Determinismo y responsabilidad August Hamon



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Determinismo y responsabilidad” de August Hamon

DETERMINISMO Y RESPONSABILIDAD*

August Hamon

La verdad no puede dudar. Helv

A Guillermo Greel, rector de la Nueva Universidad de Bruselas. Su amigo, A. Hamon.



A LOS LECTORES

En el prefacio de la edición francesa de esta obra, escrita en Mayo-Junio de 1897, indicábamos que estas lecciones sobre el libre arbitrio y el determinismo, sobre la responsabilidad y la definición del crimen, formaban una especie de introducción general de un curso completo de criminología que teníamos la intención de hacer. Han pasado diez años y nuestra intención no se ha realizado. Las circunstancias de la vida fueron únicamente la causa.


En Mayo de 1897, con algunos sociólogos y literatos, fundamos «L’Humanite Nouvelle» para que sucediera a la «Societe Nouvelle», que acababa de desaparecer. En Julio siguiente tuvimos necesidad de tomar la dirección de esta revista, y consagrarle todo nuestro tiempo en detrimento de nuestros trabajos personales. Durante cerca de siete años tuve que asumir la pesada tarea de la dirección, luego de la administración de esta importante revista. Durante largo tiempo tuve el cuidado de asegurar su existencia, cuando los editores rehusaron ejecutar las convenciones debidamente firmadas.1 Durante todo este período nos vimos precisados de abandonar la esperanza de preparar y de hacer nuestro curso. Nuestras ocupaciones no nos dejaban tiempo.
«L’Humanité Nouvelle» ha cesado de aparecer, falta de recursos. Su independencia, eclectismo, la libertad de que gozaba cada colaborador hacían que esta revista no fuera el órgano de ningún grupo, de ninguna secta. No tenía por consiguiente, ningún otro apoyo más que el de individualidades dispersas. Para vivir le hacía falta, o un mecenas, o un número suficiente de abonados, desgraciadamente, no encontró ni lo uno ni lo otro. Tuvimos, pues, que abandonar la lucha luego de siete años de esfuerzos, de gastos, de energía, de inteligencia y de dinero. Ahora que no tenemos que ocuparnos de «L’Humanité Nouvelle» creemos poder llevar á buen fin la obra de que hablábamos en el prefacio precedente. Esperamos poder reanudar en 1906, en 1905, quizás explicar en la Nueva Universidad de Bruselas, tratando, primeramente, del crimen y de los criminales políticos.
Determinismo y responsabilidad, que apareció en París en abril de 1898, mereció los honores de una traducción inglesa en 1899, y de una traducción portuguesa en Lisboa en 1900. La edición inglesa fue objeto de una curiosa aventura que merece ser relatada, «The Universal Illusion of Free Will and Criminal Responsibility» fue editada por la «University Press» en Watford, cerca de Londres. En esta editorial fueron publicadas la «Pathologie of Emotions», de Ch, Fèré, «The Psichology of sex» de Havelok Ellis, «The Old and New Ideal Psudo-Philosophy por Hungh Mortier Cecil, etc. Un médico, miembro de la «Royal Society», profesor de mérito del «King’s College», médico consultor de «King’s College Hospital», el doctor Beale formuló quejas contra este libro por obscenidad e indecencia. Seguidamente se hicieron pesquisas; resultó la citación ante los tribunales, que reproducimos:
«A Charles M. Coleman, del distrito Watford, en el condado de Hertford.
Considerando la información que ha sido hecha bajo juramento en este día ante nosotros, los abajo firmados, por William Wood, inspector en jefe de la policía del distrito de Watford, en el condado de Hertford, para decirnos que dicho W. Wood ha entrado debidamente, el 18 de diciembre del año de N. S. 1899, en virtud de una orden dada por nosotros de conformidad con la ley de l867 sobre las publicaciones obscenas, en la casa número uno de Sotheron Road, en Watford, conocida bajo la denominación de «University Press», y que ha encontrado en dicha casa y recogido ciertos libros obscenos titulados: «The Pathology of Emotions», «Studies in The Psychology of Sex», «The Old And The New Ideal», «University Magazine», «The Universal Illusion of Free Will and Criminal Responsibility», obras impresas y publicadas para ser vendidas con ganancias y provechos y habiendo sido dichos libros sometidos a nuestro examen: por la presente están citados a comparecer ante el juzgado de Watford en el citado condado de Hertford el sábado 23 de diciembre de 1899, a las once de la mañana, a fin de hacer efectivas las razones que según usted se podrían oponer a que dichos libros sean destruidos por la autoridad de la justicia.
Firmado: Josetine F. Watkius, F. Summer Kuyvett, jueces de dicho Condado.
El proceso vino al día indicado. La acusación estaba a cargo del procurador H. Morten Turner. El defensor de la University Press era R. H. Humphreys. Sólo había un testigo de cargo, el doctor Beale. Su interrogatorio fue verdaderamente muy típico y nosotros relatamos los puntos más salientes, tomándolos de el folleto «Inquisition and autos-da-fe at the Dacon of 20th century». (Inquisición y auto de fe a últimos del siglo XX).
«H. M. Turner. – En su calidad de médico, ¿cuál es su opinión sobre los libros recogidos? ¿Son obscenos o no?
Doctor Beale. – Los parágrafos que he leído, son muy obscenos e indecentes.
H. M. Turner. – ¿Son necesarios o útiles a los estudiantes de medicina?
Doctor Beale. – No señor, sino que son muy perniciosos. Estoy seguro de que ningún maestro de conferencias leería estos epígrafes, de que no dejaría estos libros en manos de estudiantes en Inglaterra o en la Gran Bretaña.
H. M. Turner. – Pero, ¿y en Francia y en Alemania?
Doctor Beale. – ¡Oh! en esos países existe una moralidad diferente á la de aquí. Nosotros los ingleses somos una nación moral, pero la Francia y Alemania están podridas hasta la médula.
R. H. Humphreys. – ¿Porqué razones ha denunciado usted a la policía estos libros como obscenos antes de haberlos leído?
Doctor Beale. – Porque los fragmentos leídos eran obscenos así como los epígrafes de los capítulos escritos en el proyecto enviado.
R. H. Humphreys. – ¿Considera «Studies in the Psycology of Sex and chapters on Human Zove» (Estudios en la psicología del sexo y capítulos sobre el amor humano) como títulos indecentes?
Doctor Beale. – Ciertamente, son fuertemente sugestivos.
R. H. Humphreys. – Sugestivos, ¿de qué?
Doctor Beale. – De indecencia, (risas en el tribunal)… La experiencia en los hospitales y en la clientela privada, basta para enseñar. Nosotros no tenemos necesidad de obras sobre esos temas… Todo cuanto se relaciona con la cuestión sexual, no solamente no es necesario, sino que es peligroso. Los mejores hombres de ciencia (Medical men) estudian otras ramas de la medicina y no pierden el tiempo sobre un tema peligroso como dicho Psichologie du sex.
R. H. Humphreys.- Pero si en las escuelas existen ciertos vicios, ¿no es bueno que los maestros conozcan estos hechos?
Doctor Beale. – No, es mejor que los ignoren.
R. H. Humphreys.- ¿Quisiera ignorar los casos de sífilis, porque son el resultado de relaciones sexuales?
Doctor Beale. – Sí, lo quisiera. Sería preferible si el pueblo viera en ella el justo castigo de sus malas acciones enviado por Dios Todo Poderoso.
R. H. Humphreys. – ¿Quiere decir á los magistrados lo que significa «Psicología del sexo»?
Doctor Beale. – Eso no significa nada. No existe la psicología del sexo. Todo cuanto está en relación o conexión con el sexo es de vil origen, es un pecado. La palabra Sexo debería ser desterrada de nuestra lengua.
R. H. Humphreys.- Es una política de avestruz. ¿Ha leído la gran obra de Darwin sobre la «Selección Sexual»?
Doctor Beale. – No, no quisiera ni tocarla; es un veneno para los espíritus puros… Yo sé que todo lo que está en conexión con el sexo es peligroso, pernicioso para el cuerpo y para el espíritu. Yo sé que la obra de Darwin ha hecho mucho daño.
R. H. Humphreys. – Como todo ser humano, ¿usted no debe su propia existencia a ese acto sexual tan diabólico? (maliqued).
Doctor Beale. – Con pesar digo que sí, pero mis padres eran casados.
R. H. Humphreys. – ¿Puede imaginarse un mundo sin sexo? ¿Puede imaginarse la existencia de un mamífero sin que le haya precedido la unión sexual de sus padres, casados o no?
Doctor Beale. – Ciertamente que puedo. Adán fue creado sin que se verificara el acto en cuestión, y Eva y los ángeles y… Cristo.
R. H. Humphreys. – No ha oído hablar de casos más recientes, supongo.
Doctor Beale. – No, pero es el resultado del pecado original y de la pérdida del Paraíso.
R. H. Humphreys. – ¿Por qué considera la obra del Profesor A. Hamón «The Universal illusion of Free Will» como un libro inmoral?
Doctor Beale. – Porque la existencia del libre arbitrio es la base de nuestra santa religión y la base de la moral en general. La negación del libre arbitrio es la doctrina más peligrosa que se ha emitido. Ella destruye el edificio moral construido por el cristianismo durante diecinueve siglos.
R. H. Humphreys. – ¿Así es que considera como inmoral esta peligrosa doctrina, sea verdadera o falsa?
Doctor Beale. – Eso es.
R. H. Humphreys. – Si la ciencia descubre una verdad, ¿cree que debe ser suprimida, si es peligrosa para los dogmas de la religión y para la moralidad religiosa?
Doctor Beale. – Los conocimientos son a menudo más peligrosos que la ignorancia.

