De las personas con discapacidad en asturias



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Desde que se produjo el accidente de automóvil que le provocó discapacidad física se reconoce en una constante depresión agravada por la muerte de su madre con quien estaba muy unida y con quien desarrollaba planes de ocio como salidas a Benidorm de vacaciones, viajes a Canarias a visitar a unas primas y pequeñas excursiones con las personas de su entorno barrial más inmediato.
Vive en un entorno muy comunitario propio de la cultura particular de la cuenca minera lo que le permite una buena relación con la cultura pública, la calle, la parroquia, los chigres de la zona en que vive. A pesar de que ella lo deniega, parece probable que esté en los umbrales de un proceso de alcoholización dado que salir a beber con los amigos de sus padres y en otras circunstancias con los de su hermana y su cuñado es una de las actividades que con más gusto realiza. Esta presumible alcoholización no le impide desarrollar con disciplina y responsabilidad el trabajo por el cual cuenta con unos ahorros extras para poder comprarse ropa o hacer pequeñas inversiones para la casa en la que vive y que comparte con su hermana y su familia. La vivienda de sus padres, de la que esperan ambas hermanas poder obtener una buena rentabilidad dado que es una casa en una de las calles céntricas del lugar, se halla actualmente en juicio de sucesión porque unos primos han interpuesto demanda de condominio sobre la misma.
La ilusión de Teresa es poder comprar un piso pequeño en el mismo hábitat, en un lugar muy cercano a la casa de su hermana y sus sobrinos para no perder el contacto con éstos pero poder vivir de manera independiente y seguir con la costura. Recibe, sin embargo, pensión de discapacidad y es evidente que se trata de una persona que está cuidada, que tiene buen seguimiento médico de sus dos discapacidades así como en la atención ginecológica que manifiesta realizar todos los años.
No ha realizado consulta psicológica ni ha habido prescripción médica al respecto aunque la sensación de que no avanza en su constante depresión la anima a poder pedir una ayuda terapéutica porque no quiere “inflarse a pastillas” que solo le lleven a tapar sus problemas.
V.- DIFERENTES FACTORES CONDICIONANTES DE LAS CIRCUNSTANCIAS VITALES DE ESTAS MUJERES

