Diario de una Madre de Familia, Conchita



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Los "dictados" del Señor

Reconstruyendo su itinerario espiritual para darlo a conocer a su nuevo y último director, Monseñor Luis M. Martínez. Conchita hace el balance de las gracias y los carismas recibidos del Señor a lo largo de su vida: "Cuánto, cuánto me ha hablado el Señor, dictando los Vicios y las Virtudes. Mucho me ha hablado de la Sma. Trinidad descorriendo ante mí los velos de los Misterios que muchas veces los veo como naturales sin llamarme la atención, como que así debe ser. Voy en el tomo cuarenta y cinco de las "Cuentas de Conciencia" y ahí hay un mundo de enseñanzas, de luces, de consejos, de secretos de Dios. ¡Qué dignación! Lo he oído (pocas veces en su voz natural) otras como dictando y corrigiéndome, otras con voz interior que suspende todo mi ser, indudable. En fin. El puede comunicárseme de mil modos. Cuántas gracias para mi pobre alma: método, consejos, enseñanzas particulares, y su voluntad manifestada de tantos modos” (Diario T. 45, p. 259, julio 3, 1925).

La expresión: "dictados del Señor" debe comprenderse bien: en un sentido amplio y flexible. No se trata del "dictado" palabra por palabra de un profesor a su alumno sino de un régimen de iluminaciones divinas que se adapta al sujeto receptor de acuerdo con su temperamento, su cultura y las circunstancias y modalidades tan variables de la vida. Las dos leyes fundamentales de la adaptación y del progreso, evidentes en el proceso histórico de la Revelación divina a los profetas y demás escritores inspirados se encuentran también, proporcionalmente, en las revelaciones privadas. Dios toma en cuenta la psicología del sujeto. "El nos ha hablado de diversas maneras" (Hb. 1,1). Dios no se comunicó de la misma manera a Isaías y a Amós, a Teresa de Avila, a Angela de Foligno y a Conchita. Un texto muy expresivo del Diario de Conchita nos muestra la flexibilidad de adaptación de la pedagogía divina: "También el modo de comunicárteme lleva en sí el tinte de la unidad, porque en Dios UNO, así son las cosas, simplificadas en todas sus parte. Por ejemplo: Yo de un golpe me reflejo en el espejo de cristal de tu alma; ahí quedaron aquellos rayos divinos que tú, al sentirte herida de ellos, vas viendo, contemplando y entendiendo. Tú luego, con el concurso de tu entendimiento les das forma con las palabras que Yo mismo, sin tú advertirlo, vas adecuando con más o menos propiedad; pero en el golpe de luz primero te dejé la substancia, la esencia, la fotografía de la cosa comunicada y tú la calcas en tu alma, a las facultades intelectuales y de ahí al papel. En este modo de comunicación de Dios con la criatura casi nunca hay yerro, a no ser que vengan a mezclarse las humanas pasiones, que entonces nublan y tuercen y hasta borran los signos de Dios en el alma.

"Este modo de comunicación de Dios, derivado de su unidad, que en un golpe imprime lo que la pobre criatura toma después dándole forma en el lenguaje de la tierra, aunque para esto, repito, necesita también de la cooperación divina, cuando un alma humilde recibe y se presta a estas comunicaciones con la pureza de corazón, (que esto es indispensable), y no mezcla ninguna pasión, es clara, limpia y luminosa la impresión de Dios y no hay temor de equivocarse.

"Ya que por mi bondad y por mis altos fines te he tomado como instrumento y acueducto, no manches jamás el espejo de tu alma, que hoy más que nunca te necesito pura, te necesito limpia y transparente para comunicar el raudal de gracias del Espíritu Santo" (Diario T. 38, p. 257-260, mayo 16, 1913).

Desde las primeras páginas de su Diario Conchita tiene la experiencia de la acción iluminadora de Dios, y es consciente de ello:

-- Es Dios mismo quien se le comunica: "Escucha", me dijo Jesús, y añade ella: "Si, siento que es Él quien me lo ha dicho, no puedo decirlo de otra manera" (Diario 3 de marzo. 189;).

-- Es su voluntad que ella escriba: "Escribe... quiero que escribas. Escribe porque Yo lo quiero, que cuando no lo quiera, aunque tú lo desees no podrás hacerlo". Y Conchita responde: "Pero permíteme que te diga una cosa: temo desatender mis obligaciones" --"Si Ye lo viera así no te lo mandaría. Date tiempo que bien lo puedes hacer: arregla, y prevee y ordena y haz lo que puedas de tu parte, y luego escribe y ora" (Diario T. 1, p. 275-276, marzo, 1894).

A sus dudas sobre el particular el Señor responde de manera categórica: "Si es mío (lo que tú escribas) será para gloria mía; si es del diablo, se te avisará; y si es tuyo se reirán de ti, ganando tú con esta humillación" (Diario T. 7, p. 277, marzo, 1894).

Solamente el Señor es el dueño de los tiempos, del lugar y de los modos de su comunicación. Cuando Él lo desea, pasa largos meses sin decir nada; luego surge de pronto y Conchita debe escribir, y escribir. Ella misma se encuentra a menudo envuelta en sus deberes familiares y en sus obligaciones sociales o en una impotencia interior para hacer oración, sufriendo arideces y sequedades terribles. En otros momentos, al contrario, lee en la Trinidad "como en un libro abierto" (Diario T. 23, p. 93, julio 18, 1906) o bien se ve iluminada por una sola mirada de Jesús, que lo dice todo. (Diario 18 de julio, 1906).

Hay momentos en los que se siente fastidiada y lo dice francamente: "Quisiera no escribir, olvidarlo todo, voltear hoja, cambiar de vida. Tal es la situación actual de mi espíritu, lleno de tentaciones y dolor". Pero añade luego generosamente: "Me venzo con la gracia de Dios, me piso sin compasión y prosigo adelante, aunque muera en la lucha" (Diario T. 9, p. 175, 26 marzo, 1897).

El Señor sabe que puede contar con su fiel sierva. Su heroica existencia le pertenece sin reserva para servicio de la Iglesia. No duda en llamarla a la entrega total de su persona por todo el tiempo que Él quiera, conforme a los designios del Padre: "Pídeme vida larga para mucho sufrir y para mucho escribir, ésta es tu misión en la tierra. Tú estás destinada a la santificación de las almas, muy especialmente a la de los sacerdotes; por tu conducto muchos se incendiarán en el amor y en el dolor: haz amar la Cruz, por medio del reinado del Espíritu Santo. Vendrá una pléyade de sacerdotes santos los cuales especialmente incendiarán al mundo con el fuego de la Cruz; ellos se formarán en una singular perfección con la doctrina que te he dado. Yo cumplo mi palabra: tú serás madre de muchos hijos espirituales, pero te costarán mil martirios del corazón... Sentía yo un gran fuego en mi alma y le dije: No importa, Jesús, quiero ser madre, dámelos, yo los recibo con tal que te den mucha gloria" (Diario T. 18, p. 221-222, junio 29, 1903).

Conchita era entonces una joven viuda de cuarenta años. Aceptaba gozosamente dejarse crucificar por medio de su pluma y sufrir de mil maneras por la gloria de su Maestro, hasta la edad de los sesenta y cuatro años. Una larga vida de escritora, larga vida de martirio, sobre todo. No encontramos el menor rastro de vanidad literaria en su obra escrita, que es enorme. Si se hubiera atendido a sus deseos no existiría ya ni una sola página de su Diario. Con toda la sinceridad de su alma suplicaba a su primer director espiritual que lo destruyera en el momento de su muerte: "Voy a pedirle un favor de rodillas y en cruz, y por nuestro Jesús que nada me puede negar, ¿verdad que sí?: es que nadie en el mundo después de usted mire estos papeles; que ya que Jesús, este Jesús, no quiere que hoy los despedace, cuando me muera, en el mismo instante, si puede, los haga ceniza y polvo como su dueña. ¿Me lo promete? Dígame que sí para que no me corte la libertad de vaciar aquí mi conciencia y todo lo demás" (Diario T. 1, p. 300, 1894).

Sus demás directores tuvieron la prudencia de prohibirle quemar sus escritos. Monseñor Luis M. Martínez, quien la dirigió durante los doce últimos años de su vida, y él mismo, escritor espiritual de gran celebridad en América Latina, le escribía el 4 de abril de 1929: "Ni usted ni yo ni nadie conoce los tesoros que hay en las Cuentas; se van a necesitar muchos hombres y muchos años para explicar estos tesoros". Y el 23 de abril: "Creo que ni usted misma se da exacta cuenta de los tesoros que están en las Cuentas... Ya sabe que en tanto yo sea su director no le dejaré quitar una sola letra de las Cuentas" (abril 26, 1929).

El conjunto de sus escritos es una obra vastísima. Se han entregado más de doscientos volúmenes para ser examinados en el Proceso de Canonización. Conchita es la mística de la Iglesia que más ha escrito. Su diario espiritual: la "Cuenta de conciencia", con sus sesenta y seis libretas, que es un conjunto más extenso que la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino, constituye la obra principal y como la síntesis de todo. Es un tesoro para la Iglesia entera. Dios se ha valido de una mujer casada, madre de nueve hijos y simple seglar, para recordar al mundo actual el Evangelio de la Cruz y el sentido profundo de los principales misterios cristianos.

El Evangelio de la Cruz

Todas estas corrientes creadoras de la espiritualidad cristiana han surgido de un "retorno a las fuentes del Evangelio". Así aparecieron, a lo largo de la historia de la Iglesia, la espiritualidad monástica, la de las Ordenes Mendicantes, y todas las formas modernas de la espiritualidad apostólica. La espiritualidad dominicana, por ejemplo, es una expresión, a la vez evangélica y original, con el fin de continuar la misión confiada por Jesús a sus Apóstoles: "Id, enseñad a todos los pueblos". Todos los valores de espiritualidad y de organización de la Orden de Predicadores se ordenan a la evangelización del mundo, conforme al texto de las Constituciones primitivas, dictadas por el propio Fundador: "Que los hermanos se comporten dondequiera como hombres que buscan su salvación y la de su prójimo, con toda perfección y espíritu religioso. Como hombres de Evangelio sigan los pasos del Salvador, no hablando sino de Dios o con Dios" (Constitución fundamental). Lo mismo sucede en todas las familias religiosas y en los grandes maestros espirituales. La ascesis totalitaria de un san Juan de la Cruz: "nada, nada, nada y sobre el monte: nada" es una forma eminente del renunciamiento evangélico dominado por la primacía del amor. La "Subida al Monte Carmelo" y las "Noches" no adquieren toda la profundidad de su sentido sino a la luz del "Cántico espiritual" y sobre todo de la "Llama de amor viva" que da a toda su obra el aliento vivificador del Espíritu Santo.

Asimismo, la doctrina espiritual de Conchita, inspiradora de las Obras de la Cruz, está centrada en el amor: "Amor y dolor". El mensaje de la Cruz, que tiene la misión de recordar al mundo, no presenta la menor huella de doIorismo, sino una auténtica mística del amor que se inmola a imitación del Crucificado para gloria del Padre en la salvación de los hombres. No es una devoción individualista sino una verdadera "visión de universo", expresión nueva del Evangelio de la Cruz.

Optica fundamental: "Jesús y Jesús Crucificado en sus dolores internos como
Sacerdote y Víctima"

Todos los cristianos están predestinados, cada uno de acuerdo con su vocación y misión personal en la lglesia, a expresar uno de los aspectos del misterio de Cristo. Dios Padre decía un día a santa Catalina de Siena: "Tuve dos hijos, el uno por naturaleza: mi hijo Unico, el Verbo eterno; el otro por gracia: tu padre Domingo". El recibió como misión el oficio del Verbo. Como los Apóstoles de Cristo, los hermanos Predicadores deben ser los hombres de la Palabra de Dios. Cada familia religiosa imita a Cristo, de acuerdo con su gracia propia, específica: el cuidado de los enfermos, la confianza de la juventud, la promoción cristiana y social, las mil formas de la vida activa o contemplativa.

¿Cuál fue la manera peculiar de imitar a Cristo propia de Conchita? Los documentos de su Diario nos descubren cómo le fueron revelados uno tras otro los rasgos del Hijo que el Padre deseaba mostrar en ella, bajo la acción del Espíritu Santo. Podemos ver cómo se dibuja poco a poco el juego de esta pedagogía divina que tiende a formar en ella la imagen de Cristo.

Desde su niñez, se siente atraída por Jesús; más tarde por Jesús Crucificado, pero de una manera original, inédita: por los dolores internos de Cristo, Sacerdote y Hostia, Sacerdote y Víctima en sus menores acciones, a partir de su "Ecce venio" hasta su "Consumatum est" sobre la Cruz. Invitación a todos los hombres a ofrecer continuamente a Cristo a su Padre y a ofrecerse juntamente con El para los mismos fines glorificadores y salvadores. Estas fueron las etapas progresivas de la identificación con Cristo: ser otro Jesús, Jesús Crucificado, sobre todo en los dolores internos de su Corazón, Víctima por los pecados del mundo. Sacerdote y Hostia siempre presente en medio de su Iglesia por la Eucaristía, asociando libremente a todos los miembros de su Cuerpo místico, para continuar en cada uno de ellos, por la encarnación mística, su misión de glorificador del Padre y salvador de los hombres.



Jesús

A partir de san Pablo todos los santos han soñado esta identificación con Cristo, cada uno según su lugar y su misión en la lglesia. Para Conchita, como para Teresa de Avila o Teresa de Lisieux, la vida espiritual es ALGUIEN, es Jesús. Esta joven casada, rebosante de amor a su marido y a sus hijos es atraída irresistiblemente por Cristo, Maestro de su corazón y norma suprema de todos sus amores: "Jesús, con tal que te ame, en donde quiera seré feliz si me concedes la muerte mil veces, primero que un pecado venial deliberado. Hacer siempre lo más perfecto y sólo por complacerte: este es el sol que calienta todos mis actos, la luz que me ilumina, la fuerza que me impulsa, la idea fija en mi pensamiento. Y el tema de mi oración y de mis aspiraciones casi continuadas hoy, de día y de noche y siempre, es sólo este pensamiento, sentido con todas las fuerzas de mi alma: 'Mi vivir es Cristo' ". (Diario T. 1, p. 190, 1894). "De hoy más, mi exterior será Jesucristo..., y mi interior Jesucristo" (Diario T. 1. p. 189, 1894).

Este Cristo Jesús no es para Conchita un "Jesusito" de vestido rojo al cual puede cambiársele el color de la túnica de acuerdo con los tiempos litúrgicos.

A la luz de la fe, Conchita descubre en Jesús al Verbo eterno, al Hijo único del Padre, a la Cabeza de la lglesia, al Sacerdote eterno. Contempla con amor las riquezas infinitas del Verbo Encarnado, verdadero Dios y verdadero hombre. Adora en El a la segunda Persona de la Trinidad. Se siente deslumbrada por la generación del Verbo y por el papel que tiene el Verbo en la espiración del Amor eterno. Lo encuentra todo en Jesucristo. Gime de dolor ante el pensamiento de un Dios que ha muerto de amor por todos los hombres, quienes se olvidan de El. Su Diario está lleno lo mismo que su alma de esta presencia soberana y teologal de Jesús: "El alma que experimenta esta vida de unión con Jesús, ya no puede vivir sola" (Diario T. 1, p. 8, octubre, 1893).



"Jesús y Jesús Crucificado"

Entre los misterios de Cristo, sobre todo el misterio de su Pasión y de su muerte ocupa su atención. Su mirada permanece fija sobre el Crucificado para reproducirlo en su vida: "Contemplar para reproducir".

"Jesús es luz, pero la luz refleja todos los colores.
"¿Cuál es el color que debe dominar en mí?

"Es este: 'No saber otra cosa que a Jesús, y éste Crucificado', subraya ella... "Debo reproducir a Jesús en mí, por medio de las virtudes transformativas, es decir, por medio de la Cruz, que es la que más asimila a El. Quiere Jesús de mí no un Cristo en las pobrezas de Belén... No un Cristo en el ocultamiento de Nazareth, no un Cristo en el ciclo de su vida pública, sino un Cristo en las ignominias, abandonos y crucifixiones del Calvario y de la Eucaristía. Debo pues reproducir en mí a Cristo Crucificado" (Diario T. 43, p. 138, septiembre 16, 1921).

Queda claro: "Sí, yo siento que nací para servir al Señor crucificada con El. Me dijo hoy que este es el fin de la unión que pretende el Verbo; asemejarme a El por la Cruz" (Diario T. 9, p. 78. febrero 26, 1897).

En sus dolores internos

Los textos sobre este tema podrían multiplicarse al infinito. Sin duda que todas las formas de la espiritualidad cristiana se encuentran marcadas con el sello de la Cruz, pero Dios vino a revelarle el modo propio bajo el cual ella debe imitar a Cristo: sobre todo en los sufrimientos íntimos de su alma, es decir, en su crucifixión interior. Es éste un aspecto nuevo que va a marcar con un sello especial toda la espiritualidad de la Cruz: "Quiero que se honren particularmente los dolores internos de mi Corazón, que comenzaron en mi Encarnación hasta la Cruz y prosiguen místicamente en mi Eucaristía. Desconocidos son estos dolores al mundo, pero te digo que desde el primer instante de mi Encarnación ya la Cruz estaba plantada en mi Corazón, me oprimía y las espinas lo penetraban; la lanzada hubiera sido un desahogo para abrir aquel volcán de amor y dolor, pero no lo consentí hasta después de mi muerte. Siempre ha habido, hay y habrá ingratitudes y por tanto siempre mi tierno y amoroso Corazón sentirá las espinas y la Cruz. En el cielo no podía sufrir como Dios y para buscar esta cruz que allí no existía, bajé al mundo y me hice hombre y como Dios-hombre podía en grado infinito padecer para comprar la salvación a tantas almas. No ansié en mi vida otra cosa más que cruz y más cruz, queriendo enseñar al mundo que esta es la única riqueza y felicidad en la tierra, la moneda con que se compra una eternidad feliz.

Por el Apostolado de la Cruz se honrarán los dolores internos de mi Corazón representados por las insignias de la cruz, espinas y lanzada, atrayendo los corazones a la cruz. Pero en el Oasis las Cruces atraerán a mi Corazón y éste será honrado en el mar de dolores internos que pocas almas conocen hoy día. Ahí arrancarán mis espinas clavándolas en sus corazones y aliviarán el peso de la cruz que atraviesa mi Corazón, haciéndose cruces vivas. Esta vida recogida dentro de la cruz de mi Corazón, es decir, honrando y aliviando y haciendo propios los dolores internos que durante treinta y tres años ni un momento me abandonaron, será un fin de la Religiosa de la Cruz.

"En la Cruz del Calvario sólo estuve tres horas clavado; pero en la de mi Corazón lo estuve toda la vida; ambas serán honradas en el Oasis pero particularmente lo será la interna que representa las penas y sufrimientos internos, incomprensibles, que constantemente tenían como prensada mi alma y eran ocultos estos dolores aún en mi vida oculta y Yo sonreía y trabajaba, y sólo mi Madre vislumbraba aquel martirio que trituraba a mi Corazón amante. Mi pasión externa duró unas horas, y fue como el rocío, el alivio de la otra pasión que cruelísimamente llevaba siempre mi alma!" (Diario T. 4, p. 197-199, septiembre 25, 1804).

Santo Tomás de Aquino enseñaba la misma doctrina: los sufrimientos internos y redentores del alma de Cristo fueron incomparablemente más dolorosos que el dolor físico del Crucificado del Gólgota. La intensidad de los sufrimientos internos y secretos del alma de Cristo, en vista a la expiación de todos los pecados de los hombres tenía la medida de su amor infinito (3, q 46, 6 ad 4). No en balde una Teresa de Avila, igual que Conchita, profesaba una devoción excepcional a la agonía de Cristo en Gethsemaní: "Mi alma está triste hasta la muerte" (Mc. 14, 34). Fue en el alma de Cristo en donde se jugó nuestro destino.

Cristo Víctima de los pecadores

Pronto se le reveló Cristo como la Víctima que se ofreció por la expiación de todos los pecados del mundo. Con esto la iba preparando para su propio ofrecimiento con los mismos fines redentores. Este aspecto de Hostia y de Víctima expiatoria va a mostrársele como uno de los rasgos característicos del Crucificado. Encontramos la formulación explícita desde el primer tomo de su Diario: "Tú víctima y Yo Víctima antes que tú y por ti y por todo el mundo y constantemente". (Diario T. 1, p. 491, 1893-1894).

