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Universidad de Chile

Departamento de Pregrado


Cursos de Formación General


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Curso: El cerebro y los mecanismos de la mente


La Televisión, el Niño y el Adolescente

Aspectos Neurofisiológicos de la Televisión

Ennio Vivaldi

Introducción

Existe una bien fundada aprensión en academias y sociedades pediátricas, preocupadas por las condicionantes ambientales de la salud mental de niños y adolescentes, acerca de la cantidad de tiempo que esta población esta expuesta a la televisión, la calidad de esta, y los efectos en su conducta y desarrollo psíquico.


Pareciera que ver televisión es solo muy superficialmente compa­rable a leer diarios o libros, escuchar emisiones radiales o música, e incluso ver películas en un cine. Tanto la técnica utilizada para generar la imagen televisiva como la percepción de esta y, sobre todo, el estado de absorta pasividad en que se encuentra el telespectador, deberían constituir causales mas que suficientes para motivar su estudio neurofisiológico. El funcionamiento del cerebro de quien ve televisión podría investigarse de una manera análoga a como se estudiaría en cualquier otra situación especial, como tras la ingesta de un determinado psicofármaco o la ausencia de fuerza gravitacional. Sin embargo, son muy pocos los estudios disponibles acerca de la neurofisiología de la televisión. Esto sorprende mas aun por la potencialidad que ofrecen las peculiaridades técnicas de este medio, las que podrían considerarse útiles como modelo experimental para abordar problemas de interés propio, como los relativos a mecanismos perceptivos, atencionales y cognitivos.
Al mismo tiempo, resulta evidente que la televisión es una cuestión con extensas implicancias sociales, por su rol y su potencial influencia en los dominios de lo ideológico, lo político, lo económico y lo comercial.
Existe entonces, por una parte, una incuestionable importancia social de la televisión y, por otra, un pobre conocimiento neurofisiológico de ella. Quizás por intentar explicar esta discordancia, se nos viene a la memoria una historia acerca de dos caminantes en el desierto que tras varios días sin probar alimento, una noche tropiezan con una gran bolsa en la que, al palpar en su interior, encuentran dátiles. Comienzan a comerlos y, extasiados, desean no solo saborear los dátiles sino también verlos. Enciende entonces un fósforo, y, a la luz de este, observan que todos los dátiles están agusanados. Pregunta: ¿que hacen entonces los voraces caminantes? La respuesta es simple: apagan el fósforo.
Nadie se interesa por ver la televisión

En una extensa revisión acerca de la televisión en la infancia y adolescencia, Dietz y Strasburger (1991) empiezan señalando que el promedio de horas semanales que ven televisión diversos grupos etarios desde preescolares a adolescentes en Estados Unidos fluctúa entre unas 23 y unas 28 horas según las estadísticas de Nielsen (1990). Este tiempo no considera videos ni juegos tipo Nintendo. Un trabajo Frances (Schmitt 1989) da una cifra semejante, 25 horas semanales especificando 2.6 horas en los días escolares y 5 en los feriados. Strasburger (1989) ha comentado que al momento que los niños de hoy lleguen a cumplir 70 anos, habrán pasado 7 de ellos viendo televisión. Singer (1985), agudamente anota que "los lactantes y preescolares de hoy no solo deben procesar las formas, contornos y objetos de sus piezas o decodificar e imitar los sonidos y gestos de sus padres y hermanos; también deben relacionarse con una caja en la cual las figuras saltan, bailan, ríen, gritan, se destruyen entre ellas y urgen a salir a comprar alimentos y juguetes".


