Cuba: La Revolución de 1933, el Golpe de Estado de 1952, y la Represión del Comunismo Memorias del Mayor General Martin Díaz Tamayo



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Cuba: La Revolución de 1933, el Golpe de Estado de 1952,

y la Represión del Comunismo
Memorias del Mayor General Martin Díaz Tamayo



Antonio Rafael de la Cova

ÍNDICE
DEDICATORIA ………………………………………………………………………… i
INTRODUCCIÓN …………………………………………………………………….. ii
PREFACIO ………………………………………………………………………....... xvii
I – SOLDADO DE LA REPÚBLICA ………………………………………………...... 1
II – LA REVOLUCIÓN DE 1933 ……………………………………………………. 18
III – FULGENCIO BATISTA ………………………………………………………… 43
IV – LAS FUERZAS ARMADAS 1944-1952 ……………………………………….. 67
V – LA MADRUGADA DEL 10 DE MARZO DE 1952 ..……….…………………... 86
VI – LAS FUERZAS ARMADAS 1952-1958 ……….……………………………... 111
VII – LA CIA Y EL BRAC……………...…………………...………………………. 131
VIII – LA CONSPIRACIÓN DE LOS BORRACHOS ………………..……………. 159
FOTOS ………………………………………………………………………………. 176
ÍNDICE ONOMÁSTICO …………………………………………………………… 191

DEDICATORIA



Para cumplir la promesa que le hice a mi padre en su lecho de muerte, decidí publicar sus memorias que redactó durante la larga enfermedad que eventualmente le tomó su vida. Mi padre quería que la verdad sobre muchos eventos, ocurridos durante sus años en el ejército, fueran conocidos por el mundo entero.

Su obsesión, después de terminar su carrera militar, era sacar a la luz la verdad detrás de muchos acontecimientos que se distorsionaron al publicarse. 

Nunca olvidaré las lecciones que me enseñó durante su vida. Me instruyó a ser clara, comunicativa, honesta y a vivir la vida haciendo lo que es beneficioso para la humanidad.

Mi admiración hacia mi padre no sólo fue por su prestigioso alto mando militar y el amor a su patria, sino también por los ejemplos que demostró en nuestro hogar. Además, el amor que siempre le tuvo a mi madre, Rosaura, y, el hogar feliz que disfruté toda la vida.

No fuera la persona que soy hoy día si no hubiese tenido un padre ejemplar como él. 

Roraima Díaz de Kanar



INTRODUCCIÓN
Tras la caída del régimen de Fulgencio Batista, el 1 de enero de 1959, comenzó la “Guerra de las Memorias,” culpándose sus antiguos partidarios, unos a otros, por el triunfo de Fidel Castro. El ex vicepresidente Rafael Guas Inclán, decano del Colegio de Abogados de la Habana y presidente del Partido Liberal, fue entre los primeros en criticar a Batista diciendo que “su egolatría lo cegó y pecó en el último momento de ser un mal gobernante.”1
La autobiografía del mayor general Martín Díaz Tamayo es el último tomo de esta controversia entre Batista y sus oficiales militares. Después que Batista publicó Respuesta en 1960, fue vilipendiado por el teniente general Francisco J. Tabernilla Dolz.2 Otros oficiales que en sus memorias injuriaron a Batista fueron el coronel jefe del Cuerpo de Ingenieros del Ejército Florentino E. Rossell Leyva (1960), el coronel del Ejército Pedro Barrera Pérez (1961), el coronel de la policía Esteban Ventura Novo (1961), el sedicioso coronel del Ejército Ramón M. Barquín López (1978) y el general del Ejército Francisco “Silito” Tabernilla Palmero (2009). Batista tuvo apoyo incondicional en las memorias del jefe del Buró de Investigaciones coronel Orlando Piedra Negueruela (1994) y su cuñado el general Roberto R. Fernández Miranda (1999). El piloto de enlace teniente Carlos Lazo Cuba en su autobiografía La guerra aérea en Cuba en 1958 (2016) coincide con Díaz Tamayo al señalar que Batista controlaba todas las operaciones militares, cometió errores estratégicos contra la guerrilla castrista y las promociones de oficiales estaban basadas en conexiones políticas y nepotismo obviando el escalafón.

Díaz Tamayo fue un campesino analfabeto, huérfano de padre, dedicado al corte de caña y la siembra de tabaco y de piña en tierras de españoles acaudalados en Pinar del Río. En 1926, con 16 años de edad y sin el permiso de su madre, se alistó en el Ejército dando la falsa fecha de nacimiento de 1904 para poder ingresar. Procedía de la misma humilde extracción que Batista y de miles de campesinos que enrolaron en el Ejército para estabilizar su economía y bienestar.


