Civilizacion del amor tarea y esperanza


LA ACCION CATOLICA GENERAL



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3. LA ACCION CATOLICA GENERAL.
En la década de 1930 a 1940, se difundió con diversa intensidad en las Iglesias de América Latina, la Acción Católica General, según el modelo italiano, con sus diversas ramas según las diversas edades y sexos.
Este movimiento eminentemente laical, fruto de la inspiración de Pío XI, marcó a la Iglesia durante un largo período que llegó prácticamente hasta el Concilio Vaticano II y tuvo gran influencia en la formación de los jóvenes católicos.
La toma de conciencia del fenómeno de “descristianización” exigía una revitalización y empuje de todas las fuerzas vivas de la Iglesia en orden a la recristianización de la sociedad, fundamentalmente en sus áreas urbanas.
El objetivo fundamental de esta “acción” era apoyar al laicado militante, preservándolo de las influencias secularizantes de las ideologías y políticas de la época y formándolo en una conciencia social de participación en los ambientes de la sociedad donde no llegaban los sacerdotes y donde, por su testimonio, el mensaje evangélico y la Doctrina Social de la Iglesia pudieran concretar experiencias de organización social que defendieran la promoción y los derechos de la Iglesia en la vida de la sociedad.
Aunque partía del supuesto de que los laicos participaban en el apostolado no por derecho propio sino por haber recibido un mandato especial de la jerarquía, la Acción Católica General significó una siembra y una escuela multiplicadora de formación, participación y promoción de los laicos en la vida y misión de la Iglesia. Fue como la matriz fundadora de los dinamismos de organización laical con fines apostólicos que se desarrollarían luego en la segunda mitad del siglo XX.
Acompañó y fecundó los tiempos de superación de un rostro excesivamente clerical de la Iglesia por la apertura a la dimensión de “Cuerpo Místico” y a la dinámica de los estudios eclesiológicos y experiencias pastorales que prepararon el Concilio Vaticano II.
A fines de la década de 1950, parece agotarse su ciclo de mayor pujanza. No ha habido una reflexión profunda acerca de las causas de esta crisis en América Latina. Parece que no basta señalar como explicación fundamental su carácter “preconciliar”, dado que en países como Argentina y México conservó su vigencia y hasta se pueden apreciar en los últimos años algunos esfuerzos para su difusión, revitalización y reivindicación como interlocutora de todo apostolado laical organizado.
Parece más bien, que la crisis de la Acción Católica tiene su origen en la desarticulación, dispersión y aislamiento de sus integrantes; en el surgimiento de nuevas formas de grupos asociativos y en la insuficiente revisión y proyección de una pastoral orgánica de movimientos de apostolado laical, sobre cuya necesidad advirtió ya el documento de Puebla (P 806-810).
4. LA ACCION CATOLICA ESPECIALIZADA.
Desde el final de la década de 1940, comienzan a difundirse en América Latina los movimientos laicales conocidos como movimientos ambientales, que surgen como continuidad y ruptura a la vez, con la Acción Católica General.
Nacen principalmente en Francia y en Bélgica y los más conocidos son la Juventud Obrera Católica (JOC), la Juventud Agraria Católica (JAC), la Juventud Estudiantil Católica (JEC), la Juventud Universitaria Católica (JUC) y la Juventud Independiente Católica (JIC). De la JOC surgirá más tarde con características propias el Movimiento Obrero de Acción Católica (MOAC), del mismo modo que los universitarios formarán el Movimiento Cristiano Universitario (MCU) para asumir el acompañamiento a los militantes que pasaban al mundo adulto y se abrían a otras experiencias y compromisos.
La mística apostólica de estos Movimientos se desarrolla a partir de la toma de conciencia de los cambios de la realidad social y cultural, del valor de la especificidad y de la necesidad de “humanización” y “evangelización” de los medios sociales que no habían sido suficientemente “cristianizados” o sufrían particularmente el impacto de la secularización.
