Curación Esotérica



Descargar 1.97 Mb.
Página24/54
Fecha de conversión10.05.2019
Tamaño1.97 Mb.
1   ...   20   21   22   23   24   25   26   27   ...   54
Otro temor que induce a la humanidad a considerar la muerte como una calamidad es el que ha inculcado la religión teológica, particularmente los Protestantes fundamentalistas y la Iglesia Católica Romana -el temor al infierno, la imposición de castigos, comúnmente fuera de toda proporción a los errores cometidos du­rante una vida, y el terror impuesto por un Dios iracundo. Le dicen al hombre que debe someterse a ello y que no hay escapa­toria posible, excepto por medio de la expiación vicaria. Como bien saben, no existe un Dios iracundo, un infierno ni tampoco la expiación vicaria. Solo existe un gran principio de amor que anima a todo el universo; existe la Presencia de Cristo, indicando a la humanidad la realidad del alma y que somos salvados por la vivencia de esa alma, y que el único infierno que existe es la tierra misma, donde aprendemos a trabajar por nuestra propia salvación, impulsados por el principio de amor y de luz e impelidos por el ejemplo de Cristo y el anhelo interno de nuestra propia alma. Esta enseñanza acerca del infierno nos recuerda el giro sá­dico que la Iglesia Cristiana, en la Edad Media, dio al pensamien­to y a las erróneas enseñanzas establecidas en El Antiguo Testa­mento, acerca de Jehová, el Dios tribal de los Judíos. Jehová no es Dios, ni el Logos planetario, ni el Eterno Corazón de Amor que Cristo reveló. A medida que estas erróneas ideas vayan desapare­ciendo, será eliminado, de la mente del hombre, el concepto del infierno y reemplazado por la comprensión de la ley que hace al hombre lograr su propia salvación en el plano físico, lo cual con­ducirá a corregir los males cometidos durante sus vidas en la tierra y que oportunamente le permitirá “limpiar su propia pi­zarra”.
No trato aquí de imponerles una discusión teológica; solo pro­curo señalar que el actual temor a la muerte debe ceder su lugar a una inteligente comprensión de la realidad y ser sustituido por el concepto de continuidad, que niega toda interrupción, y acen­tuar la idea de que existe una vida, una Entidad inteligente, que adquiere experiencia en muchos cuerpos.
Podría decirse, a fin de resumir esta propuesta general, que el temor y el horror a la muerte tienen su fundamento en el amor a la forma -nuestra propia forma, la de quienes amamos, las que nos circundan y las de nuestro medio ambiente. Esta clase de amor es contrario a nuestra enseñanza acerca de las realidades espirituales. La esperanza del futuro y la de liberarnos de este mal infundado temor, reside en poner el énfasis sobre la realidad del alma eterna y la necesidad de que esa alma viva en forma espiri­tual, constructiva y divina, dentro de los vehículos materiales. Este concepto también encierra la idea de restitución. Los conceptos erróneos deben ser olvidados; además tiene cabida la idea de eliminación, para lograr un correcto enfoque. Debe tenerse en cuen­ta la integración, para que la absorción en la vida del alma reem­place a la absorción en la vida del cuerpo. El dolor, la soledad, el infortunio, la decadencia, la pérdida de alguien, todas estas ideas deben desaparecer a medida que la reacción común hacia la muer­te vaya también desapareciendo. Cuando los hombres aprendan a vivir conscientemente como almas, a enfocarse en los niveles del alma y a considerar a la forma o formas como simples modos de expresión, todas estas infortunadas y antiguas ideas acerca de la muerte desaparecerán gradualmente y tendrá lugar un nuevo y más alegre acercamiento a esa gran experiencia.
Observarán que he elegido diversas palabras al considerar los requisitos básicos, debido a sus significados específicos.


  1. El Trabajo de Restitución. Significa el retorno de la forma a la reserva básica de la sustancia; o el alma, la divina energía espiritual, retornando a su fuente de origen -ya sea a los ni­veles egoicos o a los monádicos, de acuerdo al grado de evolu­ción. Esta restitución constituye predominantemente el trabajo del alma humana dentro del cuerpo físico y abarca los cen­tros cardíaco y coronario.




  1. El Arte de Eliminación. Se refiere a dos actividades del hom­bre espiritual interno; por ejemplo, la supresión de todo con­trol por el triple hombre inferior, y el proceso de reenfoque en los niveles concretos del plano mental como punto de luz radiante. Esto concierne principalmente al alma humana.




  1. Los Procesos de Integración. Se refieren a la tarea del hom­bre espiritual liberado, cuando se fusiona con el alma (la su­peralma) en los niveles superiores del plano mental. La parte retorna al todo, y el hombre comprende el verdadero signifi­cado de las palabras de Krishna: “Habiendo compenetrado el entero universo, con un fragmento de mi mismo, Yo perma­nezco”.

Así el hombre, siendo el fragmento consciente que adquiere experiencias, habiendo compenetrado el pequeño universo de la forma en los tres mundos, aún permanece. Sabe que Él es parte del todo.


Estos tres procesos constituyen la muerte.
Resultará evidente que cuando la humanidad logre esta pers­pectiva sobre la muerte y el arte de morir, toda la actitud de la raza humana sufrirá un benéfico cambio. Esto irá a la par, a me­dida que el tiempo transcurre, de una sensibilidad humana en los niveles telepáticos; los hombres serán cada vez más inteligentes y la humanidad se enfocará acrecentadamente en los niveles men­tales. Esta sensibilidad telepática será un fenómeno común y co­rriente, siendo el espiritismo actual una garantía de ello, aunque la seria distorsión existente se basa en gran parte en los ansiosos deseos de la humanidad, pero contiene muy poca telepatía ver­dadera. Actualmente la telepatía que existe entre el médium (esté o no en trance) y el pariente o amigo desaparecido, no existe entre aquel que ha experimentado la liberación de la muerte y el que todavía se halla en la forma. Esto debe tenerse siempre pre­sente: Mientras tanto, donde la mente no es normalmente telepá­tica, puede haber (aunque muy raras veces) la interposición de una mediumnidad, basada en la clarividencia y clariaudiencia, pero no en el trance. Aún así esto precisará establecer un contacto totalmente astral por medio de un tercero, y estará basado en el espejismo y el error. No obstante será un paso adelante para las actuales sesiones mediumnímicas, que simplemente ignoran al muerto, respondiendo solamente al interesado lo que el médium lee en su aura los recuerdos de la apariencia personal, las remi­niscencias significativas acumuladas en la conciencia del que pre­gunta, y la llana ilusión de pedir consejos, pues cree que porque ha fallecido es más inteligente que antes. Cuando el médium a veces logra establecer una verdadera comunicación, se debe a que el solicitante y la persona fallecida son tipos mentales, por lo tanto se establece una verdadera sensibilidad telepática entre ellos, la cual es captada por el médium.
La raza va progresando, desarrollándose y haciéndose cada vez más mental. La relación entre los muertos y los vivos debe y de­berá existir en los niveles mentales, antes de los procesos de inte­gración; la verdadera interrupción de la comunicación se produ­cirá cuando el alma humana esté reabsorbida en la superalma, antes de volver a encarnar. La realidad de que se establece comunicación hasta ese momento, destruirá completamente el temor a la muerte. En el caso de los discípulos que trabajan en el Ash­rama de un Maestro, este proceso de integración no constituirá siquiera una barrera. En las siguientes páginas daré alguna ense­ñanza de lo que podría llamarse el arte de morir, a fin de am­pliar lo que dije en Tratado sobre Magia Blanca.

LA ACTITUD ACTUAL HACIA LA MUERTE


Me propuse considerar con ustedes los procesos de la muerte y ocuparme algo más ampliamente del factor muerte, la expe­riencia más familiar (si el cerebro físico pudiera recordar y comprender) en la vida de la entidad reencarnante o alma. Per­mítanme hacer algunos comentarios respecto a la actitud del hombre en la experiencia de la “restitución”. Esta palabra es peculiarmente esotérica, y la emplea generalmente el iniciado cuando se refiere a la muerte. La actitud más destacada, asocia­da a la muerte, es el temor, y está basado en la incertidumbre mental prevaleciente, acerca de la realidad de la inmortalidad. Aparte del hecho ya comprobado de alguna forma de superviven­cia, establecida por los grupos de investigación síquica, la inmor­talidad o la existencia permanente de lo que usualmente signi­ficamos cuando hablamos del Yo, está aún en el reino de los vanos pensamientos o creencias. Esta creencia puede estar fun­dada en premisas cristianas, en afirmaciones religiosas basadas en la racionalización de la materia, y en un acercamiento más científico, el cual arguye que la necesidad económica requiere que lo que ha estado tanto tiempo para evolucionar y es el re­sultado culminante del proceso evolutivo, no debe desaparecer. Es interesante observar que no hay en nuestro planeta ninguna evidencia de que exista un producto evolutivo superior al reino humano; hasta para el pensador materialista, lo que hace excepcional al hombre, reside en sus diversos estados de conciencia y en su capacidad de presentar a la investigación todos los esta­dos de conciencia, desde el del salvaje analfabeto, a través de todas las etapas intermedias de eficiencia mental, hasta el del más avanzado pensador o genio, capaz de producir el arte crea­dor, realizar descubrimientos científicos y tener percepción es­piritual.
Puesto en palabras simules, el interrogante que el tema de la muerte suscita es: ¿Dónde está el Yo, el ocupante del cuer­po, cuando éste es abandonado y desintegrado? En definitiva ¿existe un ocupante?
La historia humana registra la incesante búsqueda de algo que sustancia la cuestión; hoy esta búsqueda está culminando en las numerosas sociedades que se ocupan de probar la inmor­talidad y penetrar en esas profundidades del espíritu que apa­rentemente ofrecen un santuario a ese Yo que ha sido el actor en el plano físico y que hasta ahora ha desconcertado al más ansioso buscador. El acicate del temor se halla detrás de esta frenética búsqueda; desafortunadamente la mayoría de las per­sonas (aparte de unos pocos científicos iluminados y similares investigadores inteligentes) que aplican técnicas generalmente dudosas en las sesiones espiritistas, son de tipo emocional, fácil­mente convencidas y muy dispuestas a aceptar como evidente, aquello que el más inteligente investigador, inmediatamente rechazaría.
Permítanme aquí aclarar mi posición acerca del gran movi­miento espiritista que tanto ha hecho en el pasado para probar la realidad de la supervivencia y en ciertos aspectos también hizo mucho para desviar y engañar al género humano. Dentro de ese término genérico incluyo también los diversos grupos de investigación síquica y exceptúo todo sincero trabajo científico. Nin­guno de estos grupos ha comprobado su caso. El misterio y las estupideces de las sesiones espíritas comunes y el trabajo de los médium han demostrado, no obstante, la presencia de un factor inexplicable; el investigador científico ni siquiera ha comproba­do eso en el laboratorio. Por cada caso en que ha habido una aparición definidamente aceptable de una persona desencarnada, hay miles que pueden ser atribuidos a la credulidad, sensibilidad telepática (con la persona afligida, pero no con la que ha pasado al más allá), formas mentales que ve el clarividente y voces que oye el clariaudiente y también mistificaciones. Observen que me refiero a la “aparición aceptable” de un espíritu que retorna. Evi­dentemente es suficiente para justificar la creencia y probar su naturaleza efectiva. Basándonos en el inexplicable fenómeno de los contactos hechos con los supuestos muertos, observados, in­vestigados y comprobados, y en el carácter de esas personas que testimonian la realidad de ese fenómeno, podemos afirmar que algo sobrevive a la “restitución” del cuerpo material al eterno depósito de sustancia. Sobre esta premisa continuaremos nues­tro estudio.
El fenómeno de la muerte es hoy cada vez más familiar. La guerra mundial ha enviado a millones de hombres y mujeres -civiles y a quienes han pertenecido a las distintas ramas de las fuerzas armadas de todas las naciones- a ese mundo desco­nocido que recibe a todos los que han descartado la forma física. Las condiciones son actualmente de tal naturaleza que, a pesar del antiguo y profundamente arraigado temor a la muerte, está surgiendo en la conciencia humana la comprensión de que exis­ten muchas cosas peores que la muerte; los hombres han llegado a conocer el hambre, la mutilación, la incapacidad física perma­nente, la incapacidad mental, como resultado y tensión de la guerra; han observado el dolor y la agonía que no han podido mitigar, ciertamente peores que la muerte; también muchos sa­ben y creen (pues ésa es la gloria del espíritu humano) que el abandonar los valores, por los cuales los hombres han luchado y muerto durante edades, juzgados como esenciales para la liber­tad del espíritu humano, tiene mayor significado que el proceso de la muerte. Esta actitud, característica de las personas sensibles y de recto pensar, está surgiendo hoy en gran escala. Esto sig­nifica el reconocimiento, conjuntamente con el antiguo temor, de una imperecedera esperanza de lograr mejores condiciones en todas partes, no siendo necesariamente un ansioso anhelo sino el indicio de un conocimiento latente subjetivo que lentamente va saliendo a la superficie. Algo está en camino como resultado del sufrimiento y pensamiento humanos, lo cual es presentido hoy y posteriormente se demostrará. Opuesto a esta confianza interna y comprensión subjetiva, tenemos los antiguos modos de pensar, la desarrollada actitud materialista del presente, el temor al en­gaño y el antagonismo entre científicos y hombres religiosos o eclesiásticos. Los primeros se niegan, con justicia, a creer en aquello que aún no ha sido comprobado y que además parece no ser susceptible de comprobar, mientras que los grupos y organi­zaciones religiosas desconfían de cualquier presentación de la verdad que ellos no han formulado en sus propios términos. Esto pone un indebido énfasis sobre la creencia, y desalienta así a cualquier entusiasta investigador. El descubrimiento de la realidad de la inmortalidad vendrá del pueblo; oportunamente será aceptada por las iglesias y comprobada por la ciencia, pero ello sucederá cuando las consecuencias de la guerra hayan terminado y este tras­torno planetario esté apaciguado.
El problema de la muerte, es innecesario decirlo, se funda en el amor a la vida, el instinto más arraigado de la naturaleza hu­mana. La ciencia reconoce que nada se pierde de acuerdo a la ley divina; la eterna supervivencia, de un modo u otro, es considerada universalmente como una verdad. De todo el cúmulo de teorías se han extraído y propuesto tres soluciones principales, muy co­nocidas por las personas reflexivas, y son:


  1. La solución estrictamente materialista afirma que la experien­cia y la expresión de la vida consciente continúan mientras la forma física tangible existe y persiste, pero también enseña que después de la muerte y la consiguiente desintegración del cuerpo, ya no existe una persona consciente, activa y autoiden­tificada. El sentido del Yo, la percepción de la personalidad, en contraposición con las otras personalidades, se desvanece al desaparecer la forma; creen que la personalidad sólo es la suma total de la conciencia de las células del cuerpo. Esta teoría re­lega al hombre al mismo estado de cualquiera de las formas de los otros tres reinos de la naturaleza; está basada en la in­sensibilidad del ser humano común hacia la vida, fuera de un vehículo tangible; ignora toda evidencia contraria y explica que como no podemos ver (visualmente) y comprobar (tangi­blemente) la persistencia del Yo o la inmortal entidad des­pués de la muerte, ella no existe. Muchos ya no sostienen esta teoría como en años anteriores, particularmente durante la ma­terialista Era Victoriana.




  1. La teoría de la inmortalidad condicional. Esta teoría es soste­nida aún por ciertas escuelas fundamentalistas de pensamiento, teológicamente estrechas, y también unos cuantos intelectuales principalmente de tendencia egotista. Afirma que sólo quienes obtienen una etapa particular de percepción espiritual o acep­tan un conjunto peculiar de pronunciamientos teológicos pue­den recibir el don de la inmortalidad personal. Los altamente intelectuales también arguyen que a quienes poseen una mente desarrollada y cultivada, don culminante para la humanidad, análogamente se les otorga la eterna supervivencia. Una escue­la rechaza a aquellos que consideran espiritualmente recalci­trantes o negativos a la imposición de su verdad teológica particular, lo cual los condena a un total aniquilamiento como en la solución materialista, o a un eterno castigo, que al mismo tiempo aboga por una especie de inmortalidad. Debido a la in­nata bondad del corazón humano, muy pocos son vengativos o suficientemente irreflexivos para considerar aceptable esta pre­sentación; por supuesto, entre ellos, debemos clasificar las personas irreflexivas que evaden la responsabilidad mental, aceptando ciegamente los pronunciamientos teológicos. La in­terpretación cristiana, dada por las escuelas ortodoxas y fun­damentalistas, prueba ser falsa cuando es sometida a un claro razonamiento; entre los argumentos que niegan su veracidad reside el hecho de que el cristianismo proclama un largo futuro pero ningún pasado; siendo así mismo un futuro que depende totalmente de las acciones del actual episodio de vida y de nin­guna manera explica las distinciones y diferencias que carac­terizan a la humanidad. Esto sólo tiene asidero en la teoría de una Deidad antropomórfica, cuya voluntad -en su actuación práctica- sólo presenta aquello que no tiene pasado sino úni­camente futuro; reconocen ampliamente la injusticia de esto, pero dicen que la inescrutable voluntad de Dios no debe ser puesta en duda. Millones de personas sostienen esta creencia, pero no tan fuertemente como lo hacían cien años atrás.




  1. La teoría de la reencarnación, tan familiar para todos mis lec­tores, está llegando a ser acrecentadamente popular en Occi­dente; siempre fue aceptada en Oriente (aunque con muchas adiciones e interpretaciones tontas). Dicha enseñanza ha sido tan distorsionada como las enseñanzas de Cristo, Buda o Shri Krishna, por sus teólogos de mente estrecha y limitada. Los básicos fundamentos de un origen espiritual, de un descenso a la materia, de un ascenso por medio de las constantes encarnaciones en la forma, hasta que esas formas sean expresiones perfectas de la conciencia espiritual que mora internamente, y de una serie de iniciaciones, al finalizar el ciclo de encarnación, están siendo más rápidamente aceptados y reconocidos como nunca lo fueron.

Tales son las principales soluciones a los problemas de la in­mortalidad y de la supervivencia del alma humana; aspiran res­ponder a la eterna pregunta del corazón humano respecto a cuán­do, por qué, dónde y adónde. Sólo la última de estas soluciones propuestas ofrece una respuesta verdaderamente racional a todas ellas. Su aceptación ha sido demorada, porque desde la época de H. P. Blavatsky, que formuló esta antigua verdad al mundo mo­derno, en el último cuarto del siglo diecinueve, ha sido presen­tada en forma poco inteligente, obstaculizada por el hecho de que las razas orientales siempre la han sostenido y -desde el punto de vista occidental- son paganas, y los paganos, “en su ceguera, se inclinan ante la madera y la piedra”, citando uno de los himnos fundamentalistas. Es curioso comprobar que para el hombre de los países orientales, los pueblos religiosos occidentales hacen lo mismo, y pueden vérselos arrodillados ante los altares cristianos con estatuas del Cristo, de la Virgen María y de los Apóstoles.


Los ocultistas del mundo, a través de sus sociedades teosóficas y de otros grupos llamados ocultos, han perjudicado grandemente la presentación de la verdad acerca de la reencarnación, con deta­lles innecesarios, intrascendentes, inexactos y puramente especu­lativos, que enuncian como verdades los procesos de la muerte y las circunstancias del hombre después de ella, detalles que depen­den mayormente de la visión clarividente de prominentes síquicos astrales de la Sociedad Teosófica. Sin embargo, en las Escrituras del mundo no se dan esos detalles y tampoco los proporcionó H.P.B. en La Doctrina Secreta. Un ejemplo de esta inexacta y tonta tentativa de arrojar luz sobre la teoría del renacimiento, puede obser­varse en el límite de tiempo impuesto, a las almas humanas desen­carnadas, entre una encarnación y otra y al renacimiento físico; dicen que los años de ausencia dependen de la edad del alma que ha partido y el lugar que ocupa en la escala de evolución. Dicen que si el alma es muy avanzada, su ausencia del plano físico es prolongada, mientras que sucede todo lo contrario. Las almas avanzadas y las que están desarrollando aceleradamente su capacidad intelectual, retornan con gran rapidez debido a su res­puesta sensible a la atracción que ejercen las obligaciones, intereses y responsabilidades, ya establecidos en el plano físico. La gente tiende a olvidar que el tiempo es la secuencia de los acontecimientos y de los estados de conciencia, tal como los registra el cerebro físico. Donde no existe cerebro físico, no existe aquello que la humanidad entiende por factor tiempo. La eliminación de las barreras de la forma, etapa tras etapa, trae una acrecentada comprensión del Eterno Ahora. En el caso de quienes han atravesado el portal de la muerte y que continúan pensando en términos de tiempo, se debe al espejismo y a la persistencia de una poderosa forma mental. Indica polarización en el plano astral; en este plano han trabajado los más destacados síquicos y escritores teosóficos y sobre él han basado sus escritos. Son sinceros en lo que dicen, pero no reconocen la naturaleza ilusoria de todos los descubrimientos basados en la clarividencia astral. El reconocimiento de un pronunciado factor tiempo y el constante énfasis puesto sobre la exactitud del tiempo, son características de las personas encarnadas, altamente desarro­lladas, y de aquellos cuyas mentes inferiores y concretas son de poderoso calibre. Los niños y las razas infantiles por una parte, y esas personas altamente avanzadas, cuyas mentes abstractas es­tán activas (por medio de la mente interpretativa inferior), por lo general no tienen un sentido del tiempo. El iniciado aplica el factor tiempo en sus relaciones y trato, con los que viven en el plano físico, pero dentro de sí mismo no reconoce en ninguna parte del universo el factor tiempo.
Por lo tanto, el empleo del término “inmortalidad” infiere infi­nitud, y enseña que esta infinitud existe en aquello que no es pe­recedero o está condicionado por el tiempo. Esto es una afirmación que requiere una cuidadosa reflexión. El hombre reencarna sin apremio de tiempo. Encarna de acuerdo a las exigencias de las deudas kármicas, a la atracción de lo que él inició como alma, y porque ha sentido la necesidad de cumplir obligaciones instituidas; tam­bién encarna por un sentido de responsabilidad y para cumplir con los requisitos impuestos por un anterior quebrantamiento de leyes que rigen las correctas relaciones humanas. Cuando estos requi­sitos, necesidades del alma, experiencias y responsabilidades han sido satisfechos, penetra permanentemente “en la clara y fría luz del amor y la vida”, y no necesita (en lo que a él concierne) la etapa infantil de la experiencia del alma en la tierra. Está libre de imposiciones kármicas en los tres mundos, pero se halla aún bajo el impulso de la necesidad kármica, exigiéndole el máximo servicio que está en situación de prestar a quienes aún se hallan bajo la Ley de la Deuda Kármica. Por lo tanto, tenemos tres aspectos de la Ley del Karma, que afectan al principio de renacimiento:


  1. La Ley de la Deuda Kármica, rige la vida en los tres mundos de la evolución humana y termina totalmente en la cuarta iniciación.



    Compartir con tus amigos:
1   ...   20   21   22   23   24   25   26   27   ...   54


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad