Contribuciones diagnósticas del ‘caso montesinos’ César Sparrow resumen


El trastorno antisocial de la personalidad



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El trastorno antisocial de la personalidad (denominado también “psicopatía” o “sociopatía”), se caracteriza por un “patrón general de desprecio y violación de los derechos de los demás”. En el caso de Montesinos, se manifiesta en por lo menos 3 ítems, suficientes para su diagnóstico:

  1. (ítem 1) “fracaso para adaptarse a las normas sociales en lo que respecta al comportamiento legal, como lo indica el perpetrar repetidamente actos que son [o “deberían ser”, acotamos] motivo de detención”;

  2. (ítem 2) “deshonestidad, indicada por mentir repetidamente, utilizar un alias, estafar a otros para obtener un beneficio personal o por placer”;

  3. (ítem 7) “falta de remordimientos, como lo indica la indiferencia o la justificación del haber dañado, maltratado o robado a otros”.

Sobre sólo uno de los cuatro criterios para el diagnóstico de trastorno antisocial de la personalidad no disponemos de información corroborativa o confirmatoria. El criterio C: “Existen pruebas de un trastorno disocial que comienza antes de la edad de 15 años”. El trastorno disocial es un equivalente del trastorno antisocial de la personalidad en la infancia. No obstante es muy probable que dicho trastorno se haya presentado en el caso de Montesinos, y nos damos por satisfechos con los datos disponibles, reiterando nuestra presunción diagnóstica.


Las características principales de la personalidad antisocial son la reincidencia persistente en conductas de engaño y manipulación en las relaciones sociales, donde los derechos básicos de los demás son atropellados y violentados seriamente. En estos individuos existe un profundo desprecio hacia los deseos, derechos o sentimientos de los demás, y la razón de su comportamiento está ligada a la consecución de provecho y placer personales. Sus justificaciones suelen ser superficiales y cínicas, culpando a sus víctimas de ser tontos, débiles o de merecer su suerte, menospreciando el perjuicio que causan o, simplemente, mostrando una indiferencia absoluta. También pueden expresar una visión negativa y pesimista o nihilista de las relaciones humanas y del mecanismo del mundo en general (“Todo es una cochinada y por eso todo vale”, “Sólo es el más vivo el que triunfa”, etc.). Se observa en ellos, de manera pronunciada, carencia de empatía, insensibilidad y cinismo. Pueden ser, asimismo, arrogantes, engreídos, autosuficientes, obstinados, persuasivos y fanfarrones; mostrar labia, encanto superficial y adaptabilidad camaleónica a las diversas situaciones, simulando familiaridad y confianza hacia interlocutores a quienes pretenden explotar, manipular, estafar o engañar. El maltrato en la infancia y el comportamiento inestable o voluble de los padres son factores demostrados que potencializan la posibilidad de la gestación de un trastorno antisocial para la vida adulta. Como es también el caso de Montesinos, el trastorno antisocial de la personalidad se asocia con frecuencia a la procedencia de un “bajo status” socioeconómico y al medio urbano.
La escuela psiquiátrica alemana clásica consideraba al “psicópata perverso”, además de impedido de juicio moral (moral insanity dirían los ingleses), como desprovisto de todo sentimiento social o altruista de solidaridad, compasión, fraternidad y de respeto hacia los derechos de los demás. El psicópata parece no comprender el valor y sentido de su subordinación al orden legal y la civilidad, guiándose en cambio por motivaciones egoístas prescindentes de toda otra consideración, buscando únicamente su completa y perentoria satisfacción. También se observa en el llamado psicópata perverso, una inversión de los afectos y la ética convencionales y socialmente aceptados, en virtud de lo cual todo cuanto pueda ser capaz de producir sufrimiento, repugnancia, horror, indignación o vergüenza en los demás, es apreciado por él como fuente de placer y regocijo. Dicha constante puede ser reconocida como morbosa por el propio perverso, en cuyo caso los actos que practica no obedecen tanto al deseo de satisfacerse en su ejecución, cuanto al goce que le proporciona subvertir el orden y la moralidad como parámetros establecidos. Diremos algo más respecto de esta constelación psicológica cuando nos refiramos al sadismo y a otras perversiones.


  1. El trastorno narcisista de la personalidad se caracteriza por “un patrón general de grandiosidad (en la imaginación o en el comportamiento), una necesidad de admiración y una falta de empatía, que empiezan al principio de la edad adulta y que se dan en diversos contextos”. Para dicho diagnóstico se requiere de por lo menos 5 ítems de 9, de los cuales los aplicables a Montesinos serían los siguientes:

    1. (ítem 1) “tiene un grandioso sentido de autoimportancia (por ejemplo, exagera los logros y capacidades, espera ser reconocido como superior, sin unos logros proporcionados)”;

    2. (ítem 2) “está preocupado por fantasías de éxito ilimitado, poder, brillantez, belleza o amor imaginarios”;

    3. (ítem 3) “cree que es «especial» y único y que sólo puede ser comprendido por, o sólo puede relacionarse con otras personas (o instituciones) que son especiales o de alto status”;

    4. (ítem 6) “es interpersonalmente explotador, por ejemplo, saca provecho de los demás para alcanzar sus propias metas”;

    5. (ítem 7) “carece de empatía: es reacio a reconocer o identificarse con los sentimientos y necesidades de los demás”;

La personalidad narcisista asume con naturalidad la obsecuencia incondicional y las alabanzas por supuestos dones o talentos singulares, pudiendo reaccionar airadamente cuando se percibe privada de ellas. Esta actitud conlleva a los sujetos narcisistas (en el sentido patológico del término) a infravalorar o despreciar los méritos ajenos, sintiéndose, en cambio, entusiasmados por fantasías de éxito ilimitado, poder y admiración que deberían reflejarse en la adquisición de gollerías y privilegios excepcionales. Se sienten superiores al resto, autosuficientes y omnipotentes, y esperan ser ampliamente reconocidos por ello, arrogándose atribuciones que no les corresponden, inconsultamente, mediante la violencia o la manipulación. Estos rasgos implican que toda demanda o exigencia debe serles cumplida bajo el riesgo de una reacción brusca y desproporcionada en el caso de ser contrariados. Al igual que en el trastorno antisocial, la personalidad narcisista carece de la capacidad de empatía, mostrándose indolente ante el sufrimiento y el daño que causa. Tienden a disertar extensa y detalladamente sobre sus verdaderos o supuestos logros, proyectos e intereses, experimentando frialdad o desprecio ante las preocupaciones de los demás. Se tornan muy susceptibles a cualquier imaginado ultraje o a toda crítica, pudiendo, en tales circunstancias, actuar de manera querulante y vengativa.




  1. El trastorno paranoide de la personalidad se caracteriza por “desconfianza y suspicacia general desde el inicio de la edad adulta [el criterio de inicio no se ha podido identificar con certeza en Montesinos], de forma que las intenciones de los demás son interpretadas como maliciosas, que aparecen en los diversos contextos”. Se manifiestan en por lo menos 4 de 7 ítems. Los correspondientes a Montesinos vendrían a ser:

    1. (ítem 1) “sospecha, sin base suficiente, que los demás se van a aprovechar de ellos, les van a hacer daño o les van a engañar”;

    2. (ítem 2) “preocupación por dudas no justificadas acerca de la lealtad o la fidelidad de los amigos o socios”;

    3. (ítem 3) “reticencia a confiar en los demás por temor injustificado a que la información que compartan vaya a ser utilizada en su contra”;

    4. (ítem 5) “alberga rencores durante mucho tiempo, por ejemplo, no olvida los insultos, injurias o desprecios”;

Las personalidades paranoides son muy poco dúctiles a intimar o confiar en los demás porque temen que la información que compartan sea utilizada en su contra. Pueden negarse a contestar preguntas personales, argumentando que ello no es asunto de los demás o que no tiene importancia, manteniendo en su vida, en general, una actitud de recelo y un culto por lo secreto, interpretando los movimientos de quienes los rodean con intención de trampa y traición. El menor desaire les suscita una enorme hostilidad y ojeriza muy persistentes a través del tiempo, por lo que saben defenderse con rapidez y astucia de los supuestos ataques inferidos. Pueden ser, además, patológicamente celosos, reuniendo “pruebas” o “indicios” que respalden sus sospechas y comprometan al supuesto culpable, pretendiendo mantener control total y vigilancia cercana de aquellas personas relacionadas con ellos y llevando “reglajes” y mecanismos de espionaje que los mantenga en situación de vigilancia y ventaja contra sus enemigos. Son muy cautelosos y atentos a las posibles amenzas, llevando una actitud de reserva y pareciendo fríos, calculadores, desapasionados, “objetivos” y carentes de compasión. Se vuelven, por necesidad, autónomos, autosuficientes y controladores. A menudo culpan a individuos próximos a ellos de sus propios desaciertos, asumiendo con velocidad su vindicación. Tienen la fuerte tendencia a inmiscuirse en asuntos políticos, legales, de poder y jerarquía, donde pueden desplegar sus aptitudes para la intriga y la truculencia, analizando a las personas con quienes se interrelacionan según patrones estereotipados y rígidos (buenos/malos, cooperador/obstructor, aliado/enemigo, etc.). Les atrae las formulaciones simplistas y elementales del mundo y su organización, llegando al fanatismo y a creencias y posiciones radicalizadas y extremistas en complicidad de quienes comparten sus opiniones. En el caso de Montesinos, mencionamos, el partenaire era Fujimori. Pueden, también, presentar episodios psicóticos aislados y de corta duración en torno a temas de grandeza, persecución, celos o envidia, por ejemplo. Existen antecedentes en la infancia y la adolescencia que pueden prefigurar la aparición de la personalidad paranoide, como comportamientos solitarios tendientes al aislamiento y actitudes poco sociables e incluso autísticas, escasas relaciones con los compañeros, bajo rendimiento escolar, susceptibilidad exagerada y pensamientos peculiares o “raros”.


