Curación Esotérica


Significado de la Integración



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Significado de la Integración

La mayoría de los instructores y aspirantes ponen el énfasis sobre la integración de la personalidad y su correcta orientación hacia el mundo de los valores espirituales. Debería recordarse que tal etapa es una de las primeras, y así debe ser. La integra­ción de la mente, de la naturaleza emocional y del cerebro, es la principal característica de todos los seres humanos evolucio­nados -los malos y los muy malos, los buenos y los muy buenos. Sin embargo, esto no indica vida espiritual, sino frecuentemente lo contrario. Un “Hitler” o persona ambiciosa con un profundo egoísmo, o una vida inclinada a la crueldad, es una personalidad que dirige todos los poderes de su mente hacia propósitos malig­nos, cuya naturaleza emocional está constituida en tal forma que no presenta obstáculos para promover estas intenciones egoístas, y con un poderoso cerebro receptivo a los planes y métodos de los dos vehículos, cumpliendo los mandatos de la personalidad.


Señalaré que la mayoría de las personas no son personalida­des, no importa cuán volublemente puedan hablar acerca de la propia. El objetivo inicial, por ejemplo, que tiene el conjunto de aspirantes y estudiantes, consiste ante todo, en integrar el triple hombre inferior a fin de convertirse en personalidades funcionan­tes, antes de llegar a ser almas funcionantes; el trabajo tiene como propósito producir un enfoque consciente de la personali­dad, evitando al mismo tiempo pasar por ese ciclo de encarna­ciones donde la personalidad estará dedicada a cumplir fines inferiores y egoístas. Los estudiantes mas avanzados tienen el propósito de producir una integración mayor del alma y la per­sonalidad, que conduce a esa integración final que lleva al aspec­to más elevado de todo, el de la vida monádica.
Existen hoy en el mundo muchas personalidades realmente in­tegradas, las cuales, debido a la integración del alma y la per­sonalidad, pueden hollar el sendero del discipulado aceptado. Éste es un desarrollo muy auspicioso, si sólo pudieran comprender sus implicaciones y significado; pero surge el interrogante acerca de como, únicamente los que están en proceso de reorientarse, pue­den desarrollar una adecuada integración de la personalidad. Nunca lo conseguirán si se sobreestiman o desprecian a si mis­mos. Muchos tienden a considerarse como personalidades, por natural y propia voluntad o porque son estudiantes ocultistas. Olvidan que estudiante de ocultismo es aquel que busca lo que se halla oculto -en su caso, aquel oculto e integrador hilo que les permitirá fusionar los tres cuerpos y así merecer verdaderamente el nombre de personalidad. Algunos de ellos no llegarán a ser personalidades durante esta vida, pero podrán desarrollar el con­cepto mental de su posibilidad y naturaleza; deben recordar que “como un hombre piensa en su corazón, así es él”. Ello no cons­tituye una pérdida de tiempo, sino que es un proceso muy nece­sario, a través del cual han pasado todos los Miembros de la Jerarquía.
El estudio y la meditación combinados son factores que todos los aspirantes deberían emplear si desean lograr esta necesaria integración y consiguiente vida de servicio. Así el aspirante po­drá comprobar su punto de integración y la amplitud de la cualidad del servicio, producida por dicha integración. Si los aspirantes estudiaran cuidadosamente su vida en el plano físico, descubrirían que trabajan automáticamente en respuesta a las ideas convencionales de buena voluntad o de bondad, que existen en el plano físico o trabajan emocionalmente porque les gusta ser estimados, les agrada ayudar y también aliviar el sufrimiento (debido a la aversión que sienten por el malestar que les pro­duce el sufrimiento) o creen seguir los pasos de Cristo, derra­mando el bien, o por la natural y profundamente arraigada tendencia de la vida. Esto constituye el último y esperanzado desenvolvimiento.
Los aspirantes oportunamente descubrirán (cuando hayan ter­minado las fases de la integración física y emocional) que viene otra fase de servicio inteligente, motivado, en primera instancia, por la misericordia, posteriormente por la convicción de su esen­cialidad, más tarde por una etapa de definida ambición espiritual, luego siguiendo sumisamente el ejemplo de la Jerarquía y, final­mente, por la actuación de la cualidad del amor puro, amor que acrecentadamente se expresa a sí mismo a medida que prosigue la integración superior del alma y la personalidad. Todas estas fases de la intención y de las técnicas están bien, en su propio lugar, mientras tienen un valor educativo y las siguientes fases superiores permanecen vagas y nebulosas. Son erróneas si se perpetúan y llevan a cabo cuando se percibe con claridad la si­guiente etapa y no se la sigue. Reflexionen sobre esto. Será de valor para ustedes comprender el verdadero significado de esas variadas fases de integración, realizadas -como lo son- de acuerdo a la ley evolutiva.
Todos estos pasos en el camino de integración conducen a esa culminante etapa en que la personalidad -rica en experiencia, poderosa en expresión, reorientada y dedicada- se torna simplemente en el mediador de la vida del alma entre la Jerarquía y la Humanidad. Nuevamente, reflexionen sobre esto.

El Estado Mental del Alma

Mientras todas estas fases, etapas y realizaciones tienen lugar en la vida de la personalidad ¿qué actitud adopta el alma en su propio plano? Considerar esto involucra, ante todo, el reconoci­miento de los tres aspectos de la mente, que residen en lo que llamamos plano mental:




  1. La mente inferior concreta, constituye la actitud mental man­tenida por ese aspecto inferior del alma que inicialmente se “hizo descender” a la manifestación en el momento de la in­dividualización. Esto -durante un largo ciclo de encarnacio­nes- ha llegado a ser acrecentadamente sensible para su influyente Yo, el cual le dice a su aspecto encarnado: “Ha­biendo compenetrado todo el universo con un fragmento de Mí Mismo, Yo permanezco”. La atracción de este influyente Yo “que permanece” es lo que atrae y hace retornar al pequeño fragmento a su fuente de origen.




  1. El Hijo de la Mente, el alma, el producto del pensamiento de la Mente Universal, la Identidad pensante, percibidora, discri­minadora, analizadora, o la Entidad espiritual. Este aspecto de la Vida Una está caracterizado por la mente, la razón, el amor y La voluntad puros. Un “Señor del Sacrificio” que, a través de la experiencia de la encarnación, la integración y la expresión, ha emprendido la tarea de redimir la materia y elevar la sustancia hasta los Cielos. Éstas, aunque teóricas para ustedes, son verdades comunes y trivialidades antiguas. Pueden comprobar su naturaleza teórica formulándose la pregunta: ¿que hago como alma (si es que actúo como alma) para elevar mi aspecto materia, mis tres vehículos y la sustancia con la cual están cons­truidos, a planos superiores de expresión?




  1. La mente superior abstracta es para el alma lo que el aspecto inferior del alma, contenido en los pétalos del conocimiento, es para la mente concreta. Esta mente abstracta constituye el as­pecto inferior de la Tríada espiritual.

Una vez que tuvo lugar la integración entre la personalidad y el alma, entonces el alma -en su propio cuerpo, naturaleza y plano- ­puede comenzar a dedicarse a una integración o relación vincula­dora superior, que oportunamente debe lograr entre ella y la Tría­da espiritual. La realización en un nivel inferior posibilita siempre la realización en uno superior. No existe verdadera realización superior hasta que el aspecto inferior reflejado es gradualmente dominado, empleado y reconocido como un instrumento para lle­var a cabo actividades aún más elevadas.


El estado mental del alma, durante los procesos de integración inferior, puede ser brevemente resumido:


  1. De total desinterés, durante las primeras etapas del ciclo de en­carnación. Su “aspecto incrustado” (como se lo ha llamado) es absolutamente adecuado para la lenta y tediosa tarea de la evo­lución de los cuerpos, desarrollo de sus características y pago de la amarga experiencia de la ceguera y la ignorancia. Este período es, en mucho, el más largo, y mientras transcurre, el alma sigue adelante con los intereses de su propia vida, en su propio nivel de experiencia, en su propio rayo y regida por la influencia del Maestro, que eventualmente guiará el pensamiento (por medio de la impresión gozosamente acep­tada) de la personalidad en desarrollo. Recuerden que este reino o conjunto de almas constituye lo que los cristianos lla­man el Reino de Dios y los ocultistas la Jerarquía espiritual del planeta. No olviden que el propósito de ese conjunto de vidas consiste en inducir a la conciencia a comprender la pola­rización espiritual de la VIDA planetaria.




