Editorial & Estaciones



Descargar 1.37 Mb.
Página6/15
Fecha de conversión28.01.2018
Tamaño1.37 Mb.
Vistas551
Descargas0
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   15

EL MODELO BIOMÉDICO
A lo largo de la historia de la ciencia occidental el desarrollo de la biología ha sido paralelo al de la medicina. Es natural, por tanto, que la visión mecanicista de la vida, una vez establecida firmemente en el campo de la biología, haya dominado también la actitud de los médicos ante la salud y la enfermedad. De la influencia del paradigma cartesiano en el pensamiento médico resultó el llamado modelo bio­médico*, que constituye la base conceptual de la medicina científica moderna. El cuerpo humano es considerado como una máquina que puede analizarse desde el punto de vista de sus partes; la enfermedad es el funcionamiento defectuoso de los mecanismos biológicos que se estudian desde el punto de vista de la biología celular y molecular; la tarea del médico es intervenir, física o químicamente, para corregir las disfunciones de un mecanismo específico.

Tres siglos después de Descartes, la ciencia de la medicina sigue basándose, como escribe George Engel, en «el concepto del cuerpo como máquina, de la enfermedad como consecuencia de la avería de la máquina, y de la tarea del médico como la reparación de esta má­quina»1.

Al concentrarse en fragmentos cada vez más pequeños del cuerpo humano, la medicina moderna suele perder de vista la humanidad del paciente y, al reducir la salud a una función mecánica, pierde la capacidad de tratar con el fenómeno de la curación. Quizá sea este el más grave defecto del enfoque biomédico. A pesar de que todo los médicos en ejercicio saben que la curación es un aspecto esencia de toda la medicina, el fenómeno se considera fuera del esquero científico; el término «sanador» o «curandero» despierta sospecha: y en las facultades de medicina no se discuten los conceptos de salud y curación.

El motivo por el que el concepto de curación está excluido de la ciencia biomédica es evidente. Se trata de un fenómeno imposible de comprender en términos reduccionistas. Esto puede aplicarse a la curación de heridas y, aún más, a la curación de enfermedades, que generalmente supone una compleja interacción entre los aspectos físicos, fisiológicos, sociales y ambientales, de la condición humana. Para reincorporar el concepto de curación a la teoría y práctica de la medicina, las ciencias médicas tendrán que ir más allá de su visión parcial de la salud y de la enfermedad. Esto no significa que deba ser menos científicas: por el contrario, ampliando su base conceptual se harán más coherentes con los recientes desarrollos de la ciencia moderna.

La salud y el fenómeno de la curación han tenido diferentes significados en distintas épocas. El concepto de salud, como el concepto de vida, no puede ser definido con precisión: de hecho, ambos conceptos van íntimamente vinculados entre sí. El significado de la salud depende de la visión que se tenga de un organismo viviente y de la relación de éste con su entorno. Como este concepto varía de una civilización a otra y de una época a otra, también cambia el concepto de salud. Para nuestra transformación cultural se necesitará un concepto de salud mucho más amplio que incluya sus dimensiones individuales, sociales y ecológicas, y que tenga una visión integral de los organismos vivientes y, por consiguiente, una visión integral: temas de la salud2. Para comenzar puede sernos útil la definición de salud enunciada en el preámbulo del estatuto de la Organización Mundial de la Salud: «La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social y no simplemente la ausencia de enfermedad o de males».

Si bien la definición de la OMS es poco realista, al describir la salud como un estado de completo bienestar y no como un proceso en continuo cambio y evolución, sí sugiere la naturaleza holística de la salud, que es preciso tener en cuenta para entender el fenómeno de la curación. Desde tiempo inmemorial, la curación ha sido prac­ticada por los curanderos guiados por la sabiduría popular según la cual la enfermedad es un trastorno de toda la persona, que abarca el cuerpo del paciente y también su mente, la imagen que el paciente tiene de sí mismo, su dependencia del entorno físico y social y su relación con el cosmos y con los dioses. Estos curanderos, que aún tratan a la mayoría de los enfermos de todo el mundo, siguen una serie de criterios diferentes que son holísticos a distintos niveles, y emplean gran variedad de técnicas terapéuticas. Pero todos ellos tie­nen en común el que nunca se limitan a los fenómenos puramente físicos, como es el caso del modelo biomédico. Por medio de ritos y ceremonias tratan de influir en la mente del paciente, disipando el miedo, que siempre es un componente significativo de la enfermedad y ayudándolos a estimular los poderes de curación naturales que to­dos los organismos vivientes poseen. Estas ceremonias suelen im­plicar una intensa relación entre el curandero y el enfermo y a me­nudo se las interpreta en términos de fuerzas sobrenaturales que se canalizan a través del curandero.

En modernos términos científicos podríamos decir que el proceso de curación representa la respuesta coordinada que un organismo integrado a las tensiones ambientales que influyen en él. Esta visión de la curación supone una serie de conceptos que van más allá de la distinción cartesiana y que no pueden formularse con exactitud den­tro de la estructura de las ciencias médicas contemporáneas. Por este motivo, los investigadores biomédicos tienden a hacer caso omiso de las prácticas de los curanderos y se resisten a admitir su efectividad. Este «cientificismo médico» les hace olvidar que el arte de la curación es un aspecto esencial de toda la medicina y que incluso nuestra «científica» medicina se vio obligada a depender de él casi exclusi­vamente hasta hace unas décadas, puesto que antes tenía muy poco que ofrecer en cuanto a métodos específicos de tratamiento3.

La medicina occidental surgió de un gran depósito de conoci­mientos tradicionales y luego se extendió al resto del mundo, donde sufrió varias transformaciones pero mantuvo su enfoque biomédico básico. En virtud de la extensión global del sistema biomédico, va­rios escritores refutaron los términos «occidental», «científico» y «moderno» y comenzaron a referirse a ella como «medicina cosmopolita»4. Pero el sistema médico «cosmopolita» es sólo uno ente muchos. La mayoría de las civilizaciones tienen una pluralidad de sistemas y de creencias médicas, sin que haya una línea divisoria definida entre un sistema y otro. Además de la medicina cosmopolita y de la medicina popular, muchas civilizaciones desarrollaron su propia medicina tradicional. Como la medicina cosmopolita, estos sistemas —que se desarrollaron en la India, en la China, en Persia y en otros países— se basan en la tradición escrita, utilizan conocimientos empíricos y son practicados por una minoría de profesionales. Su enfoque es holístico, si bien no siempre en la práctica, sí por lo menos en la teoría. Junto con estos sistemas, todas las civilización han ideado un sistema de medicina popular —creencias y prácticas utilizadas por una familia o por una comunidad— que se trasmite oralmente y no requieren la presencia de sanadores profesionales.

Tradicionalmente, la práctica de la medicina popular ha sido una prerrogativa de las mujeres, pues el arte de la curación dentro de familia suele estar relacionado con las tareas y el espíritu de la maternidad. Los curanderos, por el contrario, suelen pertenecer indiferentemente a los dos sexos, en proporciones que varían de una cultura a otra. Los curanderos no practican dentro de una organización profesional; su autoridad deriva de sus poderes curativos —que suelen interpretar como un acceso al mundo de los espíritus— en vez de proceder de una licenciatura profesional. Con la aparición de la alta medicina tradicional, sin embargo, los modelos patriarcales se afirman y la medicina se vuelve un campo masculino. Esto es tan cierto para la medicina griega o china como para la medicina europea medieval, o la medicina cosmopolita moderna.

En la historia de la medicina occidental, la toma del poder por parte de una elite masculina profesional supuso una larga lucha que acompañó la aparición de la visión racionalista y científica de la salud y de la curación. El resultado de esta lucha fue el establecimiento de una elite médica casi exclusivamente masculina y también la usurpación por parte de los hombres de campos como el parto, que tradicionalmente habían sido terreno de la mujer. Hoy, esta tendencia se está invirtiendo por el movimiento feminista, para el que los aspectos patriarcales de la medicina son otra manifestación más de control que los hombres ejercen sobre el cuerpo de las mujeres. La participación completa de las mujeres en su propia salud se ha vuelto uno de los principales objetivos del movimiento feminista5.


La revolución cartesiana fue responsable del cambio más impor­tante en la historia de la medicina occidental. Antes de Descartes, la mayoría de los sanadores se orientaban hacia la interacción entre cuerpo y alma y trataban al paciente dentro del contexto de su en­torno social y espiritual. Como sus visiones del mundo cambiaban con el tiempo, también lo hacían su visión de la enfermedad y sus métodos de tratamiento: más, por lo general, se preocupaban de toda la persona del paciente. La rigurosa separación que Descartes hizo entre mente y cuerpo llevó a los médicos a concentrarse en la má­quina del cuerpo y a olvidar los aspectos psicológicos, sociales y am­bientales de la enfermedad. A partir del siglo XVIII, el progreso en el campo de la medicina siguió muy de cerca a los desarrollos de la biología y de las demás ciencias naturales. Como la perspectiva de la ciencia biomédica se trasladó del estudio de los órganos y de sus funciones al estudio de las células y, finalmente, al de las moléculas, se fue descuidando cada vez más el fenómeno de la curación y a los médicos les resultaba cada día más difícil tratar con la interdepen­dencia del cuerpo y la mente.

El propio Descartes, pese a haber sido quien introdujo la distin­ción entre mente y cuerpo, consideraba la interacción de ambos como un aspecto esencial de la naturaleza humana, y comprendía perfectamente las repercusiones que esto tenía en la medicina. La unión de mente y cuerpo era el tema principal de su correspondencia con una de sus más brillantes discípulas, la princesa Isabel de Boe­mia. Descartes se consideraba no sólo maestro y amigo íntimo de la princesa, sino también su médico, y cuando Isabel padecía alguna enfermedad y le describía sus síntomas, Descartes no vacilaba en diagnosticar que la aflicción se debía principalmente a la tensión emocional —como diríamos hoy— y le recetaba un tratamiento de reposo y meditación, además de remedios físicos6. Así pues, Des­cartes se reveló menos «cartesiano» que la mayoría de los médicos de hoy.

En el siglo XVII William Harvey logró explicar el fenómeno de la circulación sanguínea en términos puramente mecanicistas, pero otras tentativas de forjar modelos mecanicistas de las funciones fisiológicas tuvieron mucho menos éxito que la suya. A finales de siglo era evidente que la aplicación directa del enfoque cartesiano no acarrearía mayores progresos en el campo de la medicina, y en el siglo XVIII surgieron varios «contramovimientos» —entre ellos la homeopatía, que fue el más popular y el de mayor éxito7.

El auge de la medicina moderna comenzó en el siglo XIX, época en que se realizaron grandes descubrimientos en el campo de la biología. A comienzos de siglo se conocía ya casi toda la estructura de cuerpo humano, hasta en sus detalles más diminutos. Además, se estaban haciendo rápidos avances en la comprensión de los procesos fisiológicos, principalmente gracias a los minuciosos experimentos de Claude Bernard. Por consiguiente, los médicos y los biólogos fieles al enfoque reduccionista, centraron su atención en las entidades más pequeñas. Esta tendencia tomó dos caminos. El primero fui alentado por Rudolf Virchow, para quien toda enfermedad soporta una serie de cambios estructurales a nivel celular, y por ello establecía la biología celular como base de la medicina. El segundo camino lo abrió Louis Pasteur, creador del estudio de los microorganismos de que desde entonces se han ocupado los investigadores biomédicos.

Pasteur demostró claramente la correlación existente entre las bacterias y la enfermedad, y por ello sus teorías tuvieron un impacto decisivo. A lo largo de la historia de la medicina, los médicos habían discutido la cuestión de si la causa de una enfermedad era un único factor o si era el resultado de un conjunto de factores que actuaban simultáneamente. En el siglo XIX estos dos puntos de vista los re­presentaron respectivamente Pasteur y Bernard. Bernard hacía hin­capié en los factores ambientales, externos e internos, y acentuaba la idea de la enfermedad producida por una pérdida del equilibrio interno que suponía, por lo general, la concurrencia de un gran nú­mero de factores. Pasteur centraba sus esfuerzos en esclarecer el pa­pel desempeñado por las bacterias en la aparición de una enfermedad, relacionando diferentes enfermedades con determinados microbios.

Quienes ganaron la discusión fueron Pasteur y sus seguidores y, como resultado de ello, la teoría de los gérmenes —la doctrina según la cual cada enfermedad era causada por un microbio específico— fue rápidamente aceptada por los profesionales de la medicina. El concepto de etiología* científica lo formuló precisamente el médico Robert Koch, que postuló una serie de criterios requeridos para pro­bar sin lugar a dudas que un microbio determinado causaba una en­fermedad específica. Desde entonces, estas normas —conocidas por el nombre de «postulados de Koch»— se han enseñado en las fa­cultades de medicina.

