Cristo nuestro hermano



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Catálogo: 2013
2013 -> Proyecto de internet con información del área de psicologíA”
2013 -> Universidad nacional autónoma de honduras
2013 -> Universidad nacional autonoma de honduras facultad de ciencias sociales
2013 -> Campus universitario siglo XXI, S. C
2013 -> Proyecto de internet con información del área de psicología
2013 -> Gloria zuleima bedoya idarraga luisa fernanda beltran perez maria alejandra castro arellano
2013 -> Fundamentos para el rol de una economía solidaria dentro de la perspectiva de la idea de “economía plural”
2013 -> Vicedecanato de relaciones institucionales
2013 -> Vivir sin fumar

KARL ADAM

CRISTO NUESTRO HERMANO
BARCELONA

EDITORIAL HERDER

1963
ÍNDICE

Prólogo del autor a la edición española

Prólogo a la octava edición alemana

Jesús y la vida

La oración de Jesús

El amor de Jesús

Por Cristo nuestro Señor

La palabra redentora de Cristo

La obra redentora de Cristo

El camino a Cristo

Cómo llega el hombre a Cristo

Por qué creo en Cristo

¡Ven, Espíritu Santo!

Anunciación

El sacerdocio católico

¡Hermanos, permaneced fieles a la tierra!

Hacerse santo

PRÓLOGO A LA OCTAVA EDICIÓN ALEMANA

EN la presente edición se han incluido las conferencias publicadas ya en la revista Seele y que versan sobre el amor de Jesús, la Anunciación y el sacerdocio católico; además, los artículos, también publicados: Cómo llega el hombre a Cristo («Der Mensch vor Gott», Festschrift für Theodor Steinbüchel, pág. 365 y ss.) y Por qué creo en Cristo («Hochland», año 41, fase. 5, pág. 409 y ss.).

Como se echa de ver, estos dos últimos tratados se refieren también a El camino a Cristo, que en lo funda­ mental fue descrito ya en las ediciones anteriores. Mas éstos lo iluminan propiamente desde los nuevos puntos de vista de la cura pastoral y de la experiencia personal. Todas estas exposiciones, aunque deban su origen a ocasiones distintas, tienen por único objetivo facilitar una comprensión más profunda de Cristo y del cristianismo.

Tubinga, octubre de 1949.

KARI ADAM

JESÚS Y LA VIDA

El mensaje de Jesús se dirige a la glorificación del Padre, al cumplimiento de la voluntad divina, a la fundación del reino de los cielos. Junto a esto, lo único necesario, no hay lugar para otro objetivo meramente terreno. «Quien no aborrece a su padre, y a su madre, y a la mujer, y a los hijos, y a los hermanos y hermanas, y aun a su vida misma, no puede ser mi discípulo» (Mt 10, 37; Lc 14, 26).

¿No parece así que Jesús, enardecido tan sólo por la gloria del Padre en los cielos, desconocía y despreciaba los valores de la tierra y la vida que de estos valores se mitre y en torno de los mismos se revuelve? ¿O, por lo menos, que el mundo terreno con sus contrastes y tensiones había de serle algo indiferente en sí, algo que se relaciona con el reino de los cielos sólo en un sentido lato, como un campo de ejercicio y de batalla para los soldados de Dios? ¿A qué grupo pertenece Jesús, por su postura espiritual, meramente humana? ¿Está entre los místicos que, en un ascenso espasmódico hacia Dios, han echado de sí toda alegría terrena y miran la tierra como algo extraño o como una prisión? ¿Ha huido El de la vida que en las silenciosas mesetas de Galilea o en las ruidosas calles de Jerusalén riendo, llorando, exuberante, orgullosa, violenta, le rodeaba? ¿La ha rehuido o... la ha dominado?

Ningún rasgo destacan los Evangelistas de un modo tan unívoco y vigoroso en el retrato de Jesús como su amor encendido al Padre celestial, la entrega incondicional de todo su ser a la. voluntad divina. «Mi comida es hacer la voluntad del que me ha enviado)) (Jn 4, 34). Mas el Padre para Jesús no es el Dios anémico, lejano, que mostraba la filosofía helénica de aquellos tiempos o la teología tardía de los judíos, informada de aquélla; no es el Dios que está sentado en su trono más allá de las nubes en un silencio solitario y que sólo se comunica con los hombres mediante los ejércitos de sus espíritus, sino el Dios vivo de la revelación. La buena nueva de Jesús se empalma aquí con la pura predicación de los Profetas, la cual habla siempre de Dios como de una fuerza y presencia vivísimas y personalísimas. Para Jesús, el Padre está siempre obrando (Jn 5, 19), siempre trabajando (Jn 9, 4). Es Él quien envía el sol y la lluvia (Mt 5, 45). Él viste los lirios del campo (Mt 6, 30). Él alimenta los cuervos (Lc 12, 24). Ningún pájaro cae en tierra sin que lo disponga el Padre (Mt 10, 29), y todos los cabellos en la cabeza del hombre están contados (Mt 10, 30) las cualidades y los valores del hombre, sus «talentos», son de Dios, y Dios pedirá cuenta de lo «suyo» (Mt 25, 15). El pan que comemos cada día, es don del Padre. El hombre, según todo su ser y actividad, pertenece a Dios como la oveja a su pastor y dueño (Lc 15, 6). Y por esto depende de Dios el destino del hombre y del mundo. En sus manos está el curso de todos los acontecimientos, las conmociones y guerra del mundo (Mc 13, 32), hasta el postrer día. Todos los espíritus cumbres, los Profetas (Mt 23, 29, 37) y Juan Bautista (Mt 11, 10; Jn 1, 6) son enviados por Él. Y de un modo especial el Hijo.

