De la conciencia a la conciencia



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De la CONCIENCIA A la CONCIENCIA
Ramesh S. Balsekar


http://www.librodot.com
CARTAS
diciembre de 1987 -julio de 1988

Todo lo que existe

es la Conciencia

NOTA DEL EDITOR

LAS SIGUIENTES CARTAS, que fueron escritas por Ramesh a mí y a otro discípulo, no sólo son una exquisita introducción a su enseñanza, también representan una bella muestra de un aspecto extremadamente importante, aunque sutil, de la misma: la relación gurú-discípulo. La mayoría de lo escrito en las cartas es una forma de comunión amorosa entre el gurú y el discípulo (véase el sentido en que Ramesh define el amor en la página 68). En esencia, desde la perspectiva del gurú esta relación es impersonal, como Ramesh relata en el caso de su propio gurú: “Maharaj afirmaba repetidas veces que sus palabras no iban dirigidas a ninguna entidad individual sino a la Conciencia. Las palabras surgen de la Conciencia y se dirigen a la Conciencia”.

Ya que aparentemente una carta es enviada a un individuo en particular, esto parece ser una paradoja. Para el gurú, en cambio, no hay contradicción, puesto que él ve a la Conciencia y no a ningún “otro” como el receptor de la carta. Y cuan do son publicadas las cartas de un gurú (una circunstancia extremadamente rara, si no es que única, en el caso de un jñani), éstas poseen un cierto encanto asociado con el calor de la intimidad, que apenas puede esperarse que se dé en trabajos más formales, escritos específicamente para ser publicados.

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Ramesh S. Balsekar, El buscador es lo buscado. Puntos clave de la enseñanza de Nisargadatta Maharaj, Editorial Yug, México, 99O.

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Además de darnos detalles sobre la cercana relación con su propio gurú, las elocuentes historias de Ramesh (que no sólo son interesantes e informativas, sino además sumamente entretenidas) nos hablan de la relación con sus discípulos, por lo que podemos ver cómo se interesa paciente y compasivamente por las necesidades de sus corresponsales.

Obviamente no hay manera de que el discípulo pueda corresponder al don que recibe de su gurú. Sin embargo, los profundos sentimientos de gratitud pueden

engendrar poderosas motivaciones “para hacer algo”. Eso me sucedió cuando pude responder las palabras por medio de las cuales el don de Ramesh llegó hasta mí. Así que reuní todas las cartas que me había enviado, las arreglé, mecanografié y reproduje en la forma de un folleto de 85 páginas para presentárselo a su regreso a Estados Unidos este año.

Solamente hice cinco copias. No tenía la intención de publicar el folleto, pero Ramesh lo vio de otra manera. Ya que como gurú sus palabras no se dirigen a un individuo sino a la Conciencia, que está en todos nosotros, consideró que el folleto podía muy bien servir tanto a sus discípulos como a los que no lo eran.

Con excepción de algunos cambios menores y la inclusión de esta nota, lo publicado es idéntico esencialmente, en cuanto a forma y contenido, a la versión no publicada. Quizá debamos mencionar un cambio en relación al original debido a una decisión editorial. Aunque Ramesh se comunica con un número considerable de sus discípulos, e incluso escribe directa mente a dos de ellos, ninguno ha sido identificado por su nombre. De hecho, aparte de unas cuantas personalidades públicas que fueron citadas por algo que publicaron o que se publicó

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acerca de ellas, los únicos nombres que aparecen en el texto son los de Nisargadatta Maharaj y Ramana Maharshi.

En esta ocasión se te ofrece, lector de este libro, el inefable don de Ramesh. Como él mismo dice: “La gracia del gurú es como un océano, ¡depende completamente del discípulo qué tanto desea y cuánto puede llevarse de ese océano! Aunque esto es sólo un concepto; en verdad no existe dualidad entre gurú y discípulo. Comprender esto lleva la búsqueda a su fin”.

octubre de 1988

Ramesh S. Balsekar, Explorations into the Eternal. Chetana, Bombay, 1987,

página 4.

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22 de diciembre de 1987

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Desde nuestro primer encuentro supe que eras uno de esos raros y sinceros buscadores. Lo vi en tus ojos. No pronunciaste una sola palabra, simplemente extendiste la mano y me ofreciste una hermosa orquídea. De ahí en adelante me traías una orquídea cada vez que nos veíamos, una ofrenda sincera aceptada con agradecimiento.

A partir de entonces he observado tu “progreso”. ¡Y éste llegará tan pronto como la “búsqueda” desaparezca espontáneamente! No hay nada que “tú” puedas hacer con respecto a ello; y a la vez eso constituye la contradicción esencial: ¡un sentimiento de frustración aunado a un sentimiento de tremendo alivio!

18 de enero de 1988

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Hablando en un sentido relativo, no hay “razón” para pensar que yo prefiero un individuo a otro porque existe algo extremadamente natural y espontáneo que provoca cierta afinidad entre las personas. La única forma de verlo es

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que tal afinidad natural obviamente es parte del funcionamiento del Todo. Y nada de tal funcionamiento carece de un propósito, aunque dicho propósito pueda no ser claro para la mente humana, la mente que divide.

Un swami* americano vino a verme la semana pasada. Él se incorporó a un ashram** en Estados Unidos hace 17 años, cuando tenía 20 de edad. Estaba profundamente interesado en el tema de la no dualidad. Parece que en el ashram se presta más atención a una rutina disciplinada que a la enseñanza y a la práctica, por lo que se estremeció hasta los huesos cuando escuchó lo que me fue dado decirle.

El hecho de que la totalidad de la manifestación sea meramente una apariencia en la Conciencia y que su funcionamiento en el campo fenoménico sea un proceso impersonal y generado por sí mismo, provocó una profunda impresión en él. Llegó de manera espontánea a la conclusión de que, en consecuencia, el ser humano individual, como un mero instrumento mediante el cual se da dicho proceso impersonal, no puede tener ninguna posible autonomía o independencia de voluntad y elección. Comentó que había esperado más de 30 años para hallar esta confirmación autorizada de una

“sensación” que había tenido ¡a los cinco años de edad! En esta vida nada es coincidencia. ¡fue una “oportunidad” la que lo trajo a Bombay!

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  • Renunciante.

  • ** Lugar donde habita un maestro espiritual con sus discípulos; comunidad de aspirantes espirituales

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13 de febrero de 1988

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Con respecto al caso de un darshan* con F., cuando repentinamente te diste cuenta de que todo lo que habías hecho, incluso los movimientos corporales y las expresiones faciales tuvo una base egoísta, eso fue así porque el ego es el centro operativo del mecanismo sicosomático que trabaja a través del cerebro. A su vez, el cerebro es una parte del mecanismo somático, mientras el centro operativo, como si fuera un conductor, forma parte del mecanismo psíquico. Esa es precisamente la razón de que un Ramana Maharshi o un Nisargadatta Maharaj responderían si se les llamara por su nombre. En otras palabras, la identificación con el mecanismo sicosomático puede continuar mientras el cuerpo esté vivito y coleando. Lo que la iluminación o la comprensión hacen es eliminar el sentido de hacedor que produjo la separación como una entidad independiente.

La base de la “verdadera” comprensión realmente es muy simple: la totalidad de la manifestación es una apariencia en la Conciencia, que surge precisamente como el sueño personal. El soñar despierto y el soñar propiamente dicho no difieren cualitativamente de la manifestación en ningún sentido. El funcionamiento de ésta es un

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* Encuentro o audiencia con un maestro espiritual (literalmente visión).

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proceso impersonal y generado por sí mismo en lo fenoménico, que se realiza a través de los millones de seres sensibles como instrumentos.

Una comprensión de la naturaleza impersonal del funcionamiento de la Totalidad —y estoy tentado a decir aun una comprensión intelectual— trae consigo un curioso fenómeno: no la demolición del ego, sino la demolición (quizá gradual) ¡del miedo del ego! ¿Te he sobresaltado? Un hecho curioso es que el hombre que está

completamente involucrado con la vida —y sus placeres y miserias— no está preocupado por el ego. Es sólo cuando la mente se vuelve hacia adentro y la “búsqueda” comienza—y las escrituras y los gurús hablan acerca del espectro del ego—, cuando uno empieza a alejarse del ego y entre más nos escapamos del ego más fuerte se vuelve la obsesión hacia él. Toda tu carta describe dicho alejamiento. ¡La terrible ironía es que es el mismo ego el que trata de escapar del ego!

Para tratar con el ego el único camino es comprender qué es y cómo surge: todo lo que existe es Conciencia, pero la Conciencia se ha identificado deliberadamente con cada mecanismo sicosomático individual con el fin de percibir la manifestación en la dualidad observador/observado. Así, el completo funcionamiento de la totalidad de la manifestación (lila) es un asunto impersonal de la evolución concerniente al proceso de identificación inicial, la existencia identificada cubriendo cierto periodo, la mente vuelta hacia su interior, el inicio del proceso de

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desidentificación, el desarrollo de la desidentificación y la comprensión final de este proceso impersonal, o iluminación, en que la Conciencia ha recobrado su “pureza” original.

Como dijo un maestro taoísta, la comprensión es siempre repentina, pero la liberación puede ser gradual. La liberación es de la esclavitud del concepto del ego; el desarrollo gradual es avanzar desde el punto de vista personal hasta la perspectiva impersonal. La comprensión repentina detiene nuestro alejamiento del ego y eso es lo que ha pasado en el caso del mecanismo sicosomático conocido como O. Todas tus cartas trazan la historia de esta huída hasta el punto en que el escape ha terminado. Lo que está sucediendo ahora es una actitud de testigo, la cual no proviene de la mente sino del noúmeno* impersonal. Esta es la “naturaleza de tal observación”, la cual dices que no es clara para ti. Lo que el atestiguar hace es estar disociado del ego mientras se le reconoce su validez como el elemento operativo del mecanismo cuerpo- mente que debe persistir como una parte de la estructura psíquica del mismo. Obviamente tal elemento operativo debe seguir existiendo tanto tiempo como exista el cuerpo, pero ya no se confunde más con la esencia funcional en el cuerpo, la cual es común a todos los seres sensibles: la Conciencia impersonal.

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* El ser en sí, la esencia de las cosas, la sustancia, en oposición a fenómeno,

lo que aparece, lo que se manifiesta, según la filosofía de Emmanuel Kant.

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Simple y sencillamente, lo que la comprensión provoca es el reconocimiento de que el ego (o la mente) es sólo el socio trabajador en la organización física que es el cuerpo, no el propietario independiente como se creyó en un principio.

De hecho, es sintomático de tu presente estado espiritual (en verdad envidiable desde el punto de vista relativo, pero insignificante desde otro nivel) que hayas comprendido de manera intuitiva lo que he dicho tantas veces, cuando afirmas: “No podía ver cómo alguien podía dedicarse a una actividad sin preocuparse por su resultado. Ayer lo vi. Así que actualmente planeo llevar a cabo este proyecto (egoísta o no)...”. Las palabras significativas en esta cita son “egoísta o no”.

Significativas porque ¡el ego ha perdido su propio terror, su dominio! Egoísta o no, ¿a quién le importa? Ese es el punto, mi queridísimo amigo. ¿Por qué molestarse con el ego? Deja que exista en su propio lugar como el socio trabajador. Deja que la intuición o la Conciencia siga con su propio funcionamiento. Estas palabras mías pueden provocar un repentino sentimiento de aprobación. ¿Por qué no? Es sólo un movimiento en la Conciencia y atestiguado por la Conciencia, sin ningún significado.

El verso del Bhagavad Gita que citaste —y que dices que tanto te conmovió cuando lo leíste por primera vez en 1979—, “por lo tanto, tú debes ejecutar cada acción sacramentalmente [es decir, como un acto de adoración], y ser libre de todo apego a los resultados”, te ha confín-

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dido todos estos años, hasta ayer, por la simple razón de que lo has considerado desde el punto de vista de un in dividuo supuestamente autónomo e independiente. Ahora las palabras cobran sentido completo porque la comprensión ha llegado desde el punto de vista del Todo impersonal. Tu primera interpretación puede justificarse porque el verso mencionado dice: “Tú debes ejecutar cada acción...”. Ahora lo has entendido como “Cuando la comprensión ha tenido lugar, cada acción es considerada como un sacramento (una parte del funcionamiento del Todo), libre de apego por el resultado”.

Tu primera dificultad fue muy real: “tú” no podías ver cómo “alguien” podía dedicarse a una actividad sin preocupase por el resultado. “Ayer” tú viste: no había “alguien” comprometido en alguna actividad —toda acción llevada a cabo por un cuerpo individual forma parte del funcionamiento del Todo—. Lo que se dio fue una

transformación de la personalidad individual hacia la impersonalidad del Todo. Pienso que con el paso del tiempo te verás “a ti mismo” haciendo cosas espontáneamente, sin preocuparte en dudar si hay o no un ego acechando detrás de esas acciones.

Todo el propósito de un sadhana* de cualquier tipo está muy bien asentado en tu carta, porque da la casualidad que procede de la experiencia: el darse cuenta de que el sadhana sólo puede traer consigo cambios cuantitati

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* Práctica, disciplina espiritual.