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Se queda uno verdaderamente estupefacto al leer estas respuestas de un hombre de ciencia, verdaderos restos de las épocas en que la fe nublaba completamente la razón. Queda uno estupefacto y triste, porque verdaderamente es triste el ver sobre los labios de un profesor de un importante colegio médico semejantes tonterías, locuras. Lo peor es que los jueces ingleses han dado la razón a ese viejo, en quien resalta la debilidad senil.
La Pathologie des emotions del padre Feré, los Etudes de psychologie du sexe, del profesor Havelock Ellis, nuestro Determinisme et responsabilité, han sido condenadas en la Gran Bretaña porque el tribunal condenó los libros a ser destruidos por el fuego. Esto es a la vez risible y triste.
Triste, porque no se puede ver sin dolor una semejante resolución de la justicia en nuestro tiempo, y en un país como Inglaterra, tan renombrado por su libertad. Recuerda demasiado las resoluciones de los tribunales de la Edad Media y de los siglos siguientes. Es una negación demasiado brutal de la tradicional libertad inglesa. Es un indicio de la potencia demasiado grande de la mentalidad religiosa en la Gran Bretaña.
Es risible, porque es una obra vana condenar al fuego, a la destrucción, las obras de los pensadores, los mismos pensadores. En los siglos pasados, las religiones y los gobiernos han puesto todo lo que han podido de su parte para ello. Siempre han fracasado. El fracaso más completo ha coronado siempre sus esfuerzos. El pensamiento es incoercible. Ningún lazo puede encadenarle. Siempre llega a hacerse luz, sean los que sean los obstáculos levantados sobre su ruta: hogueras, cadalsos, presidios, mazmorras.
La historia social, política y religiosa demuestra la vanidad de la obra restrictiva de la expresión del pensamiento. Condenas como las que este libro ha tenido en Inglaterra son, pues, absolutamente inútiles. Pero no nos quejaremos demasiado, puesto que ridiculizan algo la magistratura inglesa, puesto que prueban que los protestantes son tan poco tolerantes como los católicos. Hasta en un país católico, no se vería hoy semejante condena, porque verdaderamente la fe religiosa en los católicos se ha perdido en gran parte; verdaderamente, esta fe ha continuado bastante más viva y fuerte en los países protestantes.
Con absoluta confianza entregamos Determinismo y Responsabilidad a la crítica española y al público tan numeroso de Europa y las dos Américas que lee la lengua de Cervantes. Deseamos reciba la misma acogida que tuvo en Francia, en Portugal, etc. Pueda este libro ayudar de buena fe, por poco que sea, la marcha de la humanidad hacia una mejor vida.
A. Hamon

