De la Atlántida a Barcelona: la historia de un mito único



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La tauromaquia: De la Atlántida a Barcelona, la historia de un mito único. UMER. Madrid, nov. 2011. José Segovia.


De la Atlántida a Barcelona: la historia de un mito único.
Dice Karl R. Popper, uno de mis maestros, que si uno no se arriesga a que le corten la cabeza nunca dirá nada interesante. Lo acepto plenamente y lo asumo hoy ante este auditorio.
Cuando en el franquismo militaba en la clandestinidad de un partido de izquierdas, estaba mal visto entre nosotros ser aficionado a los toros y del Real Madrid. Asumo ambos pecados con vergüenza torera y sin ningún pesar.
Además no me guía ningún afán apologético: no pretendo convencer a nadie de nada, sino, simplemente, contar algo de la historia de un mito único; probablemente, el mito más genuinamente mediterráneo y el único actualmente operante, si bien es verdad que en una avanzada etapa de fosilización, como el resto de los mitos que han servido de catarsis, explicación, expiación, etc., a la población europea, porque, entre otras, esa ha sido la función de los mitos en la historia humana.
Por último, antes de comenzar la faena, - nunca ha venido mejor a cuento esta metáfora taurina -, debo resaltar que me cabe el honor de ser el primer participante en los cursos de la UMER que se arriesga a presentar un asunto como este.
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No vivo de los toros; los toros no son mi profesión; solo son una afición o una pasión, que para el caso es lo mismo.
Afición viene de afectio, nis, afecto, pasión del ánimo (aficionado = “apasionado”, lo contrario de “apático” o “profesional”).
El aficionado es el que cultiva o practica, sin ser profesional, un arte, oficio, ciencia, deporte. En Portugal, “amadores”. En Francia, “amateur”. El ser aficionado y no el ser un entendido es mi único mérito para estar aquí hoy.
Pero el aficionado a los toros, muy lejos de los espectadores del fútbol o del boxeo, es único y distinto a los demás:
Tierno Galván: "(...) el espectador de los toros se está continuamente ejercitando en la apreciación de lo bueno y de lo malo, de lo justo y de lo injusto, de lo bello y de lo feo. El que va a los toros es exactamente lo contrario de aquel aficionado a los espectáculos, de quien dice Platón que no tolera que le hablen de la belleza en sí, de la justicia en sí y de otras cosas semejantes. El espectador de los toros no es un mero, un simple aficionado a lo espectacular, ni tampoco exclusivamente un entusiasta de la exaltación embriagadora, es, mejor que todo esto, un amante del conjunto del cual, en cuanto acontecimiento, es parte necesaria… Los toros son el acontecimiento que más ha educado social, e incluso políticamente, al pueblo español."."Los toros acontecimiento nacional".
Cuando leí este texto del viejo profesor – al que, por avatares de la política me vi obligado a tratar con mucha continuidad durante la etapa previa a las elecciones de 1979, me vino a la mente la primera definición de Filósofo que se da en la Historia de la Filosofía, de boca del mismo Pitágoras, además: (relatar la escena).
También es verdad que la definición de Filosofía no despertó el mismo comentario en todos los que lo han oído. Véase el ejemplo de El Gallo. (Cuando a Rafael Ortega “el Gallo” le presentaron a Ortega y Gasset en la tertulia del café Gijón le preguntó qué profesión tenía y al recibir la respuesta de “filósofo”, apostilló: ¡Ozú, hay gente p’a to!
Efectivamente, el aficionado a los toros es el partícipe de una “comunidad” en sentido estricto - con un interés común -, una comunidad no dividida en tribus, un liturgia, en definitiva (nada que ver con el del fútbol o el boxeo), en la que el acto de unanimidad más sorprendente que existe es el ¡olé!, viva moneda que nunca se volverá a repetir, que diría Lorca, porque es imposible poner de acuerdo desde fuera a una masa para un acto así.
Por eso Tierno Galván da la razón a Lorca: "la fiesta de toros es la más culta que hay hoy en el mundo". [Esto es así si se entiende que la cultura es la transformación estrictamente humana de la naturaleza. Como decía Ortega, el hombre no tiene naturaleza, tiene historia. En ese sentido la fiesta de los toros es la más culta porque es la más antigua, es el único mito que queda operante, vigente, en la cultura occidental]. Quedan residuos que recuerdan vagamente antiguos taurobolios y rituales sagrados, como la fiesta del cordero de la cultura árabe].
Previamente Lorca había afirmado que "El toreo es, probablemente, la riqueza poética y vital mayor de España".
Salvador de Madariaga, uno de nuestros primeros embajadores en la Sociedad de Naciones de Ginebra, antesala de la ONU, afirma en la misma línea: [El toreo]"Participa de casi todas las artes. Fundamentalmente es un drama: el hombre está en constante peligro, y el toro, destinado a la muerte1. Este hecho le da una especial tensión. A este aspecto dramático se unen las demás artes. Una corrida es una pintura de una belleza impar, en la que juegan papel decisivo el color y la luz cambiante. A la vez, es una obra maestra del arte escultórico y en ella son decisivos elementos del ballet, porque es una síntesis de color y movimiento. Y no cabe imaginar corrida de toros sin música2y sin literatura, añado yo
La literatura es la expresión poética del sentir más común de un pueblo. En “El cartero y Pablo Neruda”, el cartero, obsesionado por aprender a decir metáforas para seducir a su chica, le pregunta en cierta ocasión al poeta “si el mundo es la metáfora de algo”. No me cabe duda de que la literatura de un pueblo es la metáfora de ese pueblo. Las alusiones a la fiesta en la literatura española son innumerables…
Como aficionado que soy saboreo con frecuencia esa parte de la literatura, que es el reino de la ambigüedad, es decir, de la metáfora; la literatura ofrece un hontanar de metáforas taurinas de las que solo recordaré algunas que me resonaron muy dentro en mi adolescencia, cuando las leí:
El día se va despacio,