Para Jesús no se computan entre las fuerzas en último grado decisivas las cualidades del orden puramente natural, así la inflexibilidad de las leyes físicas como la fuerza de la actividad humana. En el fondo más profundo de toda existencia, de toda actividad y de todo acontecimiento, Él ve el dedo de Dios. No hay en la tierra absolutamente nada que no esté supeditado por completo a la voluntad divina. Cada caso dado viene a encarnar la voluntad de Dios.

De ahí que la postura de Jesús frente a la existencia y sus valores vivos no pueda ser sino positiva, afirmativa, y aun altamente religiosa. No es una necesidad extraña, fría, no es la inexorabilidad sin alma del sino lo que Él ve en lo que acontece, sino el espíritu hecho cuerpo, la más noble libertad y bondad, la voluntad del Padre. Para Jesús no hay naturaleza «muerta». En el monte y en el río, en las flores y en los pájaros, y, ante todo, en el hombre, el predilecto de Dios, el alma de Jesús, embriagada de Dios, descubre lo más vivo, lo más profundo, lo más precioso que pueda haber. Y así el contacto con d mundo real es un contacto con la voluntad del Padre, un experimentar directamente su sabiduría, bondad, hermosura... es devoción, plegaria, religión.

De ahí la manera realista, generosa, íntima, de sabor tan moderno, que tiene Jesús en la contemplación de la naturaleza. Sus parábolas, que destacan tan magistralmente lo humilde, lo inadvertido, pertenecen a las perlas de la literatura mundial. Aquí se alegra de los pájaros del cielo que no siembran y cosechan. Allí observa a los muchachos de la calle, cómo silban, bailan, cantan y riñen. Aquí recuerda el regocijo de la joven madre, a la que el recién nacido hace olvidar todas las angustias padecidas. Allí se fija en el ama de casa que, preocupada, busca la dracma perdida... Lo pequeño, lo más diminuto que encuentra por el camino, Él lo levanta con amor como un nomeolvides de Dios y lo hace hablar como con mil lenguas. El amor a la naturaleza y a lo natural no es para Él un ensueño sentimental, como lo era para los poetas del romanticismo. Nada sabe Jesús de un puro culto a la naturaleza. Más bien la naturaleza es para Él la voluntad de Dios escultóricamente expresada y viviente. Su amor a la naturaleza no es sino una nueva forma de amor a Dios y a su voluntad, y por esto precisamente es tan verdadero y cordial.

Con mayor cordialidad aún, como es obvio, con una cordialidad sin reserva, ábrese Jesús al hombre. Y es que el ser humano está saturado de la voluntad del Padre y tan ligado a ella, que no se puede querer a Dios sin querer al mismo tiempo al hombre. Si el Antiguo Testamento colocó inmediatamente juntos estos dos mandamientos: «Amarás a Dios», «amarás al prójimo», Jesús los funde en uno solo: «Haced vosotros con los demás hombres todo lo que deseáis que hagan ellos con vosotros; porque ésta es la suma de la Ley y de los Profetas» (Mt 7, 12). El amor al hombre es amor a Dios, sólo que visto de otro lado. Como no conoce Jesús un puro culto a la naturaleza, así tampoco conoce un culto al hombre, que prescinda de Dios. Ama a los hombres porque Dios los ama. «De esta más alta dependencia» recibe su amor a los hombres «su medida, su fineza, su granito de sal y su polvillo de ámbar» (Nietzsche). Pero, precisamente por esto, su amor es algo completamente verdadero, personal, delicado, tan verdadero y profundo como un amor al Padre.

«Y cogiendo a un niño, le puso en medio de ellos, y lo abrazó» (Mc 9, 35). ¡ Cómo sabe vivir a unísono de los otros, compartir la angustia del corazón paterno (Mc 5, 36), el dolor sordo de una madre desolada (Lc 7, 13), la lucha espiritual de un enfermo! (cf. Mt 9, 2). Su comportamiento con la mujer cogida en adulterio, con Pedro arrepentido y con la ramera — lo que dice y lo que no dice — pertenece a lo más fragante y delicado de todo el Evangelio.

¡ Y cómo se conmueve su alma al encontrarse con el dolor humano! Una y otra vez repite el Evangelista: «Se compadecía entrañablemente de las gentes» (Mt 9, 36; 14, 14; 15, 32; cf. Mc 1, 41; Lc 7, 13). Éste es un rasgo esencial de Jesús que se grabó profundamente en el espíritu del santo escritor. Varias veces rechazó Jesús las súplicas extrañas (Lc 12, 14; Mc 5, 19), pero nunca hizo el sordo a una voz de socorro que le llamase en la necesidad. «Y los curaba todos» (cf. Mc 6, 56; Mt 4, 24; 8, 16; 9; 35 10, 1; Lc 4, 40, etc.). No es raro el caso de que se adelante a la súplica (Mc 1, 25; 3, 3; 5. 8, etc.). Prefiere escandalizar a los fariseos despreciando aparentemente el precepto del descanso sabatino, a denegar la ayuda (Mc 1, 23; 3. 2; Lc 13, 14; 14, 3; Jn 5.

9; 9, 14) No puede ver miseria en torno suyo; no quiere comer antes de curar al enfermo en el aposento (Lúe. 14, 2). Y apenas le bastan las más delicadas palabras para los que sufren. «Hijo mío», dice al paralítico (Mc 2, 5); «hija mía», así se dirige a la hemorroisa (Mc 5, 34). Y cuando el dolor humano se le manifiesta con toda su profundidad, así ante la tumba de Lázaro como a la vista de Jerusalén, destinada a la destrucción, entonces «se estremece en su alma y contúrbase a sí mismo» (Jn 11, 33), entonces «derrama lágrimas» (Lc 19, 41). La. vida y los milagros de Jesús con «un amor que atraviesa triunfalmente las más grandes dificultades» (Ninck). Hasta tal grado viene a ser el prójimo su propio yo, que lo que se hace al «más pequeño de sus hermanos» lo considera Jesús como hecho a «Él mismo».

:¡ Cuánto dista Jesús de Juan en este punto! En el predicador del desierto, el amor se retrae por completo. Los temperamentos ascéticos pierden con demasiada facilidad el sentido del dolor ajeno. Jesús no se queda en el desierto. El va a los hombres. En ellos no ve solamente mala voluntad y pecado, sino también dolor profundo, grande. Y todo su corazón, rico, generoso, es de los hombres y de su dolor.

Pero también es de sus alegrías. Y precisamente aquí está el punto en que resalta con la más viva luz la manera que tiene Jesús de mirar y tomar la vida. «Sufre y renuncia», tal es la predicación del emperador Marco Aurelio. «Cárcel del alma» llaman los neoplatónicos al cuerpo. El antiguo monacato del Egipto nada mejor sabe que este mandamiento: «¡ Huye, calla, llora!» En los tiempos de Jesús pensaban de la misma manera los «justos», los «separados», los fariseos. Apoyándose en las tradiciones de los antiguos (Mt 15, 1 y ss.; Mc 7, 4 y ss.), habían añadido a los cinco grandes días nacionales de ayuno el lunes y el jueves de cada semana, y cohibían toda alegría con estrechas, severas reglas de ayuno. También Juan y sus discípulos eran «muy dados al ayuno». Jesús se opone con toda deliberación a semejantes exigencias (cf. Mt n, 18; Lc 7, 33-34). No es el ayuno en sí mismo lo que Él rechaza —ayunó Él mismo cuarenta días en el desierto —, sino la postura espiritual con que los judíos lo practicaban. Ayunaban en memoria de grandes calamidades nacionales; sus ayunos eran de luto, de opresión interior. Jesús reprueba un ayuno tan sombrío. «Cuando ayunes, perfuma tu cabeza» (Mt 6, 17). Él cifra el valor y la dignidad del ayuno, como de todas las demás prácticas de piedad, en la íntima alegría del corazón, en el «sí» puro y gozoso, que se da a Dios y a su voluntad de Padre. El ayuno no es provechoso desde el momento que agobia y paraliza.

Por esto no ayunan sus discípulos, los «amigos del esposo)), «mientras el esposo está con ellos» (Mt 9, 15). Por lo tanto, al reprobar Jesús las mortificaciones de los fariseos, lo que hace es rechazar deliberadamente toda ascética sombría, espasmódica, violenta, y declararse con audacia en favor de una postura de vida interiormente libre, alegre. Si David comió los panes de la proposición, ¿podría prohibirse a los hijos de la casa lo que les ofrece el Padre? (cf. Mt 12, 4). Por esto Jesús toma parte francamente en las pequeñas alegrías que trae el día. Se deja invitar a la mesa, aunque sus malvados enemigos le motejen por ello de «glotón y vinoso» (Mt 11, 19). En cierta ocasión, Leví (Lc 5, 29) u otro fariseo (Lc 7, 36; Mc 14, 3; 1) organiza un gran banquete para honrarle. Otra vez come Él, en un círculo de intimidad, en la casa de Simón y de su suegra (Mc 1, 31), o en la casa de la atareada Marta (Lc 10, 38; Jn 12, 2), o se hace invitar como huésped por Zaqueo (Lc 19, 6). Para una gente que alegre está de bodas, obra su primer milagro (Jn 2, 11). Es significativo que precisamente el banquete jovial, sabroso (Lc 15, 22; 12, 16; 13, 26; Mt 8, 11) y la pomposa fiesta de bodas (Mt 22, n; 9, 15; 25, 1; LC 12, 36) le ofrecen no pocas veces ocasión y materia para proponer sus parábolas. La misma glorificación final es para Él como un sentarse con Abraham, Isaac y Jacob, a una misma mesa (Mt 8, 11). Y lo último, lo mejor que puede dar a sus Apóstoles en la tierra es un banquete de amor: el banquete de la comunión perpetua en su carne y sangre.

Así, no pudo sostenerse con Nietzsche que Jesús nunca se haya reído. ¿Cómo ser ajeno a una profunda y pura alegría aquel que anunciaba la alegre, la buena nueva del Padre y, en todo lo alegre y en todo lo acerbo, daba testimonio de la voluntad divina, toda bondadosa? En la voluntad del Padre amaba Jesús a los hombres y su vida. Le cautivaban no solamente las lágrimas, sino también las sonrisas de los seres humanos.

Fundándose en la misma voluntad del Padre, adquiere Jesús una relación íntima con aquello mismo que se pone, a fuer de sedimento, como cieno e inmundicia en el fondo del ser humano... nuestras pequeñeces y miserias. Ningún ojo ve tan agudamente como el suyo la mezquindad de lo muy humano: «vosotros, siendo malos» (Mt 7, 11); «sois malos» (Mt 12, 34); «esta raza mala y adúltera» (Mt 2, 39 y ss.). Se percibe aquí algo, como un íntimo secreto desafecto, algo contra esta aviesa, torcida manera de ser del hombre. Y con todo. Jesús no sabe ver este mismo fondo, en demasía humano, sin una íntima relación con la voluntad de su Padre. Por esto puede «soportarlo» por más tiempo. Y por esto pasa por su alma el cántico noble, delicado, de una paciencia incansable para con las miserias humanas. No hay que arrancar la mala hierba, sino dejarla crecer hasta el día de la cosecha de Dios. No hay que pedir fuego del cielo para que caiga sobre las ciudades incrédulas. El Padre envía el rayo de sol y la lluvia también sobre los pecadores. Y porque todo está en manos del Padre, por esto «¡no juzguéis!». No se puede separar en este mundo a los «pecadores» de los «justos». El hijo de Abraham, el mismo sacerdote y levita, no siempre es mejor que el samaritano. En la voluntad del Padre tiene su raigambre la superioridad regia con que Jesús se levanta sobre todas las deformaciones de la vida cultural humana, sobre todas las desfiguraciones y contrastes éticos, sociales y nacionales. Por esto se mantiene al margen de todas las luchas económicas y políticas. Nada quiere saber de cuestiones de herencia (Lc 12, 14). Y se ha de dar al César lo que es del César. ¡Pedro, «vuelve tu espada a la vaina»!

¿Cuál es la postura de Jesús respecto de la vida? Nada hay en Él de cansancio del mundo, de dolor impotente ni de huida cobarde. Él ve la realidad con los dos ojos, la ase con ambas manos y la afirma con todo su corazón. No hay realidad que pretenda tergiversar violentamente, o sobre la cual quiera pasar en silencio. Jesús no es un soñador. Es realista, mira de cara todo lo existente, la realidad llena, entera, tanto si ésta esparce sombras como si irradia luz. Y su entrega a las cosas y a los hombres no es un «amor por encargo», no es un mero acto de obediencia a Dios, no deja indiferente el corazón.

Porque para Jesús la voluntad divina y las cosas no están separadas, no tienen entre sí una relación tan sólo exterior. Antes bien, la voluntad de Dios está en las cosas y pasa viva a través de ellas. Por tanto, al amar Jesús la voluntad de Dios, ama también las cosas en sí mismas. Él siente que forma una unidad con todo lo real, unidad sostenida y ligada por la fuerza vital de la voluntad de Dios, que se revela en todo lo existente.

Por otra parte, precisamente porque para Jesús la realidad no se sostiene sino como expresión de la voluntad del Padre, su amor a ella es absorbido por el amor al Padre. Él pertenece a la realidad del mismo modo que pertenece al Padre. Y por esto nunca se deja cautivar por ella. Si un fulgor terreno choca con la voluntad del Padre, no logra conmover el alma de Jesús, ha alegría del vivir es ennoblecida y transfigurada en Él por una maravillosa reserva interior, por una superioridad de sentimiento y ánimo, segura de sí misma. Su largo ayuno en el desierto, sus vigilias, su pobre vida de peregrino, su predicación asidua, su entrega a los pobres y necesitados, el tono maduro y noble de su discusión con los contrarios maliciosos, y antes de todo el heroísmo de su vida y muerte, delatan un corazón que se posee por completo, un corazón que no vive por las cosas, antes bien, poderoso por si mismo, vive en ellas.

Jesús no ha rehuido la vida, como tampoco ha sido subyugado por ella. Jesús ha domeñado la vida.


LA ORACIÓN DE JESÚS

PARA el recogimiento fervoroso de la oración empieza una nueva época con Jesús» (Heiler). «La interioridad en sentido personal fue creada propiamente por Jesús» (Sóderblom). «Jesús es quien ha rezado con más vigor en toda la historia» (Wernle). La oración de Jesús en el Monte de los Olivos es «la palabra religiosa más profunda que jamás haya sido pronunciada» (Hóffding).

Para aclarar este juicio de nuestros investigadores de religión procuraremos, en lo que sigue, dar una mirada íntima, a. la oración de Jesús. Los Evangelios describen unánimemente la vida terrena de Jesús como una vida de oración. El primer testimonio público que, en el momento mismo de inaugurar su actividad mesiánica, recibió del Padre, lo obtuvo en la oración. «Habiendo sido Jesús bautizado, y estando en oración, sucedió el abrirse el cielo» (Lc 3, 21). Su actividad salvadora se alimentaba constantemente del silencioso diálogo con su Padre celestial. «Por la mañana, muy de madrugada, salió fuera a un lugar solitario, y hacía allí oración» (Mc 1, 35). «Mas no dejaba él de retirarse a la soledad y de hacer allí su oración» (Lc 5, 16). «Y, despedidos éstos, subió solo a orar en un monte y, entrada la noche, se mantuvo allí solo» (Mt 14, 23). I

Como todas las obras mesiánicas, así también la Pasión de Jesús estaba bajo el signo de la oración. En la gran oración sacerdotal que nos conservó Juan, el Evangelista del recogimiento contemplativo (Jn 17, 1 y ss.), Jesús se consagra a sí mismo a la gloria del Padre y a la vida de los suyos. Dando gracias y bendiciendo instituyó el nuevo banquete de alianza en su sangre (Mt 26, 26 y ss.; Mc 14, 22 y ss.; Lc 22, 19 y ss.). En un grito emocionante de oración recoge fuerzas en Getsemaní (Mt 26, 39; Mc 14, 35; Lc 22, 43) para el sacrificio mesiánico. Y en medio del tormento de la muerte brota de sus labios la palabra del salmista (Salmo 21, 2): «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mt 27, 46; Mc 15, 34). También en este punto es Lucas quien reseña más detenidamente la oración de Jesús moribundo. En la cruz, su amor redentor echa todavía una llamada con la palabra de imploración: «Padre mío, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34); y su oración postrera es un expirar en el Padre: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46).

Asomarse a la oración de Jesús es descubrir sus relaciones misteriosas con el Padre y la esencia de su mensaje.

Jesús se sentía en una continua comunión de vida con su Padre. «Veréis abierto el cielo, y a los ángeles de Dios subir y bajar, sirviendo al Hijo del hombre» (Jn 1, 51). Esta conciencia de unión íntima con Dios iba aneja a su naturaleza humana, era una gozosa necesidad interior desde la juventud. «¿No sabéis que yo debo emplearme en las cosas que miran al servicio de mi Padre?» (Lc 2, 49). Ninguna palabra encontró más gráfica para expresarlo que la que suena de continuo, la de «mi Padre». Este «mi Padre» tiene un acento completamente personal, íntimo. Tan sólo le pertenecen a Él. «Ninguno conoce al Padre, sino el Hijo» (Mt n, 27; Lc 10, 22). Jesús forma con su Padre una unidad en que no participa ninguna criatura. «Padre nuestro», así enseña a orar a sus discípulos. Dios es el Padre de ellos, «vuestro» Padre. Tan sólo Jesús ora de esta manera: «Padre mío» Y tan sólo Él es quien recibe la respuesta del Padre: «Tú eres mi Hijo muy amado» (Mc 1, n; 9, 6; cf. 3, 12; 12, 6; Mt 16, 16 y ss.). Aquí se hace consciente su alma humana, en el grado más alto y profundo, de su relación con Dios, relación sin par, fundada en la unión hipostática con el Verbo divino. Porque el “Hijo es más encumbrado que los ángeles en el cielo» (cf. Mc 13, 32). Lo que es Jesús como Hijo nadie lo sabe, excepto el Padre (Mt 11, 27; Lc 10, 22). Así la oración de Jesús al Padre, es, en lo más profundo, una conciencia perenne de la más íntima comunión de amor y de vida con el Padre, la manifestación constante de la más delicada unión con Dios, conciencia de hijo, como nunca la hubo en la tierra. «Amarás al Señor Dios tuyo, con todo tu corazón y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas» ; este mandamiento principal del Antiguo Testamento fue comprendido y vivido en toda su plenitud y profundidad una sola vez; es a saber, sólo por el Hijo de Dios hecho hombre. En la oración de Jesús tuvo su humanidad comunicación de vida con la divinidad. Aquí está el secreto de aquellas relaciones misteriosas en que entró el alma humana de Jesús cuando el Verbo se hizo carne.

Por brotar de las profundidades de una vida personalísima, de la conciencia del propio yo, arraigada de un modo peculiar en Dios, la oración de Jesús es un acto personalísimo, el más íntimo. Lo íntimo, lo personal es lo que principalmente determina su manera de ser. De un modo categórico proscribe toda ampulosidad y todo mecanismo en la oración. (¡En la oración no afectéis hablar mucho, como hacen los gentiles» (Mt 6, 7). Lo que se siente de veras y de un modo personal no puede ser sino sencillo y sin adorno. Y Jesús rechaza todo cuanto empaña la pureza de la intención en el rezo, todo afán de alabanza humana y de edificación. «Ya recibieron su recompensa» (Mt 6, 5). Más bien: «Tú, cuando hubieres de orar, entra en tu aposento y, cerrada la puerta, ora en secreto a tu Padre» (Mt 6, 6).

La oración en la mente de Jesús exige una casta desnudez del alma, que se desprende de todo lo exterior, de todo lo impersonal. En la oración se tocan el yo humano y el tú divino, y empieza el gran silencio, porque habla Dios. La oración es, por lo tanto, según Jesús, lo más personal que se pueda concebir. Una oración «distraída»... no es oración. Antes de Cristo no era conocida tal oración. «Lo que ofrecen las religiones extracristianas en cuanto a oración personal, es infinitamente pobre en comparación con la riqueza y gama de matices de la vida interior que se manifiesta en la oración de los genios cristianos» (Heiler). El cristianismo vino a ser «la patria verdadera de la oración personal» (Sóderblom), «sencillamente, la religión de la oración» (Bousset).



La oración de Jesús era vida altísima, personal, pero un vivir de la plenitud de su unión con Dios, un respirar del alma en el Dios vivo. La íntima relación con el “Tú” divino era algo básico en su alma. «Mi comida es hacer la voluntad del que me ha enviado» (Jn 4, 34). Y ahí tenemos otro rasgo peculiar de su oración: el deseo y querer propios, completamente humanos, desligados de Dios, han de callar: «Pierde tu alma» (cf. Mt 10, 39). ¡Atiende tan sólo a la voluntad del Padre! Para cumplir el bien como para rechazar todo lo malo «Santificado sea tu nombre. Venga a nosotros tu reino. Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.. Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos dejes caer en la tentación; mas líbranos del mal» (Mt 6, 9 y ss.). Naturalmente, el discípulo de Jesús ha de orar también por el sustento terreno necesario, por su «pan». Mas aun este pan ha de ser tan sólo el pan «de cada día», el pan de «hoy». Y cualquier otra cosa que, de una u otra manera, el hijo haya de pedir a su Padre, tiene relación con la voluntad de Dios, con la intención que tiene Dios respecto a los hijos de los hombres. Así el contenido propio de la oración de Jesús no es más que esto: Dios, su voluntad, su reino. La oración de Jesús es subordinación consciente a la voluntad de Dios, entrega incondicional a la misma. Y no es una blanda y sentimental ternura, un dulce juego con el amor de Dios, un morirse embriagado de gozo en la paz divina, como lo es en una que otra alma extática. Porque, para Jesús, Dios no es el Dios de un mero ultraterrenismo, el lugar lejano de los bienaventurados, al que sólo puede subir el espíritu alejado del mundo, arrebatado. Jesús no conoce en la oración sino al Dios que obra. «Mi Padre está obrando, y yo, ni más ni menos» (Jn 5, 17). Por esto le encuentra en el pájaro y en los lirios del campo; y toda su manera de contemplar la naturaleza es oración. Y por esto le encuentra antes de todo en el hombre. Hijo del Padre es el hombre, tanto el «justo» como el «pecador», sobre el cual Él hace nacer su sol y llover (Mt 5, 45). Tan cerca está el hombre del corazón del Padre, que el que quiere a Dios ha de querer también al hombre, tanto si éste es samaritano como judío, enfermo como sano, justo como pecador. El servicio del prójimo se coloca en el punto central de la religión, y una religión sin amor al hombre no es religión. «Al poneros a orar, si tenéis algo en contra de alguno, perdonadle, a fin de que vuestro Padre que está en los cielos, también os perdone vuestros pecados» (Mc n, 25). «Ve primero a reconciliarte con tu hermano, y después volverás a presentar tu ofrenda» (Mt 5, 23-24). El fariseo que ora y despectivamente juzga al publicano que está en un rincón del templo, «vuelve a casa injustificado» (Lc 18, 14). Toda la amplia corriente de intimidad que en la oración de Jesús sube hacia el Padre se traduce inmediatamente en amor a los hombres y vuelve como fuerza redentora, salvadora, a los pobres, a los enfermos y pecadores. Naturalmente, Jesús no es lo suficientemente ingenuo y soñador para tener sus complacencias en lo meramente humano. Pero, cuando Él acepta al hombre en la voluntad de Dios, el hombre adquiere un valor indeciblemente elevado. «Querer al hombre por amor a Dios, ha sido hasta hoy el sentimiento más noble y peregrino que se ha alcanzado entre los hombres» (Nietzsche).

Precisamente por encaminarse únicamente hacia la voluntad activa, creadora, de Dios, es la oración de Jesús un querer obrar al servicio de Dios, no un plañir y desear estéril que no da cosecha. Es un querer activo: «no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú».

Aquí se manifiesta lo rudo, lo heroico del mensaje de Jesús. Es tan claro y con todo tan fino y delicado, que algunas lenguas tartamudearon al quererlo expresar. Lo que hay de rudo en la doctrina de Jesús, no es huir del mundo, de sus riquezas, de sus alegrías. Ni siquiera es el disolverse de que hablan los místicos. Tampoco es algo que se pueda leer exteriormente en estas o en aquellas «obras». Lo rudo, lo heroico está en querer interior, honrada, fuertemente lo que Dios quiere. Es, por lo tanto, un puro acto del hombre interior, perceptible por él solo, algo que ha de hacer y renovar siempre que la voluntad de Dios —permitiendo o prescribiendo — se hace patente; de modo que en su interior es algo muy sencillo. Y a pesar de ello, en su esencia interior es algo que «pide violencia». Pues no se trata de tomar nota con indolencia de la voluntad ineludible de Dios —si consiente o si exige—, de considerarla como una especie de sino que de buen o mal grado se quiera aceptar. No se trata de una resignación cansada, de dejar pasar sobre sí la voluntad de Dios, sino de una revelación activa y viva con Él: cuando yo, en lo más íntimo, doy el «sí» a lo que Dios quiere, quiero también en lo más íntimo todo aquello que de puro ineludible, de puro inevitable y por lo absoluto de su exigencia se manifiesta patentemente como voluntad de Dios. Tal querer interior, un «sí» tan incondicional, tan puro, a la voluntad divina, es tanto más difícil cuanto más extraña e inconcebible se presenta ésta delante de mí, y cuanto menos puedo descubrir en ella la intención, la sabiduría y la bondad de Dios. Es principalmente difícil cuando se trata de la voluntad permisiva de Dios. Precisamente en este punto he de comprobar si su voluntad pura ha llegado a dominar en mí, si estoy dispuesto a sacrificarle a Isaac, mi hijo único. Nunca mejor que en semejante trance se revela la oración como hecho heroico, como rudo trabajo del reino de los cielos, como un resuelto «dar el dominio a Dios». Por esto la oración del monte de los Olivos es la forma más noble, más elevada de la oración cristiana, la expresión más pura de su manera de ser. «Y adelantándose algunos pasos, se postró en tierra, caído sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible no me hagas beber este cáliz, pero, no obstante, no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú» (Mt 26, 39). La voluntad del Padre es para Jesús, aun en la agonía, lo principal, sencillamente lo decisivo. La oración en el monte de los Olivos es un tantear atormentado por el miedo de la muerte, para descubrir la voluntad verdadera de su Padre, es un fundirse con esta voluntad, es un grito de “hágase tu voluntad» que necesita esfuerzo.

Con una evidencia conmovedora se manifiesta aquí el meollo de la oración verdadera de Jesús: la afirmación incondicional de la voluntad divina. Una oración que se inhibiera de cumplir esta voluntad y se encaminara sólo hacia algo personal, o quisiera torcer violentamente la voluntad clara, manifiesta de Dios, o esquivarla, no estaría a la altura de la oración de Jesús. Jesús nunca invocó al Padre por algo personal. En la primera y segunda tentación rechazó explícitamente tal súplica. Su oración estaba exclusivamente al servicio del reino de Dios, de la honra de su Padre. Si inmediatamente antes de su muerte hizo esta súplica: «Padre, la hora es llegada: glorifica a tu Hijo», y aun esto tenía que servir a la glorificación del Padre: «para que tu Hijo te glorifique a ti» (Jn 17, 1). Niégase aun en la hora de extremo peligro a suplicar al Padre que le mande sus legiones de ángeles (cf. Mt 26, 53). Jesús tampoco preguntó nunca el «porqué» de la voluntad divina. Esta voluntad para El es sencillamente lo último lo supremo; es la revelación de la honra del Padre. El que un hombre nazca ciego, el que el Hijo del hombre haya de padecer, todo esto acontece a fin de que «se vean las obras de Dios», «para que se cumplan las Escrituras». Hacer más preguntas no cuaja con su espíritu.

Y porque toda oración de Jesús gira únicamente en torno de la voluntad de Dios, del honor y de la gloria del Padre, por esto sus oraciones son preferentemente de acción de gracias. No toma el pan ni el pescado en sus manos, no empieza ni termina ninguna comida sin dar gracias. Delante del cadáver de Lázaro reza: «¡ Oh Padre, gracias te doy porque me has oído!» (Jn n, 41). Amonesta al poseso curado de Gerasa: «Vete a tu casa y con tus parientes, y anuncia a los tuyos la gran merced que te ha hecho el Señor, y la misericordia que ha usado contigo» (Mc 5, 19). Reprende duramente la ingratitud de los judíos curados de la lepra: «¿No ha habido quien volviese a dar a Dios la gloria, sino este extranjero?» (Lc 17, 18). En el cénit de su actividad mesiánica, cuando ve madurar en sus discípulos los primeros frutos, estalla su corazón desbordado en una alabanza cálida: «Por aquel tiempo exclamó Jesús, diciendo: Yo te glorifico, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has tenido encubiertas estas cosas a los sabios y prudentes, y las has revelado a los pequeñuelos. Sí, Padre, alabado seas por haber sido de tu agrado que fuese así» (Mt n, 25. 26).

Todo cuanto sabemos de las oraciones impetratorias de Jesús, se refiere casi exclusivamente a la gloria del Padre y a la consolidación de su reino. Reza por Pedro, para que no vacile su fe (Lc 22, 32). Ruega por los discípulos: «¡Oh, Padre, yo deseo que estén conmigo allí mismo donde yo estoy!» (Jn 17, 24). Un día pide al Padre que envíe el Espíritu Consolador a sus discípulos, hechos huérfanos (Jn 14, 16); y promete reconocer delante de su Padre, que está en los cielos, a todo aquel que le reconociere delante de los hombres (Mt 10, 32). Y si una vez, como en el monte de los Olivos, pide verse libre de lo más espantoso, sabemos que, aun en este caso, busca y afirma, como cosa suprema y decisiva, únicamente el cumplimiento de la voluntad del Padre celestial.

De donde se colige una vez más que el objeto único y verdadero de su oración es la voluntad del Padre. La propia voluntad humana ha perdido sus derechos.

Pero, ¿cómo se explica? ¿No ha alentado el mismo Jesús la voluntad propia del que ora a confiar sus deseos a Dios, a manifestarle con osadía sus anhelos? ¿Y no ha asegurado: «Pedid y se os dará»? (Mt 7, 7). Aquí parece haber contradicción. Su solución nos da a comprender otra peculiaridad de la oración de Jesús: su confianza henchida de fe.

No es posible suprimirla en la oración de Jesús. En la parábola del juez inicuo, que hace justicia a la viuda, no porque «tema a Dios, ni respete a hombre alguno», sino para que «le deje en paz» y «no venga de continuo» (Lc 17, 1 y ss.); en la parábola del amigo inoportuno que no se cansa de llamar a medianoche, hasta que se le abre por causa de los muchachos que duermen (Lc n, 5 y ss.); en la alusión conmovedora al amor natural del padre que no da al hijo un escorpión cuando le pide un huevo (Mt 7, 7 y ss.; Lc n, 12), y en muchas otras admoniciones para la oración repite una y otra vez su palabra: «Y todo cuanto pidiereis en la oración, como tengáis fe, lo alcanzaréis» (Mt 21, 22).

Nunca fue enunciada en la tierra esta confianza de la oración con tanta valentía y fuerza, ni de un modo tan absoluto, como lo hace aquí Jesús. «Yo ya sabía, Padre, que siempre me oyes» (Jn n, 42). Y no es que el que reza pueda, sino que ha de ser confiado hasta tal punto si quiere asegurar el éxito de su petición. «Tened confianza en Dios. Es verdad os digo, que cualquiera que dijere a este monte: Quítate de ahí y échate al mar, no vacilando en su corazón, sino creyendo que cuanto dijere se ha de hacer, así se hará. Por tanto, os aseguro que todas cuantas cosas pidiereis en la oración, tened 32 fe de conseguirlas, y se os concederán» (Mc n, 22 y ss.; cf. Mt 22, 21 y ss.).

Por tanto, la fe firme, inquebrantable, de que la oración será escuchada, es, según Jesús, propia de la oración verdadera. Si esto se mira en conexión con la doctrina de Jesús, no puede interpretarse como si la fe por sí misma, por su propia fuerza sugestiva, convincente, produjera efectos tan infalibles. «Cuando Jesús habla de la fe, Dios siempre se sobrentiende» (Ninck). La «fe» para Jesús es una confianza ilimitada en su Padre, a quien «todas las cosas son posibles» (Mc 10, 27; 12, 24; 14, 36). Ante su omnipotencia se rompen todas las leyes de la naturaleza. La fe traslada montañas.

Así, al apoyar Jesús la omnipotencia de la oración en la omnipotencia de Dios, empalma del modo más íntimo la voluntad del que reza con la voluntad divina. Esta ecuación: omnipotencia de la oración = omnipotencia de Dios, determina esta otra: voluntad del hombre = voluntad de Dios. Únicamente la oración que se subordina sin reserva a la voluntad de Dios es en esta voluntad, y por la misma, todopoderosa, porque no quiere otra cosa sino lo que quiere Dios. Para Jesús, el Padre está tan exclusivamente en el punto central de su contemplación, que, para Él, una oración desligada de la voluntad de Dios es completamente inconcebible. Por esto puede prometer que la oración perseverante será escuchada de un modo absoluto. Escuchada también en lo pequeño y en lo más pequeño. «Bien sabe vuestro Padre lo que habéis menester antes de pedírselo» (Mt 6, 18). «Y Él solo es bueno» (Mt 19, 17). «Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados.» «Ni uno de los pajarillos que se venden por dos cuartos es olvidado de Dios» (Lc 12, 6 ss.). Así toda petición está cobijada por la voluntad del Padre. No hay petición fracasada para quien hace suya esta voluntad. Aunque nos imponga cruz y muerte, la voluntad del Padre es una voluntad de escucharnos con clemencia.

La misma voluntad del Padre, que, exigente, dura y severa, obliga a la renuncia de la propia voluntad e impone en toda petición un sacrificio rudo, resuelve después en el ánimo del que ora la vehemente tensión interior. La misma voluntad que desarraiga el querer humano, le comunica el más alto grado de confianza interior y dominio de la vida. En vez de la antigua voluntad de vivir, que se apoyaba sólo en sí misma y, por ende, tambaleaba de continuo, brota la nueva certeza, la seguridad de estar completamente resguardado en la voluntad de Dios, la más amplia conciencia de poder de que es capaz una criatura. «Quien perdiere su alma, la volverá a hallar» (Mt 10, 39).

En la oración de Jesús se pone de manifiesto que el cristianismo es un acto sumamente personal, algo que nadie puede hacer en sustitución mía, y que sólo vive como acto, como tensión, como un «sí» y «no» constantemente repetidos, nunca como una obra repleta y harta. Y que el cristianismo es el acto más desprendido, más rudo, más heroico, un acto de violencia por amor al reino de los cielos, un meter por fuerza el propio querer inestable en la voluntad eterna, inmutable, de Dios, una confesión atrevida de la gloria de Dios, confesión que quebranta todo egoísmo mezquino y abre paso a un generoso amor humano, una voluntad de eternidad. Y que el cristianismo precisamente por esto es también la más fuerte voluntad de vivir; confianza indomable de vida, certeza la más jubilosa. «No se turbe vuestro corazón» (Jn 14, 1). La Nueva de Jesús es... la Buena Nueva, el Evangelio.

¿Por qué camino puedo llegar a Cristo y a su mensaje? Hay un camino muy corto y sencillo. Penetro con la mirada en el alma de Jesús que ora... y creo. «De la plenitud de Éste hemos participado todos, y recibido una gracia por otra» (Jn 1, 16).



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