Donde Cruzan los Brujos



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DONDE CRUZAN LOS BRUJOS

Taisha Abelar


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INDICE

Introducción de Carlos Castaneda 2

Prefacio 3

1 4


2 8

3 13

4 17

5 22

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14 63

15 68

16 72

17 76

18 81

19 86

20 89

21 94

Con afecto para todos los viajeros que se adentran a lo desconocido




Introducción de Carlos Castaneda

Taisha Abelar es una de las tres mujeres que recibieron enseñan­zas y fueron entrenadas en una forma muy deliberada por unos brujos en México, bajo la dirección de don Juan Matus.

He escrito de manera extensa acerca de mi propia prepa­ración con él, pero nunca sobre el grupo específico al que pertenece Taisha Abelar. Existía el acuerdo tácito entre todos los que nos encontrábamos bajo la tutela de don Juan que yo no escribiría nada acerca de ellos.

He observado dicho acuerdo por más de veinte años. Es más, aunque todos nosotros hemos trabajado y vivido en estrecha proximidad, nunca hemos discutido nuestras experiencias per­sonales. De hecho, nunca hubo siquiera la oportunidad de inter­cambiar puntos de vista acerca de lo que don Juan o los brujos de su grupo nos hicieron a cada uno de nosotros.

Dicha condición no estaba ligada a la presencia de don Juan. Después de que él y su grupo partieron de este mundo, segui­mos adhiriéndonos a ella, puesto que no deseábamos gastar nuestra energía en revisar los acuerdos establecidos con ante­rioridad. Todo el tiempo y la energía a nuestra disposición han sido empleados en ratificar por nuestra propia cuenta todo lo que don Juan nos enseñó en forma tan empeñosa.

Don Juan nos enseñó que la brujería es un esfuerzo prag­mático por medio del cual cualquiera es capaz de percibir energía de manera directa. A fin de percibirla de esta manera, sostenía que debíamos liberarnos de nuestra forma normal de percibir. Liberarnos así y percibir energía de manera directa fue una tarea que requirió todos nuestros esfuerzos.

Un concepto de la brujería es que los parámetros de nuestra percepción normal nos han sido impuestos como parte del pro­ceso de adaptación social, no en forma por completo arbitraria pero con todo prescritos de manera forzosa. Uno de los aspectos de dichos parámetros obligatorios es el sistema de interpre­tación que convierte los datos sensoriales en unidades signifi­cativas, las cuales convierten al orden social en una estructura de interpretación.

Nuestro funcionamiento ordinario dentro del orden social requiere una adhesión ciega y fiel a todos sus preceptos, nin­guno de los cuales da cabida a la posibilidad de percibir energía de manera directa. Don Juan afirmaba, por ejemplo, que es posi­ble percibir a los seres humanos como campos energéticos en forma de enormes, blanquecinos huevos luminosos.

A fin de lograr la hazaña de aumentar nuestra capacidad de percepción requerimos energía interna. Por lo tanto, el proble­ma de proveerse de energía interna necesaria para cumplir con tal tarea se torna la principal preocupación de los estudiosos de la brujería.

Ciertas circunstancias pertinentes a nuestra condición del momento han permitido a Taisha Abelar escribir acerca de su preparación, que fue igual a la mía y no obstante del todo dis­tinta. Tardó mucho tiempo en esta tarea, porque primero debió adquirir los medios brindados por la brujería para escribir. El propio don Juan Matus me encargó la tarea de escribir acerca de su conocimiento. Y fue él quien estableció el ánimo apro­piado para esa tarea al advertir: "No escribas como escritor sino como brujo." Se refería a que lo hiciera en un estado de conciencia acrecentada que los brujos llaman ensueño. Taisha Abelar tardó muchos años en perfeccionar su ensueño al grado de convertirlo en el medio que los brujos usan para escribir.

