serio interés y una solitaria comprensión por sus pacientes. «La influencia personal es nuestra arma dinámica más poderosa —escribió en 1926— pues es el nuevo elemento que introducimos en una situación y por medio de él la volvemos flexible»27.

La teoría clásica del psicoanálisis fue un brillante resultado de los intentos realizados por Freud para integrar sus enormes descubri­mientos y sus revolucionarias ideas en un esquema coherente que cumpliese con el criterio científico de su época. En vista de la am­plitud y de la profundidad de su obra, no resulta sorprendente el poder reconocer hoy que los fallos de su visión se deben, en parte, a las limitaciones inherentes del esquema cartesiano-newtoniano y, en parte, al propio condicionamiento cultural del mismo Freud. El hecho de reconocer las limitaciones del enfoque psicoanalítico no significa en absoluto aminorar el genio de su fundador, pero es de­cisivo para el futuro de la psicoterapia.

En virtud de los recientes desarrollos en el campo de la psicología y de la psicoterapia se ha comenzado a perfilar una nueva visión de la psique humana que reconoce la utilidad del modelo freudiano en el tratamiento de ciertos aspectos, o niveles, del subconsciente pero también sus grandes limitaciones cuando se lo aplica a la totalidad de la vida mental en la salud y en la enfermedad. La situación es muy parecida a la que existe en el campo de la física, donde el modelo newtoniano resulta extremadamente adecuado para describir cierto nivel de fenómenos pero ha de ser ampliado y, con frecuencia, drás­ticamente modificado cuando se va más allá de este nivel.

En psiquiatría, algunas de las necesarias extensiones y modifica­ciones del enfoque freudiano fueron señaladas incluso durante su vida por los colaboradores más cercanos de Freud. El movimiento psicoanalítico había atraído a muchos individuos de extraordinario talento, y varios de ellos formaron un círculo cerrado alrededor del maestro en Viena. Entre ellos hubo un rico intercambio intelectual y también una gran cantidad de conflictos, tensiones y distensiones. Algunos de los más prominentes discípulos de Freud abandonaron el movimiento a causa de los desacuerdos básicos que mantenían con el maestro y crearon sus propias escuelas, basadas en distintas mo­dificaciones del modelo freudiano. Los más famosos de estos «re­negados» del psicoanálisis fueron Jung, Adler, Reich y Rank.

El primero en dejar la corriente principal del psicoanálisis fue Al­fred Adler, fundador de una corriente que llamó «Psicología indi­vidual». Adler rechazaba la importancia de la sexualidad en la teoría freudiana y acentuaba decisivamente el deseo de poder y la tendencia a compensar la inferioridad real o imaginaria. Su estudio del papel desempeñado por el individuo en la familia lo llevó a poner de relieve las raíces sociales de los trastornos mentales, a las que el psicoanálisis clásico solía dar muy poca importancia. Además, fue uno de los pri­meros en formular una crítica feminista de las ideas freudianas sobre la psicología femenina28. Adler señaló que lo que Freud llamaba psi­cología masculina y femenina no tenía su raíz tanto en las diferencias biológicas entre el hombre y la mujer cuanto en una consecuencia del orden social que imperaba en el patriarcado.

Posteriormente, Karen Horney formuló una crítica de las ideas freu­dianas desde un punto de vista femenista y desde entonces este tema ha sido discutido por muchos autores, tanto dentro como fuera del campo del psicoanálisis29. Según estos críticos, al tomar lo masculino como norma cultural y sexual, Freud nunca logró alcanzar una verdadera comprensión de la psique femenina. La sexualidad femenina siempre fue para él —según su propia y expresiva metáfora— «el oscuro continente» de la psicología30.

