Curación Esotérica



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REGLA CINCO

El curador debe tratar de vincular su alma, corazón, cerebro y manos. Así puede verter la fuerza vital curadora sobre el pacien­te. Esto es trabajo magnético. Puede curar la enfermedad o acrecen­tar el estado maligno, de acuerdo al conocimiento del curador.


El curador debe tratar de vincular su alma, cerebro, corazón y emanación áurica. Así su presencia puede nutrir la vida del alma del paciente. Esto es trabajo de irradiación. Las manos no son necesarias. El alma despliega su poder. El alma del paciente, a través de la respuesta de su aura, responde a la irradiación del aura del curador, inundada con la energía del alma.
Leyendo superficialmente esta regla se evidenciará que su signi­ficado es vital para todo exitoso trabajo de curación. Resume los dos métodos de curación, basados sobre dos capacidades del cu­rador, fundadas en dos grupos de aspectos relacionados, conteni­dos en la personalidad del curador, e indican dos etapas distintas en la evolución del curador. Un análisis de esta regla dará una mayor idea de su importancia, porque no sólo señala los linea­mientos en los cuales debe entrenarse el curador, sino también ciertas relaciones internas que deben estar presentes, y dependen de su grado de evolución. Por un lado, el cuerpo físico del pa­ciente constituye el objetivo del arte de curar, mientras que por otro, el alma del paciente experimenta el efecto de la energía curadora. En el primer caso el curador trabaja con el prana o fluido vital planetario, en el segundo con la energía del alma.
Por lo tanto, basados en esta regla, podemos dividir a los cu­radores en dos grupos: un grupo maneja el fluido etérico vital que llamamos prana, y el segundo trabaja en un nivel más ele­vado, empleando la capacidad de hacer descender la energía del alma en el cuerpo (o más bien, la personalidad) del curador y -desde el centro requerido- enviarla nuevamente al centro apropiado en el cuerpo del paciente, pero esta vez por la estimu­lación del aura del paciente controlada por su alma. Los dos tipos de energía son de cualidad ampliamente diferente, porque una es puramente de la personalidad y llamada algunas veces mag­netismo animal, la otra es la del alma, involucrando un tipo de trabajo llamado irradiación.
Debería observarse aquí que en realidad hay tres tipos de curadores:


  1. El curador que trabaja exclusivamente por medio del mag­netismo y hace actuar la vida vital curadora del cuerpo etérico planetario, a medida que utiliza su cuerpo etérico individual como canal por el cual puede afluir prana al cuerpo vital del paciente.




  1. El curador que trabaja en un nivel superior, y necesaria­mente con un tipo superior de paciente, empleando la ener­gía de su propia alma influyente en conjunción con la energía de su alma individualizada, irradiándola en el alma del paciente por intermedio de ambas auras.




  1. El curador que puede emplear ambas técnicas y cuyo cam­po de contacto y posibilidades de utilización son mucho mayores que los otros dos. Puede emplear con igual faci­lidad la energía del alma o la fuerza vital pránica, domi­nando en consecuencia las dos técnicas que rigen los dos conjuntos de facultades relacionadas. Este tipo de curador es mucho más raro que los otros dos.

Actualmente en el mundo moderno, no existe un verdadero sis­tema de curación espiritual que se pueda enseñar a los futuros curadores. Pero en su lugar se está haciendo un esfuerzo con el fin de basar todo el procedimiento, más las técnicas empleadas, sobre niveles puramente mentales, sistemas de afirmación, mé­todos de orar, estimulación de la voluntad de vivir del paciente, y ocasionalmente el empleo de pases magnéticos o hipnóticos en relación con el cuerpo etérico; son enseñadas varias fórmulas para aplicar el pensamiento subjetivo, pero no existe la verda­dera fórmula para una inteligente y anhelada cura, sino sólo la vaga fe del curador y del paciente y una ciega autosugestión acerca de lo que debe producir el reconocimiento y la afirmación de la divinidad.


No obstante, la verdadera curación está basada sobre ciertos amplios principios que requieren una marcada aceptación mental; sin embargo, los métodos empleados son tan definidamente físicos, utilizando las corrientes etéricas y los centros del cuerpo etérico, como la imposición de las manos y el establecimiento de relacio­nes que afectan al cuerpo físico, que de ninguna manera son de naturaleza mental, ni requieren que la mente del paciente se apro­pie y las retenga. El cuerpo etérico es de naturaleza física y esto no debe ser olvidado, y necesitaría su constante repetición. Como hemos visto anteriormente, tenemos tres principios básicos acep­tados y afirmados por el curador, y pueden serle de gran ayuda si el paciente también los acepta:


  1. En realidad no hay separación. El cuerpo etérico planetario es un todo intacto y continuo; el cuerpo etérico del cura­dor y del paciente son parte integrante e intrínseca del cuerpo etérico planetario.




  1. Existe una relación ininterrumpida (aunque probablemente incomprendida) entre el cuerpo etérico del curador y el del paciente. que puede ser utilizada una vez que han he­cho contacto, para una definida circulación de energías.




  1. Los canales de relación pueden ser conductores de muchos y variados tipos de energía, transmitidos por el curador al paciente. En este hecho yace una esperanza y un peligro.

Existen otros principios, pero, en conexión con esta regla, estos tres son esenciales y explicativos. Mucho depende, en consecuen­cia, del conocimiento, la comprensión y la percepción del cura­dor. El peligro en ambas curaciones, irradiante y magnética, consiste en el hecho de que donde no existe un curador entrenado, la cantidad de prana atraído o la energía del alma distribuida, puede producir la muerte, como también la vida. Un curador puede cargar su cuerpo etérico con tanto prana, y proyectarlo tan violentamente en el cuerpo etérico del paciente, que le puede hacer más daño que bien. Sólo la larga práctica le enseñará al curador la correcta cantidad de energía a emitir, y para aprender esto haría bien en utilizar la menor cantidad posible, y gradual­mente aumentarla a medida que logra destreza en la acción. Hablando en forma amplia y general, y recordándoles que hay muchas excepciones en toda regla, el curador magnético traba­jará con personas menos desarrolladas que el curador espiritual, utilizando la radiación del alma, y tratará principalmente esas enfermedades establecidas abajo del diafragma. Los curadores espirituales trabajarán primordialmente con la parte superior del cuerpo, mediante los centros ubicados arriba del diafragma, y con el centro coronario, controlando todos los centros del cuerpo. Su trabajo es más delicado y sutil, e involucra grandes riesgos. El verdadero curador-iniciado emplea con igual facilidad ambos métodos.


Es interesante, aunque no particularmente útil para ustedes, puntualizar que a veces aparecen otros dos tipos de curadores, que trabajan en forma totalmente diferente de la de los métodos ya mencionados, y son:


  1. Unos pocos que aparecen de vez en cuando y han establecido relación con el espíritu de la tierra, el Regente de todos los señores lunares. Empleando ciertas fórmulas y poseyendo cierta práctica, pueden invocar su ayuda y -en realidad- la deman­dan. No aconsejo a ningún estudiante interesado reflexionar demasiado sobre ello o tratar de establecer contacto ni invocar su ayuda. Sólo los iniciados de grado superior pueden manejar sin peligro este poderoso Elemental involutivo, y lo hacen cuando se trata de epidemias o catástrofes internacionales, tales como la guerra mundial, que involucró a millares de cuerpos. Un individuo que no estuviera altamente desarrollado y se esforzara por establecer contacto con ellos, probablemente sólo lograría estimular en tal grado a los señores lunares de su propio pequeño sistema, que su naturaleza inferior quedaría indebidamente energetizada -algunas veces hasta podría cau­sarle le muerte.




  1. Otros curadores, que forman un grupo mayor que el ya men­cionado, pero relativamente pocos, trabajan en colaboración con un deva curador. Dichos devas existen y tienen el poder de otorgar vida. Son para los señores lunares involutivos lo que las grandes Vidas de Shamballa para nosotros. No consti­tuyen una amenaza para la humanidad, pero no es fácil llegar a ellos, excepto en cierta etapa del Sendero, donde, simbólica­mente hablando, existe una puerta o un punto de contacto entre las dos evoluciones, porque los devas no se hallan en el arco involutivo. La relación se establece por medio de la afi­nidad, pero sólo puede hacerlo el deva y no el curador. Si el curador es muy avanzado, su Maestro puede ordenar a uno de los devas servidores que lo ayude. Únicamente los curadores de gran pureza y móvil totalmente altruista, pueden atraer a estos ángeles, y cuando lo hacen, la potencia de su curación es mucho más grande y cometen menos errores. No intentan, por ejemplo, curar a los pacientes, para quienes no existen posibi­lidades de curación. El Ángel de la Muerte (y en estos mo­mentos no hablo simbólicamente, sino que me refiero a un deva existente) no permitirá la colaboración de un deva curador; sólo se le permite acercarse cuando la curación está indicada.

Ahora veremos las frases de esta regla y estudiaremos su sig­nificado, pues hay más significaciones en ella de lo que parece superficialmente. La primera frase de cada párrafo comienza con un importante mandato al curador:


El curador debe tratar de vincular su alma, corazón, cerebro y manos. Así puede verter la fuerza vital curadora sobre el paciente.
Esta técnica la emplea el verdadero curador espiritual de tipo inferior, y por esa razón están incluidos dos de los aspectos del cuerpo físico denso: el cerebro y las manos. El curador trabaja, en consecuencia, por medio de un triángulo y dos líneas de ener­gía. La situación puede ser descrita con el siguiente diagrama:
*********************
El triángulo se completa cuando se ha realizado el trabajo de curación y la energía es retirada de las manos y llevada al cere­bro nuevamente, y desde allí devuelta al alma por un acto de Voluntad. Cuando el curador (mediante la práctica del alinea­miento) se ha vinculado con su alma, entonces hace descender la energía del alma a su centro cardíaco, de allí la transfiere al cerebro, donde queda definidamente enfocada. Utilizando el cen­tro ajna como centro distribuidor, emplea las manos como agente a través de las cuales la energía dirigida puede llegar a esa zona del cuerpo del paciente donde está radicada la perturbación. Hace pasar la energía a ese centro del paciente que rige y está más cercano a la zona afectada, desde el cual compenetra la parte cir­cundante del cuerpo, penetrando hasta el centro de la dificultad y hasta los límites del área enferma.
Utiliza las manos de dos maneras y emplea dos métodos:


  1. La imposición de las manos. Método a emplear cuando se ha localizado con exactitud la zona enferma. Las manos se colo­can sobre el centro, en la columna vertebral o en la cabeza, que puede regir dicha zona, poniendo la mano derecha sobre el centro, en la columna vertebral, y la mano izquierda sobre la parte del cuerpo que se halla inmediatamente delante de esa zona particular y sobre la parte del abdomen, pecho o cabeza, en la que el paciente siente dolor. Las manos se mantienen en esa posición durante todo el tiempo que el curador puede sostener el triángulo alma, corazón y cerebro, claramen­te en su conciencia.




  1. La acción de emplear las manos. El curador, habiéndose ase­gurado de la dificultad y luego localizado el centro a lo largo de la columna vertebral o en la cabeza, crea una circulación de energías (por la acción de sus manos) a través de ese cen­tro en el cuerpo del paciente que controla la zona enferma, y de allí externamente, a través de esa área, hacia sí mismo. Primero, utiliza la mano derecha, manteniéndola momentáneamente sobre el órgano o zona afectada y lentamente la retira hacia sí; luego rápidamente actúa del mismo modo con la mano izquierda. Observarán que ambas manos son utilizadas en forma positiva. No se ha de permitir que ninguna parte ni aspecto del cuerpo o cuerpos del curador sean negativos; debe descartarse la creencia de que la mano derecha es positiva y la izquierda negativa. Si una mano fuera negativa, el curador podría absorber esos átomos enfermos que ha logrado extraer de la zona afectada. Éstos no responden a la acción de sus manos por medio del centro, en el cuerpo del paciente, más próximo al lugar de la dificultad, sino que son extraídos a través de la zona que ha respondido a la enfermedad.

En el primer caso, mediante la imposición de las manos -manos quietas y tranquilas la energía afluye entre ambas, va y viene dentro de la zona enferma; durante todo el tiempo se utiliza el centro de la columna vertebral, y la actividad que se ha logrado establecer, consume y absorbe las fuerzas causantes del malestar, sin penetrar en el cuerpo del curador. En el segundo caso, las fuerzas son extraídas por la acción de la energía que pasa a través de las manos, aplicada una después de la otra a intervalos rítmicos. Las fuerzas pasan a través de las manos, pero no pue­den enfocarse allí, debido a que las energías curativas están con­centradas en las manos.


Los curadores que pertenecen al segundo, tercero y quinto rayos utilizan comúnmente el método de la imposición de las manos o curación magnética. Este término es aplicado al acto de imposición directa de las manos sobre el cuerpo físico del pacien­te, y no a la acción de las manos, del segundo método, cuando están sumergidas en el cuerpo etérico del paciente y trabajan definidamente con materia etérica. Los curadores de primero, cuarto y séptimo rayos utilizan el método de “inmersión de las manos” como a veces se lo llama. El curador de sexto rayo es poco común y sólo tiene éxito cuando está altamente desarrollado; entonces utilizará ambos métodos alternativamente.
Los curadores espiritualmente avanzados utilizan ambas ma­nos. Sin embargo es aconsejable, sobre todo a los curadores, ase­gurarse a qué rayo pertenecen y luego perfeccionarse en el tipo o método de curación más apropiado a ese rayo; luego, cuando sean adecuadamente eficientes y capaces de actuar con facilidad y capacidad, pueden agregar el método de curación, que no es tan adaptable a su tipo de rayo. Se aconseja a las personas de sexto rayo abstenerse de practicar el arte de curar hasta haber llegado conscientemente al estado de iniciado. Cuando han sido dominados ambos métodos de curación magnética, el curador pue­de emplearlos alternativamente en el acto de la curación, o utilizar primeramente el método de los pases magnéticos a fin de provocar un cambio de actividad en la zona enferma, utilizando finalmente el método de la imposición de las manos.
Al finalizar el período de curación tiene lugar el “cierre del triángulo”. La energía que hasta entonces pasó a las manos, desde el cerebro a través del centro ajna, es retirada al centro ajna y de allí dirigida -por un acto de la voluntad- al alma. La fuerza curadora es literalmente “cortada” y redirigida, no estando ya disponible.
Durante todo el período de la curación, el curador guarda silencio. No hace ninguna afirmación ni utiliza ningún mántram curador. El proceso descrito aquí es el efecto de la energía o potencia del alma, al actuar sobre la fuerza. Sobre este punto debe ponerse énfasis. La tarea del curador consiste en mantener una actitud de intensa concentración sobre el triángulo “de vi­vientes líneas de energía” (como se lo ha llamado) dentro de su propia cuádruple aura, aura de salud, cuerpo etérico, cuerpo astral y cuerpo mental. Debe mantenerla intacta y estable du­rante todo el periodo de curación. Alma, corazón, cerebro, deben estar vinculados en forma “iluminada”, para que el verdadero clarividente pueda ver un brillante triángulo en el aura del curador; el punto más elevado del triángulo (el del alma) quizás no lo vea, a no ser que él mismo esté muy evolucionado, pero si verá los signos del mismo en la energía que afluye al corazón y del corazón al cerebro. El trabajo se realiza silenciosamente. Por lo tanto en ningún momento se pierde la fuerza, como ocurre cuando se pronuncia alguna palabra o afirmación. No es posible mantener el triángulo geométricamente correcto y magnéticamente polarizado, si el curador emite algún sonido. Esto presupone una etapa avanzada de alineamiento y concentración, e indicará algunas de las líneas que debe seguir el entrenamiento del curador.
Este método de curación “cura la enfermedad o acrecienta el mal, de acuerdo al conocimiento del curador”. En cierto sentido (aunque ésta no es la etapa más elevada de curación) sin em­bargo es una de las más responsables, porque en el caso de la curación por irradiación, el alma del paciente actúa en colaboración con el curador y entonces el alma asume mayor responsabilidad. En la curación magnética, el curador debe colaborar estrecha­mente con el médico o el cirujano que está tratando al paciente; entonces éste suministrará el conocimiento técnico y evitará que el curador cometa errores.
Cuando la muerte es segura y el médico y el curador obser­van los “signos de la muerte”, no es necesario que el curador in­terrumpa su trabajo. Continuándolo, quizás acreciente el mal, pero ayudará al paciente a acelerar normalmente el acto de mo­rir. El antiguo proverbio “donde hay vida hay esperanza”, no es básicamente aplicable a todos los casos. La vida puede prolon­garse y a menudo se prolonga después que el alma ha decidido retirar la vida del alma; la vida de los átomos de los señores lunares puede ser nutrida durante largo tiempo, y esto grande­mente angustia al hombre espiritual que se da cuenta del proce­so e intención de su alma. Lo que se mantiene vivo es el cuerpo físico, pero el verdadero hombre ya no enfoca allí su interés.
Inevitablemente llega una etapa, por ejemplo en el caso de una enfermedad maligna, donde el médico sabe que es simple­mente cuestión de tiempo, y el curador espiritual puede apren­der a reconocer los mismos signos. Entonces, en vez de guardar silencio el médico y el curador, en lo que al paciente concierne, el tiempo que queda deberá emplearse (si las facultades del pa­ciente lo permiten) en la debida preparación para el “retiro be­néfico y feliz” del alma; la familia y amigos del paciente parti­ciparán en la preparación. En las primeras etapas de la nueva religión mundial, será inculcada esta actitud hacia la muerte. Se enseñará un concepto totalmente nuevo de la muerte, con el én­fasis puesto sobre el retiro consciente; los servicios funerarios, o más bien los servicios de la cremación, serán un feliz acontecimiento, porque se acentuará la liberación y el retorno.
Sin embargo, el trabajo magnético traerá la curación si así lo indica el destino del paciente, si el alma intenta prolongar el ciclo de vida en forma inesperada, con el objeto de cumplir algún deber, o si el paciente está muy avanzado espiritualmente y la Jerarquía requiere sus servicios durante mayor tiempo.
Consideraremos ahora la curación por irradiación.
Aquí nos ocuparemos de una situación muy distinta de la que acabamos de considerar. En la curación irradiante, el paciente (consciente o inconscientemente) trabaja con el curador y en colaboración con él. La premisa fundamental para la curación irradiante es que el paciente sea una persona que haya estable­cido, por lo menos en cierta medida, armonía con su alma. Ha­biéndolo logrado, el curador sabe que puede contar con un canal de contacto y evocar el interés del alma de su representante, el hombre en el plano físico. También sabe que el éxito de la curación irradiante depende en gran medida de la habilidad de su propia alma para establecer una firme relación con el alma del paciente. Cuando el paciente está consciente y es capaz de colaborar, el trabajo es ayudado grandemente; de acuerdo a la capacidad del curador de aprovechar el alineamiento y el con­tacto efectuado, así será el tipo de ayuda que prestará a quien se la demande. Cuando el paciente está inconsciente, no constituye un obstáculo real, siempre que el curador pueda relacionar su alma con la del paciente; en algunos casos la inconsciencia del paciente puede ser una ayuda, porque una ayuda demasiado an­siosa, enfática e impaciente puede contrarrestar el trabajo -tran­quilo, silencioso y controlado- del curador.
Sin embargo, establecida la armonía, el trabajo del curador consiste simplemente en mantener firme la relación; no debe permitirse interferencia alguna en el trabajo que realiza el alma del paciente, iniciado por la ayuda del curador. El Maestro Jesús en la Cruz no pudo responder a ningún proceso salvador (aun­que así lo hubiera deseado), porque el cuerpo del alma -como sucede siempre en la cuarta iniciación- fue destruido; nada hu­biera podido responder al poder evocador de una persona forá­nea, interesada o amorosa. Como un adepto y alguien en quien la conciencia monádica estaba firmemente establecida, los pode­res de que Jesús disponía no pudieron ser utilizados en la sal­vación de su cuerpo físico. Además debe recordarse que Él no tuvo ningún deseo de salvarlo, porque ya poseía el poder (de­mostrado más tarde en la historia de El Evangelio) de crear un cuerpo a voluntad para satisfacer sus necesidades. El pecado su­til y subjetivo de los apóstoles consistió en que no se interesaron en evocar la viviente actividad del Maestro para Su propio bien (aunque Él no lo hubiera aceptado; pero ellos lo ignoraban), sino que estaban totalmente preocupados por su propio sufrimiento. Aunque trataran de evocarla hubiera sido inútil, pero el bien que les pudo proporcionar y la revelación que hubieran recibido acerca de la inmortalidad del alma, los habría iluminado enorme­mente y quizás traído un cristianismo erigido alrededor de un Cristo viviente y no de un Cristo muerto.
Se dice que en la curación por irradiación, “el curador debe tra­tar de vincular su alma, cerebro, corazón y emanación áurica”. Observarán dos puntos vinculados con esta instrucción particular, que difieren de los dados en el caso de la curación magnética:


  1. El orden del triángulo de energías creado es diferente.

  2. Los medios de contacto son sutiles y no tangibles.

La energía liberada sigue una línea directa de contacto con el cerebro, y el curador comienza con un triángulo cerrado y no con uno abierto, como en el caso de la curación magnética. El triángulo creado es sencillo, y no existe contacto físico y salida como en la curación magnética:


***************

El cerebro del curador está involucrado en ello, pero no exige ningún contacto físico con el paciente. El resultado es una cons­tante circulación de fuerza que viene del alma y vuelve al alma. Esto necesariamente aumenta y energetiza la triple personalidad del curador y, por lo tanto, su emanación áurica. Un clarividente podría ver su aura que se extiende ampliamente, moviéndose rápidamente y energetizada por la luz de su propia alma, pero con todas sus irradiaciones dirigidas hacia el paciente. Por dicho medio, la fuerza curadora del curador estimula los tres vehículos de la personalidad del paciente, ayudando así su alma en el tra­bajo que ha de realizar. El curador, en consecuencia, deberá colocarse del lado del paciente donde está localizada la dificul­tad, para que pueda penetrar más fácilmente la irradiación de su aura. Este camino es el más fácil, pero no el más efectivo. Cuando la vitalidad del paciente es fuerte, éste debe tenderse de costado y el curador permanecer detrás, para que la energía afluyente, que el curador puede estar utilizando y con ello energetizando potentemente su aura mediante la energía del alma, pueda afec­tar el aura del paciente y facilitar así la entrada de la irradiación curadora, con la cual el curador contribuye al centro o centros necesitados. Cuando el paciente es muy evolucionado, el curador trata de permanecer a la cabeza del paciente. Su efecto personal no es entonces tan grande ni importante, por ser innecesario; el alma del paciente se bastará a sí misma para realizar la tarea. Lo único necesario es que el aura del curador, al mezclarse con la del paciente, forme una zona de tranquila actividad rítmica alrededor del centro coronario. No se requiere ningún contacto físico con las manos, y bajo ningún concepto el curador debe tocar al paciente.


La situación está resumida en las palabras: “Así su presencia puede nutrir la vida del alma del paciente. Esto es trabajo de irradiación. Las manos no son necesarias.
Hablando simbólicamente, es como si se estableciera un gran vértice de poder por el contacto entre las dos auras y su elevada vibración; por este medio el alma del paciente puede actuar con más facilidad. Si estuviera presente un iniciado vería una dorada corriente de energía descendiendo, directamente a través de los cuerpos energetizados de la personalidad del paciente, al centro más cercano a la zona afectada. El acercamiento se efectúa direc­tamente por medio del centro coronario al punto de la dificultad, y hacia ese punto va dirigida también el aura del curador. La actitud mental del paciente se refuerza y clarifica por la emana­ción mental del aura del curador; su reacción emocional, a me­nudo muy poderosa, es igualmente ayudada para lograr el desa­pasionamiento y la quietud, y las auras etérica y de la salud tienen un definido efecto sobre los correspondientes aspectos del aura del paciente.
La curación irradiante se produce por la mezcla de las dos auras, y ambas responden al contacto del alma; el aspecto alma de ambas personas (controladas por el alma) entonces se dirige hacia alguna zona del cuerpo físico del paciente. Esto produce un enorme efecto sobre la zona enferma, y el centro de ese mis­mo lugar es excesivamente energetizado. El trabajo del curador durante este proceso es de intensa pasividad. Habiendo estable­cido su contacto, simplemente espera y nada más debe hacer, ex­cepto mantener firme su alineamiento con el alma, y tampoco permitir que algo perturbe los vehículos de su personalidad. Su tarea terminó cuando hizo contacto con su propia alma y luego alcanzó el alma del paciente e hizo contacto con ella. Esto puede hacerlo porque sabe que todas las almas son una; oportunamente el arte de curar será uno de los factores demostrativos que com­probarán la unidad de todas las almas
Esta regla, por lo tanto, concluye con las palabras: “El alma del paciente, a través de la respuesta de su aura, responde a la irradiación del aura del curador, inundada con la energía del alma”. En consecuencia, es cuestión de que la energía del alma de ambos, se reúnan sobre los tres niveles de la percepción hu­mana. La expresión “el alma” está en singular porque la unidad (aunque sea por un momento) ha sido alcanzada. El alma del paciente reconoce esta unidad por la “vivificación oculta” de su propia aura y por su respuesta a las irradiaciones entrantes del aura del curador. Tal inundación de la energía del alma por me­dio de las auras relacionadas, es totalmente dirigida, en un es­fuerzo unificado, hacia la zona enferma del cuerpo del pacien­te. Por lo tanto observarán que -consciente o inconscientemente- el trabajo puede ir adelante y producir, ya sea curación o esa “vivificación de átomos que, debido a la dirección del alma, conduce a la liberación”, como en El Antiguo Comentario se lo denomina al acto de morir.
Cuando es evidente que el destino del paciente es morir, la técnica del curador se altera en cierta medida. Entonces él se coloca a la cabeza del paciente, y desde allí dirige todas sus irra­diaciones al lugar de la enfermedad, causando necesariamente una gran aceleración de la actividad vibratoria. El paciente, mientras tanto, conscientemente por el reconocimiento cerebral, o inconscientemente bajo la dirección del alma, comienza el proceso de retirar toda conciencia del cuerpo. Por esta razón muchas perso­nas están en estado de coma antes de la muerte. Cuando comien­za este acto de retirar la conciencia, termina el trabajo del cu­rador, “corta” su contacto con el alma y reasume el control de su aura, como medio para su propia expresión espiritual; ya no es un instrumento para la curación mediante la actividad irradia­toria, y deja al paciente automáticamente solo para que complete el retiro del hilo de la conciencia y del hilo de la vida, desde los centros coronario y cardíaco.
Esto es un amplio y general delineamiento de los procesos seguidos en la curación magnética e irradiante. He dado aquí la estructura esquemática de la idea, pero no los detalles; mucho más podrá inferirse y también darse cuando estudiemos los siete métodos de curación con sus implicaciones de rayo.
Esta enseñanza ha sido impartida en forma tal que el estu­diante tendrá que descubrir a través de sus páginas y reunir los datos necesarios, y así formular la primera etapa del procedi­miento de la curación espiritual; si no es un curador espiritual y listo para leer entre líneas y distinguir entre simbolismo y realidad, se extraviará y su trabajo será inútil. Esto es lo que se pretende, porque el arte de curar -cuando es perfectamente aplicado bajo correctas fórmulas- puede ser peligroso. No debe olvidarse que la energía es pensamiento y, desde un elevado punto de vista, también es juego. Toda la técnica, el procedimien­to y las fórmulas, tendrán que ser descubiertos, sujetos a expe­rimento y observados los resultados, antes de que pueda tener lugar la verdadera curación espiritual; cuando esta investigación haya terminado, será una cuestión menos peligrosa de lo que es ahora.
Mientras tanto, mucho bueno puede ser realizado y obtenerse un gran conocimiento si los interesados leen, estudian, meditan, experimentan cuidadosamente, y así gradualmente instituyen, en colaboración con la ciencia médica contemporánea, esta ciencia tan necesaria.
Consideraremos ahora la Ley IX. En la novena ley y la regla seis nos ocuparemos de fundamentos tan básicos, que nuestro pro­blema consistirá en la formulación de la enseñanza de manera concisa, para que los vastos temas puedan ser manejados breve­mente y al mismo tiempo aparezcan claros y simples. Esta ley en realidad es una definición de la Ley de Evolución, pero desde el ángulo espiritual. La Ley de Evolución -tal como comúnmente se entiende- concierne a la evolución del aspecto forma, a me­dida que se va adaptando gradualmente para ser un exponente o expresión de la energía del alma, y luego de la energía monádica.
Esta novena ley, que podría llamarse Ley de Perfección, trata de las energías internas, responsables de la actuación de la Ley de Evolución. Es el aspecto superior o la causa determinante de la inferior; las leyes subsidiarias a la Ley de Perfección son de­nominadas superficialmente (por el neófito) leyes espirituales, pero él poco conoce de ellas, agrupándolas en su mente bajo la idea general de que constituyen una expresión del aspecto amor de la Deidad. Esencialmente es verdad desde el ángulo de la cualidad, si se reconoce al mismo tiempo que el aspecto amor es esencialmente razón pura y no un sentimiento emocional expre­sado a través de buenas acciones.
La regla que acompaña a esta ley trata de la relación del amor y la voluntad, y en consecuencia tiene gran importancia para el iniciado. Recordaré aquí que sólo el iniciado es el verda­dero curador, por lo tanto las últimas dos leyes (novena y décima) sólo pueden ser comprendidas verdaderamente por el discí­pulo iniciado. No obstante, intelectualmente son muy interesantes para el principiante, el investigador y el aspirante, porque (teó­ricamente por lo menos) pueden captar algunos de sus significa­dos, aunque sean todavía incapaces de “obedecer la ley”, espiritualmente entendido




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