"Quiero que seas "uno" conmigo. Quiero que seas como un espejo purísimo en donde se reproduzca la imagen de tu Jesús crucificado; como estoy en la Cruz así me quiero reflejar en ti; sólo préstate para tomar mi imagen, y como Yo estoy así quiero que tú estés: coronada, azotada, clavada, desolada, traspasada, desamparada. Medita una a una todas estas cosas y sé mi retrato vivo para que mi Padre se complazca en ti y derrame gracias sobre los pecadores" (Diario T. 5, p. 109, abril 6, 1895). Hermoso texto que ya habíamos presentado a propósito de su itinerario de transformación en Cristo Crucificado, pero que nos parece también adecuado en este lugar.

Cristo: Sacerdote y Hostia

"La iglesia es una, con un solo Altar y una sola Víctima..., a esta gran Víctima deben unirse todas las almas víctimas para que tenga valor su sacrificio" (Diario T. 10, p. 220. junio 20, 1898). Mediante estas nociones de "Víctima" y de "Hostia" Dios conducirá a Conchita hacia la prerrogativa suprema de Cristo Crucificado: su Sacerdocio, que constituye como la piedra angular de la doctrina de la Cruz. Esta revelación resplandecerá en el momento de la "gracia central'' de la encarnación mística. En ese día se manifestará claramente a Conchita su vocación en toda su integridad.

De esta manera la espiritualidad de la Cruz ha redescubierto y puesto de relieve el "sacerdocio regio" del Pueblo de Dios, cincuenta años antes del Concilio Vaticano II: "Ese es el verdadero sacerdocio: ser víctima con la Víctima" (Diario T. 23, p. 91, julio 17, 1906). Esta espiritualidad lleva en lo más íntimo de sí un carácter esencialmente sacerdotal, insertándose en la vocación más profunda del Pueblo de la Alianza: "pueblo de sacerdotes y de reyes" (Ex. 19, 6).

El Señor había dicho a Conchita pocos días después de la encarnación mística: "Eres altar y sacerdote al mismo tiempo, pues tienes contigo la sacrosanta Víctima del Calvario y de la Eucaristía, la cual puedes ofrecer constantemente al Eterno Padre por la salvación del mundo. Este es el fruto más precioso del grande favor que he obrado en ti al encarnar en tu corazón... Tú eres mi altar y serás también mi víctima: en mi unión ofrécete y ofréceme a cada instante al Eterno Padre con el fin tan noble de salvar a las almas, y darle gloria. Olvídate de todo, hasta de ti misma, y que ésta sea tu ocupación constante. Tienes una misión sublime: la misión del sacerdote y mira a mi bondad y agradécela, que sin saberlo tú te ha dado lo que tanto has anhelado y aún más, el poder ser sacerdote, no teniéndome en tus manos, pero si en tu corazón y sin apartarme jamás. Pero cumple con el fin grandioso de esta gracia que como ves no sólo es para ti, sino universal, obligándote a que con toda la pureza que puede existir seas al mismo tiempo altar y víctima, la cual consuma en el holocausto que le plazca la otra Víctima, Unica que puede salvar al mundo" (Diario T. 22, pp. 409-410, junio 21, 1906).

A partir de la encarnación mística Conchita tuvo plena conciencia de este carácter sacerdotal de su vocación personal y de su misión en la Iglesia. "Para mí, vivir es Cristo". En la medida de nuestra unión con Cristo participamos de su vida y Cristo crece en nosotros a medida que nosotros desaparecemos.

Debemos tomar a Cristo como Modelo, pero cada alma, cada santo, reproduce a Cristo en diferentes aspectos; el secreto de los directores espirituales está en descubrir cómo debe cada cristiano imitar a Cristo.

"La unión con Cristo como Modelo es la de vivir de su vida, tomando su parecido. Unas almas tienen que modelarse con Cristo Niño, otras con Cristo eucarístico, otras con Cristo crucificado... Yo debo modelarme con Cristo bajo los dos aspectos que son la misma cosa: Cristo sacerdote --subraya ella-- y Cristo crucificado. En todas partes Él es sacerdote con relación a la Cruz. El aspecto más grandioso de Cristo es su Sacerdocio que tiene por centro la Cruz. La Eucaristía y la Cruz es un mismo misterio. La primera unión es vivir la vida de Cristo por la gracia, y la segunda por la imitación. Yo, repito, el aspecto que debo imitar por la encarnación mística es su sacerdocio que gira en torno de la Cruz. Los Oasis (monasterios de la Cruz) no son sino una Misa grandiosa" (Diario T. 44. p. 149A-149B, 28 diciembre, 1923).



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