la tarde colgada a un hombro,

dando una larga torera

sobre el mar y los arroyos


Cuando las estrellas clavan rejones al agua gris...

Cuando los erales sueñan verónicas de alhelí,

voces de muerte sonaron cerca del Guadalquivir .
A las cinco de la tarde, a las cinco en sombra de la tarde,

qué negras cinco de la tarde…


(me quedo en este momento con un verso más festivo de “Fiesta de toros en Madrid” de uno de los hermanos Moratín:
Sobre un caballo alazano,

Cubierto de galas y oro

Demanda licencia urbano

Para alancear un toro

Un caballero cristiano)

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Mi “afecto” por los toros viene de Las Navas del Marqués y de mi familia paterna: relatar (cultura rural, etc.). Es mi cultura básica.


Junto a la imagen de nuestros padres que dice Amós Oz (“Una Historia de amor y oscuridad”) y también Ohran Pamuck (“La maleta de mi padre”), todos llevamos un paisaje en nuestra mente, en nuestra alma, en el recuerdo de nuestro despertar a la conciencia, al propio yo, al mundo exterior; eso es, por ejemplo, Orán, el escenario de Nupcias, de La peste, de El primer hombre para Camus. Es el mar para Antoine Doinel, el protagonista de Los cuatrocientos golpes de Truffaut, cuando por fin llega a él y chapotea entre las olas debilitadas que llegan a la playa; es Estambul para Pamuck (La maleta de mi padre, Estambul…) es Las Navas para mí, aunque hoy ya solo constituye una parte de los restos de esa cultura rural que está en franco retroceso en nuestra racionalizada y deteriorada cultura occidental.
Frente a muchos niños de ciudad que hoy ya no tienen pueblo y creen que la leche sale del tetrabrick, yo, de pequeño, veía parir a las conejas y poner huevos a las gallinas, y en la paridera ayudaba a mis tíos en las faenas de ayudar a parir a las vacas, veía llevar a la yegua al caballo, veía hacer la matanza del cerdo, el animal totémico que tanta hambre ha quitado en el pueblo español, y los misterios de la naturaleza siempre fueron algo natural y espontáneo, como luego podría comprobar de la mano segura y afectuosa de Delibes, Unamuno, Baroja… Siempre recordaré cuando en 2º de Bachillerato, con 12 años preguntamos al hermanos marista de mi clase que de dónde salían los hijos; se puso colorado y no nos contestó algo que ya todos sabíamos.
En esa cultura rural los toros eran una presencia cotidiana y apasionante. Ver a mi padre montar a caballo como un centauro, pasarme horas enteras contemplando, tras la pared de piedra de un “prao” la figura soberbia de ese animal majestuoso y único que es el toro. Mi aprendizaje del castellano se debe en buena medida a la ayuda de mi abuelo que le ponía el nombre correcto a las cosas cuando yo le relataba las corridas de toros del pueblo en mi peculiar lenguaje. Difícilmente podría yo comprender mi infancia o entender quién soy yo sin esa cultura rural y los libros que la acompañaron como amigos infatigables e inseparables.
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Mi decisión de estudiar Filosofía no tuvo nada que ver con la afición a los toros pero apenas entré en ella me encontré de bruces con las raíces intelectuales y culturales de mi pasión taurina. Me voy a limitar a dos citas: Teseo y Platón.
La primera referencia es la importancia del mítico rey Teseo (etimológicamente, “el fundador”) en la vida de Grecia: primer “matador” de todos de la historia, mató al Minotauro después de desentrañar el camino hacia el centro del Laberinto ayudado por Ariadna. Fue el fundador de la “polis”, el invento más moderno de Grecia: la primera gran emigración del campo a la ciudad (sinoecismo = unión de varias economías) y origen de la reflexión filosófica de Platón y Aristóteles en torno a cómo devolver la justicia a la ciudad. (A él está dedicado el templo de Hefesto, en la ladera de la Acrópolis, uno de los mejor conservados).
La Atlántida de Platón.
En un par de sus Diálogos, en el Timeo y más ampliamente en el inconcluso Critias, Platón narró el azaroso devenir de la Atlántida y su trágico destino directamente conducente de la opulencia física y moral a la más absoluta de las miserias. De la hegemonía a la nada. Casi desde ese mismo momento muchos autores han pensado que toda la narración es pura ficción de cabo a rabo, dividiéndose ya en la Antigüedad —podría decirse— las opiniones en tres grandes líneas: la de los totalmente incrédulos, representada por ARISTÓTELES, la de los totalmente crédulos, representada por CRÁNTOR, y la de los eclécticos, representada por POSIDONIO, quienes reconocerían partes verdaderas en este relato.
Según algunos, Platón, adelantándose a lo que haría siglos más tarde Jorge Luis Borges, no habría hecho otra cosa más que inventar cifras y letras, nombres y números, entretejer una colosal ficción mezclando personas y personajes, verdades y mentiras. El caso es que entre los autores antiguos sólo Platón o aquellos de quienes hay seguridad o fundada sospecha de haberlo leído, mencionan la Atlántida.
El Critias parece representar una Atlántida mucho más moderna, civilizada y sobre todo más política respecto a la versión del Timeo, donde la Atlántida es presentada con elementos más arcaicos.
Los textos platónicos contienen al menos una notoria contradicción, ya que la fecha asignada a la existencia de la Atlántida, la de 9.000 años antes de la época de Solón (Tim. 23c; Crit. 108e), es decir, hacia el 9.600 a.C. es totalmente incompatible con otros datos suministrados en el relato, tal como la Arqueología.
El relato de la Atlántida contiene el eco de la destrucción de la opulenta civilización minoica, a mitad del II milenio a.C., a causa de la erupción, en la isla de Tera, del volcán Santorini.

Fragmento del CRITIAS, referido a la Atlántida (el titán Atlante -Hércules-, los montes Atlas, el océano Atlántico…).

En esta obra, inacabada, Critias habla con Sócrates, retomando el tema de la sociedad ideal de la Atlántida, aportando una descripción de ella:


