Civilizacion del amor tarea y esperanza



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partir de la realidad de los jóvenes a quienes se invita, de sus necesidades, de sus búsquedas, de sus inquietudes y expectativas; sólo así será una propuesta atractiva. Debe ser, también, una propuesta participativa, en la que el joven se sienta involucrado y descubra que podrá ser protagonista de su propio proceso de formación.
* La calidez fraterna y la acogida de la comunidad cristiana a los jóvenes convocados que aceptan la invitación a integrarse a un grupo juvenil debe ser expresión de alegría por su llegada e invitación a sentirse parte, desde el comienzo, de una comunidad más amplia cuya vida y camino comienzan a compartir.
* Cuando se trata de la convocatoria e integración de nuevos jóvenes a grupos ya existentes, los asesores y animadores deberán discernir cuáles son los tiempos más adecuados para realizarla sin que se vean afectados el proceso y la estabilidad del grupo.
La etapa de Nucleación no se reduce sólo a la actividad por la que se realiza la convocatoria de los jóvenes. Se puede considerar cumplida sólo cuando el nuevo grupo se ha estabilizado, sus integrantes han logrado un nivel mínimo de conocimiento y confianza y hay un cierto grado de claridad en los objetivos. Esto los pone en condiciones de pasar a la siguiente etapa.
2.3.2 La Etapa de Iniciación.
Es la etapa que efectivamente recorren la inmensa mayoría de los grupos juveniles. De lo que se realice en ella están dependiendo, en la práctica, los procesos de formación en la fe que viven muchos jóvenes latinoamericanos. Un buen acompañamiento y una buena pedagogía durante la etapa de Iniciación garantizará que puedan crecer y madurar hasta el compromiso de la militancia.
El punto de partida de la Iniciación son las muy variadas motivaciones y grados de conciencia y de adhesión a Jesucristo que traen los jóvenes que responden a la convocatoria. El desconocimiento de esta realidad o los intentos de utilizar otros puntos de partida más idealizados llevan frecuentemente a errores que tarde o temprano terminan por truncar y frustar los procesos iniciados.
Para facilitar una más armónica consecución de los objetivos y una mejor organización de los contenidos y actividades que se promueven para desarrollar las distintas dimensiones, algunas sistematizaciones señalan que durante esta etapa se dan diversos “momentos” que es posible distinguir claramente y que van marcando la progresividad del proceso de crecimiento que realizan los jóvenes. Algunas incluso, indican el final de cada momento con celebraciones especiales que señalan el pasaje de un momento a otro e impulsan la motivación para seguir caminando.
Lo importante es reconocer que la etapa de Iniciación tiene un tiempo propio de desarrollo que debe ser respetado y que sus distintos momentos varían según las características del grupo, sus objetivos, las circunstancias del entorno, etc.
El desarrollo y la maduración de las cinco dimensiones generan un proceso que básicamente se realiza de acuerdo a lo que se propone a continuación.
La Relación del Joven consigo mismo.
El joven inicia un proceso de maduración personal por el que, partiendo de la aceptación de sí mismo y de su dignidad como hijo de Dios, va desarrollando diversos aspectos de su personalidad: asume su afectividad y su sexualidad y cuestiona actitudes machistas; se ejercita en la autocrítica y en el autoperdón, adquiere autoestima y confianza en sí mismo, cultiva valores humanos como la fraternidad, la autenticidad, la solidaridad, la comunicación profunda y la capacidad de acogida al otro; descubre los mecanismos psicológicos que operan en él mismo, como la evasión-sublimación, la compensación, la racionalización y la proyección; asume la propia vida con optimismo y mira su juventud con esperanza; se descubre como ser histórico -en situación, en relación y en proyecto- y se plantea las preguntas acerca del sentido de la vida, que lo llevarán a la elaboración de un proyecto de vida personal y a la opción vocacional.
La Relación con el Grupo.
El joven inicia un proceso de integración grupal, tomando conciencia de que la conflictividad de las relaciones humanas bien asumida, lleva a la madurez personal, a la profundización de la amistad y al descubrimiento de los otros. Poco a poco, va sintiendo el gusto y la satisfacción de estar en un grupo. En él va encontrando respuesta a sus expectativas y, a través de un proceso de selección espontáneo, va pasando de relaciones más amplias en el grupo más grande a relaciones más personalizadas en grupos más reducidos.
El grupo le ayuda, también, a ir pasando de la preocupación por objetivos e intereses individuales, a la búsqueda y desarrollo de objetivos e intereses comunes y grupales. En este proceso, descubre el rol de la animación como servicio. El grupo va dando pasos hacia una organización interna flexible y funcional que le permite ejercitarse en el consenso y en la corresponsabilidad. A esto contribuye, sin duda, la metodología del ver-juzgar-actuar-revisar y los momentos fuertes de celebración de la fe.
La Relación con la Sociedad.
El joven inicia un proceso caracterizado por el paso de relaciones, problemas e intereses inmediatos, al planteo más amplio de las cuestiones económicas, políticas, culturales y sociales.
En un primer momento, sufre pasivamente la problemática social, pero luego comienza a cuestionarla a partir de las situaciones que le toca vivir diariamente. Por la reflexión del Evangelio a partir de la realidad y por la misma experiencia grupal, va descubriendo su propia persona como ser original y en relación, su entorno social inmediato con sus valores, antivalores y problemáticas y con las causas estructurales que las generan; su pertenencia a un pueblo con valores culturales propios y la opción preferencial por los pobres como expresión de fidelidad a Jesucristo encarnado en la historia.
En sus actividades, el grupo comienza expresando un primer sentido de solidaridad y realizando acciones de tipo asistencial, para ir descubriendo luego la importancia de la acción en común y desarrollando acciones menos ingenuas y más liberadoras.
La Relación con Dios Liberador.
El joven vive un proceso de maduración que parte de su fe propia de niño y va hacia una relación más adulta con un Dios cercano y amigo en la persona de Jesús. Al mismo tiempo, se va liberando de las imágenes deformadas de Dios que había adquirido y que con frecuencia condicionan negativamente su fe. Esto implica valorar las “semillas del Verbo” ya presentes en su experiencia juvenil y descubrir que Dios lo ama y le propone un proyecto de vida.
De este modo, el joven va descubriendo la fe como un “estilo de vida” que expresa su opción consciente de seguir a Jesucristo y vivir los valores del Evangelio. Esta necesidad de optar por el seguimiento de Jesús es el punto de partida de su formación ético-moral.
Al tiempo que va realizando este proceso, el joven se va interesando cada vez más por la profundización teórica de los contenidos de la fe, especialmente de la verdad sobre Jesucristo, sobre la Iglesia y sobre la persona humana; desarrolla su vida de oración y celebra con mayor profundidad los sacramentos; va descubriendo el sentido de la misión y del compromiso del cristiano en el mundo y va teniendo un contacto más directo y personal con la Biblia, especialmente con el Nuevo Testamento.
La Relación con la Iglesia.
A través de su grupo, el joven comienza a desarrollar su sentido de pertenencia a una comunidad creyente que le propone una vivencia de fraternidad, de comunión y de participación. A veces, en este proceso se da la interacción de la familia, especialmente a través de la participación en la celebración de los sacramentos.
Descubre también la realidad eclesial con sus virtudes y defectos, aprende a amarla realista y concretamente y ve la necesidad de estar en una actitud de permanente conversión. Comienza a profundizar la reflexión teórica sobre la Iglesia como comunidad de comunidades, servidora de la vida, pobre y solidaria con los pobres, sacramento de la presencia de Dios. En la medida en que actúa y se compromete, descubre también la organización más amplia de la Pastoral Juvenil dentro de la Iglesia y conoce y se vincula con las demás pastorales dentro de una pastoral de conjunto.
Como se ha dicho, los momentos y dimensiones descritos no son compartimientos estancos. Se separaron por razones de claridad. En la vida real, además, se influyen mutuamente y pueden ocurrir y combinarse de muy diversas maneras. No es posible determinar anticipadamente el plazo para pasar de un momento a otro pues cada grupo tiene su historia que debe ser respetada.
No todo grupo llega al momento final de la etapa de Iniciación. Muchos se deshacen en los momentos iniciales por falta de buena coordinación, asesoría o metodología. La debilidad principal está muchas veces en la superficialidad y la falta de preparación con que se realizan muchas reuniones y actividades, lo que genera luego desencanto, desánimo y abandono de los grupos.
El proceso descrito aquí hace referencia especialmente a los grupos parroquiales. Habría que hacer algunas adaptaciones para los grupos de iniciantes nucleados en los medios específicos. Para ellos, la etapa de Iniciación es frecuentemente más corta que la de los grupos nucleados en las parroquias y comunidades de base. Los grupos nucleados en los propios medios comienzan ya con cierto grado de conciencia. No son jóvenes que se nuclean sólo por motivos de amistad o de curiosidad. Normalmente buscan algo más. Aunque su nivel de conciencia política y social sea avanzado, su nivel de cultura religiosa y su compromiso de fe es muchas veces muy débil. Con los grupos que se inician en las comunidades sucede, con frecuencia, lo contrario. Mientras el trabajo de concientización es más difícil, el de educación en la fe suele encontrar menos dificultades.
El paso de la Iniciación a la Militancia.
Una etapa de Iniciación bien realizada va llevando lentamente al joven a un compromiso más serio y radical que se concreta luego en la Militancia.
El paso de la Iniciación a la Militancia se da generalmente a nivel personal. El joven pertenece a un grupo juvenil dentro del cual el crecimiento es normalmente desigual: unos avanzan más en términos de conciencia, conversión y compromiso; otros lo hacen más lentamente y otros simplemente no avanzan.
Para muchos de los primeros, el grupo deja de ser un espacio para reflexionar y continuar creciendo en la militancia que están comenzando. Se les plantean entonces varias alternativas: algunos deciden desvincularse y continuar su militancia en forma aislada, otros se mantienen en conexión con la Pastoral Juvenil y asumen responsabilidades de coordinación o animación en alguno de sus niveles y otros optan por formar nuevos grupos, más estables, nucleados en torno a intereses o espacios comunes de militancia.
En esta etapa de su vida, muchos jóvenes comienzan ya a asumir responsabilidades propias de la vida adulta en lo que se refiere a su trabajo, a sus estudios e incluso a la formación de una familia. Es el tiempo de definir más concretamente sus proyectos de vida y realizar la opción vocacional que los ubicará como cristianos adultos -laicos, religiosos o sacerdotes- en la Iglesia y en la sociedad.
2.3.3 La Etapa de Militancia.
La palabra “militante” tiene una larga historia en la vida de la Iglesia. Se refiere a la acción eficaz del cristiano y a su compromiso, a su testimonio, a su lucha y a su actuar concretos en el mundo y en la propia Iglesia.
La militancia ejercida por los jóvenes cristianos se define como aquella acción cada vez más reflexionada, intencionada, consciente, contextualizada y organizada, en orden a promover una renovación en la Iglesia y en la sociedad. Se entiende como la opción que hacen los jóvenes cristianos por asumir el estilo de vida de Jesús de Nazaret y por vivir su vida como una entrega a los demás.
Dentro del proceso evolutivo de la personalidad del joven, la militancia es una etapa activa y creativa. Se desarrolla una vez superada la adolescencia y supone la integración dinámica de los elementos cognoscitivos, afectivos, sociales y trascendentes en una opción y proyecto de vida.
Es a la vez una realidad y un proyecto a construir. Una realidad, porque los procesos pastorales de los países latinoamericanos muestran experiencias concretas de militancia tanto a nivel eclesial como en organismos intermedios del orden político-social. En algunos casos, sin embargo, estas experiencias son todavía limitadas y parciales, lo que muestra que es también un proyecto a construir. Es una meta que se propone a todo joven sujeto de un proceso de educación en la fe, una meta a la que debe intentar llegar, un compromiso ineludible que todo joven cristiano debe asumir para cumplir responsablemente su misión liberadora y transformadora en el mundo.
Exige una actitud de constante conversión y discernimiento sobre el estilo de vida que se desea asumir, así como sobre los espacios en los que se puede y se debe actuar y sobre las organizaciones con las cuales trabajar en común para favorecer la construcción de la Civilización del Amor, en justicia y fraternidad.
Espacios de militancia.
El joven militante recibe llamados al compromiso tanto desde la comunidad eclesial como desde los organismos sociales intermedios.
A medida que avanza la etapa de Iniciación, los jóvenes van teniendo sus primeras experiencias de compromiso con la comunidad eclesial, especialmente en la nucleación y animación de otros grupos juveniles. Cuando llegan a la Militancia, asumen generalmente responsabilidades pastorales en niveles parroquiales, diocesanos y hasta nacionales, tanto en la propia Pastoral Juvenil como en otros organismos pastorales. Así, hay jóvenes militantes animadores de grupos de iniciantes, coordinadores de parroquias, zonas o diócesis; integrantes de consejos pastorales, agentes de pastoral social, catequistas, miembros de equipos de medios de comunicación, de programas de educación popular, etc.
Pero hay muchos jóvenes, también, que percibiendo el sufrimiento y la injusticia en la que viven amplios sectores de la humanidad, quieren trabajar por el cambio de la realidad y asumen su militancia en el ámbito social, participando en las organizaciones intermedias: partidos políticos, movimientos populares, dirigencias gremiales o estudiantiles, asociaciones barriales, grupos de defensa de los derechos humanos, de promoción de la mujer, movimientos ecológicos, etc. Muchos de los que optan por un mayor protagonismo en estas organizaciones intermedias, mantienen contacto con la comunidad cristiana, sea a través de la participación en encuentros o en celebraciones litúrgicas, sea a través de su propia comunidad de reflexión.
La militancia en ambos espacios es importante. Algunos jóvenes consiguen hacerlo, desarrollando así una doble militancia. Es necesario tener en cuenta que los militantes que priorizan el espacio pastoral y no desarrollan compromisos en la sociedad, deben tener, por lo menos, una presencia testimonial en ella. Los militantes de las organizaciones intermedias, por su parte, necesitan mantener su referencia con la comunidad eclesial para alimentar y celebrar su fe.
Del mismo modo, las acciones de militancia en el espacio pastoral, que tienen como finalidad promover el fortalecimiento de la comunión eclesial, necesitan desarrollarse también en vistas a la misión transformadora en el mundo. Y las acciones de militancia en el espacio social, cuyo objetivo es la transformación de la sociedad, deben hacer también su aporte a la transformación de la vida de la comunidad eclesial.
Formación, acompañamiento y organización.
Los jóvenes militantes tienen especiales exigencias en el campo de la formación, del acompañamiento y de la organización.
La primera, es profundizar su propia formación. El espacio de los organismos intermedios es de gran conflictividad y pluralismo ideológico y plantea, por tanto, la necesidad de una sólida formación teológica y sociológica, para que los jóvenes puedan hacer un sano discernimiento de sus opciones. La Enseñanza Social de la Iglesia tiene aquí un lugar muy importante.
La misma necesidad puede reconocerse en aquellos que se comprometen en los espacios pastorales. La participación más intensa en la vida intraeclesial y en sus organismos de comunión, la necesidad de asumir corresponsablemente opciones pastorales concretas y la percepción de los conflictos que existen en las mismas estructuras pastorales, exigen una visión más profunda del ser y misión de la Iglesia y de la propia vocación del joven militante en el marco de una teología actualizada. Asimismo, las exigencias de un servicio eficiente en el ámbito de compromiso elegido requiere cada vez más una mayor preparación y capacitación.
La segunda, es instrumentar una estructura específica para el acompañamiento de los militantes. En muchas ocasiones, los jóvenes militantes han sido abandonados por la Iglesia por su actividad cuestionadora. La Iglesia debe enfrentar el desafío de presentar el Evangelio también a un joven crítico, pues, de lo contrario, perdería los elementos más dinámicos que tendrán un papel importante en la transformación de la historia, que avanza con o sin la participación de la Iglesia. No acompañarlos en la etapa de la militancia, implicaría perder los años gastados en la preparación de esos liderazgos y desperdiciar la oportunidad de preparar laicos cristianos que sean verdadero fermento en los organismos intermedios que trabajan por la nueva sociedad.
Por la actual crisis de militancia, muchos jóvenes se sienten desanimados ante la aparente esterilidad de sus generosos esfuerzos. Pierden el sentido de lo que están haciendo y corren el peligro de caer en la tentación de “amoldarse” a las circunstancias, de aprovechar sus cualidades de organización y liderazgo para sacar ventajas personales en los organismos intermedios o de abandonar decepcionados sus compromisos para dedicarse a “hacer la suya” en el plano laboral, afectivo y familiar.
Los jóvenes militantes tienen que encontrar en la Iglesia un espacio para sentirse entre iguales, donde poder reflejar su nueva práctica con otros que tienen el mismo nivel de conciencia y compromiso. Se necesita una estructura de acompañamiento a través de grupos de militantes, coordinaciones propias, cursos, subsidios y el apoyo del método de la revisión de vida. Una estructura de este tipo podrá dar continuidad al proyecto de evangelización comenzado en la etapa de Iniciación y ofrecer al joven los apoyos de formación que continúan necesitando.
Esta necesidad de acompañamiento es particularmente importante en el caso de los jóvenes que tienen una militancia en la sociedad, ya que los que tienen una militancia en los ámbitos pastorales, aunque salgan de la pastoral juvenil, siguen siendo acompañados por la propia comunidad.
La tercera, es la necesidad de la organización. Sin articulación entre sí en los diferentes niveles, los grupos de militantes se cerrarían en una misión particular y limitada. Existirían como un fin en sí mismos. La articulación permite el intercambio de experiencias; a través del diálogo, lleva a la sistematización de vivencias y reflexiones, preservando la memoria histórica y suscita y conduce a una maduración en lo teórico y en lo organizativo.
Dimensiones formativas.
En la etapa de Militancia se siguen desarrollando las cinco dimensiones de la formación integral que comenzaron en la etapa de Iniciación. Se presenta aquí una breve descripción de los procesos que se van generando en los jóvenes.
La Relación del Joven consigo mismo.
El joven militante siente la necesidad de seguir adelante en su proceso de formación, de permanente crecimiento y de mayor compromiso, que le va exigiendo un testimonio cada vez más coherente. Requiere, por tanto, una formación más solida, basada fundamentalmente en la búsqueda de respuestas a sus constantes cuestionamientos sobre la realidad y sobre el mismo compromiso asumido. A la luz de los compromisos ya asumidos, la opción vocacional que se venía concretando desde el paso de la Iniciación a la Militancia se va aclarando más, y se van dando pasos concretos para comenzar a realizar el proyecto de vida en lo familiar, laboral y profesional.
La Relación con el Grupo.
El joven militante necesita revisar su vida y su compromiso en una pequeña comunidad, donde también celebra su fe, crece en la dimensión comunitaria y se motiva en sus relaciones. Se afirman así sus valores personales, la dimensión social de su compromiso y el sentido del cambio interior y se profundizan sus actitudes de solidaridad. El grupo adquiere rasgos mucho más propios, más adaptados a las características de sus integrantes y de sus militancias y a sus posibilidades de tiempo y movilidad, etc.
La Relación con la Sociedad.
La experiencia grupal y la toma de conciencia de la sociedad en que vive, llevan al joven militante a cuestionarla, sobre todo a partir de las situaciones que debe afrontar diariamente. Se va generando un cambio en su manera de pensar, de sentir y de actuar, que le hacen plantearse las grandes cuestiones políticas, sociales y culturales a resolver en su vida. Comienza a asumir compromisos de liderazgo en organismos intermedios. En la medida en que se incorpora claramente en su proyecto de vida, se reafirma su opción por los pobres, la que va dando a su profesión o actividad laboral un sentido liberador.
La Relación con Dios Liberador.
El joven militante vive una experiencia personal y comunitaria de Jesús y acepta radicalmente el compromiso de seguirlo, lo que da forma a una espiritualidad ya consolidada, expresada y alimentada por la vivencia sacramental y la formación teológica. Su oración se interioriza más. En su contacto con la Palabra de Dios, “descubre” el Antiguo Testamento y la Historia de Salvación como camino del pueblo que culmina en la venida liberadora de Jesucristo. Vive la pascua como un llamado al crecimiento continuo en una experiencia de liberación integral.
La Relación con la Iglesia.
El joven militante tiene mayor conciencia de su pertenencia a la Iglesia y de su relación con ella. Asume un rol más protagónico en la comunidad, lo que le permite tener más conciencia de la vida interna de la Iglesia, con sus contradicciones y sus riquezas. A pesar de las contradicciones, llega a comprometerse con la misión de anunciar el Reino en la historia: un reino de fraternidad, de justicia y de paz, que no se agota en la sociedad, sino que la trasciende hasta abarcar a la persona humana en su totalidad. Su vida en la comunidad es testimonio de su vida eclesial.
Los jóvenes militantes suelen ser el “rostro” de la comunidad eclesial que, a través de ellos, se hace presente en los medios específicos, en los vecindarios y en todo tipo de organizaciones intermedias. Suelen convertirse también en los integrantes más dinámicos de las estructuras pastorales de animación, coordinacion y decisión y con mucha frecuencia asumen importantes responsabilidades en ellas.
2.4 Otras formas de sistematización del proceso.
Este planteo acerca de las “dimensiones” y de las “etapas” ha promovido en América Latina, el surgimiento de diversos “modelos” concretos, que utilizan diferentes terminologías pero que sistematizan los rasgos comunes de la misma rica experiencia de los procesos grupales.
Así, por ejemplo:
* La Pastoral Juvenil de Brasil propone cinco dimensiones: personalización, integración social, teológico-teologal, política y capacitación técnica y seis momentos -referidos sobre todo a la etapa de Iniciación-: descubrimiento del grupo, descubrimiento de la comunidad y del problema social, descubrimiento de una estructura organizativa más amplia, descubrimiento de las causas estructurales, descubrimiento de la militancia y descubrimiento de las etapas recorridas.
* La Pastoral Juvenil de Chile propone cuatro dimensiones: personalización, socialización, crecimiento grupal y discernimiento cristiano y tres etapas: motivación e iniciación, maduración de la fraternidad y maduración de la misión.
* La Pastoral Juvenil de México propone cinco dimensiones: personal, grupal, crítico- constructiva, proyección comunitaria y dimensión cristiana y cuatro etapas: iniciación, profundización, opciones y compromiso.
Estas sistematizaciones, y otras que mantienen las mismas denominaciones que se presentan en este libro, se han ido construyendo y verificando siempre a partir de la experiencia concreta de la vida de los grupos juveniles, por lo que significan un enriquecimiento continuo a la reflexión latinoamericana. En la variedad de sus denominaciones y contenidos, así como en la incorporación de nuevas dimensiones -en algunos países se van proponiendo otras como la vocacional o la relación con la naturaleza- se revelan dos realidades: en primer lugar, la notable coincidencia en los contenidos, pues todas apuntan a descubrir un camino de maduración hacia un proyecto de vida cristiano a través de una progresiva apertura del joven al mundo y a la historia; y en segundo lugar, la conciencia de que estos modelos no son esquemas rígidos ni terminados y que su función es ofrecer marcos teóricos válidos para orientar a quienes quieren desencadenar y acompañar procesos de formación de los jóvenes sin caer en improvisaciones, confusiones o manipulaciones.


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