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vos, y que sólo el “entendimiento puro” de lo que es (la Conciencia es todo lo que existe y en ella aparece la totalidad de la manifestación y su funcionamiento impersonal) produce el cambio cualitativo. Al ser esta comprensión de naturaleza noumenal (y no fenoménica ni intelectual) produce el cambio cualitativo por medio de la simple observación de todos los pensamientos, sentimientos y deseos tal como éstos surgen, sin involucrarse ni identificarse con ellos. Tal observación, debida a la disociación con los sucesos fenoménicos, produce esos gloriosos momentos de noumenalidad —el Yo Soy— que se hacen más intensos y frecuentes conforme la comprensión se vuelve más profunda durante el proceso gradual de “liberación”

Es interesante notar las series de “casualidades” que unen al gurú con el discípulo y cómo su relación de allí en adelante se confirma. Lo he comprobado a través de algunos ejemplos, incluyendo el mío propio como buscador, y no puede ser una cuestión de coincidencia o casualidad en tales casos. Eso simplemente tenía que suceder.

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27 de febrero de 1988

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Obviamente Maharaj había “sentido” el papel que yo debo jugar en este lila fenoménico, porque una vez me mencionó que hay un error abismal en relación con las enseñanzas del gurú que se espera que el discípulo transmita a su vez llegado su momento. Mencionó esto en relación con el libro El buscador es lo buscado cuando platiqué con él acerca de la escritura espontánea (no automática) que estaba llevando a cabo. El dijo que probablemente otros libros “ocurrirían” con el paso del tiempo, además de El buscador.., y que no serían una mera repetición de sus palabras: aunque la

Verdad, por supuesto, debe continuar siendo Verdad en todo momento, sus aspectos particulares por ser delineados variarán considerablemente. ¡Y hasta ese grado podría parecer que la “enseñanza” ha sufrido algún cambio! Francamente, era desconcertante para mí porque en ese entonces no podía imaginar que hubiese ese gran cambio (aunque fuera sólo en apariencia) entre mi “enseñanza” y la de Maharaj.

El único punto que parece obsesionarme es que debo hacer hincapié —‘una y otra vez hasta el punto de irritar si es necesario!— en que no hay realmente un “yo” que “haga” algo. Y esto nunca debe perderse de vista cuando se lee (o se escucha) una orden como “Detente y medita sobre este conocimiento...” o “Un verdadero devoto per

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manece en el conocimiento de «Yo soy»...”, etcétera. El mensaje completo está contenido en lo impersonal de la totalidad de la manifestación y su funcionamiento. Y en cuanto al individuo aparente, todo lo que puede pasar (en el momento apropiado) es una profunda comprensión de lo impersonal, la cual va a aniquilar las raíces mismas del “yo”.

Los dos párrafos anteriores se refieren a las citas que me enviaste de la trascripción de una plática con Maharaj en enero de 1980.

Con más y más frecuencia conforme pasan los días yo veo este funcionamiento impersonal de la Totalidad (como has descrito tan sensiblemente en tu propio caso), y uno sólo puede quedar boquiabierto con admirada incredulidad conforme pasa por un ejemplo tras otro.

El caso más reciente es el de una joven del estado de Nueva York, seguidora durante los últimos diez años de un gurú indio que tiene adeptos en Estados Unidos. Ella vino a verme cuatro veces durante un periodo de unas tres semanas empezando en enero pasado. Comentó que no sabía realmente cómo o por qué hacía un viaje tan caro. La primera vez que nos vimos se sentía completamente culpable y desleal hacia su gurú y sabía que no me vería nunca más: pasaría los días restantes en el ashram de su gurú y al volver escribiría que el viaje había sido una pérdida completa. La segunda vez que me vio fue —dijo ella misma— a regañadientes y estaba molesta consigo misma porque de alguna forma había sido

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empujada a hacerlo. Finalmente la transformación fue total: ya no sentía culpabilidad hacia el gurú porque la experiencia tenía que ser un paso que la conduciría a una mayor comprensión.

Dices en tu carta: “Durante el último par de semanas o algo así, he estado en la

Conciencia de Yo soy con más frecuencia y profundidad que nunca antes. Y aún me asombro al descubrir que a menudo parezco no elegir entrar al Yo Soy porque me siento más atraído por cualquier otra cosa”. Encontrarás, mi querido O., que dejarás de sorprenderte ante cualquier cosa que pase. Tal cosa simplemente será observada sin molestarse en buscar lo racional en todo lo que pase, ya sea un repentino surgimiento de energía o “la tentación de simplemente flojear”.

Es un hecho que “devotos de todo el mundo pueden testificar los torrentes sin límites de la guía que reciben cuando el gurú llega a ser parte de sus vidas”. También es un hecho que las coincidencias y las sincronizaciones prevalecientes ejercen cierta fascinación sobre la persona a quien le suceden, provocándole dicha fascinación a su vez cierta inquietud o preocupación. En tu caso, casi al mismo tiempo surgirá el antídoto contra esta inquietud al darte cuenta de que de hecho hay una clara disociación respecto de la fascinación. Cuando la comprensión es profunda, como en tu caso (ciertamente después de mucha frustración y dolor), la esencia de la fascinación no es el sentido de logro, sino un sentimiento de gratitud y de entrega al gurú, la Conciencia, la Totalidad o Dios.

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Es interesante que en el caso de D. “sospecharas que le falta la suficiente intensidad en que lo que Maharaj llamaba seriedad”. Este es el punto preciso en que a menudo hago hincapié. La comprensión no puede ocurrir a menos que exista dicha seriedad y ésta no puede “lograrse”, ¡simplemente se da! Y hasta que esto es comprendido (otra vez, esta comprensión simplemente se da) existen el dolor y la frustración. Es por este motivo que el proceso de des-identificación puede ser tan doloroso como vivir en la condición de identificación. Por supuesto, la razón es obvia: la existencia continua del “yo” buscando placer material en la condición de identificación y buscando la “divina” meta de la iluminación durante el proceso de des-identificación.

Es interesante el punto que mencionas sobre la diferencia en la actitud que asumiste en los retiros: intensa concentración en el primer retiro y una cierta distracción en el segundo. Quizá recuerdes que durante este último te sugerí que si en algún momento durante la plática te sentías lo suficientemente distraído como para salirte, podías hacerlo y yo lo entendería. El punto es que el “proceso” de comprensión —en el nivel intelectual al principio— necesariamente debe darse en la duración y estar sujeto, por lo tanto, a estados alternados de concentración y distracción, regocijo y depresión. Otro aspecto del mismo asunto es la inevitable relación personal con el gurú. El amor por el gurú puede ser riesgoso si se sitúa en un nivel personal porque el gurú puede ser una especie de muleta de la que el discípulo se vuelve tan depen

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diente que llega a sentirse indefenso en ausencia del gurú. Lo que es más, en un caso extremo, amar al gurú como una persona puede provocar un ataque de celos y envidia tan violento como en el caso de dos amantes. Permíteme añadir que al principio el amor por el gurú no puede ser sino intensamente personal, pero en tanto la comprensión se hace más profunda su amor continúa en un nivel personal aunque basado de forma muy honda en el amor impersonal por el guru como Conciencia. Recuerdo que yo no pude hacer ni dar lo suficiente a Nisargadatta Maharaj y su amable aceptación de lo que fuera que le diera o hiciera por él —por supuesto, él sabía que yo era sincero— hizo que me sintiera muy feliz.

He tenido un sinnúmero de visitantes y es agradable ser capaz de guiar a buscadores ansiosos, tan conmovedoramente sinceros y vulnerables.

22 de marzo de 1988

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He visto que hay una diferencia vital entre el diario espiritual que iniciaste en noviembre de 1978 y las cartas que me enviaste, comenzando con la del pasado 7 de enero. La diferencia está en que los primeros registros fueron un “proyecto” deliberado. No obstante que la intención

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era buena —“servir como un instrumento que atraiga constantemente mi atención hacia los asuntos espirituales”— el punto, por supuesto, es que había una intención cuya futilidad se hizo evidente y el registro dejó de hacerse en septiembre de 1985.

Lo que pasó esta vez fue que no has tenido una intención específica ni un “proyecto”. De hecho, en respuesta a la carta que te escribí al regresar a la India en diciembre, decías el 7 de enero: “En el momento de escribir esta carta me doy cuenta de que no sé qué decirte”. ¿Puede haber algo más espontáneo y no intencional que esto? Es irrelevante que con el tiempo toda la correspondencia pueda o no ser publicada, pueda o no servir a algún propósito.

En cualquier caso, como ya me has escuchado decir, una vez que la mente se vuelve hacia dentro (un hecho sobre el que “uno” no tiene ningún control), el proceso de des-identificación toma su propio curso y nada de éste puede considerarse como una

pérdida de tiempo que pudo haberse evitado. Tan es así esto que dices: “El diario no fue un fracaso total; hizo que mi mente regresara al tema... Y de tiempo en tiempo al revisarlo encontré lo que eran revelaciones importantes”. Por supuesto, el registro del diario terminó cuando ya había servido a su propósito en el proceso de des-identificación.

Hay un punto bastante importante que he advertido en esta correspondencia. El punto es que más y más disociación está teniendo lugar a partir de todo lo que te está

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pasando; los hechos son vistos como tales, por supuesto, pero, lo más importante, reaccionas a ellos tal como se presentan y los observas simplemente, lo que significa disociación. En otras palabras, “tú” ya no le temes al ego. El ego ha perdido su miedo porque el tú se ha vuelto el testigo. No existe más el penoso problema de cómo dejarse ir. Se da por sí mismo, de un modo tranquilo, espontáneo y natural. Has comenzado a flotar a través de la vida, sin estar particularmente conciente del hecho.

Esto conduce a otra situación interesante que puede provocar cierta duda, si no es que confusión. Has alcanzado un estado (más exactamente, en el proceso de des- identificación se alcanzó un estado) donde la guía directa y constante del gurú parece ser cada vez menos necesaria. Por eso puede surgir un sentimiento de inquietud, deslealtad y aun culpabilidad. Sin embargo, lo que en realidad sucede es algo que el gurú ha estado esperando! Lo que sucede es que el nivel de dualidad (desde el punto de vista del discípulo), en el cual el discípulo respeta y hasta venera al gurú, va dando lugar a un nivel de igualdad. Esto es obvio en el sentido en que el gurú ha estado hablando y tratando con el discípulo desde el punto de vista de la Conciencia impersonal o universal mientras que el discípulo parte desde la conciencia personal o identificada. Conforme el proceso de des-identificación avanza, la distancia entre ambos niveles decrece: lo formal da lugar a lo informal y la veneración a la amistad.—No obstante, el respeto y la gratitud no sólo no des aparecen sino que se hacen cada vez más profundos.

28 DE LA CONCIENCIA A LA CONCIENCIA

El gurú se complace con este “progreso” porque le disgustaba la situación donde él era como una muleta para el discípulo, quien se sentía por completo perdido sin el gurú —una situación firmemente basada en el nivel fenoménico—.

Recuerdo que esto pasó entre Maharaj y yo. Mientras daba ayuda monetaria y todo tipo de asistencia que me era posible a Maharaj, se dio un crecimiento gradual de informalidad y amistad en nuestro trato. Pude percibir en él un sentimiento de satisfacción, quizá hasta una especie de orgullo, cuando me aceptó en los términos de una completa igualdad.

Es sumamente interesante que el cambio gradual en la relación entre Maharaj y yo — para progresar por supuesto!— está reflejado en mis tres libros: veneración en El buscador es lo buscado, una cierta dependencia respetuosa en Experience of immortality* y un sentido de igualdad basado esencialmente en una profunda gratitud en Explorations into the Eternal!.

Continuando con tu carta, es un hecho que “las cosas nos suceden para producir esa Comprensión”. Tales cosas no poseen ningún tipo de uniformidad desde el punto de vista de los conceptos correlativos de lo aceptable y lo inaceptable. Como en tu caso, las circunstancias pueden parecer “aceptables”, mientras que en otro puede que sea para que pase algo “inaceptable” y de esta forma el proceso de des-identificación pueda continuar su curso.

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* Ramesh S. Balsekar, Experience of Immortality. Chetana, Bombay, 1984.

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El viaje egoísta que mencionas a este respecto (es decir, cuando el ego mira arrogante tales “signos de gracia” como indicadores del interés especial del universo por uno de sus predilectos) es puramente imaginario e irreal en tanto que no aparecerá como tal cuando el proceso de des-identificación sea visto como el proceso impersonal que en verdad es y no desde el punto de vista personal. Estás por completo en lo correcto cuando dices “al menos en los primeros estados, lo paradójico es que para que el ego desaparezca debe primero llegar a comprenderse a sí mismo”. La mente intelectual debe ser usada en los primeros estados para tratar de entender Lo-que- es. Enseguida, cuando el intelecto se da cuenta de sus propias limitaciones y se rinde, llega a fusionarse con la intuición. El nadador en los primeros estados debe usar sus músculos con el fin de luchar por mantenerse a flote, pero poco a poco llega a darse cuenta de que semejantes esfuerzos no son realmente necesarios y que es posible flotar sin esforzarse. Esto sucede cuando el cuerpo obtiene la habilidad natural para permanecer a flote al desaparecer el miedo a hundirse.