Kerhuel en Camlez (Bretaña), Junio, 1904.



LECCIÓN PRIMERA
LIBRE ARBITRIO Y DETERMINISMO


CAPÍTULO I
ANTIGÜEDAD E IMPORTANCIA DE ESTA CUESTIÓN FILOSÓFICA

La cuestión del libre arbitrio y del determinismo es, según Fouillée, el problema filosófico por excelencia. Todas las otras cuestiones se ligan a esta. Es justo semejante modo de ver, mas aún cuando se trata de ciencias sociológicas.


Libre arbitrio o determinismo: ¡una de las piedras angulares sobre las que reposa el edificio social! Todas las ciencias que tratan del ser humano, individual o colectivamente, encuentran en su base esta pregunta: ¿el ser humano es libre o determinado? Siguiendo el concepto que se tiene de la libertad o de la no libertad volitiva se sigue una concepción diferente de los fenómenos, de los sistemas sociales. La adopción de la teoría determinista o de la teoría del libre arbitrio se refleja sobre todos. Una parte de las más importantes de la criminología, aquella de la responsabilidad, de la penalidad, de las represiones del crimen delito, completamente se modifica según admitamos o no el libre arbitrio. Al principiar un curso de criminología importa el examen de este problema filosófico, fijando bien nuestros conceptos.
Desde hace siglos y siglos se discute sobre la libertad y la necesidad. Filósofos y teólogos han amontonado volúmenes sobre volúmenes; los unos sosteniendo el franco arbitrio, los otros propagandistas del ser determinado. Los Estoicos, los Maniqueos, los Marcionistas, los Priscilianistas, Calvino, los Jansonitas, los Tomistas se colocan entre los últimos, mientras que Epicuro, los Molinistas, Melanchton y muchos otros se erigen en defensores de la libertad volitiva. Los historiadores y poetas, tanto latinos como griegos, a cada instante invocan la inexorable fatalidad, la voluntad de los dioses como causa de los actos humanos. Niegan, en suma, el libre arbitrio. San Agustín, el gran doctor católico, ha roto lanzas en favor de la gracia y afirmado: El hombre es invenciblemente determinado o al mal por su corrupción natural o al bien por el Espíritu-Santo. Y Bayle ha podido deducir de la doctrina de Chrysippe: «En el fondo todos los actos de la voluntad humana son continuaciones inevitables del destino». Y Voltaire afirma, netamente, el determinismo en su lenguaje claro y característico de este modo: «La libertad no es otra cosa que el poder hacer lo que yo quiero… Tu voluntad no es libre, pero lo son tus acciones. Eres libre para hacer cuanto tienes el poder hacer».
Todas estas discusiones, en pro como en contra del libre arbitrio, reposaban sobre argumentos a priori. Para combatir o defender el determinismo, el método racional era el único en uso. La introducción del método experimental y observador en las ciencias ha venido a modificar, considerablemente, la situación de los filósofos. Esta modificación se convirtió en un verdadero trastorno, cuando la psico-fisiología formó entre las ciencias, en el último cuarto de este siglo los filósofos griegos y latinos, los Padres de la Iglesia, los doctores de la Reforma, los filósofos de los tiempos modernos, no se basaban más que en su razón para sostener o refutar el franco arbitrio. Ahora, hechos observados, experimentados, deducciones necesarias, han venido a aclarar el problema, debilitar, reducir a la nada la argumentación del libre arbitrio; sostener, afirmar, imponer la doctrina del determinismo. También Fouillée, aunque embebido en el clasicismo filosófico, ha confesado que, en el fondo de las cosas, el determinismo es verdad.
Aunque la ciencia positiva haya demostrado, y creemos es imposible de destruir esta demostración, que el determinismo es la verdad, la filosofía clásica es siempre la del libre arbitrio. Aquella es la que se enseña oficialmente. No se habla del determinismo mas que para afirmar es un error y dar una refutación aparente. De donde se deduce que a todos nosotros, o a casi todos, nos han inculcado la idea de que el hombre posee el libre arbitrio. Esto explica lo difícil que resulta arrancar de nuestra suerte esa concepción falsa, puesto que está en contradicción con todos los fenómenos humanos. Esta impresión de nuestros cerebros es tal que, hace pocos días, un joven abogado me confesaba: «Sí, teóricamente el determinismo es verdad; pero, prácticamente, no. Basta ver los delincuentes de la correccional para persuadirse». El ambiente profesional había despertado en él, con intensidad, las nociones recibidas durante su instrucción clásica. Eso le impedía analizar a fondo los delincuentes, y, por consiguiente, percibir su no-libertad volitiva.


CAPÍTULO II
¿QUÉ ES EL LIBRE ARBITRIO?

