Curso de oracióN



Descargar 472 Kb.
Página4/6
Fecha de conversión12.05.2019
Tamaño472 Kb.
1   2   3   4   5   6
.

La adoración eucarística es la conversación más profunda en el silencio [...] el silencio de la amistad. La cumbre del amor no es la palabra; es el silencio. Las palabras del amor van llevando al silencio del amor. Y cuando realmente después de hablar palabras de amor, llega el momento del encuentro de amor, ese encuentro es silencio; pero es silencio de amistad, cumbre de las palabras de amor. El Señor nos va llevando en la Eucaristía por toda una pedagogía, desde las formas más simples hasta la adoración más levantada en silencio y sencillez, adorando con silencio de amigo y con presencia de donación”247.


2.3.3. El encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre en la Eucaristía.
“Vive para interceder por nosotros ante el Padre y para movernos a nosotros con sus llagas abiertas, con su corazón abierto”248. El amor atrayente de Cristo (la sed de Dios) busca al hombre de una forma constante y permanente; si no se opone a él, suscitará en su alma un ansía de respuesta y una necesidad de encuentro con Dios (la sed del hombre): la Iglesia se pone al servicio de este encuentro de cada hombre con Dios: “Esa unión es el objetivo de la Iglesia: acercar cada hombre a Cristo”249:
“[...] viene a nosotros el amor de Dios que se nos manifiesta en Cristo que se nos abre. Son los brazos abiertos de la misericordia de Dios que en la cruz nos espera y nos abraza. Esto lleva a la comprensión del propio pecado, y nos da el sentido de la conversión verdadera, que no es simplemente ordenar una vida, sino volver al Corazón de Dios que se nos abre en la cruz. Por eso podemos decir que que lo descubrimos en el momento culminante de la cruz. En la cruz se nos ha revelado el amor del Padre, como amor verdadero. Un amor que no es tal que le deje indiferente si el hombre se pierde. Es amor verdadero que lleva en el corazón la suerte del hombre al que ama”250.
La verdad de la Eucaristía es el encuentro entre el deseo de Dios que busca al hombre para que viva y el hombre que se deja encontrar para que Dios sea su alimento y descanso251:
“Es la presencia de su donación, de su inmolación sacramentalmente realizada. En cada lugar donde está la Eucaristía está Cristo que clama: ; así en cada Eucaristía, en cada sagrario. Y Cristo desea y la Iglesia desea que a esta voz suya haya una respuesta humana, porque la presencia de Cristo es una presencia que está convocando, que está llamando, que está mostrando su sed como a la samaritana, la sed de la cruz, esa sed de que vengan a beber. Y este grito de sed se pierde tantas veces en el vacío. Lo tenemos olvidado, mientras el mundo desprecia el amor del Señor. Por eso le adoramos creyendo en ese amor, para reparar los pecados y los delitos del mundo, para escuchar esa palabra suya: (Mt 26,38)”252.
2.3.4. El misterio trinitario de la Eucaristía253.
En el misterio eucarístico todo el amor de Dios se nos da en su aspecto trinitario, en fidelidad al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo desde el servicio de la Iglesia:
“La Eucaristía nos habla de Cristo crucificado, y nos habla del Padre, y nos habla de la Trinidad y nos habla de la Iglesia. Todo está unido ahí. Y ahí nosotros nos integramos en la fidelidad al amor de Cristo, en la fidelidad a esa vida en la presencia de Dios y en la fidelidad y servicio a nuestra santa madre Iglesia”254.
En la relación con Dios, permanecer en una visión abstracta, fría y distante es desconocer la verdad de su amor y de su intimidad; conocer al Padre en el Hijo por obra del Espíritu Santo es una identificación en sus propios sentimientos:
“Es a Abraham al que se le pide la generosidad de entregar al propio hijo. Es Abraham el que sufre, el que va camino de la montaña y escucha la voz del hijo, que le pregunta: Padre, llevamos el fuego, el cuchillo, la leña, pero ¿dónde está la víctima? Y el Padre le contesta con entrañas de padre: hijo, Dios proveerá; con todo ese dolor del corazón paterno, que no ahorra al propio hijo por el amor a Dios. Y es la imagen del sacrificio de la cruz. El verdadero Abraham es el Padre. Es Dios el que ofrece a su Hijo por amor al hombre. (Jn 3,16); lo entregó, no lo ahorró, dice la carta a los Romanos (8,32), lo mismo que Abraham no ahorró a su propio hijo (Gen 22,16).Y en la cruz tenemos que ver al Padre entregando al Hijo, ofreciéndolo, en ese amor para nosotros incomprensible, en ese tremendo misterio de amor (RH N.9). Así nos amó el Padre que no ahorró a su Hijo unigénito por nosotros. Y lo mira con un amor infinito, entregándolo. Y en la Eucaristía está el Padre entregándolo también. Por eso, en la Eucaristía encontramos a la Trinidad. Y en ese amor del Padre que entrega al Hijo, y al Hijo que se entrega en sacrificio por nosotros, viene la comunicación del don del Espíritu Santo. Ese momento eucarístico, que es el sacrificio, es una donación de Cristo, que con todo el amor de la cruz se ofrece a cada uno de nosotros y nos dice: . Es el mismo amor de la cruz que se dirige a cada uno de aquellos que vienen al encuentro de Cristo [...] de ahí brota el [...]; porque es misterio de amor; de ese amor que nos mueve a nosotros mismos a responder aceptando esa oblación de Cristo que nos enseña a unirnos a su sí y hacer de nuestra vida una oblación con El al Padre y de entrega en comunión con los hermanos. Este es el misterio tremendo de la Eucaristía. Es dinámico, trinitario”255.
Toda la vida de Cristo es una oblación al Padre en el Espíritu Santo para la salvación del género humano; en la obra del P. Mendizábal la necesidad de identificación de la persona al ofrecimiento de Cristo y de una continua renovación de esa oblación en su seguimiento es esencial en su pensamiento y en su espiritualidad.

