Curación Esotérica



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LEY VIII



Enfermedad y muerte son el resultado de dos fuerzas activas. Una es la voluntad del alma que dice a su instrumento: Yo retiro la esencia. La otra es el poder magnético de la Vida planetaria que dice a la vida, dentro de la estructura atómica: “La hora de la reabsorción ha llegado. Retorna a mí.” Así, de acuerdo a la ley cí­clica, actúan todas las formas.
Dos aspectos de la naturaleza de la Voluntad divina son lla­mados a actuar cuando están implicadas la enfermedad y la muer­te: uno es la voluntad del alma para poner fin a una encarnación; otro la voluntad del espíritu de la tierra (la fuerza básica ele­mental) para reintegrar en sí mismo la sustancia liberada y temporariamente aislada, de la cual el alma se ha valido durante el ciclo de encarnación.
El factor tiempo, el factor de interacción entre el punto de la voluntad, que es el del alma, y la difusa, aunque siempre presente voluntad del espíritu elemental de la sustancia, están implicados, más su relación cíclica. Trataremos de considerarlos.
Lo que diré aquí es de mucha importancia y arrojará una nueva y extraña luz sobre el tópico de la enfermedad. Primera­mente me ocuparé de la segunda mitad de la ley, que se refiere al “poder magnético de la vida planetaria”, el cual dice a la vida dentro de la estructura atómica: “La hora de la reabsorción ha llegado. Retorna a mí”.
Para entender a qué se refiere, conviene recordar que el ser humano es una entidad espiritual que ocupa o conforma (palabra esotérica que prefiero) a un vehículo físico denso. El cuerpo fí­sico denso es parte de la estructura general de todo el planeta, compuesto de átomos vivientes, controlados por la entidad planetaria y formando parte de su vida. Este vehículo físico denso es liberado para que goce de una libertad temporaria y dirigida por la voluntad del alma animadora, pero es al mismo tiempo parte intrínseca de la suma total de la sustancia atómica. Este vehículo físico -teniendo vida propia y cierta medida de inteli­gencia que llamamos su naturaleza instintiva- es denominado por los esotéricos el elemental físico. Durante la vida encarnada, es la fuerza coherente o el agente por el cual el cuerpo físico mantiene su forma particular bajo el impacto de la vivencia eté­rica, lo cual afecta a todos los átomos vivientes y los pone en mutua relación. El cuerpo físico es el gran símbolo (dentro de la Vida Una) de los numerosos símbolos de que está constituido; es la realidad manifestada de la coherencia innata, de la unidad, de la síntesis y de la relación. El prana físico planetario (el tipo más inferior de energía pránica) es la vida de la totalidad de los átomos (de los cuales está compuesta toda forma externa) cuan­do son puestos en relación con la independiente estructura atómica del cuerpo físico denso de un alma animadora individual en cualquier reino de la naturaleza, particularmente, desde el pun­to de vista de nuestro estudio, el reino humano.
Lo que es verdad en conexión con el individuo u hombre, el microcosmo, también lo es del planeta, que -como el hombre­ es un todo coherente. Esta coherente totalidad se debe a la rela­ción de los dos aspectos de la vida: la vida del Logos planetario y la vida del espíritu de la tierra, que es la vida de la totalidad de los átomos que componen todas las formas. Esta suma total de sustancia viviente, de vida elemental, conforma el cuerpo físi­co denso del hombre, siendo por lo tanto el símbolo. Ambas vidas, actuando microcósmica y también macrocósmicamente, crean esa energía viviente pránica que circula por todo el cuerpo etérico de cada forma, produciendo coherencia o una sintética unión que puede ser percibida cuando es visto el aspecto más denso del cuerpo etérico, creando así el aura de salud de las plantas, árbo­les, fauna marina, animales y hombres. Otras energías y poten­cias circulan a través del vehículo etérico y lo condicionan, pero me refiero sólo al aspecto físico inferior. Esto indica la vida del elemental de nuestro planeta, el espíritu de la tierra, una vida divina, que efectúa su propio progreso en el arco involutivo de la manifestación.
Dicho espíritu de la tierra mantiene su aferramiento sobre las estructuras atómicas, de las cuales todas las formas están hechas, incluyendo el cuerpo físico del hombre; oportunamente vuelve a reunir y reabsorbe esos elementos de su vida que estuvieron tem­porariamente aislados de ella durante alguna experiencia encarnada de un alma en cualquier reino de la naturaleza. Debe ob­servarse que estos átomos están imbuidos o condicionados por dos factores, de los cuales el espíritu de la tierra es el único responsable:


  1. El factor karma de la vida del elemental del planeta. Es un karma involutivo y precipitante, totalmente diferente del Logos planetario, una Vida espiritual que se halla en el arco evolutivo. El karma involutivo condiciona, por lo tanto, la ex­periencia de la vida desde el ángulo estrictamente físico de todas las formas compuestas de sustancia atómica.




  1. El factor limitación. Aparte del karma, que da por resultado acontecimientos físicos, que afectan a todas las formas físicas compuestas de esta esencia elemental, los vehículos físicos de todas las vidas en todos los reinos de la naturaleza están tam­bién condicionados por el punto, en el tiempo, de la influencia cíclica del espíritu planetario y por su grado de evolución. Este espíritu involutivo no ha alcanzado aún un grado de per­fección, pero progresa hacia una meta específica que será lograda cuando haya alcanzado el arco evolutivo de la expe­riencia. Esto todavía está muy lejos. Nuestro Logos planetario, esa gran Vida divina en Quien vivimos, nos movemos y tene­mos nuestro ser, es todavía uno de los “Dioses imperfectos”, desde el punto de vista de la meta que tienen ante sí todos los Logos planetarios. Su cuerpo de expresión, nuestro planeta Tierra, no es aún un planeta sagrado. El espíritu de la tierra todavía se halla muy lejos de alcanzar la relativa perfección que un ser humano consciente percibe.

El grado de evolución del espíritu de la tierra afecta a cada áto­mo de su cuerpo, el cuerpo de una entidad involutiva. El resul­tado de esta imperfección, que no es la del Logos planetario sino la del espíritu de la tierra, se manifiesta como enfermedad en todas las formas de todos los reinos de la naturaleza. Los mine­rales están sujetos a la enfermedad y a la descomposición, y hasta la fatiga de los metales es un hecho científico comprobado; las plantas y los animales reaccionan a las enfermedades que se pro­ducen en las estructuras de sus formas, y la enfermedad y la muerte son inherentes al átomo, del cual están compuestos todos los organismos. El hombre no está exento de ello. La enfermedad, en consecuencia, no se produce por el erróneo pensar, como he dicho a menudo, o por no afirmar la divinidad. Es inherente a la naturaleza de la forma, indicando las imperfecciones que sufre el espíritu de la tierra; es el método por excelencia con que esta vida elemental mantiene la integridad y capacidad para reab­sorber lo que es suyo, pero que fue puesto bajo otra dirección por la potencia atractiva de la vida de aquello que conforma a cada reino de la naturaleza durante un ciclo de encarnación.


Con toda seguridad esto dará una nueva idea acerca de la enfermedad. El hombre crea, bajo el impulso del alma y por la voluntad de encarnar, una forma compuesta de sustancia sujeta al acondicionamiento; impregnada de los impulsos de la vida del espíritu de la tierra. El hombre, al crearla, es responsable de esa forma elemental, pero al mismo tiempo se limita definidamente a sí mismo por la naturaleza de los átomos que componen esa forma. La sustancia atómica por la cual, se expresa el espíritu de la tierra, contiene siempre las “semillas de retorno”, permi­tiendo la reabsorción. Dicha sustancia también está compuesta de todos los grados y cualidades de la materia, desde la más burda a la más refinada, como por ejemplo, la cualidad de la sustancia que hace posible la aparición del Buda o del Cristo. El Señor de la Tierra, el Logos planetario, no puede hallar una sustancia animada por el espíritu de la tierra, de una cualidad y naturaleza suficientemente pura; por lo tanto, no puede materializarse o aparecer como puede hacerlo el Buda o el Cristo. Pocos de los que forman la Cámara del Concilio de Shamballa pueden hallar la sustancia necesaria o adecuada por medio de la cual aparecer; no pueden apropiarse de un cuerpo físico denso y deben confor­marse con un vehículo etérico.
Por lo tanto, tres tipos de vida afectan la apariencia densa de un ser humano durante su restringida manifestación o encar­nación:


  1. La vida del hombre espiritual, trasmitida desde la Móna­da, por intermedio del alma, durante la mayor parte de la existencia manifestada.




  1. La vida de esa suma total que es la vida elemental del cuarto reino de la naturaleza, la humana; esta vida es to­davía un aspecto (de acuerdo a la Ley de Aislamiento o Limitación) de la vida del espíritu de la tierra.




  1. La suma total de la vida innata en la misma sustancia atómica -la sustancia con la cual están hechas todas las formas. Ésta es la vida del espíritu de la tierra.

No nos referimos aquí al alma de un átomo o al alma de cualquier forma, grande o pequeña, sino exclusivamente a la vida o primer aspecto, el cual se expresa como voluntad de ser; sólo está activa, aunque siempre presente, durante la vida de la forma o la fase de manifestación creada. Aquí aparece el factor voluntad y tene­mos la relación entre voluntad, forma y encarnación.


Uno de los factores que rigen la encarnación es la presencia de lo que se denomina la voluntad de vivir; cuando es poderosa en el hombre, está fuertemente anclada en el plano físico; cuan­do no está fuertemente presente o se retira, el hombre muere. La vida del cuerpo físico se mantiene, técnica y ocultamente, por el impulso de la poderosa voluntad de ser del hombre espiritual encarnado, por el impulso magnético de la vida planetaria. inhe­rente en cada átomo de la naturaleza forma; por medio de estos átomos -aislados y mantenidos en la forma por la Ley de Atracción- el hombre ha venido a la existencia en el plano físico. Este poder magnético es la expresión de la voluntad (si tal pa­labra puede ser aplicada al sentido de coherencia que caracteriza al espíritu de la tierra) de la entidad planetaria. Es una proyec­ción de su peculiar estado de conciencia en una forma aislada, creada, ocupada y habitada por el alma, el hombre viviente.
Varias veces he empleado la expresión “forma aislada”, por­que es un peculiar aspecto del aislamiento que condiciona al cuer­po físico de un hombre (o de cualquier forma viviente) ha­ciéndolo independiente, coherente, viviendo temporariamente su propia vida en respuesta a la imposición de la vivencia del alma encarnada. Momentáneamente el poder unido de los átomos segregados y aislados -particularmente la estructura planetaria del espíritu de la tierra- está de acuerdo con la reacción individual a la vida planetaria. Solo persisten las cualidades coherentes y magnéticas en cualquier forma de actividad, y conjuntamente con la voluntad de vivir del hombre espiritual o de cualquier entidad animadora. Esto crea una forma coherente, mantenida unida por dos aspectos de la vivencia: el espíritu de la tierra y el del hom­bre espiritual. Por lo tanto -empleando palabras en un esfuerzo por llegar a comprenderlo-, se unen dos aspectos de vida y dos formas de voluntad o propósito. El superior es evolutivo; el in­ferior es de naturaleza involutiva. Esto crea el conflicto. Un tipo de energía es evolutivo y el otro involutivo. Estas fuerzas anta­gónicas presentan el problema del dualismo -un dualismo de lo superior y lo inferior en muchas diferenciadas y variadas etapas. La fase final del conflicto es librado cuando el Morador en el Umbral y el Ángel de la Presencia se enfrentan. En este culminante acontecimiento aparece la atracción o conflicto entre las vidas involutiva y evolutiva, entre la voluntad incipiente y mag­nética de las fuerzas elementales (inherentes a los átomos de los que están construidos los tres cuerpos de la personalidad) y la voluntad del hombre espiritual, al borde de liberarse del control magnético de la sustancia.
El espíritu de la tierra tiene su analogía en la expresión crea­da del hombre espiritual, teniendo lugar en la existencia de la personalidad elemental; dicha personalidad elemental puede ser y frecuentemente es, una fuerza incipiente, influida totalmente por el deseo, no existiendo una verdadera integración de la personalidad; sin embargo, puede ser un factor potente y altamente organizado, produciendo lo que se llama una personalidad de alto grado y un instrumento eficaz para el hombre espiritual en los tres mundos de su evolución. Esto es seguido más tarde por los conflictos en el sendero del discipulado y en el sendero de ini­ciación. Entonces la vivencia del hombre espiritual y su voluntad para manifestarse divinamente, domina en tal medida y exten­sión, que se produce la muerte de la personalidad, culminando en el momento de recibir la tercera iniciación. En esta experien­cia, la voluntad monádica llega con tal potencia dinámica, que la voluntad de las vidas elementales de la triple personalidad es completamente rechazada.
Pero (para retornar a nuestro tema) la sustancia atómica, im­pregnada con la vida del espíritu de la tierra y con la fuerza impulsora de su incipiente voluntad, se manifiesta como poder magnético, y está constantemente en conflicto, dentro del cuerpo de manifestación del alma animadora, con la vida del alma. Este conflicto o fricción es la principal causa de lo que se denomina enfermedad.
La enfermedad es desarmonía, es la culpa del fuego por fric­ción; las zonas enfermas son áreas de fricción, dentro de la cual la sustancia atómica está temporariamente afirmando su propio tipo de vivencia y respondiendo (a veces hasta el punto de llegar a la muerte) a la atracción magnética de la voluntad del espíritu de la tierra. Si esa atracción es suficientemente fuerte, la fricción dentro de la estructura atómica, localizada en la zona de algún centro etérico, será de tal naturaleza que acrecentará la cualidad de la enfermedad y la vida del hombre espiritual es lenta o rá­pidamente retirada; el deseo por existir, la espiritual voluntad de ser, ya no es tan fuerte como la voluntad de ser reabsorbido, la voluntad de los átomos que constituyen el cuerpo físico; en­tonces el hombre muere, en el sentido común del término.
La vida planetaria dice: “Ha llegado la hora de la reabsor­ción. Retorna a mí”. El anhelo de retornar es hoy la nota domi­nante en la sustancia de los cuerpos de la humanidad, responsa­ble de la mala salud universal que caracteriza a la masa de los seres humanos; esta tendencia ha predominado durante siglos; sin embargo, la actitud va cambiando lentamente y llegará el momento en que los átomos de los cuerpos o las fuerzas elemen­tales serán devueltas al sendero de reabsorción, únicamente por la voluntad del hombre espiritual y en respuesta a su expreso mandato, y no por el poder magnético del espíritu de la tierra.
Hemos visto -cuando consideramos las Leyes y Reglas- que fundamentalmente la enfermedad y la muerte se deben al retiro de la vida solar (la energía del alma llamada a veces fuego solar) ya sea desde alguna zona particular del cuerpo físico o desde todo el cuerpo. Este hecho debe recordar a los estudiantes la necesi­dad de distinguir entre la fuerza o vida de los “señores lunares”, inherentes a cada átomo de los que todos los órganos y formas están hechos, y la energía del alma que compenetra todo el cuer­po como un factor integrador. Hablando simbólicamente, hay momentos en que la vida de esos señores lunares es tan dominante, que la vida del alma es superada en alguna zona particular, y el consiguiente retiro de la vida solar produce enfermedad; o -en otros términos- la fricción producida, cuando los señores lunares no están de acuerdo, trae la enfermedad. Sin embargo, la muerte no indica una plena victoria de los señores lunares, sino más bien que, de acuerdo al plan del alma y a que se ha completado el ciclo de vida, la energía del alma se retira total­mente, permaneciendo únicamente los señores lunares. A veces (porque ello también forma parte de los planes del alma) los señores lunares temporariamente son los triunfadores, aunque no se produzca la muerte; la convalecencia significa la gradual reentrada de la energía del alma y el subsiguiente control de los señores lunares. Este aspecto de la energía del alma no es el de esas energías que representan y conducen a la expresión de la cualidad del alma. Es la energía de vida que proviniendo de la Mónada pasa a través del alma, como canal o medio de con­tacto; su canal directo es, inútil decir, el sutratma. No es el anta­karana, o el hilo creador o hilo de la conciencia. Éstos están frecuentemente inactivos cuando hay una enfermedad grave y el aspecto vida se va debilitando, y rápida o lentamente se va retirando.
Podrán ver en consecuencia, por qué quienes han logrado construir el antakarana, el puente o arco iris entre la Mónada y la personalidad, han establecido un contacto (no existente en el hombre común) entre la Mónada, la Fuente de Vida y la perso­nalidad, la expresión de esa Vida en la objetividad. La Mónada entonces, no el alma, controla los ciclos de expresión externa, y el iniciado muere a voluntad y de acuerdo a lo planeado o a las necesidades del trabajo. Esto, por supuesto, se refiere sólo a los iniciados de grado superior. Tuve la sensación de que estos pun­tos serían de interés y también de valor si los conocieran. Otro punto, derivado de lo antedicho, indica que la Vida divina es omnincluyente, porque los señores lunares son aspectos de esa Vida, tanto como lo es la energía del alma.
Por consiguiente es de suma importancia que se fomente la cremación y no el actual sistema de entierro. La cremación de­vuelve más rápidamente la vida de los señores lunares al depó­sito central de la vida que cualquier otro sistema, porque “nuestro Dios es un fuego consumidor” y todos los fuegos tienen afinidad con el Fuego central.
Estudiaremos ahora la regla que acompaña a la Ley VIII.





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