Daniel Goleman



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14. El CEREBRO PROTEICO


Una de las facetas de la ciencia que más le interesan al Dalai Lama es que su búsqueda de la verdad no se centra tanto en las teorías como en los hechos. No existe teoría, ley y hasta principio que no pueda verse desbancado mañana por los resultados de una investigación que revele su inexactitud. Y la investigación es el mecanismo autocorrector que sirve de brújula para la búsqueda científica de la verdad.

El tema abordado por Richard Davidson esa última mañana constituye un ejemplo perfecto en este sentido. Durante décadas, la ciencia del cerebro ha sostenido que el sistema nervioso central no genera nuevas neuronas, una verdad que conocían hasta los estudiantes de neurociencia y que, hasta ahora, no era considerada una teoría, sino un puro dato. Pero la investigación realizada a finales de los noventa en el campo de la biología molecular celular ha acabado demostrando la falsedad de lo que, hasta ahora, se consideraba como un dogma aparentemente irrevocable. '

El descubrimiento de que el cerebro y el sistema nervioso generan nuevas células en función de la experiencia y del aprendizaje ha puesto de nuevo sobre el tapete de la neurociencia la noción de plasticidad neuronal.2 Por ello, Richie cree que la noción de plasticidad neuronal acabar remodelando también la psicología de los años venideros. Su propia investigación ya ha comenzado a introducir en el campo de la psicología los nuevos descubrimientos de la neurociencia.

Antes de que Richie se sentara en el asiento del presentador le sugerí que, puesto que Francisco se había centrado en lo que ocurre en un momento de la experiencia, él podía hacerlo en los efectos duraderos del entrenamiento de la mente y en el modo en que el aprendizaje afecta al cerebro.

"Quisiera ahora –comenzó Richie– regresar al tema de las emociones destructivas y centrarme en sus antídotos y en su posible abordaje neurocientífico, concretamente en los efectos duraderos de la meditación sobre el funcionamiento cerebral y otras actividades corporales. Dicho de otro modo, centraremos nuestra atención en las modificaciones cerebrales duraderas que pueden provocar un cambio de temperamento.

"Un posible antídoto de las emociones destructivas sería el de fomentar la activación de las regiones del lóbulo frontal que inhiben o modulan la actividad de la amígdala. Se ha demostrado fehacientemente la importancia de la amígdala sobre ciertas emociones negativas, y también sabemos que determinadas áreas de los lóbulos frontales inhiben su actividad. Éste es un mecanismo que podemos utilizar para transformar el funcionamiento cerebral y disminuiráasí las reacciones emocionales negativas, al tiempo que aumentamos las positivas."

–¿Está usted acaso sugiriendo –preguntó entonces el Dalai Lama la posibilidad de desarrollar fármacos que puedan ayudar a disminuir las emociones negativas, es decir, modificar el funcionamiento del cerebro para cambiar así el funcionamiento emocional?

–Muy buena pregunta –respondió Richie. Pero los fármacos tienen el problema de que, cuando usted le da una pfldora a una persona, su efecto influye en toda la química cerebral.

O, dicho en otras palabras, la poca precisión actual del efecto de los fármacos –que operan afectando al ftmcionamiento químico de todo el cerebro (y del resto del cuerpo)– ocasionan de manera inevitable multitud de efectos secundarios indeseables, algo que la medicina actual, claro está, se ve obligada a aceptar como el precio que necesariamente debemos pagar para disponer de un remedio.

–¿Sería posible lograr los mismos efectos –insistió de nuevo el Dalai Lama recurriendo a alguna intervención eléctrica o algún otro tipo de intervención médica? ¿Está usted investigando en ese sentido?

–Mi investigación actual gira en torno al uso de la meditación para transformar el funcionamiento del cerebro – contestó Richie.

Antes de centrarse en la meditación, sin embargo, Richie respondió a la pregunta de otro tipo de posibles intervenciones, describiendo una que consiste en estimular el cerebro con un imán especial de alta potencia, ya que varias investigaciones han descubierto que la estimulación magnética del lóbulo frontal izquierdo reduce los síntomas de los pacientes deprimidos.1 Pero se trata de un método que también tiene sus limitaciones e inconvenientes, como, por ejemplo, que ocasiona fuertes dolores de cabeza durante una hora o dos después de cada sesión. Y hay que decir que su eficacia requiere de dos a tres sesiones semanales esparcidas a lo largo de dos meses.

–¿Y tiene algún efecto secundario sobre la inteligencia, la capacidad de razonar o cualquier otra facultad mental? –preguntó el Dalai Lama.

–De momento lo ignoramos –respondió Richie, porque todavía no se han realizado estudios a largo plazo para determinarlo. Yo, por mi parte, prefiero utilizar métodos más internos, es decir, métodos que estén bajo el control de la persona, como la meditación, por ejemplo.

–Sí... parecen métodos mucho más seguros –coincidió el Dalai Lama.

Cambíar el temperamento

"En varias ocasiones –prosiguió Richie hemos dicho que algunas personas reaccionan temperamentalmente a los acontecimientos negativos de un modo automático, intenso e inmediato. Paul Ekman utilizó el término "período refractario" para referirse a la falta de receptividad a la nueva información de quien se halla atrapado en una emoción y a la gran difícultad para detenerla una vez que se ha puesto en marcha.

"Es posible que el cultivo de ciertas habilidades pueda facilitar la interrupción de las emociones negativas automáticas. De ese modo, la persona dispondría de la posibilidad de hacer una pausa, disminuyendo así la duración del período refractario, y podría ser también más consciente del momento en que emerge la emoción para atajarla antes de que se desencadenen sus efectos negativos.

"Su Santidad nos ha proporcionado una información desde el punto de vista científico muy valiosa. Me pareció sumamente interesante, por ejemplo, la idea apuntada por Su Santidad de que el pensamiento deliberado provoca la emergencia de emociones positivas, mientras que las emociones negativas suelen brotar de manera más espontánea.

"La terapia cognitiva es una conocida terapia occidental que enseña a las personas a pensar de un modo diferente en los acontecimientos problemáticos de su vida. Ese enfoque permite dejar de cultivar el hábito automático de emitir una respuesta emocional negativa y pensar en lo que nos perturba para luego poder responder de un modo más positivo. Finalmente, también existe la posibilidad de cultivar el afecto positivo que, en mi opinión, podría ser el mejor antídoto contra ciertas emociones negativas.