Toda su vida oculta y pública en ofrecimiento redentor al Padre se culmina en el misterio de la Eucaristía: la Eucaristía es el misterio del amor que llega hasta sus últimas consecuencias por amor a los hombres. No es un acto de entrega que se mantiene a través del tiempo, es una entrega continuada llevada hasta el extremo que se mantiene para siempre: “No se expresaría con suficiente precisión al misterio, diciendo: . Sino que <está dándose>. Ese es el misterio eucarístico: Cristo ofreciéndose. Por eso podemos decir de verdad que es el misterio del corazón de Cristo”256.


2.3.5. El amor hasta el extremo de Cristo.
Ante la inmensidad del amor de Dios y ante su amor extremado el hombre se reconoce débil y pecador, infiel; es el amor de Dios fuerte y divino el que puede salvarle de sí mismo, pues permanece siempre fiel. El hombre está llamado a la conversión ante su caída y alejamiento de aquél que sabe que le ama:
“[...] Es el momento de la conversión [...] Es el momento del abrazo reconciliador de Cristo y el comienzo de una amistad íntima y personal con él. Pero este primer paso luego se va ensanchando y van dilatándose los espacios de la caridad hasta llegar a la compenetración total del corazón del hombre con los proyectos y designios del Corazón de Cristo”257.
El hombre por sí mismo no alcanza el grado de amor de un Dios que se da totalmente, sin reservarse nada para sí; ante la imperfección del amor humano, Dios ama con un amor perfecto, puro y verdadero. El hombre que tiene una nostalgia de ese amor pues ha sido creado por él y para él, si se deja abrazar por él, se ordenará a él, se convertirá a él.

