Civilizacion del amor tarea y esperanza



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5.3 El Párroco.
Como “cooperador principal del obispo”109 en un determinado territorio de la diócesis, el párroco es el primer responsable de la evangelización de los jóvenes de la comunidad a la que ha sido enviado. La Iglesia le pide que, en medio de su dedicación a todos, “atienda con particular diligencia a los jóvenes”110.
Se interesa por conocerlos personalmente y por comprender las características de su nuevo mundo cultural. Intenta hacer realidad la opción preferencial por los jóvenes de la Iglesia Latinoamericana, procurando que su comunidad parroquial sea un espacio abierto y un ambiente acogedor que haga posible el encuentro y la comunicación, el crecimiento personal y el compromiso al servicio de los demás. Tiene en cuenta sus iniciativas y favorece su realización; ayuda a la comunidad a tomar conciencia de la realidad de los jóvenes y ayuda a los jóvenes a tomar conciencia de la realidad de la comunidad más amplia en la que están llamados a participar y ofrecer su aporte renovador.
Hace que la pastoral juvenil esté integrada en la pastoral de conjunto y sea protagonista y destinataria privilegiada de la tarea evangelizadora de toda la comunidad. No permite que los jóvenes estén solos. Busca los animadores y asesores necesarios para que puedan acompañarlos y cuida particularmente de su capacitación, de su formación y de su dirección espiritual. En consulta con ellos, delega algunas de sus responsabilidades en un Asesor o Responsable Parroquial calificado, sacerdote, religioso o laico. Pero, de todos modos, se mantiene al tanto del proceso del Equipo Parroquial de Pastoral Juvenil y hace lo posible por seguir de cerca la vida de los grupos. Como pastor y sacerdote, los escucha, los anima, los sirve y está presente en sus momentos más significativos. Promueve ámbitos especiales para que los jóvenes puedan expresar y celebrar su fe de acuerdo a sus características propias. Procura que en su trato con los jóvenes y en las decisiones que puedan afectarlos, no se den fracturas y conflictos innecesarios.
5.4 El Obispo.
El obispo es “principio y fundamento visible de la unidad en su Iglesia particular”111. Como “maestro de la verdad, signo y constructor de la unidad, pontífice y santificador” (P 687-689), es el primer responsable de la misión evangelizadora de su comunidad diocesana. En fidelidad a la Palabra de Dios y a los signos de los tiempos, discierne junto con ella el proyecto del Señor sobre su pueblo y anima, con el estilo de Jesús, la búsqueda de criterios y la puesta en práctica de opciones pastorales.
En comunión con la Iglesia Latinoamericana, procura que la opción preferencial por los jóvenes se haga realidad en su diócesis “no sólo de modo afectivo sino efectivamente” (SD 114)112 y se interesa por conocer y promover las orientaciones que los Obispos y Responsables Nacionales de Pastoral Juvenil han ido generando en los últimos años en el ámbito de la Sección de Juventud del Consejo Episcopal Latinoamericano. Anima a los párrocos y comunidades a preocuparse por la evangelización de los jóvenes, destina personas y recursos, y con su palabra y su presencia, motiva su acción y su compromiso.
Presta especial atención a la selección, capacitación y formación permanente de los asesores para que puedan cumplir eficazmente su servicio de acompañamiento a los jóvenes. En consulta con ellos y con los organismos de coordinación y participación juvenil, designa un Asesor Diocesano sacerdote, religioso o laico a quien confía la responsabilidad de seguir más de cerca y animar el trabajo diario de la pastoral juvenil. No delega por eso su amor de padre y de buen pastor que cuida en forma permanente de todos y especialmente de quienes están “perdidos, descarriados, heridos y enfermos...” (Ez 34,16). En la medida de sus posibilidades, participa de la vida de los jóvenes, los conoce, está presente en sus actividades, celebra con ellos la fe especialmente en sus días más significativos. Se esfuerza por hablar su lenguaje, les presenta propuestas atractivas para sus vidas, los entusiasma con su testimonio del seguimiento de Jesús y anima su compromiso para la construcción de la Civilización del Amor.


III.- OPCIONES METODOLOGICAS

Cuando llega el momento de acompañar el proceso de un grupo concreto, surge inmediatamente la pregunta sobre “cómo” hacerlo, qué pasos dar, qué instrumentos utilizar... Es la pregunta acerca del método. El método es, pues, el conjunto de pasos y procedimientos que encamina a un grupo al logro de sus objetivos.


La pregunta sobre el método se plantea en dos niveles: uno, mira al proceso global de los jóvenes y del grupo; en ese caso, el método debe responder a los objetivos generales de las pastorales juveniles diocesanas y nacionales, al proceso integral de la educación en la fe y a la vida del grupo en un lapso de tiempo por lo menos anual; otro, mira a las reuniones del grupo; entonces, el método se refiere al objetivo y a los pasos concretos que deben darse para el desarrollo de cada reunión.
No cualquier método sirve a los objetivos evangelizadores de la pastoral juvenil. El método a utilizarse está determinado por los sujetos, es decir, por los jóvenes, con sus características y realidades propias; por el contexto geográfico, social, cultural y económico en que viven; por las opciones pedagógicas descritas anteriormente, por el momento del proceso en que se encuentra el grupo y por el objetivo propio de cada reunión.
1. CRITERIOS PARA UNA METODOLOGIA DE LA PASTORAL JUVENIL.
Entre la pedagogía y el método, hay una instancia intermedia que es la metodología, es decir, aquella serie de principios prácticos que concretizan la pedagogía y condicionan el método.
Santo Domingo establece que “la pastoral juvenil promoverá el protagonismo a través de la metodología del ver, juzgar, actuar, revisar y celebrar” (SD 119). Esto significa que para ser apta para la pastoral juvenil, una metodología requiere:
* ser coherente con la pedagogía de Jesús y con la pedagogía pastoral propuesta, y atender al proceso integral de educación en la fe, en sus cinco dimensiones y en sus tres etapas;
* asumir la vida de los jóvenes, su realidad y su experiencia, y ayudarlos a compartir su vida y a ser protagonistas de su historia;
* llevar a confrontar sus vidas con la Palabra de Dios y posibilitar el encuentro personal y comunitario con Jesucristo;
* favorecer una experiencia comunitaria, participativa y dialogal, y un crecimiento en el sentido de pertenencia a la Iglesia local, diocesana, nacional, latinoamericana y universal;
* crear conciencia misionera, impulsando el testimonio y el anuncio explícito de Jesús en la vida cotidiana.
Más en concreto, una metodología apta para la pastoral juvenil tiene que tener momentos propios para:
* hacer expresamente presente la vida real del joven, sus búsquedas, su realidad personal y social y las causas que la producen; más aún, debe hacer presentes también aquellos aspectos de la realidad en los que el joven no está subjetivamente involucrado, pero acerca de los cuales debe estar sensibilizado, pues allí se le manifestarán nuevos llamados de Dios;
* la personalización y la socialización, donde el joven pueda asumirse a sí mismo; reconocerse como persona en su propia realidad y en relación a su entorno familiar, barrial, educativo, laboral, etc. y tomar distancia frente a los mecanismos masificadores, individualistas y utilitaristas de la sociedad;
* la iluminación con la Palabra de Dios y el Magisterio de la Iglesia, donde se explicite claramente la propuesta liberadora de Jesús y el joven pueda confrontar con ella su vida;
* el compromiso, donde el joven pueda madurar la dimensión misionera de la fe y pueda expresarla en acciones transformadoras de su realidad personal y social;
* la revisión, donde pueda mirar el proceso vivido, en sus diversos niveles: el compromiso personal, la reunión y las actividades del grupo y la planificación general. Los momentos de revisión y evaluación desarrollan en el joven su actitud crítica y le ayudan a reconocer los pasos de crecimiento y maduración que va dando con su grupo;
* la celebración, donde puedan expresarse las vivencias de alegría, dolor, compromiso, etc. de la vida grupal. Pueden ser momentos espontáneos en los que se explicita, a través de una breve oración o de una celebración litúrgica, la presencia de Dios en la vida de cada joven y del grupo o momentos motivados por situaciones concretas del grupo que expresen la alegría de estar juntos, el agradecimiento por la vida, la petición de perdón, etc.
2. LA METODOLOGIA DEL VER-JUZGAR-ACTUAR-REVISAR-CELEBRAR.
La larga experiencia educadora de la Iglesia ha generado, por la iniciativa del Card. Cardijn para la Juventud Obrera Católica de Bélgica, en la primera mitad de este siglo, la ya clásica metodología del “ver-juzgar-actuar”. De ella, decía el Papa Juan XXIII: “es muy oportuno que se invite a los jóvenes frecuentemente a reflexionar sobre estas tres fases y a llevarlas a la práctica, en cuanto sea posible. Así los conocimientos aprendidos y asimilados no quedan en ellos como ideas abstractas, sino que los capacitan prácticamente para llevar a la realidad concreta los principios y directivas sociales”113.
El ver-juzgar-actuar surgió como una metodología para la acción transformadora de los cristianos en sus ambientes y para la superación del divorcio entre la fe y la vida. La Iglesia Latinoamericana la asumió en Medellín, cuyos documentos siguen exactamente los tres momentos propuestos. Lo mismo sucedió en Puebla. Santo Domingo la reasumió explícitamente para la Pastoral Juvenil (cfr SD 119), y siguiendo la propuesta del Primer Congreso Latinoamericano de Jóvenes de Cochabamba114, le incorporó dos nuevos momentos: el “revisar” y el “celebrar”.
Desde sus inicios, la Pastoral Juvenil Latinoamericana reconoció en ella la metodología que mejor respondía a las condiciones y exigencias de sus opciones pedagógicas, y la asumió creativamente. A medida que la fue poniendo en práctica en diversidad de grupos, situaciones y momentos históricos, fueron apareciendo variantes, adaptaciones, inclusiones, enriquecimientos de todo tipo, hasta llegar al momento actual en que es posible reconocer muchos métodos que han surgido directamente de ella y que articulan en pasos concretos sus intuiciones fundamentales de partir de la realidad, iluminarla desde la fe, proponer una actitud de conversión y un compromiso transformador, revisarlo y celebrarlo.
Más que una metodología, el ver-juzgar-actuar-revisar-celebrar es hoy un estilo de vida y una espiritualidad, que vive y celebra el descubrimiento de la presencia de Dios en la historia, la actitud de conversión personal continua y el compromiso para la transformación de la realidad.
2.1 Ver.
Es el momento de toma de conciencia de la realidad. Es partir de los hechos concretos de la vida cotidiana, para no caer en suposiciones ni abstracciones y buscar sus causas, los conflictos presentes que generan y las consecuencias que se pueden prever para el futuro. Esta mirada permite una visión más amplia, profunda y global que motivará más adelante a realizar acciones transformadoras orientadas a atacar las raíces de los problemas.
Sin pretender ser exhaustivos, puede ser útil a veces, utilizar alguno de los instrumentos de conocimiento de la realidad que proponen las ciencias sociales. Hay que tener en cuenta asimismo que ninguna mirada de la realidad es neutra: siempre están presentes en ella presupuestos teóricos inspirados en criterios, valores, ideologías, etc.
2.2 Juzgar.
Es el momento de analizar los hechos de la realidad a la luz de la fe y de la vida y el mensaje de Jesús y de su Iglesia, para descubrir lo que está ayudando o impidiendo a las personas alcanzar su liberación, llegar a vivir como hermanos y construir una sociedad de acuerdo al proyecto de Dios.
Es el momento de preguntarse qué dicen la Palabra de Dios y los documentos de la Iglesia y dejar que cuestionen la situación analizada y los presupuestos teóricos que condicionaron la mirada del momento anterior. Juzgar ayuda a tomar conciencia del pecado personal presente en la vida de cada uno y del pecado social presente en las estructuras injustas de la sociedad.
Juzgar exige un conocimiento cada vez más profundo del mensaje cristiano, un ambiente de oración, un diálogo profundo con Jesucristo presente en la vida de los cristianos y en la vida sacramental de la Iglesia, una purificación cada vez mayor del egoísmo y una explicitación de las razones fundamentales que animan la fe. Es un momento privilegiado, pues en él se sitúa lo específicamente cristiano de esta propuesta metodológica.
2.3 Actuar.
Es el momento de concretizar en una acción transformadora lo que se ha comprendido acerca de la realidad (ver) y lo que se ha descubierto del plan de Dios sobre ella (juzgar). Es el momento de la práctica nueva y del compromiso. El Actuar impide que la reflexión quede en lo abstracto. Se debe estar atento para que lo que se proponga realizar no sea fruto de intuiciones momentáneas o decisiones voluntaristas, sino fruto maduro de la reflexión realizada.
La acción transformadora es ante todo una acción liberadora. Parte de las necesidades de las personas y busca atacar las raíces del problema. Hace participar a otros. No queda reducida sólo a la esfera de lo personal sino que procura incidir realmente en la realidad social. Es un proceso lento, y exige mucha paciencia.
Ser agente transformador es ser fermento en la masa, es hacer de la propia vida un testimonio de fe de la presencia de Jesucristo en la vida y en la historia y una vivencia comprometida de su seguimiento. Es colaborar activamente en la construcción de la Civilización del Amor.
2.4 Revisar.
Es el momento de la evaluación. Es tomar conciencia hoy de lo realizado ayer para mejorar la acción que se realizará mañana. Puesto que la realidad es dinámica, la evaluación enriquece y perfecciona la misma visión de la realidad y, al mismo tiempo, sugiere acciones nuevas más profundas, críticas y realistas.
Se trata de verificar el grado de cumplimiento de los objetivos y la forma de asumir las responsabilidades, de evaluar el proceso, de preguntarse por las consecuencias de las acciones que se están realizando y de encontrar formas para afianzar los logros, superar las dificultades y continuar avanzando.
La evaluación valoriza las conquistas alcanzadas, permite experimentar alegría por el camino recorrido, hace consciente el crecimiento de las personas y pone en común las experiencias vividas por los jóvenes que compartieron el mismo compromiso.
Este es un momento muy importante de la metodología, muchas veces olvidado o dejado de lado. Sin él no se pueden alcanzar los frutos esperados. Sin evaluación, la acción deja de ser transformadora, no se valoran los logros ni se aprende de los errores, no se estimulan nuevas acciones, el grupo se detiene y muere.
2.5 Celebrar.
La percepción de conjunto de todo el proceso: el descubrimiento del Dios de la vida en la realidad personal y social (ver), el encuentro con él en la Palabra (juzgar) y el compromiso por la transformación de la realidad (actuar), llevan espontáneamente a la celebración gratuita y agradecida de la experiencia vivida.
Para el cristiano, la fe y la vida están integrados; por eso hay que celebrar las victorias, los logros y fracasos, las alegrías y tritezas, las angustias y esperanzas, la vida del grupo, la penitencia y la conversión, la unión y la organización. Celebrando la vida concreta se reconoce la presencia de Dios liberador haciendo historia con su pueblo.
El Celebrar revela y alimenta la dimensión litúrgica y sacramental de la realidad (ver), del discernimiento de la voluntad de Dios (juzgar) y del compromiso transformador (actuar). La celebración fortalece la fe y pone al grupo y a sus miembros en contacto directo con el Misterio central del cristianismo: la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo.
3. LOS METODOS.
La Pastoral Juvenil Latinoamericana tiene una metodología pero puede utilizar diferentes métodos. El elenco que se presenta a continuación, no pretende ser exhaustivo ni hacer de este capítulo un “manual de metodología”. La intención es facilitar un breve conocimiento de algunos de los métodos más usados en el continente, considerados válidos en la medida en que concretizan y hacen realidad los criterios de la metodología del ver-juzgar-actuar-revisar-celebrar.
Hay que tener presente que cada método tiene su propio objetivo y es válido para conseguir determinados resultados. La experiencia ha demostrado que es importante que el asesor y el animador conozcan y manejen variedad de métodos y, sobre todo, que disciernan la oportunidad de utilizar unos u otros en función de la etapa del grupo y de los logros que se procuran alcanzar en el proceso que van desarrollando.
3.1 El método de la Revisión de Vida.
La Revisión de Vida no es simplemente una técnica para desarrollar una reunión de grupo. Es un método y sobre todo, un camino de espiritualidad en orden a hacer coherente y adulta la vida cristiana vivida en comunidad y a construir una comunidad eclesial presente en el mundo, al servicio del Reino ofrecido como destino y salvación para toda la humanidad.
Primer momento: Ver.
El objetivo de este momento es plantear un “hecho de vida” en el que se halle personalmente involucrado alguno de los integrantes del grupo, con el fin de que, analizándolo juntos, se llegue a descubrir las actitudes y los modos de pensar, valorar y actuar de los miembros del grupo en referencia a ese hecho de vida o a otros semejantes que éste pueda sugerir.
El análisis busca desentrañar el valor-antivalor central que se juega en el hecho presentado y procura hacer descubrir cómo es vivido por los integrantes del grupo y por el contexto social.
Normalmente, se presentan varios hechos de vida; se elige uno de los presentados, por ser el más significativo para el grupo o porque afecta de un modo especial a alguno de sus integrantes; se aportan la mayor cantidad de elementos posible para facilitar su mejor comprensión, se determina el núcleo central desde el cual se va a continuar tratando el hecho, se buscan las causas y se analizan las consecuencias que puede tener en las personas y organizaciones sociales y se concluye universalizándolo, es decir, implicando a todos los participantes en el hecho presentado o en otros similares vividos por ellos.
Segundo momento: Juzgar.
Es el momento central de la Revisión de Vida. Su objetivo es tomar posición frente al hecho analizado, explicitar el sentido que descubre la fe, la experiencia de Dios que conlleva y las llamadas a la conversión que surgen de él. Es procurar que las personas implicadas se confronten con el Dios vivo que revela su voluntad y su proyecto -el Reino- en la historia de salvación y en la experiencia pascual de Jesucristo.
Para eso, se valora positiva o negativamente el hecho; se buscan textos del Evangelio o de la Palabra de Dios que muestren cómo vivió Jesús ese valor o cómo cuestionó ese antivalor y se explicitan las consecuencias del encuentro con Dios y la llamada a la conversión que ha significado la reflexión del hecho.
No se trata de un análisis teórico, sino de la búsqueda dócil del discípulo que se pone en actitud de apertura para acoger la Palabra de Dios que juzga y libera, llama a la conversión y al seguimiento. Importa la lucidez del juicio, pero importa más la voluntad de conversión expresada ante la comunidad.
Tercer momento: Actuar.
El objetivo de este momento es determinar aquellas actitudes que las personas deben cambiar en sus vidas, los criterios de juicio que deben ser transformados, los hábitos que son cuestionados por la Palabra de Dios y las acciones que se van a desarrollar para poner en práctica las nuevas responsabilidades asumidas. Responde al planteo “¿qué exige el Señor ante los hechos revisados?”.
Las acciones deben procurar atender no sólo al cambio personal, sino también al de la comunidad y al de los ambientes en los que se desarrolla la vida de los jóvenes. El compromiso resulta más bien un propósito concreto de conversión personal y de compromiso social que una acción grupal.
Aunque no se consideran explícitamente como momentos del método, la Revisión de Vida también contempla tiempos especiales para la revisión y la celebración. Las reuniones del grupo comienzan generalmente con la evaluación de los compromisos adquiridos en la revisión anterior e incluyen momentos de oración y celebración, especialmente de la Reconciliación y de la Eucaristía. Por otra parte, el ambiente en que se realiza la Revisión de Vida sólo puede entenderse si se parte del deseo de quienes la realizan, de tener un encuentro real con el Dios de la Vida y el Hombre Nuevo Jesucristo, en un clima de autenticidad, conversión y esperanza.
3.2 El método de la Formación Experiencial.
El grupo o comunidad juvenil es una experiencia en la que los jóvenes comparten su vida y se acompañan en el proceso de elaborar lo que viven, revisándolo a la luz de la fe y celebrando en común los acontecimientos del seguimiento de Jesús.
El método de la Formación Experiencial se propone acompañar los encuentros comunitarios permitiendo a los jóvenes poner en común sus experiencias, profudizarlas e iluminarlas y así transformar progresivamente sus vidas, a través de la adhesión al Mensaje de Jesús.
Cada encuentro comunitario procura alcanzar un objetivo operativo que nace de conjugar los intereses e inquietudes de los jóvenes con una propuesta evangelizadora adecuada al momento que vive el grupo y al proceso de educación en la fe. Ese objetivo se alcanza a través de una secuencia que considera cuatro momentos.
Primer momento: Motivación.
Es una breve actividad para despertar y centrar el interés de los jóvenes hacia la experiencia que se propone abordar. Debe ayudar a hacer brotar preguntas acerca de ella y crear las condiciones para su profundización posterior. Debe estar directamente relacionada con el objetivo de la reunión, pero no avanzar aún respuestas acerca de él. Pueden escucharse canciones, leer poemas, presentar carteleras previamente preparadas, etc.
Segundo momento: Descripción de la experiencia.
Es el momento de crear las condiciones para que los jóvenes puedan poner en común su experiencia personal acerca del tema que se aborda y puedan tomar contacto con lo que viven, sienten, piensan y hacen, como primer paso para comprenderse mejor a sí mismos y comprender el medio en el que viven. La descripción de la experiencia es un paso necesario para restituir la palabra a los jóvenes y para ayudarlos a dar nombre a lo que viven. El ejercicio o técnica que se emplee debe facilitar la expresión personal y asegurar la posibilidad de que todos se sientan involucrados.
Tercer momento: Análisis de la experiencia.
Es la profundización de la experiencia para poder comprenderla mejor y descubrir en ella aquellos aspectos no percibidos inicialmente y aquellos elementos no tomados suficientemente en cuenta, pero que realmente condicionan e influyen en las situaciones que toca vivir.
Este momento pretende retomar las experiencias personales y desplegar sus significados, facilitando el proceso de “darse cuenta”, ya que ellas expresan los criterios, las valoraciones conscientes o insconscientes, la información que se maneja, la autoimagen, la conciencia social, las posibilidades de acción que se reconocen, lo que se considera bueno o malo..., en fin, todo lo que constituye su “visión del mundo”, que es lo que se quiere evangelizar.
Hay que estar atentos para que este paso tenga continuidad con el anterior, y al mismo tiempo signifique un avance de la reflexión. Además de preguntas facilitadoras, es el momento para que el grupo pueda recibir un aporte a la reflexión que lo ayude a realizar mejor el análisis.
Cuarto momento: Discernimiento de la experiencia.
Una vez comprendida y asumida mejor la experiencia, es posible hacer su lectura desde su sentido más profundo, el significado de fe. Discernir la experiencia es captar en ella la acción salvadora de Dios y las resistencias o rechazos a esa acción. Se trata de acoger la palabra de Dios y responder a la invitación que hace para un cambio de vida y de actitudes, dejándose llevar por la fuerza del Espíritu y abriéndose a la acción de Dios siempre presente en toda experiencia humana.
El paso metodológico del discernimiento se apoya en la actitud personal de búsqueda de un nuevo sentido de las experiencias personales; en la proclamación de la Palabra, que invita a vivir un Mensaje que devela, interpreta y consolida las experiencias de la vida, y en la dimensión comunitaria, que fortalece el proceso y hace de la comunidad, lugar de encuentro y celebración del acontecimiento y ámbito de testimonio y apoyo al discernimiento.


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