Curso de derecho a la igualdad entre mujeres y hombres



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A.I. 1 ¿QUÉ ES EL FEMINISMO?


La metáfora de las gafas violetas

Me declaro en contra de todo poder cimentado en prejuicios, aunque sean antiguos.

MARY WOLLSTONECRAFT

Feminismo es un impertinente —como llama la Real Academia Española a todo aquello que molesta de palabra o de obra—. Es muy fácil hacer la prueba. Basta con mencionarlo. Se dice feminismo y cual palabra mágica, inmediatamente, nuestros interlocutores tuercen el gesto, muestran desagrado, se ponen a la defensiva o, directamente, comienza la refriega.

¿Por qué? Porque el feminismo cuestiona el orden establecido. Y el orden establecido está muy bien establecido para quienes lo establecieron, es decir, para quienes se benefician de él.

El feminismo fue muy impertinente cuando nació. Corría el siglo XVIII y los revolucionarios e ilustrados franceses —también las francesas—, comenzaban a defender las ideas de «igualdad, libertad y fraternidad». Por primera vez en la historia, se cuestionaban políticamente los privilegios de cuna y aparecía el principio de igualdad. Sin embargo, ellas, las que defendieron que esos derechos incluían a todos los seres humanos —también a las humanas—, terminaron en la guillotina mientras que ellos siguieron pensando que el nuevo orden establecido significaba que las libertades y los derechos sólo correspondían a los varones.

Libertades y todos los derechos (políticos, sociales, económicos...). Así, aunque existen precedentes feministas antes del siglo XVIII, podemos establecer que, como dice Amelia Valcárcel, «el feminismo es un hijo no querido de la Ilustración».52Es en ese momento cuando se comienzan a hacer las preguntas impertinentes: ¿Por qué están excluidas las mujeres? ¿Por qué los derechos sólo corresponden a la mitad del mundo, a los varones? ¿Dónde está el origen de esta discriminación? ¿Qué podemos hacer para combatirla? Preguntas que no hemos dejado de hacer feminismo es un discurso político que se basa en la justicia. El feminismo es una teoría y práctica política articulada por mujeres que tras analizar la realidad en la que viven toman conciencia de las discriminaciones que sufren por la única razón de ser mujeres y deciden organizarse para acabar con ellas, para cambiar la sociedad. Partiendo de esa realidad, el feminismo se articula como filosofía política y, al mismo tiempo, como movimiento social. Con tres siglos de historia a sus espaldas, ha habido épocas en las que ha sido más teoría política y otras, como el sufragismo, donde el énfasis estuvo puesto en el movimiento social.

Pero además de impertinente, o precisamente por serlo, el feminismo es un desconocido. «Del feminismo siempre se dice que es recién nacido y que ya está muerto», dice Amelia Valcárcel. Ambas cuestiones son falsas. El trabajo feminista de los últimos años ha proporcionado material suficiente como para rastrear la historia escondida y silenciada y recuperar los textos y las aportaciones del feminismo durante todo este tiempo. Ha sido tan beligerante el ocultamiento del trabajo feminista a lo largo de la historia que sabemos que este libro, con el paso del tiempo, se quedará viejo no sólo por las nuevas aportaciones, cambios, éxitos sociales o nuevas corrientes que irán apareciendo, sino porque el trabajo de recuperación de nuestra historia añadirá a la genealogía del feminismo nombres, acciones y textos desconocidos hasta ahora.

Sobre la segunda afirmación, que «ya está muerto», mucho nos tememos que corresponde más a un deseo de quienes lo dicen que a una realidad. Todo lo contrario. A estas alturas de la historia lo que parece incorrecto es hablar de feminismo y no de feminismos, en plural, haciendo así hincapié en las diferentes corrientes que surgen en todo el mundo. De hecho, podemos hablar de sufragismo y feminismo de la igualdad o de la diferencia, pero también de ecofeminismo, feminismo institucional, ciberfeminismo..., y podríamos detenernos tanto en el feminismo latinoamericano como en el africano, en el asiático o en el afroamericano. Como se cantaba en las revoluciones centroamericanas del siglo XX: «Porque esto ya comenzó y nadie lo va a parar.» Y es que uno de los perfiles que diferencian al feminismo de otras corrientes de pensamiento político es que está constituido por el hacer y pensar de millones de mujeres que se agrupan o van por libre y están diseminadas por todo el mundo. Feminismo es un movimiento no dirigido y escasamente, por no decir nada, jerarquizado.

Además de ser una teoría política y una práctica social, el feminismo es mucho más.53 El discurso, la reflexión y la práctica feminista conllevan también una ética y una forma de estar en el mundo. La toma de conciencia feminista cambia, inevitablemente, la vida de cada una de las mujeres que se acercan a él. Como dice Viviana Erazo: «Para millones de mujeres [el feminismo] ha sido una conmoción intransferible desde la propia biografía y circunstancias, y para la humanidad, la más grande contribución colectiva de las mujeres. Removió conciencias, replanteó individualidades y revolucionó, sobre todo en ellas, una manera de estar en el mundo.»54

Ángeles Mastretta explica esta aventura personal con trasfondo poético en su libro El cielo de los leones: «Las puertas que bajan del cielo se abren sólo por dentro. Para cruzarlas, es necesario haber ido antes al otro lado con la imaginación y los deseos. [...] Una buena dosis de la esencia de este valor imprescindible tiene que ver, aunque no lo sepa o no quiera aceptarlo un grupo grande de mujeres, con las teorías y la práctica de una corriente del pensamiento y de la acción política que se llama feminismo. Saber estar a solas con la parte de nosotros que nos conoce voces que nunca imaginamos, sueños que nunca aceptamos, paz que nunca llega, es un privilegio de la estirpe de los milagros. Yo creo que ese privilegio, a mí y a otras mujeres, nos los dio el feminismo que corría por el aire en los primeros años setenta. Al igual que nos dio la posibilidad y las fuerzas para saber estar con otros sin perder la índole de nuestras convicciones. Entonces, como ahora, yo quería ir al paraíso del amor y sus desfalcos, pero también quería volver de ahí dueña de mí, de mis pies y mis brazos, mi desafuero y mi cabeza. Y pocos de esos deseos hubieran sido posibles sin la voz, terca y generosa, del feminismo. No sólo de su existencia, sino de su complicidad y de su apoyo.»55

La disputa sobre el feminismo comienza con su propia definición. Por un lado, como dice Victoria Sau: «Atareadas en hacer feminismo, las mujeres feministas no se han preocupado demasiado en definirlo.»56 Y por otro lado, sabido es que quien tiene el poder es quien da nombre a las cosas. Por ello, el feminismo desde sus orígenes ha ido acuñando nuevos términos que histórica y sistemáticamente han sido rechazados por la «autoridad», por el «poder», en este caso, por la Real Academia Española (RAE), cuya «autoridad» hace décadas que está cuestionada por el feminismo. Así, dice el Diccionario de la RAE ¡en su vigésima segunda edición del año 2001!: «Feminismo: doctrina social favorable a la mujer, a quien concede capacidad y derechos reservados antes a los hombres. Movimiento que exige para las mujeres iguales derechos que para los hombres.» Tres siglos y los académicos aún no se han enterado de que exactamente eso es lo que no es el feminismo. La base sobre la que se ha construido toda la doctrina feminista en sus diferentes modalidades es precisamente la de establecer que las mujeres son actoras de su propia vida y el hombre ni es el modelo al que equipararse ni es el neutro por el que se puede utilizar sin rubor varón como sinónimo de persona. ¿Pensará la Academia que las mujeres no tenemos derecho al aborto, por ejemplo, puesto que los hombres no pueden abortar?

Siguiendo a Victoria Sau, «el feminismo es un movimiento social y político que se inicia formalmente a finales del siglo XVIII y que supone la toma de conciencia de las mujeres como grupo o colectivo humano, de la opresión, dominación y explotación de que han sido y son objeto por parte del colectivo de varones en el seno del patriarcado bajo sus distintas fases históricas de modelo de producción, lo cual las mueve a la acción para la liberación de su sexo con todas las transformaciones de la sociedad que aquélla requiera».57

En la definición se hace hincapié en el primer paso para entrar en el feminismo: «la toma de conciencia». Imposible solucionar un problema si antes éste no se reconoce. De hecho, para Ana de Miguel, «como ponen de relieve las recientes historias de las mujeres, éstas han tenido casi siempre un importante protagonismo en las revueltas y movimientos sociales.

Sin embargo, si la participación de las mujeres no es consciente de la discriminación sexual, no puede considerarse feminista».58 Por eso nos gusta utilizar la metáfora de las gafas violetas que ya dejó por escrito Gemma Lienas en su libro El diario violeta de Carlota,59 un estupendo manual para jóvenes. El violeta es el color del feminismo. Nadie sabe muy bien por qué. La leyenda cuenta que se adoptó en honor a las 129 mujeres que murieron en una fábrica textil de Estados Unidos en 1908 cuando el empresario, ante la huelga de las trabajadoras, prendió fuego a la empresa con todas las mujeres dentro. Ésta es la versión más aceptada sobre los orígenes de la celebración del 8 de marzo como Día Internacional de las Mujeres. En esa misma leyenda se relata que las telas sobre las que estaban trabajando las obreras eran de color violeta. Las más poéticas aseguran que era el humo que salía de la fábrica, y se podía ver a kilómetros de distancia, el que tenía ese color. El incendio de la fábrica textil Cotton de Nueva York y el color de las telas forman parte de la mitología del feminismo más que de su historia, pero tanto el color como la fecha son compartidos por las feministas de todo el mundo.

Dice la Real Academia en su tercera acepción de impertinente: «Anteojos con manija, usados por las señoras.» Así que, trayéndonos los impertinentes a la moda del siglo XXI, la idea es comparar el feminismo con unas gafas violetas porque tomar conciencia de la discriminación de las mujeres supone una manera distinta de ver el mundo. Supone darse cuenta de las mentiras, grandes y pequeñas, en las que está cimentada nuestra historia, nuestra cultura, nuestra sociedad, nuestra economía, los grandes proyectos y los detalles cotidianos. Supone ver los micromachismos —como llama el psicoterapeuta Luis Bonino a las pequeñas maniobras que realizan los varones cotidianamente para mantener su poder sobre las mujeres—, y la estafa que supone cobrar menos que los hombres. Ser consciente de que estamos infrarrepresentadas en la política, que no tenemos poder real, y ver cómo la mujer es cosificada día a día en la publicidad.

Supone conocer que la medicina —tanto la investigación como el desarrollo de la industria farmacéutica—, es una disciplina hecha a la medida de los varones y que las mujeres seguimos pariendo acostadas en los hospitales para comodidad de los ginecólogos, una profesión en España copada por varones. Supone saber que, según Naciones Unidas, una de cada tres mujeres en el mundo ha padecido malos tratos o abusos y que en España son más de un centenar las mujeres asesinadas cada año por sus compañeros, maridos, novios o amantes. Supone, en definitiva, ser conscientes de que nos han robado nuestros derechos y debemos afanarnos en recuperarlos si queremos vivir con dignidad y libertad al tiempo que construimos una sociedad justa y realmente democrática. Es tener conciencia de género, eso que a veces parece una condena porque te obliga a estar en una batalla continua, pero consigue que entiendas por qué ocurren las cosas y te da fuerza para vivir cada día. Porque el feminismo hace sentir el aliento de nuestras abuelas, que son todas las mujeres que desde el origen de la historia han pensado, dicho y escrito libremente, en contra del poder establecido y a costa, muchas veces, de jugarse la vida y, casi siempre, de perder la «reputación». De todas las mujeres que con su hacer han abierto los caminos por los que hoy transitamos y a las que estamos profundamente agradecidas.

En eso consiste la capacidad emancipadora del feminismo. El feminismo es como un motor que va transformando las relaciones entre los hombres y las mujeres y su impacto se deja sentir en todas las áreas del conocimiento. El feminismo es capaz de percibir las «trampas» de los discursos que adrede confunden lo masculino con lo universal, como explica Mary Nash. Ésa es la revolución feminista. No es una teoría más. El feminismo es una conciencia crítica que resalta las tensiones y contradicciones que encierran esos discursos. Asegura Amelia Valcárcel que el feminismo «compromete demasiadas expectativas y demasiadas voluntades operantes. Incide en todas las instancias y temas relevantes, desde los procesos productivos a los retos medioambientales. Es una transvaloración de tal calibre que no podemos conocer todas sus consecuencias, cada uno de sus efectos puntuales, ya sea la baja tasa de natalidad, la despenalización social de la homofilia, la transformación industrial, la organización del trabajo...». Y añade: «Nada nos han regalado y nada les debemos. [...] Ya que hemos llegado a divisar primero, y a pisar después, la piel de 60la libertad, no nos vamos.»

Ése es el espíritu del feminismo: una teoría de la justicia que ha ido cambiando el mundo y trabaja día a día para conseguir que los seres humanos sean lo que quieran ser y vivan como quieran vivir, sin un destino marcado por el sexo con el que hayan nacido. «Educar seres humanos valientes, dueños de su destino, tendría que ser la búsqueda y el propósito primero de nuestra sociedad. Pero no siempre lo es. Empeñarse en la formación de mujeres cuyo privilegio, al parejo del de los hombres, sea no temerle a la vida y por lo mismo, estar siempre dispuestas a comprenderla y aceptarla con entereza es un anhelo esencial. Creo que este anhelo estuvo y sigue estando en el corazón del feminismo. No sólo como una teoría que busca mujeres audaces, sino como una práctica que pretende de los hombres el fundamental acto de valor que hay en aceptar a las mujeres como seres humanos libres, dueñas de su destino, aptas para ganarse la vida y para gozarla sin que su condición sexual se lo impida.»61

Feminismo es la linterna que muestra las sombras de todas las grandes ideas gestadas y desarrolladas sin las mujeres y en ocasiones a costa de ellas: democracia, desarrollo económico, bienestar, justicia, familia, religión...

Las feministas empuñamos esa linterna con orgullo por ser la herencia de millones de mujeres que partiendo de la sumisión forzada y mientras eran atacadas, ridiculizadas y vilipendiadas, supieron construir una cultura, una ética y una ideología nuevas y revolucionarias para enriquecer y democratizar el mundo. La llevamos con orgullo porque su luz es la justicia que ilumina las habitaciones oscurecidas por la intolerancia, los prejuicios y los abusos. La llevamos con orgullo porque su luz nos da la libertad y la dignidad que hace ya demasiado tiempo nos robaron en detrimento de un mundo que sin nosotras no puede considerarse humano.



A.I. 1.1. Las tres olas del feminismo

Montserrat Barba Pan

http://feminismo.about.com/od/historia/a/las-tres-olas-del-feminismo.htm

Aunque las polémicas y las protestas individuales sobre su destino se remontan a la Edad Media, el feminismo occidental nace en el XVII y se manifiesta como movimiento colectivo de lucha de las mujeres en la segunda mitad del siglo XIX. Para la filósofa Ana de Miguel, el feminismo empieza en el momento en que se articulan, "tanto en la teoría como en la práctica, un conjunto coherente de reivindicaciones" y las mujeres se organizan para conseguirlas, conscientes de la existencia de discriminación sexual.

Teniendo en cuenta este criterio, se puede hablar de tres grandes etapas u olas feministas. Para describirlas, seguiremos el criterio de Amelia Valcárcel, catedrática de Filosofía Moral y Política de la UNED. Tanto Valcárcel como Celia Amorós comienzan su clasificación en la Ilustración, frente a las teóricas anglosajonas que señalan el inicio de la primera ola feminista en el sufragismo:

La primera ola: el feminismo ilustrado

Reivindica la ciudadanía de las mujeres y su obra más representativa es 'Vindicaciones de los derechos de la mujer' de Mary Wollstonecraft.

Sus principales características son:

Se extiende desde la Revolución Francesa hasta mediados del siglo XIX.

El debate se centra en la igualdad de la inteligencia y la reivindicación de la educación.

Fundamenta sus reivindicaciones en el pensamiento del Siglo de las Luces, a pesar de que muchos autores como Rousseau desplazasen a la mujer a un segundo plano dentro del estado liberal.

Sus autores clave son Poullain de Barre, Olympe de Gouges y Mary Wollstonecraft, así como las ciudadanas que presentaron en 1789 a la Asamblea francesa su "cuaderno de reformas", que incluía ya el derecho al voto, la reforma de la institución del matrimonio y la custodia de los hijos, además del acceso a la instrucción. ('Cahiers de doléances').

Los derechos de la mujer comienzan a estar presentes en las tribunas políticas e intelectuales. Uno de los grandes pensadores, el revolucionario girondino Condorcet, padre el laicismo en la enseñanza, escribe en 1790 el ensayo 'Sobre la admisión de las mujeres en el derecho de la ciudad': "Los hechos han probado que los hombres tenían o creían tener intereses muy diferentes de los de las mujeres, puesto que en todas partes han hecho contra ellas leyes opresivas o, al menos, establecido entre los dos sexos una gran desigualdad." ('Carta de un burgués de Newhaven a un ciudadano de Virginia', 1787, Condorcet).



La segunda ola: el feminismo liberal sufragista

Reivindica principalmente el derecho al voto de las mujeres y su principal obra es 'El sometimiento de la mujer', escrito por John Stuart Mill y Harriet Taylor en 1869, que sentó las bases del sufragismo. SuSus principales características son:

Se extiende desde mediados del siglo XIX hasta la década de los cincuenta del siglo XX (final de la Segunda Guerra Mundial).

Comienza con la Declaración de Seneca Falls, de 1848. Entre 100 y 300 mujeres y hombres (la cifra varía según las fuentes) pertenecientes a movimientos sociales y organizaciones, lideradas por Elisabeth Cady Stanton y Lucrecia Mott, se reúnen en el Seneca Falls (EE.UU) y, tomando como base la declaración de Independencia norteamericana, reclaman la independencia de la mujer de las decisiones de padres y maridos así como el derecho al trabajo, al que daban prioridad por encima del derecho al voto. Los doce principios formulados exigen cambios en las costumbres y moral de la época y en la consecución de la plena ciudadanía de las mujeres.

En Inglaterra aparecen las sufragistas, lideradas por Emmeline Pankhurst, y el debate sobre el sufragio universal se hace cada vez más intenso. Durante la primera mitad del siglo XX, se va incorporando a las legislaciones democráticas, a veces limitada en edad o estrato social. Es la primera reivindicación pacifista e introduce el término de solidaridad.

Socialmente, el activismo se extiende a las clases media y baja. También se vincula a otras causas de derechos civiles, como la abolición de la esclavitud en Estados Unidos. En este sentido, destaca la figura de Sojourner Truth y su discurso '¿Acaso no soy mujer'('Ain't I a woman') de 1851.

Continúan, en paralelo al derecho al voto, las reivindicaciones sobre el acceso a la educación y, a partir de 1880, algunas mujeres comienzan a admitir mujeres en las aulas universitarias, aunque todavía es algo excepcional. Antes, la mujer fue logrando acceso a la educación primaria y secundaria, aunque todavía bajo el pretexto de ser buena madre y esposa.

La tercera ola: el feminismo contemporáneo

Reivindica un cambio de valores y que la justicia legisle aspectos considerados antes como "privados". Sus obras de referencia son 'El segundo sexo' de Simone de Beauvoir, y 'La mística de la femineidad', de Betty Friedan. SuSus principales características son:

Comienza con las revoluciones de los años 60 hasta la actualidad, aunque algunas teóricas marcan el punto final en los años 80.

Se lucha contra la mujer como estereotipo sexual en los medios de comunicación, el arte y la publicidad. Los años cincuenta definen un tipo de femineidad, de la que se hace propaganda en la televisión y el cine. Los sesenta y setenta reflexionan acerca de esos modelos y se enfrentan a ellos.

Pide la abolición del patriarcado: se toma consciencia de que más allá del derecho al voto, la educación y otros logros de las primera feministas, es la estructura social la que provoca desigualdades y sigue estableciendo jerarquías que benefician a los varones.

Con el lema "lo personal es político" entran en el debate la sexualidad femenina, la violencia contra la mujer, la salud femenina, el aborto o la contracepción, entre otros.

Desde los años ochenta, adquieren especial importancia las diversidades femeninas, el multiculturalismo, la solidaridad femenina y el debate, cada vez más intenso, entre diferentes corrientes del feminismo.

Fuente: 'Los feminismos a través de la historia'. Ana de Miguel


A.I. 1.2. El feminismo de la Primera Ola


Montserrat Barba Pan

Las corrientes y movimientos del feminismo de la Primera Ola están muy marcadas por la lucha por el derecho al voto y la representación política. En la primera parte de este reportaje analizamos los movimientos precursores entre los siglos XV y XVIII. Desde el XIX, durante los discursos y las vindicaciones de las sufragistas, continuaron reclamándose la educación, la libertad reproductiva, la igualdad salarial, protección ante la violencia machista y derechos relacionados con el matrimonio. En esta etapa, el feminismo deja de ser un movimiento de sumas individuales y comienza a organizarse de forma colectiva.

El sufragismo fue mucho más que reclamar el voto pero, como es habitual, la historia ha tratado de simplificar el discurso de muchas de sus representantes.

En esta etapa destacan también dos nombres propios: los de Emma Goldman y Alejandra Kollontai, muy influyentes en el feminismo actual al reivindicar la libertad sexual y sentimental de las mujeres y adentrarse en aspectos psicológicos revolucionarios.

Éstas son las corrientes más destacadas:

1. El sufragismo en Estados Unidos y la generación Seneca Falls:

En Estados Unidos, el sufragismo nace de la mano de los movimientos antiesclavitud y los nombres más destacados de esta etapa, como Lucretia Mott, Elisabeth Cady Stanton, Susan B. Anthony o Lucy Stone, fueron abolicionistas. En este momento, la discriminación por color de piel y por sexo fueron de la mano.

Pero no sólo fueron mujeres anglosajonas las que defendieron ambas causas. Como señalan en su libro 'Feminismos' Olga Castro y María Reimóndez, en los debates participaron mujeres negras "sobre todo esclavas libres del Caribe", destacando las hermanas Elisabeth y Anne Hart quienes, por su activismo por la educación de las esclavas y su abolicionismo, fueron juzgadas en la isla Antigua (Mar Caribe).

A partir de 1840, tras la Convención Mundial contra la Esclavitud en Londres, el movimiento sufragista se independiza del abolicionismo cuando Mott y Stanton son relegadas a una zona tras las cortinas para presenciar los actos sin recibir el apoyo de sus compañeros masculinos. Así, ocho años más tarde, surge una de los iniciativas más interesantes del feminismo occidental: la Convención de Seneca Falls, con más de 300 asistentes, de la que saldría la Declaración de Sentimientos, basada en la Declaración de Independencia de Estados Unidos.

Desde ese momento, hasta la entrada en vigor en 1920 del voto de la mujer en igualdad, recogido en la 19ª Enmienda a la Constitución estadounidense, se desarrolló un amplio movimiento pacifista para implicar a la sociedad en la defensa de los derechos de las mujeres.

Entre las asistentes a Seneca Falls, destaca un nombre: el de Sojourner Truth ("la Verdad Viajera"), una antigua esclava cuya historia fue rescatado en los años 70 por la corriente del Black Feminism (Feminismo negro) y autora del discurso de 1851, ¿Acaso no soy mujer?.



2. El sufragismo europeo:

En Gran Bretaña, la lucha por el derecho al voto alcanzó una dimensión épica: cárcel, altercados públicos, sátiras mordaces, huelgas de hambre...

En 1850, Harriet Taylor fue una de las primeras en organizar actos públicos, mientras en el Parlamento, en 1866, los diputados John Stuart Mill y Henry Fawcett presentaron la primera petición a favor del sufragio universal, que fue rechazada.

La historia del sufragismo británico es apasionante y puedes conocerla a través de esta cronología. A comienzos del siglo XX, y tras el rechazo y las humillaciones de los órganos políticos, se radicaliza siendo la figura central Emmeline Pankhurst. Sus actos de desobediencia civil nunca se tradujeron en víctimas humanas.

En 1928, por fin se logra el sufragio femenino en igualdad de derechos que los hombres. En el resto de Europa, los países fueron incorporándolo a su legislatura a lo largo del siglo XX (entre 1906 y 1984), aunque hoy en día, en 2015, no existe en el microestado de Ciudad del Vaticano, ya que los que escogen a su jefe de Estado, el Papa católico, son hombres.

3. El feminismo anarquista y socialista:

La mayoría de las sufragistas, tanto en Estados Unidos como en Gran Bretaña, pertenecían a partidos conservadores, pero la lucha por la igualdad fue imbricándose tanto en la lucha por los derechos civiles de Estados Unidos como con la lucha de clases en Europa. Como apunte, el Manifiesto Comunista de Marx y Engels se publicó en 1840, el mismo año que el Manifiesto de Seneca Falls.

Hasta el momento, las corrientes feministas reivindicaban la igualdad dentro de un sistema económico y social patriarcal común, y es el feminismo obrero y el feminismo libertario los que cuestionarían el sistema capitalista y abrirían la perspectiva de cara a revisiones posteriores.

Sin duda, Emma Goldman es una de las grandes referencias, ya que defendía que la libertad de la mujer no provenía del derecho al voto sino de una revolución propia e introdujo en el debate temas fundamentales como la liberación sexual, los estereotipos o el peso de la costumbre. El 28 de marzo de 1915 fue arrestada tras explicar ante más de 600 personas y por primera vez en América cómo se usaba un preservativo, en el Sunrise Club de Nueva York.

Entre las feministas socialistas, junto a la precursora Flora Tristán, destacan Clara Zetkin y Alejandra Kollontai, que tomó el concepto marxista del hombre nuevo y reivindicó una mujer nueva, no sólo independiente económicamente sino también en el plano afectivo y psicológico. Ambas se enfrentaron al patriarcado marxista, ya que la revolución socialista y la estructura de los partidos de izquierda no defendían las necesidades de las mujeres.

Fuentes: 'Feminismos', de Olga Castro y María Reimóndez (Edicións Xerais) y 'Feminismo para principantes', de Nuria Varela (Ediciones B).

Lectura recomendada para profundizar en el tema Primera ola feminista: “La primera ola. Comienza la polémica”, de Nuria Varela (2005), en Feminismo para principiantes.

A.I. 1.3. El feminismo de la segunda ola

Montserrat Barba Pan

La Segunda Ola del feminismo se extiende desde los años previos a la publicación de 'El segundo sexo', en 1949, hasta la década de los 80, con el estallido del neoliberalismo y la llegada al poder en Estados Unidos y Gran Bretaña de Ronald Reagan y Margaret Thatcher.

Esta etapa incluye momentos fascinantes como el Movimiento de Liberación de las Mujeres y todas las tendencias que nacieron como consecuencia del feminismo radical como el Black feminist o las propuestas de la Librería de la Mujeres de Milán.

En la última década se sientan algunas de las bases de los feminismos de la Tercera Ola: diversidad racial y sexual, múltiples miradas, descolonización y ecología.

Éstas son sus principales corrientes o movimientos:



1. Feminismo de entreguerras. Las dos guerras mundiales motivaron que las reivindicaciones feministas quedasen en un segundo plano en referencia al activismo por la paz y contra los fascismos. En esta etapa hubo un retroceso en el reconocimiento de los derechos de las mujeres tras haber dado grandes pasos en la educación y el voto femenino.

Tras la Revolución Rusa, en 1917, los países comunistas crearon estructuras de poder rígidas y muy centralizadas en las que no tenían cabida las luchas de las mujeres. En los países industrializados hubo un descenso de la natalidad que se asoció interesadamente a la mayor independencia que había alcanzado la mujer.

Las guerras son momentos de exaltación de estructuras patriarcales como la nación, la familia, o el respeto a la autoridad y las jerarquías. Las sociedades se vuelven más conservadoras y los planteamientos revolucionarios se consideran subversivos. Sin embargo, tras las dos contiendas mundiales y cuando el feminismo parecía en stand-by, surgió un texto refundador: 'El segundo sexo' de Simone de Beauvoir.

2. Simone de Beauvoir y 'El segundo sexo'. En 1949, cuatro miembros del PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña) son fusilados por el régimen franquista, Juan Domingo Perón decreta la gratuidad de las universidades argentinas para los ciudadanos y ciudadanas y se proclama la República Popular China, con Mao Zedong como Presidente. El mundo se recomponía tras el fin de la II Guerra Mundial y el destino natural de las mujeres parecía ser la vuelta al hogar, al menos en Estados Unidos. Mientras, en Francia, una pensadora directamente ligada a la actualidad política, reflexionaba, pasado los 40 años, acerca de su condición como mujer: Simone de Beauvoir.

De esta indagación personal nace un trabajo que, alejada del activismo, se convierte en el ensayo que revitalizaría el feminismo, 'El segundo sexo', cuyas principales ideas (puedes encontrarlas en esta selección de textos) se podrían sintetizar en una de sus frases para la historia: "No se nace mujer, se llega a serlo".



3. Feminismo liberal estadounidense. Si De Beauvoir marcó un antes y un después en la historia del feminismo con un trabajo complejo y denso, Betty Friedan logró que su libro 'La mística de la feminidad' se convirtiese en un best-seller del feminismo, ahondando en "el problema que no tiene nombre", que sufrían muchas madres y esposas y cuyos síntomas eran suicidios, depresiones, alcoholismo.... En realidad sí que tenía denominación (falta de libertad, insatisfacción personal, patriarcado,...) pero no interesaba ponérsela. Los héroes de la II Guerra Mundial regresaban a sus casas, retomaban las actividades profesionales que durante la guerra habían desempeñado las mujeres en las fábricas (con un salario inferior) y tenían su premio esperando en casa: la esposa, los niños, la comida caliente, un hogar en el que eran los reyes. La publicidad de Gobierno americano fomentaba este rol en el que las norteamericanas se convertían en los "seres relativos" de los que Simone de Beauvoir hablaba años atrás en su obra maestra.

Friedan fue una de esas mujeres y en su obra de 1963 retrata la situación de una generación, hijas de las sufragistas, sin problemas económicos, de clase media-alta, blancas y con estudios. Son las Betty Draper de la serie 'Mad Men', confinadas en su hogar sin poderse realizar en otros planos y que se sienten vacías. El problema sin nombre no era un asunto doméstico sino político.

En 1966, Friedan fue una de las fundadoras de NOW (Organización Nacional de Mujeres) , principal representante del feminismo liberal, que reivindicaba una reforma del sistema para lograr la igualdad de oportunidades y retribución salarial entre mujeres y hombres, e igual participación en política, organizaciones sindicales, universidades y áreas públicas.

4. Feminismo radical del Movimiento de Liberación de las Mujeres. Como reacción al feminismo liberal, en torno a 1968 nace el feminismo radical, cuyo máximo exponente fue el Movimiento de Liberación de las Mujeres y cuyos textos de referencia son 'Política sexual' de Kate Millet, y 'La dialéctica del sexo', de Shulamith Firestone. En esta etapa que duró hasta 1975 se introduce la categoría "género", acuñada por Robert Stoller en 1968, que sigue siendo objeto de estudio hoy en día.

5. Feminismo de la igualdad. El feminismo radical de los 70 se escinde en dos grandes corrientes, el feminismo de la igualdad y el de la diferencia. Para el primero, masculinidad y feminidad son roles de género construidos socialmente por el patriarcado y que hay que rechazar para alcanzar una igualdad en la que tienen cabida las diversidades femeninas.

6. Feminismo cultural o de la diferencia. Cuestiona la categoría género que sustituye por diferencia sexual y defiende una "esencia femenina", unas cualidades innatas a la mujer que la sociedad infravalora y menosprecia. La liberación de la mujer pasaría por potenciar esa diferencia biológica y llevar a cabo una contracultura femenina.

Sus principales representantes son Hélène Cixous y Luce Irigaray, filósofas postestructuralistas de la escuela francesa. En Italia, Carla Lonzi, Luisa Muraro, la Librería de Mujeres de Milán y el grupo filosófico Diótima. Y En Estados Unidos, destacan Mary Daly, que reivindica la conexión de la mujer con la ecología, y Adrienne Rich, que defiende el lesbianismo como única elección sexual posible para preservar esa esencia femenina.



7. Feminismo racial o Black feminist: Nace en la década de los 70 relacionado con el Movimiento por los Derechos Civiles y critica el feminismo de la igualdad y las corrientes anteriores que se centraban en las vindicaciones de una mujer blanca. Sostiene que este feminismo hegemónico, aunque pretende ser igualitario, es "racista por omisión". Es una corriente muy importante que ha tenido su continuidad en los actuales feminismofeminismos diversos.

Sus grandes autoras de referencia son bell hooks (autora de '¿Acaso no soy mujer? Las mujeres negras y el feminismo', en 1981, en alusión al famoso discurso de Sojourner Truth), Alice Walker (que rechaza el término 'feminismo' y propone el de 'mujerismo', womanism en inglés) y Audre Lorde, que critica la opresión que afecta a las mujeres afroamericanas y lesbianas.



8. Feminismos lesbianos. Las críticas al feminismo de la igualdad también llegaron desde la diversidad sexual y en concreto desde los movimientos lesbianos, que cuestionaban todo el feminismo anterior al estar planteado desde el punto de vista de las mujeres heterosexuales. Coincide con algunos planteamientos de autoras del feminismo de la diferencia como las estadounidenses Charlotte Buch o Adrienne Rich, o la francesa Monique Wittig, autora clave de la Teoría Queer. Pero sobre todo, engloba a teóricas que debatieron acerca de lo que es ser lesbiana desde el punto de vista del feminismo y sus problemas específicos como colectivo al que se discrimina por razón de género y de decisión sexual.

9. Feminismo en países en vías de desarrollo. Critica el discurso colonialista y el feminismo bajo la mirada única de Occidente y una de sus autoras más importantes es la bengalí Gayatri Spivak, que en 1983 reclama una "conciencia subalterna" para que el feminismo amplíe su visión geográfica y tenga en cuenta los problemas de las mujeres pobres de los países descolonizados, a las que se debe dar voz y cuyas propuestas deben formar parte del nuevo feminismo.

Otra teórica importante es Chandra Talpade Mohanty, autora del ensayo 'Bajo la mirada occidental', en 1986, sobre de la dominación cultural del feminismo de Occidente.

(Fuentes: 'Feminismo para principiantes' de Nuria Varela (B de Bolsillo) y 'Feminismos', de Olga Castro y María Reimóndez, Edicións Xerais).

A.I. 1.4. El feminismo de la tercera ola

Montserrat Barba Pan

Las críticas a un feminismo único que obviaba las diversidades femeninas y las diferentes culturas y reivindicaciones de la mujer en el mundo comenzó ya al finalizar la Segunda Ola, pero es el principal eje de todo el movimiento de la Tercera Ola. Así, el feminismo se convierte en los feminismos (en plural) y adquiere varias dimensiones étnicas, sexuales, de creencias, políticas...más allá del esencialismo de la anterior etapa.

1. Ataques ultraconservadores y contradicciones:

Aunque Rebeca Walker fue la primera en hablar de la Tercera Ola en un manifiesto publicado en la revista Ms. en enero de 1992, esta etapa tiene sus raíces ya a finales de los 80 y en Occidente está muy marcada por las políticas ultraconservadoras del tándem Reagan-Thatcher. Los medios de comunicación y líderes de opinión iniciaron una estrategia de manipulación que aún perdura. Por un lado, extendieron la idea de la llamada 'falsa igualdad' (hacer creer a la sociedad que con leves modificaciones legislativas, hombres y mujeres ya son iguales y que el feminismo es un concepto desfasado que muere en las movilizaciones de los 70).

Por otro, se apropiaron de consignas feministas, sobre todo en el debate sobre la pornografía y la prostitución. Defendían su abolición en base a argumentos morales que no tenían nada que ver con la explotación del cuerpo femenino, pero la realidad es que feministas y ultraconservadores coincidieron en esta causa, aunque nunca en las razones de fondo ni en las formas.

Así, en medio de un cierto desconcierto, nacieron nuevas posturas que se apoyaban en la libertad sexual de la mujer para defender tanto pornografía como prostitución. Y estas opiniones encontradas forman parte del debate actual, aunque más analizadas.

El libro de Susan Faludi 'Reacción. La guerra no declarada contra la mujer moderna' argumenta precisamente como en los 80 se extendieron estereotipos negativos hacia las mujeres independientes y trabajadoras. Y sigue siendo un texto de referencia acerca de cómo el patriarcado ataca al feminismo cuando éste está más fuerte o implantado.

2. Feminismos posmodernos y postestructuralistas: Como señalan Olga Castro y María Reimóndez en su libro 'Feminismos', los feminismos posmodernos "cuestionaron el modelo de sujeto universal por ser exclusivamente masculino, liberal y occidental, y renegaron de la razón patriarcal como única válida porque oculta la diferencia (de género, en este caso) bajo la pretensión de universalidad".

Autoras como Nancy Fraser, Linda Nicholson o Elisabeth Spelman propusieron así deconstruir la noción de mujer para rectificar la exclusión histórica de muchas de ellas. Conceptos clave de la teoría feminista como patriarcado o identidad de género se ponen en tela de juicio, o se redefinen en la obra de Judith Butler y Joan Scott.

Esta atomización del feminismo fue criticada por otras autoras al dificultar una estrategia común en la lucha por la emancipación de la mujer. En efecto, se ganaron muchos puntos de vista, pero se diluyó un objetivo común claro. Y aunque fue una época de menos movilizaciones y protestas que los 60 y 70, en la cultura y la música de los 90, con movimientos como las Riot Grrrl, se removieron los cimientos machistas y misóginos de la cultura pop.

3. Corrientes en evolución: Entre las corrientes que forman el nuevo entramado de los feminismos destaca el feminismo lesbiano y la teoría queer, el poscolonialismo, el ecofeminismo y el ciberfeminismo. En ellas hay elementos en común, como el cuestionamiento de las estructuras de poder, y particularidades relacionadas con el sexo, la antiglobalización, el medioambiente o la defensa de los grupos minoritarios.

Algunas autoras destacadas son:

Bell Hooks, autora de 'Ain't I a woman?: Black Women and Feminism' (1981), especialista en los sistemas de dominación de poder y la relación entre raza, clase social y género.

Camille Paglia, autora de 'Vamps y Tramps. Más allá del feminismo' (2001), subversiva y cuyos libros analizan la sexualidad humana.

Vandana Shiva (movimiento Chipko de la India), una de las fundadoras del ecofeminismo: Autora de 'Abrazar la vida: mujer, ecología y desarrollo' (1995) y 'Ecofeminismo: teoría, crítica y perspectivas' (1997). Junto a ella, Wangari Maathai (del Movimiento Cinturón Verde de Kenia).

Sandra Harding, especialista en ciencia, género y feminismo y autora de 'Ciencia y feminismo' (1996)

Donna Haraway, una de las postmodernas más famosas, contraria al esencialismo y autora de 'Manifiesto Ciborg: El sueño irónico de un lenguaje común para las mujeres en el circuito integrado' (1984).

Naomi Wolf, autora de 'El mito de la belleza', (1991), sobre uno de los temas actuales de mayor debate: el uso del cuerpo femenino como herramienta de control.

4. Feminismo institucional. El feminismo institucional puede darse en el seno de una comunidad, distrito, país o comunidad internacional. Es muy cuestionado ya que trata de asimilar conceptos de reivindicación feminista para normalizarlos dentro del sistema y, casi siempre, sin cuestionarlo de fondo ni profundizar en el carácter transgresor y original del movimiento. Pero también es cierto que ha permitido a muchas mujeres sumarse al feminismo y ha puesto sobre el tablero de la discusión internacional los temas que afectan a las mujeres y las discriminaciones existentes.

Las Conferencias sobre la mujer de la ONU comenzaron en 1975. La primera se celebró en México, y le siguieron las de Copenhague (1980), Nairobi (1985) y Pekín (1995), donde tuvo lugar la más importante de todas, la IV Conferencia Mundial de Mujeres, en la que se habló de violencia machista o de los derechos reproductivos de las mujeres. Este año, se cumplen 20 años de la última conferencia y se ha vuelto a convocar para el mes de septiembre en Nueva York, sede de Naciones Unidas.












A.I. 2 Feminismo para principiantes


NURIA VARELA

EDICIONES B. 2008



CAPÍTULO 6

LA MIRADA FEMINISTA

¿Para qué sirven las gafas?

El radicalismo de ayer se convierte en el sentido común de hoy”.

Gary Wills

Si son los ojos de las mujeres los que miran la historia, ésta no se parece a la oficial. Si son los ojos de las mujeres los que estudian la antropología, las culturas cambian de sentido y de color. Si son los ojos de las mujeres los que repasan las cuentas, la economía deja de ser una ciencia exacta y se asemeja a una política de intereses. Si son los ojos de las mujeres los que rezan, la fe no se convierte en velo y mordaza. Si son las mujeres las protagonistas, el mundo, nuestro mundo, el que creemos conocer, es otro.

Las nadie son millones en el mundo. Su experiencia no tiene altavoces y sus pies están sobre una tierra que no les pertenece pero que comprenden como ningún estadista. Las mujeres de La Dimas, una comunidad de El Salvador, explican la globalización mejor que Bill Gates: “Antes, con unas monedas podíamos hacer una llamada de teléfono. Ahora, no tenemos el dinero que cuestan las tarjetas que necesitan las cabinas nuevas”.

Las mujeres afganas conocen los resortes de las relaciones internacionales: “Las grandes potencias necesitan el gas natural y las materias primas de las repúblicas asiáticas ex soviéticas en detrimento de Irán, Rusia e India. Un Afganistán estable se lo garantiza, aunque sea a costa de nosotras. Valen más los gaseoductos que la vida de las mujeres afganas”.

En China, las mujeres saben que no son deseadas porque tras tantos años con brutales políticas de natalidad que sólo permitían un descendiente, para la economía familiar, mejor que fuese varón. De los labios de las niñas salen frases como: “Yo nunca tuve el calor de un beso”. Las adultas que consiguen saber a tiempo el sexo del feto, cuando es femenino, abortan.

Todas hemos escuchado que íbamos a ser reinas, pero “un día pasaron por allí los ojos de una niña a la que le habían robado el cielo”. Por ser niña; por haber nacido en Paquistán –y tener que casarse sin poder elegir marido-; en Argelia –y tener que abandonar su trabajo después de haber luchado contra los colonizadores-; en Bosnia –y haber sido violada en una guerra que nunca deseó-; en Burkina Faso –y sufrir la ablación de su clítoris-; en una familia gitana de la rica Europa –y casarse con quince años, virgen y representar de por vida el honor de su familia-; en la España del siglo XXI –y quedar huérfana porque su padre decidió que su madre merecía veinte puñaladas por desobediente.

Habría que escuchar la experiencia de una joven ingeniera soviética que trabaja como prostituta para entender que detrás de la caída del Muro de Berlín había algo más que una guerra fría, había personas, había mujeres.

Habría que escuchar a las madres iraquíes que ven morir a sus hijos para entender que detrás del bloqueo y las operaciones militares había seres humanos, había mujeres que, tras conseguir la legalización de los anticonceptivos en un país árabe, no los podían utilizar porque el bloqueo impedía que atravesaran sus fronteras. Habría que escucharlas hoy, después de una nueva invasión estadounidense... pero para eso habría que ponerles los micrófonos y enfocarlas con las cámaras que siempre están ocupadas por líderes ambiciosos, clérigos rebeldes o políticos poderosos.

Habría que escuchar a las ex guerrilleras centroamericanas para entender que además de muertos, la política de los ochenta en sus países supuso una sociedad desvertebrada donde desde entonces las mujeres se enfrentan solas a la lucha por la supervivencia de sus numerosos hijos. Habría que escuchar a las mujeres del mundo porque, por fin, ellas deberían tener la palabra.

Y, si las escucháramos, también las oiríamos reír y proponer, inventar y crear. Solucionar problemas, consolar tristezas, alegrar corazones. Ayudarse, trabajar, bailar y soñar. Ahí están las Mujeres de Negro, palestinas y judías juntas, desafiando a la violencia, gritando al viento que no son enemigas y construyendo paz. O las mujeres de la India, abrazándose a los árboles para frenar leyes devastadoras. O las mujeres africanas, negociando con sentido común para sus países, denunciando a las multinacionales por sus precios abusivos hasta en los medicamentos. O las indígenas, evitando que los comerciantes del norte patenten sus plantas, sus conocimientos ancestrales, su sabiduría; diciendo no a los transgénicos. O a las mujeres europeas, luchando por la paridad que haga a las democracias occidentales merecerse el nombre. O a las mujeres españolas, manifestándose todos los días 25 de cada mes, durante siete años, en invierno y en verano, en vacaciones y en Navidad para exigir que el país entero, hombres y mujeres, diga no a la violencia de género.

Si las mujeres hubiesen podido hablar, hoy los pueblos seríamos más sabios. Habríamos aprendido los conocimientos de los nueve millones de mujeres quemadas en la hoguera, porque eran tan inteligentes que parecían brujas62. Recordaríamos el nombre de Murasaki Shikibu, la mujer que escribió la primera obra considerada una novela en el mundo. Fue en Japón en el año 1010. También nos sentiríamos orgullosos de Hildegarda de Bingen, la monja alemana (1098-1179), que además de monja fue escritora, filósofa, compositora, pintora y médica. Entre otras muchas cosas, autora del Libro de medicina compuesta, considerado como el libro base de la medicina. Así, cuando los fanatismos religiosos atacaran de nuevo, recordaríamos la frase de Hildegarda: “Cuando Adán miró a Eva quedó lleno de sabiduría”.

Sabríamos que la introducción de la física en el campo del conocimiento científico se dio con el libro Institutions, escrito por Emilie de Breteuil, marquesa de Chateler (1706-1749), gran matemática y filósofa. También recordaríamos a Alice Guy-Blanche (1873-1968), quien realizó la primera película con argumento en la historia del cine. Y también sabríamos que es una mujer la única persona que ha ganado el Premio Nobel en dos disciplinas diferentes. Marie Slodowska Curie (Polonia 1867-1934), quien en 1903 recibió el Nobel de Física junto a su esposo, Pierre Curie, por el descubrimiento y el trabajo pionero en el campo de la radioactividad y los fenómenos de la radiación. En 1911, Marie Slodowska Curie recibiría el Novel de Química. A ella se le debe lo que hoy se denomina la “Edad del átomo”.

Si hubiésemos podido escuchar a las mujeres, si pudiésemos escucharlas hoy, hombres y mujeres seríamos más sabios y las mujeres, además, tendríamos más autoestima y sospecharíamos ante los relatos en los que no hay ni rastro de nosotras.

Por eso, para dejar de ser miopes, las feministas se pusieron las gafas violetas. Sirven para ver las injusticias y una vez descubiertas, nombrarlas. La historia es selectiva porque no todo el mundo ha tenido la palabra. Una vez puestas las gafas, se ve claro que no hay razones naturales que justifiquen la desigual distribución de poder entre hombres y mujeres. Todo lo relatado hasta ahora, la invisibilización de las mujeres, de sus logros y saberes, la violencia ejercida contra ellas... no ocurre porque sí.





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