En el mundo de don Juan los brujos, de acuerdo con su temperamento básico, se dividen en dos bandos complementarios: los ensoñadores y los acechadores. Los ensoñadores son los brujos que poseen una facilidad intrínseca para penetrar en estados de conciencia acrecentada mediante el control de sus sueños normales. El entrenamiento desarrolla dicha facilidad hasta convertirla en un arte: el arte de ensoñar. Los acechadores, por su parte, son los brujos que poseen la facilidad nata de tratar con hechos; son capaces de entrar en estados de conciencia acrecentada mediante el manejo y control de su propio comportamiento. El entrenamiento como brujo transforma esta capacidad natural en el arte del acecho.

Si bien todos los miembros del grupo de brujos encabezado por don Juan tenían un conocimiento global de ambas artes, eran asignados a un bando o al otro. Taisha Abelar fue adscrita a los acechadores e instruida por ellos. Su libro porta el sello de su estupenda preparación como acechadora.




Prefacio
He dedicado mi vida a la práctica de una rigurosa disciplina que llamamos "brujería", por falta de un nombre más apro­piado. También soy antropóloga, campo de estudios en el que ostento el doctorado. He puesto mis dos áreas de conocimiento en este orden particular porque primero me involucré con la brujería. Normalmente uno llega a ser antropólogo y luego realiza trabajos de campo sobre algún aspecto cultural, las prácticas de brujería, por ejemplo. En mi caso sucedió al revés: como estudiosa de la brujería fui a estudiar antropología.

A fines de los sesenta vivía en Tucson, Arizona, donde conocí a una mexicana llamada Clara Grau que me invitó a su casa en el estado mexicano de Sonora. Ahí hizo lo posible por introducirme en su mundo, porque Clara Grau era bruja y formaba parte de un grupo de dieciséis brujos. Algunos eran yaquis; otros, mexicanos de diversos orígenes y antecedentes, edades y sexos. La mayoría eran mujeres. Con firmeza, todos ellos perseguían el mismo objetivo: romper las disposiciones y los prejuicios perceptivos que nos aprisionan dentro de los límites del mundo cotidiano normal, impidiéndonos el paso a otros mundos perceptibles.

Para los brujos, romper con dichas disposiciones perceptivas significa atravesar una barrera y saltar hacia lo inimaginable. Llaman a este salto "donde cruzan los brujos". A veces se refieren a ello como "el vuelo abstracto", porque entraña volar del lado de lo concreto y físico al lado de la percepción acrecen­tada y las formas abstractas e impersonales.

Dichos brujos tenían interés en ayudarme a lograr el vuelo abstracto, a fin de que pudiera unirme a ellos en sus afanes fundamentales; y por ello, la instrucción académica se volvió parte esencial de mi preparación para llegar a donde cruzan los brujos. El líder del grupo de brujos del que yo formo parte ‑el nagual, según se le llama‑ es una persona con un gran interés en la erudición académica formal. Por consiguiente, todas las personas a su cargo deben desarrollar y ejercitar el pensamiento abstracto y lúcido que sólo se adquiere en una universidad moderna.

Como mujer, la obligación de satisfacer este requisito fue aún mayor. Desde la temprana infancia se suele condicionar a las mujeres en general para depender de los varones de nuestra sociedad en la formación de conceptos y la iniciación de cam­bios. Los brujos que me instruyeron sostenían opiniones muy firmes a este respecto. Según ellos, es indispensable que las mujeres desarrollen su intelecto e incrementen su capacidad para el análisis y la abstracción, a fin de comprender mejor el mundo que las rodea.

Además, la preparación del intelecto constituye una autén­tica estratagema de brujo. Al mantener la mente ocupada en forma deliberada con el análisis y el raciocinio, los brujos se encuentran libres para explorar sin trabas otras áreas de la per­cepción. Dicho de otra manera, mientras nuestro lado racional se entretiene con el formalismo de los estudios académicos, el lado no racional, llamado "el doble" o "el cuerpo energético" por los brujos, se mantiene ocupado con las tareas de la brujería. En tal forma, resulta menos probable que la mente suspicaz y analítica interfiera o incluso se dé cuenta de lo que sucede en el nivel no racional.