Había varias razones para que la opinión de Pasteur fuese aceptada de manera tan completa y exclusiva. Una de ellas fue el gran genio de Louis Pasteur, que no sólo era un científico de talla, sino también un hábil y enérgico polemista, con un talento especial para las ex­hibiciones dramáticas. Otra razón fue la aparición de varias epide­mias en Europa, lo que proporcionó un modelo ideal para demostrar el concepto de causación. Sin embargo, la razón más importante fue el hecho de que la doctrina de la causación específica de las enfer­medades se adaptaba perfectamente al esquema de la biología del si­glo XIX.

A comienzos del siglo pasado la clasificación linneana de los seres naturales se había popularizado entre los científicos y parecía natural extenderla a otros fenómenos. La identificación de los microbios con las enfermedades proporcionaba un método de aislar y definir las entidades de la enfermedad, y, por consiguiente, se estableció una taxonomía de la enfermedad muy parecida a la taxonomía del mundo vegetal y animal. Por otra parte, la idea de una enfermedad causada por un solo factor coincidía perfectamente con la visión cartesiana de los seres vivientes como máquinas cuya avería se remonta al fun­cionamiento defectuoso de un único mecanismo.

Mientras la visión reduccionista de la enfermedad se constituía en uno de los principios fundamentales de la ciencia médica moderna, los médicos pasaban por alto el hecho de que las ideas de Pasteur sobre las causas de la enfermedad eran mucho más sutiles que las interpretaciones simplistas dadas por sus discípulos. René Dubois ha demostrado de manera convincente, con apoyo de muchas citas, que la visión pasteuriana de la vida era fundamentalmente ecológica8.

Pasteur conocía perfectamente los efectos de los factores ambientales en el funcionamiento de los organismos vivientes, pese a no ha tenido tiempo para investigarlos experimentalmente. El objetivo primordial de sus investigaciones sobre la enfermedad fue determinar el papel causativo de los microbios, pero también se interesó enor­memente en lo que él llamaba el «terreno», a saber, el medio externo e interno del organismo. En su estudio de las enfermedades que afectan a los gusanos de seda —que lo llevaría a su teoría de los gér­menes— Pasteur identificó estas enfermedades como el resultado de una compleja interacción entre el sujeto, los gérmenes y el medio ambiente y, después de concluir sus investigaciones, escribió: «Si tu­viese que emprender nuevamente mis estudios sobre las enferme­dades de los gusanos de seda, dirigiría mis esfuerzos a determinar las condiciones ambientales que aumentan su valor y resistencia.

La opinión de Pasteur sobre las enfermedades humanas revela la misma conciencia ecológica. Pasteur daba por sentado que un cuerpo sano ofrece una impresionante resistencia a muchos tipos microbios; sabía perfectamente que todo organismo humano actúa como huésped de una gran cantidad de bacterias, e indicó que estas bacterias sólo resultan dañinas cuando el organismo se halla debilitado. Por consiguiente, en su opinión, el buen fin de la terapia suele depender de la capacidad del médico para restituir las condiciones fisiológicas que favorecen la resistencia natural. «Este principio —es­cribió— ha de estar siempre presente en la mente del médico o del cirujano, porque con frecuencia puede convertirse en uno de los ci­mientos del arte de la curación.» Pasteur fue más lejos aún, cuando sugirió que el estado mental de la persona puede afectar a su resistencia a la infección: “Cuántas veces sucede que la condición del paciente —su debilidad, su actitud mental— no son más que una barrera insuficiente contra la invasión de los infinitamente pequeños”. El fundador de la microbiología tenía una visión de la enfermedad lo suficientemente amplia para intuir varias maneras de abordar la terapia; estas ideas sólo se han elaborado en los últimos años y siguen pareciendo sospechosas a la élite médica.

La doctrina de la etiología específica ha influido enormemente en el desarrollo de la medicina, desde la época de Pasteur y Koch hasta el presente, trasladando el centro de la investigación biomédica del huésped y su entorno al estudio de los microorganismos. La visión parcial resultante representa un fallo grave y cada vez más evidente de la medicina moderna. Por otra parte, el descubrimiento de que los microorganismos no sólo afectan a la evolución de una enfer­medad, sino que también pueden causar la infección de las heridas quirúrgicas revolucionó la práctica de la cirugía. En un comienzo, este descubrimiento llevó al método antiséptico —esterilizar todos los instrumentos y vendajes utilizados en una operación— y luego al método aséptico, en el que todo objeto que entre en contacto con la herida ha de estar totalmente libre de bacterias. Estos adelantos, junto con la técnica de la anestesia general, dieron a la cirugía una base completamente nueva, creando los principales elementos del complicado ritual que hoy se ha hecho característico de la ciencia moderna.

Los adelantos en el campo de la biología realizados en el siglo XIX se acompañaron del desarrollo de la tecnología médica. Se inventaron nuevos instrumentos de diagnóstico, entre ellos el estetoscopio y los aparatos para tomar la presión sanguínea, y la tecnología quirúrgica se volvió más sofisticada. Al propio tiempo, la atención de los mé­dicos se fue desplazando del paciente a la enfermedad. Las patologías se localizaban, se diagnosticaban y se etiquetaban según un sistema definido de clasificación y se las estudiaba en hospitales que no eran ya las casas de la misericordia medievales sino centros de diagnós­tico, terapia y enseñanza. De esta manera comenzó la tendencia a la especialización de la medicina, que llegaría a su auge en el siglo XX.

El mismo énfasis puesto en la localización y la definición precisa de las patologías fue utilizado en el estudio médico de los trastornos mentales, para el que se acuñó el término de «psiquiatría»* En vez de tratar de comprender los aspectos psicológicos de las enferme­dades de la mente, los psiquiatras centraron sus esfuerzos en encon­trar causas orgánicas —infecciones, deficiencias de nutrición, lesio­nes en cerebro— para todos los trastornos mentales. La «orientación orgánica» de la psiquiatría se benefició del hecho de que, en varias ocasiones, los investigadores lograron identificar los orígenes orgá­nicos de ciertos trastornos mentales y formularon logrados métodos de tratamiento. Si bien estos triunfos fueron parciales y aislados, la psiquiatría logró establecerse firmemente como rama de la medicina sometida al modelo biomédico. En el siglo XX esto resultó ser un desarrollo bastante problemático. De hecho, ya en el siglo XIX, el limitado éxito del enfoque biomédico de las enfermedades mentales había inspirado un movimiento alternativo —el enfoque psicoló­gico— que llevó a la creación de la psiquiatría dinámica y de la psi­coterapia de Freud9, creando un vínculo más estrecho entre la psi­quiatría, las ciencias sociales y la filosofía.


En el siglo XX persistió la orientación reduccionista de las ciencias biomédicas. El sistema biomédico cosechó varios triunfos, pero muchos de ellos demostraron los problemas intrínsecos de los métodos utilizados. Estos problemas se venían perfilando desde finales de siglo, pero ahora resultaban evidentes para gran cantidad de personas, tanto dentro como fuera del campo de la medicina. Esto ha conver­tido la práctica de la medicina moderna en centro de debate público y ha demostrado que sus problemas están estrechamente ligados a las demás manifestaciones de nuestra crisis cultural10.

La medicina del siglo XX se caracteriza por la gradual orientación de la biología hacia el nivel molecular y por la comprensión de varios fenómenos biológicos a este nivel. Como hemos visto, estos pro­gresos han instaurado la biología molecular como una manera general de pensar dentro de las ciencias biológicas y, por consiguiente la han convertido en la base científica de la medicina. Todos los grandes triunfos de la ciencia médica de nuestro siglo se han apoyado en un conocimiento detallado de los mecanismos celulares y moleculares.

El primer adelanto significativo, que en realidad no era más qué un resultado de nuevas aplicaciones y elaboraciones de conceptos forjados en el siglo XIX, fue la aparición de gran cantidad de medicamentos y vacunas para combatir las enfermedades infecciosas. Primero se descubrieron las vacunas contra las enfermedades cau­sadas por bacterias —la fiebre tifoidea, el tétanos, la difteria y mu­chas más— y luego contra las enfermedades virulentas. En medicina tropical, la acción conjunta de la inmunización y los insecticidas (para controlar los mosquitos que transmiten las enfermedades) ha logrado prácticamente erradicar las tres enfermedades más comunes del trópico: la malaria, la fiebre amarilla y la lepra. Al mismo tiempo, la experiencia de muchos años en estos programas ha enseñado a los científicos que controlar las enfermedades tropicales significa mucho más que inocular vacunas y pulverizar productos químicos. Todos los insecticidas son tóxicos para los seres humanos y, puesto que estos productos se acumulan en los tejidos vegetales y animales, hay que usarlos con mucho cuidado. Además, es preciso realizar deta­lladas investigaciones ecológicas para comprender la interdependen­cia de estos organismos y los ciclos vitales que supone la transmisión del desarrollo de cada enfermedad. Estas enfermedades son tan com­plejas que hasta hoy no se ha podido erradicar completamente nin­guna de ellas, pero se las ha podido controlar eficazmente tratando con habilidad la situación ecológica11.

El descubrimiento de la penicilina en 1928 anunció el comienzo de la era de los antibióticos, uno de los períodos más espectaculares de la medicina moderna, que culminaría en los años cincuenta con la aparición de una profusión de catalizadores bactericidas capaces de hacer frente a una amplia gama de microorganismos. Otra de las principales novedades farmacéuticas, que también surgió en los años cincuenta, fue un amplio surtido de fármacos psicoactivos, espe­cialmente tranquilizantes y antidepresivos. Gracias a estos nuevos medicamentos, los psiquiatras lograron controlar muchos de los sín­tomas y de los modelos de comportamiento de los pacientes psicó­ticos sin aturdirlos, y ello supuso una importante transformación en la atención recibida por los enfermos mentales. Las técnicas de coer­ción externa fueron remplazadas por las cadenas sutiles de las me­dicinas modernas, que redujeron drásticamente el tiempo de hospi­talización e hicieron posible tratar a muchos pacientes sin necesidad de internarlos. El entusiasmo despertado por estos primeros triunfos eclipsó por un tiempo el hecho de que las drogas psicoactivas, ade­más de ocasionar una gran cantidad de efectos secundarios, controlan los síntomas pero no tienen ninguna efectividad sobre los trastornos que los causan. Los psiquiatras son cada vez más conscientes de ello y en la actualidad las opiniones críticas comienzan a predominar so­bre las declaraciones terapéuticas entusiásticas.

Un gran triunfo de la medicina moderna fue el desarrollo de la endocrinología, el estudio de las distintas glándulas endocrinas* y de sus secreciones, llamadas hormonas, que circulan en la corriente san­guínea y regulan muchas de las funciones fisiológicas. El acontecimiento más importante en este estudio fue el descubrimiento de la insulina*. La extracción de esta hormona, junto con el descubrimiento de la relación entre la diabetes y la deficiencia de insulina hizo posible salvar a muchos diabéticos de una muerte segura y le, permitió llevar una vida normal, sostenida por periódicas inyecciones de insulina. Otro adelanto significativo en el estudio de las hormonas fue el descubrimiento de la cortisona, una substancia extraída de la envoltura de las glándulas suprarrenales que constituye un potente agente antiinflamatorio. Por último, la endocrinología mejora el conocimiento y la comprensión de las hormonas sexuales, lo que llevó a la creación de la píldora anticonceptiva.

Todos estos ejemplos ilustran los triunfos y también los fracaso del enfoque biomédico. En todos los casos, los problemas biomédicos fueron reducidos a fenómenos moleculares con objeto de encontrar el mecanismo central del problema. Una vez entendido este mecanismo, se lo ataca por medio de un fármaco que suele ser extraído de otro proceso orgánico y que, supuestamente, representa su «principio activo». Así pues, al reducir las funciones biológicas a sus mecanismos moleculares y a sus principios activos, los investigadores biomédicos se han visto obligados a limitarse a ciertos aspectos del fenómeno que están estudiando. En consecuencia, sólo obtienen una visión parcial de los trastornos que investigan y de los medicamentos que inventan. Todos los aspectos que van más allá de esta visión se consideran intrascendentes en lo que respecta a los trastornos, y están catalogados como «efectos secundarios» de los fármacos. La cortisona, por ejemplo, se ha hecho famosa por sus peligrosos efectos secundarios, y el descubrimiento de la insulina —pese a su eficacia— ha hecho que los clínicos y los investigadores centren su atención en los síntomas de la diabetes y no se interesen por las causas ocultas de esta enfermedad. En vista de la situación, el descubrimiento de las vitaminas quizá pueda considerarse el mayor triunfo de las cien­cias biomédicas. Una vez reconocida la importancia y determinada la identidad química de estos «factores alimenticios accesorios», mu­chas de las enfermedades causadas por la falta de alimentación y de vitaminas —entre ellas el raquitismo y el escorbuto— pudieron ser curadas fácilmente realizando los cambios adecuados en la alimen­tación.