“Cada uno de los diez reyes… imperaba sobre los hombres y sobre la mayoría de las leyes en su parte y en su ciudad, y castigaba y mataba a quien quería. El gobierno y la comunidad de los reyes se regían por las disposiciones de Poseidón tal como se las transmitía la constitución y las leyes escritas por los primeros reyes en una columna de oricalco [para unos era una aleación de cobre, zinc y plomo,; para otros era el ámbar] que se encontraba en el centro de la isla en el templo de Poseidón, dónde se reunían, bien cada lustro, bien, de manera alternativa, cada seis años, para honrar igualmente lo par y lo impar. En las reuniones, deliberaban sobre los asuntos comunes e investigaban si alguno había infringido algo y lo sometían a juicio. Cuando iban a dar veredicto se daban primero las siguientes garantías unos a otros. Rogaban a Poseidón que tomara la ofrenda sacrificial que le agradara de entre los toros sueltos en su templo y ellos, que eran sólo diez lo cazaban sin hierro, con maderas y redes. Al que atrapaban lo conducían hacia la columna y lo degollaban encima de ella haciendo votos por las leyes escritas. En la columna, junto a las leyes, había un juramento que proclamaba grandes maldiciones para los que las desobedecieran. Tras hacer el sacrificio según sus leyes y ofrecer todos los miembros del toro, llenaban una crátera y vertían en ella un coágulo de sangre por cada uno. El resto lo arrojaban al fuego una vez que habían limpiado la columna. Luego, mientras extraían sangre de la crátera con fuentes doradas y hacían una libación sobre el fuego, juraban juzgar según las leyes de la columna y castigar si alguien hubiera infringido algo antes, y, además, no infringir intencionalmente en el futuro ninguna de las leyes escritas, ni gobernar ni obedecer a ningún gobernante, excepto aquel que ordenara según las leyes del padre. Una vez que cada uno de ellos hubo prometido esto de sí y de su estirpe, bebido y dedicado la fuente como exvoto en el templo del dios y se hubo ocupado de la comida y de las otras necesidades, cuando llegaba la oscuridad y se había enfriado el fuego sacrificial se vestían con un bellísimo vestido púrpura y se sentaban en el suelo junto a las ascuas del juramento sacrificial. Durante la noche, tras apagar el fuego que se encontraba alrededor del templo, eran juzgados y juzgaban si alguien acusaba a alguno de ellos de haber infringido alguna ley”.
A grandes rasgos, la historia y la geografía de la Creta minoica se corresponderían con lo que Platón nos dice de la Atlántida. El gran puerto con sus buques y mercancías llegando desde todas partes, los baños, el estadio y el sacrificio de un toro son marcadamente minoicos. El hecho de la caza del toro “en el templo de Poseidón sin armas, sino con palos y lazos” es una descripción de la plaza de toros de Knossos y la práctica de la Taurokathapsia, representada también en el vaso de Vafio.

 



La Taurocatapsia (Taurokathapsia) es una de las pinturas murales que embellecían las paredes del palacio de Cnosos. Situada concretamente en el ala este, se fecha hacia el 1500-1400 a.C. La Taurocatapsia que escenifica esta pintura mural consistía para los minoicos en efectuar volteretas acrobáticas sobre el toro, realizadas muy probablemente en el gran patio central del palacio, adaptado para la ocasión como arena. Es la ceremonia religiosa mejor conocida de la civilización minoica, aunque su significado es de difícil interpretación. El salto del toro era uno de los juegos cretenses más famosos, y consistía, pues, en realizar peligrosos saltos sobre el animal mientras otra persona trataba de sujetar los cuernos para evitar posibles embestidas. En el fresco en cuestión, el atleta, asistido por dos doncellas, aparece representado en rojo y las mujeres en blanco, una convención artística adoptada, posiblemente, del arte egipcio.


La taurocatapsia está siendo actualizada en las modernas y tan en boga ceremonias de recortadores, que no tienen nada que ver con la tortura a que se somete a los toros en muchas fiestas de los pueblos, en especial torturas sádicas y humillantes como la del toro de la Vega en Tordesillas…
L

