Civilizacion del amor tarea y esperanza



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3.3 El método Catequético.
Su objetivo es comunicar vivencial e integralmente la fe de la Iglesia, de modo que se descubra la presencia de Jesús en la situación que viven las personas. Esto supone un itinerario sistemático, organizado en función de los contenidos explícitos de la fe, pero que tiene en cuenta la realidad de las personas de los catequizandos115.
En un primer momento, por medio de técnicas apropiadas, como fotos, videos, diapomontajes, canciones, etc., se evoca una realidad humana haciendo tomar conciencia al grupo de una experiencia o situación real. Una vez evocada, se profundiza y enriquece, procurando comprenderla más plenamente en sus causas, motivaciones, consecuencias, etc. Se trata de descubrirla como propia, vivida con las peculiaridades y características de cada uno. Es el momento de compartir las vivencias personales, respetando el nivel de confianza, intimidad y apertura que se haya logrado en el grupo.
En un segundo momento, se procura descubrir la situación evocada y personalizada como lugar de encuentro con Jesucristo, que le da un sentido nuevo, liberador y trascendente a lo que está sucediendo. Se parte de la lectura de algún texto de la Escritura, preferentemente uno en el que aparezca la vida de Jesús o de algún otro personaje bíblico, y se constata cómo ellos han vivido también la misma experiencia que está analizando el grupo. De ahí surge el sentido nuevo y salvífico que Dios le da a esa situación y su llamado a vivir de una manera diferente la experiencia de vida que se está analizando.
Si bien la presencia de Dios se hace real y se vive durante todo el desarrollo de la reunión, ésta concluye con un momento explícito de oración y de encuentro con quien se ha descubierto presente, ha dado un sentido nuevo a una determinada situación de vida de los jóvenes y llama a vivirla de acuerdo al mensaje anunciado.
3.4 El método de la Planificación Pastoral.
El objetivo de este método es la elaboración de un plan pastoral global en el respectivo nivel en que se planifica. La elaboración de un plan puede llevar varios meses, y su ejecución puede abarcar un lapso de entre tres y cinco años. En su elaboración, definición, ejecución y evaluación deben involucrarse todas las personas integrantes del proceso pastoral, cada una desde su propio nivel y desde el rol que desempeña.
Puede haber planes pastorales parroquiales, zonales, diocesanos y nacionales. Cada nivel exige modos diversos de participación de los grupos, comunidades, agentes pastorales y organismos de coordinación, apoyo y servicio.
Es muy importante encontrar formas concretas para hacer que todos se sientan participando efectivamente. Se pueden realizar encuestas, asambleas, comisiones de trabajo, materiales para ser discutidos en los grupos, etc. Esta participación debe asegurarse especialmente en el momento de toma de decisiones como son la elección de las prioridades, la definición de los objetivos y la aprobación de las líneas de acción. La experiencia de la Pastoral Juvenil Latinoamericana señala la validez de las asambleas -a los niveles correspondientes- para los momentos culminantes de este tipo de procesos.
El Marco de Realidad.
El primer paso es determinar qué aspectos de la realidad se quieren conocer y desde qué punto de vista se pretende hacerlo. Puede hacerse una investigación sobre cuáles son los ámbitos en los que el joven se siente reconocido, aceptado y con espacio para su crecimiento y realización y cuáles son los que experimenta con especiales dificultades. La información “objetiva” de las encuestas y estadísticas es importante, pero es más importante conocer la realidad tal como la perciben y viven los jóvenes. Una vez recogida la información, se pasa a detectar cuáles son los “núcleos” o “nudos” de problemática de la realidad relevada y a buscar las causas, consecuencias e implicancias que tienen los núcleos detectados.
El Marco Doctrinal.
La acción evangelizadora no es resultado de una mera elaboración estratégica y calculada: surge del mandato apostólico y de la experiencia de fe de la Iglesia. Por eso, en todo plan pastoral debe haber una expresión de esa fe en el Dios Trinitario y de la utopía sobre la Iglesia y el proyecto de hombre y de sociedad que se quiere construir a partir del Evangelio.
En esta elaboración se integran los elementos que surgen de la Palabra de Dios, de las orientaciones del Magisterio y de las opciones de la Iglesia local. No se trata de elaborar un “tratado teológico” completo, sino de expresar con sencillez la fe eclesial y la utopía que quieren vivir y construir quienes están elaborando el plan.
El Diagnóstico Pastoral.
Es el momento de confrontar el Marco de Realidad y el Marco Doctrinal para comprobar no sólo la distancia entre lo que “es” y lo que se “quiere ser”, sino sobre todo, para descubrir las situaciones que requieren respuestas más apremiantes. El resultado es la definición de una lista de urgencias a las que debería responder la acción pastoral.
Como no es posible atender todas las urgencias que se descubren en la confrontación, es inevitable seleccionar entre ellas las que aparecen como más prioritarias. Este paso es sumamente importante y delicado, porque implica optar entre diversas posibilidades, todas ellas válidas y necesarias. Pero hay que arriesgarse a hacerlo, con la confianza puesta en que el Espíritu de Jesús guía la elección. Las urgencias seleccionadas -que no deben ser más de tres o cuatro- pasan a ser las prioridades de la acción pastoral que se van a atender en el plan que se está elaborando.
La Programación.
Elegidas las prioridades de los esfuerzos pastorales futuros, es necesario definir también qué se quiere lograr y cuál es la intencionalidad de las acciones que se van a realizar. Esto se expresa en un objetivo general. Además del objetivo general, conviene establecer también para cada prioridad, unas líneas de acción que expresen las orientaciones fundamentales a través de las cuales se procurará realizar el objetivo general.
El último paso del plan es la elaboración de los programas que pondrán en práctica las líneas de acción elegidas. La programación deberá realizarse al menos anualmente, por parte de cada organismo pastoral, estableciendo claramente las metas a alcanzar, las actividades a realizar, las fechas, los responsables y los recursos necesarios para hacerlas realidad.
La Revisión y la Celebración.
La revisión del plan se realiza en tres instancias: la evaluación periódica, parcial y general, que cada organismo hace de sus propios programas; la evaluación general de la marcha del plan, realizada por los organismos de coordinación, con una frecuencia aproximadamente anual y la evaluación final, que se realiza al concluir el período de vigencia determinado. Conviene que en la evaluación participe siempre la mayor cantidad posible de personas que estuvieron presentes en la elaboración y ejecución.
Al inicio de la vigencia del plan puede realizarse una celebración litúrgica en la que se distribuya su texto, se presente a los responsables de su animación y se comprometa a todos a un esfuerzo conjunto para hacerlo realidad. Cada evaluación periódica puede ser señalada también con una celebración que dé gracias por lo ya realizado y renueve la motivación para lo que todavía queda por hacer.
3.5 El método de la Lectura Orante de la Biblia.
El objetivo de este método es la interiorización de la Palabra de Dios encarnada en la vida de los jóvenes y su contexto. Se utiliza mucho en las Comunidades Eclesiales de Base y ha demostrado ser un método muy útil para que el pueblo sencillo llegue a conocer, vivenciar y hacer realidad la Palabra de Dios para su realidad actual.
El punto de partida es una situación, un hecho, una realidad personal o social contenidos o aludidos en el texto de la Escritura elegido para la lectura y reflexión. Su descripción se realiza de forma semejante a la de los métodos presentados anteriormente.
Una vez descrita la situación, se lee el texto elegido, primero en voz alta y luego en silencio, y se pasa a su estudio atendiendo especialmente tres niveles:
* el nivel literario: se accede al texto elegido para iluminar la situación, desde su riqueza literaria, es decir, su estilo, las personas que participan, las expresiones que se utilizan, los lugares geográficos, la secuencia de las escenas, etc.;
* el nivel sociológico o histórico: se analiza la problemática social en la que se desarrolla la escena del texto, en la que se compuso su redacción y en la que se encuentran sus destinatarios: los conflictos que vivían, las preguntas que se hacían, las necesidades que tenían, etc.;
* el nivel teológico: se formula la pregunta clave del proceso: ¿qué mensaje tiene el texto para los destinatarios de aquel tiempo y qué mensaje tiene para nosotros hoy?, ¿qué quería decirles Dios a ellos en su situación histórica y qué quiere decirnos a nosotros hoy en nuestra realidad?.
El encuentro culmina con una celebración del paso del Señor por la vida del grupo, cuyas formas concretas pueden ser muy variadas: oraciones espontáneas, oración con un salmo o con un canto, etc. En ella se expresa el compromiso surgido de la meditación realizada. El mensaje recibido puede resumirse en una frase -en lo posible, de la misma Biblia- que puede escribirse y colocarse en el lugar de reunión y que animará la vida y el compromiso de los participantes hasta el próximo encuentro.
Finalmente, se elige el texto para la próxima reunión, se detectan los aspectos de la realidad que serán tenidos en cuenta y se distribuyen los subsidios correspondientes y las responsabilidades requeridas para la preparación.
3.6 Dinámica grupal, ejercicios y técnicas.
Se agrega aquí una palabra final acerca de estos elementos metodológicos muy usados por los grupos y comunidades juveniles. Antes que nada, es necesario aclarar que las dinámicas, los ejercicios y las técnicas no son métodos, en cuanto conjunto de pasos que llevan a un objetivo: son recursos que se utilizan para la puesta en práctica de los métodos.
La dinámica grupal es el conjunto de fuerzas que interactúan en un grupo de personas. Se denomina así también el estudio sistemático de esas fuerzas. Pueden ser internas a las personas -sus motivaciones e intereses, sus expectativas y temores- y al grupo -los objetivos en torno a los cuales se ha nucleado, las relaciones que se van tejiendo entre sus integrantes- o externas a ambos -los objetivos de la institución a la que el grupo pertenece-.
Con frecuencia se habla de “dinámicas de grupo” para referirse a ejercicios que se realizan con el objetivo de realizar una experiencia o de canalizar el dinamismo del grupo hacia una meta determinada. El tiempo que suelen requerir este tipo de ejercicio puede ser muy variable y durar de unos pocos minutos hasta más de una hora. Para no verse condicionados en su participación, los miembros del grupo no conocen al comienzo el objetivo que se persigue. Los ejercicios deben ser cuidadosamente seleccionados en función de las necesidades del grupo, y cuidadosamente ejecutados. No se trata de hacerlos de cualquier manera y en cualquier momento. Aunque algunos lo parecen, no son “juegos”, pues pueden provocar situaciones personales o grupales que, propuestas a destiempo o mal manejadas, sean contraproducentes para el crecimiento del grupo.
Las técnicas son instrumentos concretos por ir realizando los pasos correspondientes de una reunión. El diálogo en parejas, el uso de papelógrafos, de videos o de música; el llamado “Phillips 66”, la discusión en subgrupos, la puesta en común, etc. son algunas de las técnicas más usadas tanto en reuniones de grupos como en encuentros más amplios. Hay una enorme variedad de técnicas. Conviene que un animador pueda manejarlas con facilidad, para que la reunión tenga mayor dinamismo y eficacia.

Cuarta Parte
MARCO CELEBRATIVO

Desde hace algún tiempo, la reflexión de la Pastoral Juvenil Latinoamericana viene hablando del “celebrar” como un momento explícito de su propuesta metodológica. Ha llegado a descubrir que para los jóvenes, una vida sin gestos ni celebraciones no tiene sentido ni dinamismo y que por tanto, la dimensión celebrativa es un elemento fundamental del estilo de vida que van asumiendo en el proceso de maduración humana y cristiana que realizan.


La existencia cotidiana, con sus alegrías y tristezas, sus problemas y dificultades, sus temores y esperanzas, sus acciones sencillas y compromisos radicales es signo de la presencia y de la acción de Dios en la historia y en la vida de las personas. Encontrarse con él, reconocer su presencia salvadora y su llamado a responder con coherencia y a comprometerse en la construcción del Reino es celebrar la vida.
Después de haber hecho los cielos y la tierra, el hombre y la mujer y todo lo que vive, Dios Creador se dió un tiempo para contemplar su obra creadora (Gn 1,31). Y quiso que también sus creaturas se dieran un tiempo para reconocer las maravillas del Señor y ofrecerle su lucha y su compromiso por dar continuidad a esa obra creadora.
Celebrar la vida permite recuperar el sentido de la gratuidad en un mundo interesado y competitivo, dignifica el trabajo humano en un mundo materialista y consumista, hace participar en el dinamismo del proyecto del Dios de la vida en un mundo de dependencia, manipulación y muerte; hace presente la dimensión de la fiesta y de lo nuevo frente a la rutina de cada día y explicita la fe en la presencia de Dios que da identidad cristiana al grupo y a la propia vida.
El momento de la celebración es un momento privilegiado para unir la fe y la vida, para reavivar la esperanza y para reafirmar que, en medio de una cultura de la muerte, los jóvenes quieren vivir y crecer en una cultura de la vida.
Así entendido, el “celebrar” que propone la Pastoral Juvenil Latinoamericana es la plenitud de su pedagogía y su metodología. No es el “último” marco, sino la culminación de todo el proceso. Como los demás elementos de la propuesta, también la dimensión celebrativa se va gestando lentamente en la experiencia de Dios que los jóvenes van descubriendo, asumiendo y comprometiéndose a vivir durante su proceso formativo.
Celebrar la vida dice relación además a la búsqueda de sentido, a lo que se es y lo que se hace, a lo que anima y sustenta lo cotidiano, a lo que da fuerza para caminar, a las motivaciones profundas de las opciones que se toman, a la espiritualidad.
1. LA ESPIRITUALIDAD JUVENIL EMERGENTE.
“El viento sopla donde quiere y tú oyes su silbido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así le sucede al que ha nacido del Espíritu” (Jn 3,8).
Esta experiencia de la acción del Espíritu, que el evangelista Juan pone en boca de Jesús, mueve a la Iglesia a discernir y reconocer esa acción en la historia y en las culturas concretas de los pueblos.
En los últimos años, por influencia de los cambios culturales, la experiencia religiosa ha sufrido una profunda transformación, pasando de un discurso principalmente centrado en lo institucional a otro centrado en la vida misma y en las experiencias individuales y grupales. Para muchos jóvenes es más fácil -y también más veraz- tener una experiencia de lo sagrado en la cotidianidad de la vida que dentro de la institución religiosa. De ahí su adhesión a movimientos religiosos, grupos u organizaciones que frecuentemente son consideradas periféricas por la institución, pero donde ellos encuentran experiencias religiosas que, al menos temporalmente, les satisfacen.
Es indispensable esforzarse por recoger esa experiencia, discernir sus dinamismos y valorar sus frutos y dificultades si se quiere acompañar realmente a los jóvenes en sus procesos de crecimiento en el seguimiento de Jesús y en la vida según el Espíritu.
La Pastoral Juvenil está llamada a establecer un diálogo entre la experiencia del Espíritu de Jesús que están viviendo hoy los jóvenes en sus diversos ambientes y con sus diferentes sensibilidades y la experiencia recogida en la vivencia y la tradición de la comunidad creyente. El criterio fundamental y permanente para un adecuado discernimiento en este diálogo es el Evangelio de Jesús.
1.1 Nuevas visiones y nuevos lenguajes.
En el mundo juvenil actual, se están dando nuevas visiones globales que importa tener en cuenta por la relación que tienen con la espiritualidad y por las consecuencias que generan para la propuesta que queremos presentar.
* Como herederos de una visión dualista del ser humano y del mundo, muchos jóvenes establecen una distinción y hasta una oposición entre las “cosas terrenas”, “lo material”, “lo práctico y concreto” y “lo espiritual”, lo “del otro mundo”, “lo abstracto e ideal”. Esta dicotomía los lleva, muchas veces, a considerar lo espiritual como “lo que me saca de este mundo”, a “ser realistas” y acomodarse a la lógica de “lo material”, a no luchar por superarse y a profundizar el vacío existencial producido por el divorcio entre la fe y la vida.
* Otros jóvenes consideran que la medida absoluta para la valoración de la vida, de las creencias y de las relaciones es la experiencia individual y lo que esas realidades significan “para mí”. Es una manifestación profunda de “búsqueda de sentido” y una reafirmación del valor de la subjetividad y de la experiencia personal frente a un mundo que da pocas posibilidades de encontrar una orientación para sus vidas que les satisfaga plenamente. Pero, con frecuencia, esta actitud lleva a un espiritualismo alejado de la historia, sentimentalista, cerrado sobre sí mismo y poco comprometido con la realidad de cada día.
* Es común también encontrar muchos jóvenes que buscan el sentido de sus vidas en el “hacer”. Para ellos, la experiencia espiritual se entiende y se realiza desde la lógica de “lo que hay que hacer”. En esta situación, se refuerza el “deber ser”, las actitudes moralistas y exigentes, el valor de los méritos propios y, como consecuencia, se diluye el sentido de la gratuidad de Dios. El evangelio de la misericordia y de la gracia es sustituído por el cumplimiento de una “ley” como obra y esfuerzo de la persona humana.
* En el momento actual, se está configurando entre los jóvenes una nueva manera de buscarle sentido a la vida y de intentar encontrar respuesta a las preguntas fundamentales que desde siempre se plantea el ser humano. Esta nueva visión y el lenguaje que la expresa no tiene todavía contornos definidos, pero se sitúa de modo integrador y en proceso dialéctico con respecto a las anteriores.
Como propuesta de vida y como experiencia que se comunica para ser reconocida por otros, la espiritualidad está íntimamente vinculada al lenguaje que se utiliza para manifestarla. El lenguaje es la expresión de la persona; en él se contiene y se comunica mucho más que el mero significado de las palabras: se comunica un universo de sentido y la percepción que la persona tiene del mundo y del lugar que ocupa en él. Cada una de las “visiones” señaladas más arriba se expresan a través de un “lenguaje” propio y definido.
1.2 Rasgos de la espiritualidad juvenil emergente.
En el caso de la espiritualidad juvenil emergente, se trata de un lenguaje a través del cual los jóvenes buscan vivir y expresar un marcado sentido de lo trascendente en su actuar diario, vivir y comunicar la “plenitud de sentido” que experimentan cuando se sienten miembros reconocidos por una comunidad, encontrar sentido a la “acción transformadora” y vivir con coherencia su relación fe-vida a través de un compromiso en el mundo.
Es un lenguaje que está naciendo de la experiencia de muchos jóvenes y que, gradualmente, va caracterizando sus intentos de vivir las relaciones que establecen consigo mismos, con los demás, con la naturaleza y con Dios “según el Espíritu” (Gal 5,16).
1.2.1 En la relación de los jóvenes consigo mismos.
En una sociedad con crisis de proyectos históricos, muchos jóvenes tienen dificultades para poder asumir un “proyecto de vida”, porque no cuentan con mayores elementos de referencia. Quienes logran dar respuesta a las preguntas fundamentales “¿quién soy?”, “¿para qué vivo?”, “¿hacia dónde voy?” se enfrentan luego al planteo “¿qué proyecto puede dar sentido a mi vida?”. Es la oportunidad para que puedan llegar a descubrir el futuro como “vocación” y orientarse hacia una realización personal que dé sentido y plenitud a sus vidas.
En una cultura que privilegia los planteamientos científico-técnicos y da preponderancia a lo racional, muchos jóvenes exploran la amplia gama posible de emociones y valoran desde ellas sus experiencias espirituales. En esta situación, lo simbólico se convierte en medio fundamental, porque permite profundizar y expresar mejor las experiencias muy personales de encuentro, relación, interioridad y compromiso que van descubriendo y viviendo.
Inmersos en una sociedad competitiva y consumista, muchos jóvenes se sienten llevados a acumular la mayor cantidad posible de “prácticas” espirituales. Es importante discernir sus contenidos, porque esto no significa, necesariamente, la irrupción salvífica en sus vidas del Dios que transforma la historia personal y comunitaria herida y deformada por el pecado.
La mayor sensibilidad frente a la naturaleza y la más equilibrada orientación psicológica hacen que muchos jóvenes lleguen a valorar positivamente su cuerpo y logren asumir su sexualidad sin traumas y con creatividad; muchos otros, en cambio, la trivializan y consideran que las relaciones sexuales no están sujetas a normas o, a lo sumo, aceptan las que son impuestas por el ambiente social.
Ante la estrechez alienante de una conciencia exclusivamente objetiva, muchos jóvenes consideran la experiencia espiritual individualista como algo absoluto, reduciendo el seguimiento de Jesús a una búsqueda de sentido sólo para sí, olvidando la apertura a los otros y a los desafíos de la historia. También hay grupos de jóvenes que superan la necesidad de autoafirmación propia de su edad y descubren la riqueza de la fe y de la experiencia compartida del seguimiento de Jesús y de la vida en el Espíritu.
1.2.2 En la relación de los jóvenes con los otros.
Muchos jóvenes descubren que la única posibilidad de triunfo en la sociedad neoliberal en la que les ha tocado vivir llega por el camino de la asociación y que la afirmación de la propia identidad pasa por el camino grupal. De ahí, la fuerte necesidad que sienten por definir su pertenencia a grupos con características propias, que les permitan afirmarse como “distintos”.
Las consecuencias injustas del modelo económico neoliberal hacen surgir en muchos jóvenes la solidaridad hacia los más pobres y marginados. Algunos se sienten llamados a participar en movimientos populares y organizaciones que luchan por la dignidad de la persona, por la defensa de los derechos humanos, por la justicia y por iniciativas tendientes a mejorar la calidad de vida. Otros se dejan absorber por el ambiente competitivo y entran a formar parte del engranaje social opresivo, con la esperanza de alcanzar niveles de poder. Una amplia mayoría, preocupada principalmente en su lucha por subsistir, sufre las consecuencias de este modelo sin tener conciencia de que es oprimida, o con un sentimiento de impotencia por no poder superar su situación.
Los reiterados ejemplos de ejercicio del poder sin ética que son noticia diaria en los medios masivos de comunicación, llevan a muchos jóvenes a considerar la política como “intrínsecamente mala” y se inhiben de participar y pertenecer a grupos que los identifiquen con partidos políticos.
Los procesos de educación en la fe implementados en los últimos años en América Latina, han hecho posible que muchos jóvenes integrados a grupos de la Pastoral Juvenil, estén hoy en la etapa de militancia, donde viven la solidaridad, se esfuerzan por iluminar su realidad diaria desde el Evangelio y procuran así seguir a Jesús y realizar su voluntad salvífica en la Iglesia y en el mundo. Algunos responden afirmativamente a la llamada misionera que han recibido y se convierten en evangelizadores de otros jóvenes. Otros desarrollan su protagonismo en la comunidad, donde viven un ambiente fraterno que valoran y potencian y donde hacen realidad la opción preferencial por los más pobres.
1.2.3 En la relación de los jóvenes con la naturaleza.
Muchos jóvenes desarrollan su actividad laboral en permanente contacto con la ciencia y la tecnología. Participan de esa manera en la transformación de la naturaleza para provecho de la humanidad y expresan que la evangelización no supone el rechazo de la ciencia y de la técnica. Se sienten responsables de la creación y aplican sus conocimientos para promover un uso más eficaz de los recursos naturales que Dios ha creado para beneficio de todos.
Ante los atropellos ecológicos del mundo de hoy, muchos de ellos se inscriben en grupos que denuncian abiertamente la destrucción inmisericorde de la naturaleza y promueven técnicas alternativas para producir sin destruir.
Absorbidos por los avances fascinantes de la ciencia y la tecnología, otros pierden su capacidad crítica y creativa y se van separando progresivamente de la experiencia gratificante de la naturaleza y del encuentro con los otros, aceptando o incluso participando en proyectos donde lo esencial es el avance científico o productivo en sí mismo, al margen de cualquier principio ético. Sin embargo, siguen siendo muchos los que descubren a Dios en la paz y el silencio de la creación y la sienten como obra de Dios y lugar de la presencia del Espíritu.
1.2.4 En la relación de los jóvenes con Dios.
La falta de sentido de la vida producido por la crisis de las ideologías y por la absolutización del modelo materialista-consumista, ha llevado a los jóvenes a buscar ese sentido en lo trascendente. Sus búsquedas pasan unas veces por la mediación de lo esotérico, otras por la del sincretismo y otras muchas por la experiencia del Dios de la fe cristiana, transmitida por la familia, por los catequistas o por el modo de vida de las comunidades cristianas.
Si el mensaje transmitido es auténtico, los jóvenes llegan a descubrir un Dios que los quiere y que, por amor, les comunica su vida. Esto los lleva a una relación de persona a persona con ese Dios Padre que toma la iniciativa, se acerca a ellos, entra en comunicación especialmente en el Jesús del Evangelio e interviene en su vida para comprometerse y formar con ellos una comunidad.
Cuando los jóvenes descubren que Dios los ama primero y tiene la iniciativa del encuentro mutuo, sienten la necesidad de conocer lo que ha hecho por ellos en la naturaleza y en la historia de las personas. Se sienten llamados entonces a celebrar, a hacer fiesta y a utilizar en ella los símbolos que les permitan expresarse como auténticamente jóvenes, una fiesta que se plenifica con el sentido gozoso de la resurrección de Jesús.
La alegría de saberse buscado y encontrado por Dios Padre en Jesús se hace más profunda cuando descubren que hay otros jóvenes que tienen su misma experiencia y su misma necesidad de hacer de este encuentro una “fiesta de todos”. Para ellos, entonces, lo que desagrada a Dios, no es cumplir o no cumplir unas normas que sienten impuestas e incluso a veces carentes de sentido, sino las situaciones que disminuyen o hacen fracasar esa “fiesta de todos”.


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