El conocimiento detallado de las funciones biológicas a nivel ce­lular y molecular no solo llevó al desarrollo intensivo de las terapias farmacológicas, sino que también fue una tremenda ayuda para la cirugía, pues permitió a los cirujanos alcanzar en su arte unos niveles superiores a todo lo que se podía esperar. En primer lugar, se des­cubrieron tres grupos sanguíneos, se volvieron posibles las transfu­siones de sangre, y se desarrolló una substancia que impedía la coa­gulación de la sangre. Estos adelantos, junto con otros avances de la anestesiología, dieron una gran libertad a los cirujanos y les hicieron aventurarse más. Con la aparición de los antibióticos aumentó la efi­cacia de la protección de las infecciones y, gracias a ello, fue posible sustituir huesos y tejidos dañados por materiales extraños, especial­mente plásticos. Al mismo tiempo, los cirujanos adquirieron una gran habilidad y destreza en el tratamiento de los tejidos y en el control de las reacciones del organismo. La nueva tecnología médica les permitía mantener los procesos fisiológicos normales incluso du­rante una intervención quirúrgica de larga duración. En los años se­senta, Christian Barnard realizó el primer trasplante de corazón, al que siguieron otros transplantes más o menos afortunados. Con es­tos desarrollos, la tecnología médica no solo alcanzó un grado de complejidad sin precedentes, sino que también se constituyó en parte esencial de la asistencia médica moderna. Al mismo tiempo, la cre­ciente dependencia de la medicina respecto de la alta tecnología ha planteado varios problemas de naturaleza médica y técnica que afec­tan a una serie de cuestiones sociales, económicas y morales12.
En el largo desarrollo de la medicina científica, los médicos han adquirido fascinantes ideas sobre los mecanismos íntimos del cuerpo humano y han inventado una serie de tecnologías impresionantes por su complejidad y precisión. Sin embargo, a pesar de estos grandes adelantos de la medicina, hoy estamos asistiendo a una profunda crisis de la asistencia médica en Europa y en Norteamérica. El gran descontento del público con las instituciones médicas se debe a muchos motivos, entre los que figuran la inaccesibilidad de los servicios la falta de comprensión y de cuidados y la negligencia de los médicos Pero el punto más criticado es la asombrosa desproporción entre coste y la efectividad de la medicina. Pese al enorme incremento de los costos médicos en las últimas tres décadas, y entre continuas declaraciones por parte de los profesionales de la medicina acerca de la excelencia de su ciencia y su tecnología, no parece que la salud de la población haya mejorado de manera significativa.

Es difícil juzgar la relación entre medicina y salud puesto que la mayoría de las estadísticas sobre la salud utilizan un criterio parcial definiéndola como la ausencia de enfermedad. Una apreciación significativa tendría que abarcar tanto la salud individual como la salud social, y habría de incluir las enfermedades mentales y las patología sociales. Una visión tan amplia demostraría que, si bien la medicina ha contribuido a erradicar varias enfermedades, esto no significa necesariamente que haya restituido la salud, en la acepción más general del término. Considerando la salud desde un punto de vista holístico, las enfermedades físicas no son sino manifestaciones de un desequilibrio básico del organismo13. Otras manifestaciones pueden tomar la forma de patologías psicológicas y sociales, y cuando los síntomas físicos de una enfermedad se suprimen eficazmente con un intervención médica, el mal puede muy bien manifestarse de otras maneras.

De hecho, las patologías psicológicas y sociales se han vuelto un gran problema para la sanidad pública. Según varias encuestas, hasta el 25 por ciento de la población tiene suficientes problemas psicológicos para ser considerada gravemente disminuida y necesitada la atención terapéutica14. Al mismo tiempo ha habido un alarmante incremento del alcoholismo, de los crímenes violentos, de los accidentes y suicidios, todos ellos síntomas del malestar social. Del mismo modo, los graves problemas de salud que padecen los niños de hoy han de ser vistos como indicadores de malestar social, junto con el aumento del delito y del terrorismo político15.

Por otra parte, en los últimos doscientos años ha aumentado la esperanza de vida en los países desarrollados, y esto se suele citar como una indicación de los efectos beneficiosos de la medicina mo­derna. Sin embargo, este razonamiento puede inducir a error. La salud tiene varias dimensiones y todas ellas surgen de la compleja interacción entre los aspectos físicos, psicológicos y sociales de la naturaleza humana; sus distintas facetas reflejan todo el sistema so­cial y cultural y nunca se lo puede representar con un solo pará­metro, como el índice de mortalidad o el promedio de vida. La es­peranza de vida es una estadística útil pero no basta para medir la salud de una sociedad. Para tener una imagen más exacta hemos de prestar más atención a la calidad que a la cantidad. El aumento de la esperanza de vida ha sido el resultado, en primer lugar, de un decrecimiento de la mortalidad infantil, que a su vez está relacionada con el nivel de pobreza, la disponibilidad de una alimentación ade­cuada y muchos otros factores sociales, económicos y culturales. Aún se desconoce casi por completo cómo se combinan estas fuerzas para afectar el índice de la mortalidad infantil, pero se sabe que la atención médica ha carecido prácticamente de importancia en su disminución16.



Entonces, ¿cuál es la relación entre medicina y salud? ¿Hasta qué punto ha logrado la medicina occidental curar las enfermedades y aliviar el dolor y el sufrimiento? Las opiniones sobre este tema varían considerablemente y han llevado a varias afirmaciones conflictivas. Por ejemplo, las siguientes declaraciones se han tomado de un re­ciente estudio sobre la salud en los Estados Unidos, patrocinado por la Fundación Johnson y la Fundación Rockefeller:
En el mundo, nuestra investigación médica es la que ha hecho los mayores esfuerzos, y nuestra tecnología no tiene que envidiarle nada a nadie.

John H. Knowles,

presidente de la Fundación Rockefeller
En la mayoría de los casos no podemos hacer casi nada para prevenir las enfermedades y para mantener la salud por medio de intervenciones médicas.

David E. Rogers,

presidente de la Fundación Robert Wood Johnson
...los asombrosos, casi inimaginables adelantos que la medicina ha realizado en las últimas décadas...

Daniel Callahan, director del Instituto de Sociedad,

Ética y Ciencias Biológicas, Hasting on Hudson, Nueva York
Hoy nos enfrentamos prácticamente con las mismas enfermedades comunes con las que nos enfrentábamos en 1950, y la cantidad de información que desde entonces hemos acumulado sobre algunas de ellas no es suficiente para prevenir ni mucho menos para curar mucha de ellas.

Lewis Thomas

presidente del Centro Oncológico Sloan-Kettering
Los cálculos más favorables revelan que el sistema médico (médicos, medicinas, hospitales) afecta aproximadamente al 10 por ciento de los índices que se suelen utilizar para medir la salud.

Aaron Wildavsky,

Decano de la Facultad de Política Social, Universidad de Berkeley

California17.
Estas declaraciones aparentemente contradictorias resultan comprensibles si tenemos en cuenta que cada persona se refiere a un fenómeno distinto cuando habla de medicina. Los que alegan que ha habido grandes progresos se refieren a los adelantos científicos que desvelaron las relaciones ocultas entre los mecanismos biológicos y ciertas enfermedades y desarrollaron las tecnologías adecuadas para curarlas. De hecho, en este sentido, el éxito de las ciencias biomé­dicas en los últimos años ha sido enorme. Ahora bien: puesto que los mecanismos biológicos rara vez son la causa exclusiva de una enfermedad, entenderlos no equivale necesariamente a un adelanto de la asistencia sanitaria. Por tanto, los que afirman que la ciencia ha progresado muy poco en los últimos veinte años también tienen razón, pues están refiriéndose a la curación y no a los conocimientos científicos. Desde luego, ambas formas de progreso no son incom­patibles. La investigación biomédica seguirá siendo una parte im­portante de la asistencia sanitaria del futuro, siempre y cuando se vaya integrando en un enfoque más amplio y holístico.

En una discusión sobre la relación entre medicina y salud, hemos de tener en cuenta que la medicina abarca gran cantidad de campos que van desde la medicina general hasta la medicina de urgencia y desde la cirugía hasta la psiquiatría. En algunos de estos campos el enfoque biomédico ha sido muy fructífero, mientras que en otros ha resultado muy poco eficaz. Los grandes triunfos de la medicina de urgencia en caso de accidentes, infecciones agudas y partos prema­turos son de dominio público: todos sabemos de alguien cuya vida se salvó, o cuyos dolores y molestias se redujeron drásticamente por una intervención médica. En verdad, nuestras tecnologías médicas modernas son excelentes para resolver estas emergencias. Pero a pe­sar de que la atención médica puede ser decisiva en casos individua­les, no parece haber mucha diferencia cuando se trata de la salud del conjunto de la población18. La enorme publicidad concedida a ciertos procedimientos médicos espectaculares —como la cirugía a corazón abierto y los transplantes de órganos— con frecuencia nos hacen ol­vidar que en primer lugar muchos de estos pacientes no estarían hos­pitalizados si se hubiese insistido más rigurosamente en tomar me­didas preventivas.


Un triunfo espectacular en la historia de la salud pública, que se suele atribuir a la medicina moderna, ha sido la marcada disminución de las enfermedades infecciosas durante los siglos XIX y XX. Hace cien años, enfermedades como el cólera, la tuberculosis y la fiebre tifoidea eran una amenaza constante para la población. Cualquier persona las podía coger en cualquier momento, y todas las familias sabían de antemano que uno de sus hijos moriría. Hoy la mayoría de estas enfermedades han desaparecido casi por completo de los paí­ses industrializados y cuando rara vez aparecen se las puede controlar fácilmente por medio de antibióticos. Este camino espectacular se ha efectuado más o menos al mismo tiempo que el desarrollo de la me­dicina científica y este hecho ha contribuido a difundir la idea de que fue ocasionado por los adelantos de la medicina. Esta idea, pese a ser compartida por la mayoría de los médicos, es totalmente errónea. Estudios de la historia de los modelos de enfermedades han revelado pruebas concluyentes de que la aportación de la intervención médica a la disminución de las enfermedades infecciosas ha sido menor de lo que generalmente se cree. Thomas Mc Keown, una de las principales autoridades en el campo de la salud pública y de la medicina social, ha realizado uno de los estudios más detallados que existen sobre la historia de las infecciones19. Su obra demuestra sin lugar a dudas que la asombrosa disminución de la mortalidad a partir del siglo XVIII fue debida principalmente a tres motivos. El primero de ellos, y el más importante a lo largo de este tiempo, fue una gran mejora en la alimentación. A partir del siglo XVII, la producción de alimentos aumentó rápidamente en todo el mundo occidental: se realizaron una gran cantidad de adelantos en el campo de la agri­cultura, lo que repercutió en un abastecimiento general que hizo a la gente más resistente ante las infecciones. El importante papel de­sempeñado por la nutrición al reforzar la resistencia del organismo a las enfermedades infecciosas se halla hoy bien afirmado y coincide con la experiencia de los países tercermundistas, donde la falta de alimentación es la causa principal de la mala salud20. La segunda ra­zón para la disminución de las enfermedades infecciosas fue la mejora de la higiene y del saneamiento en la segunda mitad del siglo XIX. En este siglo no sólo se realizaron los descubrimientos de los mi­croorganismos y de la teoría de los gérmenes sino que también fue en esta época cuando la influencia del entorno en la vida humana se convirtió en punto de mira del pensamiento científico y de la opinión pública. En opinión de Lamarck y de Darwin, la evolución de los organismos era un resultado de la influencia del medio: Bernard su­brayaba la importancia del «milieu intérieur» y Pasteur estaba intri­gado por el «terreno» en el que los microorganismos realizaban su actividad. En la sociedad, una preocupación similar por el entorno dio origen a varios movimientos populares de salud y a campañas sanitarias que promovían la salud pública y la higiene.

La mayoría de los reformadores de la salud pública del siglo XIX no creían en la teoría de los gérmenes, pero aceptaban que la enfer­medad tenía su origen en la pobreza, la desnutrición y la falta de higiene, y organizaron enérgicas campañas para combatir estas con­diciones. Su lucha tuvo como resultado un mejoramiento en la hi­giene personal y en la nutrición, además de introducir nuevas me­didas sanitarias —la depuración del agua, la evacuación eficaz de las aguas residuales, el consumo generalizado de leche no contaminada y la mejora de la higiene alimentaria— que resultaron muy eficaces para controlar las enfermedades infecciosas. También se produjo una disminución significativa del índice de natalidad, relacionado con la mejora de las condiciones de vida21. En consecuencia, disminuyó el índice de crecimiento de la población y esto aseguró que el mejo­ramiento del sistema sanitario no peligrara debido a un aumento de la población.