La contraparte de mi preparación académica fue el incre­mento de mi conciencia y percepción: juntos, estos dos esfuer­zos nos llevan al total desarrollo de nuestro ser. Transformados en una sola unidad, me sacaron de la actitud de dar por sentada la vida para la que fui criada y para la cual fui educada como mujer; y me condujeron a una nueva área de posibilidades perceptivas muchísimo más amplias de las que me tenía reser­vadas el mundo normal.

No pretendo afirmar que mi compromiso con el mundo de la brujería haya bastado, por sí solo, para asegurar mi éxito en este sentido. La atracción del mundo diario es tan fuerte y constante que todos los brujos, pese a la más asidua disciplina, una y otra vez se hallan sumidos en lo más vil del terror, la estupidez y la preocupación por sí mismos, como si su disci­plina no sirviese para nada. Mis maestros me advirtieron que yo no era la excepción y que sólo una lucha implacable librada de minuto a minuto consigue contrarrestar la estupidizante, pero natural insistencia a resistir cualquier cambio.

Tras examinar cuidadosamente mis objetivos finales he lle­gado ‑junto con mis compañeros‑ a la conclusión de que he de describir mi preparación, a fin de recalcar para quienes van en pos de lo desconocido la importancia de desarrollar la capaci­dad de percibir más de lo que nos es posible con la percepción normal. Tal aumento de la percepción debe constituir una nue­va forma, mesurada y pragmática, de percibir. De ningún modo puede constituir, simplemente, la continuación de la percep­ción del mundo cotidiano.

Los sucesos narrados por mí en este texto tratan sobre las etapas iniciales del entrenamiento de un brujo acechador. Esta fase entraña depurar las maneras habituales de pensar, actuar y sentir por medio de una empresa tradicional de la brujería llamada la "recapitulación", que todos los neófitos deben llevar a cabo. Como complemento de la recapitulación se me enseñó una serie de prácticas llamadas "pases brujos", combinación de movimiento y respiración. A fin de dar a dichas prácticas la coherencia adecuada, mi instrucción incluyó las explicaciones de las premisas filosóficas correspondientes.

El objetivo de todo lo que aprendí fue redistribuir y aumentar mi energía normal con el fin de realizar con ella la percepción fuera de lo ordinario que es parte del entrenamiento en la brujería. Este entrenamiento se basa en la idea de que, una vez roto, por medio de la recapitulación, el patrón compulsivo de los hábitos, pensamientos, expectativas y sentimientos, uno se encuentra, de manera indisputable, en situación de acumular energía suficiente para vivir de acuerdo con las premisas brindadas por la tradición de la brujería, así como para probar dichas premisas mediante la percepción directa de una realidad diferente.
1
Caminé hasta un lugar solitario, alejado de la carretera y el paso de la gente, para dibujar las sombras que las primeras horas de la mañana proyectaban sobre los extraordinarios cerros de lava que bordean el Gran Desierto en el sur de Arizona. Las rocas dentadas de color café oscuro centelleaban al estallar sobre sus picos los rayos del sol. El suelo a mi alrededor estaba salpicado de enormes trozos de piedra porosa, vestigios de la lava derra­mada por una gigantesca erupción volcánica. Poniéndome cómoda sobre una gran peña, me olvidé de todo dejándome ab­sorber por el trabajo, como a menudo me ocurría en ese lugar austero y hermoso. Había terminado de esbozar los promonto­rios y las depresiones de los cerros distantes cuando reparé en una mujer que me estaba observando. Me irritó sobremanera que alguien se atreviese a invadir mi soledad y me esforcé al máximo por hacer caso omiso de ella. Sin embargo, cuando se acercó para observar mi trabajo me volví enfadada para en­cararla.

