Charlas sobre Zen



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Octavo Discurso:
El Primer Principio
Hay unas hermosas letras esculpidas sobre el pórtico del

Templo Oaku en Kyoto, que dicen: "El Primer Principio”.

La gente viene desde lejos y desde cerca a admirar

estas letras. La caligrafía original fue trazada sobre papel

por el maestro Ko­sen. Cuando Kosen estaba dibujando

las letras, había un alum­no a su lado que había mezclado

la tinta.

-No está tan bien -dijo el discípulo al primer intento de

Kosen.

-Peor que antes -dijo al segundo intento.

Y siguió así. Después de sesenta y cuatro intentos,

la tinta escaseaba, y el alumno fue a preparar un poco

más.

Kosen pensó: "Sólo una prueba rápida con el resto de la

tin­ta, mientras no está ese alumno".
Cuando el alumno regresó, miró bien esta última prueba

y dijo:

-¡Una obra maestra!
Unos breves comentarios antes de metemos en esta hermo­sa historia. Primero, si estás dividido, surge un conflicto, no sólo en la mente, sino también en tu bioenergía. Cuando eres dos. Y, si eres dos, se pierde energía en el conflicto; se disipa. Si no eres uno, no se puede hacer nada. En lo que concierne a la travesía interior, tu unidad será cada vez más necesaria. En la su­perficie, está bien; puedes seguir haciendo el trabajo día a día, in­cluso estando dividido.

Imagínate una circunferencia con un centro: si trazas dos líneas desde la periferia hacia el centro, sobre la periferia están separa­das; pero, cuanto más te acercas al centro, más la brecha se re­duce, se reduce y se reduce. Cerca del centro, la brecha casi no existe; en el centro, la brecha desaparece. En el centro, todo se unifica; en la periferia, todo se divide en dos.

Cuando tienes autoconsciencia, eres dos, porque entonces exis­tes en la periferia. Cuando no tienes autoconsciencia, eres uno, porque entonces no existes en la periferia, sino en el centro.

Si eres un egoísta, estás disipando tu energía, porque el yo existe en la periferia. El yo existe para los otros: tiene que estar en la periferia. Cuando estás absolutamente solo en tu ser más ín­timo, el yo no existe. Tú existes, pero el yo no; y, cuando existes sin el yo, tu energía es enorme. Cuando existes sin yo, eres un dios. Entonces, no estás dividido y la fuente de energía es infini­ta.


En la periferia todo está dividido; no sólo dividido, sino en con­flicto. Es como si mis dos manos estuvieran luchando: la derecha golpea a la izquierda, y la izquierda, a la derecha. ¿Qué pasaría? ¿Habría alguna posibilidad de que una de las manos saliera triun­fante? Ninguna posibilidad, porque las dos manos son mías. La derecha no podría ganar, porque es mía; la izquierda no podría ser derrotada, porque es mía. Más allá de tener dos manos, soy uno; por eso, no hay posibilidad de victoria para ninguna de las dos. Y toda victoria no será más que un sueño, una pretensión. Me puedo engañar, puedo poner la mano derecha sobre la iz­quierda y decir: "Ahora ha triunfado la derecha”. Puedo modificar la situación en un solo instante. Puedo poner la mano izquier­da sobre la derecha y decir: "Ha triunfado la izquierda”. Esto es lo que haces permanentemente.

Si te enfrentas contigo mismo, no hay victoria. Nadie va a ser derrotado y nadie va a triunfar; todo el juego es idiota. Pero una cosa es segura: si sigues peleando contigo mismo, estás perdien­do energía. Ni la derecha ni la izquierda pueden ganar; al final, tú serás derrotado. Es suicida, te estás destruyendo.

Cuando eres uno, te transformas en un creador; cuando eres dos, te vuelves suicida, te destruyes a ti mismo. ¿Y cómo te haces dos? Cada vez que aparece la autoconsciencia, te divides. Cada vez que miras a los demás y te preguntas qué pensarán de ti, te divi­des. Por eso todo lo hermoso no puede suceder cuando eres dos. Un creador tiene que olvidar todo, tiene que olvidarse de todo el mundo. Sólo entonces, algo del más allá desciende.

Se dice de uno de los grandes poetas de la India, Rabindranath Tagore, que cada vez que estaba escribiendo o pintando un cua­dro, era tanta su autoconsciencia que se olvidaba de comer, de be­ber, de dormir. Incluso entraba su esposa y él no podía reconocer al ser que estaba de pie ante él. Entonces, cada vez que estaba de ánimo creativo, nadie lo molestaba, nadie se le acercaba, nadie pasaba por su casa, porque él estaba en un estado de ánimo tan diferente que molestarlo podía ser fatal. Durante tres o cuatro días, o tal vez una semana, no comía, no "hacía" nada. Se había transformado en un medio. Era uno.


Un gran poeta inglés, Coleridge, dejó únicamente siete poemas completos, y fue uno de los más grandes. Dejó miles de poemas in­completos; se han calculado unos cuarenta mil, de los cuales sólo siete están completos. Cuando estaba por morir, alguien le preguntó:

-¿Qué te ocurre? La casa está toda llena de poemas incomple­tos, y a algunos sólo les falta un toquecito, la última línea. O bien hay tres líneas y falta una. ¿Por qué no puedes terminarlos?

Se dice que Coleridge respondió:

-¿Quién podría terminarlos? Yo nunca escribí ni una sola pala­bra. Cuando yo no estoy, algo desciende. Sólo surgieron tres líneas; estuve esperando la cuarta, pero nunca apareció. Y yo no puedo completarlo, pues no sería correcto. No puedo completarlo porque vendría de un plano diferente del ser. Yo no estaba cuando aparecie­ron estas líneas, y estaría demasiado presente al agregar la cuarta. Yo podría agregarla, pero sería simplemente falsa; sería algo im­puesto. No sería fluido, no sería auténtico ni sería real. ¿Qué puedo hacer entonces? Sólo puedo esperar.