Wilhelm Reich rompió con Freud debido a las diferencias conceptuales de ambos que lo llevaron a formular varias ideas no ortodoxas que han influido considerablemente en el reciente desarrollo de la psicoterapia. Sus investigaciones sobre el análisis de la personalidad abrieron nuevos caminos y Reich descubrió que las actitudes mentales y las experiencias emocionales generaban una resistencia física en el organismo que se expresaba a través de modelos musculares a los que llamó la «armadura de la personalidad». También extendió el concepto freudiano de la Libido, relacionándolo con una energía concreta que fluye a través del organismo físico. En consecuencia en su terapia hizo hincapié en la liberación directa de la energía sexual, rompiendo el tabú freudiano del contacto físico con el paciente y desarrollando técnicas de expresión corporal que actualmente están siendo aplicadas por muchos terapeutas31.

Otto Rank dejó la escuela freudiana después de formular una teoría sobre la psicopatología que pone el énfasis primordial en el trauma del momento de nacer; en su opinión, muchos de los modelos descubiertos por Freud derivaban de la angustia experimentada en ese momento. En su práctica psicoanalítica, Rank se orientó directamente hacia el nacimiento, causante, en su opinión, de la angustia vital y centró sus esfuerzos terapéuticos en ayudar al paciente a volver a vivir el traumático suceso en vez de recordarlo y analizarlo. Las ideas de Rank sobre la significación del trauma del nacimiento eran verdaderamente extraordinarias. Sólo varias décadas más tarde fueron adoptadas y aplicadas por psiquiatras y psicoterapeutas.

Entre todos los discípulos de Freud quizá sea Carl Gustav Jung quien más lejos llegó en el desarrollo del sistema psicoanalítico. Al comienzo, Jung era el discípulo preferido de Freud y se le consideraba el «príncipe heredero» del psicoanálisis; pero diferencias teóricas irreconciliables que desafiaban las teorías freudianas los obligaron a separase. La visión junguiana de la psicología ha influido profundamente en los subsiguientes desarrollos de esta ciencia y será examinada detalladamente más adelante32. Los conceptos básicos de la teoría de Jung se salían de los modelos mecanicistas de la psico­logía clásica y la aproximaban mucho más a la estructura conceptual de la física moderna que las demás escuelas psicológicas. Además, Jung era plenamente consciente de la necesidad de ir más allá del enfoque freudiano para poder explorar los aspectos más sutiles de la psique humana, que se encuentran más allá de nuestra experiencia cotidiana.

A causa de su enfoque estrictamente racionalista y mecanicista, Freud tuvo grandes dificultades para tratar con experiencias religio­sas o místicas. Pese al gran interés por la religión y la espiritualidad que demostró a lo largo de su vida, nunca llegó a admitir que el origen de éstas se hallase en la experiencia mística; por el contrario, estableció una equivalencia entre la religión y el rito, considerando la primera como una «neurosis obsesivo-compulsiva de la humani­dad», una manifestación de conflictos no resueltos en las etapas in­fantiles del desarrollo psicosexual. Esta limitación del pensamiento freudiano ha influido enormemente en la práctica psicoanalítica a partir de entonces. En el modelo freudiano no hay lugar para ex­periencias de estados de consciencia alterados que desafían todos los conceptos básicos de la ciencia clásica: las experiencias de esta na­turaleza —que ocurren espontáneamente con más frecuencia de lo que se suele imaginar— generalmente son calificadas de «síntomas psicóticos» por psiquiatras incapaces de incorporarlas a su esquema conceptual.

En este campo, especialmente, el conocimiento de la física mo­derna podría tener un efecto muy beneficioso sobre la psicoterapia. La extensión de sus investigaciones al campo de los fenómenos ató­micos y subatómicos ha llevado a los físicos a adoptar conceptos que contradicen todas las visiones que nos dicta el sentido común, y que a pesar de ello resultan científicamente válidas. El conocimiento de estos conceptos y de su similitud con las filosofías de las tradiciones místicas podría ayudar a los psiquiatras a ir más allá de la estructura freudiana tradicional en el tratamiento de toda la extensión de la con­ciencia humana.



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