Curación Esotérica



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TERCERA PARTE


LAS LEYES FUNDAMENTALES DE LA CURACIÓN



HE COMENTADO la primera y segunda parte del estudio sobre el arte de curar. He tratado someramente las causas de la enfermedad y observado que emanan en su totalidad de tres prin­cipales fuentes: el estado sicológico del paciente, sus deudas kár­micas y aquellas en que ha incurrido por medio de su relación grupal, ambiental, nacional o planetaria. Luego me ocupé de cier­tas condiciones y actitudes básicas requeridas, que deben ser establecidas entre el curador y el paciente y, finalmente, abordé el tópico de la muerte. Lo consideré en lo que afecta a los tres vehículos transitorios, acentuando su naturaleza divina y su pro­pósito constructivo. Ahora entraré en la parte donde serán breve­mente consideradas las Leyes y las Reglas de la Curación que deberán condicionar los procesos de curación.
Hallamos que existen diez leyes y seis reglas. Observarán que la décima ley es demasiado abstrusa para ser dilucidada más ex­tensamente; concierne al principio vida, del cual hasta ahora nada sabemos, y está implicado en el propósito monádico. Toda ense­ñanza esotérica que emana directamente de la Jerarquía, contiene en si la semilla viviente de lo que será más tarde. En La Doctrina Secreta, por ejemplo, H.P.B. (de acuerdo a mis instrucciones) se refirió ocasionalmente al antakarana, en forma muy breve y con­fusa; así sembró la semilla, y cuando florezca plenamente indi­cará los requisitos para quienes -habiendo recibido las iniciacio­nes superiores- pueden entrar en el Camino de la Evolución superior. Por lo tanto, en esta décima ley incorporo también la simiente para un acercamiento muy posterior, a los problemas de la Vida y la Muerte.
Recordaré que una ley es en realidad el efecto producido por la vida de una entidad mayor, cuando abarca a una menor den­tro de sus procesos vivientes. Incluye ese propósito formulado, o voluntad organizada de una vida envolvente, contra la cual, el propósito expresado o la voluntad determinada de aquello que envuelve, nada puede hacer. Podrán argüir que esta afirmación niega el libre albedrío del ente individual así incluido o envuelto. Ello ciertamente milita contra el aspecto forma de la manifesta­ción -ese aspecto, por ejemplo, del que el ser humano es pre­eminentemente consciente. Por lo tanto, esta relación entre lo superior o mayor, y lo inferior o menor, dominará equitativa y seguramente y, con el tiempo, anulará las leyes menores de la naturaleza forma, que hoy se denominan leyes de la naturaleza.
Sin embargo, en sentido igualmente esencial, el alma de todas las formas se halla en conflicto con esas formas, y en su propia vida integral está condicionada por leyes superiores, las de su propio ser; a éstas las obedece y sigue libremente, sin el más mínimo deseo de hacer lo contrario. En consecuencia, no existe ningún infringimiento esencial del libre albedrío del sujeto; sólo hay resistencia de lo que llamamos el “no-yo’ o aspecto materia. A esto podría denominárselo causa básica de toda enfermedad.
Lo que llamamos Leyes de la Naturaleza fueron la fase más elevada de la vida divina, posible en el primer sistema solar. Constituyen primordialmente las leyes inherentes al aspecto vida de la forma, poseyendo, no obstante, las semillas de la muerte. Las Leyes del Alma, debido a que subordinan y hacen negativas a las Leyes de la Naturaleza, son las leyes superiores, a las cuales la humanidad (el más elevado reino de la naturaleza actualmen­te) puede responder y -cuando se cumplan- completarán el propósito del segundo sistema solar. Las Leyes de la Vida reem­plazarán finalmente a las Leyes del Alma y totalmente neutrali­zarán y negarán a las Leyes de la Naturaleza; esas leyes serán características del tercer sistema solar, la última expresión de la personalidad del Logos solar, por intermedio de los siete logos planetarios, con sus variadas formas y expresiones del alma.

Tres Grupos de Leyes

Tenemos así tres grupos de leyes, que rigen la expresión del propósito viviente en este segundo sistema solar, uno desarro­llado, otro en desarrollo y el tercero latente y relativamente pasivo.




  1. Las Leyes de la Naturaleza -las leyes separatistas de la naturaleza forma.

  2. Las Leyes del Alma -las leyes fusionantes de la integri­dad grupal.

  3. Las Leyes de la Vida -las leyes dinámicas del Ser.

Ahora nos ocuparemos de ciertos aspectos de las Leyes del Alma, pues conciernen a la actividad e integridad del alma en la forma. Esto deben tenerlo muy en cuenta. La enfermedad es algo que ataca la integridad o armonía de la naturaleza forma, que el hombre espiritual interno debe emplear a fin de hacer contacto en los tres mundos, que constituyen su medio ambiente cuando está en encarnación. Las leyes tratadas podrán considerarse por lo tanto como las diez leyes subsidiarias de la fundamental Ley de Integridad Esencial. Constituyen nueve elaboraciones o aspec­tos de esa ley, y esto debe tenerse cuidadosamente presente. Con estas leyes debe trabajar siempre el verdadero curador.


Las seis reglas tratan únicamente de la aplicación de esta in­tegridad, lograda en las condiciones y situaciones que el curador enfrenta. La integridad significa enfoque, tensión, y expresión (simultáneamente captada, conscientemente generada y dinámi­camente empleada).

Cualidades que debe Poseer el Curador

En las leyes y reglas que he dado se mencionan ciertas carac­terísticas necesarias del curador y también se indican los requi­sitos indispensables. Estos los expondremos primero, pues no sólo presentan cualidades y actitudes esenciales para la práctica exi­tosa del arte de curar, sino que indican también por qué -hasta la época actual- prácticamente no se ha logrado una exitosa y sistematizada curación de un paciente en ninguna de las actua­les escuelas de curación. Se ha producido lo que podría denomi­narse “curación accidental”, porque el paciente se hubiera curado de todos modos, no habiéndole llegado la hora de pasar al más allá. La deliberada curación consciente, con pleno conocimiento, sólo ocurre cuando el curador es un iniciado de alto grado, imi­tando la vida y naturaleza de Cristo.


Veremos ahora las cualidades y actitudes indicadas. Las enumeraré y comentaré brevemente:


  1. El poder de hacer contacto y trabajar corno alma. “El arte del curador consiste en liberar al alma”. Piensen por un mo­mento lo que involucra este poder. El curador no sólo se halla en contacto inmediato y consciente con su propia alma, sino que por medio de ese contacto puede fácilmente hacer contacto con el alma de su paciente.




  1. El poder de ordenar, de la voluntad espiritual. La ley par­ticular involucrada en el acto de la curación debe ser “pues­ta en actividad por la voluntad espiritual”. Esto requiere la capacidad de establecer contacto con la Tríada espiritual. Por lo tanto, el antakarana debe estar más o menos en proceso de construcción.




  1. El poder de establecer relación telepática. El curador debe “conocer la etapa interna de los pensamientos y deseos” de su paciente.




  1. La posesión de un conocimiento exacto. Hemos visto que debe “conocer el punto exacto a través del cual debe llegar el alivio”. Éste es un punto muy importante, el cual es pasado totalmente por alto por los así llamados curadores, en cier­tos movimientos como Christian Science, Unity y otros. Las curaciones no se logran mediante una intensa afirmación de la divinidad o por derramar simplemente amor y expresar un indefinido misticismo. Se logra por el dominio de la cien­cia exacta de contacto, de impresión, de invocación, más una comprensión del mecanismo sutil del vehículo etérico.




  1. El poder de invertir, reorientar y “exaltar” la conciencia del paciente. El curador debe “elevar hasta el alma los ojos enfo­cados hacia abajo”. Esto se refiere a los ojos del paciente. Esta declaración implica limitación, porque si el paciente no está en la etapa de evolución donde esto es posible, ni en el punto de evolución donde puede hacer contacto con su propia alma, el trabajo del curador será inevitablemente inútil. Por lo tanto, la esfera de acción del curador espiritual, está estrictamente limitada a quienes tienen fe. La fe, no obstante, es la “evidencia de las cosas no vistas”; la mayoría carece de esa evidencia. La fe no es el pensamiento ansioso ni una es­peranza ingeniosa. Es la evidencia de una convicción bien fundamentada.




  1. El poder de dirigir la energía del alma hacia la zona necesaria. “El ojo espiritual o tercer ojo, dirige entonces la fuerza cura­dora”. Esto presupone, por parte del curador, una técnica científica, el correcto funcionamiento, dentro de la cabeza, del mecanismo que recibe y dirige la fuerza.




  1. El poder de expresar la pureza magnética y la necesidad de radiación. “El curador debe adquirir pureza magnética... y lograr una radiación dispersadora”. Esto involucra una gran disciplina personal en la vida diaria y el hábito de vivir en forma pura. Inevitable y automáticamente la pureza da por resultado la irradiación.




  1. El poder de controlar La actividad del mecanismo de la cabeza. El curador debe haber “vinculado los centros de la cabeza”. El verdadero curador ha establecido una zona magnética en su cabeza, la cual se presenta o expresa por medio de una definida y reconocida radiación.




  1. El poder sobre sus propios centros. El curador debe “concen­trar la necesaria energía dentro del centro requerido”. El cen­tro, en el cuerpo del paciente, más cercano al lugar de la perturbación física, debe llegar a ser receptivo de la energía descargada en él por el correspondiente centro en el cuerpo del curador. Por lo tanto será evidente cuánto conocimiento y control de energía requiere el verdadero curador.




  1. El poder de utilizar tanto los métodos exotéricos como los esotéricos de curación. El curador empleará los “métodos de curación ocultista, aunque también se utilicen los métodos comunes de medicina y cirugía”. Constantemente he acentua­do que la naturaleza de la medicina experimental es un don de Dios, frase que califica a la medicina actual y aún más a la curación metafísica. No es necesario llamar a un curador espiritual para soldar los huesos rotos o para esas dificultades que la medicina ortodoxa ya ha dominado. No obstante, la moral y condición general del paciente pueden ser ayudados razonablemente mientras se aplica una inteligente cirugía y los conocimientos médicos paliativos. Esto generalmente tiende a ignorarlo el así llamado curador metafísico. Con el tiempo los curadores se clasificarán en dos grupos:




  1. Los curadores espirituales definidamente entrenados.




  1. Los curadores que han desarrollado menos poder, pero po­seen suficiente irradiación y magnetismo para ayudar en los procesos curativos comunes. Éstos por lo general traba­jarán guiados por el curador espiritual.




  1. El poder para trabajar magnéticamente. Así “puede derramar la vital fuerza curadora sobre el paciente”. El curador realiza esto mediante la coordinación científica de su equipo, em­pleando las manos como agente directriz. De esta manera la enfermedad puede ser curada, aliviada o empeorada, e incluso producir la muerte. Por lo tanto, la responsabilidad del cura­dor es muy grande.




  1. El poder para trabajar con la irradiación. Así “su presencia puede nutrir la vida del alma del paciente”. Esto también se realiza mediante un sistema de coordinación, pero en ese caso el agente de irradiación es el aura y no las manos.




  1. El poder para practicar durante todo el tiempo una total inofensividad. “El método que emplea el Uno Perfecto... es la inofensividad”. Se dice que involucra una expresión positiva de equilibrio, un punto de vista incluyente y una divina com­prensión. ¿Cuántos curadores combinan estas tres cualidades y trabajan por medio del amor?.




  1. El poder para controlar la voluntad y trabajar por medio del amor. “El curador... debe mantener sujeta la voluntad”. Ésta es una de las cualidades más difíciles de desarrollar, porque la voluntad del curador es frecuentemente tan poderosa, en su determinación por lograr una curación, que hace inútil el esfuerzo para aplicar ese proceso de curación. Desde el ángulo opuesto, frecuentemente el deseo sentimental y místico de amor al paciente, inutiliza todo esfuerzo para refrenar la voluntad. Recuérdese que la voluntad espiritual debe ser como un tranquilo y profundo depósito de poder, respaldando toda expresión de la energía del amor.




  1. El poder eventual para aplicar la Ley de la Vida. Sobre esto, poco puede decirse, porque sólo es aplicable a quienes han desarrollado o están desarrollando rápidamente la conciencia de la Tríada espiritual -algo todavía muy raro.

El estudio de estos requisitos no debe producir desaliento. Dicho estudio servirá para establecer una meta necesaria para todos los curadores de la nueva era. También explicará por qué los distintos sistemas de curación practicados hoy en todo el mun­do (especialmente en los países angloamericanos) han fracasado notablemente hasta ahora a pesar de sus pretensiones. Ninguno de ellos -si han llevado registros debidamente comprobados y científicamente exactos (prácticamente nadie lo ha hecho)- acu­saría más de un ínfimo porcentaje de curas basadas en la cura­ción puramente espiritual. El porcentaje curado alcanza a menos de uno por millón. En todo caso, dichas curaciones se habrían efectuado a su debido tiempo si se hubiera permitido la acción de la naturaleza o la actuación de la ciencia médica o quirúrgica comunes.


Pero hoy es tan grande la estimulación espiritual en el mundo, y el número de los que responden tan enorme, que inevitable­mente un gran grupo podrá salir de las filas de la humanidad común y entrar en el sendero del discipulado. A causa de este progreso surgirán -durante los próximos quinientos años- mu­chos curadores que llenarán en cierta medida los requisitos enumerados.
Las filosofías que apoyan los distintos sistemas como Unity, Christian Science, son básicamente sanas y afirman trilladas ver­dades fundamentales (no obstante verdades esenciales), que sub­yacen en todo lo que acabo de decir. Sin embargo, la gente no se cura por la enunciación de verdades trilladas, por la afirmación de la divinidad ni por la exposición de teorías abstractas. Se curará cuando llegue el momento oportuno, debido a la habilidad del curador de la nueva era para expresar en sí mismo y en su vida diaria la cualidad de la divinidad, capaz espiritualmente de invocar el alma de su paciente y también ser magnéticamente puro, y por el poder de un tipo particular de energía irradiante estimular al paciente a que él mismo se cure, mediante su propio mecanismo interno. El curador de la nueva era poseerá la capacidad de hacer, con facilidad y comprensión, los siguientes con­tactos:


  1. Con su propia alma.




  1. Con el alma del paciente.




  1. Con el particular tipo de energía que reside en el rayo del alma o de la personalidad del paciente.




  1. Con uno de sus propios centros, que le es necesario para actuar como agente transmisor de la energía que debe ser enviada a una zona regida por algún centro en el cuerpo del paciente.




  1. Con el centro en el cuerpo etérico del paciente, que controla la zona donde la enfermedad está ubicada.

Esto, como podrán apreciar, significa poseer mucho conocimiento técnico. Además el curador también debe poseer esa percepción espiritual que le permitirá intuir el “karma del momento”, tal como se lo denomina esotéricamente, y así saber si su curación es permitida, practicable o imposible. Este tipo de conocimiento no lo posee hoy ningún curador en el mundo, no importa que así lo proclame. Repito nuevamente, esto no debe causar desaliento.


Lo que verdaderamente se requiere y se obtendrá en el trans­curso de las décadas, es que los discípulos y hombres y mujeres con orientación espiritual, ingresen en la profesión médica y se perfeccionen en las técnicas de la medicina ortodoxa y en el conocimiento exotérico de la anatomía física y de los síntomas patológicos, más los medicamentos y los métodos ortodoxos de tratar las enfermedades. A este conocimiento y comprensión téc­nica agregarán cierta medida de conocimiento esotérico; entonces comenzarán a combinar, mientras practican su profesión, la sabi­duría, tanto exotérica como esotérica, que poseen. Al principio esto será puramente experimental, pero de la experiencia adquirida, al utilizar ambos campos del conocimiento, emergerá una nueva ciencia médica basada en dos reconocidos e importantes factores.


  1. Una acumulación de conocimiento e información, acerca del vehículo físico denso, por los hombres de ciencia en el trans­curso de las edades, lo cual ha sido en su mayoría com­probado y exacto.




  1. Un aumento constante de la comprensión de la naturaleza del cuerpo etérico, de los centros y de la transmisión y cir­culación de ciertas energías controladas.

Esta combinación de dos aspectos de la verdad se facilitará por la acrecentada sensibilidad y la casi clarividente percepción de la humanidad en desarrollo. Se hallará que uno de los resultados sobresalientes de la reciente guerra mundial es la enorme y acrecentada capacidad de reacción nerviosa. Esta receptividad nervio­sa es actualmente anormal, teniendo penosos resultados. La razón de ello es que el mecanismo nervioso del ser humano común (y con ello quiero significar su sistema nervioso, más los nadis que subyacen en él) no es todavía adecuado a las demandas que se le imponen. Sin embargo, el tiempo reajustará todo esto.


Los curadores metafísicos y los médicos ortodoxos tienden hoy a repudiarse mutuamente en forma demasiado violenta. Conside­rado en su totalidad, el médico ortodoxo es menos fanático y excluyente que los metafísicos modernos. Conocen muy bien las limitaciones de sus actuales realizaciones médicas. Pero el así lla­mado curador espiritual no reconoce en la actualidad limitaciones, y ello constituye definidamente una debilidad. Ambos grupos, con el tiempo, llegarán a convertirse en colaboradores y no en opo­sitores. Uno tiene mucho que aprender del otro y ambos deben reconocer que el campo particular del conocimiento en el cual se hallan son igualmente una expresión divina, e indican la ca­pacidad de la mente humana para investigar, registrar, descubrir y formular la verdad, a fin de que otros puedan beneficiarse.
Quisiera recordarles que ambos grupos tienen mucho que ha­cer -uno penetrar en el reino de lo sutil y lo intangible (y esto está sucediendo rápidamente) y el otro salir de sus vagas abs­tracciones y generalizaciones imprácticas para aprender a reco­nocer las realidades acerca de lo objetivo y lo tangible; esto aún no se ha hecho; las así llamadas curaciones metafísicas se pierden en medio de una nube de palabras y afirmaciones altisonantes.
La sinceridad de la mayoría de quienes pertenecen a esas es­cuelas de pensamiento es incuestionable; sus móviles son casi uniformemente sinceros y buenos. En ambos grupos existen char­latanes y también una pequeña -muy pequeña- minoría de egocéntricos e ignorantes explotadores de la humanidad. Entre ellos figuran médicos y metafísicos inclinados comercialmente; sin embargo son una minoría. El investigador sincero que ama a la humanidad, en ambos grupos, constituye la esperanza futura de la ciencia médica, que trata de satisfacer la necesidad de la humanidad -una humanidad que va acrecentando su sensibilidad y orientándose subjetivamente.




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