Diario de una Madre de Familia, Conchita



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Roma

"Hemos llegado por fin a la Ciudad Santa. Después de Jerusalén es lo que me interesa.  Aquí  van a librarse las luchas y el triunfo o la derrota de las Obras de la Cruz. El decisivo final. Mas, ¿para qué dudar si el Señor ha querido que venga y me ha dicho que pasaré humillaciones y sufrimientos pero que las Obras tocan a su fin y triunfarán? Fe y confianza. Dios sabe cumplir sus promesas y nunca desampara al que confía en El.

"Llegamos al oscurecer. Fue el I. Sr. Ruiz a la estación y me dio malas noticias respecto a cómo andan por acá las Obras de la Cruz. Paciencia y confianza en Dios. Espero contra toda esperanza, ¡Dios mío! Qué ciudad ésta de tantos recuerdos. Cuántos santos regaron aquí su sangre. La cuna de la religión. Pero todo esto no es más que la consecuencia de Jerusalén. Si no hubiera habido allá un Salvador no habría aquí Iglesia, ni mártires, ni confesores, ni quien amara a Dios. Pienso en Nerón, en los Césares, en la historia pagana y cristiana de este Centro del Catolicismo.

"Qué impresión para mi alma llegar a esta Ciudad Santa. Desde Nápoles me vine haciendo oración y me estremecí al divisar este lugar tan soñado... tan temido... en donde sólo puede la Iglesia dar la aprobación de los Sacerdotes de la Cruz, de las Religiosas, etc. Estoy muy cerca del Papa y me parece mentira. Deseo verlo y tiemblo de sólo pensarlo. ¡Dios mío! aquí me tienes dispuesta hasta el martirio si esta fuera tu voluntad". (Diario T. 38, pp. 472-474, noviembre 1913).

Audiencia con el Papa S. Pío X

"Ayer noche supe que la audiencia privada con el Papa era a las diez y media hoy. Llevé una buena sorpresa. Llegó la hora, me llamaron y me presenté ante el Vicario de Jesucristo en la tierra. No sé qué emoción sentí. Estaba en su escritorio con Mons. Ramón Ibarra enfrente, yo me arrodillé llorando y él me habló. Por fin me repuse y él me dijo que qué le pedía. "Yo le pido a Su Santidad que apruebe las Obras de la Cruz". Esto le decía sin soltarle su mano contra mi cara.

--"Están aprobadas, no temas, y te doy una bendición muy especial para ti, para tu familia y para las Obras".

--"Santísimo Padre, le dije, yo no quiero ser estorbo para las Obras, que me quiten y no me tomen en cuenta. 

--"Ya hablé con Monseñor y todo se arreglará este año".

"Me veía los ojos con su mirada penetrante y dulce, y yo sentía como si estuviera a los pies de Nuestro Señor. Varias veces me dijo: "Prega per me", me decía. Me puso su mano en la cabeza. Me atreví a tomarle su pectoral y besárselo. Le besé también su pie; me volvió a bendecir. Yo salí radiante y feliz, dándole gracias a Dios. ¡Oh fecha preciosa, inolvidable! ¡Oh Dios mío, bendito seas!" (Diario T. 38 pp. 478-480, 17 noviembre, 1913).

Entrevista decisiva

Por fin llegó la hora, tan temida por Conchita, de la entrevista con Mons. Donato Sbarreti, Secretario de la Congregación de Religiosos. Interrogó a Conchita sobre su país, su vida. Sobre todo le pidió explicaciones sobre el origen del Apostolado de la Cruz y de las Religiosas contemplativas. Le preguntó también si eran suyos los tomos manuscritos enviados a Roma. Quiso darse cuenta si escribía con facilidad: "Le contesté que sí, aunque no sabía ni gramática: no lo creía". Le hizo precisar el modo de sus visiones del Espíritu Santo, del Corazón de Jesús, de la Cruz del Apostolado. ¿Veía ella todo esto con los ojos de la cara? Le relató lo del monograma, los "dictados" del Señor, el cisma que había dividido a las primeras hermanas de la Cruz. Conchita le aseguró que ella no vivía con las religiosas sino con sus hijos: eso le gustó. "Comprendí que vio la luz en varios puntos, y le supliqué con toda el alma que me eliminaran de las Obras, que yo no quería ser ni aparecer en ellas. Que obedecería en todo a la Santa lglesia". (Diario T. 38, 7 diciembre, 1913).

Aún en Roma Conchita escribió a Mons. Sbarreti enviándole, conforme a su deseo, la edición española de su libro "Ante el Altar", suplicándole que le regresara sus manuscritos: "cosas íntimas de su conciencia" que ella deseaba recobrar, acatando sin embargo la decisión de la Santa Sede.

"Le repito, Excelencia, que mi mayor anhelo es ser hija sumisa y adicta a la Santa Iglesia, obedeciéndole en cuanto tenga a bien ordenarme. Nunca he querido engañar, pero tampoco engañarme, estando por tanto dispuesta a seguir la voz de Dios en la Iglesia que no se equivoca, y yo si puedo equivocarme. Gracias a Dios siempre me he guiado por la obediencia...

"Sólo ambiciono ocultamiento y oscuridad... Yo seguiré el camino que la Santa Iglesia me marque... Mucho me encomiendo a sus oraciones, Excelentísimo Señor, que sepa educar cristianamente a mis hijos" (Diario T. 38, pp. 509-513, 9 diciembre, 1913).

Para facilitar las cosas, de acuerdo con ella, Monseñor Ibarra propuso cambiar el nombre de "Sacerdotes de la Cruz" por el de "Misioneros del Espíritu Santo", que Pío X aprobó personalmente.