– ¿Qué es pues el franco arbitrio, o libre arbitrio, o libertad moral, o libertad volitiva? Alternativamente, estas diversas denominaciones han sido empleadas en el mismo sentido.


En muchas partes de su Diccionario, Bayle, nos da la explicación del franco arbitrio. Escribe por ejemplo: «Esos que sostienen el franco arbitrio propiamente dicho, admiten en el hombre una potencia para determinarse hacia el lado derecho o el izquierdo, cuando los motivos sean perfectamente iguales por parte de los dos objetos opuestos; puesto que ellos pretenden pueda nuestra alma decir, sin tener otra razón que la de hacer uso de su libertad: «Me gusta más esto que aquello, aunque no veo nada más digno de mi preferencia en esto que en aquello». Y Bossuet, en su Tratado del Libre Arbitrio, ha dicho que la libertad moral pertenecía al hombre puesto que puede escoger o no escoger, sin otro motivo que su propia voluntad». También, en la concisa filosofía usada en el bachillerato, puede leerse: «La libertad moral o el libre arbitrio, es la libertad de nuestra misma voluntad».
Esta definición es algo oscura y verdaderamente tautológica. Implica la necesidad de una definición clara de la voluntad. Y de esta la concisa filosofía del bachillerato, nos dice: «La voluntad es el poder de determinarse, inherente al alma humana».
De donde resulta que el libre arbitrio es la libertad de poder determinarse. En otros términos, el libre arbitrio, es el libre arbitrio. Tal es la manera clara con que los compendios clásicos explican el libre arbitrio. Haya o no tautología y oscuridad en estas explicaciones, no es menos cierto que la libertad moral es, según sus partidarios, la facultad inherente al hombre, de escoger sin tener una razón cualquiera justificadora de ésta elección.
En suma, como ha escrito Enrique Ferri, el libre arbitrio quiere decir que «a pesar de la presión continua y multiforme del medio exterior y de la lucha interior de los diferentes motivos la decisión, en último extremo, entre dos posibilidades opuestas, pertenece exclusivamente, a la voluntad del individuo».
Vemos, pues, es la base sobre que descansa el concepto del libre arbitrio, la voluntad, que, para los filósofos clásicos, es una facultad del alma. Ella es el poder de tomar una determinación hecha abstracción (en teoría) de todas las circunstancias que hayan podido provocarla y de la posibilidad o imposibilidad de ejecutar lo que se ha resuelto. Este poder se prueba solamente por la conciencia que nosotros tenemos. Nosotros sentimos, luego sentimos a ciencia cierta, dicen los compendios clásicos, somos dueños de nosotros mismos, pudiendo decir del mismo modo yo quiero, que yo no quiero, que yo quiero lo contrario.
La conciencia que la humanidad tiene de su libre arbitrio es el único argumento usado por los sostenedores de la libertad moral. Es este un verdadero sofisma. Aun hasta los pocos hombres de ciencia que son partidarios del libre arbitrio tienen en él un recurso. Dicen: «Por medio de una auto-observación, desprovista de todo apriorismo, es fácil ver que el hombre normal, en estado de plena actividad mental, tiene en sí mismo la impresión, la conciencia de que puede resistir o consentir las solicitaciones que le llevan al bien o al mal… Este sentimiento de la libertad moral… es un atributo natural de la organización del hombre… Así, pues, el libre arbitrio forma normalmente parte constituyente de los atributos naturales de la mentalidad del hombre, de la que sigue el progreso, las oscilaciones y la decadencia. Nosotros le sentimos obrar en su entera independencia, en medio de las solicitaciones disparatadas que le provocan, de las pruebas que nuestra razón lo opone, haciendo «prevalecer a su gusto tal determinación consentida de antemano u otra, indiferente o contraria, momentáneamente ofrecida por la inteligencia. Pero, ¿puede ser que esta libertad moral de que el hombre tiene tan plenamente, tan sinceramente, tan universalmente conciencia, sea una secuela de la inteligencia? No, no podemos creerlo, y afirmamos altamente que el libre arbitrio existe». Nada hay que hacer notar sobre la extravagancia de este libre arbitrio, fracción de mentalidad por una parte enteramente independiente, por otra oscilando, progresando, declinando con esa mentalidad. ¡Es inútil insistir sobre este libre arbitrio que es tan pronto una entidad, teniendo una existencia propia, haciendo prevalecer a su gusto una decisión cualquiera, tan pronto un atributo de la mentalidad, por consiguiente determinado como ella, puesto que es una de las propiedades de esta mentalidad! Sin demostrar cuanto estos decires se contradicen, cuán oscuro es todo esto, nos limitaremos a demostrar que: «La conciencia universal que el hombre tiene de su libertad moral es la prueba única de esta existencia». Y esto lo repetimos, es un verdadero sofisma; es admitir como demostrado lo que es necesario demostrar.
Nosotros tenemos conciencia de poder determinarnos, abstracción hecha de todas las causas; por consiguiente, sabe más a ciencia cierta que este poder existe en nosotros. Hé aquí el razonamiento de los defensores del libre arbitrio. Pero la conciencia que se pueda tener de un fenómeno no prueba su existencia. Todos nosotros sabemos que el sol va del Este al Oeste. Sería, sin embargo, un gran error deducir: Por consiguiente, el Sol va realmente del Este al Oeste, dando vueltas alrededor de la Tierra. Durante largo tiempo se creyó que la conciencia de este fenómeno cósmico demostraba su existencia. Hoy sabemos, a ciencia cierta, no hay nada de eso. Para muchos otros fenómenos la conciencia que se tiene de ellos es engañosa y no demostrativa de su realidad.