La vida del hombre se convertirá en una búsqueda del amor del Señor, en una entrega a su plan de salvación; buscar y encontrar a Jesucristo es objetivo de toda oración para que sea cristiana: “[…] toda entrega amorosa es interiormente sabrosa”258; “[…] el buscar es el esfuerzo continuado, delicado, incesante por llegar al encuentro”259. Hablando de la oración, el P. Mendizábal menciona a la Santa de Ávila:


“¿Y cómo lo busca Santa Teresa en la oración, en ese buscarlo en todas las cosas, pero particularmente en el momento de ese ? El Papa nos orienta cómo debe ser nuestra oración; y nos dice que busca en las palabras del evangelio [...] Y lo busca en esas palabras, trayéndolo presente dentro de sí [...], rumiándolo en su corazón a la manera de la Virgen [...] conservándolas en su corazón [...] asimilarlas y hacerlas vida en ella, trayéndolas presente”260.
El seguimiento a Cristo, seducidos por su amor, se convierte en una progresiva absolutización de ese amor; no es un desprecio del mundo es una superación por que se ha descubierto el precio más vivo y mejor:
“Y Santa Teresa buscaba en la oración. Y nos enseña a nosotros a que busquemos, en la oración y en todo, el encuentro con Cristo; en todo, en toda nuestra vida, en nuestra conversación, en nuestro descanso, en nuestro recreo, hay dentro como una atracción continua: ven al Padre, busca a Cristo, busca el encuentro de Cristo, Cristo te espera. Realmente no nos hacemos una idea de cómo desea el Señor que le encontremos, la sed que el Señor tiene de que le encontremos (cfr. Jn 4,7).

Por lo tanto, no es por falta de El, es por desatención nuestra. Es porque todo nos distrae. Y nos sucede como a los niños que están jugando a buscarse unos a los otros, pero cualquier cosa interesante les quita la atención y se olvidan de que estaban buscando, y ya no buscan más. Pues bien, busquemos a Jesucristo”261.


El Padre nos está buscando en todas las cosa bellas y buenas del mundo para que le reconozcamos y le amemos alabándole; Cristo nos está buscando en su obra salvadora que se perpetúa en el tiempo a través de la Eucaristía; Él envía a sus apóstoles a que busquen las ovejas perdidas de su rebaño para que vivan por toda la eternidad. Toda búsqueda cristiana se orienta a un encuentro con Jesús, si se le busca de verdad a pesar de las dificultades:
“[...] lo que nosotros llamamos vida de oración [...] es una vida que busca el encuentro con Cristo; es una vida que toda ella es una búsqueda del Señor, cueste lo que cueste, a través de todas las dificultades. Buscar a Cristo.

Santa Teresa, dice el Papa, ha buscado y encontrado a Cristo. La búsqueda es para encontrarle. Y la búsqueda es ya un cierto encuentro, es verdad. Toda vida de oración supone un cierto encuentro. Como decíamos, El se ha adelantado a nosotros. Supone un cierto encuentro todavía imperfecto, que precisamente porque es imperfecto tiende a la plenitud del encuentro. Pero hay algo de encuentro”262.


<¿Qué buscáis?> (Jn 1,38) son las palabras que dirige Jesús a Juan y a Andrés en la primera vez que se acercan a él y a cada uno de nosotros; Él es el primero que les ha buscado a ellos y les ha puesto en su corazón un deseo de encontrar a Cristo263.

El seguimiento a Cristo supone que él camine por delante de nosotros, ansiando alcanzarle, tocados por su amor extremo:


“Pero el fenómeno de la vida espiritual es éste: Él es el que toca nuestro corazón; pero habiéndonos tocado corre Él por delante. Y nos dirá San Pablo: (cfr. Fil 3,12). Y esta es nuestra vida: Él toca nuestro corazón y corre delante de nosotros, y nosotros lo buscamos para ver si llegamos a alcanzar al que primero nos alcanzó a nosotros. Y esto no es como un ejercicio momentáneo, como quien interrumpe un poco su vida ordinaria para jugar un partido de tenis, sino que esto es el sentido de nuestra vida, de la vida nuestra de cada momento, de la vida de nuestra profesión, de la vida de nuestro trabajo concreto que en la vida nos toca realizar.