Estas memorias ofrecen una breve historia de la evolución del ejército cubano durante la república. Relata la vida cotidiana de los soldados y detalla el desarrollo y modernización del principal campamento Columbia en La Habana. También describe la composición del ejército y su participación en la formación de las Escuelas Rurales e Institutos Cívicos-Militares. Díaz Tamayo critica como el Ejército tenía un largo historial de ser utilizado como instrumento político por los presidentes Tomás Estrada Palma, José Miguel Gómez, Mario García Menocal y Gerardo Machado. La Constitución permitía al presidente dar de baja o retirar a cualquier oficial o soldado sin dar explicación. Esta cláusula permitió que el presidente Ramón Grau San Martín desmantelara en 1944 los cuadros militares establecidos por Batista. La inseguridad creada entre algunos militares, proscritos de participar en las elecciones, causó que dichos hombres respaldaran al caudillo surgido de sus filas quien les garantizaba su porvenir.
Díaz Tamayo participó en la Revolución del 4 de Septiembre. Dos días antes, fue invitado por el sargento José Eleuterio Pedraza a una reunión conspirativa en la Gran Logia Masónica pero no asistió para no ausentarse sin el permiso de su destacamento. Sin embargo, la noche antes del golpe, estuvo con la tropa en la asamblea del Club de Alistados del campamento Columbia cuando escuchó al sargento Fulgencio Batista darles la orden de tomar el cuartel. Díaz Tamayo participó en el alzamiento de su compañía que resultó en su nombramiento inmediato a sargento primero. Lamenta que, de haber participado en la conspiración, hubiese “ascendido meteóricamente” a oficial y describe las circunstancias que permitieron a Batista ser el jefe militar de la revolución.
Como sargento primero, Díaz Tamayo dirigió la compañía de infantería que el 29 de septiembre de 1933, suprimió la manifestación comunista que iba a inhumar las cenizas de su líder Julio Antonio Mella en un cenotafio en el Parque de la Fraternidad. La confrontación produjo ocho muertos, veintisiete heridos, la destrucción del monumento y la desaparición de las cenizas. Seis semanas después, Díaz Tamayo combatió contra la sublevación de la Aviación militar y tres guarniciones en la Habana, respaldada por la organización ABC. En diciembre ascendió a segundo teniente y en 1936 comenzó una etapa ecuestre de tres años en la que participó en competencias internacionales. Recuerda con nostalgia las competencias de jinete que lo llevaron a Chile, México, Estados Unidos y Canadá, ante “la presencia de mujeres hermosísimas, de la alta sociedad panamericana y europea.” El teniente, alto, fornido y de ojos azules, tuvo muchos amoríos y casi pierde su carrera por su relación con la esposa de un hombre prominente quien insistió que lo expulsaran del ejército. Como castigo, Díaz Tamayo fue enviado a la provincia de Oriente por más de un año. Al regresar a La Habana, tuvo segundas nupcias el 17 de julio de 1942. Sus memorias no mencionan que en 1938 resultó culpado por extravío de efectos militares y cuatro años después por daños a la propiedad ajena y lesiones por un aparente accidente.
Díaz Tamayo era graduado de la Escuela de Oficiales y de la Escuela Superior de Guerra cuando fue retirado del ejército con el rango de capitán por el presidente Carlos Prío Socarrás a mediados de febrero de 1951. Nos afirma que fue por criticar al gobierno debido a la impunidad de los asesinatos políticos. Sin embargo, los historiadores Herminio Portell Vilá y José Duarte Oropesa señalaron que el retiro de Díaz Tamayo y otros oficiales y soldados fue por oponerse al envío de un batallón cubano a pelear en Corea bajo la bandera de la ONU. En octubre de 1951, Díaz Tamayo fue invitado por Batista a participar en la confabulación que efectuó el golpe de Estado cinco meses después.1 Díaz Tamayo, cuya economía era precaria como empleado nocturno de la Terminal de Ómnibus, quería regresar a su plaza de capitán de infantería. Aceptó la propuesta porque los acuerdos iniciales de Batista en su finca Kuquine en Arroyo Arenas “fueron muy distintos de lo que con posterioridad se hizo. Batista estaría al frente del gobierno sólo un tiempo, lo bastante como para encaminar al país y convocar a nuevas elecciones.”
Batista les dijo a los conspiradores que no aspiraría inmediatamente a la presidencia. Díaz Tamayo estimó que “Batista, con su magnetismo, con su ascendiente sobre las tropas, quedaría como una posibilidad para el futuro, pero no como aspirante inmediato en unas elecciones que, forzosamente, tendrían que ser fraudulentas. Pero nada de esto fue así. Una vez en la silla, su dominio de las circunstancias fue demasiado completo. Nada lo limitaba, y no pudo resistir a la tentación de continuar en la presidencia.”
Díaz Tamayo fue uno de los complotados que en la madrugada del 10 de marzo de 1952 entró en el Campamento Columbia junto a Batista en el asiento trasero del automóvil que franqueó la Posta 4. Su misión fue ocupar el Estado Mayor y telefonear a todos los jefes de regimiento lo sucedido y pedirles su adhesión o, de lo contrario, que entregasen el mando a un subalterno. Díaz Tamayo no se arrepiente de los hechos que violentaron la Constitución y le otorgaron el rango de general, ya que “las condiciones estaban más que creadas” por el saqueo de las arcas de tesoro y los fraudes electorales. Sin embargo, esas mismas condiciones continuaron bajo el régimen de Batista.
El general lamenta que durante su carrera militar nunca estuvo en combate. Esto se debió a que la lucha contra los guerrilleros durante dos años la dirigieron oficiales tácticos hasta el grado de teniente coronel. Batista no permitió que ningún general o coronel estuviera al frente de las tropas en campaña en las sierras. Díaz Tamayo se dedicó durante su carrera militar al pase de lista, a las inspecciones, la guardia, las próximas maniobras, los estudios y escalar de grado. Ocupó los puestos administrativos de interventor militar de la compañía Ómnibus Aliados; Inspector General del Ejército; fundador y director del Buró Para la Represión de las Actividades Comunistas (BRAC); jefe de los distritos militares de la provincia de Oriente y la fortaleza de La Cabaña; Ayudante General (G-3); director de la Caja de Ahorros y Seguros de las Fuerzas Armadas (CASFA) hasta abril de 1957; presidente del Círculo Militar y Naval durante 1953-1958; y viajó en misiones diplomáticas a México Estados Unidos y Venezuela. También presidió la Federación de Polo de Cuba y la Federación Ecuestre de Cuba. El general recuerda como su “posición exigía una vida social bastante activa. Los actos oficiales, las ceremonias, los bailes de gala, las recepciones y los cocktail-parties eran frecuentes, y se esperaba que yo asistiera a la mayoría de ellos.”
Díaz Tamayo estima que la animosidad del teniente general Francisco Tabernilla Dolz, con quien nunca tuvo relaciones cordiales, le dificultó su carrera militar. El origen de esta polémica se suscitó durante los preparativos del golpe de Estado cuando, a pregunta de Batista, Díaz Tamayo sugirió que el coronel Eulogio Cantillo debería ser nombrado jefe del Ejército y recomendó a Tabernilla como ministro de Defensa. Díaz Tamayo reconoce que el Ministerio de Defensa era “una sinecura” sin control de las fuerzas armadas. Afirma que su recomendación le ganó la enemistad de Tabernilla, quien no participó en el golpe de Estado, sino que entró en La Cabaña después que se rindió la plaza. Su apoyo a Cantillo resultó ser erróneo ya que lo describe como un “hombre de buró, de cuarto de operaciones, de mapas,” muy “eficiente, capaz y magnífico planificador,” pero carente en el don de mando con las tropas en la zona de operaciones, limitado por “su excesivo apego a la doctrina militar norteamericana” y “sin tener en cuenta nuestra idiosincrasia.”
Díaz Tamayo trató a Batista durante veinticinco años, de 1933 a 1958, y estuvo muy allegado a él durante los últimos seis años. Procedían del mismo origen campesino con metas de superación. Considera a Batista más político que militar y señala que el presidente no tocó un fusil después de pasar la escuela de reclutas. Elogia a Batista por su habilidad en dirigir el país durante 1933-1944, logrando prosperidad económica y la abrogación de la Enmienda Platt. La alianza de Batista con el comunismo durante esa época la adscribe a que emulaba la política del presidente norteamericano Franklin Roosevelt. Durante la Guerra Fría, Batista se orientó por la brújula estadounidense para perseguir a los comunistas y establecer el Buró para la Represión de las Actividades Comunistas (BRAC).
En mayo de 1955, la Agencia Central de Inteligencia (CIA), a través del Departamento de Estado norteamericano, le recomendó a Batista que deseaban que Díaz Tamayo fuera el director del BRAC. Díaz Tamayo, el primer teniente José Castaño Quevedo y el comandante retirado de la Policía Secreta, Enrique Fernández Parajón, fueron enviados a la CIA para entrenamiento. Llegaron a Washington el 17 de mayo y al siguiente día el general fue festejado por el teniente general Carter B. Magruder.2 Los tres oficiales recibieron instrucción en la sede de la CIA en Langley, Virginia, durante un mes por diez horas diarias, durante cinco días a la semana, sobre el historial del comunismo internacional y sus tácticas, como preparación para organizar el BRAC. Díaz Tamayo señala que “la atención de la CIA sobre los acontecimientos de Cuba era intensa, y su conocimiento de nuestra situación, minucioso.”
Antes de regresar a La Habana, Allen Dulles, el director de la CIA, le expuso que Cuba “por su posición geográfica, era el objetivo número uno del comunismo en América, y que los Estados Unidos no podían permitir que Cuba cayese en manos moscovitas.” El BRAC sería un organismo autónomo y su misión consistiría en el fichado y clasificación de los comunistas de Cuba. Dulles le encargó a Díaz Tamayo que transmitiese a Batista que la CIA costearía el BRAC, que sería una institución piloto para proyectar hacia otros países latinoamericanos usando el de Cuba como modelo. Sin embargo, dice que Batista subestimaba a los comunistas y no aceptó la propuesta que el gobierno estadounidense lo financiara. Díaz Tamayo dirigió el BRAC por un año y dos meses y después de su relevo Batista convirtió la organización, con un presupuesto reducido, en un auxiliar del Servicio de Inteligencia Militar (SIM).
Díaz Tamayo señala que Batista era “sumamente astuto” y se sentía muy seguro de su autoridad. En su afán de controlarlo todo y aparentar ser triunfador, llegaba al extremo que cuando Batista jugaba canasta con sus familiares e íntimos amigos, hacía trampa en combinación con otros para ganar. Indica que Batista no cedía a nadie, pero no era rencoroso una vez que su enemigo no le representaba peligro. Las circunstancias influían sobre Batista, pero jamás ninguna persona, incluyendo su esposa Martha, lo influenciaron. En una versión inicial del manuscrito, que luego fue omitida de la copia final mecanografiada por su asistente, dice: “Batista quiso hacer tantos juegos malabares con Cuba, con Fidel y la política, que el truco le salió mal. Tan mal, que hundió a sus amigos, se hundió él y su nombre, y hundió por cien años o más a una de las repúblicas más lindas y adelantadas del orbe.”
El general estima que Batista “no pudiendo llegar al poder democráticamente, utilizaba otros medios para hacerlo.” Subsidiaba a la prensa, incluyendo $37,000 mensuales a su amigo Sergio Carbó, el director de Prensa Libre. Dice que Batista “No se decidió por la democracia absoluta ni por la dictadura total, porque para establecer esa democracia total hubiese tenido que abandonar la presidencia y, en cuanto a ser un dictador absoluto de cuerpo y alma, le faltaba vocación para ello. Por todo esto, su política resultó errática e indecisa. No era sanguinario, pero a ningún precio estaba dispuesto a renunciar a lo que tan caro le era, y para ello le fue preciso matar.” Sin embargo, Díaz Tamayo señala que Batista personalmente impidió que Fidel Castro fuera eliminado tras el asalto al cuartel Moncada el 26 de julio de 1953 y cuando el desembarco de la expedición del Granma en 1956. Esto ocurrió días después de los hechos, cuando las fuerzas vivas de la sociedad civil apelaron a Batista a favor de los rebeldes desbandados.
Díaz Tamayo llegó al cuartel Moncada horas después del ataque y la subsiguiente masacre de más de treinta rebeldes capturados que autorizó el coronel Alberto del Río Chaviano, jefe del Regimiento No. 1. Los cadáveres fueron regados por el cuartel para simular que murieron en combate. El general permaneció en el Moncada durante los próximos dos días, visitó a los heridos en el hospital militar, y asistió a las exequias de los diecinueve soldados y policías fallecidos. Durante ese tiempo, más de una docena de rebeldes fugitivos fueron capturados en el campo y ejecutados. Díaz Tamayo estaba consciente de los sucesos, pero su autobiografía nos ofrece la versión oficial que contrasta con los hechos.3
El general coincide con su némesis Francisco Tabernilla Dolz al decir que “Batista no permitía a sus subalternos adoptar decisiones militares, siendo él quien ordenaba todos y cada uno de los planes.” Tampoco “permitía a los militares inmiscuirse en la política del país. Es más, ni siquiera los dejaba abordar el tema en su presencia.” Cuando la guerra contra la guerrilla castrista durante 1956-1958, “en todo momento la estrategia, y hasta muchos aspectos tácticos, fueron dictados desde La Habana” por Batista.
Díaz Tamayo era el jefe del Regimiento No. 1 del cuartel Moncada el 30 de noviembre de 1956 durante el alzamiento rebelde en Santiago de Cuba y el desembarco de Fidel Castro y 81 hombres en la expedición del Granma dos días después. El general mandó acuartelar la tropa para evitar que fueran blanco de francotiradores. Díaz Tamayo se queja que Batista envió esa noche un batallón aerotransportado, con 23 oficiales y 250 alistados, para sofocar la revuelta sin primero consultar con él. El jefe de la tropa, el coronel Pedro Barrera Pérez, fue nombrado por Batista comandante militar de la ciudad de Santiago de Cuba. Batista estimó que Díaz Tamayo no respondió debidamente a la asonada dirigida por Frank País, ni operó adecuadamente contra la cabeza de puente de Castro. Barrera apaciguó a Santiago de Cuba en tres días y regresó a La Habana dos semanas después.
El coronel Barrera señaló que: “El general Tabernilla al tener conocimiento del desembarco de los expedicionarios, en vez de ordenar a Díaz Tamayo que actuara con los hombres de su mando, conocedores de aquellas zonas y pidiera los refuerzos necesarios, optó por nombrar a uno de sus ayudantes, el comandante Juan González, como jefe de Operaciones, con un batallón procedente del Regimiento de Artillería de La Cabaña, para que se trasladara a la región de Niquero y asumiese la responsabilidad de capturar a los invasores.”4 González fortificó a su tropa en el cuartel de Niquero, en vez de perseguir a los rebeldes, por lo que fue sustituido como jefe de operaciones por el coronel Ramón Cruz Vidal, que era segundo jefe del Regimiento No. 1. El 5 de diciembre de 1956, las tropas de Cruz Vidal sorprendieron a los expedicionarios en la finca La Alegría de Pío, causándoles 60 bajas entre muertos y prisioneros. El coronel fue relevado y la Guardia Rural fue asignada a la persecución y captura de los dispersos supervivientes.
Díaz Tamayo señala que “el presidente tenía en sus manos el poder absoluto. Ese poder no lo delegaba en nadie.” Batista dirigió todas las operaciones militares y ninguna unidad se desplazaba sin su aprobación. Era un notorio incompetente como militar quien “desautorizaba una y otra vez los planes de operaciones que le sugería el Estado Mayor, para imponer sus propias ideas.” Batista realizaba los ascensos militares sin acogerse al escalafón, subordinando lo táctico a lo político. El presidente fue benevolente con los oficiales incompetentes y los conspiradores militares y la lenidad de las sanciones alentó a otros a hacer lo mismo.
En enero de 1958, el general retirado Jorge García Tuñón, partícipe del golpe del 10 de marzo, y Ricardo Artigas,5 asesor de Carlos Prío, se reunieron en el departamento de Estado con William Arthur Wieland,6 director de la División del Caribe y México, y le entregaron un documento señalando la ideología comunista de Fidel Castro y sugiriendo la sustitución de Batista con una junta militar. Al Wieland preguntar quienes formarían la junta, el ex general dijo que él mismo con los generales Martin Díaz Tamayo, Arístides V. Sosa de Quesada y Eulogio Cantillo Porras, además del coronel Ramón Barquín López. Wieland contestó que reportaría la información a sus superiores.7 Como resultado, meses después la CIA comenzó a preparar una conspiración para reemplazar a Batista con dicha junta.
El 22 de marzo de 1958, C. Allan Stewart, asistente director de la Oficina de Asuntos de Medio América, recibió una carta del Dr. Carlos Piad, aprobada por Manuel Antonio de Varona, con una propuesta autorizada por Prío, de apoyar un golpe de Estado contra Batista y sustituirlo con una junta cívico-militar. Los miembros de la junta serían los generales Eulogio Cantillo y Martín Díaz Tamayo; los coroneles encarcelados Ramón Barquín y Enrique Borbonet; Gustavo Cuervo Rubio, ex vice-presidente de Batista durante 1940-1944; José Miró Cardona, presidente del Colegio de Abogados de La Habana; Dr. Raúl Velazco, director de la Asociación Médica de La Habana; y el ex magistrado Manuel Urrutia Lleó. Wieland, quien acababa de recomendar el embargo de armas a Batista, se opuso al plan de la junta señalando que era “un mecanismo extraño a la tradición cubana,” que duraría poco y provocaría reanudar un período de revolución.8
A principios de 1958, el coronel Clark Lynn, jefe de la misión americana para el Ejército, ofreció a Díaz Tamayo entrenar en Fort Gulick, Panamá, a por lo menos dos compañías en contrainsurgencia para derrotar a la guerrilla. Batista rechazó la propuesta. El estado de guerra se usó para que el presidente y el Congreso justificaran y prolongaran la censura de prensa y la suspensión de garantías constitucionales mientras que la legislatura aprobaba cuantiosos créditos de guerra extraordinarios por millones de pesos que mayormente fueron a los bolsillos de Batista y los políticos y militares corruptos. Los gastos de defensa y seguridad interior durante los últimos seis meses de 1958 fueron $81 millones, con un poco más de la mitad destinados al Departamento de Guerra.
Díaz Tamayo estima que Batista llevó el país “al auge económico” pero “no dio salida política. Se dedicó, eso sí, a sanear su economía privada.” Sus riquezas fueron afectadas tras el divorcio de su primera esposa Elisa, su exilio en Daytona Beach y el mantengo de un séquito de adulones que continuó toda su vida. Díaz Tamayo confirma que la mayoría de las acusaciones que el general Tabernilla le hizo a Batista en una carta pública el 24 de agosto de 1960, son ciertas. Sin embargo, dice que Tabernilla no podía quejarse de no haber tenido autoridad alguna ya que Batista lo situó en el cargo militar más alto para que no le discutiera su mando. Señala que al Tabernilla acusar a Batista de ser un “voraz ladrón,” el acusador no era diferente. Era conocido que los Tabernilla llevaban de Miami en aviones de Cuba Aeropostal al aeropuerto militar de Columbia grandes cantidades de enseres eléctricos que no pagaban impuestos en la Aduana. La empresa Casa Minerva de los Tabernilla vendían los refrigeradores que compraban en $320 a precios que no tenían competencia.
Díaz Tamayo especula que, en la elección presidencial de noviembre de 1958, Batista iba a ceder el mando al opositor Carlos Márquez Sterling, pero cambió de opinión a última hora. Opina que quizás Batista esperaba ser jefe del Estado Mayor Conjunto al ganar su candidato Andrés Rivero Agüero. Así continuaría el poder efectivo como hizo durante 1934 a 1940 con otros presidentes. Díaz Tamayo concluye que Batista nunca confió a nadie sus verdaderos propósitos. Estima que, si Márquez Sterling ganaba, la mayoría del pueblo “hubiera abandonado su actitud de lucha y dejado solo a Castro con su grupito de comunistas. Firmemente creí que este era el plan, las cédulas electorales ya preparadas eran enviadas en sacos para las provincias orientales, con el candidato gubernamental como ganador.” La trampa electoral fue tan obvia, que el gobierno norteamericano objetó y ayudó a fomentar una conspiración para remover a Batista del poder.
Díaz Tamayo formó parte de una confabulación para capturar a Batista con la ayuda de miembros del Movimiento 26 de Julio y propiciar un gobierno de transición. Los complotados incluían a su hermano, el primer teniente Clemente Díaz Tamayo,9 el general Arístides V. Sosa de Quesada10 y unos treinta jefes y oficiales en el Campamento Columbia. El brigadier Francisco “Silito” Tabernilla Palmero afirmó en sus memorias que “a fines de 1958, el mayor general Martin Díaz Tamayo estaba conspirando con la CIA para deponer a Batista. Esta conspiración fue totalmente comprobada y Batista optó por retirarlo para evitar especulaciones sobre el particular.”11
Según el comandante rebelde Julio Camacho Aguilera,12 el sargento José El Chino Fernández Wong, de la 17 Estación de Policía, dirigía una célula clandestina del Movimiento 26 de Julio que integraba ocho policías de Marianao. El Chino tenía amistad con Naranjito, trabajador de una tintorería, primo de Díaz Tamayo. Por medio de Clemente, empleado en el Estado Mayor, El Chino llegó hasta su hermano a principios de octubre 1958 para coordinar el contacto que Díaz Tamayo quería con el Movimiento 26 de Julio. Camacho indicó que el acercamiento se hizo porque “Díaz Tamayo no había tenido participación en crímenes.” Esto contradice la falsa acusación de Fidel Castro en La Historia me Absolverá donde señala que Díaz Tamayo estuvo en una reunión con Batista, Tabernilla y otros oficiales en La Habana el 26 de julio de 1953, donde se acordó “que había que matar diez prisioneros por cada soldado muerto” después del asalto al cuartel Moncada y que el general inmediatamente llevó las instrucciones a Santiago de Cuba.
Al Díaz Tamayo ser notificado por El Chino, acordó reunirse con Camacho esa noche en el ranchón La Carreta en la Autopista del Mediodía a las ocho. Sin embargo, no concurrió y mandó a su ayudante, el capitán Laureano Pino Cruz, acompañado de Clemente, con disculpas de las limitaciones que tenía después que “sus manifestaciones contra el régimen, le habían mermado la confianza y en aquel momento estaba bastante marginado.” Díaz Tamayo admite que Batista estaba “harto” de sus tiranteces con el general Tabernilla. Camacho fue a la cita con el doctor Adolfo Rodríguez de la Vega y Mario Hernández.13 Clemente les planteó que su hermano era partidario de dar un “golpe de Estado y de formar un Gobierno a través de una Junta Cívico Militar.” Camacho se opuso al golpe de Estado y sugirió que Díaz Tamayo “podía dirigir una columna del Ejército con sus cuadros de mando que se uniera al Ejército Rebelde en la Sierra Maestra, lo cual causaría un impacto demoledor que desestabilizaría la confianza de Batista en sus propias Fuerzas Armadas.” Clemente quedó en pasarle la información a su hermano. Los conspiradores volvieron a reunirse brevemente en el famoso cabaret Tropicana sin la asistencia del general.
Díaz Tamayo posteriormente le envió una solicitud a Camacho para un encuentro en el Círculo Militar. El jefe rebelde fue con el doctor Ricardo de la Flor y los recibieron Clemente y el capitán Pino en ropa deportiva. Caminaban mientras Clemente explicó a Camacho que su hermano decía que estaba vigilado por no compartir el giro que había tomado el régimen y que era muy poco lo que podía hacer. El general comunicó que no era prudente que se reuniera con Camacho y que mejor se mantenían en contacto a través de Clemente. Camacho entonces envió a otro conspirador militar, el capitán José Rodríguez San Pedro,14 a hablar con Díaz Tamayo “para precisar importantes aspectos relacionados con el tipo de gobierno que se formaría al triunfo de la revolución en Cuba, nunca sería una Junta Militar, sino un gobierno civil.” El general reiteró al capitán que su cooperación sería muy poca “porque él estaba virtualmente relegado en su casa por tener discrepancias con el Gobierno, lo que dificultaba sus contactos con otros mandos.”
Díaz Tamayo no tuvo la oportunidad de ver a Camacho porque el complot fue desarticulado por el SIM el 26 de noviembre. El gobierno lo apodó la conspiración “de los borrachos” por haberse reunido en el Tropicana. El capitán Pino y otros oficiales fueron arrestados. Los capitanes Félix Gutiérrez Fernández y José Rodríguez San Pedro se asilaron en embajadas latinoamericanas en la capital al descubrirse la conspiración.
El sedicioso coronel Ramón Barquín señala en su obra Las luchas guerrilleras en Cuba, Tomo II (1975), que los complotados comandantes José Viamonte Jardines y José E. Menéndez y los capitanes Félix Gutiérrez, Laureano Pino Cruz y José Rodríguez San Pedro le proveyeron los datos de la conspiración. Díaz Tamayo “había estado activo contra el mando del jefe del Estado Mayor Conjunto, General Francisco Tabernilla Dolz, actuando primero asociado a otros colegas de la asonada cuartelera de 1952, después con dos líderes políticos de oposición y finalmente, asociado a jefes del Movimiento 26 de Julio a través del Comandante de las Milicias Julio Camacho Aguilera.”
Díaz Tamayo fue arrestado el sábado, 29 de noviembre, a las 3:30 AM en su residencia y escoltado a las oficinas del SIM, donde fue interrogado por el coronel Irenaldo García Báez. El general negó todas las acusaciones, pero le aseguró a su interrogador: “Esto se está derrumbando poco a poco. Como veo las cosas, pronto se producirán en Cuba acontecimientos terribles” y la destrucción del “sistema político-económico.” Fue libertado después de 17 horas por orden de Batista y licenciado del ejército el 3 de diciembre de 1958. En su autobiografía, Díaz Tamayo no menciona su participación o la de su hermano en la conspiración ni el vínculo con la CIA. Solamente dice que después de su retiro lo visitó en su residencia un amigo sacerdote, el joven español Fray Balbino, de los Carmelitas Descalzos, para entregarle “una carta de Fidel Castro, pidiéndome que fuera a reunírmele en la Sierra.” El general alega que rechazó la carta porque consideraba comunista al movimiento rebelde. Indica que entre algunos jefes militares “Hubo quien se puso al habla con el enemigo para comprar su seguridad” pero no menciona que él también acudió a lo mismo.
Seis días después de su retiro, el 9 de diciembre, el enviado especial del departamento de Estado norteamericano, William D. Pawley,15 antiguo colaborador de la CIA y amigo de Díaz Tamayo, le ofreció a Batista que podía retirarse a su residencia en Daytona Beach si abandonaba el poder y que el presidente Dwight Eisenhower apoyaría un gobierno interino compuesto por Díaz Tamayo y los coroneles encarcelados Ramón Barquín y Enrique Borbonet, y dos civiles, Pepín Bosch, dueño de la destilería Bacardí y Raúl Chibás Rivas. Así Fidel Castro tendría que bajar de la Sierra Maestra o admitir que luchaba contra cualquiera para asumir el poder.
Al Batista dilatar su respuesta, el 17 de diciembre lo visitó el embajador estadounidense Earl E. T. Smith y le dijo que su gobierno le había retirado el apoyo, que entregara el poder a un gabinete de Unidad Nacional, anulara las elecciones del 3 de noviembre que no reconocía Washington y que fuera a residir con su familia en España. Esa noche, Batista se reunió con los jefes del Estado Mayor, generales Francisco Tabernilla Dolz y Pedro Rodríguez Ávila y el almirante José Rodríguez Calderón para informarles que el gobierno estadounidense ya no los respaldaba.
El 20 de diciembre, el coronel José A. Estévez Maymir, agregado militar cubano en República Dominicana, le pasó a Batista un recado del generalísimo Rafael Trujillo ofreciendo mandar 2,000 soldados dominicanos para combatir a los rebeldes en Las Villas y otros 2,000 a la Sierra Maestra para derrotar a Fidel Castro. Batista rechazó la propuesta. Ocho días después, el General Tabernilla Dolz, acompañado de su hijo el Brigadier Jefe de la Aviación Carlos “Winsy” Tabernilla Palmero, y de su concuñado, Brigadier Alberto del Río Chaviano, Jefe de Las Villas, le plantearon al Embajador Smith un golpe de Estado contra Batista, pero fueron rechazados. Del Río, quien había estado conspirando con el coronel Florentino Rosell Leyva, inmediatamente huyó a República Dominicana. Batista, acompañado de los Tabernilla y un gran séquito, abandonaron el país en dos aviones en la madrugada del 1 de enero de 1959.
Fuerzas rebeldes pronto comenzaron a detener y fusilar sin previo juicio a cientos de batistianos. Alrededor del 6 de enero de 1959, Díaz Tamayo, vistiendo un saco deportivo a cuadros, fue internado en la Galera 14 de la fortaleza de La Cabaña. Se sentó en una columbina al lado del ex ministro de Información Ernesto de la Fe Pérez, quien le dijo que se pusiera cómodo. De la Fe relata en sus memorias16 como el general le respondió con una modesta sonrisa: “No, dentro de un rato yo me voy, porque he tenido la suerte al entrar, de tropezar con una hermana de Fidel y su mamá, y ellas se han indignado de ver que yo estoy preso. . .Cuando yo era Jefe del Regimiento de Santiago de Cuba, las atendí con toda consideración.” De la Fe afirma que al poco rato fueron a buscar al general y lo dejaron en libertad. Díaz Tamayo no menciona estos hechos en sus memorias ni dice que estuvo encarcelado. Señala que no estando en su casa en aquellos días, se aparecieron allí unos barbudos del Segundo Frente Nacional del Escambray quienes de parte del comandante Dr. Armando M. Fleites Díaz a punta de pistola se llevaron su nuevo Oldsmobile de 1959. Su esposa Rosaura Menéndez y una amiga, con llaves de repuesto, recuperaron el vehículo al localizarlo frente al hotel Capri, la sede del Segundo Frente. Esto provocó que una docena de rebeldes regresaran a su hogar armados para volver a expropiar el vehículo.
Díaz Tamayo fue puesto en libertad al ser excluido de la Causa Nº 4 de 1959 contra todos los que participaron en el golpe de Estado de Batista.17 Tampoco fue encausado por la falsa acusación de Fidel Castro en La Historia Me Absolverá que después del asalto al cuartel Moncada llevó un mensaje de Batista al jefe del regimiento ordenando que por cada soldado muerto había que ejecutar a diez rebeldes prisioneros. El teniente José Castaño Quevedo, jefe de Operaciones del BRAC, fue ejecutado en su celda de La Cabaña por órdenes de Ernesto “Che” Guevara el 6 de marzo de 1959, por ser “un agente de la CIA,” según le dijo al periodista Andrew St. George. Sin embargo, a Díaz Tamayo, el fundador y director del BRAC entrenado con Castaño por la CIA, y conspirador con la CIA para derrocar a Batista, lo soltaron de La Cabaña dos meses antes.
La primera revista Bohemia publicada tras la huida de Batista, el 11 de enero de 1959, contiene el artículo “10 de Marzo: Inicio de la Tragedia,” con una foto de Díaz Tamayo con los generales Francisco Tabernilla Dolz, Eulogio Cantillo y Luis Robaina, el consuegro de Batista. El artículo los señala como cuatro de los jefes del golpe de Estado y menciona que Díaz Tamayo fue “retirado poco antes del primero de enero por ‘motivos de salud.’” El 8 de marzo de 1959, apareció en Bohemia el artículo “10 de marzo de 1952: una fecha negra en la historia,” con un “Cuadro de Traidores” que contiene una lista de los partícipes en el cuartelazo, pero omite a Díaz Tamayo. Sin embargo, vuelven a reproducir su foto con los jefes del golpe de Estado. Es intrigante como la propaganda castrista no mencionó a Díaz Tamayo y lo excluyeron de la sección “Galería de Asesinos,” a pesar de la acusación de Castro que fue instrumento de la matanza de los moncadistas detenidos.

En los primeros días de febrero, Díaz Tamayo obtuvo asilo en la Embajada de Ecuador antes de salir al exilio el 16 de marzo de 1959, poco después de las ocho de la mañana. Partió en un avión de la Braniff hacia Guayaquil, Ecuador, con los asilados Evelio Pentón, ex Ministro de Educación y su hija María, Evaristo Marina y Manuel Ampudia, ex Director General de Salubridad.18 Sus memorias concluyen con su arribo a Miami el 8 de junio de 1959. Su esposa, hijos y suegra llegaron al exilio en el ferry de La Habana a Key West a los diez días.


