Civilizacion del amor tarea y esperanza


Jesús anunció el Reino de Dios



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2.2 Jesús anunció el Reino de Dios.
Cuando sintió que había llegado “su hora” (Jn 2,4), inició su misión evangelizadora en la sinagoga de Nazaret. Allí, donde lo habían visto crecer y donde celebraba la fe con la gente de su pueblo, sorprendió a todos el día que tomó el libro de las escrituras y tras la lectura anunció con firmeza y convicción: “hoy se cumplen aquí las profecías que acaban de escuchar” (Lc 4,21).
Sus palabras fueron el anuncio de que el Reino de Dios estaba comenzando. El Reino es el gran proyecto del Padre, la gran utopía de Dios de hacer una familia de hijos y de hermanos, un hogar para todos, una humanidad liberada de toda opresión, reconciliada con la naturaleza, entre sí y con Dios, donde el hombre pueda sentirse y ser de verdad, señor del mundo, hermano de los otros e hijo de Dios (P 322). Es hacer realidad “los cielos nuevos y la tierra nueva” anunciados por los profetas (Is 65,17-25).
Es un Reino de Vida, pues en Jesús Dios ofrece su propia vida en abundancia (Jn 10,10). Es un Reino de Verdad, pues “Dios es luz y en él no hay tinieblas” (1Jn 1,5). Es un Reino de Justicia y Libertad, porque “Cristo nos liberó para que fuéramos realmente libres” (Gal 5,1). Es un Reino de Alegría y de Paz, pues se funda en el triunfo de Jesús resucitado (Jn 20,20).
Es inseparable de la persona de Jesús: en él, el Reino se encarna y se personifica; con él, el Reino se acerca y se hace presente en la humanidad (Lc 11,20). Se cumple así el proyecto histórico que Dios tenía para su pueblo y se da respuesta a la larga espera vivida por Israel, reanimada en los últimos tiempos por Juan Bautista cuando invitaba, como voz que clama en el desierto, a “cambiar de vida y de corazón porque el Reino de los Cielos está cerca” (Mt 3,2).
El Reino no es, principalmente, una doctrina que se enseña ni una moral que se impone ni una ideología que se transmite. No es un lugar, no se puede reducir a un concepto, a un modelo político o a un programa de libre elaboración. El Reino es una actitud, una práctica, una vida, una persona que tiene el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret, “imagen de Dios invisible” (Col 1,15); un testimonio que revela la presencia gratuita de Dios actuando, liberando a su pueblo, realizando su plan de salvación, mostrando que es Señor de la historia e invitando a formar parte de su gran proyecto. El Reino da sentido a la historia y a la vida que está en proceso de plena realización. Es el “ya pero todavía no”; es presente que todavía no ha alcanzado la plenitud y la realización definitiva (Lc 21,31).
Para que el pueblo sencillo pudiera entender mejor esta misteriosa presencia del Reino en los hechos de la vida, Jesús utilizó parábolas y milagros. Las paráblas del Reino hablan de esa gran utopía de Dios como un tesoro y una perla, por cuya adquisición vale la pena dejarlo todo (Mt 13,44-46); como una siembra que hay que trabajar para que dé buen fruto (Mt 13,1-23), como una pequeña semilla, llena de vitalidad, que llega a tener un crecimiento extraordinario (Mt 13,21-32); como un poco de levadura que se mezcla con harina, fermenta la masa y la hace crecer (Mt 13,33); como un campo sembrado de trigo y cizaña (Mt 13,24-30), como una red que recoge todo tipo de peces (Mt 13,47-48)... Los milagros son acciones salvíficas que expresan esa presencia del Reino: “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son purificados, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Noticia” (Lc 7,22).
Esta Buena Noticia sólo se puede acoger desde la fe. Por eso el mismo Jesús invitó a “creer en la Buena Nueva” (Mc 1,15). Sin fe en la palabra y en la persona de Jesús “camino, verdad y vida” (Jn 14,6) viéndolo al cual se ve al Padre (Jn 14,9) es imposible entender su anuncio.
Para entrar al Reino es necesario convertirse (Mc 1,15), nacer de nuevo (Jn 3,3-21), tener corazón de niño (Mc 10,15), amar a Dios y a los hermanos (Mc 12,28-34), entender que el sábado es para el hombre y no el hombre para el sábado (Mc 2,27), reconocer que nadie puede marginar a otro si Dios lo acoge como hijo (Mt 5,45)... Sin esta actitud nueva, es imposible entender el mensaje de Jesús.
Jesús entregó su vida por la realización de este proyecto. Por eso Dios Padre lo resucitó, lo hizo Señor de la historia y de la humanidad nueva y junto con él, envió su Espíritu (Act 2,17) para que quienes le sigan puedan obrar en la verdad, en la justicia, en el amor y en la paz y ser fermento del Reino, proclamando que “Cristo vive” para la vida del mundo.
Cuando los jóvenes perciben y llegan a descubrir que Jesús es y hace posible esta utopía de Dios, que “el Reino de Dios está cerca” (Mc 1,15) y más aún, “está en medio de ustedes” (Lc 17,20-21) llegan a entender que “sólo el Reino de Dios es absoluto y todo lo demás es relativo”16 y que hay que “buscar primero el Reino de Dios y su justicia” porque “todo lo demás se dará por añadidura” (Mt 6,33).
2.2.1 Jesús optó por los pobres.
El Reino como gran proyecto de Dios es universal. Pero sus destinatarios privilegiados son los que sufren las consecuencias del pecado y del anti-reino: los pobres. El Reino de Dios está cerca de ellos (Mt 11,5). Jesús optó por los pobres (Lc 4,16-22), se identificó con ellos y desde ellos anunció la Buena Noticia de que el Reino de Dios se estaba haciendo realidad (Lc 6,20-21). En los años de su vida pública, convivió con los que no tenían lugar dentro del sistema social y religioso de la época. Acogió a los que no eran acogidos: los pecadores (Mt 9,13), las prostitutas (Mt 21,31), los paganos (Mt 15,21-28) y samaritanos (Jn 4,22-24), los leprosos y poseídos (Lc 5,12-14; Mc 1,23-26), los marginados, las mujeres (Lc 8,1-3), los enfermos (Mt 4,24; Mt 8,15; Mt 14,14) y los niños (Mt 18,1-5), los colaboracionistas publicanos (Lc 15,1) y los soldados (Mt 8,5-15), los débiles, los pobres sin poder (Lc 14,15-24). Se identificó tanto con ellos que consideró como hecho a él mismo lo que se hiciera o dejara de hacer con ellos (Mt 25,31-46). Con su actitud dió a entender claramente que no es posible ser amigo de Jesús y seguir apoyando un sistema que margina tanto a la gente.
Dios manifiestó así su fuerza, su poder y su grandeza porque “ha elegido lo que el mundo tiene por necio para confundir a los sabios, ha escogido lo débil para confundir a los fuertes” (1Cor 1,26). Al encarnarse en el hombre hace historia desde los pobres. Los pobres entienden este lenguaje (Mt 11,25) pues el Reino anunciado por Jesús es de ellos y para ellos (Lc 4,18).
El joven rico se alejó triste porque tenía muchas riquezas y no quiso aceptar el proyecto de fraternidad universal de Jesús (Mt 19,22). Las riquezas son un impedimiento grande para seguirlo (Mt 19,16-26; Lc 6,24-26; Lc 12,13-34). Su elección no mira sólo a aquellos que tienen posibilidades y son capaces de asumir responsabilidades, sino de manera privilegiada a los que no tienen voz ni lugar en el mundo. Aceptó y comprendió las situaciones humanas de fragilidad y pecado, se compadeció de todos y los llamó a la conversión.
2.2.2 Jesús proclamó las Bienaventuranzas.
La vida de Jesús fue la vida de un hombre pleno, auténtico, íntegro y feliz. En las bienaventuranzas (Mt 5,1-12) presentó un camino de vida nuevo y original, una escala de valores radicalmente distinta a la que primaba en la realidad de su época y la propuso como camino seguro de felicidad y realización personal. El mismo Jesús fue el primero en dar testimonio de ese nuevo estilo de vida como camino del Reino. Un camino para la felicidad que implica ser pobre y comprometerse con los pobres, compartir alegrías y dolores, gozos y esperanzas; trabajar para saciar el hambre y la sed de justicia, ser compasivos, tener un corazón limpio, luchar por la paz y ser capaces de aceptar la incomprensión, la persecusión y hasta el martirio por el anuncio del evangelio.
Las bienaventuranzas son el camino de la libertad, la fraternidad y la solidaridad con el pueblo pobre. Son el camino del evangelio que lleva a la vida, el camino de la vida que lleva a la resurrección.
2.2.3 Jesús formó una comunidad de discípulos.
Para realizar su misión, Jesús reunió en torno a él un grupo de gente sencilla, algunos jóvenes y otros con experiencia de la vida y del mundo del trabajo. Aunque los llamó uno a uno, personalmente, formó con ellos un grupo, el de los “Doce” (Mc 3,13-19) al que se fueron uniendo después otros más para formar la comunidad de los seguidores de Jesús (Lc 6,17).
Jesús invitó a formar comunidad porque sólo así se puede experimentar y entender el Reino. Su modo de actuar responde al plan de Dios de formar un pueblo que fuese al mismo tiempo semilla y fermento del Reino. Sólo en la pequeña comunidad es posible aprender los valores fundamentales del nuevo estilo de vida que propone Jesús: los bienes compartidos (Mt 6,24), la fraternidad e igualdad entre todos (Mt 23,8-10), el poder como servicio: “el que quiera ser el primero que se haga el servidor de todos” (Mc 9,35), la amistad hasta no tener más secretos (Jn 15,15), la nueva forma de vivir la relación entre el hombre y la mujer (Mt 19,1-9).
Gusta pasar mucho tiempo con sus discípulos. Comparte momentos especiales con Pedro, Santiago y Juan (Mc 9,2). Se hace amigo de Lázaro, Marta y María (Jn 11,5). Toma ejemplos de la naturaleza para ayudar a entender lo que quiere enseñar sobre la “vida verdadera” (Mt 7,16-19; Mt 6,26). Camina mucho, pesca con ellos en el lago, disfruta la tranquilidad de la noche. Comparte la mesa de ricos y pobres (Lc 7,36-50), va a fiestas (Jn 2,1-11), no rehusa comer ni beber (Mt 11,19).
Los acompaña en su proceso de crecimiento como personas y en la maduración de su fe (Lc 9,18-20). Les va enseñando en la práctica a superar el afán de poder (Mc 9,33-35), a no buscar los primeros lugares (Lc 14,7-11), a saber llegar al corazón de las personas (Lc 21,1-4), a poner su fe en Dios y superar los obstáculos de la vida (Mt 6,25-34), a confiar en él como “el único que tiene palabras de vida eterna” (Jn 6,68) y a poner toda su esperanza en el triunfo definitivo del Reino (Mt 20,17-19).
Evalúa sus acciones y cuestiona sus gestos haciéndoles revisar su vida (Mc 9,33). Los ayuda a tener sentido crítico frente a los autoridades del pueblo y a los fariseos (Lc 20,45-47). No deja escapar oportunidad para afianzar la vida de la comunidad y enseñarles a ser servidores de todos (Jn 13,13-15).
La práctica comunitaria de Jesús se extiende a todo su ministerio. El encuentro de cada persona con él se convierte en un compromiso con la comunidad. No es posible una relación con Jesús que sea sólo para sí. Jesús es el “hombre para los demás” y llama a todos a ser como él: “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, yo estoy en medio de ellos” (Mt 18,20). En la comunidad y en el servicio a los demás, se comprende en plenitud el proyecto mismo de la salvación.
La propuesta de Jesús es difícil y exigente. Pero impacta y hace que muchos la sigan, porque llama a vivir lo que él ya ha hecho realidad en su propia vida (Mt 10,38-39).
2.3 Jesús presenta a los jóvenes un estilo de vida.
2.3.1 Orar desde la vida.
La vida de Jesús es una constante alabanza y referencia al Padre. “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a cabo su obra” (Jn 4,34). Con mucha frecuencia, al fin de las actividades de cada día, pasaba las noches enteras en oración, conversando con su Padre (Lc 6,12; Mc 1,35). Esto le permitió vivir en intimidad y llegar a sentirse uno con él: “Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí... El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,9-10) y experimentar la realidad de una vida nueva en Dios y desde Dios (Jn 14,1-31).
Impactados por su manera de rezar y de relacionarse con su Padre, los discípulos le pidieron un día, “¡Señor, enséñanos a orar!” y Jesús les contestó “cuando quieran rezar digan Padre Nuestro...” (Lc 11,1-4). El padrenuestro no es una fórmula para orar sino el compendio del programa de vida de Jesús: que el Reino se haga realidad, que se cumpla siempre la voluntad del Padre, que haya pan en la mesa de todos, que se perdonen las ofensas que separan a los hermanos, que se puedan vencer las tentaciones y que el bien predomine siempre sobre el mal. Así testimonió su relación íntima y de diálogo con su Padre y les dió confianza a los discípulos para que también ellos se animaran a comunicarse de la misma manera con él (Mt 7,7).
La oración fue su alimento diario: no podría haber escuchado y servido a la gente de su pueblo, sin haber escuchado profundamente a Dios. Por eso les advirtió a sus discípulos que “no fueran como los hipócritas que les gusta orar de pie en las sinagogas para ser vistos por la gente” (Mt 6,5) y les enseñó a orar desde la vida y la historia con gestos y palabras (Mt 6,5-8). Oró con la gente del pueblo antes de curarla (Mc 7,34) y de perdonarla (Jn 8,1-11), oró con palabras de aliento y agradecimiento al descubrir las maravillas de Dios (Lc 10,21), oró desde lo más profundo de su corazón cuando se sintió tocado por las necesidades (Lc 9,16) y por el dolor y el sufrimiento de la gente (Jn 11,41) e invitó a orar siempre con insistencia y sin desanimarse (Lc 18,1-8; Lc 11,9-11).
Para ayudar a los discípulos en su proceso de crecimiento en la fe, los invitó a vivir momentos fuertes de oración como el de la transfiguración (Mt 17,1-13) y el del monte de los Olivos (Lc 22,39-43). Su confianza en el Padre llegó a su momento culminante, cuando le entregó su vida en la cruz exclamando “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46).
2.3.2 Construir un proyecto de vida.
Durante los años callados de Nazaret, leyendo con atención las escrituras y mirando detenidamente la situación y las necesidades de su pueblo, Jesús maduró su respuesta y concretó su proyecto de vida. Cuando creyó que había llegado el momento conveniente, lo dió a conocer, comenzó a trabajar para hacerlo realidad, invitó a otros a adherirse a su propuesta y a comprometerse en su seguimiento.
Según la situación de cada uno, llamó a unos, cuestionó a otros, replanteó la vida de muchos. Invitó a Nicodemo a nacer de nuevo (Jn 3,1-8), llamó a Zaqueo a la conversión (Lc 19,1-9), promovió el diálogo entre Marta y María (Lc 10,38-42), ofreció agua viva a la mujer samaritana (Jn 4,1-45), devolvió la vida a la hija de Jairo (Mc 5,21-43), perdonó a la mujer adúltera y le pidió que no pecara más (Jn 8,1-11), invitó a Pedro y a Andrés a ser “pescadores de hombres” (Mc 1,17), propuso un camino de plenitud al joven rico (Mc 10,17-22)...
En la comunidad de los seguidores de Jesús, todo proyecto de vida se inscribe dentro de su gran proyecto: buscar, anunciar y vivir por el Reino de Dios. Los discípulos, guiados por él, fueron descubriendo en el proceso comunitario su propio proyecto personal y fueron comprometiéndose poco a poco. No tuvieron claridad de un día para otro. En algunos momentos se jugaron enteros (Jn 6,67-69) y en otros simplemente temieron (Mc 4,35-41) y procuraron escapar (Mc 14,50). Su compromiso definitivo con Jesús fue fruto de un largo caminar junto a él y de la acción del Espíritu que finalmente les ayudó a “entender toda la verdad” (Jn 16,13).
2.3.3 Solidarizarse con los “caídos del camino”.
Jesús no fue insensible a los pobres, a los abandonados y a los marginados de su época. Sintió compasión de quienes lo seguían porque “estaban como ovejas sin pastor” (Mc 6,32), se detuvo a escuchar el clamor del ciego que gritaba al borde del camino (Lc 19,35-43), atendió a los leprosos que pedían ayuda sin poder acercarse (Lc 17,11-19), curó a la mujer que llegó hasta él para tocar su manto (Lc 9,43-48), resucitó al hijo de la viuda de Naím con cuyo cortejo fúnebre se encontró en la puerta de la ciudad (Lc 7,11-17), reprendió a los discípulos que procuraron apartar a los niños (Mt 19,13-14), consoló a las mujeres que lloraban junto al camino de la cruz (Lc 23,28).
En la parábola del buen samaritano (Lc 10,25-37) mostró cuál es la manera de comportarse ante las necesidades humanas en el Reino de Dios. Con su testimonio y con sus palabras “véte y haz tú lo mismo”, invitó a no pasar de largo, a mirar con ternura y afecto, a detenerse, a levantar y acompañar, a preocuparse por la situación más allá de lo urgente y lo inmediato, a ofrecer una nueva esperanza, en una palabra, llamó a hacerse prójimo de los “caídos del camino”, a no ser indiferentes a las situaciones de marginalidad y a compartir en ellos la pasión de toda la humanidad.
2.3.4 Amar con corazón entero.
Las personas que se encontraban con Jesús sentían su afecto y la calidez de su acogida. Fue capaz de dar a cada uno su lugar, de aceptar y respetar la particularidad de cada situación y de cada proceso, de ofrecer siempre su amistad, de entregar su vida por los que amaba, de abrir a todos el camino para el encuentro con el Padre (Lc 3,10-14): nadie pudo sentirse excluído de su amor. Cuando quiso dejar el testamento de su vida, habló del mandamiento nuevo: “ámense unos a otros como yo los he amado... ustedes son mis amigos si cumplen lo que les mando” (Jn 15,12-14; Jn 13,34), porque “no hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15,12).
El amor está en el corazón de toda experiencia de encuentro con Jesús. Es el mayor don que se recibe del Padre y el más grande don que se puede dar. Constituye la cumbre y la clave de toda vida humana. Será el distintivo por el que el mundo reconocerá a los verdaderos discípulos de Jesús (Jn 13,35). El amor entre los hermanos se expresa con cariño y ternura, restaura las heridas, desarrolla la personalidad, confía en las personas, es capaz de perdonar y ser misericordioso, hace gustar y disfrutar la vida.
Jesús invita a los jóvenes a vivir un estilo de vida en el amor, a anunciar con sus vidas alegres e intensas que el amor auténtico es posible y a reconocer en ese camino que recorren con fe y valentía la presencia del Dios de la Vida. Se trata de ser capaces de dialogar, de aprender a escuchar y compartir, de ser constantes y perseverantes en los compromisos asumidos, de mirar los intereses de los demás antes que los propios, de entregar las propias capacidades sin esperar recompensa, de ir dando la vida en las acciones humildes y sencillas de cada día. Se trata, definitivamente, de ser testigos de la Civilización del Amor.
2.3.5 Perdonar y ser perdonado.
El amor supone y exige el perdón, que es parte integral de la conducta humana y del nuevo estilo de vida que propone Jesús. Como don de Dios, el perdón libera de las ataduras del pecado personal y social, derriba los muros que se crean entre las personas, los pueblos y las culturas; favorece la vida en el amor y en la felicidad y hace posible ir construyendo juntos una sociedad más justa, fraterna y solidaria.
El perdón no es una palabra o un barniz exterior sino un gesto gratuito que nace del interior de la persona, exige arrepentimiento y cambio del corazón y abre las puertas al encuentro de unos con otros como hermanos.
Jesús mostró a Dios como un padre misericordioso y lleno de ternura, que no duda en salir a recibir con afecto y cariño al hijo que regresa a casa tras haberse alejado de su amor y haber malgastado su herencia. No pregunta por qué se fue, qué hizo ni dónde estuvo: lo acoge, lo perdona y lo restituye en su lugar y en su dignidad de hijo (Lc 15,11-32).
El mismo perdonó a quienes se arrepintieron, prometieron cambiar de vida y reafirmaron su compromiso de seguirle: Zaqueo (Lc 19,1-10), la Magdalena (Jn 8,3-11), el paralítico (Lc 5,18-26), Pedro (Jn 21,15-17) y en la hora de su muerte, el ladrón arrepentido (Lc 23,43) y sus mismos ejecutores (Lc 23,34). Enseñó a sus discípulos a perdonar siempre, como ellos son perdonados (Mt 6,12), todas las veces que fuere necesario (Mt 18,21), para ser como el Padre del Cielo (Mt 5,48) “que hace brillar el sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e injustos” (Mt 6,45).
2.3.6 Dignificar la vida de la mujer.
En una sociedad donde las mujeres estaban sometidas, no eran consideradas y no tenían posibilidades de participar en la vida del pueblo, Jesús tuvo con ellas un comportamiento muy especial. Las miró con amor, las respetó, las trató con dignidad y las valoró como personas. Muchas mujeres lo siguieron, lo escucharon y lo estimaron: Marta y María, sus amigas (Lc 10,38ss), María Magdalena (Jn 20,1-2), la adúltera (Jn 8,1-11); la samaritana (Jn 4,1-30), la mujer que derramó perfume sobre su cabeza (Mt 26,6-16). Ellas fueron las primeras testigos de la resurrección (Mc 16,5-7) y las enviadas a anunciarla a los discípulos (Mc 16,9-10).
2.4 Jesús invita a los jóvenes a seguirlo.
Miren al Señor, ¿qué ven? ¿Un hombre sabio? ¡No! ¡Más que eso! ¿Un profeta? !Sí! ¡Pero más aún! ¿Un reformador social? ¡Mucho más, mucho más! Miren al Señor con ojos atentos y descubrirán en él, el rostro mismo de Dios. Jesús es la palabra que Dios tenía para decir al mundo”17.
2.4.1 “Sígueme”.
Jesús invitó frecuentemente a quienes lo escuchaban a seguirlo: “vengan y vean” (Jn 1,39), “si quieres ser perfecto, véte, vende todo lo que tienes y dálo a los pobres; y luego ven y sígueme” (Mt 19, 21), “el que pone la mano en el arado y mira atrás, no sirve para el Reino de Dios” (Lc 9,62), “vayan, pero sepan que los envío como corderos en medio de lobos. No lleven bolsa, ni saco, ni sandalias...” (Lc 10,3-4), “vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda creatura” (Mc 16,15).
No se puede ser cristiano al margen de la figura histórica de Jesús de Nazaret. Ser cristiano no es adherir a una doctrina, a unos ritos o a unas tradiciones religiosas. Ser cristiano es seguir a Jesús (Mt 9,9), estar con él (Jn 1,39), hacerse su discípulo (Act 11,26). Seguir a Jesús implicó para los apóstoles reconocerlo como señor, aceptar su proyecto, comenzar a vivir su estilo de vida evangélico, entrar a formar parte de su comunidad, participar de su misión y dejarse guiar por su Espíritu.
Aunque hubo momentos de alegría y plenitud (Lc 10,17; Mt 17,4; Lc 20,37-38) no les fue fácil seguirlo siempre en su peregrinar por Palestina, especialmente cuando encontraron que sus palabras eran “muy duras” (Jn 6,60-69) o cuando tuvieron que enfrentar primero el anuncio (Mt 16,22-23) y luego la realidad de la llegada del momento final de la crucifixión (Mc 14,50). Por eso, antes de partir, prometió enviarles su Espíritu (Jn 16,13) como fuerza para animar, vivificar, guiar, y llevar a plenitud el seguimiento de Jesús.
2.4.2 “Toma tu cruz y sígueme”.
El seguimiento de Jesús pasa por la cruz: “si alguien quiere seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz de cada día y sígame” (Lc 9,23).
No le fue fácil a Jesús enfrentar la realidad de la cruz. En el momento culminante de su vida, pidió a sus amigos más cercanos que lo acompañaran (Mt 26,36-46), rogó al Padre que le evitara sufrir esa prueba (Mt 26,42), se sintió defraudado por la traición de Judas (Lc 22,48), por la actitud de Pedro (Jn 18,10-11) y por la huída de sus discípulos (Mt 26,56). Llegó al Calvario casi solo, acompañado únicamente por Juan, su madre y algunas mujeres (Jn 19,25-26). Pero aún así tuvo valor y coraje para aceptar con serenidad la voluntad del Padre (Mc 14,36), para entregarse a quienes lo iban a condenar (Mc14,42) y para llegar hasta la cruz y ofrecer su vida por la salvación del mundo (Jn 19,30).
Tampoco fue fácil para los discípulos. Pese a haber estado tres años junto a Jesús, no pudieron entender lo que estaba sucediendo. Con la vida por delante parecían caer muchos de sus proyectos y esperanzas.
2.4.3 “Yo soy la Resurreción y la Vida”.
Muy temprano en la mañana, el día de la pascua, los discípulos fueron al sepulcro y encontraron que la tumba estaba vacía (Jn 20,1-9). Jesús había triunfado sobre la muerte y había “pasado” de la muerte a la vida. “Dios lo resucitó, liberándolo de los dolores de la muerte, porque la muerte no podía tenerlo dominado” (Act 2,24). “Una vez resucitado de entre los muertos, no muere más. La muerte ya no tiene dominio sobre él, porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre y su vivir es ahora un vivir para Dios” (Rm 6,9-10).
El anuncio de la resurrección de Jesús transformó la vida de los discípulos e hizo que su dolor se convirtiera en alegría (Mt 28,8; Jn 21,7). Los primeros relatos reflejan el dinamismo, la alegría y la certeza de que la vida nueva ofrecida por Jesús se había hecho para siempre realidad: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá. El que vive por la fe en mí, no morirá para siempre” (Jn 11,25-26).
Apenas recibido el don del Espíritu Santo, los discípulos de la pequeña Iglesia joven salieron a proclamar con entusiasmo esta Buena Noticia (Act 2,14-40). No siempre fueron escuchados (Act 2,12-13), tuvieron que sufrir muchas incomprensiones y superar tiempos de persecución (Act 4,3). Pero nunca abandonaron su nueva misión de ser “testigos de la resurrección” (Act 2,32).
2.4.4 “Para que tengan vida en abundancia”.
Jesús continúa ofreciendo hoy a todos sus seguidores la plenitud de vida de la resurrección. “Del encuentro con Jesús surge la vida. Lejos de él sólo hay oscuridad y muerte. Ustedes tienen sed de vida. ¿De qué vida? ¡De la vida eterna!. Búsquenla y hállenla en quien no sólo da la vida sino en quien es la Vida misma. !Él! Este es, mis amigos, el mensaje de la vida: ¡Busquen a Cristo! ¡Miren a Cristo! ¡Vivan en Cristo!”18.
Jesús sigue invitando a encontrar en él, el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6), el pan de vida (Jn 6,1-71), la luz (Jn 8,12), la puerta (Jn 10,7), el buen pastor (Jn 10,11-14), la palabra viva de Dios (Jn 1,14), el Cristo, Hijo de Dios vivo (Mt 16,16), el Señor Resucitado (Jn 20-21), el principio y el fin, el que es, el que era y el que vendrá, el Señor del universo (Ap 1,8).
2.4.5 “Se puso a caminar con ellos”.
Sigue invitando, también, a recorrer con él el camino de los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35). Se hace presente en medio de ellos como “compañero de camino”, comparte los acontecimientos de la vida y las experiencias que los afectan, escucha con atención sus relatos, los ayuda a entender lo sucedido en esos días en Jerusalén explicándoles las escrituras y al fin del camino se queda con ellos para compartir el pan y darse a conocer en plenitud. El encuentro con Jesús Resucitado tiene su momento culminante en la mesa de la eucaristía donde se renueva con gozo y esperanza la celebración de su muerte y resurrección.
El encuentro con Jesús les cambió la perspectiva, los hizo pasar de la tristeza a la alegría de sentir “arder sus corazones” (Lc 24,32) y les ayudó a descubrir el sentido más profundo de sus vidas y de la historia. Es lo mismo que sigue sucediendo con los jóvenes de hoy cuando recorren el camino de Emaús.
2.4.6 “No seas incrédulo, sino creyente”.
Si había sido difícil para los discípulos aceptar la condena y muerte de Jesús, mucho más fue para algunos de ellos creer en su resurrección. Tomás no estaba con los demás cuando Jesús se apareció después de haber resucitado. Las palabras y el testimonio de sus compañeros no fueron suficientes. No se convenció hasta que pudo poner sus manos en el lugar de los clavos y en las heridas del costado (Jn 20,27).
Pese a haber pasado mucho tiempo junto a él y haberse iniciado en su seguimiento, cuando llegó la hora de la fe y del compromiso, dudó. Jesús no quiso que Tomás quedara en el camino y por eso volvió a buscarlo e invitarlo a que se reencontrara con él, descubriera toda la verdad y recibiera su invitación “no seas incrédulo, sino creyente”, a la que Tomás sólo pudo responder: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20,28). La experiencia de Tomás es también la experiencia de muchos jóvenes seguidores de Jesús.
2.4.7 “¿Me amas tú más que éstos?”.
Jesús quería mucho a Pedro. Había participado del proceso de formación personal y comunitaria que realizó con sus discípulos en el grupo de los Doce. Lo conocía muy a fondo. Sabía de su valor (Jn 18,10) y decisión (Mt 26,35) y sabía también de su euforia momentánea (Jn 13,6-9) y de su debilidad (Mt 15,30). Pedro lo reconoció como Mesías (Mc 8,27-29) pero le costó aceptar que la cruz se hiciera presente en su vida (Mc 8,31-33). Pese a sentirse fuerte y con coraje, el susto y el miedo pudieron más a la hora de jugarse por Jesús y negó tres veces haberlo conocido (Mt 26,69-75). Jesús comprendió a Pedro, superó el dolor de la traición y no abandonó su amistad. Habían pasado mucho tiempo juntos y quería contar con él para continuar el anuncio y la construcción de su Reino. En el reencuentro después de la resurrección, preguntó tres veces a Pedro si lo quería (Jn 21,15-17) hasta que logró el reconocimiento de su debilidad y la renovación de su fe y adhesión plena. La insistencia de Jesús le ayudó a ver que su seguimiento no puede ser sólo emotivo sino que es un compromiso que implica todo la vida y todo su ser.
Jesús pide lo mismo a los jóvenes de hoy. Es fácil responderle por primera vez. Pero cuando se ha hecho la experiencia de caminar junto a él se descubren las exigencias de su Reino y se hace más difícil seguirlo. Los jóvenes comprometidos en el seguimiento de Jesús están invitados, como Pedro, a repetir por tercera vez: “Señor, tú sabes todo, tú sabes que te quiero” (Jn 21,17).
2.4.8 “¡Levántate y anda!”.
Impacta la sensibilidad de Jesús frente a la debilidad, la enfermedad y la muerte de los niños y de los jóvenes. Cura al sirviente del capitán de Cafarnaúm (Mt 8,5-13), resucita a la hija de Jairo (Mc 5,21-43), expulsa un demonio de la hija de la mujer sirofenicia (Mc 7,24-30), maldice a quienes escandalizan a los niños (Mt 18,6), cura al joven epiléctico cuyo espíritu malo los discípulos no habían podido expulsar (Lc 9,37-43).
Pero el signo más claro de esta preocupación de Jesús para que los jóvenes lleguen a vivir su vida en plenitud fue lo sucedido a la entrada del pueblo de Naím. Al hijo único de su madre viuda que llevaban a enterrar, Jesús le dice: “Joven, yo te lo ordeno: ¡levántate!”. Y vuelto a la vida, se lo entregó a su madre (Lc 7,11-17). Su misma voz se sigue sintiendo hoy para animar a tantos jóvenes caídos y desanimados por las dificultades de la vida que les toca enfrentar.
“¡Joven, levántate!. Participa en la incansable tarea de anunciar el Evangelio, de cuidar con ternura a los que sufren en esta tierra y buscan maneras de construir un país justo y en paz. La fe en Jesús nos enseña que vale la pena defender al inocente, al oprimido, al pobre, que vale la pena sufrir para atenuar el sufrimiento de los demás!”.
¡Joven, levántate!. Estás llamado a ser un buscador apasionado de la verdad, un cultivador incansable de la bondad, un hombre y una mujer con vocación de santidad. Que las dificultades que te tocan vivir no sean obstáculo a tu amor, a tu generosidad, sino un fuerte desafío. No te canses de servir, no calles la verdad, supera tus temores, sé consciente de tus propios límites personales. Tienes que ser fuerte y valiente, lúcido y perseverante. No te dejes seducir por la violencia y las mil razones que aparentan justificarla. Se equivoca el que dice que pasando por ella se lograrán la justicia y la paz”19.


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