Charlas sobre Zen



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Las Dos Concubinas



Cuando Yang Chu estaba atravesando Sung, pasó la

noche en una posada. El posadero tenía dos concubinas:

una hermo­sa y otra fea. A la fea la valoraba y a

la hermosa la rechazaba. Cuando Yang Chu le preguntó

por qué, el tipo le contestó:

-La hermosa se considera hermosa y yo no percibo su be­-

lleza. La fea se considera fea y yo no percibo su fealdad.

Yang Chu les dijo a sus discípulos: "Recordad esto: si os

comportáis noblemente y desterráis de vuestras mentes

toda idea de ser nobles, ¿adónde podéis ir y no ser

amados?".
El yo existe a través de la autoconsciencia; no puede existir de otra manera. Pero recuerda: la autoconsciencia no es la consciencia del propio yo; la autoconsciencia no es el autorecuerdo La autoconsciencia, de hecho, no es para nada consciente; es un estado inconsciente. No estás alerta cuando estás en estado de autoconsciencia, no te das cuenta, no sabes que estás en ese esta­do. Si adquieres consciencia, la autoconsciencia desaparece. Si te transformas en testigo, no se encuentra allí.

Recuerda un criterio: todo lo que desaparece a través de la consciencia es ilusorio, y todo lo que se conserva a través de la consciencia (no sólo se conserva, sino que se cristaliza más) es real. Haz de ello un criterio. La consciencia es el criterio de prueba.

En un sueño, si te das cuenta de que estás soñando, el sueño desaparece inmediatamente. No puede durar ni un segundo más. En el momento en que te das cuenta de que es un sueño, ya no está allí, porque la naturaleza misma de un sueño es ilusoria. Exis­te porque tú no estás. Cuando estás tú, desaparece. Existe sólo cuando no tienes consciencia. Si tomas este criterio de prueba y lo aplicas a todo lo que pasa, sucederá tanto dentro de ti, es posible una transformación tal a través de ello, que no puedes imaginar­lo de antemano.

La ira está allí; si te das cuenta, desaparece. El amor está allí; si te das cuenta, se cristaliza más. Entonces, el amor es parte de la existencia, y la ira, parte del sueño. Si no tienes consciencia, existes; si tomas consciencia, te disuelves, ya no estás allí; enton­ces Dios existe. Y ambos no pueden existir juntos: es tú o Dios. No hay alternativa y no hay compromiso posible. No puedes de­cir: "Cincuenta y cincuenta; un poco yo y un poco Dios”. No; no es posible. A ti no se te encuentra fácilmente, y a Dios sí.

Entonces, autoconsciencia no es la expresión correcta, pues en ella se emplea la palabra "consciencia" y se trata de un estado muy inconsciente. Sería mejor, si me permites, llamar a la autoconsciencia, autoinconsciencia. Cuando sientes que estás, algo está mal.

Dice Chuang Tzu: "Si el zapato no te entra, tomas consciencia del pie. Si -el zapato te entra, te olvidas del pie”. Por un dolor de cabeza adquieres consciencia de la cabeza. Si desaparece el dolor de cabeza, ¿dónde está la cabeza? Junto con el dolor de cabeza, desaparece también la cabeza. Cuando algo no anda bien, se vuel­ve como una herida. Cuando estás enfermo, existe la así llamada autoconsciencia. Cuando todo anda bien, hay armonía y no hay discordia (el zapato no te aprieta, todo está perfectamente bien), no se produce la autoconsciencia. Entonces, existes. De hecho, existes por primera vez; pero no hay autoconsciencia.

Por ejemplo: cada vez que estás enfermo, tomas consciencia del cuerpo. Estás débil, tienes fiebre, algo anda mal en el cuerpo: adquieres consciencia del cuerpo. Duele: tienes consciencia corpo­ral. Cuando el cuerpo está absolutamente bien, saludable, en es­tado de bienestar, no tienes consciencia del mì¥Á9 ø¿4…

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蟥Ÿ¥4ÿÿᄂÿÿᄂÿÿᄂl:::::::¤Ž¢æ¢æ¢æ¢æ, ì¥Á9 ø¿4…

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蟥Ÿ¥4ÿÿᄂÿÿᄂÿÿᄂl:::::::¤Ž¢æ¢æ¢æ¢æ, se abre una fisura; te rompes en pedazos y ya no eres uno con el cuerpo. El cuer­po existe por un lado, y tú, por otro.

En la meditación, eres uno con tu consciencia; entonces, ésta no funciona y existe como una mente. Eres uno con ella, no hay división. Cuando no hay división y aparece la unidad, toda la au­toconsciencia desaparece. Déjame que lo repita, porque puedes malinterpretarlo: no es que desaparece el yo; sólo desaparece la autoconsciencia.