Respecto a los diferentes niveles o tipos del estado de conciencia, lo que está sucediendo en tu caso es que el grado de involucramiento está disminuyendo gradualmente mientras la comprensión se hace más profunda. Cada vez con más

frecuencia has tenido un mismo sentimiento: ¿de todas formas qué importa? Surgen entonces algunos pensamientos, sentimientos o deseos y puede haber una pequeña identificación con ellos debido al involu-


  1. DE LA CONCIENCIA A LA CONCIENCIA

cramiento, pero de inmediato, estoy seguro, llega el profundo sentimiento “¿,de todas formas qué importa?”, que corta tajantemente el involucramiento que estaba a punto de comenzar. Con el tiempo —quizá desde ahora— el surgimiento de un pensamiento, la posibilidad de involucrarte y el cortar de tajo se dan de forma casi simultánea. Dicho corte crea una especie de vacío que es precisamente el hecho de sentirse uno con el momento presente. Esto es lo que Ramana Maharshi llamaba el sahaja sthiti o estado natural. Hay un movimiento natural, tranquilo y espontáneo, de dicho estado natural (llámalo neutral si prefieres este término) de “ascenso” cuando ocume algo que observamos y de “descenso” (más profundo) cuando no ocurre nada (que eleve la conciencia) por cierto tiempo y penetramos en el Yo Soy.

El hecho importante es que una vez que este movimiento ascendente o descendente a partir del estado natural (tal como se cambia inconcientemente la palanca de velocidades de un auto dependiendo del tráfico) sea visto y considerado como el funcionamiento natural de la Conciencia, el mí o el ego se encontrará disociado de todo el proceso. En otras palabras, las dudas o preguntas parecerán irrelevantes en la impersonalidad del movimiento entre los tres estados de conciencia: “la cabeza ya está dentro de las fauces del tigre y no hay escapatoria” (de que ocurra la iluminación).

Escribes acerca de la “interpretación del ego sobre la importancia de nuestra correspondencia” y que la “colección de nuestras cartas parece asumir las características

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de un fetiche”. En apariencia lo que haces de vez en vez es leer con cuidado dichas cartas y parece que te preocupas por “la razón de esto, aunque el sentimiento es bastante fuerte”. No es necesario analizar el hecho, sólo observarlo y vigilar lo que sucede. A partir de esta lectura cuidadosa de la correspondencia sin duda surgirá el germen de una idea, la cual tomará por último una forma concreta. Deja que la mente se abra a las sugerencias que, como dices, “vendrán de afuera”. Tú sabrás qué hacer cuando la idea se concretice.

La relación entre tú y yo como discípulo y gurú tomará varias formas y conceptos en la mente según se vaya intensificando, se mantendrá así intensa por un

tiempo y luego casi desaparecerá de la mente. Todas estas concepciones (incluyendo los sueños) están ahí sólo para ser observadas, incluso como diversión si así lo deseas. En dicha observación —sin ningún análisis— el ego se halla ausente. Esto se aplica también al momento cuando parece que debe hacerse un esfuerzo para llegar al estado de Yo Soy. Cualquier análisis obviamente pertenece al nivel intelectual y el simple ver esto, entendiendo el hecho, significa que estarnos observando, lo que cortaría de tajo todo análisis intelectual, que de cualquier manera es algo completamente vano.

Verás lo que quiero decir cuando este triple movimiento comience a darse en tu conciencia. La clave es observar sin tratar de hallar ningún significado al hecho en cuestión, lo que implica en efecto disociarse del hecho y no tener miedo al ego.

32 DE LA CONCIENCIA A LA CONCIENCIA

24 de marzo de 1988

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Estoy contento de ver tu respuesta a mi carta del 13 de febrero. Dices que a pesar de haberla leído por lo menos cinco veces no puedes siquiera imaginarte hablando sobre lo esencial de ella. Esta es precisamente la respuesta que me hace feliz. Más adelante escribes: “De todas las cartas que te envié, ésta ha sido, por mucho, la más difícil de escribir. En verdad ha sido muy perturbadora. El hecho es que si hubiera sido una conversación en lugar de una carta, la respuesta podría haber sido el silencio total, no habría habido necesidad de palabras. Estas habrían sido no sólo irrelevantes sino irreverentes, una prueba de que la respuesta provenía simplemente del nivel intelectual.

En relación con esto hay otro tipo de fenómeno que podría darse a continuación de una comprensión repentina. Es un peculiar letargo o apatía, una cierta carencia de deseo o energía para efectuar incluso cualquier labor rutinaria. No hay nada que hacer al respecto excepto, claro está, observarlo, notar su presencia y esperar hasta que desaparezca por sí mismo. Eso muy bien puede ser seguido —por supuesto no hay una regla rígida y segura— por un repentino estallido de entusiasmo, energía e inspiración; un profundo sentimiento de alegría y bienestar, de plenitud; un profundo deseo de hacer algo por el guru,

RAMESH S. BALSEKAR 33

algo que esté más allá de lo ordinario y de lo condicionado por cualquier modelo.., el alcance de tales sentimientos es muy amplio. Aquí, de nuevo, todo lo que puede hacerse es tomar nota de su presencia y esperar su desenvolvimiento. No te ha sido fácil

describir tu reacción con palabras. No puede ser fácil —de hecho, no es realmente necesario que lo hagas—. Es más, tú mismo has dicho todo esto cuando expresas: “Realmente no puedo comprender lo que está pasando”

Huir del ego y temer al ego son dos aspectos del mismo concepto. Me siento feliz al descubrir que hace poco te has dado cuenta de que hay una creciente aceptación del ego. Agregas: “Pero realmente no aprecié su significado hasta que leí tu carta. Sólo después de hacerlo vi que en verdad esto representa una disminución de todo temor al ego. Pienso que sólo hasta ahora comprendí que el miedo presente en toda mi vida fue básicamente el temor al ego. (Esto suena bien ahora, ¿no es así?)”. En efecto, esto es bueno, muy bueno. Los repentinos momentos de comprensión se dan de manera inesperada y estallan como una bomba porque tienen una dimensión diferente a la de cualquier conocimiento procedente del intelecto.

Tus intentos por reprimir al ego fueron en realidad una huída de él que no sólo exacerbó la obsesión por el ego sino que de hecho proporcionó un cuerpo al ego conceptual. Quizá ahora recuerdes que esto es precisamente lo que había tratado de transmitirte desde que nos conocimos en el desierto e iniciamos nuestras pláticas persona-

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les. ¡Pero la bomba tenía que explotar en el momento preciso! El intelecto no permitía que traspasaran su coraza. En realidad el intelecto es la coraza que el ego utiliza para cuidarse de tales atentados. Quizá por esta razón—lo impredecible del golpe— tanto la palabra escrita como la hablada se hacen necesarias para propiciar una situación en la que el intelecto se rinda por sí mismo en el momento preciso y el ego quede desnudo y vulnerable, expuesto como el simple concepto que es.

Si al leer esto surge un sentimiento de alegría, plenitud o gratitud; disfrútalo sin sentir ninguna culpa. Maharaj supo en su momento que en mi caso el despertar se había producido. Por supuesto, yo también lo sabía pero que no había necesidad de referirme a este hecho. Un día, 1 al final de la plática de la mañana, cuando Maharaj se relajaba con su paan y mascaba tabaco (esto fue antes de que se descubriera que padecía cáncer, lo que lo forzó a dejar el tabaco), me miró repentinamente y dijo: “Estoy feliz de haber sido el instrumento para producir el despertar por lo menos en un caso”. Me sentí emocionado y caí a sus pies. Aunque sabía que no era necesaria una certificación por parte de mi gurú, cuando lo hizo, repentina y espontáneamente, hubo alegría pura.

Dices más adelante, en la carta, que no sientes de verdad que tu huída haya terminado, aunque ciertamente ha disminuido. De manera intuitiva has conectado el huir del ego con el concepto de observar, el cual no pertenece a la mente sino al noúmeno impersonal. Mencionas también que no puedes aceptar que has llegado al punto don-

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de la huida del ego ha terminado. Mi querido O., no tienes por qué tener dudas al respecto. Eres como un prisionero que ha sido liberado de repente pero, habiendo esta do encarcelado largo tiempo, no puede aceptar que ahora está libre. Y la ironía —una terrible ironía— es que estuvo tras las rejas y creía que era un prisionero, pero la puerta nunca estuvo cerrada ni se le echó llave. Cuando se le hace ver esto, le toma tiempo creerlo.

Tú tienes la clave cuando dices: “En verdad las palabras «egoísta o no» se están volviendo cada vez más operativas”. Muy pronto, las palabras mismas (que sólo son pensamientos vocalizados) no ocurrirán en el sentido de que cualquier suceso (incluyendo un pensamiento) será aceptado sin ningún juicio —y, de manera muy importante, aun si llegase a darse el juicio o reacción, no se le daría ninguna importancia—. En otras palabras, se permitirá que los hechos ocurran sin molestarse por sus consecuencias o aspectos secundarios. Un pensamiento surge, una acción tiene lugar. ¿Egoísta? ¡ A quién le importa?

Quizá estoy anticipando un desarrollo posterior, pero no importa. Cuando la actitud de “ quién le importa?” continúe por un tiempo, habrás alcanzado el velo final en la forma de una duda: cuando estaba completamente involucrado en los asuntos materiales y mundanos, no me importaba ningún “ego” porque ignoraba todo acerca del ego, excepto por un criterio general de lo bueno y lo malo basado en ciertas reglas morales y legales de conducta; después mi mente se dirigió hacia dentro y fui “educado”

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sobre el ego y la necesidad de deshacerme de él. De allí en adelante he estado sumamente preocupado por el ego, pero ahora, de súbito, no lo estoy más: ¿qué le sucedió al progreso espiritual que “yo” pensaba estar haciendo?, ¿caí súbitamente de vuelta al punto de partida como por el lomo de una serpiente después de subir por una escalera y haber llegado a cierto punto con gran esfuerzo? Como ya he mencionado, estoy ciertamente anticipando este velo final ( que es un “velo” y no una verdadera “obstrucción”!). Cuando el pensamiento mismo de ego está ausente, lo que ha sucedido es que la comprensión profunda se ha hecho cargo, ya que la transformación se produjo desde la personalidad individual hacia la Totalidad impersonal. El “mí” está muerto. Los pensamientos no desaparecerán de manera repentina, pero cuando surjan serán “observados” y no habrá “alguien” que los observe. De hecho la “observación” misma es un concepto y, por lo tanto, no puede haber conciencia de tal observación. ¿A quién le importa si hay o no hay tal conciencia?

Has dicho: “Cuando considero la labor del ego, me parece que lo hago con el

ego”. Ese, mi quedísimo O., es precisamente el punto: ¿para qué molestarse en considerar las actividades del ego? Recuerda, tú has dejado de estar huyendo del ego. Tú estás siempre en el Yo soy tanto despierto como en el sueño profundo. El círculo está completo: el ego conceptual nunca estuvo en primer lugar, después se integró y por último se ha desintegrado. ¿Quién está ahí para molestarse con qué? Disfruta, como el sentido de presencia, tanto como dure.

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25 de abril de 1988

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El sentimiento estrictamente espontáneo de “amor” que surgió en ti justo antes de que colgáramos en la última conversación telefónica que tuvimos (16 de marzo) fue verdaderamente la inmersión más profunda en la condición de Yo soy que somos todos, la desaparición total—aunque haya sido momentánea— del “yo” que se ha impuesto sobre este estado original y fundamental de Con ciencia, que de hecho es amor o compasión, la comprensión súbita que llena los ojos de lágrimas; es una zambullida más profunda en la relación de amor entre el gurú y el discípulo, la cual es un estado habitual en lo fenoménico, una inmersión en la solución de continuidad entre lo fenoménico y el noúmeno. Noumenalidad y fe nomenalidad no son dos: fenomenalidades la expresión objetiva de la noumenalidad y las inmersiones ocasiona les en esta última ocurren todo el tiempo. Tales inmersiones suceden siempre en el momento presente, son experiencias de la inmortalidad que realmente somos.

Tú has dicho: “Hoy, parece que por primera vez, cuan do la recordación se presenta, me encuentro sin esfuerzo en el Yo soy”. Pronto te darás cuenta de que “tú” siempre estás en el estado de Yo soy. Siendo más exacto, el esta do Yo soy es el estado normal dominante, mientras que el “otro” estado no es algo extraño, sino una condición

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normal en la fenomenalidad, la cual necesita estar “fuera del estado Yo soy”. Reconocer este hecho significa haberse liberado del temor al ego.

Tú sabes que no soy muy afecto a dar ejemplos, pero en este caso es como manejar un automóvil en una supercarretera con el cambio de alta velocidad —el esta do normal. Cada vez que ves o anticipas un embotella miento, tu pie deja de oprimir el acelerador y tu mano cambia la palanca a baja velocidad y regresas a más rápida cuando el embotellamiento ha desaparecido. La “recordación o aparición de la conciencia de

que yo no estaba en el Yo Soy” de que hablas, es la conciencia de que debido al embotellamiento previsto no vas a toda velocidad, sino a baja. Este recordar coincide con la desaparición del embotellamiento que te deja libre para ir nueva mente a alta velocidad (de Yo soy) de manera cómoda. Mientras haya más tráfico tendrás que usar más a menudo la velocidad baja y menos la alta.

Así descubrirás que ciertas ocasiones (sobre las que realmente no tienes control) “implican un periodo prolongado de horrenda distracción” que casi siempre son seguidas por otras ocasiones en las que, dices, has sido agraciado con el don de dones y por fin tus dudas acerca del Yo soy se han desvanecido. Este cambio de velocidades es un proceso perfectamente natural.

Lo anterior nos lleva al punto final de esta carta, que es tu declaración: “esta creencia de que yo era dependiente de lo Desconocido para tener este don (estar en el

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Yo soy), ocasionalmente me producía el temor egoísta de que dicha gracia podría retirarse y yo estaría perdido”. Este es el meollo del asunto. Este temor desaparecerá cuando recuerdes —o prestes atención al hecho de que un “tú”o un “yo” no puede tener la gracia; todo lo que existe es la Conciencia que por sí misma inició el proceso de identificación como si fuera una entidad se parada. El proceso de identificación ha continuado por un tiempo y luego la mente vuelve a sí misma y el proceso de des-identificación se inicia y sigue un largo camino. Todo lo que queda por hacer es atestiguar el “avance” de dicho proceso. ¿Quién observa este avance? La Conciencia, por supuesto. Todo lo que existe es la Con ciencia en la que aparece la manifestación y en la cual el proceso de identificación y des-identificación se está llevando a cabo como el funcionamiento. Ningún “yo” tiene que ver con este proceso. Como declaró contundentemente Ramana Maharshi, una vez que la mente se dirige a su interior “tú” has colocado la cabeza en la boca del tigre y ya no hay escapatoria (de la aniquilación del “yo” y, por lo tanto, de la iluminación).

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28 de abr de 1988

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La totalidad de la manifestación es una apariencia en la Conciencia, como un sueño. Su

funcionamiento es un proceso impersonal y generado por sí mismo en lo fenoménico; los billones de seres sensibles son simplemente los instrumentos (personajes soñados sin ningún tipo de voluntad) por medio de los cuales tiene lugar dicho proceso impersonal.

La apercepción clara de esta verdad implica .darse cuenta de la irrelevancia del ser humano individual como buscador y, por lo tanto, la iluminación.

Todo lo que existe es la Conciencia. Cada acontecimiento, pensamiento y sentimiento concerniente a cualquier “individuo” es un movimiento en la Conciencia producido por la Conciencia. Si todo es agua, no hay ninguna pregunta de una gota de agua buscando el estado o condición del agua, es decir, ¡unirse con el agua!

Dices que “entrar ahora en el Yo soy prácticamente se hace sin esfuerzo y dura periodos largos”. Lo que real mente sucede es que el Yo soy es el estado normal y en estos momentos los movimientos de la mente-intelecto fuera de ese estado normal son pocos. Eso sólo te parece que es una “entrada al Yo soy”. Darse cuenta de este importante aunque sutil hecho posibilitará el atestiguar cómo ocurren los movimientos de la mente-intelecto, que ocultan temporalmente el estado normal de Yo soy. Esto

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es tan simple como cambiar las velocidades de un auto móvil de alta velocidad a baja cuando el tráfico lo amerita. Pero lo más importante es que tal comprensión elimina el temor al ego ya que el ego, o la identificación con el cuerpo, es necesario porque las acciones tienen lugar por medio del cuerpo, aunque ese cuerpo sea de un jñani. En otras palabras, sea Maharaj o Ramana Maharshi, la identificación con el cuerpo continúa tanto como éste viva, aunque tal identificación no implica el sentido de un hacedor separado. Sea Maharaj o Ramana Maharshi, respondían cuando eran llamados, pero el mecanismo cuerpo-mente era visto como un objeto cualquiera de la manifestación.

La cita que haces de I Am That* (“Todos estos sufrimientos son creación del hombre y está en su poder ponerles fin”) es sumamente interesante como un ejemplo de la limitación de: a) el lenguaje, b) la traducción y e) la comprensión y capacidad del visitante para seguir el punto. Francamente Maharaj no tenía (como a menudo él mismo admitió abiertamente) la resistencia física y la paciencia para explicar cada punto con detalle. Sé también que algunas veces rehusó deliberadamente dar una explicación detallada porque no le gustaba dar de comer en la boca al discípulo. Recuerdo una ocasión cuando traduje de una manera muy precisa algo críptico que él había di-

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* Edición en español, Sri Nisargadatta Maharaj, Yo soy Eso, Editorial Sirio, Madrid, 1988.

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cho. Una señora que asistía con regularidad quería una explicación y me miró interrogante. Casi como por reflejo abrí la boca para responderle, pero Maharaj casi gritó “ Él esperaba que la señora — poseía un doctorado en filosofía hindú!— lo resolviera por sí misma.

Si el visitante en cuestión había sopesado el punto (cómo pueden los sufrimientos ser creados por el hombre siendo que éste no existe sino como un objeto, una pequeña parte de la manifestación total, y cómo puede estar dentro de las posibilidades humanas el terminarlos), probablemente recibiría una mirada de reconocimiento por parte de Maharaj, y éste quizá podría haber explicado que los sufrimientos son creados por el hombre y existen sólo porque la mente-intelecto se identifica con ellos y que el hombre tiene el poder de ponerles fin en el sentido de que cuando la apercepción ocurre y se reconoce que los placeres y miserias son simples movimientos en la Con ciencia, ahí surge una disociación de los sufrimientos que les pone fin. El punto más sutil, por supuesto, es que el surgimiento de los sufrimientos por medio de la identificación y el fin de los mismos gracias a la des-identificación son ambos parte del funcionamiento impersonal de la Totalidad y, por lo tanto, la ilusión de identificación y su eliminación mediante la apercepción y la comprensión no pueden estar en manos de cualquier individuo que en sí mismo es una ilusión carente de cualquier tipo de voluntad.

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Entonces surge la pregunta: ¿qué hay que hacer? Ésta sólo puede ser respondida con una pregunta contraria: ¡hacer por quién?! Todo lo que existe es la Conciencia y el “ser humano” es sólo un objeto en la inconcebiblemente fantástica manifestación y su funcionamiento impersonal generado por sí misma. Si lo único que existe es la manifestación impersonal y su funcionamiento autogenerado, el único y simple hecho por considerar es que el ser humano como una entidad separada es simplemente un concepto, una ilusión. Y un concepto o una ilusión no es posible que tenga ningún deber o responsabilidad, culpa o remordimiento por el cual sufrir, precisamente como el personaje de un sueño cuyos “actos” sólo podemos observar, pero nunca intervenir en ellos. Tal aceptación es equivalente a un tremendo sentimiento de alivio o libertad que a menudo es descrito erróneamente como felicidad o amor, dando pie a numerosos malentendidos. Pero de cualquier forma que sea descrita o etiquetada (algo por completo innecesario), la Verdad suprema no es un objeto que pueda ser alcanzado por el ser humano ilusorio mediante algún tipo de esfuerzo ilusorio.

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2 de mayo de 1988

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H. organizó un retiro espiritual-vacacional de 12 días para un grupo de unos 32 alemanes, en un lugar de descanso cerca del extremo sur de la India.

El grupo era típicamente alemán: ferviente y profundamente interesado en la materia, con su tarea bien preparada. Al principio la reacción fue, por supuesto, de fuerte resistencia a lo que yo decía. Y en la primera plática yo no facilité las cosas al permitir que espontáneamente hubiera tal resistencia, pero como yo sabía del carácter alemán (que en general admiro mucho), no era mi intención satisfacer aquello que el grupo deseaba o esperaba de mí, Todo lo que pedí fue que estuvieran atentos y tu vieran una actitud abierta hacia lo que tenía que decirles y entonces dejaran que las cosas simplemente se dieran.

Fue muy interesante que el primer día un hombre joven (alrededor de 30 años) saliera con la idea de que no se sentía en presencia de la Verdad, y que dudaba que “yo” fuera un “ser iluminado”. No pude evitar reír en voz alta. Le dije que me apenaba que estuviera decepcionado, pero como no podía esperar que H. le regresara su dinero, lo mejor que podía hacer era relajarse y escuchar lo que yo tenía que decir. Quizá pronto, le dije, podrá tener una idea más clara de lo que “él” es, lo que “yo” soy y lo que la Verdad es. Al tercer día, algo que le dije

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le llegó tan profundamente que alzó la mano para hacer una pregunta. Cuando lo miré y sonreí, rompió en un violento e incontrolable llanto que afectó claramente a algunos otros.

En sí, la mayor parte fue una experiencia muy interesante de un grupo homogéneo escuchando una serie de pláticas. Por lo menos hubo siete u ocho “transformaciones” de algún tipo —una o dos realmente muy profundas—, que dieron la respuesta al porqué había ocurrido que yo me encontrara en ese lugar y en ese momento.

La base de la comprensión final es ésta precisamente: que la mente se vuelve hacia adentro no por la iniciativa o los esfuerzos de algún individuo sino puramente como un movimiento en la Conciencia, un suceso impersonal interpretado de manera errónea como un acto personal que se supone que lleva a un logro personal etiquetado como “iluminación” en el más alto nivel espiritual, o al menos como “paz mental” en el nivel más mundano.

Un caballero llamado L. vino a verme hace unos días por acuerdo previo. El es norteamericano, delgado, de rostro demacrado, con la cabeza rasurada y la mirada penetrante. Dijo que había viajado durante más de dos años, los últimos ocho meses por la India, en busca de la Verdad; había oído hablar mucho de este país pero estaba decepcionado completamente: no había visto nada sino hambre y pobreza, corrupción y codicia aun en los templos, mero parloteo sobre las escrituras en los ashrams, donde muchos eran simples estafadores. Se hallaba par-

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ticularmente decepcionado porque no encontraba a nadie que lo impresionara en ninguna forma, a pesar de las túnicas y los papeles que algunos asumían. Parece que había estado en el ashram de Ramana unos días antes y ahí conoció a una persona que estaba leyendo Yo soy Eso. Cuando escuchó que L. hablaba acerca de sus viajes y fatigas, esta persona le comentó acerca de Nisargadatta Maharaj y de Yo soy Eso y añadió que Maharaj estaba muerto, pero él podía ir a Bombay y conocerme y además le dio mi dirección. No sé quién fue esa persona.

L. dijo que se había retirado de ingeniero hacía algunos años y desde entonces había sido un “buscador’. De 55 años y sin responsabilidades ni obligaciones en la vida, podía viajar a su entero gusto. Agregó que había leído bastante las escrituras de muchas religiones, pero lo que más le atrajo fue la no dualidad de la filosofía Vedanta. Saltaba a la vista que el hombre era sumamente intenso y sincero, pero también era obvio que había sido mal guiado (aunque, por supuesto su “viaje por la senda” fue parte del destino de ese mecanismo cuerpo-mente, del proceso de des-identificación que se estaba efectuando).

Quizá durante veinte minutos me habló sin parar, me detalló todo lo que había hecho y estaba haciendo al presente. Cuando repentinamente cesó de hablar (quizá al darse cuenta de que mientras él hablaba yo no había pronunciado una sola palabra) yo le pregunté: “Si tú sabes lo que estás haciendo, hacia dónde vas y a lo que te diriges, ¿cuál es tu problema?”

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La pregunta lo desconcertó. Contestó con lentitud: “Ahora que lo pones de ese modo, pienso que la respuesta es «no sé»”. Le hice una segunda pregunta: “Tú como un buscador me has detallado el sadhana y los esfuerzos que hiciste con el fin de alcanzar

la Verdad. Pero, ¿cómo puedes buscar algo de lo cual no te has dado cuenta?” Por un momento quedó pensativo y de nuevo respondió “no lo sé”. Le dije: “Déjame hacerte una última pregunta: ¿qué es lo que hizo que te volvieras un «buscador» cuando de seguro hay muchos otros que tú conoces que no están interesados en lo más mínimo en la «búsqueda»? ¿Fue algún esfuerzo especial de tu parte que hizo que empezaras tu búsqueda, o fue algo externo que dirigió tu mente hacia adentro?” Esta pregunta lo desconcertó visiblemente.

Inclinado, con la cabeza en sus manos, guardando total silencio, se sentó un buen rato. Pacientemente esperé hasta que levantó su cabeza, luego me miró interrogante y dijo: “Temo que con tus preguntas en apariencia simples, me has confundido totalmente. Nadie me había interrogado así; tampoco en ninguna escritura me había topado con ellas; ni siquiera entiendo cuál es el objetivo de las mismas”. La respuesta fue: “La clave de estas preguntas es que cuando encuentres las respuestas, habrás encontrado la respuesta a todos tus problemas”.

Permaneció un rato con los ojos cerrados. Cuando se levantó y me miró con una sonrisa en el rostro, había una paz en aquella sonrisa que la hacía atractiva, sin esa ten-

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sión que parecía ser parte de aquel rostro anguloso de cabeza rapada. Dijo muy suavemente que nadie había expuesto ese asunto con tal perspectiva. Sentí una enorme compasión por él. Le dije que quizá había sufrido suficiente y por eso el destino lo había enviado hasta aquí. Pareció que iba a comentar algo, esperé, pero no añadió nada.

