Curso de oracióN



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CURSO DE ORACIÓN




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TEMA 1: INTERIORIDAD, SILENCIO Y ORACIÓN


  • El anglosajón: la razón que no necesita de mediación, se basta a sí misma (sombra-oscuridad).

La mediterranía: la razón necesita de mediación (luz).

  • Brota en los apóstoles el deseo de aprender a orar al ver a Jesús orar: reconocen su ignorancia e impotencia: acuden a Él para que les enseñe.

  • Signo de identidad de la incipiente comunidad cristiana: les distingue de los otros grupos rabínicos.

  • Lc 1,1: “Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñaba a sus discípulos”.

  • Una cosa es encontrarse con un hombre que sabe mucho sobre oración y otra es encontrarse con un auténtico hombre de oración:

<¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?> (Lc 24,32).

“Ninguna psicología humana puede decirlo. Hay momentos en nuestra vida en los que presentimos el reino de Dios, en los que la puerta secreta de nuestro corazón se abre para que brote la oración”1.



  • El deseo de orar es universal: el deseo de diálogo con Dios se da en los hombres de todos los tiempos, incluso en los pertenecientes a religiones paganas; se experimenta de una manera u de otra.

El ser humano, en su interior, es un buscador de la Trascendencia (“[…] a imagen de Dios los creó” Gn 1,27), no descansa hasta encontrarse con su Creador, aunque sea de forma inconsciente.

Si el hombre busca a Dios, mucho más busca Dios al hombre: Dios nos busca siempre, nos espera siempre, nos llama siempre (“[…] estoy a la puerta llamando: si alguien me oye y me abre entraré y comeremos juntos” Ap 3,20).



  • En los hombres de hoy se da el deseo de orar: grupos y cursillos de oración, retiros y ejercicios espirituales, rezo de la liturgia de la horas, métodos psicológicos de vacío interior, sectas y nuevos movimientos religiosos.

  • La Trinidad:

“Para hablar de la oración, es preciso hablar antes de la vida trinitaria escondida en el corazón del hombre. Lo que complica el desarrollo de esta vida y frena la máquina, es que gime en un corazón de piedra. Si no llegamos a orar bien, no es por falta de tiempo ni por las distracciones, sino por nuestro corazón de piedra, prisionero de un (Rm 7,26)”2.

  • Es la acción del Espíritu Santo que infunde en la Iglesia un aliento de espiritualidad como impulso hacia Dios: respuesta al pelagianismo circundante (primacía de la gracia).

  • Defensa contra corrientes de pensamiento que buscan destruir la dimensión trascendente del hombre (ideologización de la vida: psicológicamente el hombre se incapacita para el encuentro con Dios y para remontarse al plano de lo trascendente-personalismo realista): individualismo, materialismo (mentalidad que rechaza toda realidad sobrenatural), superficialidad [sensorialismo (corriente de pensamiento que lleva a admitir y valorar sólo lo que se constata por los sentidos), cientificismo (no admitir más que lo que se demuestra con la ciencia), pragmatismo (corriente de pensamiento que solamente busca dar respuestas prácticas a los problemas concretos), autosuficiencia-autonomía (el hombre reniega de su dependencia de Dios en lo religioso y en lo relativo a la conducta ética), hedonismo (modo de actuar a través del cual el hombre solamente está preocupado del placer inmediato de los sentidos)].

  • Distinguir la ascésis (entrenamiento en las virtudes humanas) y la mística (donación de la virtudes teologales).

  • Clarificar conceptos: natural/sobrenatural; religión-iglesia/gnosis-secta; mundano/espiritual; saber-sabio/sabor-místico (conjugar dos conceptos: genero-genérico/especie-específico).

  • Experiencia natural: vivenciar lo natural.

  • Experiencia mística: inmediatez con Dios, irrumpe en la vida de la persona, es fuente de vida y de amor en la existencia de la persona.

    • Santidad en proceso.

    • Vocación universal a la santidad (Concilio Vaticano II).

  • Ha fallado la espiritualidad del Vaticano II: se han cambiado las estructuras pero no los corazones.

  • Hoy se da un paganismo que ha nacido de una forma de vivir el cristianismo: vuelta a la auténtica vivencia de la fe-la mística es la solución, es lo auténtico.

  • Saber/sabor: cualquier saber necesita de la experiencia-de la cercanía-de lo vivencial- lo afectivo:

    • El conocimiento teológico necesita de la experiencia para que no sea un conocimiento frío y distante.

    • El mundo de hoy necesita más corazón-cercanía-inmediatez-autenticidad-mística-intensidad de amor puro y verdadero.

  • Cristo participa de mi vida: no es tan sencillo como encender el televisor (ya, aquí y ahora, o todo o nada, éxito o fracaso - intentarlo, poco a poco, sin prisa pero sin pausa): descentrarse para centrarse en Él – Tú eres lo que más quiero en la vida, Tú mereces que yo te ame bien.

  • Yo-Tú-Nosotros:

“¡Cuánto poco poder tengo sobre mí mismo! ¿Te amo de veras, cuando te quiero amar? El amor es un perderse a sí mismo dentro de Ti, un adherirse a Ti hasta la última profundidad del propio ser. ¿Pero cómo debo orar amando, cuando la oración del amor debe ser la entrega del último fundamento de mi corazón, un abrir las más íntimas estancias de mi alma, si yo mismo no tengo el poder de abrir esta estancia que es la más íntima?”3.

“La oración puede ser como un sangrar interno, en el cual la sangre del corazón del hombre interior, entre congojas y dolores, se sumerge calladamente en su propia profundidad. Me parece bien si pudiera rezar de esta o aquella manera con tal que en ello logre darte, orando, lo único que Tú quieres: no mis pensamientos, sentimientos y resoluciones, sino a mí mismo”4.

“No quiero escaparme de tu infinitud y santidad sino de la desolación del mercado vacío de mi alma, por el cual debo vagar cuando huyo del mundo y no puedo penetrar en el verdadero santuario de mi interior en el cual Tú sólo deberías encontrarte y ser adorado”5.

“[…] esperar en Ti, el silencioso estar preparado hasta que Tú, que siempre estás en el centro más íntimo de mi ser, me abras por dentro el portón, para que yo también entre en mi mismo, al recóndito santuario de mi vida, y allí –a lo menos una vez- verter ante Ti la copa que contiene la sangre de mi corazón. Esa será la hora de mi amor”6.



  • Religiosidad: reconocer la radicalidad del Otro.

Creyente: descubrir a un Dios personal que viene a mí (Monoteísmo).

Cristiano: vivir de verdad con Cristo VIVO.



  • El protagonista indiscutible es el Espíritu Santo.

  • Explicar el enunciado del curso: Por Cristo, con Él y en Él (contigo-conmigo).

  • Espiritualidad de comunión: Concilio Vaticano II.

  • Orientaciones básicas a seguir por todo aquél que se quiera tomar en serio el camino de la oración:




      1. Comienza por fijar un tiempo.

      2. Cuida la elección del lugar.

      3. Tengo que orar porque Jesús oró y porque El te ama primero, El llama a tu puerta; orar por verdadero amor, no como una obligación más: determinada determinación.

      4. Al comenzar la oración recógete.

      5. Siéntete de inmediato en su presencia.

      6. Lo más importante es el querer-el afecto, querer estar con el amigo: .

      7. La oración es cosa de dos: Tú-Yo.

      8. En intimidad escucha, calla y contempla.

      9. Orar es comprometerse.

      10. No cierres la puerta de golpe: no evalúes el provecho espiritual de ese momento.




  • Actitudes fundamentales para la oración:




      1. Educar el cuerpo: sentirse por dentro, encuentro con el yo profundo, orar con el cuerpo.

      2. Capacidad de silencio, de interioridad: silencio interior y silencio exterior.

      3. Capacidad de acogida, de receptividad: respecto a las cosas (creación), respecto a Dios (él hace lo mejor), respecto a los otros (escuchar).

      4. Capacidad de asombro.

      5. Gratuidad (no busca la rentabilidad).

      6. Humildad, sencillez (saberse necesitado)

      7. Actitud de fe (abandonarnos en Aquél de quien nos hemos fiado).

      8. Compromiso (la oración no aísla: orar lleva a comprometerse con el Reino de Dios y su justicia).




  • Textos de complementos:

“Estamos, como ellos, convencidos de que el remedio para los males de nuestra época, se encuentra en el conocimiento de Dios y en la respuesta a su Amor, revelado en el Corazón de Cristo”7.


“Recordamos que la vida de todo apostolado es la oración, y que la oración es la primera forma de apostolado”8.
“Que no olvide que trabajando por santificar a las que le son confiadas, trabaja por su santificación”9.


  • Ante la acusación de quietismo o de subjetivismo excesivamente empeñados en obras materiales, no se puede detener el ímpetu de renovación espiritual.

“La posesión de la riqueza material o cultural no compensa la pobreza de existir. Únicamente la riqueza de existir, de vida, puede dar un sentido a la existencia.

Si la vida no tiene un sentido, un significado de valor trascendental, la existencia se torna en sufrimiento inútil y rechazable”10.


INTERIORIDAD
A la oración no se entra de cualquier manera, sin ningún tipo de preparación: a veces se da falta de educación (necesito ser enseñado, no me basto yo mismo-humildad), de interés o de empeño.

