Curación Esotérica



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  1. La ley de la Necesidad Kármica, rige la vida del discípulo avan­zado y del iniciado, desde el momento de la segunda iniciación hasta cierta iniciación superior a la cuarta; estas iniciaciones le permiten pasar al Camino de la Evolución Superior.




  1. La Ley de la Transformación Kármica, una misteriosa frase que rige los procesos que se llevan a cabo en el Camino Superior, los cuales capacitan al iniciado para salir totalmente del plano físico cósmico y actuar en el plano mental cósmico. Concierne a la liberación de quienes son similares a Sanat Kumara y Sus Asociados en la Cámara del Concilio de Shamballa, y a ser libe­rados de la imposición del deseo cósmico que se manifiesta en nuestro plano físico cósmico como voluntad espiritual. Este con­cepto quizás les sorprenda. No obstante será evidente que poco puedo decir sobre este tema. El conocimiento implicado no me pertenece todavía.

Volvamos ahora a otro aspecto de nuestro tema. Existen, ha­blando en sentido más amplio, tres episodios principales de la muerte.


Tenemos, ante todo, la constante repetición de la realidad de la muerte física, siéndonos familiar, si sólo lo comprendiéramos, por su extremada frecuencia. Este reconocimiento podría eliminar rápidamente el actual temor a la muerte. Existe también la “segun­da muerte”, mencionada en La Biblia, que en este ciclo planetario está asociada con la muerte de todo control astral en el ser humano. En sentido más amplio, esta segunda muerte es consumada en la cuarta iniciación, donde también muere la aspiración espiritual, pues ya no es necesaria; la Voluntad del iniciado es ahora firme e inamovible y la sensibilidad astral ya no es necesaria.
Existe una curiosa contraparte de esta experiencia en un nivel muy inferior, cuando tiene lugar la muerte de todas las emociones astrales del aspirante individual, en el momento de la segunda ini­ciación. Constituye un episodio completo y es conscientemente re­gistrado. Entre las iniciaciones segunda y tercera el discípulo debe demostrar continuamente que no responde al astralismo y emocionalismo. La segunda muerte, a la que me refiero, tiene que ver con la muerte o la desaparición del cuerpo causal en el momento de la cuarta iniciación; ésta marca la terminación de la construcción del antakarana y la institución de una relación directa, ininterrumpida y continua entre la Mónada y la personalidad.
La tercer muerte tiene lugar cuando el iniciado abandona, en definitiva y sin perspectiva de retorno, toda relación con el plano físico cósmico. Esta muerte lógicamente está muy distante de todos los que pertenecen a la Jerarquía y en la actualidad sólo es posible y permisible para unos pocos de la Cámara del Concilio de Shamba­lla. Sin embargo no es un proceso por el cual pasará Sanat Kumara. Él experimentó esta “transformación” hace muchos eones, du­rante el gran cataclismo que inauguró la era lemuria, inducido por Su experiencia cósmica y la necesidad de que afluyera energía desde Seres extraplanetarios.
He hecho este breve resumen a fin de ampliar la comprensión general de aquello que los Maestros denominan “la extensión de la muerte en el espacio”. Sin embargo, en las siguientes páginas nos limitaremos al tema de la muerte del cuerpo físico y de los cuerpos sutiles en los tres mundos; trataremos también los procesos que producen la reabsorción del alma humana dentro del alma espiri­tual en su propio plano, el plano mental superior; consideraremos la reasimilación de la sustancia y la apropiación de la materia con el fin de reencarnar.
Por consiguiente, consideraremos los tres principales procesos a los cuales me referí; abarcan tres períodos y conducen oportuna­mente a otros procesos regidos por la Ley de Renacimiento, y son:


  1. El Proceso de Restitución, que rige el período de abstracción del alma del plano físico y de sus dos aspectos fenoménicos, el cuerpo físico denso y el cuerpo etérico. Concierne al Arte de Morir.




  1. El Proceso de Eliminación, rige el período de vida del alma humana después de la muerte y en los otros dos mundos de la evolución humana. Concierne a la eliminación del cuerpo astral-mental, por el alma, para que esté “preparada para permanecer libre en su propio lugar”.




  1. El Proceso de Integración, trata del período en que el alma liberada llega a ser consciente de que es el Ángel de la Presencia y está reabsorbida en el mundo de las almas, entrando entonces en un estado de reflexión. Posteriormente, bajo el impacto de la Ley de Necesidad o Deuda Kármica, el alma se prepara de nuevo para otro descenso en la forma.

El campo de experiencia (la muerte tal como la conoce la per­sona común) son los tres mundos de la evolución humana, el físi­co, el de la emoción y del deseo y el plano mental. El mundo, en último análisis, es dual desde el ángulo de la muerte y de allí deriva la frase “la segunda muerte”, y la he aplicado anteriormente a la muerte o destrucción del cuerpo causal, donde el alma espiritual había funcionado hasta entonces. Sin embargo, puede ser aplicado en un sentido más literal, y referirse a la segunda fase del proceso de la muerte en los tres mundos. En ese caso concierne sólo a la forma, y está relacionada con esos vehículos de expresión que se hallan debajo de los niveles amorfos del plano físico cósmico. Los niveles de la forma son (como bien saben, pues este conocimiento constituye el abecé de la teoría oculista) aquellos donde actúa la mente concreta inferior y reacciona la naturaleza emocional a los planos denominados astral y físico dual. El cuerpo físico está com­puesto por el cuerpo físico denso y el vehículo etérico. En conse­cuencia, cuando consideramos la muerte del ser humano, debemos emplear la palabra muerte respecto a dos fases, en las cuales fun­ciona.


Primera fase: La muerte del cuerpo físico-etérico. Esta fase comprende dos etapas:


  1. Aquella en que los átomos que constituyen el cuerpo físico son devueltos a la fuente de origen. Esta fuente es la suma total de la materia del planeta, constituyendo el cuerpo físico denso de la Vida planetaria.




  1. Aquella en que el vehículo etérico, compuesto de un conjunto de fuerzas, devuelve esas fuerzas al depósito general de ener­gía. Esta fase dual abarca el Proceso de Restitución.


Segunda fase: El “rechazo” (tal como se denomina a veces) de los vehículos mental-emocional. En realidad, éstos forman un cuerpo, al que los primitivos teósofos dieron correctamente el nombre de “cuerpo kama-manásíco” o vehículo deseo-mente. He dicho en otro lugar que no existe tal cosa como plano o cuerpo astral. Así como el cuerpo físico está compuesto de materia que no es considerada un principio, así el cuerpo astral -en lo que concierne a la naturaleza mental- se halla en la misma categoría. Es muy difícil que capten esto, porque el deseo y la emoción son muy reales y devastadoramente im­portantes. Pero -textualmente hablando- desde el ángulo del plano mental, el cuerpo astral es “una ficción de la imagi­nación”, no un principio. El empleo masivo de la imaginación, puesta al servicio del deseo, ha construido, sin embargo, un ilusorio mundo de espejismos, el mundo del plano astral. Du­rante la encarnación física y cuando un hombre no está en el sendero del discipulado, el plano astral es muy real y posee vida y vitalidad propias. Después de la primera muerte (la muerte del cuerpo físico) sigue siendo igualmente real. Pero su potencia va desvaneciéndose lentamente; el hombre mental llega a comprender su propio y verdadero estado de conciencia (desarrollada o no), y es posible y tiene lugar la segunda muerte. Esta fase abarca el Proceso de Eliminación.
Cuando estas dos fases del Arte de Morir han concluido, el alma desencarnada queda libre del control de la materia; está purificada (temporariamente por las fases de Restitución y Eliminación) de toda contaminación por la sustancia. Esto se adquiere, no por medio de alguna actividad del alma en la forma, el alma humana, sino como resultado de la actividad del alma en su propio plano, abstra­yendo la fracción de sí misma que llamamos alma humana. Esto es principalmente el trabajo que efectúa el alma influyente; no es llevado a cabo por el alma en la personalidad. El alma humana durante esta etapa, sólo responde a la atracción o fuerza atractiva del alma espiritual cuando ésta -con deliberada intención- ex­trae el alma humana de las envolturas que la aprisionan. Más ade­lante -a medida que prosiguen les procesos evolutivos y el alma va controlando acrecentadamente a la personalidad- el alma, dentro de las envolturas que la aprisionan, producirá consciente e intencionadamente las fases de la muerte. En las primeras etapas, esta liberación será lograda con la ayuda del alma espiritual influyente. Luego, cuando el hombre vive en el plano físico como alma, él mismo -con plena continuidad de conciencia- lleva a cabo los procesos de abstracción, y entonces (con propósito diri­gido) “asciende al lugar de donde vino”, lo cual es el reflejo, en los tres mundos, de la divina ascensión del perfeccionado Hijo de Dios.
Ya he dado en otros de mis libros alguna información respecto al tópico de la Muerte, que podría agregarse aquí. Tengo un propó­sito definido al sugerir esto. La Muerte los acecha como nunca en esta época; la demanda del espíritu humano por obtener luz sobre este tema ha alcanzado su máxima potencia, y está evocando la inevitable respuesta de la Jerarquía. Abrigo también la espe­ranza que los estudiantes hagan algo muy importante para ayudar a arrojar luz sobre los procesos de la muerte, que la humanidad hoy demanda.

ACERCA DE LA MUERTE


EXTRACTADO DE OTROS LIBROS
“¿Por qué este poder ciego? ¿Por qué la Muerte? ¿Por qué esta desintegración de las formas? ¿Por qué negar el poder de pose­sión? ¿Por qué la muerte, Oh Poderoso Hijo de Dios?”
Imperceptiblemente llega la respuesta: “Poseo las llaves de la vida y de la muerte. Ato y desato. Soy el Destructor”.

Tratado sobre los Siete Rayos, T. 1 pág. 72.

La intención del Señor de primer rayo es permanecer detrás... de los demás aspectos divinos... a fin de destruir las formas que Ellos han construido después que han realizado Su propósito.


El primer rayo controla el drama de la muerte en todos los reinos, destruye las formas, lo cual origina la liberación del poder y permite la “entrada a la luz a través del portal de la muerte”.

ídem pág. 73.




  1. “Detén tu mano hasta que haya llegado el momento. Enton­ces da la dávida de la muerte, Oh Señor que abres la Puerta”.

Ídem pág. 74.


  1. “Abre la vestidura... de aquello que se halla oculto entre sus múltiples pliegues. Retira las envolturas que ocultan. Que Dios sea visto. Desciende a Cristo de la Cruz.”

Ídem pág. 77.
El primer paso para sustanciar la realidad de la existencia del alma es establecer el hecho de la supervivencia, aunque esto no comprobará la realidad de la inmortalidad... Se está comproban­do constantemente que algo sobrevive al proceso de la muerte y que algo persiste después de la desintegración del cuerpo físico. Si esto no es verdad, entonces somos víctimas de una alucinación colectiva, están enfermos y pervertidos los cerebros y las mentes de miles de personas. Es más difícil creer en tal gigantesca locura que en la alternativa de una expansión de conciencia.

Ídem pág. 99.




  1. El desarrollo de la visión etérica y el sin número de personas clariaudientes y clarividentes revelan constantemente la exis­tencia del plano astral y la contraparte etérica del mundo físico. También aumenta el número de los que perciben este reino subjetivo: ven a personas que han muerto o que du­rante el sueño han abandonado la envoltura física.

Ídem pág. 99.


  1. En los próximos doscientos años se verán la abolición de la muerte, así como ahora comprendemos esa gran transición, y el establecimiento de la realidad de la existencia del alma. El alma será conocida como un ente, como el impulso moti­vador y el centro espiritual que se halla detrás de las formas manifestadas... Nuestra esencial inmortalidad será demostrada y conocida como un hecho real de la naturaleza.

Idem pág. 97.
Dentro de los próximos años la realidad de la supervivencia y de la eternidad de la existencia, habrán dejado de ser una incógnita para convertirse en una convicción... No quedarán dudas de que el hombre al abandonar el cuerpo físico continúe siendo una enti­dad viviente y consciente. Se sabrá que continúa su existencia en un mundo más allá del físico y que vive, está despierto y es consciente. Esto se comprobará de diversas maneras, por:


  1. El desarrollo de un poder dentro del ojo físico del ser humano que... revelará el cuerpo etérico... y se verá que los hom­bres ocupan ese cuerpo.




  1. El creciente número de personas que tienen el poder de emplear... “el tercer ojo”..., que ha despertado nuevamente, demostrará la inmortalidad... porque verá fácilmente al hombre que ha abandonado sus cuerpos etérico y físico.




  1. Un descubrimiento, en el campo de la fotografía, comprobará la supervivencia.




  1. Por medio de la radio, con el tiempo se establecerá comuni­cación con aquellos que han pasado al más allá, y esto se convertirá en una verdadera ciencia.




  1. El hombre será sensibilizado a tal grado de percepción y contacto, que le permitirá ver a través de las cosas y reve­lará la naturaleza de la cuarta dimensión, y fusionará en un nuevo mundo los mundos subjetivo y objetivo. La muerte ya no inspirará terror y desaparecerá el temor particular que provoca.

Ídem pág. 156.
Deben recordar que la conciencia siempre es la misma, esté en encarnación o no, y el desarrollo puede llevarse a cabo con mayor facilidad que cuando está limitado y condicionado por la conciencia cerebral.

Discipulado en la Nueva Era, T. 1, pág. 81 (ed. inglesa).
La ley de Sacrificio y Muerte es el factor que controla en el plano físico. La destrucción de la forma, a fin de que pueda pro­gresar la vida evolucionante, es uno de los métodos fundamentales en la evolución.

Tratado sobre Fuego Cósmico, pág. 467.


  1. La Ley de Desintegración... es un aspecto de la Ley de Muerte. Es la ley que rige la destrucción de la forma a fin de que la vida inmanente pueda brillar en su plenitud... Esta ley destruye las formas y la Ley de Atracción atrae nueva­mente a la fuente de origen la materia de esas formas...

Ídem págs. 474-75.


  1. La Ley de Muerte controla similarmente los tres mundos.

Ídem pág. 487.


  1. La ley del Sacrificio es la Ley de la Muerte, similarmente a lo que llamamos muerte del cuerpo físico.

Ídem pág. 487.


  1. La Ley de Muerte y Sacrificio, rige la gradual desintegra­ción de las formas concretas y su sacrificio a la vida evolu­cionante...

Ídem pág. 487.


  1. Cuando todas las unidades o células del cuerpo... del Logos planetario... hayan logrado la realización, también El se libe­rará de la manifestación densa y morirá físicamente.

Idem pág. 420.
El proceso oculto de la MUERTE es el siguiente:


  1. La primera etapa consiste en retirar la fuerza vital del ve­hículo etérico del triple cuerpo físico... y la consiguiente “corrupción”, siendo “dispersado en los elementos”. El hom­bre objetivo desaparece y el ojo físico ya no lo ve aunque se halla en su cuerpo etérico. Cuando la visión etérica esté desarrollada, la idea de la muerte asumirá proporciones muy diferentes. Cuando la mayoría de la raza pueda ver a un hombre actuar en su cuerpo físico etérico, el abandono del cuerpo denso será considerado como una “liberación”.




  1. La segunda etapa consiste en retirar la fuerza vital del cuerpo etérico y en desvitalizarlo...




  1. La tercera etapa consiste en retirar la fuerza vital de la forma astral o emocional, para que ésta sea desintegrada en forma similar y la vida centralizada... en cualquier otra parte. Ha adquirido una acrecentada vitalidad por medio de la exis­tencia en el plano físico, y le ha dado color por medio de la experiencia emocional.




  1. La etapa final para el... ser... humano consiste en ser reti­rado del vehículo mental. Las fueras vitales, después de esta cuádruple abstracción, son centralizadas totalmente... en el alma...

Ídem págs. 590-91.
La Ley de Atracción... destruye las formas... y atrae nue­vamente a la fuente de origen la materia de las formas antes de comenzar su reconstrucción. En el sendero de evolución los efectos de esta ley son muy conocidos, no sólo en la destrucción de los vehículos abandonados... sino en la destrucción de las formas que encierran grandes ideales... Oportunamente, todo se destruye debido a la acción ejercida por esta ley.
Su actuación, para la común mentalidad humana, es más evidente, en sus manifestaciones actuales en el plano físico. Podemos trazar la conexión entre el plano átmico (espiritual) y el físico (que se demuestra en el plano inferior como la ley de Sacrificio y Muerte), pero su efecto también puede observarse en los otros cinco planos. Es la ley que destruye la última envoltura que separa... al alma perfecta.

Ídem pág. 475.


Cuando desaparece la “voluntad de vivir”, entonces los “Hijos de la Necesidad” dejan de manifestarse objetivamente... Cuando el Pensador en su propio plano aparta su atención del pequeño sis­tema, en los tres mundos, y repliega dentro de sí todas sus fuerzas, su existencia termina en el plano físico y todo vuelve a la concien­cia causal... Ello se manifiesta en el plano físico cuando el ra­diante cuerpo etérico se retira por la parte superior de la cabeza, teniendo lugar la consiguiente desintegración del físico. La estruc­tura desaparece y la forma física densa se desintegra.

Ídem pág. 96.




  1. El cuerpo etérico está realmente formado por una red de finos canales, que forman un sutil cordón trenzado; parte de este cordón es el eslabón magnético que une los cuerpos físico y astral y se corta al retirarse el cuerpo etérico del cuerpo físico denso en el momento de la muerte. (Véase Ecl: XII, 6.)

Ídem, pág. 106.


  1. Más adelante “‘... se pondrán en práctica métodos definidos cara demostrar que la vida persiste después de la muerte del cuerpo físico, y la trama etérica será reconocida como factor operante”.

Ídem pág. 360.
La muerte es “... la iniciación o la entrada... en un estado de liberación...”

Tratado sobre los Siete Rayos, T. I, pág. 163.

La Muerte y el Cuerpo Etérico
No tenemos el propósito de exponer hechos para que la ciencia los verifique, ni indicar la dirección del nuevo paso que han de dar los investigadores científicos; si esto sucede es casual y secundario. Nos proponemos especialmente señalar el desarrollo y las analo­gías de la triple totalidad, que hace de nuestro sistema solar lo que es -el vehículo por medio del cual una gran ENTIDAD cósmi­ca, el Logos solar, manifiesta inteligencia activa con el propósito de demostrar perfectamente el aspecto amor de Su naturaleza. Detrás de este designio existe un propósito, posterior y esotérico, oculto en la Conciencia Voluntad del Ser Supremo, propósito que necesariamente se manifestará cuando se haya logrado el actual objetivo. La alternativa entre la manifestación objetiva y la oscu­ración subjetiva, la periódica exhalación, seguida de la inhala­ción de todo aquello que ha sido llevado a cabo por intermedio de la evolución, personifica, en el sistema, una de las vibraciones cósmicas fundamentales y la tónica de esa ENTIDAD cósmica de la cual somos el cuerpo. Los latidos del corazón del Logos (si se puede expresar en forma tan inadecuada) son la fuente de toda la evolución cíclica; de allí la importancia que se le atribuye a ese aspecto del desarrollo, denominado el aspecto “corazón” o “amor”, y el interés que despierta el estudio del ritmo. Esto no sólo es verdad, cósmica y macrocósmicamente, sino también cuando se estudia al ente humano. Subyacentes en todas las sensaciones físi­cas producidas por el ritmo, la vibración, los ciclos y los latidos del corazón, se hallan las analogías subjetivas -amor, sentimiento, emoción, deseo, armonía, síntesis y orden consecutivo-, y detrás de estas analogías se halla el origen de todo, la identidad de ese Su­premo Ser que así se expresa.
Por lo tanto, el estudio del pralaya, la extracción de la vida del vehículo etérico, no variará, ya sea que se estudia la extracción del doble etérico humano, la del doble etérico planetario o la del do­ble etérico del sistema solar. El efecto es el mismo y las conse­cuencias son similares.
¿Cuál es el resultado de dicha extracción? o, más bien, ¿cuál es la causa de ese algo que llamamos muerte o pralaya? Debido a que hemos adoptado el estilo de un libro de texto, continuaremos en este tratado con nuestros métodos de clasificación. La extrac­ción del doble etérico del hombre, de un planeta o de un sistema, se debe a las causas siguientes:


  1. Cesación del deseo. Debería ser el resultado de todo proceso evolutivo. La verdadera muerte, de acuerdo a la ley, se produce por haberse alcanzado el objetivo y por haber cesado la aspiración. Esto sucede cuando el ciclo perfecto llega a su término, respecto al ser humano individual, al Hombre celestial y al Logos Mismo.




  1. Logro de la vibración adecuada por la reducción y cesación gradual del ritmo cíclico, por el trabajo realizado. Cuando la vi­bración o nota se siente o emite perfectamente, produce (en el punto de síntesis con otras vibraciones) la total desintegración de las formas. El movimiento se caracteriza, como sabemos, por tres cualidades:




  1. Inercia

  2. Movilidad

  3. Ritmo

Las tres se experimentan sucesivamente en el orden indicado y presuponen un período de actividad lenta, seguido por otro de máximo movimiento. Este período intermedio (cuando se busca la nota exacta y el grado de vibración) produce incidentalmente ciclos de caos, de experimento, de experiencia y de comprensión. A continuación de estos dos tipos de movimiento (que caracteri­zan al átomo, al Hombre, al Hombre celestial o grupo, y al Logos o la Totalidad), viene un período de ritmo y estabilización, en que se alcanza el punto de equilibrio. El pralaya es la consecuencia inevitable de la fuerza equilibradora de los pares de opuestos, y trae equilibrio.




  1. Separación del cuerpo físico del cuerpo sutil, en los planos internos, mediante la desintegración de la trama. Esto tiene un efecto triple:


Primero. La vida que ha animado a la forma física (tanto densa como etérica) y que partiendo del átomo permanente “compene­tró lo activo y lo estático” (lo que se encuentra en Dios, en el Hombre celestial, en el ser humano, lo mismo que en el átomo de la materia), se recoge totalmente dentro del átomo en el plano de abstracción. Este “plano de abstracción” es distinto para cada uno de los entes implicados:


  1. Para el átomo físico permanente, es el nivel atómico.

  2. Para el hombre, es el vehículo causal.

  3. Para el Hombre celestial, es el segundo plano, el de la vida monádica, lugar donde habita.

  4. Para el Logos, es el plano de Adi.

Esto indica los puntos donde desaparece la unidad en el pralaya. Debemos tener presente que siempre es pralaya cuando se observa desde abajo. Desde la visión superior, que percibe lo más sutil, cer­niéndose constantemente sobre lo denso, cuando no está en mani­festación objetiva, pralaya es simplemente subjetividad, aquello que es esotérico, no aquello “que no es”.


Segundo. Cuando el doble etérico de un hombre, de un Logos planetario y de un Logos solar se desintegra, ya no se polariza con su morador interno, y por lo tanto puede evadirse. Ya no es (para expresarlo en otras palabras) fuente de atracción ni punto focal magnético. Se convierte en no magnético, cesando de regirlo la gran Ley de Atracción; de allí que la desintegración es la condición inmediata de la forma. El Ego ya no es atraído por su forma en el plano físico y, mediante la inhalación, retira su vida de la envoltura. El ciclo se acerca a su fin, ya se ha lle­vado a cabo el experimento, se ha alcanzado el objetivo -el cual es relativo en cada vida y encarnación-, entonces ya no se desea nada; el ego o ente pensante pierde su interés por la forma y dirige su atención internamente. Cambia su polarización y, con el tiempo, abandona el cuerpo físico.
Similarmente, el Logos planetario durante Su ciclo mayor (la síntesis o conglomerado de los minúsculos ciclos de las cé­lulas de Su cuerpo) sigue el mismo curso; cesa de ser atraído hacia abajo o afuera, y dirige Su mirada hacia adentro; recoge internamente el conglomerado de pequeñas vidas dentro de Su cuerpo, el planeta, y corta la conexión. La atracción por lo ex­terno cesa y todo gravita hacia el centro en vez de dispersarse hacia la periferia de Su cuerpo.
En el sistema, el Logos solar sigue el mismo proceso; desde Su elevado lugar de abstracción ya no es atraído por Su cuerpo de manifestación, porque ha dejado de interesarle, y los dos pares de opuestos, el espíritu y la materia del vehículo, se sepa­ran. Con esta separación, el sistema solar, el “Hijo de la necesidad” o del deseo, deja de ser y sale de su existencia objetiva.
Tercero. Finalmente se produce la dispersión de los átomos del cuerpo etérico, que vuelven a su condición primitiva. Se retira la vida subjetiva, se activa la síntesis de la voluntad y del amor. La sociedad se disuelve. Entonces la forma se desintegra porque el magnetismo que la mantenía coherente ya no está presente y la dispersión es total. Persiste la materia, pero no la forma.
El trabajo del segundo Logos termina, y la divina encarna­ción del Hijo llega a su fin. Pero la facultad o cualidad, inhe­rente a la materia, persiste, y al fin de cada periodo de manifes­tación, la materia (aunque vuelve a su forma primitiva) llega a ser materia inteligente activa, incorporando lo adquirido du­rante la objetividad y la acrecentada actividad latente e irra­diante lograda por la experiencia. Permítaseme dar un ejemplo: la materia indiferenciada del sistema solar fue materia inteli­gente activa, y esto es todo lo que puede afirmarse de ella. Dicha materia inteligente activa fue materia cualificada por una experiencia anterior y coloreada en una encarnación anterior. Ahora esta materia tiene forma, el sistema solar no se encuentra en pralaya, sino en objetividad; esta objetividad tiene por objeto agregar otra cualidad al contenido logoico, la cualidad amor-sabiduría. Por consiguiente, en el próximo pralaya solar, al final de los cien años de Brahma, la materia del sistema solar estará matizada por la inteligencia y el amor activos. Esto significa, textualmente, que el conjunto de materia atómica solar vibrará, con el tiempo, a un ritmo distinto que en los albores de la manifestación.
Puede aplicarse este mismo razonamiento al Logos planetario y a la unidad humana, pues la analogía es perfecta. En pequeña escala, tenemos la analogía en el hecho de que en cada período de la vida humana el hombre ocupa un cuerpo físico más evo­lucionado y de mayor sensibilidad, sintonizado a una vibración más alta, más refinada, y vibrando a un ritmo diferente. Estos tres conceptos contienen mucha información si se los estudia y amplia, cuidadosa y lógicamente.


  1. La transmutación del color violeta en azul. Sobre esto no podemos extendernos. Simplemente lo exponemos, dejando su elucidación a los estudiantes cuyo karma se lo permita y su in­tuición esté suficientemente desarrollada.




  1. Mediante la extracción de la vida, la forma se disipará gradualmente. Resulta interesante observar la acción refleja, pues los Constructores y Devas superiores, agentes activos durante la manifestación, que mantienen la forma en un conjunto coherente, transmutando, aplicando y haciendo circular las emanaciones prá­nicas, análogamente ya no son atraídos por la materia de la forma y dirigen su atención a otra cosa. En el sendero de exhalación (ya sea humano, planetario o logoico) estos devas constructores (que se hallan en el mismo rayo o en uno complementario al del ente que desea manifestarse) son atraídos por su voluntad y deseo, y realizan su tarea de construcción. En el sendero de inhalación (humano, planetario o logoico) ya no son atraídos, y la forma empieza a disiparse. Pierden su interés, y las fuerzas (entidades), agentes de destrucción, efectúan el trabajo necesario de destruir la forma; la dispersan (como se dice en ocultismo) a “los cuatro vientos del cielo” o a las regiones de los cuatro alientos, cuádruple separación y distribución. Aquí hay una sugerencia que me­rece un detenido estudio.

Aunque no han sido descritas, como era de esperarse las es­cenas desarrolladas en el lecho de muerte, ni la dramática evasión del palpitante cuerpo etérico a través del centro coronario, sin embargo se han dado algunas de las reglas y propósitos que rigen dicha evasión. Hemos visto que el objetivo de cada vida (huma­na, planetaria o solar) consiste en realizar y llevar adelante un propósito definido. Propósito que involucra el desarrollo de una forma más adecuada para uso del espíritu; una vez logrado, el Morador interno dirige su atención a otra parte, y la forma se desintegra después de haber llenado su cometido. Esto no siempre ocurre en cada vida humana ni en cada ciclo planetario. El mis­terio de la Luna es el misterio del fracaso. Conduce, una vez comprendido, a llevar una vida digna, ofreciéndonos un objetivo que merece nuestros mejores esfuerzos. Cuando este aspecto de la verdad sea reconocido universalmente, y lo será si la inteligencia de la raza se desarrolla suficientemente, entonces la evo­lución avanzará con certeza y los fracasos disminuirán.



Tratado sobre Fuego Cósmico, págs. 129-132.
Toda rotura de eslabones produce serias reacciones. No obs­tante, si sólo pudiéramos comprenderlo, la rotura de los eslabones del plano físico externo es la menos grave y la más inestable de tales acontecimientos. La muerte misma es parte de la gran ilu­sión y se debe a los Velos con que nos hemos envuelto. A todos nosotros, como trabajadores en el campo del espejismo (el nuevo campo donde la humanidad debe aprender a trabajar consciente­mente) se nos ha honrado y demostrado confianza. La muerte llega a todos, pero para los discípulos no debería existir el espe­jismo y la angustia comunes. Le pediría que no mire hacia el pasado. En esa dirección existe espejismo y angustia, pues es la dirección común y la línea de menor resistencia para la mayoría. Pero éste no es el camino para usted. No espere la revelación ni tampoco recibir un consuelo ilusorio de aquellos que fluctúan en la línea divisoria entre lo visible y lo invisible. Repito, éste no es el camino para usted, porque no es un discípulo angustiado y apenado que mira ansiosamente el velo separador, esperando ver algún indicio que lo convenza de que todo va bien.
Procure alcanzar las alturas del alma, y habiendo buscado y alcanzado ese pináculo de paz y esa altitud de alegría, donde su alma permanece inamovible, entonces mire hacia el mundo de los vivos, el triple mundo donde se encuentran los hombres encarna­dos y desencarnados. Descubra allí aquello que su alma puede reconocer y reconocerá. El espejismo de nuestra propia angustia, el maya del pasado, siempre distorsiona nuestro punto de vista. Sólo el alma permanece apartada de la ilusión y sólo ella ve las cosas tal como son. Ascienda, por lo tanto, hasta el alma.

Discipulado en la Nueva Era, T. 1, págs. 428-429.

CAPITULO QUINTO


El Proceso de Restitución
EL TEMA DE LA MUERTE, que estamos considerando, debemos encararlo con un gran espíritu de sensatez e investigación científica. El complejo humano del temor halla su punto de en­trada en la conciencia del hombre mediante el acto de morir; el temor básico es no poder sobrevivir; sin embargo constituye el fenómeno más común que ocurre en el planeta. Recuerden esto. El acto de morir es el gran ritual universal que rige toda nuestra vida planetaria, pero este temor sólo existe en la familia humana, y apenas muy tenuemente en el reino animal. Si pudieran ver el mundo etérico como lo experimentan y ven Quienes se hallan en el aspecto interno de la vida, lo observarían (continuamente y sin pausa) como el gran acto planetario de restitución. Verían una gran actividad dentro del mundo etérico, donde el ánima mundi, el alma animal y el alma humana, constantemente restituyen la sustancia de todas las formas físicas al gran depósito de sustancia esencial. Esta sustancia esencial es una unidad tan vital y dirigida como lo es el alma del mundo, de la que tanto se habla. Esta in­teracción del principio vida produce la actividad básica de la creación. La fuerza impulsora y directriz es la Mente de Dios, del Logos planetario, a medida que desarrolla Sus propósitos divinos, llevando Consigo en este proceso todos los medios a través de los cuales Se manifiesta.
El temor humano a la muerte se debe principalmente a que la orientación del reino de las almas, el quinto reino de la natura­leza, ha sido (hasta relativamente tarde en el ciclo mundial) di­rigida a la expresión de la forma y la necesidad de pasar las experiencias a través de la materia, para eventualmente contro­larla con plena libertad. El porcentaje de almas que se apartan de la expresión en los tres mundos es relativamente tan pequeño -en proporción al número de almas que exigen experiencia en los tres mundos- que, hasta podría afirmarse, la muerte reina triunfante en el ciclo o era que denominamos cristiano. Sin em­bargo, estamos en vísperas de ver un cambio total de esa condi­ción, debido a que la humanidad -en una escala mucho más amplia que nunca- está obteniendo la necesaria reorientación; los valores superiores y la vida del alma, descubiertos por la insistencia de los aspectos superior e inferior de la mente, están co­menzando a ejercer control. Esto forzosamente traerá una nueva actitud hacia la muerte, y será vista como un proceso natural y deseable, padecido cíclicamente. Los hombres comprenderán even­tualmente el significado de las palabras de Cristo cuando dijo: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. En el incidente en que pronunció estas palabras se refirió al gran acto de restitución que denominamos muerte. Reflexionen sobre dicho relato y observen el simbolismo del alma, contenido en el alma universal, como el pez en el agua, sosteniendo una moneda de metal, símbolo de la materia.
En uno de los antiguos escritos hallamos las siguientes pala­bras simbólicas:
Díjole el Padre al hijo: Ve y toma para ti lo que no eres tú, y aquello que no es tuyo sino Mío. Considéralo como si fuera tuyo y busca la causa de su apariencia. Deja que se parezca a ti. Descubre así el mundo del espejismo, el mundo de la profunda ilusión, el mundo de la falsedad. Entonces aprende que has tomado aquello que no es la meta del es­fuerzo del alma.
Cuando llegue ese momento en cada ciclo y aparezca el engaño y el latrocinio, entonces se oirá una voz. Obedece esa voz. Es la voz que dentro de ti escucha Mi voz, una voz nunca escuchada por quienes aman el latrocinio. El mandato surgirá una y otra vez: “Restituye los bienes robados. Apren­de que no son para ti”. Durante intervalos muy extensos esa voz surgirá nuevamente: “Restituye los bienes prestados; paga tu deuda”.
Entonces cuando todas las lecciones hayan sido aprendi­das hablará una vez más la voz: “Restituye con alegría lo que fue Mío; fue tuyo, pero ahora es otra vez nuestro. Ya no necesitas la forma. Libérate”.
Las implicaciones de estas palabras son claras.
Dos conceptos servirán para esclarecer el tema de la muerte, que ahora nos concierne: Primero, el gran dualismo siempre pre­sente en la manifestación. Cada dualismo tiene su propia expresión, está regido por sus propias leyes y busca sus propios obje­tivos. Pero, en tiempo y espacio, sumergen sus intereses en bien de ambos, y juntos producen la unidad. Espíritu-materia, vida-apariencia, energía-fuerza, cada uno tiene su propio aspecto ema­nante; cada uno se relaciona entre sí, cada uno tiene un objetivo mutuo temporario, y así al unísono producen la eterna afluencia, el cíclico flujo y reflujo de la vida en manifestación. En este proceso de relación entre Padre-Espíritu y Madre-Materia, el hijo viene al ser, y durante la etapa infantil lleva a cabo sus procesos de vida dentro del aura de la madre, y aunque identificada con ella trata siempre de escaparse de su dominio. Cuando llega a la madurez se intensifica el problema y “la atracción” del padre comienza lentamente a neutralizar la actitud posesiva de la ma­dre, hasta que finalmente se rompe el aferramiento que ejerce la materia o madre, sobre su hijo (el alma). El hijo, el Cristo-Niño, liberado de la tutela y de las manos protectoras de la madre, llega a conocer al Padre. Estoy hablando en símbolos.
Segundo: Todos los procesos de la encarnación, de la vida en la forma y de la restitución (por la actividad del principio muer­te), de materia a materia y de alma a alma, son llevados adelante bajo la gran Ley Universal de Atracción. ¿Pueden imaginarse una época en que el proceso de la muerte, claramente reconocido y bienvenido por el hombre, sea descrito con la sencilla frase: “Ha llegado el momento en que la fuerza atractiva de mi alma re­quiere que abandone y restituya mi cuerpo al lugar de donde vino”. Imagínense el cambio a producirse en la conciencia humana cuando la muerte sea considerada un mero acto de abandonar conscientemente la forma, temporariamente apropiada para dos objetivos específicos:


  1. Controlar los tres mundos.




  1. Dar una oportunidad a la sustancia de esas formas que han sido “hurtadas, prestadas o legítimamente apropiadas”, de acuerdo a la etapa de evolución, para alcanzar, por el im­pacto que la vida hace sobre ella por intermedio del alma, un alto grado de perfección.

Estos conceptos son muy significativos. Ya han sido expresados, pero fueron desechados como simbólicos, reconfortantes o como deseos ansiosos. Los presento como una realidad de la naturaleza, inevitables en la práctica, y como una técnica familiar o proceso de esas actividades (rítmicas y cíclicas en la naturaleza) que rigen la vida del hombre común -que se levanta, acuesta, come y bebe, desempeñando periódicamente todas esas tareas a que está acos­tumbrado.


En Tratado sobre Magia Blanca ya me ocupé del tema de la muerte, concentrándome principalmente sobre los procesos físicos de la muerte, haciéndolo desde el punto de vista del espectador u observador. Traté de indicar cuál debía ser la actitud del espec­tador. Aquí quisiera presentar un cuadro algo diferente, describiendo lo que sabe el alma que se va. Si esto es una repetición de lo que ya conocen, sin embargo hay ciertas repeticiones y enun­ciados fundamentales que deseo formular nuevamente. Permítanme clasificarlos brevemente, considerándolos como fundamentales y reales.


  1. Ha llegado el momento en que el alma encarnante debe partir. En el pasado el alma




  1. se ha apropiado de un cuerpo físico, de cierta calidad, ade­cuado a los requisitos y edad de esa alma;




  1. ha energetizado ese cuerpo físico por medio del cuerpo etérico, impulsándolo a una actividad vital durante un tér­mino ya establecido por el alma para efectuar su trabajo físico.




  1. Dos corrientes principales de energía penetran en el cuerpo físico produciendo su actividad, su cualidad y tipo de expre­sión, además de la impresión que ejerce sobre su medio am­biente:




  1. La corriente de vida dinámica, la cual se ancla en el Cora­zón. La corriente de energía dinámica penetra en el cuerpo, por la cabeza, y desciende hasta el corazón, enfocándose allí durante el ciclo de vida. Una corriente más pequeña de energía universal o prana, distinta de la fuerza individua­lizada de la vida, penetra en el cuerpo físico por el bazo. Luego se eleva hasta el corazón para unirse a la más grande e importante corriente de vida. La corriente de vida ener­getiza y mantiene coherentemente integrado al cuerpo fí­sico. La corriente de energía pránica vitaliza los átomos y células individuales de los cuales está compuesto ese cuerpo.




  1. La corriente de conciencia individual, está anclada en la cabeza; es un aspecto del alma, y revela el tipo de con­ciencia que a su vez indica la etapa alcanzada en la evolu­ción. Esta corriente de energía también actúa en conexión con la corriente de fuerza de la personalidad: esta fuerza se caracteriza por el deseo (sensibilidad emocional o astral) y penetra en el cuerpo físico por el centro plexo solar, lo cual relaciona al hombre con el plano astral y en conse­cuencia con el mundo del espejismo. En lo que respecta a las personas no evolucionadas y al tipo humano común, el plexo solar es el foco de conciencia, y la energía es regis­trada por el punto focal de la conciencia situado en la ca­beza, sin darse cuenta de ello. Por esta razón (en el mo­mento de la muerte), el alma abandona el cuerpo por el plexo solar y no por la cabeza. En el caso del hombre evolu­cionado, el individuo de tipo mental y el aspirante, discípulo o iniciado, el hilo de la conciencia se retirará del cuerpo por la cabeza.




  1. El alma grupal de todas las formas del reino animal -de acuerdo a la Ley de Atracción- retira el principio vida de cualquier forma física específica por medio del plexo solar, el cerebro del animal común. Los animales muy evolucionados y domesticados comienzan a utilizar el cerebro en mayor o me­nor grado, pero el principio vida y el aspecto sensible, o con­ciencia animal, se retiran todavía por el plexo solar. Tenemos por lo tanto en todas las etapas del proceso evolutivo algunos interesantes triángulos de energía:




  1. En el caso de los animales y de esos seres humanos que son algo más que animales, también de los imbéciles y de ciertos hombres que parece que han nacido sin ningún punto cen­tralizado de conciencia individual, es de importancia la si­guiente triplicidad:

El alma grupal

El plexo solar

El centro esplénico o pránico




  1. En el ser humano de grado inferior pero individualizado, y en la persona común de tipo emocional, debe observarse la triplicidad siguiente:

El alma


El centro coronario

El plexo solar




  1. Las personas muy evolucionadas y los que se hallan en el sendero del discipulado, en el momento de la muerte está activo el triángulo siguiente:

El alma


El centro coronario

El centro ama.


En conexión con estas triplicidades existe una interrelación dual con el principio vida:


  1. El corazón, donde está enfocada la vida del alma en la forma.




  1. El bazo, a través del cual pasa constante y rítmicamente la esencia universal de vida o prana.

Todo el tema lógicamente es muy oscuro, y aún inverificable para quienes se hallan en niveles estrictamente humanos. Sin embargo, la aceptación de los tres puntos mencionados, hipotéticos hoy, ayudarán a esclarecer la mente sobre el tema de la restitución.




  1. El siguiente punto no necesita ser comprobado, porque gene­ralmente se acepta que el deseo rige el proceso de la muerte, como también los procesos para adquirir experiencia en la vida. Decimos constantemente que cuando se carece de la voluntad de vivir, el resultado inevitable es la muerte. Esta voluntad de vivir, o la tenacidad del cuerpo físico, ya sea actuando como un ser elemental o como la intención dirigida del alma, es un aspecto del deseo, o más bien, una reacción de la voluntad espiritual en el plano físico. Existe por consiguiente una rela­ción vinculadora entre:




  1. El alma en su propio plano.

  2. El cuerpo astral

  3. El centro plexo solar.

Esta relación hasta ahora ha recibido poca atención en lo que respecta al Arte de Morir. Sin embargo merece una cuidadosa reflexión.


Observarán que me refiero a la muerte cuando hace sentir su presencia por enfermedad o vejez. No me refiero a la muerte cuando acontece por guerra o accidente, asesinato o suicidio. Éstas y otras causas de la muerte están regidas por un proceso directriz totalmente diferente; quizás ni siquiera involucre el karma de un hombre o su destino individual, como en caso de guerra, cuando mueren muchas personas. Esto no tiene nada que ver con la Ley de Causa y Efecto como un factor en la trayectoria del alma de cualquier individuo. No es un acto de restitución planeado por un alma determinada que cumple con su destino individual. La muerte, a través del proceso destructivo de la gue­rra, está bajo la dirección e intención cíclica del Logos planetario, que actúa a través de la Cámara del Concilio de Shamballa. Los seres que allí dirigen los procesos mundiales saben que ha llegado el momento en que la relación entre el mal planetario y las Fuer­zas de la Luz o del Bien, han alcanzado un punto de “antagonismo explosivo” -según se lo denomina. A ello debe dársele rienda suelta si querernos que el propósito divino actúe sin impedimen­tos. Por lo tanto es permitida la explosión; sin embargo está pre­sente todo el tiempo un factor controlante, aunque el hombre no se de cuenta de ello. Estos Seres (que cumplen la voluntad de Dios) no se identifican de ninguna manera con la vida de la forma, en consecuencia se dan cuenta exacta de la importancia relativa que tiene la vida en la forma; para Ellos la destrucción de las formas no es la muerte en el sentido que nosotros la enten­demos, sino sencilla y únicamente un proceso de liberación. El temor a la muerte es fomentado insistentemente por la visión limitada de quienes se identifican con la forma. El ciclo que ahora vivimos ha sido testigo de la más grande destrucción de formas humanas, en toda la historia de nuestro planeta. No hubo destruc­ción de seres humanos. Quisiera que observaran este enunciado. Debido a esta destrucción total, la humanidad ha ido adoptando rápidamente una actitud más serena respecto a la muerte. Esto no es muy evidente todavía pero -dentro de pocos años- tal nueva actitud comenzará a destacarse y el temor a la muerte empezará a desaparecer del mundo. En gran parte también se deberá a la acrecentada sensibilidad del mecanismo humano de respuesta, que conduce a una interna o nueva orientación de la mente humana, con imprevisibles resultados.
La base de todas las guerras es fundamentalmente el sentido de separatividad. Este individualismo fundamental, o complaciente aceptación del aislamiento, conduce a todas las demás causas secundarias de la guerra: la codicia que produce desastres econó­micos, el odio que trae fricción nacional e internacional, la cruel­dad que da por resultado el sufrimiento y la muerte. Las raíces de la muerte están profundamente arraigadas; es la destrucción del ciclo de separatividad, como individuo, en el plano físico, co­múnmente denominado muerte; en consecuencia, la muerte es un proceso de unificación. Si analizaran algo más la cuestión, verían que la muerte libera la vida individualizada, llevándola a una existencia menos restringida y confinada, y eventualmente -cuan­do el proceso de la muerte haya sido aplicado a los tres vehículos en los tres mundos- a la vida de la universalidad. Éste es un estado de inexpresable bienaventuranza.
La Ley de Atracción rige los procesos de la muerte como así también todo lo demás en la manifestación. Constituye el principio de coherencia que, regido por la integración equilibrada de todo el cuerpo, lo mantiene intacto; estabiliza su ritmo y los procesos cíclicos de la vida, y relaciona entre si sus distintas partes. Es el principio mayor coordinador, dentro de todas las formas, porque es la expresión primaria (dentro del alma) del primer aspecto de la divinidad, el aspecto voluntad. Quizás esta afirmación resulte sorprendente, habituados como están, a considerar la Ley de Atrac­ción como expresión del segundo aspecto, amor-sabiduría. Este principio atrayente existe en todas las formas, desde la del pe­queño átomo hasta la del planeta Tierra, a través del cual nuestro Logos planetario se expresa. Pero por ser el principio de coheren­cia y la causa de la integración, también es el medio a través del cual se establece la “restitución”, por la que el alma humana es reabsorbida periódicamente dentro del alma influyente. Este as­pecto de la Ley de Atracción ha recibido hasta ahora poca aten­ción. Ello se debe a que concierne a la expresión más elevada de esta Ley, estando, por lo tanto, relacionada con el aspecto volun­tad de la Deidad, así como también con el aspecto voluntad de la mónada. El esclarecimiento sólo vendrá cuando la fuerza shambá­llica actúe en forma más directa en el próximo ciclo, y los hombres comiencen a discriminar (como deben hacerlo y lo harán) entre la propia voluntad y la voluntad espiritual, entre determi­nación, intención, planificación, propósito y polarización fija. En la Ley de Atracción existen (como en todo lo manifestado) tres fases o aspectos, vinculados a los tres aspectos divinos.


  1. Relaciona la vida y la forma, espíritu y materia -tercer aspecto.




  1. Rige el proceso coherente de integración que produce las for­mas -el segundo aspecto.




  1. Lleva a cabo el equilibrio, que da por resultado el acto de desintegración, disolviendo así la forma -en lo que concierne al ser humano-, y lo hace en tres etapas que denominamos:




  1. Restitución, da por resultado la disolución del cuerpo y el retorno de sus elementos, átomos y células a su fuente de origen.




  1. Eliminación, involucra el mismo proceso básico en relación con las fuerzas que han constituido el cuerpo astral y el vehículo mental.




  1. Absorción, el modo en que el alma humana se integra a su fuente de origen, la influyente alma universal. Expresión del primer aspecto.

Todas estas fases correctamente comprendidas, ilustran o de­muestran la singular potencia de la Ley de Atracción y su rela­ción con la Ley de Síntesis, que rige el primer aspecto divino. Oportunamente la integración produce la síntesis. Las numerosas integraciones cíclicas, llevadas a cabo durante el gran ciclo de vida de un alma encarnante, conducen a la síntesis final, alma y espíritu, meta del proceso evolutivo en lo que concierne a la hu­manidad. Después de la tercera iniciación permite al hombre liberarse de la “atracción” de la sustancia en los tres mundos y adquirir la consiguiente habilidad de aplicar con plena compren­sión la Ley de Atracción en sus variadas fases, en lo que al pro­ceso creador concierne. Más adelante serán dominadas otras fases.


Debe tenerse presente una cosa, y es que las palabras “la tierra a la tierra, y el polvo al polvo”, tan familiares en los rituales funerarios de Occidente, se refieren a este acto de restitución y significan el retorno de los elementos del cuerpo físico al depósito original de la materia, y de la sustancia de la forma vital al de­pósito general etérico; las palabras “el espíritu que Dios otorgó volverá a Él” es una referencia distorsionada de la absorción del alma por el alma universal. Sin embargo los rituales comunes no acentúan que el alma individualizada, en proceso de reabsorción, instituye y ordena, por un acto de la voluntad espiritual, esa res­titución. En Occidente se olvida que esta “orden de restitución” fue dada frecuentemente en el transcurso de las edades por cada alma, dentro de una forma física; al hacerlo, constante e inevita­blemente, el primer aspecto divino -la mónada en su propio plano- se aferra más a su cuerpo de manifestación, mediante su reflejo, el alma. Así el aspecto voluntad comienza a actuar acre­centadamente hasta que, en el sendero del discipulado, la deter­minación espiritual es llevada a su punto más elevado de desarro­llo y, en el sendero de iniciación, la voluntad comienza a actuar conscientemente. Vale la pena recordar que por la deliberada orden que el alma, en su propio plano, da a su sombra en los tres mundos, el alma aprende a expresar el primero y más elevado aspecto de la divinidad; esto, al principio y durante largo tiempo, sólo lo hace mediante el proceso de la muerte. En la actualidad, la dificultad reside en que relativamente muy pocas personas son conscientes del alma y, en consecuencia, la mayoría de los hom­bres son inconscientes del “mandato oculto” de sus propias almas. A medida que la humanidad va siendo consciente del alma (y será uno de los resultados de la agonía de la actual guerra), la muerte será considerada como un proceso “por mandato”, llevado a cabo con plena conciencia y comprensión del propósito cíclico. Esto lógicamente terminará con el temor que hoy prevalece, y eliminará también la tendencia al suicidio, acrecentadamente evidenciada en estos tiempos difíciles. Un asesinato en realidad cons­tituye un pecado, por el hecho de que interfiere los propósitos del alma y no por haber dado muerte a determinado cuerpo físico humano. Por esta razón la guerra no es un asesinato como lo con­sideran muchos fanáticos bien intencionados, sino la destrucción de las formas con una intención benéfica (si pudiéramos escudri­ñar el propósito divino) del Logos planetario. Sin embargo, los móviles de quienes originan la guerra en el plano físico la con­vierten en un mal. Si la guerra no tuviese lugar, la vida plane­taria se vería obligada, mediante los denominados “actos de Dios”, a hacer retornar en gran escala a las almas de los hombres, de acuerdo a Su intención amorosa. Cuando los hombres perversos precipitan una guerra, Él convierte el mal en bien.
Por lo tanto, podrán ver por qué las ciencias ocultas ponen el énfasis sobre la ley cíclica y por qué existe un creciente interés por la Ciencia de la Manifestación Cíclica. Frecuentemente, la muerte parece no tener ningún propósito, ello se debe a que no se conoce la intención del alma; los acontecimientos pasados, a través del proceso de la reencarnación, continúan siendo un enig­ma; son ignoradas las antiguas herencias y medio ambientes y aún no se ha desarrollado en forma general el reconocimiento de la voz del alma. Estas cuestiones no obstante están en vísperas de ser conocidas; la revelación está en camino, y para ello estoy sentando las bases.
Ansío que capten la enseñanza que ya he dado, antes de entrar en la faz explicativa o nueva. Estúdienla con cuidado para que el tema de la muerte pueda configurarse en vuestra mente con más firmeza y sensatez. Traten de obtener un nuevo ángulo del tema y procuren ver la ley, el propósito y la belleza de la inten­ción, detrás de lo que hasta ahora ha sido el mayor terror y temor.
Posteriormente trataré de darles una vislumbre del proceso de la muerte tal como lo registra el alma, cuando inicia el acto de restitución. Esto podrá parecerles especulativo o hipotético; en todo caso constituirá una afirmación que pocos de ustedes podrán comprobar su exactitud. Pero, seguramente, puede ser más sen­sato y saludable, más sólido y bello, que la actual oscuridad y enfermiza esperanza, o la desafortunada especulación y frecuente desesperación que se cierne en la actualidad sobre cada lecho de muerte.

1. LA NATURALEZA DE LA MUERTE






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