Seguramente no es casual que cuando instituciones y personas empiezan a explorar desde la medicina el problema de la televisión y los niños, rápidamente radicalizan sus posiciones y comienzan a preocuparse y a efectuar llamados de atención. Véanse por ejemplo los informes del Comité sobre Contaminaciones de la Academia Americana de Pediatría (Mendelson 1990, Mendelson 1992); el estudio sobre hábitos de televisión en niños de una comunidad canadiense (Bernard-Bonnin 1991); un editorial de Archives Franceses de Pediatría (Royer 1990), punto de vista europeo donde la televisión pudiera tener características propias; y los trabajos de Montenegro y Devilat con una perspectiva desde nuestros países.
Una de las propuestas mas radicales la hace Mander (1981), especialista en publicidad, al afirmar que los medios tecnológicos no son neutros, que toda tecnología conlleva un componente de poder social, que la televisión responde a las necesidades de un determinado modelo de organización socioeconómica, y que, en definitiva, incorregiblemente preferirá lo burdo y lo violento.
En el estudio canadiense citado el 63% de los padres manifestaban que les interesan a tener mas información acerca de la televisión. Las opiniones de padres y niños sobre la televisión no siempre coinciden (Sneed 1992) y las opiniones de los padres respecto a la televisión son determinantes para la cantidad y calidad de lo que los niños ven solos o con los padres (St Peters 1991). Esto contrasta marcadamente con la investigación biomédica disponible, cuya escasez lleva a uno a preguntarse si, acaso de no haber sido por la epilepsia televisiva, esta investigación seria casi inexistente.
Un punto luminoso que se desplaza muy rápido

La imagen que observamos en el rectángulo de la televisión tiene marcadas diferencias con la que observáramos al mirar a través de una ventana, o una fotografía, o una pantalla de cine.


En diversos medios la transmisión, manipulación y procesamiento de imágenes se fundamenta en el concepto de elemento de imagen, o pixel, contracción de las palabras "picture element" (Figura l). En efecto, la imagen puede concebirse como el conjunto de una gran cantidad de pequeñas áreas discretas, cada una de las cuales tiene un determinado tono de gris o un color. Mientras mas pequeñas sean estas unidades, mayor será la resolución espacial de la imagen. Habitualmente la resolución es suficientemente alta para que no veamos las unidades elementales de la imagen, pero con una ampliación exagerada pueden ser puestas en evidencia. La transmisión y reproducción de una imagen se efectúa detectando la intensidad de cada uno de los pixels que la componen y luego esta información visual se envía secuencialmente y con gran rapidez a otro lugar donde se invierte el proceso y la serial que codifica el contenido de cada pixel se reconvierte en una imagen equivalente a la original. En la televisión, estas funciones las cumplen el tubo de la cámara y el tubo de imagen del televisor, análogos, si se quiere, al micrófono y al parlante en la transmisión de sonido.

Figura 1. Una misma imagen se presenta digitada con tres distintas resoluciones. En todos los casos la imagen consta de componentes discretos o pixels. En la primera versión, el gran tamaño de los pixels los hace evidentes. En la tercera versión, los pixels son lo suficientemente pequeños para no ser notados.
El tubo de imagen del televisor es semejante al tubo de rayos catódicos de un osciloscopio convencional. En el osciloscopio a una velocidad de barrido baja vemos un punto luminoso que recorre la pantalla de izquierda a derecha (un voltaje que oscila parece una pelota que fuera dando botes), mientras que a una velocidad de barrido alta vemos una línea continua que atraviesa la pantalla. En el caso de la televisión el haz va recorriendo ordenadamente el ancho de la pantalla de izquierda a derecha, línea a línea. Al ir recorriendo la línea la intensidad del rayo vana en función de la intensidad del pixel que esta reproduciendo. Al terminar la línea, el rayo retorna muy rápidamente al extremo izquierdo de la pantalla, baja a la línea siguiente y vuelve a efectuar su recorrido modulando la intensidad en función del contenido de cada punto de la imagen. En el caso de la televisión en colores en realidad cada pixel se define no por una variable, la intensidad o tono de gris, sino por cuatro, tres señales de cromancia correspondientes a los colores rojo, verde y azul y una serial de luminancia correspondiente a la intensidad.
Al observar una imagen fija en un televisor, como en el monitor de un computador o un aparato de TAC (Tomografía Axial Computarizada), en realidad lo que hay es un punto de intensidad o color variable que recorre línea a línea la pantalla. El que en vez de un punto veamos una imagen cubriendo una superficie es simplemente una cuestión relativa entre la velocidad a que se desplaza el punto y nuestra capacidad de discriminación temporal, o por decir lo mismo de otra manera, la persistencia de la imagen. Un imaginario mutante con una discriminación temporal superior a la nuestra no vena una imagen ocupando la superficie de la pantalla, sino que vena un punto de intensidad o color variable que se desplaza de izquierda a derecha, línea tras línea.
Ahora bien, en la televisión no hay una imagen fija sino además acción, movimiento. Se parece en esto al cine en que la ilusión de movimiento en la escena se logra presentando una secuencia de imágenes con una rapidez expresada en marcos por segundos, supe­rior a nuestra capacidad perceptiva de discriminar los marcos. La persistencia de la visión exige de una frecuencia mayor de 16 por segundo para que las imágenes no sean discriminadas, lo que es satisfecho por la frecuencia de 24 por segundo del cine. En el cine cada imagen debe además fundirse suavemente con la siguiente, sin que se perciba un centelleo por el salto de una imagen a otra. Esto se logra dando dos golpes de luz a cada marco, de modo que la frecuencia de centelleo es de 48 con lo cual este se hace imperceptible.
Como venimos de decir, sin embargo, en el caso de la televisión la imagen misma no existe como tal, como si existe el rectángulo fotográfico de cada marco en la película de cine. Lo que hay es un rayo de electrones que apunta a la pantalla fosforescente y que la barren, es decir, la recorren línea a línea. La pantalla de televisión esta compuesta por 525 líneas y la frecuencia con que se refresca la imagen es de 30 pantallas por segundo. Sin embargo, esta frecuencia, como la de 24 por segundo del cine, no es suficiente para evitar la percepción de un centelleo. Por ello la imagen televisiva se entrelaza línea a línea, es decir, se barre línea por medio cada vez. En una vuelta se barren la primera, tercera, quinta, etc. línea y en la siguiente la segunda, cuarta, sexta, etc. De este modo, al igual que en el cine, la frecuencia con que se ofrece la imagen se duplica a 60 por segundo para disminuir el efecto de centelleo.