Ahí estamos buscando a Cristo […]”264.


El Señor desea que le encontremos dejándolo todo, si hace falta, para llegar a ese encuentro con Cristo en sinceridad y en totalidad; la búsqueda del hombre es para encontrarle. En el seguimiento a Cristo ya se gusta lo que al final se dará en plenitud; el Espíritu Santo que nos hace ser hijos de Dios nos conduce para ser hijos en plenitud265:
“Hay un ascenso también, es un caminar, es un buscar, participando de la meta. Pues bien, la oración es ese peregrinar. Peregrinar en el cual la meta está ya presente; con Cristo nos encontramos ya. Pero, lo que nos da de sí, todavía es como un pregusto de lo que quiere darnos y de lo que nos invita a procurar. Él en la Bodas de Caná daba la pauta de lo que es la ley del Nuevo Testamento: (Jn 2,10). El Antiguo Testamento desemboca en el Nuevo y el comienzo del don de la gracia desemboca en la plenitud de la gracia. Y es admirable ver en una Santa Teresa un continuo subir de claridad en claridad, hasta el encuentro deseado del momento del Viático: 266.
La vida en este mundo es para subir hacia la meta, es una peregrinación hacia la vida eterna, donde alcanzaremos al Señor; como acompañante en el camino, el Señor con su amor extremo camina junto a nosotros, para que en él encontremos la vida temporal y la eterna:
“[Sta. Teresa de Jesús] Era una anciana con un brazo roto, que apenas se podía tener en pie: y sin embargo, tiene todo el impulso de una ascensión que continúa en la búsqueda de Cristo, una búsqueda incesante. Ese es el timbre de gloria de quién se ha entregado al Señor en la vida cristiana: que nunca cesa de buscar a Cristo; que siempre desea conocer mejor a Cristo; que siempre desea entrar más dentro del Corazón de Cristo, participar más profundamente de las virtudes y de los dones del corazón de Cristo.

Y esto es para lo que estamos en este mundo, para subir hacia la meta, en una peregrinación donde tenemos ya al Señor. El es compañero nuestro, como dice Santa Teresa: , y ahí está junto a nosotros, alentándonos, pero al mismo tiempo revelándonos progresivamente, según la medida de la apertura de nuestro corazón, los tesoros del suyo. Buscar y encontrar a Jesucristo”267.


2.4. La intimidad entre Dios y el hombre.

La oración formal o explícita va ofreciendo a la persona una oración virtual o estado habitual de oración que consiste en un grado de filiación divina conscientemente vivido que se expresa en un recurso fácil, confiado, humilde y continuo al Señor268: “Ha llegado la hora en que los que rinden verdadero culto al Padre, lo adoran en espíritu y verdad“(Jn 4, 24).