El análisis realizado por Mc Keown sobre los distintos factores que influyeron en la reducción de la mortalidad por infecciones pone en evidencia que la intervención médica fue menos importante que las demás. Las principales enfermedades infecciosas habían llegado a su auge y decaído mucho antes de que se introdujeran los primeros antibióticos eficaces y las técnicas inmunizadoras. La falta de corre­lación entre los cambios de los modelos de enfermedad y la inter­vención médica ha sido sorprendentemente confirmado por varios experimentos en los que la tecnología médica moderna fue utilizada y fracasó en varias tentativas de mejorar la salud de las poblaciones «subdesarrolladas» de los Estados Unidos y de otros países22. Estos experimentos parecen indicar que la tecnología médica por sí misma no es capaz de efectuar cambios significativos en los modelos pa­tológicos básicos.

La conclusión que podemos sacar de estos estudios sobre la re­lación entre medicina y salud es quizá que las intervenciones bio­médicas, si bien pueden resultar muy útiles en casos individuales de emergencia, influyen muy poco en la salud del conjuntó de la po­blación. El factor principal que determina la salud de los seres hu­manos no es la intervención médica, sino su comportamiento, su alimentación, y la naturaleza de su entorno. Puesto que estos fac­tores varían de una cultura a otra, cada civilización tiene sus enfer­medades características, y como la alimentación, el comportamiento y las situaciones ambientales van cambiando gradualmente, también varían los modelos patológicos. Por eso las infecciones agudas, que en siglo XIX eran las principales plagas de Europa y Norteamérica y que siguen siendo los mayores asesinos en el tercer mundo de hoy, han sido reemplazadas en los países desarrollados por enfermedades que ya no están vinculadas a la pobreza y a las condiciones de vida deficientes, sino que están ligadas al bienestar material y a la com­plejidad tecnológica. Estas enfermedades son crónicas y degenerativas —enfermedades cardíacas, cáncer, diabetes— y se las describe justamente con el nombre de «males de la civilización», ya que están íntimamente vinculadas al estrés, la alimentación rica en grasas y proteínas, el abuso de drogas, la vida sedentaria y la contaminación ambiental, que caracterizan la vida moderna.

A causa de las dificultades que tienen para tratar las enfermedades degenerativas dentro de la estructura biomédica, los médicos vez de ampliar esta estructura— suelen resignarse a aceptar estas enfermedades como consecuencias inevitables del desgaste normal general para el que no existe curación posible. El público, en contraste, está cada vez más descontento con el actual sistema de atención médica: se ha percatado de que sus costos exorbitantes no han mejorado de manera significativa la salud de las personas, y se quejan de que los médicos se ocupan de las enfermedades pero no se interesan por los pacientes.
Las causas de nuestra crisis sanitaria son varias: pueden encontrarse tanto fuera como dentro de la medicina, y están indisolublemente ligadas a una mayor crisis cultural y social. A pesar de ello es cada vez mayor el número de personas, tanto fuera como dentro del sistema médico, que son conscientes de que los fallos del sistema actual de asistencia sanitaria radican en la estructura conceptual que sostiene la práctica y la teoría de la medicina. Estas personas están convencidas de que la crisis perdurará a no ser que esta estructura se modifique23. Por consiguiente, hemos de estudiar detalladamente la base conceptual de la medicina científica moderna —el modelo biomédico— para ver cómo influye en la práctica de la medicina en la organización de la asistencia sanitaria24.

La medicina es practicada de muchas maneras diferentes, por hombres y mujeres de distintas personalidades, actitudes y creencias. Por tanto, es imposible aplicar la siguiente descripción a todos los médicos, investigadores médicos o instituciones. Existe una gran variedad dentro de la estructura de la medicina científica moderna: algunos médicos de cabecera se preocupan mucho por sus pacientes otros no; hay cirujanos que practican su arte con un profundo respeto por la condición humana y hay otros que son cínicos e interesados sólo en el dinero; en los hospitales uno puede tener una experiencia muy humana, o una experiencia inhumana y humillante. Ahora bien, a pesar de estas diferencias, hay un sistema ideológico común que sirve de base para la educación médica, para la investi­gación y para la asistencia sanitaria institucional. Este sistema de creencias se apoya en el modelo conceptual cuya evolución hemos descrito anteriormente.

El modelo biomédico está firmemente arraigado en el pensamiento cartesiano. Descartes enunció la estricta separación entre mente y cuerpo e introdujo la idea de que el cuerpo humano es una máquina concebible con arreglo a la colocación y el funcionamiento de sus partes. Una persona sana era como un reloj cuyos mecanismos fun­cionan perfectamente, mientras una persona enferma era como un reloj cuyas partes no funcionan como deben. Las principales carac­terísticas del modelo biomédico, y también muchos aspectos de la práctica médica actual, pueden encontrarse en las imágenes cartesia­nas.

Siguiendo el método cartesiano, las ciencias médicas se han limi­tado a intentar comprender los mecanismos biológicos implicados en las heridas de las distintas partes del cuerpo. Estos mecanismos se estudian desde el punto de vista de la biología celular y Molecular, sin tener en cuenta la influencia que las circunstancias no biológicas ejercen en los procesos biológicos. El enfoque biomédico estudia so­lamente algunos aspectos fisiológicos de la gran red de fenómenos que influyen en la salud. Desde luego, el conocimiento de estos as­pectos es muy útil, pero sólo representa una parte de la historia. Las prácticas médicas, basadas en ese enfoque parcial, no resultan muy eficaces en la promoción y el mantenimiento de la salud. De hecho, según los críticos, muchas prácticas de la medicina actual suelen oca­sionar más sufrimiento y más enfermedades de las que curan25. Esta situación no cambiará mientras la ciencia médica no relacione el es­tudio de los aspectos biológicos de la enfermedad con la condición física y psicológica del organismo humano y de su entorno.

Como los físicos en su estudio de la materia, también los médicos han tratado de entender el cuerpo humano reduciéndolo a sus ele­mentos constitutivos básicos y a sus funciones fundamentales. En palabras de Donald Frederickson, director del Instituto Nacional de la Salud: «El objeto básico de la investigación biomédica es reducir la vida de todas las formas complejas a ciertos elementos fundamen­tales y luego sintetizarlos para comprender mejor al hombre y sus enfermedades.26. El espíritu reduccionista analiza los problemas, médicos utilizando fragmentos cada vez más pequeños, pasando de órganos y tejidos a células, luego a fragmentos celulares, y por timo a las simples moléculas. Muchas veces, en el proceso, se pierde de vista el fenómeno en sí. La historia de la medicina moderna ha demostrado repetidas veces que no basta con reducir la vida a ciertos fenómenos moleculares para comprender la condición humana en lar salud y en la enfermedad.

Cuando se les confronta con problemas ambientales o sociales, los investigadores médicos suelen alegar que estos problemas están fuera de los límites de la medicina. La enseñanza de la medicina —o por lo menos eso dicen— tiene que disociarse por definición de las preo­cupaciones sociales, pues éstas son engendradas por fuerzas sobre las que los médicos no tienen ningún control27. Sin embargo, los mis­mos médicos han sido responsables de la creación de este dilema, insistiendo en que son ellos los únicos capacitados para determinar lo que constituye una enfermedad y para escoger la terapia adecuada, Mientras sigan manteniendo su posición en la cúspide de la jerarquía del poder dentro del sistema de la asistencia sanitaria, seguirán siendo responsables de todos los aspectos de la salud.

Los intereses de la salud pública suelen estar aislados de la educación y de la práctica de la medicina, severamente desequilibradas por el énfasis excesivo puesto en los mecanismos biológicos. En las facultades de medicina rara vez se discuten muchas cuestiones fun­damentales para la salud —la alimentación, el trabajo, la densidad de población y la casa— y, por consiguiente, hay muy poco espacio para la asistencia sanitaria preventiva en la medicina moderna. Cuando los médicos hablan de prevenir las enfermedades, muchas veces lo hacen dentro del esquema reduccionista del modelo bio­médico. Es evidente que unas medidas preventivas que parten de un esquema tan limitado no pueden ir muy lejos. John Knowles, presidente de la fundación Rockefeller, lo dice sin rodeos: «Aún no te­nemos suficientes datos sobre los mecanismos biológicos básicos de la mayoría de las enfermedades para dar una orientación clara a las medidas preventivas»28.

Lo que es válido para la prevención de enfermedades también lo es para el arte de la curación. En ambos casos, los médicos tienen que tratar con toda la persona del paciente y con la relación de éste con el entorno físico y social. A pesar de que el arte de la curación se sigue practicado en muchos lugares, tanto fuera como dentro de la medicina, este hecho no lo reconocen explícitamente nuestras ins­tituciones médicas. El fenómeno de la curación seguirá excluido de las ciencias médicas mientras los investigadores se limiten a un es­quema que no les permite comprender la interacción entre el cuerpo, la mente y el entorno.


La distinción cartesiana ha influido de varias maneras en la práctica de la asistencia sanitaria. En primer lugar, ha dividido a los profe­sionales en dos campos que rara vez se comunican. Los médicos se ocupan del tratamiento del cuerpo, mientras los psiquiatras y los psi­cólogos se encargan de la curación de la mente. La diferencia entre ambos grupos ha sido un grave obstáculo para la comprensión de la mayoría de las principales enfermedades, pues ha impedido a los in­vestigadores estudiar el papel causativo del estrés y del estado emo­cional en el desarrollo de una enfermedad. Sólo en los últimos años los profesionales de la medicina han comenzado a admitir la impor­tancia del estrés en el origen de una gran variedad de enfermedades, pero siguen prestando muy poca atención al archiconocido vínculo entre los estados emocionales y la enfermedad.

La división cartesiana ha engendrado los dos tipos diferentes de documentación que hoy existen en el campo de la investigación mé­dica. La documentación psicológica trata extensivamente y aporta pruebas sobre la importancia de los estados emocionales en la en­fermedad: estas investigaciones son llevadas a cabo por psicólogos que utilizan métodos experimentales y se publican en revistas de psi­cología que rara vez son leídas por los científicos biomédicos. Por su parte, la documentación médica está firmemente basada en la fi­siología y casi nunca se ocupa de los aspectos psicológicos de la en­fermedad. Un ejemplo típico son los estudios realizados sobre el cán­cer. La relación entre el estado emocional del paciente y el cáncer se conoce desde finales del siglo XIX y en las revistas de psicología se pueden encontrar numerosas referencias a esta relación. Pero muy pocos médicos han leído estas obras, y los científicos no han inte­grado los datos psicológicos en sus investigaciones29.

Otro fenómeno casi desconocido a causa de la incapacidad de los científicos para integrar en su visión elementos físicos y psicológicos es el fenómeno del dolor30. Los investigadores ignoran la causa exacta del dolor y sólo tienen una idea aproximativa de los enlaces entre el cuerpo y la mente. De la misma manera que toda enfermedad tiene aspectos psicológicos y físicos, también los tiene el dolor que suele estar relacionado con ella. En la práctica, muchas veces resulta imposible distinguir entre los orígenes físicos del dolor y sus orígenes psicológicos. Por ejemplo, en el caso de dos pacientes con los mis­mos síntomas físicos, uno puede sentir dolores terribles mientras el otro no siente nada. Para entender el dolor y poder aliviarlo en el proceso de curación, tenemos que verlo dentro de un amplio con­texto, teniendo en cuenta la actitud mental del paciente, sus espe­ranzas, su sistema de creencias, el apoyo emocional de su familia y de sus amigos, y muchos otros factores. En vez de tratar el dolor de esta manera comprensiva, la medicina moderna, operando desde un esquema biomédico y parcial, intenta reducir el dolor a una indi­cación de una determinada disfunción fisiológica. La mayoría de las veces trata de negar y lo suprime con la ayuda de calmantes.

Desde luego, el estado psicológico de una persona no sólo es im­portante en el brote de una enfermedad, sino que también es un punto clave del proceso curativo. La reacción psicológica del pa­ciente con respecto a su médico es un aspecto importante —quizá el más importante— de toda terapia. Tranquilizar al paciente y con­vencerlo de su restablecimiento siempre ha sido uno de los objetivos primordiales de los encuentros terapéuticos entre médico y paciente, y los médicos saben perfectamente que esto suele darse intuitiva­mente y que no tiene nada que ver con alguna habilidad técnica. En palabras del destacado cirujano Leonard Shlain: «Algunos médicos parecen curar a sus pacientes, mientras que otros, pese a su habili­dad, tienen muchísimos problemas para conseguirlo. El arte de curar no es cuantificable»31.


En la medicina moderna son los psiquiatras quienes estudian y se ocupan de los problemas psicológicos y de comportamiento. Pese a que los psiquiatras tienen un título y una formación en el campo de la medicina, la comunicación entre ellos y los profesionales de la salud física es escasa. Muchos médicos llegan incluso a despreciar a los psiquiatras y los tienen por médicos de segunda categoría. Ello demuestra una vez más el poder del dogma biomédico. A los me­canismos biomédicos se los considera como la base de la vida y a los fenómenos mentales se los considera como acontecimientos secun­darios. Por algún motivo, los médicos que se ocupan de las enfer­medades mentales son considerados menos importantes.