a taurocatapsia es un ejemplo más del sacrificio ritual de un toro, el taurobolio, (en un principio significa la caza de un toro salvaje, quizá a lazo, para un sacrificio ulterior a una divinidad; posteriormente designó el degüello de un toro y el baño del iniciando en su sangre conforme a un determinado ritual; el criobolio es lo mismo pero con un carnero como protagonista) es decir, la reedición de un mito.
El mito: explicación privilegiada hasta el siglo VI a.C., en que nace la Filosofía, la explicación racional.
Mircea Eliade: mito, pág. 24. Leer …
El mito del toro es un mito primordial: leer pág. 25…
El mito del toro pertenece a la categoría de mitos acerca de la “divinidad asesinada”: leer pág. 25 y 28…
(ampliar en S. Freud, Totem y tabú, Psicología de las masas)
 A pesar de que en la Edad Media la Iglesia Católica era contraria inicialmente a las corridas de toros, como algo “ajeno a lo cristiano” (¡¡¡!!!) (bula De Salutis Gregis Domici, 1567, Papa Pio V), la casa de los Austrias bajo el reinado de Felipe II no lo veía de igual forma, e influyó notablemente para que se restaurara el beneplácito papal sobre dichas celebraciones (Gregorio XIII, bula Nuper Siquidem, 1575). Con la llegada de la casa de los Borbones en el siglo XVIII, de origen francés, la corona se abstuvo de promocionar este tipo de celebraciones, aunque décadas después por el arraigo popular de las mismas se adaptó a ellas e incluso alguno de los reyes Borbones fue ganadero de bravo. A partir del siglo XIX se produjeron las últimas modificaciones de la fiesta, hasta adquirir el aspecto actual.
En este contexto hay que situar la prohibición de Barcelona y la polémica actual sobre el futuro de los toros.
La corrida ha quedado reducida al mero discurrir de los tercios, su mera materialidad: recibir al toro, picarlo, banderillearlo, prepararlo para la muerte y matarle: ¿dónde queda el arte?.  Solo cuando se olvida la técnica se crea el arte. Aburrimiento en muchas corridas: uniformidad, rutina, tedio…
En mi opinión, a la fiesta la acechan un riesgo interno y tres externos.
El riego interno es la falta de capacidad autocrítica mostrada por el gremio de “los taurinos”. El futuro de la fiesta lo veo sometido a la capacidad del propio mundo taurino de hacer una dura autocrítica de todas las corruptelas que lo acompañan y de adaptarse al mundo moderno como supo hacerlo en 1926 con la introducción del peto en los caballos de picar. (véase la ruina zoológica que significa hoy el monopolio de la casta Domecq, por ejemplo.)
El espectáculo de la suerte de varas anterior a 1926 sería hoy difícilmente aceptable, pero la secuela indeseada ha sido la aparición de la “acorazada de picar” (expresión debida según creo a Joaquín Vidal, probablemente el último gran crítico de toros, a la altura, en mi opinión, de Corrochano y Díaz-Cañabate) y su práctica habitual, “la carioca”, y la desaparición práctica del tercio de quites.

En mi opinión, ha sido una suerte de bendición para la fiesta el entusiasmo y auge que ha adquirido en Francia.


Los tres peligros externos los concreto así:

  • El proceso inexorable de fosilización de todos los mitos operantes en la cultura occidental

  • La paulatina desaparición de la “cultura rural”, cuna de la fiesta

  • El proceso de globalización (mundialización)

El culto prehistórico al toro fue un ritual sagrado pero la corrida, es decir, la tauromaquia, el arte de lidiar los toros, es ya un rito histórico y profano sometido al inexorable proceso de fosilización. La secularización acompaña a todo proceso histórico de racionalización. Es un hecho que en la historia, todos los mitos cruentos se van convirtiendo en incruentos. Es aquí donde la tauromaquia debe lidiar con los prejuicios actuales contra ella.


Por otro lado, siendo los toros una fiesta rural, lucha también contra el proceso de extinción de esa cultura. En la medida en que el rito del toro va unido al pensamiento mágico, a vivencias ancestrales e inconscientes, no desaparecerá nunca como no desaparecerá el mundo de los instintos e impulsos básicos en la vida humana, pero mantiene una dura pugna con el proceso de racionalización.
No obstante, hay aspectos superestructurales que planean agoreramente sobre nuestra fiesta: La globalización, como fenómeno actual inexorable, tiene aspectos muy buenos en teoría, pero de hecho es una agresión a la “biodiversidad cultural” (distinta de la biodiversidad “natural” pero de la misma importancia; por cierto que la desaparición de la tauromaquia significaría la desaparición automática de ese bello animal y de la dehesa donde pasta, ejemplo importantísimo de un hábitat, la dehesa mediterránea que no sobreviviría sin el toro); el resultado es una uniformidad cultural terrible; la lucha contra esa uniformidad es la única que justifica, en mi opinión, la denodada lucha de los tribalismos (o nacionalismos) en defensa de sus señas de identidad.
Nuestro dilema es cuánto nos queda para disfrutar de esa música callada del toreo, como lo definía Bergamín, quien decía que torear es engañar al toro sin mentir.
"El arte es un destello torero que queda en la retina para toda la vida, y lo hace un hombre delante de un toro, que si le echa mano lo desbarata, y ante mucha gente, en muy poco tiempo, despacio, con plasticidad, con el pecho fuera y el culito para dentro...” (Curro Romero)

1 Por eso, más que drama es una tragedia en sentido griego y por eso también todo lo que altera ese carácter (afeitado, mala selección del ganado, la degradación paulatina y corrupta del entorno de la fiesta, etc.) le quita ese carácter y desnaturaliza la fiesta porque le quita “emoción

2 Y sobre todo, el pasodoble, sencillo, noble, majestuoso, sin el cual no se entiende esta fiesta.




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