Constitución psíquica y producción de subjetividad: lo que permanece y lo que cambia a través de los tiempos históricos



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PRODUCCIÓN DE SUBJETIVIDAD Y CONSTITUCIÓN PSÍQUICA: LO QUE PERMANECE Y LO QUE CAMBIA A TRAVÉS DE LA HISTORIA

PRODUCTION OF SUBJECTIVITY AND PSYCHIC CONSTITUTION: WHAT REMAINS AND WHAT CHANGES THROUGH HISTORY
Juan José Calzetta

2011

Publicado en: Revista Universitaria de Psicoanálisis, Año 2011, Vol. 11, pág. 43 a 55, Buenos Aires, Facultad de Psicología, UBA, ISSN 1515-3894
Resumen: El presente trabajo cuestiona la posibilidad de establecer un límite preciso entre las nociones de subjetividad y aparato psíquico, y concluye que la frontera entre ambas debe considerarse más bien como una amplia zona de transformación, en la que no pueden concebirse oposiciones simples. Explora con ese fin la idea de subjetividad presente en la producción de algunos autores psicoanalíticos, retoma la referencia a lo social implícita en tal formulación y la pone en relación con el proceso de constitución del aparato psíquico, tal como se propone fundamentalmente en la obra freudiana. El concepto de identificación aparece como un articulador clave entre ambas dimensiones. Se plantea que la organización psíquica de los inicios del aparato incluye ya tanto aspectos universales (permanentes en la constitución psíquica) como otros que dependen de las particularidades históricas.
Palabras clave: Subjetividad, aparato psíquico, identificación, procesos.
Summary: This paper calls into question the possibility of establishing a precise boundary between the notions of subjectivity and psychic apparatus, and concludes that the border between the two should be seen more as a large area of transformation, in which no simple oppositions can be conceived. For this purpose it explores the idea of subjectivity in the production of some psychoanalytic authors, points out the reference to social implicit in such formulation and puts it in relation to the process of constitution of the psychic apparatus, as it is proposed mainly in the Freudian work. The concept of identification appears as an articulating key between both dimensions. It arises that the psychic organization of the beginnings of the apparatus already includes both universal aspects (permanent in the psychic constitution) and others that depend on the historical peculiarities.
Key words: Subjectivity, psychic apparatus, identification, process

La propuesta resumida en el título encierra alguna ambigüedad. En efecto: podría referirse a reseñar permanencias y cambios a lo largo de la historia del individuo, es decir, a la forma en que el sujeto transforma sucesión de acontecimientos en historia propia. O, tal vez, a lo que permanece y lo que cambia en cuanto a la producción de sujetos en distintos momentos de la historia. Por último, a lo que fue variando y lo que permaneció estable en la historia del concepto de subjetividad. Estas perspectivas no son, por cierto, excluyentes.



En una primera aproximación pueden distinguirse tres problemas –o conjuntos problemáticos- diferentes:

  1. En primer lugar, está el tema de la “producción de subjetividad”. La cuestión no es menor: la idea de “subjetividad” es utilizada por diferentes disciplinas y con sentidos distintos. Filosofía, pero también antropología, sociología, comunicación, economía, además de psicología, emplean hasta el cansancio el término. Bastan los catálogos de las editoriales para encontrar una sorprendente multiplicidad de sentidos. Más fácil aún: quien ingresa “subjetividad” en el buscador Google, se encuentra en un instante nada menos que con varios millones de referencias. Si en cambio, más prudentemente, anota “producción de subjetividad”, aparecen cientos de miles de citas. Con sólo mirar algunas de ellas se cae en cuenta de que, si bien todas tienen algo en común –la referencia a algo de un sujeto- las diferencias de sentido entre unas y otras son importantes. Debe limitarse más el objeto de la indagación para llegar a algún lado.

  2. En segundo lugar debe precisarse la cuestión de la “constitución psíquica”. El tema remite, en la teoría psicoanalítica, a lo que Freud bautizó como metapsicología, es decir, al intento de ceñir los problemas psicológicos desde la triple perspectiva económica, tópica y dinámica. Dentro de ella se refiere, en particular, al punto de vista tópico, es decir, al modelo teórico denominado “aparato psíquico”.

  3. En cuanto a la cuestión de lo que permanece y lo que cambia, se trata de un problema clásico del pensamiento de Occidente, que se expresó con claridad ya en los filósofos presocráticos. Según reflexiona Popper, en su recorrido por la antigua filosofía griega, el asunto es en sí mismo extraño y sorprendente: “El problema se puede enunciar como sigue. Todo cambio es cambio de algo. Tiene que haber una cosa que cambia, y dicha cosa debe permanecer idéntica a sí misma mientras cambia. Pero, podemos preguntar, si permanece idéntica a sí misma, ¿cómo es que puede cambiar?” (Popper, 1999, 207). La solución propuesta por Heráclito, que postula que todo fluye y nada permanece, conduce –señala Popper- a cuestionar la entidad de las cosas que cambian: “No hay cosas, sino sólo cambios, procesos… Todas las cosas son llamas, como el fuego” (op. cit.). La respuesta de Parménides, por su parte, establece el marco metafísico en la ciencia y en la filosofía occidental: el cambio es paradójico y, por lo tanto, una imposibilidad lógica. Para él “lo que existe está inmóvil: autoidéntico y descansando en sí mismo, permanece firmemente donde está” (Op. cit., 209). Todo cambio es, entonces, ilusorio; la única realidad, el “Ser verdadero”, es inmutable, inengendrado e inmóvil. Veinticinco siglos después, los ecos de la vieja polémica parecen cruzarse aún, como los cuchillos de un mítico duelo borgeano, en el enfrentamiento renovado entre algunas posiciones dogmáticas. Por otra parte, la discusión sobre un término como “identidad” –de uso frecuente, por cierto, en psicología- remite al centro del problema.


La cuestión de la subjetividad. Obviamente se trata del sujeto. Pero, ¿de qué sujeto se trata? Según el diccionario de la Real Academia, “Subjetividad” es la cualidad de subjetivo. Esto último (del lat. subiectīvus) posee dos acepciones: 1, perteneciente o relativo al sujeto, considerado en oposición al mundo externo; y 2, perteneciente o relativo a nuestro modo de pensar o de sentir, y no al objeto en sí mismo. Por su parte, sujeto, (del lat. subiectus, part. pas. de subiicĕre, poner debajo, someter) ostenta ocho acepciones. Interesan aquí sobre todo dos de ellas: 1, Expuesto o propenso a algo, y 4, Espíritu humano, considerado en oposición al mundo externo, en cualquiera de las relaciones de sensibilidad o de conocimiento, y también en oposición a sí mismo como término de conciencia.

En Freud no hay referencias a la cuestión del sujeto, salvo una muy general, en “Pulsiones y destinos del pulsión”, en oposición a “objeto” de la pulsión. En el resto de la literatura psicoanalítica el tema del sujeto aparece con relativa frecuencia; tomaré sólo unas pocas referencias. Nora Fornari (1999) propone pensar al sujeto como lo emergente en cada acto de apropiación, apoyándose en la importancia que la pulsión de dominio o apoderamiento adquiere en la conceptualización freudiana. Sujeto sería, así, el que se apropia, el que es activo en la relación con su circunstancia.

André Green, por su parte, propone una definición en la que explícitamente rechaza la idea de restringir el concepto de sujeto a la instancia yoica: “La concepción del sujeto que sostenemos es en cierta medida sinónima del aparato psíquico, porque es la suma de los efectos mutuos de las distintas instancias que lo componen. El aparato psíquico sería su expresión objetivante, mientras que el sujeto quedaría asignado a la experiencia de la subjetividad” (Green, 1996, 27).

La cuestión de la subjetividad reconduce entonces, por esas dos vías, a la de aparato psíquico, porque el dominio constituye la función o propósito primordial del aparato. Su primera forma de manifestación sería el dominio de las cantidades de excitación, el cual comienza a partir de la cualificación de esas magnitudes mediante el sistema representacional. El matiz diferencial que se perfila queda definido por esa referencia a la “experiencia” de la subjetividad a la que se refiere Green.

Silvia Bleichmar (1999), en tanto, propone una diferencia más precisa entre constitución psíquica y producción de subjetividad. La primera se referiría a “variables cuya permanencia trasciende ciertos modelos sociales e históricos” y que pueden ser cercadas en el campo específico del psicoanálisis. La segunda, en cambio, abarcaría aquellos aspectos que hacen a la construcción social del sujeto, en relación con lo ideológico e inscripta en un espacio y un tiempo determinados desde el punto de vista de la historia política. La diferencia parece instrumentalmente útil, pero lleva a la autora citada a una cierta relativización de algunos conceptos fundamentales de la constitución del psiquismo1, tema que merece aún más elaboración.

La idea de “constitución psíquica” pertenece al universo conceptual del Psicoanálisis; “construcción de subjetividad”, en cambio, fue acuñada en otras disciplinas e importada, luego, al uso psicoanalítico, en el que prolonga, como marca de origen, la referencia a lo social. Se trata de nociones heterogéneas, entre las que no es sencillo plantear una comparación. Intentaré mostrar, sin embargo, que la pretensión de establecer una diferenciación más o menos precisa entre ambas no resulta sostenible. El límite entre una y otra no es en absoluto nítido; debe considerarse más bien como una amplia zona de transformación, en la que no pueden concebirse oposiciones simples. Para lograr tal objetivo se hace necesario en primer lugar dirigir la mirada a las relaciones entre el espacio psíquico y el social.

Para Cornelius Castoriadis (1998, 41), la relación entre la psique y lo histórico-social es compleja. En principio, afirma, son irreductibles uno al otro: “El inconsciente produce fantasmas, no instituciones. Tampoco se puede producir la psique a partir de lo social, ni reabsorber totalmente lo psíquico en lo social”. La psique está, por cierto, socializada, pero nunca del todo. Para la psique original, lo social es pura ananké, necesidad, o sea limitación. Pero, al mismo tiempo, lo histórico social es la condición esencial e intrínseca del pensamiento y la reflexión. Para el autor citado la clave está en el desarrollo hipertrófico, “casi canceroso” dice (op. cit., 44), de la imaginación en nuestra especie. Elabora el concepto del “imaginario social instituyente”, y plantea que sociedad y psique son a la vez irreductibles entre sí e inseparables. “La socialización no es una simple suma de elementos externos a un núcleo psíquico que permanecería inalterado, sus efectos están inextricablemente tejidos a la psique tal como ella existe en la realidad efectiva”. La sociedad es siempre autoinstitución, creación de sí misma. La institución imaginaria de la sociedad, a la vez que constituye a ésta, provee de sentido a la psique, de sentido para su vida y para su muerte. La psique de los individuos estaría entonces formada también por el conjunto de significaciones imaginarias sociales, las que no constituyen una mera construcción intelectual, pues integran un aspecto pulsional y uno afectivo. Estas significaciones llegan a intervenir en la determinación de cuestiones tan básicas como, por ejemplo, el juicio de existencia, condición de funcionamiento de una instancia del aparato psíquico: el Yo realista consciente-preconsciente. En la antigua Grecia, ejemplifica el autor citado, los estanques estaban efectivamente poblados de ninfas, ya que éstas tenían realidad para un griego de esos tiempos. Probablemente, tanta realidad como podría tenerla, para un habitante de nuestros días, algunas de las cosas en las que se cree simplemente porque son publicadas en la TV o en los diarios.
Constitución psíquica. Como se sabe, en la misma obra freudiana el modelo del aparato psíquico –es decir, el punto de vista tópico- conoció varias versiones. La estructura del aparato se refiere a los lugares psíquicos, espacialización virtual de los distintos tipos o niveles de procesamiento mental, que se manifiestan, en realidad, en secuencias temporales. Los fenómenos se definen, describen o explican en función de los lugares psíquicos implicados, los que se representan en las llamadas primera y segunda tópicas.

La primera descripción que hace Freud acerca de tales localidades psíquicas figura en el conocido capítulo VII de “La interpretación de los sueños” y divide el aparato en tres sistemas: Consciente, Preconsciente e Inconsciente. Se trata de subestructuras estables que guardan entre sí una orientación determinada, un orden en la secuencia de los procesos psíquicos. En principio, este esquema considera una dirección progrediente de la actividad psíquica según el clásico modelo neurológico del arco reflejo. La dirección “Estímuloà Respuesta” da origen, en el diseño freudiano, al vector “Polo perceptualà Polo motor”. En el espacio del recorrido que media entre ambos polos se figura la inscripción de las huellas mnémicas (HM), inconscientes en sí mismas, cuya reactivación produce actividad psíquica propiamente dicha. A partir de esas HM se constituye el conjunto de las Representaciones-cosa, es decir, el sistema Inconsciente. Esas representaciones establecen un primer nivel de atribución de sentido, todavía inconsciente, necesario para el ascenso de los procesos excitatorios somáticos al nivel psíquico; o, en otros términos, para la transformación de exigencias de trabajo de origen somático en pulsiones. La percepción, unida a la consciencia, puede ser activada no sólo por estímulos –provenientes del medio o del interior del organismo- sino también por una reversión de la corriente psíquica, que, de no encontrar habilitada la motilidad voluntaria, logra volver sobre sus pasos y reactiva el polo perceptual. Se constituye así una regresión tópica, idea que apunta a la explicación tanto de la primitiva alucinación del lactante como del mecanismo de formación de sueños. La posibilidad de consciencia de los procesos psíquicos que se habilita con posterioridad deriva de la instalación de las Representaciones de palabra, las que permiten el funcionamiento del pensamiento reflexivo, a modo de lenguaje interior. Esta adquisición señala el funcionamiento del sistema Preconsciente, constituido primordialmente por tal forma de representación.

La segunda tópica, integrada también por tres instancias: Yo, Ello y Superyó, es consecuencia de la introducción del concepto de narcisismo y de las investigaciones sobre el Yo y se expone claramente, entre otros textos, en El Yo y el Ello (1923). Estos dos modelos teóricos –es decir, Consciente-Preconsciente-Inconsciente y Yo-Ello-Superyó- no se superponen, ni resultan antagónicos entre sí; su relación es más bien de complementariedad. Por tanto, toda explicación teórica debería ser posicionada respecto de tales instancias psíquicas; la consideración simultánea de ambas tópicas supone una ampliación del alcance original de la perspectiva metapsicológica.

El modelo complejo del funcionamiento anímico que Freud definió de tal manera propone, como se dijo, una construcción integrada por múltiples lugares psíquicos o instancias entre los que se establecen relaciones comprensibles desde los puntos de vista económico y dinámico, señalados más arriba. Este constructo teórico procura permitir la intelección de cierto rango de las condiciones de producción de los procesos anímicos, tanto consciente-preconscientes –o sea, accesibles en forma más o menos inmediata a la percepción introspectiva del sujeto— como inconscientes, es decir, inaccesibles en forma directa y sólo discernibles a partir de su reconstrucción. Se formula así un modelo de la estructura básica del funcionamiento psíquico, tanto normal como patológico.

Además, la invención freudiana no se limita a describir el funcionamiento de ese modelo para un sujeto adulto, idealmente acabado, sino que se propone dar cuenta de su surgimiento y desarrollo. Para abordar esta última perspectiva se hace necesario partir de la pregunta acerca de los aspectos basales de esa organización; es decir, lo que se supone más universal y menos variable a través de las épocas. En primer lugar deberá considerarse el sustrato neurológico que preexiste y soporta al psiquismo, lo que determina un conjunto de disposiciones comunes a la especie. Luego, unos principios fundamentales: según lo pensó Freud, el principio de inercia neuronal y su consecuencia a nivel del organismo, el principio de constancia. De éste provendrá luego el principio de placer-displacer. Además, la experiencia del propio cuerpo, la prematuración y la consiguiente dependencia del auxiliar, de donde procede lo universal del apoyo en experiencias vinculares estructurantes básicas: la nutrición y el auxilio o sostén, que remiten a la realización de acciones específicas productoras de satisfacción por parte del auxiliar, entre otras. En un momento posterior, tendrá lugar la comparación del cuerpo propio con otros cuerpos, y las consecuencias psíquicas que provengan de esa actividad. En estos puntos de partida puede fundar la teoría su pretensión de generalidad, más allá de la singularidad propia de cada sujeto. Singularidad y generalidad son, una y otra, los polos entre los que se despliega la posibilidad explicativa y la eficacia del Psicoanálisis en tanto cuerpo teórico-práctico de vasto alcance En otras palabras: hay aspectos determinantes, señalados más arriba, que son comunes, dentro de ciertos límites, a todos los miembros de la especie humana, en cualquier época histórica que se tome en consideración. Esos “universales”, por así llamarlos, son sólo los puntos de partida en la organización del aparato psíquico.

Está claro que, para Freud, ese aparato no viene dado de entrada, como un programa instalado “de fábrica”, sino que debe construirse en el tiempo. Esto implica la necesidad de considerar las condiciones que regulan ese proceso de autopoiesis psíquica. Puede partirse de la idea de que el origen de este aparato es traumático. Ello significa que, a partir de la organización propia del sistema nervioso, operante ya incluso como una dotación de respuestas disponibles de manera innata, las exigencias de trabajo hacen surgir una nueva organización, con otras propiedades, cuya finalidad es perfeccionar lo que puede ser definido, en cuanto a su propósito inicial, como el apartamiento de los excesos en las cantidades de excitación. En ese sentido es válida la inclusión de la idea de lo traumático: si bien se trata de un concepto que experimentó en la teoría mutaciones y usos diversos –lo que le confiere aún hoy cierta inevitable oscuridad- no caben dudas de que la idea de trauma está siempre asociada a la de excesos cuantitativos.

Para la constitución de ese nuevo espacio que es la psique se requiere, entonces, del encuentro oportuno de dos agentes fundamentales. Por un lado la actividad del otro en tanto auxiliar. Por otro, la que proviene de lo que constituirá el ámbito del sujeto, determinada en los primeros momentos por las formas adaptativas innatas, un terreno en cuyo estudio se han hecho notables aportes en las últimas décadas (v. infra).

Pero es necesario considerar, a la vez, la intensidad de las exigencias de trabajo originadas en el soma que tensionan hacia el hallazgo de una forma que les otorgue entidad. En este sentido, el ser de la pulsión surge del encuentro entre la cantidad de excitación que reclama descarga y la representación capaz de guiarla por el camino de la complejización desiderativa. La forma representacional primordial, representante de la pulsión o pictograma, como lo llamó Piera Aulagnier (1977), es el residuo de la acción intrusiva del auxiliar –ella habla allí de “violencia primaria”- y lo que determina el pasaje del Principio de Constancia al Principio del Placer-displacer.

Como puede observarse, se considera aquí un sistema de tres componentes en interacción necesaria para la producción de sujeto: a) las formas adaptativas innatas, b) la cantidad de excitación somática y c) la actividad del otro auxiliar, a partir de la cual se generará el nivel representacional. Se materializa así el efecto inicial de la Pulsión de Vida, que da sentido –y por lo tanto posibilita- a la organización psíquica. Consiste en placer corporal que define zonas del cuerpo, sexualidad en estado naciente, cuya energía –la libido- impulsa el proceso de construcción y complejización psíquica. La insuficiencia adaptativa de nuestra especie se transforma entonces en motor de la creación de cultura. Todo lo humano quedará marcado por la representación como actividad fundamental, lo que hará decir a Castoriadis que en nuestra especie el placer de la representación se impone al placer de órgano.

El requisito, la precondición para que el encuentro entre cuerpo y objeto prospere y culmine en la creación de un nuevo espacio subjetivo es, precisamente, esa capacidad de representación que permite construir la compleja estructura de la mente, en el pasaje de la forma elemental a la escena y de ésta al sentido, de acuerdo a la enumeración de Piera Aulagnier (op. cit.), que expresa así la transición de procesos originario, primario y secundario. Por supuesto, no debe pensarse al sistema representacional como un álbum de fotos, un archivo del que se extrae una imagen según la necesidad del momento. Habrá que concebirlo, más bien, como un proceso permanente, un esfuerzo siempre vigente por el cual las exigencias de trabajo –pura cantidad- devienen magnitudes ya cualificadas, libidinizadas, con las que puede operar el psiquismo.

Como se señala más arriba, la organización del sistema nervioso propia del ser humano provee, de manera innata, un repertorio de respuestas notablemente amplio, según lo demuestran las investigaciones llevadas a cabo en las últimas décadas (Cf. Schejtman, 2007). Con esos recursos comienza, inmediatamente luego del nacimiento, la acción equilibradora a que se alude más arriba. Pero esas mismas acciones biológicamente determinadas se integran dentro de un complejo sistema de intercambios con el medio, que involucran de modo especialísimo al auxiliar, y que generan una nueva forma organizativa que desplaza a la anterior, biológica, hereditaria, y se impone sobre ella.2. Lo que se origina a partir de entonces es lo que recibe el nombre de “aparato psíquico”. Se trata de una neoformación, una nueva organización del funcionamiento que excede el nivel biológico y genera un espacio hasta entonces inexistente, que se rige por sus propias leyes. En este espacio de lo psíquico, la causalidad se complejiza al incluir como su componente rector la cuestión del sentido.
Puede comprenderse a partir de aquí cómo la dimensión de lo relativamente permanente se flexiona en el sentido de lo sujeto a las contingencias históricas. El concepto articulador entre ambas dimensiones es el de “identificación”, una idea clave del psicoanálisis, y sin la cual no puede concebirse ninguna forma de constitución psíquica. Es el camino por el cual es posible dar cuenta, en un terreno estrictamente psicológico, de la forma en que lo social, ideológico y político se encarna en cada uno de los sujetos particulares de una época histórica. El de la construcción social de la subjetividad no es, por cierto, un tema reciente: ya en 1859, Marx escribía en sus “Elementos fundamentales para la crítica de la Economía Política” (Grundrisse) que “la producción produce, por lo tanto, no sólo un objeto para el sujeto, sino también un sujeto para el objeto”

La identificación es, en general, la forma en que cada sujeto organiza su psiquismo sobre la imagen de otro que funciona de modelo. Como señala Avenburg (1971), la perspectiva del otro está incluida en el aparato psíquico desde el comienzo; es decir que, desde los inicios mismos del vínculo, antes de que éste sea efectivamente reconocido por el niño como una relación de dos, la forma en que el auxiliar mira al sujeto, la manera en que experimenta y concibe al placer y al dolor, el modo en que se ve a sí mismo ejerciendo su función, pasan a formar parte de la concepción que el sujeto en formación produce de sí. Winnicott (1972) plantea esta cuestión brillantemente en su aporte sobre el papel de espejo del rostro de la madre y la familia. Ya desde este nivel correspondiente a la identificación primaria (en palabras de Freud (1921, 101), “la forma más originaria de ligazón afectiva con un objeto”) ese mecanismo es un transmisor de formas ideológicas, derivadas de circunstancias históricas.

Es decir, la organización psíquica de los inicios del aparato incluye ya tanto aspectos universales (permanentes en la constitución psíquica) como otros que dependen de las particularidades históricas. Desde el comienzo de la vida psíquica operan simultáneamente dos tendencias distintas: a) una orientación realista inicial cuyo fundamento es biológico (el denominado por Freud “Yo-Real primitivo”) que comprende –a la luz de lo aportado por investigaciones recientes- los recursos adaptativos innatos señalados más arriba, y b) una tendencia a la repetición imaginaria de la experiencia de satisfacción. Esta última da forma al llamado Yo-placer a partir de un cierto grupo de las huellas mnémicas inscriptas. Ese conjunto particular de HM corresponde a las experiencias iniciales de satisfacción e involucra, por lo tanto, desde el comienzo, al resto identificatorio del encuentro con el objeto; es decir, el producto de la “violencia primaria” según fue considerado más arriba. Si bien toda experiencia es capaz de dejar una “huella” –es decir, una alteración estable en el sustrato material-, a modo de residuo de la percepción que permitiría eventualmente la evocación, no es a partir de cualquiera de estas marcas de donde podría originarse el aparato psíquico. Si se considera que esta nueva organización surgirá a partir de la posibilidad de revivenciar –por medio de la alucinación primitiva- las experiencias satisfactorias pasadas, como un intento ilusorio de procurar el cese de la excitación, entonces se comprende que comiencen por ser reactivadas sólo aquellas huellas mnémicas que derivan de las experiencias satisfactorias; no así las que se inscribieron como consecuencia de experiencias de dolor.

De tal modo puede suponerse la construcción de esa forma primitiva de organización psíquica que Freud (1915) llamó Yo-placer. Sobre la satisfacción de las necesidades, sobre ese descenso de la cantidad de excitación que implica la cancelación momentánea de una exigencia de trabajo se instala algo más, un excedente de la saciedad del cuerpo que es el placer. Como señala Green (op. cit), el descubrimiento del fenómeno del apuntalamiento, o surgimiento anaclítico de la sexualidad sobre la satisfacción de la necesidad, es uno de los aportes originales del Psicoanálisis. Lo verdaderamente nuevo, desde el punto de vista del funcionamiento psíquico, es que a partir de este registro siempre se tenderá a la satisfacción por repetición de la vivencia placentera. Lo buscado por el procesamiento psíquico no será la satisfacción sin más de la necesidad biológica sino la obtención de placer. En otras palabras: se excede a partir de entonces el terreno de lo meramente necesario para dar lugar a una nueva forma de procesamiento; sobre la base de los anteriores comienza a organizarse un nuevo principio, que toma el mando y guía el funcionamiento psíquico. Ya no se trata de Principio de Constancia (puramente cuantitativo), sino de Principio del Placer, cualitativo, que busca el reencuentro con los signos perceptuales que acompañaron la satisfacción, como forma de encuentro con la satisfacción misma. Lo anhelado pasa a ser no la sola disminución de la cantidad de excitación, sino la recuperación de esa vivencia subjetiva específica que corresponde al placer, lo que va a conducir a la búsqueda de nuevas combinatorias perceptuales que puedan repetir o aún incrementar el placer. De aquí parten cuestiones extremadamente importantes en relación al papel de la imaginación en la actividad psíquica.

Puede concebirse como un nuevo nivel de organización al “Yo-placer purificado”, en tanto consecuencia de la interacción de los principios organizativos encarnados en el Yo-placer, por un lado, y en el Yo-real primitivo –éste último, como se señaló más arriba, se apoya básicamente en la posibilidad de huida del estímulo y en los mecanismos adaptativos innatos en general- por otro; tal Yo-placer purificado logra un incremento de la estabilidad de la estructura yoica3. En esta nueva forma del Yo, éste queda identificado con el polo de lo placiente, mientras que lo displaciente es proyectado al exterior. El psiquismo se organiza así tomando como uno de sus modelos el funcionamiento corporal, ya que los movimientos de tragar y escupir son dos de los primeros logros motrices del niño, fundamentales para su supervivencia. En este momento de la organización psíquica, correspondiente al narcisismo primitivo –concepto que debe entenderse en relación con el yo-placer, ya que el yo de realidad inicial resulta, en principio, regido por otra lógica-, las categorías de “ser” y de “tener” aún no se han diferenciado, o, lo que es lo mismo (como recuerda Avenburg, 1998) fuente y objeto coinciden. En esto se apoya el proceso de identificación primaria que, como se planteó más arriba, modela ya al Yo de los comienzos sobre la imagen del objeto.

Como se ve, ya en las estructuras más originarias del psiquismo operan formas que derivan de la circunstancia (lo cual incluye lo sociohistórico mediado por la persona del auxiliar) a la vez que de condiciones universales representadas por la organización somática y por el estado de desvalimiento infantil. A partir de allí, el Yo crecerá como un “precipitado de vínculos de objetos resignados”, según formula Freud (1933, 84), ya que cada investidura dejará una huella perdurable que, junto con las formaciones reactivas determinadas por la represión de la sexualidad infantil, construirá el carácter del sujeto. Con más razón, la presencia rotunda de lo social-cultural se hará sentir en el mismo proceso de constitución, mediante identificaciones secundarias, de la última de las subestructuras del aparato, el Súper Yo, que conecta “lo más alto”, de las aspiraciones ideales, con “lo más bajo”, de las investiduras incestuosas condenadas. A partir de la función del Ideal se premiarán ciertos destinos de la libido, sublimatorios, que pueden ser excelsos para una cultura y aborrecibles para otra.

¿Se está en el terreno de la constitución del psiquismo o en el de la producción de subjetividad? No podría responderse: ambos campos se han superpuesto ahora hasta formar uno solo, en el que apenas caben distinguir matices.
En el terreno del cambio en las ideas sobre la subjetividad, puede señalarse, permaneciendo dentro del ámbito del Psicoanálisis, que, desde Freud a nuestros días, algunas cosas han variado. Tal vez sea sólo una cuestión de énfasis; pero, por ejemplo, el papel del otro, del auxiliar, en la constitución subjetiva ha adquirido un protagonismo del que antes carecía. La definición llega a invocar la violencia: la violencia primaria del discurso del otro, en Piera Aulagnier y la violencia de la seducción originaria y los significantes enigmáticos en Laplanche (1989). Winnicott (1972), por su parte, ha insistido suficientemente en la acción de la madre real, “suficientemente buena”, y sus funciones: el holding, el handling, la mostración de objetos, la función de espejo. No es que la idea faltara en la descripción freudiana, pero ahora queda especialmente subrayado el efecto concreto de la acción del otro real. Además ha encontrado un lugar en la construcción de subjetividad el tema de la creatividad, en Winnicott, por ejemplo, a partir del estudio de los fenómenos transicionales, y en Castoriadis bajo la forma de la imaginación radical, capaz de crear “ex nihilo” nuevas realidades.
Con respecto a lo que permanece y lo que cambia en la constitución subjetiva en el ámbito más reducido de la historia de cada sujeto, se puede concluir que habrá sujeto en la medida en que exista la posibilidad de transformar acontecimiento en historia, es decir, de apropiarse, de ser activo y evitar así sucumbir al trauma. Lo cambiante será el conjunto de los recursos que el psiquismo empleará para lograr ese apoderamiento; lo permanente estará dado por el fundamento somático –que cambiará también, pero en el marco de su propia lógica-, por la unidad y la continuidad de la memoria, por la persistencia de los deseos y las defensas y, sobre todo, por la atemporalidad del inconsciente –ese “tiempo que no pasa”, como propone Pontalis (2005)-, todo lo cual nos sostiene la ilusión de ser siempre los mismos, sumergidos en el río que, diría tal vez Heráclito, jamás se detiene.

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1 Como, por ejemplo, cuando cuestiona la vigencia del concepto “complejo de Edipo” como articulador teórico fundamental, dados los cambios sobrevenidos desde mediados del siglo XX en las formas de procreación y crianza. La misma duda recaería sobre otras construcciones teóricas, como la escena primaria, la teoría cloacal o la castración.

2 Este movimiento cuya definición coincide con la de la represión, plantea la cuestión de la represión de la disposición biológica. El aparato psíquico sería así en sí mismo una gran contrainvestidura.

3Esta formulación, que difiere de la propuesta por Freud en Pulsiones y destinos..., procura resolver el problema de la consideración de una polaridad afectiva (amor-indiferencia) en el contexto del llamado Yo-real primitivo, cuyo fundamento en la huida, aún como mecanismo reflejo, dificulta la concepción del polo del amor; en particular si se considera además la existencia de dispositivos adaptativos innatos, cuya inclusión en el ámbito del Yo-real primitivo resulta necesaria. El alivio no es placer; hace falta algo más para que éste se constituya.





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