En muchos casos, la reacción de los psiquiatras ante esta actitud ha sido una adherencia rigurosa al modelo biomédico y una tentativa de entender las enfermedades mentales enfocándolas como trastor­nos de los mecanismos físicos situados en el cerebro. Según esta vi­sión, una enfermedad mental es básicamente idéntica a una enfer­medad física: la única diferencia estriba en que la primera afecta al cerebro y no a otro órgano del cuerpo, y por consiguiente, se ma­nifiesta a través de síntomas mentales y no de síntomas físicos. Este desarrollo conceptual ha engendrado una situación muy curiosa. Mientras que a lo largo de la historia los curanderos han intentado curar las enfermedades físicas con medios psicológicos, los psiquia­tras modernos tratan las enfermedades mentales como remedios fí­sicos, pues están convencidos de que las enfermedades mentales son enfermedades del cuerpo.

La orientación orgánica de la psiquiatría ha tenido como resultado la adopción de conceptos y de métodos cuya utilidad se ha compro­bado en el tratamiento de las enfermedades físicas: estos métodos fueron aplicados posteriormente a los trastornos emocionales y de comportamiento. Creyendo que estas alteraciones están basadas en ciertos mecanismos biológicos, los psiquiatras se preocupan mucho por determinar el diagnóstico correcto, para lo que utilizan un sis­tema de clasificación reduccionista. Si bien este método ha resultado un fracaso en la mayoría de los trastornos mentales, muchos psi­quiatras siguen abordando el problema de esta manera con la espe­ranza de encontrar, a la larga, los mecanismos causativos de las en­fermedades y los correspondientes métodos de tratamiento de los trastornos mentales.

En cuanto al método de tratamiento, los psiquiatras muestran una clara preferencia por la medicación, que controla los síntomas del trastorno pero no los cura. Cada día se hace más patente que este tipo de tratamiento va en contra de la terapia. En una perspectiva holística de la salud, la enfermedad mental puede verse como el re­sultado de un fracaso en la evaluación y la integración de la experiencia. Concebidos de esta manera, los síntomas de un trastorno mental reflejan un intento por parte del organismo de curarse y de alcanzar un nuevo nivel de integración32. La práctica psiquiátrica corriente interfiere en este proceso curativo espontáneo al suprimir los síntomas. Un ambiente tal, en vez de eliminar el proceso de un sín­toma, lo intensificaría y le permitiría llegar a manifestarse comple­tamente y a integrarse a través de una continua autoexploración, fi­nalizando de esta manera el proceso de curación.

Para practicar esta terapia se requiere un vasto conocimiento de todo el espectro de la conciencia humana, y esto es algo de lo que carecen la mayoría de los psiquiatras, a pesar de ser legalmente res­ponsables del tratamiento de los enfermos mentales. En consecuen­cia, los enfermos mentales suelen recibir atención médica en insti­tuciones donde los psicólogos clínicos, que a menudo tienen un co­nocimiento mucho más extenso de los fenómenos psicológicos, son simplemente personal auxiliar subordinado a los psiquiatras.

En conjunto, la extensión del modelo biomédico al tratamiento de los trastornos mentales ha sido una equivocación. No cabe duda al­guna de que su utilidad ha sido grande en el tratamiento de ciertos trastornos de origen obviamente orgánico, pero ha resultado insu­ficiente en muchos otros casos en los que los modelos psicológicos tienen una importancia fundamental. Se han malgastado muchos es­fuerzos en varias tentativas de llegar a un método preciso, de base orgánica, para diagnosticar los trastornos mentales, sin tomar en cuenta que la mayoría de los casos psiquiátricos no se pueden diag­nosticar con precisión y objetividad. La desventaja práctica de este enfoque es que muchos individuos que no tenían problemas orgá­nicos fueron internados en instituciones médicas donde recibieron terapias de problemático valor y de coste extremadamente amplio.

Actualmente los profesionales de la salud son cada vez más cons­cientes de las limitaciones del enfoque biomédico en la psiquiatría; estos médicos han entablado una animada discusión sobre la naturaleza de las enfermedades mentales. Thomas Szasz, para quien las enfermedades mentales son un mito, representa quizá la posición más extremada33 en su opinión, la enfermedad es algo que ataca a las personas sin ninguna relación con su personalidad, su modo de vida, sus creencias o su medio social. En este sentido, toda enfer­medad, sea física o mental, es un mito. Si se emplea el término en sentido holístico, teniendo en cuenta todo el organismo y la perso­nalidad del paciente junto con su entorno físico y social, los tras­tornos mentales son tan reales como las enfermedades físicas. Pero esta forma de entender las enfermedades mentales va más allá del esquema conceptual de la medicina de hoy.
Evitar las cuestiones filosóficas y existenciales que surgen en re­lación con todas las enfermedades graves es un rasgo característico de la medicina moderna. Es, además, consecuencia de la división car­tesiana que ha llevado a los médicos a concentrarse exclusivamente en el aspecto físico de la salud. De hecho, en las facultades de me­dicina rara vez se plantea la pregunta «¿qué es la salud?» ni tampoco se discuten las actitudes y modos de vida más saludables, conside­rados como cuestiones filosóficas que pertenecen al dominio espi­ritual y no al de la medicina. Además, se da por sentado que la me­dicina es una ciencia objetiva y que no está interesada en emitir jui­cios morales.

Esta visión dieciochesca de la medicina suelen impedir a los mé­dicos el ver los aspectos positivos y el significado potencial de la enfermedad. La enfermedad es como un enemigo que se ha de ven­cer, y los científicos persiguen el ideal utópico de erradicar, en un futuro, todas las enfermedades mediante la aplicación de la investi­gación biomédica. Con una visión tan parcial es imposible que los médicos comprendan los sutiles aspectos psicológicos y espirituales de la enfermedad; esta misma visión les impide darse cuenta, como ha señalado Dubos, de que «el estar totalmente libre de la enfer­medad y de la lucha es prácticamente incompatible con el proceso vital»34.

La última cuestión existencial es, sin lugar a dudas, la muerte y, como todos los problemas filosóficos y existenciales, el tema de la muerte se evita en la medida de lo posible. La falta de espiritualidad que se ha hecho característica de nuestra sociedad tecnológica se refleja en el hecho de que la profesión médica, como todo el conjunto de la sociedad, niegue la existencia de la muerte. La muerte no tiene cabida dentro del esquema mecanicista de nuestra medicina. La distinción entre una buena muerte y una mala muerte no tiene sentido, la muerte es simplemente el momento en que la máquina del cuerpo se para definitivamente.

En nuestra cultura ya no se practica el antiquísimo arte de morir y los médicos parecen haber olvidado el hecho de que es posible morir sin estar enfermo. Mientras que, en el pasado, una de las funciones más importantes de un buen médico era proporcionar apoyo y cuidados a los moribundos y a sus familias, en la actualidad los médicos y otros profesionales sanitarios no están preparados para ocuparse de los pacientes moribundos y tienen mucha dificultad para enfrentarse con el fenómeno de la muerte y darle un sentido. Para ellos, la muerte tiende a ser un fracaso de su técnica: los cadáveres se sacan de los hospitales a altas horas de la noche, en secreto, y los médicos parecen tenerle más miedo a la muerte que las demás personas, sanas o enfermas35. A pesar de que en los últimos años36, después del renacimiento espiritual de los años sesenta y setenta, la actitud ante la muerte ha cambiado considerablemente, nuestro sistema sanitario aún no ha logrado incorporarla del todo. Su acepción exigiría un cambio conceptual fundamental en la postura de médicos ante la salud y la enfermedad.


Habiendo discutido algunas de las repercusiones que la división cartesiana ha tenido en la medicina contemporánea, examinemos ahora más detalladamente la imagen cartesiana del cuerpo-máquina - y su impacto en la teoría y práctica de la medicina actual. La visión mecanicista del organismo humano ha fomentado la idea de una sa­lud «mecánica» que reduce la enfermedad a una avería técnica y la terapia médica a una manipulación mecánica37. Esta táctica ha sido fructífera en muchos casos. La ciencia y la tecnología médica han ideado métodos extremadamente complejos y precisos para extirpar o arreglar varias partes del cuerpo, e incluso para reemplazarlas por artefactos artificiales. Esto ha aliviado el sufrimiento y las molestias de muchísimas víctimas de enfermedades y accidentes, pero también ha contribuido a deformar la visión de la salud y de la asistencia médica de los profesionales de la medicina y del público en general.

La imagen pública del organismo humano, reforzada por el con­tenido de los programas televisivos y especialmente por la publici­dad, es la de una máquina propensa a continuas averías a menos que sea revisada por médicos y tratada con medicinas. Los medios de comunicación no transmiten la noción del poder curativo intrínseco de un organismo y su tendencia a conservar la salud; no se promueve la confianza del ser humano en su propio organismo, ni tampoco se acentúa la relación entre salud y modo de vida. Se nos incita a su­poner que los médicos pueden arreglarlo todo, sin tener en cuenta nuestro sistema de vida.

Resulta sorprendente y bastante irónico que los propios médicos sean quienes más sufren de la visión mecanicista la de salud al des­cuidar las circunstancias cargadas de estrés de su vida profesional. Mientras se daba por sentado que los curanderos tradicionales eran gente saludable, que mantenía su cuerpo y su alma en armonía y concordes con su entorno, los médicos de hoy tienen una actitud y un modo de vida que resultan muy perjudiciales para su salud y ge­neran una gran cantidad de enfermedades. La esperanza de vida de un médico de hoy es entre diez y quince años menos que la del pro­medio de la población, y los profesionales de la medicina no sólo tienen un alto índice de enfermedades físicas sino también un índice muy elevado de alcoholismo, abuso de drogas, suicidios y otras pa­tologías sociales38.

Muchos médicos adquieren estas costumbres poco sanas justo al entrar en la facultad de medicina, donde el aprendizaje se convierte en una experiencia cargada de estrés. El malsano sistema de valores que domina nuestra sociedad ha encontrado una de sus expresiones más extremas en la educación médica. Las facultades de medicina, especialmente las de los Estados Unidos, son con mucho las más competitivas de todas las escuelas profesionales. Como en el mundo de los negocios, presentan la competividad violenta como una virtud y acentúan el «enfoque agresivo» en el cuidado del paciente. De he­cho, la postura agresiva de la asistencia médica suele ser tan extre­mada que las metáforas para describir las enfermedades y la terapia están sacadas del lenguaje bélico. Por ejemplo, se dice que un tumor maligno ha «invadido» el cuerpo, la radioterapia «bombardea» los tejidos y «mata» las células cancerosas, y la quimioterapia se suele comparar con la guerra química. En consecuencia, la educación y la práctica médica perpetúan los modelos de comportamiento y las actitudes de un sistema de valores que cumple una función significativa en el surgimiento de muchas de las enfermedades que la ciencia trata de curar.

Las facultades de medicina no sólo generan estrés en sus alumnos sino que también olvidan enseñarles como enfrentarse con él. Inculcar la idea de que los intereses del paciente están en primer lugar y que el bienestar de los médicos es secundario es la esencia de la enseñanza de la medicina en la actualidad. Se cree que esto es necesario para crear un compromiso y una responsabilidad en los pro­fesionales de la medicina, y para fomentar esta actitud, la formación médica consiste en muchísimas horas de trabajo y muy poco tiempo libre. Muchos médicos siguen esta práctica en su vida profesional, no es nada raro que un médico trabaje durante todo el año sin to­marse vacaciones. El excesivo estrés se agrava por el hecho de que los médicos continuamente tienen que tratar con personas que están terriblemente ansiosas o profundamente deprimidas, lo que hace más intenso su trabajo cotidiano. Por otra parte, se les ha enseñado a utilizar un modelo de salud y enfermedad en el que las fuerzas emocionales carecen de importancia y, en consecuencia, tienden a olvi­darlas en su propia vida.
La excesiva importancia de la tecnología médica se debe a la visión mecanicista del organismo humano y al enfoque mecánico de la salud que deriva de ella. A la tecnología se la ve como la única manera de mejorar la salud. Lewis Thomas, por ejemplo, lo dice explícitamente Y en su obra Sobre la Ciencia y la Tecnología de la Medicina. Después de señalar que la medicina no ha podido prevenir ni curar ninguna de las principales enfermedades en las últimas tres décadas, continué diciendo: «En cierto sentido, no podemos pasar sin la tecnología moderna, y no podremos privarnos de ella mientras no tengamos más conocimientos científicos que nos permitan trabajar con ella»39

La alta tecnología desempeña un papel primordial en la asistencia médica moderna. A finales del siglo pasado, la proporción de personal auxiliar por médico era de dos a uno; hoy quizá sea de quince a uno. Los instrumentos de diagnosis y de terapia manejados por este ejército de técnicos son el resultado de los últimos adelantos en el campo de la física, de la química, de la electrónica, de la infor­mática y otros campos relacionados con ellos. Entre estas herra­mientas figuran los analizadores de sangre y el escáner de tomogra­fía* las máquinas utilizadas en la diálisis renal* los marcapasos car­díacos, los equipos empleados en radioterapia y otras muchas má­quinas muy complejas y extremadamente caras, pues algunas cuestan cerca de un millón de dólares40. Como en otros campos, el uso de alta tecnología en medicina suele ser injustificado. La creciente de­pendencia de la asistencia médica con respecto a las tecnologías más complejas ha fomentado la tendencia a la especialización y ha refor­zado el enfoque reduccionista de los médicos, que tienden a con­centrarse en una determinada parte del cuerpo y a olvidar que el paciente es una persona.

