Curación Esotérica



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REGLA SEIS

El curador o el grupo de curación debe mantener sujeta la vo­luntad, pues no debe emplearse la voluntad, sino el amor.


Estos tres requisitos básicos conciernen a la realización en los diversos planos del universo; aunque ya me ocupé de ellos en conexión con el acercamiento a la sexta iniciación, tienen -en una vuelta inferior de la espiral- sus analogías, y son por lo tanto de aplicación práctica para el discípulo iniciado, particu­larmente para quien ha recibido la tercera iniciación. Reflexione­mos sobre cada uno de estos requisitos:
Perfecto equilibrio, indica total control del cuerpo astral, de manera que son superados los desórdenes emocionales, o por lo menos quedan reducidos al mínimo en la vida del discípulo. Indica también, en una vuelta superior de la espiral, la capacidad para funcionar libremente en los niveles búdicos, debido a la total liberación (y al consiguiente equilibrio) de todas las influencias e impulsos motivados en los tres mundos. Este tipo o cualidad de equilibrio significa -si reflexionan profundamente- un abstracto estado mental, pues nada de lo que se considera imperfección puede originar disturbios. Se­guramente se darán cuenta de que si estuvieran enteramente libres de toda reacción emocional, verían acrecentarse enorme­mente la lucidez mental y la capacidad de pensar con claridad y todo lo que ello involucra.
Lógicamente, el perfecto equilibrio de un discípulo-iniciado y del Maestro-Iniciado son diferentes, porque uno concierne al efecto que produce o no en los tres mundos, el otro con­cierne a la adaptabilidad al ritmo de la Tríada espiritual; sin embargo, el primer tipo de equilibrio debe preceder a la rea­lización posterior, y por ello me ocupo del tema. Este perfecto equilibrio (posible de realizar por el lector) se alcanza recha­zando las seducciones, anhelos, impulsos y atracciones, de la naturaleza astral o emocional, y también practicando lo que previamente mencioné: Indiferencia Divina.
Un Cabal Punto de Vista. Lógica y primordialmente, esto se refiere al punto de vista universal de la Mónada, y por lo tanto a un iniciado de grado superior. Sin embargo, puede ser interpretado en un peldaño inferior de la escala de evolución, y se refiere a la función del alma como Observador en los tres mundos y al panorama completo tal como lo logra gradual­mente un observador; esto se obtiene por el desarrollo de las cualidades del desapego y la discriminación. Ambas cualidades, cuando son expresadas en el Camino de la Evolución superior, se convierten en abstracción y voluntad al bien.
Un cabal punto de vista -tal como el experimentado en los niveles del alma- indica la eliminación de todas las barreras y la liberación del discípulo de la gran herejía de la separa­tividad, creando por lo tanto un canal inobstruído para la afluencia del amor puro. El perfecto equilibrio, visto desde el mismo nivel, ha eliminado todo impedimento y esos facto­res emocionales que hasta ahora han obstruido el canal, pre­parando el camino para que el Observador vea realmente; entonces el discípulo actúa como un limpio canal para el amor.
La Comprensión Divina también debe ser estudiada desde dos puntos de vista. Como cualidad del alma, indica una mente que puede mantenerse firme en la luz y, por consiguiente, re­flejar la razón pura (amor puro) que cualifica el reflejo del Hijo de la Mente, el alma en su propio plano. El Camino su­perior que recorre el Maestro se relaciona con esa identifica­ción, la cual reemplaza a la conciencia individualista; todas las barreras han desaparecido y el iniciado ve las cosas tal cual son; conoce las causas, de las cuales los fenómenos son efectos efímeros. Esto, en consecuencia, Le permite compren­der el Propósito tal como emana desde Shamballa, así como el iniciado menor comprende el Plan, formulado por la Jerarquía.
Estos tres atributos divinos son, en cierta medida, esenciales en el desenvolvimiento del curador-iniciado; él debe trabajar para desarrollarlos como parte de su necesario equipo; además debe saber que todas las reacciones de naturaleza emocional crean un muro o barrera entre la fuerza curadora, que afluye libremente, y el paciente; esta barrera la crea él, no el paciente. Las emocio­nes del paciente no deben producir efecto sobre el curador ni desviarlo de la intensa y necesaria concentración para su trabajo, ni pueden, por sí mismas, crear una barrera suficientemente fuer­te como para desviar la fuerza curadora.
Un cabal punto de vista involucra por lo menos el intento, por parte del discípulo, de penetrar en el mundo de las causas, y así conocer, si es posible, aquello que es responsable de la enfermedad del paciente. Esta necesidad no implica penetrar en encarnaciones anteriores ni es esencial, a pesar de lo que puedan decir algunos curadores modernos, generalmente fraudulentos. Existe, comúnmente, suficiente evidencia sicológica o indicios de tendencias heredadas, para dar al curador la clave y permitirle obtener un cuadro muy completo de la situación. Evidentemente esta “penetración” en las causas de la perturbación, sólo será po­sible si el curador siente verdadero amor, pues debido a ello ha logrado un equilibrio que niega el mundo de la ilusión y del espejismo. La comprensión divina es simplemente la aplicación del principio del amor puro (razón pura) a todos los hombres y a todas las circunstancias, además de una correcta interpretación de las existentes dificultades del paciente, o de las que pueden existir entre paciente y curador.
A estos requisitos quisiera agregar otro factor: el del médico clínico o cirujano que físicamente es responsable del paciente. En la venidera nueva era, el curador trabajará siempre con la ayuda científica de un médico entrenado; este factor sorprende en la actualidad al curador moderno común que pertenece a algún culto o expresa un aspecto no ortodoxo de la curación.
No obstante, será evidente cómo estos tres requisitos divinos (cuando son aminorados para uso del discípulo en el mundo mo­derno) indican una línea de entrenamiento o de autodisciplina que todos deberán seguir. Cuando hayan dominado algunas de las fases anteriores de esta triple realización, hallarán que pue­den aplicar con facilidad la sexta regla.
¿Qué significan las palabras “mantener refrenada la voluntad”? El aspecto voluntad considerado aquí no es la voluntad para el bien y su expresión inferior, la buena voluntad. La voluntad para el bien significa la orientación estable e inamovible del discípulo-iniciado, mientras la buena voluntad puede ser considerada como su expresión en el servicio diario. La voluntad al bien, como la expresan los iniciados avanzados, es una energía dinámica, que produce predominantemente un efecto grupal, razón por la cual raras veces se ocupan de curar a un individuo. Su trabajo es de­masiado poderoso e importante y no le permite hacerlo y, puesto que la energía de la voluntad personifica el Propósito divino, puede causar efectos destructivos en un individuo. El paciente no podría recibirla o absorberla. No obstante se presume que la bue­na voluntad cobra la total actitud y el pensamiento del discí­pulo curador.
La voluntad que debe refrenarse es la de la personalidad, que en el caso del discípulo iniciado es de un orden muy elevado. También se refiere a la voluntad del alma, emanante de los pé­talos de sacrificio del loto egoico. Todos los verdaderos curadores deben crear una forma mental curadora y, consciente o incons­cientemente, trabajar a través de ella, la cual no debe estar su­jeta a la aplicación demasiado poderosa de la voluntad, porque puede destruir (a no ser que se la sujete, aminore, modifique o, si es necesario, elimine totalmente) no sólo la forma mental creada por el curador, sino construir una barrera entre el cura­dor y el paciente, interrumpiendo así la armonía inicial. Sólo un Cristo puede curar mediante el empleo de la voluntad, y en rea­lidad pocas veces Él curó; en los casos, según se dice, que lo hizo, fue sólo para probar la posibilidad de la curación; pero -como observarán, si conocen El Evangelio- no dio ninguna instrucción a Sus discípulos sobre el arte de curar. Esto es muy significativo.
La propia voluntad del curador (no importa cuán elevada sea la cualidad) y su determinación de curar al paciente, crean una tensión en el curador, que puede desviar seriamente la corriente de energía curadora. Cuando tal tipo de voluntad está presente, como sucede con frecuencia en el caso del curador inexperto o neófito, está propenso a absorber las dificultades del paciente y experimentará los síntomas de la dolencia y también el sufrimien­to. Su voluntariosa determinación de prestar ayuda actúa como un “boomerang”, causándole sufrimiento, lo cual no ayuda real­mente al paciente.
Por eso se recomienda utilizar el amor, y aquí surge una gran dificultad. ¿Cómo puede el curador utilizar el amor, liberado de su cualidad emocional inferior, y llevarlo a su estado puro para la curación del paciente? Únicamente puede hacerlo cuando el curador ha cultivado los tres requisitos y se ha desarrollado como un canal puro. Por lo general tiende a preocuparse tanto de si mismo, de la definición del amor y de la determinación de curar al paciente, que se olvida de los tres requisitos, perdiendo el tiem­po él y el paciente. No es necesario que cavile o se preocupe acerca de la naturaleza del amor puro, ni se esfuerce demasiado para comprender por qué la razón pura y el amor puro son tér­minos sinónimos, o si puede expresar suficiente amor para efec­tuar la curación. Debe reflexionar sobre los tres requisitos, par­ticularmente el primero, y cumplirlos en sí mismo hasta donde le sea posible y lo permita su etapa de evolución. Entonces se convertirá en un canal puro, y lo que obstaculiza la afluencia de amor puro será automáticamente removido, pues “como un hom­bre piensa en su corazón, así es él”; luego, el amor puro afluirá a través de él sin obstrucción ni dificultad, y el paciente será curado si así lo determina la ley.
Llegamos ahora a la última y más misteriosa de todas las le­yes que he dado. Al principio llamé la atención sobre ella, y puntualicé que esta “última ley es la enunciación de una nueva que sustituye a la Ley de la Muerte y que atañe únicamente a quienes se hallan en las últimas etapas del sendero del discipu­lado y en las del sendero de iniciación”. Estas últimas etapas se refieren al período posterior a la segunda iniciación y anterior a la tercera. Esta ley no es aplicable en modo alguno mientras la naturaleza emocional pueda perturbar el claro ritmo de la per­sonalidad, cuando responde al impacto de la energía del alma y luego a la de la mónada. Por lo tanto no es mucho lo que puedo aclarar respecto a la plena actuación de esta ley, pero sí indicar ciertos conceptos y analogías muy interesantes, y esto fomentará una reflexión especulativa constructiva y al mismo tiempo incor­porará hechos comprobados para quienes somos discípulos-inicia­dos de Cristo o de Sanat Kumara.




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