"Mi alma salta de alegría y me parece un sueño, ¡Dios mío, Dios de mi vida! dieciocho años que Io anunciaste, y cuántas penas, dolores, penitencias, esperanzas deshechas, sangre, oraciones, calumnias, envidias y persecuciones y lágrimas ha costado! Pero todo es poco pensando en que ha sido para depurar tu Obra, para tu mayor gloria". (Diario T. 38, p. 537, 17 diciembre, 1913).

"Estando en San Claudio delante del Santísimo me dijo el Señor: "Dame gracias, todo está concluido". Recé luego el Te Deum". (Diario T. 38, p. 541, 22 diciembre, 1913).

A través de Italia y Francia

¡La finalidad principal del viaje estaba asegurada! Después de diez días de visitar lugares artísticos y religiosos de la Ciudad Eterna, los peregrinos recorren Florencia, la ciudad del mundo más rica en arte. Padua, Venecia y Milán, donde ella admira la catedral. Vía Génova siguen a Francia por Lyon y Paray-Le-Monial, a donde la atrae su ardiente devoción al Corazón de Jesús: "Yo no quería irme de ahí" (Diario T. 38, p. 574, enero 9, 1949). Se dirigen en seguida a Paris a donde llegan de noche y recorren las grandes avenidas: "¡Qué grande ciudad es Paris!" De Paris, Conchita pasa a Lisieux para encomendar a "Teresita" las Obras de la Cruz.

Lisieux

"Enero 19. Fui a Lisieux a visitar el sepulcro de Sor Teresa del Niño Jesús, su convento y su casa natal. Estaba nevando y hacia un frío espantoso. Fui a darle gracias, porque precisamente le tenía encomendadas todas las Obras de la Cruz, y se acaba de conseguir el último triunfo. ¡Teresita de mi alma, gracias, gracias! Visitamos el convento y nos recibió su hermana Paulina, que es ahora la Superiora".

"Enero 20. Dejamos Paris. El Sr. Arzobispo Ibarra se fue por la mañana, los otros peregrinos más tarde, y por último, acompañadas de la Sra. Greville y Paz F. del Castillo, tomamos el tren para dormir en él y llegar a Lourdes mañana a las once". (Diario T. 38, pp. 584-585, 1914).



Lourdes

"Enero 21. Pasamos muy mala noche en el tren y llegamos a Pau a las ocho y continuamos hacia Lourdes. ¡Qué vistas panorámicas de las montañas todas nevadas! Los Pirineos encantadores. Llegamos a la estación. Ansiosos comimos y luego nos lanzamos por una tupida alfombra de nieve de veinte centímetros. Fuimos a visitar a la Basílica, la Gruta y la Capilla preciosa del Rosario. ¡Qué emociones tan dulces! ahí se siente la sombra de la Santísima Virgen, su estela, su particular protección. En la Gruta no se cansaba uno de estar arrodillado contemplando aquella belleza, aquel sitio que ocupó María en dieciocho ocasiones. Se trasladaba el pensamiento a tiempos pasados y se estremecía el alma al recordar y enumerar los milagros y las gracias ahí derramadas.

"Cuánto recordé a mi madre que fervorosa me leía de niña el libro de Enrique Laserre. Cómo deseaba ella ir al teatro de esos sucesos santos. Toda mi familia ha soñado venir aquí y yo, la más indigna, la más miserable, la que nada merezco, la más fría, estoy contemplando abismada este encantador lugar. Miles de cirios ardían, toda la Gruta está ahumada, hasta la estatua de María que está en el lugar donde fue la aparición. Sólo el rosal que tiene a los pies se conserva fresco, y entre la nieve y el humo, retoñando, ¡Qué maravilla de Dios!

"Rezamos el rosario después de recorrer las rampas. Nos confesamos en la Cripta. Mucho pedí por las Obras, por los míos, por el pobre México. ¡Qué emociones tan dulces! ¡Qué caridad de María! Las campanas cada hora cantan el "Ave" convidando a alabar a María. Esta es una impresión encantadora. Se siente uno tan bien aquí, a la sombra de María, que no se quisiera uno ir". (Diario T. 38, pp. 586-589, 21 enero, 1914).

En España con su hijo Manuel

Los viajeros vuelven a tomar el tren hacia España donde la espera su hijo Manuel. Largas horas de gozo e intimidad. Van a rezar juntos a Loyola. Manuel festeja sus veinticinco años con su madre. Su hermano Ignacio y su hermana Lupe se encuentran aquí también: "Qué bondad de Dios al traerme a pasar con él este día. Hemos dado juntos paseos por el campo en medio de una paz y vistas hermosas. A la orilla del arroyo le he leído mi diario del viaje" (Diario T. 38, p. 603, 28 enero, 1914). Pero en esta tierra todo pasa. Pronto tienen lugar las despedidas. No se volverán a ver hasta el cielo.

El camino de regreso

El grupo de peregrinos se encuentra en el camino de regreso: San Sebastián, Pamplona, Barcelona, Valencia (febrero 11). Málaga, Cádiz, Las Palmas. Las Islas Canarias, Puerto Rico (Marzo 1°), La Habana, Veracruz y México (marzo 14, 1914).

Ya en México, el primer cuidado de Conchita fue ir a abrazar a cada uno de sus hijos, luego corrió al santuario de Nuestra Señora de Guadalupe para agradecer a la Santísima Virgen su poderosa ayuda.

Conchita regresaba de Roma inmensamente agradecida. La Iglesia había hablado. La Cruz había triunfado.