Al mismo tiempo, la práctica de la medicina se ha desplazado del consultorio internista a los hospitales y allí, gradualmente, se ha ido despersonalizando e incluso deshumanizando. Los hospitales se han convertido en enormes instituciones profesionales donde se da más importancia a la tecnología y a la habilidad científica que al contacto con el paciente. En estos centros médicos modernos, más parecidos a aeropuertos que a ambientes terapéuticos, los pacientes suelen sen­tirse desamparados y asustados y, con frecuencia, esto impide su res­tablecimiento. Entre el 30 y el 50 por ciento de las personas inter­nadas en hospitales no tienen una razón médica para estar allí, pero los servicios médicos alternativos, que podrían ser más efectivos en cuanto a la terapia y más eficaces en cuanto al precio, han desapa­recido casi por completo41.

En las últimas tres décadas los costos de la asistencia médica han aumentado a una velocidad asombrosa. En los Estados Unidos, han pasado de doce mil millones de dólares en 1950 a ciento sesenta mil millones en 1977, creciendo casi al doble de velocidad que el coste de la vida entre 1974 y 197742. Se pueden apreciar tendencias simi­lares en la mayoría de los países, incluso en los que cuentan con un sistema médico estatal. La elaboración y uso extensivo de carísimas tecnologías médicas es una de las principales razones de este marcado aumento en el coste de la asistencia sanitaria. Por ejemplo, la diálisis renal de una persona puede llegar a costar 10000 dólares al año y los «bypass»* coronarios, —un procedimiento quirúrgico que aún no se ha demostrado que prolongue la vida— se están realizando miles de veces a un precio entre 10000 y 25000 dólares por operación43

El uso excesivo de la tecnología en la asistencia médica, además de ser caro, provoca una cantidad innecesaria de dolor y sufrimiento. En la actualidad, hay más accidentes en los hospitales que en cualquier otra industria, a excepción de las minas y la construcción de rascacielos. Haciendo un cálculo aproximado se ha podido determinar que uno de cada cinco pacientes admitidos en un típico hospital de investigaciones contrae una enfermedad yatrogénica* de éstas, la mitad son el resultado de complicaciones debidas a los medicamentos suministrados, y un sorprendente 10 por ciento son causadas por errores de diagnóstico44

Los altos riesgos de la tecnología médica moderna han sido la causa de otro importante incremento de los costos sanitarios: el creciente número de pleitos por irresponsabilidad entablados contra médicos y hospitales. En los Estados Unidos, los médicos tienen un miedo casi paranoico a estos pleitos, y tratan de protegerse practi­cando una «medicina defensiva», recetando aún más tecnologías de diagnosis que incrementan los costes de la asistencia y exponen al paciente a riesgos adicionales45. Esta crisis es el resultado de varios factores: el uso excesivo de alta tecnología dentro de un modelo mecanicista de la enfermedad en que toda la responsabilidad gravita sobre el médico; una presión considerable por parte de un gran número de abogados interesados, y una sociedad que se enorgullece de ser democrática pero que no tiene una medicina socializada.


El problema conceptual central de la asistencia sanitaria contem­poránea es la definición biomédica de la enfermedad, según la cual las enfermedades son entidades bien definidas que implican ciertos cambios estructurales a nivel celular y que tienen unas raíces causales únicas. El modelo biomédico admite varias clases de factores cau­sales, pero los investigadores tienden a subscribir la doctrina de «una enfermedad, una causa». La teoría de los gérmenes fue el primer ejemplo de la causalidad específica de una enfermedad. Se ha ad­mitido que las bacterias y, más tarde, los virus eran la causa de casi todas las enfermedades de origen desconocido. Después, con el auge de la biología molecular, se llegó al concepto de lesión, que incluye las anomalías genéticas, y últimamente se han investigado las causas ambientales de la enfermedad. En todos estos casos, los médicos han tratado de alcanzar tres objetivos: dar una definición exacta de la enfermedad que están estudiando, identificar su causa específica y elaborar un tratamiento adecuado —en general alguna manipulación tecnológica— que erradique las causas de la enfermedad.

La teoría de la causalidad específica ha resultado útil en algunos casos especiales —por ejemplo, en procesos de infección aguda y de deficiencias en la alimentación— pero la gran mayoría de las enfer­medades no pueden entenderse desde el punto de vista de los con­ceptos reduccionistas de entidades definidas y causas únicas. El error principal del enfoque biomédico radica en confundir el proceso de una enfermedad con el origen de ésta. En vez de preguntarse porqué ocurre una enfermedad y tratar de suprimir las condiciones que la originan, los investigadores médicos exploran los mecanismos bio­lógicos a través de los cuales funciona la enfermedad, para luego po­der interferir en ellos. Lewis Thomas, uno de los más destacados investigadores contemporáneos, ha expresado su fe en este enfoque con claridad poco usual: «En cada enfermedad hay un solo meca­nismo clave que domina a todos los demás. Si lo descubrimos, y encontramos la manera de resolverlo, podemos controlar el tras­torno... En pocas palabras, creo que las principales enfermedades que afectan a los seres humanos se han convertido en un acertijo biológico que se puede abordar y, a la larga, solucionar»46.

El pensamiento médico contemporáneo suele ver la causa de una enfermedad en estos mecanismos y no en sus verdaderos orígenes, y esta confusión es la clave de los problemas conceptuales de la me­dicina actual. Thomas Mc Keown ha puesto de relieve que «hay que darse cuenta de que el problema más importante de la medicina es el por qué ocurre una enfermedad y no cómo se desarrolla ésta des­pués de que ha ocurrido. En otras palabras, los conceptos médicos han de dar preferencia a los orígenes de la enfermedad por encima de la naturaleza del proceso patológico»47.

Los orígenes de la enfermedad suelen encontrarse en varios fac­tores causales que han de coincidir para engendrar la enfermedad48. Además, sus efectos son diferentes en cada persona, pues dependen de las reacciones emocionales del individuo ante las situaciones car­gadas de tensión y ante el medio social en el que estas situaciones ocurren. Un buen ejemplo de ello lo tenemos en el resfriado. Esta enfermedad se puede desarrollar sólo si una persona está expuesta a uno de varios virus, pero no todas las personas expuestas cogerán un resfriado. La enfermedad aparece sólo a condición de que el in­dividuo que ha estado expuesto a ella se halle en un estado receptivo, y esto depende de las condiciones climáticas, la fatiga, el estrés y de una gran variedad de otros factores que influyen en la resistencia que una persona presenta a las infecciones. Para entender por qué una persona coge un resfriado y otra no, se han de evaluar y sopesar; muchos de estos factores: sólo entonces se resolverá el «misterio del resfriado común».

Esta situación se repite en casi todas las enfermedades, la mayoría; de ellas mucho más serias que un simple resfriado. Un caso extremo, tanto en gravedad como en complejidad, es el del cáncer. En las últimas décadas se han desembolsado grandes cantidades de dinero para la investigación del cáncer, con el objeto de identificar el virus que causa la enfermedad. Como esta línea de investigación no re­sultaba fructífera, la atención se desplazó a los factores ambientales; que también fueron investigados según un esquema reduccionista. Muchos investigadores contemporáneos siguen perpetuando la impresión de que la exposición a una substancia carcinógena es la única causa del cáncer. Pero si consideramos el número de personas que se hallan expuestas, por ejemplo, al amianto, y nos preguntamos cuántas de ellas desarrollarán un cáncer de pulmón, encontraremos que la proporción será algo así como una entre mil. ¿Por qué una persona contrae una enfermedad y otra no? La respuesta es que cual­quier influencia nociva del entorno afecta a todo el conjunto del or­ganismo, que incluye el estado psicológico y el condicionamiento social y cultural de la persona. Todos estos factores son significativos en el desarrollo del cáncer y han de ser tomados en consideración si se quiere entender la enfermedad.

El concepto de la enfermedad como entidad bien definida ha lle­vado a una clasificación de las enfermedades según el modelo de la taxonomía vegetal y animal. Este sistema de clasificación puede jus­tificarse en el caso de enfermedades con síntomas predominante­mente físicos, pero resulta muy problemático cuando se la extiende a las enfermedades mentales. Los diagnósticos psiquiátricos son no­torios por su falta de objetividad. Puesto que el comportamiento del paciente con su psiquiatra forma parte de la imagen clínica en la que se basa la diagnosis y, puesto que este comportamiento se halla in­fluido por la personalidad, las actitudes y los deseos del médico, el diagnóstico tiene que ser necesariamente subjetivo. Por tanto, el ideal de una clasificación exacta de la «enfermedad mental» sigue siendo en gran parte utópico. A pesar de ello, los psiquiatras han dedicado muchísimos esfuerzos a establecer sistemas objetivos de diagnosis de los trastornos emocionales y de comportamiento que les permitan incluir la enfermedad mental en la definición biomédica de la enfermedad.

En el proceso de reducir el «estar enfermo» a la enfermedad, la atención de los médicos se ha distanciado de la persona del paciente. Mientras que el estar enfermo es una condición de toda la persona, la enfermedad es una alteración de una determinada parte del cuerpo, y en vez de tratar con personas enfermas, los médicos se han con­centrado en tratar con las enfermedades de estos pacientes49, per­diendo de vista la importante diferencia entre ambos conceptos. Se­gún la visión biomédica, una persona no está enferma y, por con­siguiente, no se justifica la asistencia médica, si no presenta las al­teraciones estructurales o bioquímicas características de una enfermedad específica. Pero las experiencias clínicas han demostrado repetidas veces que uno puede estar malo sin tener ninguna enfermedad. La mitad de las personas que acuden a las consultas médicas lo hacen por quejas que no están ligadas a ningún trastorno fisiológico50.

A causa de la definición biomédica de la enfermedad como base del «estar enfermo», el tratamiento médico está dirigido exclusiva mente a las anomalías biológicas. Pero el tratamiento, por más éxito que tenga, no devuelve necesariamente la salud al paciente. Por ejemplo, la terapia médica contra el cáncer puede resolver un tumor sin que por ello el paciente se restablezca. La salud del paciente puede seguir estando afectada por sus problemas emocionales y, de no tratarlos, es posible que produzcan la reaparición del mal51. Por otra parte, se dan casos en que una persona no tiene una enfermedad demostrable y, sin embargo, se siente muy mal a causa de las limita­ciones del enfoque biomédico, los médicos rara vez pueden ayudar a estos pacientes que han sido llamados «los que, padecen de salud».

Si bien es cierto que el modelo biomédico hace una distinción entre el síntoma y la enfermedad, toda enfermedad, en un sentido más amplio, puede verse como únicamente el síntoma de un malestar oculto cuyos orígenes rara vez se investigan. Para esto habría que ver la mala salud dentro del amplio contexto de la condición humana y admitir que cualquier enfermedad o trastorno en el comporta­miento de un individuo puede entenderse solamente con relación a toda la red de interacciones en la que esta persona está implicada.
Quizá el ejemplo más sorprendente de la importancia que la me­dicina moderna da a los síntomas en vez de a las causas se halle en el tan difundido uso de los fármacos. Esto tiene sus raíces en la visión errónea de las bacterias como las principales causas de la enfermedad y no como manifestaciones sintomáticas de un trastorno fisiológico oculto. Durante muchos años, después de que Pasteur hubo pro­puesto su teoría de los gérmenes, las investigaciones médicas se cen­traron en las bacterias y olvidaron estudiar el organismo humano huésped y su entorno. A causa de este énfasis desequilibrado, que no empezó a cambiar hasta la segunda mitad de nuestro siglo con el desarrollo de la inmunología, los médicos se han dedicado generalmente a destruir las bacterias y no a buscar las raíces causales del trastorno. Han logrado suprimir y aliviar los síntomas, pero, al mismo tiempo, han causado nuevos daños al organismo.

