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Cita con la

muerte


Agatha Christie

AGATHA CHRISTIE

Cita con la muerte

Círculo de Lectores

GUÍA DEL LECTOR

En un orden alfabético convencional relacionamos a continuación los principales

personajes que intervienen en esta obra

BOYNTON (señora): Ex celadora de una cárcel y viuda de Elmer Boynton, que fue

gobernador de ese mismo centro.

BOYNTON (Raymond): Hijastro de la señora Boynton.

BOYNTON (Carol): Hijastra de la señora Boynton y hermana de Raymond.

BOYNTON (Lennox): Hermano de Raymond y Carol.

BOYNTON (Ginebra): Hija de la señora Boynton y hermanastra de Lennox,

Raymond y Carol.

BOYNTON (Nadine): Esposa de Lennox.

CARBURY (Coronel): Comisario de Amman.

COPE (Jefferson): Antiguo amigo de Nadine Boynton.

GERARD (Theodore): Eminente especialista en enfermedades mentales.

KING (Sarah): Joven doctora en medicina.

MAHMOUD: Guía beduino.

PIERCE (Annabel): Institutriz, turista y compañera de viaje de lady Westholme.

POIROT (Hércules): Famoso detective.

WESTHOLME (Lady): Turista y miembro del Parlamento inglés.

A Richard y Myra Mallock, como recuerdo de su viaje a Petra.

Primera parte

CAPÍTULO PRIMERO

- Lo ves, ¿verdad? Hay que matarla.

La frase flotó en el aire tranquilo de la noche, por un momento pareció mantenerse

allí y después, dejándose llevar, se perdió en la oscuridad en dirección al mar

Muerto.


Hércules Poirot permaneció inmóvil durante un minuto con la mano en el tirador de

la ventana. Frunciendo el ceño, la cerró con decisión, impidiendo de este modo el paso

a cualquier aire nocturno que pudiese ser nocivo. Hércules Poirot había sido educado

en la convicción de que todo aire procedente del exterior estaba mejor fuera y de que el

aire de la noche era especialmente peligroso para la salud.

Mientras corría pulcramente las cortinas y se dirigía a la cama, sonrió para sí

mismo con indulgencia.

“¿Lo ves, ¿verdad? Hay que matarla.”

Era curioso que un detective como Poirot escuchara por casualidad estas palabras

en su primera noche en Jerusalén.

- ¡Está claro que, dondequiera que vaya, hay algo que me recuerda el crimen! -

murmuró para sus adentros.

Seguía sonriendo mientras recordaba una historia que había oído una vez acerca de

Anthony Trollope, el novelista. En cierta ocasión, Trollope cruzaba el Atlántico y oyó

por azar la conversación de otros dos pasajeros que discutían acerca de la última

entrega publicada de una de sus novelas.

- Está muy bien - decía uno de los interlocutores, - pero debería acabar de matar a

esa fastidiosa anciana.

Con una amplia sonrisa, el novelista se dirigió a ellos:

- ¡Caballeros, les estoy muy agradecido! ¡Iré a matarla enseguida!

Hércules Poirot se preguntaba a qué habrían obedecido las palabras que acababa de

escuchar. Tal vez se trataba de una colaboración en una pieza teatral o en un libro.

Todavía sonriente, pensó: “Esas palabras podrían ser recordadas algún día y tener

entonces un significado más siniestro”.

En ese momento recordó haber percibido una peculiar y nerviosa intensidad en la

voz, un temblor que hablaba de alguna fuerte tensión emocional. Era la voz de un

hombre... o la de un muchacho...

Al tiempo que apagaba la lámpara de la mesita de noche, Hércules Poirot pensó:

“Podría reconocer esa voz...”.

Acodados en el alféizar de la ventana, con las cabezas muy juntas, Raymond y Carol

Boynton tenían la mirada fija en las azuladas profundidades de la noche.

Nerviosamente, Raymond repitió las palabras que acababa de pronunciar:

- Lo ves, ¿verdad? Hay que matarla.

Carol Boynton se estremeció ligeramente. Con voz profunda y ronca, contestó:

- Es horrible...

- ¡No es más horrible que esto!

- Supongo que no...

Violentamente, Raymond agregó:

- ¡Las cosas no pueden seguir así! ¡No puede ser..! Tenemos que hacer algo... y no

hay otra cosa que podamos hacer...

- Si pudiéramos marcharnos... - dijo Carol, pero su voz delataba su falta de

convicción y ella lo sabía.

- No podemos - la voz de Raymond sonaba vacía y desesperanzada -. Tú sabes que

no podemos, Carol.

La muchacha se estremeció.

- Lo sé, Ray. Lo sé.

De repente, Raymond soltó una breve y amarga carcajada.

- La gente dirá que estábamos locos por no ser capaces de irnos y ya está.

- A lo mejor estamos locos - dijo Carol lentamente.

- Quizá. Sí, quizá lo estemos o, en todo caso, lo estaremos pronto... Supongo que

algunas personas dirían que ya es así. ¡Aquí nos tienes, planeando con toda

tranquilidad y a sangre fría el asesinato de nuestra madre!

- ¡No es nuestra verdadera madre! - replicó Carol con aspereza.

- No lo es, es cierto.

Hubo una pausa y luego Raymond preguntó en un tono indiferente:

- ¿Estás de acuerdo, Carol?

Carol respondió con firmeza:

- Sí, creo que debe morir...

Y entonces estalló de repente:

- ¡Está loca! ¡Estoy segura de que está loca! Si no lo estuviese no podría torturarnos

como lo hace. Durante años hemos estado diciéndonos: “¡Esto no puede seguir así!”. ¡Y

ha seguido así! Nos hemos dicho: “Algún día se morirá”. ¡Pero no se ha muerto! No creo

que muera nunca, a menos que...

Raymond terminó la frase con firmeza:

- A menos que la matemos...

- Sí.


La muchacha apoyó fuertemente las manos sobre el alféizar.

Su hermano prosiguió en un tono frío e indiferente y lo único que delataba la

profunda excitación que sentía era un ligero temblor:

- Te das cuenta de por qué tiene que hacerlo uno de nosotros, ¿verdad? Si contamos

con Lennox, hay que considerar a Nadine. Y no podemos meter a Jinny en esto.

Carol se estremeció.

- ¡Pobre Jinny! ¡Estoy tan asustada!

- Lo sé. Las cosas se ponen cada vez peor, ¿verdad? Por eso hay que hacer algo

rápido, antes de que pierda totalmente la razón.

Carol se enderezó de pronto, echando hacia atrás un mechón de cabellos castaños

que caía sobre su frente.

- Ray - dijo -, tú no crees que esté realmente mal lo que hacemos, ¿verdad?

Con el mismo tono desapasionado de antes, Raymond respondió:

- No. Creo que es como matar un perro rabioso. Es algo que hace daño y que debe

ser parado. No tenemos otro medio de detenerla.

Carol murmuró:

- Pero de todas formas nos mandarían a la silla eléctrica... Quiero decir que no

podríamos explicar cómo es ella... Resultaría increíble... ¡En cierto modo, todo está en

nuestras imaginaciones!

- Nadie lo sabrá jamás - dijo Raymond -. Tengo un plan. Lo he pensado todo muy

bien. No correremos ningún peligro.

Carol se volvió bruscamente hacia su hermano.

- Ray, no se por qué, pero eres otro. Algo te ha sucedido... ¿Qué es lo que te ha hecho

idear todo esto?

- ¿Por qué crees que me ha sucedido algo?

Raymond volvió la cabeza y clavó sus ojos en la noche.

- Porque es así... Ray, dime, ¿es aquella chica del tren?

- No, por supuesto que no. ¿Por qué tendría que ser ella? Por favor, Carol, no digas

tonterías. Volvamos a...

- ¿A tu plan? ¿Estás seguro de que es bueno?

- Sí. Creo que sí... Por supuesto debemos esperar a que se presente la ocasión. Y si

sale bien, seremos libres, todos nosotros.

- ¿Libres? - Carol lanzó un leve suspiro y miró hacia las estrellas. De pronto tuvo

una convulsión y rompió a llorar.

- ¡Carol! ¿Qué te pasa?

Ella habló entrecortadamente entre sollozos:

- ¡Es todo tan hermoso! La noche, el azul del cielo, las estrellas... ¡Si pudiésemos ser

tan sólo una parte de todo eso...! ¡Si pudiésemos ser como los demás en vez de ser como

somos, extraños, pervertidos y malos!

- Pero lo seremos, seremos... normales. Cuando ella muera.

- ¿Estás seguro? ¿No es demasiado tarde? ¿No seremos siempre retorcidos y

diferentes?

- No, no, no.

- Me pregunto...

- Carol, si prefieres no...

La muchacha rechazó el abrazo de su hermano.

- No. Estoy contigo. ¡Estoy contigo sin dudarlo! Por los otros, sobre todo por Jinny.

¡Tenemos que salvar a Jinny!

Raymond hizo una breve pausa.

- Entonces, ¿seguiremos adelante? - preguntó.

- Sí.

- Bien. Te diré cuál es mi plan...



Inclinó la cabeza hasta la de su hermana y habló en voz baja.

CAPÍTULO II

La señorita Sarah King, licenciada en medicina, estaba de

pie junto a la mesa de la sala de lectura del Hotel Salomón de Jerusalén,

removiendo distraídamente los periódicos y revistas. Tenía el ceño fruncido y parecía

preocupada.

Un caballero francés, alto y de mediana edad, entró en la sala procedente del

vestíbulo y la observó durante un momento antes de acercarse y colocarse al otro lado

de la mesa. Cuando sus ojos se encontraron, Sarah esbozó una leve sonrisa, indicando

con ello que lo había reconocido. Recordaba que aquel hombre la había ayudado

durante el viaje desde El Cairo y que, al no aparecer ningún mozo en la estación, había

cargado con una de sus maletas.

- ¿Le gusta Jerusalén? - preguntó el doctor Gerard después de que hubieran

intercambiado los correspondientes saludos.

- En algunos sentidos, me parece terrible - dijo Sarah. Y añadió -: la religión es muy

extraña.


El francés parecía divertido.

- Comprendo lo que quiere decir. - Su inglés era casi perfecto. - ¡Todas las sectas

imaginables enzarzadas en luchas y disputas constantes!

- ¡Y también los horribles edificios que han levantado! - dijo Sarah.

- Sí, es cierto.

Sarah suspiró.

- Hoy me han echado de un sitio porque llevaba un vestido sin mangas - dijo

tristemente -. Al Todopoderoso no le gustan mis brazos, a pesar de haberlos creado Él

mismo.

El doctor Gerard se echó a reír. Luego dijo:



- Iba a tomar café. ¿Quiere acompañarme, señorita..?

- Mi nombre es King. Sarah King.

- Y éste es el mío... Con su permiso - dijo sacando una tarjeta.

Sarah la cogió y, al leerla, sus ojos se abrieron con sorpresa y admiración.

- ¿El doctor Theodore Gerard? ¡Estoy encantada de conocerle! He leído todos sus

trabajos, por supuesto. Sus teorías sobre la esquizofrenia son enormemente

interesantes.

- ¿Por supuesto? - Gerard arqueó las cejas inquisitivamente.

Sarah se lo explicó con cierta timidez:

- Es que yo también estoy en camino de ser doctora, ¿sabe? Acabo de licenciarme en

medicina.

- ¡Ah! Ya veo.

El doctor Gerard encargó que les sirvieran el café y se sentaron en un extremo del

comedor. El francés estaba menos interesado por los conocimientos médicos de Sarah

que por los cabellos negros que se le rizaban sobre la frente y por su boca roja y

bellamente formada. Le divertía la evidente admiración con que ella lo miraba.

- ¿Se va a quedar aquí mucho tiempo? - le preguntó siguiendo las reglas

convencionales de toda conversación.

- Unos días solamente. Después quiero ir a Petra.

- ¡Vaya! Yo también estaba pensando en ir allí, si no lleva demasiado tiempo llegar.

Tengo que estar de vuelta en París el día catorce.

- Se necesita aproximadamente una semana, creo. Dos días para ir, dos de estancia

y dos para volver.

- Tengo que ir a la agencia de viajes esta mañana para ver cómo puedo arreglarlo.

Un grupo de personas entró en el comedor y se sentó. Sarah los observó con cierto

interés y bajó la voz.

- ¿Se ha fijado en esos que acaban de entrar? ¿No recuerda haberlos visto la otra

noche en el tren? Salieron de El Cairo al mismo tiempo que nosotros.

El doctor Gerard se ajustó el monóculo y dirigió su mirada al otro lado de la sala.

- ¿Americanos?

Sarah asintió.

- Sí, una familia norteamericana. Pero bastante fuera de lo común, según creo.

- ¿Fuera de lo común? ¿En qué sentido?

- Bueno, fíjese en ellos, sobre todo en la vieja.

El doctor Gerard obedeció. Su aguda y profesional mirada voló rápidamente de un

rostro a otro.

En primer lugar vio a un hombre alto y un tanto desgarbado, que aparentaba unos

treinta años. Tenía una cara agradable, pero sus facciones revelaban debilidad y su

expresión parecía extrañamente apática. Después había dos atractivos jóvenes. EI

chico tenía un perfil casi griego. “También le pasa algo - pensó el doctor Gerard -. Sí,

está con los nervios en tensión.” La chica es sin duda su hermana, pues el parecido

entre ambos es muy grande. También está nerviosa. Hay otra muchacha, más joven,

de cabellos rojos dorados, que forman una especie de halo alrededor de su cabeza. Sus

manos no se están quietas: estiran y desgarran el pañuelo que tiene en su regazo. Y

aún hay otra mujer, joven, tranquila, de cabello negro y palidez cremosa, cuyo apacible

rostro recuerda el de alguna Madonna de Luigi. Nada hay en ella que denote

nerviosismo. Y en el centro del grupo... “¡Cielos! - pensó el doctor Gerard, con ingenua

y francesa repulsión -. ¡Qué mujer más horrible!” Vieja, hinchada, abotargada, sentada

en medio de todos ellos con la inmovilidad de un viejo y desfigurado Buda, era como

una gran araña en el centro de su tela.

- La maman no es precisamente bonita, ¿eh? - dijo dirigiéndose a Sarah, al tiempo

que se encogía de hombros.

- Hay algo bastante siniestro en ella, ¿no cree? - preguntó Sarah.

El doctor Gerard volvió a examinarla. Esta vez su mirada fue profesional, no

estética.

- Hidropesía... Cardíaca - y añadió una frase en su jerga médica.

- Sí. ¡Eso es! - Sarah prescindió de la parte científica -. Pero hay algo extraño en la

actitud de los otros hacia ella, ¿no le parece?

- ¿Sabe usted quiénes son?

- Se llaman Boynton. La madre, un hijo casado, su mujer, otro hijo más joven y dos

hijas menores.

- La famille Boynton recorre el mundo - murmuró el doctor Gerard.

- Sí, pero hay algo muy extraño en la manera que tienen de recorrerlo. Nunca

hablan con nadie. Y ninguno de ellos puede hacer nada sin el consentimiento de la

vieja.

- Es una matriarca - dijo Gerard, pensativo.



- Creo que es una completa tirana - dijo Sarah.

El doctor Gerard se encogió de hombros y comentó que la mujer americana

dominaba la tierra. Era un hecho bien conocido en todo el mundo.

- Sí, pero hay algo más - insistió Sarah -. Los tiene a todos acobardados,

completamente dominados. ¡Es algo indecente!

- Tener demasiado poder es malo para las mujeres - declaró Gerard con repentina

seriedad y meneando la cabeza -. Es difícil para una mujer no abusar de su poder.

Miró de reojo a Sarah. Estaba observando a la familia Boynton, o mejor dicho, a un

miembro en particular de dicha familia. El doctor Gerard esbozó una rápida sonrisa de

gálica comprensión. ¡Ah! ¿Así que era eso? Insinuadoramente, murmuró:

- Ha hablado con ellos, ¿verdad?

- Sí, al menos con uno de ellos.

- ¿Con el hijo más joven?

- Sí, en el tren, viniendo de Kantara. Estaba de pie en el pasillo. Le hablé.

No había timidez en su manera de afrontar la vida. Estaba interesado en la

humanidad y tenía un carácter amistoso aunque impaciente.

- ¿Qué la impulsó a hablarle? - preguntó Gerard.

Sarah se encogió de hombros.

- ¿Por qué no iba a hacerlo? Suelo hablar con la gente que me encuentro cuando

viajo. Me interesan las personas. Lo que hacen, lo que piensan o sienten...

- En otras palabras, los pone usted bajo el microscopio.

- Supongo que se le puede llamar así - admitió la joven.

- ¿Y cuáles han sido sus impresiones en este caso?

- Bueno... - vaciló -. Fue muy extraño. Para empezar, el chico se puso colorado hasta

la raíz del pelo.

- ¿Es eso tan raro? - preguntó Gerard secamente.

Sarah rió.

- ¿Cree que pensó que yo era una desvergonzada y que me estaba insinuando? No, a

mí no me lo parece. Los hombres siempre saben discernir, ¿verdad?

Miró interrogativamente y con toda franqueza al doctor Gerard. Éste asintió con la

cabeza.

- Me dio la impresión - dijo Sarah con lentitud, frunciendo ligeramente el ceño - de



que se sentía... ¿Cómo podría decirlo? Se sentía a la vez excitado y aterrado.

Enormemente excitado y, al mismo tiempo, asustado de un modo absurdo. Eso es raro,

¿no? Siempre me ha parecido que los americanos están muy seguros de sí mismos, más

incluso de lo que sería normal. Un chico americano de, por ejemplo, veinte años sabe

mucho más del mundo y tiene mucho más savoir - faire que un muchacho inglés de la

misma edad. Y ese chico debe de tener más de veinte años.

- Yo diría que tiene veintitrés o veinticuatro.

- ¿Tantos?

- Creo que sí.

- Sí... Quizá tenga razón... Es sólo que parece muy joven...

- No se ha desarrollado mentalmente. En él persiste la infantilidad.

- ¿Entonces tengo razón al pensar que hay algo en él que no es muy normal?

El doctor Gerard se encogió de hombros, sonriendo levemente ante la seriedad de la

joven.


- Mi querida y joven dama, ¿alguno de nosotros es totalmente normal? Sin embargo,

estoy de acuerdo con usted en que probablemente se trata de una neurosis de algún

tipo.

- Seguramente relacionada con esa horrible anciana.



- Parece sentir por ella una gran antipatía - declaró Gerard, mirando curiosamente

a la joven.

- Sí, la siento. Tiene una mirada malévola.

- Eso les ocurre a muchas madres cuando sus hijos se sienten atraídos por

muchachas fascinadoras - murmuró Gerard.

Sarah se encogió de hombros con impaciencia. Los franceses eran todos iguales,

pensó, ¡obsesionados por el sexo! Aunque ella, por supuesto, como psicóloga

concienciada que era, estaba predispuesta a admitir que en la mayoría de los

fenómenos hay una base sexual subyacente. Los pensamientos de Sarah se desviaron

hacia las consideraciones psicológicas usuales.

Salió de sus meditaciones con un sobresalto. Raymond Boynton atravesaba en ese

momento la sala hacia la mesa central. Eligió una revista y volvió sobre sus pasos. Al

pasar junto a Sarah, ésta lo miró y le preguntó:

- ¿Ha estado visitando la ciudad?

Eligió sus palabras al azar, interesada tan sólo por el modo en que serían recibidas.

Raymond casi se detuvo, enrojeció, dio un respingo, como un caballo nervioso, y su

mirada se dirigió aprensivamente al centro de su grupo familiar.

- ¡Oh! Sí, claro... Sí, por supuesto, yo...

Luego, súbitamente, como si hubiera recibido una espoleada, se apresuró a regresar

junto a su familia y ofreció la revista a su madre.

La grotesca figura en forma de Buda alargó una mano gruesa y la cogió. Sus ojos,

observó el doctor Gerard, estaban clavados fijamente en la cara del muchacho. Lanzó

un gruñido y ni siquiera dio las gracias. El doctor notó que luego miraba duramente a

Sarah. Su rostro, imperturbable, no mostraba expresión alguna. Hubiera sido

imposible saber lo que pasaba por la mente de aquella mujer.

Sarah miró su reloj y lanzó una exclamación:

- Es más tarde de lo que pensaba.

Se levantó y dijo:

- Doctor Gerard, muchas gracias por el café. Tengo que escribir unas cartas.

El francés se puso en pie y estrechó su mano.

- Espero que volvamos a vernos - dijo.

- ¡Oh, sí, desde luego! ¿Irá usted a Petra?

- Procuraré ir.

Sarah le dedicó una sonrisa y salió del comedor. Al hacerlo pasó junto a la familia

Boynton.

El doctor Gerard, que los observaba atentamente, vio cómo la mirada de la señora

Boynton se clavaba en su hijo y cómo los ojos del muchacho se encontraban con los de

ella. Cuando Sarah pasó, Raymond Boynton volvió la cabeza, no hacia la joven, sino

hacia el otro lado. Fue un movimiento lento y forzado; parecía como si la vieja señora

Boynton hubiese tirado de una cuerda invisible.

Sarah King se dio cuenta de que él la evitaba y era lo bastante joven y lo bastante

humana para sentirse molesta por ello. ¡Habían mantenido una conversación tan

amistosa en aquel pasillo balanceante del tren! Habían comparado sus notas acerca de

Egipto y se habían reído del ridículo modo de hablar que tenían los vendedores

callejeros. Sarah le había contado una anécdota acerca de un camellero, que la había

abordado diciéndole, en un tono esperanzado y a la vez insolente: “¿Tú, dama inglesa o

americana?”, y al que ella había respondido: “No, china”. ¡Y el placer que había sentido

al comprobar el total aturdimiento de aquel hombre cuando la miraba!

Sarah pensó que el muchacho se había comportado como un encantador y ansioso

colegial. Incluso podría decirse que había habido algo casi patético en su ansiedad. Y

ahora, sin ninguna razón, parecía avergonzado y se portaba como si fuera un grosero.

Era francamente descortés.

- No volveré a preocuparme por él - decidió Sarah indignada.

Porque Sarah, sin ser excesivamente vanidosa, tenía un concepto muy alto de sí

misma. Se sabía muy atractiva para el sexo opuesto y no estaba dispuesta a aceptar

un desprecio.

Quizá se había mostrado demasiado amable con aquel muchacho. Por alguna razón

oscura, había sentido lástima por él.

En cambio, en aquel momento resultaba evidente que no era más que el típico joven

americano descortés, engreído y grosero.

En vez de escribir las cartas de las que había hablado, Sarah King se sentó frente al

tocador, peinó hacia atrás su cabellera y, fijando la vista en aquellos desconcertados

ojos color avellana que le devolvían la mirada desde el espejo, se puso a repasar su

vida.


Acababa de pasar por una difícil crisis emocional. Un mes antes había roto su

compromiso con un joven doctor, cuatro años mayor que ella. Se habían sentido

siempre muy atraídos el uno por el otro, pero sus caracteres eran demasiado parecidos.

Sus peleas y desacuerdos habían sido continuos. Sarah tenía un temperamento

demasiado dominante para aguantar las imposiciones de nadie. Sin embargo, como

muchas mujeres cultivadas, había creído admirar la fuerza y siempre se había dicho a

sí misma que deseaba ser sometida. Cuando encontró a un hombre capaz de imponerle

su dominio, se dio cuenta de que aquello no le gustaba en absoluto. El romper su

compromiso le había causado mucho dolor, pero era lo bastante sensata para darse

cuenta de que la mera atracción mutua no era base suficiente sobre la que levantar la

felicidad de toda una vida. De modo que se había recetado a sí misma unas

interesantes vacaciones en el extranjero, un viaje que le ayudase a olvidar, antes de

empezar otra vez a trabajar en serio.

Los pensamientos de Sarah volvieron del pasado al presente. “Me gustaría hablar

con el doctor Gerard de su trabajo - pensó -. Ha realizado cosas maravillosas. Si al

menos me tomara en serio... Quizá si viene a Petra...”




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