Educadora de sus hijos

El viaje a Tierra Santa y a Roma había asegurado el porvenir de las Obras de la Cruz. Pero Conchita no olvidaba sus deberes de madre. Estos ocuparon siempre el primer lugar en su vida. Un día dirigía a su director, el Padre Bernardo (Monseñor Maximino Ruiz) esta declaración importantísima: "Un punto que casi nunca toco en mis cuentas de conciencia es el de mis hijos, siendo que lleva su cuidado la mayor parte de mi vida. Los tengo muy en el alma, y más sus almas que sus cuerpos. Voy a decirle más o menos la oración que muchas veces al día hago por ellos.

"Señor, Pancho, consérvalo en esa rectitud y sano juicio que le has dado; que siempre sea honrado como su padre. Dale suficiente para que se case si le conviene, y si no, desbarata esas relaciones si no fuera ésta tu divina voluntad.

"Señor, ese Ignacio me tiene con cuidado; tan joven y entre tantos peligros. Consérvalo en esa pureza de conciencia que le has dado.

"Señor, Pablo, que sea todo para Ti; fomenta su humildad y su obediencia.

"Señor, Salvador, que emplee esa viveza de carácter.

"Señor, esa Lupe tan viva y tan dispuesta para la virtud; haz que no se tuerza.

"Señor, Manuel y Concha, ese par de almas puras y crucificadas a quienes desde tan temprana edad les diste la mejor parte; dales la perseverancia, sostenlos en la vocación y sírvete de ellos para tu mayor gloria.

"Señor, mis dos ángeles que están en el cielo, Carlos y Pedro, que asistan siempre al pie de tu trono.

"¡Madre del alma! Amparo de los huérfanos, fomenta en Pancho tu devoción, dáselas muy grande a todos mis hijos, que te los entrego por tuyos; cobíjalos con tu manto, consérvalos siempre puros, guárdalos, Madre, dentro del Corazón de tu Hijo; dales buenas inclinaciones y amor a la Cruz. Tú sabes que yo no sé educarlos, no sé ser madre, sólo tú María y abrígalos en tu seno y guárdaselos a Jesús muy puros, sólo para El" (Diario T. 31, pp. 166-168, 30 octubre, 1908).

Su vida de unión con Dios no alejó jamás a Conchita de su familia, al contrario, nunca una madre ha pensado tanto en todos sus hijos como ella.

La muerte de su primer hijo a los seis años, su pequeño Carlos la dejó herida para siempre.

Viuda, la muerte de su niño más pequeño en forma trágica: ahogado en la pileta de agua de su casa, le causó un dolor inconsolable.

El cadáver de Pedrito

"Martes Santo, abril 7, y día terrible para mi corazón. "En la Misa estuve muy inquieta ansiando, sin saber por qué, volver a casa. Después de algunos quehaceres me puse a coser. Estando en esto oí repentinamente una voz que me dijo: "Pedrito está en la fuente". Sentí que me helé y repetí yo estas mismas palabras maquinalmente: "Pedrito está en la fuente".

"Corrí, volé, los niños que me oyeron me gritaron: "sí, mamá, aquí está"... Yo vi oscuro... no supe unos instantes lo que me pasaba, lo cogí en mis brazos escurriendo de agua, helado, y cadáver!

"Hacía unos momentos que había estado a mi lado y al salirse de la pieza dicen los otros niños que dijo que iba a sacar agua para las palomas. Había tres criadas cerca de la fuente y nadie lo oyó caer. Como loca me sentí, haciéndole cuanta lucha podía para volverlo a la vida, pero su corazón no latía; no tenía pulso y sus ojos, dilatadas las pupilas, y sin vida.

"¡Oh, Dios mío! sentí el alma desgarrada y en mis brazos, lo ofrecí al Señor entre dolor, amargura y remordimientos, pensando sería descuido de mi parte: recordando cuánto al morir su papá me lo encargó... Vinieron de la Comisaría a levantar el acta. Vinieron un médico y un practicante pero todas las luchas fueron en vano.

"Escribí a mi madre, al P. Félix, lo que me pasaba, pero Nuestro Señor me quiso dejar sola, pues mi madre no pudo ir sino cinco horas después. El P. Félix hasta por la noche pues no le habían entregado la carta.

"Me fui a los pies del Crucifijo grande y ahí, llenando sus pies de lágrimas, le ofrecí, inclinada, el sacrificio de mi hijo, pidiéndole que se cumpliera en mí su divina voluntad. Esa noche la pasé en vela frente al cadáver del niño. A las doce de la noche lo coloqué en su cajón y al tomarlo en mis brazos estaba rígido: esto me hizo mucha impresión". (Diario T. 18, p. 59-64, 7 abril, 1903).

La muerte de Pablo

Más tarde fue Pablo el que murió entre los brazos de su madre; hermoso joven de dieciocho años, muy puro, a quien ella quería especialmente.

"Junio 21 y san Luis Gonzaga. Hoy se sacramentó Pablo. Esta mañana quiso le llamara al Padre Pedro Jiménez, S.J., y con mucho gusto hizo confesión general. Cuando acabó me dijo su confesor: 'No le pida usted a Dios la salud de Pablo, no conoce la malicia, es un alma pura, déjelo ir al cielo, es un niño: en unos minutos hizo su confesión general'. A las tres y media recibió con mucho fervor el santo Viático, contestando todo y le di gracias un poco después, para no fatigarlo. Le duele horriblemente la cabeza, parece ser tifo.