Repetí mi pregunta: “tQué es eso que hizo que abandonaras la vida mundana y te convirtieras en un buscador?” Ahora estaba listo para escuchar sin argumentar. Así que continué: “Algo ((fuera de ti mismo)) llevó tu mente hacia adentro; tú has olvidado este importante hecho básico y desde entonces has asumido el papel de una persona privilegiada —un <(buscador))—, quien ha hecho muchas lecturas y puesto en práctica otro tanto de sadhana, y que por lo tanto tiene derecho a una recompensa en el camino de la iluminación”. Esperé deliberadamente su comentario, el cual llegó en forma espontánea. “Sí —dijo discreta y seriamente—, en realidad espero obtener la iluminación en este cuerpo y estoy dispuesto a hacer cualquier esfuerzo que sea necesario”.

Repliqué de inmediato y en forma espontánea: “No lo harás. No podrás”. Sin habérmelo propuesto y realmente sin intención, debo de haberlo estremecido hasta los huesos. Quizá tomó esto como una maldición o algo semejante porque se puso blanco a pesar del profundo bronceado que había adquirido durante sus prolongados viajes bajo el sol de verano indio. Me apresuré a explicarle:

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“Entiende por favor que no quiero decir que la iluminación no se dará a través del instrumento corporal que llamas L; lo que digo es que «tú» no podrás «llegar a iluminarte» por la simple razón de que esa iluminación presupone la aniquilación del «yo» como un buscador”.

De allí en adelante hablamos cerca de dos horas más. El iba en camino a un ashram de meditación, a unos 100 kilómetros de distancia, por un periodo de diez días. Se fue diciendo que a su debido tiempo regresaría para tener otra plática.

Has destacado un interesante punto al escribir: “Pero cuando digo explorando, me siento incómodo porque se «supone» que no debo buscar”. La suposición pertenece al “yo” que trata de entender la enseñanza de que no hay “alguien” que busca. Y qué hace el yo? El yo se dice a sí mismo: “Se supone que no debo buscar, entonces debo dejar de hacerlo”. Y en este dejar de buscar el “yo” continúa buscando —no positivamente sino negativamente—. “Buscar” y “dejar de buscar” son opuestos interconectados, los cuales el yo está haciendo como una entidad supuesta. Esto parece un callejón sin salida, pero lo es sólo desde el punto de vista del yo como hacedor. Cuando la enseñanza —de que la búsqueda, positiva o negativa, es infructuosa porque el aparente hacedor es una ilusión— es aceptada como tal (no por un comprendedor individual), entonces el callejón sin salida desaparece junto con el “yo”. Con esta desaparición o rendición del yo como buscador o hacedor se da una especie de euforia, y lo

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que sea que suceda (la búsqueda o la no búsqueda) es simplemente observado y aceptado. Esta euforia es precisamente la paz mental que el yo, la mente-intelecto, el ego, busca, pero rápidamente se resiste y la descarta por que no le resulta familiar y, por lo tanto, tiene miedo al estado que verdaderamente es nuestro estado natural: “la bendita comprensión intuitiva” de la que hablas. Pero no puede “sacarme de mi desdicha” porque en ese estado el “yo” está por completo ausente ¡y no necesita ser sacado de ninguna desdicha!

En el mismo contexto, referente a “buscar”, que se su pone que no debes hacer, añades: “Por otra parte, en uno de sus famosos sutras Buda aclara que nosotros no debemos creer o confiar en nadie que no sea solamente lo que nuestras propias investigaciones nos enseñan”. Francamente, mi querido A., en realidad no hay “otra parte” en la declaración de Buda. Lo que Buda dice claramente es que no importa lo que las escrituras pueden decir ni cuán “sagradas” sean, no debemos aceptar nada con fe o creencia ciega. La confianza debe ser puesta sólo en lo que nuestras propias

investigaciones nos enseñan. Estas investigaciones se dividen teóricamente en tres partes según el Vedanta: a) escuchar las palabras del maestro (o quizá “leer” en el contexto moderno), b) reflexionar sobre ellas (y aclarar las dudas) y c) establecerse en “lo que nuestras propias investigaciones nos enseñan”. Invariablemente, si el tiempo está “maduro” y el lugar es apropiado las investigaciones conducirán al abandono del investigador dentro de la enseñanza de la impersonalidad,

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el estado de no-mente (que podría incluir, por supuesto, la condición de no-intelecto) en que la “enseñanza” habrá sido percibida sin la presencia del que percibe o comprende: la manifestación entera y su funcionamiento es un proceso impersonal generado por sí misma. Si J. dice “...he abandonado toda «búsqueda»”, lo que él realmente entiende —y quiere decir— es que esa búsqueda ha cesado. El realmente ha logrado todo.

Además, en el mismo contexto, afirmas: “Por supuesto puedo decirme a mí mismo «pero no hay nadie ahí que sufra» hasta que me ponga morado, pero...”. La situación aquí es muy parecida a que “tú mismo” te preguntes ¿quién soy yo? Puedes preguntártelo hasta ponerte morado y no sucederá absolutamente nada mientras exista un “yo” queriendo conocer la respuesta, porque cualquiera que ésta sea (realmente no hay respuesta), pertenecerá por supuesto al nivel intelectual. Tampoco es la práctica de la autoindagación un mantra o un ejercicio de meditación. El punto clave de la autoindagación está en no esperar una respuesta, y en vez de ello acabar con la ocupación de la mente intelecto en el proceso de conceptualización, que debido a la memoria de las pasadas frustraciones o éxitos crea imágenes de temor o esperanza hacia el futuro.

Decirte a ti mismo” que no hay nadie ahí que sufra está destinado a provocar una reacción: “Claro, ahí estás tú para sufrir, ¡pobre tonto!” En la autoindagación ¿quién soy yo? o ¿quién es el que sufre? o ¿quién quiere cono-

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cer?, etcétera, la base no está en el “yo” para que éste pregunte y espere una respuesta, sino para sentir la ausencia de cualquier entidad, alguna entidad fenoménica que depende para su misma existencia de la capacidad de sentir o percibir de la Conciencia, y por ello no tiene una existencia propia. Reconociéndolo, al principio es el “mí”, la mente, quien hace la pregunta (y espera una res puesta); pero si el principio subyacente

—cortar con la conceptualización— no se olvida, la primera actividad mental que tome la forma de un pensamiento, sentimiento, percepción, deseo o lo que sea, poco a poco se convertirá en un sentimiento subjetivo de “Yo”, totalmente disociado del primer pensamiento o percepción identificada: el pensamiento identificado deja su lugar al estado de no-mente (al menos de forma temporal en un principio) sin ninguna conceptualización. Estas experiencias subjetivas e intermitentes llevan poco a poco a una con ciencia sin esfuerzo del “Yo” subjetivo, el verdadero hacedor, donde el hacer individual va más y más hacia un segundo plano. Y junto con este “yo” también se va el sufrimiento asociado con él.

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25 de mayo de 1988

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Ahora tengo 71 años aunque puedo decir que no siento la edad (¡ en el sentido que uno podría esperar sentirla a los 71!). De cualquier manera, eso es realmente irrelevante desde el punto de vista individual. En efecto, uno de los santos poetas marathis cantaba en un bhajan: * “ importa si este cuerpo existe o no?”

Básicamente, el problema del buscador individual surge porque busca intemporalidad dentro del marco de la duración o temporalidad: busca la permanencia de la unicidad en la dualidad de la ilusión fenoménica. De pronto un día —un momento— se da la comprensión de que lo eterno, lo no cambiante, la subjetividad suprema, la Realidad, no puede ser captada como un objeto en lo fenoménico. Esta comprensión es un salto cuantitativo fuera de la mira de lo fenoménico. Cuando se da implica la sensación de que “eso realmente no importa; ¡ era todo ese lío?!” Entonces en verdad súbitamente eres transportado hacia la infancia, cuando esclavitud e iluminación eran términos desconocidos, totalmente irrelevantes e innecesarios. Por supuesto, infancia significa inocencia acompañada de ignorancia, mientras que Realización significa más conocimiento. Y aun esta diferencia desapare-

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* Canto espiritual.

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ce con la comprensión última de que la “diferencia” en sí misma es sólo un concepto en lo fenoménico, ¡que ignorancia y conocimiento son también aspectos interdependientes de otro concepto!

Cuando mencionaste la palabra “oscilaciones” durante nuestra plática (en relación con la comprensión, que en ocasiones parece tan clara y en otras lo contrario),

lo que pasó por mi mente en ese momento fue la idea de que estas oscilaciones quedarían un día súbitamente sincronizadas con el ritmo y la armonía de la Totalidad, un poco semejante al fenómeno de dos osciladores que, al estar en el mismo campo y ser casi sincrónicos en su pulsación, tienden a sincronizarse con el resultado de que llegan a ser completamente sincrónicos. Lo que entonces sucede, mi querido O., no es tanto que dichas oscilaciones se detengan repentinamente del todo, sino más bien que se comprenda que las oscilaciones son irrelevantes, que no son importantes en absoluto, que tienen apenas un modesto valor para el objeto fenoménico sólo porque les estuvo prestando atención. De hecho esas oscilaciones deben continuar dándose (hasta cierto punto) porque son de la naturaleza de lo fenoménico. Pueden producirse olas, pero no le preocupan al océano. Como Maharaj acostumbraba decir siempre que era interrogado sobre si se daban pensamientos en su mente, “los pensamientos se producen, también los sentimientos e incluso los deseos, pero no se les presta ninguna atención y entonces desaparecen tan rápido como se presentaron”.

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Me alegro de que te haya gustado el relato del retiro con el grupo alemán.

Había una dama en particular —esposa de N., hombre que ayudó activamente a H. a reunir el grupo—, la cual pienso que obtuvo el leve impulso que necesitaba. Durante la entrevista personal la señora E., normalmente una persona callada, comenzó de pronto a hablar y en cierto momento lo hizo con tal convicción y sentimiento que yo supe que había respondido al empujón invisible. Sus palabras brotaron como un torrente y su esposo se quedó estupefacto cuando ella enfatizó, espontáneamente, que nunca se había dado cuenta de lo sencillo que era todo el asunto, que en realidad no hay una persecución que realizar y un objetivo por alcanzar y que lo que fuera que había recibido de mí lo daría de buena voluntad a alguien que en verdad lo quisiera desesperadamente (era obvio que se refería a su esposo, que estaba sentado a su lado), pero que en realidad ¡no había nada que dar ni nadie a quien dárselo!

El esposo solamente me miró con lágrimas en los ojos al momento que E. inclinaba la cabeza sentándose en silencio.

A la mañana siguiente, durante la plática, alguien mencionó el carácter tan elusivo de la comprensión y E. saltó rápido con la respuesta: “ importa? ¡Nada importa!” Todos se asombraron ante su inesperada intervención proveniente de quien menos se esperaba, y lo bello del incidente fue que en vez de estar avergonzada (como creí que

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los otros pensaron), ella me dio una brillante sonrisa, cerró sus ojos y se sentó en silencio, al tiempo que su esposo quietamente deslizaba su mano entre las suyas.

Además, las participaciones espontáneas de E. tenían un efecto particularmente electrizante porque, debido a que había participado en algunas sesiones de terapia tiempo atrás, en las que tenía que gritar cada mañana durante varios días, ella de golpe perdió su voz y la había recobrado tiempo después, sólo que como una especie de susurro —sus intervenciones fueron como un susurro, exageradamente ronco, en medio de estallidos de energía.

Yo reaccioné extendiendo mi brazo con el dedo índice levantado y diciendo: “Precisamente por eso, mi querida E., cuando uno se da cuenta de que todo lo que existe es la Conciencia, deja que el “mí” en las garras de la muerte cree todos los movimientos que desee. Realmente, ¿qué importa? Cuando se tiene el entendimiento profundo de que realmente no hay un “mí” (o un “tú”) que encuentre alguna realidad como algún objeto diferente a él mismo y que por lo tanto lo que el buscador busca no puede ser otro que el buscador mismo, la Conciencia abandonará su identificación y encontrará su propia universalidad. Durante este proceso de des-identificación deja que haya movimientos y oscilaciones en la mente; ¿por qué molestarse y en consecuencia mantener al “mi’ vivo? En ver dad, la apercepción misma es la Realidad (porque no hay nadie que perciba nada ya) que atestigua las oscilaciones de la mente.

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En relación con tu carta del 8 de mayo, me conmovió tu preocupación de que no debía agotarme por tu causa. Mi querido O., en realidad no hay elección. Todo sucede en forma espontánea. De hecho, después de empezar a escribir estas líneas, recibí una carta de N. (sí, ¡el mismo N.!) diciéndome que varios miembros del grupo han tratado sin éxito de conseguir los “Once versos a Sri Arunachala” que cité en una de las últimas pláticas del encuentro, y me pide que le envíe una copia para reproducirla y darle una copia a cada miembro del grupo, así que dejé de escribir esta carta al final de la página dos, copié los once versos de The Collecied Works of Ramana Maharshi y se los envié junto con una carta a N.

La relación sujeto-objeto en este mundo, en esta vida, está bien trazada, en el sentido de que cada supuesto individuo atraerá hacia sí cierta cantidad de beneficios afectivos provenientes de los otros individuos con los que entra en contacto ya sea como parientes o amigos; también los beneficios que él dará a los demás. Lo que quiero decir es que todas las relaciones interconectadas —con sus sufrimientos y gozos

correspondientes— son clara mente “impresas” en el momento de la concepción de cada ser individual. Por lo tanto es inútil pensar en alguien como nuestro benefactor o enemigo, aunque, por supuesto, no hay necesidad de descartar deliberadamente las convenciones sociales aceptadas debido a este entendimiento. Sobra decir que esto se aplica aún más a las relaciones espirituales y a sus aspectos materiales implicados.