Los trastornos de la personalidad a que hemos hecho referencia son trastornos mentales caracterizados por patrones rígidos y permanentes de sentimientos, pensamientos y conductas desviados substancialmente de la norma convencional en la cultura a la que pertenece el sujeto. Muy a menudo una persona es diagnosticable de más de un trastorno de la personalidad al mismo tiempo, sin embargo, como lo indica la experiencia, es raro que los sujetos que los padecen acudan de motu propio a la consulta clínica o que puedan ser persuadidos por otros para que lo hagan, porque, en general, su trastorno sólo los afecta en la medida en que su repercución sobre los demás les es motivo de perturbación. Igual es el caso de las perversiones sexuales o “parafilias”. No obstante, no se trata de un trastorno de la personalidad si la conducta y experiencia interna, sea ésta antisocial, paranoide, narcisista, etc., responde a la transcurrencia de otra enfermedad médica general o mental como una psicosis (esquizofrenia, trastorno bipolar), una demencia, o bajo el influjo temporal de sustancias psicoactivas como drogas o alcohol.
Ahora bien, con relación a la apreciación clínica del caso Montesinos, éste califica para otros caracteres patológicos, pero tomados en un sentido menos ortodoxo al espíritu de los catálogos psiquiátricos descriptivos vigentes. Por ejemplo, nosotros aventuraríamos para Montesinos un diagnóstico de sadismo; sin embargo en el DSM-IV no está contemplado y sólo hallamos especificado el de sadismo sexual dentro del rubro de las parafilias y los trastornos sexuales. Hay sólo dos criterios para el diagnóstico de sadismo sexual: “A) Durante un período de al menos 6 meses, fantasías sexuales recurrentes y altamente excitantes, impulsos sexuales o comportamientos que implican actos (reales, no simulados) en los que el sufrimiento psicológico o físico (incluyendo la humillación) de la víctima es sexualmente excitante para el individuo. B) Las fantasías, los impulsos sexuales o los comportamientos provocan malestar clínicamente significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad del individuo.” Veamos cómo si omitimos toda referencia “sexual” a los criterios citados, Montesinos calza a la perfección dentro de nuestra nominación de sadismo, a secas:


  • Sadismo

  1. Durante un período de al menos 6 meses, fantasías recurrentes y altamente excitantes, impulsos o comportamientos que implican actos (reales, no simulados) en los que el sufrimiento psicológico o físico (incluyendo la humillación) de la víctima es excitante para el individuo.

  2. Las fantasías, los impulsos o los comportamientos provocan malestar clínicamente significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad del individuo.

Seremos mucho menos rigurosos en cuanto a la nosografía al atribuirle además el merecimiento de los rótulos de exhibicionismo, voyeurismo y fetichismo si los despojamos del sentido vulgarmente asignado a lo “sexual”. El psicoanálisis extiende los límites de lo comprendido en lo sexual más allá de las funciones genitales y reproductivas. Debería ser suficiente el que las perversiones que mencionamos nos exima de mayores explicaciones en cuanto a ello, pero no tiene por qué serlo. Decimos que para el caso de Montesinos, también se trata de tales perversiones en toda su connotación sexual, pero no a la manera usualmente entendida. Es decir, que la naturaleza del goce que genera la actividad perversa es sexual aunque no impliquen acciones que conlleven o puedan conllevar al coito o a la satisfacción genital. Hay mayor sutilidad en la perversión, donde además de la intervención de la esfera emocional en la obtención del placer, se han incorporado las percepciones y el cuerpo, en su dimensión tanto total como parcial, así como objetos externos normalmente inapropiados para el contacto sexual.


Analicemos conforme a lo expuesto los criterios para el diagnóstico de exhibicionismo según la psiquiatría: “A) Durante un período de por lo menos 6 meses, fantasías sexuales recurrentes y altamente excitantes, impulsos sexuales o comportamientos que implican la exposición de los propios genitales a un extraño que no lo espera. B) Las fantasías, los impulsos o los comportamientos provocan malestar clínicamente significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad del sujeto.” Lo único que variaríamos para definir al exhibicionismo como perversión, en términos amplios y que no involucren en exclusividad a los genitales, sería, justamente tal factor genital, como lo hicimos con el sadismo en cuanto a lo “sexual”: ¿Qué sustituiríamos a “la exposición de los propios genitales a un extraño que no lo espera”? Algo que, quizá mantenga afinidad con los genitales en su función de sorpresa ante su exposición. Notemos que el exhibicionista parafílico hace intervenir a sus genitales de una manera impropia, a saber, mostrándolos. ¿Qué querría demostrar con ello? En primer lugar, una reafirmación, que los tiene; en segundo, que puede mostrarlos, es decir que puede usarlos para algo diferente de excretar, copular y reproducirse. Dejamos ahora pendiente el asunto del exhibicionista.
Para el voyeurismo se nos dice: “A) Durante un período de al menos 6 meses, fantasías sexuales recurrentes y altamente excitantes, impulsos sexuales o comportamientos que implican el hecho de observar ocultamente a personas desnudas, desnudándose o que se encuentran en plena actividad sexual. B) Las fantasías, los impulsos sexuales o los comportamientos provocan malestar clínicamente significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad del individuo.” En el caso de Montesinos no se trata de observar ocultamente a personas desnudas o en actividad sexual, sino de observar a personas en actividades que deberían permanecer ocultas, como se supone deberían serlo las relaciones sexuales. (Sabemos que el voyeur se complace también viendo a otras personas excretando, lo cual, se supone, tampoco debería ser público) Ahora, no tanto en actividades que deberían permanecer ocultas, si no que por lo sabido, deberían no realizarse –actos ilícitos o moralmente reprobables. Esto es a lo que ha sido llamado por el psicoanálisis ex-profesamente para el perverso el goce de la transgresión. Es decir, algo que identifica a lo sexual con lo prohibido, que debe ser abolido derribando una norma.
Los criterios psiquiátricos para el fetichismo son 3: “A) Durante un período de al menos 6 meses, fantasías sexuales recurrentes y altamente excitantes, impulsos sexuales o comportamientos ligados al uso de objetos no animados (por ejemplo, ropa interior femenina). B) Las fantasías, los impulsos sexuales o los comportamientos provocan malestar clínicamente significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad del individuo. C) Los fetiches no deben ser únicamente artículos de vestir femeninos como los utilizados para trasvestirse (fetichismo trasvestista) o aparatos diseñados con el propósito de estimular los genitales (por ejemplo, vibrador).” Para nosotros el fetichismo será la perversión por excelencia porque aunque las fantasías y los impulsos que involucra son sexuales, el fetiche puede parecer no tener nada que ver con lo sexual. ¿Dónde estaría entonces lo sexual objetivo en esta parafilia? En una función que suple al pene por desplazamiento, vamos a decir primero, y nos extenderemos a continuación.

La ética de Montesinos
Para construir hipótesis factibles en la explicación dinámica y estructural inconsciente de Montesinos, requerimos primero exponer algunos parámetros en la teoría psicoanalítica sobre las perversiones, aunque ello nos demande más espacio que el esperado destinado a nuestro desarrollo final.
Es ya un hecho corrientemente aceptado en Occidente la existencia de la actividad sexual infantil. Para Freud, la sexualidad infantil de la cual deriva la adulta definitiva es polimorfa y perversa. El cuerpo infantil es inicialmente cargado o catectizado de libido por la madre, privilegiando tal erogeneidad determinadas regiones corporales como la boca, el ano y los genitales así como todo borde colindante de la superficie del cuerpo con su interior. A su vez, puede observarse en el niño las tendencias conocidas en la vida adulta como “perversas”, como por ejemplo el placer en la contemplación de los genitales de otros, la exhibición de los propios o de acciones fisiológicas, la crueldad y el regodeo en la suciedad, en tanto en cuanto valores como la vergüenza, la compasión y la repugnancia no se han instalado social y culturalmente lo suficiente aún. Esta sexualidad infantil que da una impresión caótica está en realidad organizada en lo que se llaman pulsiones parciales con relación a la fuente de su demanda erógena (oral, anal, genital), al tipo de la actividad pulsional (escópico-exhibicionista, sádico-masoquista), o al objeto (autoerotismo, bisexualidad, zoorastia, coprofilia, etc.). Pero en términos globales, las pulsiones parciales pueden distribuirse en pulsiones de vida (Eros) y pulsiones de muerte, las cuales están siempre imbricadas y yuxtapuestas en magnitudes indistintas. De esta manera, las pulsiones de muerte pueden reconocerse en algunas variedades que combinadas de ciertas cantidades de libido dan lugar a la pulsión destructiva y la de aprehensión o voluntad de poderío. En tal sentido, la pulsión destructiva en su modalidad oral se revela como sadismo canibalístico y ansias de devorar y triturar; en una modalidad sádico-anal, como el deseo de maltratar analmente tanto activa como pasivamente, y en una modalidad fálica, como la fantasía de castrar para privar de la satisfacción genital. Para remontar estas tendencias primitivas es necesario que se forme una barrera, como dique de contención, que las reprima confinándolas al inconsciente. La instancia psíquica encargada de velar por el cumplimiento de la prohibición de tales tendencias antisociales es el superyó, instaurado por la ley paterna que regula las vías del modo de goce futuras. Vemos que algo anómalo ha tenido lugar en el superyó del individuo perverso adulto.

En su trabajo El problema económico del masoquismo, Freud estipula la existencia de tres tipos de masoquismo: el masoquismo sexual o erótico (y el masoquismo como perversión), el masoquismo femenino y el masoquismo moral. Nosotros invertiremos la fórmula para el masoquismo moral, denominándolo sadismo moral, pero advirtiendo que no es su contraparte ni que ambos son recíprocos o complementarios por necesidad. El sadismo moral supondría una sexualización del superyó en virtud de lo cual una fusión o mezcla de pulsiones (eróticas y agresivas) son proyectadas al mundo exterior y descargadas en él. Es decir que se produce una destrucción objetiva con satisfacción libidinal concomitante. Ya antes habíamos atribuido tal cualidad a Montesinos, a lo que ahora añadiríamos que se trata allí de una identificación con el superyó sexualizado, con sus características típicas de expresión de poder, rigor, vigilancia y castigo. Para el sádico el objeto de la satisfacción es lo más lábil e indiferente; lo importante es la inflexión de sufrimiento, dolor y humillación por sí mismos.


Para decirlo en otras palabras, las de Melanie Klein, en cuanto a la criminalidad y el comportamiento antisocial, no se trata de una debilidad, laxitud o ausencia de superyó o de conciencia moral, como pudiera imaginarse, sino de todo lo contrario. De una extraordinaria severidad y sadismo del superyó. Asimismo, cuando se le atribuye al psicópata el ser carente de remordimientos o sentimientos de culpa; bueno, hasta la fecha no sabemos de nadie tan feliz como para desconocer tales sentimientos. Según Klein, el ciclo (1)culpa-(2)comisión es una constante en los niños con rasgos prefigurativos de criminalidad. Sólo en apariencia se invierte el orden temporal de causa y efecto. Sería así (1)persecución-(2)comisión.
Un perverso es, más bien, alguien comprometido y consecuente en cuerpo y alma con la causa de un goce; un goce que imagina dependiente de sí mismo, pero que sin embargo –correspondiendo al adagio del nadie sabe para quien trabaja– lo sacrifica al goce de un Otro. El Otro es lo que el perverso encuentra de su universo externo, de un anónimo o de lo más relevante en él, el non plus ultra de la autoridad, el Padre real, Dios –que para el marqués de Sade era nada menos que el “Ser-Supremo-en-Maldad”. Leamos una sentencia sadiana que lo resume: “Tengo derecho a gozar de tu cuerpo, puede decirme quienquiera, y ese derecho lo ejerceré, sin que ningún límite me detenga en el capricho de las exacciones que me venga en gana saciar en él”. De este lado vamos viendo una salida a la paradoja sometimiento-complicidad sadomasoquista: que lo que repugna al sádico es justamente una repartición coordinada del goce, la equidad y reciprocidad cristiana. El sádico monopoliza el goce del dolor para obsequiarlo como ofrenda oblativa al Otro. Indicaremos cuál es la razón del goce del Otro en función de la cual se mueve todo perverso. Adelantamos que se trata de un goce fálico destinado a tapar un hueco que es una ausencia. Pero de un goce fálico muy monótono y aburrido como lo sería todo material pornográfico que se precie de tal. En esto nos parecemos todos al perverso; en la monotonía del fantasma que retorna siempre y de continuo a los mismos cauces de relación con el objeto (“ahora me chupa”, “ahora yo lo chupo”, “ahora me muerde”, “lo que quiere es que lo muerda”, “ahora me come”, “ahora me caga”, “me mira”, “lo oigo”, etc.), sólo que el perverso no coloca ese goce en el otro semejante, sino en el Otro universal que no existe.
Antes de seguir planteamos la siguiente acotación a todo lo expuesto: Para comprender la perversión no nos es realmente lo más importante la parte corporal puesta en juego, es decir su naturaleza “sexual”, sino su compromiso al nivel del goce para obtenerlo. Hablar simplemente de “perversión sexual” para el caso de Montesinos nos sería no sólo vano sino insulso. La esencia de las perversiones como componente básico de la sexualidad infantil no fue reconocida por Freud a través de la observación clínica de perversos, ni tampoco de niños, sino de neuróticos. En general es común la recurrencia a actividades perversas por parte de los neuróticos, y ninguna persona en su intimidad sexual deja de presentar alguno de aquellos rasgos (tocamiento, contemplación, exposición, convergencia de cierta dosis de agresión y de resistencia, así como de pasividad, detención temporal preparatoria en determinados órganos, uso alterno de ciertos órganos de finalidad diversa, etc).
Dicho lo cual propondremos que el núcleo real perverso en Montesinos es el fetichismo. Pero el fetichismo en un sentido generalizado, en el sentido del “coleccionista” de objetos suplementarios preventivos de la castración, lo que significa que el conjunto de objetos configura una identidad fálica que representa a Una sola Cosa. Así cualquier forma de fetichismo es un revelado del negativo de la fobia, por la angustia de la pérdida. El fetichista cree asegurarse de que “lo tiene” adjudicándole a la Madre la tenencia fálica. Para Freud, en el fetichismo concurre un desplazamiento de la pulsión escoptofílica o voyeurista hacia objetos externos fijados, así como el sadismo aisla un componente de la actividad sexual –la crueldad y la agresión– y lo exclusiviza. El exhibicionismo estáría motivado por el miedo a la amenaza de castración y es la contraparte del voyeurismo, así como el sadismo lo es del masoquismo, siendo ambas pulsiones parciales reversibles; es decir que ambos agentes, los del fin activo (maltratar, ver) y los del fin pasivo (ser maltratado, ser visto) pueden intercambiarse. El sadismo “sexual” responde a una interpretación infantil violenta del acto sexual de los padres y, en general, las perversiones son efecto de una inhibición sexual del desarrollo, es decir que el perverso no se ha vuelto sino que ha quedado como tal. El fetichismo es en particular importante para comprender la dinámica de las perversiones por su carácter radical de poder prescindir de todo objeto animado o de ser vivo para el alcance de la satisfacción.
La exploración psicoanalítica nos dice que el fetiche ocupa el lugar y cobra el valor del pene de la madre: es un sustituto de su pene que garantiza la conservación del propio negando la castración en ella. Entonces el falo materno se desplaza por horror a la castración a un objeto externo. Sin embargo esta solución es paradojal, porque al mismo tiempo que se niega la castración de la madre se asume de manera implícita su inexorabilidad al colocar su falo fuera. Podría decirse que esta contradicción se expresa inconscientemente en los siguientes términos: “la madre conserva el pene y el padre la ha castrado”. El fetichismo ha acaecido además como una reacción al voyeurismo prohibido: el niño no puede ver el coito de los padres y no quiere ver la castración en la madre y mira a otra parte. Por ejemplo a sus zapatos o sus ropas íntimas, etc. En tal sentido la erogeneidad se halla lejos de los genitales y ya ni siquiera en el ojo, sino en un objeto externo, completamente extraño al cuerpo.
Lo que el fetichista busca es la relación con una falta de objeto por fuera de la vía humana. Para él la situación es satisfactoria porque es enteramente dominable y controlada. Lacan en su seminario La relación de objeto introduce el siguiente esquema para el perverso fetichista:

El fetichista es el sujeto; el objeto es lo que se supone que busca más allá del símbolo de su fetiche dibujado sobre el velo de la cortina, por ejemplo:



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