La intimidad con Dios supone una existencia bajo la presencia del Señor en una progresiva identificación con Cristo: Estarse allí con Él, rumiando, trayéndolo, gustándolo, volviendo sobre Él, mirándolo con amor; no es oír un sonido o mirar una imagen es, gracias a la luz que el Señor da en un momento concreto, contemplar algo que se ha visto siempre con una luz nueva, es caer en la cuenta269:
“Dimensión orante es una actitud interior de receptividad respetuosa, humilde, suplicante, gozosa, de intimidad filial. Implica una blandura interior mantenida ante Dios en la acción misma. No se opone formalmente a actividad, sino que viene a ser una calidad receptiva, amorosa, dócil, en la actividad misma”270.
En el encuentro con Él, se gusta su cercanía, se va fusionando nuestra vida con la suya: el Señor es una realidad viva para mí; es el orden de la gracia que se hace como tangible, es el momento del fervor; Dios abraza al alma271: “Oración designa la dedicación del ser entero a la adoración y culto del Señor [...] hablaremos de un encuentro por el que la persona entera se hace apertura reverente hacia Dios; se sumerge en la adoración, en el culto, en la meditación, en el estar con el Señor”272:
“Pero siempre será necesaria esta dedicación a modo de sacrificio de sí mismo total; no porque las otras acciones no sean buenas ni porque la unión de Dios no se realice en todo, sino porque es una ocupación concreta, momento fuerte con valor sacrificial, que tiene su propia razón de ser en nuestra vida cristiana como medio capital para nutrir y mantener viva la unión de colaboración continua con el Señor y asimilar siempre más la verdad de la fe”273.
El hombre se va configurando a Cristo a través de las disposiciones internas labradas en el fuego del Espíritu Santo; así la intimidad entre Dios y el hombre cada vez es más grande; con la intensidad de la vida cristiana al mal se le vence a fuerza de bien:

“[…] cada vez que nosotros, para vencer el mal, hacemos mal, aumentamos el mal. No se vence el mal, sino que se aumenta. Cada vez que nosotros, para vencer el odio usamos odio, aumentamos el odio. No se vence el mal sino con el bien; de otro modo no se supera y se extiende más el reino del mal. Por eso, éste es el camino: por amor y a ejemplo de Cristo, librarse de la esclavitud de quienes aspiran a tener más y no a ser más”274.


En la intimidad con Dios el sentimiento interno es la penetración amorosa de la verdad contemplada en Cristo mismo; es decir, ese conjunto de disposiciones internas que dan una especial plenitud y dominio del Espíritu de Cristo, de tal manera que el hombre está tan compenetrado en sus actuaciones con Cristo, que es consciente de que Él lo hace todo en su vida275:
“San Ignacio repite continuamente la petición del sentimiento interno, con lo cual designa esa constelación de disposiciones interiores que nos orientan desde dentro como con-natural-mente hacia el Padre por las que el Hijo nos pone con el Padre. Y de esta manera se va formando el corazón como el de Cristo.

Pero además el corazón cristiano empapado de sentimientos de Cristo, participando de él, tiene que unirse al Corazón mismo de Cristo, a ese Corazón que es plenitud de la humanidad redimida.

Porque él se ha hecho hombre no para eximirnos a nosotros de nuestra respuesta al amor de Dios, sino para enseñarnos a dar esa respuesta, para hacérnosla posible, y para potenciar con su propia respuesta de amor, la imperfección de la nuestra, aun asistida por su gracia. En el Corazón de Cristo la respuesta humana a Dios ha sido y es realidad plena.

La deficiencia del hombre, lo que él no puede, se lo ofrece con el Corazón de Cristo para que lo haga suyo, uniendo su respuesta a la de su Corazón”276.


La persona seducida por el amor de Dios, movida por el Espíritu, se va adentrando en el corazón de Dios buscando su conformidad en todo, liberándose de su egoísmo y alcanzando el descanso de su propio corazón:

“Y en esta unión de amor, en la participación de las actitudes de Cristo y unión nuestra con él, hallamos también nosotros “descanso para nuestras almas”. Lo que fatiga al hombre es su egoísmo. El que anda con amor, ni cansa, ni se cansa. Y el Corazón de Cristo es descanso para los que le aman. Lo necesitamos mucho. No es descanso después de la fatiga. Sino descanso en el trabajo, en la lucha, en las fatigas de la obra redentora. Es participación del descanso de Cristo en el Padre. Es la Bienaventuranza prometida a los pobres de corazón, anticipación de la Bienaventuranza del cielo”277.