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Tú, W, X, Y, Z y otros son ejemplos con los que yo tengo que ver, todos parte del funcionamiento de la Totalidad.

Una vez que se tiene la comprensión esencial de la situación, ya no tiene importancia; el espectáculo continúa y es atestiguado. Algunos se muestran amorosos y, para mantener el equilibrio, hay otros cuya naturaleza no es la de dar sino la de tomar. Eso también está bien. Lo que sea que suceda, uno simplemente lo atestigua y se asombra de ello, sobre todo por la variedad de los sucesos.

Mi relación con el primer gurú, que se prolongó por un periodo de veintitantos años, fue muy peculiar. Llegué a él con grandes esperanzas, pero casi desde el principio me di cuenta de que lo que él me ofrecía no era lo que yo estaba buscando. De todos modos, aunque no muy convencido, seguí con él, preguntándome a cada momento, sobre todo los primeros años, por qué perdía mi tiempo.

Conforme transcurría el tiempo quedaba claro que yo iba a ser el instrumento para ayudar a saldar una deuda relativamente grande en la cual se había dejado enredar. Por mi parte, supongo, todo el tiempo estaba tratando de conocer la diferencia entre lo real y lo superficial —ver lo falso como falso—. Después, al conocer a Maharaj, supe que los veintitantos años no habían sido en vano. Más tarde, por supuesto, comprendí que la cuestión de cualquier pérdida era en sí irrelevante puesto que el individuo ilusorio no puede tener la voluntad o posibilidad

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de elección que pudiera evitar que el hecho destinado aconteciera.

Me siento muy feliz al leer en tu carta que mis cartas van perdiendo gradualmente su papel de muleta y que nuestra correspondencia está asumiendo su verdadera función de mantener el contacto entre el guru y el discípulo, más que seguir el desarrollo del progreso, y estoy aún más feliz al leer en tu carta: “así, yo no soy un «mí» sino más bien estoy «viendo» o «funcionando» en general. Un árbol no es una cosa sino

un proceso. Estoy listo para aceptar esto, incluso puedo verlo”. Esto es maravilloso. Deja que ese sentimiento crezca. No te importe que “ello no haya sido realizado”. ¿Quién está diciendo que no ha sido realizado? ¿Quién está ahí para realizar lo? Sin embargo, el pensamiento ha surgido. Está bien. Nada más sé testigo de él. No dejes que haya ninguna espera conciente por la realización —sería sólo un “mí” que estará esperando—. Tú ya estás conciente de esto, porque de inmediato agregas “y no hay frustración”.

Ahora puedo decir, con la confianza de que esto no inflará el ego: ¡no puede pasar mucho tiempo! Sencilla mente porque no hay nadie a quien le importe cuánto tiempo pueda llevar! ¿Qué importa? ¿A quién?

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9 de junio de 1988

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Me siento contento porque te gustó la carta que envié a A., quien muestra la sinceridad de un hombre que supo de manera instintiva que hay algo mucho más fundamental, que es el terreno o la base para cualquier cosa que sucede en lo fenoménico. Pienso que comienza a comprender que eso es algo que trasciende lo fenoménico tan completamente que aun pensar en ello —no se diga buscarlo— se convierte en una broma; que sólo cuando algo hace que uno sea totalmente pobre (como me parece que el Maestro Eckhart* usaba esta palabra) y “humilde” es que el “uno” desaparece del todo y que lo fenoménico—junto con su funcionamiento, por supuesto—, desaparece por sí mismo como un sueño al despertar.

Pienso que los casos de iluminación de ahora en adelante se darán más y más frecuentemente a través de los mecanismos cuerpo-mente que funcionan como médicos y psicólogos, en especial en Occidente. Creo que cada vez más las personas abren sus mentes al hecho de que lo que han estado haciendo es sólo rascar la superficie y no han profundizado lo suficiente en otra dirección, con una perspectiva enteramente distinta. Me sentí conmovido al leer tus palabras: “Cuando escribía ensayos de temas cien-

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* Místico dominico del siglo XIV nacido en Sajonia.

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tíficos y tecnológicos no habría escrito lo que pensaba que era ridículo. Pues bien, ahora veo como una tontería mucho de lo que escribí en esos «importantes» ensayos”.

Y me sentí aún más conmovido cuando leí: “Y desde otra perspectiva (o quizá la misma) escribo estas «tonterías» para ti en este microsegundo porque ése es el inevitable funcionamiento que está teniendo lugar en este preciso momento en el Todo”. Con tal comprensión — ¡no importa de qué “nivel” sea!—, ¿cómo podría sobrevivir el “yo”? Y si éste se encuentra escondido en algún lugar, ¿quién podría temerle? Mientras el “yo” sepa quién es el amo (el Elemento en funcionamiento o Percepción o Conciencia), deja que ese “yo” opere el mecanismo cuerpo-mente en la fenomenalidad bajo la dirección intuitiva de lo noumenal.

Es de veras un misterio cómo un solo pensamiento da origen a toda una serie de sucesos que tiene una serie de repercusiones en cierto número de personas. Aparentemente es un “misterio”, pero, como Niels Bohr le dijo a Albert Einstein, Dios no juega a los dados con el universo, tan sólo nos lo parece a nosotros debido a que no tenemos toda la información que Dios posee. Por esta razón, constantemente debo repetir que todo es parte del funcionamiento de la Totalidad y lo único que “uno” puede hacer es atestiguar lo que sucede. En verdad, cuando se entiende bien esto, al mismo tiempo se comprende que no hay “alguien” que observe como testigo, que la atestiguación se da por sí misma y si existe la sensación de

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alguien atestiguando significa casi con seguridad que hay una “observación” personal acompañada, aunque sea de manera subrepticia, por un afán de comparar y juzgar aunque sea inconciente.

Otra característica interesante de la atestiguación es que los acontecimientos dan la impresión persistente de ser irreales como un sueño y la atestiguación está acompañada por una sensación de asombro ante el misterio de la interconexión de los sucesos, pero —y esto es importan te— no existe en absoluto el deseo de explorar tal misterio. En otras palabras, se produce la experiencia real de “hágase tu voluntad”,

Como dices, en relación al pensamiento que se te ocurrió de reunir la correspondencia “Lo que esto parece haber provocado es hacerme empezar a pensar más en ti; esto es, te tengo con más frecuencia en mente, tal como las escrituras dicen que el discípulo debe conservar siempre al gurú en su mente”.

Independientemente de que Nisargadatta Maharaj se refería lo menos posible a

las escrituras, desde que puedo recordar siempre he tenido una especie de desconfianza hacia ellas, ya que han sido sujetas a diversas interpretaciones, unas opuestas a otras. De hecho, fue ésta independencia de las escrituras lo que me atrajo particular mente de las enseñanzas de Maharaj. He sentido en carne propia desde que era niño que debe existir una Verdad distinta y aparte de las escrituras, las cuales pertenecen a una religión organizada y son, por lo tanto, diferentes unas

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de otras. Esperar que un discípulo tenga siempre en mente a su gurú puede hacer surgir todo tipo de dudas y dificultades. Por ejemplo, ¿cómo es posible eso cuando uno está ocupado en las obligaciones de la rutina diaria? Más importante, por supuesto, es la cuestión de la voluntad: ¿es posible que el discípulo tenga siempre al gurú en su mente de forma voluntaria? En efecto, siendo la verdadera naturaleza de la mente el movimiento, ¿el esforzarse por controlarla no conduciría a la frustración y al fortalecimiento del ego? Las escrituras afirman que ciertos hechos se darán en el momento apropiado y harán que el discípulo recuerde espontáneamente al gurú. Si el discípulo recuerda a su gurú todo el tiempo ya sea por una razón o por otra, sentirá que tiene al guru siempre en mente. El mantener al gurú siempre en la mente no tiene gran valor si ha sido hecho concientemente. Debe darse en forma natural, lo que sucede cuando algún suceso te lleva a recordar a tu gurú o si te comprometes en un proyecto relacionado con él. Por otra parte, dependemos del intelecto para interpretar el significado de las escrituras. Pero la Verdad no se basa en nada que necesite ser interpretado y por eso trasciende todos los significados.

Es divertido leer “Realmente no tengo nada que decirte” y luego recibir una interesante carta tuya. Quizá recuerdes a un hombre ya mayor, de unos 75 años, llamado K., del Desert Center. El primer día que escuchó la plática de la mañana estaba muy atento a lo que se decía. En la tarde se sentó al frente y dijo que tenía una sola pregunta. Comenzó diciendo: “Somos los soñadores de este

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sueño viviente...”, luego yo hice algo inusual, pues lo interrumpí y le dije: “Nosotros no somos los soñadores. Lo que somos como individuos es los personajes soñados”. Pensé que seguiría con su pregunta pero de pronto cerró los ojos, se inclinó un poco hacia adelante y permaneció en absoluto silencio. Antes de que yo pudiera decidir si se había sentido ofendido, alguien hizo un comentario y me olvidé de K. Cuando mi atención regresó a él, me miraba con ojos reverentes y una expresión de complacencia.

El mismo K. me escribió hace unas cuantas semanas una carta que empieza casi con las mismas palabras que la tuya, diciendo que no tenía nada en particular que decirme y enseguida me escribe una carta de lo más interesante. Es un hombre extraordinariamente educado pero usa sus conocimientos con gracia y humildad.

Ya ves, tampoco tenía nada que decirte cuando inicié esta carta (que no sé cuándo, dónde y cómo acabará) y esto, mi querido O., es precisamente la clave: si existe algo que pueda ser transmitido, pertenece al nivel intelectual, mental o relativo. Comienzas una carta sin nada que decir y cualquier cosa que dices se vuelve intuitiva, noumenal. Hay una pequeña fotografía de Ramana Maharshi —quizá la más famosa y apreciada, en la que mira directamente a la cámara con la más benevolente sonrisa que uno puede imaginar— colgada en la pared frente a mi escritorio. Cuando terminé de escribir el párrafo anterior, levanté la vista y me encontré con los ojos

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de Ramana, quien parecía decirme “ verdad!” La Conciencia habla a la Conciencia y es confirmada por la Conciencia. Todo lo que existe es la Conciencia. ¿Dónde está el malvado “yo” a quien podríamos temer?

Acerca de tus dos preguntas: a) distracciones sexuales. — ¿Quién se distrae?—. Recuerda a Yang-Chu: “Deja que el oído escuche tanto como pueda escuchar, que el ojo vea lo que pueda mirar, la nariz huela lo que desee oler, la boca diga lo que quiera decir, deja que el cuerpo tenga toda la comodidad que se le antoje, que la mente haga su voluntad...”. ¿Por qué identificarte y asociarte con el cuerpo? Algunas veces puede ser que te sientas menos hambriento que otras. ¿Para qué pensar en términos de que “que tienes menos o más apetito... por qué no hay más hambre o menos hambre? Cuando hay des- identificación o disociación hacia cualquier cosa que le sucede al mecanismo cuerpo-mente (incluyendo una mayor o menor inclinación hacia el sexo), las tendencias pre dominantes de dicho mecanismo son simplemente atestiguadas sin juicio o comparación alguna. En tal atestiguación, el hecho de que ciertos cambios se estén dando es simplemente observado sin siquiera relacionar dichos cambios con “mi” cuerpo. Esta es la clave: con cualquier cuerpo que se puedan relacionar tales cambios, lo fundamental es esto: los cambios se relacionan con el cuerpo.

La misma perspectiva puede aplicarse a tu otra cuestión: b) “En momentos de mala salud, a veces me pregunto si lo que comenzó cuando la cabeza entró en la

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boca del tigre tendrá el tiempo suficiente para llegar hasta la conclusión final en este particular aparato cuerpo- mente”. Mi queridísimo O., ¿acaso importa? Únicamente puede interesarle a una entidad que esté deseosa de esa consumación y dicha entidad es justo la barrera final para que se produzca el suceso llamado despertar o iluminación. La entidad es inherente a cualquier deseo o expectativa, tanto si lo que se desea es un objeto ordinario o algo sagrado como la liberación. La conciencia es todo lo que existe y cualquier cosa que surja o suceda es simplemente un movimiento en la Conciencia. Así, ¿cómo puede haber “alguien” que busca la iluminación? Tanto el tigre como la cabeza en su boca son conceptos que desaparecen, se unen y se disuelven en el verdadero entendimiento. Es en este sentido que Nisargadatta Maharaj repetía con frecuencia: “El entendimiento es el Todo”. La propia entidad se disuelve con dicha comprensión, sin que quede “alguien” que desee o espere cualquier cosa.

El condicionamiento fenoménico de maya es tan poderoso que requiere ser golpeado de forma continua por el gurú con el fin de romperlo.

Me sentí sumamente contento al leer sobre el retiro que hiciste junto con tu madre durante una semana, y me conmovieron tus palabras: “Mi madre estuvo muy feliz”. Terminas tu carta con una nota conmovedora: “No soy amoroso”. Este es el maquillaje natural de tu psique, que contiene el rasgo patente al que llamas desamor. Puede que no seas muy sociable, pero no eres antisocial. Quizá

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tiendas a rehuir a la sociedad, una apariencia de soledad como parte integral del maquillaje del mecanismo sicosomático. No obstante, el hecho es que, le des el nombre que le des, es un componente de la parte síquica de ese mecanismo. ¿Para qué molestarse con ello? Que otras personas, que no pueden comprender la situación, se sien tan ofendidas es algo inevitable.

Entre más se desee cambiar tal estado de cosas, más se huirá de Lo-que-es y más se dará cuenta el “yo” de lo que siente que le falta. Sólo cuando la mente emocional se rinde ante la situación existente sin ningún temor o esperanza y acepta incondicionalmente la ausencia, se da la comprensión o transformación. Y lo irónico es que los otros (los que se sentían desdichados) advertirán la transformación y de pronto comenzarán a sentir que te has vuelto más amoroso.

Sea cual sea la situación, es un hecho que, en este mundo, lo que se llama amor es confundido usualmente con algo demostrable como determinados comportamientos.

Sin embargo, el verdadero amor no es demostrable. Aun hablando desde el punto de vista relativo, ¿qué es el verdadero amor entre un hombre y una mujer? Si alguien ve que su pareja está profundamente atraída por otra persona, el verdadero amor le permitirá dejar que él o ella se vaya, sin pensar o sentir que realiza un sacrificio. El verdadero amor, hablando relativamente, puede llegar a significar: “Tú quieres dejarme por alguien. Muy bien. Puedes irte porque yo te amo y quiero que tengas lo que

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desees”, sin sentir temor, esperanza o sentimiento de pérdida.

Pero en realidad, no de una manera relativa, ¿qué es el amor? Es el gozo de la Presencia, no como “yo” sino como Yo Soy. La Presencia como tal, no en la duración o temporalidad sino de momento a momento. En la temporalidad el amor viene a ser una emoción personal. El amor no puede ser personal o impersonal, no tiene límites o barreras, no se puede practicar, cultivar o provocar. El amor, el Amor, sólo puede ocurrir, ¡y eso no sucede con el débil amor afectivo!

11 de junio de 1988

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Esta tarde te envié una carta. La razón de haberte escrito una carta tan pronto es una de esas curiosas coincidencias que me han estado sucediendo —y sin duda también les han sucedido a otras personas— por algún tiempo atrás.

Se relaciona con el tema que planteas en tu última carta cuando dices que en momentos de mala salud te preguntas si, después de haber metido la cabeza en la boca del tigre, tendrás el tiempo suficiente para llegar a la conclusión final en el presente aparato cuerpo-mente.

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Esta mañana, aparentemente sin ninguna razón, pensé que debía releer un libro que leí hace muchos años, Cartas desde el ashram de Sri Ramana, * que es una colección de cartas escritas en télegu (una de las lenguas del sur de la India) por una señora llamada Nagamma, residente del ashram de Ramana, a su hermano en Madrás, llamado D. S. Sastri, un banquero que yo conocí, quien recopiló y tradujo dichas cartas al inglés y las presentó en forma de libro hace más de quince años.

Cuando revisaba este libro, leí sobre un incidente bastante similar al que mencionas en tu carta, relacionado con Ramana Maharshi. Déjame reproducirte todo el incidente.

Un recién llegado al ashram preguntó a Bhagavân: * “L, Es posible obtener moksa (la liberación) viviendo aún en el cuerpo?” Bhagavân respondió: “Qué es moksha? ¿Quién la obtiene? A menos que haya esclavitud, ¿cómo podría haber moksha? ¿Quién padece esa esclavitud?” “Yo”, contestó el aludido. Bhagavân le preguntó: “ eres realmente tú?, ¿cómo llegaste a la esclavitud y por qué? Si sabes primero eso, entonces podemos pensar en obtener moksha en tanto exista el cuerpo”. Incapaz de hacer otra pregunta, el recién llegado permaneció en silencio y después de un tiempo se retiró.

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* Suri Nagamma. Letters Franz Sri Ramanasramam, Sri Ramanasrainam.

Tiruvannamalai, 1970.

* El Señor, apelativo reverencial de Ramana Maharshi y otros santos.

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“Cuando se fue, Bhagavân miró al resto de nosotros bondadosamente y dijo: «Mucha gente hace la misma pregunta. Desean obtener moksha en este cuerpo. Hay una sangham (sociedad). No sólo en nuestros días, aun en la antigüedad muchas personas enseñaron a sus discípulos y escribieron libros sobre ello, con el resultado de que surgieron kaya kalpa vratas (métodos y prácticas de rejuvenecimiento) y otras cosas. Como consecuencia este cuerpo puede ser hecho fuerte, inquebrantable y llegar a ser imperecedero. Con el tiempo, después de hablar y escribir de tales cosas largas y tendidas, estas personas murieron. Cuando el propio gurú que habló y exhortó al rejuvenecimiento fallece, ¿qué podemos decir de sus discípulos? Nosotros no sabemos qué le sucederá en el momento siguiente a aquello que vemos en el momento presente. No puede obtenerse la paz a menos que, por medio de la autoindagación, uno comprenda que uno no es el cuerpo y con vairagya* uno cese de preocuparse por ello. Moksha es, después de todo, la obtención de shanil (la paz pefecta). Por lo tanto, la paz no puede obtenerse mientras el cuerpo sea identificado con el Ser. Cualquier intento por conservar el cuerpo eternamente tal como es incrementa la esclavitud en lugar de reducirla. Eso es una total ilusión’ El punto clave es, por supuesto, que el individuo es una ilusión. La liberación, la esclavitud y aun la boca del tigre son también ilusorias. Este relato lleva el número 37 dentro del libro. Poco antes, en el 22, dedi-

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* Ausencia de pasión y deseos mundanos, renuncia, desapego.

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cado a moksha, se cuenta que Ramana Maharshi dijo: “Si renuncias y abandonas todo, lo único que queda es moksha. ¿Qué hay que los demás te puedan dar? Eso siempre ha estado allí. Eso es... Dicen que yo debería darles moksha, pero sería suficiente si moksha misma se les diera. ¿No es eso en sí mismo un deseo? Si renuncias a todos tus deseos, lo que queda es moksha”.

La traducción podría haber sido mejor, pero quizá capta el sentido de lo que Maharshi intentó transmitir. La voz activa en una oración, que prevalece por el uso habitual, da la engañosa impresión de que es necesario que un in dividuo haga algo para que cierta cosa suceda, pero la verdadera intención era decir que para que algo suceda tiene que haber una causa aparente. Así, lo que verdaderamente se quiere decir es que para que la iluminación se produzca el deseo como tal debe desaparecer, no que tú elimines el deseo.

Esto es muy importante; en efecto, significa que la desaparición del deseo es una indicación o un pronóstico de que se producirá la iluminación. No quiere decir que “tú” debes renunciar a los deseos. Únicamente es la pro funda comprensión de la situación en su totalidad, la comprensión de Lo-que-es como Totalidad, de que la com prensión ocurre, de que en verdad no hay un individuo que pueda “obtener” nada y mucho menos algo tan importante como la iluminación.

Hasta que tal realización tiene lugar, tras la búsqueda de lo espiritual permanece el individuo con el deseo de

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“paz mental”, y detrás de esta “paz mental” están el deseo y la esperanza de que la espiritualidad no signifique el fin del deseo sino ¡la satisfacción de todos los deseos que surjan! Lo hermosamente perverso de la espiritualidad es que la iluminación no se produce hasta que cesa todo deseo, aun el de la iluminación. Cuando el deseo termina, de una manera u otra, ¡todas las necesidades (no los deseos) del individuo supuestamente iluminado parecen ser satisfechas!

Es con referencia a esta comprensión del “hombre iluminado” que Chuang Tzu describe al “hombre de virtud perfecta” en obvio contraste con el hombre común, con sus deseos constantes y su búsqueda de seguridad: “El hombre de virtud perfecta cuando reposa no tiene pensamientos, cuando actúa no siente ansiedad... Posee riqueza para compartir pero no sabe de dónde viene. Tiene comida y bebida más que suficiente pero no sabe quién las provee”.

Hay necesidades de dinero, ya sea para los gastos de la casa, para dar algo a los parientes que lo necesitan o lo que sea, y de un belga llamado P., de un alemán llama do Q. o de un norteamericano llamado R. llega el dinero necesario, y aún más. En el libro Cartas desde el ashram..., que estoy leyendo actualmente, me encontré con las siguientes palabras de Ramana Maharshi:

“Cuando estuve un tiempo en la cueva de Virupaksha, comía un mirobálano* cada noche con el fin de ayudar al

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* Árbol de la India cuyos frutos, de color negro, rojo y amarillo, se usan en medicina.

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movimiento de los intestinos, pero sucedió que no quedó ninguno en existencia. Como Palaniswamy pensaba ir al mercado, le pregunté si podría traerme algunos. Antes de que pudiera salir, un devoto vino del pueblo y dijo: «Swami, ¿necesitas algunos mirobálanos?» Le respondí: «Sí, dame unos dos, si es que tienes», y él colocó frente a mí una gran bolsa llena de ellos... Esas cosas pasaban con frecuencia. Cu podríamos mencionar Por ejemplo, cuando mi madre vino y comenzó a cocinar para nosotros puede que haya dicho que una cucharilla de hierro sería muy útil y yo pude haber respondido «esperemos y veremos». Al otro día o al siguiente, quizá alguien trajo cinco o seis cucharones de diferentes tamaños. Lo mismo pasó con los utensilios de cocina. Mi madre pudo haber dicho que sería bueno que tuviéramos tal o cual artículo y yo pude haber murmurado algo, y el mismo día o al siguiente podría llegar a nosotros el artículo o diez de ellos. Basta, es más que suficiente, pensé: ¿quién los va a cuidar? Hubo muchos otros incidentes similares”.

Acabo de recibir el manuscrito corregido de Practicar la enseñanza. * No es un libro tan grande como Exploraciones, tal vez sea la mitad de éste, y además está estructurado en forma de diálogos. Lo he revisado con cuidado y tengo la sensación de que es un buen libro, sobre todo como resumen y aplicación práctica de la en-

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* Ramesh S. Balsekar, Experiencing The Teaching, Advaita Press, Los Ange les, 1988.

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señanza. En él se enfatiza que la esencia de ésta es la espontaneidad, la cual implica la

comprensión de que en realidad no hay “alguien” que pueda hacer nada por alcanzar ni la propia comprensión ni su aplicación espontánea como experiencia en la vida real. Si analizamos de tenidamente ese experimentar, equivale a que existe la observación —la observación se da— de que el vivir repentinamente se ha convertido, a pesar de las reacciones acostumbradas ante los sucesos acostumbrados, en “una hoja seca en el viento”. Nada ha cambiado y todo ha cambiado, nada parece importar. Existen sucesos comunes que pueden producir las acostumbradas o desacostumbradas reacciones, pero en lo profundo se encuentra la inquebrantable convicción de que no importa qué re acciones sean. ¿Tiene esto algún sentido, O.? Espero que sí.

Todos anhelan la paz mental, pero nunca se molestan en descubrir (¡por la simple razón de que no ha llegado el momento adecuado para ello!) qué es la mente o quién es el que busca la paz. En cuanto comienza la autoindagación y se hace la devastadora pregunta “ es el que desea la paz?”, la propia mente desaparece, pues ¿qué es la mente sino el “yo” que está buscando? En efecto, la autoindagación corta verticalmente la conceptualización horizontal del “yo” que busca la “paz” y de ese modo se produce la paz. Cuando termina la conceptualización (que es en verdad la propia búsqueda, incluyendo al buscador) lo que permanece es lo que siempre ha sido: Paz, Amor, Compasión, Yo soy o como se llame. El buscador, lo buscado y la búsqueda forman juntos la cubierta que

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esconde la Verdad y cuando esta cubierta es eliminada en el momento y lugar apropiados, la Verdad subyacente y siempre presente brilla en toda su gloria. Entonces se tiene la comprensión de que nunca hubo nada que fuera obtenible y, por lo tanto, ningún esfuerzo pudo ser hecho por “alguien”, que todo lo que es y siempre ha sido es la Conciencia en la fenomenalidad (el sentido impersonal de la Presencia, el Yo soy), que desaparece y se funde en la noumenalidad cuando la energía original que produce el Yo soy en lo fenoménico se consume y retrocede hacia su fuente.

Encontré la copia de un texto que leí al grupo de ale manes en el retiro de marzo-abril. Quiero reproducirlo para ti.

¿QUÉ ES ACEPTACIÓN?

1. Aceptación significa básicamente reconocer las características dadas de cualquier mecanismo cuerpo- mente como parte de la totalidad de la manifestación fenoménica, sobre las que el individuo en cuestión no tiene ningún control. Semejante aceptación conduce a:

a) aceptar las propias limitaciones no como algo que se puede mejorar gracias a nuestros esfuerzos, sino dejar el posible mejoramiento, si hace falta alguno, al proceso natural. Tal aceptación impide cualquier sentimiento de frustración en caso de que los esfuerzos no sean muy exitosos.

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b) aceptar sin juzgar las limitaciones naturales de cualquier “otro” mecanismo cuerpo-mente (incluyendo la in habilidad presente de ese cuerpo-mente de “aceptar”).

c) aceptar en toda relación de amor/afecto los papeles comúnmente prevalecientes positivo/negativo o activo/ pasivo según las características existentes de las personas interesadas en la relación sin tener en cuenta el sexo. Tal aceptación de Lo que Es impedirá el surgimiento de preguntas como ¿por qué siempre tengo que ser yo quien debe ceder?” En verdad, tal aceptación o entendimiento genuinos tenderá casi con seguridad a producir una relación sin tensión. Por supuesto, cualquier relación difícil se resolverá por sí misma a su debido tiempo, de una for ma u otra.

II. La aceptación, como tal, esencialmente significa también aceptar la subjetividad de Dios o la Totalidad o Conciencia o Ishwara junto con la existencia del “mí”, la identificación, como meramente el elemento operativo en el organismo cuerpo-mente. Dicha aceptación conduce a:

a) aceptar el organismo cuerpo-mente como mero instrumento a través del cual Dios o la Conciencia como el Sujeto se expresa objetivamente.

b) poner la atención por entero en el trabajo que se está haciendo sin permitir que se disperse a la periferia en la forma de preocupaciones sobre los resultados o con secuencias; esto, obviamente, conduce a conservar la energía que de otro modo se habría desperdiciado por la tensión y el esfuerzo.

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e) la unión de tolerancia y humildad que se vuelve completamente irresistible en las relaciones humanas. Cuan do uno acepta sus propias limitaciones, surge una tole rancia natural a las limitaciones en los demás.

La humildad resultante no es el opuesto interrelacionado del “orgullo”; a menudo encontramos que las personas supuestamente “humildes” son algunas de las

más orgullosas que conocemos, siendo la aparente humildad su manto de hipocresía. La verdadera humildad es la consecuencia natural de la rendición del “yo” como el hacedor, que siempre está en competencia con el resto del mundo.

III. La aceptación/comprensión muy a menudo hace al mecanismo cuerpo-mente en cuestión sumamente sensible y, en esa medida, el sufrimiento o placer se vuelven más intensos: el jí llora con los que lloran y ríe con los que ríen sin sentirse turbado o avergonzado en lo mínimo.

Cuando descubrí que había cierta confusión en la comprensión de la palabra “aceptación”, preparé esta breve nota, la cual copié y distribuí.

Esto lo descubrí en las entrevistas personales. Otro concepto que también requirió ser aclarado fue el de auto indagación. Por lo tanto, también preparé otra nota breve la cual también hice circular.

78 DE LA CONCIENCIA A LA CONCIENCIA

AUTO1NDAGACIÓN

La autoindagación debe comenzar con el “mí”. Sólo en los casos extraordinariamente raros donde se acepta de inmediato la enseñanza del gurú acerca de que el “yo” o “mí” es un concepto ilusorio (y que todos los organismos cuerpo-mente son simples instrumentos a través de los cuales la Totalidad o la Conciencia como el único hacedor subjetivo funciona), no hay necesidad del proceso de autoindagación.

La autoindagación debe necesariamente comenzar con el “yo” y la mente-intelecto, pero en tal indagación el intelecto pone inconcientemente una trampa, la oculta con multitud de conceptos, construye un foso para cazar elefantes, y luego él mismo cae en ese foso. Es por esta razón que Ramana Maharshi dice —o implica— que el intelecto sólo puede plantear la pregunta “ (o qué) soy yo?” El intelecto —esto debe entenderse de una vez— no puede dar la respuesta porque no la sabe —no puede saberla—. Tal conocimiento no puede ser objetivo, sino únicamente una experiencia subjetiva de Yo soy. Tú no puedes conocer el sueño profundo, sólo puedes hablar de él durante la vigilia.

Por lo tanto, hacer preguntas como “ o qué es lo que vive mi vida?” y “ es mi relación con eso?” equivale a tender una trampa de conceptualización en la cual la mente-intelecto cae con rapidez y llega a las profundidades del desaliento y la desesperación. Enseguida sur-

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gen todo tipo de problemas y dudas que medran a expensas de las “experiencias” que producen a veces el sadhana y el esfuerzo personal. Así, mientras uno medita “ve una luz” o “escucha un sonido”. Pero el punto clave es que cuando se ve una luz o se oye un sonido o se experimenta algo, tiene que haber “alguien” que vea, oiga o sienta. Por lo tanto, surge la pregunta “ quién (o qué) es este alguien?” Y la mente-intelecto regresa al foso de elefantes.

El salto cuántico fuera de este pozo conceptual de elefantes no puede darse por ningún esfuerzo en lo fenoménico, el cual en sí produjo esta situación. Tan sólo puede suceder cuando el autocreado funcionamiento impersonal de la Totalidad se realiza de súbito; en esta realización el “mí”, el “alguien” queda aniquilado. Y la broma —o la tragedia— es que tal realización puede ocurrir sólo en el momento adecuado, el cual se encuentra más allá del control del buscador fenoménico en la forma de un mecanismo cuerpo-mente. Esta comprensión es el súbito resultado final de la convicción, la constante repetición (mental) del irresistible estribillo “eso no importa, nada importa”. ¿A quién le importa? Al “mí”, por supuesto, porque está en proceso de ser aniquilado. Pero aun esta aniquilación no importa, porque lo que permanece después de la destrucción del “mí” es lo que siempre ha existido en la fenomenalidad: el amor, la expresión objetiva del sujeto absoluto: el amor de uno mismo como Unicidad.

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¿Cómo se expresa fenoménicamente este amor? Es aquí donde surgen ciertos malentendidos respecto a las expresiones de amor (o compasión) por la Totalidad mediante los organismos cuerpo-mente en los cuales se ha producido la iluminación. Lo que sucede en realidad es lo siguiente: en la ausencia de “mí”, cualesquiera que sean los actos que lleva a cabo el mecanismo cuerpo-mente en cuestión, a éste no le importan. Por supuesto, algunas de estas acciones pueden hacer surgir dudas en las mentes de los otros (no son “otros” para el jñani), hasta que el entendimiento se produzca en ellos. Pero el jñani no se preocupa por semejantes reacciones, de la misma manera que un hombre común en estado de vigilia no se preocupa por las acciones y reacciones de los personajes de un sueño.

En otras palabras, el despertar hace surgir lo profundo del océano, no necesariamente detiene la aparición de la espuma y las olas.

5 de julio de 1988

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Recibí tu carta del 21 de junio. Antes de hablar de ella pienso que debo platicarte acerca de un caballero suizo que me visitó todas las tardes los últimos veinte días, excepto los domingos.

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El 15 de abril recibí una carta donde me preguntaba si podía darle tranquilidad mental y responder algunas cuestiones que venía buscando desde hacía mucho tiempo. Agregaba que le era posible pasar aquí dos meses o más, si es que yo podía recibirlo. De alguna manera su petición encontró una respuesta en mi corazón y le escribí inmediatamente para decirle que estaba desocupado hasta mediados de agosto y que a partir de entonces era bien venido cuando deseara.

Pues bien, él llegó el 16 de junio y se fue esta mañana.

Es un hombre de 37 años sumamente agradable, modesto, casi humilde, de hablar suave y evidentemente confundido —había seguido un tortuoso curso de sadhana en sus diversas modalidades—, y no se veía esperanzado de que su visita fuera exitosa. En cuanto comenzó a hablar (tenía un ligero tartamudeo) pude notar su clara sinceridad y mi corazón se enterneció por él. Me encantó aún más verlo escuchar con tanta atención, preguntando cuestiones pertinentes sólo cuando era necesario. Es muy receptivo, lo que no significa que acepte cualquier cosa. Había tomado algunos cursos de yoga y meditación, así como de otras cosas, pero todo lo había rechazado firme mente.

Una de sus primeras preguntas, hecha con respeto y gran vacilación porque su tartamudeo era peor, fue si yo era un iluminado y, por lo tanto, ¡ si tenía la autoridad de responder a sus preguntas y resolver sus problemas! Le contesté con la misma franqueza que podíamos hablar

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acerca de la “iluminación” y que entonces podría decidir si “yo” era un “iluminado”, pero que, para su propósito, me considerara como si lo fuera. Su rostro reflejó gran alivio y por un minuto o dos se sentó y cerró los ojos y luego dijo calmadamente: “Gracias. Estoy muy agradecido. Esto significa mucho para mí”. Y después de platicar durante dos y media o quizá tres horas, había tal deleite en su cara que verlo era gratificante y casi divertido. Al final le dije algo que nunca le había dicho a nadie hasta ese momento. Le dije que no necesitaba permanecer aquí más de dos semanas. Se puso feliz al oír esto, no sólo por lo que implicaba sino por la posibilidad de reservar su boleto de regreso a buen tiempo.

Conforme los días pasaban, yo me sentía cada vez más contento al descubrir su rápido “progreso”.

Quizá te interesen algunos puntos que discutimos:

—Habiendo comprendido la enseñanza, ¿qué puedo hacer?, ¿cómo vivir en el mundo?

—Tú no haces nada y tú no puedes hacer nada. Simplemente permite que suceda lo que tiene que suceder, sin ninguna sensación de haber hecho algo. En otras palabras, “tú” haz precisamente lo que has estado haciendo sin la idea de ningún “tú” que haga algo. Cada cosa que sucede es tan sólo observada, sin que sea comparada o juzgada por algún “mi”.

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— ¿Cual es mi verdadera naturaleza?

—Conoces tu verdadera naturaleza cuando te encuentras en el estado de sueño profundo.

—Pero yo no sé nada cuando estoy en ese estado.

—Muy cierto. Tú no puedes saber nada en el estado de sueño profundo.

— Qué significa eso?

—Es muy simple, significa que tu verdadera naturaleza es la ausencia del “mí” que busca conocer su verdadera naturaleza.

Tú tienes diez mil fotografías tuyas que tomas cada día en diferentes poses y en diferentes disfraces. Una o más de una son destruidas. ¿Qué ocurre? Si una o más personas mueren en el mundo, esos mismos cuerpos por supuesto son destruidos, pero, ¿qué le sucede a Eso del cual los cuerpos son múltiples representaciones?

Nada por supuesto.

Estás escalando una colina y llegas a la cima, descansas en una piedra y disfrutas la fresca brisa, ¡se siente bien! Tienes hambre y sed, comes algún bocadillo y bebes un largo trago de la cantimplora, ¡se siente bien! Un inoportuno problema que te ha molestado durante todo

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el día desaparece, ¡se siente bien! El sentirte bien “tú” está presente sólo cuando el motivo o experiencia es traído de la memoria. Mientras se daba la sensación de bien estar sólo existía tal sensación, no había un “mí” sintiéndose bien. La sensación de bienestar se desvanece tan pronto como el “mí” rebasa el momento presente, trayendo consigo la miseria del pasado y el temor hacia el futuro.

Te duermes y sueñas. Despiertas y el sueño termina, pero entonces el sueño viviente comienza. En otras palabras, despiertas del sueño personal hacia el sueño viviente. En el sueño profundo no existe ni el sueño personal ni el sueño viviente, porque en ese estado no hay separación entre el “mí” y “lo otro”. La apercepción de este hecho significa despertar a tu propia naturaleza.

Cuando el entendimiento de la naturaleza no dual de la noumenalidad y la fenomenalidad es profundo y completo, aun la mahavakya* “Tú eres Eso” se convierte en una insoportable abominación. La mahavakya era necesaria para tal comprensión teórica mientras existía un “yo” como entidad separada. Pero a menos que la comprensión intelectual basada en la dualidad imaginaria entre Eso (como el Sujeto Absoluto) y tú (como el objeto indi-

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* Gran palabra o discurso, declaración sublime. Sentencia que encierra una gran verdad filosófico-espiritual.

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vidual) y la necesidad de una fusión entre los “dos” sea trascendida por una súbita apercepción, la propia mahavakya permanece como esclavitud. La comprensión última únicamente puede ser que la Conciencia es todo lo que existe, como lo noumenal cuando descansa (ignorante de sí mismo) y como la fenomenalidad cuando está en movimiento (conciente de su presencia como apariencia).

Fue gratificante ver a M. resolver estos puntos y muchos otros. A menudo se veía un pequeño brillo en sus ojos y cuando en ocasiones llegaba a parafrasear mis palabras con el fin de obtener una confirmación de su conocimiento intelectual, lo hacía tan acertadamente que no necesitaba ninguna ratificación.

Mi último visitante viene de Canadá y también se llama M. Llegó ayer y se sentó con el otro M. durante casi toda la sesión de cuatro horas. Simpatizaron entre sí y era curioso ver al suizo entusiasmado en algunos momentos durante la discusión y cómo hablaba directamente con el canadiense, explicándole los puntos más importantes, de acuerdo con su propia experiencia.

He leído de nuevo tu carta y es muy interesante descubrir que no tienes mucho que decir acerca de la enseñanza. Nuestra correspondencia se está convirtiendo sólo en un medio de mantenerse en contacto.

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Estoy alegre de que hayas resuelto hacer el folleto. De alguna manera me encuentro entusiasmado con tu esfuerzo, quizá porque no se trata de algo escrito a través de mí, como sucede con los otros libros.



Los cambios en la perspectiva personal siguen dándose todo el tiempo. Observarlos impersonalmente, sin comparar ni juzgar, puede ser un espontáneo e instructivo ejercicio espiritual.

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