Curación Esotérica



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LEY V



No existe nada más que energía, porque Dios es Vida. En el hombre se unen dos energías, pero hay otras cinco presentes. Para cada una ha de encontrarse un punto central de contacto. El con­flicto de esas energías con las fuerzas, y de las fuerzas entre sí, producen los males corporales del hombre. El conflicto entre las primeras y las segundas persiste durante edades, hasta llegar a la cima de la montaña -la primera gran cima. La lucha entre las fuerzas produce las enfermedades, males y dolores corporales que buscan la liberación en la muerte. Las dos, las cinco y también las siete, además de aquello que ellas producen, poseen el secreto. Ésta es la quinta Ley de Curación dentro del mundo de la forma.
Hasta ahora ha sido imposible dar la temática de esta ley porque recién hoy se puede impartir la enseñanza acerca de la VIDA (y la vida corno energía). También la enseñanza acerca de las cinco y de las dos energías que se unen en el hombre la he dado recientemente, por primera vez en forma detallada, aunque fue­ra insinuada en La Doctrina Secreta. A veces pienso si alguno de ustedes se da cuenta de la épica importancia que tiene la ense­ñanza que he dado acerca de los siete rayos, como energías en manifestación. Las conjeturas respecto a la naturaleza de la divi­na Trinidad han estado siempre presentes en las discusiones y pensamientos de los hombres avanzados -y desde los comienzos del tiempo y desde que la Jerarquía inició la milenaria tarea de influir y estimular la conciencia humana- pero la información referente a los siete Espíritus ante el Trono de la Trinidad no ha sido tan común, y unos pocos escritores, antiguos y modernos, han mencionado la naturaleza de estos Seres. Ahora, con todo lo que be dado, concerniente a los siete rayos y a los siete Señores de Rayo, mucho más podrá ser descubierto; estas siete grandes Vidas pueden considerarse y conocerse como las esencias animantes y las energías activas en todo lo manifestado y tangible en el plano físico, así como en todos los planos de la expresión divina; al decir esto no sólo incluyo el plano físico cósmico (compuesto de nuestros siete planos del sistema) sino también el astral y el men­tal cósmicos.
Por esta ley se espera que el curador acepte ciertas ideas bá­sicas que servirán para desarrollar su comprensión; establece ciertos axiomas amplios y generales que constituirán una sólida base para todo trabajo futuro. El punto principal que se ha de tener en cuenta es que esta ley se refiere totalmente al plano físico (denso y etérico) y a los efectos que produce en el cuerpo físico el conflicto entre las energías y las fuerzas. Las fuerzas son esas energías limitadas y aprisionadas dentro de una forma de cualquier tipo -un cuerpo, un plano, un órgano, un centro-; las energías son esas corrientes de energía dirigida que hacen impacto, desde una forma mayor o más incluyente y desde un plano más sutil, sobre esas fuerzas aprisionadas -si así puedo llamarlas- haciendo contacto con una fuerza vibratoria más burda. Una energía es más sutil y poderosa que la fuerza sobre la cual hace impacto o establece contacto; la fuerza es menos potente pero está anclada. En estas dos palabras reside la clave del problema de la relación entre las energías. La energía libre, desde el ángulo del punto de contacto anclado, es en cierta ma­nera menos eficaz (dentro de una esfera limitada) que la ener­gía ya anclada allí. Es esencialmente más potente, pero no tan efectiva. Reflexionen sobre esto Y permítanme ilustrar mi punto. La energía del centro plexo solar (por el prolongado empleo, centralización y hábito) tiene efectos más potentes en la vida del aspirante que la energía del centro cardiaco, que está en­trando lenta, muy lentamente, en actividad efectiva. Ampliando la ilustración: las energías de la personalidad condicionan mucho más poderosamente la vida del hombre común que la energía del alma, la cual durante eones ha tratado de aferrarse eficaz­mente a su punto de manifestación, la personalidad, pero no ha podido hacerlo sino hasta muy tarde en el ciclo de encarnacio­nes. Sin embargo, en último análisis, la energía del corazón y la energía del alma son infinitamente más poderosas que las del centro plexo solar o la personalidad. No obstante, durante eones, la energía del centro cardíaco y la energía del alma, han carecido de vehículos de respuesta en los tres mundos.
En cierto modo, esto simplifica el problema del curador, por­que lo primero que tiene que decidir es si controla la energía del alma o la de la personalidad, algo que se descubre muy fácil­mente. La tendencia de la vida del paciente, su modo de vivir o de servir, la expresión del carácter, todo indica las potencias que controlan su expresión manifestada. Si el hombre es un ver­dadero aspirante y está tratando conscientemente de hollar el sendero del discipulado, ayudará a descubrirlo, admitiéndolo francamente; pero si las fuerzas de la personalidad no responden al impacto del alma del curador, la personalidad no advertirá la oportunidad y será inconsciente del impacto. Estas condiciones podrá descubrirlas fácilmente el curador.
Esta ley es muy extensa y contiene declaraciones importan­tes. Sería de valor para bien del tema estudiarlas con máximo cuidado y captar su significado y verdadero sentido; dicha com­prensión debe ser desde el punto de vista de la conciencia iniciá­tica y no desde el ángulo de la visión del hombre común o no iluminado. Tomemos por lo tanto cada frase por separado y bus­quemos su significado. Existen siete afirmaciones en esta ley, y gran parte de su importancia es exotéricamente familiar a ustedes, pero ahora pueden ser expuestas en relación con el arte de curar.



  1. No existe nada más que energía, porque Dios es Vida.

Esta amplia generalización puede impartir mucho al iniciado. pero seguramente muy poco al pensador común, para quien la vida significa esencial y simplemente aquello que trae a la ma­nifestación una forma, la mantiene en existencia y demuestra constantemente su presencia por algún tipo de actividad, actividad que demuestra su vivencia. No obstante, aplicarnos erróneamente el término vivencia a la capacidad de una forma para manifestarse y expresar su cualidad y naturaleza. Sin embargo, la vivencia y la cualidad existen independientemente de la forma, y a menudo adquieren mayor expresión y utilidad por la aplicación de la Ley de la Muerte.


La realidad de la vida prueba la realidad de la divinidad y del origen divino. Esto con frecuencia se pasa por alto, y se hace hincapié sobre el concepto de que la vida evoca y mantiene una forma que anda la esencia de vida y prueba la realidad de su existencia.
La vida de la Fuente Única de todas las formas manifestadas crea relaciones y cualidades esenciales, y aunque esto haya sido afirmado incesantemente, permanece siendo una verdad sin sen­tido. Sin embargo a medida que los hombres comiencen a reco­nocer a Dios como energía y a sí mismos como aspectos de esa energía, a trabajar conscientemente con energías y a reconocer la diferencia que existe en tiempo y espacio entre energías y fuerzas, y luego a medida que el alma entre en una mayor acti­vidad funcionante, la realidad de la vida será reconocida en for­ma nueva y extraordinaria. Debería recordarse que el alma es una energía secundaria, que prueba la existencia de la energía primaria y es responsable de la aparición de un tercer tipo de energía, la tangible y objetiva. Eventualmente se sabrá que la Vida es capaz de ser invocada por el alma en bien de la forma. He aquí una clave para nuestro tema general.
Hasta ahora no se ha obtenido una comprensión más o menos útil del mecanismo de acercamiento al aspecto vida, el antaka­rana y su agente, la voluntad espiritual. Las primeras sugerencias acerca del empleo del antakarana, y su propósito en relación con la personalidad y la Tríada espiritual, son estudiadas hoy por unos pocos estudiosos en el mundo y su número se acrecentará constantemente a medida que la personalidad y el alma estable­cen contacto y se fusionan, y reciban la iniciación un mayor número de personas. En consecuencia, el propósito de la existen­cia del cuarto reino de la naturaleza (como agente transmisor de las energías espirituales superiores a los tres reinos inferiores) irá apareciendo, y los hombres, en formación grupal, iniciarán conscientemente el trabajo de “salvar” -es innecesario decir, en sentido esotérico- a estas otras vidas agrupadas. El Macrocosmos, con sus propósitos e incentivos, comenzará por primera vez a reflejares en el reino humano en forma nueva y poderosa, el cual a su vez se convertirá en el macrocosmos de los tres estados in­feriores de vidas conscientes -los reinos animal, vegetal y mi­neral.
Todo esto es un profundo misterio, y sigue siéndolo debido a la falta de desarrollo del cuarto reino. Se ha producido una des­viación de la intención original. Su función y campo de servicio podrían sin embargo ser comprendidos y expresados sólo cuando este aspecto superior, la voluntad, haya sido llevado a una ex­presión consciente en el género humano, mediante la construc­ción y utilización del antakarana. A lo largo del arco iris puede afluir el aspecto vida, y es a lo que Cristo se refirió cuando dijo que Él vino para que haya “vida más abundante” en la Tierra. Siempre hubo vida, pero cuando la conciencia erística está radiantemente presente (como sucede hoy, aunque en pequeña escala) y el número de quienes la expresan es en realidad enor­me, se infiere que el antakarana está firmemente establecido; entonces el arco iris puede ser atravesado y cruzado, y también puede afluir, a los reinos subhumanos de la naturaleza, a través de la humanidad, vida abundante en un nuevo e impelente sen­tido, además de un renovado impulso. Esto evidencia la divinidad, y testimonia en forma destacada el origen divino del hombre, y la esperanza, la salvadora esperanza del mundo.
La energía y las fuerzas constituyen la suma total de todo lo que es. Ésta es otra verdad fundamental y trillada, sobre la cual se ha erigido la ciencia del ocultismo, y el arte de curar debe reconocer. En la manifestación no existe nada parecido. La en­fermedad es una especie de energía activa, manifestándose como fuerzas que destruyen o producen la muerte. Por lo tanto, si nuestra premisa básica es exacta, la enfermedad es también una forma de la expresión divina, porque lo que conocemos como malo es el reverso de lo que llamamos bueno. ¿No restaremos impor­tancia al tema o causaremos una falsa impresión si consideramos al mal (por lo menos en lo que concierne a la enfermedad) como bien, mal aplicado o mal adaptado? ¿Me interpretarán mal si digo que la enfermedad es energía que no funciona de acuerdo al plan o como sería de desear? Las energías que afluyen son puestas en relación con las fuerzas, dando por resultado buena salud, formas adecuadas y fuertes, y actividad vital; sin embargo, las mismas energías ahuyentes, pueden ser puestas en relación con las mis­mas fuerzas, estableciéndose un punto de fricción, produciendo una zona enferma, dolor, sufrimiento y quizás muerte. Las ener­gías y las fuerzas siguen siendo de la misma naturaleza esencial­mente divina, pero la relación establecida produjo el problema. Si se estudia esta frase será evidente que esta definición puede incluir todo tipo de dificultad, y el productor final de la situación (sea buena o mala) es el aspecto relación. Esta afirmación es de gran importancia para toda reflexión.


  1. En el hombre se unen dos energías, pero hay otras cinco presentes. Para cada una ha de encontrarse un punto cen­tral de contacto.

Las dos energías que se unen en el hombre son los dos aspec­tos de la mónada, el Uno en manifestación; la mónada se mani­fiesta esencialmente como una dualidad; se expresa como volun­tad y amor, atma-budi, y ambas energías, cuando entran en relación con el punto de la mente, el tercer aspecto de la divinidad, producen el alma y luego el mundo tangible manifestado; después se demuestra como voluntad, amor y mente o inteligen­cia del planeta, o atma-budi-manas.


Cuando el alma se anda como conciencia y vida dentro del ser humano, éste contribuye con el tercer algo, manas o mente, latente o kármicamente presente en toda sustancia, heredado o mantenido en solución en la sustancia, desde un sistema solar anterior. En ese sistema se desarrolló la inteligencia y quedó re­tenida dentro de la sustancia a fin de formar la base del desen­volvimiento evolutivo del actual segundo sistema solar. Recuerde los siete planos de nuestro sistema solar constituyen los subplanos del plano físico cósmico y que por lo tanto el espíritu es materia en su más elevado punto de expresión, y la materia es espíritu en el más inferior. La vida está constituida por la voluntad y el amor y por grandes energías impulsoras que subyacen en todo el proceso evolutivo y motivan su inevitable consumación.
Atma-budi, como energías, se anclan en el vehículo del alma, en el loto egoico, y su actividad fusionada evoca respuesta de la sustancia del plano mental, que entonces hace su propia contri­bución. Su reacción produce lo que llamamos la mente superior, de naturaleza tan sutil y emanación tan tenue, que forzosamente debe relacionarse con los dos aspectos superiores y llegar a ser parte de la Tríada espiritual. El vórtice de fuerzas establecido por el impacto de la voluntad divina, expresando propósito divino y unificado con el Ser (como identidad y no como cualidad), produce el loto egoico, el vehículo de esa “alma identificada”, arrastrada a la expresión por el tercer resultado del impacto átmico-búdico en los tres mundos, y la mente concreta y el inte­lecto humano vienen a la expresión. Existe, en consecuencia, una curiosa similitud entre los tres aspectos divinos en manifestación y el hombre espiritual en el plano mental. La analogía es la siguiente:
La mónada Mente abstracta.

El alma Loto egoico.

La personalidad Mente inferior o concreta.
Esa vaga abstracción, la mónada, durante eones, parece no ha­berse relacionado de ninguna manera con el alma y la persona­lidad; ambas han estado y están ocupadas en la tarea de esta­blecer, a su debido tiempo y de acuerdo al impulso evolutivo, una estrecha fusión o unificación. La mente abstracta también ha permanecido durante eones como algo inconcebible y fuera de los modos de expresión y del pensamiento del hombre kama­manásico (o emoción y mente inferior) y luego, finalmente, alma y mente concreta (o el iluminador y el transmisor de ilumina­ción). Tales analogías pueden ser muy iluminadoras si se las considera debidamente.
En el ser humano tenemos ancladas dos energías principales; una incomprendida, a la cual damos el nombre de la PRESENCIA, la otra comprendida, a la cual damos el nombre de Ángel de la PRESENCIA. Éstas son el alma (el ángel solar) y la mónada. Una corporifica el rayo monádico, la otra el rayo del alma, y ambas energías, activa o sutilmente, condicionan a la personalidad.
Las otras cinco energías presentes son el rayo de la mente o fuerza condicionadora del cuerpo mental; el rayo de la natu­raleza emocional y el rayo del cuerpo físico, además de un cuarto rayo, el de la personalidad. Esotéricamente el rayo del cuerpo físico “asciende hasta la conjunción, mientras que los demás descienden”, según reza en un antiguo escrito. El rayo de la personalidad es consecuencia o resultado del vasto ciclo de encarnaciones. Por lo tanto tenemos:


  1. El rayo monádico.

  2. El rayo del alma.

3. El rayo de la mente.

4. El rayo de las emociones.

5. El rayo del cuerpo físico.

6. El rayo de la personalidad.

7. El rayo planetario.

El rayo planetario es el tercer Rayo de Inteligencia Activa, por­que condiciona a nuestra Tierra y tiene gran potencia, que per­mite al ser humano “atender sus asuntos en el mundo de la vida física planetaria”.


Me he referido casualmente a esos rayos en otra parte y poco he dicho acerca del rayo planetario; he puesto el énfasis sobre otro análisis de los rayos condicionantes, y en este análisis he reconocido que únicamente cinco rayos son de utilidad práctica para el hombre. Estos son:


  1. El rayo del alma.

  2. El rayo de la personalidad.

3. El rayo mental.

4. El rayo astral.

5. El rayo del cuerpo físico.
Sin embargo, con la creación y el desarrollo del antakarana, el rayo de la mónada también debe ser puesto en línea, y entonces aquello que es su polo opuesto, la “vivencia” planetaria, el tercer rayo, será reconocido. He dado aquí un punto de mucha impor­tancia. Todas estas energías desempeñan una parte activa en el ciclo de vida de cada hombre y no pueden ser totalmente ignora­das por el curador, aunque a menudo la información es relativa­mente inútil en la actualidad.


  1. El conflicto de esas energías con las fuerzas, y de las fuerzas entre si, producen los males corporales del hombre.

Se observará aquí que las enfermedades se producen, de acuer­do a la ley, de dos maneras:




  1. Por el conflicto de las energías con las fuerzas.

  2. Por el conflicto de las fuerzas entre sí.

Evidentemente, a primera vista es de esperarse esta lucha dual. En primer término tenemos la lucha que se libra en la vida de la personalidad, cuando el alma definidamente dirige su atención hacía sus vehículos y trata de ejercer control. Cuanto más deter­minada esté la persona a someter su personalidad al control del alma, más se intensificará el conflicto, surgiendo como resultado serias condiciones físicas. Bajo esa clasificación podríamos cata­logar la mayoría de las enfermedades de discípulos y místicos, en gran parte de naturaleza nerviosa, y a menudo afectan al co­razón o a la corriente sanguínea. En la mayoría de los casos pueden ser confinadas a la zona arriba del diafragma, y por lo tanto a esas zonas condicionadas por los centros coronario, larín­geo y cardíaco. Un número de casos que denominaré “fronterizos” entran también bajo esta categoría, pero están limitados a la trasferencia de las energías (por el impacto del alma) del centro plexo solar al cardiaco, y la frontera involucrada es simplemente el diafragma.


Dentro de esta primer clasificación también podrían notarse esas dificultades originadas, por ejemplo, cuando la energía del cuerpo astral hace su impacto sobre las fuerzas del vehículo etérico, estableciendo un disturbio emocional y produciendo se­rias dificultades en el plexo solar, con los resultantes trastornos gástricos, intestinales y hepáticos, siendo todos el resultado del conflicto entre energía y fuerzas. Todo lo que puedo hacer aquí es indicar el tipo de problema relacionado con una u otra de esas dos categorías; el tema no se presta para la breve dilucidación que intento dar.
Dentro de la segunda categoría, que concierne al conflicto entre fuerzas y fuerzas, está implicado el cuerpo etérico, y las fuerzas involucradas son las que se hallan en los centros mayo­res y menores, implicando su relación mutua y su reacción inter­na al impacto de energías provenientes de afuera del cuerpo etérico. Dichas fuerzas y su interacción producen las enfermeda­des comunes en el hombre y controlan los disturbios de los ór­ganos físicos y las zonas del cuerpo físico ubicadas alrededor de esos centros, los cuales constituyen en realidad los factores prin­cipales que condicionan la masa de seres humanos durante largos eones, o hasta el momento en que el alma “presta atención” a la apropiación y pleno control de su mecanismo en los tres mundos. Estas dificultades secundarias, debidas a la interacción entre los centros, son de tres categorías, y deben ser cuidadosamente observadas:


  1. La interacción entre:

  1. Los centros arriba del diafragma, por ejemplo, el coronario, el laríngeo y el cardíaco y muy ocasionalmente el centro ama.

  2. Los centros abajo del diafragma y su relación entre sí.




  1. La mutua relación entre ciertos centros, como la que tie­ne lugar de acuerdo a la Ley de Transmutación, o el pro­ceso de elevar las fuerzas de un centro a otro,

  1. del centro sacro al laríngeo,

  2. del centro plexo solar al cardíaco y

  3. del centro en la base de la columna vertebral al co­ronario.




  1. El impacto producido por la “energía” (observen la exac­titud técnica de mis frases) de los centros arriba del dia­fragma a los de abajo del diafragma.

Este proceso ocurre inversamente del que tiene lugar cuando las fuerzas abajo del diafragma son elevadas a los centros arriba del diafragma. En este tercer tipo de relación tenemos la aplicación de la potencia del magnetismo, y en el otro la expresión de la irradiación. Ambos se hallan estrechamente aliados en cierta etapa del desenvol­vimiento.


En todas las relaciones siempre existe la posibilidad de que sur­jan dificultades, dando por resultado un efecto indeseable sobre los órganos físicos situados dentro de la zona implicada. En las primeras etapas de la relación de los centros ubicados arriba del diafragma con los de abajo, el hombre generalmente no se da cuenta de lo que está sucediendo y es simple víctima del estimulo aplicado por el centro de donde emana la energía, al centro que recibe su impacto, o víctima de la desvitalización (produciendo en consecuencia muchas formas de males físicos) a medida que los centros responden a la estimulación. Todo es cuestión de equilibrio, y por esto debe luchar el hombre inteligente y el aspirante.
Llegamos ahora a una afirmación muy ambigua y ha sido expuesta con ese propósito:


  1. El conflicto entre las primeras y las segundas persiste du­rante edades, hasta llegar a la cima de la montaña, la primera gran cima.

Esto se refiere vagamente (y repito a propósito) al conflicto entre las energías situadas arriba del diafragma -que normalmente provienen del alma, en su propio plano- y las fuerzas de abajo del diafragma. Éste es un conflicto grande y persistente; comienza cuando el centro plexo solar domina y es pode­roso, produciendo crisis como en la época atlante. Debido a que la masa de hombres tiene conciencia atlante y es arrastrada principalmente por su naturaleza emocional, tales crisis vuelven a surgir hoy. Con el tiempo, hablando metafísicamente, el centro plexo solar comienza a producir un efecto irradiante en res­puesta al “llamado” magnético del centro cardíaco. Cuando se recibe la primera iniciación se establece la primera gran inter­acción entre ambos y la primera actividad coordinada. “Lo de arriba está ahora relacionado con lo de abajo, pero lo de abajo pierde su identidad con lo de arriba”, según lo expresa El Antiguo comentario. La madre desaparece porque el Cristo-Niño ha ocupado el lugar preponderante. El alma ejerce control y con­duce al aspirante de una cima de la montaña a otra.


En la primera iniciación, y acrecentadamente en todas las iniciaciones, la energía entra en un mayor conflicto con las fuer­zas; la energía del alma se precipita en el cuerpo etérico y todos los centros se convierten en “zonas de lucha”, predominando uno más que los otros. La naturaleza de la lucha ya no es de las “fuerzas entre sí”, sino entre energías y fuerzas, y esto crea las agudas pruebas para la iniciación, y produce muchos males físi­cos entre quienes están preparándose para recibir o han recibido la primera y segunda iniciaciones, explicándose así las enferme­dades de los santos.
Algún día emergerá una gran ciencia de los centros que acla­rará todo el complejo problema, sin embargo aún no ha llegado el momento. Si esta ciencia se enseñara abiertamente en la ac­tualidad, permitiría dirigir los pensamientos de los hombres a la realidad de los centros y a las zonas que éstos controlan, y no a las energías que afluyen a través de ellos. Entonces se produ­ciría una malsana e indeseable estimulación o desvitalización de la sustancia de los centros, con la consiguiente aguda enferme­dad. Siempre rige la ley de que “la energía sigue al pensamiento” y que la energía puede ser irradiante o magnética, pero no debe permanecer contenida estáticamente dentro de un centro. La verdadera ciencia de los centros sólo se impartirá libremente cuando -y sólo cuando- los hombres conozcan por lo menos los rudimentos para dirigir el pensamiento y controlar los im­pactos de energía.


  1. La lucha entre las fuerzas produce las enfermedades, do­lencias y sufrimientos corporales que buscan la liberación en la muerte.

Existe aquí una interesante diferencia que debe ser notada. La muerte sobreviene como resultado de dos cosas:




  1. La lucha entre las fuerzas, no entre la energía y las fuer­zas. La zona de conflicto existe en el cuerpo etérico y en el físico, y ninguna energía penetra del exterior, porque el hombre se halla gravemente enfermo.




  1. La pérdida de la voluntad de vivir. El paciente ha cedido: la lucha interna es muy grande para él; no puede traer energía del exterior para combatir las fuerzas antagónicas, y ha llegado a la etapa en que no desea hacerlo.

Estos dos aspectos del proceso de morir indican el destino del paciente, y deberían ser inmediatamente notados por el curador que (cuando descubre que están presentes) aplicará su pericia para ayudar al hombre a morir y no intentará curarlo. La puerta de entrada para las energías dadoras de vida se cierra; nada puede penetrar que ayude al curador en su trabajo, y el conflicto -de naturaleza general, o limitado a una amarga lucha en de­terminada zona- entre las fuerzas produce tanta fricción, que no queda esperanza alguna, excepto la muerte. En esta frase que comentamos, puntualizaré que la enfermedad se refiere al punto de fricción o dificultad aguda, y todos los males a la forma gene­ral en que el hombre reacciona a la zona donde se halla la dolencia y a la general incapacidad producida por la enfermedad, mientras que los dolores corporales se refieren al malestar de la zona donde la enfermedad está localizada, e indica su naturaleza. Las palabras en estas reglas y leyes han sido elegidas cuidado­samente, y aunque sean inadecuadas desde el punto de vista del traductor, no son redundantes, pues tienen diferentes significados.




  1. Las dos, las cinco y también las siete, además de aquello que ellas producen, poseen el secreto.

Esta enumeración es un resumen de lo que se ha dado pre­viamente, y su significado más superficial y el que más aplica el curador podría simplemente expresarse de la manera siguiente:


El curador debe tener en cuenta la realidad de las dos energías mayores, presentes en cada personalidad: los ra­yos del alma y de la personalidad. Luego debe recordar que a esos dos debe agregar tres rayos condicionantes: los rayos de la mente, del cuerpo astral y del cuerpo físico, formando los cinco mencionados.
Esta enumeración por lo general será adecuada para la persona común o término medio. Sin embargo, si el paciente es una per­sona muy evolucionada, corresponderá otra enumeración; será necesario agregar dos energías más que estarán entonces presen­tes con verdadera potencia: el rato de la mónada y el rayo del planeta, el tercer rayo. Este rayo planetario, cuando está muy activo (como en el caso de las personas muy evolucionadas y de quienes han logrado un punto elevado de integración general), tiene un poderoso efecto; el prana planetario afluye poderosa­mente con el rayo planetario y puede ser utilizado para producir la curación. La razón por la cual la salud de las personas evolu­cionadas es generalmente buena, se debe a que la energía prá­nica, proveniente del planeta, afluye libremente a través del mecanismo. El Maestro trabaja mediante un cuerpo relativamen­te perfecto, pues depende de esta energía para mantenerlo sano. Esta información es algo nueva, y una vez reconocida parecerá simple y razonable. “Aquello que ellas producen” significa en este Caso, para el curador, la forma tangible externa; existen otras sig­nificaciones, pero de ellas no nos ocuparemos.
El “secreto” se refiere a la revelación de la manera en que puede preservarse la buena salud. No es el secreto de la curación del vehículo físico cuando existen “males corporales”. Pero hay un secreto para la buena salud, conocido por todos los iniciados después de la tercera iniciación, que pueden aplicarlo si lo desean. No obstante, quizás deseen hacerlo siempre, a no ser que estén trabajando con otros aspectos del Plan, que nada tienen que ver con la humanidad. Si se hallan entre quienes se ocupan de la conciencia incipiente del hombre y trabajan para el reino humano y en el, pueden conocer el secreto. y al mismo tiempo no querer beneficiarse con él, debido a que sienten la necesidad de identificarse totalmente con la humanidad; por lo tanto eligen compartir conscientemente todas las experiencias humanas y morir de la manera que es común al resto de los hombres. La cuestión de la identificación se halla detrás de toda manifestación; es la identificación del espíritu con la materia o del espíritu y la materia, que constituye el secreto de la apariencia divina. Una de las Principales causas de la enfermedad, como bien saben, es la facilidad de los hombres para identificarse con el aspecto forma (con las numerosas fuerzas localizadas dentro del circulo in­franqueable de la personalidad). El hombre no se identifica con el productor de la forma, el verdadero hombre espiritual, ni con las energías que trata de dirigir, y que -más adelante en el ciclo evolutivo- insiste en dirigir.
Aquí también hay un significado secreto que se refiere a los siete rayos, cuando se expresan en el reino humano; el conocimiento de este secreto permite al Maestro controlar las epidemias y enfermedades ampliamente propagadas, pero esto ahora no les concierne. Incidentalmente, la relativa liberación de las plagas y epidemias que comúnmente siguen a la guerra, se ha debido parcialmente al empleo, por la Jerarquía, de este séptu­ple conocimiento, además del conocimiento científico de la hu­manidad.
A este respecto (y lo menciono simplemente por el interés que tiene) existen dos autoridades jerárquicas - el Mahachohán y Su Representante el cual pertenece al séptimo rayo-, posee­doras hoy de todo el secreto, siendo ayudadas por otros cinco Maestros, en la aplicación del conocimiento adquirido. Los cinco Maestros trabajan principalmente con la evolución dévica y, en este caso particular, con los devas curadores, que como saben, están vinculados con la forma. Estos siete Miembros de la Jerar­quía son ayudados a su vez por uno de los Budas de Actividad y también por el representante del Espíritu de la Tierra. Aquí tenemos nuevamente dos, cinco y también siete, una diferente enunciación cuya suma da nueve, el número de la iniciación. Esta relación numérica lleva al hombre hasta el punto de la “inicia­ción en el reino de la Perfección; ya no conoce más el dolor o el sufrimiento y su mente se traslada de lo que está abajo a lo que está arriba”.
He mencionado este aspecto de la relación de la humanidad con el tema de la salud, a fin de mostrar cuán sutiles y esotéricas son las cuestiones que estamos tratando, y dar así al paciente individual un sentido de Proporción, en lo que concierne a sus dolencias corporales y hasta su muerte.


  1. Ésta es la quinta Ley de Curación, dentro del mundo de la forma.

Esta quinta Ley concierne principalmente al quinto principio, mente o manas; principio que hace del ser humano lo que es; lo convierte en prisionero de la forma y del planeta, y así lo hace vulnerable e indefenso, en el aspecto forma, a los ataques que son parte de la milenaria acción del mal contra el bien. Este quinto principio, cuando es controlado y empleado por el Hijo de la Mente, un Hijo de Dios, permitirá al hombre espiritual li­berarse de todo tipo de forma y por lo tanto de la enfermedad y de la muerte.


Evidentemente, cuando el curador se entrena en el arte de curar, debe captar con claridad y candidez ciertos hechos excesi­vamente simples, aunque esotéricos:


  1. Que la curación es, simple y esencialmente la manipulación de energía.




  1. Que debe diferenciar cuidadosamente entre energías y fuerzas.




  1. Que si busca obtener un verdadero éxito, debe aprender a ubicar al paciente, lo más exactamente posible, en el co­rrecto peldaño de la escala de la evolución.




  1. Que el conocimiento de los centros es imperativo.




  1. Que él mismo debe trabajar como alma, a través de su personalidad.




  1. Que su relación con el paciente (a no ser que éste se halle muy evolucionado) debe establecerla como personalidad.




  1. Que debe localizar el centro controlador de la, zona que abar­ca el punto de fricción.




  1. Que, como sucede con todo en las ciencias ocultas, la en­fermedad y la curación son aspectos del gran sistema de “relación” que rige a toda la manifestación.

Si el curador toma estos ocho puntos, y reflexiona y cavila sobre ellos, erigirá una sólida base para todo el trabajo a realizar; su relativa simplicidad es tal que, resultará evidente, cualquiera puede ser curador si así lo desea y está dispuesto a cumplir con los requisitos. La idea corriente que una persona es un curador “nato” y por lo tanto excepcional, en realidad sólo indica que dirige allí su principal interés. Por lo tanto, a causa de este interés, ha dirigido su atención al arte de curar y en conse­cuencia a establecer contacto con pacientes; debido a la inevita­ble actuación de la ley que rige el pensamiento, descubre que la energía sigue a su pensamiento y afluye a través de él hacia el paciente Cuando lo hace deliberadamente logra a menudo la curación Cualquier hombre o mujer -que tenga verdadero inte­rés y esté impelido por el incentivo del servicio- que piensa y ama, puede ser curador, y ha llegado el momento de que la gente comprenda esto. Todo proceso de curación es dirigido por el pen­samiento; concierne a la dirección de las corrientes de energía o a su abstracción y esta es otra manera de referirse a la irra­diación y al magnetismo Cada iniciado es un curador, y cuanto más avanzado menos se ocupa de la complejidad de los centros y fuerzas, o de las energías y su dirección. Cura automáticamente, como en el caso del iniciado Pedro; acerca de él leemos que “al pasar la sombra de Pedro curó a todos ellos


La mayor diferencia observada en el intervalo (un intervalo de muchos, muchos miles de años) que media entre el tipo de curación ya mencionado y el trabajo de un curador menos avan­zado, se observará en que los curadores que son médicos entre­nados y acreditados y también curadores espirituales, tendrán una gran ventaja sobre los curadores no entrenados, porque su diag­nosis de la enfermedad tenderá a ser más exacta y su poder de visualización más grande, debido a su entrenada familiaridad con la estructura del cuerpo y su conocimiento de la patología mor­bosa. Será inteligente que, durante mucho tiempo, el curador espiritual trabaje siempre en colaboración con un médico clínico entrenado. El curador proporcionará los conocimientos ocultistas requeridos. Finalizará la época en que pueda establecerse como curador cualquier persona buena, bondadosa y espiritualmente orientada; la práctica de la curación debería ser precedida por años de cuidadoso estudio acerca de la naturaleza de la energía, de los tipos de rayo y de los centros; deberían dedicarse a esto por un mínimo de tres años; si a ello se agrega la ciencia de un médico entrenado, egresado de nuestras mejores facultades de medicina, tendremos un nuevo y mejor tratamiento del vehículo humano que el dado hasta ahora. Luego, el conocimiento oculto y ortodoxo del curador, su capacidad de visualización y su poder para dirigir el pensamiento, serán reales y prácticamente efec­tivos.
La regla vinculada a la quinta Ley pone en claro la necesidad de este conocimiento oculto, porque expone muy definidamente ciertos mandatos fundamentales.





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