Los altos pómulos y el cabello negro que le llegaba a los hombros le daban un aspecto eurasiático. Su cutis era terso y cremoso, lo cual dificultaba calcular su edad; podía tener cual­quier cosa entre treinta y cincuenta años. Medía tal vez unos cinco centímetros más que yo, es decir, aproximadamente un metro con setenta y cinco centímetros, pero debido a su com­plexión robusta daba la impresión de ser mucho más alta. Sus pantalones de seda negros y la chaqueta estilo oriental que llevaba parecían cubrir un cuerpo en excelentes condiciones físicas.

Me fijé en sus ojos, que eran verdes y resplandecientes. Bajo su destello amistoso se esfumó mi enojo y de improviso me hallé haciéndole una pregunta tonta:

-¿Usted vive por aquí?

-No ‑replicó, avanzando hacia mí‑. Voy camino al puesto fronterizo de Sonoyta. Me detuve a estirar las piernas y llegué hasta este sitio desolado. El encontrar a una persona aquí, tan lejos de todo, me sorprendió tanto que no pude más que entro­meterme de esta manera. Permita que me presente. Me llamo Clara Grau.

Alargó la mano. Se la estreché y sin la menor vacilación empecé a contarle que al nacer yo había recibido el nombre de Taisha, pero que posteriormente no les pareció a mis padres lo bastante típico de los Estados Unidos. Comenzaron a decirme Martha, por mi madre. Por mi parte, ya que detestaba este nombre, decidí adoptar el de Mary.

‑¡Qué interesante! ‑dijo la mujer, pensativa‑. Tiene tres nom­bres muy diferentes. La llamaré Taisha, puesto que es su nombre original.

Me dio gusto que hubiera seleccionado ese nombre. Era el que yo misma había terminado por elegir. Aunque al principio estuve de acuerdo con mis padres en que sonaba demasiado extranjero, sentí tal aversión por el nombre de Martha que acabé por hacer de Taisha mi nombre secreto.

Con tono severo, que de inmediato ocultó tras una sonrisa benigna, la mujer me bombardeó con una serie de afirmaciones disfrazadas de preguntas.

‑Usted no es de Arizona ‑empezó.

Respondí con la verdad, lo cual resultaba insólito en vista de mi costumbre de tratar con cautela a las personas, sobre todo a los desconocidos.

-Vine a Arizona hace un año para trabajar.

-No ha de tener más de veinte años.

‑Cumpliré veintiuno en un par de meses.

-Tiene un ligero acento. No parece ser de los Estados Unidos, pero no consigo identificar su nacionalidad exacta.

‑Soy estadounidense, pero de niña viví en Alemania -in­diqué‑. Mi padre es de aquí y mi madre de Hungría. Dejé mi casa al ir a la universidad y no he vuelto. Es extraño, pero no quiero tener nada que ver con mi familia.

-Me imagino que no se llevaba bien con ellos.

-No. Me sentía muy infeliz. No veía la hora de irme de casa.

Sonrió y asintió con la cabeza, como si también conociera ese deseo de escapar.

-¿Es casada? -preguntó.

-No. No tengo a nadie en el mundo.

Pronuncié la frase con el dejo de autocompasión que siempre me invadía al hablar sobre mí misma.

No hizo ningún comentario al respecto. Sólo siguió hablan­do con calma y precisión, como para darme confianza y al mismo tiempo comunicar toda la información posible acerca de sí misma con cada una de sus frases.

Mientras hablaba guardé los lápices para dibujar en su estu­che, aunque sin apartar los ojos de su rostro. No quería darle la impresión de no estarle haciendo caso.

-Fui hija única y mis padres han muerto ‑señaló‑. La familia de mi padre es mexicana, de Oaxaca. La de mi madre es es­tadounidense de ascendencia alemana. Son del este del país, pero ahora viven en Phoenix. Acabo de asistir a la boda de uno de mis primos.

‑¿Usted también vive en Phoenix? -pregunté.