El énfasis puesto en las bacterias ha originado la idea de que la enfermedad es consecuencia de un ataque desde fuera, y no una dis­función dentro del mismo organismo. Lewis Thomas, en su famoso libro Vida de una Célula, hizo una gráfica descripción de esta equi­vocación tan difundida:



Mirando la televisión, uno podría suponer que vivimos acorralados, en peligro constante, rodeados por todos lados de gérmenes hambrien­tos, ávidos de carne humana, y que la tecnología química es nuestra única protección contra las infecciones y la muerte, al ser quien los extermina. Se nos enseña a pulverizar desinfectantes por todas par­tes... Aplicamos fuertes antibióticos a rasguños sin importancia que después tapamos con plástico: el plástico es la protección moderna. Envolvemos en plástico los vasos de plástico de los hoteles; precin­tamos los asientos de los retretes como si fuesen secretos de estado después de irradiarlos con luces ultravioleta. Vivimos en un mundo donde los microbios están siempre tratando de atacarnos, de desga­rrarnos célula a célula, y sólo podemos seguir viviendo si nos man­tenemos permanentemente en estado de alerta52.

Desde luego, estas actitudes grotescas, más evidentes en los Es­tados Unidos que en otros países, son fomentadas por la medicina y aún más enérgicamente por la industria química. Cualesquiera que sean los motivos aducidos, es prácticamente imposible justificarlas basándonos en los datos biológicos. No cabe duda de que muchas clases de bacterias y virus relacionados con enfermedades suelen estar presentes en los tejidos de personas sanas sin causarles daño alguno. Solamente en circunstancias especiales, cuando disminuye la resis­tencia general del huésped, los microorganismos producen síntomas patológicos. Para nuestra sociedad resulta difícil aceptar que el fun­cionamiento de muchos órganos importantes requiera la presencia de bacterias. Se ha comprobado que los animales estudiados en cir­cunstancias completamente libres de gérmenes han desarrollado toda una serie de anomalías anatómicas y fisiológicas53.

De la gran población de bacterias que hay en la tierra, sólo un número insignificante es capaz de generar enfermedades en los organismos humanos, y estas enfermedades, por lo general, son destruidas a su debido tiempo por los mecanismos inmunizadores organismo. En palabras de Thomas: «La persona que coge un meningococo tiene menos que temer por su vida, aunque no se aplique la quimioterapia, que los meningococos que tienen la mala suerte de coger un hombre»54. Ahora bien, ciertas bacterias que resta relativamente inocuas para un grupo de personas que han desarrollado una resistencia a ellas pueden resultar extremadamente virulentas para otras personas que nunca han estado expuestas a ellas, epidemias catastróficas que sufrieron los polinesios, los indios americanos y los esquimales cuando por primera vez entraron en contacto con los exploradores europeos son un vivo ejemplo de caso55.

La cuestión es que el desarrollo de las enfermedades infecciosas depende tanto de la respuesta del huésped como de las características específicas de la bacteria. Esta idea se impone aún más después un estudio cuidadoso del mecanismo exacto de la infección. En muy pocas enfermedades infecciosas causan las bacterias verdaderos daños a los tejidos celulares del organismo huésped. Si bien es cierto que en algunas enfermedades los microorganismos resultan nocivos, en la mayoría de los casos el daño es resultado de una reacción excesiva del organismo, una suerte de pánico durante el cual comienza funcionar simultáneamente una gran cantidad de potentes mecanismos de defensa que están relacionados entre sí56. Las enfermedades infecciosas, pues, suelen tener origen en una falta de coordinación del organismo y no en un daño causado por las bacterias invasoras.

En vista de ello, sería extremamente útil, y también un desafío intelectual, estudiar las complejas interacciones entre mente, cuerpo y entorno que presenten resistencia a las bacterias. A pesar de que actualmente las investigaciones en este campo son raras. En este siglo, los mayores esfuerzos de la investigación se han dirigido a identificar determinados microorganismos y elaborar medicamentos que acaben con ellos. Estas investigaciones han sido muy fructíferas, proporcionando a los médicos un arsenal de fármacos de gran eficacia para el tratamiento de las infecciones bacteriológicas graves. Aun el uso adecuado de los antibióticos es justificable en situaciones de emergencia, también será necesario estudiar y aumentar la resistencia natural de los organismos humanos a las bacterias.

Los antibióticos, por supuesto, no son los únicos fármacos utilizados por la medicina moderna. Los fármacos se han convertido en la clave de todas las terapias médicas: se los utiliza para regular una gran variedad de funciones fisiológicas en virtud de los efectos que tienen en los nervios, en los músculos y en otros tejidos, y también en la sangre y otros humores del cuerpo humano. Los medicamentos pueden mejorar el funcionamiento del corazón y controlar las irre­gularidades de sus latidos; pueden aumentar o reducir la presión san­guínea, prevenir la coagulación de la sangre o controlar el desangra­miento excesivo, inducir la relajación muscular, afectar a las secre­ciones de varias glándulas y regular ciertos procesos digestivos. Di­rigidos hacia el sistema nervioso central pueden mitigar o eliminar temporalmente el dolor, aliviar la tensión y la ansiedad, inducir el sueño o espabilar a una persona. Las drogas pueden influir en una gran variedad de funciones reguladoras, desde la coordinación visual hasta la destrucción de células carcinógenas. Muchas de estas fun­ciones implican una serie de sutiles procesos bioquímicos sobre los cuales se sabe muy poco, o que incluso siguen siendo un perfecto misterio.

El amplio desarrollo de la quimioterapia* en la medicina moderna ha permitido a los médicos salvar un sinnúmero de vidas y aliviar muchísimos sufrimientos y molestias, pero, desgraciadamente, tam­bién ha tenido como resultado el uso incorrecto y el abuso de ciertos fármacos por los médicos —en sus recetas— y por las personas que se administran estos medicamentos a sí mismos. Hasta hace muy poco, los médicos creían que los efectos tóxicos secundarios de las drogas medicinales eran tan raros que, por lo general, no tenían im­portancia. Esto resultó ser una equivocación. En las últimas dos dé­cadas las reacciones negativas a los fármacos se han convertido en un problema de dimensiones alarmantes, causando cada año mucho do­lor y considerables molestias a millones de personas57. A veces, estos efectos son inevitables, y otras veces es evidente que el paciente es responsable de que ocurran; pero muchos de ellos son resultado de recetas administradas sin cuidado por médicos que se adhieren rígidamente al enfoque biomédico. Varios críticos sostienen que la medicina se puede seguir practicando con eficacia sin utilizar ninguno de los veinte fármacos más comunes58.

El papel central que los fármacos desempeñan en la asistencia sanitaria moderna se suele justificar con la observación de que los medios actuales más efectivos —entre los que figuran la digitilina, la penicilina y la morfina— tienen origen vegetal, y muchos de ellos han sido utilizados como medicinas a lo largo de la historia. Según este razonamiento, el uso médico de los fármacos no es más que la continuación de una costumbre que quizá sea tan vieja como la misma humanidad. De esto no cabe ninguna duda, pero hay una diferencia crucial entre el uso de drogas químicas y el de plantas medicinales. Las drogas preparadas en los modernos laboratorios farmacéuticos son muestras refinadas y concentradas de substancias, aparecen naturalmente en las plantas. Estos extractos refinadísimos son menos eficaces y más peligrosos que los remedios en su estado original. Experimentos recientes con plantas medicinales indican que el principio activo refinado tiene menos efectos curativos que el extracto crudo de la planta, pues ésta contiene ciertos oligoelementos y moléculas que antes se consideraban insignificantes, pero que han resultado ser de importancia vital en la limitación del principal elemento activo. Estas substancias evitan que la reacción del cuerpo vaya demasiado lejos y se produzcan efectos secundarios no deseados. Los extractos crudos de las mezclas herbarias también tienen ciertas propiedades bactericidas muy especiales: no destruyen bacterias sino que les impiden multiplicarse, evitando la aparición de mutaciones y reduciendo la probabilidad de que se desarrollen ciertos tipos de bacterias resistentes a la medicación59. Además, determinar la dosis de una planta medicinal es mucho menos problemática que fijar la de los fármacos químicos. Las mezclas de hierbas cuya efectividad ha sido probada empíricamente durante miles de años necesitan cuantificarse con precisión a causa de sus efectos moderadores inherentes; basta con administrar una dosis aproximada de acuerdo con la edad, peso y estatura del paciente. Así pues, la ciencia moderna está revalorizando unos conocimientos empíricos que los curanderos de todas las culturas y tradiciones han ido transmitiendo de generación en generación.


Un aspecto significativo de la visión mecanicista de los organismos vivientes y del enfoque mecanizado de la salud que de ellas resulta es la creencia en la necesidad imperiosa de una intervención médica, sea física por medio de la cirugía o radioterapia o química mediante fármacos. La terapia médica actual se basa en este principio de la intervención médica, que depende de fuerzas externas para curar —o al menos aliviar— el sufrimiento y las molestias, sin tener en cuenta el potencial curativo innato del paciente. Esta actitud es consecuencia directa de la filosofía cartesiana y de su concepto del cuerpo-máquina que alguien ha de reparar cuando se rompe. De acuerdo con esto, la intervención médica se lleva a cabo con el objeto de corregir deter­minado mecanismo biológico de determinada parte del cuerpo, y las diferentes partes son tratadas por distintos especialistas.

Es indudable que establecer una relación entre determinada parte del cuerpo y una enfermedad resulta útil en muchos casos. Pero la medicina científica moderna ha dado excesiva importancia a la so­lución reduccionista y ha llegado a un punto de especialización en que los médicos ya no son capaces de ver la enfermedad como un trastorno de todo el organismo ni de tratarla como tal. Lo que sí tienden a hacer es a tratar determinado órgano o tejido, y esto se suele llevar a cabo sin tener en cuenta el resto del cuerpo ni mucho menos considerar los aspectos psicológicos y sociales de la enfer­medad.

Si bien es cierto que una intervención médica fragmentaria puede lograr excelentes resultados en ciertos casos, aliviando el dolor y el sufrimiento, esto no siempre basta para justificarla. Desde una pers­pectiva más amplia, no todo lo que alivia el dolor temporalmente es forzosamente bueno. Si la intervención se realiza sin tener en cuenta otros aspectos de la enfermedad, a la larga el resultado será perju­dicial para el paciente. Por ejemplo, una persona puede contraer ar­teriosclerosis, enfermedad que consiste en una pérdida de elasticidad de las arterias, resultado de una vida poco sana —dieta rica en grasas, falta de ejercicio, fumar mucho. El tratamiento quirúrgico de las ar­terias bloqueadas puede aliviar el dolor provisionalmente pero no cura a la persona afectada, pues se limita a tratar un síntoma local en un trastorno de todo el sistema que seguirá existiendo hasta que se identifiquen y resuelvan los problemas subyacentes.

La terapia médica, sin lugar a dudas, siempre se apoyará en algún tipo de intervención. No obstante, no es necesario que tome la forma excesiva y fragmentaria que observamos con frecuencia en la asistencia sanitaria contemporánea. En cambio, podría tratarse de una terapia similar a la que sabios médicos y curanderos han utilizado durante miles de años: una sutil interferencia en el organismo que lo estimule de cierta manera para que él mismo concluya el proceso curativo. Estas terapias se basan en un profundo respeto por la «autocuración» y ven al paciente como un individuo responsable que puede emprender por sí mismo el proceso de restablecimiento. Tal actitud es contraria al enfoque biomédico, que delega toda la responsabilidad y toda la autoridad en el médico.

Según el modelo biomédico, el médico es la única persona que sabe qué es importante para la salud de sus pacientes, y sólo él puede hacer algo al respecto, pues todos los conocimientos sobre la salud son racionalistas, científicos y están basados en una observación ob­jetiva de los datos clínicos. Por tanto, los análisis de laboratorio y la medición de parámetros físicos en la sala de reconocimiento suelen considerar más importantes para la diagnosis que la evaluación del estado emocional, de la historia familiar y de la situación social del paciente.

La autoridad del médico y la responsabilidad por la salud del paciente que pesa sobre él le hacen asumir un papel paternal. Puede convertirse en un padre benévolo o en un padre despótico, pero su posición es indudablemente superior a la del paciente. Además, puesto que la mayoría de los médicos son de sexo masculino, el papel paternal del médico fomenta y perpetúa las actitudes machistas de la medicina con respecto a las médicas y a las pacientes60. Estas acti­tudes incluyen algunas de las más peligrosas manifestaciones de pre­juicios sexuales, que no son provocadas por la medicina como tal, sino que reflejan los prejuicios patriarcales del conjunto social y, especialmente, de la ciencia.

En el sistema de asistencia sanitaria actual, los médicos desempeñan un papel singular y decisivo en el equipo sanitario que comparte las tareas del cuidado del paciente61. El médico es quien manda a los pacientes al hospital y los hace volver a casa; el médico manda hacer análisis y rayos X, recomienda una intervención quirúrgica y receta los fármacos. A las enfermeras, pese a que suelen estar muy bien preparadas como terapeutas y educadoras sanitarias, se las con­sidera simples asistentes y rara vez tienen ocasión de utilizar todas sus capacidades. Debido a la parcialidad del enfoque biomédico y a los modelos patriarcales de poder en el sistema de asistencia sanitaria, el importantísimo papel que las enfermeras desempeñan en la convalecencia de los pacientes a través del contacto humano que man­tienen con ellos no es reconocido en lo que vale. De este contacto, las enfermeras suelen adquirir un conocimiento mucho más extenso de la condición física y psicológica del paciente que los médicos; pero estos datos se consideran menos importantes que las «científicas» afirmaciones de los profesionales de la medicina, que se basan en análisis de laboratorio. Hechizada por el misterio que envuelve la profesión médica, nuestra sociedad les ha concedido el derecho ex­clusivo de determinar qué constituye una enfermedad, quién está en­fermo y quién no lo está, y qué se ha de hacer con los enfermos. Muchos otros sanadores, entre los que figuran homeópatas, quiro­prácticos y herbolarios, cuyas terapias se fundamentan en modelos conceptuales diferentes pero igualmente coherentes, han sido ex­cluidos por ley de la corriente principal de la asistencia médica.
A pesar de que los médicos tienen un poder considerable para in­fluir en el sistema de asistencia sanitaria, también se hallan muy con­dicionados por él. Como sus estudios y su aprendizaje acentúan la asistencia en el hospital, los médicos se sienten más cómodos ante un caso dudoso si el paciente está internado en un hospital y, como reciben muy poca información sobre medicinas que no sean comer­ciales, tienden a estar excesivamente influidos por la industria far­macéutica. Sin embargo, es la naturaleza misma de la educación mé­dica la que determina los aspectos esenciales de la asistencia médica contemporánea. La excesiva importancia de la alta tecnología, el abuso de los medicamentos, y la práctica de una asistencia médica centralizada y muy especializada tienen su origen en las facultades de medicina y en los centros académicos médicos. Cualquier tentativa de cambiar el sistema actual de la asistencia médica tiene, por consiguiente, que comenzar por reformar la educación médica.

La enseñanza de la medicina en los Estados Unidos obtuvo su forma actual a comienzos de siglo, cuando la AMA* encargó una encuesta sobre las facultades de medicina del país, con objeto de proporcionar una firme base científica a la enseñanza de la medicina. El segundo objetivo de esta encuesta, relacionado con el anterior, en canalizar los cuantiosos fondos de varias fundaciones recién creada —la Carnegie y la Rockefeller, especialmente— hacia un número de instituciones médicas cuidadosamente seleccionadas62. Ello estableció la relación entre la medicina y las multinacionales que desde entonces ha dominado todo el sistema de asistencia médica.

El resultado de la encuesta fue el Informe Flexner, publicado en 1910, que configuró de manera decisiva la enseñanza de la medicina: en los Estados Unidos y dictó una serie de rígidas normas que perduran en la actualidad63. La facultad de medicina moderna tenía que formar parte de una universidad y albergar un equipo permanente de investigaciones y de profesores; su principal objetivo era la educación de alumnos y el estudio de las enfermedades y no el cuidado de los enfermos. Por consiguiente, un título de medicina obtenido en una facultad significaba que el alumno había dominado perfectamente la ciencia médica, y no que fuera capaz de cuidar a un paciente. La enseñanza de la ciencia y el trabajo de investigación eran dos conceptos firmemente arraigados en la estructura reduccionista biomédica: no había más remedio que disociarlos de las inquietudes sociales, que se consideraban fuera de los límites de la medicina.

El Informe Flexner reveló que sólo un 20 por ciento de todas las escuelas de medicina estadounidenses satisfacía sus requisitos «científicos». Las demás fueron declaradas «de segunda categoría» y obligadas a cerrar por medio de presiones legales y económicas. Si bien era cierto que muchas de estas escuelas fueron relegadas por ser por lo general inadecuadas, también lo fueron las que admitían a un tipo de alumnos a quienes se les cerraban las puertas de acceso a la carrera de medicina: mujeres, personas de color y alumnos de escasos recursos económicos. La clase dirigente se oponía en particular y con vehemencia a la admisión de mujeres en las escuelas de medicina y erigió gran número de obstáculos para impedirles estudiar y practicar su profesión.

En virtud del impacto causado por el Informe Flexner, la medicina científica se orientó cada vez más a la biología, la especialización y los hospitales64. Los especialistas comenzaron a sustituir a los inter­nistas en el papel de profesores y se convirtieron en modelos a imitar por los aspirantes a médicos. A finales de los años cuarenta, los es­tudiantes de medicina de los centros académicos ya no tenían ningún contacto con médicos que practicaran la medicina general, y como su formación se realizaba, cada vez más, dentro de los hospitales, perdieron todo contacto con la mayoría de las enfermedades que la gente padece en su vida cotidiana. Esta situación perdura en la ac­tualidad. En la práctica médica cotidiana, dos tercios de las enfer­medades de los pacientes son dolencias secundarias y de breve du­ración, que generalmente se curan solas, y menos del 5 por ciento son enfermedades graves en las que peligra la vida del paciente; por el contrario, en un hospital universitario, la proporción es exacta­mente al revés65. Por consiguiente, los alumnos de medicina adquie­ren una visión tergiversada de la realidad. La mayoría de sus expe­riencias abarcan sólo una ínfima parte de los problemas de salud más comunes y estos problemas no se estudian en una comunidad, donde se los podría evaluar dentro de un contexto más amplio, sino en un hospital, donde los estudiantes se concentran exclusivamente en los aspectos biológicos de la enfermedad. A consecuencia de ello, los médicos internos y residentes suelen sentir cierto desprecio por el paciente de ambulatorio —la persona que vive y trabaja normalmente pero se queja de problemas que en general son tan emocionales como físicos— y ven el hospital como el lugar ideal para practicar medicina especializada y orientada a la tecnología.

Hace veinte años, más de la mitad de los médicos eran internistas; hoy, más del 75 por ciento son especialistas, que limitan su atención a una determinada edad, enfermedad o parte de cuerpo. Según David Rogers, un resultado de esta situación es «la aparente incapacidad de la medicina norteamericana para resolver las simples y cotidianas ne­cesidades médicas de nuestra población»66. Por otra parte, el «ex­cedente» de cirujanos en los Estados Unidos es, según varios críticos, el motivo de la excesiva cantidad de procedimientos quirúrgicos67. Estas son algunas de las razones por las que mucha gente ve la ne­cesidad de una asistencia médica primaria —la gran variedad de cui­dados generales proporcionados tradicionalmente por los médicos que practican en una comunidad— como el problema principal con el que se enfrenta la medicina en el país.

El problema de la asistencia primaria no sólo es el reducido número de internistas sino también la manera que estos tienen de abor­dar el cuidado del paciente, que suele estar limitada por la formación extremadamente parcial que recibieron en la facultad de medicina. Además de conocimientos científicos, la tarea del internista exige sabiduría, compasión, paciencia, capacidad de reconfortar y tranquilizar al paciente, sensibilidad con sus problemas emocionales y habilidad terapéutica para tratar con los aspectos psicológicos de enfermedad. Los programas de estudio de la medicina actual no suelen hacer hincapié en estas técnicas y actitudes y presentan la identificación y el tratamiento de una determinada enfermedad como esencia de la atención médica.

Por otra parte, las facultades de medicina fomentan enérgicamente un sistema de valores desequilibrado y machista y suprimen todas las cualidades «maternales», intuitivas y sensibles, sustituyéndola por un enfoque racionalista, agresivo y competitivo. Como dijo un estudiante de medicina de la Universidad de California en San Fran­cisco Scott May, el día que recibió su título: “La facultad de medicina es como una familia en la que la madre se ha ido y ha dejado a los niños con su padre despótico”68. A causa de este desequilibrio, los médicos no creen en la necesidad de discutir enfáticamente los problemas personales del paciente, y, a su vez, los pacientes tienden a creer que los médicos son personas frías y distantes y se quejan de que no entienden sus preocupaciones.

Junto con la enseñanza, la investigación es el otro objetivo de nuestros centros académicos. De igual manera que en la enseñanza de la medicina, la orientación biológica se halla favorecida en todo cuanto se refiere a apoyar y financiar proyectos de investigación. A pesar de que una investigación epidemiológica, sociológica y ecológica podría resultar mucho más útil y eficaz que el enfoque estrictamente biomédico para mejorar la salud humana69 esta suerte de proyectos no recibe ningún tipo de apoyo, moral ni económico. La razón de esta oposición no es sólo el gran atractivo conceptual que el enfoque biomédico ejerce en la mayoría de los investigadores, sino el hecho de que lo fomentan los varios grupos de interés de la in­dustria sanitaria70.
Pese a no estar satisfechas con la medicina y con los médicos, la mayoría de las personas no se han dado cuenta de que uno de los principales motivos de la situación actual radica en la parcialidad de la base conceptual de la medicina. Por el contrario, gran parte del público acepta el modelo biomédico, cuyos principios básicos se ha­llan tan firmemente arraigados en nuestra cultura que lo han con­vertido en el modelo más difundido y popular de la enfermedad. La mayoría de los pacientes no entienden sus intrincados detalles, pero se les ha condicionado para creer que el médico es el único que sabe la causa de sus enfermedades y que la intervención tecnológica es lo único que los puede curar.

A causa de la actitud del público, los médicos progresistas tienen grandes dificultades para cambiar los modelos actuales de la asisten­cia sanitaria. Conozco a varios médicos que tratan de explicar sus síntomas a sus pacientes, relacionando la enfermedad con su modo de vida, y que encuentran una y otra vez que al paciente no le con­vence esta manera de abordar el problema: quiere otra cosa, y ge­neralmente no queda satisfecho hasta que no sale del consultorio con una receta en la mano. Muchos médicos se esfuerzan enormemente por cambiar la actitud de la gente ante la salud, tratando de que el paciente no insista en que se le recete un antibiótico para curar un resfriado, pero el poder del sistema de creencias del paciente suele invalidar estos esfuerzos. Como me decía un internista: «Un madre te trae a un niño con fiebre y te dice: póngale una inyección de pe­nicilina ¿qué le contestas? —Señora, usted no lo entiende, la peni­cilina no sirve de nada en estos casos. Y entonces te dice: ¿Qué clase de médico es usted? ¡Si no quiere hacerlo, me iré a otro sitio!».

El modelo biomédico moderno es mucho más que un modelo. Entre los profesionales de la medicina ha adquirido la categoría de dogma, y para el gran público va inextricablemente ligado al sistema de creencias culturales comunes. Para ir más allá de este modelo, tendríamos que provocar nada menos que una revolución cultural profunda. Esta revolución es necesaria si queremos mejorar —o incluso mantener— nuestra salud. Los defectos de nuestro sistema de asistencia sanitaria —en términos de costes, efectividad y satisfacción de las necesidades humanas— se vuelven cada vez más evidentes y no cabe ninguna duda de que su naturaleza restrictiva deriva del modelo conceptual en el que se basa. El enfoque biomédico de la salud seguirá siendo extremamente útil, de igual manera que el esquema newtoniano sigue siéndolo en muchos campos de la ciencia clásica, siempre; y cuando se reconozcan su limitaciones. Los científicos de la medicina tendrán que comprender que un análisis reduccionista de la máquina del cuerpo no puede proporcionarles un entendimiento completo del problema humano. La investigación biomédica tendrá que integrarse en un sistema de asistencia sanitaria mucho más extenso que conciba las manifestaciones de los males de la humanidad como resultados de una interacción entre mente, cuerpo y entorno y los trate de acuerdo con ello.

Para adoptar un concepto tan holístico y ecológico de la salud, tanto en la práctica como en la teoría, es necesario cambiar radicalmente los conceptos actuales de la medicina y también reeducar al público. Muchas personas se adhieren testarudamente al modelo bio­médico porque tienen miedo de que sus modos de vida sean exa­minados y deban enfrentarse con su comportamiento poco sano. En vez de confrontar una situación que a menudo resulta embarazosa y dolorosa, insisten en delegar toda la responsabilidad de su salud en los médicos y los fármacos. Además, como miembros de una socie­dad, tenemos tendencia a utilizar los diagnósticos médicos para en­cubrir los problemas sociales. Es preferible hablar de la «hiperacti­vidad» o de los «impedimentos en el aprendizaje» de nuestros hijos en vez de examinar los fallos de nuestras escuelas; preferimos que se nos diga que sufrimos de «hipertensión» a cambiar nuestro mundo de los negocios, tan competitivo; aceptamos los elevados índices de muertes por cáncer en vez de investigar cómo envenena la industria química nuestras comidas para incrementar sus ganancias. Estos problemas sanitarios van más allá de los intereses de la profesión médica, pero se convierten inevitablemente en el centro de atención apenas intentamos seriamente ir más allá de la asistencia médica actual. Su­perar el modelo biológico será posible sólo cuando estemos dis­puestos a cambiar también otras cosas: el cambio estará vinculado, a la larga, a toda la transformación de la cultura y la sociedad.



Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   15


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos