Curación Esotérica



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LEY VII



Cuando la vida o energía fluye sin impedimentos y, mediante la correcta dirección, alcanza su precipitación (la glándula relacio­nada), entonces la forma responde y la mala salud desaparece.
Uno de los factores interesantes que deben observar los estu­diantes es la doctrina de los intermediarios, la cual está rica y abundantemente incluida en todas las enseñanzas esotéricas y considerada de muy vital importancia. Ha sido acentuada (aunque erróneamente interpretada) en la enseñanza cristiana acerca de Cristo; el cristianismo Lo ha presentado como intermediario en­tre un Dios iracundo y una humanidad ignorante y mísera. Pero de ninguna manera la intención de Su venida y de Su tarea fue ésa; su real significado no lo trataré aquí. Ya me ocupé de este tema en otra parte, en conexión con la Nueva Religión Mundial 2. En la presentación esotérica también se ha enseñado (vinculado estrechamente a las doctrinas cristianas) que el alma es el inter­mediario entre la mónada y la personalidad; la misma idea tam­bién se halla en muchas otras presentaciones religiosas, por ejemplo, Buda aparece como intermediario entre Shamballa y la Jerarquía, actuando en esa función una vez al año; la Jerarquía misma es el intermediario entre Shamballa y la humanidad; el plano etérico (y con ello quiero significar el vehículo etérico cósmico, planetario e individual) es el intermediario entre los planos superiores y el cuerpo físico denso. Todo el sistema de revelación ocultista o esotérica está basado en la maravillosa doc­trina de interdependencia vinculación consciente y ordenada, y transmisión de energía de un aspecto de la divina manifestación a otro; en todas partes y a través de todo, existe circulación, transmisión de energía y métodos para pasar la energía de una forma a otra, siempre por medio de un mecanismo adecuado. Esto es verdad en sentido involutivo y evolutivo y también en sentido espiritual, siendo este último, algo diferente de los otros dos, tal como bien saben los iniciados de grados superiores. Podría escri­birse una tesis completa acerca de los agentes transmisores que incluiría, finalmente, la doctrina de los Avatares. Avatar es quien posee una facilidad o capacidad peculiar (además de una tarea autoiniciada y de un destino preordenado) para trabajar con energías, trasmitidas vía el cuerpo etérico de un planeta o del sistema solar; no obstante, ello constituye un profundo misterio. Esto fue demostrado en forma peculiar y en relación con la ener­gía cósmica, por el Cristo, el cual por primera vez en la historia Planetaria trasmitió la energía cósmica del amor directamente al plano físico de nuestro planeta y también en manera peculiar al cuarto reino de la naturaleza, el humano. Esto debería indicarles que, aunque la energía del amor es el segundo aspecto de la di­vinidad, el Cristo corporificó y trasmitió a la humanidad cuatro cualidades de este aspecto y, consecuentemente a los otros reinos de la naturaleza, los únicos cuatro que la humanidad pudo ab­sorber. Solo uno de estos cuatro aspectos comienza a expresarse, la cualidad de la buena voluntad. Los otros tres serán revelados más tarde, y uno de ellos está relacionado en forma extraña con la cualidad curadora del amor. De acuerdo a El Nuevo Testamento, Cristo denominó “virtud” a esta cualidad (una inexacta traducción de la palabra original). Fue empleada por Cristo cuando le fueron retiradas las fuerzas curativas, diciendo: “la virtud me ha abandonado”.
He llamado la atención sobre esto porque dicha verdad está directamente relacionada con la séptima ley, hemos visto, en conexión con todos los procesos de curación, que el cuerpo denso es considerado esotéricamente un simple autómata; es sólo un recipiente de energías trasmitidas hemos visto que el cuerpo etérico que se halla en toda forma o fundamenta cada forma, es en sí una estructura para la transmisión de energías que proceden de alguna fuente; dicha fuente es principalmente el punto don­de pone su énfasis la vida dentro de la forma. Para el ser hu­mano común esto es usualmente el cuerpo astral, del cual emana la energía astral o emocional, anclándose allí, antes de ser tras­mitida al cuerpo etérico. Sin embargo, en ha mayoría de los casos, habrá una mayor o menor mezcla de energía mental. Luego, la energía del alma, reforzada (si puedo emplear tal palabra) por la mente purificada, y trasmitida a través de la personalidad, condicionará al cuerpo etérico y controlará en consecuencia las acti­vidades del vehículo físico.
Esta ley nos llama la atención acerca del hecho de que el cuerpo físico denso, bajo el impacto de las energías subjetivas, a su vez produce una “estructura para la transmisión”, y automá­ticamente repite la actividad del cuerpo etérico. Crea (en res­puesta a la afluencia de energías del cuerpo etérico, por inter­medio de los siete centros mayores) una densa estructura física entrelazada que hemos denominado “el sistema glandular endo­crino”. Dichas glándulas -a su vez, y en respuesta a la energía que afluye desde el cuerpo etérico- producen la secreción de hormonas, que las glándulas trasmiten directamente a la corrien­te sanguínea.
No tengo la intención de ser demasiado técnico al considerar este tema; escribo para el lector lego y no para la profesión mé­dica, que tiene la franqueza de admitir su escaso saber acerca de este tópico. El investigador médico conoce muy poco referente a la relación de las glándulas endocrinas con la sangre y con toda la fisiología del ser humano; casi nada sabe acerca de la relación que tienen entre sí las diversas glándulas, las cuales constituyen un entrelazado conjunto directriz de vital importancia, vinculado, unido y animado por los siete centros etéricos. Lógicamente el científico ortodoxo, en este campo, pasa por alto este factor, y hasta que no reconozca aquello que produce a las glándulas en­docrinas, permanecerá totalmente confuso acerca de la causa y los verdaderos resultados. Las glándulas constituyen la precipi­tación directa de los siete tipos de energía que fluyen por los siete centros etéricos. Controlan todas las zonas del cuerpo. Su creación constituye la definida expresión de la actividad irradiante y magnética de todas las energías; son el producto de la irradiación de los siete centros, pero su efecto -individual y combinado- es magnético. La irradiación abstrae átomos físicos densos y los enfoca en la zona apropiada del cuerpo físico, para poder actuar como distribuidores en la corriente sanguínea y por lo tanto en el cuerpo físico denso de uno de los aspectos de la energía afluyente. Quisiera que observaran que sólo un aspecto de la energía es así distribuido, el correspondiente al tercer aspecto de la sustancia inteligente activa; los otros dos aspectos latentes son distribuidos corno energía pura, afectando zonas y no algún punto focal localizado Una glándula constituye un punto focal localizado.
Ansío que se comprenda correctamente este tema de las glán­dulas y su relación con los centros. Todo el tópico está íntima­mente relacionado con el arte de curar; uno de los efectos de la aplicación de la energía curativa (por medio de algún centro que condiciona la zona donde se localiza el punto de fricción) es la estimulación de la glándula relacionada y su acrecentada acti­vidad. En último análisis, las glándulas son las Intermediarías entre el curador y el paciente, entre el centro y el cuerpo físico denso y entre el cuerpo etérico y su autómata, el vehículo recep­tor físico denso.
Continuando nuestra consideración del agente transmisor inme­diato, desde los centros (las glándulas endocrinas) a la corriente sanguínea, quisiera puntualizar que los centros trabajan a través de este sistema endocrino por impacto directo, a través de un rayo o corriente de energía que emana desde el punto central del centro. Por este medio pueden condicionar y controlar zonas enteras del cuerpo, haciéndolo por medio de esos aspectos de los centros que nosotros simbólicamente llamamos “pétalos del loto”. La fuerza de la vida está enfocada en un punto en el centro mismo del loto, y a medida que va externamente hacia la glán­dula relacionada, adquiere esa cualidad de energía de que el centro es responsable, porque la fuerza de vida esencialmente no posee cualidades El rayo de la vida, si se puede denominar así, se halla en el corazón de cada centro, se identifica monádicamente con su fuente y posee (cuando hace contacto con sus pétalos) una mayor cualidad innata de energía atractiva; toda energía que emana de la fuente única, el actual sistema solar, se relaciona con la energía que llamarnos Amor, y esta energía es atracción magnética. Los pétalos del loto, y la zona circundante de ener­gía que constituye la forma del loto, son cualificados por uno de los siete tipos subsidiarios de energía; éstos emanan de los siete rayos que emergen de la Puente única, como Representantes del Creador múltiple.
Dentro del sistema solar, corno bien saben, tenemos siete pla­netas sagrados, custodios o expresión de estos siete rayos, de estas siete cualidades de la divinidad; dentro de nuestro planeta Tierra (que no es un planeta sagrado) también hay siete cen­tros que se convierten, a medida que prosigue la evolución, en receptores de las cualidades de los siete rayos provenientes de los siete planetas sagrados proporcionando así (dentro del círculo infranqueable solar) un vasto sistema entrelazado de energías. Tres de estos centros, representando los tres rayos mayores, son muy Conocidos:
1. Shamballa El rayo de poder o propósito.

El primer aspecto.

La energía de la voluntad.
2. La Jerarquía El rayo de amor-sabiduría

El segundo aspecto.

La energía del amor.

3. La Humanidad El rayo de inteligencia activa.

El tercer aspecto.

La energía de la mente o pensamiento


Existen otros cuatro centros que, con los tres mencionados cons­tituyen los siete centros o puntos focales planetarios de energía que condicionan la manifestación corpórea de nuestro Logos pla­netario. A través de ellos el Señor del Mundo, actuando desde Su propio nivel sobre un plano cómico y a través de Su Personalidad divina, Sanat Kumara, cumple Su propósito en nuestro planeta.
En forma similar, dentro del microcosmo el hombre, se hallan las analogías de estos siete centros, Aquí también existen siete centros mayores, los receptores de la energía que emana de los siete centros planetarios, los custodios de los siete aspectos de la fuerza de rayo; estas siete energías -en varios grados de po­tencia- condicionan la expresión del hombre en los tres mundos, hacen de él lo que es, en cualquier momento dado mientras está en encarnación e indican (por su efecto o no sobre los centros) su grado de evolución.
En el ser humano dos de dichos centros están ubicados en la cabeza y los otros cinco a lo largo de la columna vertebral. La columna vertebral es el símbolo físico de ese esencial alineamiento, meta inmediata de la orientación dada a las relaciones, llevadas a cabo en la conciencia por el hombre espiritual y pro­ducto de la correcta meditación.
La meditación es una técnica de la mente que eventualmente trae correctas e ininterrumpidas relaciones; es otro nombre dado al alineamiento Por lo tanto, consiste en establecer un canal di­recto, no sólo entre la fuente única, la mónada y su expresión, la personalidad purificada y controlada sino también entre los siete centros del vehículo etérico humano Esto es poner el re­sultado de la meditación sobre una base física, o más bien sobre efectos etéricos y quizás les resulte increíble y pueden conside­rarlo como indicando la fase inferior de tales resultados. Ello se debe a que se pone el énfasis sobre la reacción de la mente al alineamiento logrado, sobre la satisfacción obtenida por tal ali­neamiento, en el cual se registra un nuevo mundo o mundos de fenómenos, y también hacia los nuevos conceptos e ideas que por consiguiente hacen impacto en la mente. Pero los verdaderos resultados (tanto divinos como esotéricamente deseables) son alineamiento correcto, rectas relaciones e ininterrumpidos cana­les para las siete energías del sistema microcósmico, trayendo eventualmente la plena expresión de la divinidad. Los siete cen­tros del vehículo etérico de Cristo estaban correctamente ajusta­dos y alineados, realmente despiertos y activos y eran adecuados receptores de las siete corrientes de energía provenientes de los siete centros planetarios, los cuales pusieron a Cristo en armonía y en pleno y reconocido contacto con Aquel en Quien vivía, se movía y tenía Su ser. El resultado fisiológico de esta total “en­trega esotérica de los siete” (tal como se los denomina a veces) a las entrantes energías espirituales, en su correcto orden y ritmo, fue la aparición en el Cristo de un perfecto sistema endocrino. Todas Sus glándulas, mayores y menores, funcionaban correctamente; esto produjo un “hombre perfecto”, físicamente perfec­to, emocionalmente estable y mentalmente controlado. En térmi­nos modernos, el “Canon de comportamiento” de Cristo -debido a la perfección de Su sistema glandular, como efecto de los cen­tros correctamente despiertos y energetizados- hizo de Él, ante el mundo entero, una expresión de la perfección divina; fue el primero de nuestra humanidad en llegar a este grado de evolución y el Primogénito de una gran familia de hermanos”, como lo expresa San Pablo. Las actuales imágenes que representan a Cristo testimonian su propia y completa inexactitud, pues no evi­dencian una perfección glandular; lo presentan con una total de­bilidad de carácter y excesiva dulzura, pero no demuestran su gran fortaleza y su poderosa agudeza y vivencia. Se le ha pro­metido al mundo que así como Él es, podemos ser nosotros.
Esta promesa subyace detrás de la correcta comprensión de la ciencia de los centros. Los hombres podrán comprobar la rea­lidad efectiva de los centros cuando éstos sean controlados gra­dualmente por el alma, estén correcta y científicamente energe­tizados y sean llevados a un estado de vivencia real, y empiecen a condicionar toda la zona del cuerpo en que se encuentra cada centro -entre ellos- poniendo cada parte del cuerpo humano bajo su influencia irradiante y magnética.
Los centros mantienen al cuerpo unido y hacen de él un todo coherente, energético y activo. Como bien saben, cuando sobre­viene la muerte el hilo de la conciencia se retira del centro coronario y el hilo de la vida se retira del centro cardíaco lo que no se ha acentuado es que este retiro dual tiene un efecto sobre cada centro del cuerpo. El hilo de la conciencia, anclado en el centro coronario, cualifica los pétalos del denominado en la lite­ratura oriental “loto de mil pétalos”, cuyos pétalos están relacio­nados y producen un efecto cualificador definido (irradiante y magnético) sobre los pétalos de cada uno de los centros mayores, en el cuerpo etérico; el centro coronario los mantiene en una actividad cualificadora, y cuando esta cualidad de respuesta cons­ciente es retirada del centro coronario, se siente un efecto inme­diato en los pétalos de todos los centros; la energía cualificadora es retirada del cuerpo por intermedio del centro coronario. Esta técnica general es aplicada al hilo de la vida anclado en el cora­zón, después de pasar (conjuntamente con el hilo de la concien­cia) dentro y a través del centro coronario. Mientras el hilo de la vida está anclado en el corazón, energetiza y mantiene en plena vivencia a todos los centros del cuerpo, extendiendo sus hilos de vida hasta un punto ubicado en el centro exacto del loto, o en el corazón del centro. A éste se lo denomina a veces “la joya en el loto”, aunque la frase se aplica más frecuentemente al punto monádico que se halla en el corazón del loto egoico en su propio plano. Cuando ocurre la muerte, el hilo de vida es recogido por el alma y extraído del corazón y llevado a la cabeza y de allí nuevamente al cuerpo del alma, llevando consigo la vida de cada centro del cuerpo; en consecuencia el cuerpo muere y se desin­tegra y no constituye ya un todo coherente, consciente y viviente.
Relacionado con estos centros, y reaccionando al unísono con ellos, tenemos el sistema endocrino o glandular, a través del cual -durante la encarnación- la vida o energía fluye ininterrumpida y correctamente dirigida, en el caso del hombre altamente desa­rrollado, o fluye con interrupciones y mal dirigida, en el caso del hombre común o subdesarrollado; mediante este sistema de control glandular, la forma humana responde o no a las energías del mundo circundante. En conexión con este tema de curación, el hombre puede estar enfermo, sentirse mal, o bien y fuerte, de acuerdo al estado de los centros y su precipitación. las glándu­las. Debe recordarse que los centros son siempre los agentes principales en el plano físico, a través de los cuales el alma actúa, expresa vida y cualidad, de acuerdo a la etapa alcanzada en el proceso evolutivo, y que el sistema glandular es simplemente un efecto -inevitable e ineludible- de los centros a través de los cuales actúa el alma. Las glándulas, por lo tanto, expresan ple­namente el grado de evolución del hombre, y de acuerdo a ese grado son responsables de los defectos y limitaciones o del haber y perfección logrados. La conducta y el comportamiento del hom­bre en el plano físico están condicionados, controlados y determinados minados por la naturaleza de sus glándulas; ellas a su vez están condicionadas, controladas y determinadas por la naturaleza, la cualidad y la vivencia de los centros; ellos, a su vez, están con­dicionados, controlados y determinados por el alma, con acrecen­tada efectividad a medida que prosigue la evolución. Antes de ser controlados por el alma, están condicionados, cualificados y controlados por el cuerpo astral, y más tarde por la mente. La meta del ciclo evolutivo consiste en que el alma logre este con­trol, acondicionamiento y proceso decisivo: los seres humanos se hallan hoy, dentro de este proceso, en todas las etapas imagina­bles de desarrollo.
Comprendo que gran parte de lo antedicho es bien conocido y constituye una repetición. Pero he creído esencial repetirlo para proporcionar una más fresca clarificación en sus ideas.
También será evidente que el proceso kármico en cualquier vida individual, debe desarrollarse por medio de las glándulas que condicionan la reacción personal, las circunstancias y los aconte­cimientos. Los resultados de todas las vidas anteriores y todas las actividades llevadas a cabo en esas vidas han sido registrados por los Señores del Karma; la ley kármica actúa en estrecha colaboración con los Señores lunares, quienes erigen y constru­yen los cuerpos que constituyen la personalidad; más tarde, la ley actúa en una más estrecha cooperación con el propósito del alma. Todo el problema es necesariamente muy intrincado y di­fícil. Lo único que puedo hacer es dar ciertas indicaciones.
El curador debe trabajar con este sistema de centros y con sus efectos exteriorizados, las glándulas, y tenerlos en cuenta muy cuidadosamente todo estímulo que pueda enviar, por ejem­plo, a un centro en el cuerpo del paciente, o toda abstracción de energía de un centro, producir: un definido efecto sobre la glándula afín relacionada, y por lo tanto sobre la secreción que esa glándula habitualmente derrama en la corriente sanguínea.
Como bien saben, los siete centros mayores y sus glándulas afines son los siguientes:

1. El centro coronario La glándula pineal.

2. El centro ajna La glándula pituitaria.

3. El centro laríngeo La glándula tiroides

4. El centro cardiaco La glándula timo.

5. El centro plexo solar El páncreas.

6. El centro sacro Las gónadas.

7. El centro de la base de la columna Vertebral

Notas:


  1. Tratado sobre los Siete Rayos, T. II, págs. 392-467

  2. Los Problemas de la Humanidad , Cap. VI

La Reaparición de Cristo, Cap. V.

Existen también otros centros y muchas otras glándulas en el cuerpo, pero con estos siete trabaja el curador; las glándulas me­nores o subsidiarias están condicionadas por el centro que controla la zona donde están ubicadas. Sin embargo, el curador no debe complicar su pensamiento con la multiplicidad y los deta­lles de los otros sistemas glandulares menores y con las com­plejas relaciones menores internas. La enumeración dada tam­bién contiene los centros y glándulas que básicamente determinan el estado de salud -buena, regular o mala- y el equipo sicoló­gico del hombre. Los estudiantes deberían tener presente que el efecto primordial de la actividad de las glándulas y sus secrecio­nes es sicológico. Un hombre es en el plano físico, emocional y mentalmente lo que su sistema glandular hace de él, e inciden­talmente lo que hace de él físicamente, porque esto está determinado frecuentemente por su estado sicológico mental y emo­cional. El hombre común autocentrado pone mayormente el énfasis sobre el vehículo físico y presta poca o ninguna atención al equi­librio o desequilibrio de su sistema endocrino, o estructura (si puedo emplear esta palabra), considerando que determina su efecto sicológico sobre sus semejantes. No tengo la intención de analizar las distintas glándulas, ni de observar como responden al despertar o no de los centros, o cómo limitan o complementan las respuestas del hombre a su medio ambiente o determinan su interpretación de la vida y la pasividad o actividad de sus reac­ciones diarias a las eventualidades y circunstancias. Puede decir­se enfáticamente que las glándulas hacen del hombre lo que es, y a su vez son sólo los efectos de ciertas fuentes de energías poderosas e internas. Nuevamente, como podrán ver, repito esta vital verdad.


Por esta razón la ciencia médica, oportunamente comprenderá la verdad (y ya lo esta presintiendo) que es imposible cambiar fundamentalmente la personalidad y el equipo físico del hombre mediante el tratamiento de las glándulas; muy poco y real pro­greso se ha logrado en esta línea durante los treinta o cuarenta años en que los endocrinólogos han considerado e investigado este tema. Han descubierto algunas cosas, han visto algunos resulta­dos de la actividad o inactividad de las glándulas, ciertos tipos de personas han sido reconocidos como ejemplos de la actividad o pasividad glandular, han sido aplicadas medidas paliativas y se ha estimulado o retardado la acción de las glándulas (con bue­nos o malos efectos) por medio de distintos métodos y tipos de medicación. Más allá de esto poco se sabe, y las mejores menta­lidades en este campo particular son conscientes de que enfrentan un terreno incógnito. Esta situación permanecerá así hasta que la ciencia médica moderna reconozca que el mundo de las causas (respecto a las glándulas endocrinas) es el cuerpo etérico con sus siete centros; entonces captará el hecho de que todo tra­bajo relacionado con las glándulas debe ser transferido desde los siete efectos o precipitaciones de los centros, a los centros mismos.
El curador, por eso, ignora la glándula involucrada, tratando directamente el centro que condiciona el “punto de fricción” y controla la zona bajo su influencia; esto necesariamente incluye la glándula que el centro ha creado, formado o precipitado y energetizado.
El concepto que el curador debe mantener en su mente es, como esta ley indica, que se ha de formar un canal ininterrumpido o un conducto libre por el cual pueda fluir la vida dadora de salud desde el “centro necesario”, en el cuerpo etérico del curador, al centro afín en el cuerpo del paciente, y de allí a la corriente sanguínea, por intermedio de la glándula relacionada. No olviden, que eternamente rige la verdad de que la “sangre es la vida” aunque, desde el ángulo de los esotéricos y también del punto de vista de la ciencia médica, sus implicaciones sean aún inexplicables.
Los curadores deben aprender a trabajar con el principio vida, no con alguna vaga energía, puesta en movimiento por el poder del pensamiento o la potencia del amor, como lo presentan hoy los diversos sistemas mundiales de curación creados por el género humano. Se establece contacto y se pone en movimiento el prin­cipio vida mediante la depuración de ciertos canales etéricos dentro de la estructura etérica que subyace en cada parte del cuerpo del paciente. Esta depuración no se produce pensando en la salud, afirmando la divinidad o eliminando el “error” en el acercamiento mental, sino por el método más prosaico de dirigir corrientes de energía a través de ciertos centros, afectando así determinadas glándulas en la zona del cuerpo físico enfermo, asiento de la dolencia, angustia y sufrimiento.
Lógicamente es verdad que está involucrado el pensamiento o recto pensar; el curador debe pensar con claridad antes de ob­tener los resultados deseados, pero la energía que se vierte en el vehículo del paciente no es energía mental sino una de las siete formas de energía pránica o de vida. Esta corre por la línea de fuerza o canal que relaciona y vincula todos los centros, conec­tando esos centros con las glándulas. Recuerden que ello consti­tuye un eslabonamiento y una dirección intervinculada y entre­lazada de los siguientes sistemas, y que -desde el punto de vista de los esotéricos dichos sistemas son símbolos de grandes pro­cesos cósmicos:


  1. El cuerpo etérico en su totalidad, con sus canales y líneas comunicadoras de energía, subyacentes en cada parte del cuer­po humano.




  1. Los siete centros relacionados, cada uno cualificado específi­camente y en contacto con todos los centros, por intermedio de las fibras o hilos etéricos de fuerza.




  1. Los nadis, ese sistema de canales etéricos algo más densos, pe­queños hilos de fuerza que subyacen en todo el sistema ner­vioso, en todo tipo de nervio y en cada tipo de plexos nerviosos.




  1. El sistema nervioso, que extiende su radio de influencia por todo el cuerpo del hombre.




  1. El sistema endocrino o glandular.




  1. La corriente sanguínea, receptora de corrientes de energía vi­viente que provienen del sistema endocrino, a través de lo que se denomina hormonas.




  1. La totalidad interrelacionada, la divina manifestación del hombre espiritual en determinada encarnación y etapa de evolución.

En consecuencia dos grandes corrientes de energía compenetran y animan este conglomerado de sistemas: la de la vida y la de la conciencia. Una actúa a través del sistema nervioso (la co­rriente de la conciencia) y la otra por medio de la corriente san­guínea. Ambas están en realidad tan estrechamente relacionadas y aliadas que cuando actúan, no le es fácil al hombre común diferenciarlas.


No obstante, el curador no trabaja con el aspecto conciencia sino totalmente con el aspecto vida; el perfecto curador (que aún no existe en la actualidad) trabaja a través del cerrado y sellado punto en el centro (en el mismo corazón del centro). Allí reside el punto de vida. Desde ese punto, en el centro, la vida irradia hacia los pétalos del loto, y la combinación de la vida de dicho centro y de la conciencia, inherente a los pétalos, es la fuente de origen del ser humano que vive, respira y es sensible -desde el ángulo físico- y el curador debe reconocerlo.
Detrás de la vivencia y conciencia se halla el Ser, el hombre espiritual, el actor, el que siente (en variados grados) y el pen­sador. La simplicidad de lo antedicho es algo engañosa, porque existen otros factores y relaciones y también otras energías que deben ser considerados, pero a pesar de ello es básicamente ver­dad, y sobre esta verdad el curador puede actuar.
Es interesante señalar que la Gran Invocación, que se está distribuyendo en el mundo, se basa sobre este mismo concepto fundamental de grandes sistemas, condicionantes de la humani­dad como un todo, la cual puede ser energetizada por la afluen­cia de corrientes de energía, trayendo nueva vida y salud al entero cuerpo de la humanidad, por intermedio de los centros planetarios de vivencia y conciencia divinas.
La cuarta regla que acompaña a la séptima ley es muy importante. Ello se debe a su extrema simplicidad y a que, si es comprendida y seguida, constituye una regla vinculadora entre los métodos subjetivos y objetivos del tratamiento de la enfermedad. La ley que acabamos de considerar es también excesiva­mente simple y directa, y en sus implicaciones se relaciona con la naturaleza subjetiva y la forma objetiva. Los estudiantes no deberían dejarse engañar por su simplicidad y sus afirmaciones llanas y directas. Existe la tendencia a creer que la enseñanza esotérica es necesariamente abstrusa e indirecta, requiriendo siem­pre el empleo del “sentido esotérico” (cualquiera sea su signifi­cado) para arribar a una comprensión. Sin embargo, cuanto más elevada es la enseñanza, a menudo se la expresa más simplemente. Su complejidad se debe a la ignorancia del estudiante y no a la forma que la presenta el Maestro. La regla es la siguiente:



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