‑Pasé la mitad de mi vida en Arizona y la otra en México -re­plicó‑. Desde hace algunos años tengo mi casa en el estado mexicano de Sonora.

Me puse a cerrar mi portafolio. Conocer y hablar con esa mujer me había impresionado a tal grado que definitivamente no podría trabajar más ese día.

-También he viajado al Lejano Oriente -afirmó, con lo que reconquistó mi atención‑. Ahí aprendí el arte de la acupuntura, además de las marciales y curativas. Incluso estuve varios años en un templo budista.

-¿De veras?

Eché una mirada a sus ojos. Su expresión era propia de una persona que meditaba mucho. Eran ardientes y al mismo tiempo serenos.

-Tengo mucho interés en el Lejano Oriente -señalé-, sobre todo en Japón. También estudié budismo y artes marciales.

-¿De veras? ‑respondió, en el mismo tono que yo‑. Ojalá pudiera revelarle mi nombre budista, pero los nombres secretos no deben darse a conocer salvo en las circunstancias apropiadas.

-Yo le revelé mi nombre secreto ‑dije, apretando las correas de mi portafolio.

‑Sí, Taisha, lo hizo y eso significa mucho para mí ‑replicó con excesiva seriedad‑. Como sea, por lo pronto sólo caben las in­troducciones.

-¿Trae coche? -pregunté, escudriñando los alrededores.

-Estaba a punto de hacerle la misma pregunta ‑contestó.

-Dejé mi coche como a medio kilómetro de aquí al lado de un camino de terracería. ¿Y el suyo?

-¿Tiene un Chevrolet blanco? -preguntó alegremente.

‑Sí.


-Entonces mi carro está estacionado junto al suyo.

Soltó una risita entrecortada, como si hubiera dicho algo gra­cioso. Me sorprendió la irritación que me causó su risa.

-Tengo que irme -indiqué‑. Me dio mucho gusto conocerla. ¡Adiós!

Eché a caminar hacia mi coche, pensando que ella se quedaría a admirar el paisaje.

-No nos despidamos todavía -protestó‑. La acompaño.

Nos fuimos caminando. Junto a mis cuarenta y nueve kilos, aquella mujer parecía una enorme roca. Su región abdominal era redonda y llena de fuerza. Causaba la sensación de haber podido fácilmente ser obesa, pero no lo era.

‑¿Puedo hacerle una pregunta personal, señora Grau? -dije, sólo para interrumpir el incómodo silencio.

Se detuvo para volverse hacia mí.

-No soy la señora de nadie ‑replicó bruscamente‑. Soy Clara Grau. Y no me trates tan formalmente. Dime Clara y sí, pregún­tame lo que quieras.

‑El matrimonio no parece agradarte mucho ‑comenté ante el tono de su respuesta.

Por un instante me dirigió una mirada temible, pero la suavizó en el acto.

-Definitivamente no me agrada la esclavitud -explicó-; pero no sólo en lo que atañe a las mujeres. ¿Qué era lo que querías preguntarme?

Su reacción había sido tan inesperada que me hizo olvidar lo que iba a preguntar, y la observé con tal insistencia que me dio vergüenza.

‑¿Por qué caminaste tan lejos, hasta este sitio en particular? ‑me apuré a preguntar.

-Vine aquí porque este es un lugar de mucha energía.

Señaló las formaciones distantes de lava.

-Esos cerros fueron arrojados desde el corazón de la Tierra, como sangre. Siempre que estoy en Arizona me doy una vuelta para venir aquí. Este sitio rezuma una energía terrestre muy especial. Ahora permíteme que te haga la misma pregunta. ¿Por qué elegiste este lugar?

-Vengo aquí a menudo. Es mi lugar preferido para dibujar.

No lo había dicho como chiste, pero ella rompió a reír.

‑¡Ese detalle lo decide todo! -exclamó; luego continuó en tono más sosegado‑. Voy a proponerte algo que quizá te pa­rezca disparatado o incluso arriesgado, pero escúchame. Me gustaría que me acompañaras a mi casa a pasar unos días conmigo como mi invitada.

Alcé la mano para dar las gracias y rechazar su invitación, pero me instó a pensarlo. Aseveró que nuestro interés común por el Lejano Oriente y las artes marciales merecía un serio intercambio de ideas.

‑¿Dónde vives? -pregunté.

‑Cerca de la ciudad de Navojoa.

-Pero eso está a más de seiscientos kilómetros de aquí.

‑Sí, queda bastante lejos. Pero es tan hermoso y tranquilo que seguramente te gustaría.

Guardó silencio por un momento, como si esperase una respuesta.

-Además, tengo la impresión de que no estás ocupada con nada definido por el momento ‑prosiguió‑, y que te es difícil encontrar qué hacer. Bueno, tal vez venir a mi casa sea justo lo que te ayude.

Tenía razón con respecto al hecho de que yo no tenía la menor idea de qué hacer con mi vida. Acababa de dejar un empleo de secretaria a fin de ponerme al día con mis trabajos artísticos. Por otra parte, definitivamente no sentía ningún deseo de ir como invitada a la casa de nadie.

Miré a mi alrededor, escudriñando el terreno en busca de al­gún indicio que me revelara qué hacer. Nunca había podido explicar de dónde saqué la idea de que era posible recibir ayuda o pistas del medio ambiente, pero normalmente solía obtener­la en esta forma. Aplicaba una técnica que parecía haber apare­cido de la nada; por medio de ella, había conseguido muchas veces hallar opciones antes ignoradas por mí. Por lo común dejaba vagar mis pensamientos mientras fijaba los ojos en el horizonte meridional, aunque no tenía la menor idea de por qué elegía siempre el Sur. Tras unos minutos de silencio, por lo general me llegaba una revelación que me ayudaba a decidir qué hacer o cómo proceder en una determinada situación.

Fijé la mirada en el horizonte del Sur al caminar. De súbito vi el tenor de mi vida tendido delante de mí, igual que el desierto árido. Puedo afirmar sinceramente que, a pesar de saber que el desierto de Sonora abarcaba todo el sur de Arizona, un poco de California y la mitad del estado mexicano de Sonora, nunca antes había reparado en lo solitario y desolado que era ese páramo.

Tardé un momento en asimilar el impacto de haber des­cubierto que mi vida eran tan vacía y estéril como ese desierto. Había roto relaciones con mi familia y no tenía una familia propia. Ni siquiera había expectativas para mi futuro. No tenía trabajo. Por un tiempo viví de la pequeña herencia recibida de la tía cuyo nombre portaba, pero este ingreso se había agota­do. Me encontraba completamente sola en el mundo. La vastedad que se extendía a mi alrededor, severa e indiferente, despertó en mi interior un avasallador sentimiento de autocompasión. Sentí necesidad de un alma amiga, de alguien que rompiera con la soledad de mi vida.

Sabía que sería absurdo aceptar la invitación de Clara y lanzarme de cabeza a una situación desconocida que sería in­capaz de controlar, pero algo en la franqueza de su manera de ser y en su vitalidad física despertaron en mí una inmensa curiosidad y un gran respeto hacia ella. Me di cuenta de que admiraba e incluso envidiaba su belleza y fuerza. Me pareció una mujer sumamente llamativa y fuerte, independiente, confiada e indiferente, pero no dura ni carente de humor. Poseía justo las cualidades que siempre había anhelado para mí misma. Y más que ninguna otra cosa, su presencia parecía disipar mi aridez. Hacía vibrar el espacio a su alrededor, lo colmaba de energía y de posibilidades sin límite.

Con todo, yo tenía la costumbre inflexible de no aceptar invitaciones a la casa de nadie, mucho menos de alguien a quien acababa de conocer en la soledad del desierto. Tenía un pe­queño departamento en Tucson y aceptar invitaciones, en mi opinión, me obligaba a corresponder, a lo cual no estaba dis­puesta. Por un momento me quedé inmóvil, sin saber qué camino tomar.