El hombre es un ser indigente-necesitado-hambriento de Dios: me falta algo que yo mismo no puedo colmar, Dios viene a ayudarme a remediar esa necesidad interior de mi vida.

Ante mi limitación e incapacidad (no está en mi mano tener consuelos y luces-gnosis es espiritualidad sin solidaridad-creer que tengo unos poderes por encima a los demás): vacuna ante el orgullo de creerme que los consuelos espirituales se deben a mi esfuerzo o a mis virtudes.

Ser conscientes de la total dependencia de Dios: Dios no es arbitrario que le lleva a actuar por simple capricho, le mueve su sabiduría y amor hacia el hombre. La perseverancia supone abrirse de modo real y eficaz a fortalecer nuestra débil voluntad.

La perseverancia es el modo eficaz de fortalecer nuestra débil voluntad.

Fomentar la confianza en su Providencia que nos da lo que nos conviene y cuando nos conviene: Dios calla a veces para que aprendamos a .

Enseña que hay que buscar al Dios de los consuelos y no los consuelos de Dios: ir a Dios por sí mismo y no por sus regalos.
SILENCIO
Muchas veces llegamos a la oración con la mente llena de preocupaciones, proyectos y problemas: nos resulta imposible centrarnos en un coloquio de amor con quien ni se ve ni se oye: no a través de los sentidos humanos si a través de los sentidos del corazón-del amor (“Yo sé que el Señor está por mí”, “Yo sé que me ama”): se siente con el corazón.

Al empezar la oración dejar unos breves minutos a serenarnos y relajarnos: ; deja tus preocupaciones en el Corazón de Jesús.

Dar entrada a los problemas que dependan de nosotros y estemos capacitados para resolver y dejar a los que escapen a nuestras posibilidades en manos de Dios (oración de Juan XXIII).
ORACIÓN
En los apóstoles brota el deseo de aprender a orar cuando ven a Jesús orando: reconocen su ignorancia e impotencia y acuden a Él para que les enseñe: “Acaeció que, hallándose Él orando en cierto lugar, así que acabó, le dijo uno de sus discípulos: Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñaba a sus discípulos” (Lc 1,1).

El deseo de diálogo con Dios se da en los hombres de todos los tiempos: incluso en religiones paganas lo han experimentado de una manera u otra.

Hoy existe el deseo de orar: libros de meditación, grupos y cursos de oración, nuevos movimientos religiosos, rezo de la liturgia de la horas, ejercicios espirituales y retiros…

Este fenómeno religioso es acción del Espíritu Santo que infunde en su Iglesia un aliento de espiritualidad como impulso hacia Dios. Es como una defensa contra corrientes de pensamiento que buscan destruir la dimensión trascendente de la persona donde el hombre se incapacita psicológicamente para el encuentro con Dios: mentalidad materialista (aquella que rechaza toda realidad sobrenatural), sensorialismo (valorar sólo lo que se constata por los sentidos), cientificismo (no admitir más que lo que demuestra la ciencia), pragmatismo (sólo le interesa dar respuesta práctica a los problemas concretos), autosuficiencia-autonomía (el hombre reniega de su dependencia de Dios en lo religioso y en lo relativo a la conducta ética) y hedonismo (cuando el hombre solamente está preocupado del placer inmediato de los sentidos).

Todo es iniciativa de Dios: no es el hombre el que se eleva para acercarse a Dios, sino que es Dios el que se acerca al hombre; el Espíritu Santo el que nos incita a rezar, nos enseña a rezar y ora en nosotros.

San Agustín.

La oración ayuda a distinguir los valores verdaderos, a descubrir lo auténtico, a relativizar lo que no es absoluto.

Nos ayuda a ver el mundo con la mirada de Dios: el orante se sitúa al nivel verdadero de los acontecimientos; en un mundo egoísta la oración nos compromete con el hermano, nos une a la oración de todos los hombres, los tenemos presentes ante Dios: no podemos dirigirnos a Dios, llamándole Padre y olvidar a los hermanos.

En la oración encontramos la voluntad de Dios sobre nosotros y entramos en su Plan de salvación sobre la Humanidad: nos hacemos constructores del Reino de Dios.

Una cosa es hacer oración y otra ser oración:

“¡Ay, Señor Dios, no me admiro de que mis oraciones caigan al suelo tan lejos de Ti! Si yo mismo muchas veces no escucho lo que estoy rezando. Mi oración muchas veces es para mi una mera “tarea”, un “pensum” que cumplo y después de lo cual estoy contento porque ya lo he pasado. Y por eso en la oración estoy en mi “tarea”, en lugar de estar orando contigo”11.

“¿Callas precisamente porque escuchas con tranquilidad y atención hasta que de veras he terminado, para decirme entonces tu palabra, la palabra de tu eternidad?”12.

Una cosa es saber-comprobar-experimentar y otra cosa es sabor-experimentar:

“Se dice que el saber es el modo más íntimo de poseer y abrazar algo. Y a mí se me figura que el conocer apenas toca la superficie de las cosas, que no penetra en mi corazón, en aquellas profundidades de mi ser en las cuales estoy verdaderamente. No es más, una y otra vez, que un nuevo anestésico para el aburrimiento y el hastío de mi corazón que tiene hambre de vida verdadera y verdadera posesión de los objetos, vida en la que las realidades mismas –no sólo sus conceptos o palabras- fluyan a mi corazón con melódico murmullo”13.
TEMA 2: DEL CORAZÓN DEL HOMBRE AL CORAZÓN HUMANO DE CRISTO
2.1. El corazón humano.
2.1.1. La formación de los sentimientos.
Educar los sentimientos es esencial en un proyecto de integración de todas las facultades del hombre; la persona humana enfoca muchos de sus planteamientos de vida según sus afectos interiores: “Nuestra afectividad tiene un gran influjo en nuestro juicio”14:

“Una de las cosas más descuidadas en la educación es . Esto es sumamente importante, , por necesidad. No puede decir: -Yo puedo ir detrás de todo. No, yo tengo que ver si esa solicitación la debo seguir o no y no puedo hacer todo aquello hacia lo cual estoy inclinado. ¡Tengo que elegir! Así como tengo que elegir una carrera y no puedo hacer todas las carreras a un tiempo, tengo que elegir dentro de mis inclinaciones interiores, de las solicitaciones que el mundo tiene respecto de mí”15.


Los sentimientos y la emotividad son la misma realidad; el hombre vigoroso y fuerte es enormemente esclavo de sus sentimientos si se abandona a ellos, si no los ordena según lo que es él; se convierten en tentación cuando son contrarios al camino que seguimos16:
“-Yo ya no soy bueno, porque si fuese bueno no tendría estos sentimientos. Si tengo estos sentimientos es porque no soy bueno. Y estos sentimientos incluso, le parecen inconfesables. Entonces empieza a sufrir y empieza a notar casi un contraste: Cuando [cuando] le dicen que es buena, como tiene esos sentimientos, no se lo cree, está como en una tensión interior. Si a eso se añade el que de hecho cae en alguna falta, algún pecado, alguna impureza, ya la impresión de fracaso puede ser total”17.
Muchas veces las personas identifican lo que sienten con lo que son en realidad: el creer que lo que siento es lo que soy supone una gran equivocación en la propia personalidad; si no he hecho míos sentimientos en mi corazón, si no los he expresado según mis convicciones personales, no me pertenecen18:”Si quiero educar mi sentimiento debo esforzarme y trabajar por no expresar sentimientos que quiero borrar, aun cuando me estén solicitando a esa expresión. Segundo: Si [si] quiero introducir sentimientos, he de tratar de expresarlos porque si se expresan irán creando en mí esos sentimientos”19:
“Hay un sentimiento, ¡lo debo expresar! Si no es mío, es decir, si no ha pasado a constituir mi convicción, mi postura personal, no lo tengo por qué expresar, porque es un sentimiento que no es mío. […] Aun cuando haya sentimientos en mi corazón y no los exprese, no soy insincero porque esos sentimientos no los he asumido como míos. Lo mismo vale de la imaginación”20.
Hay que saber distinguir los sentimientos que vienen a mí y los sentimientos que hago míos; el corazón está determinado por las decisiones personales a diferentes sentimientos que he acogido dentro de mí y que influyen en el actuar humano:
“Tenemos que distinguir muy bien: es posible que yo pueda tener sentimiento de enemistad o me venga un sentimiento de odio o de amargura, eso no es mío si no lo hago mío. Pero, hacerlo mío en el corazón aunque no lo diga con palabras, cuando mi corazón es un corazón que está podrido, cuando es un corazón que está lleno de odio, de enemistad; cuando quiero mal a esa persona y la quiero mal deliberadamente desde dentro, yo ya no soy fiel a la ley del Nuevo Testamento aun cuando no lo haya hecho daño, pero el corazón no es cristiano21.
Un aspecto fundamental de la persona es el amor verdadero, no sentimental; es un amor rico de afecto, es una verdadera fusión entre dos que no es pura voluntad, es un amor que está más allá de la mutabilidad de la emotividad. También este Amor Misericordioso tiene que irse integrando dentro de nosotros, entrando dentro, convirtiéndome como en el hogar capital que unifique nuestras vidas, que lo impregne todo y que sepa superar precisamente las crisis y las tentaciones que proceden de la inestabilidad del sentimiento humano22:
“Es todo ese ambiente de afecto, de amor, de acogida, que le va introduciendo [al niño] en la realidad del mundo. Es la misión que tienen los mismos padres. Y en esa formación hay que atender mucho a esta formación del afecto […] Ese sentirse centrado, sentirse bien, fundirse en el amor. Nunca confundamos el amor con la emotividad. […] El amor entre dos novios tendrá una riqueza emotiva que le acompaña. Pero ¡atención! tiene que haber ese otro aspecto interior, sólo con la emotividad no es amor. Es simple emotividad.