"Junio 22. Ya hoy domingo desalojé su cuarto, es tifo y terrible, yo sufro mucho, él muy paciente y resignado. Dos o tres días antes de enfermarse, al volver de cenar, me dijo: 'Muy pronto mamita, vas a tener aquí un muerto'. No sé que sentí y muy temprano lo fui a ver si no había muerto. Este presentimiento lo he tenido hace días y varias veces le he hablado en su cama a ver si está vivo. ¡Dios mío, si es posible, pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya!

"Junio 25. Ya me desconoció. Estaba junto a él y me gritó: 'Quiero a mi mamá, llama a mi mamá". No sé qué sentí, me puse a llorar. Todo su afán es irse y yo siento la muerte. Sus hermosos ojos azules jamás los cierra. Tengo su mirada en mi alma.

"Junio 27. Con mucha fortaleza, ¡cómo no, si no era mía! llegué a ayudarle a bien morir. Lo vi agonizar, expirar, y acto continuo, besándole la frente me puse a rezar. Le puse desde que murió el crucifijo que siempre llevaba sobre mi pecho, Io recogí cuando lo puse en la caja. Le abrí sus ojos color de cielo, le besé su frente, y me despedí de él, ya no era mío..." (Diario T. 38, pp. 345-362, Junio, 1913).

"¡Oh Madre Dolorosa!, ¡Oh Madre que comprendes a una madre que acaba de perder a un amado hijo! Ofrécele por tus manos, por tu corazón sin mancha, este dolor, a mi hijo mismo, a la Santísima Trinidad para que a mi nombre y con una cosa que Dios, me dio, sea glorificado". (Diario T. 38. p. 367, 30 Junio, 1913).

Manuel, su hijo Jesuita

Causa admiración ver con qué solicitud, con cuanto cariño seguía esta madre vigilante a cada uno de sus hijos en la vida, respetando siempre su personalidad y su libertad. Dos de ellos se orientaron desde sus años mozos hacia la vocación religiosa: Manuel y Concha.

Manuel marchó primero. Conchita había soñado verlo "Sacerdote de la Cruz", mas Dios es el dueño de las vocaciones: su hijo ingresó a los diecisiete años en la Compañía de Jesús, en la que recibió una sólida formación y se gastó valerosamente, hasta la muerte, en servicio de la lglesia "Para la mayor gloria de Dios".

La madre sostenía el fervor de su hijo y una copiosa correspondencia nos los muestra cada vez más unidos por un afecto a la vez muy humano y del todo divino. Desde que tuvo conocimiento de la decisión definitiva de Manuel le traza el camino de la santidad religiosa: "En todo veo obrar la gracia en tu corazón y no sé cómo agradecer al Señor sus beneficios. ¿Cómo corresponder a tanta bondad? Date pues de veras, con toda tu alma al Señor sin volverte a tomar; olvida las criaturas y sobre todo olvídate de ti mismo; vacíate de todo lo que no sea Dios o a Él lleve y vive una vida toda de obediencia, de humildad y abnegación. Muere a ti para que Jesús sólo viva y reine en tu alma.

"Yo no puedo figurarme un religioso que no sea santo y a Dios no se le deben dar las cosas a medias; sé pues generoso con Él, que es corta la vida para sacrificarnos por su amor. Vendrán quizás, y no muy tarde, las tentaciones y las luchas a inquietarte, pero estate firme y ama siempre la Cruz en cualquiera forma que se te presente, pues que ella es siempre amable para el corazón que ve en su asperidad aparente envuelta la voluntad santísima de Dios.

"Claro está que mi corazón de madre ha sufrido; pero soy feliz pudiendo ofrecer al Señor un sacrificio en favor de tu alma, mil veces más querida para mí, que tu cuerpo. Sí, ruega siempre, ruega mucho por mí... A toda la familia he dado parte de tu decisión y rogarán por ti. Tus hermanos más tarde te escribirán... También te he puesto bajo el manto de María, ya lo estás desde niño, ella es tu madre, ámala sin límites... Conque tus pies en el suelo, pero tu alma, tu vida y todo tu corazón allá en el cielo" (Carta, diciembre 9, 1906).

Algunos años más tarde, con ocasión de su viaje a Tierra Santa y a Roma, Conchita pasa por España para abrazar a su hijo. Madre e hijo se vuelven a ver con alegría. Ella lo encuentra "muy virtuoso, grande y aprovechado en ciencias. Platicamos, reímos, lloramos, alabando a Dios. Sufrí mucho en la despedida, quizá la última en este mundo. Él lloraba. Por fin nos separamos. Sufrí terriblemente. Ofrecí a Dios nuevamente mi sacrificio por su amor". Algunos días después al dejar la península Ibérica: "¡Adiós España, ahí se queda mi hijo!" (19 febrero, 1914).

En diciembre de 1919 sabe Conchita que van a amputarle una parte del dedo de la mano derecha a Manuel. ¿Podrá ser Sacerdote? Admira la resignación de su hijo que "sufre con la paciencia de un santo". (Marzo 4, 1920). Será sacerdote, mas el joven jesuita, en su ardor misionero ha pedido a sus superiores el permiso de ofrecer un gran sacrificio por Cristo y por las almas. Anuncia a su madre su determinación aprobada por sus superiores: (Carta de junio 1920). "Inolvidable mamacita: Supongo que habrás recibido mi última carta y que estarás tranquila deseando saber lo que en ella te apuntaba, lo mismo que en otras anteriores, para ir preparando el terreno. Ahora que ya está todo arreglado, a ti, la primera de todos fuera de mis Superiores, te la comunico para que me sigas ayudando con tus fervorosas oraciones y me animes, lejos de reprochármelo, a seguir el camino del sacrificio.