-Por favor di que sí -me instó Clara‑. Significaría mucho para mí.

-Bien, supongo que sí podría ir a tu casa ‑repliqué sin con­vicción alguna, queriendo decir lo opuesto.

Me miró, regocijada. Disfracé el pánico que me nació de inmediato con un despliegue de buen humor que estaba lejos de sentir.

-Me servirá cambiar de ambiente ‑afirmé‑. ¡Será como una aventura!

Inclinó la cabeza en señal de aprobación.

-No te arrepentirás ‑declaró, con una confianza que ayudó a disipar mis dudas‑. Podremos practicar artes marciales juntas.

Efectuó unos cuantos movimientos rápidos con la mano, con gracia y fuerza al mismo tiempo. Me pareció incongruente que esa mujer robusta pudiese ser tan ágil.

-¿Qué estilo específico de artes marciales estudiaste? -pre­gunté al notar que con facilidad adoptaba la posición del com­bate con lanza larga.

-En el Oriente estudié todos los estilos y ninguno en particu­lar ‑replicó, insinuando apenas una sonrisa‑. Con mucho gusto te los mostraré cuando estemos en mi casa.

Recorrimos el resto del camino en silencio. Al llegar al sitio donde estaban estacionados los coches, guardé mis cosas en la cajuela y esperé a que Clara dijera algo.

-Bien, vámonos ‑dijo‑. Yo iré adelante. ¿Manejas rápido o lento, Taisha?

‑Como una tortuga.

-Yo también. La vida en China me curó de las prisas.

‑¿Puedo hacerte una pregunta sobre China, Clara?

-Por supuesto. Ya te dije que puedes preguntar lo que quieras sin necesidad de pedir permiso.

-Debes haber viajado a China antes de la Segunda Guerra Mundial, ¿verdad?

‑Oh, sí. Estuve ahí hace una eternidad. Me imagino que tú no habrás viajado nunca a la China continental.

-No. Sólo estuve en Taiwan y en Japón.

-Las cosas eran distintas antes de la guerra, por supuesto ‑dijo Clara, pensativa‑. El lazo con el pasado aún estaba intacto. Ahora todo se ha roto.

No sé por qué me dio miedo preguntarle a qué se refería. En cambio, pregunté cuánto tardaríamos en llegar a su casa. Clara se mostró inquietantemente vaga al respecto; sólo me advirtió que me preparase para un viaje arduo. Enseguida su tono se suavizó, y agregó que mi valor la complacía sobremanera.

-Acompañar con esta facilidad a una desconocida es una im­prudencia total -indicó‑ o bien, una muestra de gran audacia.

-Por lo común soy muy cautelosa -expliqué-, pero ahora ni me reconozco.

Era la verdad, y entre más pensaba en mi inexplicable com­portamiento, más se intensificaba mi desazón.

‑Cuéntame un poco más acerca de ti -pidió amablemente. Como para tranquilizarme, se acercó hasta la portezuela de mi coche.

De nueva cuenta comencé a revelar información verídica sobre mí.

-Mi madre es húngara, pero proviene de una vieja familia austríaca -indiqué‑. Conoció a mi padre en Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los dos trabajaban en un hospital de campaña. Después de la guerra se mudaron a los Estados Unidos y luego fueron a Sudáfrica.

‑¿Por qué a Sudáfrica?

-Mi madre quería ver a unos parientes que vivían ahí.

‑¿Tienes hermanos o hermanas?

-Tengo dos hermanos que se llevan un año. El mayor tiene veintiséis ahora.

Tenía los ojos fijos en mí. Con una facilidad sin precedentes me desahogué de sentimientos dolorosos que había reprimido siempre. Le conté que mi infancia fue muy solitaria. Mis her­manos no me hicieron caso nunca, porque era niña. De chica solían atarme con una cuerda y engancharme a un poste, como un perro, mientras ellos corrían y jugaban fútbol en todo el patio. A mí sólo me quedaba jalar de la cuerda y ver cómo se divertían. Después, cuando ya era más grande, me ponía a co­rrer tras ellos. No obstante, para entonces ambos tenían bicicle­ta y siempre me quedaba atrás. Cuando me quejaba con mi madre, su respuesta habitual era que así son los niños y que yo debía jugar con muñecas y ayudar en la casa.

-Tu madre te educó a la tradicional manera europea ‑señaló Clara.

-Ya lo sé, pero eso no me sirve de consuelo.

Una vez empezando, no parecía haber manera de dejar de ha­blar acerca de mi vida. Le conté que yo tenía que quedarme en casa, mientras mis hermanos se iban de viaje y después a la escuela. Deseaba vivir las mismas aventuras que ellos, pero según mi madre las niñas debíamos aprender a tender camas y a plan­char la ropa. "Es aventura suficiente cuidar a una familia -solía decir‑. Las mujeres nacemos para obedecer." Estaba al borde de las lágrimas cuando le conté a Clara que, desde que tenía uso de razón, debía servir a tres amos: mi padre y mis dos hermanos.

‑Suena bastante pesado ‑comentó.

-Era horrible. Me fui de casa para alejarme lo más posible de ellos -expliqué‑. Y también para vivir aventuras. Sin embargo, hasta ahora no he conocido mucha diversión ni grandes emo­ciones. Supongo que simplemente no fui criada para vivir una vida feliz y despreocupada.

Describir mi vida a una completa desconocida me provocó un estado de extrema ansiedad. Me callé y miré a Clara, en espera de una reacción que aliviara mi ansiedad o bien la incrementara al punto de hacerme cambiar de opinión y no acompañarla después de todo.

-Bueno, al parecer sólo hay una cosa que sabes hacer muy bien y no veo por qué no habrías de aprovecharla al máximo ‑declaró.

Pensé que se refería a mi talento para dibujar o pintar, pero agregó, para mi total mortificación:

-Lo único que sabes hacer bien es sentir lástima por ti misma.

Apreté los dedos en el tirador de la portezuela.

-No es cierto -protesté‑. ¿Quién te crees para decirme eso?

Rompió a reír y meneó la cabeza.

-Tú y yo somos muy parecidas -indicó‑. Nos enseñaron a ser pasivas, serviles y a adaptarnos a las circunstancias, pero por dentro estamos hirviendo. Somos como un volcán a punto de hacer erupción, y lo que aumenta nuestra frustración aún más es el hecho de no tener sueños o expectativas, excepto el de conocer algún día al hombre perfecto que nos rescatará de nuestra infelicidad.

Me dejó sin habla.

-¿Y bien? ¿Tengo razón? ¿Tengo razón? -preguntó una y otra vez‑. Sé sincera. ¿Tengo razón o no?

Apreté los puños, dispuesta a insultarla. Clara esbozó una sonrisa cálida. Emanaba tal vigor y bienestar que no sentí necesidad de mentir o de ocultar mis sentimientos.

‑Sí, diste justo en el clavo -admití.

Tuve que aceptar que sólo otorgaba sentido a mi monótona existencia, además de mi trabajo artístico, la vaga esperanza de algún día conocer a un hombre que me comprendiera y supiera apreciar que era una persona especial.

-A lo mejor tu vida va a cambiar y engrandecer -afirmó en tono promisorio.

Se subió a su coche y con la mano me señaló que la siguiera. En ese momento me di cuenta de que Clara no me había preguntado si llevaba pasaporte, ropa o dinero suficientes, o si tenía otras obligaciones. El hecho no me asustó ni me desalentó. No sé por qué, pero al soltar el freno de mano y ponerme en movimiento, estaba segura de haber tomado la decisión co­rrecta. Quizá mi vida iba a cambiar después de todo.





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