Se trata entonces de esa educación: Cuando [cuando] la emotividad es el punto central, empieza la inestabilidad, porque el mundo de la imaginación y del sentimiento es enormemente inestable. Y claro, falta una preparación, falta una formación, se ha educado a seguir la inestabilidad afectiva, imaginativa. Y esta persona queda como deformada para luego afrontar lo que ha de ser el cauce del amor de la vida familiar. Por eso es importante ese encauzamiento. De hecho, es la fuente de nuestras mismas tentaciones. De ahí los que dicen que sufren muchísimo, en el fondo, con una falta de luz respecto a lo que es la tentación en cuanto viene del campo imaginativo y afectivo”23.


El ideal de la plena sinceridad integrativa que brota del amor, sería que el hombre hecho recto se adhiera a lo que es recto; que los sentimientos acompañaran gustosos a las exigencias divinas y contribuyeran a su realización. De ahí la importancia de ayudar a la ordenación de los sentimientos, sin descuidarlos como algo intocable ni dejarse dominar por ellos como norma de vida24; tanto las familias, como la dirección espiritual,… deberían orientar su formación a este fin:
¿En qué consiste esa integración personal completa? En que se llegue a una unidad. La actuación de esa unidad en nosotros, en el hombre, -y ahora hablo del nivel humano-, se obtiene en gran parte por la actuación equilibrada, ordenada, de la afectividad. Cuando vemos a una persona, un hombre, una mujer descontrolados, inmaduros, de ordinario no suele ser por defecto de inteligencia o por defecto de la simple voluntad, sino por defecto de la integración afectiva. Esa persona no ha llegado a esa unidad interior que actúa en gran parte de la afectividad, entendiendo por afectividad, no la sensibilidad, no el sentimentalismo, sino esa potencia que hay en el centro de nuestro ser, para responder a los estímulos del orden objetivo. De tal manera que hay una respuesta desde el centro de la persona a los estímulos del orden afectivo y los acoge según su propio valor.

Según esto, hablamos nosotros de que hay una maduración en el orden humano, en primer lugar, cuando la inteligencia se conforma a la verdad objetiva. Segundo, cuando la afectividad responde, en proporción, al valor de lo que ha captado la inteligencia; y tercero, cuando el comportamiento corresponde a esa visión de la verdad y a esa respuesta afectiva proporcionada. Cuando tenemos un hombre así, que refleja el orden objetivo en sus juicios, tiene una respuesta afectiva proporcional, lo integra, y se adhiere a ella, entonces realiza esa unión interior cordial y se comporta tal como corresponde a esa verdad vista con esa respuesta afectiva proporcionada. En ese caso hablamos de un hombre maduro”25.


Crear ambientes cristianos donde se puedan desarrollar las virtudes cristianas, donde se propicie una integración de todos los aspectos de la personalidad es muy importante, ya que influye mucho en nuestro comportamiento el ambiente y la mentalidad que nos rodea26: “Todo auténtico humanismo que quede abierto a más, está expresamente vinculado con Cristo”27.

La vida cristiana no se puede concebir como una negación de la persona: Dios puede pedir a una persona una renuncia de algo que no es contrario a la voluntad de Dios, pero no lo pongamos como exigencia universal para todos28; Dios quiere la felicidad del hombre y respetando las posibles vocaciones particulares, el cauce adecuado siempre supone el amor que es poner el descanso del corazón en el otro:


“El amor humano no es simplemente usar el uno del otro. No es simplemente servirse el uno del otro. Hay un descanso del corazón verdadero en el amor mismo: se encuentra uno bien. Y eso no es contrario al Señor, sino que el Señor se complace en ello, y quiere que, a quien lleva por ese camino, encuentre ese descanso del corazón bajo su mirada”29.
La afectividad la podemos entender como “[…] la respuesta cordial, personal, cálida, adhesiva, del centro de la persona a las realidades de orden objetivo”30: “Pero, ¿no ves que lo que le ofende no es sólo lo que has hecho [a Dios], sino tu estado de afecto hacia él, un estado deliberado? Tu padre en tu vida no significa nada”31:
“Curiosamente el Padre Nadal, compañero de San Ignacio, cuando daba la pauta de cómo había que hacer los Ejercicios, de cómo había que vivir la vida espiritual, siempre solía repetir este triple principio: . <Con el espíritu>: Mente abierta, pensando en Dios, es poniendo a Dios en su lugar. <Con el corazón>: Aplicando el corazón a lo que estamos considerando, asimilándolo afectivamente. Y <prácticamente>: Llevándolo a la práctica con consecuencias inmediatas, también en la realización de nuestra vida diaria”32.
A veces se encuentran posturas con excesiva depreciación del campo sensual (lo que entra en el nivel de los sentidos): lo sensual en el hombre no hay que considerarlo siempre como sospechoso; el disfrute de la visión de las cosas bellas no es pecado y tampoco es peligroso. La mirada del hombre es inteligente, entra dentro y puede llegar a captar toda esta realidad en el amor, la bondad y la benignidad de Dios: se llega a esto en la , que tiende a hacernos ver esa presencia insistente del amor de Dios a través de todo, como la verdad preeminente y primordial de nuestra existencia. No todo lo que es disfrute de los sentidos es malo, sino como nos lo repetirán los autores espirituales y los santos, mientras sea razonable puede ser perfectamente bueno33: “Para enamorarse un hombre tiene que conocer a través de los sentidos, si no, no podría enamorarse”34:

La indiferencia ignaciana no se puede entender como una falta de afecto o inhibición a todo lo que nos rodea: San Pablo critica como postura de los paganos, que son hombres sin afecto; la doctrina y el seguimiento continuo de Cristo trae una riqueza de afecto35: “[…] cuando hay fervor en el espíritu, el corazón tiende a más, tiende a crecer. Y esto hay que vigilarlo continuamente porque se nos puede ir aletargando el corazón”36:


“[…] la liberación de la creación, de la liberación del corazón humano, que queda subyugado por el egoísmo, por el amor propio, por las pasiones. Esta es la libertad que nos viene a traer Cristo. Cuando el corazón está liberado, se hace especialmente sensible a la palabra de Dios, a la comunicación de Dios, y puede vivir en esa dependencia de la comunicación de Dios. Esta es, pues, la indiferencia cristiana”37.
Vivir desde una afectividad de orden sobrenatural es hacerlo todo con amor, poniendo en todo el corazón bueno; saber actuar con corazón bueno no es permisividad, no es actuar con un amor propio herido, que muchas veces es nuestra reacción real; sino es saber actuar manifestando en toda nuestra vida el amor con que Dios ama al mundo38: “No basta que yo quiera conocerle, es necesario preparar el corazón, es necesario irse enamorando de Cristo lentamente, poco a poco y de tal manera que por amor a Cristo, para identificarme con Él, uno llegue a desear el camino elegido por Cristo […]”39:
“Claro está que hay que ir desarrollando la afectividad propia del orden sobrenatural, que es este que se nos ha comunicado: esta voluntad y este corazón nuevo en Cristo, por el que yo me siento hijo de Dios y amo a Dios como Padre de verdad, como Padre amigo, y le amo de veras. Y al decir amar, hablo de amar de verdad, no simplemente que tengo voluntad de servirle, sino que le quiero, quiero a Jesucristo, quiero a la Virgen, quiero a mis hermanos. Porque eso es desarrollar la afectividad sobrenatural. La misma capacidad de nuestras potencias de amar queda toda ella impregnada de esa afectividad sobrenatural.

Esto es importante, no se hace con un acto de voluntad, estoy de acuerdo. Pero se hace con una educación sobrenatural, y por eso tengo que pedir al Señor que me inflame en su amor y que El ponga en mí su caridad; yo trataré de poner en juego la caridad que El me infunde, y de aplicar a las cosas esa caridad sobrenatural que es don que Dios me ha infundido para que yo lo desarrolle, como desarrollo también esa afectividad que ha puesto en mi naturaleza”40.


Hay que tender a nuevas elevaciones que aun cuando no nos brotan espontáneas son objeto de invitación de la gracia: hay que preocuparse que sea espontáneo el impulso interior generoso a más, que nazca de dentro y que se mantenga fresco como exigencia viva de la gracia. En la educación de la personalidad íntegra hay que proponer cosas que no nacen espontáneas: los ejercicios propuestos por el director suelen ser, o medio para introducir una forma nueva de afección interior sobrenatural, o manifestaciones de la afección interior ya presente; es mayor sinceridad seguir lo que cree, aunque no lo sienta, que seguir lo que siente, aunque vaya contra lo que cree41.

La educación a ese amor es un trabajo que comienza desde la misma infancia: hay que educar a comprender lo que es el amor, que no es el sentimiento, que no es la espontaneidad. Si no se llega a superar ese nivel, se le está preparando a enormes crisis, por las que inmediatamente va a pensar que ya no existe el amor, apenas ese sentimiento pierda algo de su emotividad. Aquí entramos en el campo de la afectividad humana en general42:
“Hemos dicho que la sinceridad y la rectitud del hombre está en que se guíe por la razón43, sin dejarse dominar por los sentimientos que le asalten. Aquí está la clave de la continuidad. Porque si me dejo dominar por los sentimientos, interrumpo, tengo cambios continuos en mi comportamiento. Por lo tanto debo seguir ese camino con la inteligencia y voluntad, tratando de no dialogar con esa imaginación y afectividad que se me presenta. Pero el ideal del hombre no es que no tenga afectividad, que sea tímido, que sea puramente racional. El ideal sería: Que [que] a ese comportamiento acompaña el afecto que le corresponde. Aquí viene algo que es tan importante y lo he dicho desde el principio: La [la] educación de la afectividad. Hoy día no se educa de esta manera, se trata demasiado poco. Se instruye, se quiere formar la voluntad incluso, pero no se educa la afectividad.

La afectividad se puede educar y el sentimiento se puede educar. No basta decir: -Es que el sentimiento es incontrolable-. No es verdad, es incontrolable por puro dominio de la voluntad, pero es educable. Y hay que habituarse a que el sentimiento acompañe al comportamiento, razonablemente. ¿Cómo se forma? Ahí tenemos que aplicar para nosotros mismos ciertos principios que en el campo psicológico son conocidos. […] […] […]44.


Las tentaciones nos vienen por las imaginaciones, por los pensamientos y por los sentimientos. Las imaginaciones son representaciones vivas de escenas de atracciones, de placer; los pensamientos son ideas que me persiguen, de una forma molesta e insistente haciendo una fuerza tremenda, que no puedo echar de mí: es el gran enemigo de la perfección; muchísima gente se rinde ante un pensamiento expresado con firmeza por un compañero. <El pensamiento no se combate razonando>: la fuerza del pensamiento no está en su vigor lógico, sino en su vigor de expresión; la mejor manera de combatirlos es creando : pensamientos contrarios tomados de la Palabra de Dios y del Evangelio45: “Estoy seguro que mucha gente se hunde porque no sabe combatir, no por la gravedad de lo que le pasa sino por la inexperiencia y la falta de pericia en el combate. Porque inmediatamente pierde el equilibrio […]”46:
“Todo lo que es imaginación y afectividad en nosotros, no se combate haciendo bajar a la voluntad al campo de la imaginación y de la afectividad, porque la voluntad se siente impotente en ese campo. Si hay en mí sentimientos vivos, si he tenido una imaginación viva, no puedo plantearme la cuestión de que la voluntad lo sofoque porque la voluntad ahí no puede, no tiene capacidad. Y si yo la meto ahí se embrolla y habrá una tensión: Si [si] quiero, si no quiero, hasta dónde quiero. ¡Estoy perdido!, ¡no puedo!, la voluntad quede como hipnotizada. ¿Cómo se lucha entonces? Siguiendo nuestro comportamiento por la línea del entendimiento y de la voluntad. Es decir, no ocuparte deliberadamente con esa imaginación y con ese sentimiento, ni siquiera para sofocarlo, sino tratar de llevar adelante la línea del entendimiento y de la voluntad. […] Sigue caminando adelante. […] No pretendas sofocarlo porque si estás pretendiendo con la voluntad imponer la cesación de esa repugnancia, se te aumentará más, te embrollarás más.

[…] no importa que esté ahí, porque no es mío”47.


A veces falta el sentimiento en algunos momentos ante ciertos ejercicios espirituales: interiormente surge la idea de que es inútil hacerlos, porque no se siente nada; se abandona la oración y otras prácticas espirituales básicas. Hay que insistir en el valor del comportamiento leal, consecuente con unas convicciones personales, seguro del valor de la virtud árida en el campo de la maduración interior y de la estabilidad48.

La integración de la persona en una plena maduración de la personalidad posibilita una verdadera disposición de diálogo: viene en el fondo de la humildad, que no es debilitación de la certeza de fe; no hay que confundir certeza de fe y soberbia, cuando yo asumo la verdad como motivo de afirmación de mí mismo, entonces la traiciono en cierta manera: la verdad se transmite con amor y humildad. Hablar claramente pero con cercanía de corazón hacia todo el mundo49:


“Diálogo en una línea de comprensión; diálogo en el sentido de no mostrar una especie de mecanismo rígido, sino sensibilidad, cercanía cordial. No se trata de poner en discusión las verdades de fe; sí de aceptar la postura de quien no se pone de punta, sino de quien habla. ¿Cómo no va a ser diálogo si tengo que anunciar el Evangelio? Dice san Pablo: <¿Cómo van a creer si no se les predicó?> Y predicar no es simplemente decir: les suelto este y el que quiera que lo siga, el que no que se las arregle. Es comunicarse, hablar, comprender”50.
El espíritu crítico del que se siente por encima de todo, el que se gloría de sí mismo, en el fondo, es manifestación de la soberbia: no es el que presenta una cosa con la que sufre y lo manifiesta con amor para que se supere; suele ser una postura que no es de servicio a la Iglesia y que, por lo tanto, debe moderarse. El verdadero diálogo conlleva una delicadeza cordial, abierta en las cosas que lo permiten, no por cesión de su contenido, sino en la manera de presentar la verdad, de proponerla con claridad y con firmeza al mismo tiempo: pero quizás se dé, al mismo tiempo, algo de ese criticismo que exagera las críticas destructoras interiores51:
“[…] una mayor colaboración de todos. Salir de cierto aislamiento de cada uno. Y eso me parece que también debe ser un elemento que en nosotros produzca el Espíritu Santo: la prontitud de colaboración en lo que se pueda actuar, ayudar, sentirse unidos; no destruirse los unos a los otros, sino estar juntos para ayudar a cada uno en el puesto que la providencia le ha señalado”52.
El gran secreto del bien que se puede hacer a los demás es que vean que nos estimamos. Está demostrado: nadie puede hacer bien a otro si este no se siente estimado por el primero, incluso en todo lo que es ayuda espiritual53: “[…] debe preceder a esa conversión evangélica la estima, la atención que se presta a ese hombre”54:
“Realmente muchas veces nuestro diálogo es más bien discusión, es más bien áspero, porque en el fondo no tenemos estima de la dignidad del interlocutor. Ahí están quizás nuestros defectos básicos. Uno quiero [quiere] tener caridad con aquellos con los que trata, y quiere tratarlos con suavidad, pero si no fomenta antes la estima de ellos, será imposible mantenerse en suavidad, será imposible que yo pacte y acepte lo que el otro me dice porque, al no estimar a la persona, no estimo lo que dice y, por lo tanto, ya de antemano llevo los oídos tapados para sus argumentos, porque no puede salir de esa mente nada que valga la pena escuchar. […] El diálogo no debe considerarse como una simple imposición de la palabra que se dirige, sino que debe hacerse como hacía el Señor: el Señor habla con la samaritana, y no le dice: tú calla y ahora escucha, yo tengo mucho que decirte. Habla con ella y ella le contesta y le hace preguntas. El le responde, le insinúa los caminos de la salvación, y luego queda la libertad de la persona, aceptarlos o no”55.
Porque al tener la certeza de la propia verdad, se tiene que comunicar; porque el Señor revela su intimidad y su amor e indica que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, tengo que abrirme para la realización de esa misión, como fruto de esa conciencia56:
“La actitud misionera comienza siempre con un sentimiento de profunda estima frente a lo que el hombre es. Puede haber algún error, de acuerdo, pero hay esfuerzos que son incompletos, porque el hombre no puede llegar a más. Pero hasta donde ha llegado el hombre, no se ha hecho, sin duda, sino con una acción misteriosa y secreta de la gracia del Señor. El Espíritu Santo actúa fuera de la Iglesia; no se da fuera de la Iglesia, pero sí actúa, mueve los corazones, y en muchos de ellos ha dejado caer semillas de la palabra, semina verbi57.
3.1.2. La estructuración de la personalidad.
La sociedad actual lleva a las personas a una insaciable necesidad de bienes materiales que genera un continuo deseo que nunca se llega a colmar; el hombre dotado de interioridad está llamado a encontrar en lo más profundo de sí lo que permanece en el tiempo, lo único que puede llenarle de felicidad: “La humanidad se apega desesperadamente al materialismo y no comprende que en él no está la salvación, sino por el contrario, el peso que la sumerge”58: “Lo que teme cada uno es ser víctima del egoísmo de los otros. Porque sabe que el hombre, en realidad, a pesar de todas las proclamaciones, vale poco y es estimado en poco. No es estimado como Dios lo estima”59:
“No quiero decir: quien no tenga fe no respeta la dignidad del hombre. No, pero el hombre tiene muchísima más dignidad que eso que puede reconocer un hombre con su luz natural, muchas veces muy discutible. […] Cristo revela al hombre a sí mismo, le revela su propia dignidad en el misterio de la Encarnación. No valor humano, sino dimensión, como repercusión humana en el hombre mismo de esa realidad divina de Redención. Tiene como una doble cara: una revelación del amor de Dios y una revelación de la dignidad del hombre. Precisamente en la revelación del amor de Dios al hombre se revela la dignidad del hombre”60.
La dignidad se concibe muchas veces como orgullo del hombre y no es así; la verdadera dignidad del hombre me hace estimarlo. Al ser orgulloso yo no acepto la dignidad del otro y lo desprecio: Dios nunca desprecia nada de lo que ha hecho, Dios no desprecia ni al pecador61:
“Porque el hombre no cree en su propia dignidad. El hombre suele tener una idea baja de sí mismo, y una idea baja de los otros, por lo tanto el hombre no estima demasiado al hombre. Es verdad que hablamos de respeto, de la dignidad de la persona humana con este término profano, pero la realidad es que no estimamos demasiado al hombre. Y esa falta de estima al hombre llega a veces incluso hasta el ateísmo. Porque no podemos creer que ese hombre sea obra de Dios, que sea algo querido por Dios, algo hecho como una cosa grande por Dios. ¡No estimamos al hombre!

En el fondo de toda la tragedia –diríamos- del progreso humano, está esto: el hombre no estima al hombre. Habla de la dignidad del hombre, eso sí, pero generalmente lo hace desde el egoísmo propio”62.


El hombre que se aparta del amor de Dios, necesita reafirmarse a través del orgullo experimentando su propia debilidad, con sus flaquezas, miserias y fallos; el orgullo le aparta del otro más que acercarse:
“[…] el drama de la dignidad, en el fondo, es el drama personal de cada uno de nosotros. Nosotros nos sentimos indignos interiormente. Conocemos algo de nosotros mismos, conocemos nuestras flaquezas, nuestras miserias, nuestros fallos, y en el fondo tenemos una idea baja de nosotros mismos, muy baja y tratamos de encubrirla con aspectos exteriores de , tratamos de encubrirla también mostrándonos ante los demás distintos de lo que somos. Una buena parte de las energías se nos va en disimular lo que somos, o en justificarnos en lo que hacemos, que suele ser, por ejemplo: , , , , . Todo eso es una gran mentira que nos decimos a nosotros mismos”63.
El hombre suele construir su vida con la triple concupiscencia: la concupiscencia de los ojos, la concupiscencia de la vida y la soberbia64: si yo me dejo llevar por mi egoísmo, disperso y divido la sociedad; remediar la sociedad actuando directamente sobre las estructuras simplemente llevará a que se generen nuevas estructuras arrancadas del corazón egoísta del hombre: la división de la sociedad es reflejo de la división del corazón humano. Aspirar a una sociedad ideal y perfecta sin salir del egoísmo es errar el camino: se debe tratar de hacer lo mejor para todos, de veras, ayudar a todos y no simplemente ver, como el valor supremo, el que yo llegue a ser el que domine; que cada uno realice el ideal que el Señor ha trazado para él65:
“Cuando el mundo se desordena, cuando el mundo se pierde, cuando el mundo es un infierno de odio, de crueldades, de guerras, entonces viene enseguida: -Bueno, ¿y cómo permite Dios todo esto?, ¿es posible que haya un Dios que permita todo esto? Sin comprender suficientemente que va a ser Dios el que nos haga esta pregunta: -¿Por qué habéis hecho un mundo así? Esta es la pregunta de Dios a nosotros, ésta será su gran palabra de acusación: -Yo os dije que os guiarais por el amor y vosotros estáis haciendo imperar el egoísmo y está resultando este mundo, habéis deshecho el proyecto inicial. El hombre se rebela contra Dios, rompe el plan de Dios y en lugar de hacer, diríamos, la antesala del paraíso que Dios quería que fuera –simbolizada en aquella situación-, lo que hemos hecho ha sido esta situación tremenda de un estado de angustia, de inquietud, un , en el sentido de insatisfacción, precisamente por la ausencia del amor. Esto es lo que ha hecho el hombre en la creación”66.
La creación entera fue sometida al egoísmo del hombre en un ejercicio de su propia libertad; la creación está esperando la Redención, como sufriendo dolores de parto; 67: “No es verdad que el hombre esté tan dueño de la tierra […] tiene una inseguridad radical de si toda esa riqueza y todo ese progreso le va a servir para progreso verdadero o es una amenaza contra él”68:
“El hombre secularizado tiene la impresión de que contar con Dios es disminuirse; tiene una especie de celos de Dios y cree que depender de El es mutilarse. Y por eso no quiere dejar lugar a Dios en su vida. Cree que su grandeza es una sombra de la grandeza de Dios. ¡Dios no es así! La grandeza de Dios no se manifiesta en ayudar a otro: Que [que] sea sólo Dios el que actúe y todos los demás son incapaces, impotentes. No, la grandeza de Dios se manifiesta precisamente en que potencia a los demás y les da poder de actuar. Ahí está, Dios es grande precisamente porque todo lo que ha hecho se lo ha confiado al hombre y le ha dado la posibilidad de desarrollarlo. Por eso toda la obra del hombre no ensombrece sino glorifica a Dios; es fruto de la obra de Dios. < ¡Así es Dios! >.

Por eso, cuando llega la creación se la entrega al hombre. Pero ¿qué sucede? Que el hombre –precisamente está ahí su pecado, en querer realizar esa obra terrenal independizándose de Dios- cree que tiene talento suficiente para ser él quien dice cómo ha de ser eso. Este punto es muy serio y es continuo en el mundo, de tal manera que, uno de los mayores daños que podemos hacer es, presentar las normas divinas como algo que 69.


La sociedad actual no quiere ya dependencia de Dios: Dios no confió el mundo al hombre para que no dependiera de El; se lo confió para que él libremente, sirviendo a Dios, dominara el mundo. El hombre ante la creación, dice a Dios: 70: “Es lo que el hombre hace con Dios: Dios le envuelve, le elige, hace su alianza con él, y el hombre le da la espalda”71:
“Hoy hablamos de una situación verdaderamente preocupante de nuestro mundo, una verdadera crisis de nuestra patria, de nuestra sociedad, de nuestra familia. Es realmente preocupante, pero fácilmente, solemos mirar hacia fuera en esas ocasiones; y no partimos de nosotros, sino que queremos comenzar a poner el remedio desde fuera de nosotros mismos.

El principio cristiano, evangélico, es que toda transformación del mundo debe partir de la transformación del corazón del hombre, porque el mundo es reflejo y expresión del hombre. Somos nosotros los que construimos el mundo, no de una manera puramente mecánica, sino que en las mismas piedras, cementos, construcciones, está latiendo la humanidad que hay en él. Y, consiguientemente, lo que construye realmente el ambiente es el corazón del hombre. La verdadera crisis actual está en el corazón del hombre. Está precisamente en que el hombre, orgullosamente, se considera a sí mismo como árbitro supremo de lo que hace. Esto le da una postura de soberbia, de orgullo, de dominio; y al mismo tiempo que tiene esa autosuficiencia, le da interiormente una actitud de falta de amor. Aquí está el punto clave: La verdadera crisis preocupante de hoy está en el amor. Es crisis de amor del hombre que se erige como ser supremo, como árbitro supremo. No quiere reconocer una dependencia superior, no quiere reconocer a Dios, y de ahí que no puede ser humilde. El hombre que no cree en Dios, por mucho que parezca, no será nunca humilde. No puede serlo, aun cuando sea servicial, pero es con delicada soberbia servicial. Podrá ser hasta delicada, pero es soberbia. Es el que presta un servicio que no tenía por qué prestar. Lo presta porque le sale de dentro y lo quiere hacer así; pero le falta eso que está unido al amor, porque la humanidad sólo existe en el amor; si no, no hay humildad”72.


El verdadero mal de la sociedad, la enfermedad de la sociedad, está en el corazón del hombre: esta enfermedad consiste en que el corazón del hombre, centro del ser y de la humanidad, se guía por su egoísmo; un egoísmo controlado, aparentemente altruista, pero que en realidad lo verdaderamente importante es el propio bienestar humano y material: es un materialismo marxista o capitalista o humanista. Esta enfermedad no puede curarse desde el hombre mismo: Jesucristo es el único Salvador, el único médico de la humanidad enferma73: “El egoísmo está diciéndonos que tenemos razón en todas las cosas, enseguida creemos que tenemos derecho a todo, y no se vive una vida humana. […] se cae en un mundo prácticamente inhumano, duro, frío, irrespetuoso”74:
“El corazón del hombre es duro. En la medida que el hombre se aleja de Dios, se endurece, porque se enorgullece, se vuelve soberbio, y aquí está la clave de nuestros males, la soberbia. Tanto más que la considera el hombre frecuentemente como un valor. El hombre considera como valores el honor, la honra, el prestigio. Y no tolera que se le toquen. Se hace duro. Y es una dureza muy curiosa; una dureza que es contradictoria; porque el hombre interiormente es extremadamente frágil, y paradójicamente su dureza es un mecanismo de defensa de su fragilidad interior, porque el hombre sabe claramente que es pura pequeñez; lo sabe, lo sabemos todos. Pero ahí está, es una especie de proyección al exterior que le hace vivir fuera de la verdad de sí mismo”75.
Cuando existe esa dureza dentro de la persona podremos ser a lo más correctos en la forma, pero esa dureza impregna el corazón: se podrá ser correctamente servicial, pero estando tieso en sí mismo. Todo esto es falta de humildad del hombre: no se podrá construir la civilización del amor mientras no se reconozca un ser superior, un Dios ante el cual nosotros no somos nada personalmente76; solamente así se superará esa soberbia en la cual el hombre quiere erigirse en árbitro supremo, en la empresa donde él trabaja o en la familia en la cual uno es cabeza, o en la sociedad humana en general, con las consiguientes posturas y actitudes diarias77:
“[…] la naturaleza está deseando nuestra conversión, porque sabe que si nosotros nos entregáramos a Dios, la trataríamos como instrumento para servir a Dios, y se liberaría de nuestro egoísmo. La naturaleza, está sin libertad –diríamos-, está encadenada por nuestro egoísmo, por nuestra vanidad.

¿Cómo se puede llegar a la liberación, a la creación nueva? Sólo hay un camino, y es simplemente: liberar el corazón del hombre. Entonces, lo que ha hecho Cristo es bajar hasta lo profundo del corazón humano y poner en la raíz del corazón humano el remedio de su propia santificación, de su liberación.



[…] Queremos remediar el mundo, queremos promover el progreso de la humanidad, y para eso, ¿qué? Mejorar la economía, multiplicar los bienes materiales. ¡Equivocado! Lo primero que hay que hacer es cambiar el corazón del hombre. Por eso, la gran obsesión del Papa Pablo VI en los últimos años de su vida era crear la civilización del amor. ¿Qué quiere decir? Crear la civilización del hombre de corazón bueno, del amor. Si la civilización del amor se crea, lo demás es inmediato”78.
Existen diferentes capas en la relación entre las personas: la exterioridad fría que es la persona despreocupada, la sensibilidad más o menos aguda que es muy mudable y que muchas veces se queda en un simple terreno pasional y hay una postura central y esencial para la madurez del ser humano que es el corazón79:
“Así como el mundo no tiene felicidad dentro y no tiene alegría, y eso se ve precisamente por la necesidad que tiene de producirse alegría artificialmente; tiene miedo de que se le escape, de que se quede a solas consigo mismo. Como no tiene esa felicidad perfecta, entonces queda como abrumado por las causas de esta felicidad desde fuera, es decir, por pura alegría artificial que le mantiene en una especie de distracción; en el fondo, por no buscarse a sí mismo. La persona que tiene alegría interior, la busca también, pero no con ese afán”80.
Nuestra relación con las personas puede quedarse en la superficialidad, en la sensibilidad y no llegar a lo profundo del hombre si las impresiones que vienen de la exterioridad no penetran hasta el fondo del ser. Podemos distinguir las emociones sensibles y el corazón: “[...] la verdadera unión de persona a persona sólo se realiza en la unión del corazón, porque es por el centro de la persona misma”81:
“Muy frecuentemente se fomenta la sensiblería o la sensibilidad, pero no se fomenta la adhesión desde el corazón. Toda verdadera adhesión desde el corazón es respetuosa, es de entrega servicial cordialmente vivida. Y este paso de la sensibilidad a ese corazón interior es difícil. En la misma vida cristiana hay mucha gente que tiene , pero poca que tenga corazón de entrega religiosa a Dios. Corazón, es decir, hay que llegar hasta el fondo del ser82.
En la intercomunicación de amistad y de amor, a través de las palabras y de las obras, se ahonda en la interioridad de la persona; se conoce la verdad del Otro en la vulnerabilidad y en la sinceridad: “Pero hay muchas maneras de comunicarse que no es por la palabra, muchísimas: el contacto de corazón a corazón de dos personas que están cerca, la mirada [...]”83:
“Al fin y al cabo, la palabra es como un sobre, como un correo con el que yo envío el contenido personal que quiero dar a esa persona. Sobre todo en lo que se refiere a la palabra verdadera, que es palabra de intercomunicación de amor, yo no sólo digo la cosa sino me expreso en esto que digo. El sonido llega a través del oído a la persona que me escucha, y esa persona deja el sonido, se queda con el contenido. El sonido ha pasado. Si yo pudiera pasar el contenido sin usar ese sobre, obtendría el mismo efecto. El Señor lo hace de mil maneras: comunica el contenido sin necesidad de ese sobre con el que yo lo transmito y tengo que dejar a un lado después. Pero una cosa es necesaria para ello: que el corazón se abra a la palabra de Dios, que se cumpla aquel deseo de Salomón, cuando al Señor que le preguntaba qué deseaba para su reino, contestaba: -<Señor, un corazón que escuche>. Nos falta el corazón que escuche. ¡Estamos endurecidos, no escuchamos! Hay que ponerse en onda en una receptividad, en una postura de quien se da. Pero ¿por qué no nos ponemos en onda? Porque supone el que yo me abra y me entregue84.
La apertura de vida permanente a lo que enriquece de verdad, posibilita una entrega rica y fecunda a las causas más nobles de la humanidad: “¡Estar abiertos!, pero no hablo de unas aperturas de carácter psicológico, estoy hablando de la apertura interior del corazón limpio, del corazón libre, del corazón que está dispuesto”85.

La complejidad de la vida supone responsabilidad para afrontarla como se debe: sin escapar de ella con mundos que falseen la verdad de la realidad o con la ignorancia que impide desarrollar todas nuestras virtualidades siendo escándalo para los demás:


“Una de las deformaciones de hoy es pensar que el amor no tiene oscuridades, o que, desde el momento en que en una vida de matrimonio o de familia surgen problemas, signifique de alguna manera disminución del amor. No es verdad, las circunstancias adversas, dudosas, son más bien ocasiones de consolidación del amor, que hay que superar con la fuerza del amor, para forjar más plenamente la unión de amor. Pero hay que saberlas llevar, y es donde hay que acudir mucho a la oración. Muchas veces lo que falla es que en esos momentos se abandonan los resortes, cuando es el momento en que hay que hacer más recurso a ellos: resorte de la oración, de la Eucaristía, la comunión, resorte de la búsqueda de la voluntad de Dios, resorte del sacrificio, de la austeridad, de la búsqueda mutua de ese camino de unión”86.
Hay que saber distinguir la espontaneidad, la tendencia instintiva y carnal, y la madurez de la personalidad: a veces se cree equivocadamente que la personalidad es hacer lo que a uno le viene en gana87: “La personalidad es una estructuración: personalidad humana en su conjunto, la naturaleza con su personalidad humana es una totalidad estructurada que tiene una evolución a través de la vida por la cual se va integrando”88.
“[...] la tan proclamada sinceridad la entienden muchos como correspondencia entre la expresión y los sentimientos. Concepción muy superficial e imperfecta. O la confunden con una desvergonzada publicación de los propios vicios y pecados [...], lo cual no siempre es virtud, sino que muchas veces es debilidad personal [...], [la sinceridad] es la correspondencia entre la convicción personal y la expresión, entre la postura personal y su expresión. Puede haber dentro de nosotros sentimientos que no corresponden a nuestra postura personal, sino que son parásitos sin carta de ciudadanía.

La verdadera sinceridad es muy difícil. Y suele identificarse con la perfecta sencillez de la mirada limpia. Quien se gloría de ser sincero no lo es profundamente [...]. El hombre que es verdaderamente sincero no se gloría de serlo; simplemente lo es [...].

La verdadera y auténtica sinceridad consiste en reconocer lealmente en fe las exigencias del Señor sobre nosotros y en su consiguiente realización deliberada y fuerte, aunque quizás el sentimiento no corresponda por entonces a esa exigencia”89.
En la personalidad madura se ha dado un proceso de integración de las diferentes facultades y tendencias alcanzando en su persona una iniciativa global de todo él hacia su proyecto de vida90:
“La persona no es sólo un complejo de facultades; aparece como una estructura, aunque con la capacidad libre de modificar y perfeccionar la estructura inicial. En ésta se da la facultad de juzgar estimativamente, de adherirse afectivamente y de actuar responsablemente, pues el hombre es un animal racional afectivo, capaz de adherirse libremente a la realidad y de darse libremente a otro en amor, así como de aceptar libremente la donación de otro”91.
En esta estructura hay algo estable y un elemento capaz de una estructuración posterior que se relaciona con la libertad: el hombre tiene una posibilidad de hacerse, no está determinado en todos sus aspectos. La estructura estable está constituida como en diversos niveles: nivel vegetativo, nivel sensitivo, nivel racional; la persona es ese ser, esa estructura que tiende hacia valores con una tonalidad estructuradora92:
“Valores son realidades en cuanto apetecidas y válidas para esta estructura. Nos acercamos al mundo de la realidad y fijamos la atención en elementos según la necesidad que tenemos y no nos fijamos tanto en otros [...]. Prestamos atención a las cosas, según nuestra . En la estructura suele haber una apetencia que nos lleva a fijarnos en esos valores y asimilarlos porque nos ayudan [...].

Es innato a nosotros el tender a esos valores. La libertad no nos da tendencias, sino que elige entre tendencias que tenemos”93.


La libertad dirige y modera las fuerzas tendenciales psicofísicas presuponiendo una relación determinante con la afectividad: en nosotros hay una afectividad que acoge y que atrae que no es la simple voluntad; hay una adhesión previa que me llevará a asumir o dejar las cosas desde mi libertad. El objeto representa para la persona interés y necesidad de satisfacción94:
“[...] el valor es el bien cuya conveniencia yo siento ahora. [...]. El fin de la tendencia es el cese de la necesidad. Cuando ya poseo esto, ya no tengo necesidad. He satisfecho mi necesidad. Se cumple, se llena el defecto que antes padecía; hay entonces una pacificación de la tensión por la que uno habría salido de su situación presente en busca de esa satisfacción”95.
Todo este enfoque nos lleva a entender el estilo de existencia estructural de la persona humana; sobre este ser irán incidiendo los influjos extrínsecos e intrínsecos que irá asumiendo formando una unidad, que es el ideal de la persona. Las tendencias que hay en nosotros no quedan en una especie de dispersión selvática, sino que las va reduciendo la persona a una unidad que las integra: puede tener una personalidad rica en elementos pero ser inmadura; no responde a los valores del orden objetivo con cordialidad, de forma apropiada, con gran serenidad, con dominio, aplicando la libertad con sabiduría y amor correspondiendo al valor de lo que tiene realmente96:
“[...] en la educación, en la formación de uno mismo, poco a poco, se va obteniendo una estructura personal, una verdadera madurez personal. [...]. Por el uso recto de la razón y de la libertad. Tiene que escoger, tiene que tomar sus decisiones, tiene que orientar ciertas tendencias, tiene que modificar otras para que vaya realizando un ideal. Esto es trabajo de la educación. Es el cultivo de la personalidad; no impuesta, porque no se trata de que se la encajone en unas formas; pero si necesita una ayuda para su desarrollo: una ayuda que debe prestar según valores, valores objetivamente válidos. Para que en uso de su libertad vaya conformando su estructura, asimilando esos valores válidos. Esa es la verdadera educación. Pero ha de ser con una gran lealtad de introducirle y de acercarle a los valores reales, válidos, auténticos”97.
El hombre maduro tiene una tarea a realizar desde una actitud responsable de su estructura y de su actuación en el mundo: cada manifestación estará bajo el influjo de la posición que tomó con su libertad; desde ahí, se puede decir que : va asumiendo todo su ser98.

El hombre no es solamente respuesta momentánea a los estímulos de sus relaciones sociales o del mundo que le circunda cuando así lo decide sin condicionamiento de su ser, sino que también se va haciendo, como realidad estable desde lo más hondo de sí, con la realidad entera del hombre. Es lo que podemos llamar lo que la persona pone en manos de Dios99:


“Pero lo va asumiendo en un conjunto de actitudes deliberadas permanentes, como postura escogida, razonable, válida, que libremente se ha ido formando. Desde esa totalidad adopta las respuestas siguientes. Hay una relación entre lo que podemos llamar actitud personal y acción. La personalidad psicológica viene a ser, en consecuencia, el resultado estable actual, inicial y progresivo de la integración de las disposiciones humanas en las que consiste el carácter, con la consiguiente disposición autónoma de mí mismo. Así la persona procede con facilidad y personalmente según la estructura que ha adquirido, según el corazón que tiene. El actuar en contra de esa estructura le resulta muy difícil”100.
Yo puedo actuar de una forma o de otra según las necesidades que tenga en un momento concreto, pero yo ya pienso y valoro de una forma, yo ya tengo el corazón así101: el corazón da estabilidad porque supone una estructura bien establecida y sólida102.

Existe una forma de presentar el corazón como algo semejante a la sensibilidad que responde al momento emotivo en que se encuentra la persona en la elección y justamente supone lo contrario al llevarme a una continuidad según las elecciones tomadas anteriormente:


“El corazón del hombre no es simplemente el núcleo de la naturaleza humana, sino que el corazón es el centro del hombre construido por el hombre. Es decir, el corazón en el sentido en el que lo empleamos en Teología Espiritual: el conjunto de actitudes deliberadas y permanentes del hombre. Conjunto de actitudes, pero de actitudes deliberadas, actitudes que el hombre ha ido tomando; y permanentes, que quedan ahí como actitudes connaturalizadas y operantes del hombre.

Este conjunto forma el núcleo central de su ser y de su obrar. El hombre va modelando su corazón, va conformando su corazón. Y entonces podemos hablar de un corazón o de un corazón , de un corazón o de un corazón . Es ese conjunto de actitudes de la riqueza interior del hombre, que el hombre va adquiriendo, que el hombre va estableciendo como raíz de su ser y de su obrar”103.


Cuando se da una personalidad no integrada es debido a un mal desarrollo de la afectividad: las perturbaciones de la personalidad se dan por la falta de integración afectiva104:
“[...] ¿qué se entiende por afectividad? No el cariño de una persona, sino la afectividad, que quiere decir la acogida desde el fondo de la persona a los datos exteriores del mundo que incide sobre la persona. Saber acogerlos calurosamente, cordialmente, desde el centro de la persona. Y cuando no hay esa acogida en el calor cordial del centro de la persona se puede faltar se puede faltar por dos extremos: O porque las cosas se le quedan como fuera, sin integrarse en uno mismo; entonces se tiene la impresión de una especie de disociación de la realidad, la realidad está como sin entrar en mí. O porque la persona no llega a la madurez de integración. Y al no llegar a esa madurez de integración, esta persona se encuentra como disociada; como excesivamente arrastrada por esas obsesiones o influencias, pero no tiene la postura real, verdadera, cordial, respecto a la realidad que le afecta. Le falta una unidad dentro de sí, una inserción en el mundo y una aceptación equilibrada del mundo que le rodea”105.
El recto principio de integración, según una jerarquía objetiva de los valores, va asumiendo y asimilando la realidad con una aceptación cordial desde dentro: no basta con dar unas pautas de conducta en la educación, hace falta un acompañamiento para que yo pueda asumir con aceptación esas pautas de vida106:
“Mientras esas pautas no se vayan aceptando desde dentro, eligiendo, asumiendo como propias, cordialmente, con afectividad, no se irá realizando esa integración. Hay que irle llevando a uno por la seriedad progresiva de quien va adquiriendo su forma, su personalidad, su persona. Con las limitaciones que tiene, pero escoge él mismo”107.
La asimilación cordial desde una jerarquía objetiva de valores, aplicando un recto principio de integración, necesita la conversión de vida y la purificación de los afectos desordenados que empobrecen a la persona en el fondo de su ser:
“[...] porque . Lo que hay que hacer es . ¡El caballo no tiene la culpa, sino el caballero! Tenemos que ser nosotros los que nos entreguemos y no pensar en reconquistar otra vez lo que una vez hemos entregado. Aquí hay que jugarse todo. [...] ¡Es mi camino! ¡Eso está hecho! ¡Firme, firme! Quiere decir que el Señor te llevará por ese camino si sabes dar tu sí al Señor. Pero si te rebelas, entonces vas a ser infeliz en cualquier camino que tomes”108.
3.1.3. La madurez de la persona.
Si en la persona humana encontramos los niveles vegetativo, sensitivo y racional no podemos olvidar el nivel de gracia o
que se tiene por el Bautismo: no es una realidad paralela al hombre natural sino que impregna su realidad entera; el nivel superior no simplemente coexiste sino que se apoya en el inferior109: “[...] el ser humano [...] posee el pneuma, la gracia, la justificación que enriquece la inteligencia con la luz de la fe; la afectividad, con el fuego y amor de la caridad; la voluntad, por la firmeza de la decisión del orden de la gracia110”: “, suele enumerar siempre [Juan Pablo II], añadiendo el término corazón”111.
“Jesucristo es el Salvador y ante un ambiente como el de Corintio, en que el hombre quería liberarse por su propia sabiduría, y lo mismo delante de los ambientes actuales, San Pablo insiste, proponiendo como solución de aquellos mismos problemas una aportación desde fuera. Yo os traigo desde fuera la salvación. La presenta de manera que humanamente era absurda. . ¡Por qué!, porque les proponía dos cosas incomprensibles; como nos presenta a nosotros cosas que si las pensamos son incompatibles, a no ser que tengamos la luz de la fe. La primera, que tenía que ser por la fe, lo cual es humillar a la sabiduría griega y en general a la soberbia humana. Se suele decir: . Esta postura que a veces parece que es la postura de la razonabilidad no es más que la postura del discurso de la razón, pero de la falta de razonabilidad. Son dos cosas distintas, una cosa es que algo sea racional y otra que sea razonable. Creer a una persona digna de que sea creída, es razonable; no es discurso de razón. Si no se admite que es razonable creer a una persona digna, lo que ahí se va a pique es todo lo que es el valor de la persona para atenerse solamente al valor del discurso en sí mismo o de la pura matemática. […]. Segundo, ¿y qué tiene que creer? San Pablo presenta a Dios que ofrece un don desconcertante: Cristo crucificado. Fe y en Cristo crucificado. Si fuese en el porvenir dichoso de nuestra humanidad… pero fe en Cristo crucificado, presentarle Cristo crucificado, pedirle que se abra a ese Cristo crucificado”112.
No se puede plantear el desarrollo del valor humano separado del valor cristiano de la persona bautizada y del valor cristiano respecto al valor humano; el principio que tiene que estructurarlo todo es el de persona cristiana: todas las cosas y en todo momento yo juzgo según la luz de la fe: es la fe lo que me da el sentido y el valor de las cosas113: “¿Es que se puede ser cristiano sin ser humano? Pero no porque yo cultivo lo humano, sino porque el cultivar lo cristiano es lo más humano. Porque es la
. Nadie está tan cerca del hombre como Dios. Y nadie tiene esta suavidad, y humildad, y mansedumbre, como Cristo”114.

La fe no se puede concebir como un conjunto de doctrinas que hay que aprender y repetir; no supone solamente cumplir unos preceptos morales que se deben vivir concibiéndose como un montaje elaborado por hombres que imposibilita a la persona desarrollar sus capacidades más profundas, es vivir con una razón iluminada captando y viviendo lo más profundo de la realidad humana y del mundo: “El entendimiento deduce y concluye una existencia de Dios, pero no lo conoce por dentro”115:


“[...] la fe no es un montaje, es vivir la realidad en su sentido verdadero y profundo, tal como existe a la luz de Dios. Ahora, la realidad es que tenemos que vivir de fe, no solamente hacer actos de fe. [...]. No se trata de creer en Jesucristo teóricamente sino, si creo que Jesucristo es mi todo, mi salvación; que yo experimente la salvación de Cristo. Vivir la fe y vivir las gracias que me vienen de la fe, es lo fundamental para nosotros. Es la visión de toda la realidad a la luz de esa experiencia de fe, dándole el lugar que le corresponde”116.

La necesidad de la redención del cuerpo es un tema muy estudiado por el Papa Juan Pablo II117: el cuerpo siente como un peso en su carnalidad, en su sensualidad, en su egoísmo: impide que viva la vida corporal como Vida y por eso hay un gemido: (Rm 8, 22-23)118:


“[…] el cuerpo mismo es la imagen de Cristo, la imagen del Cristo inmortal. Es el corazón el que establece la semejanza; pero un corazón como manifestado en la carne. Ese es el corazón, no un simple amor; es el amor encarnado, el corazón del hombre. Así como la sonrisa es algo que es obediencia del cuerpo al corazón, es expresión del corazón; así también todo él tiene que expresarse en nuestro ser en un crecimiento progresivo, en un corazón transformado a imagen de Cristo”119.
La espiritualización de nuestro cuerpo no es una alienación de la realidad ni una obra de la omnipotencia de Dios, sino una obra de modelación del corazón en su propia realidad: el mismo cuerpo nuestro tiene que hacerse expresión del corazón en un progreso que tenemos que cuidar120:
“Dice el Papa [Juan Pablo II]: . ¿Qué quiere decir sin amor? Creo interpretarlo justamente si decimos que no puede vivir sin ser amado, y sólo se ama lo que se estima. Cuando uno no se siente amado se hunde. […] Por el contrario, saberse amado lleva consigo la realización plena del ser, de sí mismo. No es el egoísmo de sentirse amado, pero es verdad que sin ser reconocido por los otros como digno, el hombre no se realiza; no puede vivir sin amor, él permanece para sí mismo como un ser incomprensible. Si yo me quedara sólo conmigo mismo, sin comunicación de los otros, que me aman, que me estiman, yo solo, ¿qué sentido tendría mi vida?

La vida del hombre está privada de sentido si no se le revela el amor. […] Estamos en el fondo del hombre, hecho por Dios así. Su vida está privada de sentido si no se le revela el amor. El amor le revela el sentido de su propia vida: saber que valgo. Entonces está bien, lo estiman, lo quieren, entonces ya se afirma a sí mismo: yo valgo.



Si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente, su vida está privada de sentido, está como fracasada, frustrada. Y podrá ser una realización de amor superficial porque, al fin y al cabo, el que no acaba de empeñarse en una entrega de amor, en el fondo no se realiza, es una persona que no es madura. Tiene que ser en esa entrega de amor, amor vivido, no simplemente de mariposear con las relaciones de amor que nunca se llevan adelante. Por eso, precisamente, 121.
La unión transformadora de Cristo se extiende al alma y al cuerpo122: “[…] el cuerpo de un cristiano se diferencia del de un pagano, de modo análogo a como una Hostia consagrada difiere de una no consagrada”123:
“El Papa habla mucho del sentido esponsalicio del cuerpo, del sentido del cuerpo como expresión de la persona, etc. Y es verdad, pero hace falta una gran purificación para que el cuerpo en nosotros realice esta misión que tiene. Por eso dice San Pablo, que nosotros gemimos cuando tenemos ya las primicias del Espíritu y porque las tenemos. Porque esas primicias del Espíritu nos impulsan a una utilización del cuerpo -diríamos- de forma espiritualizada, para que realmente sea instrumento de ese Espíritu, pero hay un peso. Y lo que esperamos nosotros es la adopción filial, total, la redención de nuestro cuerpo. Gemido pues, de la creación, gemido nuestro”124.
La madurez consistirá, en primer lugar, cuando la tendencia del ser creado hacia el absoluto se coloca en Dios: cuando el hombre no se desvía de la dependencia de Dios; si se desvía suele significar una falta de madurez personal porque existiría una falta de aceptación de su contingencia pudiéndole hacer mucho daño. En segundo lugar, cuando a cada cosa, a cada experiencia, se le da el valor que tiene en el orden objetivo: que el juicio de razón responda a la realidad y a la verdad. En tercer lugar, que el afecto responda en un valor proporcional al juicio de las cosas y en cuarto lugar, cuando la decisión de la voluntad corresponde al juicio estimativo y a la respuesta afectiva125: “Lo importante es que el valor estimativo sea justo, que la respuesta afectiva sea proporcional y que la decisión de la voluntad sea correspondiente. Cuando esto está asentado, es una personalidad madura”126:
“Y el amor verdadero lleva consigo ese salir de sí, darse, y ésta es la realización plena del hombre. El hombre no se ha realizado mientras no se da en amor, darse en amor, lo demás se encuentra siempre consigo mismo, no acaba de madurar, no se realiza y todo depende de ese don de su amor porque no es la mera materialidad, es que dándose se enriquece en la entrega mutua, y por eso es algo muy verdadero cuando en el lenguaje del amor el que ama dice de la persona amada: ; eso es muy importante, no es simplemente una metáfora, porque no dice ; es mi vida por esa realidad vital que es el hombre en su realización plena, en su ser superior, y ésta es mi vida. Dios quiere ser mi vida, El quiere ser mi vida y embriagarme de esa vida”127.
Dios ha confiado el mundo al hombre para que, por el hombre que sirve a Dios, quede ordenado el mundo a Dios. En el momento en que el hombre rechaza a Dios, la creación se desprende también de Dios: la creación queda violentada al estar sometida al egoísmo del hombre y no estar sometida a la caridad y al amor del hombre, para lo que Dios le había dado ese mundo128:
“La creación nueva va a consistir en la liberación del yugo de la vanidad. […] porque ese hombre se ha desprendido de Dios y ha centrado todo eso en sí mismo, en su utilidad egoísta, independizándose de Dios, y está esclavizado.

[…] Porque si el hombre no fuese egoísta sería mucho más parco en el uso de la naturaleza, en orden a sus bienes verdaderos y no tendría el afán de explotar esa naturaleza lo más que pueda para su egoísmo. […] Y el hombre no sabe limitarse; entonces, la misma naturaleza está rebelándose contra el hombre”129.


Dios ha creado al hombre para que viva su vida de intimidad con El y, viviendo con El, colabore a la obra de la Redención en una creación nueva: la realización de esa creación nueva debe ser según los principios de la Redención130:
“Misterio no es lo mismo que secreto. Misterio significa algo que supera nuestra inteligencia. Por eso siempre es de la esfera divina y comprendemos perfectamente que tiene que haber misterio: sólo un necio puede negarlo. Por la sencilla razón de que nosotros, humanos, somos muy limitados: nuestra inteligencia es muy limitada y tendríamos que ser muy tontos y todavía más limitados de lo que ya somos para no entender que hay cosas superiores a nosotros. Si hay realidades superiores a mí, yo no puedo comprenderlas, porque entonces no serían superiores. […] Con eso decimos que el misterio no es algo contradictorio a la razón, pero es superior”131.
Ante personalidades maduras se pueden dar juicios estimativos distintos y válidos debido a la inmensa riqueza que se da en ellos y en lo que les rodea132.
“La pureza del corazón es lo que les unirá; la no búsqueda de su egoísmo como norma de vida. […].

Mientras no haya un puente, mientras no lleguemos a la superación de ese corazón con la bondad del mismo, no se dará la liberación del corazón humano. Mientras no comprendamos cada uno de nosotros que nuestra misión es hacer felices a los demás, no llegaremos a esa felicidad. Porque siempre existirá la disputa, en la que uno dirá: esto es derecho mío, y el otro dice que es derecho suyo. Así, estamos riñendo los dos… ¡por salvar los derechos!, naturalmente. Cuando no se ve más que eso, salvar los derechos, el hombre se convierte en centro egoísta, con unos límites que se admiten más o menos de buen corazón, pero no hay más que un centro, el yo. Entonces hay tantos, tantos centros, ¡y no queremos poner como centro a Dios!

Liberación del corazón, civilización del amor, familia del amor. De ahí la importancia enorme del Corazón de Cristo. De ahí la importancia enorme del Corazón de Cristo. Y ahí es donde el Papa [Juan Pablo II] llega: corazón>; baja al corazón del hombre. Esto es lo que tenemos que salvar nosotros. La creación espera que nosotros cambiemos de corazón”133.




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