Compromiso de fidelidad en el amor conyugal



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José Vico P, Compromiso de fidelidad en el amor conyugal

Compromiso de fidelidad en el amor conyugal

Por: José Vico P,

en Liberación sexual y ética cristiana, c.10

Paulinas, Madrid, 375-432.



Terminológicamente prefiero hablar de fidelidad y permanencia de la unión conyugal que hablar de indisolubilidad. En primer lugar, porque este es un término negativo, mientras aquellos son términos positivos. Por otra parte, considero que hablar de la fidelidad y de la permanencia del amor conyugal es lo que verdaderamente constituye una propiedad del amor conyugal. Y, por último, me parece que la fidelidad implica algo más que la no disolución del matrimonio.
Sin embargo, aquí voy a tratar de abordar nada más que el tema del divorcio por ser el problema más agudo que se presenta de cara a la fidelidad en la actualidad. En consecuencia, no voy a tratar todo lo que de ideal tensional hay para la pareja en la consideración de esta «propiedad» de su vida conyugal. Más bien, me voy a centrar en la ruptura de esta fidelidad en su dimensión ética. En consecuencia, utilizaré el término «indisolubilidad», para referirme al problema ético que planteo.
Ya desde el principio quisiera clarificar que no entraré en el tema de la nulidad del matrimonio y sus causas (1). Tampoco entraré en el de la separación y sus consecuencias (2). Voy a tratar del divorcio y de la posibilidad o imposibilidad de su aceptación ética, desde los planteamientos de una reflexión en el campo de la teología católica. Es decir, me pregunto si puede ser correcta cristianamente la ruptura de un vínculo conyugal real para hacer posible y válida una nueva unión.
1. Situación actual del problema: crisis de fidelidad
1.1. El divorcio en la sociedad
Echando un vistazo a nuestra sociedad, hay que reconocer que hoy la fidelidad conyugal es una realidad en crisis. Basta observar la evolución de las estadísticas del divorcio para convencerse de ello (3). Por otra parte, es un hecho que casi todos los países cuentan con una legislación más o menos amplia en materia de divorcio (4). Claro que, a la base de estas legislaciones, hay una determinada filosofía (5).
El número de divorciados aumenta en nuestra sociedad de manera significativa debido, entre otras cosas, a la inmadurez con que algunas parejas se constituyen en matrimonio y viven en él. No poco influye en esta inmadurez un cierto talante posmoderno, que sostiene teórica y vivencialmente la imposibilidad de hacer un compromiso definitivo y de hacerlo durar en la lucha diaria (6): «El futuro no se vive como un compromiso de la voluntad (ahora) que soy capaz de mantener (después), sino corno una situación impredecible en la que no sé si entonces querré lo que ahora quiero» (7).
Por otra parte, si el modelo que hoy parece difundirse desde esta mentalidad es el de «matrimonio de fusión» (8), cuyo elemento básico es la satisfacción afectiva, cuando esta falla, parece lógico que se considere motivo suficiente para el divorcio. El matrimonio debe durar lo que dure el amor, entendido como sentimiento de enamoramiento. Una vez que este se termina, no se puede mantener el cadáver institucional resultante. Hay que romper la convivencia e intentar rehacer la vida. Si no se hiciese así, se sometería a los componentes de la relación a vivir en un cuerpo sin alma, con el triunfo de una hipocresía esclavizante, en la que las personas estarían sometidas a una convivencia forzada y forzosa, sin tener realmente nada en común.
De todas maneras, no se pueden cargar las tintas sobre la inmadurez en la mentalidad de los contrayentes a la hora de explicar el progresivo engrosamiento de las estadísticas del divorcio. Las rupturas conyugales tienen causas muy variadas, entre las que se pueden enumerar un sinfin de condicionamientos psicológicos: la historia personal y/o de la pareja, la falta de ajuste psicológico en la convivencia y a la nueva situación de la vida en relación, la falta de integración afectivo-sexual, la intolerancia, el ambiente y estilo de vivir la relación y, en algunos casos, las alienaciones y hasta las patologías (9).
Pero no sólo los condicionamientos psicológicos. También los condicionamientos sociales intervienen como causas de las rupturas conyugales. La progresiva prolongación de la vida de la pareja y las transformaciones de los roles en el interior de la misma, las nuevas situaciones socioeconómicas en las que vive la pareja, el influjo de la cultura dominante marcada por la tolerancia y la permisividad, el utilitarismo y el hedonismo, la incidencia de los medios de comunicación social y la pérdida de los valores humanos y religiosos, todo esto contribuye al debilitamiento de la relación, si es que no a la ruptura de la misma (10).
Con frecuencia el recurso a la ley no significa otra cosa que tratar de levantar acta de defunción de la relación matrimonial anterior para proseguir la vida en la nueva. Contar con esta posibilidad puede facilitar la aceptación plausible del comportamiento divorcista, haciendo del matrimonio una «institución frágil». No contar con ella, por el contrario, podría suponer para muchas personas condenarlas a vivir en un clima de permanente frustración, sin posible salida.
1.2. El divorcio en la Iglesia
Quizá piense alguno que el problema se plantea solamente fuera de los ámbitos cristianos. Sería un error de apreciación. También entre los católicos se observa un número siempre creciente de divorciados, similar al que pueden ofrecer otras confesiones cristianas (11). E, incluso, la misma mentalidad de los católicos ha cambiado profundamente.
Hoy, en la misma Iglesia católica, se mira con mucha más benevolencia que antes, sobre todo en el terreno pastoral, a muchos matrimonios de personas que se habían divorciado de su primer matrimonio, aunque, por una parte, los interesados sigan sintiéndose excluidos de un ámbito eclesial, al que, sin embargo, se sienten afectivamente pertenecientes; y, por otra parte, los mismos pastores se sienten inseguros de sus prácticas pastorales, que van mucho más alla de lo que la legislación y los tribunales eclesiásticos consienten (12).
Este problema es añejo. Sin que su crítica afectase a la doctrina general de la Iglesia a propósito de la indisolubilidad del matrimonio, ya en el Vaticano II y en plena aula conciliar surgió una de las posibles contestaciones de la práctica jurídica de la Iglesia (13). En su intervención del 29 de septiembre de 1965 decía mons. E. Zoghby, vicario patriarcal de Máximo IV, que a la sazón era patriarca de los melquitas de Egipto y Sudán:
«Existe un problema más angustioso todavía que el de la limitación de los nacimientos; es el problema del cónyuge inocente que, en lo mejor de su vida y sin ninguna culpa por su parte, se encuentra definitivamente solo a causa de la falta del otro. Tras un corto período en un matrimonio que parecía feliz, uno de los esposos, por debilidad humana o con premeditación, abandona el hogar conyugal y contrae una nueva unión. El conyuge inocente se dirige a su párroco o a su obispo, del que no recibe sino esta contestación: "No puedo hacer nada por Vd. Rece y resígnese a vivir solo y a guardar continencia por toda la vida". Esta solución presupone una virtud heroica, una fe insólita y un temperamento nada común, lo cual no está hecho para todo el mundo [ ... ]. La pregunta que estas almas angustiadas proponen al Concilio es esta: ¿Tiene la Iglesia el derecho de responder a un fiel inocente, sea cual sea la naturaleza del problema que lo tortura: "Arrégleselas como pueda..., no tengo solución para su caso"? “Se puede la Iglesia limitar a dar una solución excepcional, hecha para seres excepcionales?” (14).
Desde entonces se abrió un serio proceso de reflexión en la Iglesia, que ha producido una inmensa bibliografía, que llega hasta nuestros días (15). Sin embargo, a lo largo de este proceso de reflexión se ha podido ir haciendo patente con mayor fuerza que quizá el problema más importante que hoy se ha de plantear la Iglesia, en este tema del divorcio, no sea solo el pastoral, es decir, el de como atender desde la comunidad eclesial a las parejas cristianas fracasadas en su primer matrimonio que han tratado de rehacer su vida recurriendo a una nueva unión. Con ser importante este problema, no es el único. Ni siquiera el de más hondo calado. Hoy la revisión más profunda en el tema del divorcio es la que se centra en la discusión de los fundamentos teológicos sobre los que se apoya la práctica jurídica de la Iglesia.
Esta práctica jurídica, aceptada teológica (16) y éticamente (17), en apretada síntesis, afirmaba lo siguiente: a) el vínculo matrimonial es en todos los casos intrínsecantente indisoluble, es decir, que los cónyuges no pueden disolver nunca su matrimonio por propia iniciativa; b) ninguna autoridad humana puede disolver extrínsecamente ningún matrimonio; c) por concesión divina el vínculo puede ser disuelto extrínsecamente por la potestad vicaria de la Iglesia; d) esta potestad vicaria no se puede ejercer respecto del matrimonio sacramental consumado, por lo cual este tipo de matrimonio no es disoluble por la Iglesia (y se presupone que tampoco puede serlo por otras autoridades); e) en cambio, si se puede ejercer respecto del matrimonio sacramental no consumado, que puede ser disuelto por la Iglesia; f) así como respecto al matrimonio no sacramental, que también puede ser disuelto por la Iglesia.
Son los fundamentos teológicos de esta práctica jurídica los que hoy están en cuestión. Lo cual no significa que toda la visión de la Iglesia se asiente sobre terreno movedizo. Simplemente se requiere discernimiento para saber cuáles son los contenidos doctrinales verdaderamente claros y fijos y por dónde va la investigación teológica de los problemas que aún no están resueltos.
2. El ideal tensional utópico: la fidelidad conyugal
Y una de las cosas que están claras es que el divorcio no es ningún ideal para la vida conyugal. Más bien representa un fracaso: un hecho lamentable y doloroso para la pareja tanto desde el punto de vista humano como desde el punto de vista cristiano. Por muy obvio que parezca, es necesario reconocer que el ideal al que ha de tender la vida conyugal es a la fidelidad permanente.
2.1. El ideal tensional humano de la fidelidad
Prescindiendo de otros datos, también resulta obvio que, si cualquier pareja previera que su fin iba a ser el divorcio, no intentarían si quiera formar la comunidad conyugal, de no ser bajo condiciones de perversidad. El amor conyugal no puede, ser, idealmente al menos, pasajero. Así lo viven las parejas desde que comienzan su itinerario en el noviazgo -o como pretenda llamarse- y en sus proyectos y promesas (18).
«A veces se piensa que la indisolubilidad del matrimonio sea sólo consecuencia de las leyes establecidas por la sociedad o por la Iglesia. Pero esto es falso. La Iglesia y la sociedad pueden confirmar y consolidar esta indisolubilidad. Pero esta en su raíz no es otra cosa que la exigencia profunda del amor de querer ser eterno. No hay dos clases de amor, uno temporal y otro definitivo. El amor quiere ser para siempre o renuncia a ser amor. Y esto incluso en las amistades incipientes y a nivel superficial [ ... ] . Solo aquellos que sienten la necesidad de envejecer juntos, suceda lo que suceda, pueden saborear una autentica amistad» (19).
Todas las parejas anhelan poder envejecer juntos. Lo que ocurre es que este anhelo exige compromiso. Exige poner a contribución un fuerte compromiso y una incesante creatividad para vivir juntos. Mientras el enamoramiento se le regala a la pareja, el amor hay que construirlo. Con clarividente realismo afirma esto mismo E. Fromm, cuando escribe:
«El amor debe ser esencialmente un acto de la voluntad, la decisión de dedicar toda nuestra vida a la otra persona. Este es sin duda el razonamiento que sustenta la idea de la indisolubilidad del matrimonio, así corno las muchas formas de matrimonio tradicional [...]. En la cultura occidental contemporánea tal idea parece totalmente falsa. Supónese que el amor es el resultado de una reacción espontánea y emocional, de la súbita aparición de un sentimiento irresistible. De acuerdo con ese criterio, solo se consideran las peculiaridades de los individuos implicados [ ... ]. Se pasa así por alto un importante factor del amor erótico, el de la voluntad. Amar a alguien no es meramente un sentimiento poderoso, es una decisión, es un juicio, es una promesa. Si el amor no fuera más que un sentimiento, no existirían bases para la promesa de amarse eternamente. Un sentimiento comienza y puede desaparecer. ¿Cómo puedo yo juzgar que durará eternamente, si mi acto no implica juicio y decisión? (20).
El amor, cuando es auténtico y maduro, como debe ser el que se lleve a la vida matrimonial, es una decisión: un proyecto y un compromiso, que pide, desde el punto de vista antropológico, ser conservado en fidelidad. La fidelidad es la base de la indisolubilidad. Pero la fidelidad es fruto de la decisión de amar y no solo del sentimiento de enamoramiento. No puede reducirse el matrimonio a una especie de amor periférico donde el cambio de sentimientos de romance por los de desilusión, o el más mínimo cansancio o dificultad justifiquen la ruptura y la retirada de lo que constituyó el amor primero. El matrimonio es fruto de una decisión de amar que se hace fuerte en la lucha diaria por la relación. Sin lucha cotidiana por mantener viva la relación no hay decisión que se mantenga frente a los vendavales de la desilusión. Sin ella el gozo más profundo y verdadero de la pertenencia recíproca se irá perdiendo de manera insensible pero decisiva (21).
2.2. El ideal tensional cristiano de fidelidad
Cuando una pareja es creyente, encuentra en su le motivos más que sobrados para emprender esta lucha de fidelidad. Porque, como dice E. López Azpitarte, «desde el ideal primero del Génesis hasta las últimas enseñanzas del Nuevo Testamento, el amor conyugal está llamado a vivirse, corno imagen de la alianza, en un clima de fidelidad total y definitiva». Basta una lectura de la Sagrada Escritura para darse cuenta de ello, sin necesidad de recurrir a los numerosos estudios bíblicos al respecto (23).
- En el Antiguo Testamento
Es cierto que la legislación mosaica admitía en determinadas circunstancias el repudio. El texto clásico se encuentra en Dt 24,1:
«Cuando un hombre toma una mujer y se casa con ella, si resulta que esta mujer no halla gracia a sus ojos, porque descubre en ella algo que le desagrada, le redactará un libelo de repudio, se lo pondrá en su mano y la despedirá de su casa».
Sin embargo, sería conveniente no sacar conclusiones precipitadas. Ni se puede sacar el texto del contexto. No conviene olvidar que las disposiciones de la ley deuteronómica miraban a proteger a la mujer de las injusticias más graves que el repudio pudiera acarrear, más que a señalar en él un ideal para la vida conyugal. Por eso, el repudio se limita: no puede ser repudiada una virgen seducida y luego casada (Dt 22,29), ni tampoco la mujer injustamente infamada (Dt 22,13-19); no está permitido vender como esclava, después de haberla repudiado, a la prisionera de guerra con quien antes se había casado (Dt 21,10-14); ni es lícito volver a tomar a la repudiada que en el entretiempo se casó (Dt 24,4). Es dificil sustraerse a la irnpresión de que todo este complejo de disposiciones legales hacen del divorcio un mal tolerado y no un ideal tensional para la pareja.
Más bien, el ideal está claramente inculcado en los libros sapienciales (Prov 5,18-19; Si 9,9; 25,1), en las narraciones edificantes de los libros de Job, Ester, Tobías y Judit y, sobre todo, en los profetas. En ellos se inicia un tipo de reflexión religiosa que, a través de Pablo, se concretarán en la afirmación acerca del carácter sacramental del matrimonio. Si la alianza de Yavé con su pueblo está sostenida por un amor que la hace única e indisoluble, el matrimonio, que es el signo de esta alianza, deberá reproducir, corno en un espejo, estas cualidades del amor de Yavé.
Así el profeta Malaquías, remitiéndose al plan originario de Dios, pone en cuestión el repudio: «El Señor es testigo entre ti y la esposa de tu juventud, a la que tu traicionaste, siendo así que ella era tu companera y la mujer de tu alianza. ¿No ha hecho Él un solo ser, que tiene carne y aliento de vida? [... ]. No traicionéis a la esposa de vuestra juventud porque yo odio el repudio, dice Yavé Dios de Israel» (Mal 2,14-16). Y Oseas vera en sus sucesos matrimoniales, que él padece vivencialmente, la imagen de la relación de Yavé con su pueblo: una historia hecha de fidelidad, de esperas, de perdones por parte de Dios, y de promesas, abandonos, uniones adúlteras por parte del pueblo «inclinado a la infidelidad» (Os 11,7). Análogas imágenes aparecen en Isaías, Jeremías y Ezequiel: no obstante la cantidad de aventuras, de tensiones, de venganzas, «¿se puede olvidar a la mujer de la primera juventud?» (Is 54,6; jer 2,2; 3,4; Ez 16,43ss). «yo haré contigo como has hecho tu, que menospreciaste el juramento, rompiendo la Alianza, Pero yo me acordaré de la Alianza que pacté contigo en los días de tu juventud y estableceré en tu favor una alianza eterna» (Ez 16,59-60), precisarnente porque el amor es fuerte como a la muerte (cf Cant 8,6).
Con esta tradición profética y sapiencial, que ve en el amor tenaz y fiel de Dios por su pueblo el ideal pleno de toda unión conyugal, se une el relato de la creación de Gén 2,4b-25, al que tanto Jesús corno Pablo se reclaman, cuando abordan el divorcio. La condición inicial de la pareja humana, tal como nos viene presentada en este relato, indica cuál es la condición ideal y correspondiente a la voluntad originaria del Creador: «Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán una sola carne» (Gén 2,24). Los dos están llamados a formar una sola carne, un solo hombre, dada la concepción totalitaria del término para la antropología hebrea. Este es el ideal de unidad que liga al hombre y a la mujer.
- En el Nuevo Testamento
El texto de los orígenes será paradigmático tanto en los evangelios como los escritos apostólicos referidos al divorcio (24). En concreto, Jesús, frente a toda escapatoria casuística, apoyada en la tradición, se remite al plan de Dios sobre el amor conyugal, dejando claro que lo que Dios ha unido no ha de separarlo el hombre (cf Mt 19,6). La tradición del repudio no anula el ideal originario. Más aún: esta tradición es fruto de la condescendencia por «la dureza de corazón», concesión que ahora ya no debería tener cabida, porque han llegado tiempos nuevos, los tiempos del cambio del corazón de piedra por uno de carne, un corazón renovado (Ez 36,26-27), un corazón transformado a imagen del de Dios.
La imitación del Dios fiel es tarea para el seguidor de Jesús, que debe ser perfecto como su Padre del cielo es perfecto (Mt 5,48), entre otras cosas, en su fidelidad conyugal a toda costa (Mt 5,31-32). En la vida conyugal se es seguidor en la medida en que se imita la fidelidad de Dios, sabiendo esperar, perdonar y reanudar una y otra vez el compromiso de reconstruir su propia alianza. De Dios ha aprendido a ser obstinado en amar. No hay lugar para las componendas. Puede resultar dificil y duro. De hecho, causo la extrañeza a los mismos discípulos (cf Mt 19,10-11), que decían que entonces no traía cuenta casarse. La respuesta de Jesús, en un contexto típicamente matrimonial y refiriéndose al divorcio, habla de los eunucos por el Reino, quizá previendo la situación en que se encontrarían ciertos matrimonios destruidos por una de las partes y que exige que el cónyuge inocente entre consciente y responsablemente por esa puerta estrecha a la que Jesús llama a sus discípulos (cf Mt 5,13ss). Bien lo entendió Pablo, cuando escribía a sus discípulos de Corinto: «En cuanto a los mujer no se separe de su marido, más en caso de separarse, que no vuelva a casarse, o que se reconcilie con su marido, y que el marido no despida a su mujer» (1Cor 7,10-12).
Este es el ideal tensional de la fidelidad conyugal, en cuanto expresión de amor (25) . No se puede rebajar el listón de las exigencias. Sin embargo, una vez afirmado, no quedan resueltos todos los problemas en torno al divorcio. En consecuencia, trataré de abordar en lo sucesivo las cuestiones más candentes que ahora pueden plantearse en el seno de la comunidad eclesial.
3. Problemática bíblica en torno al divorcio
3.1. ¿La indisolubilidad es un absoluto ético sin excepciones?
Hoy hay moralistas que se preguntan si la indisolubilidad, tal como nos la presenta los evangelios, es un absoluto jurídico, sin posibles excepciones, o éticamente se trata, más bien, de un ideal tensional utópico, que habrá de ser vivido de manera encarnada en las posibilidades de la situación concreta, adaptándose a ella. Es decir, se preguntan si el «no» al divorcio ha de ser entendido como una ley jurídica o, más bien, como un proyecto y una vocación, que participa de esa característica del mensaje evangélico del «ya ahora» pero «todavía no » (26).
Se lo preguntan, porque la mayoría de los exégetas hoy están de acuerdo en que las exigencias del Sermón de la Montaña no se pueden interpretar en sentido simplemente jurídico: como normas ya elaboradas y válidas para todos y cada uno en cualquier situación, como pretenden algunos (27). Son más bien una llamada que, si respeta los tiempos de crecimiento y las condiciones objetivas en las que se encuentra cada uno, lo estimulan en el Espíritu hacia una traducción cada vez más perfecta de las mismas en la vida (28).
«En las palabras sobre el divorcio Jesús no da una ley, sino que se expresa contra un empobrecimiento legalista de la realidad de matrimonio [ ... ]. Porque Jesús supera el plano de la ley y se remonta hasta el origen, sus palabras no pueden considerarse inmediata y simplemente como una nueva ley. Pero es claro que, junto con la realidad del matrimonio, se muestran sus exigencias. Las palabras de Jesús quieren ser plenamente orientadoras [ ... ]. Pero estas exigencias del matrimonio debían concretarse en la tradición cristiana y tienen que realizarse en la comunidad. Los grupos cristianos nacientes necesitaban mandamientos claros. Y el NT nos muestra que esto sucedió de muchas maneras. Las exigencias de Jesús se interpretan como una enseñanza legal [ ... ]. En la interpretación de tales exigencias se llega a modificaciones que al parecer constituyen una reducción frente al postulado radical. Sin embargo, se ve que esto es un fenómeno necesario por el que se tenía en cuenta la culpa humana en el matrimonio. Un fenómeno por los demás que en cuanto tal muestra que la comunidad cristiana, pese a su fidelidad a las palabras de Jesús, no las entendió como una ley, sino corno un imperativo que exige una continua interpretación» (29).
Apoyado en esta exégesis, C. E. Curran por ejemplo, veía en la indisolubilidad una exigencia radical del evangelio, considerada como una meta. Pero no como una norma absotuta. La indisolubilidad es un ideal tensional utópico para todo matrimonio. Pero un ideal que debe acomodarse a las posibilidades y al grado de crecimiento de las personas a quienes se les propone (30). De esta misma opinión son otros moralistas, que dicen también:
«La indisolubilidad del matrimonio es, desde el punto de vista bíblico, un ideal moralmente obligatorio, que la Iglesia debe defender y al que los cristianos deben atenerse; es un "mandamiento que indica una dirección", que es por tanto obligatorio, sin llegar a ser, sin embargo, una ley. La indisolubilidad de matrimonio no es ni una ley ni un "mandamiento" que tiene una reglamentación valida para todos los tiempos, en lo que concierne al fracaso de un matrimonio o al segundo matrimonio [ ... ]. Incluso en la cuestión del divorcio hace falta darse cuenta de que, según la concepción cristiana, la exigencia del amor es en definitiva el criterio decisivo del obrar moral » (31).
La Iglesia, según esto, no traicionaría el ideal evangélico en materia de indisolubilidad, si tratase de disponer su ordenamiento jurídico, atendiendo de forma acomodada, tanto al mantenimiento de este ideal cuanto a la capacidad y posibilidades de los hombres, ante los que debe aparecer como signo y presencia de la salvación que Dios ofrece a través de su amor.
Ciertamente, la dialéctica bíblica exige de la Iglesia, en primer lugar, tener una conciencia clara de la importancia de la indisolubilidad del matrimonio. Sin esa conciencia, cualquier acomodación terminaría, más bien temprano que tarde, en el laxismo. Por eso, no puede olvidar en su predicación y en su estructura los ideales evangélicos que conforman su mensaje. Pero, una vez situados en esta línea ideal de exigencias evangélicas, «hemos de saber ser condescendientes con los hombres de carne y hueso que se encuentran en un callejón sin salida » (32).
Teniendo esto en cuenta, se propone, desde el punto de vista ético, un ordenamiento jurídico que atienda con pastoralidad las diversas circunstancias de los hombres. Según la propuesta, la legislación de la iglesia debería ser eminentemente pastoral, sin perder la tensión utópica del ideal de indisolubilidad, que procede del amor. Actuando así, la Iglesia no haría otra cosa que seguir la dinámica propia de su tradición, ya desde la misma Escritura (33). En efecto, ¿no es precisamente un ejercicio de esta pastoralidad, la que la Iglesia ha practicado ya desde las primitivas comunidades? ¿No serán una muestra de ello las cláusulas de Mateo y lo que después se ha dado en llamar privilegio paulino? Vamos a verlo con un poco más de detenimiento.



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