La calidad de la imagen televisiva la dan su brillo, o intensidad de iluminación global de la imagen, su contraste, o la diferencia de intensidad relativa entre sus partes mas claras y mas oscuras y su resolución, o el numero de pixels que la componen.


La pantalla puede ser de diversas dimensiones absolutas, pero siempre guardando una razón 4:3 entre ancho y altura. En cualquier caso, es el numero de pixels el responsable de la resolución y no el tamaño de la imagen. La distancia recomendada para observar la pantalla depende de su tamaño y del brillo, siendo de unas seis veces la altura de la pantalla. La distancia recomendada es aquella que evita una cantidad excesiva o muy baja de movimientos oculares en el observador, al tiempo que Ie permite discriminar detalles.
El centelleo que no se ve y la epilepsia televisiva

La base fisiológica de la ilusión de movimiento en el cine y televisión, y de la imagen misma en el caso de la televisión, radica en la fusión subjetiva de la imagen. La fusión subjetiva se cuantifica como la frecuencia critica de fusión, o frecuencia mínima a la que un estimulo intermitente se percibe como continuo. La frecuencia critica de fusión esta determinada, por una parte, por la intensidad del estimulo. Ante estímulos localizados en la retina, la frecuencia critica de fusión también depende de la localización del área de estimulación, siendo mucho mayor en la fóvea que en la periferia, lo que se correlaciona con el hecho que el curso temporal del potencial de receptor de los conos es mucho mas rápido que el de los bastones. En cuanto al procesamiento central involucrado en la percepción de movimiento, este exige un filtro de las frecuencias espaciales rápidas cuyo sustrato estaría en la vía magnocelular (Morgan 1992).