"Quisiera ahora centrar nuestra atención en los mecanismos cerebrales puestos en marcha por este tipo de antídotos y en la posible validez del uso de la meditación.



"Este diagrama –continuó Richie, después de proyectar su primera diapositiva nos muestra las áreas fundamentales del lóbulo frontal. La porción medial, ubicada en lo más profundo del lóbulo, es la región prefrontal más rica en conexiones neuronales con la amígdala."


El área medial de la corteza frontal (sombreada) es la región prefrntal más rica en conexiones neuronales con la amígdala.
–¿No estaba la amígdala muy ligada a las cualidades negativas de experiencias como la depresión? –preguntó el Dalai Lama.

–Sí –respondió Richie–. La amígdala se encuentra muy activa en las personas deprimidas, en quienes padecen trastornos de estrés postraumático y en las personas ansiosas. En este sentido, la activación del área medial de la corteza frontal inhibe la activación de la amígdala. No es de extrañar, por tanto, que la activación de la corteza prefrontal y la correlativa disminución del funcionamiento de la amígdala vayan acompañados de un cambio de temperamento.

"El cambio de temperamento provocado por la activación prefrontal arroja nueva luz sobre algunos datos hasta ahora confusos. Cierta investigación realizada sobre la sensación de bienestar, por ejemplo, puso de relieve la presencia de pequeñas diferencias en la satisfacción con la vida de los parapléjicos, las personas normales y los ganadores de lotería. Y hay que decir que los datos de los parapléjicos resultan en especial sorprendentes porque, si bien la pérdida de las extremidades constituye un acontecimiento demoledor, son muchos los parapléjicos que, pocas semanas después del incidente que les mutiló, parecen experimentar un estado de ánimo extrañamente positivo. Al cabo de un año, sin embargo, casi todos vuelven a sentirse tan optimistas (o pesimistas) como lo eran antes del incidente. Por su parte, quienes pierden a un ser querido tardan aproximadamente un año en recuperar su estado de ánimo normal. Por último, casi no existe ninguna diferencia entre el efecto de ganar la lotería sobre el estado de ánimo cotidiano de las personas insultantemente ricas y sobre quienes disfrutan de ingresos muy modestos. No parece, en suma, existir una gran relación entre las circunstancias vitales y el estado de ánimo predominante.

"Por otra parte, los estudios realizados con gemelos idénticos que fueron criados aisladamente evidencian la presencia de tasas muy semejantes de estados de ánimo positivos o negativos de modo que, si uno de ellos suele ser optimista y entusiasta, el otro también lo es y, por el contrario, si uno es taciturno y melancólico, también lo será el otro. Todos estos descubrimientos han llevado a los investigadores a concluir que cada ser humano dispone de una ratio biológicamente determinada de buen humor/mal humor (una especie de tasa de felicidad). Y, tratándose de una constante biológica, el efecto de los éxitos y de los fracasos es provisional y no tarda en recuperar el nivel acostumbrado."4

Pareciera, pues, como si no pudiésemos hacer gran cosa por cambiar ese dato biológico ya que ¿no es, después de todo, la biología, algo tan inmutable como algunos suponen que es el destino? Pero no parecen ser ésas las conclusiones de los hallazgos de la investigación dirigida por Richie.

La siguiente diapositiva mostraba una imagen del cerebro con pequeños puntos brillantes (que indicaban un aumento de actividad) que acompañan a la aparición de las emociones positivas. Entonces Richie dijo:

"Los resultados de esta investigación determinaron que el área del cerebro más ligada a los informes realizados por la persona sobre las emociones positivas de su vida cotidiana (como el celo, el vigor, el entusiasmo y el optimismo) es la corteza frontal izquierda.

"Como verán, se trata de la misma región cerebral asociada a la inhibición de la actividad de la amígdala. Lo que nos interesa, entonces, es descubrir el modo de fortalecer esta región (que inhibe el funcionamiento de la amígdala) para poder aumentar las emociones positivas de la persona, al tiempo que disminuimos las destructivas. Fue entonces cuando, inspirados por muchas de las enseñanzas de Su Santidad, empezamos a investigar los efectos a largo plazo de la meditación sobre esta área del cerebro y su importancia para disminuirálas emociones negativas y aumentar las positivas".

–¿Podría la compasión –se preguntó Alan, en la que uno empatiza con el sufrimiento de otra persona hasta el punto de llegar incluso a llorar, estar relacionada con la región frontal izquierda?

–Por el momento lo ignoramos, y eso forma parte de la investigación cooperativa que quisiéramos llevar a cabo –respondió Richie. Lo único que sabemos es que quienes puntúan alto en las medidas de emociones positivas también suelen comprometerse en acciones más altruistas, pero puesto que estos resultados se basan en autoinformes, todavía debemos determinar si sus acciones se corresponden con sus palabras.

De hecho, la compasión fue unas de las condiciones evaluadas en la investigación que Richie no tardó en emprender en Madison.

El caso del geshe feliz

"Quisiera ahora llamar su atención sobre los resultados de un par de experimentos que ya hemos realizado. Uno de ellos se basa en los datos de una sola persona, pero resulta muy interesante y revelador. El otro es un experimento más formal que llevamos a cabo junto a Jon Kabat–Zinn, quien ya les habló de él en uno de los anteriores encuentros del Mind and Life Institute." Como ustedes saben, Jon Kabat–Zinn lleva mucho tiempo investigando sobre la enseñanza de la meditación de la atención plena a una amplia diversidad de grupos, desde pacientes hasta trabajadores en su puesto de trabajo, presos y los residentes de los barrios deprimidos de varias ciudades de Estados Unidos.

"En cierto proyecto dirigido conjuntamente por Francisco, yo y otros, tuvimos la oportunidad de estudiar a un monje que llegó a nuestro laboratorio de Madison. Entonces colocamos electrodos en su cabeza y registramos la actividad eléctrica de su cerebro para determinar si, en su estado cotidiano, había una mayor actividad de la región frontal asociada a las emociones positivas y a la inhibición de la amígdala."

–­Pero si es el abad de tal monasterio de la India! –exclamó el Dalai Lama, cuando reconoció al monje que estaba siendo conectado al electroencefalógrafo del laboratono de Davidson que mostraba la fotografía que se proyectó a continuación.

"En esa investigación –continuó Davidson, comparamos el registro de la actividad cerebral del geshe con el de otras ciento setenta y cinco personas que habían participado en el mismo experimento durante los últimos dos años."

Luego Davidson proyectó una diapositiva que ponía de relieve la ratio de activación derecha/izquierda del geshe y dijo:

"­La investigación puso de relieve que la ratio del geshe era la más positiva de todos los implicados!".

–Lo cierto es que es una persona muy, muy buena –comentó el Dalai Lama, siempre está de un humor excelente y es muy tranquilo, amén de un gran erudito.



El Dalai Lama sabía que el geshe era un monje practicante y un erudito, pero desconocía que fuese un yogui, en la acepción tibetana del término como alguien que pasa grandes largas temporadas en retiros de meditación. Los textos del budismo tibetano están salpicados de los logros de los grandes yoguis del pasado, y el Dalai Lama sabe bien que hoy en día son muchos los yoguis que pasan años y años en retiros meditativos. Recuerdo que, en cierta ocasión, fuimos a su oficina de asuntos religiosos en busca de practicantes avanzados de meditación –no sólo monjes tibetanos–, sino también yoguis indios y practicantes de las tradiciones Theravada, vipassana y otras modalidades de meditación budista que pudieran cooperar con los investigadores.

Pero el Dalai Laraa consideró importante aclarar a los científícos que el hecho de ser un yogui, ya sea budista tibetano o de cualquier otra tradición, no garantiza que la persona se haya liberado completamente de las emociones negativas, y que ello sólo depende, en su opinión, de las prácticas implicadas. No olvidemos que los antiguos Vedas de la India están plagados de historias de yoguis muy violentos y envidiosos.

Pero, según el Dalai Lama, el geshe era una persona espiritualmente muy avanzada que vivía como un monje (aunque no, por ello, debía dejar de preocuparse por integrar su práctica en su vida cotidiana). Quizás por ese motivo los resultados de la investigación dirigida por Davidson fueran tan claros.

El marginado feliz

Hablando en términos estadísticos, el geshe es un marginado feliz, en el sentido de que su ratio de actividad izquierda/derecha se encuentra en un rango muy superior a la media de la distribución estadística normal de las emociones positivas. Todavía no tenemos muy claro por qué sus resultados fueron tan extraordinariamente positivos. Es cierto que, como monje budista tibetano, habría realizado muchas prácticas meditativas que pudieran haber contribuido a determinar su respuesta cerebral. De hecho, Richie nos dijo que llevaba más de treinta años practicando, entre otras muchas cosas, una técnica orientada al cultivo de la compasión.

Para mí, los datos del geshe constituyeron una especie de revelación y no fenía la menor duda de que la causa se debía al efecto de la práctica sostenida. Desde mi primer viaje a la India a comienzos de los setenta como licenciado interesado en los sistemas de meditación, he estado intrigado por una cualidad palpable de ser –una especie de ligereza que parecía distinguir a muchas de las personas que habían estado practicando meditación durante años, ya fuese como parte de la rutina de un monje, como el geshe, o como yogui sumido en retiros intensivos más prolongados.

Ahora, finalmente, sabía que lo que tanto me atraía de los frutos de la práctica espiritual se debía a una inclinación hacia la izquierda del balance emocional. Hace ya dos mil años que los autores del Abhidharma, el clásico de la psicología budista, habían propuesto que la tasa de emociones sanas y de emociones destructivas que presenta un determinado individuo constituye el mejor signo de su avance en el camino espiritual... y la moderna ciencia del cerebro acababa de confirmarlo.

Nuestras emociones cambian de continuo en función de los altibajos que nos depara la vida, pero los practicantes de meditación parecen ir desarrollando gradualmente un locus interno que les torna más ecuánimes y menos vulnerables a las circunstancias. Según afirma el Abhidharma, el estado de ánimo del meditador va centrándose cada vez más en la realidad interna y deja de girar en torno a los acontecimientos externos. Sukha es el término sánscrito utilizado para referirse a esta sensación de plenitud, satisfacción y serena alegría interna que, a diferencia de la felicidad o del placer ordinarios, no depende de las circunstancias externas. Tal vez sukha refleje esta inclinación prefrontal positiva hacia la izquierda.

El Buda dijo provocativamente que: "todo ser humano se ve perturbado", en el sentido de que todos somos vulnerables a las distorsiones y sesgos de la percepción causados por las emociones destructivas. En el estado último del bienestar, sin embargo, no aparece ninguna emoción destructiva y la mente se halla dominada por estados positivos como la compasión, el amor y la ecuanimidad.

Cuando comencé a estudiar el modelo de salud mental del Abhidharma siendo todavía un estudiante de psicología clínica de Harvard, esa idea me pareció fascinante, porque nos abre las puertas a una psicología positiva y nos brinda un modelo del desarrollo humano que trasciende con mucho los límites de las teorías prevalentes en Occidente. Pero, por más admirable que fuese, también parecía muy improbable. Hoy en día, sin embargo, el resultado de la investigación realizada con el geshe convertía esa posibilidad en algo muy palpable.

A decir verdad, he conocido muchas personas que tienen un tono emocional positivo y optimista que evidencia este sesgo hacia la izquierda. De hecho, el mismo Richie es una de las personas más optimistas que conozco. Cuando le pregunté dónde se ubicaba él en la dimensión derecha/izquierda respondió que, definitivamente, se hallaba inclinado hacia la izquierda aunque no, por supuesto, tres desviaciones estándar por encima de la media, como sucedía en el caso del geshe.

Pero todavía quedaban algunas preguntas importantes por responder para explicar los resultados tan inusitadamente positivos del geshe. ¿Se trata simplemente de una singularidad del geshe, de un accidente genético, por así decirlo? ¿O acaso sus medidas cerebrales evidencian una posibilidad a la que todos podemos acceder a través de la práctica de la meditación?"

Ése fue el punto que siguió explorando Richie en su presentación.



La biotecnología redescubre una antigua técnica

Pero, por más interesantes que fueran los resultados de la investigación realizada con el geshe –pensaba Richie, únicamente procedían de una sola persona... y de una persona en verdad muy poco convencional. ¿Es posible advertir la presencia del mismo tipo de cambios en la actividad cerebral de las personas normales y corrientes? Para responder a estas preguntas, él y sus colegas se decidieron a estudiar lo que ocurría con personas que trabajaban en una empresa de biotecnología, un sector que se halla sometido a una gran presión competitiva para desarrollar y comercializar nuevos productos.6

"Los empleados de esas empresas –comenzó Davidson suelen estar muy apremiados por el tiempo y, aun en el mejor de los casos, se hallan sometidos a una gran tensión nerviosa. Es por ello que, considerando la posibilidad de llevar a cabo un experimento que también pudiera serles de utilidad personal, recabé la ayuda de Jon Kabat–Zinn, de la University of Massachusetts.

"Jon, que tal vez sea el occidental con más experiencia en la enseñanza de la meditación de la atención plena a una amplia diversidad de personas fuera del ámbito religioso, se mostró inmediatamente de acuerdo en colaborar con nosotros y aceptó volar, durante diez semanas consecutivas, desde Massachusetts hasta Madison (Wisconsin) para encargarse de dirigir las sesiones de entrenamiento.

"En el mes de julio pedimos a las personas interesadas en la práctica de la meditación que se inscribieran en el programa. En el mes de septiembre y antes de emprender las sesiones de meditación, llevamos a cabo un registro electroencefalográfico –y otras variables biológicas para determinar el funcionamiento normal de los participantes. Después de haber completado esta evaluación, asignamos al azar a los participantes al grupo de meditación, y otros a un grupo diferente (al que llamamos "grupo de control de lista de espera") diciéndoles que, de momento, no podíamos trabajar con todos y que ya les llamaríamos para impartirles el mismo entrenamiento."

–¿Lo hicieron así porque no había espacio suficiente, o fue una estrategia deliberada? –se interesó el Dalai Lama.

–Fue algo deliberado –respondió Davidson porque, de ese modo, contaríamos con un grupo neutro de control (compuesto por personas de la misna empresa, que se hallaran sometidas al mismo estrés y estuvieran también interesadas en la meditación) que pudiera servirnos para realizar necesarias comparaciones. En el momento en que llevamos a cabo la evaluación inicial, ignorábamos quiénes iban a ser asignados al grupo de meditación y al grupo de control.

"Luego, el grupo de meditación recibió el entrenamiento habitual que suele impartir Jon Kabat–Zinn, que consiste en un encuentro de dos a tres horas por semana durante ocho semanas más un día entero de retiro.7 También obtuvimos el permiso del presidente de la empresa para que los empleados pudieran asistir a las sesiones de meditación –un comentario que despertó la sonrisa amable del Dalai Lama.

"Entonces acondicionamos una pequeña y hermosa habitación en la empresa que utilizaríamos como sala de meditación y, después de la sexta semana, llevamos a cabo un retiro en silencio de un día de duración. Todos los integrantes de ese grupo recibieron también la invitación de practicar diariamente durante cuarenta y cinco minutos y, al finalizar el día, de anotar en un pequeño formulario el tiempo que en realidad habían estado practicando. más tarde sometimos esos datos –que Jon Kabat–Zinn no recibió hasta concluir el entrenamiento a un riguroso análisis. El entrenamiento concluyó a mitad de noviembre, y organizamos las cosas para que sucediera en el mes de otoño porque, al finalizar, todos los participantes –tanto los integrantes del grupo de meditación como los del grupo de control iban a ser vacunados contra la gripe."

–¿Y cuál era el significado de todo ello? –preguntó el Dalai Lama.

–Tomar muestras de sangre –respondió Davidson en momentos posteriores a la vacuna que nos permitirían valorar cuantitativamente el funcionamiento del sistema inmunológico de los sujetos. De ese modo podríamos determinar si la meditación había surtido algún efecto en el sistema inmunológico.

Quisiera señalar, en este sentido, la existencia de una interesante anécdota que, según creo, todavía no ha sido explicada. Poco antes de comenzar la campaña Tormenta del Desierto, los soldados de Estados Unidos que se desplazaron al golfo Pérsico fueron vacunados contra la hepatitis A, y un amplio porcentaje de ellos no presentaron seroconversión en respuesta a la vacuna, es decir, recibieron la vacuna, pero no funcionó. La explicación que se dio de este hecho es que el estrés que suponía la posibilidad de entrar en guerra interfirió con el funcionamiento de su sistema inmunológico. También existe una investigación reciente que demuestra que los familiares que se encargan de cuidar a pacientes que padecen de la enfermedad de Alzheimer tienen una respuesta muy pobre a la vacuna de la gripe.8 Todos estos datos parecen indicar que la tensión nerviosa puede tener un impacto muy poderoso en las medidas de la inmunidad.

Davidson sabía que la elevada activación del área prefrontal izquierda predice una respuesta del sistema inmunológico más positiva a la vacuna, pero quiso dar un nuevo paso y determinar también los efectos de la práctica de la atención plena sobre el sistema inmunológico.

"El experimento también aspiraba a determinar si la meditación, cuanto antídoto del estrés, tíene algún efecto beneficioso sobre el sistema inmunológíco, un punto que nunca antes había sido investigado. Al concluir el experimento, todos los participantes –incluidos los del grupo de control que no habían recibido el entrenamiento en meditación fueron vacunados y volvieron de nuevo al laboratorio para regístrar su actividad electroencefalográfica, cosa que se repitió cuatro meses más tarde. Finalmente, el grupo de control recibió el entrenamiento en meditación una vez acabadas todas las evaluaciones.

"Quisiera comentarles ahora cuatro resultados y una observación que se derivaron de este estudio. Como era de esperar, el primer descubrimiento fue que los informes de los participantes del grupo de meditación evidenciaban una clara disminución de la ansiedad. También presentaban menos emociones negativas y emociones más positivas que el grupo de control. Eso era algo que, como sugerían ciertos estudios anteriores, esperábamos que ocurriese, de modo que no nos sorprendió. El interés fundamental de nuestro estudio se centraba en los cambios en el funcionamiento cerebral.

"El análisis estadístico de los datos de la primera evaluación realizada entre los meses de julio a septiembre –antes de que los sujetos fueran asignados a sus respectivos grupos– no mostraba la presencia de ninguna diferencia estadística signifícativa en los datos electroencefalográfícos relativos a la activación frontal izquierda (asociada, recordémoslo, a las emociones positivas). Pero, en la tercera valoración, realizada cuatro meses después de haber concluido el entrenamiento, el grupo que había recibido el entrenamiento en meditación evidenció un signifícativo aumento en la activación izquierda comparada con la mostrada antes de emprender el entrenamiento.

"También debemos señalar que, cuanto mayor era la inclinación hacia la izquierda en la actividad prefrontal, más emociones positivas presentaban en su vida cotidiana quienes habían pasado por el entrenamiento meditativo. Pero lo más curioso –añadió Davidson es que, en el grupo de control, las cosas parecían moverse precísamente en la dirección contraria ya que, como él mísmo dijo:

"­Sin embargo, los del grupo de control empeoraban! Y ello tal vez se debiera a que les habíamos prometido que, después de pasar por el entrenamiento en meditación, les pasaríamos una prueba muy elaborada, y se enfadaron (­con razón!) con nosotros... aunque hay que señalar que finalmente también recibieron la prometida formación.

"Pero el hallazgo más interesante –y el que más nos sorprendió, porque nunca antes había sido descubierto fue que el grupo de meditación mostraba una respuesta inmunitaría significativamente mejor a la vacuna de la gripe que el grupo de control. Se trata de un efecto inverso al provocado por la tensión nerviosa que pone claramente de manifiesto los efectos positivos de la meditación en la eficacia de la vacuna. Otra investigación ha demostrado la presencia de una correlación positiva entre todos estos valores y la menor probabilidad de contraer la gripe en el caso de que el sujeto se halle expuesto al virus."

La investigación realizada anteriormente por Richie había evidenciado que las personas que muestran una mayor activación del lóbulo prefrontal izquierdo (asociado, recordémoslo, a las emociones positivas) también presentan una mayor intensidad de algunos parámetros ligados a la función inmunitaria. Estos descubrimientos Ilevaron a Richie a esbozar la hipótesis de que, cuanto más positiva es la predisposición de la persona, más y mejor es la capacidad de su sistema inmunitario para responder a la vacuna de la gripe. Y los resultados demostraron que el grupo que había pasado por el entrenamiento meditativo de la atención plena presentaba una mayor respuesta a la vacuna de la gripe; y, lo que es todavía más importante, que cuanto mayor es la inclinación hacia la izquierda en la actividad cerebral de una persona, mayor es también su respuesta positiva a la vacuna.

El Dalai Lama se mostró muy interesado en el informe de Richie sobre los efectos de la meditación en el sistema inmunitario, porque corroboraban su opinión de que emociones como la ira o el estrés resultan dañinas para la vida humana y que la serenidad mental y la actitud compasiva son, por el contrario, muy provechosas. Y también hay que subrayar que todas esas conclusiones no se derivan de ninguna religión, Dios o nirvana, sino de los resultados de la investigación científica. Más argumentos –como había comentado en un momento anterior del encuentro– en favor de su ética secular.

Algunos datos confusos

Richie afirmó estar entusiasmado con esos descubrimientos, pero también dijo que hay que ser muy cautelosos y considerarlos como algo provisional, porque sólo se basan en un número reducido de personas.9 En este sentido, quería repetir el experimento utilizando el RMN (en lugar del EEG) porque, de ese modo, podría adentrarse en la profundidad del cerebro y ver directamente lo que ocurre en la amígdala. A fin de cuentas, los datos del EEG sólo reflejan la actividad frontal izquierda y únicamente permiten inferir que la meditación de la atención plena disminuye la activación de la amígdala, algo que el RMN, por su parte, le permitiría confirmar.

"Ya he señalado –dijo entonces Richie, centrándose en un conjunto de datos que resultaban un tanto confusos que, al finalizar cada día, entregábaraos a las personas un pequeño cuestionario en el que debían anotar el tiempo que habían practicado. Y creemos que sus respuestas eran sinceras, porque hubo hasta quien nos dijo que nunca practicaba fuera de clase. Cuando analizamos la posible relación entre los cambios (en el sistema inmunitario y en la actividad cerebral) y el tiempo que los participantes decían invertir en la práctica, descubrimos que no existía la menor correlación."

–Quizás –señaló entonces el Dalai Lama se hallaban mejor preparados y no tenían necesidad de practicar tanto.

"Entonces consideramos –prosiguió Richie la posibilidad de que quienes se hallaban en el grupo de meditación practicasen de manera espontánea en su vida cotidiana. Tal vez, cuando estaban sometidos a una tensión nerviosa, prestaban atención a su respiración, o comenzaban a experimentar la emergencia de las sensaciones corporales, como se les había enseñado en las clases de meditación."

–La meditación de la atención plena –coincidió el Dalai Lama, apoyando la hipótesis de Richie– puede llevarse perfectamente a cabo en medio de la actividad cotidiana.

Pero existe otra posible explicación a los datos de Davidson y es que, en el caso de los principiantes, tal vez baste con asistir a ocho clases de meditación (de entre treinta a cuarenta y cinco minutos) más las ocho horas del día de retiro para gozar de sus beneficios en el estado de ánimo, la actividad cerebral y la función inmunitaria. De un modo u otro, todos los integrantes del grupo de meditación habían pasado por un mínimo de catorce horas de práctica. Lo más curioso era que el tiempo diario adicional de práctica no parecía redundar en una mejora de esos beneficios, o, dicho en otras palabras, que no existe una relación lineal como la que suele darse entre el aumento de la dosis de una determinada medicación y la prontitud en la recuperación del paciente.

Convendría decir que los resultados de la investigación de Richie se asemejan a los que han sido encontrados en los estudios que han correlacionado el ejercicio y la enfermedad cardíaca entre las personas sedentarias. En este sentido, las personas que nunca han hecho ejercicio parecen benefíciarse mucho cuando pasan de ser sedentarias (es decir, ejercicio cero) a hacer un par o tres horas de ejercicio semanal, pero el aumento de tres horas más no parece tener una gran incidencia. Tal vez baste, pues, con las catorce horas de meditación, la cantidad mínima de quienes asisten a los cursos de Kabat–Zinn, para alcanzar el punto culminante puesto de relieve por la investigación de Davidson.

"Pero, sea cual fuere la explicación, nosotros estamos muy satisfechos y hasta entusiasmados con los resultados obtenidos. Esperamos seguir con esta colaboración y examinar también el efecto duradero de algunas de las comprensiones del budismo sobre el cerebro y el cuerpo para hacernos más felices y tal vez incluso más sanos."

–­Excelente!– exclamó el Dalai Lama.



Una investigación para comprender los estados mentales

A esas alturas del encuentro, la mesa estaba literalmente cubierta de todo lo que había ido acumulándose durante la semana: libros, cuadernos de apuntes, un modelo desmontado del cerebro, agendas electrónicas, cámaras, equipos de audio y de vídeo, botellas de agua, etcétera.

–¿A qué tipo de investigación –pregunté entonces al Dalai Lama, abriendo nuestro último debate– cree usted que deberíamos prestar más atención?

Tras una larga pausa, el Dalai Lama empezó a establecer relaciones entre las dos presentaciones realizadas por Richie en torno a la neurología de las emociones destructivas:

–Cuando Richie habló del tipo de antídotos que podrían utilizarse para contrarrestar el efecto de las emociones negativas me pareció que el mismo término "antídoto" ya suponía una valoración crítica. Tal vez fuera posible presentar las cosas de modo que simplemente examinemos qué estados mentales se oponen o contrarrestan a otros, como sucede cuando hablamos de la relación que existe entre la corteza prefrontal izquierda y la amígdala.

Supongamos el caso de un estado emocional apagado o indiferente.

Uno no puede decir que ese estado sea negativo o destructivo, porque ello depende de las circunstancias concretas. Tal vez, si uno se siente muy arrogante y con una autoestima desproporcionada, ese estado resulte positivo para volvernos a colocar en nuestro sitio, pero si, por el contrario, uno tiene una autoestima muy baja, o se halla sumido en la depresión, no parece ser de gran utilidad. No creo, pues, que podamos afinnar que un determinado estado sea positivo o negativo sin tener en cuenta el contexto en que se presenta.

También podríamos considerar dos tipos diferentes de estados emocionales y tratar de evaluarlos en función del contexto y de determinar cuál es el estado diametralmente opuesto. Sería algo parecido a lo que ocurre quimicamente entre un ácido y una base. Es erróneo decir que ésta sea positiva y aquél negativo, sino tan sólo que son incompatibles y se neutralizan mutuamente.

Otro punto muy interesante –señaló el Dalai Lama dirigiendo nuestra atención en una dirección muy diferente– es que, cuando uno está soñando, sus facultades sensoriales también parecen aletargarse, de modo que no ve ni oye nada. Pero si, cuando uno está soñando, usted le grita, le oye y se despierta, lo cual parece insinuar que, aunque el nivel de conciencia sensorial ordinario está inactivo, debe permanecer activo algún nivel sutil de la conciencia que le permite despertar cuando alguien le grita. Ésa también sería un área de estudio muy interesante.

¿Cuál es la parte del cerebro que se activa –se preguntó entonces– cuando uno está soñando y cuál es la relación que todo ello guarda con nuestra anterior discusión de la parte del cerebro que permanece activa en la conciencia perceptual directa como algo opuesto a la cognición conceptual mental?

–Las regiones del cerebro –replicó Richie responsables de la percepción visual son también las que se ven activadas durante el sueño. Además, Alan Hobson y sus colegas de la Harvard Medical School han descubierto que dos terceras partes del contenido emocional predominante en los sueños de las personas normales están relacionados con la ansiedad. Estudios muy recientes han señalado también la presencia de una especial activación, durante el sueño, de la amígdala (que está asociada a ciertas emociones negativas) y de una activación muy limitada del lóbulo frontal. Pareciera, pues, como si existiese un equilibrio dinámico entre ambas regiones y que, cuando aumenta la activación de una de ellas, disminuye la de la otra.

Dicho en otras palabras, la activación incontrolada de la amígdala, libre de las restricciones impuestas por el área prefrontal, desempeña un papel muy importante en la generación de la realidad emocional del subconsciente que se pone de relieve en nuestra vida onírica.

–¿Cree usted –preguntó entonces el Dala Lama que la experiencia –o el cultivo del amor y de la compasión mientras uno está soñando podría tener algún efecto en la activación en la corteza frontal?

–Ésta me parece una pregunta muy interesante –respondió Richie–. Recientemente hemos publicado un artículo en el que afirmamos que las personas que tienen muchas emociones positivas en su vida vigílica también presentan la misma pauta de activación frontal y muestran más emociones positivas durante el sueño –éstos forman parte, a fin de cuentas, del tercio de personas que no presentan sueños de ansiedad.10

–Así pues –comentó entonces el Dalai Lama–, el hecho de poseer una mente sana no sólo resulta beneñcioso para la vigilia, sino también para el sueño.

De este modo, el Dalai Lama se hacía eco de una conocida tradición budista relativa a los beneficios de la virtud, según la cual el estado mental que uno tenga poco antes de dormirse se extiende también a los sueños. Los textos budistas también consideran sueños positivos a aquellos que se benefician del cultivo de emociones positivas como el amor y la compasión. –Esto es absolutamente cierto –coincidió Richie. Existe una elevada correlación entre las emociones vigílicas y las emociones oníncas.

–Sería erróneo –puntualizó Owen– concluir que un tercio de las personas tienen sueños positivos. El dato es que, hablando en términos generales, cerca de dos tercios de los sueños son negativos. Es cierto que algunas personas tienden a tener emociones más positivas, pero rara vez encontramos a una persona cuyos sueños siempre sean positivos. Otro rasgo interesante sobre el tono afectivo de los sueños es que, en ellos, las emociones tienden a disminuir. Tal vez uno empiece teniendo un sueño neutro, pero luego suele empeorar y casi nunca mejora. Recuerdo que, en cierta ocasión, tuve un sueño muy interesante con la actriz Marilyn Monroe...

Luego desperté del sueño –continuó diciendo Owen, después de que los intérpretes le explicaran al Dalai Lama de quien estaba hablando y, por más que quise, nunca pude retomarlo.

–Según cuentan los maestros y eremitas del pasado –comentó Matthieu, ilustrando la posición contraria, son muchos los practicantes que desarrollan la facultad de cobrar conciencia de los sueños y de modificarlos a voluntad. Tal vez entonces, el sueño empiece siendo muy dramático y negativo, pero luego, súbitamente, concluye ese ciclo y sigue de un modo muy positivo. De hecho, ése es uno de los objetivos de la práctica del yoga del sueño o sueño lúcido."

Una ira despojada de ilusión

Alan Wallace asumió entonces su papel como coordinador filosófico y reorientó el debate hacia el tema fundamental de nuestra reunión, las emociones destructivas, y bosquejó del siguiente modo la gran diferencia entre las visiones sostenidas al respecto por la ciencia y el budismo.

"El primer día señalamos que, según la ciencia, todas las emociones están bien, porque cumplen con una función. En consecuencia, no debemos desembarazarnos de la ira ni de ninguna de las llamadas emociones destructivas, sino que basta con encontrar la medida apropiada y la circunstancia adecuada a cada una de ellas. El budismo, sin embargo, aspira a erradicar todas las aflicciones mentales para que nunca más vuelvan a presentarse. Desde esta perspectiva, las emociones negativas nunca son apropiadas, y algunas de ellas son una auténtica enfermedad."

Luego procedió a señalar que, para Occidente, la normalidad es un punto de llegada mientras que, para el budismo, no es más que un punto de partida.

"Occidente considera positivamente la normalidad, pero, para el budismo, se trata únicamente del trampolín que nos permite acceder a la práctica del Dharma. Sólo desde ahí es posible reconocer que estamos sumidos en el océano del sufrimiento porque nuestras mentes son disfuncionales, es decir, porque nos aferramos a las aflicciones mentales.

"Y ésta parece ser una gran diferencia... hasta que la contemplamos más de cerca. De la presentación de Paul Ekman destacaría un par de cuestiones que me parecen muy relevantes, y es que la presencia de la ira distorsiona nuestra percepción y nuestra cognición y que va seguida de un período refractario durante el cual uno no puede disponer libremente de su inteligencia. Desde la perspectiva budista, la ira es, por definición, un estado mental aflictivo que se deriva de la ilusión y que distorsiona nuestra cognición de la realidad. Si existiera algo como la ira que no fuese el resultado de la ilusión y no distorsionase nuestra visión de la realidad, no le llamaríamos ira.

"Esto nos abre las puertas a una investigación muy interesante de la que he estado hablando con Richie y que se refiere a la posibilidad de que exista una emoción que se asemeje a la ira, pero que no vaya seguida (o apenas si vaya seguida) de un período refractario y no distorsione (o distorsione muy poco) la percepción ni la cognición.

"En los niveles superiores del desarrollo espiritual –dijo entonces Alan, uno puede sentir una fuerte energetización cuando presencia una injusdcia, pero no creo que fuera adecuado descartarla como una aflicción mental. Tal vez, entonces, si realmente existe una ira constructiva, podríamos decir que la ira constructiva se trata de una ira despojada de ilusión." –En sí mismos, el deseo y la aversión –dijo entonces el Dalai Lama, subrayando otra importante diferencia no son aflicciones mentales. No creo que podamos decir que, si a uno le desagradan las coles de Bruselas, padezca una aflicción mental... a menos que ello se combine con el apego. Y lo mismo podríamos decir con respecto al caso de la ira, ya que el simple hecho de que aparezca una emoción intensa no necesariamente implica la emergencia de la aflicción mental de la ira que, por definición, es ilusoria.



Una ira constructiva

–En su comentario me parece advertir –dijo Paul, que llevaba un rato tratando de intervenir– dos cuestiones diferentes, ambas igualmente complejas e interesantes. La primera de ellas tiene que ver con el hecho de si, en el período refractario que acompaña a un episodio de ira o de cualquier otra emoción constructiva, uno está realmente distorsionado. Y, en este sentido, quisiera comentar un par de cosas. Si la ira es constructiva, el período refractario es más corto, y somos más capaces de responder a los cambios de las circunstancias que la motivaron. Por la otra, creo que el término distorsionado resulta, en este caso, equívoco y que tal vez conviniera sustituirlo por otro como enfocado, por ejemplo. Es cierto que la ira provoca un estrechamiento de la atención, pero también lo es que va acompañada de una focalización en el evento que la desencadenó y en nuestra respuesta al respecto.

Pero, cuando el período refractario es más largo, no sólo se focaliza, sino que también se pone en marcha la distorsión. Esto es lo que ocurre, según creo, cuando uno empieza a considerar otras cuestiones que no se hallaban presentes en la situación desencadenante. Consideren, por ejemplo, el caso de la llamada telefónica de mi esposa –a quien, por cierto, no creo que le guste mucho que hable tanto de ella en su ausencia– de la que hablábamos el otro día. El hecho de que, en ese caso, yo recordase la relación con mi madre (a quien nunca pude expresarle mi enfado) significa que no sólo estaba respondiendo a mi esposa, que mi respuesta estaba distorsionada y que el período refractario era consecuentemente más largo.

Las emociones nos movilizan y nos ayudan a ponernos en funcionamiento y, en consecuencia, también nos permiten responder a lo que ocurre después. Por ello digo que son adaptativas. Cuando son inadaptadas, es decir, cuando van seguidas de un largo período refractario, uno acaba respondiendo a cosas que ya no están presentes. Yo creo que todas éstas son cosas que pueden servirnos ya que, cuando uno se ve agobiado por cuestiones externas a la situación, puede aprender a liberarse de ellas para responder al momento sin distorsión alguna.

–Me gustaría –dijo entonces Richie tocar un par de cuestiones relacionadas con la noción de distorsión. Como ustedes vieron en las imágenes del cerebro que les mostré el miércoles, la amígdala (muy implicada en las emociones negativas) y el hipocampo (ligado a ciertas facetas de la memoria) son estructuras adyacentes entre las que existe una estrecha relación neuronal, un hecho que, en modo alguno, me parece accidental.

Cuando un determinado estímulo provoca en nosotros una emoción, ésta casi siempre desencadena la emergencia de recuerdos asociados. Estoy seguro de que, cuando Paul empezó a pensar en su madre, los circuitos que conectan la amígdala con el hipocampo se hallaban muy activos. Por ello, en la mayor parte de los casos, las emociones influyen o tiñen –no tenemos porque utilizar el término "distorsionar."– nuestra percepción.

–Durante toda esta semana he tenido una y otra vez –dijo Paul con un tono de satisfacción– la misma experiencia que tengo leyendo a Darwin, y es que, cada vez que pienso en algo, Darwin ya lo había pensado antes. Lo mismo me ha ocurrido aquí, ya que continuamente descubro que muchas de mis ideas se ven confirmadas y perfeccionadas. Debo decir que, para mí, ha sido un verdadero gozo participar en este encuentro.

"Creo que Alan –dijo Richie, retomando de nuevo la discusión ha planteado un reto muy importante a la investigación científica de la emoción. Yo no creo que la ciencia haya realmente asumido la idea de que las llamadas emociones negativas tengan elementos sanos que deban ser conservados. Tal vez, por ejemplo, pudiéramos hablar de un tipo de ira compasiva que, si bien posee alguna de las cualidades de ira, está despojada de todo componente ilusorio o distorsionado.

"Los científicos –continuó Richie, mientras el Dalai Lama asentía con la cabeza han empezado a deconstruir ciertos procesos cognitivos. Hoy en día ya no pensamos en términos de atención, memoria o aprendizaje como un único proceso. Existen multitud de formas y subtipos diferentes de cada uno de ellos. Y, aunque hasta el momento, no haya sido estudiado, estoy seguro de que lo mismo podríamos decir con respecto a emociones como la ira. El reto, desde mi punto de vista, consistiría en empezar a identificar el modo en que todos estos procesos funcionan realmente en el cerebro."

–Me parece que lo mismo ocurre –ilustró Matthieu con una analogía– cuando contemplamos una pared desde lejos. Vista a distancia parece muy lisa, pero cuando la miramos más de cerca, advertimos la presencia de muchas irregularidades. Del mismo modo, cuando observamos el apego más de cerca descubrimos en él muchos matices diferentes. Obviamente, el apego –al igual que el deseo y la obsesión– es uno de los factores mentales más destructivos y oscurecedores, pero dentro de él –como también dentro de la ira–, es posible advertir la existencia de la ternura y del altruismo.

También creo que, cuando afirmamos la necesidad de erradicar completamente la ira, deberíamos diferenciar claramente la ira como emoción emergente de la ira que acompaña a una determinada cadena de pensamientos. Esto me parece muy importante, porque puede ayudarnos a discriminar entre alguien muy diestro de alguien que no lo es. De lo único que deberíamos desembarazarnos es de la manifestación ordinaria de la ira que, en la mayor parte de los casos, se expresa como animadversión... excepto cuando tengamos que actuar de manera drástica para impedir que alguien se despeñe por un precipicio. Lo que habitualmente llamamos ira no es más que una expresión de animadversión hacia alguien.

Nosotros decimos que, en los primeros estadios de entrenamiento de un meditador, la ira emergerá como siempre, pero la diferencia reside en lo que ocurre después, porque podemos vernos esclavizados por la ira o abandonarla en un segundo o en un tercer momento sin mayores consecuencias. También es evidente que, en el estado de budeidad, la ira no tiene ya razón alguna para seguir existiendo. Pero ése es el tercer paso. Y también hemos señalado de pasada –cuando hablábamos de la "claridad"– que, en el momento de su emergencia, la ira no siempre es fundamental e intrínsecamente negativa. Del mismo modo, si no nos dejamos arrastrar por el deseo y nos adentramos en su naturaleza, podremos descubrir que se trata de un aspecto de la dicha y, en el caso de la confusión, descubrir su importancia para liberarnos de los conceptos. Así pues, las emociones no son intrínsecamente positivas o negativas, lo único que importa es si uno está esclavizado o no por ellas.

–Si no hubiera recuerdo de la ira –respondió Paul, no podríamos aprender nada de la experiencia de la ira, pero hay ocasiones en que existe una discrepancia entre lo que hemos aprendido y lo que aplicamos, y ello aumenta el lapso del período refractario. Pero también debemos aprender formas de actuar cuando estamos enfadados. Yo creo que la naturaleza no nos proporciona necesariamente el impulso de atacar a los demás, sino de afrontar los problemas. Pero, en el curso del proceso de crecimiento y de observar a los demás, nuestra experiencia puede ser justamente la contraria y llevarnos a creer que, cuando estamos enfadados, no debemos ocuparnos de los obstáculos, sino enfrentarnos a la persona que los ha causado –concluyó Paul, ilustrando su comentario cogiendo a Owen de los hombros y sacudiéndole.

Ésta es una faceta aprendida de la ira que ha acabado automatizándose y debemos desaprender. Y, para ello, podemos recurrir a procesos que nos tornen más conscientes y nos ayuden a desaprender respuestas, recuerdos y percepciones automáticas. Estas respuestas pueden ser buenas o malas, pero la visión darwiniana que he tratado de explicar aquí es que todas ellas no forman parte integral de la emocíón, sino que han sido adquiridas a lo largo de experiencias desafortunadas. ¿Es todo el mundo así? Algunos de nosotros poseemos un temperamento más proclive a aprender cosas dañinas y, en consecuencia, debemos trabajar más duramente. Pero debo decirles que hoy soy mucho más optimista que la semana pasada y no creo que debamos considerar al temperamento como algo fijo e inmutable.

Nuestro tiempo ya se había acabado y emprendí una recapitulación final:

–Creo que este encuentro ha sido muy provechoso, al menos lo ha sido para el ala científica del diálogo y espero que también lo haya sido para Su Santidad.

Entonces, el Dalai Lama juntó sus manos en señal de reconocimiento.

–Habíamos organizado este encuentro a modo de un regalo para usted –continué– y ciertamente también ha sido muy enriquecedor para todos nosotros. Sé por propia experiencia que estos encuentros transforman, de algún modo, la vida de los participantes y que todos retomaremos nuestras actividades cotidianas desde una perspectiva levemente diferente agradecidos por haber tenido la ocasión de discutir todos estos temas con usted. Por ello quisiera expresarle mi más profundo agradecimiento.

–Yo también –respondió entonces el Dalai Lama quisiera darles las gracias a todos ustedes. La tarea en la que hemos estado ocupados me parece muy noble y muy sincera.

Luego añadió que, en los trece años de vida de los diálogos organízados por el Mind and Life Institute, había sido testigo del aprendizaje y del desarrollo que se deriva de una búsqueda sincera.

–Pero debemos ser muy conscientes –añadió a modo de advertenciade que, cuando las cosas van bien y alcanzamos el éxito, hay veces en que corremos el peligro de olvidarnos de nuestras motivaciones y nuestros objetivos. Creo, por tanto, que es muy importante que recordemos el ideal original que nos ha movilizado. De ese modo tendremos garantizado el éxito en el futuro.

Las presentaciones realizadas por los científicos y los demas participantes demuestran el rigor y la precisión de su trabajo, que es ciertamente sorprendente. Y también siento que, cuando cada uno de ustedes estaba exponiendo su presentación, no sólo nos transmitía información, smo también un auténtico sentimiento humano, algo que tengo en muy alta estima. En este sentido, debo decirles que el clima emocional que hemos compartido me ha parecido realmente especial. Esto es lo que me parece más importante. No sé si podremos seguir disfrutando de él, pero, en cualquiera e los casos, nadie puede negar que aquí sí lo hemos disfrutado. Muchas gracias por ello a todos ustedes.

Así acabamos de tejer el enriquecedor tapiz intelectual de un dialogo complejo y, en muchas ocasiones, muy estimulante. Su impacto en la vida y la obra de muchos de los participantes resultaría ser igualmente rico.




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