"De tejas abajo, como es muy natural, te va a saber mal y a doler, como a mí me ha dolido y sabido mal, pero no se trata de eso, sino de mirar las cosas como se debe, con ojos espirituales: y así, la noticia que te voy a comunicar va a ser muy de tu gusto, puesto que es un hermoso sacrificio, que a lo que creo, Dios Nuestro Señor me lo ha sugerido, toda vez que la obediencia, después de largos años de prueba, me lo ha bendecido completamente.

"Se trata de que queriendo yo sacrificar a Jesucristo, a quien tantísimo debo, algo que de verdad me costase, para pagarle en algo sus innumerables favores, por inspiración del Señor me fijé en ti, mi familia y mi patria, únicos amores que aquí en la tierra conservo en lo más hondo de mi amante corazón de hijo, hermano y mexicano: y con gusto espiritual, aunque le pese a la pobre naturaleza, se los ofrecí en holocausto, haciéndole el sacrificio de estos tres santos amores.

"Nuestro M.R.P. General, ha aceptado, en nombre de Jesucristo cuyas veces hace para conmigo, mi sacrificio, así es que mis ilusiones de volverte a ver a ti, a mis hermanos y demás familia, y de pisar aquella bendita tierra santificada por la presencia y protección de la Indita del Tepeyac, para mí se han acabado y de no ser por acá, sólo en el cielo espero juntarme con vosotros.

"¡Qué triste noticia! ¿verdad, mamacita? si sólo miramos a lo que piden con imperio la carne y la sangre, pero ¡qué hermosa y digna de mi corazón, que desea amar a Jesús sobre todas las cosas!...

"Sé que vas a llorar con esta carta; tus lágrimas caerán en lo más hondo de mi corazón amante de hijo, pero sé que unidas a las mías, las sabrás poner al pie del Sagrario juntas con las de tu pobre Manuel.

"Tú, mamacita, me enseñaste el camino y por dicha mía desde pequeño escuché de tus labios la salvadora aunque costosa doctrina de la cruz, que ahora pongo en práctica. Dios me conceda llevarla adelante y no parar hasta sacrificar mi propia vida, que es lo que me resta aún, por la gloria de Dios y la salvación de las almas: ¡dichoso de mí si tal consigo!

"Dignos de verdadera lástima son los mundanos que por el dinero o por otras aspiraciones aún más viles se imponen sacrificios semejantes; pero nosotros, que por Jesús y por fines más altos lo hacemos, somos o debemos ser más bien dignos de envidia.

"Tú bien sabes, mamacita, que el amor con la ausencia lejos de disminuir aumenta; imagínate por consiguiente lo que el mío para contigo, para con mis hermanos y demás familia ha aumentado desde que supe la feliz nueva. Somos felices con la felicidad que da la cruz verdadera, y así sólo deseamos no bajar de ella jamás.

"Muy prontito te volveré a escribir, saluda cariñosamente a todos mis hermanos, y tú, mi inolvidable mamacita, manda tu bendición a tu Manuel para que el gozo en su sacrificio sea completo...

Tu amante hijo,
Manuel, S.J."

Conchita copió esta carta en su Diario, y anota enseguida:

"Sí arrancó lágrimas esta carta a mi corazón, pero con la ayuda de Dios acepté y le ofrecí el sacrificio ofreciéndole no volver a verlo en la tierra, aún cuando pudiera ir a España. Renuncié a la dicha de oírle Misa cuando se ordene, a escucharlo cuando predique, a que me dé la comunión, a confesarme con él, a que quizá me ayudara a bien morir dándome la última absolución. El Señor se digne aceptar mi pobre e imperfecto sacrificio que hace sangrar mi alma. No soy digna de tal hijo" (Diario T. 43, p. 81, junio, 1920).

Conchita dirige enseguida a Manuel una respuesta sublime en la que madre e hijo rivalizan en el heroísmo:

"Querido hijo Manuel:

"¿Qué te diré después de haber recibido tu carta con la noticia de lo que ya esperaba, conociéndote?, que le di infinitas gracias a Dios, (aunque mojada en lágrimas) por haberte inspirado y dado fuerzas para ese grande sacrificio. Me fui detrás del Sagrario, puse tu carta ahí, pegadita y le dije que con toda mi alma aceptaba yo esa inmolación de afectos, que tan íntimamente me tocaban. Al día siguiente llevé sobre el pecho tu carta al ir a comulgar para renovar mi aceptación plena.

"Dichoso tú hijo, que pones a Jesús por encima de la carne y de la sangre, y que con mirada de fe te elevas muy lejos de la tierra. Lo poco bueno que al formar tu corazón recibiste de mí, no fue mío, sino de Dios, que con predilección infinita te escogió desde tus más tiernos años para Él, dándote la vocación religiosa.

"No sé si recibirás una carta mía en la que trasluciendo tu sacrificio te decía que en México se necesitan muchos operarios; que hay extensas regiones de indios hasta paganos donde se podía extender el reinado de Cristo con grandes sacrificios y privaciones. Por ejemplo la Tarahumara o los Muzquiz... Te decía en mi carta que si querías, aún viniendo yo no te volvería a ver, que bastaba no más que me lo indicaras. Ahora ya la obediencia sancionó tus deseos, y claro que ésta, sin duda, es la voluntad de Dios que con toda mi alma acato, venero y amo!...