  1. A medida que prosigue la evolución, los tres vehículos -creados y desarrollados- se hacen potentes, y su vibración llega a ser bastante fuerte para llamar parcialmente la atención de la preocupada alma. La primera reacción es la irritabilidad. La irritabilidad ocultista no es el mal humor como lo mani­fiestan los seres humanos, sino respuesta al contacto -una respuesta que no agrada. En otras palabras, es fricción. Por ello comprenderán mejor el significado de la enunciación de que la última cadena que el Maestro rompe es la irritabilidad. La personalidad ya no atrae, por lo tanto cesa la fricción, y sólo existe un canal puro por el cual puede fluir la energía espiritual. La irritabilidad, tal como se la comprende, se pro­duce cuando la voluntad, la propia estimación y las ideas y planes personales son infringidos por otras personas. Esta no es la índole de irritabilidad de la que se desembaraza el Maestro.

La segunda reacción constituye el proceso de meditación o la generación de poder, que más tarde se empleará en los tres mundos para acrecentar la energía del alma dentro de la for­ma y crear el campo del conocimiento, poblado de formas mentales, dentro del cual la personalidad se aventurará más adelante. El alma está por lo tanto preparándose para su propia reorientación hacia la Vida y su expresión en los tres mundos, y no para adquirir experiencias de la vida.




  1. Cuando la personalidad llega a dominar, el alma introduce un nuevo factor en la vida de su reflejo, el alma encarnada. Moviliza y enfoca la energía del rayo del alma y, por un acto de la voluntad, la pone en contacto directo con el rayo de la personalidad. Esto produce una acción refleja sobre los rayos del triple hombre inferior, estimulándolos, despertándo­los y condicionando el cuerpo etérico, de manera que los cen­tros por los cuales afluyen los rayos de la personalidad, y el centro coronario que responde al rayo del alma, puedan ser más activos. El centro ajna, mediante el cual actúa la perso­nalidad, trabaja e intensifica su actividad, y tienen lugar dos cosas:




  1. La vida de la personalidad se hace acrecentadamente po­tente y el hombre desarrolla una individualidad intensa.




  1. El centro coronario comienza a ejercer influencia sobre el centro ajna y, lenta y gradualmente, sobre los centros de la columna vertebral. La propia voluntad aumenta, así como también las otras cualidades.




  1. El alma está desarrollando ahora lo que los esotéricos llaman “un proceso de reversión”. Esto despierta un gran interés en su reflejo en los tres mundos, y tres cosas tienen lugar:




  1. La mente concreta inferior se somete a la iluminación del alma.




  1. La energía del rayo del alma afluye acrecentadamente a la personalidad, intensificando su conflicto.




  1. El recorrido del hombre alrededor del zodíaco, de Aries vía Piscis a Tauro, se invierte, prosiguiendo entonces en forma contraria a las agujas del reloj.

Todos estos factores producen un violento conflicto en el sen­dero de probación, acrecentándose cuando el hombre entra en el sendero del discipulado. La potencia de la personalidad dominan­te, que está siendo dominada, induce a una intensa actividad kármica. Eventos y circunstancias se acumulan rápida y violentamente en la experiencia del discípulo. Su medio ambiente es de la más alta calidad disponible en los tres mundos; su expe­riencia fluctúa entre los extremos; agota sus obligaciones kár­micas, y paga con gran rapidez la penalidad impuesta por los errores del pasado.


Una encarnación sucede a otra durante todo este tiempo, y el proceso familiar de la muerte continúa aconteciendo entre ciclos de experiencia. Sin embargo, las tres muertes -física, astral y mental- se llevan a cabo con un constante despertar del estado de percepción, a medida que se desarrolla la mente inferior; el hombre ya no deambula -dormido y sin saberlo- fuera de los vehículos etérico, astral y mental, sino que cada muerte llega a ser un acontecimiento como lo es la muerte física.
Finalmente, llega el momento en que el discípulo muere de­liberadamente y, con plena conciencia y real conocimiento, aban­dona sus distintos vehículos. Constantemente el alma va contro­lando, y entonces el discípulo produce la muerte por un acto de voluntad del alma, sabiendo exactamente lo que está haciendo.




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