Es necesario en la vida espiritual purificar el concepto de unilateralidad en la misericordia: cuando uno hace misericordia a otro que la recibe sin aportar nada a la relación suscita un rechazo al sentirse utilizado; la realidad es que recibimos misericordia de quienes la reciben de nosotros ayudándonos mutuamente278:

“[…] al dar misericordia, la recibo yo mismo, la recibo de Dios, la recibo de los demás. Vivimos siempre bajo la acción de esa misericordia. El que hace misericordia experimenta en sí mismo el Amor Misericordioso porque se siente objeto de misericordia.

Y aquí es donde presenta de nuevo lo que ya hemos contemplado y meditado: Jesucristo Crucificado, como modelo e impulso para esta misericordia, que él llama [Juan Pablo II en la DM] desconcertante. Es algo que le sale, pero que nosotros no podemos comprender: El [el] amor de Dios que se hace Hombre, que en la cruz pide misericordia, que al hacernos misericordia recibe misericordia de nosotros, hasta ese grado supremo nos eleva y nos pide que tengamos misericordia de Él, de ese sufrimiento que El ha asumido por nosotros”279.
2.5. De corazón a corazón.
El tesoro de toda una vida redimida por Cristo se plasma en un corazón infinitamente bueno, sensible al corazón de Cristo y, como consecuencia, sensible al corazón de los hombres; un corazón en el corazón de Cristo muerto y resucitado.

El Espíritu Santo suscita en el alma una relación de corazón a corazón con Cristo, que supone un gozar de la persona misma por sí misma: “Siendo el Espíritu Santo don de amor y vínculo de amor, es claro que viniendo del Corazón de Cristo, nos une corazón a corazón con él, que es quien nos acoge y hunde en el corazón del Padre, en el seno del Padre”280.

La oblación de Jesús llevada hasta la inmolación en amor por la salvación del mundo queda expresada en el texto de la carta de San Pablo a los hebreos: “No has querido holocaustos ni sacrificios por el pecado, pero me has dado un cuerpo. Aquí vengo, Padre, para cumplir tu voluntad” (Hb 10, 8-10). Por esta oblación de Cristo que ha acompañado toda la vida de Jesús, hemos sido todos salvados y santificados.

En la Eucaristía se perpetúa la oblación del corazón humano de Cristo, el amor fiel que llega hasta las últimas consecuencias en la docilidad a los designios del Padre, ese corazón que nos ama a cada uno personalmente281. La Cruz es la cumbre de la vida entregada de Cristo al Padre por toda la humanidad:


“Se comprende también con más profundidad el “aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”. La cumbre de la caridad en la mansedumbre y humildad es la oblación sangrienta de la cruz con su grito de perdón y la efusión del Espíritu Santo.

Es el último grado de la mansedumbre y la humildad del Corazón de Cristo expuesta a nosotros en la cátedra de la cruz. Porque la mansedumbre y humildad se patentizan al afrontar las injurias, ofensas y dolores. El amor de Jesucristo se muestra manso y perdonador en medio de la tempestad del calvario, respondiendo a las injurias, afrentas y heridas con la palabra del perdón y el ofrecimiento de su propia vida. Encarnación de la mansedumbre y humildad de Dios que, ofendido y despreciado por el hombre, responde a éste con la locura del amor infinito que es la encarnación y redención. El costado abierto, efecto del odio humano, es el cauce de los torrentes de gracia y salvación con que inunda el amor de Dios a los mismos que le hirieron”282.


La vida cristiana cuando va ganando en perfección se va simplificando interiormente; el P. Mendizábal fijándose nuevamente en Santa Teresa expresa hasta que punto se puede alcanzar la perfección sin más complicaciones:
“Pocos podrán pretender una elevación espiritual como Santa Teresa. Y, sin embargo, se la ve tan sencilla en su manera de vivir la vida cristiana: . Como ella dice: . Y como ella misma dice: pensando que lo sufre por nosotros, que sufre por mí todo esto, lo que El sufre, pero sin romperse la cabeza con esto, sino estarse allí con El. Eso es rumiar: estarse allí con El283.



Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad