Civilizacion del amor tarea y esperanza


Una Iglesia pobre que opta por los pobres



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5.4 Una Iglesia pobre que opta por los pobres.
En un continente empobrecido, la Iglesia está llamada a descubrir en los rostros sufrientes de los pobres, el rostro mismo del Señor (Mt 25,31-46): “rostros desfigurados por el hambre..., rostros desilusionados por los políticos..., rostros humillados por pertenecer a una cultura no respetada y despreciada, rostros aterrorizados por la violencia diaria e indiscriminada, rostros angustiados de los menores abandonados..., rostros sufridos de las mujeres humilladas y postergadas, rostros cansados de los migrantes..., rostros envejecidos por el trabajo de quienes no tienen lo mínimo para sobrevivir dignamente” (SD 178). Rostros de jóvenes “víctimas del empobrecimiento y de la marginación social, de la falta de empleo y del subempleo, de una educación que no responde a las exigencias de sus vidas, del narcotráfico, de la guerrilla, de la prostitución, del alcoholismo, de abusos sexuales...” (SD 112).
La gran mayoría de los hombres y mujeres del continente muestran hoy estos rostros sufrientes y hacen sentir su clamor de justicia. La Iglesia cree en su dignidad y en el valor de su aporte para la transformación de la historia. Por eso, fiel al seguimiento de Jesús, hace una opción preferencial por los pobres como los primeros destinatarios de la Buena Noticia del Reino, llamados a ser evangelizadores y constructores de una sociedad más justa, fraterna y solidaria.
Esta opción exige a la Iglesia convertirse a un estilo de vida pobre como el de Jesús, dar un testimonio personal y comunitario que haga creíble su mensaje, “vivir la pobreza sin aliarse con las estructuras de poder”29, solidarizarse con los pobres y con sus luchas por condiciones de vida más justas y más conformes con la voluntad del Creador y promover sus organizaciones de base para que puedan llegar a tener voz y participación activa en la sociedad.
“El compromiso con los pobres y los oprimidos ha ayudado a la Iglesia a descubrir el potencial evangelizador de los pobres, en cuanto la interpelan llamándola a la conversión y por cuanto muchos de ellos realizan en su vida los valores evangélicos de solidaridad, servicio, sencillez y disponibilidad para acoger el don de Dios” (P 1147).
Los jóvenes latinoamericanos, pobres también en su gran mayoría, están invitados a formar parte de este pueblo de Dios que se solidariza con ellos y trabaja para su promoción. En la Iglesia encontrarán un lugar donde hacer realidad el desafío de dar a los demás a partir de su propia pobreza.
5.5 Una Iglesia profética y liberadora.

La creciente brecha entre ricos y pobres, la corrupción, el odio, la violación de los derechos humanos, el desprecio por la vida, la violencia institucionalizada, la increencia, el abuso de poder, el narcotráfico y otros males del continente latinoamericano constituyen “una injusticia que clama al cielo” (M 1,1), “un escándalo y una contradicción con el ser cristiano” (P 28). Siguiendo a Jesús comprometido sólo con su pueblo y con el Evangelio de su Padre, la Iglesia levanta su voz para denunciar con firmeza el pecado presente en las injusticias y las desigualdades sociales, para anunciar la persona y el mensaje de Aquel que inauguró en la historia el reino de justicia, de verdad, de amor y de paz y para proclamar como nuevo camino de santidad el de los santos de la promoción de la dignidad humana, de la reconciliación, de la fraternidad, de la solidaridad y de la esperanza.


Muchos laicos, religiosos, sacerdotes y obispos, han entregado sus vidas por seguir a Jesús y por haber procurado hacer realidad de verdad el Reino de Dios y la Vida Nueva que él anunció. Sus martirios son prueba fidedigna de que el Evangelio ha penetrado en la vida de los hombres y mujeres de las comunidades, signando con el dolor de la cruz y con la esperanza de la resurrección la causa de construir el amor a Dios en el amor a los hermanos.
Cristo nos liberó para que fuéramos realmente libres” (Gal 5,1). “El Evangelio es un mensaje de libertad y una fuerza de liberación”30. “La Iglesia tiene el deber de anunciar la liberación a millones de seres humanos, ayudar a que nazca, dar testimonio de ella y hacer que sea total. Todo esto no es extraño a la evangelización”31. “Una meta de la evangelización inculturada será siempre la salvación y liberación integral de un determinado pueblo o grupo humano..." (SD 243).
Siendo así, es imposible separar el mensaje y la acción de la Iglesia del compromiso concreto con la liberación. La libertad de toda opresión, injusticia y maldad es un anhelo siempre presente en lo más profundo del corazón humano. Los jóvenes son especialmente sensibles a la libertad, la buscan, luchan por ella y procuran vivirla en plenitud, porque la consideran una de las experiencias más maravillosas de sus vidas. La Iglesia les asegura que en ella habrá siempre pasión por la libertad y por todo lo que lleve a la liberación integral de las personas y de los pueblos.
5.6 Una Iglesia solidaria.
Los gozos y la esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de los que más sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo”32. El “se compadeció” de las muchedumbres que lo seguían (Mt 15,32), repartió el pan multiplicado hasta que “todos comieron y se saciaron” (Mc 6,34-44), pasó en medio de su pueblo “haciendo el bien” (Act 10,38). En la parábola del Buen Samaritano (Lc 10,25-37) enseñó la solidaridad que él mismo vivió encarnándose, muriendo y resucitando para asumir la realidad de todos los hombres, liberarlos del pecado y transformarlos en hombres nuevos. “La solidaridad humana no puede realizarse verdaderamente, sino en Cristo quien da la paz que el mundo no puede dar” (M 2,14).
En su caminar junto al pueblo latinoamericano, la Iglesia sigue encontrando un gran número de hombres, mujeres y jóvenes “caídos en el camino”. Para dar respuesta a esa realidad, nacen sus servicios de promoción y solidaridad y una pastoral comprometida y atenta a las situaciones de sufrimiento, pobreza y opresión de los más necesitados y marginados. Se muestra así su convicción de que “la paz es el fruto de la solidaridad”33.
Para hacer efectiva y verdadera esta solidaridad, necesita la generosidad, el vigor y la audacia de los jóvenes, cuyo “corazón está abierto a la fraternidad, a la amistad y a la solidaridad”34. De su creatividad y capacidad de compromiso surgirán nuevas posibilidades para realizar creativamente acciones de promoción y servicio en América Latina.
5.7 Una Iglesia evangelizadora.
Evangelizar constituye la dicha y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar”35. La Iglesia nace de la misión de Jesús que es el Evangelio mismo de Dios (Mc 1,1; Lc 4,43) y ha sido enviado para evangelizar (Lc 4,43) y para “anunciar un reino, el Reino de Dios, tan importante, que en relación a él, todo se convierte en lo demás que es dado por añadidura”36.
Por eso, “el anuncio del mensaje evangélico no constituye para la Iglesia algo de orden facultativo. Es un mensaje necesario, único, que de ningún modo podría ser reemplazado. Lleva consigo una sabiduría que no es de este mundo. Es capaz de suscitar por sí mismo la fe. Es la Verdad. Merece que el apóstol le dedique todo su tiempo, todas sus energías y que, si es necesario, le consagre su propia vida”37.
Todo llamado de Dios tiene por objeto contar con alguien para hacerlo portador de la Buena Noticia de salvación para los otros, para el pueblo y para la humanidad. La Buena Noticia se comunica a través de las acciones mismas del mensajero, transformado en testigo por la Palabra y la fuerza de Dios y se comunica también por las palabras que, en su momento, dan cuenta del sentido salvífico de las acciones. Esta comunicación de salvación de Dios hecha con palabras y gestos concretos, es la evangelización.
Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Noticia a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar la misma humanidad. No se trata solamente de predicar el Evangelio en zonas geográficas cada vez más vastas o en poblaciones cada vez más numerosas, sino de alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación”38.
5.7.1 El proceso evangelizador.
La evangelización da a conocer a Jesús como el Señor que nos revela al Padre y nos comunica su Espíritu. Según Evangelii Nuntiandi, es un proceso dinámico de elementos variados, complementarios y mutuamente enriquecedores que llaman a la conversión y a la vida nueva en Cristo Jesús, llevan a la comunión con el Padre que hace hijos y hermanos y promueve la justicia, el perdón y la paz como frutos del Espíritu.
La Buena Noticia se proclama, en primer lugar, mediante el testimonio. A través de sus acciones, de sus convicciones y de su estilo de vida, el testigo hace presente los valores del Evangelio: la capacidad de comprensión y de aceptación, la comunión de vida con los demás, la solidaridad con todo lo que existe de noble y bueno en el mundo, la irradiación de la fe y de la esperanza... Este testimonio, al que están llamados todos los cristianos, constituye ya de por sí una proclamación silenciosa, pero también muy clara y eficaz, de la Buena Noticia.
El testimonio despierta en quienes lo reciben, preguntas e inquietudes sobre ese estilo de vida diferente y los predisponen para recibir un anuncio explícito del nombre, la persona, la vida, las promesas y el Reino de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios.
Cuando el anuncio es escuchado, aceptado y asimilado hace nacer en quien lo recibe una adhesión de corazón no sólo a las verdades reveladas sino, fundamentalmente, al programa de vida que propone, es decir, una adhesión al Reino, a la nueva manera de ser, de pensar, de vivir y de actuar que inaugura el Evangelio.
Esta adhesión no puede ser abstracta y desencarnada; se hace visible por la incorporación a una comunidad de fieles en la que se vive de forma compartida la fe. Vivir la fe es aprender a vivir juntos en una comunidad concreta, es celebrar la vida y los sacramentos como anuncios del mundo nuevo que ya ha comenzado a ser realidad.
El que ha sido evangelizado siente la necesidad de evangelizar a los demás. Esa es la prueba de la autenticidad de la adhesión a Jesús. Es impensable que una persona que haya acogido la Palabra y se haya comprometido a trabajar en la construcción del Reino, no se convierta a su vez en testigo y anunciador de lo que ha transformado su vida39.
5.7.2 Una evangelización inculturada en el mundo juvenil.
Por la encarnación, Jesucristo se inserta en el corazón de la humanidad a través de una cultura concreta, mostrando así que toda evangelización exige una inculturación.
“La inculturación del Evangelio es un proceso que supone el reconocimiento de los valores evangélicos que se han mantenido más o menos puros en la cultura actual y el reconocimiento de nuevos valores que coinciden con el mensaje de Cristo. Mediante la inculturación se busca que la sociedad descubra el carácter cristiano de estos valores, los aprecie y los mantenga como tales. Se intenta, además, la incorporación de valores evangélicos que están ausentes, porque se han oscurecido o porque han llegado a desaparecer” (SD 230).
El universo juvenil actual se caracteriza, entre otras cosas, por un dinamismo cultural vertiginoso, donde existe gran pluralidad de culturas juveniles en permanente y rápido proceso de cambio y evolución. La evangelización requiere, por tanto, un especial esfuerzo de inculturación y una actitud de constante apertura, renovación y actualización que responda a esa mutabilidad cultural. Esta adaptación a las culturas de la juventud no es un falseamiento del Evangelio, sino una respuesta a la exigencia de vivirlo, pensarlo y anunciarlo en clave juvenil (SD 119), de manera que pueda hacerse vida en la realidad y en la cultura de los jóvenes.
Por eso, los jóvenes “deben convertirse en los primeros e inmediatos apóstoles de los jóvenes, ejerciendo el apostolado pastoral entre sus propios compañeros, teniendo en cuenta el medio social en el que viven”40. Evangelizar desde la realidad de los jóvenes es “anunciar, en los compromisos asumidos y en la vida cotidiana, que el Dios de la vida ama a los jóvenes y quiere para ellos un futuro distinto, sin frustraciones ni marginaciones, donde la vida plena sea fruto asequible para todos” (SD 118).
5.8 Una Iglesia que cuenta con los jóvenes.
El anhelo de la Iglesia de ser “joven con los jóvenes” se ha ido haciendo realidad desde el Concilio Vaticano II: “la Iglesia los mira con confianza y amor... Ella tiene lo que hace la fuerza y el encanto de la juventud: la facultad de alegrarse con lo que comienza, da darse sin recompensa, de renovarse y empezar de nuevo para nuevas conquistas. Mírenla y verán en ella el rostro de Cristo, el héroe verdadero, humilde y sabio, el profeta de la verdad y del amor, el compañero y amigo de los jóvenes”41.
La Iglesia Latinoamericana ha visto en la juventud un “signo de sí misma” y una “llamada a una constante renovación y a un incensante rejuvenecimiento” (M 5,12). Ha expresado su deseo de “auscultar atentamente las actitudes de los jóvenes” y de “aceptarlos con gozo en su seno y en sus estructuras y promoverlos hacia una activa participación en las tareas humanas y espirituales” (M 5,13). Teniendo en cuenta su “papel cada vez más decisivo en el proceso de transformación del continente y su papel irreemplazable en la misión profética de la Iglesia” (M 5,13) se propuso desarrollar una “auténtica pastoral de juventud que le permita una plena participación en la comunidad eclesial, asumiendo consciente y cristianamente su compromiso temporal” (M 5,14).
Reconociendo en la juventud “un verdadero potencial para el presente y el futuro de la evangelización” reafirmó ese compromiso haciendo “una opción preferencial por los jóvenes” (P 1186), que ha sido reafirmada posteriormente en Santo Domingo “no sólo de modo afectivo sino efectivamente” (SD 114) y que se ha concretado en la opción por una pastoral juvenil orgánica (SD 119).
No se trata de una opción estratégica por el grupo poblacional mayoritario del continente en vistas a la importancia que puede tener para el presente y el futuro de América Latina. La opción preferencial por los jóvenes significa que Dios Padre ha puesto en ellos su mirada y pide a su Iglesia que haga también lo mismo. Significa reconocer el amor de Dios por los jóvenes y la confianza que deposita en ellos. Implica que toda la Iglesia acepta poner su atención, su preocupación y su tiempo allí donde Dios ha puesto su voluntad cariñosa. Esto sólo es posible si se cree realmente que el Padre Dios, antes que todos, quiere en la Iglesia de su Hijo a cada uno de los jóvenes; si se está convencido de que independientemente de sus virtudes y defectos, el Padre ha decidido ofrecerles la Iglesia para que vivan en ella plenamente y para que trabajen en su misma obra de evangelización.
Por eso, la Iglesia los invita a “sentirse Iglesia y a experimentarla como lugar de comunión y participación” (P 1184). “Hoy se requiere una Iglesia que sepa responder a las expectativas de los jóvenes... Hoy, la Iglesia debe hacerse compañera de camino de los jóvenes. Se necesita una Iglesia para los jóvenes, que sepa hablar a su corazón, caldearlo, consolarlo, entusiasmarlo; una Iglesia que sepa acoger y hacerse desear por quien busca un ideal; una Iglesia que no tema pedir mucho, después de haber dado mucho”42. “La Iglesia tiene tantas cosas que decir a los jóvenes y los jóvenes tienen tantas cosas que decir a la Iglesia...”43.
5.9 Una Iglesia que llama a los jóvenes a la misión.
Por el bautismo, los jóvenes han sido llamados a trabajar con todas sus fuerzas en la misión salvífica de la Iglesia. Ellos son considerados, hoy, de un modo especial, “sujetos activos y protagonistas de la evangelización”44. La “nueva evangelización tiene que ser capaz de despertar un nuevo fervor misionero en una Iglesia cada vez más arraigada en la fuerza y el poder perenne de Pentecostés” (SD 124).
En el llamado a salir fuera de las fronteras de sus grupos, de sus comunidades, de sus parroquias o diócesis e incluso de sus países, la Iglesia reconoce un signo de la confianza de Dios en su capacidad de entrega y servicio al Evangelio. A partir de sus pequeñas experiencias de misión, los jóvenes van descubriendo y testimoniando que “¡la fe se fortalece dándola!”45. La enorme cantidad de jóvenes que no conocen a Jesús, a quienes no ha llegado todavía el anuncio liberador del Evangelio, es un desafío que exige un renovado entusiasmo y la búsqueda de formas creativas para una pastoral juvenil misionera que haga posible el anuncio del Evangelio a las grandes masas juveniles del continente.
Los jóvenes son llamados también a abrir nuevos horizontes, a acoger el llamado de la misión “ad gentes” y a compartir desde su pobreza la experiencia de Dios y la experiencia de Iglesia Latinoamericana con otros pueblos y culturas. “Para América Latina, providencialmente animada con un nuevo ardor evangélico, ha llegado la hora de llevar su fe a los pueblos que aún no conocen a Cristo” (SD 12): ése será el mayor signo de su vitalidad cristiana y de su agradecimiento por el don recibido hace más de quinientos años.
6. LOS JOVENES, LLAMADOS A SER PROFETAS Y TESTIGOS DEL REINO EN AMERICA LATINA.
Los jóvenes cristianos están llamados a ser profetas y testigos del Reino en América Latina, a ser protagonistas y constructores de la nueva Civilización del Amor.
No es una tarea postergable por el próximo milenio, es una urgente responsabilidad de hoy. No pueden permanecer callados y pasivos mientras el egoísmo humano, el aborto y los asesinatos, la injusticia social, el armamentismo suicida, la violencia institucionalizada, la miseria y la pobreza de muchos junto a la riqueza y la abundancia de pocos, siguen obstaculizado la posibilidad de que el Reino se haga realidad sobre la tierra. Actualizando el “¡levántate y anda!” (Jn 5,8) del Evangelio, la Iglesia repite a los jóvenes de hoy: “¡Joven, levántate!. Ten fe en la paz, tarea ardua, tarea de todos. No caigas en la apatía frente a lo que parece imposible. En tí se agitan las semillas de la vida del mañana. El futuro de la justicia y de la paz pasan por tus manos y surgen desde lo más profundo de tu corazón. Sé protagonista en la construcción de una nueva convivencia, de una sociedad más justa, sana y fraterna”46.
Como testigos, los jóvenes están llamados a vivir su fe en Dios y su amor al prójimo en medio de su pueblo y a reflejarlos en su protagonismo frente a los grandes desafíos de la realidad. Sensibles a lo que sucede a su alrededor, saben discernir el paso del Señor por la vida del pueblo, saben descubrir su presencia cercana y no dejan de dar gracias y reconocer cada día su Nombre. Anuncian su fe en Jesús y la presentan a los demás para que “evangelizados, evangelicen y contribuyan con una respuesta de amor a Jesucristo, a la liberación integral del hombre y la sociedad” (P 1166).
Como profetas, los jóvenes están llamados a jugarse por la causa de Jesús sin temor a los rechazos ni a los conflictos. Cargan sobre sus hombros el dolor y el sufrimiento ajeno y hacen suyo el grito de los pobres y oprimidos. Quieren encontrar el “gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desemparado” y mostrarse “disponibles ante quien está explotado y oprimido”47. Luchadores incansables por la justicia y por la paz, no dejan para otros lo que ellos mismos pueden hacer y abren caminos de esperanza y solidaridad para quienes están más postergados.
No existe tarea y vocación más noble que ser testigos y profetas del Reino de Jesús, es decir, seguir haciendo lo que él hizo, seguir diciendo lo que él dijo y seguir viviendo con el estilo de vida que él vivió. Muchos hombres y mujeres lo han realizado ya en América Latina y se han convertido en ejemplos de vida para los jóvenes. De entre las cenizas de un continente marcado por la pobreza, la marginación y el martirio, los jóvenes cristianos reavivan y hacen nacer otra vez el fuego de la esperanza y de la vida nueva.
Jóvenes, con Cristo construyamos una nueva América Latina”48. Jesús los acompaña como Maestro y Señor, derrama su Espíritu en sus corazones y les da su fuerza y su poder para que puedan impulsar a toda la humanidad a acercarse cada día más a la gran utopía del Reino de Dios. De la misma manera que Dios animó a Jeremías a cumplir su misión profética: “¡No digas soy un muchacho! ¡Yo pongo mis palabras en tu boca y te encargo los pueblos y las naciones!” (Jer 1,7-10), anima hoy a todos sus seguidores: “¡Animo! ¡No tengan miedo! ¡Yo he vencido al mundo!” (Jn 16,33). “¡Yo estaré con ustedes siempre, hasta el final...!” (Mt 28,20).

II.- LA CIVILIZACION DEL AMOR

Cada día se hace más evidente en el mundo actual, el conflicto entre los signos que hacen presente una cultura de la muerte y los signos que procuran hacer presente una cultura de la vida49. En medio de esa situación, muchos jóvenes han perdido o tienen dificultades para encontrar el sentido pleno de su existencia y esperan ansiosamente una “buena noticia” que les devuelva la alegría de vivir y les dé oportunidades para aportar sus energías y hacer realidad una nueva civilización.


Siguiendo la genial intuición de Pablo VI50, los Obispos Latinoamericanos a partir de Puebla, han propuesto a los jóvenes de América Latina un proyecto de vida que tiene implicancias en lo personal, lo familiar, lo comunitario, lo social y lo eclesial: construir la Civilización del Amor (P 1188).
Son muchos ya los jóvenes que llamados por Dios Padre, presente en su caminar y en su vida; acompañados por Jesús, vivo y presente en su historia; animados por el Espíritu Santo que se manifiesta en sus vidas y los envía; siguiendo el ejemplo de entrega, compromiso y valentía de María e integrados en la Iglesia, comunidad de los seguidores del proyecto de Jesús, se han convertido en testigos y profetas de la Civilización del Amor en el continente.
Como lo ha hecho en el proceso de Pastoral Juvenil Orgánica que se ha venido consolidando en los diversos países y en el continente en los últimos años, la Pastoral Juvenil Latinoamericana presenta una vez más la propuesta de la Civilización del Amor como respuesta a los interrogantes vitales de los jóvenes y como proyecto personal y comunitario que dé sentido y plenitud a sus vidas (SD 112): quiere seguir siendo una Pastoral Juvenil constructora de la Civilización del Amor.
1. DESCRIPCION.
1.1 Aproximación a la propuesta.
Se puede entender la civilización como el conjunto de características y valores propios de una cultura y de un pueblo. Frente a la “crisis de civilización” del mundo actual, donde al mismo tiempo se están perdiendo valores y antivalores tradicionales y están surgiendo valores y antivalores nuevos, la Civilización del Amor se presenta como una propuesta “fundada sobre valores universales de paz, solidaridad, justicia y libertad, que encuentran en Cristo su plena realización”51.
La Civilización del Amor es “aquel conjunto de condiciones morales, civiles y económicas que permiten a la vida humana una condición mejor de existencia, una racional plenitud, un feliz destino eterno”52: dignidad, liberación y pleno desarrollo de toda persona y de toda la persona, nueva cultura de la vida y de la solidaridad, verdad, justicia y libertad plenificadas por el amor.
La Civilización del Amor es un llamado a reconocer que el Reino de Dios crece en América Latina entre los pobres y los que sufren. Aunque sea pequeño como el grano de mostaza, llegará a ser un árbol en cuyas ramas anidarán los pájaros (Mt 13,31-32).
1.2 El amor al servicio de la vida.
La Civilización del Amor es un servicio a la vida y una opción incondicional por el amor. Parte del convencimiento de que la cultura de la muerte procede, en última instancia, de la falta de amor, y de que sólo el amor es capaz de generar una nueva cultura de la vida: “se nos pide amar y respetar la vida de cada hombre y de cada mujer y trabajar con constancia y valor para que se instaure finalmente en nuestro tiempo, marcado por tantos signos de muerte, una cultura nueva de la vida, fruto de la cultura de la verdad y del amor”53.
Supone creer que el estilo de vida inaugurado por Jesús y proclamado en las Bienaventuranzas es el más humano y el más actual. Supone creer que vivir con el estilo de Jesús, con sus criterios y valores, originará cambios profundos en la conciencia colectiva de los pueblos de América Latina y hará surgir nuevas y más justas estructuras sociales.
Es un esfuerzo serio de laicos y pastores por vivir el Evangelio no sólo en el ámbito personal sino también en la realidad social y ofrecer una alternativa de vida frente a la cultura de muerte que la sociedad está brindando casi sistemáticamente a los jóvenes del continente.
Es un ideal cristiano, fundado en el mandamiento nuevo de Jesús: “ámense los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 15, 12), que se ofrece a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Los cristianos hacen un aporte específico en la medida en que adhieren y se comprometen a vivir la espiritualidad del mandamiento nuevo.
Es, al mismo tiempo, un compromiso creador para ser constructores activos de nuevos modos de convivencia y de relaciones humanas basados en el amor: “el ser humano no puede vivir sin amor. Si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, aparece frente a sí mismo como un ser incomprensible y su vida carece de sentido”54.
1.3 Una visión del mundo desde el Evangelio.
La Civilización del Amor es una visión del mundo que surge del Evangelio, que “se inspira en la palabra, en la vida y en la entrega plena de Jesús”55 y que está llamada a dar respuesta a los imperativos de la hora presente y a transformar las convicciones más profundas, los ideales y los valores éticos que rigen las relaciones humanas en todos sus niveles.
No se trata de una nueva ideología, ni de un sistema técnico y orgánico al que la Iglesia pide adherir. La elaboración de modelos históricos sociopolíticos y económicos no es misión propia de la Iglesia. Es tarea de toda la sociedad, en la que los cristianos trabajan con sentido pluralista, aportando sus visiones, propuestas y valores, cualquiera sean los sistemas y las estrategias que estén vigentes.
La Civilización del Amor es entrega y servicio. Es criterio inspirador y realización en el tiempo. Es lucha para que las normas del derecho, las leyes que estructuran la convivencia, la acción política, las relaciones laborales y sociales, los proyectos de cada país, las culturas, los modos de ser, las nuevas sensibilidades... vayan reflejando cada vez más la escala de valores que propone.
2. CARACTERISTICAS.
La reflexión y la experiencia gestadas por la Iglesia y la Pastoral Juvenil Latinoamericana durante los últimos años, permiten señalar algunas de las características propias de la Civilización del Amor que se quiere construir.
La Civilización del Amor es una propuesta total. No está dirigida a satisfacer vivencias religiosas ni esferas intimistas de la vida juvenil. Es un proyecto de vida que implica todos los ámbitos de la existencia: la familia, las relaciones personales, la vivencia de fe, la comunidad eclesial, el compromiso sociopolítico, el trabajo, el tiempo libre, la ciencia, el arte, la cultura... y da un sentido y una plenitud nuevos a quienes dedican su vida a hacerla realidad.
La Civilización del Amor es un compromiso. Exige un esfuerzo decidido y organizado: “el Reino de los Cielos está en tensión y sólo los que se esfuerzan llegan a él” (Mt 11,12). No es un ideal vago que sirve de refugio para olvidar las sangrantes injusticias que afectan al continente. Es convertir los signos de muerte en signos de vida, la dispersión en unidad, la dureza y la violencia en ternura y paz, la falta de ánimo y la resignación en esperanza del triunfo final. Para impulsarla, el Espíritu derrama abundantemente en los jóvenes, audacia, dinamismo, espontaneidad, amistad, espíritu de lucha, solidaridad, alegría, creatividad...
La Civilización del Amor es, al mismo tiempo, utopía y realidad. Por tratarse de la transformación de la sociedad por medio del amor, es un ideal atractivo, grandioso y fascinante, una utopía por la que vale la pena jugarse y entregar la vida. Pero es un ideal que se va concretando y haciéndose histórico en los pequeños y grandes compromisos de cada día, que anuncian y hacen creíble la posibilidad de su plena realización.
La Civilización del Amor es tarea y esperanza. No se trata de un sueño postergable para el futuro ni un desafío que se puede realizar en un día o en una generación. No se trata tampoco de gestos heroicos ni de acciones aisladas o voluntaristas. Es tarea diaria, es paciente construcción de dinamismos que motivan opciones, compromisos y proyectos que van transformando lenta pero radicalmente la realidad. Es tiempo de siembra, de esperanza permanente, en el que los pasos dados y los logros alcanzados invitan a seguir adelante.
3. UNA REAFIRMACION DE VALORES.
En medio de la crisis de valores del mundo de hoy, la Civilización del Amor propone reafirmar con palabras y con hechos, con pensamientos y sentimientos, con actitudes y compromisos, algunos valores que actualizan en el continente el proyecto eterno de Dios.
3.1 Sí a la Vida.
“Vivir es nacer, crecer, desarrollarse; pero vivir es al mismo tiempo entender, amar, aprender a darse. Vivir es contemplar y amar la naturaleza, entrar en comunión profunda con todos los hombres, caminar juntos en la esperanza hacia los cielos nuevos y la tierra nueva que Dios nos tiene prometidos...Vivir es tener capacidad de leer y entender, de conocer la verdad y buscarla, de prepararse para un trabajo digno y una participación activa en la vida de la comunidad... Vivir es amar y darse. Vivir es ser feliz y contagiar a los demás la alegría de haber descubierto la Vida, de haber encontrado a Cristo... Vivir es entrar en comunión con los demás, romper nuestra soledad, salir de nuestro egoísmo...”56.
En el contexto de la dramática lucha entre la cultura de la muerte y la cultura de la vida, se necesita madurar un fuerte sentido crítico para discernir los verdaderos valores y las auténticas exigencias que permitan acoger, servir y defender la vida, principalmente la que se encuentra en condiciones de mayor debilidad. El mismo Jesús pidió amarlo y servirlo en los hermanos sufrientes: hambrientos, sedientos, forasteros, desnudos, enfermos, encarcelados... (Mt 25,35-36).
Multitud de pequeños y desinteresados gestos a favor de la vida van construyendo cotidianamente la Civilización del Amor. Aunque nadie los conozca y permanezcan escondidos para la gran mayoría, Jesús asegura que el Padre “que ve en lo secreto” (Mt 6,4) no sólo sabrá recompensarlos, sino que los hará fecundos con frutos duraderos para todos57.
“Los jóvenes optamos por la vida, la amamos y la respetamos en todas sus manifestaciones: la cultura, la familia, la posibilidad de vivienda digna, el acceso a la salud y a la educación, al trabajo y al salario justos, los derechos humanos y el cuidado de la naturaleza. Porque creemos en el Dios de la Vida, queremos gritar un sí a la vida, transformando todas las situaciones de muerte, rechazando toda violencia para construir una gran patria que respete la dignidad de la persona humana”58.
3.2 Sí al Amor como vocación humana.
El amor es la manifestación de Dios mismo, la vocación innata y fundamental de todo ser humano, la energía transformadora de pueblos y personas. Todos han sido llamados a la existencia por amor y están invitados a encontrar en el amor el sentido más pleno de sus vidas (1Jn 4,7-8). “El amor cristiano sobrepasa las categorías de todos los regímenes y sistemas porque trae consigo la fuerza insuperable del Misterio Pascual, el valor del sufrimiento de la cruz y las señales de victoria de la resurrección”59.
Frente a la pregunta de sentido sobre la vida y la existencia humana, la Civilización del Amor es una invitación a creer “en el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús” (Rm 8,39) y a construir un mundo de hermanos. “Creer en el amor de Dios no es tarea fácil: requiere donación personal, no tranquilizar egoístamente la conciencia o dejar indiferente el corazón, sino hacerlo más generoso, más fraterno, más libre de tantas esclavitudes que terminan por dejarlo vacío y angustiado e impiden el verdadero amor y la auténtica felicidad”60.
Es un llamado a la entrega sincera, a la fraternidad, a la reconciliación y al perdón, al servicio desinteresado, al respeto de la dignidad de cada persona humana, a un amor universal capaz de superar toda discriminación.
3.3 Sí a la Solidaridad.
La vivencia del amor como vocación humana lleva a que personas, pueblos y naciones puedan llegar a encontrarse y relacionarse entre sí como hermanos y a ayudarse mutuamente como si la felicidad y las posibilidades de realización propias dependieran de la felicidad y de las posibilidades de realización del otro.
La solidaridad no es un sentimiento superficial frente a los problemas, tristezas, injusticias y marginaciones de los seres humanos, sino “la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y de cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos”61. “La solidaridad ayuda a ver al otro -persona, pueblo o nación- no como un instrumento cualquiera para explotar a poco costo su capacidad de trabajo y resistencia física, abandonándolo cuando ya no sirve, sino como un ‘semejante’ nuestro, una ‘ayuda’, para hacerlo partícipe como nosotros del banquete de la vida al que todos los hombres son igualmente invitados por Dios”62.
Desde sus experiencias grupales, los jóvenes pueden impulsar el nacimiento de una sociedad nueva fundada en el compartir, en la vida comunitaria, en la sensibilidad ante el dolor y la desesperanza de los más necesitados, que supere aislamientos, egoísmos e indiferencias y haga visible el llamado de Dios a vivir auténticamente como hermanos e hijos de un mismo Padre. “Somos jóvenes alegres y esperanzados, con valores de fraternidad y solidaridad... que descubrimos a Jesús en el rostro de nuestros hermanos más pobres; caminando juntos buscamos transformar la historia para construir el Reino de paz, justicia y libertad”63.
3.4 Sí a la Libertad.
Los jóvenes sienten un profundo deseo de libertad. Aman la libertad. Quieren ser libres. Saben, con todo, que vivir en libertad no es un camino fácil y que no se pueden hacer ilusiones ni caer en optimismos engañosos. El ansia de libertad los lleva muchas veces a apartarse de todo lo que aparece como imposición o esclavitud, hasta que se descubren prisioneros de sí mismos o de modas y modelos impuestos, solos, sin saber qué hacer con su libertad, con la sensación de que aunque creen haberla conseguido, no les alcanza para dar respuesta a los más íntimos deseos de felicidad que bullen en su corazón. Se sienten víctimas de los mecanismos de muerte de una sociedad que presenta como signos de libertad lo que en realidad no son más que manipulaciones interesadas.
Cuando descubren que “han sido llamados a la libertad” (Gal 5,13), que fueron hechos para la libertad y no para la esclavitud (Rm 8,15) y que la verdad del Evangelio “los hace libres” (Jn 8,32) experimentan que sólo desde la libertad interior, plenamente vivida, respetada y compartida, pueden ser portadores y mensajeros de libertad y se esfuerzan por vivirla no como la posibilidad de “hacer cualquier cosa” sin límites ni criterios, sino como una entrega de sí mismos al servicio de todo lo que hace más humana la vida de quienes los rodean64 y de la construcción de una sociedad libre y verdadera.
La lucha por su propia libertad se une así a la de la creación que espera ser “liberada de toda esclavitud para compartir la libertad de los hijos de Dios” (Rm 8,21), con la esperanza hacer realidad la libertad de todos los hombres y de todos los pueblos.
3.5 Sí a la Verdad y al Diálogo.
Jesús vino al mundo para ser “testigo de la Verdad” (Jn 18,37). El es “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6), la “luz verdadera que ilumina a todo hombre” (Jn 1,9).
En todos los hombres, por tanto, se manifiesta una parte de la verdad plena de Jesucristo. Eso fundamenta y hace necesario vivir en actitud de diálogo. Dialogar es caminar junto con otros; es compartir las percepciones, reflejos y zonas de luz que Jesucristo ya ha iluminado; es descubrir la Verdad plena obrando ya en la historia, es reconocer en lo más profundo de cada persona su capacidad de apertura y de búsqueda auténtica de la verdad, es aceptar que nadie es “dueño de la verdad”...
“Desde fuera no se salva el mundo. Como el Verbo de Dios que se ha hecho hombre, hace falta hasta cierto punto hacerse una misma cosa con las formas de vida de aquellos a quienes se quiere llevar el mensaje de Cristo; hace falta compartir las costumbres comunes, con tal que sean humanas y honestas, sobre todo las de los más pequeños, si queremos ser escuchados y comprendidos. Hace falta aún antes de hablar, escuchar la voz, más aún, el corazón del hombre, comprenderlo y respetarlo en la medida de lo posible y, donde lo merezca, secundarlo. Hace falta hacerse hermanos de los hombres en el mismo hecho con el que queremos ser pastores, padres y maestros. El clima del diálogo es la amistad. Más todavía, el servicio”65.
Los jóvenes, con su actitud de apertura ante lo nuevo y ante lo diferente, con su ansia de búsqueda y su deseo de autenticidad, con su capacidad para mirar las cosas con ojos desprejuiciados, están llamados a ser testigos de la verdad y constructores de diálogo en medio de la sociedad.
3.6 Sí a la Participación.
“Debemos hacernos todos plenamente conscientes de que estamos ante un enorme y dramático choque entre el bien y el mal, la muerte y la vida, la cultura de la muerte y la cultura de la vida. Estamos no sólo 'ante' sino necesariamente 'en medio' de este conflicto: todos nos vemos implicados y obligados a participar, con la responsabilidad ineludible de elegir incondicionalmente en favor de la vida”66. “Si el no comprometerse ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más culpable. A nadie le es lícito permanecer ocioso”67.
“La creciente necesidad de participación es uno de los rasgos característicos de la humanidad actual, un auténtico ‘signo de los tiempos’ que madura sobre todo en lo relativo al mundo juvenil... Ser protagonistas es una exigencia universal”68. Sin la participación de todos, será imposible conseguir los cambios que se buscan en la Iglesia y en la sociedad.
La Iglesia que había impulsado a los jóvenes a ser “factores de cambio” (P 1187) los ha convocado “una vez más para que sean fuerza renovadora de la Iglesia y esperanza del mundo” (SD 293). El llamado a la participación y al protagonismo en los clubes culturales y deportivos, en los grupos ecológicos, en los partidos políticos, en las juntas vecinales, en los sindicatos, en las organizaciones populares y campesinas, en los grupos eclesiales, etc., es muy claro. También los jóvenes lo quieren así: “buscamos participar con entusiasmo en nuestra sociedad porque sufrimos la injusticia... La voluntad de apropiarnos de nuestro futuro nos impulsa a buscar y crear espacios reales de participación”69.
3.7 Sí al esfuerzo permanente por la Paz.
“La paz no es sólo ausencia de guerra ni se reduce sólo al equilibrio de fuerzas adversas ni surge de una hegemonía despótica”70. Es ante todo, una “obra de justicia”, un “quehacer permanente”, un “fruto del amor” (M 2,14). “Supone y exige la instauración de un orden justo en el que los hombres puedan realizarse como hombres, en donde su dignidad sea respetada, sus legítimas aspiraciones satisfechas, su acceso a la verdad reconocida, su libertad personal garantizada. Un orden en el que los hombres no sean objetos, sino agentes de su propia historia” (M 2,14).
Jesús llamó felices a “los que trabajan por la paz” (Mt 5,9). Trabajar por la paz es, ante todo, vivir un estilo de vida evangélico basado precisamente en el amor, que lleve al reconocimiento y respeto de los derechos humanos, saque de la indiferencia y de la pasividad y promueva compromisos concretos con la justicia y la libertad.
Trabajar por la paz exige una pedagogía que eduque a la comunidad en la resolución no violenta de los conflictos, que forme para el respeto, la fraternidad y la convivencia en una democracia participativa. Trabajar por la paz significa internalizar valores como la justicia, la solidaridad, la verdad y el perdón y desinternalizar el rencor, la venganza, la violencia y el miedo. Significa recuperar el sentido de dignidad de la persona, diseñar estrategias para erradicar las situaciones que generan la violencia y asimilar comportamientos de una cultura de paz, como la capacidad de concertación, el respeto al legítimo pluralismo de opiniones y opciones, la fe en el diálogo como mecanismo para dirimir los conflictos...
3.8 Sí al respeto de las Culturas.
“El Reino que anuncia el Evangelio es vivido por hombres profundamente vinculados a una cultura; la construcción del Reino no puede dejar de tomar en cuenta los elementos de la cultura y de las culturas humanas”71. Sólo a partir del respeto a las culturas será posible caminar hacia una humanidad nueva y hacia un conocimiento cada día más profundo de la verdad de Dios que en ellas se manifiesta: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tim 2,4).
Es lo que reconocieron jóvenes representantes de la juventud latinoamericana, reunidos en el Primer Congreso Latinoamericano de Cochabamba: “nos hemos mirado a los ojos unos a otros y hemos comprobado con alegría la riqueza de las culturas que representamos. Nos sentimos orgullosos de ser indígenas, negros, blancos, orientales, conformando un continente culturalmente mestizo... La patria grande latinoamericana de la que somos parte, necesita respetar, recuperar y enriquecerse con todas las culturas porque en ellas se manifiesta con plenitud el ser humano creado por Dios”72.
3.9 Sí al respeto de la Naturaleza.
Impulsados por el deseo de tener y de gozar más que de ser y de crecer, muchos seres humanos están consumiendo los recursos de la tierra de manera excesiva y desordenada, deteriorando la relación del hombre con la naturaleza, poniendo en riesgo su conservación y amenazando convertirse a sí mismos en víctimas de esta degradación.
“El hombre, llamado a cultivar y custodiar el jardín del mundo, tiene una responsabilidad específica sobre el ambiente de vida, o sea, sobre la creación que Dios puso al servicio de su dignidad personal y de su vida, no sólo respecto al presente sino también a las generaciones futuras”73.
Los jóvenes, principales víctimas de las agresiones del mundo consumista pero especialmente sensibles a la belleza y a la armonía de la naturaleza, están llamados a promover y dinamizar la nueva conciencia ecológica que está surgiendo en la humanidad. Están llamados a reafirmar y a vivir el amor por la naturaleza, a descubrir la presencia de Dios en la creación y a acogerla con reverencia y respeto, no como objeto de dominación sino como soporte vital para la humanidad de hoy y del mañana (SD 169-170).
No se trata de ser expertos en botánica, zoología u otras ciencias de la naturaleza. Se trata de denunciar la explotación irracional de sus recursos y la contaminación ambiental, de re-crear la vida y de valorar y apoyar las iniciativas de sustentabilidad, sobrevivencia física y cultural y preservación del medio ambiente que están surgiendo como fruto de la nueva sensibilidad ecológica del mundo de hoy.
3.10 Sí a la Integración Latinoamericana.
“La Civilización del Amor condena las divisiones absolutas y las murallas psicológicas que separan violentamente a los hombres, a las instituciones y a las comunidades nacionales. Por eso, defiende con ardor la tesis de la integración de América Latina. En la unidad y en la variedad hay elementos de valor continental que merecen apreciarse y profundizarse mucho más que los intereses meramente nacionales”74.
“¡Queremos una América Latina que sea una Patria grande sin fronteras!”75. El proceso de integración latinoamericana, que tiene a su favor factores como los vínculos culturales, el común pasado histórico y la presencia generalizada de la fe católica, puede llevar -si se realiza “desde una perspectiva de solidaridad” (SD 209)- a que los pueblos vivan una más auténtica fraternidad, expresen el sentido de pueblo único que Dios quiere, superen el aislamiento, favorezcan la lucha común por la dignidad y el bienestar de todos y dejen de lado las fronteras que los separan y dividen.
4. UN RECHAZO DE ANTIVALORES.
Además de reafirmar los valores antes citados, comprometerse con el proyecto de construir la Civilización del Amor implica el rechazo y la lucha contra antivalores que son expresión del pecado como fuerza de ruptura personal, con los demás y con Dios.
4.1 No al individualismo.
La sociedad neoliberal reafirma de tal manera la importancia del individuo que deja de lado la comunidad, lo convierte en medida de todas las cosas, hace que se preocupe casi exclusivamente por sus propios intereses y que compita con los demás para llegar más lejos y estar por encima de todos. Esto lo lleva al aislamiento, disminuye su sentido crítico y lo hace más vulnerables frente a los mecanismos y a las propuestas del sistema.
Las experiencias grupales y comunitarias que propone la Pastoral Juvenil ofrecen a los jóvenes la posibilidad de rechazar el individualismo, de desarrollar su sentido crítico, de abrirse a los demás y de descubrir y experiementar el valor del encuentro con el otro y de la comunidad.
4.2 No al consumismo.
La sociedad neoliberal ha creado la ilusión de que la felicidad se encuentra en la eficiencia, en la producción y en el consumo. Tiende a hacer creer que en ellos está el sentido de la vida y la clave del éxito, de la realización, de la valoración y de la autoestima del individuo. Parece que la persona interesa sólo en la medida en que consume. Por eso, promueve una serie de mecanismos que impulsan una “carrera de consumo” que gasta energías y esperanzas y deja frecuentemente una sensación de insatisfacción e impotencia y un vacío de sentido.
Es la experiencia de muchos jóvenes, principales destinatarios de la publicidad y de las modas, a quienes se incita permanentemente a consumir y a quienes se les crean necesidades superfluas y ficticias que los despersonalizan, los alienan y frustran y les impiden pensar y actuar libremente76.
“No es malo el deseo de vivir mejor, pero es equivocado el estilo de vida que se presume como el mejor, cuando está orientado a tener y no a ser, y quiere tener más no para ser más, sino para consumir la existencia en un goce que se propone como fin en sí mismo”77.
4.3 No a la absolutización del placer.
Otra oferta importante de la sociedad actual es el goce puramente material y superficial de la vida y el olvido de las más profundas dimensiones personales, relacionales, espirituales y religiosas de la existencia humana.
Una vida vivida de esta manera hace perder progresivamente el sentido de la trascendencia, va relativizando los valores y principios éticos y va distorsionando el sentido de las relaciones interpersonales. Predomina lo sensible, la sexualidad se reduce a una relación puramente ocasional que no considera la entrega profunda en una relación estable de pareja; los compromisos permanentes se diluyen y pierden sentido, se desarrollan la droga, el juego, el alcohol, la pornografía, el erotismo, los desenfrenos sexuales...
4.4 No a la intolerancia.
La intolerancia es la falta de disposición para admitir que los demás pueden tener una manera de ser, de pensar o de obrar distinta de la propia. Para el intolerante, la verdad es una, la suya, y cree hacer un bien al prójimo imponiéndosela, incluso por la fuerza si fuera necesario.

El intolerante ve en el que es distinto una amenaza a su modo de entender la vida, con quien no es posible encontrarse y dialogar. Se va haciendo incapaz de trabajar junto con otros, se radicaliza y corre el riesgo de aislar a grupos y personas por el solo hecho de pensar diferente o de tener opciones personales, políticas, sociales o religiosas distintas de la propia.


La intolerancia genera los vanguardismos, los abusos y la absolutización del poder, las represiones y los totalitarismos que desconocen los derechos humanos, terminan con la libertad de personas, grupos y naciones e impiden la convivencia democrática.
4.5 No a la injusticia.
“Un sordo clamor brota de millones de hombres, pidiendo a sus pastores una liberación que nos les llega de ninguna parte” (M 14,2). “Desde el seno de los diversos países del continente está subiendo hasta el cielo un clamor cada vez más tumultuoso e impresionante. Es el grito de un pueblo que sufre y que demanda justicia, libertad, respeto a los derechos fundamentales del hombre y de los pueblos. El clamor pudo haber parecido sordo en ese entonces. Ahora es claro, creciente, impetuoso y, en ocasiones, amenzante” (P 87-89). “El creciente empobrecimiento en el que están sumidos millones de hermanos nuestros hasta llegar a intolerables extremos de miseria es el más devastador y humillante flagelo que vive América Latina y el Caribe. Así lo denunciamos tanto en Medellín como en Puebla y hoy volvemos a hacerlo con preocupación y angustia. Las estadísticas muestran con elocuencia que en la última década las situaciones de pobreza han crecido” (SD 179).
“Vemos a la luz de la fe, como un escándalo y una contradicción con el ser cristiano, la creciente brecha entre ricos y pobres. El lujo de unos pocos se convierte en insulto contra la miseria de las grandes masas. Esto es contrario al plan del Creador y al honor que se le debe. En esta angustia y dolor la Iglesia discierne una situación de pecado social, de gravedad tanto mayor por darse en países que se llaman católicos y que tienen la posibilidad de cambiar” (P 28).
“La situación de injusticia que hemos descrito nos hace reflexionar sobre el gran desafío que tiene nuestra pastoral para ayudar al hombre a pasar de condiciones menos humanas a condiciones más humanas. Las profundas diferencias sociales, la extrema pobreza y la violación de derechos humanos que se dan en muchas partes son retos a la eveangelización. Nuestra misión de llevar a Dios a los hombres y los hombres a Dios implica también construir con ellos una sociedad más fraterna” (P 90).
4.6 No a la discriminación y a la marginación.
“No todos los hombres son iguales en lo que toca a la capacidad física y a las cualidades intelectuales y morales. Sin embargo, toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, debe ser vencida y eliminada por ser contraria al plan divino”78.
La mayoría de los desempleados, subempleados y marginados del continente son jóvenes; muchos de ellos, desalentados por las dificultades de la vida y por un futuro incierto, consumen drogas o alcohol. No siempre se valora la dignidad de la mujer; en muchos casos, los indígenas son marginados e incluso exterminados; las culturas autóctonas son discriminadas y se favorece la imposición de culturas extranjeras...
Frente a esta realidad de discriminación y marginación, los jóvenes cristianos proclamaron: “Creemos en Jesús vivo y presente en el pobre que sufre, en el triste encarcelado, en el enfermo que vive solo, en los niños marginados, en los jóvenes desorientados, en el obrero explotado, en el minero y el campesino que sufren situaciones de opresión y claman justicia”79.
4.7 No a la corrupción.
“La corrupción se ha generalizado. Hay un mal manejo de los recursos económicos públicos; progresan la demagogia, el populismo, la mentira política en las promesas electorales; se burla la justicia, se generaliza la impunidad y la comunidad se siente impotente e indefensa frente al delito. Con ello se fomenta la insensibilidad social y el escepticismo ante la falta de aplicación de la justicia, se emiten leyes contrarias a los valores humanos y cristianos fundamentales. No hay una equitativa distribución de los bienes de la tierra, se abusa de la naturaleza y se daña el ecosistema” (SD 233).
Para la sociedad neoliberal todo tiene un precio, todo se puede comprar, incluídas las personas, las convicciones, los principios... Lleva, por tanto, dentro de sí misma la semilla de la corrupción y la está haciendo crecer abundantemente tanto en las esferas públicas como privadas de la vida social.
Se corre el peligro de pensar que la corrupción es un fenómeno que se da sólo en los niveles de quienes tienen influencia y poder. Sin embargo, hay que tomar conciencia que se puede hacer presente también en actitudes cotidianas como no cumplir el horario de trabajo, copiar en un examen, prescindir de principios y creencias cuando “no convienen”, hacerse cómplice de actos de corrupción cercanos, valerse indebidamente de influencias, etc.
4.8 No a la violencia.
“Somos un continente con grandes riquezas humanas y materiales, pero empobrecido y manipulado, porque somos víctimas de un proceso histórico que ha violentado nuestras culturas, derechos y dignidad humana”80.
La multiplicación indiscriminada de toda forma de violencia física y psicológica, visible y encubierta, selectiva o indiscriminada, ocasional o sistemática, promovida por individuos o por organizaciones, basada en motivos políticos, económicos, culturales, raciales o religiosos, dirigida contra hombres y mujeres, niños y jóvenes, adultos y ancianos, muestra un claro desprecio a la vida humana y es uno de los más desafiantes signos de la presencia de la cultura de la muerte.
La Civilización del Amor dice no a las divisiones absolutas y a las murallas psicológicas que separan violentamente a personas, instituciones y comunidades nacionales; dice no a toda ideología basada en la desconfianza, en el odio social o de clase, en los intentos de dominación nacional, religiosa o cultural; dice no a la carrera armamentista y a los gastos de “defensa” que van en detrimento de las inversiones en educación, salud y promoción de las personas y comunidades que pretenden defender; dice no a la violencia institucionalizada, estructural o revolucionaria, subversiva o represiva (P 531-534); dice no al desprecio de la vida humana, al fundamentalismo religioso... Aceptar la violencia es desconfiar definitivamente de la fuerza transformadora del amor.
5. PRIMACIAS DE LA CIVILIZACION DEL AMOR.
Frente a la muy extendida mentalidad del “todo vale” que existe en el mundo de hoy, la Civilización del Amor afirma que eso no es así, que no todo es igual y que hay una escala de valores que llama a elegir siempre lo que humaniza y plenifica más a la persona.
Además de la reafirmación de valores y del rechazo de antivalores, el compromiso de construir la Civilización del Amor supone una serie de primacías a ser tenidas en cuenta no sólo en la elaboración de los proyectos históricos de sociedad y de los modelos de desarrollo, sino también en el planteamiento de los proyectos personales de vida.

5.1 Primacía de la vida humana sobre cualquier otro valor o interés.


El Dios de la Vida se encarnó en Jesús para que todos los hombres “tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Este acontecimiento salvífico revela no sólo el amor infinito de Dios “que tanto amó al mundo que le envió a su Hijo único” (Jn 3,16) sino, sobre todo, el valor incomparable de cada persona humana.
Consideraciones éticas, proyectos económicos, modelos de desarrollo, políticas sociales, descubrimientos científicos o técnicos, formas de gobierno, leyes humanas, programas demográficos o motivaciones religiosas, nada ni nadie, por ningún motivo, nunca, podrá anteponer cualquier otro valor o interés al supremo valor de la vida.
La vida, una vida digna, una “vida en abundancia” es el primer y fundamental derecho de toda persona humana. El aborto, la violencia, la represión, el terrorismo, las guerras, la contaminación son ciertamente atentados contra la vida humana; pero lo son también las condiciones extremas de pobreza, las estructuras económicas injustas, las desigualdades, la falta de posibilidades, la marginalidad, el analfabetismo... (SD 167).
“Queremos una América Latina que opte por la vida, que respete y promueva los derechos humanos”81, que promueva la vida, la entregue con generosidad, la proteja, la defienda, la mejore y la haga cada día más digna y más humana.
5.2 Primacía de la persona sobre las cosas.
La persona humana “vale más por lo que es que por lo que tiene”82. Sin embargo, una cultura del consumismo y el enorme desarrollo de la producción de bienes y servicios están promoviendo cada día más una tendencia generalizada a valorar las personas más por lo que tienen y que por lo que son. Esta inversión en la escala de valores, compromete el crecimiento personal y comunitario, provoca frustración en quienes no logran satisfacer sus ansias de “tener” y genera nuevas formas de injusticia y opresión.
Los bienes materiales son necesarios. La carencia de los que son indispensables impide la realización de la persona humana, no le permite una existencia digna y le niega la posibilidad de ir pasando de “condiciones de vida menos humanas a condiciones de vida más humanas”83. Al mismo tiempo, la búsqueda exclusiva del poseer encierra los espíritus, endurece el corazón, materializa la existencia, obstaculiza el crecimiento, hace predominar el interés sobre la amistad, genera competencia, envidias y desuniones.
El “tener” y el “ser” no se excluyen siempre que el “tener” se ubique dentro del horizonte del “ser” y el “ser” tenga el sustento indispensable del “tener”. “El ‘tener’ de algunos no se puede dar a expensas del ‘ser’ de tantos otros”84.
5.3 Primacía de la ética sobre la técnica.
Los jóvenes de hoy viven un tiempo de la historia marcado por enormes avances científicos y tecnológicos. Los nuevos descubrimientos favorecen su crecimiento, los ayudan a plantear mejor los problemas y ser más eficaces y crean en ellos una nueva sensibilidad y una nueva manera de ver, entender y ubicarse frente a la realidad. Con todo, el mito del desarrollo tecnológico ha demostrado ya ser incapaz para solucionar por sí solo los problemas de la humanidad. Muchas veces, incluso, la misma técnica se ha usado en contra del hombre, para su destrucción física y moral.
La Civilización del Amor quiere hacer primar la ética del Evangelio y poner la técnica al servicio de la vida, de la libertad y de la paz. Los técnicos aportan sus conocimientos, el valor de sus estudios e investigaciones y sus propuestas para “mejorar” las condiciones de vida de la gente. Pero la responsabilidad ética de tomar las decisiones que afectan la realidad y la vida de las personas no puede depender únicamente de las exigencias de los planteos técnicos y de los fríos cálculos y resultados estadísticos.
Es necesario discernir activamente la voluntad y el querer del Dios de la Vida en lo concreto de cada situación histórica para promover la persona, para hacer un mundo más humano, para vivir el amor y sus exigencias de justicia y solidaridad.
5.4 Primacía del testimonio y la experiencia sobre las palabras y las doctrinas.
“No es el que me dice ¡Señor, Señor! el que entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre” (Mt 7,21). “¿Qué provecho saca uno cuando dice que tiene fe, pero no la demuestra con su manera de actuar? ¿Será esa fe la que lo salvará?. Si a un hermano o a una hermana les falta la ropa y el pan de cada día, y uno de ustedes les dice: ‘que les vaya bien, que no sientan frío ni hambre’, sin darles lo que necesitan, ¿de qué les sirve?. Así pasa con la fe si no se demuestra con las obras: está completamente muerta” (Sg 2,14-17).
El divorcio entre la fe y la vida, entre lo que se profesa y lo que se vive y la incoherencia entre lo que se dice y lo que se hace son reconocidos casi unánimemente como algunos de los grandes males del momento actual. Desde el punto de vista de la fe, esta actitud quita credibilidad al anuncio del Evangelio. En la vida social, deslegitima los sistemas políticos, las formas de convivencia y los modos de actuar que se basan principalmente en declaraciones y promesas que quedan sin cumplir y frustan las expectativas de los pueblos.
No se trata de negar la importancia de la palabra y de la doctrina. La palabra explica el testimonio; la doctrina sistematiza, cuestiona y reorienta la experiencia. Pero el mundo de hoy, y particularmente los jóvenes, “que sufren horrores ante lo ficticio, ante la falsedad y que además son decididamente partidarios de la verdad y de la transparencia”85, “escuchan más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan y si escuchan a los que enseñan es porque dan testimonio”86. “Creen más en la experiencia que en la doctrina, en la vida y en los hechos más que en las teorías”87.
5.5 Primacía del servicio sobre el poder.
“Como ustedes saben, los que se consideran jefes de las naciones las gobiernan como si fueran sus dueños, y los que tienen algún puesto hacen sentir su poder. Pero no será así entre ustedes. Al contrario, el que quiera ser el más importante, que se haga el servidor de todos; y el que quiera ser el primero, que se haga el siervo de todos. Así como el Hijo del Hombre no vino para que lo sirvieran, sino para servir y dar su vida como rescate de muchos” (Mc 10,42-45).
“El hombre es necesariamente fundamento, causa y fin de todas las instituciones sociales”88. No hay poder o autoridad, sistema económico o ideología que pueda constituirse al margen, por encima o en contra de las personas. La misión de la autoridad es “dirigir la acción de todos hacia el bien común, no de forma mecánica o despótica, sino obrando principalmente como una fuerza moral que se basa en la libertad y en el sentido de responsabilidad de cada uno”89.
En contra de todos los autoritarismos y privilegios, la Civilización del Amor reconoce el sentido y el valor de la autoridad (P 499) como un servicio generoso y desinteresado a la promoción de personas, pueblos y comunidades; como un esfuerzo por lograr las adhesiones, construir los consensos y comprometer la participación en la tarea común; como una responsabilidad de liderazgo que no se considera ganada para sí, sino confiada por los demás para bien de todos.
5.6 Primacía de una economía solidaria sobre la producción de riqueza.
“Las enseñanzas del Santo Padre señalan la necesidad de acciones concretas de los poderes públicos para que la economnía de mercado no se convierta en algo absoluto a lo cual se sacrifique todo, acentuando la desigualdad y la marginación de las grandes mayorías. No puede haber una economía de mercado creativa y al mismo tiempo socialmente justa, sin un sólido compromiso de toda la sociedad y sus actores con la solidaridad, a través de un marco jurídico que asegure el valor de la persona, la honradez, el respeto a la vida y la justicia distributiva y la preocupación efectiva por los más pobres” (SD 195).
Por tanto, hay que “sentar las bases de una economía solidaria, real y eficiente... Fomentar la búsqueda e implementación de modelos socioeconómicos que conjuguen la libre iniciativa, la creatividad de personas y grupos y la función moderadora del Estado, sin dejar de dar atención especial a los sectores más necesitados. Todo esto, orientado a la realización de una economía de la solidaridad y la participación” (SD 201).
Bajo el nombre de “economía solidaria” se engloban distintas experiencias económicas que tienen en común elementos como la organización, la cooperación, la acción comunitaria, la autogestión, etc., que le dan una racionalidad diferente a la de otros sistemas económicos. Estas distintas expresiones comprenden formas que van desde microproyectos, talleres familiares, pequeñas empresas, organizaciones económicas populares, cooperativas, hasta propuestas de carácter asistencial y estrategias de sobrevivencia y subsistencia.
“Queremos una América Latina con una economía basada en la solidaridad, donde exista una distribución justa de la riqueza, de la tierra y del trabajo, que promueva a los más débiles y esté al servicio del pueblo latinoamericano y no de países poderosos”90.
5.7 Primacía del trabajador y el trabajo sobre la empresa y el capital.
El trabajo humano posee una “significación humanizadora y salvífica, que tiene su origen en la vocación co-creadora del hombre como imagen de Dios, que ha sido rescatado y elevado por Jesús, trabajador e hijo de carpintero” (SD 182). Su valor ético está vinculado directamente al hecho de que quien lo realiza es una persona. Por eso hay una primacía del trabajo y del trabajador sobre el capital y la empresa, de manera que el ser humano pueda ser tratado como verdadero sujeto y no como simple medio de todo el proceso productivo91.
Cuando los beneficios de la empresa se anteponen, como ocurre tantas veces, a los derechos del trabajador a un horario humano, a un salario justo, a la seguridad social... no se está respetando esta primacía. Con el pretexto de que no tienen todavía responsabilidades familiares o aprovechando la saturación del mercado de empleo, muchos empresarios explotan laboralmente a los jóvenes con sueldos bajos, horarios excesivos, condiciones injustas, etc. Las necesidades propias de su situación de pobreza y las dificultades para conseguir otros trabajos dignos y productivos los obligan muchas veces a aceptar estas situaciones.
Este pecado social se ha proyectado en las injustas relaciones entre los que están llamados a vivir una vocación de hermanos y es el obstáculo principal a la realización del proyecto de la Civilización del Amor, en la que todos están llamados a participar con igualdad de dones, ya que éstos han sido destinados por Dios para beneficio de todos.
5.8 Primacía de la identidad latinoamericana sobre otras influencias culturales.
Dios y su amor liberador se ha encarnado en el mundo y desde entonces ha hecho historia de salvación con todos los hombres, enseñando así que el punto de partida para anunciar y construir la Civilización del Amor no puede ser otro que la propia realidad y la propia cultura.
La diversidad de culturas es un signo de la presencia del Espíritu y un llamado a crecer por el intercambio, la complementación y el enriquecimiento mutuo. América Latina es un continente con muy ricas tradiciones culturales que se han ido construyendo durante siglos y que, en muchos casos, han llegado hasta hoy vivas y aportando sus modos de entender a Dios, la vida, el hombre, la tierra, la historia. Como toda realidad humana, tienen sus luces y sus sombras. En los últimos años, se ha renovado el interés por conocerlas y revalorarlas.
Al mismo tiempo, América Latina está sufriendo una agresión cultural por la imposición homogeneizante de modelos políticos, sociales, económicos, ideológicos y hasta eclesiales, tendiente a suprimir formas culturales propias con el fin de lograr una uniformidad que haga a los pueblos más fácilmente manipulables. Esto no aporta nuevas riquezas a las culturas latinoamericanas, las amenaza en su identidad y atenta contra el derecho de hombres y mujeres de esta tierra a sentirse y a ser latinoamericanos.
“Nos comprometemos a conocer y amar nuestras culturas, a luchar por el derecho a ser latinoamericanos... y a promover la dignidad de todos los hombres y mujeres del continente”92.
5.9 Primacía de la fe y lo trascendente sobre todo intento de absolutizar al ser humano.
El hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios, está llamado a lo absoluto, a donde debe procurar llegar con sus compromisos concretos e históricos, vividos y animados por el amor. Cuando se pierde el sentido de Dios, también el sentido del hombre queda amenazado.
La mayor conciencia de la humanidad sobre el valor y la dignidad de la persona humana, el respeto a sus derechos fundamentales, la autonomía de las realidades temporales, la valorización de los adelantos técnicos y científicos llevan a ubicar cada vez más a la persona en su lugar de señor de la creación (Gn 2,19-20). Pero con todos estos valores, deberá estar cada vez más claro que todas las realidades humanas adquieren su real plenitud cuando están abiertas y llevan al encuentro con la trascendencia: “en realidad, el misterio del hombre sólo esclarece en el misterio del Verbo Encarnado”93.
“Somos jóvenes latinoamericanos que hemos descubierto a Cristo... seguimos creyendo en un Dios que nos hace transmitir vida desde nuestra pobreza...”94. “Queremos una América Latina... que tenga presente a Dios en todas sus estructuras”95.

III.- UNA PASTORAL JUVENIL CONSTRUCTORA DE LA

CIVILIZACION DEL AMOR

1. LA PASTORAL EN LA IGLESIA.


Jesús, enviado del Padre, vino a salvar lo que estaba perdido y a reunir lo que estaba disperso (Mt 18,11). Pasó haciendo el bien a todos y a cada uno de los que encontraba en su camino. Vivió la situación de su tiempo y se identificó con el dolor de todos para hacerlos partícipes de la vida divina e integrarlos a su Reino.
Pastor por excelencia, miró a la gente, se compadeció de ella y enseñó a los discípulos a hacer lo mismo. Los asoció a su tarea de pastor, formándolos para guiar y acompañar el proceso de nacimiento, crecimiento y expansión de su Iglesia (Mt 28,17-20) y el cuidado de todos los hombres y de todos los pueblos.
Se preocupó por sus apóstoles y discípulos, particularmente y como grupo. Atendió sus necesidades concretas y les enseñó con su práctica cómo debían vivir el servicio a los demás. El mismo curó enfermos, libró de su ignorancia a muchos, exigió a otros que dieran más de sí, concientizó a los que le abrieron el corazón, perdonó, llamó a la conversión, y, a todos, los guió hacia el Padre.
Esa misma tarea y misión retoma hoy la Iglesia para ser mensajera y realizadora de la alianza de Dios con los hombres. Procura ir a su encuentro en todas sus necesidades y situaciones. Los ayuda a desarrollar sus cualidades y su vocación al servicio de la comunidad humana. Con esta acción pastoral, la Iglesia prolonga el cuidado que tuvo Jesús con la gente de su tiempo, actualiza hoy su acción y colabora en su misión de construir el Reino.
Para atender a las distintas personas y grupos, con sus situaciones, realidades y necesidades particulares, la Iglesia realiza acciones pastorales diferenciadas que se integran y forman parte de su pastoral de conjunto. Así existe la pastoral familiar, la pastoral social, la pastoral catequética... Una de ellas es la pastoral de juventud o pastoral juvenil.
2. LA PASTORAL JUVENIL.
2.1 Descripción.
La expresión pastoral juvenil se utiliza comúnmente para referirse a distintos contenidos y realidades. Algunas veces, designa al proceso mismo de educación en la fe que realiza la Iglesia para la evangelización de los jóvenes (P 1193); otras, se aplica al conjunto de jóvenes integrados en esos procesos y otras, señala el conjunto de estructuras y organismos que, en los diferentes niveles, hacen posible ese proceso pastoral. Tal diversidad muestra las variadas perspectivas desde donde se puede abordar el esfuerzo evangelizador que realiza la Iglesia en el mundo juvenil. Aunque complementarias, son por tanto, necesariamente incompletas.
La Pastoral Juvenil es la acción organizada de la Iglesia para acompañar a los jóvenes a descubrir, seguir y comprometerse con Jesucristo y su mensaje para que, transformados en hombres nuevos, e integrando su fe y su vida, se conviertan en protagonistas de la construcción de la Civilización del Amor.
Esta acción evangelizadora de la Iglesia con los jóvenes ha tenido diversas concreciones históricas. Las experiencias realizadas en el continente en los últimos años, ha configurado un modelo de Pastoral Juvenil Latinoamericana que aquí se describe muy brevemente y cuyas características peculiares se desarrollarán luego al analizar más detenidamente las opciones pedagógicas y metodológicas.
“Evangelizar no es para nadie un acto individual y aislado, sino un acto profundamente eclesial”96. La evangelización de los jóvenes es pues, un desafío para toda la Iglesia. No puede considerarse sólo como una “cosa de los jóvenes”. Toda ella se compromete para que, con su apoyo y orientación, los jóvenes puedan crecer y desarrollarse como personas; puedan conocer a Jesús, aceptarlo, seguirlo e integrarse en la comunidad eclesial y puedan ser promotores y gestores del cambio en América Latina. Es una apuesta para que, desde ellos y con ellos, se pueda ir construyendo la Civilización del Amor.
Así, la Pastoral Juvenil es la expresión concreta de la misión pastoral de la comunidad eclesial en relación a la evangelización de los jóvenes, que será también buena noticia para la Iglesia y propuesta de transformación para las personas y para la sociedad.
2.2 Características.
Como propuesta e invitación, la evangelización no puede estar al margen del momento histórico y de la situación real que viven sus destinatarios. El punto de partida de la pastoral juvenil es el propio joven, asumido en su realidad personal, cultural y social. La pastoral juvenil no inventa a los jóvenes: los encuentra como son y donde están...
La acción evangelizadora no se realiza por medio de acciones aisladas, sino a través de un proceso, es decir, de un conjunto de dinamismos que llevan al joven a abrirse, a buscar respuesta a sus inquietudes, a valorar lo que construye su persona, a madurar motivaciones personales profundas y a concretar su proyecto de vida y su opción vocacional.
Este proceso evangelizador se vive de forma participativa en pequeños grupos o comunidades en las que los jóvenes comparten fe y vida, alegrías y tristezas, reflexión y acción, ilusiones y preocupaciones, la oración, la fiesta, las inquietudes, todo lo que son y quieren ser, lo que viven, lo que creen, lo que sienten, lo que esperan.
En este proceso, tiene un lugar privilegiado la presentación atractiva y motivadora de Jesucristo “camino, verdad y vida” (Jn 14,6) como respuesta a sus ansias de realización personal y a sus búsquedas de sentido de la vida. En el encuentro con Jesús vivo, los jóvenes se evangelizan, es decir, descubren, viven, testimonian y anuncian su estilo de vida y aprenden a ver la realidad y los hechos de todos los días como signos de una historia de amor que relaciona a Dios con los hombres como hijos y a los hombres entre sí como hermanos. En esta experiencia, encuentran el llamado a una nueva manera de ser, de pensar, de actuar, de vivir y de amar; a un orden nuevo, a una renovada comprensión del hombre, del mundo y de la historia.
El estilo de vida de Jesús se hace estilo de vida de los jóvenes. Su seguimiento se convierte en un discipulado y en una misión de entrega y servicio para hacer realidad la Civilización del Amor. Es el llamado de unos jóvenes a otros jóvenes, a través del anuncio y del testimonio, para servir a la vida; alentarla, cuidarla y respetarla; defenderla y organizarla en formas de convivencia que sean praxis de verdad, justicia, paz y amor que hagan presente a Dios como “padre de todos”. Es vivir en comunión y participación; es ir realizando la liberación integral del hombre y de la sociedad; es vivir el trabajo, el estudio, la profesión, la vida entera con vocación de servicio comunitario y solidario.
El proceso se realiza desde los jóvenes y con los jóvenes. Ellos son punto de partida y sujetos activos de sus propios procesos y están llamados a ser los primeros e inmediatos evangelizadores de los otros jóvenes. Este protagonismo es elemento fundamental de la pedagogía, de la metodología y de la organización de la Pastoral Juvenil.
Dada la pluralidad de realidades juveniles es necesario plantear una pastoral diferenciada que tenga en cuenta y responda a las diversas situaciones y actitudes de los jóvenes frente a la fe y frente a la vida. Aunque haya diversidad de acciones, habrá siempre un mismo punto de partida, la situación del joven y un mismo punto de llegada, su maduración personal, su adhesión a Jesucristo, su participación en la Iglesia, su compromiso con la Civilización del Amor.
La preocupación evangelizadora no se dirige sólo a los jóvenes que se integran a los grupos o a los que participan establemente en comunidades u otras organizaciones eclesiales. Con sentido misionero, llega también a quienes participan ocasional o esporádicamente y sobre todo a la gran masa juvenil que no se acerca a los ambientes eclesiales y que no ha recibido todavía el anuncio liberador de Jesucristo.
La comunidad eclesial acompaña a los jóvenes especialmente a través de asesores adecuadamente formados, que los quieran de verdad, que estén en actitud de escucha, comprensión y cercanía y que conozcan suficientemente las características pedagógicas y metodológicas del proceso de Pastoral Juvenil. Esta actitud pastoral liberadora, personaliza a los jóvenes y los hace responsables de su proceso y de su propia existencia.
Para cumplir su misión, la Pastoral Juvenil se organiza de manera participativa a través de coordinaciones que se dan en los diferentes niveles. A través de ellas, los jóvenes se educan en la comunión y en la participación, crecen como personas, se van integrando activamente a la vida de la Iglesia, generan propuestas nuevas para la sociedad y se sienten realmente protagonistas. Esas instancias sólo pueden ser entendidas y vividas desde una actitud de corresponsabilidad y servicio a los demás jóvenes y a los grupos.
Manteniendo la memoria histórica, recuperando sus conquistas y corrigiendo sus errores, la Pastoral Juvenil continúa profundizando su propio proceso y sistematizándolo para ofrecerlo como servicio a quienes se integran a su caminar.




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