El 27 de julio de 1959, su suegra Aurora Hernández de Tejada desde Miami envió una carta a Faustino Pérez Hernández, Ministro de Recuperación de Bienes Malversados, protestando que, a principios de enero de 1959, le intervinieron su caja de seguridad en el Trust Company de Cuba con las prendas que fueron obsequio de su esposo y el mobiliario de su casa, y pedía su devolución. Afirma que el Oldsmobile 1959 y $54,200 en una caja del Banco Agrícola e Industrial que le intervinieron al general, no eran malversados sino “de acuerdo con su vida y los altos sueldos que él percibía.” La misiva concluye afirmándole al ministro: “Aparte de todo esto Ud. conoce muy bien a mi yerno, pues creo que ha tenido contacto directo o indirecto en alguna ocasión anterior y sabe muy bien la clase de persona que es él.” Esta admisión deja sin duda el previo contacto del general con dirigentes del Movimiento 26 de Julio. Aurora regresó a Cuba brevemente dos años después y solo pudo recuperar parte de sus joyas.
El 25 de septiembre de 1959, el agente de la CIA en Miami, Patrick I. Karnley, le mandó un reporte a su jefe de la División del Hemisferio Occidental, el coronel Joseph Caldwell King,19 indicando que le había dicho a Pawley que su agencia tenía interés en Díaz Tamayo y que King le pedía que ayudara al general a conseguir empleo. Pawley dijo que conocía a Díaz Tamayo, que ya había hablado con King sobre él, y que pronto lo iba a ayudar en lo que pudiera. La CIA comenzaba a organizar Operación 40 para derrocar al régimen comunista de Fidel Castro. Díaz Tamayo fue al Pentágono buscando apoyo.20
Pawley se reunió en con el ex general José Eleuterio Pedraza, del 3 al 5 de diciembre de 1959, y le enseñó una lista con el nombre de Díaz Tamayo y otros seis21 para saber si podía trabajar con ellos. Pedraza respondió favorablemente. Cuatro días después, Pawley se reunió en su oficina en Miami con Díaz Tamayo y ocho representantes de grupos opositores.22 Díaz Tamayo dijo que comenzaría a trabajar inmediatamente con Pedraza para organizar unos 750 militares exiliados en Estados Unidos. La organización creada fue la Junta Cubana Anticomunista, presidida por el general Manuel Benítez Valdés. Díaz Tamayo tenía asignado el número clave C3-2 en la Junta y pertenecía a la sección militar, encabezada por Pedraza, con el teniente coronel Francisco Ángel Sánchez Mosquera y el vice almirante José Rodríguez Hernández. El general fue asignado a organizar el ejército de ocupación llamado Guardia Nacional y confeccionó un organigrama para siete regimientos. Debido a pugnas internas en la agrupación, Díaz Tamayo presentó su renuncia escrita a Benítez el 23 de febrero de 1960. Al separarse firmó un recibo por $2,400 que le entregó Pawley.

El 10 de marzo de 1960, Díaz Tamayo telefoneó a Bernard E. Reichhardt23 en Washington para informarle noticias confidenciales que entre el 17 de abril y el 1 de mayo de 1960, llegarían a Cuba de Europa tres embarcaciones repletas de armas que el gobierno cubano había comprado tres meses antes. El general previamente había reportado a Justin F. Gleichauf, agente de la CIA que monitoreaba a Cuba desde Miami, pero Reichhardt acordó que de ese momento en adelante Díaz Tamayo mantuviera contacto solamente con él.


El 15 de enero de 1961, el ex vicepresidente Guillermo Alonso Pujol invitó a Díaz Tamayo a un almuerzo para discutir cómo lograr la unidad de los grupos exiliados. Ambos estuvieron de acuerdo que Manuel Antonio de Varona era discordante y opuestos a Manuel Ray Rivero y su Movimiento Revolucionario del Pueblo (MRP), a quien el general consideró fidelismo sin Fidel. Según E. Howard Hunt, agente de la CIA que participó en el derrocamiento del presidente Jacobo Arbenz en Guatemala y ayudó a organizar la invasión de Bahía de Cochinos por la Brigada 2506, el nuevo presidente John F. Kennedy y su administración liberal impusieron a Ray en el liderato de la coalición de exiliados y omitieron a los batistianos.
Después del fracaso de la invasión, Díaz Tamayo viajó a Managua, Nicaragua, donde la CIA había establecido una base para operaciones contra Cuba, y regresó a Miami el 8 de noviembre de 1961. El general era coordinador militar de la organización Fuerzas Armadas de Cuba en el Exilio (FACE).24 En abril de 1962, Díaz Tamayo y el ex general Jorge García Tuñón participaron en una reunión donde se discutió la formación de un gobierno en el exilio encabezado por el ex magistrado del Tribunal Supremo Dr. Julio Garcerán de Vall y Souza. Tres meses después, Díaz Tamayo declaró que el gobierno norteamericano encomendaría a FACE el mantenimiento del orden público al ser liberada Cuba. Los planes se descarrilaron a fines de 1962 cuando el presidente Kennedy concluyó la Crisis de los Misiles con un entendimiento secreto con la Unión Soviética. A cambio de que los rusos retiraran 42 cohetes nucleares de la isla, Kennedy acordó remover 104 cohetes nucleares de Inglaterra, Italia y Turquía; nunca volver a invadir a Cuba; prohibir ataques de los cubanos exiliados desde Estados Unidos; y permitió la permanencia indefinida de una brigada soviética de combate en Cuba, en violación de la Doctrina Monroe.
Díaz Tamayo obtuvo empleo como vendedor de autos y residió en Hialeah con su familia. El general se naturalizó ciudadano norteamericano el 1 de agosto de 1978 y al siguiente mes viajó a Madrid por una semana. En 1979, fue designado representante del concejal Andy Mejides en la Junta de Relaciones Comunitarias de la Ciudad de Hialeah. Estuvo activo como dirigente de la agrupación de las Fuerzas Armadas Profesionales de Cuba en el Exilio.
A principios de los 1980s, empezó a redactar sus memorias en forma cronológica poco antes de enfermar de esclerosis lateral amiotrofia, a veces llamada enfermedad de Lou Gehrig, lo cual aplazó el proyecto. Esta enfermedad neurológica progresiva ataca las células nerviosas que controlan los músculos voluntarios y es invariablemente fatal. En 1990, estando Díaz Tamayo permanentemente confinado a su lecho, comenzó a dictar sus memorias al ex comandante Claudio Medel Fuentes, quien aparece en el manuscrito mecanografiado como co-autor. Medel transcribió 134 páginas de 8½ x 11 pulgadas, a un renglón. Algunas hojas están escritas al frente y al dorso, otras sobre una sola cara. Trece hojas tienen el machón de Sheehan Buick en Miami y siete de Vic Potamkin Chevrolet en Miami Beach, donde Díaz Tamayo estuvo empleado en ambas empresas como vendedor. Catorce páginas tienen el logo de la compañía Military & Commercial Aircrafts, Engines & Accesories, Inc. Cincuenta y tres páginas fueron escritas al dorso de planillas de la llamada Guardia Nacional de Cuba, que iba a servir como Ejército de Ocupación. El proceso del dictado causó frecuentes digresiones, añadidas por Medel, especialmente sobre sus conocimientos de las guerras napoleónicas del siglo XIX. Con la aprobación de su hija Roraima Díaz Menéndez de Kanar, excluí estas referencias del libro.
Aunque el título del manuscrito inicialmente incluía “Mi Familia” y luego se tachó, mención de sus dos matrimonios y sus dos hijos quedaron excluidos. Dos hojas del manuscrito, enumeradas en ambos lados del 67 a 70, han desaparecido. La secuencia de los años concuerda con la época del divorcio de su primera esposa y su segundo matrimonio el 17 de julio de 1942 con Rosaura Menéndez Hernández de Tejada. Rosaura es mencionada una sola vez señalando que lo ayudó a esconder documentos durante la conspiración del golpe de Estado.
El mayor general tuvo cinco hermanos: Luis, Salvador, Ramón, Julio y Clemente y tres hermanas, Elena, Isabel y Marcela. Las memorias solo mencionan brevemente a Salvador, quien permaneció en Cuba, y a su hermano mayor Luis, quien le enseñó a leer y escribir. No dice que Clemente fue capitán de la Policía Nacional al mando de la Decimoséptima y de la Octava Estación en La Habana antes del golpe de Estado y que luego conspiraron juntos contra Batista. Tampoco menciona que su hijo Martín Díaz Menéndez nació en 1943 y de su hija Roraima solo dice que antes de nacer en 1953, Martha Batista le organizó un baby shower a Rosaura.
Además del manuscrito mecanografiado por Medel, hay veinticuatro páginas de su puño y letra que fue el comienzo de esta obra que tituló “Mis recuerdos Mi familia Vida Militar.” Existen otros cinco segmentos de menos de una docena de páginas cada uno, escritas a mano por el general, que relatan los eventos más importantes de la autobiografía y fueron excluidos por Medel. He incorporado todo este texto que no sea repetitivo al libro en letras itálicas. Le he añadido las notas al pie de las páginas para identificar algunos personajes que menciona, además de precisar algunas fechas exactas y datos que no recuerda. El manuscrito contiene algunos lapsos de fechas, errores y omisiones, algunas intencionales y otras debido a falla de memoria después de muchas décadas. Por ejemplo, señala que su profesor de matemáticas, el teniente coronel Ángel Custodio Bisset Coll fue fusilado por los castristas, lo cual es erróneo. El gobierno revolucionario le dio un retiro anual de $3,000. Indica que Medel y su familia salieron de Cuba a principios de 1959 con la ayuda del mayor general Ralph Truman, hermano del presidente Harry Truman. Esto tampoco es cierto, ya que Medel inmediatamente se incorporó al Ejército Rebelde con el grado de capitán. Fue detenido en agosto de 1959 por participar en la conspiración de Trinidad y sentenciado a presidio. Parece que Medel realizó las omisiones y cambios en el manuscrito mecanografiado.
Conocí a Roraima Díaz de Kanar a través de FaceBook en el 2012. Me indicó que poseía las memorias de su padre, lo cual despertó mi interés en rescatar esta historia desconocida de Cuba. Durante un viaje a Miami con mi esposa Carlina, fuimos recibidos por Roraima y su familia. Pude examinar el manuscrito, fotos y documentos del general mientras su hija me aseguró que el deseo de su padre fue que se publicara el libro. Después de varios años y mi persistencia en obtener copia del manuscrito, Roraima me entregó el original para que se publicara. Le envié copia a Werner Korte en San José, Costa Rica, quien lo transcribió en forma digital. Las fotos, documentos y manuscrito que recibí prestados los incorporé a una página dedicada a Díaz Tamayo que aparece en el Internet en http://www.latinamericanstudies.org/diaz-tamayo.htm El resultado ha quedado plasmado en esta obra, que es la última adición a la historia militar de la Cuba republicana.
Antonio Rafael de la Cova

West, Columbia, SC, 2017



PREFACIO
Mis recuerdos Mi Familia Vida Militar
Me decidí a escribir este libro con la eficaz cooperación de mi amigo comandante C. M.25 por aquello que alguien dijo, que todo hombre debe tener un hijo, sembrar un árbol y escribir un libro.

Yo me conozco lo suficiente para comprender, que casi todos los lectores de esta obra, que me conocen, saben que yo no soy escritor, ni universitario, ni tampoco aun irresponsable que desea decir lo que sabe solo por decirlo. Aquí existen tres cosas: grandes rasgos de vida, verdades históricas y rectificación de atrás.
Yo no soy un hombre polémico, ni tampoco quiero inventar argumentos fabricados por mi mente. Quiero eso sí, decir cosas inéditas, rectificar otras dichas por hombres que tuvieron mucha responsabilidad y otros que vaciaron sus pensamientos convertidos en hiel, no sólo sobre mí, sino también sobre otros que no estábamos de acuerdo con las cosas mal hechas. Esto de las cosas mal hechas no es nada nuevo, ya es historia. Los únicos que no lo saben son aquellos que ponen primero los favores recibidos y después las cosas de la patria.
Creo ser un hombre polémico si polemizar es ir contra todo y contra todos los que se opongan al bien de la patria, de las Fuerzas Armadas y, sin apartarnos de lo que convenga a nuestro pueblo democráticamente. Grandes angustias sufrí en mi carrera militar por no estar de acuerdo en cómo procedían algunos jefes nuestros en el ejército. Creo que mi conducta militar y como ciudadano mismo, acredita esa posición de intransigente en lo que fuera contra la lógica, la honradez y la justicia, en sentido general.
Mis polémicas sin publicidad, pero ciertas, me trajeron muchas inconveniencias de los cuales casi nadie se enteró. Es verdad que soy polémico, pero sin publicidad. No soy amante de la notoriedad en lo malo ni en lo bueno. Quizá por eso se cometieron ciertas injusticias conmigo que he querido hacer públicas, pues los culpables ya algunos están muertos y otros están gozando del producto de aquellas injusticias. Estoy seguro, que cuando lean este libro las recordarán.

Mayor General Martin Díaz Tamayo

CAPÍTULO I
SOLDADO DE LA REPÚBLICA
Cuba es una isla larga y estrecha, en forma de arco tendido hacia el Norte. Su longitud es de unos 1700 kilómetros de largo. Su ápice es la Bahía de La Habana. A partir de este punto desciende hacia el sureste, a todo lo largo de cinco de sus provincias. La rama occidental, más corta, cae al suroeste y va a morir en el Cabo de San Antonio: esta es mi patria chica. Es la provincia de Pinar del Río.
Un lomo montañoso, la Cordillera de los Órganos, llamada también de Guaniguanico, recorre esta región casi de un extremo al otro. Queda así compartimentada en dos vertientes, una Norte y otra Sur, pero son vertientes muy desiguales. Muy encimadas las montañas a la Costa Norte, el terreno aquí es angosto y quebrado. La llanura meridional, por el contrario, es llana, ancha y muy fértil.
Los productos principales de la Provincia son el azúcar, sobre todo en la Vertiente Norte, debido a que la amplitud de sus bahías hace fácil su embarque. Las montañas dan muy buenas maderas, aunque la explotación ha sido inmisericorde, y ya quedan pocas. El tabaco pinareño se considera el mejor del mundo, y también el ganado bovino y caballar abunda en la cuenca sur. Naturalmente, los frutos menores se ven por todas partes, así como algunos cítricos y la piña. Sobre esta piña debo adelantar algo: es magnífica y en los últimos años se establecieron plantas para enlatarla, pero su recogida es difícil y hasta dolorosa. Mi trabajo como recogedor de piña resultó, a la postre, un factor importante en mi determinación, a los 16 años, de emigrar a La Habana e ingresar en el Ejército.
Cuando yo nací, el 11 de noviembre de 1904,26 mi provincia se hallaba en plena recuperación. La República, bajo los mejores auspicios, se había inaugurado en 1902, pero ya las pugnas políticas habían provocado una segunda intervención norteamericana, y gobernaba la Isla Mr. Charles E. Magoon.27
Vine al mundo en el barrio de La Leña, en Consolación del Sur. Se llamaba mi padre Nicolás Díaz y mi madre doña Paulina Tamayo, “pichones”, respectivamente, de asturianos e isleños.
Toda mi familia estaba compuesta por gente de campo. Humildes, pobres, trabajadores. Nunca habíamos conocido otra cosa. Allí, en esa región de Pinar del Río, continúan casi todos los parientes que aún tengo, menos un tío que emigró hacia la parte oriental de la República y nunca volvimos a saber de él.
Papá se dedicaba a la cría de ganado en un potrerito que había arrendado. Mamá se dedicaba a la casa y al cuidado de la prole, que era numerosa. Llegamos a ser nueve hermanos, tres hembras y seis varones. Sin embargo, yo no conocí a mi padre. No llevaba yo un año de nacido cuando murió, estando mamá embarazada del noveno hijo.
Las circunstancias del fallecimiento de mi padre no me son familiares. Ocurrió en 1909, en el Barrio La Leña, Consolación del Sur, y siempre se me dijo que fue en un accidente. Por otra parte, mamá siempre se mostró reticente a hablar del asunto. Sin embargo, siempre he sospechado que fue por alguna diferencia habida por cuestión de intereses.
Por algún tiempo nuestro estatus no cambió. Un tío que vivía cerca de nosotros atendió el negocio que dejó mi padre, pero bien fuera porque no tuvo suerte o por mala administración, el dinero se fue evaporando, y a la larga nos vimos reducidos a la mayor miseria. No quedó otro remedio a mamá que “colocarse”, como se decía en Cuba. Trabajó como cocinera en casa de gentes más afortunadas. Mantuvo su casita y retuvo cerca de ella tantos hijos como pudo, pero a los demás, tal como era corriente en aquella época, los repartió entre diversas familias.
Esto último recuerda un poco a la Edad Media. La costumbre, que nos venía desde la colonia, no deja de ser una reminiscencia de ella. El niño era entregado al maestro de algún oficio para que lo aprendiera. El aprendiz recibía casa, comida y conocimientos, y a cambio, prestaba todo tipo de servicios en casa de sus amos. Y siendo yo hijo de campesinos y destinado a serlo, ¿qué otro oficio era el que debía dominar?
La familia a que se me confió era también de apellido Díaz. No me trataban mal, y reconozco que la dueña de la casa, la señora Clara Sánchez de Díaz, hizo cuanto en sus manos estuvo por hacer de mí un buen cristiano. Noche tras noche, antes de ir a la cama, me hacía parar frente a ella y recitar mis oraciones. No puedo decir lo mismo de los hijos del amo. Con frecuencia me maltrataban, aunque, para decir la verdad, yo también era bastante maldito.
La rutina se cumplía día a día: la jornada comenzaba de madrugada y, después de un magro desayuno, trabajar en el campo hasta caer la noche y, por fin, volver extenuados, para comer, dormir y reunir fuerzas para el día siguiente.
Desde muy temprano aprendí a chapear, a enyugar bueyes, a arar, a conducir una carreta, a sembrar, a aporcar, y algo que me valió sobremanera en el Ejército: a montar a caballo. Esta situación se prolongó, si la memoria no me es infiel, desde 1914, año en que comenzó la Primera Guerra Mundial, hasta 1919. Mamá iba a verme cada vez que podía, es decir, cuando su trabajo se lo permitía. Empleaba entonces su día libre en visitar a sus hijos, uno por uno. Esto ocurría cada dos o tres meses. Recorría entonces grandes distancias a pie, que ningún otro vehículo tenía a su disposición, y estaba un rato con cada uno de nosotros.
Otros recuerdos me vienen a la mente, de esta etapa de mi vida. Uno de ellos es que el señor Andrés Díaz (teníamos el mismo apellido, aunque ningún parentesco) y su familia, a diferencia de la mayor parte de nuestros campesinos, eran extremadamente limpios. Tenían agua corriente y el baño era frecuente. Diré también que éramos trece personas en la casa. Yo era el único niño, de modo que, coscorrón que se perdía, ya podrán ustedes imaginarse quién lo cogía. Algo que siempre les he tenido en cuenta, sin embargo, es que nunca se preocuparon de mandarme a la escuela. Esta era una actitud muy generalizada en el campo de Cuba.
Nuestros campesinos de principios de siglo eran, por lo general, ignorantes. Enviar sus hijos a la escuela significaba, simplemente, privarse de dos manos que ayudasen en el campo. Mantener una boca que no produjera nada iba más allá de sus entendederas. Creo que en todos aquellos años asistí un total de 29 días al colegio. Mis primeras letras las aprendí más adelante, cuando regresé al lado de mi madre, supongo que preguntando aquí y allá.
Para 1919, año en que regresé a casa, nuestra situación había mejorado un tanto. Un factor fue que, siendo ya todos hombres y mujeres (yo sólo tenía once años, pero era muy espigado para mi edad. Además, casi todos los muchachos del campo trabajan como hombres, y yo no era la excepción) pudimos cerrar filas alrededor de nuestra madre; esto le permitió emanciparse de la servidumbre y consagrarse de nuevo al hogar. El otro factor lo constituyó don Alfredo Mason. Este señor era casado con una hermana de mi padre. Él, su esposa e hijos constituían una gran familia. También eran gente de campo y de trabajo, como los Díaz, y con idéntica situación desahogada. Tenían una finca llamada San Jorge, en la zona de Bacunagua, donde cultivaban tabaco, caña, papas, plátanos y otros frutos menores.
El señor Mason nos facilitó una casa recién construida. Me acuerdo bien de ella: piso de tierra muy apisonada, paredes de madera y techo de guano. Se nos facilitó la casa y la facilidad para realizar nuestros propios cultivos a cambio de nuestro trabajo. Y el trabajo era tan agotador allí como en todas partes. En temporada de cultivo del tabaco nos levantábamos a la una de la madrugada, y el trabajo se continuaba sin interrupción hasta por la noche. No menos de quince o dieciséis horas diarias. Pero el viejo Mason era el primero. A fuerza de mantenerse encorvado durante tantos años para chapear a lo largo de los surcos, su espalda había adquirido una joroba permanente. Es decir, caminaba con una inclinación de casi 90 grados de la cintura para arriba.
Terminada la temporada del tabaco, venía el tiempo muerto de éste, como después de la zafra azucarera venía el tiempo muerto de la caña. A partir de 1921, mi hermano Salvador y yo comenzamos a ir a una finca llamada El Pañolón, perteneciente a un español llamado Severo Jorge. El Pañolón se hallaba cerca de Santa Cruz de los Pinos, también en la Vertiente Sur de Pinar del Río. Aquí, y en cuantas partes se me presentó, Salvador y yo trabajamos en el corte de caña, en diversas clases de siembras, en la recogida de piña en la plantación de un señor de apellido Belén, y de nuevo en el trabajo. Y así, año tras año. Durante un tiempo logré colocarme en el Central Andorra, cerca de Artemisa. Allí hice de pintor, y hasta obtuve una promoción laborando, primero en la centrífuga y luego como ayudante en los tachos.
Cuando tenía unos 16 años, mi hermano Salvador (hoy en Cuba) y yo arrendamos una finca para sembrar tabaco. Este era de tabaco especial solo para capa o de tapado. Trabajamos como dos extraviados ese año. Había que trabajar de 1:00 AM hasta el oscurecer, con excepción de los Domingos. Todo esto durante un año: desde la preparación de las tierras hasta la venta de la cosecha. Valor de la venta $5,000.00. Resultado de todo esto, para no hacerlo cansado; las ganancias de mi buen hermano y yo fueron $1.40 en dinero cubano para los dos. Los dueños eran dos o tres españoles muy ricos y muy caballerosos, que se lo tragaron todo.
Cuando esto sucedía en Cuba, en la mayoría de los casos, al pobre campesino, no había comunismo. El comunismo vino después, cuando todo ese atropello al pobre trabajador ya había cambiado mucho; cuando el trabajador ganaba muchísimo más; había derecho de huelga; el trabajador tenía derecho a enfrentarse al patrono y el patrono podía defender su industria y su dinero; había sindicatos para la defensa del obrero y asociaciones de patronos para evitar los abusos de cualquiera de las partes. Ya Cuba tenía leyes extraordinarias a favor del trabajo y del capital (ambos hacen la vida de una nación).
Los sueldos en aquella época eran irrisorios, aunque también es verdad que las cosas costaban poco. Mi salario en todo ese tiempo fluctuó, de veinte centavos diarios en el corte de caña, hasta un peso cuando trabajé en el Central Andorra.28 Con todo esto debía sufragar mis gastos y ayudar a nuestra madre. Algo que alivió mucho mi situación cuando anduve por los alrededores de Artemisa fue que nos alojábamos en casa de una prima llamada Anita.
Con los años, el guajiro cubano fue recibiendo más protección, pero a comienzos de la República, y prácticamente hasta 1933, carecía de toda defensa. Por ejemplo, la mayor parte de los ingenios azucareros no pagaba con dinero, sino con vales y fichas válidos solamente para los establecimientos de dicho ingenio, que vendían con el consiguiente sobreprecio. Para 1912, es decir, en época del presidente José Miguel Gómez, esta práctica fue abolida por la llamada “Ley Arteaga” aunque, repetimos, hasta 1933, no desapareció del todo. Tampoco existían leyes sociales que lo protegieran, ni retiro, ni salarios mínimos, ni compensaciones por accidentes de trabajo, ni hospitales. Solamente el médico de campo, aquel viejo médico que viajaba a caballo kilómetros y kilómetros para atender a un enfermo, y a quien muy pocos podían pagar, era casi nuestra única esperanza. También, aquellos guajiros que no eran dueños de sus tierras (la inmensa mayoría) podían ser desalojados del sitio en que vivían, bien porque no pudieran pagar el arriendo, o por necesitarse su lote para otro tipo de cultivo. Simplemente, llegaba el juzgado, y los ponían a él y a la familia con sus pobres bártulos en medio del Camino Real.
No me faltaron durante ese tiempo las diversiones, bastante inocentes, por cierto. Durante mi estancia en nuestra casa de San José, mis primos, los hijos de mi tío Flores Díaz, dos de mis hermanos y yo formamos una especie de orquesta. Constaba de un acordeón, un tres, una guitarra, un bongó, un güiro y claves. Yo tocaba la guitarra. Ya podrán ustedes imaginarse cómo sonaría todo aquello. Pero se nos invitaba a guateques y teníamos nuestro público. Tampoco diré que conocí el hambre. En el campo, si se trabaja, no falta lo más esencial en la mesa. Esta época en San José fue cuando, por mi cuenta, aprendí por fin, con la ayuda de mi hermano mayor, Luis, a leer y a escribir.
Mi pobre hermano siguió arañando la tierra para vivir. Yo muy poco después fui acercándome a la Habana y esperando tener más edad para ingresar en el Ejército en busca de otras cosas, sin sentir odio contra nadie. Siempre sentí deseos de ser militar, sin saber por qué.
Pero en 1926, encontrándome en la recogida de piña en la Finca Pañolón, tomé una decisión aún más trascendental. Un día, no sé precisamente por qué fue ese día, me detuve en medio del trabajo. Miré mis manos inflamadas llenas de cortaduras y llagas infectadas, causadas por las espinas, y pensé que, si continuaba como hasta el momento, no habría futuro para mí. Un peón, un pobre guajiro, y nada más. Tenía una guataca en la mano, y con ella di un guatacazo a una palma. El mango se partió y me quedé con parte de él en la mano. Lo arrojé también y exclamé: -¡Se acabó el campo para mí! Me voy para La Habana. ¡Ingresaré en el Ejército!
No debe pensarse que mi decisión de ingresar en el Ejército fue una especie de revelación divina ni mucho menos. Era esa una idea que me rondaba desde hacía algún tiempo. Las generaciones de cubanos anteriores a la llegada del comunismo a Cuba recordarán las famosas parejas de la Guardia Rural, que patrullaban los campos de nuestra patria. No había trabajador que no levantara la cabeza del surco, o guajirita que no se asomara a la puerta de su bohío para verlas pasar. Uniforme caqui amarillo, sombrero de ala ancha rígida, sable y fusil en el arzón de la silla. Nos parecían, como canta Víctor Hugo, “hombres gigantescos sobre caballos colosales”. Los veíamos como algo majestuoso, inaccesible, lejano como las estrellas. La Guardia Rural nos llenaba de admiración, no exenta de temor.
Había un coterráneo nuestro, un amigo de la infancia, que pertenecía también al Ejército. Se llamaba Clemente Pérez, y según me enteré después, pertenecía al Batallón 2 de Infantería, con sede en [el campamento] Columbia. Clemente era alegre, decidor, enamoradizo. Cuando venía en uso de licencia, se unía a nosotros en los guateques y, al igual que nosotros, cantaba décimas. Era unos doce años mayor que yo, pero siempre me atendía con afabilidad. Fue él quien me hizo notar lo alto que era para mi edad (16 años) y que eso me hacía aparecer mayor. En más de una ocasión me dijo que si algún día quería alistarme, que fuera a Columbia, en las afueras de La Habana, y preguntara por él.
Sin embargo, llevar adelante la resolución no era cosa fácil. Primeramente, no tenía un centavo en el bolsillo, ni aún para el viaje tan relativamente corto como lo era el de Artemisa a La Habana. Lo único que se me ocurrió fue ponerme a trabajar en un circo, uno de aquellos famosos circos de “ripiera” que iban de pueblo en pueblo, pero que tanta acogida tenían entre la gente de campo, donde las diversiones no abundaban. Los personajes eran siempre los mismos: el negrito, el gallego, la mulata. A veces tenían un mono, o un oso amaestrado. Mi circo, sin embargo, no tenía animales, pero sí un grupo de muchachas que bailaban, aunque no era mala la representación.
La casualidad me llevó a conocer a su dueño, el señor Regal Sánchez. Este estaba tratando de convencer a un tío mío por parte de padre para que le alquilara un camioncito del tipo “tres patadas” que éste tenía. Mi tío no se sentía muy inclinado a hacer el trato. Yo me había acercado a ellos dos y tercié en la conversación, y me ofrecí a manejarlo si mi tío se lo alquilaba. Quizás por ayudarme, o quizás porque me tuviera confianza y de este modo el negocio le pareció aceptable, lo cierto es que mi tío accedió. Yo casi no sabía manejar. Tampoco tenía licencia, pero como todos los desplazamientos se harían por caminos vecinales, era poco probable que hubiese un mal momento. Hay que añadir también que, en aquellos tiempos de poco tráfico, aún las vías principales estaban poco patrulladas. Mi misión consistía en llevar el circo de un pueblo a otro. Siendo el camión pequeño, cada mudanza implicaba varios viajes: primero la carpa; luego las sillas; después los artistas, la utilería, etc. Una noche me atasqué cerca de un pueblo llamado Quiebra-Hacha (mencionado por Cirilo Villaverde en Cecilia Valdés) y tuve que quedarme allí, comido por los mosquitos, hasta que al día siguiente me sacaron con una yunta de bueyes.
Al cabo de unos dos meses me pareció disponer ya de suficientes medios para emprender la aventura y devolví el camión a mi tío. He de admitir, sin embargo, una reserva mental que en aquel momento tenía. Con anterioridad al día aquel en que rompí el mango de la guataca, había ya hablado yo a mamá sobre las posibilidades de hacerme soldado. Nuestra madre nos trataba siempre con dulzura, pero también con firmeza. Y tal era el concepto que existía por aquel entonces sobre la autoridad paternal, que sus juicios resultaban para nosotros definitivos. Ni yo, ni mis hermanos ya casados se hubieran atrevido a discutirlos. En este caso, se negó rotundamente a que yo fuera militar. De no hallarme lejos de ella, en Artemisa, no me hubiese atrevido a desobedecerla. Así y todo, no tuve el valor de mandárselo a decir . . .
Pero, en fin, llegó el día, y tomando uno de aquellos ómnibus decrépitos de la época, con asientos anchos, uno detrás del otro, y salida por ambos lados, dando tumbos por la carretera, que estaba muy lejos de lo que después fue la “Central”, me alejé hacia mi destino. Y se sucedieron los poblados: Guanajay, Caimito del Guayabal, Bauta, Punta Brava, Arroyo Arenas, La Lisa y, por fin, Marianao y el Campamento de Columbia. Frente a este histórico campamento me hallé al apearme del ómnibus en septiembre de 1926. Este me dejó frente a la Posta 4, precisamente por donde, 26 años más tarde, en la madrugada del 10 de marzo de 1952, entraría yo junto al general Batista. Y allí, en aquella posta, tuve el primer atisbo de lo que era la vida militar: el chasquido metálico del fusil al presentar armas el centinela al paso de los oficiales. Los saludos, la rigidez de las actitudes, y todo tan distinto de lo que había yo conocido hasta entonces, como si fuese otro planeta.
Ni qué decir que el soldado de posta me impidió el paso, cuadrándose ante mí y portando el arma. Gritó a continuación: ¡Cabo de Guardia!, al manifestar yo mis intenciones de pasar. Acudió el cabo con la misma severidad en el gesto, pero todo cambió cuando manifesté yo mis intenciones de alistarme. Y es que en aquel momento yo ignoraba que, casi desde el inicio de la República, nuestras fuerzas armadas padecían de una crónica falta de soldados. En parte debido a la escasa población del país, y en parte debido a la prosperidad, pocos hombres acudían a engrosar sus filas.
Había un teléfono junto a la garita, y el cabo llamó de inmediato al Cuerpo de Guardia. Yo había inquirido por el soldado Clemente López, del Batallón 2; por tanto, el Cuerpo de Guardia llamó al Batallón 2. La Jefatura del Batallón 2 llamó a su vez a la Primera Compañía, a la que pertenecía Clemente (de todo esto me enteré después. En aquel momento, estaba yo demasiado impresionado como para darme cuenta de lo que sucedía).
Siendo como las diez de la mañana, el Regimiento se encontraba en pleno ajetreo de ejercicios y faenas, y Clemente se hallaba en el campo, con su compañía, pero el sargento primero de la misma, José López, casado a su vez con una pinareña, y quizás por este motivo, tomó especial interés en mí y solicitó del Cuerpo de Guardia que me dejara pasar. Entonces el Cabo de Guardia, y creo que dos soldados más, me indicaron el camino a seguir: todo derecho hasta tropezar con el Polígono, y después hacia la derecha, casi hasta el final del campamento, donde se hallaba el Batallón 2 de Infantería.
Con el decurso de los años hice este recorrido cientos de veces, pero aquel primer día me quedó grabado en la mente de modo indeleble, y es que no había escena que no fuese nueva para mí . . . ¡Todo tan distinto de lo que yo conocía . . . !
Según me internaba yo en aquella ciudadela, pelotones en marcha se cruzaban conmigo. Por doquier oficiales a caballo. Toques de corneta a la distancia. Luego, más adelante, la música regimental que ensayaba y, al tropezarme con el Polígono, vi por doquier unidades desplegadas en batalla, en todo lo que comprendía aquel enorme descampado. Luego, dominándolo todo, surgiendo de aquí y de allá, las voces de mando, esas viriles expresiones que sazonan el espíritu de nuestra profesión. ¿Qué impacto no haría todo esto en este pobre guajirito de 16 años?
¡Y hay quien afirma que no hay poesía en el Ejército! Yo digo que, después de la mujer, nada ha inspirado tanto a los poetas como la gloria militar. Ningún otro tema inflamó tanto la pluma de Víctor Hugo. No en balde existen tantas estatuas elevadas a los grandes capitanes victoriosos, porque, ¿a quién se le ocurriría elevar una estatua a un vendedor de muebles a plazos cómodos?
Llegué por fin a la Jefatura del Batallón 2. De allí, me dirigieron a la Compañía y el Sargento López comenzó de inmediato a preparar mi expediente. Pero de pronto, al consultar la nómina, apareció que no había plaza vacante en el Batallón, aunque sí en la Caballería.
De inmediato surgió un capitán. No se me olvida su nombre: Colín Herrera, quien saltó sobre mí como un tigre sobre su presa. Me iría con él para el Tercio Táctico. Sería yo un hombre de a caballo, tal como esos Guardias Rurales que yo tanto admiraba. El capitán Herrera preparó todo lo pertinente, y ya estaba yo a punto de estampar mi firma, cuando el Batallón 2 reaccionó. ¿Quién dijo que no había plazas en el Batallón? Además, un soldado del Batallón 2 me había reclutado, y no era justo que el Tercio me arrebatara. Llegó entonces mi amigo el soldado Clemente Pérez con la noticia de que había plaza vacante y que se me esperaba. Y ahora se me ocurre adelantar: ¿Quién diría que, andando los años, sería yo Capitán Ayudante del Tercio Táctico? Pero por lo pronto, y como cuestión de ética, el capitán Herrera me dio a escoger. O me iba para la Infantería, o me quedaba con la gente de a caballo. Yo decidiría. Verdaderamente, yo me hubiera quedado en la caballería, pero teniendo en cuenta mi amistad con Clemente Pérez y las instancias del sargento López, opté por la tropa de a pie, y allá volví.
Quien conociera la minuciosidad con que se llenaba en Cuba el expediente de un soldado, y la cantidad de documentos que le eran necesarios, no dejará de extrañarse por la facilidad con que se pasaron por alto en mi caso. El hecho de que yo fuera menor de edad no pareció molestar a nadie. Tampoco que no presentara antecedentes penales, ni inscripción de nacimiento, pues, como mencioné antes, la escasez de reclutas era tal que, poco tiempo después, pude ver a las bandas de música de los regimientos, acompañadas de sargentos reclutadores, recorriendo las poblaciones con el objeto de lograr alistamientos (“enganchar” es el término militar apropiado). En Cuba la escasez de personal era motivo de preocupación constante.
MIS PRIMEROS PASOS
Y por fin, el 19 de septiembre de 1926, quedé convertido en soldado de la República. Ingresé como recluta en la 2da Compañía del Batallón 2 de Infantería. Tenía yo entonces 17 los 21 años cumplidos. Sólo recuerdo los aspectos exteriores de la que sería mi carrera de toda una vida. Carrera a la que amé apasionadamente mientras duró, y cuyo recuerdo venero tanto como el de mi propia patria.
En el ejército no se ganaba mucho, había mucha disciplina y había que andar al trote siempre, pero siempre fue una Escuela de hombres. Hubo raras excepciones, como en todas partes y en todos los tiempos, pero era eso una verdadera fragua de ciudadanos. Jamás olvidaré ningún tiempo vivido en el Ejército, ni me arrepiento de lo que para mí fue. Tampoco me arrepiento de lo que hice o dejé de hacer. Porque cada acto realizado en mi vida militar tiene un por qué y a mi juicio una razón, un perfecto acuerdo con mi consciencia.
Por aquella época se estaba construyendo en la Isla de Pinos, al sur de Cuba, el Presidio Modelo, otra de las grandes obras del presidente Machado. Este presidio estaba constituido por cinco edificios de forma circular y llamados así, “circulares”. Visto desde el aire, parecen el número 5 de un dado. El central contenía las cocinas, comedores y servicios, mientras que los otros cinco estaban destinados para los reclusos. Cada circular tenía cincuenta y dos celdas por piso. Cada celda con dos camas, servicios sanitarios y lavabo. La idea era concentrar allí a todos los presos comunes de la Isla, para su rehabilitación mediante el trabajo. Andando el tiempo, se envió allí a muchos presos políticos. Se dice que en cierta ocasión preguntaron al presidente Machado el porqué de un establecimiento penal tan grande, teniendo Cuba una población tan pequeña. Machado replicó: -Ya vendrá después de mí algún loco que la llene. Fue profético: bajo [Fidel] Castro, cada celda llegó a tener hasta seis inquilinos, sin contar con que se habilitaron para recibir presos los cobertizos que quedan directamente bajo la techumbre.
Pues bien, para la custodia del personal recluso que trabajaba en la construcción del presidio, y de las obras en general, se envió a la Isla de Pinos el Batallón 1. Esto fue a principios del mes de octubre de 1926. En Columbia, todos los soldados recién alistados se destinaron a pasar por la Escuela. Para su alojamiento se aprovecharon dos de las barracas vacías del Batallón 1.
Si bien todo fue como miel sobre hojuelas hasta el momento en que estampé mi firma, todo cambió de inmediato. El trato a los soldados no era inhumano, pero sí riguroso. En la Escuela de Reclutas, la diana era a las 5:00 AM. Luego, la instrucción, los trabajos y los ejercicios se sucedían sin más interrupción que un breve paréntesis para almorzar hasta las 11 de la noche, en que caíamos extenuados en nuestros camastros. Todo ello a un ritmo que no vacilaré en calificar de violento. También, los castigos se sucedían a los castigos, y no puedo decir que ocurriera todos los días, pero en varias ocasiones vi a oficiales instructores golpear con el plano del sable o con la fusta a soldados morosos.
Pero nada de esto me sorprendía ni me parecía fuera de lugar, ni siquiera difícil. El refrán español nos dice: “Al buen soldado, sácalo del arado”. Porque, en efecto, ¿qué era para mí, o para otros tantos como yo, saltar del lecho a las cinco de la mañana, cuando me era cosa corriente hacerlo a la una de la madrugada? Tampoco los ejercicios en el Polígono: avanzar, tenderse, marchar horas y horas bajo el sol, formar en orden cerrado o desplegar en guerrilla, con ser tan fatigoso, podía rivalizar con las horas y horas chapeando en el surco, o bien cortando caña. Mucho más penosa me era la inspección “seca” de los sábados.
La limpieza de equipos al final de cada día era obsesionante y, en la mañana del sábado, antes de salir de pase, tenía lugar una inspección a fondo de todas las pertenencias del soldado. Esta inspección comenzaba casi al toque de diana, y se prolongaba hasta el mediodía. El gran “finale” era la inspección seca: uniforme, fusil y bayoneta en medio del Polígono, a pleno sol. Durante todos los días de la semana, las armas eran engrasadas al anochecer, después de los ejercicios. Los sábados, por el contrario, había que presentarlas completamente limpias, y sin el menor vestigio de aceite. Formada la Escuela, abiertas las filas, el oficial inspector comprobaba, hombre por hombre, si existía algún remanente de grasa en la recámara, óxido en el ánima, en el cerrojo, o en el mecanismo elevador de municiones. Quiere esto decir que, a partir del viernes por la tarde, después de la ceremonia de retreta, comenzaban los trabajos de limpieza y preparación para la inspección del día siguiente. Estos trabajos se prolongaban hasta pasado el toque de silencio. Allá por la medianoche, los sargentos instructores realizaban una inspección previa, verificando que todo estuviera listo para el día siguiente. Sólo entonces se nos concedía unas breves horas de sueño.
Como antes dije, nada de esto me molestaba gran cosa. A decir verdad, siempre me ha gustado la limpieza y, cuando llegué a oficial, fui bastante exigente en ese aspecto. Sólo que, tras esas horas inmóvil bajo el sol de mediodía, la prueba era de temer.
Hombre por hombre el oficial inspector tomaba su fusil y preguntaba el número. A continuación, lo examinaba con todo cuidado. Luego los botones del uniforme, el brillo de zapatos y polainas. Cuando llegaba al último soldado, bordeaba el flanco de la formación y hacía el recorrido a la inversa, inspeccionando ahora las bayonetas. Los reportados perdían el pase, o bien se les enviaba a las cocinas. Todo esto podía durar más de una hora por pelotón, y éramos varios pelotones. Esta exposición al sol del mediodía, en la inmovilidad de la posición de atención, producía a veces desvanecimientos. Me avergüenza confesarlo, pero un día me tocó a mí. Según me dijeron mis compañeros, caí al suelo de cara, tieso como una estaca.
Esta escuela de reclutas tuvo una súbita interrupción. Uno de los huracanes más violentos que jamás azotaron a Cuba, el “Ciclón del 26”,29 pasó sobre La Habana y el campamento. Como en su mayor furia, el viento soplaba del este, las barracas de los batallones uno y dos se fueron abatiendo una tras otra. Si mal no recuerdo, cayeron siete en total. Los árboles que bordeaban el Polígono fueron arrancados de cuajo. A partir de ese día, y durante varias semanas, el personal del Batallón 2 y los reclutas tuvimos que acampar en tiendas de campaña. Cada día, y una vez terminados los ejercicios, pasábamos a ayudar al resto del regimiento a reconstruirlo todo, a replantar los árboles, etc.
La escuela duró tres meses y, por fin, en enero de 1927, el Batallón 2 pasó a Isla de Pinos y relevó al 1. Allí también acampamos bajo tienda, pero después de la Escuela de Reclutas, el servicio de línea me pareció juego de niños. En la Isla, aparte de los trabajos usuales en un campamento, teníamos a nuestro cargo la custodia de los presos que trabajaban en la construcción del Presidio Modelo. Esta fue una etapa rutinaria hasta que, en abril, relevados por el Batallón 3, regresamos a Columbia.
En este mundo no puede decirse que haya acontecimientos aislados. Todo viene encadenado, y cada paso conduce al siguiente en la vida de cada persona. Así, quizás fuera por los hábitos de limpieza adquiridos durante mis años con la familia Díaz, o bien por contagio con el ejército, lo cierto es que siempre traté de vestir lo mejor posible. En la ceremonia del relevo de la guardia, el soldado mejor vestido y con armas más pulidas era escogido como “Ordenanza del Jefe de Puesto”. El ordenanza no hacía la posta fusil al hombro, sino que permanecía en el Cuerpo de Guardia, llevaba mensajes y realizaba trabajos menores. Durante la noche, y a menos que se presentara algo especial, dormía a pierna suelta. Yo tuve la suerte de ser designado en varias ocasiones ordenanza del Jefe de Servicio. Esto me llevó a ser escogido como “Soldado Distinguido de la Unidad”. Más adelante pasé a ser “Soldado Distinguido de Batallón”, después del Regimiento, hasta competir por esa misma posición como “Soldado Distinguido Nacional”. Pero hasta aquí no me acompañó la fortuna, y esto último no pude lograrlo. Estas cosas parecen insignificantes si se comparan con las posiciones que llegué a ocupar después, pero para un soldado, las pequeñas distinciones que esto acarreaba eran motivo de orgullo y alegría.
Mi sueldo por aquella época era de $19.20 mensuales, y teniendo en cuenta lo que de ahí debía enviar a mi madre, ya podrá calcularse lo que quedaría. Pero siempre se podía leer, y el leer cuesta poco, máxime teniendo cada unidad una pequeña biblioteca. Así, pues, me dediqué a leer y a aprender por mí mismo todo lo que podía. El capitán de la compañía se llamaba José Córdoba Gómez. Un poco influido quizás por el sargento primero López, o quizás observando que casi no salía del cuartel, y que me pasaba muchas horas libres leyendo y escribiendo, se hizo traer mi expediente y, un buen día, me llamó a su despacho. Una vez allí me sugirió la idea de que solicitara mi ingreso en la Escuela de Clases. Así lo hice, y en el mes de abril de 1927 fui aceptado para aspirar al grado más emocionante de un alistado: el de Cabo.
Esta Escuela duró cuatro meses, de septiembre a diciembre de 1927. Fue una versión aún más rigurosa, si cabe, de la de Reclutas, pues ahora se incluían estudios superiores y, además, clases de equitación y caballería.
El por qué una escuela de infantería recibía instrucción de combate montado y desmontado, demuestra hasta qué punto el espíritu ecuestre dominaba en nuestro ejército. La caballería fue siempre un arma de choque y abordaje: sus grandes ventajas estribaban en la rapidez de sus movimientos, y en su efecto psicológico sobre la infantería hostil. También resultaba incomparable como fuerza de reconocimiento. Su gran desventaja era que, frente a una fuerza de a pie en posición y decidida a defenderse, el caballo resultaba impotente.
Es bien sabido que casi todos los campesinos cubanos aprendían a montar a caballo desde su infancia. Yo no fui la excepción, pero al tomar clases de equitación, aprendí a hacerlo con elegancia. Y esto me fue de inestimable valor años más tarde. Esta Escuela de Clases finalizó en diciembre de 1927. Resulté aprobado, y volví a mi compañía como “cabo interino”. Comencé a fungir de inmediato como tal. Ya era jefe de Escuadra y con aspiraciones futuras. El reglamento establecía que, si al cabo de dos años no pasaba a ser cabo en propiedad, mi diploma caducaba, y tendría que revalidarlo mediante un nuevo curso.
Algo que siempre observé en el Ejército fue que, cuando un hombre mostraba intenciones de superarse, recibía ayuda de sus superiores y de muchos compañeros. En noviembre de 1928 vacó una plaza en otra compañía, y el capitán Córdoba facilitó el traslado a ella de un cabo de la 2a., a fin de que yo ocupase la vacante. Mi sueldo aumentó a $21.25. También, en 1928 se produjo otro movimiento en mi compañía que, andando el tiempo, iba a tener consecuencias para mí. Fue este el ascenso a sargento mayor de batallón del sargento López, y su sustitución como sargento primero por el sargento [José] Eleuterio Pedraza.30
Vino ahora un período de tranquilidad. Hasta 1933, fue la mía una vida rutinaria de servicio de guardia, ejercicios, retenes y francos de servicio. Pero como me seguía aquejando la falta de dinero, opté por seguir estudiando. Terminé “por la libre” mi primera enseñanza y matriculé, también “por la libre”, el bachillerato en el Instituto de Pinar del Río.
Se me preguntará por qué matriculé en Pinar del Río, tan lejos, y no en La Habana, que estaba ahí mismo. ¡Simplicimus! En Pinar del Río me hallaba en mi tierra, conocía a mucha gente y, a no dudarlo, más de un profesor me daría la mano. Otra cosa, y esto fue consejo de mis jefes, los soldados no eran bien vistos por los estudiantes a quienes, por aquellos días, ya los comunistas comenzaban a azuzar y a utilizar. Más de una vez algún camarada cambió la guardia conmigo para que yo pudiera asistir a un examen. Más de una vez el sargento primero, o el Jefe de Compañía, me concedió algunas horas de permiso . . . ¿Cómo olvidar esas cosas? También, en nuestro Ejército, había oficiales y clases que ofrecían clases privadas, y a ellos me dirigía yo cuando no podía aprender las cosas por mí mismo.
Todo este ajetreo de los estudios atrajo la atención del nuevo sargento primero [José] Eleuterio Pedraza. En todo ejército, este cargo es el más espinoso. Los sargentos primeros constituyen el centro nervioso de las compañías. Ellos transmiten las órdenes de los jefes, establecen los servicios para todo el personal, mantienen al día sus expedientes. Pedraza era un hombre muy serio, jamás sonreía y hablaba muy poco. Yo también soy hombre de pocas palabras, y quizás por eso nos entendimos. Comenzó a llamarme de vez en cuando para que le diese una mano en su trabajo, y esto continuó, siempre que se vio apurado en el servicio, hasta 1933. Y pese a su sequedad, más adelante dio pruebas de no haberme olvidado.
En 1928, y por orden del presidente, se dispuso que todos los militares tenían que presentar sus papeles en regla. Para mí este fue un golpe terrible, pues consideraba que ninguna documentación era tan crítica como la mía. Los antecedentes penales me sería fácil obtenerlos, y por ese lado no sentía temor alguno. Pero recuérdese que me había alistado a los 17 años, aunque mi expediente decía que lo había hecho a los 21, para que no hiciera falta la autorización de mi madre. Si todo esto se averiguaba -pensaba yo- sería culpable de un delito de “alistamiento fraudulento”. Mi alarma era indebida. Como yo, había muchísimos soldados. En realidad, el golpe iba dirigido contra ciertos elementos maleantes que, al igual que en la Legión Extranjera francesa, habían buscado refugio en sus filas. El Batallón 4, por ejemplo, al que llamaban “los pieles rojas”, tenía gran número de delincuentes. El Gobierno prefirió desprenderse de ellos, pues su conducta estaba acarreando un sinnúmero de problemas. Pero yo me asusté tanto que, en la primera oportunidad, corrí a Pinar del Río. En el Juzgado era Alcalde de Diario uno de aquellos Díaz en cuya casa transcurrió parte de mi infancia. Gracias a él, se me preparó una inscripción donde aparecía nacido cuatro años antes, ¡y así ha quedado hasta hoy!
Otra cosa que no podía dejar de hacer era visitar a mi madre. Durante más de dos años, y temeroso de un regaño, dilataba día a día el ir a verla. El dinero que le enviaba, y las cartas que le escribía, aparecían fechadas en Artemisa, donde suponía ella que seguía yo como obrero. Al fin me decidí, y aprovechando uno de mis viajes de estudio a Pinar del Río, fui a verla. No me reconoció, tanto había yo cambiado y tan distinto lucía en mi uniforme. Uno de mis hermanos le dijo: -Mamá, ¡mira quién está aquí! Ella se me quedó mirando. Me quité el sombrero de ala ancha rígida que usaba el ejército, y fue entonces que exclamó: -¡Al fin hiciste lo que querías! Rompió a llorar, pero eso fue todo, y jamás después me dirigió un solo reproche.
Algo más deseo consignar sobre esta etapa de mi vida. El deporte, sobre todo el balonmano y el béisbol, se practicaba por varios oficiales de Columbia. El balonmano se jugaba con dos parejas. El teniente coronel Erasmo Delgado, Jefe Militar de La Habana, el capitán Marín y el teniente González eran grandes aficionados. A menudo les faltaba un jugador para integrar las dos parejas, y no recuerdo quién les sugirió que yo podía suplir ese cuarto jugador. Parece una contradicción a lo que llevo dicho de la distancia entre oficiales y alistados, pero ello no fue óbice para que me llamaran un día, y después siguieran llamándome.
Un primer teniente, Rufino Blanco, era quien había organizado el equipo de pelota (béisbol). Jugaban a veces, aunque fuera del equipo, el teniente Arteaga, del Tercio, el teniente Enrique Meléndez, de la Inteligencia Militar, y el teniente Manuel Benítez Valdés,31 residente hoy en Miami como general retirado. Yo, por mi parte, había también practicado una especie de béisbol de manigua cuando me hallaba en la finca del Sr. Mason. Ya aceptado por los oficiales en el balonmano, llegó el día en que se me propuso jugar también a la pelota. Aún hoy estoy consciente del honor que se me hacía, permitiéndome competir en un plano de igualdad deportiva. Más de medio siglo ha transcurrido desde entonces; casi ninguno pertenece ya al mundo de los vivos, pero sí ha quedado viva en mí la gratitud. Cuando en 1933 las circunstancias enfrentaron a soldados y oficiales, me alegré infinitamente de que mi unidad no tomara parte en el combate del Hotel Nacional. Me hubiera sido doloroso batirme con mis antiguos superiores. En todo momento fueron conmigo estrictos, pero justos, y más de una vez, bondadosos.
NUESTRO ARMAMENTO
Después de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), los sobrantes de guerra del Ejército de los Estados Unidos permitieron a Cuba dotar su ejército con el famoso Springfield. Los Estados Unidos habían enviado a sus fuerzas expedicionarias a Europa sin artillería ligera. Les era más fácil adquirirla en Francia, cuyo cañón de 75 mm. era superior a cualquier otro de aquella época. Después de la guerra, llegaron a Cuba una batería ligera y dos de montaña de 75 mm. Schneider, y también, más adelante, morteros de trinchera de 60 mm.
En cuanto a las ametralladoras pesadas Browning 30.06 con alimentación por cinta y enfriamiento por agua, sí eran típicamente norteamericanas, y excelentes, por cierto. Igualmente lo era el revólver Colt calibre .45 y el machete Collins, nuestro famoso “paraguayo”. Los sables de nuestros oficiales eran en algunos casos Solingen alemanes, pero en su mayoría provenían de Toledo. Ningún país ha podido sobrepasar a la Madre Patria en la calidad de su acero.
NUBES EN EL HORIZONTE
La vida en los cuarteles transcurría como de costumbre, pero la situación política iba agravándose en nuestro derredor. Al terminar su primer período presidencial, el presidente Machado se reeligió y, lo que es más, prorrogó sus poderes mediante un referéndum. Es decir, que en su segundo período permanecería en el poder ya no cuatro años, sino seis. La reelección fue siempre nefasta en Cuba, y la de Machado no fue la excepción. Aparte ello, la depresión de 1929 repercutió en la Isla. El descontento era evidente, y si a esto se aúna la entrada en liza de maestros de la perturbación como son los comunistas, tendremos una idea de lo que se iba gestando. Hasta llegar a un punto, los soldados ganábamos poco, pero nuestras necesidades básicas estaban cubiertas y se nos pagaba con puntualidad. Ahora empezamos a dejar de percibir nuestros haberes. Momentos hubo en que se nos adeudaban hasta tres meses. Empero, la disciplina era tan rígida que todo siguió como siempre, y si alguien murmuraba, lo hacía en voz muy baja.

CAPÍTULO II
LA REVOLUCIÓN DE 1933

Al no haber en Cuba solución política, la lucha entre el gobierno y la oposición se había enconado. Fracasada la oposición en el campo de batalla, se sumergió en la clandestinidad. Comenzaron las bombas y los atentados. El gobierno respondía con métodos igualmente rigurosos. Hacia 1933 la situación era tan dramática, que el gobierno de los Estados Unidos se sintió obligado a mediar en la cuestión.


Por aquella época subió al poder en los Estados Unidos el candidato demócrata Franklin Delano Roosevelt. Este presidente envió a La Habana, como embajador, a un diplomático de carrera, el señor Sumner Welles.32 No olvidemos, al tratar este tema, que la Enmienda Platt autorizaba a los Estados Unidos a intervenir en los asuntos de Cuba siempre que el orden y la seguridad de uno u otro se vieran amenazados. Es lógico pensar que, con la venida de Welles a Cuba, el destino de Machado quedaba sellado. Leyendo a [Orestes] Ferrara, se da uno cuenta de que Machado estaba de acuerdo en renunciar, pero que no hallaba la fórmula adecuada. Welles se entrevistó tanto con los funcionarios del régimen como con los de la oposición. Mr. Welles usó sus medios sin tener prontos resultados, pues unos estaban de acuerdo y otros no, en hacer un arreglo sin el presidente Machado. La Universidad de la Habana se oponía. Para agravar aún más la situación, se produjo una huelga general. Cuando Mr. Wells se dio cuenta que no tenía oportunidad de acuerdos, y fue decretada la huelga por [Rubén] Martínez Villena,33 Mr. Welles decidió ponerse en contacto con altos oficiales del Ejército y anunció la intervención si el Pres. Machado no dimitía. La presión del embajador se fue haciendo más y más fuerte, pero inesperadamente, fue por la oficialidad académica del Ejército por donde vino el desenlace.
Los altos oficiales que fueron consultados por Mr. Welles trataron de controlar y dirigir la situación, pero la influencia de los estudiantes y cierta tolerancia habida en Columbia a los sargentos, hizo que aquello cambiara de recurso, haciéndose fuertes los sargentos P. Rodríguez y F. Batista. Los altos oficiales que habían intervenido, que me recuerde hoy, entre otros fueron: coronel Sanguily, Erasmo Delgado, que era jefe de la Plaza de La Habana, el Tte. Cor. Perdomo y el Capt. [Mario] Torres Menier. El Cor. Cruz Bustillo, jefe de la Fortaleza de la Cabaña, también estuvo inmiscuido o trataron de inmiscuirlo en una conspiración contra el Pres. Machado.
A mi juicio, la verdadera causa del resentimiento de la oficialidad estaba en el estancamiento del escalafón. Machado siguió desde el principio la práctica de llenar los cuadros superiores con hombres de su confianza, generalmente veteranos, muchos de ellos sacados del retiro. Esto iba, como es normal, en perjuicio de las aspiraciones de los subalternos. Pasaban años y no había un ascenso. Realmente, era un choque de dos generaciones, la del 95, que usufructuaba el poder desde 1902, y la más joven, que ahora pugnaba por alcanzarlo.
Y como mediaba el juramento de defender la Carta Magna, un grupo de oficiales de academia comenzó a deliberar para restaurarla, terminar la ola represiva y encauzar al país por las vías democráticas. En otras palabras, parte de la oficialidad comenzó a conspirar.
Como puede verse, el conspirar se había hecho una consuetudinaria, casi un deporte, entre los oficiales de academia. Y lógico es, por tanto, que Machado desconfiara de esta oficialidad académica.
En todo político existen siempre ribetes de demagogia. Los golpes de efecto le son necesarios para, en su momento, ganarse votos. El presidente era ante todo un político, y además, liberal. El Ejército constituía su única base de sustentación efectiva. Lógico es que, al aparecer fisuras en esa base, actuara en consecuencia. Machado era un campesino avispado y no un militar. Su grado de mayor general lo había ganado en la manigua, combatiendo y batiendo a la oficialidad académica del ejército español. Su condición de militar había sido circunstancial y, por tanto, el Ejército y todas sus tradiciones lo tenían sin cuidado. Al desafecto de la oficialidad académica respondió apoyándose más aún en sus antiguos compañeros, los veteranos, y en los sargentos, porque si algo no escapó a su observación, fue que el mando efectivo del ejército lo tenían estos. Los oficiales ofrecían conocimiento técnico, dirección superior y, llegado el momento, hasta inspiración, pero que en los actos de la vida diaria su origen y su estilo de vida los mantenía alejados de la tropa. Y naturalmente, respondió al reto de los oficiales apelando a esos sargentos, y a esos soldados, campesinos en su mayoría, como él.
La cabeza visible de esa maniobra consistió en un banquete, un almuerzo criollo, que los sargentos y la clase de tropa le ofrecieron en el Campamento de Columbia. El almuerzo tuvo lugar en el Polígono, al aire libre. Yo asistí a él, como todos los soldados y, como todos, recibí una cartera muy bonita con un billete de a peso en su interior, y con una inscripción en letras doradas que decía “Obsequio del general Gerardo Machado y Morales. 10 de octubre de 1930”. Los oficiales, aún sus más íntimos del Estado Mayor, fueron totalmente excluidos. A su llegada a Columbia, fue recibido por una comisión de sargentos, y vitoreado por los soldados. Al contestar al discurso de bienvenida, el presidente hizo hincapié en el hecho “de haber nombrado él más oficiales procedentes de la clase de tropa que todos los demás presidentes anteriores juntos”.
De poco le sirvió a Machado su maniobra. Al debilitarse su posición por las presiones del embajador norteamericano, y notando la crisis de autoridad, los oficiales académicos terminaron por derribarlo. Con aquel banquete, con la propaganda realizada en los cuarteles, quedó sembrada la semilla. Mediante una especie de acuerdo tácito entre los sargentos y los antiguos compañeros de Machado, todavía en el Ejército, se produjo el famoso golpe del 4 de septiembre de 1933, y esta oficialidad académica quedó destituida en masa. La semilla había dado sus frutos. Para bien o para mal, Cuba entraba en una nueva era. Con la ayuda de los textos que a mano tengo, los recuerdos de algunos compañeros que aún quedan vivos aquí en el exilio, y con los míos propios, trataré de hacer una relación muy breve del acontecimiento.
Situémonos en los primeros días de agosto. El embajador de los Estados Unidos va y viene, se entrevista con éste, con aquél, celebra una mesa redonda adonde concurren los principales grupos de oposición. Se llega a acuerdos, y el principal, desde luego, es que Machado debe renunciar. La oposición, al ver su triunfo asegurado, redobla los ataques. Los comunistas, maestros de la agitación, dirigen o influyen en la acción violenta, en la campaña de rumores. Se decreta una huelga general. La vida pública se paraliza, Los principales personeros del gobierno, atemorizados por lo que ven venir, están a la defensiva. Machado, cada vez más atadas sus manos por la actuación del embajador, actúa con lo que le queda. Una noche, el 7 de agosto, los “expertos” de la Policía Secreta ametrallan a la muchedumbre que, ante el rumor de su ida, se lanza a la calle. Toda esta inquietud se pulsa en el Ejército. Los oficiales hablan entre ellos en voz baja. ¡El león ya no pega! ¡El león es impotente! El presidente sabe que la oficialidad académica le es hostil. Confía, solamente, en las tropas del 6º Distrito Militar, esto es, Columbia, a cuyo frente se halla el coronel Rafael del Castillo Márquez, veterano de la Independencia y su amigo personal. Así, Machado ordena recoger las ametralladoras de las unidades militares y llevarlas a Columbia, comenzando por el Batallón 1 de Artillería.
Recuérdese que el Estado Mayor se encontraba por aquel entonces en el Castillo de la Fuerza. Junto a éste, en terrenos de dicho castillo, y con uno de sus ángulos dentro del foso, existía un edificio construido en tiempos de Menocal. Este edificio, donde después estuvo la Audiencia de La Habana, fue al fin demolido en 1958, cuando el Castillo de La Fuerza se destinó a Museo del Ejército. Pero en 1933 acantonaba en él el Batallón 1 de Artillería, como protección al Estado Mayor. Y por este batallón, al recibirse la orden de entregar las ametralladoras, comenzó la rebelión de los oficiales. El teniente coronel Erasmo Delgado, Segundo Jefe de Distrito, acababa de ser trasladado a Cienfuegos, pero hallándose aún en La Habana, se presentó en el batallón y asumió el mando. Su primera directiva, muy inteligente, por cierto, fue la ocupación del vecino Estado Mayor. Claro está que ya la autoridad del gobierno se desmoronaba a ojos vistas, y las condiciones para la rebelión eran obvias, pero posiblemente la ocupación del Estado Mayor fue determinante. Uno de sus primeros efectos fue la presentación en el Castillo del coronel Julio Sanguily Echarte.34 Por ser de mayor jerarquía, el teniente coronel Delgado le entregó el mando. Ahora Sanguily actuó: ordenó llamar a todos los mandos, menos a Columbia (sabía que el coronel Castillo no lo secundaría) e invitarlos a sublevarse. Posiblemente fue por prevenir la llamada del Estado Mayor, que todos respondieron afirmativamente.
Al conocer estos hechos, Machado optó por refugiarse en Columbia. El coronel Castillo no le falló. Lo esperó y le dio amparo. Pero las noticias habían permeado dentro del Campamento. Dejemos la palabra al Dr. Ricardo Adam y Silva en su libro Cuba: Raíces del Desastre:
El coronel Rafael del Castillo, jefe del Sexto Distrito Militar (Columbia), permaneció fiel al presidente hasta lo último. Formadas las tropas en espera de la llegada del general Machado, que allí venía con ánimo de resistir, se inició la sublevación cuando el teniente Abelardo Concepción quiso disparar contra aquél y los suyos con las ametralladoras del Batallón Nº 3 de Infantería, que estaban situadas frente al Club de Oficiales. El autor de estas líneas fue el jefe de esa unidad durante varios años. La rápida y oportuna mediación de otros oficiales, y en particular la del Capitán Ayudante del Distrito, Andrés Angulo, evitó el choque, pero el resto de las tropas se incorporó a la sublevación que acababa de estallar, con la exigencia de que Machado renunciara al punto. Fue entonces cuando el coronel Castillo hizo saber al Ejecutivo que no podía contar con sus fuerzas.
Después de esto no quedaba al general Machado otro remedio que renunciar e irse, y así lo hizo. A continuación, tomó un avión y desapareció de escena. Como sucesor, dejó al secretario de Guerra y Marina, general Alberto Herrera como sucesor. Para ello lo nombró secretario de Estado. Con ese objeto, y para darle sus instrucciones finales, lo hizo llamar a Columbia.
Yo no presencié ninguno de estos acontecimientos. En la mañana del 12 de agosto, recibí la orden de ocupar el Puente de Pote, con cuatro hombres de mi escuadra. Este puente, casi en la desembocadura del antiguo río Casiguaya, hoy en día Almendares, unía al aristocrático barrio de El Vedado con el no menos aristocrático de Miramar. Mis instrucciones eran la de no dejar cruzar a nadie, absolutamente a nadie, desde El Vedado (La Habana) hasta Miramar (Marianao). Situé dos hombres en cada cabecera del puente y procedí a desviar el tráfico que, por cierto, no era mucho.
A media tarde apareció, procedente de La Habana, nada menos que el general Herrera, acompañado de dos ayudantes, y naturalmente, el chofer. Con mucho respeto le comuniqué la orden. El general me pidió entonces que permitiera a su ayudante cruzar el puente, para hacer una llamada telefónica desde un café que se encontraba a la entrada del Reparto de Miramar, donde después estuvo el restaurante Kasalta. Autoricé el paso del ayudante, y a poco me llamó éste para que me pusiera al aparato. Era el Capitán Ayudante de Columbia, quien me dijo: -Cabo Díaz, deje usted pasar al general Herrera.
Di entonces paso al general, al cual saludé al pasar. Pero el general detuvo el auto, me llamó y me dijo: -Cabo, lo felicito. Ha cumplido usted con su deber.
Esto fue para mí un alivio, porque con los jefes, nunca se sabe . . .
Una camioneta nos recogió al anochecer, y volvimos al Campamento. Todo había pasado ya, pero la expectación del personal era evidente. Como siempre, los soldados eran los menos enterados de todo, inclusive de lo que había ocurrido ante sus ojos. Todos los cuchicheos giraban alrededor de “¿qué es lo que está pasando aquí?”, y yo también, con esa interrogante en la mente, me fui a acostar . . .
AL DIA SIGUIENTE
Hace algunos años, en los Estados Unidos, el vicepresidente [Spiro Agnew] y con posterioridad el presidente mismo [Richard Nixon], se vieron obligados a renunciar bajo un cúmulo de acusaciones, sin que se produjera el menor disturbio, ni un solo ciudadano dejara de concurrir al trabajo. Pero en nuestras latitudes, donde en un movimiento pendular, el caos hace imperativa la dictadura, ésta, después de llenar su misión, se gasta. Porque las dictaduras son el orden y el progreso a cambio de la represión al individuo. Andando el tiempo, esta dictadura se hace odiosa, ha de continuar manteniéndose por la violencia, y cuando las circunstancias la derriban, es como destapar la Caja de Pandora. Esa fue la caída de Machado. Las muchedumbres se lanzaron a la calle a saquear y a matar. Muchos “expertos” y policías fueron muertos a tiros, a golpes, a pedradas. Muchos allegados al presidente, previendo tal situación, se habían escondido o abandonado el país con anticipación. Sus casas quedaron abandonadas, y sobre ellas se lanzó la chusma.
Leyendo yo a Ferrara, encontré un pasaje que me recordó algo muy cierto, y que tuve ocasión de observar, por lo menos en dos ocasiones: en muchos de estos saqueos, iban a la cabeza miembros (generalmente mujeres) de familias prominentes, y hasta íntimas de los asaltados. Su consigna era: “antes que se lo lleve otro, me lo llevo yo”. Y frases como esta: “¡Allí, allí, en la gaveta del centro! ¡Allí es donde ella guarda los manteles!”.
Para contener en lo posible estos desórdenes, se envió tropas a La Habana para suplir a la policía, que había desaparecido. Las turbas no nos miraban con ojeriza, y hasta nos vitoreaban, pero poco podía hacerse si no se empleaban las armas, y la orden era más bien contemporizar y no ganarse la antipatía del populacho. El contacto con éste condujo a la confraternización, y esto siempre es desmoralizador para la tropa. Existe una fotografía, muy difundida en su tiempo, en que se ve a un soldado elevado en andas por los que lo rodean. El soldado se había unido a las turbas en esta cacería de brujas, y había dado muerte, de un certero balazo, a un jefe de la anterior policía secreta. Ignoraba este soldadito, muy ufano por haber matado a un antiguo camarada que, en las revoluciones, los héroes de hoy son llevados al día siguiente a la guillotina por los mismos que ayer los vitoreaban. En cuanto a mí, se me destacó con once hombres en el Reparto Buenavista, no lejos del Campamento. Acantonamos en la residencia del coronel Espinoza, antiguo director del Instituto de La Habana. El portal de su casa era corrido, todo alrededor de la planta baja. Allí pernoctábamos. Desde allí partíamos de patrulla por las calles del reparto. Algo pudimos hacer para contener los excesos, pero no mucho. Así transcurrieron los días hasta el 4 de septiembre.
El plan del embajador norteamericano había sido deponer a Machado, sustituyéndolo con el general Herrera, quien para ello había sido nombrado Secretario de Estado. El golpe de los oficiales lo sorprendió e irritó, pero el hecho estaba consumado. Para complicar aún más las cosas, los oficiales se negaron a aceptar al general Herrera, al cual consideraban demasiado allegado a Machado. Después de agrias discusiones entre Sumner Welles y el coronel Sanguily, se nombró en su lugar al Dr. Carlos Manuel de Céspedes y Quesada,35 hijo del Padre de la Patria.
Comenzaron entonces algunos oficiales académicos a hablar de depuración, pero esta palabra ha tenido siempre resonancias ominosas. Significa que un grupo de individuos se constituye en “Junta Depuradora” y determina quién es “puro” y quién no lo es. Los procedimientos de estas juntas depuradoras, y de ellas hemos tenido unas cuantas, resultan por fuerza irregulares e incompletos. Limitadas en su tiempo y embebidas de las pasiones del momento, prevalecen en ellas, aún en las mejor intencionadas, los intereses, la antipatía o la amistad, pero su resultado final es siempre el mismo. Es decir, muchos hombres, culpables o no pierden su profesión, su modo de vida, y una vez que se comienza por el camino de la depuración, nunca se sabe qué cabezas han de rodar, ni a quienes se considerarán “manchados”. La verdadera depuración iba dirigida contra los altos cuadros del Ejército, contra la mayor parte de los oficiales no académicos, y contra lo que quedaba de los veteranos.
Quizás todo esto hubiera podido llevarse a cabo, pero el destino jugó una mala pasada a los señores oficiales. Su jefe, el ya general Sanguily, fue operado de una úlcera perforada a sólo tres días de caído Machado. Con ello quedó acéfalo el movimiento de los oficiales, porque para sustituirlo se nombró en su lugar a un general de prestigio, pero ya retirado y ajeno a lo que estaba ocurriendo, el general [Armando] Montes. Este, que aparentemente vivía en el mejor de los mundos, en lugar de asumir el mando con mano de hierro, y con mano de hierro restaurar el orden en el país, partió en unión del presidente a visitar en Camagüey una zona damnificada. Por sustitución reglamentaria -¡Dios mío, qué ironía!- el mando temporal pasó a manos de un oficial no académico, y futuro “depurado”, el teniente coronel [Héctor de] Quesada.36
Desde la Edad Media, el Rey y el Estado llano, con la distancia que mediaba entre ambos, se entendieron frente al enemigo común, que era la nobleza feudal. En 1933, el Estado Mayor y los sargentos se entendieron a maravilla ante la inminente depuración planteada por ciertos oficiales de academia.
¿Acuerdo tácito o expreso? El co-autor de este libro [Claudio Medel] era hermano de logia del entonces sargento Pablo Rodríguez.37 Desde 1944 hasta su muerte, acaecida este año [1987] fueron amigos, aparte de su vínculo masónico. Muchas veces, en la secretaría de la Logia “América”, se abordó este tema. Siempre afirmó Pablo que él, quien dirigiera la conspiración de los sargentos, que siguió a la de los oficiales, recibió en todo momento estímulo del Estado Mayor, siendo el teniente coronel [José] Perdomo el vínculo entre ambos. Dice el Dr. Adam y Silva (pp. 32-33, op. cit.):
Por Pablo Rodríguez, presidente del Club de Alistados, conseguí ver a Perdomo sin dificultad, y aunque era delito de sedición hacer peticiones de tipo colectivo, le remito una lista de mejoras: un balneario para la tropa, dos botones más en el uniforme, amplitud en los permisos y aumento de sueldo. Perdomo estuvo de acuerdo en todo entonces.
Conviene adelantar que, si bien muchos oficiales conspiraban contra Machado desde 1930, hubo también sargentos que vieron tan lejos como ellos, y con o sin él, trataron de asegurar su situación futura. Pablo Rodríguez fue uno. Quizá sus vinculaciones masónicas lo alertaron en ese sentido. En secreto, Pablo se afilió al ABC, una de las organizaciones clandestinas más poderosas. En cuanto al sargento Batista, no perdió ocasión de establecer contacto con muchos individuos de la oposición. Su actuación como sargento taquígrafo, en los consejos de guerra celebrados a presos políticos facilitó estos contactos. Batista logró conocer a muchos de ellos y hasta prestarles pequeños servicios, tales como llevar mensajes a sus familiares o hacer en su nombre llamadas telefónicas. Como veremos, todo esto tuvo sus consecuencias más tarde.
No recuerdo si el 1º o el 2 de septiembre, me llegó el mensaje del sargento Pedraza de personarme, a una hora determinada, creo que en la Gran Logia Masónica sita en Belascoaín y Carlos III.38 Este deseo de Pedraza no pude cumplirlo: recuérdese que me hallaba destacado en la casa del coronel Espinoza. Nadie me podía relevar y no me atreví a ausentarme sin la autorización del coronel. Con posterioridad me enteré de que la reunión versó sobre la asamblea de clases y soldados que se celebraría el día 4 de ese mismo mes. Si a Pedraza le contrarió que yo no fuese, jamás lo supe, porque nunca me dijo nada al respecto. Tampoco me lo tuvo en cuenta, porque me siguió tratando como siempre. Pero a veces me pregunto cuál hubiese sido mi destino de haber asistido. Quizás hubiese estado en el meollo de los acontecimientos y hubiese ascendido meteóricamente, y no paso a paso, con el decurso de los años. Pero no me quejo; pienso que fue mejor así, y no puedo quejarme de como la vida me ha tratado.
Otra cosa que me viene a la mente es que por aquellos días los sargentos Pablo Rodríguez, Batista y Pedraza almorzaban juntos, bien en una compañía, bien en otra, pero además hubo otras reuniones en la oficina del sargento Rodríguez, aunque en ningún modo fueron ocultas. Es evidente, sin embargo, que se daban los toques finales del acto del 4 de septiembre.
Del 12 de agosto al 4 de septiembre (23 días) Cuba estuvo gobernada por muchos presidentes, pero casi sin gobierno. Las Fuerzas Armadas fueron las que en realidad sostuvieron aquella caótica situación desde el mismo 12 de agosto y hasta después.
Inmediatamente del golpe militar comenzado por oficiales del Ejército Nacional, me di cuenta como se les escapó de las manos a aquellos experimentados oficiales algo que tan mansamente se deslizaba o escapaba del control del gobierno constituido, para pasar por tantas etapas y venir a caer suavemente a los pies de las clases y soldados.
El 4 de Septiembre traía un destino marcado. La conducta del presidente Machado lo provocó, los estudiantes lo desearon, un grupo de oficiales del Ejército Nacional lo acariciaron y los alistados lo disfrutaron. Y fue así, porque fueron los que supieron retenerlo y encaminarlo contra todo y contra todos. Si no hubiese sido así habríamos presenciado un caos de largo metraje.
Y llegó el 4 de septiembre de 1933. Los sargentos, muchos cabos y soldados delegados de todas las unidades militares de la República, se constituyeron en asamblea en el Club de Alistados de Columbia. Comenzó en horas del mediodía, y se desarrolló sobre la base de pedir mejoras para la clase de tropa. Se sucedieron en ella los discursos, pronunciados algunos con exaltación. No está de más decir que la mayor parte de los oficiales no se preocupó ni poco ni mucho de todo aquello, y que casi todos se mantuvieron en sus ocupaciones habituales, o bien ausentes en sus casas. En mi unidad, Segunda Compañía del Batallón 2, no apareció ninguno en todo el día. De las compañías vecinas, recuerdo únicamente al teniente de la Séptima, O’Bourke, y al teniente Máximo Gómez, también en su trabajo rutinario. Un pequeño grupo sí me preocupó. Varios de ellos no cesaron de rondar el Club de Alistados, y hasta hicieron acto de presencia en él. Uno de ellos, el teniente Ravelo,39 trató de llegar armado hasta donde estaban Pablo Rodríguez y Batista. Se le detuvo, se le desarmó y se le ordenó retirarse.
También se personó en la reunión el capitán [Mario] Torres Menier. Desde su lecho de enfermo, el ya general Sanguily lo había comisionado para que averiguara lo que ocurría en el Club de Alistados. Tengo entendido que el capitán comunicó a los sargentos que aquello era una sedición y los invitó a disolverse. Pablo Rodríguez le dijo a Batista: -¡Contéstale tú! Me atrevo a afirmar que, de hecho, fue en ese momento que la dirección pasó a manos de este último.
He aquí un punto que, durante años, ha intrigado a muchos estudiosos de este proceso. ¿Por qué, siendo Pablo Rodríguez el principal organizador del movimiento, quedó eliminado del mismo de modo tan súbito y definitivo, por su camarada y amigo Fulgencio Batista? ¿Cómo pudo Batista adueñarse de la situación de modo tan completo? De conocerse en lo íntimo ambos personajes, la verdad no es difícil de establecer. Tanto el coautor de este libro como yo tuvimos larga relación con ambos. Naturalmente, [Claudio] Medel, por razón de su grado, tuvo menos acceso al presidente Batista que yo. En cambio, sólo recuerdo a Pablo Rodríguez en sus días de Sargento Cuartel-Maestre, pero al cambiar impresiones y recuerdos, ambos estuvimos de acuerdo: Pablo era un organizador, pero un completo introvertido. En círculos íntimos resultaba ameno y agradable, pero ante situaciones inesperadas reaccionaba como todos los introvertidos. Esto es, tartamudeaba y terminaba enmudeciendo. Batista, por el contrario, era decidor y espectacular. Se sentía a sus anchas frente a gentes que lo escucharan. Que su oratoria no fuese de las más brillantes no viene al caso. En aquella famosa asamblea, al pedirle Pablo a Batista que contestara al capitán Torres Menier, Pablo se situó en la posición que le era más cómoda. Batista, al hacerse cargo de la situación, y aun con su primitiva oratoria de aquellos días, enredó a Torres Menier, también hombre de pocas palabras. También ayudó a Batista la actitud de la asamblea que, al igual que él, olfateó el peligro, y con gestos y actitudes respaldó al sargento. Viéndose solo ante aquella multitud semi-hostil, el capitán se retiró lentamente, dignamente, como los grandes señores, y no volvió más. A partir de aquí, todos los ojos de la asamblea se volvieron a Batista, que sin vacilar continuó dando órdenes y disposiciones, mientras Pablo mantuvo silencio.
Según el Dr. Adam y Silva, quien dice que presenció la escena, el sargento Batista respondió demagógicamente, aunque no sin cortesía, a Torres Menier, porque también el entonces capitán Adam y Silva, acompañado de otro capitán, Evelio Dina, se había personado en el Club de Alistados. Después de este incidente, pasó a ver de inmediato al Jefe del Regimiento, para informarle e instarle a que lo autorizara para disolver la reunión por la fuerza.
El teniente coronel Perdomo había sido trasladado a Camagüey aquella misma mañana, y relevado por el jefe del Tercio, comandante Antonio Pineda. Pero ello no varió el estado de cosas. Este comandante era, al igual que el coronel del Castillo Márquez, amigo de Machado. Tengo la afirmación de un testigo presencial, que lamento no me autorice a pronunciar su nombre, de que el día 12 de agosto, sabiéndose ya en Columbia la toma del Castillo de la Fuerza por el Batallón 1 de Artillería, se presentó ante el presidente, que ya estaba en el Campamento, y le pidió autorización para marchar sobre La Habana con el Tercio y recobrar el Estado Mayor. Machado agradeció la iniciativa, pero no la autorizó. Como se ve, Pineda era otro futuro “depurado”, y en modo alguno lo ignoraba.
Inocua como fue la presencia de los antedichos oficiales a la reunión de los sargentos, tuvo, sin embargo, la virtud de inquietarlos. A media tarde se produjo un receso para deliberar, seguido de una segunda reunión a las ocho de la noche.
Mi destacamento había regresado a Columbia, aunque no recuerdo exactamente el día. No asistí a la sesión del mediodía, pues me había quedado trabajando en la oficina del sargento primero. Pero a la segunda, poco antes de las ocho de la noche, fui citado al Club. Llegué a tiempo para oír como el sargento Batista, después de expresarse con gran respeto de los oficiales inferiores, dispuso que todos los concurrentes regresaran a sus unidades, armaran al personal y asumieran el mando.
Es innegable que había fermento en la tropa. Por muy disciplinados que fuésemos, tres semanas hacía que vivíamos entre el saqueo, el desorden y la fraternización con el populacho. Una parte de la prensa, influida por los comunistas, exhortaba a los soldados a unirse a estudiantes y obreros, y a llevar adelante “la verdadera revolución”. Durante todo ese 4 de septiembre, habíamos permanecido en nuestras barracas, [en espera] de los acuerdos que surgirían de la Asamblea. Cuando poco después de las ocho de la noche regresamos a los cuarteles con la orden de armarnos, la ansiedad de los que esperaban estalló en acción. En mi compañía, los soldados corrieron a los armeros y tomaron sus fusiles, pero quedaban muchos hombres sin armar, porque los asistentes y todo el personal administrativo se encontraban acuartelados.
El armamento de reserva se encontraba bajo llave, en el cuartel-maestre de la compañía. El sargento cuartel-maestre, de apellido Lastres, era compadre mío. Al igual que al sargento Pedraza, yo ayudaba a Lastres algunas veces en la confección de las nóminas, y aparte de haberle bautizado yo una hija, él me tenía cierta amistad, pero ese día no aparecía por ninguna parte, y sólo él tenía las llaves del recinto donde estaban las armas y las municiones de reserva.
Conociendo todo esto, el sargento de tercera Torriente me preguntó: -¿Tienes tú las llaves del cuartel-maestre?, porque Lastres no aparece. Yo le contesté: -No tengo la llave, pero si usted me autoriza, puedo romper la cerradura. ¡Rómpela!, me dijo el sargento Torriente. Y yo metí el hombro y rompí la puerta. Los que estaban desarmados se precipitaron del recinto, tomaron fusiles y abrieron las cajas de municiones. Poco después, una nueva orden procedente de los sargentos, ahora constituida en junta: “En lo adelante, los soldados sólo obedecerán órdenes del nuevo Estado Mayor. Y, además: “Trátese a los señores oficiales con cortesía y respeto, pero adviértaseles que deben mantenerse al margen de este movimiento hasta nueva orden y, si lo desean, regresar a su domicilio”. Así terminó el 4 de septiembre.
Dos aspectos de este “golpe” desearía yo contribuir a poner en claro. Uno es la destitución de los oficiales por los sargentos. Esto ha sido descrito por algunos historiadores como algo sin precedentes, pero estos abundan. Creo haber tratado el otro aspecto con suficiente claridad. Me refiero a la sustitución del sargento Pablo Rodríguez por Batista. Sin embargo, tengo a mano un buen antecedente que la Historia ha recogido. El estallido de la Guerra de los Diez Años fue el resultado de una larga conspiración. Si hemos de atribuir algún crédito a las memorias del hijo de don Francisco Vicente Aguilera, terrateniente oriental, y uno de los hombres más ricos de la Cuba española, fue Aguilera quien, en una paciente labor de años, preparó el levantamiento que culminó el 10 de octubre de 1868. Utilizando a la masonería como vehículo de propagación de sus ideas, y regalando a los campesinos de la zona con el fruto de sus innumerables fincas, logró articular un movimiento, con tanto acierto y secreto, que cuando llegó la orden de detención de los comprometidos con [Carlos Manuel de] Céspedes, ni Aguilera ni ninguno de los suyos estaban incluidos. Siguiendo de cerca estas memorias, publicadas por la Academia de la Historia de Cuba, vemos que alguien propuso a Aguilera, unos seis meses antes del Grito de Yara, la iniciación de Céspedes en la conspiración. Aguilera se opuso, entre otras cosas, por considerar que Céspedes era demasiado exaltado e indiscreto. Las presiones de los amigos lo hicieron ceder, con el resultado de que, al entrar en el secreto de la conspiración, Céspedes, con su conducta, alarmó a las autoridades españolas, que ordenaron su arresto. Sabiendo de su próxima detención, el futuro Padre de la Patria se sublevó por su cuenta y escamoteó a Aguilera la dirección del movimiento. ¿Puede esto justificarse? La Historia sólo acepta realidades y no subjetivismos. El tiempo dio la razón a Céspedes. “Fantasmón” y todo como lo llama Máximo Gómez en su diario, Céspedes aupó la revolución y la llevó adelante allí donde Aguilera, con su temperamento suave y complaciente, pudiera haber fracasado.
El error de Pablo Rodríguez fue no conformarse con el papel de segundo que las circunstancias le señalaban. De momento, Batista lo nombró comandante. Como amigo y hombre de su confianza, a todo hubiese podido aspirar, salvo a esa primera posición que Batista no cedía a nadie. Tal vez mal aconsejado, Pablo Rodríguez reaccionó a posteriori. Nombrado jefe de la Casa Militar del presidente provisional, Dr. Ramón Grau San Martín, trataron ambos de eliminar a Batista, quien los eliminó a los dos. Aunque al correr de la pluma hablaré del presidente Batista sin escatimarle críticas, justo es decir que no era nada rencoroso. Para él, un enemigo dejaba de serlo cuando no representaba un peligro. Pablo fue retirado con su grado de comandante y recibió, además, una posición burocrática que le permitió vivir decorosamente. La vida ordenada y modesta que llevó después, hasta su muerte, es el mejor exponente de su verdadera personalidad.
AL DIA SIGUIENTE
Pablo Rodríguez y Batista tenían grandes vinculaciones civiles. Es creíble incluso que fueran asesorados por algunos de estos civiles en los días previos al 4 de septiembre. Así, tan pronto tuvieron conocimiento del éxito del golpe, todos estos señores se apoderaron, con la aprobación de los sargentos, del poder civil. El presidente Céspedes y el general [Armando] Montes se desvanecieron del escenario político-militar. Pero, ¿quiénes eran estos civiles? No pertenecientes al ABC, por cierto. El ABC era conservador y figuraba en el gobierno destituido, pero había otras organizaciones que no fueron consideradas por el embajador de los Estados Unidos en la formación del gobierno de Céspedes. Tenemos entre estos a los comunistas y a sus instrumentos más o menos conscientes, los estudiantes. En su Historia de Cuba, el Dr. Márquez Sterling llama “amalgama” a todo este conjunto de personalidades disímiles, pero concurrentes a un mismo fin. En este caso, el fin era el poder, pero como eran tantos los apetitos que había que satisfacer, se optó por un gobierno colegiado de cinco miembros, la famosa “Pentarquía”, que los representaba a todos. Dos de los miembros de esta pentarquía, el Dr. Grau San Martín y el Sr. Sergio Carbó,40 jugaron un papel posteriormente; los otros tres desaparecieron poco después de la vida pública.41
Tocante a los sargentos, el éxito de su golpe había sido tan absoluto, que posiblemente fueron ellos los primeros sorprendidos. De momento, sus aspiraciones se limitaron a ser nombrados oficiales y, desde luego, a obtener garantías para su futuro. Fuera de volver las tornas a los depuradores, depurándolos a su vez, en ningún momento pensaron prescindir del Cuerpo de Oficiales, porque la mayor parte de estos oficiales no había conspirado contra Machado, ni eran estos hombres mal vistos por la tropa, pero por una cuestión de ética, casi ninguno aceptó la realidad de hallarse los sargentos al mando y se marcharon a sus casas.
Fue legítima la preocupación del sargento Batista y de sus colaboradores inmediatos ante el éxodo de los oficiales, y cierto es que trataron de lograr que volvieran a sus puestos . . . y comenzaron a elaborarse fórmulas y más fórmulas que satisficieran a una y otra parte, y que hicieran posible este regreso.42
Pero ninguna fórmula apareció. Menudearon las conversaciones, y gestiones más o menos conciliadoras. Como es normal, los oficiales querían el mando sin cortapisas, sin limitaciones, tal y como correspondía a su jerarquía, pero los sargentos tenían el mando efectivo y temían que, si ese mando regresaba a los oficiales, ellos serían tratados como sediciosos.
La última gestión tuvo lugar en el Palacio Presidencial el 7 de septiembre. Aunque la comisión designada para representar a los oficiales constaba sólo de cuatro personas, más y más de ellos siguieron llegando durante el día, hasta sumar cerca de 200. Por el gobierno había tres civiles, mejor dicho, cuatro, si incluimos al Sr. Carbó, y al sargento Batista. Carbó, periodista de profesión y antiguo expedicionario de Gibara, ostentaba en aquel momento el cargo de Comisionado (Ministro) de Guerra y Marina.
Carbó se dio cuenta perfectamente de que Batista, militar al fin y al cabo, sentía escrúpulos hacia sus antiguos jefes, y de que estaba dispuesto a transigir en muchas cosas. Tras horas y horas de discusión, la negociación no avanzaba. Se produjo entonces una escena que narraré a continuación, pero de la que no puedo dar fe, porque los que la presenciaron no me autorizaron en Cuba, ni ahora en el exilio, a citar sus nombres. En el antiguo Palacio Presidencial, construido en tiempos de Menocal, existe en el primer piso un pasillo que comunica el despacho del presidente con el salón del Consejo de Ministros. Según mis informantes, Carbó llamó al sargento Batista a este pasillo y le dijo, poco más o menos: “¡Estás comiendo basura! Si esa gente vuelve a tomar el mando, te fusila. ¡Aquí no hay más hombre que tú! ¡Sal ahora mismo al salón y mándales para el carajo. . . !”
Acto seguido, firmó un decreto nombrando a Batista coronel y Jefe de Estado Mayor del Ejército.
SERGIO CARBÓ: Unas palabras sobre este personaje. Carbó dirigía un semanario político-satírico llamado La Semana. Sus caricaturas contra Machado lo malquistaron con éste, y tuvo finalmente que exilarse. Regresó en 1931 en la expedición de Gibara, y fue el único expedicionario que logró escapar al cerco del Ejército.
Al caer Machado y formarse el gobierno de Céspedes, tal parece que no mereció suficiente crédito al embajador norteamericano, porque éste no lo tomó en consideración para formar parte de él. Por tanto, Carbó pasó a la oposición y publicó artículo tras artículo de encendida prosa revolucionaria. El 4 de septiembre, sus antecedentes como antiguo expedicionario y periodista de algún renombre le valieron el formar parte de la Pentarquía. Desde su posición se dio cuenta de que el Ejército era el único y verdadero poder en Cuba, y de que este Ejército tenía que estar en manos amigas, so pena de que el vacilante andamiaje que era el gobierno de facto se viniera abajo. Que en aquel momento firmara el decreto nombrando a Batista coronel sin contar con el resto de la Pentarquía quizás no fuera un acto legítimo, pero lo cierto es que el resto del llamado gobierno lo acató . . . y también la tropa. Los acontecimientos hicieron el resto.
Batista agradeció toda la vida a Carbó aquel impulso inicial. El periódico La Prensa Libre, que más adelante Carbó fundara, recibía un crecido subsidio confidencial del Gobierno. Yo puedo testificar que las sumas mensuales que el periódico recibía en la década de 1950 rebasaron a veces los $37,000. Pese a la semblanza de oposición que Carbó hizo a Batista durante su último período, en el fondo siempre fueron amigos. Batista incluso perdonó a Carbó algunas travesuras, tales como la de publicar un retrato de la Primera Dama junto a otra de la alta sociedad habanera a quien el vulgo le atribuía amores con el presidente.
El 10 de septiembre fue derogada la Pentarquía y fue nombrado el Dr. Grau San Martín como jefe único del gobierno provisional. Los estudiantes lo apoyaron con entusiasmo. Grau San Martín abrogó la Constitución de 1901 que había restablecido Céspedes, aprobando nuevos estatutos y declaró que esta era una “auténtica revolución.”
Volviendo a la noche del 7 de septiembre, los ahora ex-oficiales, coléricos, se marcharon de Palacio. También, como Pablo Rodríguez, tuvieron una reacción tardía. Un gran número de ellos acudió al Hotel Nacional, y terminó haciéndose fuerte en él. Da la casualidad de que se hospedaba allí el embajador de los Estados Unidos, y muchos han querido ver una relación entre una y otra cosa. La verdad parece ser que no fue esa la razón. El hijo del coronel Sanguily era médico del hotel, y en virtud del estado de casi anarquía existente en aquellos días, pensó éste que su padre, recién operado, se hallaría mejor allí, donde pudiera estar a su lado y atenderlo en cualquier emergencia.
Los ex-oficiales fueron acudiendo y quedándose junto a su antiguo jefe en señal de protesta. La voz pasó de unos a otros, y pronto hubo allí alrededor de 800, incluyendo a los de la Marina, que habían corrido parecida suerte. Tal vez la cercanía del embajador les resultara reconfortante, pero el señor Sumner Welles hizo sus maletas y se fue del hotel.43 No abrigo dudas de que esta concentración en el Hotel Nacional se realizó sin plan alguno, pero poco a poco fue surgiendo la idea de que, si se mantenía esta situación, lo anormal de la situación terminaría por producir una cuestión internacional, con la probable intervención de los Estados Unidos.
Para entender esto hay que situarse en el contexto de las circunstancias que imperaban en aquel momento. Para apoyar su política, Sumner Welles había logrado el envío a La Habana de una flotilla integrada por el crucero pesado Richmond, y de varios destructores. Si se considera la contrariedad del embajador ante tantos contratiempos; si se tiene en cuenta la anarquía reinante en el país -en algunos ingenios azucareros los comunistas habían izado la bandera roja- si se piensa que los Estados Unidos tenían, por la Enmienda Platt, derecho a intervenir militarmente cuando lo estimaran oportuno, nada se opone a la idea de que, ante un acto como el del 4 de septiembre, generador de un gobierno de facto en que figuraban elementos radicales, los Estados Unidos pudieran decidirse a tomar la situación en sus manos. Aparentemente el embajador norteamericano estuvo ponderando recomendar esta decisión, y fue el comandante de la escuadra destacada en La Habana, contraalmirante [Charles S.] Freeman,44 quien comunicó a sus superiores que un desembarco armado produciría una confrontación con el Ejército de Cuba, al que en ese caso el pueblo indudablemente apoyaría, con la consiguiente secuela de muertos y heridos, y que eso sería perjudicial para la recién estrenada política del “Buen Vecino”.
Como consecuencia, los Estados Unidos se contentaron, por el momento, con negarse a reconocer la Pentarquía. Por otro lado, ésta no duró gran cosa, y todos sus miembros renunciaron en favor de uno de ellos, el Dr. Ramón Grau San Martín. Así, y temiendo nuevas complicaciones, el ahora coronel Batista se decidió a liquidar la situación anómala creada por los ex-oficiales y, en la madrugada del 2 de octubre atacó el hotel. El ataque consistió en hacerle fuego con todas las armas de que disponía, incluso la artillería de 75 mm. Los oficiales respondieron con el corto número de fusiles que tenían. Había entre ellos varios tiradores internacionales que hicieron numerosas bajas a los soldados. Durante varias horas, los defensores del hotel pusieron su esperanza en la intervención, si no de los Estados Unidos, al menos del cuerpo diplomático acreditado en Cuba. Pero nada ocurrió, y al fin, en horas de la tarde, los ex-oficiales se rindieron. Fueron concentrados en los jardines que dan a la parte posterior del hotel, y transportados en camiones a las prisiones militares de La Cabaña. Cuando la mayor parte había sido evacuada, se produjo un incidente desagradabilísimo. Un cabo, armado de un fusil automático, apuntó de repente a la masa de prisioneros y vació sobre ellos su carga.45
Quedaron muertos en el sitio alrededor de diez oficiales, y heridos ___ más.46 El combate liquidó de una vez por toda la cuestión de los oficiales. Después de una corta prisión, Batista los envió a sus casas, y más adelante, les acordó una pensión que, ¡humanus est!, la mayoría aceptó. Todos se abrieron paso en la vida civil, y no sé de ninguno que no lo hiciera honradamente.
Justo es consignar, sin embargo, que no todos se marcharon el 4 de septiembre, y que, andando el tiempo, muchos de estos oficiales volvieron a filas. De ellos, tres llegaron a generales. Recuerdo por lo menos dos que llegaron a coroneles, y por lo menos seis a tenientes coroneles. Uno de ellos, el coronel [Manuel] León Calás, ocupó los cargos de director de la Academia Militar y de la Escuela Superior de Guerra. El secretario de esta Escuela, capitán [Mario E.] Forest, también era de la antigua oficialidad. Fueron nuestros maestros y mucho les debemos. Profesores en todas nuestras escuelas, de ellos recibí yo mucha de mi preparación ulterior.
EL 8 DE NOVIEMBRE
A una nueva prueba, más severa aún, si cabe, se vio sometido el nuevo régimen. En la noche del 7 al 8 de noviembre se sublevó la Aviación Militar, así como las guarniciones del Castillo de Atarés, del Cuartel de Dragones y del de San Ambrosio. Esta sublevación, bajo el mando militar del comandante del antiguo ejército Ciro Leonard,47 se hizo en combinación con el ABC, organización aún poderosa, que derramó por toda La Habana grupos armados. Muchos de ellos ocuparon las azoteas como francotiradores, otros recorrían la ciudad en automóviles, haciendo fuego contra los soldados y marinos que hallaban al paso. Se decía también, aunque afortunadamente no fue cierto, que el Regimiento de Matanzas también había tomado las armas en contra del gobierno, y que marchaba sobre La Habana. Durante la noche, un avión militar trató de bombardear el Palacio Presidencial. El avión no alcanzó a lanzar sus bombas y parece que fue tocado por el fuego antiaéreo, yendo a caer en Matanzas.
Esa misma noche recibimos órdenes de recobrar el campo de aviación que, como se recordará, se hallaba al norte del Campamento de Columbia, y en un plano inferior a él. Más allá del aeropuerto se encuentra el Reparto de Miramar y, aún más lejos, el mar. De Columbia se descendía al campo de aviación por una pendiente suave. Los cuatro batallones de Columbia y algunos elementos del Tercio tomaron posición a todo lo largo del borde de esta pendiente y, a eso de las nueve de la noche, nos llegó la orden de avanzar. Nos recibió un fuego nutridísimo y, de no mediar la oscuridad, las bajas hubiesen sido de consideración. Así y todo, tuvimos que lamentar once muertos y más de veinte heridos.
El personal de la aviación era reducido, pero había sido reforzado con gran número de Abecedarios. Mi esposa48 cuenta que, siendo ella una niña, vivía muy cerca del Miramar Yacht Club, y veía llegar los automóviles cargados de civiles armados. Este aristocrático club fue punto de concentración, por pertenecer muchos de sus miembros al ABC. Una vez reunidos podían fácilmente pasar al campo de aviación, que se hallaba a un paso.
Bajo aquel diluvio de balas avanzábamos a saltos. Es decir, corríamos diez o quince metros y nos tendíamos. Recuerdo como, hallándome yo tendido, un cabo de apellido Verdecia, que marchaba a mi lado, recibió un balazo que lo dejó muerto en el acto. Verdecia pegó un salto y, de no apartarme, hubiera caído sobre mí. A poco, en el momento de incorporarse, cayó el soldado mecánico de mi compañía. A este pobre soldado lo mató un tiro que provino de nuestras propias filas. Parece que, al incorporarse, alguien disparó y él se interpuso en la línea de tiro.
Como las edificaciones de la aviación se encuentran agrupadas al este del aeropuerto, y el avance se realizaba en un frente muy amplio, resultó que a los batallones 1 y 2, que estábamos a la derecha de la línea, nos tocó avanzar directamente sobre ellas, mientras que los batallones 3 y 4, más a la izquierda, no tenían ante sí más que las pistas de aterrizaje, donde no había defensores. De aquí que nosotros recibiéramos todo el fuego, mientras que aquellos avanzaron sin oposición y, al rebasar los edificios, terminaran por virar hacia la derecha, envolviendo los mencionados edificios. Fue entonces que se declaró el pánico en las filas contrarias, porque ya iba amaneciendo, y desde la torre de control y el Hotel Almendares, que era donde nuestros adversarios se hallaban parapetados, pudieron apreciar que pronto quedarían cercados. Los abecedarios huyeron abandonando a los soldados de la aviación, aunque capturamos a unos cuantos, más a casi todo el personal militar.
Los primeros en entrar en el edificio principal de la aviación fueron los capitanes [Ignacio] Galíndez y [Gregorio] Querejeta,49 antiguo oficial de la Academia, que quedó con nosotros el 4 de septiembre. Me ha quedado presente que, al subir a la azotea en busca de una ametralladora que nos había estado hostilizando toda la noche, hallamos que un proyectil le había atravesado la camisa de agua, junto al ánima. Al salir por la recámara, arrastrando consigo el cerrojo, le arrancó la mitad de la cara al ametrallador, que yacía boca arriba en un charco de sangre.
La persecución se prolongó hasta más allá de los límites del aeropuerto, y penetramos en Miramar. Existía allí un descampado llamado “El Monte de Barreto”. Entre la maleza hallamos armas, equipos, brazaletes, etc., en cantidades increíbles, y es que los abecedarios, en su retirada, se despojaron de cuanto pudiera comprometerlos.
Hallándome en el Monte de Barreto, recibí la orden de regresar a Columbia. Había omitido decir que, habiendo ascendido Pedraza a capitán, pasé yo a ser sargento de tercera, y ocupé la plaza de sargento primero que él dejó vacante. También se me nombró presidente del Club de Alistados, cargo que dejó vacante el sargento Pablo Rodríguez. Como se ve, Pedraza no me había olvidado. Justo es consignar, sin embargo, que siempre traté de cumplir con mi deber. Siendo yo un soldado del tipo reglamentista resultaba, también por mi carácter, lo que se conocía en el servicio como “barra de catre”, es decir, duro en el servicio. No me pesa haber sido así, pues si se es firme, sin ser injusto, termina uno por ganarse el respeto de los subordinados.
Volviendo a lo anterior, cuando me presenté en la Jefatura del Campamento, se me encargó que preparase en el Club de Alistados el tendido de los muertos. Por eso me quedó tan grabado que fueron once.
Con respecto a los regimientos de provincia, todos se mantuvieron fieles. La Marina, por su parte, sostuvo casi sola un duelo a muerte durante todo el día 8 en la capital. La Cabaña se mantuvo en reserva.
Pero en la noche del 8 al 9 el enemigo nos hizo un regalo inesperado. En lugar de mantenerse diseminado por La Habana, haciéndonos la vida imposible desde las azoteas, el comandante Ciro Leonard ordenó concentrar todos los efectivos en el Castillo de Atarés. El comandante Leonard, por su integridad e inteligencia, era uno de esos hombres que Batista hubiese querido retener. Pero aquí cometió un error de bulto concentrando todas sus fuerzas en un solo sitio fácilmente sitiable.
¿Cómo pudo el comandante Leonard pifiar de este modo? Cualquier manual de estrategia previene al oficial estudiante contra la falsa seguridad de las fortalezas. Sin embargo, este fue el caso. Durante la noche, los sublevados evacuaron Dragones, San Ambrosio y las calles y azoteas en favor del Castillo de Atarés.
El antiguo cuartel del Regimiento de Dragones de Edimburgo, derribado un año más tarde para construir en su emplazamiento una estación de policía, así como el que fue Hospital de San Ambrosio, y con posterioridad Cuartel-Maestre General del Ejército, fueron ocupados por nuestras tropas sin disparar un tiro. Sus guarniciones sublevadas los habían abandonado.
Este castillo, que domina el fondo de la bahía, fue construido por el ingeniero militar Agustín Kramer en 1763. Su planta es un pentágono regular rodeado de un profundo foso. Más allá de la contraescarpa, es decir, por fuera del foso, un terraplén, protegido por el glacis y con banquetas de tiro para la infantería provee una línea exterior de resistencia. Para asaltarlo, sería preciso subir la loma bajo el fuego de los defensores. A continuación, tomar esa línea exterior, salvar el foso y trepar por la escarpa hasta las almenas. Se habilitó para una guarnición de ochenta hombres, pero el 9 de noviembre una multitud de soldados y civiles se apiñó en el recinto. La loma del Soto, en cuya cumbre está el castillo, es redonda, y puede ser investida desde todos los ángulos.
Así, el Ejército rodeó el castillo y abrió fuego de cañón contra él. Desde la bahía, el crucero Cuba comenzó también a batirlo con sus piezas de cuatro pulgadas. El castillo respondió con dos ametralladoras calibre 50 emplazadas, una hacia el lado de tierra y la otra hacia el mar. Por la parte del mar sus balas rociaron no sólo al Cuba, sino también a los destructores norteamericanos. La marinería se encontraba acodada en las barandillas, contemplando el combate, cuando las balas comenzaron a golpear las corazas. Los destructores levaron anclas y zarparon mar afuera. Los impactos en el Cuba aún podían verse años después.
En las prisiones comunistas de Cuba, mi coautor Medel conoció a dos civiles que habían estado en Atarés. Uno era un galleguito recién desembarcado. Tenía por aquella época unos dieciocho años, y contaba que la curiosidad lo llevó a San Ambrosio, y que después, sabiendo manejar, condujo un camión de municiones a Atarés. Que la cantidad de gente dentro del castillo era tal que daban prácticamente hombro con hombro. Él se paró a contemplar como un cabo disparaba la [ametralladora] calibre 50 que daba a tierra. Este cabo tenía una personalidad histriónica. Cada vez que se le presentaba un blanco, se volvía hacia el público, se inclinaba saludando, y mostraba una bala trazadora. Luego se volvía hacia la pieza, introducía el proyectil en la recámara y disparaba la trazadora para medir la distancia. Después, con gran deliberación, disparaba varias ráfagas. Así desmontó una ametralladora calibre 30 que se hallaba en la azotea del Mercado Único y mató e hirió a sus servidores. Después de cada hazaña, se volvía el cabo hacia el público, que lo aplaudía a rabiar. El galleguito se dijo: -Es un superhombre. Con él no podemos perder.
Después de una salva de aplausos, a los que correspondió con otra reverencia, tornó el cabo hacia su pieza. Pero, de repente, pegó un salto y cayó hacia atrás. Una bala le había destrozado la cabeza. A partir de aquí, contaba el galleguito, ya hombre maduro, el ánimo se le vino a los pies. Muerto su héroe, se sintió perdido.
Los obuses de 75 mm. reventaban en los glacis del castillo sin causar daño, pero por la tarde se trajeron morteros de 60 mm. Las primeras granadas pasaron sobre Atarés, inofensivas, y la gente se mofaba de ellas. El otro civil, que en 1933 era un niño de 13 años, cuenta que se había escapado de su casa y se metió en Atarés, también por curiosidad. Que, al ver pasar las granadas, Ciro Leonard, que estaba muy cerca de él, exclamó: -Han traído los morteros y están encuadrando el blanco. Dentro de poco empezarán a caer aquí, y sólo se salvarán los que estén bajo las bóvedas. ¡Dios mío!, ¡y pensar que yo mismo fui a comprarlos a Francia! Acto seguido, entró a los servicios sanitarios y se pegó un tiro en la sien. El testigo añade que él siguió al comandante Leonard y que presenció su suicidio. Y que, al verlo caer, corrió aterrado hacia la Plaza de Armas (patio central). En ese instante, la primera granada había estallado en medio de la multitud, y que el espectáculo era espantoso. Cuerpos destrozados y un mar de sangre por doquier. La gente saltó por los parapetos exteriores y corrió glacis abajo en total desbandada, con las manos en alto y agitando cuanto objeto blanco tenían a mano. El fuego cesó, el levantamiento había terminado.
AL DIA SIGUIENTE
Durante todo el período republicano, desde 1902 hasta 1933, los Estados Unidos intervinieron en la política de Cuba de manera más o menos encubierta, pero constante. Aunque se protestaba, y la prensa de aquella época hacía eco de estas protestas, y aunque hoy en día nos parezca increíble y hasta lamentable, lo cierto es que la situación fue aceptada, gobierno tras gobierno, como inevitable. Es más, no hubo presidente para el cual no fuese una premisa mantenerse en la gracia de los Estados Unidos. ¿Qué hizo Batista al día siguiente del golpe de los sargentos? ¡Exactamente lo mismo!, y con la bahía de La Habana llena de barcos de guerra norteamericanos. Pequeños y solos, locura hubiera sido proceder de otro modo. A partir del mismo día 5 de septiembre, el entonces sargento Batista comenzó a visitar al embajador. Por otra parte, es de suponer la cólera de Sumner Welles. El 12 de agosto, los oficiales se le inmiscuyeron en sus planes para sustituir a Machado por el general Herrera. Ahora, los sargentos hacían lo propio con el gobierno provisional que él al fin había constituido. Podemos imaginarnos también la frialdad con que el embajador trataría al sargento.
Sin embargo, la situación resultaba ya demasiado alarmante, y el Presidente terminó por llamar a Welles por teléfono. Cabe imaginarse lo que le dijo, porque a partir de ese momento la actitud de Welles se hizo más cordial, aunque Washington siguiera sin reconocer al gobierno de facto. También se hizo evidente la conveniencia de relevar a Sumner Welles, quien estaba demasiado implicado en los acontecimientos ocurridos en Cuba en los últimos dos meses. Era menester otra persona, una mente fresca que, desapasionadamente, estudiase la situación y propusiese la solución adecuada. Este hombre fue Jefferson Caffery,50 a quien no movía ni la pasión ni el amor propio, y que vio de inmediato en Batista al hombre capaz de restablecer el orden y el principio de autoridad. Batista se mostraba, además, deseoso de agradar y de servir a los Estados Unidos, a cambio, claro está, de su permanencia en el poder. Así lo informó Caffery a su gobierno y, a vuelta de correo, recibió éste la orden de transmitir la siguiente proposición: si Batista eliminaba a Grau, a los estudiantes y a los comunistas del poder, el reconocimiento y el apoyo de los Estados Unidos estaba asegurado.
En el gobierno que se formó a raíz del 4 de septiembre, aparecían tres tendencias bien definidas:
-La tendencia militar (Batista)

-La estudiantil (Grau)

-La radical de izquierda (Guiteras)
De estas tres tendencias, las dos últimas, detentadoras del poder civil, produjeron leyes que a la larga beneficiaron al país, pero también sus consignas (no pagar luz, no pagar alquiler, no pagar teléfono), destinadas a ganarse el apoyo popular, eran bastante demagógicas. También habían hecho su aparición las milicias (esta es una maniobra típicamente comunista). Recuerdo el nombre de dos de esas agrupaciones: “Ejército Caribe” y “Pro Ley y Justicia”. Todas ellas fueron uniformadas de modo similar al ejército.
Dije que las milicias constituyen una maniobra comunista. Ellos las emplean como aparente apoyo al ejército, pero según se van cimentando en el poder, los marxistas debilitan a éste por medio de leyes, hasta disolverlo y sustituirlo por dichas milicias que, después de depuradas, se convierten en el ejército regular comunista.
Todos estos peligros acechaban a Cuba. Así, cuando Batista recibió la proposición de los Estados Unidos, se apresuró a disolver las milicias y a deponer al poder civil, sustituyéndolo con un presidente, el coronel de la Guerra de Independencia Carlos Mendieta y Montefur, totalmente sometido a él. Desde 1933 hasta 1944 Batista gobernó el país con poder absoluto. Los diversos presidentes: Mendieta, [José] Barnet,51 Miguel Mariano Gómez52 y [Federico] Laredo Brú53 no fueron sino sus criaturas. Uno de ellos, Miguel Mariano Gómez creyó que de verdad era el Ejecutivo, y el Congreso, a una señal de Batista, lo depuso en 24 horas.




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