Hay una forma dramática en que la titilación del televisor se evidencia: las crisis de epilepsia desencadenadas al observar televisión (Livingston 1952). Y a los primeros informes enfatizaban una mucho mayor incidencia en la población infantil que en la adulta. Se comprobó que esta forma de epilepsia se manifestaba por ataques de grand mal o episodios confusionales, especulándose que podría haber una población importante e ignorada que presentara ausencias de tipo petit-mal (Charlton 1964). Al momento de describirse la epilepsia televisiva ya estaban, por supuesto, bien caracterizadas las epilepsias gatilladas por estímulos luminosos intermitentes en el laboratorio o por alternancias de luz oscuridad en el ambiente natural, como puede presentarse la sombra de una arboleda. Esta relación llevo a investigar el rol de los patrones visuales tales como franjas claras y oscuras en la epilepsia fotosensible y sus fundamentos en el procesamiento que ocurre en la vía visual (Jeavons 1972, Wilkins 1979a). Tempranamente también se noto que la incidencia de epilepsia televisiva era mayor en Europa que en Estados Unidos, lo que podría deberse a que las frecuencias de centelleo que usan las normas de ambos continentes son diferentes, respectivamente 25 y 30. Así, se vinculo la epilepsia televisiva con los patrones de formación de la imagen en este medio, y se demostró una asociación entre esta forma de epilepsia y la sensibilidad tanto a la luz estroboscópica como a determinados patrones de configuración del estimulo visual (Steffansson 1977). También se ha estudiado el efecto de patrones visuales relacionándolo con la sensibilidad a determinadas frecuencias de estimulación fótica intermitente y la distancia entre espectador y pantalla (Wilkins 1979b). Jeavons (1975) hace una extensa revisión de las epilepsias fotosensibles, las que el calcula que tienen una incidencia algo mayor que 1 por 10.000, consignando que la epilepsia televisiva da cuenta de dos tercios de esa incidencia. Son factores importantes en la probabilidad de desencadenamiento de una crisis la calidad técnica de la recepción, la que debe carecer de centelleo ostensible o problemas en el control vertical, y la distancia del televidente al televisor, la que debe ser de unos 3.5 metros. Recientemente se ha sugerido que en ciertos casos la epilepsia televisiva se gatillaría solo con determinados videojuegos (Hart 1990). Dicho sea de paso, los videojuegos pueden producir dolor en la región del tendón extensor del pulgar, lo que con humor alguien propuso nombrar Nintendinitis (Brasington 1990).
La percepción de la televisión

Es difícil saber como influye en la percepción de las imágenes la utilización del recurso de frecuencia critica de fusión. Tanto como en el cine como con la televisión se ha planteado la posibilidad, si se intercalan fugazmente imágenes, de disociar por una parte la llegada y procesamiento de imágenes visuales a centres superiores de, por otra parte, nuestra toma de conciencia de esas imágenes (Kihistrom 1987). Con mayor razón que en el caso del cine, uno puede preguntarse si no hay algo especial en la forma de percibir la imagen televisiva.



Particularmente relevante para un análisis de las peculiaridades de la imagen televisiva es el rol que los movimientos oculares juegan en la percepción de un objeto, por cuanto durante la percepción hay continuos y estereotipados movimientos sacádicos que lo recorren.




Figura 2. Ejemplo utilizado por Jules para ilustrar los mecanismos preatencionales. Sólo estos son puestos en juego cuando las imágenes están “mentón para arriba”. Al girar la página y verla de modo convencional aparecen detalles sorprendentes.
La percepción visual es un proceso creativo, en el que, como lo enfatizara la psicología gestáltica, el contexto resulta decisivo. Se acepta que si bien los distintos atributos de la imagen visual deben coordinarse e integrarse, en el sistema nervioso central la visión es mediada por vías paralelas, con distintos sustratos anatómicos, que procesan datos relevantes al movimiento, a la forma y al color (Zeki 1990, De Yoe 1988). El rol de la atención parece resultar critico para unir estos componentes de la información visual que llegan a los centres superiores. Se ha postulado que en la percepción visual hay dos procesos distintos: el preatencional y el atencional (Treisman 1986, Julesz 1986). Primero el proceso preatencional obtiene algunas referencias claves de la imagen global. El proceso atencio­nal subsiguiente se focaliza en aspectos específicos de la figura. La ilustración adjunta (Figura 2) muestra muy bien como nuestro proceso preatencional rápidamente concluye que ambas imagenes corresponden a la Monalisa. Solo al girar la hoja y observar la imagen en su contexto habitual nos focalizamos en aquellos detalles que nos obligan a ver lo que no veíamos. Es inevitable preguntarse cuanto mas fácil resulta para la televisión mostrarnos Monalisas, y cuanto mas predispuestos estamos nosotros a llegar y aceptarlas.
La televisión no es solo imagen, también es audio. Que hay una interacción no cabe duda, basta con hacer la prueba de apagar el audio durante los avisos comerciales, y la imagen se nos viene encima con una fuerza aun mas diabólica y grotesca. Se han diseñado experimentos en niños de 5 a 7 anos para determinar el rol de la atención auditiva para monitorear un programa de televisión buscando información visual importante y procesar semánticamente la información del lenguaje para aumentar la comprensión y la atención visual (Rolandelli 199).



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