Esperaba, para algunos poemas, durante veinte años; entonces, la línea que faltaba llegaba, y él la agregaba.
Sucedió que el libro de Rabindranath, Gitanjali, por el cual se ga­nó el premio Nobel, se hizo famoso en todo el mundo. Él mismo lo tradujo, pues lo escribió en bengalí: como el original estaba en ben­galí, lo tradujo él mismo. Pero no se sentía tan seguro: traducir pro­sa es fácil, pero traducir poesía es muy, muy difícil, incluso siendo la propia, porque la poesía existe más allá de la gramática. Es más mú­sica y menos lenguaje; es más un sentimiento y menos una idea. Es escurridiza, y en ello radica su belleza. No puedes dejarla fija; es co­mo un río en movimiento; no como un estanque. La prosa es como un estanque; la poesía es como un río.

Rabindranath lo intentó. Trabajó muchos días en partes sueltas. Después lo tradujo completo. Pero, como no se sentía seguro, le pi­dió ayuda a C. F. Andrews, uno de los colegas de Mahatma Gandhi, que trabajó mucho a favor de la independencia de la India. C. F. An­drews le dio una mirada y dijo:

-¡Es maravilloso, hermoso! Sólo me gustaría modificarlo en cuatro partes, pues en cuatro partes no es gramatical.

Entonces, lo modificó en esas cuatro partes (sólo cuatro pala­bras), y Rabindranath se puso muy contento.

Dijo Andrews:

-Ahora está bien.

Entonces, Rabindranath lo llevó a Londres. Antes de su publica­ción, convocó una pequeña reunión de poetas en casa de Yeats, uno de los grandes poetas ingleses. Se habían reunido casi veinte poe­tas, todos conocidos. Ellos escucharon y Rabindranath preguntó:

-¿Creen que falta algo? Yeats se puso de pie y dijo: -Está mal en cuatro partes.

Rabindranath se sorprendió. No lo podía creer, porque nadie más sabía que C. F. Andrews había modificado el libro en cuatro partes.

Preguntó:

-¿Cuáles son estas cuatro partes?

Y eran exactamente las mismas.

Aclaró Yeats:

-En estas cuatro partes, se interrumpe la onda. Alguna otra per­sona introdujo esas cuatro partes; no fuiste tú.

Yeats era un poeta muy perceptivo: era capaz de sentir que, en algún punto, el río se había estancado, que había ingresado algo de otro plano del ser, que algo se había bloqueado, y que el río ya no es­taba flotando con tanta fluidez como antes. En algún lado, había una roca, una piedra. La gramática es como una roca: está muerta.

-Sí, C. F. Andrews me sugirió estas palabras; y, como él es in­glés, conoce el idioma mejor que yo. El inglés no es mi lengua ma­terna -dijo Rabindranath, y agregó-: Éstas son las cuatro palabras que yo había utilizado antes de la corrección de Andrews.

Yeats respondió:

-Son gramaticalmente incorrectas, pero son poéticas; tienen onda, así que olvida la gramática y conserva la onda.


En el centro mismo, lo fundamental es la onda. La gramática es irrelevante: sólo existe en la superficie. En el centro, sólo una onda energética. Se necesita un plano diferente del ser. Cuando algo del más allá llega a ti, se requiere que seas uno.

Éstos son los dos planos de la humanidad: la dualidad, el pla­no de la dualidad, que los hindúes llaman dwaita, el plano de dos; y la no dualidad, el plano de uno, el plano de lo no dual. Cuando estás dividido, estás en este mundo; cuando no estás dividido, trasciendes: ya no estás aquí, entraste en el más allá. Entonces, las fronteras se unen y se reúnen en ti. Por lo tanto, todo el es­fuerzo radica en cómo hacerse indiviso, cómo unificarse.

La otra noche, una chica se me acercó y me dijo que ya se ha­bía vuelto sannyasin por dentro. ¿Por qué dividir el adentro del afuera? ¿Hay verdaderamente una división entre el adentro y el afuera? ¿Dónde está la línea demarcatoria? ¿Puedes trazar una línea y afirmar que, más allá de la misma, es adentro? ¿Dónde? ¿Puedes trazar una línea en el cuerpo? Si muere el cuerpo, mue­res tú. Si el cuerpo no está allí, ¿dónde estás tú? Entonces, ¿en la mente? Si la mente se torna inconsciente, tú te vuelves incons­ciente. ¿Quién eres sin la mente? ¿Dónde establecer la división? Todo está vinculado.

En la periferia es afuera; en el centro es adentro; pero la peri­feria pertenece al centro. ¿Puedes tener un centro sin periferia? Entonces, ¿qué clase de centro sería? El centro pertenece a la pe­riferia. ¿Puedes tener una periferia sin centro? Pertenecen uno al otro. Son como dos márgenes de un río: el río flota entre ambos y no se los puede separar.

Cuando tienes hambre, no dices: "El hambre está adentro: ¿cómo podré comer el alimento, que está afuera?". Ingieres la co­mida y ésta se transforma en tu sangre, que a su vez se convierte en tu bioenergía. Tu bioenergía se transforma en tu pensamien­to; tu pensamiento, en tu corazón, tus sentimientos; y tus senti­mientos, a su vez, se convierten en tu testigo; y tu testigo, en lo divino, lo esencial. Hay una digestión imperceptible en cada pla­no. Ingieres la comida, que está afuera. En el momento en que la incorporas y la digieres, lo no esencial es nuevamente expulsado. Lo esencial se desplaza hacia el centro. Lo has digerido: se con­vierte en tu sangre, tus huesos, tu carne: el cuerpo. Entonces, nuevamente tiene lugar una digestión y lo más sutil se vuelve a ab­sorber. Se transforma en tu bioenergía, lo que los científicos de­nominan el bioplasma. Se forma tu electricidad. Pero entonces vuelve a producirse una digestión: lo esencial es absorbido hacia adentro, y se convierte en tus pensamientos. El pensamiento es una electricidad sutil. Luego, vuelves a meterte hacia adentro. El pensamiento se digiere y se transforma en sentimiento: se con­vierte en tu corazón.

Entonces, el amor es una bioenergía aún más sutil que el pen­samiento; pero todavía no es el final. Nuevamente, en el amor, lo más sutil se absorbe y se digiere: se transforma en tu testigo, en tu meditación; se transforma en tu consciencia. Pero ese tampoco es el final, pues el testigo está aún allí y, por lo tanto, la división persiste. Se ha angostado; casi has llegado al centro, pero la divi­sión todavía está allí. Eres un testigo: hay sujeto y hay objeto. ¿De qué eres testigo? La división todavía está allí.

Después, en el último salto, la energía se ha centrado por com­pleto; desaparecen el sujeto y el objeto. Entonces, ya no hay tes­tigo; te has ido al más allá, estás como si no estuvieras. Estás y no estás; te has convertido en el todo. Éste es el estado, el estado fi­nal en el cual, de alguna manera, estás total y completamente ani­quilado y, de otra manera, te has transformado en el todo. El hi­jo desaparece; ahora, te has convertido en el padre. Ahora, no hay Cristo; sólo existe el padre más supremo: el hijo es absorbi­do. ¿Dónde trazarás la línea entre lo que está afuera y lo que es­tá adentro?
Muchos acuden a mí y me dicen que por dentro ya son real­mente sannyasins, pero por fuera... ¿Pero hay en verdad una di­visión? Y, si divides, te conviertes en dos; entonces, surge el con­flicto, todo el juego de la lucha interior. Aparece una política in­terna: ¿quién va a dominar a quién? O el afuera va a dominar al adentro, o el adentro va a dominar al afuera. Si el afuera domina al adentro, te vuelves un materialista. Si el adentro domina al afuera, te vuelves un espiritualista. En cualquiera de los dos casos, eres una mitad y no un entero.

Cuando desaparecen el adentro y el afuera, nadie domina a nadie, porque la dominación no es un buen estado de cosas. El que domina, tarde o temprano, será rechazado. Los opresores se­rán los oprimidos, y los oprimidos se volverán opresores. Es co­mo una pelea entre tu mano izquierda y la derecha, y todo el jue­go es como una simulación. Recuerda esta paradoja: cuanto más se retrae hacia adentro tu yo, menos hay del afuera. Cuando ver­daderamente accedes a lo más íntimo, desaparecen tanto el aden­tro como el afuera. Entonces, eres todo y nada.


En una escuela, una maestra estaba haciendo preguntas con trampa, y dijo:

-Charlie Brown, ¿cómo definirías la nada?

Tras una vacilación de un instante, Charlie Brown respondió: -la nada es un globo sin piel.
Así eres tú en el último momento: sin piel... nada. Pero, des­pués, te has transformado en el todo, pues la piel te separaba del todo.

¿Y dónde está tu piel? La autoconsciencia es tu piel; el yo es tu piel. Cuando el yo es abolido, te conviertes al misma tiempo en nada y en todo, pues ambos significan lo mismo.

Lo segundo que hay que comprender es lo siguiente: tal vez hayas observado en ti y en los demás que hay una profunda ne­cesidad de volverse inconsciente. Por eso el atractivo de toda cla­se de alcohol, drogas, sustancias químicas. Los puritanos no pue­den entenderlo, los moralistas no pueden entenderlo. ¿Por qué? Los predicadores predican en su contra permanentemente, pero no logran modificar ni a una sola persona; ni un solo hombre ha cambiado por ese método. La humanidad sigue su camino: los pu­ritanos siguen condenando, pero nadie los escucha.

No puede ser algo común; implica algo extraordinario. Por eso es difícil tratar de modificar a un alcohólico; es muy, muy difícil; prácticamente imposible. ¿Por qué produce tanto atractivo estar inconsciente? Porque la autoconsciencia es un gran mal, es una gran carga. Y hay sólo dos formas de ir más allá de ella. Una es caer en la inconsciencia; la otra es volverse supraconsciente. O bien apuntar hacia la superconsciencia, o bien llegar a la incon­sciencia. Es la autoconsciencia una tensión tal, una ansiedad y una angustia tal, que uno se dirige al alcohol o a Dios.

Dios y el Diablo no son, en realidad, opuestos. Dios y el alco­hol... Si Dios es la consciencia suprema, la inconsciencia es el polo opuesto.
Escuché que una vez una trabajadora social que estaba tratando de convertir a la gente a la religión, contraria al pecado y al alcohol, fue a ver a Mulla Nasruddin.

Le dijo:


-La última vez que vine a verte estabas sobrio, y eso me hizo in­mensamente feliz. Pero ahora estás ebrio y eso me pone muy, pero muy triste.

-Es cierto -dijo Mulla Nasruddin, radiante de alegría. Y agre­gó-: Esta vez me toca a mí estar alegre.


El alcohol, la inconsciencia, pueden no brindarte felicidad, pero al menos te ayudan a olvidar las penas. Olvidas tus ansiedades y, a través de una ayuda química, dejas de lado la separación, la di­visión en dos, la autoconsciencia.

La autoconsciencia es la mayor tensión de la mente. Por eso a veces quieres estar solo; ansías irte al Himalaya y olvidarte de to­da la sociedad. El problema no es la sociedad; pero es tan difícil tener autoconsciencia, cuando el otro está presente, como no te­nerla. Es lo mismo. Es difícil olvidarse de uno mismo cuando el otro está presente; el "tú" crea el "yo" en tu interior; son dos po­laridades. Cuando no hay nadie allí y estás solo, te sientes en cier­to modo relajado. Por eso la gente se va al bosque. Pero, después, también se aburre, pues cuando estás solo la tensión no está, pe­ro aparece el aburrimiento, pues la excitación desaparece.

La excitación es una especie de ansiedad; y la ansiedad, una especie de excitación. Después de la excitación, no puedes estar en un estado meditativo; no puedes irte a un paraje solitario, no puedes retirarte adentro de ti, pues allí estás solo y no hay excita­ción. La excitación necesita del otro. Solo, ¿cómo puedes estar excitado? Nada sucede, ¿cómo puedes estar excitado? Para que pase cualquier cosa, se requiere del otro. Entonces, si estás solo, te aburres. Si te mueves dentro de la sociedad, si vives relaciona­do, te tensionas mucho más.

Entonces, retirarse a la soledad no ayuda. Pero, si puedes de­jar de lado tu autoconsciencia mientras convives con la sociedad, con los demás, en relación, si puedes dejar de lado tu autoconsciencia, de repente no hay tensión ni aburrimiento, y la vida es una celebración constante sin excitación alguna. Es una celebra­ción muy silenciosa. Es un placer, pero sin excitación alguna. Es una felicidad muy, muy fría; es una satisfacción profunda, pero sin ninguna excitación.

Un Buda está muy satisfecho, pero no hay excitación por eso. Sencillamente, está satisfecho. No ha conseguido nada; no ha ocurrido nada nuevo; simplemente, está conforme consigo mis­mo. Es un estado de satisfacción muy, muy frío; es un frío estado de placer.

Recuerda que ésta es la diferencia entre el placer y la felicidad.

La felicidad es excitación; el placer es felicidad sin excitación. Si hay excitación, tarde o temprano te aburrirás, porque la excita­ción sólo es tal mientras es nueva. ¿Cómo podría excitarte una y otra vez la misma cosa. Te excita un hombre o una mujer pero, una vez que se acaba la luna de miel, también se acaba la excita­ción. Casi siempre, el matrimonio se termina después de la luna de miel. Después, es sólo lo que resta, porque esperas siempre la excitación y ésta no puede ser un fenómeno permanente. Salvo que tu amor sea fresco (no frío, sino fresco; frío quiere decir muer­to, mientras que fresco implica algo vivo, pero sin excitación), se­guro que terminará en aburrimiento.

En el mundo, todo termina en aburrimiento; así tiene que ser. Cuando llegas al núcleo más íntimo de tu ser, estás feliz sin causa alguna, sin razón alguna, estás feliz sin excitación. No habrá abu­rrimiento. Y esto es también lo que sucede en el amor. Necesitas del amor, pues únicamente en él pierdes la autoconsciencia; sólo en el amor, desaparece el otro. No hay necesidad de ser "yo". Con alguien a quien amas, puedes estar solo. Aun cuando el ama­do o el amante esté presente, puedes estar solo. La potencialidad más profunda del amor es la de ayudarte a deshacerte de la auto­consciencia.

Pero, si tienes que cargar constantemente con la presencia del otro, si tienes que comportarte de manera acorde, si tienes que seguir las reglas, si tienes que planificar hasta en el amor qué de­cir y qué no decir, este amor, tarde o temprano, se volverá agrio, amargo, porque hay allí autoconsciencia.

Cuando ves que la autoconsciencia desaparece (en el alcohol, en el amor, en la meditación), te sientes bien. Pero el alcohol no te puede ofrecer un estado permanente; el amor sí puede ofrecér­telo, pero esta posibilidad es muy, muy difícil. Recuerda: el amor es más difícil que la meditación, porque el amor implica vivir con el otro y sin uno mismo. La meditación implica vivir con uno mis­mo, olvidándose completamente del otro; es una dimensión me­nos dificultosa que la del amor. Por eso, quienes son capaces de amar no necesitan la meditación; llegan a través del amor.

Jesús dice que el amor es Dios. Pero amar es muy difícil. Es di­fícil porque el otro participa con todos sus problemas. El otro se enferma; tú te enfermas. Y, cuando se juntan dos personas enfer­mas, la enfermedad no se duplica; se multiplica. Es muy difícil amar pero, si eres capaz de amar, no hay ninguna necesidad de meditar. El amor será tu meditación y llegarás a la iluminación a través de él. Si no puedes amar, si sientes que es difícil, entonces la única posibilidad es la meditación. Sólo una persona entre un millón alcanza la iluminación a través del amor; los demás la con­siguen a través de la meditación. Una vez que te vuelves medita­tivo, amar también te resulta sencillo. Puedes amar. Si amas, la meditación se convierte en una sombra del amor.

Debes decidir cómo deshacerte de tu autoconsciencia. Hay dos métodos: uno, a través del amor, de la relación, de la convivencia con el otro y del crecimiento. Es un camino difícil, muy, muy ar­duo: no hay nada más difícil. Y el otro consiste en vivir en estado de meditación. Tienes que optar.

Si desarrollas el amor, la meditación surgirá como una sombra. El amor y la meditación son dos caras de la misma moneda: si lo­gras controlar uno de estos aspectos, después se produce el otro. Si meditas, después vendrá el amor. Si amas, después vendrá la meditación. Aquí debes decidir. La meditación es más fácil; el amor es más difícil. Salvo que desees meterte en la dificultad in­necesariamente; eso lo decides tú. De no ser así, con la medita­ción, el amor llega en forma automática. Ésta es mi sensación: que el noventa por ciento de la gente debe atravesar la meditación para que después se produzca el amor. Sólo el uno por ciento puede pasar por el amor, y llegar luego a la meditación. Éste es el estado de la situación: así son las cosas. Pero una cosa es segu­ra: que en ambos casos es necesario deshacerse de la autoconsciencia.
Ahora, trata de entender esta historia.
Hay unas hermosas letras esculpidas sobre el pórtico del Templo

Oaku en Kyoto, que dicen: "El Primer Principio”. La gente viene

desde lejos y desde cerca a admirar estas letras. La caligrafía

original fue trazada sobre papel por el maestro Kosen.
El zen emplea toda clase de habilidades para desarrollar la me­ditación; la caligrafía es una de ellas. Si viste la caligrafía japone­sa o china, notarás cierta característica: hay fluidez. Ninguna otra lengua es capaz de ello, porque todas las otras lenguas tienen un alfabeto. Estas lenguas orientales (chino, japonés) carecen de alfa­beto. Son lenguas pictóricas: no se usa la lapicera, sino el pincel. Y se caracteriza por la fluidez.

Entonces, caligrafía no es sólo lo que está escrito. También lle­va implícito algo del maestro que la hizo: la fluidez. No se puede modificar; no puedes corregirla. Simplemente, se hace de gol­pe. Es necesario un maestro muy habilidoso y en un estado de plena consciencia. No puedes cambiarla, no puedes corregirla. Si la corriges, se pierde todo lo importante, porque entra el yo. Tú simplemente debes flotar con ella.

Son cuadros, y lo fundamental no es lo que está escrito; lo fun­damental es lo que está oculto. Te sorprenderá que, en el pórtico de un templo, estén escritas sólo estas palabras: "El Primer Prin­cipio”. ¿Qué clase de mensaje es ese? El Primer Principio... No dice nada. Si vas y lees las palabras ("El Primer Principio"), ¿qué indican? No hay allí ningún mensaje.

El primer principio es lo que fluye. No está escrito: esas pala­bras son sólo un camino indirecto. Si observas la caligrafía, hay un primer principio: la fluidez. Si puedes flotar, si tu energía pue­de circular sin bloqueos, lo lograrás. Pero, en el momento de ad­quirir autoconsciencia, se produce de inmediato un bloqueo. Es co­mo quedarse dormido: si conservas autoconsciencia, no puedes dormirte. Ahora, Occidente sufre de insomnio; y tarde o tempra­no, todo el mundo lo sufrirá, pues se requiere de autoinconsciencia para poder dormir.

Y la civilización entera te enseña a ser más autoconsciente to­davía. Caminar, actuar, moverse en la vida, forman parte de toda una práctica destinada a ser un sutil egoísta. La psicología occi­dental dice que es necesario un yo maduro; todo el esfuerzo de Oriente es hacer necesaria una madura pérdida del yo. De hecho, sólo maduras cuando te quedas sin yo; nunca antes.

El yo es un fenómeno juvenil; es infantil, es tonto, es idiota, pues a través del yo, simplemente, te separas del fluir del univer­so; entonces, ya no formas parte del mismo. Es como si una ola del océano afirmara ser absoluta y no pertenecer al océano, no tener nada que ver con él y estar separada del mismo.

El yo es separación y, cuando una ola afirma estar aislada, co­mete una tontería. La ola es una con el océano; el océano "se on­dula" en ella.

La verdadera madurez es lograr una pérdida del yo, un globo sin piel; entonces, estás plenamente maduro, eres un Buda, al­guien que se ha despertado. La psicología occidental sostiene que tienes que transformarte en un yo maduro. Y está bien; siempre que lo estés consiguiendo sólo para desecharlo después, dado que sólo se puede desechar lo que se tiene. Entonces, está bien: con­sigue un yo, pero no te quedes atrapado en él. Es algo que hay que obtener y desechar. Es algo que debes conseguir, porque, si no tienes un yo, ¿cómo lograrías abandonarlo?

Éste siempre fue un problema para mí. Los orientales (hindúes, japoneses) acuden a mí y se pueden abandonar con mucha facili­dad; están prácticamente dispuestos a abandonarse, pero no tie­nen nada que abandonar. Los occidentales acuden a mí: son muy, muy reacios a abandonarse y tienen algo que abandonar. Si lo abandonan, crecen. Y los orientales, antes de abandonar nada, deben obtener un yo maduro.

Recuerda que sólo se puede abandonar aquello que se tiene. Si no tienes yo, ¿qué vas a abandonar? La psicología occidental da el primer paso y la religión oriental da el último. Son complemen­tarias. Si la psicología occidental y la religión oriental no se unen, el hombre seguirá estando en problemas.

¿Qué hay en estas palabras: "el primer principio"? No dicen nada. Pero lo importante no es "el primer principio". Lo impor­tante no son las palabras. Lo importante es, era, para el maestro, dotarlas de tal fluidez que ni siquiera quedara en ellas un resto de autoconsciencia. Todo el que disfrute de leer entre líneas, podrá hacerlo en este pórtico del templo.

¿Y por qué en el pórtico? Porque es el pórtico del templo. Si eres autoconsciente, no puedes ingresar a un templo; ese es el primer principio. Si tienes autoconsciencia, si tienes una mentali­dad egoísta, no puedes ingresar a un templo. Si dejas de lado tu autoconsciencia, sólo entonces podrás entrar.

¿Y qué es un templo? Es un vacío. Es una nada rodeada de pa­redes; es un vacío. Dejas el yo afuera. Ésta era la dificultad del maestro: escribir estas tres palabras con tal fluidez que, al escribir­las, ni una gota de sí mismo se metiera en ellas. Es difícil, porque no puedes evaluar esto si no sabes cómo puede tu autoconsciencia destruir la fluidez. El primer principio es estar en un estado de flui­dez tal que el "yo" no sea un obstáculo; simplemente, vivir en un constante dejarse ir.

No hay nada como la caligrafía china o japonesa. Ninguna lengua puede servir; sólo ellas: pictóricas, fluidas, hechas con pincel. Se necesitan años de práctica. Primero, hay que enseñarle a un hombre la destreza de la caligrafía. Pero eso sólo no sirve, porque la destreza sola no es el punto. Una persona muy egoísta puede volverse muy diestra, pero ese no es el punto.

Entonces, primero uno debe aprender caligrafía durante años; y después el maestro dice: "Ahora, déjalo. Durante algunos años, olvídate de esto”. El discípulo debe olvidarse de esto durante tres o cuatro años. Hará otras cosas: cuidado del jardín, limpieza, mu­chos millones de cosas, pero no caligrafía. Tiene que olvidarse por completo, para que la destreza no se conserve en el yo, en la superficie, sino que se instale y se instale, que se instale en el cen­tro, que llegue al fondo mismo del río.

Entonces, el maestro dice: "Ahora; ahora, puedes practicar la caligrafía. Pero hazlo sin autoconsciencia, hazlo como si no fueras tú quien lo hace, como si alguien lo estuviera haciendo a través de ti. Te vuelves meramente instrumental y sólo muévete con la ener­gía”. Ese era el punto, y estaría en el pórtico.


La caligrafía original fue trazada sobre papel por el maestro

Kosen. Cuando Kosen estaba dibujando las letras, había un

alumno a su lado, que había mezclado la tinta.
...a su lado, que había mezclado la tinta. Hay que mezclar tinta fresca continuamente; no se utiliza tinta lista para usar. Son todas cosas simbólicas: todo debe estar fresco, moviéndose en el momento. Un alumno parado a su lado mezcla continuamente la tinta, mientras el maestro sigue haciendo la caligrafía.

Pero, cuando el alumno vio la primera caligrafía completa, di­jo:

-No está tan bien.

En el primer intento de Kosen, el problema fue éste: ensegui­da, el maestro tomó consciencia del discípulo, de que éste estaba allí parado, juzgando, mirando. Y, cuando alguien está juzgando, es muy difícil mantener la autoinconsciencia. Se autoconcientizó: un ligero temblor en la mano, un leve temor, un pequeño esfuer­zo, porque alguien iba a juzgarlo. Se asustó, le entró un ligero ner­viosismo.


Mulla Nasruddin estaba invitado a hablar en un club de damas. Una mujer entró en la habitación y le preguntó a Nasruddin:

-¿Estás nervioso? (porque iba a hablar en pocos minutos).

-No, nunca estuve nervioso, ¡nunca en mi vida! -dijo Nas­ruddin, que sin embargo temblaba mientras hablaba.

La mujer le respondió:

-Entonces, ¿qué haces en el baño de damas?
Estaba nervioso y no se había dado cuenta de que estaba en el baño de mujeres. No estaba consciente; estaba caminando de un lado para el otro.

Cuando estás nervioso, no eres tú mismo. Cuando tienes au­toconsciencia, no eres tu verdadero ser; estás asustado, hay un li­gero temblor dentro de ti, porque otros van a evaluar si te apre­cian o no; te ha entrado un temor.

Supe de un maestro zen, Bokuju, que les hablaba a sus discí­pulos, aun cuando ellos, a veces, no llegaran en el momento indi­cado. Empezaba a hablar y no había nadie que lo escuchara. A veces, hablaba durante tanto tiempo que los discípulos simple­mente desaparecían, pero él continuaba.

Conocí a un hombre en mi propia vida. Tuve un maestro, un maestro extraño. Yo era el único alumno de su materia; así que me dijo: "Recuerda una cosa, porque yo no sigo reglas. Cuando hablo, no puedo acordarme del tiempo; así que, si te sientes in­cómodo o tienes ganas de ir al baño, simplemente ve y no me molestes. Y luego vuelve en silencio, siéntate y yo seguiré. Mien­tras no estás, no puedo interrumpir mi fluidez; entonces, ve y vuelve, pero no me molestes. Y no esperes, porque nadie sabe cuándo me voy a detener. Puedo empezar cuando suena el tim­bre, pero no puedo detenerme cuando suena, porque ¿cómo po­dría controlarme un timbre? Comenzar con él, está bien. ¿Pero terminar? Si algo está incompleto, ¿cómo podría finalizar? Tendré que completarlo. Entonces, si estás harto o si te aburres, simple­mente vete.

Probé muchas veces: me quedé afuera hasta media hora y, cuando regresaba, él estaba hablando y ahí no había nadie.

Esta clase de hombre no puede ponerse nervioso porque no le preocupa si alguien lo está escuchando o no; a él no le inquieta­ba saber si alguien lo estaba juzgando o no. Pero a Kosen le molestaba: aún no era un maestro perfecto. Esto demuestra que es­taba más interesado en el juicio de los demás que en hacer lo su­yo. Aún no había accedido al centro. Estaba casi en el centro, lo había alcanzado en forma aproximada, pero faltaba algo.


-No está tan bien -dijo el discípulo al primer intento de Kosen.

-Peor que antes -dijo al segundo intento.

Y siguió así.
Se debe haber preocupado cada vez más.
Después de sesenta y cuatro intentos, la tinta escaseaba, y

el alumno fue a preparar un poco más.

Kosen pensó: "Sólo una prueba rápida con el resto de la tin­ta,

mientras no está este alumno".
El alumno estaba afuera; entonces, mientras estaba fuera de su camino, Kosen quería hacer un último intento. Porque, cuando el discípulo estaba afuera, Kosen no estaba autoconsciente, no ha­bía nadie allí para juzgar.
"Sólo una prueba rápida con el resto de la tinta, mientras

no está ese alumno”.
Cuando el alumno está fuera del camino, el yo también está fuera del camino. Mientras el discípulo está afuera, Kosen tam­bién está afuera. Debido a la presencia del alumno, Kosen no po­día no estar; debido a la presencia del alumno, Kosen tenía que estar allí. Cuando el alumno estaba fuera del camino, Kosen tam­bién lo estaba: el paso estaba libre; no había nadie. Tanto el dis­cípulo como Kosen habían desaparecido.
Cuando el alumno regresó, miró bien esta última prueba

y dijo:

-¡Una obra maestra!
¿Cómo había sucedido? Fracasó sesenta y cuatro veces, y la sexagésima quinta lo consiguió. ¿Cómo fue? Sesenta y cuatro ve­ces, él estaba ahí para hacerlo; la última vez, en cambio, él no es­taba ahí para hacerlo; había sido realizado por el más allá. Cuan­do no estás, funciona el más allá; cuando estás, el más allá no puede funcionar porque tú estás en el camino.

No sólo esta caligrafía se transformó en una obra maestra, si­no que, a través de ella, Kosen se convirtió en un maestro perfec­to. Nunca más persona alguna pudo volver a molestarlo, nunca más se puso nervioso, nunca más tuvo autoconsciencia. ¡Nunca más! Esto se transformó en una revelación, un descubrimiento. Pudo ver claramente cuál era el problema: no era el alumno, era él mismo. No era su ojo ni su juicio, era su propio yo.

Recuerda esto, porque llegará un momento en tu meditación en el cual solamente tú estarás en tu camino, nadie más. Seguro que llegará un momento en tu crecimiento también en el cual to­do esté libre y sólo tú estés en el camino. Entonces, nunca pien­ses en lo que los demás piensan acerca de tu meditación. Nunca pienses en los demás: por qué y cómo te juzgan. Sus juicios son asunto suyo; es su problema, no tiene nada que ver contigo. Tú haces lo tuyo y lo haces en forma completa. Retírate totalmente y, entonces, todo empieza a suceder.

En el momento en que desaparece el actor, todo empieza a su­ceder. Si la meditación no se produce, el problema es el actor: aún estás actuando. Deja que suceda. Aún eres el actor, aún estás viendo cómo y qué piensan los demás, si te considerarán loco. Si el juicio de los demás permanece en tu mente, no puedes unifi­carte; estás dividido.

Solamente el yo piensa en los demás, porque depende de ellos. No es más que una acumulación de las opiniones ajenas, de lo que los demás dicen de ti. Estás permanentemente en la vidrie­ra, como un exhibicionista: "¿Qué están pensando los demás? ¿Qué están diciendo los demás?". Tu yo se conserva y se torna más sólido y cristalizado, gracias a esos otros.

¿Observaste alguna vez que, cada vez que no estás pensando en lo que los otros piensan de ti, de repente sientes un nuevo flu­jo de energía en tu interior, un flujo sin bloqueos? No hay obstá­culos y el río fluye hacia el océano. Y, entonces, todo lo que ha­ces se convierte en una obra de arte: ¡todo! Ahora tienes una cua­lidad totalmente diferente. Ahora, existes en un plano absoluta­mente distinto y todo lo que haces, aun algo pequeño, se torna absolutamente diferente. Se transforma en El Primer Principio.

Si eres íntegro, aun cuando te saques los zapatos antes de en­trar en esta casa, te los sacas de una manera diferente. Se con­vierte en El Primer Principio. Si una caligrafía, sólo tres palabras ("El Primer Principio"), puede transformarse en un gran mensaje, ¿por qué no los zapatos? El modo en que caminas se vuelve El Pri­mer Principio. Caminas sin autoconsciencia, como un animal, co­mo un ave, o te sientas debajo de un árbol y te sientas como un árbol, sin autoconsciencia. Y, entonces, de repente, muchos millo­nes de cosas comienzan a pasar en tu interior. El único problema es que estás tú, y la única solución es que no debieras estar ahí.

Simplemente, deja el camino. No te quedes ahí parado, despe­ja el camino, ponte a un costado. Es difícil; por eso es El Primer Principio. Pero, una vez que lo puedes hacer, has entrado. No hay nadie más que tú bloqueando el camino.

Mira cómo haces las cosas y siempre descubrirás al yo. La gen­te que hace plegarias siempre mira a su alrededor. Ve a una mez­quita y mira, ve a un templo y mira. Si hay mucha gente, dice sus plegarias con fervor. Si no hay nadie que los mire, lo hacen de pri­sa, como si la plegaria no estuviera dirigida a Dios sino a los visi­tantes, a los observadores.

Esto sucede continuamente en cualquier cosa que haces. No disfrutas del acto, sino de las opiniones de los demás. ¿Y esto qué valor tiene? ¿Qué importancia tiene? ¿Para qué estás aquí? ¿Para que otros te consideren un hombre muy bueno, un hombre reli­gioso, un meditador, un buscador de la verdad? La verdad parece ser tan importante como que los otros digan que eres un gran bus­cador de la verdad.

La gente acude a mí todos los días y yo observo. Algo le pasa a alguien en la espalda: tal vez sea sólo un dolor de espalda. Pe­ro acude a mí y, si yo le digo que no es más que un dolor de es­palda y le indico que vaya al médico, no se sentirá bien. Si le di­go "Es tu kundalini en ascenso", y miro su rostro, se sentirá alegre, enormemente alegre. Y, de cada cien casos, noventa y nue­ve son dolores de espalda. Alguien me dice que algo le sucede en el tercer ojo, pero no es más que un dolor de cabeza. Sin embar­go, si le digo que vaya y se tome una aspirina, o algo así, sólo se sentirá mal. Ha venido para otra cosa, en busca de que su creci­miento sea reconocido, de que se le diga que va a llegar a algún lado. Nunca nadie ha llegado a ningún lado con dolores de cabe­za. No sólo hay que dejar de lado los dolores de cabeza, sino la cabeza misma.

Obsérvate, mantente atento a lo que estás haciendo. No seas tonto y no te engañes. Es fácil hacerlo, pero lo divino sólo se pue­de producir cuando desaparece esa tontería. De nada ayudará... salvo que quieras seguir acumulando hojarasca alrededor del yo. Observa todo lo que haces y mantente alerta. No sigas moviéndo­te como un sonámbulo y no pretendas buscar el reconocimiento de los demás. Sólo mantente alerta, observa y espera, y lo divino se producirá. Porque, a través de la observación, desaparecerás. Al olvidarte de los demás, te olvidarás del propio yo.

Incluso con Dios, la gente tiene la misma relación: rezan en voz alta sólo para obtener cierto reconocimiento de lo divino. Como de esa fuente no puede provenir reconocimiento alguno, crearon nuevas agencias intermediarias: los sacerdotes. Ellos te pueden brindar reconocimiento. Dios nunca te reconoce; Dios únicamen­te te reconoce cuando no estás, y éste es el problema. Por eso existen los sacerdotes: te pueden reconocer; te pueden decir: "Sí, estás creciendo”. Si en verdad estás creciendo, no hay necesidad de preguntárselo a nadie; el crecimiento hablará por sí mismo; y, aunque el mundo entero lo niegue, el crecimiento hablará por sí mismo. Lo sentirás, estarás satisfecho con eso y no seguirás pre­guntando. Dios no te reconoce; por eso, en este siglo, se ha di­cho que Dios está muerto. Si no nos reconoce, ¿cómo podría es­tar vivo? Debería reconocemos y únicamente entonces...

Querríamos conservar nuestro yo hasta el mismísimo final, porque él no está allí para dar seguridad. Pero, salvo que te trans­formes en un nadie como Él, no hay posibilidad de encontrarse con Él. Creamos sacerdotes y grandes iglesias, que nos brindan garantías.

Sé de un hombre que es el principal sacerdote de una peque­ña comunidad mahometana de la India. Entrega una carta (exac­ta y literalmente, una carta), escribe una carta a Dios en referen­cia a un hombre que está por morir, diciendo que donó tanto, y que hizo tanto, esto y aquello; y le pide, por lo tanto, que "lo cui­de". La carta debe ser depositada en la tumba junto con el hom­bre. Y la gente se siente muy, muy feliz: hacen donaciones, entre­gan dinero, ayudan, rezan; todo esto, nada más que para obtener - más garantías. Estarás en tu propia tumba y la carta seguirá ahí.

Una vez, hablaba con esta comunidad. Les decía que simple­mente fueran y cavaran en sus viejas tumbas, pues allí encontra­rían esas cartas. Pero tenían miedo de cavar porque, si llegaban a encontrar allí las cartas, se les caería todo este edificio. Entonces, ¿qué hacer?, ¿quién los reconocería?

No pidas reconocimiento, pues todo reconocimiento es un es­fuerzo del yo. No te fijes en los demás; fíjate en ti mismo. Cuan­do creces, sabes. Cuando floreces, sabes. Cuando estés dichoso, sabrás. Si creces, no hay posibilidad de no saber; es absolutamen­te seguro que sabrás. Pero, en nuestras vidas, convivimos con otros permanentemente, y siempre los miramos a los ojos, nos fi­jamos cómo se sienten, qué piensan de nosotros, etc., etc. Enton­ces, el hábito se transforma en un patrón fijo de conducta. Cuan­do te vayas al otro mundo, te llevarás este mismo hábito.
Hace unos pocos días, vino un hombre y dijo: -He sido iluminado.

-Muy bien. Ahora, todo se terminó. ¿Por qué acudes a mí? ­pregunté.

-Sólo para cerciorarme.

¿Qué clase de iluminación es ésta si no estás seguro de ella?


Hubo una causa judicial contra Mulla Nasruddin, porque estaba borracho y había insultado a alguien; entonces, le hicieron juicio.

El magistrado dijo:

-Nasruddin, ¿otra vez aquí? ¿Eres culpable o no?

Respondió Nasruddin:

-Culpable, su Señoría, pero me gustaría ser juzgado para estar seguro.

Nadie tiene garantías, ni siquiera de sí mismo. Y todo el mundo se fija en el otro.


Una vez pasó que el hijo de cuatro años de Mulla Nasruddin le preguntó:

-Papi, ¿por qué te casaste con mami?

Mulla Nasruddin contempló al niño durante unos segundos, y luego replicó:

Entonces, ¿tampoco tú estás seguro? ¿Tú también te lo pre­guntas? Yo tampoco estoy seguro.

Y agregó:
-Si algún día logras averiguar por qué me casé con tu mami, por favor, dímelo.
Vives en una constante incertidumbre; tu única certeza es el re­conocimiento de los demás. Cuando empiezas a dirigirte al más allá, este reconocimiento no es necesario. Y ese es el templo, y El Primer Principio está en el pórtico: entrégate, entrégate por completo. No se te puede permitir que entres. Podrás entrar, pe­ro cuando ya no esté tu yo. Entonces, fluirás hacia el templo; en­tonces, no habrá obstáculos para la energía.

Inténtalo. Sé observador y muévete en el mundo como si estu­vieras solo, como si no hubiera nadie. Muévete en el mundo como si el aislamiento fuera absoluto, como si no hubiera nadie. Si ahí no hay nadie, tu autoconsciencia, poco a poco, cae. Entonces, el alumno estará afuera y, con el alumno, también tu yo se habrá ido.


Kosen pensó: "Sólo una prueba rápida con el resto de la tin­ta,

mientras no está ese alumno”.

Cuando el alumno regresó, miró bien esta última prueba y dijo:

-¡Una obra maestra!
Si puedes retirarte del camino, todo tu ser dirá: "¡Una obra maestra!". Tú te vuelves una obra maestra. Hay dos clases de crea­dores en el mundo. Unos trabajan con objetos: un poeta, un pin­tor, trabajan con objetos, crean cosas; otros, los místicos, se crean a sí mismos; no trabajan con objetos, sino con el sujeto; trabajan consigo mismos, con su propio ser. Y entre esta clase está el ver­dadero creador, el verdadero poeta, porque él se transforma a sí mismo en una obra maestra.

Llevas oculta en tu interior una obra maestra, pero estás para­do en el camino. Simplemente, hazte a un lado, y la obra maes­tra quedará al descubierto.

Todo el mundo es una obra maestra, porque Dios nunca crea nada menor. Todo el mundo esconde una obra maestra durante muchas vidas, sin saber quién es y tratando de convertirse en al­guien, en la superficie. Abandona la idea de convertirte en al­guien, porque ya eres una obra maestra, y ésta no se puede me­jorar. Sólo debes acceder a ella, conocerla, descubrirla. Dios mis­mo la ha creado; no se la puede mejorar.

Aquí no te estoy enseñando a mejorar tu vida. No; no yo. Te estoy enseñando únicamente a conocer la vida que ya está allí, que siempre estuvo allí: así es la cosa. Sólo hazte a un lado, para que el yo no llene tus ojos, para que tu ser no esté nublado y pa­ra que el cielo se abra. De repente, no sólo tú, sino la existencia toda, dice: "¡Una obra maestra!". Éste es El Primer Principio.

Suficiente por hoy.




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