Curación Esotérica



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CAPITULO SEGUNDO

Causas que Emanan de la Vida Grupal


AL CONSIDERAR LA ENFERMEDAD y sus causas básicas, hemos tratado particularmente las que conciernen a nuestra raza aria y a la humanidad moderna, que son mayormente de origen astral y podrían describirse como de naturaleza atlante. También hemos considerado brevemente las diversas enfermedades que se originan en el plano mental; éstas son más estrictamente arias e involucran los males a que los discípulos están propensos. Las enfermedades infecciosas y las que son fundamentales a la sustancia planetaria tienen un poderoso efecto sobre las razas más antiguas de nuestro planeta (que aún se hallan entre nosotros) y están relacionadas con esos especímenes de la raza lemuria que van desapareciendo rápidamente; la raza negra está especialmente predispuesta a las epidemias infecciosas.
No intento en este tratado encarar, desde el punto de vista patológico, ninguna de las enfermedades consideradas, ni prestar atención a la fisiología del paciente. Eso está fuera de mí jurisdicción. Sin embargo, procuro indicar los orígenes de algunas enfermedades, llamar la atención sobre la primordial importancia del sistema glandular, y relacionar con la sabiduría occidental, hasta donde es apropiado e inteligente, algunas de las teorías orientales respecto a los centros. Más adelante indicaré algunas condiciones básicas humanas que deben ser cambiadas, si se quiere aplicar correctamente el verdadero trabajo de curación, y luego espero dar alguno de los métodos con los cuales el curador podrá llevar a cabo el trabajo, que estará de acuerdo con la información del caso y ayudará en el proceso de restauración.
El problema de la enfermedad ha aumentado hoy grandemente debido a que en la raza aria, que ahora predomina en el planeta, ha tenido lugar la primera aparición verdadera y externa, en el plano físico, de la síntesis básica de la humanidad, que -en su mejor forma- nos proporciona una idea de lo que será la siguiente y principal raza-raíz, la sexta. Los matrimonios efectuados entre los ciudadanos de distintas naciones y entre razas, la mezcla de sangre durante cientos de años –debido a la emigración, los viajes la educación y la unidad mental- ha hecho que no existan en la actualidad tipos raciales verdaderamente puros. Esto es mucho más veraz de lo que creen los más eruditos, si consideran la larga historia del género humano. Las relaciones sexuales no conocen barreras impenetrables y los pueblos poseen hoy la estirpe y la sangre de todas las razas, y esto (como resultado de la guerra mundial 1914-1945) se irá acrecentando. Dicho desarrollo, en defi­nitiva, forma parte del plan divino, no importa cuán indeseable puede parecer a quienes idealizan la pureza de las relaciones, ni cuán despiadadamente es aplicado en los momentos actuales. Ya se ha producido algo que está predestinado y no puede ser evitado. El impulso de aparearse llega a ser peculiarmente fuerte cuando los hombres se hallan lejos del ambiente familiar y experimentan la novedad de una total soledad: cuando las inhibiciones normales, las costumbres impuestas por las relaciones familiares o las nor­mas nacionales son removidas; cuando enfrentan constantemente el peligro de muerte; cuando los valores mayores anulan a los menores y a las actitudes comunes convencionales, y cuando el orga­nismo físico ha sido entrenado y llevado, por medio de procedi­mientos científicos y una fuerte alimentación, a la más elevada eficiencia física. Hablo en términos de efectividad física y no de eficiencia mental, que puede ir o no paralela a la primera.
Los instintos animales son por lo tanto poderosos; los centros ubicados abajo del diafragma se energetizan peculiarmente; las demandas emocionales vitalizan enormemente el centro plexo so­lar, y el centro en la base de la columna aumenta la actividad de las glándulas adrenales cuando la voluntad del hombre es llamada a actuar a fin de vencer el peligro; la voluntad de vivir con su similar, la voluntad de perpetuarse en los propios hijos, es fo­mentada poderosamente. A esto también debe agregarse, como un derivado principal de la guerra, la voluntad de la naturaleza misma, actuando (de acuerdo a ciertas leves divinas) para equipa­rar las pérdidas de vidas y las bajas de la guerra, mediante una nueva afluencia de vida hacia la forma, preservando así a la raza humana, proporcionándolo cuerpos para la siguiente oleada de egos y en esa forma poblar la tierra.
Con esto sólo trato de explicar los fenómenos que pueden ser observados durante los tiempos de guerra, y en la guerra mundial se ha podido observar en gran escala. Los ejércitos del mundo se hallan en todas partes, diseminados por todos los países; la transmigración racial es un factor universal, desde el ángulo de la necesi­dad militar y de las penurias de los civiles que han sido arrollados por la guerra. Este movimiento de millones de hombres, en todas partes, constituye uno de los factores principales que condiciona­rán la nueva civilización, y su importancia se basa en el hecho de que en el término de veinticinco años hombres y mujeres serán una raza híbrida, cuyos padres y madres pertenecerán a todas las naciones imaginables; padres blancos habrán tenido relaciones fí­sicas con mujeres de origen asiático o africano, produciendo una mezcla de sangre que -si se la reconoce, maneja y desarrolla correctamente y con comprensión, desde el ángulo educativo- expresará la naturaleza en embrión de la sexta raza raíz, la cual será realmente la HUMANIDAD sin barreras raciales o nacionales, ni seudas y exclusivas castas de sangre pura, pero con un nuevo y viril sentido de la vida, debido a la mezcla de linajes más fuertes con otros más débiles y agotados, y de las estirpes raciales más nuevas con las antiguas y más desarrolladas. Nada tengo que argumentar sobre la forma en que esto es llevado a cabo. Podría haber acontecido sin la guerra, por la convicción de que todos los hom­bres son iguales y humanos y que la mezcla de las razas podría resolver muchos problemas; no obstante, la guerra ha acelerado el proceso y los soldados de todos los ejércitos del mundo tienen relaciones físicas con mujeres de todas las razas, civilizaciones y color. Esto debe producir, ya sea que se lo considere correcto o erróneo, de acuerdo al código ético y a las normas del observador, una situación totalmente nueva que deberá enfrentar el mundo del futuro e inevitablemente debe derribar los prejuicios nacionales y las barreras raciales las primeras producirán mayor efecto que las últimas, durante las etapas iniciales. Una humanidad más homogénea aparecerá también inevitablemente durante los cambios, en los próximos cien años. Muchas actitudes y reacciones habituales que prevalecen todavía hoy, desaparecerán y aparece­rán en gran escala, tipos, cualidades y características, de las cua­les hasta ahora no tenemos precedentes.
Aunque a las personas conservadoras y llamadas estrictamente “morales” no les agrade este acontecimiento mundial, no afecta para nada la cuestión. Ello ha sucedido y está sucediendo diaria­mente, y materialmente traerá cambios de gran alcance. Estas re­laciones y mezclas interraciales siempre han sucedido en pequeña escala e individualmente, y ahora suceden en gran escala. Debemos prepararnos para los resultados que esto producirá.
Como bien saben, existen hoy ciertas enfermedades numérica­mente predominantes en el mundo y son:


  1. Varios tipos de enfermedades cardíacas, que afectan par­ticularmente a la humanidad avanzada.

  2. Demencia.

  3. Cáncer, que tanto prevalece en todos los tipos de hombres.

  4. Enfermedades sociales de naturaleza sifilítica.

  5. Tuberculosis.

En forma sutil y oculta, estas enfermedades se deben a dos causas básicas: Una es la estrecha interacción, entre las personas que vi­ven bajo condiciones modernas, y su hacinamiento en ciudades y pueblos; la otra se debe a la edad del suelo en que el hombre vive (un hecho poco reconocido o considerado), pues está profunda­mente impregnado de gérmenes y residuos de eras pasadas. La inmunidad del hombre es algo asombroso si sólo se dieran cuenta; resiste y se desembaraza constante y continuamente de todo tipo de enfermedades, las que son resultado del contacto con otros individuos, las que prevalecen en la atmósfera misma, en cualquier época, las que están latentes en su propio organismo corpóreo y las heredades, a las cuales está constantemente predispuesto. La lucha del hombre por la salud es incesante e interminable, abar­cando, desde la fatiga común y el cansancio, más la universal ten­dencia a resfriarse, a las enfermedades mortales, terminando con la muerte.


Para el ocultista observador entrenado, parecería que toda la humanidad deambulara parcialmente en una densa sombra que engolfa a la raza, y parte de ella cubre una zona del cuerpo de todo ser humano. Uno de los propósitos de la nueva era consistirá en “iluminar esta sombra y guiar a las personas hacia la fortaleza que otorga la verdadera buena salud”. Esta misma sombra penetra también dentro del reino mineral, afecta al reino vegetal e invo­lucra además a los animales; es una de las causas principales de todo aquello que puede ser clasificado bajo el nombre de “pecado”, y esto quizás sorprenda. Es también la fértil simiente del crimen. Esta realidad debe ser aceptada, adecuadamente considerada y ma­nejada racional, sensata, inteligente y espiritualmente; se reque­rirán los factores mencionados para sacar a la humanidad fuera de la oscuridad de la enfermedad y llevarla a una estable y ra­diante salud. Algunos Maestros se ocupan de este problema en relación con otros reinos de la naturaleza, pues el hombre no po­drá evadirse mientras su medio ambiente esté aún bajo la sombra de la enfermedad.
Gran parte de lo que pueda decir sobre esto parecerá fantasioso y se mofarían los cientistas cerrados. Las teorías que sostiene el género humano acerca del origen de las enfermedades, y el reco­nocimiento de las bacterias, gérmenes y otros intrusos organismos similares, son mayormente correctos, sólo si se tiene en cuenta de que en realidad son efectos de causas que el investigador no ha tocado y que están ocultas en la historia del planeta y en la histo­ria racial del pasado -de la cual poco o nada se sabe. Aquí im­peran las presunciones y conjeturas.

1. ENFERMEDADES DE LA HUMANIDAD, HEREDADAS DEL PASADO


La historia, tal como se la estudia hoy, se interna muy poco en el pasado y aunque los historiadores y científicos esclarecidos pueden retrotraer la historia de la humanidad hasta millones de años; nada se sabe acerca de las razas humanas que vivieron mi­llones de años atrás, nada se conoce de la civilización que floreció en los primeros tiempos atlantes hace doce millones de años; tam­poco nada absolutamente se sabe de la antigua civilización lemuria que existió hace más de quince millones de años, y aún menos se conoce de aquel período crepuscular que existió hace veintiún mi­llones de años, cuando los hombres apenas eran humanos, y estaban tan estrechamente relacionados con el reino animal, que les damos el engorroso nombre de “hombre-animal”.
Durante el vasto periodo transcurrido entre entonces y ahora, han vivido, amado y experimentado millones de personas; sus cuer­pos han vuelto al polvo de la tierra y cada uno ha contribuido con algo de lo adquirido durante la experiencia de la vida, sin em­bargo distinto de lo que ha contribuido a la vida del alma en su propio plano. Esta contribución ha alterado en cierta forma los átomos y células del cuerpo físico, y a su debido tiempo lo adqui­rido ha sido liberado nuevamente al suelo del planeta. Cada alma que se retiró del cuerpo, ha vuelto repetidas veces a la tierra, y muchos millones de ellas están hoy aquí, particularmente aquellas que estuvieron presentes en los últimos días de la época atlante y constituyen la flor y el producto más elevado de esa raza alta­mente emocional. Traen consigo las predisposiciones y las tenden­cias innatas con que su historia pasada los ha dotado.
En consecuencia deberá tenerse en cuenta que los cuerpos físi­cos que ahora ocupa la humanidad están construidos de sustancia muy antigua, la cual se halla contaminada o condicionada por la historia del pasado. A este concepto debemos agregar otros dos: Primero, esas almas que encarnan, atraen hacia sí el tipo de ma­teria con la cual deben construir sus envolturas externas que res­ponderán a algún aspecto de su naturaleza más sutil; por ejemplo, si las condiciona el deseo físico, la materia de su vehículo físico responderá en gran parte a este anhelo particular. Segundo, cada cuerpo físico lleva en sí la simiente de una inevitable retribución, si se abusa de sus funciones. El gran pecado original en tiempos de lemuria fue de naturaleza sexual, y no sólo se debía a las innatas tendencias sino a la extraordinariamente densa población de su civilización y a la estrecha relación con el reino animal. En esa época originaron las enfermedades sifilíticas.
Los ignorantes piensan ingenuamente que las razas primitivas están libres de ese tipo de contaminación y que muchas enferme­dades sexuales y sus resultados, son preponderantemente enfer­medades de la civilización. Esto no es así desde el punto de vista ocultista. El verdadero conocimiento comprueba ser lo contrario. En la infancia de la raza se produjeron erróneos apareamientos, promiscuidad y una serie de perversiones; de acuerdo a las pa­labras de algunos de los más antiguos libros, que existen en los Archivos de los Maestros, leemos: “La tierra cobró su tributo y la tierra lo hizo con la tierra, contaminada e impura, volviendo a la tierra; entonces la vida pecaminosa penetró en la prístina pureza de la antigua madre. En lo más profundo del suelo se halla el mal, emergiendo a la forma de vez en cuando; sólo el fuego y el sufrimiento pueden purificar el mal que la madre ha trasmitido a sus hijos”.
La raza lemuria prácticamente se destruyó a sí misma por el abuso del centro sacro, que entonces era el más activo y predo­minante. En los días atlantes el centro plexo solar fue el objetivo principal del “fuego entrante”. El trabajo de la Jerarquía en días de lemuria fue, como ya dije en otra parte, enseñar a la infantil humanidad la naturaleza y el sentido y significado del vehículo físico, y así corno en la siguiente raza fue fomentado el emocional y constituyó el objeto de mayor atención, en nuestra raza la mente es sometida a la estimulación. El iniciado en la época de lemuria había logrado controlar completamente el cuerpo, y el hatha yoga era la principal práctica espiritual. Éste a su vez, con el tiempo, fue reemplazado por el laya yoga, que puso en actividad funcio­nante los centros del cuerpo etérico (excepto el centro laríngeo y el coronario). Éste no es el tipo de actividad que se debe practicar ahora, pues, como recordarán, el Maestro de esos días no tenía el desarrollo ni la comprensión de los Maestros actuales, las únicas excepciones fueron Aquellos que habían venido de otros esquemas y esferas para ayudar al hombre animal y a la humanidad pri­mitiva.

A. Enfermedades venéreas y sifilíticas.


Paralelamente a la actividad de la Gran Logia Blanca (tal como sucedió entonces y sucede hoy) había una actividad de las fuerzas oscuras. Debían producir sus efectos por intermedio del centro sacro, estableciéndose una situación extremadamente viciosa, que debilitó el vigor del cuerpo humano, acrecentó grandemente las exigencias de la naturaleza sexual por la estimulación del centro sacro, producido artificialmente por la Logia Negra, lo cual trajo como consecuencia numerosas alianzas impías y una amplia difu­sión de relaciones malignas.
Entonces el Logos planetario impuso una grande y nueva ley de la naturaleza, expresada (muy inadecuadamente) por las pa­labras “el alma que peca, morirá”. Esta ley podría ser mejor expresada con las palabras, “Quien abusa de lo que ha construido, lo verá derrumbarse por las fuerzas internas que contiene”.
A medida que transcurrieron los siglos y la raza lemuria se so­metió a los malvados impulsos de la naturaleza animal, aparecie­ron gradualmente los primeros tipos de enfermedades venéreas; oportunamente toda la raza fue contaminada y produjo su desapa­rición; la naturaleza cobró sus tributos y exigió inexorablemente su precio. Cabe aquí interrogarse ¿cómo estos primitivos habitantes de nuestro planeta pudieron ser responsables, puesto que no existía pecado donde no habla sentido de responsabilidad ni concien­cia de obrar mal? La Jerarquía en esos días tenía sus propios métodos de enseñanza para estos pueblos infantiles, así como se puede enseñar al niño en los primeros años a no adquirir ciertos hábitos físicos. En aquel entonces la humanidad sabía muy bien lo que era el mal, porque se puso en evidencia físicamente y era fácil percibirlo. El castigo fue obvio y los resultados inmediatos; los Instructores de la raza procuraron que la causa y el efecto fueran observados rápidamente.
En esa época también aparecieron las primeras tendencias al matrimonio, algo distinto de la promiscuidad; la creación de uni­dades de familia se convirtió en objeto de atención y constituyó la meta para los más evolucionados. Ésta fue una de las primeras tareas emprendidas por la Jerarquía y el primer esfuerzo para realizar cualquier tipo de actividad grupal, impartiendo la primera lección acerca de la responsabilidad. La unidad familiar no era estable corno puede serlo hoy, pero aún su relativamente breve comienzo fue un gran paso adelante; la segregación del ente fami­liar y el desarrollo del sentido de responsabilidad han continuado firmes hasta culminar en nuestro actual sistema matrimonial y en la acentuación, en Occidente, de la monogamia; ha conducido al orgullo occidental acerca del linaje y la alcurnia, al interés por las genealogías y vinculaciones y al intenso horror que siente el pensador occidental por las enfermedades sifilíticas, puesto que afectan a la familia y su descendencia.
Sin embargo, dos cosas muy interesantes están aconteciendo hoy. La unidad de la familia, en escala mundial, está siendo des­truida debido a los azares de la guerra y -en menor escala- a los modernos puntos de vista concernientes al matrimonio y al divor­cio. También se están descubriendo rápidas y definidas curaciones de las enfermedades sexuales, lo cual hace que la gente tienda a ser más insensata. Sin embargo, cuando la curación sea perfecta, a la larga salvaguardará a la raza y después de la muerte devolverán al suelo cuerpos libres de toda plaga que ha contaminado la tierra durante infinitas edades. Así se producirá una gradual purifica­ción del suelo. La cremación también ayudará en este proceso de purificación. La destrucción por el fuego y la intensidad del calor engendrado por la aplicación de los métodos militares, también están ayudando, y durante el próximo millón de años veremos que la sífilis (heredada desde lemuria) desaparecerá, tanto de la fa­milia humana como del suelo del planeta.
En el transcurso de las épocas la humanidad entró en la etapa atlante de desarrollo. El control consciente del cuerpo físico que­dó bajo el umbral de la conciencia; el cuerpo etérico se hizo en consecuencia más poderoso (un hecho que frecuentemente no es considerado) y el cuerpo físico como un autómata reaccionó acre­centadamente a la impresión y orientación impuestas por la natura­leza deseo en constante desarrollo. El deseo se trasformó en algo mas que una simple respuesta al impulso físico animal y a los instintos primitivos; se dirigió hacia objetos y objetivos extraños al cuerpo, hacia las posesiones materiales y aquello que (al ser visto y codiciado) podría poseer. Así como los principales pecados de la época lemuria (si se los puede llamar pecados en su verdadero sentido, teniendo en cuenta la poca inteligencia de la raza) se co­metían por el abuso del sexo, análogamente el mayor pecado de los atlantes fue el latrocinio, muy difundido y general. Los gér­menes de la agresión y la adquisición personal comenzaron a manifestarse, culminando en la gran guerra (relatada en La Doctrina Secreta) entre los Señores de la Faz Luminosa y los Señores de la Faz Oscura. Para apoderarse de lo que codiciaban y creían ne­cesario, los más evolucionados de esa raza comenzaron a practicar magia. Me resulta imposible delinear la naturaleza y las prácticas de la magia de los atlantes, ejerciendo control sobre los elementales y las formas de vida que ahora han sido obligadas a retroceder a su guarida, y son inaccesibles a la humanidad; tampoco puedo in­dicar los métodos especiales empleados para adquirir lo deseado, las palabras de poder pronunciadas y los rituales cuidadosamente planeados, seguidos por quienes buscaron enriquecerse y posesio­narse de lo que deseaban, sin tener en cuenta a costa de quién lo hacían. Este trabajo mágico constituía la parodia de la magia blan­ca tan abiertamente utilizada en esos días, antes de la gran guerra, entre las Fuerzas de la Luz y las Fuerzas del Mal. La correcta ma­gia era muy conocida por el pueblo atlante y utilizada por los Miembros de la Jerarquía, a quienes se les había confiado la orientación de la raza, y Ellos combatían el desenfrenado mal en las es­feras superiores. Este mismo mal, nuevamente en son de guerra, está siendo combatido por los hombres de buena voluntad bajo la dirección de la Gran Logia Blanca. El colmo del lujo fue alcanzado en la Atlántida, de la cual nuestra jactanciosa civilización nada sabe ni nunca ha igualado. Algunos tenues indicios de ello nos han llegado de las leyendas del antiguo Egipto, de los descubrimientos arqueológicos y de los viejos cuentos de hadas. Se produjo un re­surgimiento de la maldad y agravios puramente atlantes en los días de la decadencia del Imperio Romano. La vida fue mancillada por la miasma del egoísmo más abyecto, y las fuentes mismas de la vida fueron contaminadas. El hombre vivía y respiraba única­mente para poseer el máximo lujo y la mayor cantidad de cosas y bienes materiales. Fueron sofocados por el deseo y acicateados por la idea de no morir nunca, vivir eternamente y adquirir todas las cosas que deseaban.

B. Tuberculosis.


En la situación anteriormente mencionada hallamos el origen de la tuberculosis. Originó en los órganos que el hombre posee para respirar y vivir y fue impuesta como castigo por la Gran Logia Blanca; los Maestros promulgaron una nueva ley para el pueblo atlante cuando los vicios de lemuria y la codicia atlante llegaron al grado más despiadado. Esta ley puede ser traducida en los siguientes términos: “Quien sólo vive para los bienes ma­teriales, quien sacrifica toda virtud con el fin de adquirir lo imper­durable, morirá en vida, encontrará que le falta el aliento y, sin embargo, rehusará pensar en la muerte hasta que le llegue el llamado.”
Resulta difícil en estos días apreciar o comprender el estado de conciencia de los atlantes. No existían procesos mentales, excep­to entre los conductores de la raza; única mente prevalecían los despiadados e insaciables deseos. Esta acción de la Gran Logia Blanca obligó la imposición de dos premisas y enfrentó a la raza con dos problemas hasta entonces incomprendidos. El primero fue que las actitudes sicológicas y los estados de conciencia pueden traer y traen condiciones fisiológicas, buenas y malas. El segundo, que por primera vez los pueblos debían reconocer el fenómeno de la muerte; muerte que ellos mismos produjeron en forma nueva y no únicamente por medios físicos. Esto tuvo que ser dramati­zado en forma definidamente objetiva, porque aún las masas no respondían a la enseñanza verbal sino sólo a los eventos visuales. Cuando vieron que una persona particularmente inclinada al robo comenzaba a sufrir una horrenda enfermedad que parecía surgir de dentro de sí mismo y -mientras sufría- mantenía su amor por la vida (como lo hacen hoy los tuberculosos), enfrentaron otro aspecto o forma de la ley original (impuesta en tiempos de lemuria) qué decía: “El alma que peca, morirá”. La muerte hasta entonces había sido aceptada sin protesta alguna, como el destino de todas las cosas vivientes, pero desde ese momento, por primera vez, la relación mental entre la acción individual y la muerte fue reconocida -aunque todavía en forma tenue y débil- y la con­ciencia humana dio un gran paso adelante. El instinto no pudo manejar esta situación.
La muerte es una grande y universal herencia; todas las formas mueren, porque esa es ley de la vida, hablando paradójicamente. Ha llegado el momento de enseñar a la raza que la muerte puede ser el fin de un ciclo y una automática respuesta a la Gran Ley de los Ciclos, que continuamente instituye lo nuevo y destruye lo viejo, o puede producirse por el abuso del cuerpo físico, por la mala aplicación de la energía y por la deliberada acción del hombre mismo. El hombre que deliberadamente peca y sicológicamente se equivoca en sus actitudes y consiguientes acciones, comete un sui­cidio, como el hombre que premeditadamente se hace volar los sesos. Pocas veces esto es comprendido, pero la verdad se irá haciendo cada vez más evidente.
Un mandato bíblico nos recuerda que los pecados de los padres se extenderán a los hijos, afirmación literal acerca de las enferme­dades que la humanidad ha heredado de la raza lemuria y atlante. La sífilis y la tuberculosis han prevalecido ampliamente durante la primera mitad de la raza aria, en la cual nos hallamos, y hoy no sólo afectan a los órganos de la procreación o a los pulmones (tal como sucedió en las primeras etapas de su aparición), sino que han involucrado ahora la corriente sanguínea y en consecuencia todo el organismo humano.
Mucho se ha hecho durante los últimos cincuenta años para controlar la gran enfermedad atlante de la tuberculosis, por medio de una vida sencilla, alimentos sanos y abundantes y aire puro. Mucho se esta haciendo para controlar, finalmente, las enferme­dades sifilíticas, y ambas serán eventualmente extirpadas, no sólo por el tratamiento sano y los descubrimientos de las ciencias mé­dicas, sino porque la raza -a medida que se polariza más mental­mente- podrá encarar el problema desde el ángulo del sentido común, y decidirá que el pecado físico exige un castigo demasiado severo y que no vale la pena poseer lo que no se ha merecido ni se ha necesitado y en consecuencia no le pertenece.
Alrededor de estas ideas básicas se libró la guerra mundial (1914-1945). A la posesión ilegal de las tierras, territorios, bienes y pertenencias, denominamos agresión; pero en principio es lo mis­mo que violar, hurtar, robar. Hoy estos males no constituyen faltas y pecados individuales, sino que pueden ser características nacionales; la guerra mundial ha hecho surgir este problema a la superficie de la conciencia humana y la antigua lucha atlante se está librando amargamente con la probabilidad de que esta vez la Gran Logia Blanca triunfe. Esto no fue así en el primer conflicto. En ese entonces la guerra finalizó por la intervención del Logos planeta­rio y esa antigua civilización descendió a las profundidades y fue sepultada por las aguas, símbolo de pureza, salubridad y univer­salidad, y por lo tanto un final apropiado para “una raza tubercu­losamente orientada”, como los Maestros la han llamado. La muerte producida por inmersión y la muerte por confusas causas físicas, las cuales no se me permite describir, han sido probadas en el esfuerzo por salvar a la humanidad.
Hoy se aplica la técnica de la muerte por el fuego, y promete ser exitosa. En contradicción con las grandes crisis de Lemuria y Atlántida, la humanidad ya posee una mentalidad más alerta, re­conoce las causas de las dificultades, ve con más claridad los móvi­les, y la voluntad al bien y el anhelo de cambiar las condiciones malignas del pasado es más fuerte que nunca. Lo que la conciencia pública está comenzando a manifestar hoy es algo totalmente bue­no y nuevo.
Las razones subjetivas dadas para justificar la aparición de estas dos enfermedades raciales tan antiguas, puede parecerle, a quien no conoce esoterismo, como posibles pero no probables, ilusorias y de naturaleza demasiado ambigua. Ello es inevitable. Estos dos grupos de enfermedades son tan antiguos en su origen, que las he denominado inherentes a la vida planetaria misma y herencia de toda la humanidad, pues en cada uno de nosotros el quebrantamiento de ciertas leyes producirá esas enfermedades. Si quisiera podría llevar al lector aún más atrás, al reino del mal cósmico, tal como prevalece en nuestro sistema solar y afecta al Logos planetario, que aún se cuenta entre “los Dioses imperfectos”. La forma externa del planeta a través del cual Él se expresa, está impregnada, hasta cierta profundidad, con las simientes y gérme­nes do ambas enfermedades; no obstante, a medida que se logre la inmunidad y se desarrollen los métodos de curación, que la medicina preventiva ocupe su debido lugar y que el hombre llegue a acrecentar el control mental y egoico de las naturalezas animal y de deseos, tales sufrimientos humanos desaparecerán y (no importa lo que las estadísticas puedan decir) están desapareciendo de esas zonas más controladas de la familia humana. A medida que la vida de Dios (expresándose como divinidad individual y universal) palpita más poderosamente a través de los reinos de la naturaleza, estos dos castigos de la pecaminosidad no serán nece­sarios y desaparecerán inevitablemente, por tres razones:


  1. La humanidad se está orientando frecuentemente hacia la luz, y “la luz disipa el mal”. La luz del conocimiento y el reconoci­miento de las causas producirán esas condiciones cuidadosa­mente planeadas, que harán desaparecer las enfermedades sifi­líticas y la tuberculosis.




  1. Los centros ubicados abajo del diafragma estarán sometidos a un proceso de purificación y elevación; será controlada la vida del centro sacro y la energía usualmente enfocada allí será utilizada en forma de vida creadora por medio del centro larín­geo; el centro plexo solar elevará su energía al corazón, enton­ces desaparecerá la tendencia humana al egoísmo.




  1. La curación total, alcanzada por la ciencia, pondrá fin gradual­mente a todo contagio.

Otra razón que pondrá fin a los deseos y a las prácticas y méto­dos de vida causantes de estas enfermedades, es aun poco cono­cida; Cristo se refirió a ella cuando habló de la época en que ningún secreto permanecería oculto, y de cuando todos los secre­tos se proclamarían desde los tejados. El desarrollo de la captación telepática y de los poderes síquicos, como la clarividencia y clariaudiencia, oportunamente tenderán a evitar que la humanidad peque privadamente. Los poderes que emplean los Maestros y los Iniciados superiores para comprobar el estado síquico y la condi­ción física de la humanidad, su cualidad y conciencia, ya comienzan a manifestarse en la humanidad avanzada. La gente pecara, cometerá malas acciones y satisfará los deseos desordenados, pero lo sabrán sus semejantes y nada podrán hacer en secreto. Alguna persona o grupo se dará cuenta de las tendencias de la vida del hombre y hasta de los incidentes en los que satisface alguna exi­gencia de su naturaleza inferior, y esta posibilidad actuará como un poderoso freno, mucho más poderoso de lo que pueden ima­ginar. El hombre es en realidad el custodio de su hermano, y esta custodia significa conocerlo y aplicar “el ostracismo y las sancio­nes”; así se dice cuando se aplican sanciones a las naciones. Quisiera que reflexionen sobre estos des modos de encarar las malas acciones. Serán aplicados casi automáticamente por otros individuos y grupos, como algo de buen gusto, buenos sentimien­tos e intenciones, y de esta manera el crimen y la tendencia a la maldad prácticamente serán desarraigados. Se llegará a compren­der que la criminalidad se basa en alguna forma de enfermedad, en la carencia o sobrestimulación glandular, que a su vez se funda en el desarrollo o subdesarrollo de cualquiera de los centros. Una iluminada opinión pública -que conozca la constitución del hom­bre y la gran Ley de Causa y Efecto- tratará la criminalidad con procedimientos médicos, correctas condiciones ambientales y penalidades de ostracismo y sanciones. No dispongo de tiempo para extenderme sobre este tópico, pero tales sugerencias les propor­cionará tema para reflexionar.



C. Cáncer.
Ahora entraremos a considerar el acrecentamiento rápido de esa típica enfermedad atlante que denominamos cáncer. Hemos hablado de una enfermedad básica muy difundida, relacionada con el cuerpo físico y hemos tratado superficialmente otra que es pro­ducto de la naturaleza de deseos. El cáncer, en el actual siglo ario, es definidamente el resultado de la actividad de la mente concreta inferior y del estímulo que puede ejercer la mente sobre el cuerpo etérico. Ésta es la principal enfermedad incidental al estímulo, en lo que concierne a las masas arias, así como las enfermedades car­díacas se deben también al estímulo, afectando grandemente a las personas evolucionadas, quienes -debido a su liderazgo e interés en los negocios- a menudo sacrifican sus vidas y sufren el castigo por la energía mal aplicada y excesivamente concentrada, desarro­llando por ello diversas formas de perturbaciones cardíacas agudas.
Los discípulos e iniciados están propensos también a sufrir de esta enfermedad, debido a que entra violentamente en actividad el centro cardíaco. En un caso, la energía de la vida que afluye a través del corazón se emplea más allá de toda tolerancia humana, al manejar los asuntos humanos; en otro, el centro cardíaco se abre y la tensión ejercida sobre el órgano del corazón es demasiado grande, sobreviniendo la enfermedad cardiaca. Una tercer causa se debe al prematuro o deliberado planeamiento de elevar la ener­gía del plexo solar al corazón, ejerciendo así una inesperada ten­sión sobre él.
Lógicamente estoy haciendo amplias generalizaciones; poste­riores evidencias demostrarán los tipos de actividad que evocarán las correspondientes dificultades en el corazón. Las enfermedades del corazón aumentarán grandemente a medida que entramos en la nueva: raza raíz, particularmente durante el intervalo en que se aceptará la realidad de los centros, su naturaleza y cualidades y, en consecuencia, serán objeto de atención entrenada. La energía sigue al pensamiento, y este enfoque mental sobre los centros pro­ducirá inevitablemente su sobrestimulación, y ello a pesar del cuidadoso desarrollo de la Ciencia de los Centros, lo cual es ine­vitable debido al nerviosismo y al desarrollo desequilibrado del hombre. Posteriormente este estimulo será regulado y controlado, y el corazón estará sometido únicamente a una tensión general, juntamente con los otros centros.
El cáncer es una enfermedad muy definidamente relacionada con los centros, y hallaremos que el centro en la zona donde existe el cáncer está excesivamente activo, con el consiguiente acrecenta­miento de la afluencia de energía a través de la sustancia corpórea relacionada. La energía y el sobrestímulo de un centro no sólo puede ser el resultado de la actividad del centro y su consiguiente radiación, sino de la supresión impuesta por la mente sobre cual­quier actividad de determinado centro. Esto produce una acumula­ción de energía, y por lo tanto tenemos nuevamente la acumulación excesiva de energía, concentrada en una zona particular. Una de las principales fuentes del cáncer, relacionada con el centro sacro y por ende con los órganos sexuales, ha sido la bienintencionada inhibición de la vida sexual, y de todo pensamiento conectado con la vida sexual, por los aspirantes mal orientados; éstos son quienes hallan en la enseñanza de la Edad Media -la vida monástica y el celibato- la línea de menor resistencia. En esa época la buena gente creía que el sexo era algo maligno y pecaminoso, que no debía mencionarse y que constituía una poderosa fuente de pertur­bación. Las reacciones normales en vez de ser controladas y tras­mutadas en actividad creadora eran violentamente suprimidas y todos los pensamientos acerca de la vida sexual reprimidos. Sin embargo, la energía sigue la dirección del pensamiento, con el resultado de que este particular tipo magnético de energía atrajo a un creciente número de células y átomos y de allí el origen de los tumores, quistes y tipos de cáncer, tan prevalecientes hoy. Lo mis­mo se puede decir acerca de la violenta inhibición, por parte del aspirante, de todas las reacciones emocionales y de los sentimien­tos. En su esfuerzo por controlar el cuerpo astral recurre a un pro­ceso de directa inhibición y supresión. Esta supresión convierte al centro plexo solar en un gran depósito de energía drásticamente retenida. Cuando no se trasmutan las emociones en aspiración y amor y cuando no hay un control dirigido, la existencia de esta reserva de vibrante poder produce el cáncer de estómago e hígado y a veces de toda la zona del abdomen. Simplemente menciono es­tas causas (excesiva actividad de un centro y retención de energía, inexpresada e inhibida) como fructíferas fuentes del cáncer.
Como podrán observar, cada caso nos lleva a la realidad de la existencia de los centros y sus efectos fisiológicos. Tanto énfasis se ha puesto sobre las cualidades y características que el hombre desarrollará, cuando los centros estén adecuadamente organizados y dirigidos, que se han pasado por alto los efectos de la ener­gía que reciben y distribuyen en el organismo físico. Dos factores vinculados a los centros y la corriente sanguínea justifican por lo tanto su repetición y atención:


  1. La corriente sanguínea es el agente del sistema glandular y a su vez un efecto de los centros; la corriente sanguínea lle­va a cada parte del cuerpo esos elementos esenciales de los que sabemos muy poco, responsables de hacer del hombre sicológicamente lo que es y, en consecuencia, controla físi­camente su equipo.




  1. La corriente sanguínea es también la vida, llevando a todo el organismo un aspecto de la energía acumulada por los centros que no están directamente relacionados con el siste­ma endocrino; este aspecto de la energía penetra, mediante su radiación, en la corriente sanguínea y en todas las venas, arterias y capilares dentro de la zona controlada por el centro en consideración. Esta compenetrante energía de vida, localizada y calificada, puede ser dadora de vida o provoca­dora de la muerte.

Todas las enfermedades -excepto las que se deben a accidentes, a heridas que se infectan y a epidemias- pueden ser atribuidas en última instancia a alguna condición de los centros, y por lo tanto a la energía incontrolada, a la energía excesivamente activa y mal dirigida, o a insuficiente y total carencia, o sino retenida en vez de ser empleada y trasmutada al correspondiente centro superior de energía. El misterio de la sangre aún queda por develarse, pero recibirá acrecentada atención a medida que transcurre el tiempo. La anemia tan prevaleciente hoy, se debe también al exceso de energías.


Sólo puedo dar indicaciones generales, establecer causas y dejar al investigador inteligente la tarea de estudiar los efectos después de aceptar como posibles hipótesis las sugerencias que he hecho. Un cuidadoso estudio de las glándulas de secreción interna (y más tarde toda la estructura glandular del cuerpo) y de la corriente sanguínea, establecerá que son la principal fuente de los trastornos físicos; inevitablemente, aunque en forma lenta y paciente, los investigadores se verán obligados a retornar a los centros y llega­rán a incluir en sus cálculos un sistema nervioso subjetivo (el sis­tema subjetivo de los nadis, que subyace en los nervios de todo el cuerpo) y demostrarán que esos factores son responsables de las principales enfermedades y de muchas subsidiarias y desconocidas dolencias que son el flagelo de la humanidad No obstante, el in­vestigador de mente abierta que comienza por aceptar la realidad de los centros, considerando que posiblemente existan y eventual­mente podrán ser demostrados, progresará más rápidamente; las enfermedades serán entonces controladas por el sistema de laya yoga (la ciencia de los centros) que será la forma sublimada del laya yoga de los días atlantes. El estudiante avanzado controlará los centros por el poder del pensamiento. En la yoga del futuro, por medio de la meditación y el alineamiento y las prácticas correctas, los centros serán controlados directamente por el alma -algo muy diferente del control de los centros por la mente y para lo cual la humanidad no está aún preparada. A esto será agregada la Ciencia de la Respiración, no los ejercicios de respiración como ahora se enseñan, con sus frecuentes y peligrosos resultados, sino un ritmo respiratorio impuesto por la mente, mediante el cual puede actuar el alma, y sólo requerirá un simple ritmo respiratorio físico que reorganizará los cuerpos más sutiles y llevará a los centros a una ordenada actividad, de acuerdo al rayo y grado de evolución.
No consideraré la patología de estas enfermedades. Ya ha sido considerada y tratada extensamente por la medicina común. En esta parte de mi exposición trato de poner el énfasis en las causas subjetivas y en los efectos objetivos, pues ambos deben relacio­narse. La actividad -excesiva o insuficiente- de los centros es la causa subjetiva, pero aún no ha sido reconocida, excepto por los esotéricos. Las causas aparentes (que en si son resultados de una verdadera causa subjetiva) las origina el hombre físico, ya sea en esta vida o en una anterior, punto que dilucidaré más adelante.
En lo antedicho he dado mucho para reflexionar, y a medida que cavilan y piensan, estudian los casos y tipos, y también obser­van las características y cualidades de las personas conocidas, las cuales se manifestarán en alguna forma de eventual enfermedad, entonces vendrá la luz.
La necesidad de indicar, sin pasarlas por alto, las fuentes prin­cipales de las enfermedades, aunque el tema es demasiado esoté­rico para que lo capte la inteligencia común, me ha inducido a incluir el segundo punto:

2. ENFERMEDADES QUE SURGEN DE LAS CONFUSAS CONDICIONES PLANETARIAS


Evidentemente me es imposible extenderme sobre este tema, porque no puedo dar ni siquiera una leve indicación que pudiera ser susceptible hoy de verificación. Deberán confiar en lo que diré, lo cual depende de lo que creo es reconocido como mi probada veracidad e integridad. Podría y puedo decir muy poco, sólo lo necesario como para indicar una causa fructífera de las enferme­dades, y tan antigua que es inherente a la vida del planeta mismo. Dichas enfermedades no tienen origen subjetivo o sutil, tampoco son resultado de condiciones emocionales ni de procesos mentales indeseables. No son de naturaleza sicológica y por lo tanto no pue­den atribuirse a ninguna actividad de los centros. Originan de den­tro de la vida planetaria misma y de su aspecto vida, ejerciendo un efecto emanante, directamente sobre los átomos individuales, de los cuales está compuesto el cuerpo físico denso. Es importante recordar este punto. La fuente de cualquier enfermedad de esta naturaleza, inducida por el planeta mismo, se debe principalmente a un impacto externo de ciertas emanaciones vibratorias que, engendradas en lo más profundo del planeta, provienen de su super­ficie y hacen impacto sobre el cuerpo físico denso. Estas radiaciones actúan sobre las unidades de energía, que en su totalidad consti­tuyen la sustancia atómica del cuerpo; ellas no tienen conexión alguna con la corriente sanguínea ni con el sistema nervioso, siendo en consecuencia imposibles de detectar o aislar, porque el hom­bre hoy se halla tan altamente organizado e integrado, que estos impactos externos evocan inmediatamente respuesta del sistema nervioso; los médicos modernos son incapaces de diferenciar entre las enfermedades que surgen del mecanismo interno -tangible o intangible- del propio paciente y las de naturaleza irritante que provienen de lo externo, produciendo efectos inmediatos en el sensible organismo del cuerpo humano. No me refiero aquí a las enfermedades infecciosas o a las contagiosas.
Quizás sea de ayuda si señalo que este confuso efecto planetario (oscuro para nosotros, en esta época) sobre el cuerpo físico, es la causa principal de la muerte en lo que respecta a la naturaleza forma estrictamente animal, o las formas de vida que se hallan en los reinos animal y vegetal, y en grado menor y más lento en el reino mineral. La muerte, en lo que concierne al ser humano, se debe a la intención y al retiro planeado del alma, presionada por su propia intención formulada. En cierta medida esto es verdad para todo aquel que muere, excepto para quienes poseen una inte­ligencia de grado tan inferior que el alma prácticamente no es más que un agente influyente. Para todos los que mueren, evoluciona­dos o no, las posteriores etapas de la disolución comienzan después del retiro consciente del alma (consciente por parte del alma, y llegando a ser cada vez más consciente la persona agonizante), llevado a cabo por la vida planetaria misma, que posee el poder de conferir la muerte.
En el caso de los reinos subhumanos de la naturaleza, la muerte es el resultado directo de esta confusa actividad del planeta. La única idea que puedo dar de su funcionamiento, es que el alma de todas las formas de vida no-humanas es un aspecto inherente a la sustancia, de la cual está construido el planeta; esta alma pue­de ser abstraída de acuerdo a los ciclos, indeterminados aún por la ciencia pero fijos y seguros en su actuación, independiente­mente de los grandes accidentes planetarios o la acción directa del cuarto reino de la naturaleza. Este innato poder planetario produce la muerte de un animal y -abarcando toda la evolución- la extinción de una especie; conduce también, con el tiempo, a la muerte de las formas del reino vegetal, siendo una de las causas que ordena el ciclo otoñal del año, produciendo las “marchitas hojas amarillas”, la desaparición del verdor de la hierba y esas cíclicas manifestaciones que no sólo indican muerte, en escala temporaria y pasajera, sino la total cesación de la vitalidad dentro de una forma. “Épocas de perecimiento” son manifestaciones cíclicas del “aspecto destructor” dentro del planeta mismo. Esto lógicamente son temas difíciles de captar.
Tal actividad radíatoria de la vida planetaria, cíclica por natu­raleza y eternamente presente, está estrechamente relacionada con la influencia de primer rayo. Es ese aspecto del Rayo de Voluntad o Poder que produce la disolución de la forma y la corrupción y disipación del vehículo corpóreo hasta ser de nuevo totalmente reabsorbido en la sustancia del planeta. Un concentrado empleo de la imaginación ayudará a descubrir cuán vitalmente constructi­vo puede ser este agente de la divinidad. La muerte ha estado pre­sente en nuestro planeta desde la noche misma de los tiempos; las formas han venido y desaparecido; plantas, árboles, animales y las formas de los seres humanos han muerto durante incontables eones y sin embargo nuestro planeta no es un osario, como muy bien podría serlo a la luz de estos hechos; pero no obstante sigue siendo motivo de belleza, que no ha sido envilecida ni siquiera por el hombre. El proceso de morir y de disolución y disipación de las formas continúa en todo momento sin producir contaminación contagiosa ni desfigurar la superficie de la tierra. Los resultados de la disolución son de efectos benéficos. Reflexionen sobre esta actividad benefactora y la belleza del plan divino de muerte y desaparición.
En lo que respecta al hombre, la muerte adopta dos aspectos de la actividad; el alma humana difiere del alma de las formas no humanas, en que ella constituye una plena y efectiva expresión -en su propio plano- de los tres aspectos divinos; determina, den­tro de ciertos límites -basados en el factor tiempo y necesidad espacial-, la entrada y salida de la forma humana. Una vez ha salido el alma y ha retirado del cerebro el hilo de la conciencia, y del corazón el hilo de la vida, aún persisten ciertos procesos vi­tales; están ahora bajo la influencia de la vida planetaria, y el elemental físico (la suma total de los átomos vivientes de la naturaleza corpórea) responde a ello. Quisiera que observaran la esoté­rica paradoja de que la muerte es el resultado de los procesos de la vida. La muerte, o la energía productora de la muerte que emana del planeta, lleva a cabo la total desintegración del organismo corpóreo, reduciéndolo a sus elementos esenciales, químicos y minerales, además de ciertas sustancias inorgánicas susceptibles de ser absorbidas dentro del suelo del planeta mismo. La muerte, como resultado de la actividad del alma, retira por lo tanto del cuerpo físico, “el cuerpo de luz y los cuerpos sutiles”, dejando la forma densa y sus partes componentes a los procesos benignos del control planetario. Esta dual actividad produce la muerte, tal como la conocemos desde el ángulo humano.
Es necesario aquí puntualizar que esta capacidad del Logos planetario para extraer la esencia de la vida innata en cada átomo, produce lo que podría llamarse deterioración de la estructura de la forma, en cualquier punto desde donde es emitida esta esencia de la vida. Esto trae condiciones que eventualmente se hacen visi­bles; así la enfermedad y la “tendencia a morir” llegan a ser re­conocibles. Por lo tanto, el marchitamiento de una flor, la muerte por vejez de un animal o un árbol, y las numerosas enfermedades del ser humano, son el resultado de la atracción de la poderosa vida del planeta, hablando esotéricamente; esto es un aspecto de lo que erróneamente se denomina la Ley de Gravedad. Esta ley -hablando también esotéricamente- es un aspecto de la Ley de Retorno, que rige la relación de una unidad de vida en la forma con su fuente de emanación. “Polvo eres y al polvo volverás”, es una afirmación de la ley oculta. En la curiosa evolución de las palabras -como todo buen diccionario lo demostrará- la palabra polvo deriva de pulvis, parte menuda y desecha de la tierra, por­ción de cualquier cosa menuda o reducida a polvo, partículas de sólidos que flotan en el aire, El significado será aparente, siendo notable la secuencia de ideas. Al retirarse el aire o aliento, se pro­duce la desintegración y esto es veraz y significativo. A medida que la vida mayor absorbe a la menor, tiene lugar la desaparición de aquello que la vida ha animado; esto es igual para todas las formas del reino subhumano, a medida que responden al tirón o a la atracción de la vida planetaria; también atañe a la forma huma­na cuando reacciona al requerimiento del alma, para devolver su principio de vida al alma, vía el sutratma, y retornar como con­ciencia a su fuente registradora.
En este proceso e interacción, la forma manifiesta los resulta­dos obtenidos por haber sido la receptora de la oleada de vida pro­veniente del planeta, o la liberadora de esa vida que, de acuerdo a la ley cíclica, vuelve al depósito general de energía viviente. De estas dos reacciones dependen la salud o la enfermedad de la forma, en las distintas etapas y estados de respuesta y bajo la acción de otros factores contribuyentes y condicionantes. Existen tres eta­pas principales en el ciclo de vida de las formas subhumanas, y también en la forma humana cuando el alma es simplemente una fuerza influyente y no una energía integrada:


  1. La etapa de afluencia, de vitalización y crecimiento.




  1. La etapa de resistencia, en que la forma preserva su propia integridad durante un ciclo temporario determinado por su especie y medio ambiente, resistiendo exitosamente toda “atracción” de la vida omnicircundante y cualquier reabsorción de su vitalidad.




  1. La etapa de emisión, donde la atracción de la vida mayor del planeta extrae y absorbe la debilitada vida menor. Este proce­so de debilitamiento forma parte de una ley cíclica, como lo insinúa el antiguo adagio: “Los días de vida de un hombre con­sisten en tres veintenas y una década”. Cuando se atraviesa normalmente un período cíclico general, se producirá, en forma inevitable y gradual, un punto de debilitamiento en los tejidos corporales. Generalmente, la enfermedad o la deterioración de alguna parte de la forma aparece oportunamente, y sobreviene la muerte. La extensión de los ciclos y sus causas determinantes son un profundo misterio y están específicamente relacionados con los diversos reinos de la naturaleza, con las especies, tipos y formas, dentro de ese conglomerado de procesos vivientes. Ta­les ciclos sólo son conocidos hasta ahora por los Maestros y por esos iniciados’ a quienes se les ha confiado la tarea de promover los procesos evolutivos dentro de los reinos subhumanos, y tam­bién por los devas cuya tarea consiste en controlar el proceso.

Como bien saben, la gran diferencia que existe entre el reino hu­mano en los tres mundos y los otros reinos de la naturaleza, es el libre albedrío. En la cuestión muerte, el libre albedrío tiene, en último análisis, una definida relación con el alma; la voluntad del alma se cumple consciente o inconscientemente, en lo que a su decisión de la muerte concierne, y esta idea contiene en sí muchas implicaciones sobre las cuales los estudiantes harían muy bien en reflexionar.


Hemos llegado ahora a otra importante generalización respecto a la enfermedad y la muerte, en relación con la humanidad:




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