"¡Oh Manuel, hijito de mi corazón! Lo más grande que existe después de Dios, Io único que puede hacer la criatura es amarlo, es darle gloria sacrificándose. El lema de san Ignacio es la fórmula suprema del amor: A.M.D.G. ¡Qué desconocido es este amor en la tierra!, pero dichosos los que han recibido la luz de la Cruz. Para el mundo amar es gozar; cree, en su egoísmo, que el amor consiste sobre todo en recibir consuelos, satisfacciones, cuando el amor se alimenta con dar, con inmolarse, con el santo combustible del dolor.

"Pero basta de sermón y me concreto a felicitarte mil veces porque has encontrado el verdadero camino que conduce al cielo. Sé siempre generoso con Dios, por puro amor y serás siempre feliz en la tierra y en la Patria.

"Tus hermanos se han puesto muy tristes y te irán a ver; pídele a Dios que a mí me encuentres en el cielo, que estoy muy lejos de merecerlo. Concluyo con recuerdos de todos mis hermanos y mi aprobación y mi bendición.

"Te abraza tu madre feliz en el dolor". (Junio 1920).

Dos años después Manuel va a ser ordenado sacerdote. El corazón de Conchita late de gozo y de satisfacción.

"Recibí una carta de Manuel que me ha conmovido. Ansía vivísimamente su ordenación. Me dice entre otras cosas:

"Ni una sola de tus intenciones olvidaré ni a nuestro inolvidable papá q.e.p.d., ni de ninguno de mis hermanos, ese día en que dicen fundadamente que todo lo concede el Señor a su nuevo sacerdote, pues ya sabes que para la comunicación espiritual de las almas entre sí no hay distancia; ese día, te lo prometo formalmente, tú y papá, como es de justicia, os llevaréis las primicias y todo lo mejor de mis intenciones y después todos y cada uno de mis hermanos, para que Nuestro Señor derrame abundantes y a torrentes sus preciosas gracias sobre ese inolvidable rinconcito de mi alma, que al pasar los años cada vez ama más mi pobre corazón, mi inolvidable familia...

"Me dices: 'Acuérdate hijo mío, que al tener a Jesús en tus manos en la sagrada forma no dirás este es el Cuerpo de Jesús, esta es la Sangre, sino que dirás: este es mi Cuerpo, esta es mi sangre, es decir que debe existir una total transformación, tú perdido en Él: otro Jesús".

"¿No es esto el colmo de la felicidad en la tierra y en el cielo? Así es mamacita y sea que me ordene ahora o después, háblame en tus cartas de esto, enséñame lo que es ser sacerdote, lo que es tener la inmensa dicha de decir Misa, pues me pongo en tus manos ahora como cuando chiquito me echaba a tu regazo para que me enseñaras a balbucear los nombres dulcísimos de Jesús y de María pues para penetrar este misterio de amor y de dignación infinita soy un verdadero bebé que te pido por favor luz, oraciones, sacrificios". (Diario T. 44, p. 56-57, 23 de julio, 1922).

Se aproxima el día de la sublime consagración como sacerdote de Cristo, las efusiones de ternura se multiplican en su correspondencia: '

"...Hay momentos en la vida en los que no digo escribir, ni decir, pero aún sentir debidamente parece que no se puede: éste es uno de ellos para ti y para mí, y así suplan ustedes lo que yo no puedo trasladar al papel... Ese día feliz vosotros y yo, yo y vosotros, tú mamacita en particular y yo, yo y tú, con lazo indisoluble y estrechísimo, incapaz de desunir ni las distancias ni la ausencia ni nada en el mundo, estaremos unidos en santa compañía, la más santa que haya acá abajo y allá arriba, la compañía del mismo Jesús...

"Y con esto termino hasta mandarte por cable ya sacerdote, después de recibir de rodillas la tuya, mi primera bendición. Todo tuyo.

Tu Manuel, S.J."

En la fecha fijada, teniendo en cuenta la diferencia de horas de Europa y México, Conchita se levanta en la noche y, con el espíritu, asiste a la primera Misa de Manuel, y recibe a través del espacio su primera bendición:

"¡Te Deum laudamus!.., ¡Yo, madre de un sacerdote!, ¡Dios mío, si me siento anonadada! Pero ¿cómo debo ser, qué virtudes ejercitar? No sé sino llorar y agradecer, convidando a todo el cielo a dar gracias por mí, que no sé hacerlo, tan miserable, tan manchada y tan vil" (Carta a una amiga, julio 31, 1922).

Una continua correspondencia epistolar los unirá aún durante largos años. Conchita le relatará en sus cartas hasta el mínimo detalle de la vida familiar, de cada uno de sus hermanos y hermanas, de todo lo que es de interés para ambos; los acontecimientos dolorosos de la persecución religiosa en México, su inquebrantable confianza en la misericordia divina para su patria, heroica en la fe. Son las cartas de una madre, de una amiga, de una confidente y de una santa que derrama su corazón en el de su hijo.

He aquí una de las últimas cartas, posiblemente la última:

"Hoy, día de Cristo Rey, se inauguró la fundación de los Misioneros del espíritu Santo en San Luis Potosí, tu tierra y la mía. ¡Bendito sea Dios! Dale gracias y que todo sea para su mayor gloria". Le habla de las leyes antirreligiosas y de las amenazas del comunismo ateo. "Sólo la Santísima Virgen de Guadalupe puede librarnos. México es suyo y siempre será... Estoy en Morelia y le robé a Nuestro Señor unos minutos para escribirte. De mes mis ejercicios, como cada año. En éste me ha recalcado Monseñor Luis Ma. Martínez, 'la perfecta alegría en el dolor'. Pídele a Dios que me aproveche... pues que quizá sean los últimos ejercicios y que tengo que prepararme para el gran viaje. Lo que Él quiera.

"Esperamos en Dios que se calmen las pasiones y que no se desate una guerra mundial.

"Hazte muy santo, que la vida es corta para andar con treguas. Cualquier camino que tomemos buscando a Dios va siempre a parar a la Cruz; dicen que la cruz con mayúscula es la del Maestro y con minúscula la nuestra: tomémosla pues que es el instrumento capital de nuestra salvación.

"Ya se me llegó la hora de estar con Él, y voy a pedirle mucho por ti; que reine plenamente en tu corazón; que llene todos los vacíos de tu alma, que te transforme en Él haciéndote otro Jesús, por María.

"Bendíceme y recibe la pobre mía con mucho cariño: jamás te olvida tu pobre madre" (Carta, octubre 25, 1936).

Su hija Concha, Religiosa

Concha, nacida después de tres niños, fue su hija especialmente consentida. Era la sonrisa del hogar. Su padre la adoraba. A los seis años cayó gravemente enferma de tifoidea, de la que se salvó gracias a los cuidados y a la entrega incansable de su madre. Se convirtió en una robusta y bella señorita pero su alma fue siempre para Dios con una inviolable pureza. A los quince años hizo voto de virginidad. Sus encantos personales le atrajeron toda una corte de jóvenes admiradores. Por un momento ella se sintió turbada y declaró a su madre que ya no quería entrar al convento. En su corazón se libraba un drama de amor. Su madre respetaba su libertad pero redobló sus oraciones y penitencias: "Señor, si su belleza es un obstáculo, quítasela".

Al regresar de un día de retiro Conchita entró radiante a su casa: "Mamá: he escogido a Cristo para siempre".

Una intimidad espiritual aún más profunda se desarrolló entre la hija y la madre hasta la muerte de Concha, en religión la hermana Teresa de María Inmaculada. Da testimonio de ello una correspondencia de más de trescientas cartas, sin contar las numerosas visitas. Sus almas vibraban al unísono en la comunión de un mismo ideal de amor a Dios y de sacrificio para la salvación de las almas. Los rasgos espirituales de Conchita se imprimían espontáneamente en el corazón de su hija: ¿No era su madre la inspiradora providencial y la fundadora de las contemplativas de la Cruz?

Su madre no cesaba de orar por ella: "Que sea una perfecta religiosa de la Cruz" (Diario T. 29, p. 451, abril 17, 1908).

"Concédele la perseverancia" (Diario T. 31, p. 79, octubre 5, 1908). Cuando el Noviciado se trasladó de México a Tlalpan la madre acompañó a su hija hasta el tranvía: "La persigné con la 'magnífica' hasta que perdí de vista el carro" (Diario T. 33, p. 127, agosto 16, 1909). Las visitas las llenaban a ambas de alegría: "Vi a Concha... está feliz" (Diario T. 30, p. 10, 3 de mayo, 1908). Así pasaron los primeros años. Conchita estaba orgullosa de su hija y daba gracias a Dios: "Me ha encantado la virtud de Concha, hoy Teresa de María, y me ha dado vergüenza verme a mí, tan vieja y sin virtudes de las que ella es un gigante" (Diario T. 40, p. 7, enero 17, 1915).

El 23 de octubre de 1916 pronuncia sus votos perpetuos: "Día feliz e inolvidable, ¡Teresa de María, mi hija Concha, es ya perpetuamente Esposa del Señor! Desde que comenzó a hablar le enseñé a decir que sería "Esposa de Cristo" y se ha consumado esa unión con el Rey del cielo y de la tierra!"

Entró Teresa de María a la capilla con su vela encendida, pura, modesta, temblando de emoción, radiante de dicha. Pronunció sus votos con voz tranquila y sonora. Tenía una hermosa voz; cuando cantó respondiendo al salmo "Veni Sponsa Christi", nos dice su madre: "yo sentía un gozo inefable, una humillación profundísima, una gratitud sin límites".

Su madre contemplaba admirada a la hermana Teresa de María Inmaculada: "Es un ángel..., será una gran santa" (Diario T. 40, pp. 347-349 octubre 23, 1916).

La joven profesa era encantadora. Fue para sus hermanas, que la amaban mucho, una compañera muy simpática, fiel y sonriente. Fue muy apreciada por las religiosas de Puebla y Monterrey. Su vida se desarrollaba sin historia. Por un momento atravesó por una grave crisis de vocación pero su amor a Cristo triunfó. Pronto vino a sorprenderla la enfermedad en el clima cálido, y mortal para ella, de Monterrey. Arrojó sangre. Fueron horas muy duras para la madre y para la hija.

Se trasladó a la enferma a México. "La Madre Javiera pidió permiso a la Mitra de que yo pudiera estar al lado de Teresa" (Diario T. 46, p. 133, diciembre 11, 1925). En la fiesta nacional de Nuestra Señora de Guadalupe "le dieron a tomar una hoja de rosa bendita (de las de la Villa) pidiendo a la Sma. Virgen que pudiera recibir el Viático, y volvió a su razón, y se le administraron los sacramentos y de todo se dio cuenta. Yo no sabía cómo darle gracias a Dios. Era para mí lo principal, que recibiera a Jesús, y ¡con qué fervor lo pedía! Me reconoció y me dijo: 'Mamacita encantadora'. ¡Pobrecita! Se me partía el alma, se me despedazaba el corazón de verla sufrir tanto. 'Este es mi cuerpo... esta es mi sangre'. Y la miro, y llorando se la ofrezco al eterno Padre con Él, diciéndole que la tome, que se haga su voluntad" (Diario T. 41, p. 134, diciembre 12, 1925).

"A las dos de la mañana me fui en un auto a buscar oxígeno. ¡Oh Dios mío, Dios mío, que no muera asfixiada! 'No quiero desesperarme', dice, y entra en una angustia indecible y repite: 'Por las almas, por los sacerdotes, por las Obras' ¡Dios mío! (Diario T. 41, p. 138, diciembre 17, 1925).

"Ayer a la una y tres cuartos de la tarde murió Teresa... ¡Dios mío de mi corazón, bendito mil veces seas! Después de veintinueve días de enfermedad y dolores agudísimos en todo el cuerpo murió la hija de mi vida. Fue un ángel, fue una víctima, fue una santa" (Diario T. 41, p. 138, diciembre 20, 1925).

Los cuatro hijos que sobreviven

Tres hijos y una hija de Conchita viven aún: Pancho, Ignacio, Salvador y Lupe.

Pancho es un agradable anciano, recto como una I, que con facilidad toma el avión para los negocios de la firma de máquinas de escribir que él fundó y aún dirige. Es un hombre de negocios, pero sobre todo un caballero y un cristiano. Sus hermanos y hermanas, que le deben mucho, lo aman como a un "segundo padre". Cuando murió su padre contaba él dieciséis años y se puso valientemente a trabajar para ayudar a su mamá en la educación de sus otros siete huérfanos. Pasó por horas difíciles; no se detuvo ante la necesidad de efectuar largas navegaciones a Europa y América: a los Estados Unidos, a Brasil, Argentina, Bolivia, Chile, Perú. Conchita había depositado en él su confianza y contaba mucho con él para la educación de sus otros hijos.

Ignacio, después de haber educado una hermosa familia cristiana con su esposa Chabela, muy amada por Conchita, termina sus días rodeado por el cariño de los suyos en la casa en la que murió su madre, en San Angel. Reza como envuelto por el recuerdo de su madre que lo amaba mucho y que decía de él: "Es el que más se parece a su padre".

Salvador fue el último de los varones. Su madre velaba por él con gran ternura, suplicando al Señor que encontrara una mujer que lo hiciera feliz: "Señor, dale estado a mi querido hijo Salvador" (Diario T. 45, p. 52, mayo 31, 1926). Después de su boda, escribe Conchita en su Diario: "Todo ha concluido para mí... pero la madre goza con la felicidad de los hijos" (T. 53, p. 316, 24 de septiembre, 1926).

Lupe fue una hija con mucha personalidad y encantadora. Salvador y ella fueron los "enfants terribles" de la familia, ambos con un gran corazón.

Concha amaba a todos sus hijos y seguía a cada uno en su vida particular. Jamás escuché de sus labios el menor reproche con respecto a su madre. Ella misma dio de ellos el más hermoso testimonio cuando decía: "No soy digna de los hijos que Dios me ha dado".

Semblanza de una madre por sus hijos

Desde 1954 tuve la oportunidad de dialogar con sus hijos. He aquí el relato vivo de su madre tal como se desprende de los testimonios auténticos que pude recoger, y a los cuales añado las respuestas verbales de un interrogatorio en forma, fielmente taquigrafiado.

Lo que más me impresionó al interrogar a sus hijos fue el constatar la identidad de sus juicios sobre su madre a pesar de la diversidad de temperamento de cada uno de ellos. Todos reconocen el carácter elemental de su primera instrucción que contrasta con la sublimidad de sus escritos: "Su instrucción, en San Luis, fue la de todas las señoritas de sociedad de la época. Entonces no se acostumbraba más que adornos, bordados, tocar el piano, etc. No es como ahora" (Pancho). Su hijo Ignacio me hizo la observación de que su madre era "extraordinariamente inteligente". Está seguro de que con la formación femenina del mundo actual Conchita habría brillado por sus cualidades intelectuales, por su poder de síntesis, que apuntaba recto a lo esencial.

Cristo, su Maestro, le suplirá todo y, bajo su "dictado", su genio místico se desarrollará. "Todo lo que ella escribió fue por inspiración divina", declaraba su hijo mayor.

Su hija Lupe recogió de su madre verdaderas confidencias sobre su vida de intimidad con su marido. Desde los tiempos de su noviazgo ella se sintió atraída hacia él por un gran amor. Ella veía en él un esposo cristiano, de gran rectitud moral, de carácter fuerte que el tiempo se encargó de dulcificar. "Mi madre cumplió siempre con sus obligaciones de estado. Ella se mostraba muy atenta y llena de ternura para con mi padre, siempre sumisa y buscando el modo de darle gusto en todo. Mi padre fue su único amor".

A su vez, mi padre fue para ella un marido excepcional: no se entremetía en sus cosas, le daba completa libertad, no le impedía escribir y la dejaba en paz" (Pancho).

Todos sus hijos dan testimonio de su fidelidad a sus deberes de esposa y de madre: "Ella llevaba sus relaciones conyugales con una gran sencillez. Su vida de matrimonio se desarrolló siempre en paz. Fue una vida verdaderamente cristiana, en una mutua comprensión. Yo he oído decir que no había perdido la inocencia bautismal. Ciertamente ella insistía mucho sobre la pureza en nuestra educación, pero comprendí que juzgaba las cosas humanas sin ver pecado en todas partes. Ella vela todo eso como muy natural. Entendía la vida como algo bueno. Nosotros somos los malos. Más tarde me habló de mis deberes para con mi esposa. Yo me di cuenta cabal entonces que su sentido de la pureza no era ignorancia" (Ignacio). Este testimonio de un padre de ocho hijos merece ser retenido.

"Nada de tapujos entre ellos. Estaban seguros el uno del otro" (Lupe).




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