En el estado de hipnotismo hay una turbación de percepciones. Se puede tener, se tiene, conciencia neta, precisa, sincera, de fenómenos irreales. A está en estado sonámbulo. Tú le afirmas que el señor X… es la señora Z… Entonces A… ve al señor X… y percibe a la señora Z… Obra con X… como obraría con Z… Cree estar con esta señora y no con X… Tiene conciencia de ver, de oír, de tocar a la señora Z… y sin embargo es el señor X… a quien ve, a quien oye, a quien toca realmente. Su conciencia le engaña. Tiene conciencia de un fenómeno inexistente. ¿Qué es la alucinación, sino la conciencia de fenómenos irreales? Hagamos notar que las alucinaciones pueden ser colectivas y percibidas por muchedumbres. Podríamos acumular volúmenes de pruebas demostrando que en ciertos estados psíquicos, los humanos pueden tener conciencia de fenómenos que no existen, es el lector de los trabajos de Beaunis, Binet, Beruheim, Liegiois, etc., etc., no tendrá más que el apuro de elegir. Con toda razón. Tarde ha notado que el hipnotismo cura de la ilusión del libre arbitrio. «El hipnótico despierta que bajo el imperio persistente de una orden recibida durante su sueño, roba un reloj o abofetea a un amigo, se cree libre de obrar de este modo y funda su persuasión sobre los falsos pretextos que su imaginación le otorga para justificar, a sus propios ojos, su acto absurdo, para apropiarse una iniciativa de fuente extraña». El hipnotismo prueba, experimentalmente, la inutilidad del único argumento de los partidarios de la libertad volitiva.
Frecuentemente, a cada instante, sucede que los fenómenos existen sin que nosotros tengamos de ellos conciencia. La célebre experiencia del péndulo compensador de Chevreul es una prueba concluyente. Esto «prueba cuán fácil es tomar las ilusiones por realidades siempre que nos ocupamos de un fenómeno en el que nuestros órganos toman parte y esto en circunstancias que no han sido analizadas suficientemente» (Chevreul). Se conocen las experiencias de Chumberland; de Slade, basadas sobre la percepción consciente o inconsciente, de movimientos inconscientes. La mayoría de los humanos no poseen la audición coloreada. Poco numerosos son los que a la impresión del calor ligan, invariablemente, la de los sabores u olores. De estos fenómenos, la mayor parte de los hombres no tienen conciencia. Por esta misma razón, muchos tienen tendencia a negarlas. De la inconsciencia de ciertos fenómenos deducen su inexistencia. La introspección es un procedimiento de estudio, de análisis, que no es conveniente descuidar. Pero es necesario guardarse también, de basarse sobre ella solamente para deducir la existencia de entidades diversas.
El hecho de que el hombre tiene universalmente, plenamente, sinceramente, conciencia de su libre arbitrio no prueba, no puede probar la existencia de este libre arbitrio. Para que lo probara sería necesario demostrar de antemano que: tener conciencia de un fenómeno es prueba suficiente de la realidad de este fenómeno. Nosotros no creemos que esta demostración sea posible; tantas observaciones la contradicen. Es pues ilógico, irracional, sinonimizar «sentir que se es dueño de sí mismo» con «saber que es dueño de sí mismo».
Puede suceder -y en realidad sucede- que la libertad moral sea un producto de la actividad cerebral. El hombre, no teniendo conocimiento de todas las causas que le determinan ha creído ser libre. Ha erigido esta libertad en un dogma, lo mismo que erigió en dogma el movimiento del Sol alrededor de la Tierra, lo mismo que afirmaba la existencia de poseídos por el diablo viendo desdoblamiento de personalidad. Como la idea de Dios, la idea del libre arbitrio es un producto de la inteligencia humana que, poco a poco, se ha elaborado en los cerebros. La libertad moral no existe, lo mismo que Dios. Es una ilusión pura y simple. Locke tenía completa razón cuando decía que el asentimiento general, envanecedor de la doctrina del libre arbitrio, provenía de una pura ilusión, resultante de la ignorancia de las causas que nos hacen obrar.
Pero admitamos, con los partidarios del libre arbitrio, que esta conciencia de la libertad moral acarrea necesariamente su existencia y veamos si los hombres poseen todos esa conciencia. Ya, con precisión, Bayle escribía hace dos siglos: «Los que no examinan a fondo lo que sucede en ellos mismos, se persuaden, fácilmente, de su libertad y de que, si su voluntad se inclina mal, caen en falta, por una elección de que ellos son dueños. Aquellos que formulan otro juicio son personas que han estudiado con detenimiento los recortes y circunstancias de sus acciones y son los que han reflejado bien los movimientos progresivos de su alma. Esas personas, ordinariamente, dudan de su franco arbitrio y acaban hasta por persuadirse de que su razón y su inteligencia son esclavas, impotentes para resistir a la fuerza que les arrastra donde ellos no querían ir». Esta misma contestación dio Moleschoff a un adversario, cuando le respondió tenía conciencia de no tener su libertad volitiva, y el de estar determinado. Por otra parte cada día aumenta el número de personas que tienen conciencia de que ellas no son libres para querer o no querer. El solo argumento sobre el que se apoya la doctrina del libre arbitrio está pues destruido por la misma observación de los hechos.
Hemos dicho: «el solo argumento dado en favor de la libertad volitiva», y en efecto, nosotros no hemos encontrado otros. Es evidentemente imposible que nosotros consideremos como argumentos serios las aserciones siguientes:
No hay que creer ejerzan los móviles (deseos, predisposiciones, instintos) una influencia irresistible, no solamente porque esto sería peligroso, sino porque los hechos están de acuerdo con la moral para probar lo contrario. Sería una excusa muy cómoda poder achacar todo sin cesar a nuestras pasiones y constitución. La razón y la voluntad nos han sido dados, justamente, para dominarlas cuando nos amenazan con conducirnos mal. No es porque un motivo sea más fuerte que el otro por lo que él produce una determinación en nuestra voluntad; se decide por él, por lo que, efectivamente, resulta el más fuerte.
Confesemos que todo eso es pura verbosidad. ¿Qué viene a hacer la moral en ésta demostración? ¿Qué hechos prueban la libertad? La voluntad se convierte en una entidad, teniendo una existencia propia y no sufriendo ninguna influencia. Verdaderamente, se encuentra uno confundido al ver enseñar el libre arbitrio, basándolo sobre argumentos tan débiles. Toda esta pseudo argumentación viene a parar en aserciones gratuitas, en peticiones de principios.
Pero, lo que mejor que todo arruina el sistema del libre arbitrio, es el análisis del proceso del acto voluntario.


CAPÍTULO III
EXPOSICIÓN DEL PROCESO PSICO-FISIOLÓGICO DE LA ACTIVIDAD MENTAL; PROCESO DEL ACTO VOLUNTARIO; LO QUE ES LA VOLUNTAD; LA IMPULSIÓN

Para conocer este proceso debemos mirar, en su conjunto, como se forman y nacen las ideas, como se determinan en nuestros actos. No nos corresponde hacer aquí un curso de psico fisiología.


Nosotros no podemos, pues, no demostrar, la formación de las ideas, el porque de la actividad cerebral. Para esta demostración recomendamos los trabajos de E. H. Weber, Fechner, Helmhoitz, Dubois Reimond, Wundt, Herbert Spencer, Bain, Jaine, Maudsley, Marey, Beaunis, Herzen, Charcot, Manouvrier, Laborde, Ribot y muchos otros.
Debemos exponer, solamente, el estado de la cuestión, tal como resulta de las indagaciones de los psicólogos y fisiólogos contemporáneos.
Estas indagaciones han dado una base experimental a la mecánica cerebral. El cerebro es la substancia pensante. Fuera de él, de esa substratum el espíritu no existe. Como escribe Debierre «el uno está ligado al otro por un casamiento indisoluble». A los desarreglos de las funciones psíquicas, corresponden lesiones materiales del cerebro. Los hemisferios cerebrales y las facultades intelectuales se desarrollan paralelamente. «La ciencia demuestra de un modo absolutamente cierto el hecho de la simultaneidad y correlación constantes y necesarias de la vibración nerviosa y la actividad; hace de ellas dos fenómenos inseparables que no pueden tener lugar el uno sin el otro».
La vida psíquica del hombre y los animales comienza en los órganos de los sentidos. «Su corriente perpetua, dice Griesinger, brota hacia fuera por intermediación de los órganos del movimiento; el tipo de la metamorfosis de la irritación sensitiva en impulsión motriz es la acción refleja con o sin percepción sensitiva».
¿Qué es la acción refleja, constitutiva, realmente, del gran mecanismo de los centros nerviosos? No podemos hacer cosa mejor que reproducir lo que ha escrito sobre esto el profesor Debierre: «La acción refleja está esencialmente constituida por una reacción motriz, automática e inconsciente, o voluntaria e inconsciente. Se reduce a los fenómenos siguientes:
«1°. Impresión externa o recepción de los movimientos exteriores por los órganos sensitivos;
«2°. Transmisión centrípeta de la conmoción por medio de los nervios centrípetos ó sensitivos que unen la periferia a los órganos nerviosos centrales;
«3°. Reacción interna o reflexión de la conmoción recibida por los elementos nerviosos de los centros, acompañadas o no de conciencia;
«4°. Transmisión centrífuga de la excitación por medio de los nervios centrífugos o motores que unen los centros a los músculos;
«5°. Reacción externa o restitución de la energía recibida (movimientos musculares, ademanes, palabras, etc.)».
Los centros nerviosos tienen por función restituir, reflejar, bajo forma de impulsión motriz, la impresión sensitiva recibida del exterior. El mecanismo es muy complejo; por eso mismo la energía recibida es devuelta inmediatamente o luego del almacenaje, pero devuelta modificada. De afuera, en organismo recibe solamente movimiento, y, esto, bajo formas muy variadas; ondulaciones sonoras, vibraciones luminosas, calóricas; movimientos diversos motivados por el tacto. La reacción del organismo a estas recepciones es diferente según la cantidad, la naturaleza, la tensión, la asociación de esos movimientos. Difiere también según el estado en el que se encuentra el mismo organismo. De aquí resultan sensaciones internas o externas infinitamente variadas. Las sensaciones variadas como las impresiones que las producen, constituyen las reacciones internas. Cuando estas reacciones son conscientes, van acompañadas de sensaciones reflejas (asociaciones de movimientos reflejos), que se llaman imágenes, representaciones, recuerdos, ideas. Las reacciones externas están constituidas por series de movimientos musculares, series tan variadas como las acciones automáticas, instintivas y voluntarias de los seres vivientes. (Herzen).
Toda impresión conmueve, pues, cada elemento de los centros nerviosos. Esta conmoción es comunicada a todos los otros elementos o solamente a una serie. De esto resulta una sensación refleja que puede dar lugar a una reacción psíquica, a un acto reflejo inconsciente. La sensación refleja es consciente. Desde luego el esquema siguiente, tomado de la obra del Dr. Debierre, hace comprender el mecanismo de la actividad cerebral.
1 es la superficie sensitiva o sensorial que recibe la impresión.
Esta es conducida por el nervio sensitivo a hacia el centro reflejo b (médula espinal, médula alargada), corriente centrípeta. De este centro nervioso b parte una corriente centrífuga siguiendo el nervio motor c. La reacción motriz es ejecutada por 2, órgano del movimiento. El movimiento llevado a cabo de este modo es inconsciente. En lugar de cerrar en el centro, la corriente centrípeta puede continuar siguiendo el nervio sensitivo d y llegar a un centro cerebral E, consciente (cerebro). De este centro E, a través f, nervio conductor de motricidad, por una corriente centrífuga que conmueve el centro medular b. Este a su vez hace accionar el músculo 2 por medio del nervio motor c. Allí está el movimiento voluntario, consciente.

Sin cesar un momento el cerebro recibe una oleada de vibraciones centrípetas, sin cesar un momento devuelve una oleada de vibraciones centrífugas. (Herzen). Pero entre la recepción y la acción hay todo un trabajo interno. Sensaciones reflejas, asociaciones de ideas que constituyen los fondos mismos de la actividad mental. Con la sensación refleja los movimientos son conscientes, voluntarios, determinados más o menos por el juicio, como lo son la mayor parte de los reflejos cerebrales. Sin esta sensación refleja, los movimientos son automáticos, maquinales, como aquellos de los reflejos medulares. (Debierre). En una palabra la sensación refleja es la condición indispensable, necesaria, de la psiquicidad.


La actividad mental se lleva a cabo siempre en el seno de los elementos nerviosos. Esta actividad no es otra cosa que un movimiento molecular. Es una cuestión mecánica. Una transmisión, es una modificación de una impulsión exterior, es decir, una forma particular del movimiento molecular; he aquí en qué consiste la actividad mental. El trabajo cerebral es una forma de la energía. El pensamiento tiene equivalentes químicos, térmicos, mecánicos, como han demostrado tantos fisiólogos y, notablemente, Broca, Schiff, Paul Bert, Lombard, Tanzi, Mosso. ¿No se sabe que este último ha demostrado era la fatiga cerebral de la misma naturaleza que la fatiga muscular? Y, justamente, Debierre, ha podido escribir: «En psicología como en física y en fisiología, el trabajo producido no puede ser más que igual a la suma de las fuerzas puestas en juego; lo que quiere decir que las fuerzas no se crean sino que no hacen más que transformarse».
El trabajo positivo del cerebro, como el del músculo, reposa sobre procesos de disgregación y de reintegración molecular. Y se puede decir con Y. Soury, la ideación, la volición, etc., tienen su causa y sus razones en la mecánica molecular.
El órgano del pensamiento es el cerebro. Sin cerebro, no hay función, es decir, no hay sensaciones, no hay memoria, no hay voliciones, no hay idea. La actividad cerebral es consciente o inconsciente. El campo de lo inconsciente es muchísimo más importante, mucho mayor que el de lo consciente. En el campo de lo consciente no tienen lugar más que algunas de las manifestaciones -sensaciones, recuerdos, ideas- de la actividad cerebral que comprende un largo conjunto de estas manifestaciones. En todo proceso psíquico una parte de los eslabones nos pasa desapercibida.
Es sin darnos cuenta como tienen lugar la mayor parte de los fenómenos. Pero aquellos mismos de que nosotros no tenemos conciencia pueden obrar como excitantes sobre otros centros de actividad cerebral. Así pueden ellos «convertirse en punto de partida ignorado de movimientos, de ideas, de determinaciones de que no tenemos nosotros conciencia». (Beaunis).
La actividad física, bajo sus diferentes formas, viene a parar siempre a una reacción motriz voluntaria o automática, consciente o inconsciente. Ella vuelve de este modo bajo las formas más elementales, como trabajo mecánico, al seno del mundo exterior.
La volición, el acto voluntario, son manifestaciones de la actividad mental. Puesto que nosotros conocemos el mecanismo de esta, nosotros sabremos fácilmente lo que es la voluntad y el porqué del acto voluntario. En este punto también debemos limitarnos a exponer, eliminando las pruebas, recomendando al curioso los trabajos de Spencer, Ribot, Herzen, Manouvrier, Laborde.
El acto, sea voluntario o automático, no es más que el fin de una serie, no interrumpida, de fenómenos mecánicos. Al individuo le impresionan los fenómenos por medio de los sentidos. Resulta de eso, ya lo hemos visto en el anterior esquema, una corriente nerviosa centrípeta. En el caso de acto reflejo esta corriente provoca una reacción de los centros nerviosos antes de llegar, o sin llegar al encéfalo. La percepción, si existe, sigue entonces a la reacción. Una corriente centrífuga, partida de uno o muchos de esos centros, hace obrar al individuo antes que haya recibido la sensación. Es, digo yo, el movimiento reflejo, evidentemente automático.
Sucede que la corriente nerviosa centrípeta, llega a los centros cerebrales sin haber provocado, en el camino, movimiento reflejo. Entonces estas impresiones percibidas o sensaciones se representan en imágenes diversas, excitativas de elementos cerebrales que hacen nacer nuevas representaciones. Es la reminiscencia de antiguas sensaciones, asociadas a las nuevas. Esto constituye los motivos o series de motivos, y, entre ellos, se produce el conflicto. En este conflicto de motivos, uno de ellos, o una serie de entre ellos, predomina, produciendo lo que se llama preferencia. Todos estos fenómenos cerebrales van, naturalmente, acompañados de desintegración y reintegración moleculares que provocan una corriente nerviosa centrífuga en la que el fin es la ejecución de un acto por los órganos del individuo.
Si todo este proceso tiene lugar sin que el individuo tenga conciencia, sin que él tenga conocimiento de la lucha de los motivos, de la predominación de uno de ellos, del mismo acto resultante, allí hay pura y simplemente acto automático. La cualidad específica del acto voluntario, es ser acto consciente. El individuo tiene conocimiento de las sensaciones recibidas, de la reminiscencia de las antiguas, de los motivos entre los que existe el conflicto de la preponderancia de uno de entre ellos. Allí hay toda una serie de estados de conciencia más o menos fuertes; algunos pueden ser muy flojos, casi nulos. «La voluntad es el estado de conciencia preponderante, y a la vez, dice Manouvrier, la representación viva de un acto y el principio de la corriente centrífuga que producirá este acto». Fisiológicamente, añade el mismo sabio: la voluntad es una tendencia motriz resultante o predominante; una tensión nerviosa intra-cerebral con dirección centrífuga determinada. La voluntad no es una entidad, una facultad, sino un momento del proceso del acto. Si se representa este proceso por un arco que vaya de la impresión a la acción, la voluntad será un punto especial de esta cadena psico-motriz, al fin de la porción llamada sensitiva y al comienzo de la porción llamada motriz. Este punto se encuentra en el momento donde la impresión se transforma en acción mental.
La voluntad es una resultante. En la serie de estados de conciencia precediendo la acción, ella se produce en último lugar. Es efecto de todos los estados de conciencia precedentes, pero a causa de los actos voluntarios, «puesto que estos actos resultan en contracciones musculares causadas por las corrientes nerviosas centrífugas en cuyo origen se encuentra una desintegración molecular central que representa fisiológicamente la voluntad». (Manouvrier). Como todo fenómeno de un proceso cualquiera, la voluntad produce los fenómenos que siguen; lo mismo que era efecto de los fenómenos que la precedieran. Como ha dicho Ribot, el «yo quiero» no constituye, no crea una situación; la justifica. La voluntad no es una facultad, una entidad, sino una representación mental consciente de un acto antes de su ejecución; un estado de conciencia más o menos fuerte, consistiendo en una representación de movimientos con tendencia a ejecutarlas. Es, en definitiva, una imagen más o menos viva de un acto. Manouvrier ha demostrado que esta imagen posee un valor fisiológico, porque ella constituye una tendencia a la ejecución del acto representado.
La voluntad está precedida por la cohesión de los motivos, por la deliberación, esa complicidad constituida por todos los estados de conciencia nacientes. La voluntad no tiene influencia alguna ni sobre la cohesión de los motivos, ni sobre la deliberación. Al contrario, depende de ellos. Los sentimientos e imágenes, tienden siempre, a traducirse en movimientos. No tenemos, como ha observado Ribot, en el acto voluntario, más que un caso extremadamente complicado de la ley de los reflejos. En el caso del acto voluntario, entre el período dicho de excitación y el período motriz, aparece un hecho psíquico capital -la abolición-, es decir, un estado de conciencia en el que se ve, acaba el primer período y el segundo empieza.
El acto reflejo, el acto automático son inconscientes; el acto voluntario es consciente. Hay toda una serie de actos conocidos bajo el nombre, de actos impulsivos que participan a la vez, de estos dos estados. Son por una parte conscientes y por otra inconscientes. Supongamos que un individuo al ver un niño tiende, insensiblemente, a matarle. El tiene conciencia de esta impulsión y, para no sucumbir a ella, recurre a otro, porque él no se encuentra con la fuerza inhibitriz necesaria. Sea que encuentra o no la ayuda de otro, el acto ha sido llevado a cabo cerebralmente. En la génesis de éste acto, encontramos una impresión despertando toda una serie de ideas-motivos. Allí hay una lucha de estos motivos y determinación del acto; todo este proceso es inconsciente. Para la imagen de este acto despierta otros centros cerebrales produciendo desintegraciones moleculares: Otros motivos nacen y luchan contra el resultado primero. Este segundo proceso es consciente. Cuando el acto se ha llevado a cabo en contradicción con los motivos del segundo proceso consciente, es que la serie primera de motivos la ha vencido. El acto, es impulsivo aunque por una parte consciente. Puede suceder que este estado de conciencia sea muy débil, no existiendo en el momento de la perpetración del acto y no se produce hasta consumarlo. Se puede decir que el acto impulsivo es el fin de una serie de fenómenos, jerárquicamente coordinados, conscientes e inconscientes, predominando estos últimos. El acto voluntario es el punto de encuentro de una misma serie de fenómenos, pero donde los conscientes predominan. Sean conscientes o inconscientes, los impulsivos son individuos posesores de una especie de parálisis de la voluntad, resultado de la ausencia de una coordinación jerárquica de sensaciones, de imágenes y de ideas-motivos en el proceso psicomotor. El produce pues, acto sin subordinación.
En suma, todo proceso psico-fisiológico acabando en un acto, sea el que sea, puede reducirse al siguiente esquema:
Fase psíquica: Impresión, por causa externa o interna, en el individuo impresionado;
Fase fisiológica: La impresión recibida provoca vibraciones en una o muchas redes nerviosas (nervio sensitivo); es una corriente centrífuga que viene a parar 1°. a centros nerviosos (médula) y 2°. a centros cerebrales. Las vibraciones de estos centros provocan vibraciones centrífugas, que van hacia la periferia, por una o varias redes nerviosas. En el primer caso (antros nerviosos), en el movimiento es reflejo; en el segundo caso (centros cerebrales), en el movimiento es automático, impulsivo o voluntario.
Fase física: Movimiento muscular mecánico para la ejecución del acto determinado por la corriente centrífuga (acto reflejo, acto automático, impulsivo o voluntario).
Los estados fuertes de conciencia no se encuentran más que en el acto voluntario. En el acto impulsivo, el estado de conciencia es débil o no existe mas que luego de llevar a cabo el acto. Sigue al acto en vez de precederle.



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