V.- 1.- El concepto discapacidad


Sin ninguna duda, como sucede en todos los procesos complejos, la diversidad de factores que actúan para caracterizar las diferentes circunstancias de estas mujeres discapacitadas no puede reducirse a uno, ni tampoco es posible en todos los casos jerarquizar con exactitud la potencialidad de la incidencia de cada uno de ellos. Siendo cierto lo que afirmamos, también es cierto que no podemos dejar de lado la importancia analítica de recuperar la fuerza incidencial de estos factores y, en algunos casos, sí resulta muy manifiesta la centralidad de alguno de ellos como por ejemplo las circunstancias de pobreza en la constitución de la discapacidad o la fortaleza caracterizadora del grupo familiar en la búsqueda de los indicadores de discapacidad.
En el caso que nos ocupa, las circunstancias vivenciales de algunas mujeres con discapacidad, implica, como es obvio, centrar la mirada en su condición de tales, es decir, la condición de mujeres en la asunción del proceso mismo de discapacitación y, especialmente, en todo lo que se refiere al horizonte estratégico de sus vidas en tanto posibles maneras peculiares de inclusión en lo social. Por ello proponemos un recorrido por diferentes factores que, a modo de indicadores, puedan permitirnos ajustar la mirada, la percepción, finalmente, la comprensión sobre los procesos de discapacitación de estas mujeres.
Para lo cual será necesario comenzar por el propio concepto discapacidad y comprenderlo en su amplio y controvertido sentido hasta llegar a su actual articulación compleja y sistémica. En efecto, las categorías y definiciones propuestas por la Organización Mundial de la Salud siguen siendo objeto de debate y tanto entre los expertos como entre los políticos y demás especialistas, cunden las diferencias, las controversias y los diversos puntos de vista. Debido a esta complejidad parece necesario, sin pretender realizar aquí un recorrido por la historia, tener presente que la idea de discapacidad ha transitado en el pasado por diversos enfoques y comprensiones.
La historia de cómo se han abordado las deficiencias físicas, psíquicas y/o sensoriales es ilustrativa de la diversidad de enfoques que puede darse a un problema que, en principio, parece tener una naturaleza objetiva común. Una transformación decisiva ha sido, sin lugar a dudas, el paso que cambia la mirada sobre las deficiencias desde una óptica animista y/o religiosa hacia otra técnica sanitaria que considera a las deficiencias como resultado de una enfermedad congénita o sobrevenida a lo largo de la historia de una persona. A finales del siglo XIX se produce un segundo cambio epistemológico de gran importancia que va a reconocer la centralidad de lo social, de lo “medioambientalista” en la caracterización del padecimiento de la persona que tiene alguna deficiencia, aspecto que ha llevado a llamar a esta perspectiva con el ambiguo título de perspectiva activa ante la definición de discapacidad. Es el momento en el que se sustituye el modelo organicista de deficiencia por otro que tiende a una mayor comprensión etológica, lo que va a contribuir grandemente a generar políticas sanitarias, educativas y culturales a favor de las personas con deficiencias. Pero no será hasta los años sesenta del siglo XX, que se produzca el tercer gran cambio en la concepción de las deficiencias, cambio que pondrá el acento en los condicionamientos psico-sociales y socioambientales todo lo cual transforma la mirada sobre quien padece deficiencias sino, - y quizá sobre todo – lo que abre las vías para una política de prevención y de información más sistemática y sanitaria en el sentido moderno de este término.
De allí que en el momento actual pueda claramente diferenciarse entre deficiencia, discapacidad, siendo la primera cualquier pérdida o anormalidad de una estructura o función anatómica, fisiológica o psicológica como resultado del desarrollo de enfermedades, traumatismos o trastornos de cualquier tipo que no necesariamente inhiben a la persona para la consecución de su inserción social.
La segunda caracterización, la que implica el concepto discapacidad es cualquier restricción o ausencia de la capacidad funcional para realizar actividades cotidianas dentro del margen que se considera “normal” para un ser humano en un medio determinado. Las discapacidades están relacionadas originariamente con deficiencias, aunque éstas, no siempre van a provocar discapacidad. Por el contrario, utilizamos discapacidad cuando se produce un o unos trastornos disfuncionales a nivel de la persona, lo que va a repercutir en la idea de minusvalía para la capacidad de inserción social plena de la persona en sociedad.
De esta forma proponemos tener en cuenta en el espíritu del presente informe, la importancia crucial de la dimensión social con la que abordamos el concepto de personas con discapacidad ya que no sólo nos referimos a sus deficiencias sino sobre todo, a cómo éstas se incrustan en la realidad de los entornos experienciales para fortalecer la noción misma de discapacidad o, por el contrario, es a partir de una deficiencia que la persona que la padece y su entorno – o parte de él – asumen el desafío de buscar nuevas vías de integración sin quedar atrapadas en la lógica excluyente de la deficiencia misma.

V.- 2.- La noción de inserción social


Se trata de un concepto complejo que, sin embargo, será necesario tenerlo en cuenta porque es uno de los espejos sobre los que mirar. Y aún más se trata de uno de los indicadores por excelencia que permiten caracterizar la intensidad de la discapacidad o el grado de ésta en leve, medio o grave ya se trate de una dificultad menor, estimable u obstaculizadora de la inserción de la persona en la sociedad o el medio que habita. Dentro de las nociones particularizadotas de la idea de inserción, nuestra realidad actual le otorga un peso de gran importancia – quizá excesiva – a la noción de inserción laboral. En efecto, sin casi cuestionamientos, la potencialidad de la idea de inserción laboral es tal, que por sí misma parece dar cuenta del grado de normalización insertacional de una persona, tenga o no deficiencia o discapacidad alguna.

De allí que la inserción laboral de las personas discapacitadas deba medirse más que como un eje dicotómico, trabaja o no trabaja, como el resultado de posibles vías de relación, vinculación o relación con diferentes estructuras mediadoras de una posible (a veces hipotética) forma de inserción. Lo hipotético de la potencialidad de la inserción laboral no debe pensarse tan sólo desde la deficiencia de la persona discapacitada sino de las posibilidades de ésta en el contexto de un mercado de trabajo cada vez más desregularizado y sobre todo, en el caso que nos ocupa, de las peculiares características de tendencia a la inserción en el ámbito doméstico que las culturas tradicionales (preferentemente rurales aunque no solo) adjudican a las mujeres.


De todas formas, resulta elocuente que en muestrario de nuestras interlocutoras (utilizamos el concepto muestrario en el sentido literal para distanciarlo del más preciso y estadístico de muestra) tenemos que:


  • Una mujer con discapacidad física está en le mercado de trabajo ordinario.




  • Una mujer tiene titulación universitaria y trabaja de forma autónoma en el submercado de las asociaciones.




  • Una mujer está intentando insertarse laboralmente en el mercado de trabajo protegido.




  • Cuatro mujeres tienen pensión por discapacidad y solo una de ellas logra ingresos extras en el marco de la economía sumergida




  • Una mujer está en un centro ocupacional de empleo.

Lo que también debemos tener en cuenta, es que el grado de autonomía posible y de allí la capacidad de relacionarse con otros fuera del ámbito familiar puede dar cuenta de formas de inserción social aunque sólo sea para las situaciones de ocio o de relación en las cuales se gestan y tejen redes afectivas que acompañan los procesos de cada una de ellas. Por ello será importante destacar la diferencia estructural que implica la posibilidad de autonomía relacional – real o potencial – que está presente en la mayoría de las mujeres que habitan zonas urbanas o semiurbanas y que tiende a restringirse notablemente o directamente a no existir en el caso de las mujeres en ámbitos rurales aislados aunque en todos los casos esté presente el grupo familiar de acogida.


Una vez más y aunque se sitúa fuera del alcance de esta investigación, es notable que ninguna de las mujeres contactadas, tiene acceso al empleo a través de las cuotas pactadas entre los diferentes agentes sociales ni tampoco al llamado empleo protegido.
Sin embargo, aunque el grado de inserción laboral es muy poco elocuente en el conjunto de realidades experienciales de estas mujeres interlocutoras, la mayoría de ellas con independencia del tipo y grado de discapacidad – con excepción de las que están claramente imposibilitadas por un problema de madurez autonomizadora – comparten la valía del trabajo como el principal indicador de su inserción social. Dicho en otros términos, aún estas mujeres que por padecer discapacidades múltiples o estar en situación formativa desventajosa, no abandonan por ello, la noción que señala la inserción laboral como la mejor y más auténtica forma de lograr un sentimiento de normalización cívico, aunque muchas de ellas, sepan que dicha posibilidad les está negada y por ello reciban una pensión por parte del Estado.
Como se ha señalado en el primer capítulo de este informe, el paro femenino entre personas que padecen discapacidad es notablemente superior al masculino a pesar de que en ciertos grados y tipos de discapacidad los géneros se equiparen a la baja, o mejor aún, al alza en cuanto a cifras de desempleo. Pero será necesario tener en cuenta que la posibilidad de inserción de la mujer discapacitada en el mercado de trabajo - siendo estadísticamente tan poco probable – es una de sus más sentidas expectativas.
A partir de las experiencias aquí recogidas, resulta evidente que existe una baja tasa de inserción laboral, aspecto que por otra parte no es ninguna novedad ya que las estadísticas – también recogidas en las primeras páginas – son suficientemente elocuentes al respecto. Aunque nuestro universo de referencias es notablemente mínimo porque su intencionalidad es más intensiva que extensiva, será importante reconocer que más allá de la casuística de cada situación particular las mujeres son especialmente marginadas del mercado de trabajo y esto sucede tanto por las “naturales” tendencias de inserción en el ámbito doméstico como por la resistencias y prejuicios por parte de los agentes de trabajo que lo reconocen de manera expresa:
Yo soy un empresario que en muchos casos tengo necesidad de abrir puestos de trabajo, pero francamente no se me ocurre en la vida pensar en una mujer discapacitada porque tengo temor, tengo la impresión que va a tener más problemas que un hombre con una discapacidad y además es fatal que lo diga… pero lo cierto es que llegan a diario currículums de mucha gente a la que no le pasa nada y puestos a elegir… es duro pero es así, las mujeres están en el furgón de cola de Feve, ni siquiera de Cercanías
EMPRESARIO


Nosotros hacemos lo que podemos, pero es que a las mujeres es verdad que se las deja más de lado todavía que los rapaces, es que una mujer a un empresario de Pymes o de gran empresa le parece que es un mundo tener a una mujer en silla de ruedas o con un bastón y no digamos ya una mujer con problemas de cabeza, eso es impensable si además tiene a jóvenes formados y con ganas de que les exploten y tal, que vas a decirles que tiene que ser buena persona, pues no… la verdad es que terminas por comprenderlos… y en las grandes empresas otro tanto, es nefasto, lo sabemos, aquí en el sindicato le hemos dado vueltas y vueltas pero no hay forma… o empleo protegido a través de la administración o no hay nada que hacer….



SINDICATOS

Por otra parte, será importante desconocer, para no situar el espacio del daño tan sólo en el ámbito de los agentes laborales (empresas, administración, sindicatos, etc.) que uno de los grandes déficit que arrastran las mujeres discapacitadas es la baja cualificación formativa que se agudizan cuando las discapacidades son de tipo congénito ya que en este caso es la misma familia la que prefigura lo doméstico como única vía posible de inserción, desde la cual, por otra parte, será más fácil acceder a una pensión por discapacidad que “proteja de por vida” a quien padece alguna deficiencia o minusvalía.


Finalmente habrá que reconocer también que las pocas mujeres que han logrado alguna forma de cualificación formal a través de los estudios medios y en menor medida de tercer nivel o las que al menos han logrado idoneidad en el dominio de algún oficio, carecen de interés – dado las actuales circunstancias del mercado labora – por adquirir formas de rehabilitación profesional o reciclaje formativo con la única excepción de los llamados conocimientos informáticos, cuyo mítico poder reinsertador o insertador en el mercado de trabajo, parece tender a desdibujar su otrora y reciente fuerza motivadora.
Un título académico que sirva a una mujer discapacitada no le vale… quizá si yo fuera capaz de lograr o de haber logrado tres títulos universitarios, alguien se sentiría motivado, no te digo conmovido, pero así con una titulación como la mía, más me hubiera valido la cosa esta de la informática y tal, pero ahora la verdad es que ni eso me dan ganas y soy voluntariosa, te lo aseguro…
H.V. Nº 2

A mi lo que me gustaba, pero después se me pasço era lo de la informática, de verdad, pensé que tal vez eso era bueno para mi, pero ahora todas las rapazas jóvenes ya lo saben y además saben inglés y saben muy buen castellano que yo no porque ya ves que meto el asturiano por todas partes, bueno, que se le va hacer, a cada uno le toca lo suyo, entonces seguiré cosiendo
H V. Nº 8

V.- 3.- Las pensiones como forma de inserción laboral


La existencia de las pensiones para las personas con discapacidad es otra de las vías de inserción social que, justamente por la importancia que implica para muchos casos de los consultados, habrá de ser tenida en cuenta como otra forma de inserción de primer orden. En efecto, el sistema de pensiones aparece como una alternativa a la inserción laboral al facilitar unas prestaciones económicas que, a pesar de su estrechez, representan un aporte propio de estas personas a su propio sustento y eventualmente, como hemos visto en algunos casos (H.s Vs Nºs 4, 5, 6 y7) ayudan al sustento de los grupos familiares con los que viven y a los que pertenecen. Como se ha visto (H.V. Nº 8) la pensión no es incompatible con el ejercicio de alguna actividad laboral y cuando esto ocurre, su función es complementar la merma de ingresos que pueda suponer el trabajar siendo mujer y estando discapacitada.
De los dos modelos de pensiones de invalidez, las contributivas y las no contributivas, en nuestro escenario de interlocución, todas pertenecen al segundo tipo, aspecto que se comprende fácilmente al ser todas ellas mujeres y algunas con edades superiores a loa cuarenta años.
La pensión por discapacidad contributiva que está más directamente asociada a la situación del trabajador o trabajadora que en el marco de su actividad profesional padece una invalidez permanente absoluta, o una invalidez permanente total o una invalidez permanente parcial parecen arrastrar el handicap de inhibir a la búsqueda de nuevas formas posibles de trabajo ya sea través de una nueva cualificación profesional o a través de una recualificación en función de la discapacidad a la que se ha llegado; posible merma en la rentabilidad o eficacia laboral. Sin embargo un segundo handicap planea sobre las pensiones contributivas por invalidez parcial o total que están en el meollo de muchas situaciones de estancamiento y es suponer que porque se tiene una pensión no se puede ejercer ninguna actividad productiva.
Por su parte las pensiones por discapacidad no contributivas (también llamadas de invalidez no contributiva) están destinadas a personas con discapacidad que teniendo edad laboral carecen de ingresos o renta suficiente para poder participar en el sustento de sus gastos. La mayoría de las mujeres en España y la totalidad de las mujeres interlocutoras pensionadas de nuestra investigación reciben este tipo de pensión no contributiva que en muchos casos ayuda al sustento del grupo familiar (H.V Nº 4, 5. 6 y 7) y en otros, es situación de importante hegemonía en tanto ingresos seguros en el hogar y en un mínimo margen de situaciones es una suma que permite compensar otros ingresos aunque éstos sean resultado de los trabajos en la economía sumergida, no sujetos a control de Hacienda ni a las aportaciones correspondientes (H.V Nº 8). Es importante destacar lo que acabamos de señalar pero que en la noción generalizada tiende a perder énfasis: la mayoría de las mujeres discapacitadas en España, ya se trate de discapacidad congénita o sobrevenida, son receptoras de pensiones no contributivas lo que da cuenta de manera elocuente de los perjuicios (al menos uno más) que implica la dificultad o imposibilidad de inserción laboral para estas mujeres.
Y un segundo aspecto a tener en cuenta: según las opiniones de gran parte del empresariado la viabilidad de las personas con discapacidades para insertarse laboralmente ha de competir con muchos otros sujetos de uno y otro género que demandan empleo ordinario sin padecer ninguna discapacidad. Sin embargo, también es evidente que quienes tienen discapacidades cumplen un importante papel – probablemente irreemplazable - en el campo de la economía sumergida no controlada, en la cual los beneficios por pago de mano de obra barata y por no control de circulación de capital y de trabajadores es notablemente alto. En este ámbito de ilegalidad tan frecuente en España no suele haber jóvenes y ni siquiera inmigrantes, que compitan con las personas discapacitadas. En síntesis, no parece exagerado afirmar que las personas más aptas, más domesticables, más disciplinadas y más dispuestas a trabajar aún en condiciones de bajos ingresos en la economía sumergida son las mujeres en general y las mujeres discapacitadas en particular.

V.- 4.- Sobre la ambigüedad del concepto inserción


En términos generales, la fortaleza aspiracional del mismo concepto “inserción” tiende a presentarlo como si de un concepto totalmente positivo se tratara. Como si inserción fuera sinónimo de normalidad social fuera del cual sólo se encuentra la segregación o la anormalidad. Sin ninguna duda, esta perspectiva responde a la idea de que la inserción social es un derecho de todas las personas por ser tal y en este sentido se comprende la bondad o, mejor aún, la bonomía, que encierra el término. Sin embargo no debemos olvidar que el uso del concepto inserción está directamente relacionado con la búsqueda de mecanismos y de formas de integración compensatorias cuando se produce la quiebra de la inserción laboral en tanto es ésta la más nuclear forma de integración a la sociedad en la que vivimos. En efecto, es la quiebra del orden tradicional de integración de las personas a través de la vía salarial lo que estaría en crisis y frente a ésta parece necesario comprender las metamorfosis de lo social – al decir de Robert Castell – que entre otras consecuencias ha significado transformar las políticas de integración en políticas de inserción. Es decir que cuando proponemos la idea de inserción, es porque reconocemos la disfuncionalidad de los mecanismos de integración. De esta forma habremos de tener una especial sensibilidad cuando se utiliza – al menos con finalidades analíticas – el concepto inserción ya que el mismo está muy cerca de ser una fórmula paliativa nunca expeditiva de resolver más bien a medias, la tan perseguida posibilidad de integración normalizada en lo social.

De allí que sugerimos, como se ha puesto de manifiesto en trabajos anteriores utilizar el concepto inserción en su dimensión más neutra, aquella que sugiere formas y mecanismos que las personas desarrollan para establecerse en sus vidas pero que las mismas pueden ser positivas o negativas más aún, cuando el plano de las estrategias a desarrollar están muy limitados.


Veamos dos ejemplos de nuestros itinerarios biográficos: nuestra interlocutora Nº 6 (NIEVES), es una persona notablemente incluida en su realidad familiar hasta el punto de ser el centro de la vida de sus padres y del sentido de la vida de éstos. Por otra parte, la interlocutora Nº 8 (TERESA) es una mujer que está en el mercado de trabajo excluyente de la economía sumergida del cual difícilmente pueda acceder a otros puestos de trabajo o pueda mejorar su situación por méritos personales. Pero mientras la primera por un exceso de inclusión en lo familiar acreciente su discapacidad, la segunda vinculándose a un ámbito de exclusión, acaba pudiendo generar ingresos para compensar su pensión de discapacidad lo que le permite una modesta pero holgada situación de vida y sobre todo, una correcta forma de sentirse útil y sobre todo autónoma.
De allí que sea muy importante mantener la neutralidad de este término, inserción, pero también descargar axiológicamente los términos concomitantes de inclusión y exclusión como si el primero fuera positivo y el segundo negativo. Por el contrario, - y especialmente en temáticas como las referidas a las personas con discapacidad – es importante comprender que hay inclusiones que son positivas pero otras que son negativas, mientras que lo mismo sucede con el término exclusión: en muchos casos señala un déficit, pero en otros, señala un beneficio: la decisión de CARMEN (interlocutora Nº 2) de autoexcluirse de la casa paterna le permite insertarse en los estudios universitarios ante los que los padres eran no sólo reacios sino también beligerantes a la contra., por el contrario, la potencialidad que le otorga a MERCEDES (H.V. Nº 3) la inclusión en el marco de una pareja le permite una importante apertura al sentido de su vida y de su destino frente a la adversidad.



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