Cuba: La Revolución de 1933, el Golpe de Estado de 1952, y la Represión del Comunismo Memorias del Mayor General Martin Díaz Tamayo



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CAPÍTULO III
FULGENCIO BATISTA

Tanto se ha escrito sobre Batista, tan conocida es su vida, que poco más podría yo añadir. Los juicios sobre él son, por lo general, apasionados. Se le admira o se le odia, y es que con una figura así es difícil ser neutral. Durante su segundo período de gobierno nuestras relaciones llegaron a ser muy estrechas y, aunque en los últimos tiempos disentimos y nos separamos, siempre lo recuerdo con afecto. Ahora, transcurridos tantos años desde su desaparición y desde los acontecimientos que ahora narro, creo que, por lo menos, puedo permitirme el lujo de ser imparcial.


Bien conocido es su origen tan humilde. Sus primeros años fueron tan pobres y tan llenos de necesidad como los míos. Al igual que yo, viajó a La Habana e ingresó en el Ejército buscando mejorar su situación. Tan pronto pasó la escuela de reclutas, no perdió su tiempo, sino que aprendió a leer y a escribir con corrección, estudió taquigrafía y mecanografía, y terminó ganando una oposición para sargento mayor taquígrafo. Como su trabajo de sargento mayor taquígrafo destinado al Estado Mayor le dejaba más tiempo libre, fundó una academia donde personalmente enseñaba su especialidad. También, y como antes dije, su cargo en el Estado Mayor lo llevó a conocer, en los juicios y consejos de guerra, a personalidades que más tarde le fueron útiles y que, en verdad, supo usar.
Reza el refranero español que “lo que Natura no da, Salamanca no lo presta” La cultura se adquiere, pero la inteligencia y el carácter nacen con el individuo. Batista fue un verdadero dirigente. Su don de gentes y su magnetismo eran increíbles. Sus soldados lo adoraban. Sobresalió, además, sobre todos los políticos de su época, a los cuales, amigos y adversarios por igual, dominó y utilizó.
Sin embargo, han de coincidir las circunstancias específicas para que surja un personaje epónimo. De no ser por la Revolución Francesa, Napoleón no hubiera pasado de ser un oscuro oficial de artillería. De no mediar la caída de Machado, con su secuela de caos, pillaje y desórdenes, Fulgencio Batista hubiera llegado quizás a suboficial taquígrafo.
Afirmé que Batista, al igual que yo, había ingresado en el Ejército para mejorar su situación, pero hasta ahí llega el paralelo: la vida militar me fascinó desde un principio. Nunca me interesó servir sino en la línea, y todos mis estudios posteriores, hasta graduarme en la Escuela Superior de Guerra, estuvieron encaminados a capacitarme aún más como soldado.
En cuanto a Batista, fue político por excelencia. Jamás le interesó el Ejército como profesión. Una vez pasada la escuela de reclutas, no volvió a tocar un fusil, pero era el ídolo del Ejército y, a falta de apoyo popular, fueron las fuerzas armadas su base de sustentación. Esto lo sabía él de sobra y, por tanto, jamás perdió el contacto con sus soldados, a los que beneficiaba en todo cuanto podía.
Tampoco permitió que las tropas fueran mandadas sino por hombres que le fueran totalmente adictos, que se debieran exclusivamente a él, y esto fue en mengua de la preparación técnica da las fuerzas armadas, porque en la mayoría de los casos, estos hombres de confianza tenían escasa preparación, y bajo ellos el espíritu de antaño languideció.
Algo había que hacer. No podía permitirse que el Ejército se convirtiera en una turba. Tan pronto consolidada su posición, se hizo patente la necesidad de restablecer la disciplina. Así, al alborear el año 1934 se reabrieron las escuelas.
Yo, por mi parte, continué en mi función de sargento primero de mi antigua compañía, la segunda del Batallón 2 de Infantería, pero ahora se me confió una función extra. En unión de otra clase, y vestidos de civil, salíamos por las noches a patrullar las calles. Nos situábamos en diversos barrios de la capital, observando el ánimo de la población. Esto era hasta la madrugada, y al despuntar el alba regresábamos a Columbia. Casi no dormía, porque a la diana tenía que entrar de servicio.
Fue en los días en que aún Grau era presidente, que se produjo el incidente de los restos de Mella.
Julio Antonio Mella54 había sido un cuadro comunista, graduado en Moscú. Fue él quien introdujo el comunismo en la Universidad de La Habana. Bajo Machado tuvo que exilarse en México, donde murió en un atentado. Después del 4 de septiembre, y aprovechando las circunstancias caóticas en que vivía el país, los comunistas trataron de producir un golpe de efecto, sepultando unas cenizas que dijeron eran de Mella, y nada menos que en el Parque de la Fraternidad. Este parque había sido, desde principios del siglo XIX, Polígono de maniobras del Ejército Español. El Gobernador Tacón55 lo hermoseó, rodeándolo de vallas con entradas monumentales. Bajo la República perdió su función militar, y Machado hizo de él un bello parque, en cuyo centro hizo sembrar un árbol abonado con tierra de todas las naciones de América. Este fue el Parque de la Fraternidad, de gran extensión y bordeado de edificios coloniales.
Aprovechando la falta de vigilancia y las circunstancias semi-caóticas que aún prevalecían, los comunistas levantaron una especie de cenotafio para encerrar en él las cenizas. Al día siguiente,56 señalado para el entierro, el gobierno envió una compañía de infantería (la mía), una de marina, una de artillería y elementos del Tercio. No tuvimos dificultad en desbaratar el monumento y deshacer la manifestación, pero una vez dueños nosotros del terreno, es decir, de la Plaza de la Fraternidad, comenzaron a hacernos fuego desde las ventanas y azoteas de las casas que bordeaban la plaza. Temiendo devolver el fuego por temor a herir a los moradores de las casas, nos tendimos y guarecimos en lo posible detrás de los árboles. Como es natural, no quería yo ser herido, pero no por eso dejé de levantar la cabeza de vez en cuando y mirar. Recuerdo los puntitos luminosos de los disparos, que se veían surgir, aquí y allá, de los edificios circundantes. También las balas que, al golpear contra el cemento de las aceras, hacían saltar chispazos. Por fortuna no tuvimos bajas.
Quizás mi actuación cuando el ataque a la aviación, y a partir de los servicios que desde el 8 de noviembre presté, no hubieran tenido para mí mayores consecuencias, pero de nuevo Pedraza dio pruebas de buena memoria, y en diciembre de 1933 ascendí a segundo teniente por decreto presidencial. Había que cubrir los cuadros de oficiales, exactamente igual que había que cubrir la primera magistratura de la nación, los ministerios, etc. etc.57
Ya restablecido el orden público en la nación, el gobierno y los jefes de las Fuerzas Armadas empezaron a preocuparse por la urgente preparación de la nueva oficialidad nombrada. Ya que fueron muy pocos los oficiales antiguos del Ejército Nacional que quisieron aceptar el regreso a las filas, ofrecimiento hecho reiteradamente y con absoluta sinceridad por el entonces jefe del Ejército Coronel Fulgencio Batista. Hubo casos de oficiales del antiguo Ejército que nosotros lamentamos profundamente que no volvieran. En cambio, otros muchos, su tratamiento para con los alistados, como humanos, no era correcto, aún dentro de la más estricta disciplina. La disciplina es para el Ejército o cualquier otra organización armada lo que la sangre es al cuerpo humano animal. Es su propia existencia.
Quizá por muchas cosas que nunca se han escrito, también hasta las Fuerza Armadas llegó la revolución de agosto y septiembre de 1933. Los pundonorosos y capaces militares que no pudieron evitar que la revolución llegara hasta lo sargentos, cabos y soldados de las Fuerzas Armadas, eran tan cubanos como lo eran los propios sargentos, cabos y soldados. Ni más ni menos.
El pueblo de Cuba trató de quitarse de encima al gobierno que no quiso soportar más y los alistados de las Fuerzas Armadas encontraron un apoyo en el estudiantado y el pueblo en general para buscar un cambio entre ellos; pues era muy difícil lograr esto, sin variar el concepto en lo racional, entre toda la oficialidad que existía en el Ejército Nacional. Hubo muchísimas excepciones entre la oficialidad, pero muchos, los más, nos miraban como cosas, como objetos. En nosotros había miedo como respeto por aquellos jefes. La disciplina no debe ser miedo sino respeto y raciocinación.
Como hombre amante de la disciplina y un enamorado de la carrera militar, bien entendida, creo que el distanciamiento que existía entre la oficialidad y la tropa tuvo que ver con el descontrol de los jefes en los mandos. Esa es la razón más poderosa del 4 de Septiembre de 1933, que estuvo incluido en la propia revolución de agosto del mismo año.
Mucho se ha escrito en el exilio sobre el caso, pero también otro mucho vivimos aquellos instantes, que hay que considerarlos como un hecho histórico que no admite pequeñeces. O el Sgto. Rodríguez o el Sgto. Batista u otro lo hubiese tenido que hacer. La fuerza revolucionaria, o parte de ella, el estudiantado, no se dirigió a los jefes ni a los oficiales de las Fuerzas Armadas, sino a la tropa. A esta dio su apoyo y ayudó a su dirección. Otro hecho que quizá restó fuerza a la oficialidad del Ejército Nacional fue la entrada en el Hotel Nacional, abandonando sus mandos.
El 4 de Septiembre no creo sea un cuartelazo como llaman vulgarmente, sino que fue parte de los hechos acaecidos, y que decidió y dio en parte, solución a un caos que se agrandaba por momentos, mientras la única reserva disponible en el instante era las Fuerzas Armadas. Fueron controladas y reordenadas por los Sargentos y poco después empezó a verse un horizonte más claro. Nosotros presenciamos hechos de saqueos en muchos sitios de la Habana. Presenciamos incendios y atropellos en las calles porque no había una dirección responsable de las autoridades. Controlaba la Marina y el Ejército, pronto se notó el cambio.
Tan pronto hube recibido mi ascenso, se me envió a Camagüey, y no sólo yo, sino a un grupo de segundos tenientes, pues la diáspora de los oficiales había dejado en esqueleto los mandos de la Guardia Rural. Para la zafra pidieron refuerzos de oficiales subalternos, y allá fui yo, pero los hados no me favorecieron. Mientras se me destinaba a algún puesto, quedé en la Jefatura del Regimiento 2 que, como todos los del interior, era de caballería. Y mientras esperaba a que se me destinara a alguna tenencia o a algún central azucarero, pude dedicarme a mi pasión favorita: la equitación. Horas y horas me las pasaba en la silla, trotando y saltando obstáculos en el picadero, pero como todo tiene su fin, una mañana recibí la orden de traslado a Piedrecitas.58
Esperábamos disturbios en aquella zafra, pero el país parecía tan harto de desórdenes, que los obreros realizaron sus tareas hasta el final. En los meses anteriores los comunistas, que eran pocos, pero muy activos, aprovecharon la ocasión de la crisis de autoridad subsecuente a la caída de Machado para, incluso, organizar soviets e izar la bandera roja en algunos centrales, pero ahora parecían haberse esfumado.
Terminada la zafra regresamos a La Habana. Es preciso admitir que estos meses en Camagüey fueron para mí unas vacaciones. Desde la caída de Machado vivíamos sobre el quién vive. Casi no podíamos desnudarnos para dormir, pues las alarmas sucedían a las alarmas. El último servicio antes de ascender a segundo teniente, patrulla civil por las noches y sargento primero de día, me había extenuado. Cuando regresé a Columbia, me sentía hombre nuevo.
Los acontecimientos de 1933 habían traído un verdadero desajuste en el cuerpo de oficiales. Muchos ascensos, realizados “revolucionariamente”, fueron verdaderos desaciertos. Otros fueron más acertados, pero en casi todos los casos carecíamos de la preparación necesaria. La solución se caía de la mata: reabrir las escuelas. Tan pronto estuve de regreso en mi unidad (siempre la 2da. del 2) se me comunicó que pasaría a un curso de capacitación para oficiales, que tendría lugar en el Castillo de Atarés. Este curso constaba de 75 oficiales, escogidos entre los más jóvenes. Duró año y medio, y de nuevo volvieron la inspección de armas, el rasqueteo de los caballos, los ejercicios extenuantes de infantería y educación física, y por las tardes, clase en las aulas.
El director del curso fue el comandante Salcedo, uno de los antiguos oficiales que no causaron baja el 4 de septiembre. Era también profesor (y muy bueno, por cierto) de equitación y de caballería. Recuerdo también a otros profesores como, por ejemplo, al capitán Fajardo, instructor de infantería, y al entonces teniente [Juan A.] Moreno Romaní, de Educación Física. Al teniente Dr. [Santiago] Codina [Aramburu] lo tuvimos de gramática, y de historia militar al teniente Yeste. En cuanto a las matemáticas, nuestro profesor lo fue el coronel retirado [Fernando] Driggs [Acosta]. Los estudios de infantería alcanzaron hasta la escuela de batallón, y los de caballería hasta el Tercio. Recibimos también nociones de artillería, aunque sin profundizar mucho en la materia. Me vienen a la mente algunos compañeros de curso que después llegaron lejos en su carrera. Genovevo Pérez Dámera,59 después Jefe de Estado Mayor, fue uno de ellos. Ángel Bisset, después teniente coronel y fusilado por Fidel Castro, fue otro.60 Bisset era un gran matemático, y mucho debí a sus enseñanzas.
Por aquellos días no andaba yo muy bien de salud. Quizás las aguas de Camagüey no me asentaron, o por cualquier otro motivo, lo cierto fue que una fuerte colitis me estuvo afectando durante todo el curso. Pese a eso, luché con todas mis fuerzas. Mucho había llovido desde que, con una preparación muy deficiente, me había alistado en el Ejército. Los estudios que como cabo pude hacer, incluyendo las asignaturas de bachillerato, que cursé en el Instituto de Pinar del Río, me valieron de modo increíble. Ya a los finales, competíamos por el primer puesto el teniente [Miguel] Álvarez de la Noval61 (español) y yo. Él era muy estudioso, y sólo con un gran esfuerzo logré acumular los puntos para ganarle.
A veces, por las tardes, me sentaba en las almenas del Castillo a contemplar la ciudad, que dominaba desde su altura. Menos de un año antes, Atarés había sido el centro del combate del 9 de noviembre. En ese patio central, donde formábamos todas las mañanas para entrar a clases, las granadas de mortero habían destrozado a los hombres por docenas. En los servicios sanitarios, que varias veces al día visitábamos, el comandante Ciro Leonard se había saltado la tapa de los sesos. En la ladera sur, frente a las cuadras, se levantaba un obelisco que señalaba el lugar donde, en 1851, fueran fusilados 52 expedicionarios norteamericanos de la expedición de Narciso López Uriola, entre ellos el teniente coronel [William L.] Crittenden.62 Los ingleses estuvieron a punto de ocupar esta loma del Soto en 1762. De haberlo hecho, la flota española surta en puerto hubiera quedado a su merced, porque Atarés domina el fondo de la bahía. Fue por esa experiencia que los españoles construyeron este bastión.
Ya hacia fines de curso tuvo lugar, en Rancho Boyeros, una competencia de salto. Me tocó en suerte saltar el primero, y gracias a mi caballo, Nerón, y a las enseñanzas del comandante Salcedo, logré hacer un recorrido totalmente limpio que me valió el premio “Coronel Batista”. Entonces fue que empezó el problema de la “Dama Audaz”, hasta que por poco desgracia mi carrera militar.
Tan pronto hube egresado del curso, se presentaron oposiciones para primer teniente de infantería. Me sentía yo tan seguro de mis conocimientos, que me presenté a ellas. Mi único contendiente fue el segundo teniente Alejandro Batista (sin parentesco alguno con el coronel, pese a su apellido). El teniente Batista era un magnífico instructor de infantería, y sus conocimientos prácticos eran vastos, aunque sin base teórica. Quizás peque algo de inmodesto en lo que voy a decir, pero yo tenía también años de experiencia en la instrucción de esta arma y, recién graduado además de Atarés, me conocía los manuales al derecho y al revés. Gran parte del examen fue oral. Sentados los dos opositores frente al tribunal, contestábamos a las preguntas que alternativamente se nos hacían. Mi ventaja en todo momento fue tan evidente que, al terminar, no abrigaba yo dudas de que había sido el ganador.
Pero el teniente Batista pertenecía a la escolta del coronel. El entonces comandante [Raimundo] Ferrer, antiguo oficial que quedara con nosotros, era Jefe de los Ayudantes y presidente del tribunal de examen. En un gesto de amistad, quiso halagar a su jefe, y Batista fue el ganador. ¿Que cómo me sentí? ¿A qué decir que cómo me sentí? Jamás había recibido un golpe tan inesperado. Desde soldado había marchado siempre adelante. Lentamente, pero siempre adelante, sin un revés de importancia.
Sin embargo, en medio de todo tuve una gran satisfacción que en gran parte compensó el disgusto. En una ceremonia que por esos días tuvo lugar en Columbia, el coronel Batista me vio de lejos y me llamó. Tomándome del brazo me llevó aparte y me dijo, poco más o menos:
-Martín, sé todo lo ocurrido. Mundito (el comandante Ferrer) es mi amigo, y al aprobar a Batista, quiso darme una satisfacción. Pero se equivocó, lo que me ha dado es un disgusto, y así se lo dije. Hice traer tu expediente y lo examiné. Eres un buen oficial. Yo quiero, Martín, que no te desanimes. La vida está llena de estas basuras: cárgalo a la cuenta de la experiencia. Prepárate para las próximas oposiciones y yo me encargaré de que se te haga justicia.
Esas palabras de nuestro jefe me llenaron de orgullo. Alguien más las oyó, y el asunto trascendió. Algo más me llamó la atención ese día. No habían pasado aún dos años del 4 de septiembre. Recordaba al Batista de 1933: más bien bajo de estatura, delgado, cetrino. Un sargento y nada más. Ahora, su presencia resultaba imponente. Todos cuantos le rodeaban, militares, civiles, diplomáticos, se mostraban obsequiosos y llenos de adulación. Y Batista recibía todos aquellos homenajes con aplomo, con naturalidad, como si toda la vida hubiera sido lo que era en aquel instante.
Volví a mi servicio rutinario de oficial de guarnición, siempre en Columbia, siempre en mi compañía, y seguí siendo segundo teniente, pero acababa de abrirse la Escuela de Artillería. Para el primer curso fueron escogidos los que mejor expediente tuviesen en matemáticas entre los graduados de Atarés, quince en total más __ de la Marina de Guerra. A casi ningún oficial le agradan estos cursos, A los oficiales de guarnición se les hace la vida relativamente cómoda. Pasar a un curso de superación significa dejar de tener mando, volver a las aulas, someterse de nuevo a una disciplina casi de cadete. Vuelven los estudios, con largas horas de trabajo y noches de insomnio cuando se aproximan los exámenes. Al saber de mi designación, hubiera podido moverme y quitarme el curso de encima, pero no vacilé. Dicen los franceses que el apetito viene comiendo, y eso me había pasado a mí. Tres años atrás no era yo sino un cabo, con posibilidades de llegar a sargento, y quizás hasta a suboficial, ya en los umbrales del retiro. Pero siendo ahora teniente, en la flor de la edad, y con la reciente contrariedad habida en las oposiciones, la ambición, una ambición que considero legítima, había hecho presa en mí . . . y fui a dar con mis huesos a la Batería de La Pastora.
La Pastora es una batería rasante construida en 1735 por el gobernador [Juan Francisco de] Güemes y Horcasitas.63 Su emplazamiento está al pie de la Fortaleza de La Cabaña, a flor de agua, y desde donde se domina la boca de la bahía. Los primitivos cañones de bronce fueron sustituidos alrededor de 1840 por los gruesos cañones Barrios, recién inventados y que, si los comunistas no han enviado a Rusia, se encuentran allí todavía. En septiembre de 1935 se habilitó para Escuela de Artillería. Todos los días, a la diana, cruzábamos el canal de entrada a la bahía en la lancha del Morro. Las clases se prolongaban desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde, de lunes a viernes. Las aulas, antiguos cuarteles españoles, eran amplias y ventiladas. Para las prácticas de tiro contábamos con la batería de costa Nº 1, también española. Esta batería constaba de cuatro cañones Ordóñez, de 120mm.64 Su emplazamiento se hallaba en el litoral de la Costa Norte, al oeste de Cojímar. Aunque los cañones eran de modelo anticuado, se hallaban en muy buen estado. Con un alcance de unos once kilómetros, resultaban ideales para los estudios de balística. También, con el tiempo fuimos a un Polígono de tiro de artillería que tenía el Ejército en la provincia de Pinar del Río, al oeste de la capital de este nombre, en un sitio llamado Guanito. Llevamos con nosotros la batería ligera de 75mm. Entre los maestros, recuerdo al coronel retirado Driggs, que ya había sido profesor mío en la Escuela para Oficiales, y al después teniente coronel [Antonio] Blanco Montalván.
Así fueron transcurriendo los meses, y ya tenía vencido el curso de quince meses. Faltaban 26 días para la graduación, cuando me sobrevino el desastre.
Un marido ofendido acusó a su esposa de infidelidad, siendo yo la contraparte de esa infidelidad. Quizás el asunto no hubiese tenido mayores consecuencias, de no ocupar este señor una posición prominente. El señor perdonó a la esposa, pero yo recibí órdenes de trasladarme inmediatamente para el Regimiento 1, en la Provincia de Oriente. Todo sucedió tan rápidamente que llegué a mi destino aturdido, sin conciliarme con la idea de que mi universo se derrumbaba.
Al presentarme en la Jefatura, en el Cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, el Jefe del Regimiento, teniente coronel Diego Rodríguez, me llamó a su presencia. Este jefe me conocía bien; en Columbia había sido sargento mayor del Batallón Nº 3. Recuerdo que me dijo: -Oye, Martín, esto huele mal. Las órdenes que tengo son de enviarte a Imías (el puesto más remoto de la Isla, cerca de la Punta de Maisí). Pero, para empezar, dime la verdad de lo que te pasó.
Yo le conté el asunto con pelos y señales, y al terminar, el coronel rompió a reír, exclamando: -Perdóname, viejo, no me río de tu desgracia, pero el asunto es comiquísimo. ¡He ahí un marido que no sabe llevar los cuernos con dignidad!
Después, vuelto a su seriedad habitual, continuó: -Si no es más que eso, ya pasará, como pasan todas las cosas. Los ánimos se enfriarán. Desde que ascendiste, tienes dos escuelas en tu haber y eres, además, un buen jinete. Yo, por mi parte, estoy demasiado carente de oficiales para enterrarte en Imías. El Escuadrón 2 del Tercio no tiene capitán, y está al mando de un primer teniente. Ve y hazte cargo como segundo jefe. Y no hables de tu problema con nadie.
Pero el coronel Rodríguez se equivocaba. El marido siguió pidiendo mi cabeza, y a los pocos días me llegó un escrito confidencial del Estado Mayor. Se me pedía que, en bien de la institución, presentara mi renuncia alegando una enfermedad o algún otro motivo personal. Yo siempre fui un militar disciplinado y, como tal, dispuesto a obedecer y a soportar muchas cosas, pero no la pérdida de mi carrera a la que había dedicado tantos años y mi corazón por entero. Por otra parte, resultaba extraño que, si se deseaba eliminarme, no me hubieran simplemente dado de baja “por alta conveniencia al servicio”, medida arbitraria, que generosamente se practicó en nuestro Ejército. Pero así fue. Pedí autorización para consultar a un abogado, y el Capitán Ayudante me facilitó al teniente Dr. Sigfrido Solís de León. Siguiendo el consejo de éste, contesté por conducto reglamentario exigiendo que, de haber cometido yo un delito, se me juzgara en consejo de guerra privado o público. Que, de requerirse una reparación personal, yo estaba dispuesto a batirme (el duelo estaba permitido en esos días) con el marido ofendido. Pero que de ningún modo renunciaría, sino que me defendería por todos los medios legales a mi alcance.
El silencio más absoluto siguió a esta carta. Once meses pasé en Santiago de Cuba. Cada vez que llegaba el correo, esperaba yo la llamada de la Jefatura para comunicarme el retiro. En medio de esta incertidumbre transcurrió el tiempo hasta que, como explicaré más adelante, volví a La Habana.
Años más tarde me enteré de lo sucedido. Pedraza, ahora teniente coronel y Jefe de la Policía, supo accidentalmente del asunto. Mi antiguo sargento primero era, y es, hombre de carácter. Me atrevo a decir que era uno de los pocos subalternos con quien Batista se medía mucho, y hasta temía un poco. Un ayudante de Pedraza, amigo mío de años, me contó lo sucedido. En este caso, Pedraza fue a ver a Batista, que, por su parte, parecía dispuesto a retirarme. La entrevista fue un tanto borrascosa, pero por fin se llegó al compromiso de dejarme en paz, aunque “pro forma” quedaría yo un tiempo en el “destierro”.

Y yo ansioso e inquieto, sin saber a qué atenerme. Aparte de eso, estos once meses transcurridos en Oriente fueron los más felices de mi vida, porque al poco tiempo de figurar como segundo en el mando del escuadrón, su jefe fue trasladado, quedando yo al frente. ¡Todo un escuadrón del Tercio Táctico para mí solo! ¡Un cargo de capitán, siendo yo sólo un segundo teniente! ¡Hubiera querido tener a los muchachos a caballo todo el día!


El Jefe del Regimiento, teniente coronel __ era muy amante del béisbol. Recordó que, años atrás, había yo jugado en el equipo de Columbia, equipo que llegó a ser considerado como semi-profesional. Así, me nombró director del equipo que él había formado en el regimiento. Una vez que lo tuve en forma, jugamos contra novenas civiles de Santiago de Cuba. Luego extendimos nuestras actividades hasta Bayamo, Manzanillo y Banes, pueblo natal del coronel Batista. Unas veces teníamos éxito, otras no tanto, pero siempre resultaba agradable.
Hasta llegar Machado al poder, la República mantuvo muchas de sus características coloniales, cuya máxima expresión era la industria azucarera, tal como la habían desarrollado los españoles. Machado sentó las bases de la diversificación industrial de Cuba, pero fue la era de Batista la que dio de lleno en los problemas sociales. Cierto es que el efímero gobierno surgido del 4 de septiembre promulgó leyes que, a la larga, beneficiaron al pueblo cubano, pero Batista, funcionando como autócrata hasta 1944, conservó estas leyes y, podándolas de sus ribetes demagógicos, las llevó adelante. No hay que olvidar el origen tan humilde de este sargento. La tragedia íntima de ver a un hermano muerto de tuberculosis sin la atención médica adecuada, se traduce más adelante en el Sanatorio de Topes de Collantes. La obra de los institutos cívico-militares se comprende sólo a través de su infancia atormentada.
Como retribución a las deficiencias de su propia enseñanza, hizo que quisiera él llevar ésta a los confines de la República. En nuestra época, el índice de analfabetismo era aún muy grande, sobre todo en los rincones más apartados de la República. Sobraba razón a los maestros por mostrarse remisos a internarse en las serranías, sin facilidades para vivir y sin garantías para su vida, y sin autoridad para imponerse a montunos ignorantes, que en muchos casos ni comprendían ni deseaban esta enseñanza para sus hijos. La solución ideada por Batista fue habilitar como maestros a bachilleres, a normalistas y a profesionales sin empleo, nombrarlos oficiales y sargentos del Ejército, y ya bajo el fuero militar, y con el prestigio del uniforme, enviarlos a los lugares más remotos. Allí, imponiendo su autoridad, se obtenía de forma más o menos voluntaria el concurso de los campesinos para construir casas-escuelas, y se les obligaba a que enviaran a sus hijos al colegio.
Los alumnos que más se distinguieran eran enviados a centros superiores de estudio, los llamados Institutos Cívico-Militares, donde se capacitaban como técnicos en diversos oficios. El presupuesto para esta obra se logró con un impuesto de nueve centavos por cada saco de azúcar que se produjera en Cuba. La resistencia a sancionar esta ley fue lo que motivó que el presidente Dr. Miguel Mariano Gómez fuera depuesto en 24 horas.65
El montaje de este plan fue eminentemente militar. Cada regimiento recibió órdenes de organizar escuelas para disciplinar a los aspirantes a maestros. Yo fui el encargado de la correspondiente al Regimiento 1. Se me dieron órdenes de formarlos militarmente y, en realidad, en los tres meses que estuvieron conmigo, les apreté las tuercas al máximo. Se trataba de imbuirlos en lo posible del espíritu castrense, y de instilarles el don de mando que tanta falta les haría para lidiar con el campesinado de tierra adentro. También, y como necesitarían trasladarse a caballo por lugares donde no existían otros medios de locomoción, empleé los del Tercio para darles, al menos, rudimentos de equitación.
El tiempo pasó, y un buen día recibí la orden de traslado. Volvería a La Habana, pero no a Columbia, sino al Regimiento Nº 5 de la Guardia Rural (Quinto Distrito Militar). Se me destinó al Escuadrón 2, cuyo jefe era el entonces capitán Pilar García.66 Cuando llegué, no se me asignó misión alguna, salvo la de montar constantemente a caballo: mucho picadero y salto de obstáculos. Pilar venía a verme montar y sostenía frecuentes conversaciones conmigo, siempre sobre temas ecuestres.
Poco a poco las noticias se fueron filtrando: Cuba había sido invitada a participar en un concurso hípico internacional que se celebraría en Chile. El coronel Batista dio gran importancia a esta invitación, y quiso que Cuba estuviese bien representada. ¿Por qué llamarme a mí, entonces? Por haber ganado yo el trofeo “Coronel Batista”, allá por 1935.
El equipo fue poco a poco precisándose. Si bien no puede decirse que fuese yo un gran jinete, los demás sí lo eran. Esta fue la organización final:
-Jefe de Equipo: Capitán Rodríguez Sáenz.

-Integrantes: Teniente [Gerardo] Padrón [Pérez]

Teniente Capote.

Teniente Díaz Tamayo.


Poco puedo aducir en favor de los caballos. Tras la caída de Machado, este tipo de evento había venido a menos. Por el momento, no había buenos saltadores. Fue preciso adquirirlos a toda prisa en los Estados Unidos. Con ellos nos trasladamos para Columbia, donde se nos destinó un espacio para el alojamiento, y parte del Polígono para las prácticas de salto.
Encontré el Campamento profundamente modificado. A mi partida para Oriente, ya comenzaban los trabajos de remozamiento. Ahora se hallaban en pleno desarrollo. Las antiguas barracas de madera, construidas en 1901 por el Ejército de los Estados Unidos daban paso a cómodos, amplios y ventilados cuarteles de mampostería. Del otro lado del Polígono las casas de los oficiales, también de madera, se transformaban en bellas residencias.
El Estado Mayor, por otra parte, no continuó en el Castillo de La Fuerza. Recordando sin duda lo fácilmente que fue tomado el 12 de agosto, el coronel Batista lo trasladó para Columbia. Allí ocupó, hasta 1959, el antiguo edificio de la Escuela de Aplicación. Quedaba así el jefe en medio de sus tropas, y no a una hora de camino de ellas.
¡Embarcamos para Chile! Un navío de la Flota Blanca67 nos tomó a bordo, caballos y caballeros. El viaje duró dieciocho días. Tocamos en Colombia, atravesamos el Canal de Panamá; también hicimos escala en Ecuador y en Perú, hasta que, por fin, desembarcamos en Valparaíso. De allí a Viña del Mar, donde se nos alojó en los cuarteles del Regimiento de Coraceros. Magnífico el lugar, y la hospitalidad, regia.
En las competencias que siguieron estuvieron representados los Estados Unidos, Bolivia, Chile, Ecuador, Perú y Cuba. Sólo había equipos militares y, una vez celebradas, pasamos a otra en Santiago de Chile, donde tomaron parte equipos civiles. Los cubanos salvamos la honra, pero poco más. ¡Imposible competir con los formidables saltadores que presentaron los demás países! Pero competir da experiencia, tranquilidad, seguridad en uno mismo. Los reveses en Chile nos valieron triunfos futuros.
Me impresionó sobremanera lo que vi del Ejército Chileno. Disciplina extremadamente rígida, de modelo prusiano. Tengo entendido que en nada ha cambiado. No es extraño que, cien años atrás, vencieran los chilenos a la coalición Perú-Bolivia. Es el Ejército Chileno quien ha salvado a Chile del comunismo.
Nuestra ausencia de Cuba duró 60 días. Este viaje a Chile fue el comienzo de lo que se me ocurre llamar mi “etapa ecuestre”. Permanecí en el equipo durante cinco años y, como es natural, tomé parte en múltiples competencias nacionales. En aquel momento, tan pronto regresamos de Chile, comenzamos de nuevo a prepararnos para competir, ahora en el Madison Square Garden. Para allá fuimos en noviembre de 1938.68 Allí, nuestro papel resultó bastante más airoso que en el Cono Sur y, cuando terminamos, pasamos al Canadá, donde tomamos parte en la Royal Winter Fair. Al concluir, en ruta otra vez, y ahora hacia México, donde figuramos en nuevas competiciones. ¡Qué época! ¡Cuánta nostalgia da recordarla! Estos eventos hípicos iban acompañados de fiestas brillantísimas. Concurrían a ellos los mejores jinetes del mundo, y el todo realzado por la presencia de mujeres hermosísimas, de la alta sociedad panamericana y europea. A veces, al contemplarme en aquel medio deslumbrador, no podía menos que comparar mi presente con mis días de obrero agrícola, cortando caña o recogiendo piñas por menos de dos pesetas al día. ¡Qué cambio! ¡Qué acertado estuve cuando rompí mi guataca contra un árbol y me alisté en el Ejército!
A comienzos de 1939 regresamos a Columbia, y me enteré de que había en perspectiva oposiciones para primer teniente. No tengo que decir que empecé de inmediato a prepararme para ellas. Se me brindó también la oportunidad de inscribirme en un curso de aviación, y así lo hice. He aquí una nueva experiencia. Después de “solear” (volar solo, sin el instructor, por primera vez) llegué a acumular 26 horas de vuelo. Fue entonces que el jefe de la aviación, comandante [Rogelio] López Jorge, me citó a su despacho y me dijo: -Mi hijito (él le decía mi hijito a todo el mundo), si aspiras a piloto de guerra, bienvenido seas, pero acabo de enterarme de que también te estás preparando para las oposiciones a primer teniente de infantería. Oye mi consejo: decídete por una de las dos cosas, porque te faltará el tiempo para prepararte como es debido, y no vas a hacer un buen papel, ni aquí, ni allá.
López Jorge tenía razón. Estaba mordiendo más de lo que podía masticar, y ¡me decidí por la infantería! Yo era soldado de a pie o de a caballo. Como aviador, nunca sería sino un diletante.
Sin embargo, tampoco en la infantería había llegado mi momento. Mi opositor lo fue el cadete-graduado [Eduardo E.] Martín Elena. La posesión de una condecoración, concedida en esos días a este oficial por el gobierno mexicano, hizo bascular la balanza a su favor por 62 centésimas de punto.
Seguí siendo segundo teniente, pero no por mucho tiempo. Un año después hubo de nuevo oposiciones y, ¡por fin!, ascendí. Había permanecido seis años en el grado.
Esta promoción a primer teniente conllevó mi designación como Ayudante del Tercio Táctico. Es decir, pasé a la caballería. En muchos aspectos esto gratificó mi ego. No había olvidado que allá por 1926, el capitán Colín Herrera quiso alistarme en esa unidad cuando, por un momento, el Batallón 2 creyó no tener plazas vacantes. Ahora venía yo a ser, prácticamente, el segundo jefe de la misma, pero para mí tenía un inconveniente: la Ayudantía de una unidad es una posición eminentemente administrativa, y si bien yo transmitía y hacía cumplir las disposiciones del Comandante, no tenía mando directo de tropas. Tuve un consuelo, sin embargo, y era que, como miembro del Equipo Hípico, seguía montando a caballo varias horas al día.
LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL
Como siempre, dejo a los historiadores la tarea de pormenorizar la historia de Cuba a partir de 1933, pero quisiera yo, por mi cuenta, decir unas palabras sobre el tema.
Desde 1933 hasta 1944, Batista dirigió la nave del Estado. Mi opinión es que lo hizo con habilidad. Para evitarse tropiezos, se adhirió estrictamente a la política exterior de los Estados Unidos. Acató, inclusive, hasta sus más leves indicaciones. A cambio de su lealtad, y de la tranquilidad que ésta proporcionaba a Washington, Batista logró para Cuba múltiples concesiones. Unas fueron de índole económica, otra fue la abrogación de la Enmienda Platt.
En los Estados Unidos, el presidente Roosevelt había producido una verdadera revolución económica. Pero como sus reformas hallaron fuerte resistencia en las clases conservadoras, para poder llevarlas a cabo fue apoyándose cada vez más en las izquierdas. Naturalmente, si uno incursiona demasiado hacia la izquierda, termina por toparse con los comunistas, y esto fue lo que le sucedió a Roosevelt. Los comunistas pactan con el diablo si ello conviene a sus intereses. Siempre poco numerosos, pero muy disciplinados, obedecieron las órdenes de Rusia de apoyar a Roosevelt hasta sus últimas consecuencias, y el presidente, necesitado de este apoyo, también se aferró a ellos hasta sus últimas consecuencias.
En Cuba, los comunistas habían hecho en todo tiempo la guerra a Batista. Contra él, azuzaron a los estudiantes. Contra él, produjeron disturbios tales que lograron que fueran clausurados de nuevo los institutos y la Universidad. Con posterioridad, en 1935, contribuyeron a vertebrar una huelga general, similar a la de 1933 contra Machado. Se creía que esta huelga sería el golpe final contra el “sargento” Batista. Sin embargo, la huelga fracasó, en lo que el entonces coronel Pedraza tuvo mucho que ver con el triunfo del gobierno.
Pero ahora viene lo bueno: de repente, llegan órdenes a los comunistas de pasar a las filas del gobierno, y a Batista, desde Washington, la “sugerencia” de abrir los brazos a estos. Desde esa fecha, hasta 1944, año en que Batista abandonó la presidencia, marcharon, tomados de la mano, y entre elogios recíprocos, sin que una nube ensombreciese el idilio.
¿Cómo enjuiciar este hecho? A Batista se le acusa de haber legalizado el Partido Comunista, y de hacer ministros a varios de sus miembros. ¡Correcto! La acusación es válida, pero también creo que, de no hacerlo, se hubiese visto en aprietos con el State Department.
Por lo pronto, este maridaje significó la paz para el gobierno. Los comunistas no reconocen la moral. Para ellos sólo existe la “línea del Partido”. A sus torcidas maniobras, a sus traiciones, las llaman “tácticas de lucha”. Nuestro sentido de lo que es bueno y de lo que es malo, para ellos es un “prejuicio burgués”. Hasta la integración de los comunistas con el gobierno las huelgas, conspiraciones, bombas y atentados se sucedían los unos a los otros. A partir de este momento, todo marchó miel sobre hojuelas, pues los “camaradas” no tenían inconveniente en denunciar a los aliados de ayer, y en desbaratar cualquier intentona en contra de Batista.
De todos estos acontecimientos anteriores a la alianza Batista-Comunismo, me referiré, y se me perdonará este sentimentalismo, a la muerte de un cabo del Ejército de apellido Man.69 Pertenecía este cabo al Regimiento Nº 4, de Matanzas, y se hallaba entre las fuerzas de la Guardia Rural enviadas a reconocer la presencia de personal sospechoso en un antiguo fortín español al oeste de la ciudad. El destacamento rodeó el sitio, los ocupantes trataron de huir y abrieron fuego al intimárseles el alto. Man, quien permaneciera de pie dirigiendo los movimientos de su escuadra, fue alcanzado y cayó muerto. De los que trataban de escapar murieron también dos, el señor Antonio Guiteras y un “internacionalista” que lo acompañaba.70 Mucho se habló de la muerte de Guiteras que, bajo Grau, fuera ministro. Por otra parte, su desaparición restó impulso a la oposición insurreccional. Siempre es de lamentar la muerte de seres humanos, y más si esta muerte es debida al calor de las pasiones políticas. Pero no olvidemos tampoco al humilde soldado: a su viuda, a su madre, a sus hijos. Porque, créelo, lector, los soldados, generalmente procedentes de las capas menos afortunadas, tienen madres, mujeres e hijos que los necesitan y que los lloran.
Los compañeros de Man le erigieron un sencillo cenotafio en el lugar de su caída, que fue destruido posteriormente, y en persona, por el señor Eddy Chibás.71 ¿En qué molestaba al señor Chibás aquel muerto, aquel soldadito caído en el cumplimiento de su deber? Llegue mi reconocimiento al señor [Pedro E.] Pérez Mejides

