Curación Esotérica



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LEY X



Atiende, oh discípulo, al llamado que el Hijo hace a la Madre, y luego obedece. La Palabra anuncia que la forma ha cumplido su propósito. El principio mente (el quinto principio A.A.B.) entonces se organiza y luego repite la Palabra. La forma expectante responde y se desprende. El alma queda liberada.
Responde, oh Naciente Uno, al llamado que proviene de la esfera de la obligación; reconoce el llamado que surge del Ashrama o de la Cámara del Concilio, donde espera el Señor Mismo de la Vida. Se emite el Sonido. Tanto el alma como la forma deben re­nunciar al principio vida y así permitir a la Mónada liberarse. El alma responde. La forma rompe entonces la conexión. La Vida queda ya liberada, debido a la cualidad del conocimiento consciente y al fruto de todas las experiencias. Éstos son los dones del alma y de la forma combinados.
He querido aclarar en sus mentes, la diferencia entre la enfermedad y la muerte, tal como las experimenta el hombre común, y ciertos procesos correspondientes a la disolución cons­ciente, como son practicados por el discípulo avanzado o el ini­ciado. Estos procesos posteriores involucran una técnica que se va desarrollando lentamente, en la cual (en las primeras etapas) el discípulo es aún víctima de la tendencia que posee la forma a producir enfermedad como sucede con todas las formas de la naturaleza. Esta tendencia trae la subsiguiente muerte, pasando por las etapas benignas de las enfermedades y la consiguiente muerte pacífica, hasta las etapas en que la muerte se produce por un acto de la voluntad -el momento y el modo lo determina el alma, registrado y plasmado conscientemente por el cerebro. En ambos casos se manifiesta el dolor, pero en el sendero de iniciación el dolor es mayormente rechazado, no porque el iniciado trate de evitar el dolor, sino porque desaparece la sensibilidad de la forma hacia los contactos indeseables, y con ello desaparece también el dolor; el dolor es el guardián de la forma y el pro­tector de la sustancia; advierte el peligro; indica ciertas etapas definidas en el proceso evolutivo; está relacionado con el prin­cipio por el cual el alma se identifica con la sustancia. Cuando cesa la identificación, el dolor, la enfermedad y también la muer­te, pierden su aferramiento sobre el discípulo; el alma ya no está sujeta a sus requerimientos, y el hombre queda liberado, porque la enfermedad y la muerte son cualidades inherentes a la forma y están sujetas a las vicisitudes de la vida de la forma.
La muerte para el hombre es exactamente lo que parece ser la liberación del átomo; esto lo ha demostrado el gran descubri­miento científico de la liberación de la energía atómica. El núcleo del átomo ha sido dividido en dos. (Esta expresión es científica­mente incorrecta). Este acontecimiento, en la experiencia de la vida del átomo, libera una gran luz y una gran potencia; en el plano astral el fenómeno de la muerte tiene un efecto un tanto similar y también un estrecho paralelo con el fenómeno produ­cido por la liberación de la energía atómica. Cada muerte, en todos los reinos de la naturaleza, produce en cierta medida este efecto; destroza y destruye la forma sustancial y sirve así un propósito constructivo; este resultado es mayormente astral o síquico y permite disipar algunos de los espejismos circundantes. La destrucción de las formas en gran escala, llevada a cabo du­rante los últimos años de guerra, ha producido cambios feno­ménicos en el plano astral y ha destruido gran parte del espe­jismo existente en el mundo, y esto es muy, pero muy bueno. Tales acontecimientos deberían dar como resultado menor opo­sición a la afluencia del nuevo tipo de energía; deberían también facilitar la aparición de ideas que contengan los necesarios reco­nocimientos y captar ahora nuevos conceptos; su introducción en el reino del pensamiento humano dependerá de la formulación de los nuevos “senderos o canales de impresión”, por los cuales las mentes de los hombres podrán ser sensibles a los planes je­rárquicos y a los propósitos de Shamballa.
No obstante, esto lo digo al margen. Mi proposición servirá para demostrar algunas de las relaciones que existen entre la muerte y la actividad constructiva, la gran utilidad de la muerte como un proceso de reconstrucción. Les impartirá la idea de que esta Gran Ley de la Muerte -cuando rige la sustancia de los tres mundos- es un acontecimiento benéfico y correctivo. Sin extenderme sobre ello, recordaré que la Ley de la Muerte, que rige tan poderosamente los tres mundos de la evolución humana, es un reflejo de un propósito cómico que rige los planos etéricos cósmicos de nuestro sistema solar, el plano astral y el plano men­tal cósmicos. La energía que produce la muerte, emana como una expresión del principio vida de esa VIDA mayor que abarca total­mente los siete sistemas planetarios, que en Sí Mismos expresan la Vida de nuestro sistema solar. Cuando, en nuestra reflexión y esfuerzo por comprender, nos introducimos en el reino de la abstracción pura, ha llegado el momento de detenernos y retro­traer nuestras mentes a los métodos prácticos del vivir plane­tario y a las leyes que rigen el cuarto reino de la naturaleza, el humano.
Después de esta tentativa de argumentar desde lo universal a lo particular (que es siempre el método esotérico), estamos en posición de abocarnos a estudiar, en la Tercera Parte, el último punto que trata de los Requisitos Básicos. Ahora debemos con­siderar el empleo del principio muerte por el discípulo o el iniciado. Quisiera que observaran la forma de expresar este concepto, que será tratado bajo el título de Los Procesos de Integración.

CAPITULO SÉPTIMO


Los Procesos de Integración
AL CONSIDERAR este acontecimiento inteligentemente utilizado por el alma, cuando actúa conscientemente en los tres mun­dos, será de valor encararlo bajo dos acápites principales:
Primero: Los procesos donde se da fin al ciclo de encarnación mediante la total integración del alma y la personalidad. Esto lo abordaremos desde tres puntos de vista:
El significado de la integración.

El estado mental del alma.



La eliminación de la forma mental de la personalidad.
Segundo: Su resultado:
En el Ashrama del Maestro, en lo que concierne al discípulo. De la manera en que el discípulo liberado puede crear un cuerpo para establecer contacto en el plano físico y servir en los tres mundos, sin estar regido por la Ley de la Ne­cesidad, sino por la Ley del Servicio, tal como lo entiende el iniciado.
A esta altura se habrán dado cuenta que hemos tratado el hecho de la muerte, en lo que afecta al cuerpo físico (cosa muy familiar) y también a las envolturas astral o mental -esa acu­mulación de energía condicionada, con la cual no estamos tan objetivamente familiarizados, pero que también el sicólogo ad­mite su existencia y creemos que debe desintegrarse o desapa­recer con la muerte del cuerpo físico. Sin embargo ¿no se les ha ocurrido pensar que el principal aspecto de la muerte, que con­cierne más definidamente al ser humano, es la muerte de la personalidad? No hablo en términos abstractos, como lo hacen los esoteristas empeñados en negar la cualidad o cualidades que caracterizan al yo personal. Hablan de “matar” tal o cual cuali­dad, suprimir totalmente al “yo inferior” o frases similares. Me refiero aquí textualmente a la destrucción, disolución, disipación o final dispersión de ese tan preciado y muy conocido yo personal.
Debe tenerse presente que la vida de la personalidad abarca las siguientes etapas :


  1. La lenta y gradual construcción durante un largo período de tiempo. Durante muchos ciclos de encarnaciones el hombre no es una personalidad, sino simplemente un miembro de la masa.




  1. En esta etapa, prácticamente no existe la identificación cons­ciente del alma con la personalidad. El aspecto alma, oculto en las envolturas, ha sido dominado por la vida de esas envol­turas, durante un período excesivamente largo, y sólo hace sentir su presencia mediante lo que se denomina “la voz de la conciencia”. Sin embargo, a medida que transcurre el tiem­po, la vida activa inteligente del individuo es gradualmente realzada y coordinada por la energía que afluye de los pétalos de conocimiento del loto egoico o de la inteligente naturaleza perceptiva del alma en su propio plano. Esto produce even­tualmente la integración de las tres envolturas inferiores, en un todo funcionante. El hombre es entonces una personalidad.




  1. La vida de la personalidad del ahora coordinado individuo. persiste durante muchas vidas, y también abarca tres fases:




  1. La de la agresiva y dominante vida de la personalidad, bá­sicamente condicionada por su tipo de rayo, de naturaleza egoísta y muy individualista.




  1. La de transición, donde se libra un conflicto entre la per­sonalidad y el alma. El alma comienza a tratar de libe­rarse de la vida de la forma y, sin embargo, en último análisis, la personalidad depende del principio vida, confe­rido por el alma. Expresado en otras palabras, comienza el conflicto entre el rayo del alma y el rayo de la perso­nalidad, y la lucha se libra entre dos enfocados aspectos de energía. Este conflicto termina en la tercera iniciación.




  1. La del control ejercido por el alma, conduciendo a la muer­te y destrucción de la personalidad. Esta muerte comienza cuando la personalidad, el Morador en el Umbral, perma­nece ante el Ángel de la Presencia. La luz del Ángel solar entonces extingue la luz de la materia.

La fase del “control” está condicionada por la total identifica­ción de la personalidad con el alma; esto es el reverso de la identificación anterior, del alma con la personalidad. También es lo que queremos significar cuando hablamos de la integración de ambas, las dos son una. San Pablo se refirió a ello cuando dijo (en las Epístolas a los Efesios) que Cristo “hizo de dos, un nuevo hombre”. Ésta es principalmente la fase de la etapa final del sendero de probación (donde se inicia conscientemente el trabajo) y es llevado a su fin en el sendero del discipulado. Es la etapa del servidor práctico triunfante y de aquello en que todo el enfoque y producto de la vida del hombre está dedicado al cumplimiento de la intención jerárquica. El hombre comienza a actuar en esos niveles no incluidos en los tres mundos de la evolución común y también desde ellos, pero que sin embargo producen sus efectos y llevan a cabo sus objetivos planeados en esos tres mundos.






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