Los cambios de la realidad hacen descubrir la necesidad de buscar respuestas pastorales más adecuadas a las nuevas exigencias que se plantean. Se revaloriza la convicción de que los obreros son y deben ser los mejores evangelizadores de los obreros y los estudiantes, los mejores evangelizadores de los estudiantes, como será enseñado explícitamente más adelante por el Magisterio eclesial.
Estos Movimientos promueven un renovado plan evangelizador que se fundamenta, por una parte, en partir de las problemáticas, solidaridades y desafíos de los diversos grupos sociales campesinos, estudiantes, obreros y universitarios, y por otra parte, en la puesta en práctica de una nueva sensibilidad y pedagogía pastoral que subraya el testimonio cristiano, adopta la metodología más inductiva del “ver-juzgar-actuar” y privilegia el valor del “compromiso” para la promoción de los respectivos ambientes en perspectiva de la transformación social.
Se organizan en “equipos de base”, pequeñas comunidades donde se revisa la acción de los militantes en su medio a la luz de la fe y se procura superar el divorcio entre la fe y la vida, desarrollando una pedagogía activa, promoviendo la formación en la acción y utilizando el método de la “revisión de vida”.
Tuvieron su momento más pujante durante el tiempo de preparación y difusión del espíritu conciliar. Ofrecieron un buen aporte a renovadas intuiciones teológicas y sensibilidades pastorales y una experiencia histórica que fue preparando la opción preferencial por los pobres, un modelo de Iglesia como pueblo organizado y camino de liberación y una reflexión que se desarrollaría luego como la Teología de la Liberación.
Durante los años sesenta, su historia está marcada por una doble orientación. Por una parte, su intento de asumir el desafío de ser una presencia fermental de Iglesia en los sectores sociales más dinámicos del convulsionado proceso sociopolítico latinoamericano de esos años. Por otra parte, su participación crítica en la dinámica de las transformaciones pastorales de la Iglesia, originadas por el impulso renovador del Concilio Vaticano II y los documentos de la Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Medellín. A fines de esa década, muchos de estos Movimientos llegaron a vivir momentos culminantes y de crisis en los que estuvo en juego hasta su propia existencia.
La densidad y criticidad de los desafíos que quisieron asumir en ese contexto eclesial y social tan tumultuoso superó muchas veces su capacidad de asimilación y crecimiento. La falta de un mayor acompañamiento pastoral y su propia impaciencia por lograr los cambios de manera inmediata produjo una crisis de comunión eclesial acentuada por el ritmo lento del proceso de renovación y puesta en marcha de la pastoral de conjunto liberadora y transformadora proclamada en las orientaciones de los documentos eclesiales.
Sufrieron también la influencia de las radicalizaciones y contradicciones de las sociedades latinoamericanas de la época y muchos de ellos se vieron envueltos en un proceso muy politizado e ideologizado que ofuscó su intencionalidad y horizonte evangelizador y los hizo destinatarios directos de la acción de las fuerzas represivas que dominaron el continente a partir de la década del setenta.
Pero el esfuerzo no fue inútil. Aunque muchos militantes se alejaron de la Iglesia y muchos grupos y Movimientos casi desaparecieron como tales, al poco tiempo surgieron nuevas expresiones eclesiales que incorporaron esta pedagogía y estas propuestas pastorales renovadoras.
Algunos de esos Movimientos se han reorganizado y continúan su acción pastoral en diversos países del continente, teniendo, como el MIEC-JECI, la JOC-América y el MIJARC, su propia coordinación a nivel continental. Animados por el nuevo impulso dado a las Pastorales Específicas de Juventud, vuelve a hacerse actual para ellos, el desafío de ser presencia evangelizadora coherente e incisiva en esos espacios “ambientales” tan determinantes en la actual realidad de América Latina.
5. LOS MOVIMIENTOS DE ENCUENTRO.
La desarticulación de los Movimentos de Acción Católica provocó un retroceso significativo en la trayectoria de la Pastoral Juvenil. A partir de 1970 surgió con rapidez una nueva manera de trabajar con los jóvenes que en algunos lugares aún se mantiene vigente: los Movimientos de Encuentro. Según los países fueron adquiriendo nombres diferentes, pero todos tienen como elemento común el inspirarse en la metodología de los Cursillos de Cristiandad, movimiento para la evangelización de los adultos, nacido en España.
Estos Movimientos reunían jóvenes en encuentros de fin de semana, para los que se utilizaba una metodología de impacto emocional. Los encuentros eran coordinados por adultos y los jóvenes sólo desarrollaban tareas secundarias. Buscaban resolver principalmente los problemas personales de los jóvenes, pues consideraban que las raíces de los problemas sociales estaban en el egoísmo de los individuos y creían que cambiando a los jóvenes se cambiaría automáticamente la sociedad, como si las estructuras económicas, políticas y sociales no influyeran en las personas y como si éstas no pudieran a su vez influir en las estructuras.
En un primer momento, estos Movimientos tuvieron mucho éxito. Muchas diócesis tenían su movimiento de jóvenes. En los encuentros de fin de semana se lograban transformaciones impactantes. Los jóvenes volvían a las parroquias entusiasmados, hablando de Jesucristo y queriendo participar en la comunidad. A través de los encuentros, muchos llegaron a participar por primera vez en la Iglesia.
Pero las dificultades aparecían después del encuentro. La emoción duraba poco, y como no había una propuesta clara de continuidad, muchos jóvenes volvían fácilmente a su vida anterior. El nacimiento de una pastoral juvenil orgánica será un paso importante para garantizar esa continuidad. Muchos jóvenes formados en los Encuentros ayudarían a dar el paso de los Movimientos de Encuentro a la Pastoral Juvenil.
A pesar de estas limitaciones, los Movimientos de Encuentro tuvieron elementos positivos: acercaron a los jóvenes a la Iglesia y la presentaron como una realidad más atrayente, en la que se valoraban los aspectos comunitarios y se procuraba estar atentos a los problemas de los jóvenes. Los Encuentros promovieron también el surgimiento de un gran número de grupos juveniles en las parroquias y, en muchos casos, fueron la base para constituir lo que hoy llamamos Pastoral Juvenil.
En contacto con ella, algunos Movimientos de Encuentro fueron evolucionando e incorporando nuevos elementos que enriquecieron su propuesta evangelizadora e hicieron posible un trabajo más en común con la Pastoral Juvenil Orgánica.
6. LOS MOVIMIENTOS INTERNACIONALES.
A partir de 1980, crecen y se desarrollan una serie de Movimientos Internacionales como los Cursillos de Cristiandad, los Focolares, la Renovación Carismática, el Neocatecumenado, los Encuentros Matrimoniales, Comunión y Liberación y otros. Algunos de ellos desarrollan un trabajo específico también con los jóvenes. Se diferencian de las organizaciones anteriores porque ponen un énfasis especial en la espiritualidad por encima de la preocupación por la misión en el mundo y su transformación.
Estos Movimientos se caracterizan porque:
* Son internacionales, es decir, reclutan sus propios cuadros, dirigentes y sacerdotes, independientemente de las Iglesias locales. Con frecuencia, están ausentes de sus planificaciones pastorales porque responden a orientaciones que vienen de sus centros internacionales. Su referencia no es el mundo de las Iglesias locales latinoamericanas, con las contradicciones, problemas y conflictos de un pueblo empobrecido, sino una clase media homogénea y transnacional. Sus materiales son elaborados y traídos desde el centro, sin tener en cuenta las características culturales propias de cada realidad.
* Muchos de ellos crecen rápidamente porque muestran una eficiencia superior a la de las pastorales locales, pues disponen de recursos y medios que les permiten ser autónomos en la organización y realización de sus actividades.
* Buena parte de los logros que consiguen derivan, en buena parte, de su capacidad para usar dos fuerzas psicológicas importantes: la experiencia de conversión, que lleva a la adhesión al movimiento y la experiencia de fraternidad, que deja a la persona con la sensación de que no está sola y tiene el apoyo efectivo de otros.
* Consiguen atraer a jóvenes de las clases medias porque les ofrecen un mensaje adaptado a su condición, la alegría, las emociones y sensaciones de felicidad que buscan y la seguridad e identidad que no encuentran en las situaciones que les plantea la cultura postmoderna.
* No insisten demasiado en la formación teológica. El mensaje que plantean es sencillo y comprensible para los laicos y éstos pueden habilitarse fácilmente para repetirlo. Acentúan más la emotividad y la sensibilidad y generalmente no despiertan la conciencia crítica ante la realidad.
El surgimiento y crecimiento de estos Movimientos Internacionales no puede ser ignorado por la Pastoral Juvenil Orgánica que está desafiada a encontrar una forma de relacionarse con ellos, de ayudarlos a percibir que el seguimiento de Jesús no se reduce a los dramas personales y familiares sino que es un compromiso con el drama de la humanidad y de hacer que su propuesta tenga un contenido liberador y transformador de la realidad latinoamericana. Así se podrá hacer realidad la recomendación de Santo Domingo: “es necesario acompañar a los movimientos en un proceso de inculturación más decidido y alentar la formación de movimientos con una mayor impronta latinoamericana” (SD 102).
7. LA PASTORAL JUVENIL ORGANICA.
Es la nueva forma de trabajar con los jóvenes que comienza a nacer en casi todos los países de América Latina a partir de la segunda mitad de la década del setenta y que se conoce comúnmente con el nombre de Pastoral Juvenil.
La Pastoral Juvenil surge a partir de una necesidad sentida por la coordinación de los grupos juveniles en sus diferentes niveles, parroquial, zonal, diocesana, regional y nacional. Varios factores influyeron para que esta respuesta se concretara y se hiciera realidad.
Entre ellos, podemos citar:
* Las limitaciones y la falta de continuidad de los Movimientos de Encuentro.
En un principio, éstas se atribuyeron a la inconstancia de los jóvenes. Pero muy pronto muchos agentes pastorales descubrieron que el problema central era la metodología utilizada y que la educación de la fe exigía un proceso más complejo, más lento y más comprehensivo que la experiencia emocional de un fin de semana. No se podía esperar un compromiso duradero después de una experiencia tan breve por más fuerte que ésta fuera.
* La dispersión y el aislamiento de los grupos juveniles.
Los Movimientos de Encuentro favorecieron la formación de gran cantidad de grupos juveniles en las parroquias y comunidades. Pero, en poco tiempo, estos grupos sin mayores recursos, agotaron sus posibilidades de crecimiento y de retroalimentación. Sin intercambio con otras experiencias y sin la cobertura de un organismo que les proporcione ayudas y condiciones de contacto con la realidad global, se estancan, retroceden y mueren. Para la vitalidad de cualquier experiencia en este campo, es indispensable la comunicación con otros intentos y realizaciones. La falta de este intercambio fue una de las causas de la corta existencia de muchas y buenas iniciativas y el fermento de la búsqueda de alternativas nuevas.
* La falta de objetivos claros.
Además de esta dispersión empobrecedora, fue muy grave también la falta de claridad respecto a los objetivos de la acción. Muchos sabían decir muy bien “qué” estaban haciendo y “cómo” lo estaban haciendo, pero pocos podían definir claramente “para qué” lo estaban haciendo, es decir, faltaban objetivos claros para la acción.
Convocar, atraer, agrupar, hacer vibrar a los jóvenes en torno a la amistad, a los valores de la fe y del Evangelio no es difícil. El problema es continuar y perseverar cuando ya no hay novedad, cuando disminuye la motivación y cuando no se tiene lucidez sobre lo que se quiere o se busca.
* Las pequeñas comunidades eclesiales y la pastoral de conjunto.
Otro factor importante que influyó en el nacimiento de la Pastoral Juvenil Orgánica fue la evolución de la propia pastoral de la Iglesia. Después del Concilio Vaticano II, de Medellín y de Puebla, la Iglesia Latinoamericana insistió cada vez más en la importancia de las pequeñas comunidades eclesiales y en la necesidad de sumar las fuerzas pastorales en una pastoral de conjunto. La Pastoral Juvenil Orgánica es reflejo de este caminar de la Iglesia en los últimos años, en la medida en que parte de pequeños grupos de base en las comunidades y procura evitar la dispersión por medio de una pastoral coordinada y planificada.
* Los procesos de planificación participativa.
También fue decisivo para la creación y el fortalecimiento de la Pastoral Juvenil, el desarrollo de los procesos de planificación participativa a partir de la realidad. En ellos se descubrió que no se puede implementar una pastoral juvenil sin la participación de sus actores inmediatos, los mismos jóvenes. La posibilidad de opinar, debatir, presentar propuestas y tomar decisiones los hizo sentirse “sujetos”, les ayudó a ver que la pastoral era de los jóvenes y los llevó a participar con mayor entusiasmo en la definición del nuevo modelo como medio e instrumento para construir una nueva Iglesia y una nueva sociedad.
* El nuevo lugar de los jóvenes.
Los anhelos de libertad política comenzaban a mover nuevamente a los jóvenes y se sentía la necesidad de una pastoral que no pensase solamente en su participación en la vida interna de la Iglesia sino en su misión en medio de la sociedad. La necesidad de formar militantes para ser fermento del Reino en el mundo volvía a tener la fuerza y la vigencia de la época de la Acción Católica Especializada.
Esta renovada presencia y protagonismo de los jóvenes se vio fortalecido por la opción preferencial por los pobres y por los jóvenes hecha por la Iglesia Latinoamericana en la Tercera Conferencia General del Episcopado realizada en Puebla en 1979 y por el Año Internacional de la Juventud promovido por las Naciones Unidas en 1985.
Desde el inicio de la década del ochenta se trabaja en la sistematización y definición del marco teórico de la Pastoral Juvenil. Numerosas reuniones, asambleas, cursos, documentos, escritos, etc. en un proceso ampliamente participativo, van recogiendo y sistematizando las experiencias y dando forma a la nueva propuesta. Ese camino continúa todavía hoy, porque no se trata de un proyecto cerrado y definitivo sino de un proyecto abierto a integrar las nuevas situaciones y realidades del mundo y de la historia y las nuevas propuestas evangelizadoras que van surgiendo constantemente.
8. EL CELAM Y LA PASTORAL JUVENIL LATINOAMERICANA.
El Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) tuvo una participación muy activa en la animación y consolidación de esta propuesta de la Pastoral Juvenil.
En 1968, la Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano reunida en Medellín, estimulada por la importancia que el Papa Pablo VI dio a la juventud cuando afirmó en su Discurso Inaugural que era un tema “digno del máximo interés y de grandísima utilidad”, dedicó su Documento nº 5 a la Juventud. Fue la primera vez que se produjo en el continente, un documento oficial de la Iglesia sobre el tema. Medellín se constituyó así en la fuerza generadora y renovadora del proceso de pastoral juvenil que avanza hoy en el continente.
En febrero de 1976, el CELAM respondiendo a una de las cuatro prioridades establecidas en su primer Plan Global, creó la Sección de Juventud (SEJ). Sus primeras acciones estuvieron dirigidas al descubrimiento de los grandes problemas y tendencias del mundo de los jóvenes, en vistas a realizar una reflexión teológica que brindara una orientación clara y coherente para promover la implementación de una pastoral juvenil orgánica en el continente.
Promovió también el intercambio entre los países y su participación activa en la preparación de la Tercera Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, convocando durante 1977 y 1978 Encuentros Regionales de Pastoral Juvenil que se realizaron en Bogotá, México y Puntas de Tralca (Chile).
Fruto de esos primeros pasos de organización continental y de la creciente presencia de los jóvenes y de la pastoral juvenil en la vida de las comunidades parroquiales y diocesanas, fue la opción preferencial por los jóvenes proclamada en Puebla, en enero de 1979. De la misma Tercera Conferencia saldrá la decisión de proponer como meta y desafío para la juventud latinoamericana, la construcción de la Civilización del Amor13.
Desde Puebla, a través de numerosos y diversos programas, la Sección de Juventud se ha convertido en importante fuerza dinamizadora de la animación, del estudio y la investigación, de la formación de agentes pastorales y de la difusión de las orientaciones y propuestas de la Pastoral Juvenil en el continente.
8.1 Los Encuentros Latinoamericanos.
A partir de 1983, el medio principal para el crecimiento, maduración y consolidación de este proceso ha sido la realización de los Encuentros Latinoamericanos de Responsables Nacionales de Pastoral Juvenil. Convocados por la Sección de Juventud, fueron invitados a participar los Obispos Responsables de Pastoral Juvenil de las Conferencias Episcopales, los Secretarios Ejecutivos de las Comisiones Nacionales o Episcopales de los países y un joven y una joven comprometidos en el trabajo nacional de este campo de la acción pastoral.
Con el paso del tiempo, los Encuentros Latinoamericanos se convirtieron en un espacio privilegiado de comunión y participación para obispos, sacerdotes y jóvenes que trabajan en la Pastoral Juvenil. El intercambio de experiencias y la reflexión teológico-pastoral que han generado permitieron ir elaborando una propuesta global, la Civilización del Amor; una metodología para el trabajo grupal y una pedagogía para acompañar los procesos de formación humana y cristiana de los jóvenes que han sido un gran aporte para dinamizar la acción evangelizadora de las Comisiones Episcopales de Pastoral Juvenil del continente.
El valor de los aportes realizados en estos Encuentros radica en que no se trata de reflexiones teóricas sino de experiencias vividas que se han recogido, organizado, reflexionado y sistematizado, para ofrecerse luego como orientación de la acción pastoral.
La experiencia que gestó la convocatoria de estos Encuentros Latinoamericanos fue la realización de un Encuentro de Responsables Nacionales de Pastoral Juvenil del Cono Sur, realizado en Buenos Aires, Argentina, el 29-30 de diciembre de 1982, al que fue invitado a participar el Secretario Ejecutivo de la Sección de Juventud del CELAM.
Se han realizado ya diez encuentros, de los que se presenta aquí una breve descripción:
* El primero, se realizó del 17 al 21 de noviembre de 1983 en Fusagasugá, Colombia, con la participación de 30 delegados de 12 países. Se hizo un primer esbozo de los elementos a tener en cuenta para una formulación de la propuesta de la Civilización del Amor.
* El segundo, se realizó del 28 de julio al 2 de agosto de 1984 en Zipaquirá, Colombia, con la participación de 33 delegados de 11 países. Se preparó un aporte para la celebración del Año Internacional de la Juventud, como una aproximación al tema de la Civilización del Amor. Se elaboró y publicó el “Credo” y el “Decálogo de la Civilización del Amor”.
* El tercero, se realizó del 10 al 16 de noviembre de 1985 en Bogotá, Colombia, con la participación de 36 delegados de 14 países. Se hizo una evaluación de las actividades desarrolladas durante el Año Internacional de la Juventud; se comenzó a trabajar en un proyecto de “Directorio” que contuviera unas líneas operativas comunes para la acción de la pastoral juvenil en el continente, se inició el estudio de la Pastoral Juvenil de los Medios Específicos, se envió un mensaje a los jóvenes titulado “Como Jóvenes Cristianos Latinoamericanos a los Jóvenes de América Latina” y se planteó por primera vez la idea de realizar un “Concilio Latinoamericano de Jóvenes”.
* El cuarto, se realizó del 19 al 25 de octubre de 1986 en Bogotá, Colombia, con la participación de 40 delegados de 14 países. Se trabajó en la redacción del “Directorio”, se profundizó el estudio iniciado sobre la Pastoral Juvenil de los Medios Específicos, se comenzó a preparar el posible Concilio Latinoamericano de Jóvenes y un Curso Latinoamericano de Asesores y se programó la participación en la 2ª Jornada Mundial de la Juventud a realizarse en Buenos Aires, Argentina, en abril de 1987.
* El quinto, se realizó del 29 de noviembre al 5 de diciembre de 1987 en Bogotá, Colombia, con la participación de 51 delegados de 16 países. Se reafirmó el valor de las orientaciones del recientemente publicado libro titulado “Pastoral Juvenil, Sí a la Civilización del Amor”, se continuó la preparación del Concilio Latinoamericano de Jóvenes y del Curso Latinoamericano de Asesores, se crearon las Regiones y se designaron los Asesores Regionales.
* El sexto, se realizó del 15 al 23 de octubre de 1988 en Caracas, Venezuela, con la participación de 64 delegados de 17 países. Se profundizó la reflexión y el estudio sobre la Opción Padagógica y sobre las Etapas de Nucleación e Iniciación en los Procesos de Educación en la Fe de los Jóvenes y se continuó trabajando en la preparación del Concilio Latinoamericano de Jóvenes al que se decidió llamar desde entonces “Primer Congreso Latinoamericano de Jóvenes”.
* El séptimo, se realizó del 7 al 15 de octubre de 1989 en Quito, Ecuador, con la participación de 78 delegados de 21 países. Se completó la reflexión del Encuentro anterior, profundizando sobre la Etapa de Militancia y se siguió adelantando en la preparación del cada vez más cercano Primer Congreso Latinoamericano de Jóvenes.
* El octavo, se realizó del 20 al 27 de octubre de 1990 en San José, Costa Rica, con la participación de 88 delegados de 22 países. Fue la primera vez que se logró tener representantes de todas las Conferencias Episcopales del continente. Se trabajó sobre “Pastoral Juvenil y Cultura”, en preparación a la Cuarta Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Santo Domingo y se definieron los últimos aspectos de la preparación del Primer Congreso Latinoamericano de Jóvenes.
* El noveno, se realizó del 27 de febrero al 6 de marzo de 1993 en Zipaquirá, Colombia, con la participación de 77 delegados de 20 países. Se trabajó sobre “Asesoría y Acompañamiento en la Pastoral Juvenil” y se impulsaron nuevos campos de acción como la Pastoral Juvenil de los Medios Específicos, los Cursos de Formación y la participación en los Consejos Nacionales de Juventud.
* El décimo, se realizó del 8 al 15 de octubre de 1994 en Mogi das Cruzes, Brasil, con la participación de 75 delegados de 18 países. Se trabajó sobre “Espiritualidad y Misión de la Pastoral Juvenil” y se decidió promover la Pastoral Juvenil de Situaciones Críticas y la Pastoral de Adolescentes. En el Encuentro, se aprobó también el proceso de reedición del libro “Pastoral Juvenil, Sí a la Civilización del Amor”.
A partir del sexto Encuentro Latinoamericano comienza a ser permanente la invitación a participar a delegados de la Subcomisión de Juventud de la Comisión Episcopal del Apostolado Seglar de España y de la Sección de Jóvenes del Pontificio Consejo para los Laicos. A partir del noveno Encuentro, son invitados también, delegados de la Coordinación Latinoamericana de Institutos y Centros de Formación de Juventud de América Latina.
Estas vinculaciones y la participación más permanente en los Foros Internacionales y en las Jornadas Mundiales de la Juventud ayudaron a abrir el proceso latinoamericano a la dimensión de la Iglesia Universal.


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