. Este periodista fue el único, que yo sepa, que en plena reacción anti-Batista escribió un artículo sobre el tema. Se publicó en Bohemia, y en él aparece el señor Chibás destrozando a mandarriazos el pequeño monumento funerario.72


Espero que se me perdone esta digresión. Volvamos ahora al tema.
Bien sabido es que, en 1917, la declaración de guerra de los Estados Unidos a Alemania trajo aparejada una similar declaración por parte de Cuba. En 1941 se repitió la historia. Alemania no nos había ofendido en lo más mínimo en ninguna de las dos ocasiones, pero eso no resta legitimidad al hecho. Tanto Menocal en 1917, como Batista en 1941, actuaron siguiendo el principio geopolítico de hallarse nuestro destino indisolublemente unido al de los Estados Unidos. La cuestión de que si Cuba enviaría o no sus tropas al frente apareció sobre el tapete. En previsión de que así fuera, se envió a la base naval norteamericana de Guantánamo una misión militar cubana para recibir, en una unidad de infantería de marina, preparación de combate. El grupo estaba compuesto por ocho oficiales subalternos y ocho sargentos. Por ser el de mayor graduación, iba yo a su frente. Recuerdo los nombres de algunos de sus integrantes: segundos tenientes [Francisco] Tabernilla, los dos hermanos Valdés Jiménez (uno procedente de La Cabaña y otro de Columbia), Radillo, Lage, Ramos y Marrero. Este último ahijado del entonces presidente Batista.
[Aquí faltan dos hojas del manuscrito con cuatro páginas, de la 67 a la 70. El período cubre la época que se divorcia de su primera esposa y contrajo segundas nupcias.]
El Dr. Ramón Grau San Martín era, sin duda alguna, la figura del momento. Las manifestaciones de júbilo rayaron en el delirio. En el desfile inaugural, frente a Palacio, recuerdo un cartelón con las imágenes de Martí y Grau. El letrero que las acompañaba rezaba: “¡Dios te ilumine, cubano soñador!” Por aquellos días apareció también una caricatura en la prensa. Se veía en ella a dos hombres. Uno de ellos se secaba el sudor con un pañuelo, diciendo “¡Qué barbaridad! ¡Qué calor hace!” Y el otro contestaba: “No te preocupes. Deja que suba Grau”.
Conviene establecer que todas estas manifestaciones de entusiasmo fueron, en general, pacíficas. Empero, he aquí un episodio por mí presenciado, y que demuestra hasta qué punto, en ocasiones, el populacho puede ser cruel e inconsciente. El 28 de enero de cada año se celebraba en el Parque Central de La Habana una parada escolar. Los alumnos de las escuelas públicas y privadas desfilaban a todo lo largo del Paseo del Prado, desembocaban en el Parque Central y depositaban flores ante la estatua del Apóstol Martí. El 28 de enero de 1945, al acercarse los alumnos del Instituto Cívico-Militar, obra de Batista, muchos espectadores se les encimaron gritándoles toda clase de insultos. La actuación de la policía fue pobre, y no se atrevió a intervenir. Los niños y niñas que componían el contingente, muy disciplinados, continuaron su marcha. Entre los gritos y denuestos se oía la voz de los instructores: “¡Firmes! ¡Firmes! ¡Vista al Frente! ¡Vista al Frente! ¡Firmes! ¡Firmes!,” hasta rebasar el parque y salir de nuevo al Prado. Ya me imagino cómo latirían aquellos corazoncitos, asustados como pajarillos, sin saber lo que ocurría, ni por qué eran maltratados de aquel modo. En efecto, los alumnos del Instituto Cívico-Militar eran niños pobres, huérfanos en su mayoría. Su único delito era ser alumnos aventajados en sus respectivas escuelas de origen. Para ellos Batista, Grau, los Auténticos, les eran tan ajenos como el planeta Marte. ¿Qué huella dejaría en sus almas aquella experiencia tan terrible?
La labor del historiador es ardua. Requiere una paciente labor de investigación para la cual yo no tengo ni tiempo ni vocación. Prefiero dejar que trabajen mis recuerdos con sus subjetivismos, sus aciertos e inexactitudes, aunque como se ve en el curso de lo que llevo escrito, con frecuencia me apoyo en algún texto para dar mayor consistencia a lo narrado. Véase, por ejemplo, como contemplo el proceso “auténtico” desde sus comienzos hasta 1952.
Sobre 1926 comenzó la infiltración comunista en la Universidad de La Habana. Manipulada por ellos, la agitación estudiantil en contra de Machado fue haciéndose más y más marcada. Lucharon de firme, tuvieron sus héroes y sus mártires, pero al caer Machado, sus antecedentes y su juventud hicieron que no se les tomase en consideración. Al formar gobierno, Sumner Welles pensó más bien en hombres maduros, conservadores. Se dice que, al mencionársele los estudiantes, el embajador repuso: “¡Lo que esos muchachos tienen que hacer es volver a las aulas!”
¡Qué frustración! ¿Cómo pensar que regresarían a sus pupitres, como si tantos años de conspirar, poner bombas y realizar atentados fuesen unas vacaciones de verano? Su edad y sus circunstancias eran otras. Al cerrarse la universidad, la inmensa mayoría de sus compañeros con medios económicos había continuado su carrera en el extranjero, y eran ya profesionales. Ellos eran solamente . . . revolucionarios.
El golpe de los sargentos, al llamarlos a formar la parte civil del gobierno, les resultó una oportunidad dorada. Durante breve tiempo libaron, ellos y otros elementos más radicales, el exquisito elixir del poder. ¡Ay! Meses más tarde, al expulsarlos Batista del gobierno volvieron a quedarse, como suele decirse, “en la calle y sin llavín”. Tenían que abrirse paso en la vida sin tener un oficio. Tampoco, el tipo de individuo que se lanzó a las luchas estudiantiles era el más apropiado para aprender uno, dedicarse a él por entero, e incorporarse a la ciudadanía pacífica y trabajadora.
La solución inmediata fue la facilidad que por aquellos tiempos daba la universidad para terminar los estudios. Mediante cursillos de tres o cuatro meses podía ganarse parte del tiempo perdido. Y, ¿qué carrera estudiar? Pues, naturalmente, la de Derecho. Reza el refrán español: “De tontos y obcecados viven los letrados” La abogacía no es una profesión técnica en el sentido de, por ejemplo, la ingeniería. En los Estados Unidos no se les reconoce ningún tratamiento especial y se les llama “Mister”. En Francia, “Maître”, término con que se denomina a los artesanos. Que yo sepa, sólo en Cuba eran “doctores”. Con sólo memorizar una serie de textos se obtenía en nuestra universidad el doctorado en leyes, y no ahondemos mucho en la cuestión de cómo algunos de ellos obtuvieron el título. Digamos, eso sí, que su calidad de “revolucionarios” les valió de mucho. Que luego ejercieran o no la carrera ya fue otra cosa y, en verdad, algunos de aquellos muchachos jamás se acercaron a un bufete.
Pero en sus escasos meses de gobierno habían promulgado leyes muy buenas (otras no tanto) que les habían ganado popularidad, y siempre con los comunistas como sutiles mentores, fundaron el Partido Revolucionario Cubano. Los miembros de este partido se auto titulaban los únicos revolucionarios auténticos; de ahí les viene el nombre que siempre los distinguió. No tardaron en sumárseles las capas más populares y mucha clase media. Los comunistas hicieron causa común con ellos en su nueva etapa de lucha, ahora contra Batista, pero en 1935 se pasaron al gobierno con armas y bagajes, cosa que los auténticos no les perdonaron nunca.
En 1944, los auténticos llegaron al poder con un crédito increíble. Me atrevo a afirmar que tuvieron en sus manos el regenerar políticamente a Cuba. Al no lograrlo, se produjo el colapso espiritual del país que tanto había esperado de ellos. Esto pudo apreciarse en la indiferente aceptación del pueblo ante el golpe de estado, del cual yo fui uno de los protagonistas.
Con el transcurso de los días, el crédito de los auténticos comenzó a disminuir. A partir de la página 350 de la Historia de Cuba de Márquez Sterling se expone con toda claridad la dolorosa progresión de su deterioro. Pues si bien, a consecuencia de la Segunda Guerra Mundial la economía de Cuba continuaba en pleno auge, pronto comenzó a manifestarse la inexperiencia política de los gobernantes, agravada por la debilidad del Ejecutivo ante su familia y sus amigos. En una entrevista de prensa en Miami, un ministro del gobierno73 declaró abiertamente haberse llevado más de 100 millones de dólares, y cuando los periodistas le preguntaron: “¿Cómo es posible que pudiera usted llevarse tanto dinero?” Él contestó, sonriendo: “Pues muy sencillo: en maletas.”
Varios miembros del gobierno organizaron grupos gangsteriles que dirimían sus diferencias a tiro limpio. Grau concedió nombramientos de policías a muchos de estos individuos, protegiéndolos así en sus actividades. Quien relea la prensa de aquella época podrá hacerse una idea de la situación tan trágica que vivía la República, y hasta qué extremo llegaron a ser poderosas las pandillas gangsteriles, pues hubo un momento en que se otorgaron tantos nombramientos y se permitieron tantos excesos, que la autoridad escapó de manos del Presidente. En Orfila, Marianao, dos facciones rivales cuyos miembros ostentaban posiciones oficiales dentro de los cuerpos de seguridad, se enfrentaron en un combate que duró horas. Resultó muerto uno de los jefes, Morín Dopico, y su esposa.74 Cayeron también varios de sus partidarios, entre ellos uno llamado Armando Tró.75 El combate sólo terminó cuando, actuando por su cuenta, el Jefe del Ejército76 ordenó que una compañía de tanques interviniese.
En otro de sus rezagos marxistas, los auténticos comenzaron a inmiscuirse en Centro América. Nicaragua, Honduras, Guatemala y Costa Rica se vieron afectadas por las actividades de la “Legión del Caribe”, sufragada por Cuba e integrada por cubanos y otros “internacionalistas”. También se querelló el gobierno auténtico con la República Dominicana. En Cayo Confites, al nordeste de Cuba, se concentró una fuerza de estudiantes revolucionarios y de desocupados habituales (entre ellos estaba Fidel Castro). Su misión era desembarcar en Santo Domingo y derrocar al entonces presidente Trujillo. Esta fuerza zarpó para su destino en un barco que, por fortuna, fue interceptado por una fragata de la Marina de Guerra. Tengo entendido que, también en este caso, el jefe de la Marina actuó por su cuenta, dada la ausencia de órdenes del Ejecutivo y ante la gravedad del asunto. Para terminar, en la finca de recreo de un ministro del gobierno (el mismo que se llevó el dinero en maletas) la Guardia Rural ocupó un verdadero arsenal, destinado a las aventuras caribeñas.
Todos estos casos tienen cierta resonancia familiar. Nos recuerdan un poco las actuales aventuras del comunismo en Centro América y en Santo Domingo en tiempos del presidente Johnson. En realidad, tienen su punto de contacto. La educación política de la generación estudiantil del 33 se debía a los marxistas. Algunos de ellos habían incluso militado en las filas del Partido. En los años 40 eran rabiosamente anticomunistas, pero aun así no sabían actuar sino como los habían enseñado.

En 1948 hubo nuevas elecciones, ganadas por el Dr. (también de aquellos abogados) Carlos Prío Socarrás. Este fue candidato de Grau, y las circunstancias en que aquellos comicios se ganaron aparecen bien explicados en las páginas 350 a 352 de la ya citada obra de Márquez Sterling. No puede decirse que hubiera irregularidades electorales a lo Estrada Palma o a lo Menocal. Lo que sí es positivo es que las cosas continuaron como antes, y en algunos casos aún peor.


A Grau le ocurrió otro tanto con uno de sus más antiguos campeones, el también abogado Dr. Eduardo Chibás. Durante años, éste, desde una estación de radio consumía una hora los domingos, de 8 a 9 p.m. Antes de 1944 su voz se elevaba en favor del Partido Auténtico y de su jefe el Dr. Grau San Martín. Después, gradualmente, sus transmisiones fueron adoptando un tono de crítica cada vez más pronunciado, hasta lanzar sobre el gobierno acusación tras acusación de las peores cosas imaginables. No hubo fraude, robo, comercio ilícito o contrabando que no fuera denunciado, y sustanciada la acusación con las correspondientes pruebas. Al terminar la administración Grau la emprendió, con más saña aún si cabe, contra Prío. Su terrible piqueta verbal fue demoliendo, semana tras semana, el edificio gubernamental. También fundó un partido político que llamó “Ortodoxo”, por la rectitud de sus intenciones. Prometía Chibás que, una vez ganadas por ellos las próximas elecciones, barrería con todo aquel “hato de ladrones”. Y para dar mayor énfasis a sus intenciones de barrer, sus partidarios ataban una escoba al guardabarros de sus automóviles. Entre sus planes estaba el someter a juicio y confiscar las propiedades mal habidas. Naturalmente, lo radical de sus miras atrajo a los comunistas, que no tardaron en recibir órdenes de afiliarse a la ortodoxia.77 Chibás murió en 1951, a consecuencia de un disparo que él mismo se descerrajó en el vientre, pero ya el partido había adquirido una fuerza alarmante. Una muestra de lo que podía esperarse fue cuando, en 1950, el presidente Prío postuló a su hermano Antonio para Alcalde de La Habana. Como una contraposición, una inmensa mayoría de electores votó por su contrincante, el señor [Nicolás] Castellanos.78 Esa noche la capital se iluminó y hubo celebraciones en las calles. El síntoma no podía ser más ominoso.

CAPÍTULO IV
LAS FUERZAS ARMADAS 1944-1952

Si algo no interesaba a los auténticos era el Ejército, porque, ¿cómo olvidar que fue este ejército quien en 1933 los marginara del poder? En 1944, al entregarles Batista el gobierno, les entregó también este Ejército a quien, antes de partir, exhortó a obedecer a la nueva administración elegida por el pueblo de Cuba. Un jefe trató de protestar y fue prontamente retirado. Los demás, simplemente, obedecieron.


Fue este momento en que los auténticos, de tener una mayor experiencia, hubieran podido apoderarse del corazón de los soldados. No era tan difícil. El militar sólo sabe obedecer a su superior inmediato. A cambio de su obediencia, espera que se respete su persona, en sus grados, en las cosas en que él cree. Los jefes que en aquel momento ostentaban el mando eran, desde luego, producto del 4 de septiembre, pero eran también apolíticos, y como jefes, hombres de poco relieve. Hubiera convenido dejarlos en sus mandos, retirándolos luego, poco a poco, por años de servicio.
Lejos de esto, Grau adoptó el método de invitarlos a almorzar a Palacio y, tras el almuerzo, de regreso en sus cuarteles, encontrar que habían sido retirados. Ninguno de aquellos generales tenía el menor arraigo en la tropa, y su desaparición no emocionó a nadie, pero la forma seguida por Grau tuvo algo de burla, y la prensa, en eco festivo, se encargó de ridiculizar el hecho. Para nosotros, tan respetados bajo Batista, aquel fue el primer agravio.
¿Por qué nombró Grau Jefe de Estado Mayor al comandante [Genovevo] Pérez Dámera? Porque era el único oficial que conocía. Sus relaciones databan de 1934, cuando Grau, tras su deposición, pasó al exilio. Por orden de Batista, el entonces teniente Pérez Dámera acompañó a Grau hasta el exilio. La forma en que el teniente desempeñó su misión le ganó el reconocimiento del expresidente, y esto pagó sus dividendos en 1944.
Que la exaltación de este comandante al generalato y a la jefatura del Estado Mayor violara el orden de precedencia, el escalafón y la ética militares no daba a Grau frío ni calor. Lo que importaba era tener al frente de la institución armada a un hombre que se debiera a él exclusivamente. Ahora podía dormir tranquilo el Presidente y él, una vez resuelta esta delicada cuestión, nos dejó tranquilos.
Antes de seguir adelante, conviene hacer constar que en materia de ascensos y escalafones Batista no era tampoco demasiado escrupuloso, pero Batista podía hacer con los soldados cosas que a los demás les estaban vedadas. Él era “de la casa” y sabía cómo hablarles y dejarlos satisfechos.
A mi juicio, el mando del general Pérez Dámera arrojó, por el momento, un saldo positivo. Ningún otro Jefe de Estado Mayor, salvo el propio presidente Batista, disfrutó de una libertad de acción tan absoluta. Esta libertad la usó a plenitud. La actitud de Batista con los soldados fue siempre contentarlos; la del general Pérez Dámera, capacitarlos y modernizar su equipo. El Campamento de Managua, construido durante la guerra para albergar a los reclutas del Servicio Militar Obligatorio, o de Emergencia, que así se le llamaba, pasó a ser la sede de las Escuelas Generales de Clases y de Reclutas. A partir de entonces, los regimientos enviaban al personal recién alistado y a los aspirantes a cabos y a sargentos a Managua donde, con mayores medios que en sus unidades matrices, recibían una instrucción superior y más uniforme. También la Escuela de Cadetes se trasladó del Morro a Managua. Los edificios, picaderos, campos de tiro y de maniobra, comenzados bajo Batista, quedaron terminados en tiempos de Grau y, en 1945, tuvo lugar la mudanza. Un pequeño toque histórico: Managua, a unos 20 kilómetros al sureste de La Habana, fue utilizado en 1762 para guardar en custodia a los prisioneros tomados a los ingleses que sitiaban La Habana. También, un capitán de navío llamado Don Ignacio de Madariaga79 organizó y mantuvo desde allí el abastecimiento de la capital. Según las crónicas, realizó una excelente labor.
Para nosotros fue el Centro de la Academia Militar, aunque en general, el Ejército entero recibió la vigorosa sacudida del General Pérez Dámera. También, durante su mando nos vimos libres de la interferencia de los políticos. Este general sentía una aversión visceral por estos y por los periodistas, de quienes decía: “A los periodistas se les pega o se les paga”. La prensa se vengó ridiculizándolo en caricaturas o comentarios, pero sin atreverse a más, porque el apoyo del presidente era absoluto.
Aunque la preparación del ejército aumentó de modo ostensible, no debe inferirse que el general Pérez Dámera fuese popular con los soldados. Su trato hacia los subalternos era arrogante y despótico. Sus famosas inspecciones, que multiplicaba por todas las guarniciones de la Isla, llevaban el terror al corazón de los más valientes. De modo inesperado, caía lo mismo sobre la jefatura de un regimiento que sobre un puesto lejano mandado por un cabo o un sargento. Al llegar, los oficiales inspectores entraban, sin ceremonia, en las distintas dependencias, escudriñando hasta los más ínfimos detalles el armamento y los libros de administración. Los errores, las irregularidades, se castigaban con traslados y retiros, sin otro procedimiento legal que la disposición del general. Pública era la anécdota de que, al aparecer frente a un cuartel la caravana de vehículos del general y su comitiva, el centinela, en lugar de gritar: -¡Cabo de Guardia: forme la Guardia! ¡Jefe de Estado Mayor!, lanzó este grito de angustia: ¡Socorroooo!
Al pasar el gobierno de Grau a Prío, el general Pérez Dámera quedó ratificado en su cargo. Por un tiempo, las cosas marcharon bien entre los dos. Es más, y como una cortesía del general, un número cada vez mayor de soldados pasó a trabajar, como mano de obra gratuita, en las fincas del Señor Presidente (y del propio Jefe del Ejército que, entre paréntesis, había redondeado una fortunita). Naturalmente, esto recargaba el servicio de la tropa de línea, que veía sus efectivos disminuir en favor de docenas y docenas de soldados que figuraban en servicio especial. Durante la República, siempre existieron los servicios especiales, pero nunca en la escala que, comenzando en tiempos de Grau, se prolongó hasta 1952.
No hay duda de que el general Pérez Dámera llegó a tener al Ejército en un puño, hasta poder decir, como en efecto dijo o se le atribuyó: -El Ejército hará lo que yo le ordene. Pero a la larga, esa confianza en su propia fuerza le fue fatal. El descrédito del gobierno era cada vez mayor. Los atentados y los combates callejeros entre los diversos grupos continuaban a más y mejor. Fue entonces que algún diablillo travieso llevó a la mente del general la idea de ser él el llamado a redimir a Cuba. ¿No tenía él en sus manos la verdadera fuente de poder que son los fusiles? Y esta idea se vio reforzada por el presidente de Santo Domingo porque, en efecto, mientras los auténticos se mantuvieran en el poder, la perturbación del Caribe no cesaría, y Trujillo vio en un golpe de estado cubano la solución a este problema. Ignoro hasta qué punto llegaron los acuerdos entre ambos, pero sí es cierto que el general Pérez Dámera envió un avión de la Fuerza Aérea a la República Dominicana. Iba en él un coronel, hombre de confianza del general. Aunque nunca supe lo que acordaron, ni qué mensaje trajo a su regreso.
Sin embargo, el Presidente venteó el peligro. Prío no carecía de valor personal. Sabía también usar el factor sorpresa, y actuó en consecuencia. Hallábase el general pasando el fin de semana en su finca de Camagüey, cuando recibió una llamada telefónica del propio Presidente. Se hallaba este, en ese momento, en su propio despacho en unión de sus hermanos y de sus ayudantes militares. Desde este despacho del Jefe de Estado Mayor, en el Campamento de Columbia, adonde llegara inesperadamente, comunicó al general Pérez Dámera que acababa de firmar un decreto retirándolo. Nombró en su lugar al general de brigada Ruperto Cabrera,80 quien allí mismo ascendió a mayor general, y como el general Pérez Dámera había eliminado a todos los generales, menos a Cabrera, fueron ascendidos a generales de brigada los coroneles [Otalio] Soca Llanes81 (Ayudante General), Elías Horta82 (Cuartel-Maestre General) y [Quirino] Uría83 (Inspector General).
El general Pérez Dámera aceptó su retiro con espíritu deportivo. Preguntado por los periodistas sobre la razón de este acto por parte del Presidente, contestó: -El Presidente me retiró porque le dio la gana.
He aquí lo que son las cosas. De hallarse en su puesto el Jefe del Ejército y ordenar el arresto del Presidente, los soldados lo hubiesen obedecido sin vacilar. Tal era la disciplina existente y el temor que este jefe llegó a inspirar. Inversamente, cuando la tropa conoció el retiro del general Pérez Dámera, su júbilo fue indescriptible. Vi frente a los cuarteles de Columbia a soldados abrazarse y llorar de alegría.
Entró ahora el Ejército en una etapa de tranquilidad. Era el general Cabrera un hombre apacible. Nada centralizador, dejó actuar a sus subalternos, entre los que había, por cierto, hombres muy capaces. Uno de los nuevos generales, Horta, era hombre de una probidad increíble. De modesto origen, y producto del 4 de septiembre, se había abierto camino paso a paso. Jefe de regimiento durante varios años, alcanzó por fin el generalato en la ocasión que he referido. Se le confió nada menos que la custodia de los caudales del Ejército: es decir, el Cuartel-Maestre General. ¿Por qué no estudió mejor Prío el carácter del hombre que destinaba para ese puesto? Porque una vez en el cargo, Horta hizo cosa suya el presupuesto del Ejército, y minuciosamente llevaba la cuenta, en pesos y centavos, del último centavo que se gastaba. De ser un poco más flexible, de atender ciertas sugerencias que a “sotto voce” se le hicieron, Horta hubiese hecho feliz a mucha gente, y hubiese terminado millonario. Lejos de eso, se opuso a gastos innecesarios, a compras dudosas, a contratos de suministro sospechosos.
Medel, co-autor de este libro, recuerda que siendo él ayudante de campo del general Horta, llegó a ver a éste el chofer de la amante de uno de los personajes más importantes del gobierno. Era portador este chofer de un mensaje, donde se rogaba al general que hiciese reparar en los talleres de San Ambrosio el automóvil de la señorita. El general respondió: -Teniente, diga a ese chofer que vaya al garaje tal, que le arreglen allí el vehículo y que carguen el arreglo a mi cuenta personal. En cuando al caballero, llámelo usted personalmente y dígale que él sabe muy bien que en los talleres del Ejército no se reparan autos particulares.
Un hombre de este temperamento era un hueso atravesado en la garganta de mucha gente: no tardó en ser retirado. Lo sustituyó el coronel [José H.] Velázquez [Perera], quien ascendió al generalato, pero temiéndose que Velázquez resultara otro Horta, se le envió en comisión de servicios al Regimiento 7 de Artillería. La posición de Cuartel-Maestre fue ocupada por un subalterno más adaptable.84
En 1948 se creó la Escuela Superior de Guerra. Su función era capacitar para los grados superiores a los oficiales que fueran escogidos. El grado mínimo requerido era el de capitán. Envié mi solicitud y fue aceptada. El curso duró dos años. En el primero de ellos usamos como aula el local del Club de Oficiales de la Aviación. Después pasamos al Castillo de Atarés, de tantas memorias para mí.
Los alumnos éramos dieciocho, aunque con el tiempo tres de ellos causaron baja. Los estudios eran militares, históricos, sociales y económicos. Los profesores eran lo mejor de que disponían el Ejército y la Universidad de La Habana. Entre los primeros, recuerdo al teniente coronel [Manuel] León Calás, y los capitanes [Mario E.] Forest, San Martín y Codina. En cuanto a los universitarios, los doctores [Herminio] Portell Vilá, [Ramón] Infiesta, [Rafael] García Bárcena, Massin, Valdés, Vivo, Lavin y Mosup. Los estudios eran sumamente rigurosos, hasta el extremo de que para mantenernos al día casi no teníamos tiempo para dormir. Adelgacé una porción de libras, pero al fin pude llegar al final y graduarme, no recuerdo si en el tercer o quinto lugar.
Gran importancia se le dio a aquel primer curso. La graduación fue en Columbia, a mediados de 1950. La ceremonia, muy lucida, consistió en un gran almuerzo en el Club de Oficiales. Los graduandos nos sentamos ante una larga mesa, a derecha e izquierda del Presidente de la República, y el resto de la concurrencia en otras. En fin, todo esto significó para mí un aumento en el sueldo; también aumentaron nuestras posibilidades de ascenso. Como distintivo, se creó una placa que llevaríamos a la altura del bolsillo izquierdo de la guerrera. Este distintivo provocó celos, y a la larga, para complacer a algunos personajes, se autorizó su uso “honoris causa” a diversos oficiales de alta graduación. ¡Vanitas vanitatum!
Volví a Columbia, volví a mi unidad y recomenzó mi vida de cuartel, es decir, la rutina de los cambios de guardia, las inspecciones, los ejercicios, las maniobras y la administración de la unidad.
Estas ausencias periódicas de la Segunda Compañía del Batallón 2 sumaban ya un buen número desde mi alistamiento en ella, allá por 1926, y mi regreso nunca carecía de emoción: era como la vuelta del hijo pródigo. Del personal que figuraba en sus filas cuando me alisté, muy pocos quedaban ya. Los retiros, muertes y traslados, con los consiguientes reemplazos, habían ido renovando el personal, pero el espíritu y el movimiento diario eran los mismos. De existir las grabadoras por aquella época, y de haber podido captar lo que pudiéramos llamar “sonidos militares” de 1926 y 1951, veríamos que eran más o menos los mismos: el golpear de las culatas en el pavimento, el martilleo de los cerrojos cuando, al regresar de los ejercicios, los soldados descargaban los fusiles. Los taconazos al paso de los oficiales. Por la ventana de mi despacho me llegaba el rumor acompasado de pelotones en marcha.
Luego, de hora en hora, las cornetas del cuerpo de guardia: ora brillantes y salpicándolo todo con sus notas cortas y repetidas. “Llamada de la Guardia”, “Llamada de oficiales”, “Agua, pienso y rasqueteo”. Luego, al caer el día, los ecos marciales transformándose gradualmente en gemidos largos y penetrantes: “Retreta”, “Apagar las luces”, “Llamada a Cuarteles”, “Silencio” y algo que me golpeó emotivamente desde el día de mi primera entrada al Campamento: la sonoridad de las voces de mando. Pasaron los años y siempre me impresionaban. ¡Oh, Ejército!, ¡Ejército! . . .
Pero sí, había habido cambios. Por ejemplo, hasta la Segunda Guerra Mundial no pudiera concebirse un soldado sin guerrera. Ahora todos andábamos en camisa. Las modificaciones en los reglamentos del Ejército Norteamericano se reflejaron en los nuestros. En las formaciones de orden cerrado, la escuela prusiana vistosa, pero muy complicada, dio paso a las tomadas de la antigua falange griega, mucho más simples, que permitían un control más fácil del personal y la concentración de más hombres por unidad de espacio. El siguiente diagrama les dará una idea:

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Asimismo, los movimientos de armas se habían simplificado. El nuevo fusil Garand, semiautomático, era un arma más delicada que el antiguo Springfield. Requería, por tanto, un manejo menos enérgico. Sin embargo, no quiere esto decir que todo el Ejército recibiera el Garand. Este no nos llegó hasta pasado el 10 de marzo de 1952, y no para todas las unidades.


Así transcurrió mi vida, y ahora, con el “Brévet” de la Escuela Superior de Guerra, comencé a prepararme a oposiciones para comandante.
Hemos dicho que a las fuerzas armadas se les encomendaban a veces funciones muy ajenas a las suyas propias, que venían a suplir las deficiencias de otros departamentos. Véase este caso: la compañía de ómnibus que cubría los servicios de transporte para el público habanero se llamaba “Ómnibus Aliados”. Aunque era una entidad particular, lo vital de sus servicios hacía que el gobierno tomara un gran interés en ella. Cada ómnibus tenía su chofer y un conductor. Este daba la salida y las paradas de los ómnibus por medio de un timbre, y también cobraba los pasajes, marcando lo cobrado en un aparato mecánico. Entre las diversas irregularidades que venían ocurriendo en la compañía, los conductores marcaban menos de lo que cobraban, repartiéndose luego la ganancia entre estos y el chofer. La desorganización y falta de control llegó a un extremo tal, que la directiva de los ómnibus pidió auxilio al gobierno, que delegó en el Ejército, y el Estado Mayor delegó en el coronel [Antonio] Bilbatúa,85 oficial del antiguo Ejército. Bilbatúa seleccionó a un grupo de oficiales. Entre los seleccionados estuve yo y, por mi grado, quedé al frente de la operación. Establecí mi puesto de mando en las oficinas principales de los Ómnibus Aliados, situadas en Belascoaín y San José. Esta operación llevó meses: el mal era profundo y tuvimos que actuar con energía. Con el tiempo, sin embargo, la maquinaria comenzó a rodar con suavidad, y la tensión de mi trabajo disminuyó. Se produjo entonces el acontecimiento que sacudió mi vida hasta sus raíces. Dejemos al Dr. Márquez Sterling relatar el acontecimiento:
Nadie tenía la vida asegurada, y los políticos mucho menos. Jorge Quintana publicó en Bohemia un interesantísimo estudio sobre el gangsterismo, y demostraba con números y casos que por ese camino la República se disolvía. Esta racha de atentados y crímenes alcanzó su clímax al ser asesinado por una pandilla, a la vista de los transeúntes, el ex-ministro de gobernación de Grau, Alejo Cossío del Pino,86 dueño de la Planta de Radio-Cadena Habana, baleado mientras conversaba en un café de la esquina de Belascoaín y San José con el representante Radio Cremata,87 que salvó la vida milagrosamente . . .
Me hallaba yo ese día, como era habitual, en mi oficina, cuando escuché los disparos. Miré por la ventana y vi gente correr y esconderse detrás de las columnas de los soportales. El Jefe de la Sección de Tráfico, señor Fernández, llamó a mi puerta, y juntos bajamos a ver qué pasaba. El señor Cossío del Pino se hallaba sentado en una de las banquetas del bar, y caído de bruces sobre el mostrador. La sangre comenzaba a fluirle por las heridas de la espalda. Disgustado, volví a la oficina y llamé por teléfono al jefe de mi batallón, comunicándole el hecho.88
Al día siguiente fui hasta Columbia para echar gasolina a mi automóvil y, hallándome en la bomba de gasolina, me encontré con un antiguo compañero de armas, el capitán Venegas con el cual comenté el hecho. Me hallaba yo tan impresionado, que añadí frases como esta: “pero, ¿hasta cuándo seguirán ocurriendo estas cosas?” Posiblemente añadí conceptos más duros aún, pero siempre en el plano confidencial de antiguos amigos.
Ahí quedó todo, pero pasados tres días, me llegaron hasta mi trabajo órdenes de presentarme en Columbia, en la Jefatura del Regimiento. El Capitán Ayudante me hizo pasar a presencia del Jefe del Regimiento, coronel [Urbano] Matos Rodríguez. Lo saludé como cuadraba a un subalterno y él, severo el gesto, me ordenó entregarle mi pistola y acompañarle al Estado Mayor. Hicimos todo el trayecto sin mediar palabra y, una vez en el Estado Mayor, subimos al despacho del general Cabrera. Este me indicó que me sentara en una de las butacas de cuero que había en el despacho, sentándose él en otra y el coronel Matos a cierta distancia, que no me quitaba la vista de encima. El general Cabrera me refirió, casi punto por punto, aunque con algún agregado, la conversación habida con el capitán Venegas, diciéndome que eso constituía una crítica al gobierno, que mi actitud había sido subversiva, etc. Traté yo de explicarle que todo había sido una conversación con un camarada, basada en nuestra antigua amistad, y por lo impresionado que había quedado yo ante el asesinato, casi ante mi vista, del Sr. del Pino. El general ordenó que se me devolviera la pistola y que permaneciera en mi domicilio hasta nueva orden.
Días más tarde, vi publicada en el periódico la noticia de mi retiro, “por años de servicio”. He aquí el texto del decreto, firmado por el entonces ministro de Defensa, Dr. (abogado) Rubén de León:
DECRETO PRESIDENCIAL

TENIENTE ARRESTADO EN LA CABAÑA . . .

DIVERSOS TRASLADOS
El primer teniente Juan Carrillo Ugalde [sic] quedó arrestado en la prisión de La Cabaña, según pudo conocerse ayer.

También se supo que el Segundo Jefe e Inspector Territorial del propio Distrito, teniente coronel Ángel González,89 y más de doce oficiales de ese mando, fueron trasladados a Pinar del Río y otros territorios, respectivamente.



El presidente de la República, doctor Carlos Prío Socarrás, firmó un decreto refrendado por el Ministro de Defensa, doctor Rubén de León, disponiendo el retiro, por años de servicios, del capitán del Ejército Martín Díaz Tamayo, según se dijo extraoficialmente.90
Ocurrió en los primeros días del mes de febrero de 1951.91
Recibí el carnet de retirado el día 10 de marzo de 1951.
Para mi aquella super injusticia me trastornó. Yo estaba casado, tenía un hijo de ocho años, el retiro era una miseria, había empleado todo lo mejor de mi vida en el ejército, al que adoraba y jamás olvido, precisamente por lo que tiene de vigilia y sostén de la patria y por lo mismo de todas las instituciones que hacen grande a la nación. El ejército fue parte de mi casa, mi escuela y mi relación con la Iglesia y Dios.
Como todos los seres humanos, he tenido en mi vida momentos buenos y malos, pero no hay duda de que este golpe fue el peor de todos, y jamás admitiré que fuera merecido. Tantos años de trabajo, de esfuerzo, de noches en vela tratando de mejorar, de abrirme paso, pero siempre dentro del Ejército, mi gran amor, el único ámbito que yo conocía. Yo, acostumbrado al orden, a la disciplina, al uniforme, a obedecer y a ser obedecido con prontitud . . . Los militares, por nuestro estilo de vida, formamos, con nuestras mujeres e hijos, un mundo aparte. Privarnos de ese mundo es privarnos casi del aire que respiramos, y eso fue lo que me ocurrió a mí. Fue entonces que comprendí la tragedia vivida por tantos otros como yo en todos los años de la República, despedidos así, sin investigación y sin expediente, “por alta conveniencia al servicio”. ¡Qué cosa tan terrible no poder volver a un cuartel!, quedar excluido del trato de mis antiguos camaradas, para quienes un retirado era algo así como un apestado. Aunque el militar no tenía voto en Cuba, pudiera ser esto una de las razones por las que había menos interés de los políticos por un mejor trato con los militares, a pesar de que los militares tenían muchos familiares que sí tenían derecho a votar. Tuve que dejar el ejército por presiones de los adulones, de los que más daños hicieron y mejor pagados estaban.
También estaba la cuestión económica. El 10 de marzo de 1951 recibí mi carnet de retirado y empezó a llegarme mi pensión, que no me alcanzaba para mantener a mi esposa y a mi hijo. Comenzaron a irse mis ahorros, que no eran muchos, porque el sueldo de capitán no era nada del otro mundo. Tenía el alivio de no pagar alquiler porque la casa era propiedad de mi esposa,92 pero repito, con mi sola pensión no podía vivir, y comencé a buscar fuentes adicionales de ingreso.
Un antiguo amigo, el Sr. Eugenio de Sosa Chabau movió sus relaciones y obtuvo para mí un puesto de recaudador en la Estación Central de los Ómnibus Aliados, Avenida de Rancho Boyeros. Mi trabajo consistía en recibir el dinero de los taxis que hacían el servicio de la estación, que sumaban unos cien. También regulaba yo sus salidas, y les llevaba el tiempo hasta su regreso. Este trabajo me permitió ir viviendo pero, aunque trataba de ocultárselo a mi esposa, mi estado de ánimo iba de mal en peor. Reflexionaba una y otra vez: así es como un gobierno llamado “democrático” arrojaba al vacío a un viejo servidor. En cualquier ejército regular, cuando un militar delinque, se nombra a un investigador que reúne todos los datos relativos al hecho, inicia con ellos un expediente, y lo eleva al Cuerpo Jurídico que, a su vez, incoa o no la causa. El Reglamento provee todos los medios para que el acusado pueda defenderse, tal cual ocurre en la vida civil. Sin embargo, nuestro gobierno “democrático” se atuvo a la cómoda práctica de retirar por años de servicio o por alta conveniencia del servicio.
EL 10 DE MARZO
Un buen día de octubre de 1951, apareció en mi trabajo un antiguo compañero de armas, también retirado por idéntico procedimiento. Martín -me dijo- el general Batista conoce tu caso, y te ruega que vayas a verlo.93
Me quedé de una pieza. Sabía que Batista estaba en Cuba, que era candidato a presidente para las próximas elecciones, pero eso era todo. Que él se acordase de mí, de quien tan lejos estuvo en sus años de gobierno, me asombraba. Así se lo dije al emisario, quien me respondió: Pues te equivocas, Batista te conoce bien. Ve a verlo, que no te pesará.
Le pedí tres días para pensarlo. Volvió al cabo de esos tres días. -¿Qué has decidido?, me preguntó.
-Está bien, iré a verlo. No veo nada malo en eso.
Me instruyó que fuese de madrugada, entre la una y las dos. La entrevista sería en su finca Kuquine, donde él vivía. Me especificó que entrase por la portada que da al frente de la finca, es decir, la entrada principal.
En realidad, no me explicaba yo tanto misterio. Batista se hallaba legalmente en Cuba y yo, civil ahora y hombre libre, podía verlo cuando me viniese en gana.
Conviene resumir aquí la trayectoria del ex-presidente Fulgencio Batista en todos estos años: siguiendo la costumbre de presidentes anteriores, tan pronto entregó éste el poder al Dr. Ramón Grau San Martín, tomó el avión y se fue de Cuba. En el extranjero tuvo lugar su divorcio y el matrimonio con quien fue su segunda esposa, la señora Martha Fernández.94 Realizó después un periplo por varios países de América Española, fijando, al cabo de su itinerario, su residencia en Daytona Beach, Estados Unidos (la casa en que vivió es hoy en día un museo). Durante los cuatro años de Grau no intentó volver a Cuba, pero para las elecciones de 1948 se postuló y fue elegido, in absentia, Senador de la República. La inmunidad parlamentaria le permitió el retorno a salvo de muchas inconveniencias, pero no de, por ejemplo, atentados terroristas. Por ello, se rodeó de una escolta de antiguos fieles. Fijó su residencia en Kuquine, una finca que poseía a unos diez kilómetros al oeste de La Habana. Desde allí fundó un partido político, llamado Partido Acción Unitaria (PAU) y lanzó su candidatura para presidente en 1952.
Contaba Batista con que el pueblo, hastiado del desorden Auténtico, votaría por él, aunque fuese como un mal menor. Las elecciones para alcalde de La Habana en que fue candidato Antonio del Río demostraban hasta qué punto el voto sería contra el gobierno. Lo que no tuvo en cuenta fue que, con la aparición del Partido Ortodoxo, el voto popular iría hacia esa tercera posición. A mi juicio, sus posibilidades de ganar siempre fueron mínimas, sino nulas.
Estas son conclusiones a las que he llegado con posterioridad. Lo que en aquel momento pensé fue que Batista, conociendo la difícil situación en que me encontraba, me llamaba para ofrecerme algún tipo de ayuda, o que trabajara para él en la campaña política.
Llegué a Kuquine a la hora indicada. Dos o tres hombres de su escolta se encontraban de guardia a la entrada, y al identificarme yo, la portada se abrió y entré con mi “cacharrito”, dejándolo allí mismo. Uno de los escoltas me condujo hasta la biblioteca, que queda detrás de la casa de vivienda, invitándome a que me sentara en una butaca del despacho. A poco apareció Batista y, ¡hay que decirlo!, me sentí conmovido. ¡Cuántos recuerdos! El ex-presidente simbolizaba todos aquellos años de poder, de seguridad, que ya habían pasado y que no volverían. Además, Batista poseía una personalidad magnética. Era un hombre nacido para el mando, un mando que ejercía con tranquila dignidad. Todo ello influyó para producir en mí aquel estado emocional.
Me resulta imposible reproducir exactamente la conversación que sostuvimos, pero sí puedo decir que siguió la pauta lógica. Es decir, primero las efusiones, las generalidades, los recuerdos, las anécdotas. Luego, poco a poco, las frases fueron concretándose. Y fueron estas, más o menos:
Batista: -Bien, ¿y qué te parece como andan las cosas en el país?

Yo: -Muy mal. Ya ve usted el hecho que originó mi retiro. Así anda todo.

Batista: -¿Y qué piensa el Ejército?

Yo: -Nos sentimos bastante disgustados. Se nos ha maltratado mucho.

Batista: -¿Qué crees que harían las tropas si yo me presentara ante ellas?

Yo: -Sobre las del interior del país no puedo opinar, pero Columbia lo seguiría sin vacilar.
Hasta aquí, como se ve, no hay nada definitivo ni comprometedor, pero una vez tocado este punto, y vista mi respuesta, fue al grano.
-Tu llevas poco tiempo fuera de Columbia y conoces allí mucha gente. ¿Querrías dibujarme un plano de la disposición interior del Campamento? También quisiera una lista de oficiales y soldados con quienes se pudiera contar.
Comencé a recitarle nombres, pero me interrumpió diciéndome: -No. Haz eso con calma y por escrito.
Añadió que no volviera hasta avisarme. Que él enviaría a alguien a verme en mi trabajo, y que recibiría instrucciones. Que la próxima vez viniera de noche como lo había hecho hoy. -Si ves policías -me dijo- no te preocupes. Pero ten cuidado con las patrullas del Servicio de Inteligencia Militar (SIM). El comandante [Clemente] Gómez Sicre95 sí es de cuidado.
Cuando ya me iba le pregunté qué ocurriría si la conspiración trascendía, como ya había ocurrido con otras. Batista me contestó con una sonrisa:
-No pasará nada. Prío no me teme a mí, sino a los ortodoxos. Si estos ganan le quitan hasta la camisa que lleva puesta. Nosotros vamos a sacarle las castañas del fuego.
Siempre he creído que hubo un acuerdo, tácito o expreso, entre Batista y Prío. El presidente Batista era sumamente discreto y nunca reveló, al menos delante de mí, nada en ese sentido, excepto las palabras que acabo de citar. Toda la conspiración, hasta su culminación en el golpe de estado, se realizó en la mayor reserva, pero no tanto que no se filtrara lo suficiente como para alertar a los servicios secretos. Me consta que éstos elevaron más de un informe al presidente Prío, informes que no recibieron contestación. El entonces comandante de la Policía, [Rafael] Salas Cañizares,96 Jefe de la Sección de Radio de la Policía, era el encargado de la custodia y vigilancia de Kuquine, y los tripulantes de las perseguidoras fraternizaban abiertamente con el personal de la finca. Se dirá que Salas actuaba por su cuenta, pero todo eso personal a sus órdenes, ¿no veía o no hablaba? Es más, en las primeras horas de la noche del 10 de marzo, uno de los conspiradores, quizás arrepentido, llamó al Presidente. Fue uno de sus ayudantes quien respondió. La persona insistió en hablar con el Presidente, pero el ayudante contestó que eso era imposible y, por fin, la persona dio cuenta al ayudante de lo que ocurriría. Este le dio las gracias y ahí quedó todo. ¿Llegó el mensaje a manos del Presidente? Tengo entendido que sí, pero nada pasó.
Comprendo que todo lo que acabo de decir mortificará a algunos, y más de un cubano de la época lo considerará una herejía, pero con el mayor respeto, tal es mi opinión, y así la expreso.
Tal como el general Batista me había ordenado, dibujé un plano de Columbia, señalando la disposición actual de las unidades y demás dependencias (supe después que el Presidente había hecho un encargo similar al entonces primer teniente Salas Cañizares, pero no siendo Salas del Ejército, ignoraba las interioridades de éste y su informe presentaba lagunas). Confeccioné también una lista del personal perteneciente a Columbia, al cual podría hablársele. Después, aguardé.
Quien vino a verme al cabo de unas dos semanas fue el doctor [Antonio Nicolás] “Colacho” Pérez,97 miembro de una conocida familia cardenense. Como es bien sabido, Nicolás fue con posterioridad Ministro de Defensa. He de decir aquí que él fue el más eficiente y activo de los colaboradores que Batista tuvo en la conspiración. Colacho y yo cambiamos nuestros puntos de vista y él, por su cuenta, me dio instrucciones concretas en cuanto a entrevistar al personal que yo considerara conveniente. También me fijó fecha para asistir a una reunión en Kuquine.
Respecto a lo primero, varios aceptaron, otros se atemorizaron y se negaron a tomar parte en la conspiración. También, quizás, alguno me delató, porque a los pocos días empezó a montar guardia frente a mi casa un carro del SIM. Esta vigilancia se mantuvo hasta el mismo 10 de marzo. Esta guardia dificultaba mis salidas, sobre todo las nocturnas, que eran las que yo aprovechaba para mis contactos. No me quedó más remedio que, al regresar todos los días de mi trabajo, estacionar el auto frente a mi casa como si ya fuera a retirarme a descansar y luego, por la noche, saltar el muro que separaba el fondo de mi casa de la vecina, e irme a pie. Así, a veces hacía mis rondas en ómnibus, a veces en el automóvil de algún amigo.
En ocasiones, siéndome imprescindible utilizar mi auto, me hacía acompañar de mi esposa, como si fuéramos al cine o a alguna visita. Por cierto, recuerdo que Rosaura98 tenía por aquella época una pierna fracturada, y en el interior del molde de yeso ocultaba ella los papeles comprometedores.
Llegó por fin la fecha de mi segunda visita a Kuquine, pues fueron cuatro, en total, las que realicé antes del golpe.
Los asistentes a las mismas éramos, generalmente Colacho, el oficial de marina retirado (después almirante) [José] Rodríguez Calderón,99 el propio general Batista y yo. En una ocasión asistió el después Jefe de Estado Mayor Conjunto, general [Francisco] Tabernilla,100 que por aquella época se encontraba retirado. Fue precisamente aquella noche, cuando en el curso de la conversación cometí un desliz que me valió la posterior y constante enemistad del general Tabernilla. He aquí en qué consistió el error.
Cuando tratábamos sobre la futura distribución de los mandos, Batista me preguntó directamente, y solamente a mí, quién creía yo que debería ser el Jefe del Ejército. Sin pensarlo mucho, sugerí al entonces coronel [Eulogio] Cantillo Porras.101 Naturalmente, yo estaba considerando exclusivamente el lado profesional de la cuestión. El coronel Cantillo tenía la edad apropiada, y se le suponía muy capacitado, dados los estudios de especialización cursados en diversas academias del ejército norteamericano. El general Tabernilla, aun procediendo de una familia distinguida, y siendo oficial anterior al 4 de septiembre, no poseía, a mi juicio, ninguna de esas condiciones. En mi opinión, su verdadera aptitud era para Ministro de Defensa, posición bien remunerada, pero con pocas responsabilidades.
Expuse todas estas razones con la mayor buena fe, por haberme Batista invitado a expresarme con entera libertad. Yo, que soy hombre de poco hablar, aquella noche hablé más de la cuenta. No tuve en consideración que estaba hiriendo profundamente al general Tabernilla, y contrariando los planes del Presidente. Tabernilla jamás olvidaba una ofensa, y en cuanto a Batista, si algo había heredado de Machado, era su recelo hacia los oficiales profesionales. Ninguno de los dos objetó nada en aquel momento, e incluso se llegó a la decisión de que Tabernilla fuera Jefe del Ejército durante los primeros seis meses solamente, pasando entonces al Ministerio de Defensa. En cuanto a Cantillo, se le daría la jefatura siempre que, aceptando la realidad del golpe de estado, se aviniese a ocuparla, porque el coronel Cantillo, Jefe de la Aviación por aquellos días, no había sido iniciado en la conspiración. Se delegó para ello en su hermano, el entonces coronel retirado Carlos Cantillo [González],102 pero éste no se atrevió a hablarle, y el resultado fue que, llegado el 10 de marzo, Eulogio Cantillo nada sabía de él, y esto estuvo a punto de trastornar nuestros planes.
Otra cosa que ignoraba yo por aquella época era la estrecha amistad que unía a Batista con Tabernilla, que databa de 1933. De estar más al tanto de ello, hubiese actuado con mayor tacto. Pero, bueno, yo era un ignorante de todas esas cosas, y tampoco juzgaba a la humanidad como la juzgo hoy. Téngase en cuenta que yo fui siempre un soldado de línea, y no miraba más allá de la jefatura de mi batallón.
Volvamos, pues, al plan de acción. Constaba este de dos partes: la política y la militar. Explicaré primero la política.
Dando por sentado que, harto desilusionado como estaba, el pueblo cubano aceptaría, si no con entusiasmo, al menos con indiferencia el golpe de estado. No era la cuestión de una reacción popular la que, por el momento, debiera preocuparnos. Empero, a la larga, sería preciso celebrar elecciones libres y entregar el poder al vencedor. Es decir, que tanto el pueblo de Cuba como el gobierno de los Estados Unidos tolerarían quizás dos o tres años de gobierno de facto, al cabo de los cuales se volvería a la normalidad. El general Batista no sólo entendía esto, sino que hasta él mismo nos lo expuso con claridad. Más preocupados estábamos nosotros en cuanto a lo que nos acontecería a los militares, caso de tomar el poder un régimen que nos fuese adverso. Batista nos explicó que el retorno a la normalidad se haría con todo género de garantías para los que ahora lo ayudábamos. Y la cosa quedó así.
En cuanto al golpe en sí, el plan fue tomando cuerpo, y como se cumplió con tanta precisión, en su desenvolvimiento irá viendo el lector en qué consistió. Conviene adelantar, sin embargo, que se basaba en que el Oficial de Día, quien en todo ejército tiene el mando de la unidad durante 24 horas, estuviese en el complot. Sería el Oficial de Día quien facilitaría nuestra entrada al Campamento. Se fijó la noche del 10 de marzo por dos razones: uno de los complotados, el capitán [Damaso] Sogo,103 era el Oficial de Día. La otra razón es que, siendo domingo, casi todos los jefes estarían ausentes o descansando en sus domicilios dentro del mismo Campamento. Que fuese de madrugada, por ser a esa hora más profundo el sueño de la guarnición. El porqué de la hora, 2:40, se debió a una decisión del general Batista. No sé qué motivos tuvo.

CAPÍTULO V
LA MADRUGADA DEL 10 DE MARZO DE 1952

Hemos dicho antes que el Campamento de Columbia se asienta sobre una meseta, a partir de cuyo reborde norte una cuesta poco pendiente desciende hasta el mar. Por la parte sur, y a partir del límite del Campamento, el terreno torna a elevarse hasta la Calzada de Marianao. Allí, el nivel se estabiliza. Una gran avenida parte de la Calzada de Marianao y va a morir en el Campamento. Por esta avenida descendimos en la madrugada del 10 de marzo. Nos habíamos reunido junto a unos tanques de agua existentes en la Calzada, un poco al este de la Avenida, y de allí partimos. En el automóvil de la cabeza iba, al timón, el capitán [Luis] Robaina.104 Junto a él, el teniente retirado Francisco “Silito” Tabernilla,105 y a su lado, Roberto Fernández Miranda,106 cuñado del presidente Batista. En el asiento trasero íbamos Batista, a la derecha, y yo a la izquierda. Vestía Batista una chaqueta de militar que yo le había facilitado, y una de mis antiguas gorras de oficial subalterno.107 Yo vestía mi uniforme de capitán. Tras nosotros, en el segundo auto, venían los capitanes (en activo) [Jorge] García Tuñón,108 teniente [Pedro] Barrera Pérez109 y capitán [Víctor] Dueñas Robert,110 este último vestido de civil.


Al llegar a la altura de un parquecito que se halla a la derecha de la Calzada, se nos unieron no recuerdo si cinco o seis perseguidoras de la policía. En cada una iba un vigilante como chofer, uno o dos soldados y un oficial retirado. Recuerdo entre ellos a los capitanes [Manuel] Larrubia [Paneque],111 Pilar García, Aquilino Guerra y el primer teniente Hernando Hernández.
El primer teniente Salas Cañizares se quedó en el parquecito en su auto patrulla, comunicándose constantemente con la jefatura, a la que hacía ver que estaba prestando diversos servicios.
Colacho se mantuvo en su apartamento, desde donde se mantenía en contacto telefónico con el primer teniente médico Gustavo Márquez Cárdenas, quien desde la enfermería del Campamento lo informaba constantemente sobre la situación. Colacho preguntaba: ¿Cómo está la niña? ¿Está tranquila? ¿Ha mejorado? Y las respuestas eran acordes: -La niña está tranquila. La “Niña”, desde luego, era el Campamento. El que estaba “mejor”, “tranquila”, quería decir que no había novedad, y que la guarnición reposaba en la paz de Dios. De producirse un inconveniente: “La niña está mal”, Colacho nos hubiese notificado de inmediato.
Exactamente a las 2:40 llegamos a la Posta Nº 4. Allí surgió un inconveniente. El Capitán Sogo, Oficial de Día, no estaba en el sitio para facilitarnos la entrada. Previendo que algo así pudiera ocurrir, llevábamos en el segundo auto, como ya dije, varios oficiales en activo. La posta nos dio el ¡Alto! Nos detuvimos. Uno de nosotros sacó la cabeza y le dijo que llevábamos un hombre enfermo para el botiquín, y que el médico nos esperaba. En eso, del segundo carro se apeó el capitán García Tuñón, y aclaró: -¡Está bien, posta, déjelos pasar! Y al ver a aquel oficial y a todos nosotros de uniforme, más las perseguidoras que nos seguían, en centinela presentó el arma y nos dio paso. ¡Al fin estábamos dentro! Fue entonces que apareció Sogo gritando: -Déjenlos pasar, ¡Adelante!, ¡Adelante!
Viene ahora la segunda parte. Nuestro automóvil se dirigió a la Jefatura del Regimiento (donde el coronel Matos me había arrestado meses antes). En esta jefatura quedaba durante la noche una guardia administrativa compuesta, generalmente, por un teniente y uno o más mecanógrafos, por si se producía alguna novedad. Cuando llegamos, dormían todos a pierna suelta.
El oficial resultó ser el subteniente Gálvez, antiguo amigo mío. Lo sacudí con suavidad, diciéndole: -Gálvez, Gálvez, despierta. El teniente abrió los ojos, se quedó mirándome fijamente, mientras terminaba de despertarse, exclamando entonces:
-¡Eh, Capitán!, ¿qué hace usted aquí?
Y yo le respondí, diciéndole:
-Mira quién está aquí.
Volvió la vista, y al ver a Batista, saltó del catre, exclamando entre risas y lágrimas:

-General, ¡Al fin volvió! ¡Al fin se acordó de nosotros!


Batista era un hombre muy ecuánime, pero la emoción de Gálvez era un buen síntoma, y creo que él se emocionó también, pero para disimular, terminó por contestarle en un tono casual.
-¡Vamos! ¡No perdamos tiempo! Despierta al personal, que tenemos mucho que trabajar.
Los soldados, al despertar, reaccionaron de modo similar al teniente, y a los pocos momentos estaban tecleando en sus máquinas los telefonemas que les dictábamos, notificando a los regimientos del mando que habíamos asumido éste.
Mientras tanto, las perseguidoras atravesaron el Polígono y se dirigieron a las casas de los jefes principales, a fin de arrestarlos e impedir una reacción. Los jefes a arrestar eran los siguientes:
-Mayor general Ruperto Cabrera, Jefe de Estado Mayor.

-Ayudante general, Otalio Soca Llanes.

-Inspector general, Quirino Uría López.

-Jefe de Regimiento, coronel Urbano Matos Rodríguez.



-Inspector General del Regimiento 6, teniente coronel Policarpo Luis Rodríguez.
Situándose frente a cada casa, el personal de las perseguidoras llamó simultáneamente a la puerta principal. Mandó dar tiempo, y todas las llamadas fueron contestadas, bien por los mismos jefes, bien por sus esposas. Las instrucciones eran de, tan pronto abierta la puerta, penetrar rápidamente, aunque sin violencias innecesarias, y apoderarse de las personas interesadas. Una vez arrestadas, se les llevaría a la casa particular de la suegra del general Batista, en cercano Reparto Querejeta, cerca de la Quinta Avenida, reteniéndolos allí hasta nueva orden.
Todo salió a las mil maravillas. El teniente coronel Policarpo Luis Rodríguez opuso un momento de resistencia. Los que lo detenían, antiguos compañeros suyos, lo convencieron diciéndole: -No te pongas así. No queremos hacerte daño. No nos obligues a actuar de otra manera.
El coronel Matos, cuya casa se hallaba inmediata a la Posta Nº 13, al salir gritó al centinela: -¡Posta, que me llevan preso! Pero el soldado, situado por la parte exterior de la portada, o no lo oyó o no quiso oírlo.
El próximo paso consistió en hacer salir la tropa al Polígono, sin armas, y comunicarles que el general Batista había asumido el gobierno del país, y que las figuras del depuesto gobierno, incluso los jefes militares, viajaban ya rumbo al exilio (esto último no era cierto, pero se pensó que daría mayor finalidad al “fait accompli”). Los encargados de despertar a la tropa y hacerla salir, así como de leerles la proclama, eran hombres nuestros, previamente aleccionados sobre lo que tenían que hacer. Recuerdo, por ejemplo, al entonces primer teniente [Pedro] Rodríguez Ávila112 y al segundo teniente [Manuel] Varela Castro,113 ambos en la Compañía de Tanques. Al capitán [Juan] Rojas [González], en el Batallón Nº 1, al sargento de tercera [Carlos] Besada,114 en la Compañía de Armas Auxiliares del Batallón Nº 3, y al primer teniente [Juan G.] Chirino [Otaño], en el Cuerpo de Señales. También al sargento mayor Gabriel Ulloa Fránquiz115 en el Batallón Nº 2 Infantería.
Cuando desde la Jefatura del Regimiento, que era donde estábamos, se dio la orden, vimos a poco salir a los soldados medio dormidos y formar delante de los cuarteles, delante del Polígono. Y la realidad superó nuestros cálculos. Tan pronto se leyó la proclama, la tropa prorrumpió en vivas a Batista. ¡El movimiento había triunfado! Todo estaba listo ahora para el próximo paso, consistente en ir yo a ocupar el Estado Mayor, y ocupar provisionalmente el cargo de Ayudante General. Mi misión consistiría en llamar telefónicamente a todos los mandos de la República comunicar a los jefes de regimiento lo sucedido y pedirles su adhesión o, de lo contrario, que entregasen el mando al subalterno que estimasen oportuno, y se retirasen a sus domicilios.
Para los que desconozcan la disposición del antiguo Campamento de Columbia, conviene recordarles que el edificio de la Jefatura del Regimiento se encontraba hacia el centro del Polígono, y el del Estado Mayor en el extremo oeste del mismo, a medio kilómetro de distancia. Rodríguez Ávila me envió, para ocupar el Estado Mayor, un carro blindado (scout-car)116 y varios números armados. Cuando me llegó el aviso de que el carro me aguardaba, me encontraba yo en el despacho del Jefe del Regimiento, donde el general Batista estableciera por el momento su cuartel general. Fue él quien me dijo: -Ya llegó tu transporte. Ve para allá. Y allá fui.
Recuerdo que, al bajar la escalera (el despacho se encontraba en el piso alto) que da al pequeño vestíbulo, me tropecé de manos a boca con los generales de brigada Uría y Soca Llanes. Los tres habíamos sido soldados y cabos juntos. Soca y yo aparecimos en el mismo decreto ascendiendo a sargentos. Ahora tocaba a ellos ser víctimas de las circunstancias, como lo fui yo un año antes. No pude menos que sentirme apenado ante su predicamento, y más siendo yo, en cierto modo, uno de los protagonistas. Al verme se pusieron de pie y yo los saludé con afecto. Les pregunté si necesitaban algo, y si el general Batista sabía de su presencia. Correspondieron a mi saludo algo tensos, pero estrecharon mi mano con efusión. Me contestaron que creían que Batista ya sabía que estaban allí, y que esperaban órdenes. Nos despedimos. Les deseé suerte. Fue la última vez que nos vimos.
Al montar en el scout-car se me unió el sargento Ulloa, quien, a partir de aquel instante, comenzó a fungir como ayudante mío. También subió al carro el capitán García Tuñón, diciéndome que quería acompañarme. Esto no lo entendí, porque García Tuñón tenía la misión específica de asumir el mando del Regimiento Nº 6, pero nada le dije hasta llegar al Estado Mayor. Allí lo llamé aparte y lo devolví para donde estaba Batista.
Al igual que en la Jefatura del Regimiento, había en el Estado Mayor una Guardia Administrativa, y ningún dispositivo de seguridad. Constaba esta guardia de un oficial y de varios mecanógrafos, ordenanzas y un motociclista. En verdad, parecían completamente ajenos y hasta indiferentes a lo que ocurría en el Campamento, a pocos pasos de ellos. Oficiales y soldados dormían u observaban desde el rellano de la escalinata el bullicio, los vítores y los movimientos de la guarnición. Comuniqué al Oficial de Guardia, un comandante ya entrado en años, que venía a ocupar el Estado Mayor. El opuso de momento algunas objeciones, pero al fin cedió y se puso a mis órdenes. Situé entonces centinelas a la entrada y subí al despacho del Ayudante General, que se encontraba en el tercer piso.
Confieso que me sentí impresionado al penetrar en el despacho. Grande, amueblado al estilo Chippendale. Siempre había entrado a él mediante cita por el Jefe, permaneciendo de pie ante el escritorio, en la posición de atención, mientras el general me daba alguna orden. Sólo un día antes había sido coto privado del general Soca Llanes, y ahora entraba yo en él, como dueño y señor. ¡Qué fáciles podían ser los golpes de estado! ¡Qué extraño me resultaba todo aquello, y qué consecuencias tuvo para la República!
Pero bueno, no podía perderme en reflexiones. ¡Había que trabajar! Me senté al escritorio y tomé el teléfono. Mi primera llamada fue para el Regimiento Nº 8, “Riús Rivera”. Me puse al habla con su jefe, el coronel [José] Fernández Rey. Pareció alegrarse, pero cuando le pedí la adhesión, me pidió hasta las ocho de la mañana para contestar. En efecto, me llamó poco antes de las ocho, poniéndose a disposición del general Batista.
En los demás regimientos, esto es, el Nº 5 (La Habana), el Nº 3 (Las Villas), El Nº 2 (Camagüey), el Nº 7 (Holguín), y el Nº 1 (Santiago de Cuba), los coroneles no acataron el golpe de estado, pero entregaron el mando pacíficamente. Con el Regimiento Nº 4 (Matanzas) tuve alguna dificultad. Su coronel era [Eduardo E.] Martín Elena,117 viejo conocido mío, y recientemente fallecido en esta ciudad (Miami). También, como se recordará, había sido mi oponente en las oposiciones para primer teniente. Muy reglamentista, Martín Elena comenzó a enumerarme las razones por las que no era posible que el general Batista tomase el poder. Según él, el golpe contravenía una serie de disposiciones, tanto de la Constitución como del Reglamento. Yo le contesté que tanto el Reglamento como la Constitución se hallaban junto a mí, en una gaveta del escritorio, y que las realidades eran otras. Así nos mantuvimos algunos minutos, él argumentando y citándome párrafos, incisos, etc., hasta que decidí colgar. Llamé entonces al Jefe del Batallón de Infantería que, como se recordará, había sustituido a los Tercios después del 4 de septiembre. La fortuna me acompañó. El Jefe de Batallón, comandante Aguilar, se había quedado a dormir esa noche en la Unidad. Le expliqué lo sucedido y, al manifestarme que estaba de acuerdo con el golpe, le expliqué la actitud de Martín Elena. Le ordené entonces tomar el mando del Regimiento, evitando, eso sí, cualquier violencia. No hubo problemas: el comandante Aguilar se presentó ante el coronel con varios oficiales, y éste entregó el mando. No obstante, al comunicarme Aguilar que se hallaba ya en control de la situación, le dije que me enviara bajo custodia a Martín Elena, cosa que cumplimentó de inmediato.
Después, llamé a mi esposa. Rosaura se hallaba ya bastante inquieta con mis idas y venidas. Ella, por complacerme, había cooperado conmigo en todo cuanto le había pedido, pero en un estado de nervios tal, que la noche del golpe decidí no decirle nada. De modo que, cuando descolgué el teléfono, lo primero que me preguntó fue: -¿Dónde estás? Mi respuesta fue: -Pues aquí, en el Estado Mayor. ¿Qué te parece? Después ella me explicó: -Cuando me llamaste creí que nos moríamos del susto, mamá y yo. En efecto, ¿qué hubiese sucedido de fracasar el golpe? No quiero ni pensarlo, pero sí puedo afirmar que no la hubiéramos pasado muy bien.
DURANTE EL 10 DE MARZO
El 10 de marzo, en sí, fue lunes. En la mañana, el personal comenzó a presentarse al trabajo, encontrándose con la situación creada. Habíamos acordado en Kuquine, que los oficiales serían desarmados y conducidos al Club de Oficiales según se fueran presentando. Así se hizo, pero los alistados fueron llegando a sus respectivas unidades y, desde luego, al Estado Mayor. A estos, y después a los oficiales según fueron llegando procedentes del Club de Oficiales, los fui haciendo subir en varios grupos a mi despacho y, oficialmente, les comunicaba lo ocurrido. Recuerdo que terminaba diciéndoles: -Es posible que algunos de ustedes no estén de acuerdo con el cambio de gobierno. Los que en ese caso se encuentren, pueden retirarse a sus domicilios, y no se les molestará. Los que estén de acuerdo prestarán un juramento de fidelidad al nuevo régimen.
Y no recuerdo que ninguno se negara a prestar el juramento.118
Serían aproximadamente las nueve de la mañana cuando llegó Cantillo, comunicándose que venía a hacerse cargo de la Ayudantía General. Confieso que esto me sorprendió. Habíamos quedado que Cantillo sería Jefe de Estado Mayor, caso de aceptar el golpe, y que Tabernilla sería Ministro de Defensa. Hasta dos días después no tuve la explicación de lo que había hecho alterar los planes, y más adelante el propio presidente Batista me lo contó con lujo de detalles.
Como antes dije, habíase encargado a Carlos Cantillo, hermano del coronel Eulogio Cantillo, y coronel retirado él mismo, de poner a Eulogio en antecedentes de lo que se planeaba. Tal como sucedieron las cosas, a Carlos no le pareció oportuno comunicar nada a su hermano, y quizás fue lo mejor. El entonces coronel Cantillo posiblemente no hubiese estado de acuerdo con la conspiración, y hubiese dado cuenta al general Cabrera. Que yo sepa, la primera noticia que Cantillo tuvo fue una llamada que se le hizo por orden de Batista poco después del arresto de los generales y coroneles en sus domicilios. En esta llamada se le informaba del éxito del golpe (repito que Batista daba por sentado que Cantillo estaba al corriente de la situación), añadía el telefonema la orden de que Cantillo se mantuviese en su domicilio hasta nueva orden. Ahora el sorprendido fue Cantillo, quien lejos de quedarse en su domicilio como se le pidiera, salió por el fondo de su casa que daba al campo de aviación, saltó el parapeto y corrió cuesta abajo hacia su unidad. Al llegar a la Aviación halló una verdadera confusión. Su hermano Carlos Cantillo se había presentado en ella y, al comunicar que se había producido un golpe en Columbia, el personal presente se entusiasmó, pero el capitán Mario Cabrera (hijo del general), controló la situación a favor de su padre y arrestó a Carlos. La llegada del Coronel Jefe de Aviación puso un poco de orden en aquello. El coronel Cantillo no simpatizaba con el golpe, pero se dio cuenta de que estando Columbia en poder de Batista, poco podía hacer él. De modo que contemporizó, calmó a Cabrera, y esperó.
Enterado Batista de que algo andaba mal en la aviación, envió al después coronel Larrubia con algún personal, y con órdenes de enviarle a Cantillo. Larrubia definió la cuestión, y poniendo a Cantillo en un vehículo, lo envió a Columbia.
Una vez en presencia del presidente Batista, trató de convencérsele, y durante más de tres horas se argumentó con él para que aceptase el golpe. No quería hacerlo; le parecía una deslealtad hacia sus antiguos superiores. Al fin pidió hablar con el general Cabrera, y Batista accedió. Tengo entendido que el general Cabrera actuó con gran sensatez. Según se me informa, la esencia de lo que le aconsejó fue lo siguiente: -Mira, Cantillo, hay que ser realista. Nuestro momento ha pasado. Tú eres un gran oficial con magnífico porvenir, y puedes hacer mucho bien al Ejército. Aprovecha la oportunidad que se te brinda. Yo te absuelvo de toda responsabilidad.
Pero ahora fue Batista quien, observando las vacilaciones de Cantillo, comenzó a dudar sobre si sería inteligente confiarle nada menos que la jefatura del Estado Mayor. Fue Colacho quien ofreció la fórmula: No debe prescindirse de los servicios de Cantillo, a quien se tiene por el oficial más brillante del ejército. Dada su capacidad de organización, resultaría óptimo como Ayudante General. El Viejo Pancho (Tabernilla) puede ocupar durante seis meses la Jefatura hasta ver qué tal se desenvuelve Cantillo. Mientras tanto, yo ocuparía el Ministerio de Defensa.
No me consta que Colacho se brindara para el Ministerio de Defensa. Lo digo porque así se me ha afirmado. De cualquier modo, la cuestión carece de importancia porque, como hago constar en otra parte de este libro, el Ministerio de Defensa de Cuba era una sinecura y en nada influía en el manejo de las fuerzas armadas. Batista aceptó sin pensarlo dos veces la fórmula que le ofrecía Colacho. Era en el fondo lo que él quería. Tabernilla le era absolutamente incondicional y esta cualidad, más que cualquier otra, era la que él deseaba en una posición como aquella. Véase lo que son las cosas: andando el tiempo Tabernilla fue el peor adversario de Colacho, y quien al fin y al cabo lo hiciera abandonar el gobierno.
Ya avanzada la mañana llegó el general Tabernilla al Estado Mayor y tomó posesión de su cargo. En Kuquine habíamos acordado que éste no tomase parte en el golpe, sino que aguardara en su domicilio, en unión de sus hijos Carlos y Marcelo. Sólo el mayor, Francisco, “Silito”, entró con nosotros a Columbia. Tras esta entrada, los tenientes Miranda y [Manuel] Ugalde Carrillo119 fueron a buscar al general a su casa y lo llevaron a La Cabaña. Tabernilla había sido jefe de La Cabaña durante varios años, y el personal lo conocía bien, y aunque se esperaba que el Regimiento de Artillería se uniera al golpe como los demás, se suponía que su llegada vencería cualquier dificultad inesperada. Dentro de La Cabaña había varios oficiales y alistados ganados para nuestra causa, y cuando los llamé desde la Ayudantía para comunicarles nuestro éxito en Columbia, hicieron lo que habíamos hecho nosotros, es decir, anunciar a la tropa que Batista se había hecho cargo del gobierno. La reacción de los alistados fue también similar, y la llegada del general Tabernilla reafirmó el hecho. Lo mismo puede decirse de la Policía y de la Marina. En la Policía, Salas Cañizares ocupó la Jefatura con sus hombres, y Rodríguez Calderón obtuvo idéntico resultado con un grupo de oficiales jóvenes que entre él y Colacho habían captado.
Atribuyo el éxito tan completo del golpe del 10 de marzo a múltiples factores, entre ellos en que, literalmente, la fruta estaba madura y no tuvimos más que recogerla. Desde el punto de vista táctico, la captura de Columbia, corazón estratégico de Cuba, fue definitivo. El nombre mágico de Batista hizo el resto.
Un punto queda por tratar: el Palacio Presidencial. Batista dio orden de no tocarlo, ni siquiera aproximarse a él. Tampoco que molestasen al presidente Prío. Confiaba él en que Prío actuaría como lo hizo. Es decir, que desapareciese de escena sin causar problemas. El Dr. Prío fue informado de los acontecimientos poco después de ocurrir estos. De inmediato se dirigió a Palacio, y a poco comenzaron a llegar diversas delegaciones cívicas, entre ellas de estudiantes, que le brindaban su apoyo y lo instaban a resistir. Preciso es admitir que si el Presidente hubiera llegado a quedarse en Palacio, nos hubiera puesto en un aprieto. Empero, Prío no tenía interés en defenderse, y los que lo invitaban a hacerlo lo que hacían era contrariarlo, de modo que en cuanto pudo se deslizó fuera de Palacio y se refugió en una Embajada.120 A la guarnición, compuesta por una compañía de infantería y un destacamento de la policía, se le informó que el Presidente había salido un momento para organizar la defensa, y que regresaría para combatir junto a ellos. En cuanto a mí, conociendo el pensamiento de Batista a este respecto, ni llamé a Palacio ni ordené acción alguna contra él. ¿Para qué? Palacio caería por sí mismo.
Infortunadamente, un teniente de la policía, de apellido [Julián] Negret, por su cuenta y riesgo, se apareció frente a Palacio en una perseguidora e intimó la rendición. De los garajes le salió al paso el sargento Sócrates [Álvarez Barrios],121 de la Escolta Presidencial. Se produjo entonces un intercambio de disparos, donde resultaron Negret muerto y Sócrates herido. Es un craso error creer que Sócrates fue el autor de los disparos que tocaron a Negret. Estos se debieron, aparentemente, al jefe de los Ayudantes Presidenciales, coronel [Vicente] León,122 quien le hizo fuego desde una terraza del primer piso, contigua al Salón del Consejo de Ministros. A su vez, los ocupantes de la perseguidora dispararon contra el blanco visible. Este blanco era Sócrates. Por fortuna, el sargento sobrevivió y hoy vive en Miami. El coronel León causó baja en Playa Girón.
Después de este incidente, la guarnición de Palacio quedó sola, en la incertidumbre de no saber lo que estaba pasando. Fue en horas de la mañana que una compañía de tanques hizo su aparición. La comandaba el entonces capitán [Miguel] Álvarez de la Noval, el mismo que rivalizó conmigo por el primer puesto, cuando el curso de Atarés, allá por 1935. El segundo al mando lo era el entonces segundo teniente José Raúl Corzo Izaguirre, recientemente fallecido en Venezuela.123 El capitán pidió parlamentar con el jefe de la guarnición y le explicó la situación. Puso en su conocimiento que el presidente se había asilado y que, de verse él obligado a atacarlos, morirían inútilmente policías y soldados, puesto que ya nada había que defender . . . Y con esto terminó todo. Días después se me envió a Palacio a investigar los sucesos. Felicité a la guarnición por su fidelidad. Casi todo este personal continuó al servicio del nuevo gobierno. De ellos, cuatro murieron cuando el ataque a Palacio, el 13 de marzo de 1957.
Volviendo al 10 de marzo, al relevarme el coronel Cantillo como Ayudante General, me presenté al general Tabernilla, quien había ya comenzado a fungir como Jefe de Estado Mayor. Me ofreció el cargo de jefe de sus ayudantes. Yo le di las gracias por el honor, pero lo decliné. Una de las razones era que yo sabía por Batista que estaba destinado a otra posición. Otra era que yo carecía de vocación para ese cargo. A mí siempre me tiró la línea y las unidades con mando. También, con mi exaltación al generalato, esa etapa quedaría atrás. Para terminar la narración de mi conversación con Tabernilla, al tiempo que rehusé el honor de ser jefe de sus edecanes, le pedí autorización para permanecer en los alrededores de la Ayudantía General hasta que todo se normalizase.
Lo que me llevó a esta solicitud fue la situación tan confusa que se iba produciendo en todo el edificio. Según el día avanzaba, crecía el número de oficiales y alistados, y más tarde civiles, que llegaban y se arremolinaban en pasillos y oficinas. El general Cantillo, presionado por una multitud de solicitantes, casi no podía trabajar. Había individuos que afirmaban haber entrado con Batista la noche anterior. Otros, que eran amigos íntimos o compañeros de infancia de Batista. Casi todos venían a pedir ascensos o algún otro tipo de beneficio. Psicológicamente, no creo que se hallaba aun plenamente empapado de la situación, ni sabía quién era quién. Había también militares, sobre todo oficiales, que mostraban de forma más o menos velada su inconformidad con el golpe. Por todo esto, ya atardeciendo, tomé el teléfono y llamé al SIM y solicité al entonces primer teniente Barrera Pérez. Cuando estuvo al aparato, le pedí enviara varias perseguidoras con algunos números, orden que cumplió de inmediato. La gente del SIM llegó y sin muchos miramientos despejó pasillos y oficinas, llevándose, además, arrestados a cuantos no pudieron justificar su presencia en el Estado Mayor.
También, esa noche volvimos a tener dificultades con la aviación. El capitán Mario Cabrera, apaciguado desde la madrugada anterior, volvió a crear problemas. Fácil hubiese sido liquidar la cuestión utilizando alguna medida enérgica, pero en realidad nadie quería hacerle daño, porque Mario era, y es, un excelente muchacho. Por otra parte, quizás la información de lo que pasaba en la Fuerza Aérea llegó algo abultada al Estado Mayor. Pedí entonces autorización al general Tabernilla para tomar el scout-car que tenía a mi disposición desde la madrugada anterior, e ir a ver lo que ocurría. Cuando llegué, ya Larrubia había logrado convencer a Cabrera de que se estuviese tranquilo. Regresé, pues, al Estado Mayor, y como llevaba 48 horas sin dormir, me derrumbé más que me acosté en un sofá de la Ayudantía y descansé unas horas.
Vino ahora la cuestión de los ascensos. El día 11 alguien se me acercó y me informó en voz baja: Oye, estamos haciendo los decretos. Tú ascenderás a coronel. Al propio tiempo me añadió los nombres de otros cuya actuación en el golpe había sido más bien pasiva. Estos ascenderían a generales de brigada. Como estos decretos se confeccionaban por orden y bajo la dirección del general Tabernilla, lo interpreté (y sigo interpretándolo) como una mala disposición de éste hacia mí, que databa de aquella noche en Kuquine en que insistí en que fuese Cantillo y no él el jefe del Ejército. Nada comenté, y aguardé los acontecimientos. Me parece oportuno repetir que la razón de conspirar yo fue mi retiro, y que de no hacerme llamar el general Batista, tampoco se me hubiese ocurrido hacerlo. Triunfador ahora, lógicamente esperaba yo una mejoría, y una coronelía era más de lo que soñé yo recibir. ¿A qué, pues, preocuparme? Simplemente me sentí curioso acerca de la evaluación que se había hecho de mis servicios. Se recordará que en las reuniones en la finca del Presidente, solamente tomaron parte las personas que ya mencioné, es decir, Colacho Pérez, el después almirante Rodríguez Calderón y yo. Los contactos del general Batista con los demás complotados se hacían a través de nosotros. El general Tabernilla asistió a una sola de nuestras reuniones, y permaneció en su domicilio hasta después de dado el golpe. ¿Entonces. . .?
Batista, no obstante, sí tuvo todas estas cosas en cuenta. Ya se había él convertido en jefe del gobierno, y debía ahora sancionar los nombramientos. Al ver los Decretos, simplemente los devolvió, diciendo al mensajero: Dile al viejo Pancho que los vuelva a hacer, y que Díaz Tamayo tiene que ser general de brigada.
De modo que el día 12 aparecieron por fin los nombramientos. El general Tabernilla quedó como jefe del Estado Mayor con el rango de mayor general. Cantillo quedó confirmado como Ayudante General. El general [Luis] Robaina, quien manejaba el automóvil en que entramos el presidente Batista y yo a Columbia, resultó nombrado Cuartel-Maestre General. Yo pasé a ser Inspector General. Los tres recibimos el grado de general de brigada.
Estos cuatro cargos eran tradicionales en el Ejército, pero ahora fueron creados dos que antes no existían. El Regimiento 6 de Infantería con sede en Columbia, tuvo siempre más efectivos que los de una unidad de su tipo. Se recordará que siempre tuvo un Tercio Táctico (caballería), una batería de montaña (cuatro cañones de 75 mm.) y una sección de ametralladoras. Durante la guerra había recibido, además, tanques ligeros (Stuart) y medianos (Sherman). El general Pérez Dámera adquirió en Francia dos baterías antiaéreas de 25 mm. (16 bocas de fuego, si mal no recuerdo) y recibió de los Estados Unidos una batería ligera de 75 mm. Después del 10 de marzo, se procedió a separar la infantería de todo el armamento de apoyo que acabo de mencionar, y se creó el Regimiento Mecanizado. Los dos regimientos se agruparon bajo la denominación de “división”, bajo el mando de un general de brigada, García Tuñón, para quien fue creada la plaza. El Regimiento Mecanizado quedó a las órdenes de otro general de brigada, Rodríguez Ávila. En cuanto al Distrito Militar de La Cabaña, quedó a las órdenes del general de brigada [Juan] Rojas. Permítaseme ahora esta pequeña vanidad: de todos estos oficiales generales, yo era el único graduado en la Escuela Superior de Guerra. Cantillo también contaba con varios cursos en su expediente y, aunque no estoy seguro, creo que había cursado estudios en la Escuela de Comando y Estado Mayor de los Estados Unidos.
Esta promoción representó para mí algo que jamás pensé alcanzar, ni aún en mis sueños más febriles. Por mi temperamento, por lo limitado de mi ambición, yo hubiera llegado con los años quizás a teniente coronel. No más. La forma en que se dispuso de mi vida retirándome, cambió mi destino del modo que yo menos esperaba. Es más, de no citarme Batista a Kuquine, jamás se me hubiera ocurrido conspirar. No se piense que voy a culparlo solamente a él por el golpe, ni que vaya yo a verter lágrimas de arrepentimiento por mi participación. He dicho, y repetiré aquí, que las condiciones estaban más que creadas, y que cada cubano, en su medida, es responsable de él. Yo, que prácticamente nací con la República, fui testigo de cómo presidente tras presidente, con su séquito de senadores, representantes, gobernadores, alcaldes y funcionarios más o menos importantes, saqueaban las arcas del tesoro e incurrían en fraudes electorales. Golpe a golpe fueron destruyendo la moral ciudadana. Desde 1902 la cosa pública siguió una curva descendente que se fue acentuando, administración tras administración, hasta su crisis final en 1959. En Cuba se dan todas las grandezas, y todas las miserias del pueblo español. Los cubanos criticábamos a quienes hacían y deshacían en el poder, hasta tener la oportunidad de hacer lo mismo. Claro está que había ciudadanos probos y funcionarios intachables, pero un funcionario honrado era un estorbo, una acusación viviente para los demás, por lo que se les aislaba y se prescindía de ellos en la primera oportunidad.
Como el pueblo cubano es inteligente y laborioso, llegó a constituirse en nuestra Isla una clase acomodada muy fuerte. Los hombres que la integraban, hombres de empresa y, por lo tanto, hombres de orden, hombres de carácter, hubiesen podido salvar al país, conforme lo hicieron respetar internacionalmente en el orden económico, pero nuestra burguesía se apartaba de los políticos con asco, y en lugar de manejarlos, los ignoraban. Me viene ahora a la mente una anécdota que ilustra el punto: un dueño de ingenio fue citado a Palacio por Grau. La respuesta fue la siguiente: “dígale al Señor Presidente que yo soy un hombre muy ocupado. Si tiene interés en verme que pase por mi oficina, que yo lo recibiré con mucho gusto”.
Nada mejor hubiese querido la mayoría de nuestros políticos que servir a quienes los retribuyeran con largueza. Pero como bien dijo Lenin, la burguesía no tiene el instinto de conservación. Mientras los distintos gobiernos de Cuba, malos o peores, les respetaron el principio de propiedad, esta burguesía los ignoró. Cuando apareció Fidel Castro en el horizonte y vieron lo que se les venía encima, con la mayor ingenuidad del mundo creyeron comprarlo enviándole víveres y dinero a la Sierra Maestra. Luego, al caer Batista, le regalaban a porfía más dinero, tractores, vacas preñadas y tierras para la reforma agraria. ¡Cómo se reirían los comunistas al ver con qué humildad, con qué mirada ansiosa depositaban los ricos sus tributos a los pies del dios del odio! ¡Qué cara les salió su ceguera! ¡Están servidos!
Orestes Ferrara llamó a Cuba país de chicharrones y café con leche. Yo pienso, por el contrario, que Cuba siempre ha tenido elementos de gran valía en cualquiera de los campos de la actividad humana. Sin embargo, como conjunto, el pueblo es un niño y necesita ser dirigido por profesionales. Cuando tomamos el poder, los orientadores de la opinión pública eran [José] Pardo Llada,124 Chicho Pan de Gloria125 y Clavelito.126 Claro está que había alguna prensa seria, como el Diario de la Marina y alguna otra publicación. Pero, ¿y los demás? ¿No sabré yo cómo cambiaban de tono la mayoría de los periodistas cuando se les ponía una buena suma en el bolsillo? Para la década del 50, la moral pública estaba en su nivel más bajo desde la inauguración de la República. Tenía que pasar lo que pasó. Al sentarse Batista en la silla presidencial, mucho hubiera podido hacerse para restaurar esta moral. Ocho años atrás, el pueblo había creído en Grau. La frustración había sido terrible, pero no irreparable. Esto bien lo conocía Batista. El mismo nos describió la necesidad de limitar su estadía en el poder. El golpe de estado sería una saludable advertencia de que las libertades, si no se sabe usarlas, terminan por perderse. Vendría entonces la reorganización de los partidos y una salida democrática a través de elecciones en las cuales él no tomaría parte. ¡Bastante tratamos este punto! Pero nada se hizo, y si bien se restableció el principio de autoridad, y se dictaron sabias medidas que condujeron al auge económico, Batista no dio salida política. Se dedicó, eso sí, a sanear su economía privada.
Permítaseme ahora tocar este punto, aunque sea de pasada. El hecho de que yo no me enriqueciera en el generalato (y oportunidades me sobraron) no me hará erigirme en juez de los que sí lo hicieron. Si nunca toqué un centavo de las sumas que tuve a mi disposición, fue simplemente porque hacerlo no estuvo en mi forma de ser. He vivido lo bastante para conocer algo al ser humano: el hombre es un animal de presa. La honradez es una condición que la sociedad le ha inculcado, generación tras generación, como una necesidad para poder vivir en conjunto. Pero la fiera está dentro de nosotros al acecho. Lógico es que salte en cuando se le brinda ocasión. ¿Y qué mejor ocasión que la que ofrece una posición cimera en el gobierno, esa abstracción que no protesta, y sin temor a jueces ni a fiscales? El presidente [Andrew] Jackson, padre de la corrupción administrativa en los Estados Unidos, acuñó su famosa frase de que “To the victor belong the spoils” (al vencedor pertenecen los despojos) En nuestras latitudes, hacer caer en bolsas privadas los fondos del estado es práctica aceptada, y nadie se escandaliza por ello. Por otra parte, los cubanos no inventaron la sopa de ajos, y algunos gobernantes al sur del Río Grande nos hacen aparecer como ángeles. Los norteamericanos son más sutiles, pero los escándalos que a cada paso estallan en el Congreso y en otras ramas del gobierno son manifestaciones exteriores de grandes corrientes subterráneas, al igual que los volcanes son una pálida muestra del fuego que devora las entrañas del planeta.
El dinero es una fuerza y, como todas las fuerzas, puede hacer mucho bien, aunque mal manejado, puede destruir a su poseedor. El agua que sacia nuestra sed nos ahoga. La electricidad que nos alumbra, nos fulmina. Recibir una fortuna sin estar la persona mentalmente preparada para ello, puede llevarla al desastre: la adulación nos mece, todos los placeres se nos brindan de golpe, los amigos crecen silvestres en nuestro derredor.
Los ejemplos son demasiado frecuentes y bien conocidos: véase únicamente el caso reciente del hijo de Alemán (el que se llevó el dinero en maletas), y al más reciente aún del hijo de Kennedy. En cuanto al presidente Prío, ahíto de millones al abandonar el poder, dio pruebas de una falta de imaginación increíble. En lugar de pasar a Europa y alternar los placeres materiales con el disfrute intelectual, se quedó en Miami rodeado de moscones, consejeros baratos y aduladores. Conocemos su triste fin.127
Batista fue más hábil. Con sus arcas rebosantes de doblones, la vieja Europa le abrió sus puertas. Lo recibían los gobernantes, le llamaban “Excelencia”, le apareció un escudo de armas que hacía remontar su nobleza a no sé cuántas generaciones. Batista leía, escribía, dejó varios libros que, aunque reflejando solamente su punto de vista, no carecen de interés. A su viuda y a cada uno de sus hijos les legó una fortuna, y mejor aún, les transmitió el arte de conservarla. Murió tranquilamente, rodeado de los suyos, al cabo de una existencia rica e intensa. Los soldados que cayeron para mantenerlo en el poder, y hasta para proteger su huida, están muertos y enterrados. Pero eso ha venido ocurriendo durante siglos. Está en el orden natural de las cosas, y las cosas cambiarán . . . cuando cambie el corazón humano.
Yo confié en Batista como un posible regreso a mi plaza de capitán de infantería, lo que yo era. Sin revancha ni venganzas, como ya lo he dicho mil veces. Y ahí están mis acusadores poderosos en otros tiempos. Que digan si los molesté cuando yo era más que ellos. Jamás lo hice, a pesar que el presidente Batista me llamó a despacho y me preguntó si quería establecer algún requerimiento contra los que me habían acusado. Con esa misma filosofía participé en el 10 de Marzo; para trabajar, ayudar con lo que aprendí en las escuelas militares, incluyendo la Escuela Superior de Guerra. Yo era el único de los generales del 10 de Marzo que estaba graduado en la misma. Sí había un pequeño grupo de oficiales de otros grados que tenía ese diploma. Solo recuerdo a los comandantes Manuel Hernández Hernández, [José] Triana Tarrau y [Cándido] Curbelo del Sol, los tenientes coroneles Nelson Carrasco Artiles y Félix Pérez Montoya, y otro grupo de como de diez a quince.

A PARTIR DEL DIA DOCE DE MARZO


No sé si resulta oportuna la tirade que acabo de hacer. Simplemente dejé correr la pluma, y la voy a dejar así, pero reanudando el curso de la narración, el día 12 se produjo un incidente serio en el Regimiento 7 de la Guardia Rural, en Holguín. Un pequeño grupo de oficiales se mostró inconforme con el golpe de estado, y trató de sublevarse y de tomar la unidad. No fue nada difícil reducirlo y, lo que resultó óptimo, no se produjeron bajas. Se me envió para que investigara los hechos y tomara las medidas que me parecieran oportunas. Una vez allí, y oídas las partes, estimé que la actitud del jefe de la sedición había sido vacilante, y lo sustituí con su subalterno inmediato. El jefe de la sedición se mostró arrepentido. Recomendé su retiro inmediato, al igual que el del resto de los implicados. El Estado Mayor aprobó mis medidas.
También tomé notas de todo lo que vi y oí. El factor común a todas ellas, al igual que en los casos similares que se produjeron con posterioridad, fue la inconformidad, sobre todo de los oficiales académicos, por la forma en que se distribuyeron los ascensos.
Es lógico pensar que hubiese recompensas para los que, de manera más o menos directa actuaron en el golpe de estado. Estos, a su vez, estimularían a los colaboradores de toda confianza, que no eran tantos. En cuanto a la gran masa, se beneficiaría con las medidas generales, tales como el aumento de sueldo que se dictó el mismo día 10. Por desgracia, algunos jefes tomaron para sí al distribuir grados a amigos y protegidos. Batista hubiese podido controlar esto, pero era demasiado político y dejó hacer. Es más, él hizo lo propio. Hubo sargentos que llegaron a comandantes. Como es natural, oficiales que habían llegado hasta sus grados tras muchos años de estudio y sacrificio, no podían contemplar con agrado que un subalterno pasara ahora a mandarlo. Esto fue especialmente cierto en los oficiales de academia, siempre sensitivos en materia de escalafón. La culminación del descontento de ellos fue la conspiración del coronel [Ramón] Barquín,128 en 1956.
Mientras tanto, el general Batista pasó sus reales al Club de Oficiales, en el lado opuesto del Polígono. De momento no fue más que un “Jefe de Gobierno” y, días más tarde, Presidente. Me enteré también de que en la madrugada del 10 de marzo, al comenzar a llamar a distintas personalidades para formar gobierno, el susto que éstas experimentaron resultó mayúsculo, y no fue hasta verlo bien cimentado en el poder que acudieron, obsequiosos, a sacrificarse por Cuba. Claro que hubo excepciones, y me complazco en consignarlo. Es bien sabido que, en lugar de la Constitución, se establecieron unos estatutos y que, en lugar del Congreso, se instituyó un Consejo Consultivo.129 Todo esto tuvo un carácter provisional.
Mi despacho en el Estado Mayor quedó muy cercano al del Ayudante General, y tan pronto tomé posesión del cargo empecé a trabajar. Por el momento, mis labores consistieron en girar inspecciones periódicas a los regimientos y realizar investigaciones relacionadas con el servicio. Había también otro tipo de inspecciones especiales, motivadas por circunstancias también especiales. Según fueron pasando los meses, mis funciones aumentaron. Mi siguiente designación fue la de Presidente del Círculo Militar y Naval, cargo que ocupé durante cinco años. Vino a continuación la creación de un organismo de préstamos y seguros para los miembros de las Fuerzas Armadas (CASFA). Yo fui su organizador y director desde 1954 hasta abril de 1956 que fuimos trasladados al Regimiento No. 1 Maceo por “necesidades del servicio.” En 1955130 pasé a los Estados Unidos invitado por el ejército de este país. En esa ocasión visité distintas bases y recorrí veinte estados. Tuve a mi cargo el montaje y organización del Buró para la Represión de Actividades Comunistas (BRAC). Para ello pasé un curso interesantísimo en la CIA. A todas estas cosas me referiré en su momento. Por ahora me retrotraeré a 1952, todavía en los umbrales del 10 de marzo.
Acababa de estrenarme como Inspector General cuando me sucedió algo muy curioso. Solicitó audiencia para verme mi antiguo profesor de la Escuela Superior de Guerra, el Dr. García Bárcena. Lo recibí con verdadero placer y la conversación se inició de modo muy agradable, pero a poco de hablar, me espetó: -¿por qué no me avisaron? Como no sabía de qué me hablaba, le rogué que me precisara lo que quería decir. Terminó por confiarme que él y otros profesores universitarios habían estado conspirando con militares (nombró incluso a uno de los que entraron en Columbia con Batista y conmigo), y que, si ya todo estaba dispuesto y coordinado, ¿por qué tuvimos que ir a buscar a Batista, que él, expresamente, había vetado? De momento creí que el doctor bromeaba, pero al continuar hablando, vi que lo hacía muy en serio. Sentí desengañarlo, pero no me quedó más remedio que explicarle las cosas tal y como yo las conocía: que Batista había sido quien originó todo y que, por el contrario, era él quien nos había hecho llamar. Que nosotros habíamos organizado y establecido los contactos en mayor o menor medida, pero que Batista fue siempre la bandera sin la cual la conspiración no hubiese tenido la menor posibilidad de triunfar. Nos despedimos García Bárcena y yo, pero a poco realizó un acto en consonancia con su línea de pensamiento. Con un grupo de jóvenes desarmados trató de tomar el Campamento de Columbia. Los arrestamos a todos, aunque se les puso en libertad más tarde y, por fortuna, no hubo desgracias personales. En el interrogatorio, el Dr. García Bárcena afirmó contar con grandes núcleos de tropa dentro del Campamento, cosa que no pudimos comprobar.131
Más doloroso me resultó lo acaecido con un antiguo compañero de armas por quien sentía verdadero afecto. Fue uno de los que entraron por la Posta 4 con el presidente Batista y conmigo. Su conducta le había valido un alto cargo. Coincidimos en una comida en el Club de Oficiales de Columbia, y en un aparte me manifestó su inconformidad con la forma en que se habían distribuido los grados. Objetó que el general Tabernilla fuese el Jefe del Ejército. Yo le dije que esa había sido una decisión del Presidente. Mi interlocutor siguió en sus trece, y me propuso que aunáramos nuestras fuerzas para dar un golpe de estado donde se haría verdadera justicia, y que ya en su mando tenía creadas las condiciones para ello. Le contesté sin rodeos que lo que me decía era gravísimo, y que me veía en la obligación de dar cuenta de sus palabras. Efectivamente, localicé al general Tabernilla y lo informé del hecho. Al día siguiente el Presidente nos convocó a su despacho. Nos hallábamos presentes el Jefe de Estado Mayor, el jefe que me había hablado y yo. En presencia del presidente repetí sus palabras y él se vio forzado a admitirlas, pero el Presidente no quiso ser severo y se limitó a trasladar al oficial y después a retirarlo.
¿Por qué tienen que ocurrir estas cosas? Vuelvo sobre el punto de que la prosperidad, sobrevenida de repente a quien no está preparado para ella, puede perderlo. ¿A qué más podíamos aspirar hombres como nosotros, simples oficiales subalternos hasta hacía poco? Ocupábamos ahora posiciones primerísimas. ¿Será que, como dicen los franceses, el apetito viene comiendo? En todo caso, no fue el último de la serie, como veremos.
Viene al caso citar a Maquiavelo, cuando escribe que las conspiraciones, aunque fracasen, siempre hacen daño, pues introducen precedentes, dudas y fisuras en lo que debe ser incuestionable. A mi juicio, esta primera conspiración puso en tela de juicio la calidad monolítica de las Fuerzas Armadas. Pero también nos afectó en otros aspectos. Citando otra vez al autor de El Príncipe, escribe éste que la mayor parte de los males de este mundo provienen de no ser el hombre ni completamente bueno, ni completamente malo. Con su mezcla de absolutismo y benevolencia, Batista hizo ver que se podía atentar contra su gobierno con riesgo mínimo. Por ejemplo, estoy seguro de que el coronel Barquín, de esperar un castigo severo si se le atrapaba conspirando, lo hubiese pensado dos veces antes de hacerlo.
Otra cosa: el caso que acabo de relatar reafirmó a Tabernilla en el mando. No sabemos si el Presidente hubiese enviado a este general al Ministerio de Defensa al cabo de seis meses, como se me dio a entender, pero a partir de aquel momento no se volvió a tratar del asunto. Es más, seguro ahora en su posición de Jefe de Estado Mayor, pasó a colocar gradualmente sus peones en posiciones clave. De esto también se tratará en su momento.
EL 20 DE MAYO DE 1952
Desde muy antiguo han existido los desfiles militares. Son demostraciones de poderío destinadas a impresionar a algún enemigo potencial, a posibles aliados o al propio pueblo. Los romanos tenían dos tipos de desfile: el “Triunfo”, otorgado a generales que regresaran victoriosos de una gran campaña, y la “Ovación”, reservada a logros más modestos. En el primero de los casos, el general pasaba en una cuadriga a la cabeza de sus tropas. En la plataforma del carro iba el conductor, y un esclavo que a cada instante le susurraba al oído “Recuerda que no eres más que un mortal”, a fin de que no se envaneciera demasiado. En la ovación, el general cabalgaba su corcel de guerra.
El 20 de mayo de 1952, el Presidente consideró oportuno ofrecer una prueba de solidez. Se invitó a delegaciones del mundo entero. La culminación de los actos a celebrar alrededor de esa fecha consistiría en una gran parada, en la que participaría el mayor número posible de unidades de las Fuerzas Armadas. Unos diez días antes de la fecha se me notificó que yo encabezaría el desfile. ¿Y por qué yo? Porque hasta esa época, todavía en Cuba el oficial revistador desfilaba a caballo y, aun cuando gran parte de mi vida militar había servido como soldado de a pie, de todos era conocida mi afición por la caballería.
En las cuadras teníamos magníficos ejemplares destinados a los altos jefes. Yo preferí a Lucero, mi cabalgadura de cuando fui ayudante del Tercio. Aunque un poco viejo ya y de apariencia desgarbada mientras medraba en las cuadras, tan pronto sentía al jinete en sus lomos se transformaba en bellísima estampa de postura y brío. Tiempo hacía que no nos veíamos, pero creo que fue con mutua delicia que galopamos horas y horas a todo lo largo del polígono.
Tradicionalmente, las tropas se situaban en toda la longitud del Malecón y a ambos lados del Paseo del Prado. La cabeza de la columna se apoyaba en el Parque Central. Al romperse la marcha, las tropas iniciaban su progresión, rebasaban la tribuna presidencial frente al Capitolio e iban a romper filas en el Parque de la Fraternidad. Allí tomaban camiones y ómnibus de regreso a sus cuarteles.
Lo mismo se hizo el 20 de mayo de 1952. Yo, que tantas veces había hecho aquel recorrido, primero como soldado, después como teniente y finalmente como capitán, no pude menos que sentirme como en un sueño al considerar que aquel día era yo el jefe que conduciría a los soldados de la República ante el Presidente, ante su Jefe Supremo, y quien recibiría su saludo, unidad por unidad, antes de romper filas. Teniendo todo esto en cuenta, bien podrá el lector imaginar mi estado emocional cuando, como en un sueño, calcé el estribo, salté sobre la silla y rompí la marcha. Me seguía mi plana mayor: ayudantes, cuarteles-maestres, corneta, mensajeros. Y he aquí las veleidades humanas. Los soldados nunca fuimos bien vistos por el pueblo. Sin embargo, aquel día, según fui ascendiendo por el Prado, la muchedumbre nos vitoreó sin reservas.
En un momento dado, un objeto me golpeó el hombro y cayó al suelo. Yo no desvié la vista, pero un policía de los que formaban la valla lo recogió, y el objeto me fue entregado, días después. Contenía una llave, envuelta en papel perfumado. En el papel, en letra muy fina, el siguiente mensaje: “Aquí tienes mi dirección y la llave de mi apartamento. Ven a verme esta noche. Seré tuya”. No sé cómo trascendió la cosa, pero lo cierto es que el Dr. [Andrés Domingo] Morales del Castillo,132 Ministro de la Presidencia, a cada rato exclamaba en presencia del presidente Batista, quien a su vez reía de buena gana: -El día de la parada, al general Díaz Tamayo le llovían las llaves.
Rebasada la tribuna presidencial, tomé mi posición. Ante mí vi pasar a todas las tropas, un regimiento de la Marina de Guerra, unidades de la Policía, fuerzas blindadas, la artillería ligera, la artillería antiaérea, el Tercio, y por último, infantería, infantería, infantería. De todas recibí el saludo. Al rebasarme, los regimientos, batallones, compañías abatían estandartes y guiones. Sólo la enseña nacional permanecía erguida. Los oficiales me saludaban con sus sables. Yo, por mi parte, correspondía con el mío, tal como lo determinaba el reglamento. Matiotes, matiótetom, dapanda matiotes (Vanidad de vanidades y siempre vanidad) clamaban los antiguos griegos. Eso es cierto, pero ¿de qué otra cosa vive el ser humano, aparte del pan que come? Yo, por mi parte, confieso que nunca antes ni después, en toda mi existencia, sentí esa vanidad tan colmada como ese día.
Se me dirá: -Bueno, pero ¿de qué batallas volvía usted victorioso? Lamento contestar que en mi vida militar nunca hubo un Austerlitz, ni un Solferino, ni un Maltiempo. Simplemente, a las condiciones que el medio me planteaba les hice frente como supe, y las solucioné como pude. Quisiera poder ofrecer algo más al lector pero, como nada más hubo, me siento satisfecho con mis logros.

CAPÍTULO VI
LAS FUERZAS ARMADAS 1952-1958
Nunca me atrajo la política. He venido a interesarme en ella, aquí en el exilio, por mero instinto de conservación. Es lógico que así fuera, porque, ¿cómo iba a pensar yo en presidentes, o si el Congreso votaba o no tal o cual ley, después de doce horas de trabajo al sol? Ante mí se extendía solamente el surco que había que aporcar y, al llegar la noche, me derrumbaba más que me acostaba en lo que tuviera por lecho, fuese jergón, hamaca o colombina.
Mi ingreso en las Fuerzas Armadas no cambió ese estado de cosas. En los cuarteles, el tema político fue siempre tabú. Que el Ejército se utilizase políticamente por el presidente, no significaba que los soldados analizaran el hecho. Se cumplía la orden militarmente, y no se hablaba más del asunto. Dicen que los soldados somos hombres de temperamento esquizoide, que huimos a las realidades de la vida diaria, con sus luchas y altibajos, y vamos a refugiarnos en ese gran claustro materno que es el cuartel. Allí, el gobierno nos garantiza la diaria pitanza y un sueldo, a cambio de nuestra fidelidad perruna. ¡Sea! En lo que a mí respecta, mi mente jamás se apartó del pase de lista, de las inspecciones, de si entraba o no de guardia, de las próximas maniobras . . .
En el orden personal, la cuestión de la ayuda a mi madre ocupaba el primer lugar, pero eran para mí un gran solaz los deportes que siempre practiqué en Columbia y los estudios que realizaba para completar mi instrucción. ¡Ser cabo! ¡He ahí otro de mis grandes objetivos! ¡Cuánto luché para alcanzarlo! ¡Y cuánto afán para ser sargento! Vine a conseguirlo a finales de 1933, después del 4 de noviembre. Pero esa fecha me tenía reservada otro logro inesperado: un ascenso a segundo teniente ¡Yo oficial, imagínese usted! Después vinieron los cursos: el de oficiales, en Atarés, y el de artillería, en la Batería de La Pastora. Después de mi estancia de once meses en Santiago de Cuba, comenzó mi etapa ecuestre, entre 1936 y 1939. En ese período recorrí toda América, como en un bellísimo sueño. Y no olvidemos las oposiciones: fue en oposiciones que gané mis grados de primer teniente y de capitán. Y lo que mucho representaba para mí, en prestigio y económicamente: mi brévet como diplomado de la Escuela Superior de Guerra. ¿Qué más podía desear? Bien podía decir, como Quevedo:
Hablen otros del gobierno

del mundo y sus monarquías,

mientras gobiernan mis días

mantequillas y pan tierno.133


Tenía que venir aquel retiro en 1951, para sacarme de mi torre de marfil y empujarme a la conspiración.
Cierto es que Batista no permitía a los militares inmiscuirse en la política del país. Es más, ni siquiera los dejaba abordar el tema en su presencia. He aquí algo que jamás me quitó el sueño, y pude así dedicarme exclusivamente a los deberes de mi cargo.
En su carta abierta al ex-presidente Batista, fecha agosto 24 de 1960, el general Tabernilla acumula sobre su antiguo jefe acusación tras acusación que, en su mayoría, son absolutamente ciertas. Una de ellas es que Batista no permitía a sus subalternos adoptar decisiones militares, siendo él quien ordenaba todos y cada uno de los planes. Ni un ascenso, ni un traslado, ni un movimiento de tropas se realizaba sin su consentimiento. Nos informa Tabernilla que él, como Jefe del Ejército primero, y como Jefe del Estado Mayor Conjunto después, no tenía autoridad alguna, y que estaba allí, simplemente, “pintado en la pared”. Pero, ¿de qué se queja el general Tabernilla? Para eso fue que se le situó en cargos tan elevados. En eso siguió el Presidente su antigua pauta de nombrar para los cargos cimeros a hombres que se debieran a él y que no discutieran su autoridad.
También fulmina el general Tabernilla al ex-presidente, acusándolo de ser un voraz ladrón, pero esto es como si la olla le dijera a la cazuela que tiene el fondo tiznado. ¿Por qué, en lugar de ello, no se dedicó el general a disfrutar calladamente de los centavitos que ahorró en siete años de ininterrumpida bienaventuranza?
No se puede tapar el sol con un dedo. Sólo Batista hubiera podido dar el golpe del 10 de marzo. Sin él, poco significábamos los demás. El efecto de su nombre y de su persona ante las tropas era electrizante. Los aciertos de Batista en el orden económico elevaron el per cápita del cubano y su crédito en el extranjero. Los desaciertos de su política llevaron a Cuba al caos. Batista lo fue todo en sus dos períodos de gobierno. Esto nadie puede discutírselo. ¿Por qué, pues, su obstinación, una vez en el exilio, en publicar memorias justificativas y en cargar sobre otros sus propias culpas? Las traiciones y conspiraciones de algunos subalternos, son la obra de hombres atemorizados que, por la altura en que estaban, veían venir el desastre y procuraban salvarse. Los que a pesar de todo le fueron fieles, están muertos. En cuanto a mí, la mala voluntad que siempre me tuvo el general Tabernilla terminó por obrar a mi favor, porque, al lograr de Batista que me retirara, me evitó tener que adoptar decisión alguna.
A mi juicio, la curva de errores de Batista sigue esta trayectoria:
–No celebrar elecciones libres (sin figurar él como candidato) en un tiempo prudencial.

–No eliminar físicamente a Fidel Castro cuando lo tuvo en sus manos.


–Soltar a Fidel Castro, permitiendo su pase al extranjero.
–Permitir que Castro desembarcara en Cuba, cuando el Estado Mayor conocía la hora y el lugar por donde desembarcaría.
–Permitir que Castro sobreviviera al desembarco, empujándolo hacia la Sierra, en lugar de capturarlo.
–Con posterioridad, impedir que las tropas lo cercaran y capturaran cuando tuvieron la oportunidad.
–En las elecciones de 1958,134 forzar el triunfo presidencial de Andrés Rivero Agüero,135 cuando todo indicaba que la solución era el Dr. [Carlos] Márquez Sterling.
De que no fuera yo del agrado de algunos jefes quizás tenga yo mismo la culpa. Mi carácter es más bien retraído y no invita a intimar. Tampoco el cargo de Inspector General contribuyó a ganarme amigos, pues con frecuencia se me confiaban investigaciones que, al cristalizar, arañaban la piel a muchos. Recuerdo un caso de contrabando de sedas. La magnitud del hecho fue tal, que pese a la tolerancia con que se miraban esas cosas, fue necesario hacer algo. Un buen día el general Tabernilla me hizo llamar. Según él, el Chief (Batista) deseaba que yo investigase la cuestión esa del contrabando. Desde luego, tenía yo tantas misiones sobre mi cabeza que él, Tabernilla, pensaba que no tendría yo tiempo para ello. Si yo estimaba que era demasiado, no tenía más que decirlo y él lo comunicaría al presidente.
Aún hoy en día no estoy seguro de si mi respuesta fue inteligente o no, pero estas fueron mis palabras: -Si esos son los deseos del Señor presidente, los consideraré una orden y, como tal, la cumpliré; el tiempo es lo de menos. Pero eso, usted me conoce y sabe que llegaré al fondo del hecho. Y tampoco ignora usted que los contrabandistas suben todos los días las escaleras de Palacio.
Como es natural, al general no le agradó nada lo que le dije, y dio fin a la entrevista con estas frases: -Está bien. Se lo diré a Titón (el coronel Tabernilla) para que se lo informe al Chief.
No volví a oír hablar del asunto.
El presidente fue siempre amable con mi persona. Jamás tuvo para mí un reproche, ni una palabra fuera de tono. Al aproximarse el nacimiento de mi hija Roraima,136 la primera dama, señora Martha Fernández, ofreció a mi esposa un Baby Shower en Kuquine. Nos sorprendió la magnificencia de la fiesta y la calidad de los invitados, así como las atenciones que tuvo la señora Fernández con mi esposa. Lo procedente era que yo solicitara del señor presidente que fueran él y su esposa los padrinos. Pero no lo hice, y el padrino fue mi hijo mayor. ¿Por qué actué de ese modo? No tengo una buena respuesta. Digamos que fue por cortedad. Batista jamás hizo en mi presencia el menor comentario al respecto, pero tiene que haberle lastimado. ¡Vaya torpeza la mía! ¿Qué le voy a hacer?
Todas estas cosas contribuyeron a que, gradualmente, me fuera aislando de mis compañeros de grado. Por otra parte, mi posición exigía una vida social bastante activa. Los actos oficiales, las ceremonias, los bailes de gala, las recepciones y los cocktail-parties eran frecuentes, y se esperaba que yo asistiera a la mayoría de ellos.
También se me invitaba a menudo a Kuquine y a la residencia del Presidente en Columbia, donde los fines de semana se jugaba a la canasta. Por cierto que en su carta ya citada, el general Tabernilla afirma que Batista perdía el tiempo jugando, en lugar de dedicarlo a asuntos más urgentes. No lo estimo así. Cierto es que las sesiones eran largas, sobre todo para mí, que tanto gustaba de pasar las veladas en el seno de mi familia. La verdad es que el Presidente jugaba sólo cuando las circunstancias se lo permitían, y más bien como distracción.
Estas veladas seguían una pauta. Primero, el Presidente y sus invitados se sentaban a ver el boxeo en la televisión. Venía después la comida y, por fin, comenzaba el juego. Batista se sentía a sus anchas entre sus familiares y colaboradores más íntimos. Hacía gala de su buen humor. Las apuestas eran de centavos, pero de todos modos el Presidente hacía trampas, casi siempre en combinación con alguno de nosotros. Al final, ya a altas horas de la madrugada, enmendaba su travesura con una cena fría.
EL CIRCULO MILITAR Y NAVAL
Esta era una institución que databa de los años 20. Contaba con unos 1,150 miembros y sus familiares. De estos miembros, alrededor de 800 eran oficiales y unos 350 civiles.
Recibí el cargo de Presidente del Círculo en 1953 y lo fui ininterrumpidamente hasta mi retiro en 1958. Aunque era una responsabilidad más, el nombramiento me agradó porque se avenía perfectamente con mi temperamento, y digo esto porque los deportes jugaban un papel destacado en esta actividad.
La Directiva constaba de Presidente, Secretario y Tesorero, así como vocales hasta sumar 27 miembros. No había Vicepresidente. En proporción con los miembros del club, las dos terceras partes de los directivos eran militares y un tercio civiles. A mi llegada, hallé una directiva entusiasta y eficiente, y poco o nada tuve que modificar en ella: siempre trabajamos en la mayor armonía.
En cuanto al edificio, ocupaba una estrecha superficie, encajonada entre el Casino Español y el Havana Yacht Club. Nuestras relaciones con estos dos clubes fueron siempre cordiales, pero se fue haciendo más y más evidente la necesidad de buscar otro sitio más adecuado para la Casa Club. Fue el Presidente quien adoptó la decisión final de construir uno nuevo. Se escogió para ello una punta al este del Balneario Público La Concha. El nuevo Círculo abrió sus puertas en 1957. Costó más de $100.000, y los gastos se sufragaron en parte con la venta del Círculo viejo a sus vecinos, quienes así pudieron ampliar sus respectivas playas. Los trabajos de construcción, así como el presupuesto, quedaron a cargo del ingeniero [Manuel] Pérez Benitoa, consuegro del Primer Mandatario.
En mis referencias a mi “etapa ecuestre” omití decir que durante un tiempo me había dedicado también al polo. La experiencia fue apasionante, aunque de corta duración. El salto y el polo son dos formas de equitación totalmente distintas. En el salto, la función del jinete consiste en guiar al caballo, pero guiarlo con suavidad, sin gravitar indebidamente en su lomo, sin estorbar sus movimientos. Un toque a las riendas fuera de tiempo, por leve que sea, puede confundir a la bestia, haciéndola derribar un obstáculo en lugar de salvarlo. El polo, por el contrario, es violentísimo. El jinete, poseído por el demonio, comunica su furia al animal que corre; frena en seco, gira, se precipita contra otros jugadores, chocando con ellos para alejarlos de la bola, objeto de todo aquel frenesí. Unos tirones al freno y los súbitos cambios de dirección, a pleno galope, agotan al pobre animal, que termina bañado en sudor y la boca chorreando espuma.
El polo es de origen hindú. Siendo la India colonia de Inglaterra, la oficialidad británica observó a los maharajás practicarlo, y no tardó en introducirlo en sus cuadros. De Inglaterra pasó a Occidente. Cuando la ocupación norteamericana (1899-1902) los oficiales estadounidenses de caballería lo jugaron en Columbia, y según se me dice, trataron de inducir a la oficialidad cubana a hacerlo. De momento no tuvieron éxito, y se explica: se llama al polo “el deporte de los reyes”. Sólo las clases acaudaladas pueden practicarlo, porque cada jinete ha de poseer una cuadra de caballos costosísimos, muy especializados en el juego, y que se renueven con frecuencia. Al finalizar la guerra, Cuba estaba arruinada. No existía una clase pudiente, y el presupuesto de los primeros gobiernos era modestísimo. Al reaparecer la clase empresarial, y con ella el bienestar económico, hizo su aparición también el polo. Pronto el Ejército tuvo también su equipo, y buenos jinetes nunca faltaron.
En cuanto a mí, cuando mayor era mi entusiasmo, me cayó en la cabeza un cubo de agua fría. Al igual que cuando simultáneamente comencé a prepararme para las oposiciones y a estudiar aviación, mi jefe me llamó a capítulo.
-Teniente -me dijo- si continúa usted jugando al polo, se va a anular en el equipo de salto: ¡escoja una de las dos cosas! ¡Y se acabó el polo! Pero siguió agradándome. Mi condición de Presidente del Círculo Militar y Naval me permitió ser útil a los diversos teams, militar y civiles. Entre los jugadores hice buenos amigos, entre ellos al señor Gustavo de los Reyes Delgado,137 creador del famoso ganado Santa Gertrudis. En 1959, Gustavo fue despojado de sus bienes y arrojado a la prisión comunista. Compañero de celda del co-autor de este libro, Claudio Medel, convivieron en La Cabaña y en Isla de Pinos durante varios años. Cuenta Medel que Gustavo solía decirle: -Estos comunistas son unos imbéciles: me han quitado unas reses que dentro de poco habrán desaparecido, pero no me han quitado el cerebro. Si me ponen en libertad, dondequiera que yo vaya volveré a ser rico.
Y así ha sido. Hoy en día posee en Venezuela cuatro haciendas con más de 30,000 cabezas de ganado. Y esto prueba hasta la saciedad la falacia del dogma comunista. El hombre de empresa es el verdadero creador de la riqueza de un país. Si se le limita, si se le suprime, el país se estanca. Sublata causa, tollitur effectus.138
LA CASFA (CAJA DE AHORROS Y SEGUROS DE LAS FUERZAS ARMADAS)
Una de las ideas de Batista con respecto a las Fuerzas Armadas, fue la creación de la CASFA. Como el oficio de las armas, bien llevado, no enriquece a nadie, se daba el caso de que la clase de tropa, al darse de baja, quedaba en situación económica difícil. Esta institución ponía a disposición de los retirados, o de los familiares más allegados en caso de fallecimiento, una cantidad de dinero que les permitía hacer frente a los primeros gastos, e incluso hasta lograr un equilibrio en la vida. También, en caso de emergencia, se les prestaban sumas que luego pagaban en cómodas mensualidades.
Como los sueldos de los militares habían aumentado el 10 de marzo, se formó el capital de la CASFA a base de descuentos que, a modo de ahorro y ganando intereses, se depositaban en bancos de la capital.
La disposición para crear esta institución me vino directamente del presidente Batista. De momento no supe qué pensar, porque no tenía yo experiencia en la materia, y aquello debía ser la obra de un experto.
En el caso del Círculo Militar, me hice cargo de una organización eficiente, compuesta por caballeros que trabajaban con el mayor desinterés. En este caso, se me ocurrió lo obvio, es decir que, si lograba encontrar el personal adecuado, el problema hallaría su solución. Por fortuna, ese personal apareció.
Al general [Arístides V.] Sosa de Quesada debí la redacción del decreto-ley que establecía la base orgánica del Banco. Otros abogados, entre los que recuerdo al Capitán Auditor Pedro Díaz Landa vinieron en mi ayuda, y también contadores, casi todos militares, pero algunos civiles amigos míos de otras épocas. Tanto la reglamentación como los cálculos de futuros ingresos y egresos fueron exhaustivos. Así, se establecieron las bajas posibles durante los próximos cinco y hasta diez años, teniendo en cuenta las edades y los accidentes no previstos.
La ley primitiva fue después complementada por otra, por no cumplir con todos los requisitos que el presidente deseaba.
Básicamente, la CASFA quedó organizada de la siguiente forma:
1-Para evitar malas interpretaciones futuras con el dinero, el Banco quedó bajo la supervisión del Tribunal de Cuentas de la Nación. Y cuando en abril de 1956 pasé a Oriente y fui relevado como director, tuve la satisfacción de que este propio Tribunal de Cuentas nos colocara en el primer o segundo lugar entre los organismos del gobierno mejor organizados.139
2-El Presidente de la CASFA fue, nominalmente, un civil. Mi cargo fue de vicepresidente.
3-Resultaron beneficiados todos los miembros del Ejército, la Marina y la Policía. Cuando entregué la CASFA, había alrededor de dos millones de pesos en dos bancos de la capital. También, las dos casas que albergaban las oficinas y demás dependencias, dos automóviles casi nuevos, muebles de primer orden, y varios miles de pesos en maquinarias electrónicas modernas. Me sucedió en la Dirección el General [Luis] Robaina [Piedra], a quien le entregué el organismo en pleno funcionamiento en 1956.
Cuando entregué el banco había alrededor de $2 millones en depósitos en dos bancos de la capital, además de las dos casas que albergaban las oficinas del banco, 2 automóviles casi nuevos, varios miles de dólares en maquinarias electrónicas de todos los tipos modernos y gran cantidad de muebles de primer orden. También estaba funcionando el servicio de préstamo, lo que le correspondía a cada militar.
EL CASO DEL CUARTEL MONCADA
He aquí algo bien conocido, que tantas consecuencias ha tenido en los destinos de América, y quién sabe si hasta del mundo. Todo comenzó el domingo 26 de julio de 1953, cuando un antiguo agitador universitario, llamado Fidel Castro Ruz, atacó la jefatura del Regimiento Nº 1 en Santiago de Cuba, provincia de Oriente. Para ello, concentró poco más de cien hombres en una finca cercana a la ciudad. Los componentes de este grupo procedían casi todos de las provincias occidentales. Fueron llegando a Oriente por grupos, mezclados con el público que afluía a Santiago para celebrar el carnaval. De la finca partieron en varios automóviles, vestidos de soldados, y con un armamento muy heterogéneo.
Al llegar a la Posta, mataron al centinela.140 Pero aún moribundo, tuvo éste tiempo de hacer sonar la alarma. Raúl, el medio hermano141 de Fidel Castro, se situó junto a la puerta y dirigió la entrada al campamento, mientras Fidel Castro verificó que los que venían en los vehículos posteriores se apearan y corrieran hacia la puerta. Después, cuando todos pasaron al interior del campamento, los dos hermanos huyeron y se pusieron bajo la protección del obispo de Santiago, Monseñor [Enrique] Pérez Serantes.142
El Cuartel Moncada se componía de varios cuerpos de edificio estrechos en su frente y de unos treinta metros de profundidad. Estos edificios, de dos pisos cada uno, daban por su frente a un amplio Polígono de maniobras. En la planta alta, se comunicaban entre sí por un pasillo que corría a todo lo largo de ellos. Allí estaban los dormitorios de los soldados. En su planta baja se hallaban las dependencias, tales como el cuartel-maestre, oficinas y talleres. Al rebasar la portada que daba acceso al campamento, los asaltantes encontraron el primer edificio. Algunos trataron de forzar la entrada al piso bajo, seguramente buscando armas. Otros subieron la escalera al pasillo del piso alto, y entraron al dormitorio. Había en él pocos soldados durmiendo, porque la mayoría se hallaba franca de servicio o en el Cuerpo de Guardia, pero a los que encontraron los mataron cuando trataban de levantarse. Después, por las ventanas, dispararon hacia el dormitorio vecino, abatiendo a varios hombres que, en paños menores, corrían hacia los armeros a tomar los fusiles.
Pero hasta aquí llegó su suerte. El coronel Ardant du Picq,143 en sus Estudios sobre el Combate establece que el soldado, cuando comienza a disparar, deja de avanzar. Una vez al abrigo en el dormitorio los asaltantes, faltos de dirección, se detuvieron. La guardia, al reaccionar, dominó primero con su fuego a todos los que se mostraban por el frente del edificio. Después, una ametralladora calibre .30 cubrió a la guardia y a los miembros de la guarnición que avanzaron por la calle o, en la planta alta, a lo largo del pasillo. Muchos asaltantes se habían apelotonado en la barbería del frente del dormitorio, y fueron todos muertos. Los demás fueron enfilados por la fusilería a todo lo largo del cuartel. Otros cayeron cuando trataban de huir por la parte posterior del edificio. Los que pudieron escapar, fueron capturados en su mayoría en los días subsiguientes en diversos lugares de Santiago. En cuanto a los hermanos Castro, Monseñor Pérez Serantes los presentó, después de obtener del Presidente garantía para sus vidas.144
He aquí el primero de los grandes errores de Batista. Dejar vivos, y después amnistiar a los principales responsables de aquel ataque donde perecieron 20 soldados.145
Moncada fue el hecho que dio a conocer a Castro, y la base de su posterior renombre. ¿Y qué decir del agravio a los familiares de tantos soldados caídos? ¿Y cómo juzgarían los demás soldados la impunidad otorgada a los asesinos de sus camaradas?
Esa misma noche recibí órdenes del Presidente para volar al día siguiente a Santiago de Cuba. Mi misión consistiría en imponer la medalla de servicios distinguidos, con carácter póstumo, a nuestros compañeros asesinados. También, y en representación del Presidente, presidiría el sepelio.
El coronel [Alberto] del Río Chaviano,146 jefe del Regimiento Nº 1, me condujo en una inspección por el Moncada. Los cadáveres habían sido ya levantados, y lavada la sangre. El dormitorio se veía de nuevo ordenado, pero toda la fachada de la compañía, así como el barandal de hierro del pasillo aparecían acribillados por los impactos de la ametralladora.
Después del sepelio, el coronel me llevó hasta la finca situada sobre el camino del Morro,147 lugar desde donde había partido el ataque. Unos diez hombres habían quedado allí por distintos motivos y, al llegar el Ejército, hicieron resistencia. Sus cuerpos sin vida yacían por todas partes. Uno de ellos se parecía a Castro, y del Río Chaviano, por un momento, creyó que se trataba de él. En realidad, Castro no se expuso nunca, ni allí ni en la Sierra. Cuando el ruso Bashirov envió a Castro a Bogotá,148 allá por 1948, para cooperar en el famoso Bogotazo, hizo algo similar. Es decir, tan pronto se produjeron los desórdenes en la capital de Colombia y vino la reacción policíaca, Castro corrió a refugiarse en la Embajada de Cuba. El entonces embajador tuvo la debilidad de admitirlo como asilado político.149
1953 Y 1954
Estos dos años fueron para mí relativamente tranquilos. Aparte de mis trabajos de rutina como Inspector General, como presidente del Círculo Militar, más la organización de la CAFSA, sólo tres misiones extraordinarias, dos de ellas con fuero diplomático, marcaron el período.
En 1953 volé a México, concurriendo como Embajador Extraordinario a las festividades de la Independencia. El entonces presidente, señor [Adolfo] Ruiz Cortines, se mostró sumamente amable conmigo. Ya México me era familiar, pues, como se recordará, en 1938 había acudido allí el equipo hípico. Todavía en 1953 no existían aún los inconvenientes que hoy afligen a la capital: me refiero a la superpoblación y a la polución del aire producido por las industrias. En aquellos tiempos, la Ciudad de México se mostraba en todo su esplendor, y más parecía una metrópoli europea.

Como es natural, menudearon los saraos, los banquetes y las recepciones, pero yo estaba especialmente interesado en la cuestión militar y, en verdad, en ese aspecto no me sentí decepcionado. La parada del 16 de septiembre resultó impresionante: jamás he visto mayor marcialidad que la del soldado mexicano. Yo, que he visto desfilar a la Guardia Real inglesa, me atrevo a afirmar que el Colegio Militar de México nada tiene que envidiarle. En su orden cerrado, la influencia francesa aflora a cada paso. Esto puede apreciarse, sobre todo, en las músicas regimentales. En la primera fila de sus bandas, los franceses colocan únicamente tambores, y cornetas de infantería en la segunda. Este agregado, llamado la clique, se mantiene activo casi todo el tiempo, produciendo un fondo de notas vibrantes en las marchas que ejecuta el resto de la banda. También, cuando la música principal cesa, el trueno de oro de los clarines y el continuo batir de los redoblantes pasa a un primer plano. Esto se conoce como la reprise des clairons. En México esta tradición se mantiene al pie de la letra actualmente.


Pero no en balde los Estados Unidos son la superpotencia hacia quien todos miran. Cuando en 1938 vi por primera vez tropas mexicanas, los soldados parecían estampas llegadas de Ultramar. Los cascos de acero y el vuelo del capote recogido eran la imagen exacta del poilu francés. Los hombres de a caballo podían haber sido dragones del II Imperio. Para 1953, sin embargo, imperaba ya el caqui y el yelmo “made in USA”. En cuanto a armamento, se hallaba por aquellos días en plena evolución, aunque la infantería portaba todavía el mosquetón sistema Mauser, y la policía el fusil Mondragón de 7 mm. Hoy en día, todo ese perfil ha cambiado.
En 1954, nueva invitación, esta vez a Venezuela. Por aquella época, el presidente era el general [Marcos] Pérez Jiménez, y el boom petrolero auguraba un bellísimo futuro para el país. La hospitalidad venezolana fue regia. Tan pronto expresaba yo un deseo, una pléyade de ayudantes y funcionarios se apresuraba a satisfacerlo. Guardé siempre un bello recuerdo de aquella visita. Se me perdonará, sin embargo, lo que voy a exponer, y es que nuestros hermanos venezolanos no parecían tener noción del tiempo. Acostumbrado al rígido protocolo y a la puntualidad de nuestro ceremonial, la despreocupación por la hora en que comenzaba o terminaba un acto me chocó un tanto. Una revista militar en La Habana, por ejemplo, rompía a la hora exacta y no llegaba a dos horas de duración. Las unidades rebasaban la tribuna sin interrupción, con sólo doce pasos de distancia entre la cola de una columna y la cabeza de la siguiente. En Caracas, por el contrario, los desfiles abrían con enorme retraso, y transcurrían a veces hasta cinco minutos entre el paso de un regimiento y el siguiente. Pasaban así horas y horas sin que se viera el final. La escuela de infantería, como la de casi todas las naciones iberoamericanas, era alemana. Las tropas pasaban a paso de ganso, in der regiments kolonel con excelente ritmo. Lo mismo puede decirse de los colegios públicos y privados. Su gemacht se veía realzado por la gracia con que las adolescentes caraqueñas acompasaban los rígidos movimientos prusianos.
Sobre el armamento, me pareció modernísimo, casi todo de origen europeo, aunque me pareció que su adquisición se hizo sin tomar en cuenta las necesidades del país. Pasaron, por ejemplo, enormes cañones de sitio, descartados ya por las grandes potencias. ¿Qué utilidad podrían tener en Venezuela en la guerra moderna, donde el armamento ligero es la excelencia?
No puedo evitar, por otra parte, en establecer un paralelo entre este país y México, porque en el ejército azteca, bajo la apariencia brillante, la política ha hecho estragos. Los amigos del Presidente eran recompensados con el grado de general de división (un oficial mexicano me informó que en aquel momento había alrededor de 800 generales en la nómina) y el grado de preparación de las tropas dejaba mucho que desear. El capitán Cueto, graduado de la Escuela Superior de Guerra de México, redactó a su regreso un informe confidencial que tuve oportunidad de leer. Como consecuencia, me entrevisté con él antes del viaje. Señalaba Cueto la gran infiltración comunista en esta escuela, a través de profesores civiles que en ella enseñaban. Posteriormente Cueto, quien llegó a teniente coronel, fue fusilado por Fidel Castro. En Venezuela, por el contrario, la capacitación de oficiales y soldados se llevaba adelante a ritmo febril, y el escalafón se observaba celosamente. Ambas misiones me resultaron sumamente gratas. Todo fue halagos, sin notas discordantes, y sin otra responsabilidad por nuestra parte que causar una buena impresión que redundara en beneficio de Cuba.
A mi regreso, me esperaba otra tarea de índole muy diferente. Los Estados Unidos habían invitado al general Tabernilla a un recorrido por 21 fuertes e instalaciones militares. Su estado de salud impidió al general aceptar, y la Cancillería norteamericana reiteró la invitación, con el ruego de que se enviara a otro jefe. El presidente Batista pensó en mí, y quedé designado para el viaje. El general Tabernilla nombró a los dos oficiales que me acompañarían: teniente coronel Catasús,150 de la Fuerza Aérea, y el teniente coronel [Manuel] Varela Castro, del Regimiento Mecanizado. El coronel Barquín, por aquella época Agregado Militar de Cuba en Washington, pidió autorización para agregarse al grupo. Al consultárseme, respondí que no tenía inconveniente.
Un avión de la Fuerza Aérea de Cuba nos llevó a Washington D.C., donde se nos recibió con todos los honores. Allí hizo su presentación el que sería mi ayudante durante mi estancia en los Estados Unidos, un coronel alto, pelirrojo, de apellido [J. E.] Treadway. Poco después, este coronel pasó a ser Agregado Militar de los Estados Unidos en Cuba, cargo que desempeñó hasta 1958.
Nos hospedamos en el Hotel Mayflower, y permanecimos en la capital casi tres días. Primero recibí la visita de un funcionario del Departamento de Estado y, a continuación, un almuerzo en Fort McNair, en la misma capital. A este almuerzo asistió gran número de oficiales y algunos funcionarios civiles. Nuestro embajador, Dr. Campa,151 se hallaba entre ellos, así como el Dr. Andrés Vargas Gómez.152 Pero ahora tengo una duda. Habiendo perdido mi archivo en Cuba, tengo generalmente que confiar en mi memoria. Por ejemplo, un mayor general de los Estados Unidos presidió el acto, y sé que era el comandante de Fort McNair, pero su nombre se me escapa.153 Tampoco estoy seguro de que fuese el Dr. Vargas Gómez o el Primer Secretario de la Embajada, Dr. Averhoff.154 De cualquier modo, derivé una gran satisfacción de ver a mis compatriotas, y de la gran cortesía desplegada por nuestro anfitrión.
Una visita al Pentágono era cosa obligada, pero lo que me tomó de sorpresa fue saber que la agenda se había modificado, para una visita de seis minutos al Jefe de Estado Mayor Conjunto, general Matthew Ridgway,155 y es que este general había ido a La Habana cuando la toma de posesión del presidente Prío, siendo yo su edecán en aquella ocasión. Ridgway era un héroe de la Segunda Guerra Mundial. Fue él quien sustituyó al famoso general [Douglas] MacArthur en Japón, así como en el mando de las tropas de la ONU en Corea. Su tarea había sido ingrata, pues esta fue la primera de las guerras libradas por los Estados Unidos con el propósito de no ganarlas. Esta estrategia, condenada hasta en los manuales militares más elementales, ha sido seguida religiosamente por el gran país del norte desde entonces, y condujo en línea recta al desastre de Vietnam. La protesta de MacArthur ante la decisión de Truman de mantenerse a la defensiva mientras los comunistas chinos vapuleaban a los soldados de los Estados Unidos motivó su relevo. Su sustituto, como ya dije, fue Ridgway. Este general mantuvo con dignidad el pabellón de su patria hasta el fin de la contienda. Si mal no recuerdo, su esposa era filipina.156 Bella y frágil como casi todas sus compatriotas, hablaba un magnífico castellano. En aquella ocasión, el general me dijo que había aprendido mucho con ella. Recuerdo que, durante su estancia en La Habana, Ridgway trataba de hablar siempre en español.
En el Pentágono, al llegar a presencia del jefe del Estado Mayor Conjunto, éste me estrechó la mano calurosamente, exclamando: ¿Creíste que te había olvidado? Me entregó a continuación una cigarrera de plata, con mi nombre grabado. Yo, por mi parte, le ofrecí una caja de tabacos habanos, de parte de nuestro presidente. En realidad, el presidente Batista me había dado sólo dos cajas, con destino al Secretario de Defensa y al Secretario Adjunto para el Ejército. Eran de cedro, preciosas, y a mí se me ocurrió adquirir tres más, para casos imprevistos. Fue una de estas la que le entregué a Ridgway. La entrevista fue cordial y llena de reminiscencias de su estadía en La Habana.
Antes de partir en nuestro recorrido, que comprendería 21 fuertes e instalaciones militares, debí comparecer ante la Junta Interamericana de Defensa. Este organismo es parte de la OEA, y tan inoperante como ésta. Sin embargo, han pasado por ella oficiales muy distinguidos, y fue para mí un honor visitar su sede.
El día antes del acto, el coronel Barquín vino a mi cuarto en el hotel. Yo debía pronunciar un discurso en ocasión de mi comparecencia. El discurso había sido preparado en La Habana, y ahora Barquín trajo varias notas que modificarían su texto. Al leerlos, encontré que los cambios propuestos no eran nada favorables al presidente Batista. Eran incluso verdaderos ataques a nuestro gobierno. No me gustó nada y se lo hice saber. Creo haberle dicho incluso que, si estaba descontento con nuestro régimen, por qué no renunciaba. A mi regreso di cuenta de lo sucedido al general Tabernilla. En aquella ocasión, el general no me contestó nada, y no sé de qué se emprendiera acción alguna contra el coronel hasta el año siguiente, en que tuvo lugar su arresto por otros motivos.
El Ejército de los Estados Unidos puso a nuestra disposición un avión Convair. Preparado para viajes largos, tenía camarotes con todas las comodidades, que nos permitían descansar durante el vuelo. De este modo, llegábamos frescos a la próxima etapa.
Volamos rumbo sur primero, oeste después, norte y por fin hacia el este, de nuevo hacia la capital. El recorrido cubrió veinte estados, y visitamos instalaciones tan importantes como Fort Benning [Georgia], Fort Bragg [North Carolina], Fort Knox [Kentucky] y, por último, Fort Belvoir [Virginia]. También hubo otros no menos notables. Por ejemplo, Fort Jackson [South Carolina], el primero, era el Centro de Inducción de Reclutas. Pudimos allí ver como los nuevos soldados eran clasificados, examinados, vacunados, vestidos y, por fin, puestos a punto para la instrucción. Existía entonces el servicio militar obligatorio, y la inyección de sangre joven era continua. Para no cansar, tocaré sólo algunos aspectos: pude ver, entre otras cosas, el cañón atómico, pieza de gran calibre capaz de lanzar proyectiles nucleares a muchos kilómetros. Presencié las pruebas a que se estaba sometiendo al nuevo fusil M-14, destinado a sustituir al Garand. Por cierto, que el reinado del M-14 fue de corta duración. Lo desplazó el M-15, que pronto dejó su lugar al M-16.
En suma, ¡qué demostración de poderío! ¡y qué maravilla de organización! Volví a Cuba convencido de la invencibilidad de los Estados Unidos. Si esa era la impresión que querían darme, lo lograron a plenitud.
Algo muy halagador para mí resultó el acto final en que, ya de regreso en Washington, se me condecoró con la medalla de “Honor al Mérito”.157 Supongo que esta condecoración no tenía nada de extraordinario y se otorgaba a muchos visitantes. Pero sí lo fue para mí el que, al enumerar las razones por las que se me concedía, una de ellas resultó ser la “eficiencia y honradez” demostrada en la organización de la CAFSA. En realidad, la eficiencia había sido la obra de muchos, y la honradez no venía al caso, pero me quedó rondando la duda de por qué mencionaron el hecho.
Naturalmente, al regresar a Cuba redactamos un informe con nuestras impresiones.158 Me parece recordar que, entre las consideraciones, estaba la de lo anticuado de nuestro armamento en comparación con el de los Estados Unidos. ¡Ya ellos estaban sustituyendo al Garand, y nosotros seguíamos con el antiguo Springfield!
Estoy exagerando. En realidad, yo llevaba instrucciones directas del presidente Batista en ese sentido. Existía el antecedente de un ofrecimiento hecho por el gobierno norteamericano en tiempos del general [Ruperto] Cabrera. Según este, nuestras Fuerzas Armadas, recibirían sobrantes de guerra de nuestros vecinos del norte a un precio irrisorio (un dólar por fusil, por ejemplo). La Marina y la Fuerza Aérea se apresuraron a aceptar, pero el entonces Ayudante General del Ejército, Soca Llanes, declinó el ofrecimiento. No vamos a analizar ahora las causas que tuvo para ello; lo cierto es que el Ejército siguió como antes. Misión mía fue sacar a flote la antigua oferta. En ocasión de mi visita al Pentágono, me entrevisté con el Ayudante General, el general [Paul Donal] Harkins. Me expresó éste que no dependía de él decidir sobre ese asunto, pero que lo comunicaría al Departamento de Estado. Cinco días después, hallándome yo en Fort Bragg, me llegó el cable de haberse logrado el asentimiento de dicho Departamento, y de que tres oficiales generales saldrían de inmediato hacia Cuba para estudiar nuestras necesidades. Fue así que se creó el Batallón Ligero, con fusiles Garand y el armamento de apoyo correspondiente.
EL CASO BARQUIN
En 1956, nuestro Agregado Militar en los Estados Unidos, coronel Ramón Barquín López, fue arrestado por conspiración. Se aprovechó para ello de uno de los viajes que, por razones de su cargo, hacía periódicamente a La Habana. Sus agentes inmediatos fueron el teniente coronel [Manuel] Varela Castro (quien el año anterior me había acompañado al recorrido por las bases norteamericanas), el comandante [Enrique] Borbonet [Gómez], el capitán Gabino [Rodríguez] Villaverde, y el segundo teniente José Fernández Álvarez. Los conspiradores fueron reclutados, exclusivamente, entre los oficiales de academia. El objetivo, por ellos declarado durante el juicio, era devolver a Cuba al ritmo constitucional mediante la deposición del Presidente y la posterior convocatoria a elecciones.
¿Qué posibilidades tuvo de triunfar? A nuestro juicio, muy pocas. Barquín, oficial de Estado Mayor, y fuera de Cuba durante años, era un desconocido para los soldados que, por otra parte, seguían ciegamente a Batista. Que muchos oficiales de academia se sintieran agraviados por el gobierno nacido el 10 de marzo era lógico. Nuestro presidente realizaba los ascensos ad libitum,159 sin preocuparse en lo más mínimo del escalafón. Recordemos que ese fue el motivo principal de las conspiraciones anteriores a 1933, pero pensar, como pensó Barquín, que con sólo un grupo de oficiales iba a imponer su voluntad a una tropa fanática de El Indio era, como cantó el poeta, la “libélula vaga de una vaga ilusión”. Además, la conspiración no fue tan secreta que no transpirara, y el Servicio de Inteligencia Militar conocía de ella más de lo que se ha admitido. Batista jugó con el coronel Barquín como el gato con el ratón, aunque después, en el consejo de guerra, observó la misma clemencia que con Fidel Castro. He llegado a la conclusión de que, habiendo conspirado tanto en su vida, el presidente Batista se sentía obligado, como una cuestión de ética, a ser benévolo con los que practicaran el mismo oficio.
Barquín era uno de los oficiales mejor situados de nuestro Ejército, y sin duda alguna, futuro general. Por el momento, como se ha dicho, ocupaba una posición envidiable, aunque poco remunerada si se compara con otros jefes de este período. Quizás este fue uno de los factores de su descontento. Quizás conversaciones informales con algún funcionario norteamericano lo llevaron a pensar que contaba con el apoyo de los Estados Unidos para un golpe que él consideraba factible. También es posible que sus contactos con el coronel Varela durante nuestro recorrido de dos semanas por los Estados Unidos lo indujeran a una apreciación errónea de sus posibilidades. El día 1º de enero de 1959 tuvo Barquín su verdadera oportunidad. Ido Batista, fracasado el general [Eulogio] Cantillo en su gestión de formar gobierno, Barquín fue liberado de su encierro y se hizo cargo del mando. De su decisión dependió que las Fuerzas Armadas en pleno, sumadas a los Auténticos y a los estudiantes, se enfrentaran decididamente a los comunistas, impidiéndoles llegar al poder. Lejos de eso, el coronel Barquín empleó su tiempo en pequeñas venganzas personales, en hacer arrestar al Servicio de Inteligencia Militar en pleno, así como a toda la oficialidad superior. Al día siguiente, envió a Castro la noticia de que podía avanzar, que tenía el camino expedito. Por orden suya, el teniente coronel Varela entregó La Cabaña al Che Guevara, y el comandante Borbonet abrió las puertas de Columbia a Camilo Cienfuegos. Después de Waterloo, el mariscal [Étienne Jacques] MacDonald asumió, por orden de Luis XVIII, el mando del Ejército Francés. MacDonald llamó a toda la oficialidad comprometida con Napoleón y le dijo: -Pasen al extranjero o escóndanse, porque pronto vendrán los oficiales reales y yo no podré hacer nada por ustedes.
El coronel Barquín, por el contrario, entregó a cientos de hombres de los cuerpos de seguridad a los rebeldes, entre ellos al teniente [José] Castaño [Quevedo]160 y al comandante [Jesús] Sosa Blanco. Castro envió a Barquín a descansar en su domicilio y, con posterioridad, se lo quitó de encima nombrándolo Embajador Ex-oficio en Europa Occidental, cargo que ocupó durante varios meses.
El teniente coronel Varela, graduado de la promoción 1944-1947, era segundo teniente el 10 de marzo. Este golpe, en que él tomó parte, lo llevó al grado superior que ostentaba. ¿Por qué conspiró? Porque, como dicen los franceses, el apetito viene comiendo. Ya vimos en las páginas anteriores un caso similar que, desgraciadamente, me tocó a mí denunciar.
El comandante Borbonet lo debía todo a Batista. Su padre, el coronel del mismo nombre y amigo personal del presidente, se hallaba retirado el 10 de marzo. Siendo ya un anciano, se le llamó de todos modos a servicio, recibiendo además una residencia en Columbia para que viviera tranquilamente sus últimos días, y todo esto sin obligaciones de ninguna clase. Con el apoyo de Batista, su hijo ingresó a la Escuela de Cadetes en 1942 para un curso de dos años. El 10 de marzo dio Batista una prueba más de amistad, ascendiéndolo a comandante y nombrándolo alcalde de Cienfuegos. Con posterioridad, lo complació en su deseo de crear una compañía de paracaidistas, enviándolo a Fort Benning para su entrenamiento. Evidentemente, el coronel Borbonet era ajeno a la gratitud. Condenado en el mismo consejo de guerra que Barquín, junto a éste quedó en libertad el día 1º de enero. Por orden de su jefe tuvo a su cargo la misión de encerrar en los calabozos de Columbia a los centenares de oficiales y soldados ya mencionados. Llegada la columna de Camilo Cienfuegos, entregó el campamento y a estos hombres a los comunistas. Con posterioridad, Borbonet se adhirió al régimen marxista y continuó en Cuba hasta su muerte, ocurrida en años recientes.161
Un caso que me atreveré a calificar de patético es el del teniente José Fernández Álvarez.162 Magnífico organizador, magnífico ejecutivo, número uno de su promoción (1945-47), número uno en la Escuela de Artillería. Graduado con altas calificaciones de la Escuela de Artillería de Fort Sill. Eficiente y dedicado como oficial . . . Sin embargo, nunca pasó de segundo teniente. ¿Por qué? Yo diría que por circunstancias de carácter. Según algunos de sus antiguos camaradas, con quienes he hablado, Fernández resultaba sumamente desagradable en su trato, tanto con sus iguales como con sus superiores y subalternos. Y en Cuba no existe delito mayor que ser pesao. Ningún jefe lo quería en su unidad y, por tanto, jamás le tomó nadie en consideración para un ascenso. El 10 de marzo lo privó de ascender por antigüedad o por oposición. De ahí su proclividad a la conspiración: era su única salida. Su prisión en Isla de Pinos lo llevó a conocer a otros reclusos comunistas, a quienes impresionó por su capacidad. Al caer Batista, estos comunistas lo recomendaron a Raúl Castro, y ese fue su gran momento. Hoy es miembro del Comité Central del Partido y figura principal en el régimen de Castro. El teniente Fernández es un exponente de tantos otros involucrados en la conspiración Barquín. De saber apreciar mejor nosotros sus condiciones, hubiera sido tal vez el peor flagelo de nuestros enemigos.
En su libro El Príncipe, Maquiavelo establece que toda conspiración, por fallida que sea, hace daño a los gobernantes. Barquín nos lo hizo, y mucho. Todos los complotados eran cadetes graduados, no sólo de Cuba, sino también de prestigiosas academias extranjeras. Con ellos perdimos sus conocimientos y su experiencia. Por otra parte, aunque se juzgó o se dio de baja a unos sesenta oficiales, en número de implicados fue considerablemente mayor, y muchos de ellos se vieron envueltos en posteriores intentos, porque la lenidad de las sanciones alentó a otros a hacer lo mismo. Bien puede decirse que, hasta 1959, hubo siempre algún tipo de conspiración.

CAPÍTULO VII
LA CIA Y EL BRAC
Un día del último trimestre del año 1955, fui invitado a un almuerzo al Palacio Presidencial por el Presidente Fulgencio Batista. No tenía esto nada de extraordinario, pues el Presidente gustaba de sentar a su mesa a los generales, en unión de los ministros del gobierno y otras personalidades. Yo me sentía pequeño entre aquellos hombres de tanto poder, pero como eran todos conocidos y mediaba alguna amistad entre nosotros, también me sentía cómodo y honrado a la vez, por estar compartiendo con las principales personalidades del gobierno de aquel instante. También sabía que alguno de los allí presentes preferían verme vestido de civil o no verme por aquellos lares. La situación de la República ya estaba difícil. Hasta yo que era el menos importante en el grupo, sentía grandes inquietudes por conocer de tantas cosas que estaban ya ocurriendo en todo el país. Al decir lo anterior, no me refiero solo a lo que se iba a tratar allí, sino en general.
Al tomar asiento, el Primer Mandatario no ocupaba la cabecera, sino el centro. A partir de él, a derecha e izquierda, se colocaba a los comensales de menor a mayor importancia, y así todo alrededor, por manera que los de mayor categoría venían a quedarle al frente. Se daba el caso de que, por algún motivo, el de menor importancia venía a ser un funcionario de tercera categoría, invitado por alguna razón específica y, como ya he dicho, venía a quedar junto al Presidente. Para estas personas Batista empleaba un gran tacto, no exento de buen humor. Les decía al oído, por ejemplo: -¿Le gustó la langosta? ¿Por qué no la repite? El chef que tenemos es tremendo borracho, pero cocina muy bien.
Volviendo al hilo de la narración, repetiré que aquella invitación no tenía nada de extraordinario, pero lo que sí me llamó la atención fue la cantidad y la calidad de los invitados. Recuerdo, entre otros, al Primer Ministro, Dr. [Jorge] García Montes,163 al Ministro de la Presidencia, Dr. [Andrés] Morales del Castillo, al Ministro de Estado, Dr. Carlos Saladrigas,164 y al Ministro de Gobernación, Dr. Santiago Rey Perna.165 Militares, el general Tabernilla, el brigadier [Rafael] Salas Cañizares, jefe de la Policía de la Habana, y yo entonces Inspector General del Ejército, Presidente fundador del Banco de Préstamos y Seguros de las Fuerzas Armadas, Presidente del Círculo Militar y Naval (en construcción), Presidente de la Federación de Polo de Cuba, y Presidente de la Federación Ecuestre de Cuba.
Como siempre ocurre en estos casos, la conversación recayó sobre temas intrascendentes, pero según fueron sirviéndose los diferentes platos, ésta fue centrándose sobre la necesidad de hacer frente de un modo efectivo a la actividad comunista. Según nos informó el Señor Presidente, el gobierno de los Estados Unidos nos había pedido la creación de un “Bureau Represivo de Actividades Comunistas”. Sería éste un organismo autónomo, y su misión consistiría en el fichado y clasificación de los comunistas de Cuba. Interesaba al State Deparment que el presidente del BRAC fuese un general del Ejército. La razón del almuerzo era tratar sobre cuál de nosotros era el más idóneo para el cargo.
Comenzó la enumeración: El general Tal: ¡Imposible! Es indispensable donde se encuentra ahora. El general Cual: ¡Ni pensarlo! Su carácter no se aviene con ese tipo de trabajo. Y así sucesivamente hasta mencionarlos a todos, menos a mí. Y se me ocurrió exclamar: -¡Señores, por favor! No han dejado ustedes títere con cabeza. ¡Al único que no han nombrado es a mí!
-¡Pues tú mismo eres, chico! ¡Tú eres el hombre! -dijo alborozado el Presidente, señalándome con el dedo- ¡Ni una palabra más! ¡Estás nombrado!
Los allí presentes aplaudieron, acompañando sus aplausos con un “¡Bravo!”. Al salir, el Dr. Saladrigas me llamó aparte y, sonriendo, me dijo en voz baja: -General, el presidente le ha tomado a usted el pelo. Desde el principio sabíamos que era usted el candidato. Para su satisfacción, déjeme decirle que fue el State Department quien, extraoficialmente, lo sugirió a usted. Parece que tiene muy buenos amigos por allá.
Esas palabras siempre me han quedado presentes. Jamás supe a qué hecho atribuir la deferencia del gobierno de los Estados Unidos para conmigo. Y no fue la última vez, como más adelante veremos. Pero, bueno, todo ha quedado en el terreno de la conjetura.
Partimos para Washington en un avión de la Fuerza Aérea, tal y como lo había hecho menos de un año antes. Me acompañaron el comandante retirado de la Policía Secreta, [Enrique] Fernández Parajón,166 y el primer teniente Castaño, posteriormente en las prisiones militares de La Cabaña, donde fue asesinado a tiros personalmente por el Che Guevara.
En el Aeropuerto de Washington nos recibió un coronel de la CIA, quien nos condujo a un hotel de la capital. Todos los días, a primera hora, pasaba a buscarnos un automóvil, que nos conducía a la sede de este servicio secreto. Se encontraba en las afueras, oculto tras macizos de vegetación. Imposible imaginarse el tamaño de la edificación, ni la variedad de oficinas y equipo que contenía. Día tras día, durante diez horas, recibíamos una instrucción intensiva, con breves recesos y algún tiempo para almorzar y comer. Así fue durante un mes, menos sábados y domingos. La instrucción, muy variada, se componía de películas, conferencias, demostraciones y clases, todo dirigido por siete instructores que se turnaban en la explicación de las diferentes materias. Estos instructores nos acompañaban aún en las horas de comida, y en la mesa continuaban haciéndonos preguntas o aclarando puntos oscuros.
El curso versó desde la historia del comunismo a partir de la Revolución Industrial, hasta la fecha actual. Estudiamos sus tácticas y el aprovechamiento de la doctrina por Rusia para extender su imperio. Se nos trató sobre el comunismo en Cuba, con un estudio psicológico de sus dirigentes, de sus fines inmediatos. Día tras día se desarrollaba ante nuestros ojos la diabólica conspiración a nivel mundial, a fin de derribar las instituciones de Occidente y adueñarse del poder en nuestros países. Me llamó mucho la atención la parte dedicada a los “tontos útiles”, como suele llamárseles hoy en día, o “compañeros de viaje”, como los llaman los propios comunistas. Son estas personas que no son comunistas y ni siquiera simpatizan con el comunismo, pero que por una razón u otra les hacen el juego.
Yo había leído algo sobre la materia, pero aquel mes de estudio en la capital de los Estados Unidos resultó una verdadera revolución. Para mí fue el acceso a un mundo nuevo. Muchas de las cosas que sucedían en Cuba y que con anterioridad me pasaban inadvertidas, las contemplé a partir de entonces con una claridad meridiana. Lo que no acierto a explicarme es como, con un conocimiento tan completo del complejo mundial y, más aún, de las intenciones de Rusia sobre Cuba, permitió la CIA que el famoso cuarto piso del State Department167 apoyara a Castro y facilitara su llegada al poder. Y sobre todo, que se abandonara a Cuba a su suerte, como con posterioridad se hizo.168
Antes de pasar al tema de la graduación, quisiera mencionar las atenciones que nuestra Embajada en Washington tuvo con nosotros. Falleció ya nuestro embajador de entonces, Dr. Álvarez de la Campa. De los demás funcionarios, a pocos he vuelto a ver en el exilio. ¡Pero qué vívidas han quedado en mí las impresiones de aquellas cuatro semanas! Los domingos, tras seis días de constante aplicación, la Embajada nos abría sus puertas. Disfrutábamos allí de magnífico yantar, de la culta conversación de sus moradores, así como de la inspiradora presencia de sus esposas e hijos. Aunque ya han transcurrido casi treinta años, vaya para todos ellos mi gratitud.
Al graduarnos, nos recibió el director de la CIA, Mr. Allen Dulles. He de admitir que la entrevista fue la digna culminación de nuestros estudios. Va para dos años que leí en el Miami Herald un reportaje sobre este personaje. Si la memoria no me es infiel, el señor Dulles habría declarado ante una comisión en el Senado ignorar que el movimiento de Castro fuese comunista. Ignoro qué motivos tendría para formular esta declaración, pero de ser cierta la noticia, el señor Dulles se rió en las mismas barbas del augusto congreso. Puedo afirmar que, por aquellos días, la atención de la CIA sobre los acontecimientos de Cuba era intensa, y su conocimiento de nuestra situación, minucioso.
Nuestra entrevista con el director de la Agencia Central de Inteligencia duró unos 20 minutos. Tras preguntarnos si nos había agradado el curso, y si nos sentíamos satisfechos, entró de inmediato en materia. Su proyecto, que los cubanos llamamos luego “Buró para la Represión de Actividades Comunistas” (BRAC) era de una amplitud mucho mayor de lo que al principio creí intuir. Consistiría en investigar a fondo, y en fichar, tanto a los comunistas como a los que mostraran ideas izquierdizantes. Nuestra cooperación les era imprescindible para lograr un control absoluto sobre los miembros del partido, así como de la penetración de su aparato en Cuba. A continuación, el señor Dulles nos expuso que nuestro país, por su posición geográfica, era el objetivo número uno del comunismo en América, y que los Estados Unidos no podían permitir que Cuba cayese en manos moscovitas. Me encargó que transmitiese al gobierno de La Habana que ellos suministrarían los fondos que fueran necesarios para que el BRAC se convirtiese en un organismo efectivo. Añadió que seríamos una institución piloto y que, de tener éxito, muchos otros países de la América Española no tardarían en establecer otros BRAC, usando el de Cuba como modelo.
Regresé a La Habana maravillado de cuanto viera y oyera. También, mi vanidad creció de punto. Escogerme a mí para esa tarea era un espaldarazo, tanto de mi Presidente como de los Estados Unidos. Me sentí el personaje central de una organización callada, pero no por eso menos poderosa, que contribuiría a proteger a Cuba y a Occidente de doctrinas exóticas.
Mecido por esos sueños regresé a La Habana, y de inmediato pasé a entrevistarme con el presidente Batista. Le expuse con lujo de detalles el resultado de mi misión, e hice hincapié en el peligro en que Cuba se hallaba, y en la poderosa ayuda que podíamos esperar de los Estados Unidos. Traté de convencer al presidente sobre hacer una ley o unas leyes que obligaran a los comunistas a identificarse, conocer de sus movimientos y actividades, pero el presidente no estuvo de acuerdo por creerlo innecesario. Yo era solo un subalterno. Él era el que tenía que responder a mis proposiciones. Yo hice cuanto esfuerzo pude porque estaba convencido de que ya estábamos en la mirilla del Kremlin.
Como tenía por costumbre, Batista me escuchó atentamente, sin decir palabra hasta terminar yo. No me interrumpió una sola vez, ni mostró señales de impaciencia, pero al terminar yo, tomó él la palabra, y fue para mí como un cubo de agua fría. He aquí, más o menos, el dictamen del Señor Presidente:
-Está bien lo del BRAC. Procederemos a crearlo de inmediato, pero nada de dinero norteamericano. Tú no te das cuenta de que esa dádiva resulta para nosotros una indignidad. El BRAC funcionará con fondos cubanos, y haremos lo que podamos.169
Aquello significaba una completa frustración. El futuro gigante moría en la cuna. Librados a nuestros propios medios, poco podíamos hacer. ¡Nuestro Presidente subestimaba a los comunistas! Fue esa una conclusión a la que llegué, sobre todo, teniendo aún fresco el adoctrinamiento que acababa de recibir. Quizás tuviera él razón en lo inconveniente de recibir fondos extranjeros porque, al fin y al cabo, el que paga es el que manda, y las diferencias de criterio hubieran podido contribuir a rozamientos, pero así, prácticamente sin presupuesto, el BRAC se convirtió, desde sus inicios, en un cuerpo escuálido y cuasi-simbólico. Y a partir de mi relevo, ocurrido dos meses después, terminó por convertirse en un mero auxiliar del Servicio de Inteligencia Militar. El BRAC hubiera debido ser una institución autónoma, silenciosa, detectora de cualquier vestigio de comunismo, allí donde se hallare. La información recogida pasaría en su momento a los cuerpos de seguridad, que actuarían con conocimiento de causa.
Algo había que hacer. En vez de millones, dispuse de un presupuesto de $210,000 para los primeros seis meses. Aunque facultado para contratar al personal que hiciere falta, lo limitado de mis medios me forzó a acudir a elementos procedentes de los organismos que hasta ese momento yo controlaba. Es decir, la CASFA y el Círculo Militar y Naval. También, muchos militares y policías me brindaron sus servicios en sus horas libres. El Dr. Salvador Díaz Versón, anticomunista convencido y gran conocedor de la materia, nos facilitó sus archivos, increíblemente ricos, que incluían documentos de la mayor importancia. Andando el tiempo, me convencí de que este archivo era una de las cosas que más temían los comunistas del patio. En muchos casos, eran recortes de periódicos de los años 30 y principios de los 40. En ellos, Blas Roca Calderío, Lázaro Peña, Juan Marinello, etc., rivalizaban en lamer las botas del coronel Batista, a quien llamaban Mensajero de la Prosperidad y Verdadero Padre del Pueblo Cubano. Recuerdo un gran titular del periódico Hoy, donde los camaradas clamaban a coro: “¡Reclamamos para el coronel Batista los entorchados de general!”.
MI TRASLADO A ORIENTE
Conviene advertir que mis diferencias con el general Tabernilla, que en ningún momento fueron cordiales, se habían acentuado desde hacía algún tiempo. Quizás uno de los ingredientes fuera mi carácter retraído. En la ocasión a que me referiré, sin embargo, un comentario hecho por mí en la intimidad de mi oficina desencadenó el incidente. El compañero de armas ante quien hice el comentario lo repitió al general, y éste se dirigió indignado a Palacio para quejarse ante el Presidente. Batista me hizo llamar, muy apenado, y tras dar vueltas y más vueltas al asunto, me propuso el pase a Oriente por una temporada. Pienso que su intención era separarnos hasta que se enfriaran los ánimos, pero véase lo que son las cosas, yo, de ordinario tan callado, reaccioné vivamente.
Casi desesperado le dije al presidente Batista: El Ejército va hacia un precipicio sin remedio. Bote a todos los generales, empezando a mí, y a todo aquel que estorbe a la causa de Cuba. Haga un nuevo Estado Mayor y empiece de nuevo. Esa noche él tenía un Consejo de ministros. Habíamos empezado a hablar a las 7:00 PM. Era una cita para pedirme que fuera de jefe de Oriente. Del Consejo lo llamaban y él esperó hasta las 9:00 PM que no despedimos. Pero en el tiempo indicado le dije: Cuando las Fuerzas Armadas se derrumben no quedará de pie ni una institución de la República; ni Ud. Tampoco señor Presidente, apuntándole con mi índice derecho. Era un problema con el General Tabernilla Dolz, motivado por la visita del nuevo Embajador Inglés,170 que iniciaba sus labores diplomáticas en Cuba. Fue una cosa sencilla y sin importancia, pero como fui yo el que lo comentó, se formó tremendo lío. Me gané el relevo de la Inspección General, la presidencia del banco de las Fuerzas Armadas que lo había organizado y dirigido yo con un grupo de oficiales distinguidos; la dirección del BRAC; la presidencia del Círculo Militar y Naval; la presidencia de la Federación Ecuestre; la dirección de la Federación de Polo y la comodidad de estar cerca de mi familia en La Habana.
Yo sé que cuando no me gusta una cosa que trae responsabilidades y cosas graves para lo que defiendo, soy un poco majadero. Yo no pedía nada, sino que las cosas se hicieran bien. Como es lógico, no acepté al señor Presidente, con todo el respeto que imponía su alta investidura, ir a ocupar aquel magnífico puesto. Le rogué me retirara, me enfermara o lo que tuviera a bien hacer conmigo, pero dar ese gusto injusto a alguien teniendo yo la razón, no. Y no fui, ni nada pasó. Más tarde fui a Oriente, pero en otra forma. Fui porque yo creía que lo que hacía falta en Oriente era una conducta, no un amo de la provincia.
Volviendo al caso del Embajador Inglés, fue un problema de confusión con el teniente coronel [Gustavo] Cowley [Gallegos]. Yo estimé que un oficial del Ejército como él especialmente, no podía confundir una cuestión de confianza con un objeto chismosería barata. El General Tabernilla no fue ofendido, simplemente le expliqué al coronel lo que yo vi, que no lo consideré correcto, simplemente. El Coronel Cowley era para mí un hombre de toda confianza. Nunca más creí en él ni en nadie. Él fue ascendido después, como era natural cuando esa conducta tiene ambiente. Pero no dejo de comprender lo dañinos que son esa clase de gente. Que Dios lo tenga en la gloria, como otros muchos que procedieron mal ayer. Con todo eso, me satisface haberlo ayudado en dos ocasiones.
Agradecí al Presidente su intención de utilizarme donde más falta hiciera, pero que, en este caso, sabía yo cuál era la verdadera causa del traslado. Le expliqué la razón de mi comentario que, por otra parte, no hubiera debido salir de mi oficina. También le expuse lo disgustado que me sentía por una serie de circunstancias que venían sucediendo. Añadí que, si esas circunstancias no se remediaban, el Ejército se desmoronaría de pura desmoralización. Habiendo llegado a este punto, le pedí mi retiro.
Según su costumbre, Batista me escuchó sin interrumpirme. Impasible el rostro y con los ojos fijos en mí. Al terminar yo mi tirade, tomó la palabra para contestarme:
-¿Te has vuelto loco? ¿Cómo puedo yo retirarte? ¡Estás ofuscado! ¡No sabes lo que dices! Está bien. Sigue en tu puesto. Ve ahora para tu casa y refréscate, pero en adelante, procura llevarte bien con el “Viejo Pancho”.
Entre las muchas cosas que debo agradecer al presidente Batista, está lo tolerante que fue conmigo aquel día. Los propósitos que vertí, aunque expresados en tono respetuoso, no dejaban de ser demasiado duros y directos para decirlos a un presidente. Esta condescendencia no era un signo de debilidad en Batista. El presidente se sentía tan seguro de su autoridad, que podía permitirse el lujo de manejarme como lo hizo.
Por otra parte, nada temía tanto el general Tabernilla como el relevo del brigadier del Río Chaviano, y menos por mí. Este era su concuñado y su hombre de confianza. Mi presencia en Oriente cambiaría un tanto las cosas en el Regimiento 1. Es muy posible que al saber que el castigo del general Díaz Tamayo consistiría precisamente en mi traslado a Oriente, prefiriera dejar las cosas así, y se dio éste por terminado.
Continué yo organizando el BRAC, pero no por mucho tiempo. Pasados dos meses, volvió a citarme el Presidente. Esta vez me comunicó que se había hecho imperativo sacar al brigadier del Río Chaviano de Oriente, que seguía haciendo de las suyas por allá,171 y que yo, precisamente yo, tomara allí el mando, que recibiría oficialmente las órdenes a través del general Tabernilla. Así pues, cuando el general me comunicó la orden del Presidente, ya estaba yo listo para cumplirla.172
Varias veces me he preguntado qué quiso decir Batista al decirme que yo, precisamente yo, debía tomar el mando en Oriente. El Presidente era sumamente astuto. Tal vez quiso hacer patente no haber olvidado mi conducta de semanas atrás, pero me consta que, al situarme en Santiago de Cuba, trataba de conciliar una serie de circunstancias que situaban al Ejército en una luz desfavorable.173
Tomé el avión y partí para mi destino. Todo se hizo con tal premura, que ni siquiera entregué el mando del BRAC. Después me enteré de que había sido nombrado en mi lugar el coronel Aquilino Guerra [González].174 Tampoco el brigadier del Río Chaviano estaba en Santiago para recibirme. Su remoción fue súbita y tajante. Supongo que en todos los ejércitos suelen ocurrir de tarde en tarde estas cosas.
Cuando fui a Oriente con la misión de hacerme cargo de aquel mando militar, contra mí se había elaborado un atentado personal. Esta noticia me obligó a no llevar conmigo a mi familia hasta 10 días después. Solo fuimos dos ayudantes, dos choferes y dos alistados que estaban a mi servicio por motivo del momento que vivíamos. Yo siempre tengo fe en nuestro Dios. Pues nada pasó.
Tan pronto tuve el mando en manos seguras, hice venir a mi esposa, suegra e hijos. Ocuparon ellos la casa del Jefe, destinada al Jefe del Regimiento, que se hallaba situada casi fuera del recinto militar, frente a la posta opuesta a aquella por donde entraron los atacantes del 26 de julio de 1953.
Pocos días llevaba yo en mi nuevo mando, cuando al entrar en mi domicilio para almorzar, Rosaura, mi esposa, salió a mi encuentro para decirme: -Tienes un visitante.
Era un norteamericano inválido, sentado en una silla de ruedas. Tendría unos 45 años de edad, alto, de pelo rubio pajizo. Se me identificó como el Sr. [Lyman B.] Kirkpatrick,175 supervisor de la CIA para Hispanoamérica. Lo invité a almorzar y, mientras se preparaba el almuerzo, pasamos al bar. Una vez solos, me espetó: -General, queremos saber qué le ha pasado. He venido expresamente para averiguarlo.
Yo me eché a reír y le respondí -¡Ah! ¿Pero usted no lo sabe? ¡Pues yo tampoco!
No insistió. Pasamos a poco al comedor y, terminado el almuerzo, lo hice conducir al aeropuerto, para su regreso a La Habana. Nunca más supe de él.
Mi tarea en Oriente no fue tan difícil, ni fue menester realizar tampoco grandes cambios. Bastó que yo estableciera mi línea de conducta de siempre. Apenas conocidas las reglas del juego, la sociedad oriental me abrió sus puertas. En cuanto al Ejército, era la primera vez que volvía a estar al mando de tropas desde mi retiro, allá por 1951. Para mi satisfacción, hallé una Guardia Rural aún apta y que, bajo el mando adecuado, respondía con disciplina y orgullo de su uniforme. El armamento, por otra parte, muy anticuado. La caballería, desaparecida como unidad de línea, se hallaba solamente en los escuadrones, aunque, por desgracia, en número inadecuado. Me parece ahora oportuno dejar caer unas pocas palabras sobre la marcha del Ejército a partir de 1952.
En diversas páginas de este libro he hablado sobre la evolución de nuestras Fuerzas Armadas: Primero, la Guardia Rural, totalmente a caballo. Más adelante, bajo José Miguel Gómez, aparece el Ejército Permanente. Tras el 4 de septiembre, el único cambio sustancial en la organización resultó en la sustitución de los Tercios de Caballería (que eran uno por regimiento) por batallones de infantería. Sobrevivió únicamente el Tercio de Columbia. Luego, salvo la creación de algunas escuelas, tales como la Superior General de Guerra y la General de Clases, más la adquisición de tanques medianos y ligeros y dos batallones antiaéreos de 25 mm., no se advierten grandes alteraciones.
El mando superior se ejercía por un Mayor General Jefe de Estado Mayor, y el Jefe de las Fuerzas Armadas era el Presidente de la República. La Marina contaba con su propio jefe, que en los primeros tiempos fue un Capitán de Navío. Más adelante, durante la Segunda Guerra Mundial, la Marina recibió nuevas unidades, sus efectivos aumentaron y el Jefe pasó sucesivamente a ser un comodoro, un contraalmirante y, finalmente, un almirante. La Policía, incluida en las Fuerzas Armadas a partir de 1933, era comandada, por lo común, por un coronel o un general del Ejército, aunque hubo algunos jefes procedentes del propio cuerpo.
Aunque existían tres generales de brigada en los cargos respectivos de Ayudante General, Cuartel-Maestre General e Inspector General, era el primero de estos, o sea, el Ayudante General, el personaje de mayor importancia. Esto era razonable, porque siendo el Oficial Ejecutivo, el mando se ejercía a través suyo. Todos los detalles de mando y organización dependían de este jefe.
Ya vimos cómo, tras ocupar yo provisionalmente este cargo en la madrugada del 10 de marzo, fui relevado por el general [Eulogio] Cantillo. ¿Fue un acierto la designación de éste? Creo que sí. Se recordará cómo en Kuquine opiné que fuese él y no el general Tabernilla el Jefe del Estado Mayor. En su función de Ayudante General resultó eficiente, capaz y magnífico planificador, pero cuando en 1957 se le extrajo de su medio natural enviándolo a la zona de operaciones, los resultados fueron poco satisfactorios, porque la experiencia de Cantillo en el mando de tropas era casi nula. También, el don de mando nace con el individuo, no se adquiere, y este general casi carecía de él. Era hombre de buró, de cuarto de operaciones, de mapas. Muchos grandes generales han tenido esta limitación pero, conscientes de ello, ejercieron su influencia, a veces decisiva, a través de hombres muchas veces inferiores a ellos, pero que por su tipo de personalidad, arrastraban a sus tropas a esfuerzos sobrehumanos.
Otra de las limitaciones de Cantillo era su excesivo apego a la doctrina militar norteamericana. Graduado de varias escuelas de los Estados Unidos, acataba todo lo procedente de ese país como artículo de fe, al pie de la letra, y sin tener en cuenta nuestra idiosincrasia. Habiendo Norteamérica suprimido la caballería, hizo él lo propio. En lugar de caballos envió jeeps a la Guardia Rural, a razón de un jeep por puesto. Naturalmente, a los puestos y apostaderos no llegaban los jeeps. De todos modos, había que hacer los recorridos, de modo que los guardias rurales, faltos de cabalgaduras, tomaban prestados los pobres jamelgos de los campesinos. Esto rebajó el prestigio de la Guardia Rural en los hombres de campo, para quienes las famosas parejas, montadas en enormes percherones, habían llegado a constituir un mito. Otra cosa: el jeep era tan cómodo y tentador para los jefes de unidad, que muchos lo destinaban a su uso personal. Durante mi mando en Oriente pude constatar que muchas parejas, faltas de vehículo en qué moverse, reportaban como realidades recorridos que no habían hecho.
Mi estancia en la provincia oriental duró once meses. ¡Y cuántas reminiscencias me trajo! Siendo segundo teniente, allá por 1936, había venido en desgracia a este regimiento. También en aquella ocasión había estado allí durante once meses, que disfruté muchísimo, a pesar de sentir sobre mí la Espada de Damocles. Además, fue en Santiago de Cuba que, pese a mi grado, desempeñé la función de Jefe de Escuadrón. ¡Mi primer mando independiente!
No puedo decir que en 1957 todo fuese un lecho de rosas. La oposición armada al régimen del 10 de marzo comenzaba a concretarse, pero me creo con derecho a afirmar que con mi actuación, contribuí a aquietar los ánimos y a neutralizar la enemistad de muchos en favor del presidente Batista.
Un honor que me fue conferido fue la concesión de una medalla de reconocimiento por acuerdo unánime de los alcaldes de la provincia. El gobernador de Oriente, señor [Luis] Casero,176 me hizo llegar la resolución, aunque, tras dar las gracias, me sentí obligado a no aceptar sin la autorización del Presidente, autorización que nunca llegó.
A propósito del señor Casero, éste, aunque de extracción Auténtica y muy lejos de simpatizar con el gobierno, tuvo la gentileza de declarar, en el programa de televisión Ante la Prensa, que con seis jefes militares provinciales como yo, no existiría en Cuba el menor problema. Aunque estimo exagerado el elogio, mucho se lo agradecí y se lo sigo agradeciendo.
Tercer motivo de satisfacción fue el apoyo que me brindaron las clases vivas de Santiago de Cuba en ocasión de los acontecimientos del 30 de noviembre. Espontáneamente acudieron al Cuartel Moncada representantes de las diversas clases sociales, industria, comercio, banca, etc., donde tuvieron para mí palabras de encomio.
. . . Y un buen día desembarcó Fidel Castro. Mi conducta en aquellos días fue la que estimé apropiada con los medios que a mano tenía. No obstante, ha sido criticada por algunos de mis compañeros de armas.
El desembarco de Castro se efectuó en la madrugada del 2 de diciembre. El Estado Mayor conocía de esta aventura. Sabía el nombre del barco, el número de hombres a bordo, adónde se dirigía, y cómo interceptarlo. Nada se hizo y, lo que es peor, nada se me comunicó hasta las 3 de la tarde de ese día, pese a haber tomado tierra en territorio de mi jurisdicción. El Jefe de Escuadrón [12 de la Guardia Rural] de Manzanillo, capitán Caridad [B.] Fernández, en cuyo territorio el desembarco tuvo lugar, y situado en esa posición por el general Tabernilla, comunicó el hecho al Estado Mayor directamente, sin informarme a mí también. Con esto, quedé durante varias horas en la mayor ignorancia. Tampoco, ni Caridad ni su cuñado, el segundo teniente [Aquiles] Chinea,177 hicieron el menor esfuerzo por tomar contacto con los expedicionarios. ¡Qué actuación tan diferente de la del Jefe de Escuadrón de Holguín, en 1931, cuando al tener noticias del desembarco en Gibara, marchó con sus fuerzas sobre el enemigo sin esperar refuerzos ni órdenes! La actuación de Caridad Fernández quedará para que otro la juzgue. Fidel Castro le pagó el favor fusilándolo en [febrero de] 1959. Chinea disfrutó de la amistad de Castro durante un tiempo, pero al fin hubo de exilarse. ¡Así le paga el diablo a quien bien le sirve!
Pero me estoy adelantando a los acontecimientos. El 29 de noviembre por la noche, el jefe del Servicio de Inteligencia Regimental, comandante Arcadio Casillas Lumpuy,178 me informó que algo ocurriría en Santiago de Cuba en las primeras horas de la mañana.
Con carácter urgente cité, para las doce de la noche de ese mismo día, a los siguientes jefes:
-Comodoro [Mario] Rubio Baró,179 Jefe del Distrito Naval de Oriente.

-Teniente coronel Álvaro Miranda, Jefe de la Policía Nacional.

-El mencionado capitán Casillas, Jefe del Servicio de Inteligencia Nacional.

-El primer teniente [Antonio] Gutiérrez [Valdés],180 Jefe de la Microonda.

-A los jefes de unidades del Cuartel Moncada.

Después de transmitirles la información recibida por el capitán Casillas, les di órdenes de acuartelar al personal y tomar cualesquiera medidas que tuvieran por convenientes para garantizar la seguridad de las fuerzas a su mando.


Yo no tenía jurisdicción sobre la Marina de Guerra, pero el comodoro Rubio Baró tomó nota de lo tratado, y estuvo de acuerdo conmigo en la gravedad del momento, tomando él idénticas medidas.
Hice comunicar en clave, a todos los escuadrones y dependencias a mi mando, las instrucciones de tomar precauciones en sus respectivos mandos, así como de alertar a las autoridades civiles. A vez se ordenó el acuartelamiento de todas las tropas, cosa que disgustó a algunos altos jefes.
Amaneció el 30 de noviembre, y por fin se produjo lo esperado: una acción de distracción destinada a cubrir el desembarco de Fidel Castro, que se efectuó dos días después. Los instrumentos fueron los tontos útiles de siempre, sobre todo, jóvenes estudiantes.181 Consistió en tiroteos esporádicos por distintas partes de Santiago de Cuba. El ataque principal se realizó contra la Jefatura de Policía. No fue lo bastante fuerte para tomarla, pero sí tuvieron éxito en incendiarla. Lamentablemente ocurrió algo así, porque una dependencia de la Universidad de Oriente, creo que la Escuela de Artes Plásticas, daba al fondo del edificio de la Jefatura. Los comunistas penetraron en la Escuela, y desde allí lanzaron materias inflamables. La Jefatura era una casona de madera del siglo XIX, y ardió como la pólvora. Se les envió un refuerzo de 25 soldados y un oficial, y con ello se conjuró el peligro. Murieron tres comunistas182 y tres soldados de los nuestros. Los revoltosos ocuparon también el Instituto de Segunda Enseñanza y la Escuela Normal, aunque no se acercaron al Cuartel Moncada. Después desaparecieron, dejando los tres muertos ya mencionados y algunas armas. Nos llegó también noticia de que se preparaba otro ataque contra la Jefatura de la Policía Marítima. Preventivamente, les envié un oficial y 25 soldados y de este modo, si es que de verdad intentaron atacar, este ataque se evitó. Eso fue todo. El cuartel Moncada y su hospital militar quedaron intactos.
En la página 47 de su libro Respuesta, el ex-presidente Batista escribe que los desórdenes en Santiago duraron tres días, y que fue preciso enviar un batallón a las órdenes del teniente coronel [Pedro] Barrera para restablecer la normalidad. Y todo esto debido a que “a mí me faltaban condiciones para hacer frente a la situación”.
Con todo el respeto que tengo para mi antiguo jefe, quien por otra parte, no está ya entre nosotros, no encuentro yo mal haber acuartelado la tropa, tanto para proteger a los soldados y evitar que fueran muertos en las calles, como para disponer de una masa de maniobra. Es una medida tan elemental, que no sé por qué algunos jefes me la criticaron. En cuanto a los desórdenes, habían ya terminado en la noche del día 30.183 El coronel Barrera me fue enviado sin yo pedirlo, y lo atribuyo a la malquerencia del general Tabernilla hacia mí, quien deseaba que fuera yo relevado del mando, y vuelto a nombrar para el mismo a su concuñado, el brigadier del Río Chaviano.184
El brigadier del Río Chaviano estaba casado con la hermana de la gran dama Esther Palmero, esposa del Gen. Francisco Tabernilla y Dolz. Eso era un gran problema para mi pues el brigadier era para el jefe más que su concuñado, era un hijo. Eso desagradaba mucho al General en Jefe, puesto que yo no era santo de su devoción. ¿Por qué yo no lo era? Pues por muchas cosas que no coincidían con las del jefe. Yo no sabía decir que sí cuando me venía a la mente un no, después de saber que lo correcto era lo opuesto al sí. O porque yo le salía al paso a todas las cosas que convenían a la institución Fuerzas Armadas, y aún más allá de éstas. Pudiéramos citar muchas cosas, pero yo no he vivido nunca de las cosas desagradables.
Interpreté la inesperada llegada del Batallón Barrera como una violación de la ética, y del respeto debido a mi jerarquía. Pensar siquiera que el brigadier del Río Chaviano pudiera volver a mandar el Regimiento 1, resultaba infantil. Era uno más de los palos de ciego que desde hacía tiempo se venían dando, pero por el momento consideré además como un insulto personal que se enviara un batallón, con órdenes de actuar independientemente, y todo eso en mi propio mando, en mi propio territorio. También acantonó aparte, en el Palacio del Gobierno Provincial, y no en un cuartel del Ejército. Barrera tuvo suficiente tacto para presentarse a mí de inmediato, y de mantener contacto diario conmigo, pero eso no disminuyó la magnitud del agravio pues, siguiendo las instrucciones que recibiera, actuó con entera independencia, dando cuenta únicamente al Estado Mayor . . . Y todo esto en un territorio de mi jurisdicción.
Recuerdo que tan pronto comenzaron a llegar los primeros aviones con las compañías de Barrera, llamé por teléfono al general Tabernilla, y le pedí una explicación de aquello. Me dijo que no sabía, que esa era una orden del Presidente. Le rogué entonces que me permitiera hablar con él. Logré al fin la comunicación, y el Presidente me habló con gran cordialidad, preguntándome por mi esposa, los niños, etc. Tan pronto pude le dije estas palabras:
-Señor Presidente, espero que mi relevo esté ya en camino.
-¿Tu relevo? ¿Pero por qué tú relevo?
-Porque es intolerable para mí esta dualidad de mando que usted ha creado, sin tomarme en consideración para nada. En estas condiciones, ni puedo ni debo continuar aquí.
Lejos de enfadarse, de contradecirme o de asentir conmigo, Batista se echó a reír, me hizo ver lo necesario que yo era en Oriente, y terminó diciéndome:
-No te pongas así. Te envié a Barrera para que te apoyara. Él está ahí para ayudarte, estará unos días, y regresará. Eso que tú me dices de la dualidad de mando es, a todas luces, un error de interpretación. Tú eres imprescindible en Oriente, etc.
La verdad es que me ablandé. Hubiera debido insistir en el relevo y no lo hice. La cordialidad y la forma afectuosa con que me habló el Presidente actuaron en la forma acostumbrada. Además, no quise crear nuevos problemas, y terminé por aceptar la situación, a condición de que Barrera sólo estuviese unos días.
Para terminar con el 30 de noviembre, a las tres de la tarde de ese día, los únicos disparos que se sentían en la provincia de Oriente eran los ocasionados por las ametralladoras Thompson de un grupito armado liderado por el Dr. Laureano Ibarra.185 Este señor había tenido negocios con mi predecesor, el brigadier del Río Chaviano, y ostentaba el cargo de Administrador de la Aduana de Santiago por obra y gracia del jefe del regimiento que nosotros relevamos en abril de 1956 que lo hizo poseedor de muchas prebendas indebidas que no mencionaré por ética profesional. Eso es una historia larga y triste para la provincia heróica. Ibarra había sido autorizado para mantener a cierto número de hombres sobre las armas, y este fue uno de los problemas a que tuve que hacer frente durante mi estancia en Oriente. Por lo demás, y como es natural, se realizaron arrestos e investigaciones en los días subsiguientes, pero no me creí en la obligación de ordenar la muerte de nadie. Si con ello se estima que “no tenía condiciones”, pues, ¿qué le voy a hacer?
La cuestión del desembarco de Castro y de su posterior internamiento en la Sierra, donde se hizo fuerte, y de donde salió para hacerse dueño de Cuba, es un tema abierto a la polémica. Parece inconcebible que tal cosa pudiera ocurrir. En más de una ocasión he afirmado que Batista utilizó a Castro para atemorizar a la oposición no combatiente, y que ésta, dada a escoger entre dos males, se echara en brazos del gobierno. No voy a opinar, al menos en estas líneas, pero sí es justo que rompa una lanza en defensa de las Fuerzas Armadas.
Mi humilde opinión es que lo de Castro era algo así como un pequeño animalito que lo teníamos escondido en una de nuestras manos para no dejarlo crecer y apretarlo en momento dado hasta hacerlo perecer. Esto tenía o debía ocurrir cuando al gobierno le fuera favorable y todo quedaba bien. Pero el animalito siguió creciendo y creciendo hasta que se hizo tan fuerte y grande, que aquella mano que debió impedir su crecimiento y desbaratarlo a tiempo, no lo pudo hacer, porque su mano se volvió débil y el animalito devino en un satánico gigante, ayudado por la inconsciencia, la ignorancia y el odio.
Los pobres soldados están desorientados con las cosas que ven en la Sierra Maestra y fuera. Los jefes no los estimulan desde acá. Solo se exige que hagan, pero no parece que hay el propósito firme de acabar con esas malas hierbas que tal vez muchas buenas madres concibieron. Desgraciadamente fue así, en menos tiempo del que yo creía. Quise decírselo al presidente una vez, pero con la experiencia que había de otros muchos, hubiera sido una explosión que casi nadie hubiese creído. Yo solo me guiaba por los partes de operaciones, la ayuda que individuos en el poder daban y la propaganda internacional. También había que añadir la negativa de los norteamericanos Roy R. Rubottom, Jr.186 y William Wieland, la falta de cooperación del campesinado y el pueblo en general y el abuso a que se sometió a las Fuerzas Armadas todas, sin la obtención de verdaderos éxitos con nuestros magníficos soldados, marinos y aviadores, en el momento oportuno y en el lugar apropiado. La policía también jugó un rol muy importante en las ciudades. Luego entonces lo que hacía falta era, desde arriba hasta abajo, el deseo de vencer y la falta de preparación en la guerra de guerrilla.

En su propio descargo, establece el presidente Batista que muchos de sus subalternos no actuaron como debían, o lo traicionaron. Es decir, sitúa la responsabilidad en los otros, y jamás sobre su persona. De lo que de mí dijeron él u otros me tiene sin cuidado, pero no puedo tolerar que se desluzcan nuestras banderas. Para bien o para mal, el Presidente tenía en sus manos el poder absoluto. Ese poder no lo delegaba en nadie. Las operaciones militares en Oriente fueron dirigidas por él, y ni una unidad se desplazaba sin su consentimiento. Como militar, la incompetencia del general Batista era notoria, pero así y todo, desautorizaba una y otra vez los planes de operaciones que le sugería el Estado Mayor, para imponer sus propias ideas. Si a eso se une la constante subordinación de lo táctico a lo político, creo que todo queda más que explicado. ¡Pobre Ejército! ¡Pobres soldados!, con su fe ciega en El Indio. Al igual que los grognards de Napoleón, nuestros hombres también gruñían, pero nunca para acusar al Presidente. Otros eran los incompetentes. Otros los corruptos. ¡Jamás Batista! Me cuenta Medel que en presidio, los antiguos soldados, presos ahora como criminales de guerra, hablaban de que Batista había tenido que irse porque había sido traicionado, pero que volvería. ¡Claro que volvería! ¡Vendría al frente de 30,000 hombres, y entonces se haría la verdadera justicia!


Pobres soldados: simples, fieles, ingenuos. Los sacrificados de todos los tiempos y en todos los países por políticos sin escrúpulos. Véanse las guerras sin victoria que libran los Estados Unidos desde 1945. Más de cincuenta mil jóvenes norteamericanos muertos en Vietnam en aras de una política que fue desde lo estúpido a lo pérfido. ¿Y qué decir de los soldados vietnamitas que creyeron en la Gran Democracia, que al fin y al cabo los abandonó a su suerte?
El día 2 de diciembre, a las 3 de la tarde, se me notificó desde La Habana el desembarco de Fidel Castro, que ocurrió como a las 6:00 AM. Era domingo, y nos hallábamos reunidos en ese momento en mi oficina el Oficial de Día, mi ayudante, el capitán [Gabriel] Ulloa Fránquiz, y yo. La comunicación la hizo el propio general Tabernilla, quien me ordenó, no que me personara yo en el lugar del hecho, ni me preguntó qué había hecho yo, sino que enviara a un oficial y 25 soldados de refuerzo para el escuadrón de Manzanillo, allí estaba Caridad Fernández. Le hice ver que el destacamento tendría que ir por tierra, por no disponer de transporte aéreo. Me indicó entonces que tomara el primer avión de la Compañía Cubana de Aviación que llegase.
Procedí a cumplir la orden, nombrando para comandar al mencionado Capitán Ayudante Ulloa Fránquiz. A poco de encontrarse en el aeropuerto llegó un bimotor, del cual se hizo descender a los pasajeros para acomodar a los soldados y, a los pocos minutos, llegaron estos a Manzanillo. Al día siguiente se me pidió el envío de otro oficial y 25 soldados más, y la designación recayó sobre el segundo teniente Gilberto Costa Cairo. También supe de la llegada a la zona de operaciones de un batallón mandado por el comandante Juan González González.
Si las cosas hubiesen ocurrido como tenían que militarmente ser, que el jefe del Regimiento No. 1 hubiese recibido orden enseguida del desembarco o lo antes posible y, que por lo menos, me hubiesen consultado, con todo el derecho que tenía reglamentariamente un jefe de Regimiento, yo debía saber lo que sucedía, pero sólo Dios sabe lo que ese y otros muchos días, allí sucedió. Sé que me llevaré a la tumba esa gran duda de lo que pasó aquel memorable día, por qué no se me avisó a tiempo ni quisieron que yo interviniera en tal asunto, que con dos escuadrones de la Guardia Rural solamente, se hubiese resuelto. Pero, miremos atrás y veamos cuanta sangre, cuántas lágrimas y cuántas vidas se han perdido por un error, por una venganza o por una traición.
Los expedicionarios fueron cayendo uno a uno en manos nuestras, pero dejamos pasar la ocasión de capturar a Castro. ¿Y por qué? Porque lejos de interceptarlos, fueron empujados al interior de la Sierra. ¿Y por qué se actuó de ese modo? ¿Por qué no se hizo lo que se debía? Tuvimos todas las oportunidades. ¡Todas! Y no se aprovecharon. Nos dice el ex-presidente Batista en la página 291 de su libro Respuesta: “El grupo de Fidel Castro pudo ser aniquilado fácil y rápidamente. Sin embargo, razones humanitarias, escrúpulos democráticos y el clamor de una parte de la opinión pública lo impidieron”. ¡Ay, Dios mío! ¿De qué razones humanitarias, de qué escrúpulos democráticos y de qué opinión pública nos habla? Englobaba él los tres factores. Aquí, al igual que en el Moncada, impidió Batista, personalmente, que Fidel Castro fuera eliminado de una vez y para siempre. Al menos esta declaración, al igual que lo que añade más adelante, en la página 292, de que fue por orden del Presidente que se suspendió la persecución, tiene la virtud de salvar la responsabilidad de los jefes que allí mandaron, porque en todo momento la estrategia, y hasta muchos aspectos tácticos, fueron dictados desde La Habana.
Algún tiempo después, hablando yo con el señor Fabio Freyre, Administrador General o bien condueño del Central Media Luna, próximo al lugar del desembarco, me contó que el día de los hechos había sabido de primera mano que unos cien hombres armados vestidos de verde olivo habían desembarcado en Punta Colorada (Belic), donde sólo existía un apostadero de dos hombres. Que en nombre suyo, el Sub-Administrador del Central se personó en el puesto de la Guardia Rural de Niquero, y le dijo al Jefe de Puesto, segundo teniente Aquiles Chinea, lo que estaba ocurriendo. Que los desembarcados estaban vomitando y no podían ni caminar, y que había un médico atendiéndolos con mucho apuro, pero no se sabía por qué. Continuó diciéndome el señor Freyre que el teniente Chinea no salió para el lugar de los hechos hasta dos horas después. La obligación del teniente era avisar de inmediato a su superior, el Jefe de Escuadrón en Manzanillo y al jefe del Regimiento No. 1, cosa que nunca me enteré que lo hiciera y, a continuación, marchar hacia el enemigo y tomar contacto.
En la página 49 del mismo libro Respuesta dice: “El general Díaz Tamayo, jefe del territorio militar, y el coronel Barrera, jefe de las operaciones, contribuían a que se robusteciera la creencia en el Estado Mayor de que la lucha había cesado por parte del grupo que desembarcó el 2 de diciembre.”
Jamás tuve que ver con la Sierra Maestra. Eso era tabú para mí. Razones: las intrigas contra todos los que no estábamos de acuerdo en muchas cosas, que no hace falta mencionar. ¿O es que yo abandoné mi grado en el Ejército por gusto?
Quizás Barrera Pérez lo dijera, como lo informó al Dr. Márquez Sterling, y lo hace constar en su historia, pero yo jamás hablé de esa posibilidad. Cómo lo iba a hacer sin tener datos en mi poder. Yo si fui a la Sierra Maestra, pero a llevarle cigarros, dinero y otras necesidades a tropa que había peleado allí. Nada más. Todo eso se dirigía desde Palacio.
Pero bueno. Después de las acciones iniciales todo pareció aquietarse. El teniente coronel Barrera regresó con su batallón a La Habana y yo, por mi parte, transcurrido un tiempo prudencial, renové mi solicitud de relevo. Este demoró varios meses, pero al fin llegó. Unas palabras finales sobre Oriente. Me tocó una época turbulenta, ya veces tuve que proceder con alguna energía, pero en ningún momento dejé de recibir las mayores pruebas de afecto por parte de los santiagueros. Dejé allí grandes amigos entre todas las clases sociales, y muchos de ellos me testimoniaron esa amistad en momentos difíciles.
Mi nuevo destino era el Distrito Militar de La Cabaña, o sea, el Regimiento de Artillería, en los primeros días de abril de 1957. Regresé en avión a La Habana con mi familia. Relevé allí al brigadier [Julio] Sánchez Gómez,187 quien pasó al Regimiento 5 de la Guardia Rural.
El general Tabernilla había sido Jefe de La Cabaña durante muchos años, y tenía para él especial consideración. No deja de ser curioso que el Presidente me designara, primero para relevar de Oriente al brigadier del Río Chaviano, concuñado y hombre de confianza de este general, y con posterioridad, para mandar este predio de Tabernilla. En cierto modo, eso contribuía a aumentar las diferencias entre nosotros dos. ¿Deseaba el Presidente neutralizar la influencia de Tabernilla en ambos mandos? El presidente Batista tenía un sentido del humor muy especial, y sus intenciones eran inescrutables.
El General Tabernilla ponía en riesgo las operaciones en Oriente por oír y defender a del Río Chaviano, quien tenía tanta influencia que el Presidente Batista ordenó dividir el territorio de Oriente entre el General Cantillo y el General del Río Chaviano, en vez de llamarlo al orden disciplinario militar.
No estaba yo tan vinculado a La Cabaña como lo estuve con Columbia, pero no obstante, me encantó mi nuevo mando. En primer lugar, era una zona cargada de historia. Data esta fortaleza del siglo XVIII, y la decisión de construirla fue consecuencia directa de la toma de La Habana por los ingleses en 1762. Los primeros trabajos comenzaron en 1763, y se completaron en 1774. La Cabaña es el ejemplar más completo que existe en América del sistema Vauban, o sea, la fortificación en contrapendiente. Dirigió las obras el mariscal de campo Ingeniero don Silvestre de Abarca. Invisible desde el mar, sus murallas dominan por tierra la bahía y la ciudad de La Habana. También se halla La Cabaña en un plano superior al Morro. Por eso fue que en el siglo XVI, al llegar a La Habana el ingeniero militar Battista Antonelli para construir el Morro, informó: “De nada servirá construir el Castillo si no se fortifica La Cabaña. Quien domine esa loma será el dueño de La Habana”.
Mi mando en esta gran fortaleza duró menos de un año, y no recuerdo que hubiese allí ningún episodio digno de mención. El brigadier Sánchez Gómez había hecho un bello trabajo de organización, y el personal me secundó a maravilla. También, y según aumentaban los problemas en Oriente y la insurrección iba tomando cuerpo, una parte del personal pasó a la zona de operaciones. Fue mi tarea adiestrarlos lo mejor posible antes de partir, y atender a sus familiares en La Habana. Reanudé también mis funciones como Presidente del Círculo Militar y Naval, y aguardé los acontecimientos.
De La Cabaña fui al Estado Mayor como Ayudante General, como Director de Inteligencia (G-2) y como Director de Operaciones188 (sin saber lo que los superiores hacían con las operaciones). Las recomendaciones de los oficiales de operaciones no tenían valor al menos que coincidieran con el Estado Mayor Conjunto y el Palacio Presidencial.
Nuestro ejército era un ejército pobre, pero de verdad tenía una gran preparación, con la excepción de la guerra de guerrilla. No la tenía porque nuestros superiores no quisieron enviar por lo menos dos compañías a Fort Gulick, Panamá. Recuerdo que el coronel [Clark] Lynn,189 jefe de la misión americana para el Ejército, me concedió, previo permiso del Ejército norteamericano, el envío de dos compañías de Infantería al lugar mencionado, si nuestra superioridad lo aprobaba. Cuando ya teníamos todo listo fue elevado a consideración del jefe supremo, General Batista, y la respuesta fue, no. Yo creo que él fue mal aconsejado. Eso ocurrió como en febrero o marzo de 1958. Había tiempo. No sé quién interrumpió esto.
Hablando otra vez de la Dirección de Operaciones deseo hacer constar que mi única función que realizaba era la de recibir los partes, enumerar los muertos de ambos bandos e informar a mis superiores. En lo de relacionar los muertos de uno y otro lado hubo discrepancias en los altos mandos, es decir, no hubo acuerdo en los números reales y lo que se debía poner. Al darme cuenta que yo no estaba bien al informar, aunque si decía la verdad, con delicadeza preferí que el parte de operaciones se hiciera por mis superiores en vez del informe que sí tenía yo que firmar. Corrí ese riesgo, pero no quise mentir. Nuestros hombres se dieron cuenta y también nuestros enemigos. Eso, no era correcto.
Los domingos por las noches el Señor Presidente nos invitaba a comer a Palacio o a la residencia en Columbia. Había buena comida, boxeo y canasta. Como a las 3:00 AM del lunes siguiente me llegaban los partes de la Sierra Maestra. Se notaban las expresiones fuertes del Señor Presidente y los demás invitados. Las informaciones no eran favorables desgraciadamente, después de la lectura de los mismos. Estoy hablando de mediados del año 1958 y después. A pesar de todo el Presidente mantenía la calma propia de su investidura.
Una de esas mañanas, ya casi amaneciendo, el ya extinto Doctor Jorge García Montes, Premier del Gobierno en aquel instante, haciendo un aparte me preguntó: ¿General, cuando van a acabar ustedes con el jueguito a los soldados que existe en la Sierra Maestra? Doctor, lo que usted me pregunta se las trae. [Aquí falta la siguiente página manuscrita].
Las cosas que sucedieron dentro del Ejército había que vivirlas para creerlas. La forma irresponsable del quebrantamiento de la cadena de mando militar enviando de sorpresa a un oficial subalterno [el coronel Barrera] a mandar dentro del mando asignado por leyes nacionales a otro oficial superior, eso no tiene nombre. Solo podrá verse casos así cuando los jefes supremos no tienen base académica, cuando un Ejército se gobierna como un partido político sin dirigentes o porque hay miedo de algo que no se exterioriza.
MODIFICACIONES
Convendría ahora hablar sobre los cambios que se produjeron durante los años 50 en la estructura del Ejército.
Durante la Revolución Francesa, el Ministro de la Guerra Lázaro Carnot creó un organismo director que le permitiera controlar desde París el funcionamiento de los distintos ejércitos de Francia. Con ello estaba sentando las bases de lo que luego fue el Estado Mayor General.
Aprovechando la lección, los prusianos organizaron el Generalstab y, más tarde el Oberkommando der Wehrmacht (Estado Mayor Supremo de las Fuerzas Armadas)
Este Estado Mayor Conjunto, poniendo a todas las fuerzas armadas bajo una sola voluntad, eliminó las antiguas rivalidades e hizo posibles las operaciones militares modernas. Para la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos habían adoptado también el sistema, y nosotros lo tomamos de ellos.
Hacia 1956 el general Tabernilla pasó, de Jefe del Ejército, a Jefe del Estado Mayor Conjunto, siendo sustituido por el mayor general [Pedro] Rodríguez Ávila.190 Tanto este último como Tabernilla ascendieron a tenientes generales.
En cuanto a las demás ramas del Estado Mayor,
–El antiguo Departamento de Personal pasó a ser el G-1.

–El Servicio de Inteligencia pasó a ser el G-2.

–La antigua Ayudantía General pasó a ser el G-3.

–El Cuartel-Maestre General pasó a ser G-4.



–Inspección pasó a ser el G-5.
En todos los casos, los jefes de estos departamentos fueron mayores generales. La “G” con que se denomina a las secciones, proviene del alemán “Grosse” (grande). Fue con motivo de esta reestructuración del Estado Mayor que ascendieron varios generales de brigada a mayores generales, entre ellos yo, pero esto no significó en la práctica cambio alguno en los procedimientos. La autoridad continuó concentrada en el presidente Batista, y los jefes de la Marina y de la Policía se siguieron dirigiendo a él directamente, y no por intermedio del Jefe del Estado Mayor Conjunto. El general Tabernilla continuó mandando directamente el Ejército, mientras que el Jefe del Estado Mayor, Teniente General Rodríguez Ávila, carecía prácticamente de mando. Estas eran las condiciones que prevalecían cuando pasé a ser G-3, es decir, lo que antes había sido Ayudante General. Y con esto se completó mi ciclo porque, como se recordará, esta fue la primera posición que se me asignó el 10 de marzo de 1952.
Fue desde esta posición que pude tener una imagen completa de nuestra situación porque, aunque no era competencia mía tomar las decisiones importantes, sí era inevitable que mi Departamento, al implementar las directivas del Presidente, tuviese una información de primera mano. Lo que en sus inicios me tocó vivir en Oriente, pude contemplarlo ahora en perspectiva, y como parte de un todo. El no haber ahogado en sus comienzos el brote comunista, el no haber destruido a Fidel Castro cuando se pudo hacerlo, ahora nos salía a la cara, porque ya estaba en juego la conjura internacional marxista. El periodista Herbert Matthews191 subió a la Sierra sin impedirlo nosotros, con todas las garantías, para volcar en la prensa norteamericana su entrevista en donde idealizaba al nuevo Robin Hood.192
¿Y por qué había subido el señor Matthews a la Sierra? ¿Qué hacía este extranjero en nuestra patria, dictaminando quién era Caín y quién era Abel? Era nada menos que un filocomunista de vieja cepa, veterano de la Guerra Civil Española, donde había militado como corresponsal en las brigadas internacionales. Ahora, pagado por uno de esos periódicos “liberales” de los Estados Unidos, el New York Times, fue su instrumento para contribuir a la caída de nuestro Presidente.
¿Hasta qué punto fue la política seguida por este Presidente responsable de los acontecimientos? Los acuerdos de Kuquine fueron muy distintos de lo que con posterioridad se hizo. Batista estaría al frente del gobierno sólo un tiempo, lo bastante como para encaminar al país y convocar a nuevas elecciones. Tanto el presidente Prío como muchos otros auténticos, y el propio gobierno de los Estados Unidos, veían con alarma el posible triunfo de los ortodoxos, infiltrados hasta la médula por los comunistas. El golpe de estado cortaba el nudo gordiano y los cubanos, con esta experiencia, quizás aprendieran a ser algo más comedidos en un futuro. Después, elecciones posteriores con Batista como candidato estaban fuera de cuestión. Batista, con su magnetismo, con su ascendiente sobre las tropas, quedaría como una posibilidad para el futuro, pero no como aspirante inmediato en unas elecciones que, forzosamente, tendrían que ser fraudulentas. Estas cosas yo no las hubiese entendido, de no habérmelas él mismo explicado antes del 10 de marzo. Pero nada de esto fue así. Una vez en la silla, su dominio de las circunstancias fue demasiado completo. Nada lo limitaba, y no pudo resistir a la tentación de continuar en la presidencia. El poder es embriagador, lo reconozco. Disfruté de él y sé lo que significa. He ahí el nudo de la cuestión.
Existe otra faceta en Batista demasiado conocida, pero que no está de más que mencionemos. En su corazón, el Presidente era un demócrata convencido. Demócrata que, no pudiendo llegar al poder democráticamente, utilizaba otros medios para hacerlo. Una vez en la cima, trataba de comportarse democráticamente, y de que lo reconocieran como tal. Restableció la libertad de prensa y las garantías constitucionales. Y bien sabido es que la prensa opositora fustigará siempre al presidente de cualquier república, aunque sea la reencarnación de Cristo. ¿Cómo pensar que, teniendo la facilidad de hacerlo, esa prensa no lo atacaría? Así, al fin y al cabo, se vio en la precisión de suprimir esa libertad. No se decidió por la democracia absoluta ni por la dictadura total, porque para establecer esa democracia total hubiese tenido que abandonar la presidencia y, en cuanto a ser un dictador absoluto de cuerpo y alma, le faltaba vocación para ello. Por todo esto, su política resultó errática e indecisa. No era sanguinario, pero a ningún precio estaba dispuesto a renunciar a lo que tan caro le era, y para ello le fue preciso matar. Paso a paso, la opinión pública, que si no favorable en ningún momento, había sido al menos indiferente, se le tornó decididamente hostil. Pero la opinión pública por sí sola no derriba un gobierno autoritario: es el factor externo, en este caso los Estados Unidos, quien lo realiza. Porque ahora entran estos en juego.
Fue siempre incomprensible para los cubanos, y yo mismo vine a comprenderlo en el exilio, que figuras de renombre dentro de este país, que la mayor parte de la prensa, que legisladores, que la radio y la televisión, observen una conducta lesiva a los intereses de su patria. ¿Que lo hacen por ignorancia? ¿Por problemas hormonales? ¿Por conflictos emocionales? ¿Por convicción? ¡Poco importa! En otros países, y no tendrían que ser totalitarios, serían juzgados por traición y tratados como traidores. Sin embargo, las leyes de la Gran Democracia los protegen y hasta castigan a quienes los denuncian. En lo que respecta a Cuba, e independientemente de lo mal que lo estuviéramos haciendo, toda esa prensa a que me refiero, congresistas y hasta el Departamento de Estado procedieron alegremente a destruir a Batista, su amigo sincero, y a sustituirlo por Fidel Castro, comunista y enemigo acérrimo de los Estados Unidos.
Hemos dicho ya muchas veces que el presidente Batista jamás fue popular, pero para un pueblo desilusionado, de vuelta ya del mito auténtico, que fuera él u otro quien rigiera sus destinos lo dejaba poco menos que indiferente. Los grandes comerciantes, industriales y banca no lo veían con malos ojos, puesto que su respeto a la propiedad y su acertada política económica eran, ante ellos, su mejor credencial, pero al ver que el gobierno norteamericano se alejaba de él, pensaron: “A Rey muerto, Rey puesto” Y si los vecinos del Norte apoyaban el nuevo Robin Hood, justo era que ellos lo apoyasen también. No resta nada de eso responsabilidad a Batista, pero hagamos también constar la ceguera ya irresponsabilidad de muchos.
Otro síntoma ominoso fue el malestar en las altas esferas de las Fuerzas Armadas. Al ventear el desastre, algunos jefes comenzaron a pasar su dinero al extranjero y a preparar su huida. Hubo quien se puso al habla con el enemigo para comprar su seguridad. Desde mi belvedere en la antigua Ayudantía General veía a diario desarrollarse el drama. Llegaban hasta mí partes de las deserciones, las bajas sufridas, los incendios. Todo aquello pudo evitarse y, hasta última hora, la situación tuvo remedio. Y esta oportunidad se presentó con las elecciones. De ganarlas el candidato de la oposición, el Dr. Márquez Sterling, la gran masa hubiera abandonado su actitud de lucha y dejado solo a Castro con su grupito de comunistas. Firmemente creí que este era el plan, y varias veces lo comenté en el seno de mi familia. ¡Cuál no sería mi sorpresa al ver que el vencedor fue el candidato del gobierno, el Dr. Rivero Agüero!
Recuerdo como casi en la víspera de las elecciones, se nos citó al salón de conferencias del Estado Mayor en Columbia, dándonos instrucciones para que las elecciones fueran completamente libres. Sin embargo, allí mismo, en un aparte, alguien me dijo que las cédulas electorales ya preparadas eran enviadas en sacos para las provincias orientales, con el candidato gubernamental como ganador.
Sigo creyendo que en la mente del Presidente estuvo ceder la presidencia a Márquez Sterling. ¿Qué fue lo que lo hizo cambiar a última hora? ¿O será cierto que el general Batista jamás pensó abandonar el poder efectivo, y que al tomar posesión el Dr. Rivero Agüero pasaría él a ser Jefe del Estado Mayor Conjunto? Pese a verlo con relativa frecuencia, nunca sorprendí en él el menor indicio en un sentido o en otro. Tampoco creo que confiara a nadie sus verdaderos propósitos.
Y en eso sonó el aldabonazo, l'hôte inconnu que venía a decidir la cuestión. Era el embajador norteamericano193 quien, cumpliendo instrucciones de su cancillería, comunicó al presidente que su gobierno había dejado de apoyarlo. Es decir, que tenía que irse. Esta entrevista ha quedado plasmada, con lujo de detalles, en el libro El Cuarto Piso, escrito con posterioridad por dicho embajador.

CAPÍTULO VIII
LA CONSPIRACIÓN DE LOS BORRACHOS

A partir de la conspiración “Barquín”, otras muchas se habían producido, y algún que otro mal intencionado mezcló mi nombre a varias. Cuando en cierta ocasión alguien le dijo a Napoleón que, siendo dueño de media Europa, podía ya él vivir en paz, contestó: -Jamás nos dejarán tranquilos, poseemos demasiadas cosas.


Yo nunca tuve mucho, y me guardé también de hundir mis manos en el río de oro que fluía en mi derredor. Pero creo que precisamente eso molestaba a más de uno. También, viendo que nada podía hacer para remediar la situación, me aislé aún más. Sin ser yo Napoleón, tampoco me dejaron tranquilo. Cuando el Presidente, medio en serio, medio en broma, hacía alusión a que mi nombre apareciera en listas y confidencias, yo le contestaba: -Ya usted ve, Señor Presidente, es lo que le he dicho antes: usted debe retirarme. Será mejor para todos.
Así siguieron las cosas hasta que un buen día se descubrió una nueva conspiración. Se le llamó “de los borrachos”, porque los oficiales implicados se reunían en el bar de un club habanero. Entre los conspiradores se hallaba un primer teniente, secretario particular mío de correspondencia. Ese oficial jamás se atrevió a decirme nada al respecto. Tampoco yo podía darme cuenta puesto que yo lo veía una sola vez al día para hablar de mi correspondencia diaria y eso era todo. Yo tenía absoluta confianza en el por ser un hombre serio, capaz y fiel al Ejército. Así, pues, por estar involucrado mi secretario, tenía también que estarlo yo. Quizás por estar ya el Presidente harto de mis tiranteces con el Jefe del Estado Mayor Conjunto, decidió cortar por lo más fácil. Por intermedio del Jefe del Ejército, general Rodríguez Ávila, se me comunicó que la presencia de mi secretario en una intentona había dado qué hablar, y que el Señor Presidente estimaba que debía yo alejarme por un tiempo. Que se me daba a escoger entre las Embajadas de Cuba en Washington o en París, para ir a ellas como Agregado Militar. He aquí lo que contesté a la proposición: “Dígale al Señor Presidente que, de ser yo un traidor, lo mismo seguiré siendo en Francia que en los Estados Unidos. Y nada menos que un traidor uniformado. Esa calificación de traidor no la acepto de nadie. Que yo no he conspirado contra nadie y que sí deseo ser retirado del Ejército para que terminen los problemas con mi persona. No deseo ir a ninguna parte: la solución está en retirarme y, esperando ese retiro, me iré ahora mismo para mi casa y allí aguardaré la decisión que mis superiores tomen, pero aquí no volveré más”. Dicho esto, adopté la posición de atención, saludé al general y tomé el elevador de vuelta a mi domicilio. Allí, me consideré en arresto domiciliario voluntario. No hablé una sola palabra con nadie.
Quizás eso no estuviera bien. Aunque me cuadré y lo saludé antes de retirarme, en realidad dejé a mi antiguo amigo y superior jerárquico, el general Rodríguez Ávila, con la palabra en la boca. Hubiese podido hacerme arrestar allí mismo, pero no lo hizo. Supongo que se sentía incómodo, porque de sobra sabía él de dónde venían los tiros. Me imagino también que se produjeron llamadas, conversaciones y deliberaciones sobre qué hacer conmigo. Aparentemente, se adoptó la solución de retirarme por enfermedad y así se publicó, pero yo, inconsciente de que ya se había dado la nota a la prensa tuve la ocurrencia de irme al Casino Español. Una vez allí, mis amigos me embullaron a jugar “squash”, y tomé parte en tres partidos. Eran como las doce meridiano del domingo. Hacía un sol tremendo. Parece que había sabuesos por la zona y pusieron de alerta a la alta comandancia. Seguro eran hombres del gran policía Irenaldo García, que había llegado a la delicada posición de jefe del SIM, como si eso se hubiese hecho para cualquiera. Después regresé a casa y me acosté temprano, pues el ejercicio me había cansado.
El hecho de que el “enfermo” disfrutase de tan buena salud produjo hilaridad y hasta una fotografía en la prensa. A las 3:30 de la madrugada, un comandante y un primer teniente fueron en mi busca. El mayor general fue arrestado y conducido al SIM sin más ni más. Aparentemente, la orden de arresto contra mí no se produjo nunca, sino que un comentario del Presidente en presencia del jefe del SIM, teniente coronel [Irenaldo Remigio] García Báez,194 fue interpretado por éste como tal.
El señor jefe del SIM requería mi presencia urgente. Los oficiales que fueron a conducirme al SIM actuaron con todo género de miramientos, y uno de ellos, que vive ahora en Miami, se mostró en todo momento apenado, y para mí, ¡qué vejación! Después de eso y tantísimas cosas más que las creo incontables por vergüenza para el honroso ejército cubano, aunque a muchos le duela, ya yo no esperaba más. Aquella noche me sentí el hombre más infeliz del mundo.
No fue sino hasta las siete de la tarde que me condujeron a presencia del jefe del SIM. Desde la madrugada anterior me la había pasado en una pequeña habitación, con una mesa y una silla por único mobiliario. ¡Cuánto cavilé en ese tiempo! ¡Con qué celeridad percibí entonces como todo se venía cuesta abajo, como el país se deshacía en nuestro derredor! ¿Hasta qué punto era yo responsable de la debacle? La Historia diría su última palabra. Y luego, ¿cómo sonaría en los oídos de la ciudadanía que un mayor general, uno de los verdaderos autores del 10 de marzo había sido preso por conspiración? ¿Qué esperar entonces de los que no se sentían atados al gobierno? ¡Cómo disfrutaría la oposición de todo aquello!
Cuando al fin me vi en presencia del teniente coronel García Báez, éste me pidió sentarme frente a él en su despacho. En realidad no existía acusación contra mí, y todo se volvió generalidades: que se me había visto con Fulano, que si yo conocía a Zutano, pero nada más. Terminé por decirle: -Mira, Irenaldo, esto que me está pasando a mí, esto que están haciendo conmigo, puede pasarle también a tu padre (el brigadier Pilar García) u otros en cualquier momento. Esto se está derrumbando poco a poco. Como veo las cosas, pronto se producirán en Cuba acontecimientos terribles. Yo quiero que le digas al Presidente que, al hacerme arrestar, está haciendo de mí un personaje. Están ustedes en un error al pensar que yo podría conspirar. Jamás se me ocurriría hacerle daño al Ejército ni al gobierno. Lo que quiero es estar tranquilo. Déjenme en paz y nada tendrán que temer de mí.
En efecto, a poco me dejaron en libertad y regresé a casa. Estuve confinado 17 horas sin que mi familia supiera qué pasaba conmigo.
¿Y qué es lo que había pasado? Como ya dije antes, mi partida de Squash en el Casino Español debió ser motivo de irritación. Se me dijo después que, en el curso de la comida en Palacio el día del famoso juego, el Presidente comentó: -Martín está buscando que lo hagamos arrestar.
De estas palabras, García Báez, que asistía a la comida, sacó la conclusión de que Batista me quería preso y ordenó detenerme. He aquí por qué fui arrestado en la madrugada del sábado al domingo. El hecho de que no se me pusiera en libertad hasta el domingo por la tarde significa que el Presidente no se enteró hasta esa hora de que me hallaba yo en el SIM, e inmediatamente dispuso que se me pusiera en libertad. Este es un ejemplo de servilismo barato.
Vinieron después las negociaciones para mi retiro. El comandante [Alberto] Boix Comas195 fue el encargado de mediar entre el Estado Mayor y yo, y la fórmula final fue el retiro por enfermedad, que ya he mencionado. Efectivamente, a partir de la aparición del decreto quedé tranquilo en mi casa pero, ¿es “tranquilo” la palabra? Día a día veía yo cómo un fantasma sin cuerpo, tal como lo era la Sierra Maestra, derrumbaba, no ya un dictador, sino a todo un sistema político-económico. Fueron unos días de angustia para mí por el cariño que sentía por nuestra Institución, que ya estaba en precario por todas las cosas que se juntaron a la vez.
La salida mía del Ejército sorprendió a muchas personas, civiles y militares, porque ellos sabían que algo grave sucedía cuando tomábamos esa determinación tan seria. Como después vimos, solo veintisiete días más tarde se formó lo que todos conocemos. Eso me hizo sentir más triste todavía pues yo no creía que el desbarajuste iba a ocurrir ese mismo mes. Todos fuimos sorprendidos con la actitud tomada por el Presidente Batista. Los demás jefes no tenían nada que hacer, sino seguir al chief.
Yo creo que Batista hizo fracasar el 10 de Marzo casi al nacer. Qué distinto es cuando se suplica, antes de realizar un hecho, a la arrogancia que se despliega después de realizado el hecho. Batista quiso hacer tantos juegos malabares con Cuba, con Fidel y la política, que el truco le salió mal. Tan mal, que hundió a sus amigos, se hundió él y su nombre, y hundió por cien años o más a una de las repúblicas más lindas y adelantadas del orbe. Su ceguera, sus trucos y maniobras maquiavélicas lo hundieron en las profundidades del más obscuro abismo conocido por el hombre. ¿Quién puede negar esto?
Varias obras he consultado en estos días a fin de dar consistencia a lo que en este momento escribo. En el Cuarto Piso, del señor Earl Smith, penúltimo embajador de los Estados Unidos, en la Historia de Cuba, del Dr. Márquez Sterling y La Daga en el Corazón, del Dr. Mario Lazo,196 puede apreciarse con gran claridad el curso de los acontecimientos. Otro libro que he leído con gran interés es Motivos y Culpables, del señor [José] López Vilaboy.197 Incurre el autor en numerosos errores históricos, sobre todo al tratar nuestra guerra de independencia pero, así y todo, vale la pena estudiarlo. No me explico qué razones tuvo el señor López Vilaboy para atacar tan violentamente a Batista, de quien no recibió sino beneficios. Aparte de acusarlo de ladrón, de egoísta, incapacitado, etc., lo que realmente hace resaltar, tal vez sin quererlo, son los rasgos más favorables del Presidente, es decir, su bondad y su buen sentido de la amistad.
Conocemos la obra del señor Vilaboy al frente de distintas empresas del gobierno, principalmente en la Compañía Cubana de Aviación. Creo que realizó una excelente labor, cosa que no pierde ocasión de decirlo él mismo en el libro, pero, ¿cómo convertirse de modesto periodista en millonario de no ser por la protección del presidente Batista?
Vemos como el Presidente lo apadrina una y otra vez en sus empeños como empresario. Lo sostiene contra cliques tan poderosas como los Tabernilla. Desbroza de obstáculos su sendero y obtiene para él créditos de millones. Y pronto vemos al director de un periódico de escasa circulación en condiciones de absorber, de su peculio, hasta el 20% de las acciones de una gran empresa.
En su saña, llega a decir que el Presidente no pensaba sino en el dinero, y que en todos los negocios había que darle a él parte. A mí se me ocurre preguntar: en los tantos negocios que el señor López Vilaboy hizo al socaire de El Indio, ¿tuvo él que contribuir a llenar sus arcas? Si la respuesta es afirmativa, se hace cómplice de una mala práctica. Si es negativa, resulta entonces que Batista no era tan voraz como él dice.
Confiesa también el señor López Vilaboy que al dirigente obrero Calixto Sánchez,198 culpable de actividades antigubernamentales, Batista lo pone en libertad y lo deja salir del país a petición suya. Unos meses después, este mismo señor desembarca al frente de una expedición armada.
En otros pasajes, dirige el señor López Vilaboy sus tiros contra la entonces Primera Dama, la señora Martha Fernández. La supone incluso influyendo sobre Batista hasta el extremo de hacerlo variar en sus decisiones. Creo en esto poder opinar con conocimiento de causa. Sobre el Presidente influían las circunstancias, pero jamás las personas, y mucho menos su esposa.
En la página 256 de su libro, aparece el siguiente pasaje, como prueba de la intromisión de la señora Martha Fernández en los asuntos de su esposo.
Un día, almorzando en su casa de Kuquine (él, Martha y yo), llegaba el general E. Cantillo, quien compartió la mesa y nos dedicamos a examinar las cosas generales de la política cubana de aquellos tiempos, pero al final hablamos él, Martha y yo solos, y entre las cosas que comentamos estaba el buen resultado que le había dado al periódico Mañana un plan de regalos de casas y otros artículos, que nos habían permitido hacer más de 60.000 suscripciones. Martha, entusiasmada por la información, dijo: -Kuqui (así le decía ella al general Batista) ¿por qué no pones un periódico como Vilaboy con un plan de regalos para ganar dinero? Eso no tiene importancia, pero es sintomático de la ambición de doña Martha, cosa que influyó demasiado en la nueva vida de Batista.
Conocí bien a la señora Martha, y las palabras que pone en su boca son típicas de ella. Su propósito, sin embargo, era siempre halagar al visitante, poniéndolo como ejemplo a seguir para su esposo. Demasiado bien sabía ella que el Presidente no tenía que poner un periodiquito para hacerse de unos pesos.
Volviendo al curso de la narración, hallándome yo en mi casa, casi siempre en mi pequeño despacho-biblioteca, a solas con mis libros, llegó a mi casa un amigo sacerdote. Lo recibí y resultó que traía una carta de Fidel Castro, pidiéndome que fuera a reunírmele en la Sierra. No quise ni tocar la carta y le dije al sacerdote:199 -Padre, le ruego guarde esa carta y devuélvala a quien la escribió. Dígale al señor Castro que mis diferencias con el gobierno no suponen en modo alguno que esté yo con un movimiento que de sobra sé que es comunista. Y déjeme darle este consejo: limítese a decir misa y no se haga cómplice de lo que viene sobre Cuba.
Este sacerdote era español. Se llamaba Fray Balbino, de los Carmelitas Descalzos. A finales de enero de 1959 volvió a mi casa y me dijo:
-Tenía usted razón, Fidel Castro es comunista.
He de volver al tema de que durante mis siete años como general, me mantuve en un cierto aislamiento con respecto a mis jefes y a mis compañeros de grado. A nadie debo culpar por ellos: únicamente a mi modo de ser. Quizás, de existir entre ellos y yo una mayor comunicación, se produjeran menos malentendidos. Con el Presidente fui más explícito, siempre y cuando él me consultara. En esos casos me escuchaba con suma atención aunque reservándose, como es natural, las decisiones finales.
En mis grados subalternos tuve buenos amigos con los que departía y bromeaba, pero tanto como Inspector General o como Jefe de los distritos militares de Oriente y La Cabaña, y finalmente, como Ayudante General (G-3), sólo con mi familia y con algunos íntimos me abría a la confidencia.
Una vez retirado, pude liberarme un poco de lo que doy en llamar mis inhibiciones. Como es natural, dejé de asistir al Círculo Militar, pero se me dio la bienvenida en otros clubes, especialmente en el Casino Español. Pasé también a dedicar mayor tiempo a mi familia. Mi madre, por ejemplo, había venido a vivir conmigo. Lejanos quedaban ya los días en que ella me recriminara el haberme alistado en el ejército de la nación. Rosaura, mi esposa, así como mi suegra, la hicieron sentirse siempre como en su casa. ¡Dios las bendiga! ¡Por fin tuvieron compensación sus años de privaciones! Tuve la satisfacción de ver que nada le faltó mientras estuvo en nuestra casa.
Tocante a lo que en mi derredor sucedía, mejor puede apreciarse en los libros que hace poco mencioné. ¡Cómo, desde mi casa, contemplaba día a día la agonía del régimen! Y no es nada nuevo decir que el presidente Batista fue uno de los grandes responsables, pero cuando se me dice que el Ejército estaba vendido, que los soldados no querían pelear, se me ocurre este otro enfoque: ¿No es notable que bastante resistencia opusieran estos soldados al esfuerzo combinado de Rusia, Estados Unidos y Castro? ¿Y qué decir de aquellos dueños de fincas, orientales, camagüeyanos, villareños, que iban hasta las bandas armadas comunistas y les decían: -Hay un destacamento protegiendo mi hacienda. Pueden ustedes matarlos sin dificultad, porque no son más que cinco, y cuando yo llegue pensarán que nada tienen que temer de mí y me abrirán la puerta.
¡Pobres soldados! ¿Cómo no iban a desmoralizarse? Pero véase el comportamiento de aquellos a quienes les tocó morir frente al paredón. ¿Y qué decir de los funcionarios del Cuarto Piso del Departamento de Estado? Ya se encargó el embajador Earl Smith de ponerlos en su sitio. Algunos de ellos ya han fallecido, pero no soy lo bastante generoso como para desearles una paz eterna. ¡Que las ánimas de nuestros hombres fusilados los atormenten, tanto en sus últimos momentos como en el más allá!
LA DEBÂCLE
Inútil añadir nuevas palabras a todo lo que ya se ha dicho y escrito sobre el 1º de enero. Sólo estas impresiones: recuerdo que el populacho se guardó muy mucho de lanzarse a la calle hasta que, sobre el mediodía, se puso de manifiesto que la fuerza pública no reaccionaría, por obra y gracia de las nuevas jefaturas. Debió pensarse en una reorganización contra la famosa revolución. Pero preciso es admitir que se mostró menos sanguinario que a la caída de Machado. Mientras los miembros de las Fuerzas Armadas se batían en favor de la patria, la inmensa mayoría de la población enterraba más y más la República. En cuanto a mí, ya estaba retirado y no se me molestó en lo más mínimo. Sin embargo, pocos días después de llegados a La Habana los comunistas, se apareció en mi casa un grupo de barbudos. Venían de parte de un Dr. Armando Fleites [Díaz]200, que hoy en día ejerce como médico aquí en Miami, y a punta de pistola se llevaron mi automóvil particular. No me hallaba yo en casa, y a mi regreso hallé a mi pobre esposa y a mi suegra agitadísimas. Pasaron los días, y una amiga nuestra, la señora Martha Montenegro, llegó a la casa y nos informó que habían visto el automóvil estacionado frente al Hotel Capri, y como mi esposa tenía un juego de llaves de repuesto, fueron ella y Martha hasta el hotel y regresaron con el auto. Por segunda vez volvieron los “muchachos” de Fleites, esta vez en número de más de diez hombres armados, y por segunda vez se llevaron el automóvil.
Dos días después recibió mi suegra a un señor, quien le dijo ser el padre de Armando Fleites. Muy atento y caballeroso, venía a disculparse por la conducta de su hijo, a quien no vaciló en calificar de audaz. Años después, la señora [Martha] Montenegro, cuyo esposo tenía a la sazón una estación de servicio, se encontraba en ella, cuando se detuvo a echar gasolina el Dr. Armando Fleites. Martha lo reconoció y, sin encomendarse a Dios ni al Diablo, le salió al paso y puso a este señor de oro y azul. Me contó Martha que el hombre no respondió, sino que con la cabeza gacha terminó de llenar el tanque y se fue sin decir palabra.
Existía en el cuerpo jurídico de nuestro Ejército un Comandante Auditor de apellido Nin. Se hallaba retirado, pero Castro lo había llamado a servicio. Un día me llamó Nin por teléfono, y me comunicó que acababa de iniciarse la Causa Nº 4 por los hechos ocurridos el 10 de marzo de 1952. Añadió que debido al mucho trabajo que tenía, me rogaba que le escribiera yo mismo un informe con los descargos que estimase oportunos para mi defensa. Le contesté que eso requería tiempo, porque necesitaba refrescar la memoria y buscar datos que ahora no tenía a mano. La cosa quedó así, pero esto me puso sobre aviso de que más tarde o más temprano iba yo a tener dificultades.
Casi en seguida llegó de los Estados Unidos el mayor general (retirado) Ralph Truman,201 primo hermano del presidente Truman. Nuestra amistad había comenzado años atrás, cuando este jefe, veterano de la guerra cubano-hispano-americana, había venido a Cuba en misión semi-oficial. Deseaba este general explorar las posibilidades de cooperación de los dos gobiernos, para establecer parques histórico-militares en el teatro de operaciones de aquella contienda. En aquella ocasión quedó a mi cargo atenderlo. También, deseando visitar Daiquirí y San Juan, lugares donde él combatiera, yo lo envié en un avión del Ejército con el entonces capitán Medel, coautor de este libro.
El general Truman siguió correspondiéndose conmigo y, en 1958, nos invitó a Medel y a mí a una convención de veteranos de su antigua división, la 35 de Infantería.202 En aquella ocasión, el presidente Batista le envió como presente una bonita caja de habanos que yo le entregué en Topeka, Kansas.
Un dato curioso: años después me contaba la señora Oliva Truman, esposa del general, que existía una franca enemistad entre Eisenhower y los Truman,203 y que al llegar Eisenhower a la presidencia desmovilizó y desbandó la 35 División para mortificarlos. Pues en esta unidad había figurado siempre la rama militar de la familia Truman. Fallecido Eisenhower204 y en el poder de nuevo los demócratas, se reconstituyó205 una vez más esta división veterana de tantas guerras.

Pues bien, a principios de 1959 llegó [Ralph] Truman a La Habana.206 El viejo soldado me instaba a irme para los Estados Unidos. General, -me dijo- váyase inmediatamente para los Estados Unidos. Usted está en un riesgo tremendo. Créame. Yo sé lo que le estoy diciendo. Vendrá usted a mi casa hasta que pueda encaminarse.


La verdad es que no actué con la premura que debiera, y eso estuvo a punto de costarme caro. No desoí el consejo del General Truman, pero sentía que no tenía nada que reprocharme y dejé transcurrir los días pese a ser éste el segundo aviso que recibía.
El tercero me vino de modo perentorio. El organismo que reemplazó al Servicio de Inteligencia Militar (SIM) fue el [Departamento de Investigaciones del Ejército Rebelde] DIER. Un día a finales de marzo,207 se recibió una llamada. Se trataba de alguien a quien yo había hecho no recuerdo qué servicio, y que ahora militaba en las filas del DIER. El mensaje era: “El jefe del DIER ha recibido la orden de detener al general Díaz Tamayo y al general García Tuñón. Está ahora durmiendo la siesta, pero en cuanto se levante irá para hacerlo preso.
Llamé inmediatamente a otro amigo mío, el señor Eloy García, diciéndole lo que me ocurría y que necesitaba hablar con él. Eloy me contestó: -Voy enseguida.
Al encontrarnos me llevó a casa de su hijo Joaquín, quien acababa de casarse y vivía con su esposa en un bonito apartamento. El hijo respondió afirmativamente a la petición del padre: -Quiero que tengas aquí a Díaz Tamayo hasta que pueda hallarle un escondite mejor.
Sugerí yo al señor García que hiciera208 contacto con Fray Balbino, quien dos veces visitara mi casa, la primera para traerme la carta de Castro, y la segunda para disculparse por no haber comprendido a tiempo que Castro era comunista. En esta segunda ocasión, se ofreció para lo que pudiera servirme. Ahora lo recordé, y el señor Eloy García fue a verlo. Fray Balbino me hizo llevar a su parroquia en Miramar, que estaba cerca de mi casa. Allí me sentí tranquilo por primera vez, en la paz del Señor, pues nada da mayor sensación de paz y de tranquilidad que el interior de un templo.
No se estuvo tranquilo por mucho tiempo Fray Balbino. Tenía yo otro amigo, el señor Danilo Mesa,209 quien en aquellos tiempos ocupaba la posición de Subsecretario del llamado Ministerio de Recuperación de Bienes Malversados. Dije al sacerdote que el señor Mesa era de fiar, y allá fuimos los dos esa misma tarde. Danilo Mesa nos recibió en seguida, y de inmediato llamó a un señor que por aquel momento fungía de enlace entre el grupo civil de Castro y las Bandas Armadas Comunistas (FAR) Este señor era de apellido Duarte, y le llamaban “El Indio” Duarte.
La respuesta de Duarte fue la siguiente, más o menos: -Me imaginaba que me llamarías para interesarte por tu amigo Díaz Tamayo. Quiero que sepas que, o está preso, o lo arrestarán de un momento a otro, pues esas son las órdenes de Raúl.
Y el pobre Danilo, con la mejor intención, me dijo: -General, escóndete por ahí dos o tres días, que yo te arreglaré el asunto.
El pobre creía que se hallaba todavía en los tiempos del feroz batistato, en que bastaba una gestión personal para librar a un hombre de la prisión y hasta de la muerte.
Fray Balbino llamó entonces al embajador de España, Marqués de Vellisca. El señor Lojendio,210 que ese era su apellido, dijo al buen sacerdote que en aquel momento se encontraba enfermo y que él, por su parte, no podía darme asilo, por no tener España tratado con Cuba en ese sentido, pero que lo llamara al día siguiente, en que él me tendría el problema resuelto por otra Embajada. Y así fue. Al día siguiente el embajador de España nos informó que había tratado con el embajador de Chile, y que éste se había mostrado de acuerdo en asilarme, pero que desgraciadamente tenía tantos asilados que no podía admitir uno más. Por fortuna, el embajador de Ecuador, señor Chiriboga,211 se había mostrado propicio, y sería él quien me asilaría.
Así, al día siguiente me dirigí a la dirección que él me dio. Era un edificio de apartamentos y, en el primer piso, me esperaba el primer secretario de la Embajada de Ecuador con su señora. Al verme, ésta me tomó del brazo y, seguidos de su esposo, bajamos hasta el auto de la Embajada. En él regresamos a la Embajada de Ecuador, donde al fin encontré refugio seguro. Había dejado atrás a mi compañera y a mi suegra que, no teniendo nada que temer, se reunirían conmigo en los Estados Unidos.
Durante mes y medio habría yo de vivir en la sede de la Embajada, junto con tres asilados más. Recuerdo sus nombres: el Dr. [Manuel] Ampudia,212 quien fuera Ministro de Sanidad en el gobierno del presidente Batista y hoy, desgraciadamente, fallecido. También al señor Evaristo Marina,213 Director hoy en día del Colegio Aerospace en Miami. Finalmente, el señor Camilo Padreda.214 Este y yo jugábamos canasta algunas noches, y dentro de las circunstancias pasamos veladas muy agradables, porque por otra parte no hacíamos más que comer y dormir, y como entretenimiento leíamos o contemplábamos los acontecimientos en la televisión.
Decía Bernard Shaw que al ser humano sólo el humor lo salva del ridículo, porque realmente el hombre es un ser desgraciado. Convencido estoy de que los animales irracionales son más felices que nosotros. Sólo les funciona el instinto y la memoria. Para ellos solamente existe el momento presente. Una vez llena la necesidad que ese instante les requiere, se acuestan tranquilamente a dormir, sin pensar de dónde saldrá la próxima comida. Las reses, cuando van al matadero, aguardan tranquilamente su turno de ser sacrificadas, rumiando con los ojos entrecerrados de pura paz de espíritu. Pero el ser humano agoniza día a día. La inteligencia y el raciocinio, cualesquiera que sean sus aspectos positivos, lo atormentan con dudas, incertidumbres, pasiones, premoniciones. Y miedo, miedo, miedo por todas partes.
Nunca fue eso más patente que en 1959, cuando llegaron los comunistas al poder, porque cierto es que muchas personas sentían simpatías por Castro, y justo es que expresaran su alegría por todos los medios disponibles, pero no es menos cierto que desde un principio se vio el carácter despiadado e implacable de la Revolución. Los banqueros, dueños de industrias y negocios, directores de colegios privados, dueños de casa, veían claramente lo que se les venía encima, y en medio de su terror rivalizaban en adular a Castro, con la esperanza de melificarlo.
Se me cuenta el siguiente caso: El dueño de una de las principales industrias invitó a Castro a ir de pesca. Un magnífico yate los llevó al sitio donde abundaban los peces, y se dice que unos buzos enganchaban en el anzuelo del líder comunista grandes pargos, que éste sacaba en medio de aplausos y gritos de admiración. Hubo también espléndida comida y, desde luego, encantadoras muchachas. Al regresar al muelle y acompañar al visitante al plató de la escala para despedirlo, éste le dijo: -No, señor, el que se va es usted: este yate pertenece ahora a la Revolución. Y cuando el industrial, sin saber qué decir o qué hacer, fue a tomar su automóvil, un barbudo le dijo -Este automóvil fue comprado con dinero que usted robó al pueblo y ahora es nuestro. Váyase a pie.
Hasta qué punto este relato es cierto, no puedo garantizarlo, pero sí sé que cosas similares a esta ocurrieron frecuentemente por aquellos días. Cuando el “gobierno” declaró que los comerciantes habían defraudado al fisco durante años, y que ahora se haría una investigación sobre los impuestos dejados de pagar, los comerciantes declararon que era cierto que habían dejado de pagarlos, pero eso sí, que lo habían hecho por patriotismo, porque los anteriores gobiernos, desde que se inauguró la “pseudo” república en 1902, habían sido corruptos e inmorales, y la mayoría de sus funcionarios una banda de ladrones. Ahora, gracias a la Revolución, la palabra “honradez” recobraba su significado, y ellos, que sólo estaban esperando por esa Revolución, entregarían voluntariamente los impuestos retenidos. Efectivamente, los contadores hicieron su zafra en esos días, poniendo en orden las contabilidades. El régimen comunista percibió millones y millones entregados por los comerciantes, y luego les quitó los negocios.
El presidente de los Ganaderos de Cuba declaró que contribuiría a la Reforma Agraria con 3,000 novillas cargadas. Castro tomó las novillas, le dio las gracias, y luego quitó a los ganaderos el resto de su ganado.
Una medida verdaderamente popular fue la Reforma Urbana. Se les dijo a los inquilinos de las diversas viviendas alquiladas, así como las casas de apartamentos, que no tenían que pagar más alquiler, y que la casa era suya. De no estar tan atemorizados, los dueños de casa hubieran puesto el grito en el cielo. Eso sí, los inquilinos no tuvieron el menor escrúpulo en apropiarse de lo que no era suyo y que, con el tiempo, el comunismo se los quitaría a ellos también.
Cuando el juicio del comandante [Jesús] Sosa Blanco, el Palacio de los Deportes se llenó de pueblo que vociferaba y pedía paredón para aquel valiente oficial. El día de su fusilamiento, se distribuyeron invitaciones entre los artistas de radio y de televisión, y muy pocos dejaron de asistir a la ejecución.
Los fusilamientos fueron miles, tras juicios en los cuales no existió la más mínima garantía para los acusados, y todos fueron aplaudidos por multitudes vociferantes. Multitudes que aplaudieron con idéntico entusiasmo las ejecuciones de los mambises, que vitorearon a los gobernadores españoles y, poco después, al generalísimo Máximo Gómez a su entrada en La Habana.
Que no se diga que los cubanos no son valientes. Pruebas de ello han dado a través de la Historia, batiéndose con los piratas durante los siglos XVI y XVII, contra los ingleses en 1762, en que superaron en arrojo a los pobres regulares de España, invadidos sus organismos por las caquexias tropicales. Con posterioridad, creo que nuestras guerras de independencia dieron buena prueba de ello. Pero el ser humano es el ser humano, y la naturaleza siempre vuelve por sus fueros.
Obsérvese que no hablo del pueblo bajo, que nada posee, o del mero populacho, que no tiene bandera y que sólo espera las oportunidades para aprovecharse de ellas. Tampoco hablo de los resentidos, que acarician amorosamente su odio a la Humanidad. Me refiero a las personas superadas, normales, de posición media o elevada. Son los que estudian, trabajan y producen para el país, pero que, cuando el peligro los roza con su frío dedo, el mismo los hace bajar la cabeza y llegar a las mayores abyecciones.
Desde el advenimiento de la República, el humilde soldadito, con su uniforme caqui y su fusil, les había garantizado sus propiedades, la seguridad, el disfrute de sus bienes, pero para 1959 el soldadito había desaparecido, y en su lugar apareció el barbudo sucio y maloliente. El ciudadano medio, dando diente con diente de puro pánico, sonreía cobardemente y, a modo de defensa, pegaba a las puertas de su domicilio cartelitos de “Fidel: esta es tu casa”, o “Gracias, Fidel”. ¿Que hubo excepciones en todo esto? ¡Claro está, siempre las hay! El Diario de la Marina, por ejemplo, se fue a pique con las banderas al viento. Hubo alguna que otra prensa que, en forma más discreta, hizo sus observaciones, y periodistas que no perdieron ocasión de publicar artículos donde afloraba ya la oposición. Pero qué pocos, qué pocos fueron . . .
Volviendo a la realidad, el tiempo iba pasando. Aparte de leer, no hacía yo sino comer y dormir. También, como dije antes, Padreda y yo echábamos nuestra partidita de canasta.
Y llegó el día de nuestra salida. El embajador nos llevó en auto hasta el aeropuerto, y en él penetramos hasta la pista. Debimos aguardar atrás, en una carreterita, y cuando nos avisaron, llegamos en el auto hasta el mismo avión. Los de siempre, y a quienes me he referido antes, estaban ya en la terraza gritándonos horrores. Muchos están ahora en Miami, purificados por las aguas del Jordán que parece ser el Estrecho de la Florida.
Según me enteré después, la prensa que aún se atrevía publicó: “Los Díaz se van volando”. Quedé agradecidísimo con el Embajador por sus muchas atenciones conmigo. También me dio una carta para un hermano, administrador de un banco de Quito, quien me resultó muy útil, como se verá.
Al aterrizar en Guayaquil, nos esperaba la prensa, la cual nos interrogó. Yo fui parco en mis declaraciones, quizás debido a mi reserva habitual. Por desgracia, uno de los periodistas interpretó que yo me había comportado de manera “arrogante”, y se refirió a mí como el “arrogante general”.
Tres días estuvimos en Guayaquil. De allí pasamos a Quito, capital de la nación. Al cabo de ellos, mis compañeros partieron en avión, pero a mí se me ocurrió hacer el trayecto por ferrocarril, para obtener una visión más amplia del país.
La experiencia no pudo ser más original. Se trataba de un ferrocarril de vía estrecha, cuesta arriba todo el tiempo y bordeando montañas. A veces la cuesta era tan empinada que el tren tenía que detenerse, retroceder por un desviadero hasta una pendiente opuesta, y avanzar entonces a todo vapor para, con el impulso, salvar la cuesta rebelde.
Esto ocurrió varias veces. Al llegar a cierto sitio, vimos que se había producido un deslave en la ladera de la montaña. El deslizamiento había arrastrado la línea, y con ella a un tren modernísimo, recién adquirido en Inglaterra. Allá, en el fondo, se veían los vagones despeñados. Pero la vía había sido ya reparada y pudimos continuar. Tengo la impresión de que aquello ocurría con cierta frecuencia, porque los grupos de rescate ya estaban organizados y actuaron con gran rapidez.
El contraste entre Guayaquil y Quito no puede ser mayor. El primero, situado a nivel del mar, y cruzado por el río Guaya, es húmedo y caluroso. Muchas de sus construcciones son del familiar estilo colonial español. Recuerdo que gran número de productos del interior vienen por el río, sobre todo los plátanos, que son hermosísimos. Los racimos flotan río abajo hasta llegar a los desembarcaderos, donde se les escoge y saca a tierra.
Y al fin llegamos a Quito, Padreda, que me había acompañado en mi aventura, y yo.
La capital se encuentra a 3,000 metros sobre el nivel del mar. El clima es delicioso: seco y templado. El pueblo resultó muy amable. La verdad es que no me pude quejar de las atenciones que recibí. También percibí cierta parcialidad a favor de Castro, pero estuve allí lo bastante como para constatar que los constantes fusilamientos fueron haciendo cambiar a la opinión pública.
En Cuba, yo no me había preocupado de sacar dinero del país. Jamás pensé que tendría que irme, y como mis cuentas estaban bien claras, me sentía en condiciones de hacer frente a cualquier investigación sobre mis bienes. Es decir, la casa en que vivía, herencia de mi esposa, y __ pesos en el banco, de los cuales también eran __ de Rosaura, y __ de mis ahorros.
He de confesar mi ingenuidad, pero un buen día el Vicepresidente del Banco Agrícola Industrial, que era donde yo tenía mi cuenta, me llamó para insinuarme: -General, ¿por qué no pasa usted algún dinero al extranjero? Uno nunca sabe cuándo puede necesitarlo.
No le di importancia a lo que estaba diciendo, y él, por su parte, me pidió autorización para pasar 6,000 pesos a los Estados Unidos. Le contesté autorizándolo. Y esos 6,000 pesos fueron los que me salvaron quién sabe de cuántas necesidades, porque gracias a ellos viví pasablemente en Quito y, más adelante, en los Estados Unidos.
Hablaré ahora del señor Chiriboga, hermano del Embajador en La Habana. Su posición en la banca ecuatoriana le permitió serme de gran utilidad. Además, fui su invitado en más de una ocasión, y sus atenciones para conmigo no tuvieron límite.
En los Estados Unidos, el general Ralph Truman no permaneció un momento inactivo. Después de mi ida, volvió a Cuba a ocuparse de sacar a mi esposa e hijos, así como al comandante Claudio Medel y su familia. A este último le sacó $2,000 del país, y a todos nos consiguió una rápida visa para Estados Unidos.215
Una pincelada sobre este hospitalario país. Al igual que casi todas nuestras capitales, tiene su parte antigua, deliciosamente colonial, llena de reminiscencias de conquistadores y de grandes patriotas. Abunda el indio, siempre digno y sombrío. Hay una tribu,216 no recuerdo como se llama, que guarda todavía luto por Atahualpa. No se les ve por Quito, pero sí en provincias. Van por las calles y de vez en cuando, se plantan frente a algún blanco y le espetan: -Tú tienes la culpa por la muerte del Inca.
No pude evitar inquirir algo sobre lo militar. También la escuela prusiana, aunque afectada ya por la influencia norteamericana. Había cierta inquietud con respecto a Perú, que durante años ha mostrado una gran agresividad hacia ellos, infinitamente más débiles. Me contaban que una parte de la frontera en Ecuador y Perú lo era el río Zarumilla, pero que durante los años 40 el río, por uno de esos vuelcos tectónicos de los Andes, cambió el curso, dejando ahora al sur un gran territorio del Ecuador. Los peruanos no perdieron el tiempo y ocuparon las tierras que dejaba de su lado el Zarumilla. A las protestas de los ecuatorianos, contestaron que estaba establecido que el curso del río era la frontera, y que ellos no tenían la culpa de que esa frontera hubiese variado. Moraleja: que el pez grande siempre se come al chico.
Los días pasaron con rapidez, si se tiene en cuenta las pruebas de amistad y de hospitalidad recibidos de los ecuatorianos. Pero también la ansiedad por el futuro, mi separación de los seres queridos, la situación de Cuba, todo ello restaba tranquilidad a mi espíritu. Y cuando nos llegaban noticias del fusilamiento de tantos hombres, muchos de los cuales sirvieron a mis órdenes. ¡Qué tristeza!
Tocante a mi entrada a los Estados Unidos, no abrigaba duda alguna. Sabía que contaba con bastantes relaciones en el gobierno y, sobre todo, el general Truman, que hizo en todo momento honor a su apellido. Porque en efecto, a los cuatro meses, mi camino se había allanado y tomé el avión para Miami.217

FOTOS

La familia Díaz Tamayo con la matriarca Paulina Tamayo de Díaz sentada.



De izquierda a derecha: Salvador, Ramón, Marcela, Clemente, Isabel, Luis y Martín.


En el campamento de Columbia el 10 de marzo de 1952. Cuatro de los jefes del golpe de




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