Y recuerda que no estarás en un estado de inconsciencia; esta­rás perfectamente consciente, pero no autoconsciente. Estarás plena y absolutamente consciente, pero sólo habrá consciencia, no división: quién tiene consciencia de quién. No habrá sujeto y obje­to; simplemente un estado completo, absoluto, un círculo de consciencia. Esta consciencia, en la cual no hay autoconsciencia, care­ce de yo. Y esta consciencia tiene una gracia, una belleza, una be­lleza que no pertenecen a este mundo. Incluso una persona fea se vuelve hermosa en ese estado: fea en lo que hace a los criterios de este mundo, pero bañada, iluminada con algo del más allá. El cuerpo, la forma, pueden no ser hermosos, pero se llenan de una gracia desconocida. Y entonces te olvidas del cuerpo; es tanta la gracia que simplemente no puedes prestar atención al cuerpo: sientes la gracia.

Todos los santos son hermosos. No es que sus cuerpos sean siempre hermosos, no. Pero están llenos de un arrobamiento des­conocido que te roza, una gracia que inunda el medio que los ro­dea. Generan su propio clima y, estén donde estén, de repente uno siente que el clima ha cambiado. Y es una fuerza tan intensa que no puedes mirar a sus cuerpos; sus cuerpos simplemente de­saparecen, su carácter incorpóreo es demasiado.

Tu cuerpo se ve porque no hay en él carácter incorpóreo. Eres sólo el cuerpo; nada lo ilumina desde adentro. Eres como una lámpara apagada; por lo tanto, sólo se ve la lámpara. Cuando aparece la luz, te olvidas de la lámpara; cuando la luz sale de ella, ¿a quién le importa la lámpara? Y, si la luz es demasiada, ni siquie­ra puedes ver la lámpara.

Todos los santos son hermosos. Todos los niños son hermo­sos. Fíjate en el hecho de que todo niño nace hermoso; no pue­des encontrar un niño feo. Es muy, muy difícil encontrar un niño feo. Todos los niños nacen hermosos. ¿Qué sale mal después? Porque, después, no todas las personas son lindas. Todos los ni­ños nacen con gracia, pero después algo sale mal; en algún pun­to, el crecimiento se detiene y todo se vuelve feo. Después, ya no se encuentra tanta gente linda en el mundo. Y, a medida que en­vejeces, te vuelves más y más feo.

Debería ser exactamente al revés, si la vida se moviera en la di­rección correcta. Si supieras cómo vivir en forma hermosa, cómo vivir con gracia, cómo vivir a través de lo divino y no a través del yo, el caso sería exactamente opuesto. Cada niño se volvería ca­da vez más lindo, y la vejez sería la culminación de la belleza. Así tendría que ser. Si la vida se ha vivido de acuerdo con las leyes de la naturaleza, Tao, Dhamma, si se ha seguido una disciplina inte­rior, no forzada, si has amado, si has sido consciente y meditati­va, te vuelves más hermoso día a día. Y un hombre viejo, que pa­só por todos los tumultos, las subidas y bajadas de la vida, que co­noció la madurez, que ahora se ha aclimatado, tendrá una belleza que nadie más puede tener.

En Oriente sucedió. Por eso el Oriente rinde culto al viejo y no al joven, porque el joven aún está incompleto: todavía tiene que pasar por muchas cosas, y existe la posibilidad de que algo pueda salir mal. Cuando un hombre viejo es bello, ya no hay posibilidad de que decaiga: ya lo sabe todo, ha atravesado todas las experien­cias, todas las angustias de la existencia, todas las miserias y to­dos los éxtasis. Ha visto los días y las noches, ha conocido las cús­pides y los valles, y ha conseguido una integridad moral a través de todas estas experiencias. Ahora, está equilibrado: ahora, no hay izquierda ni derecha, no hay extremos. Ahora, ni espera las cúspides ni evita los valles; simplemente, acepta. La vida lo ha preparado para esta aceptación. La vida lo ha preparado para no pelear sino para tolerar. Y, cuando puedes ser tolerante, lo has conseguido.

Un hombre joven trata de no tolerar y pelea. Un hombre jo­ven trata de vencer. Un hombre joven es tonto: no sabe que la vic­toria llega a través de la tolerancia. No puede saberlo es difícil. Tendrá que pasar por muchas frustraciones; sólo entonces se dará cuenta de que las frustraciones son la otra cara de las expecta­tivas. Tendrá que soportar muchas derrotas; sólo entonces llega­rá a entender que las victorias pertenecen a quienes no pelean, que se rinden, que no luchan contra la corriente, que no tratan de ir contra la corriente, que simplemente se quedan en el lugar en que la naturaleza los puso.

Sólo aquellos que han logrado una armonía interior con la na­turaleza son victoriosos. Entonces, no hay pelea, porque ¿cómo podría una parte luchar contra el todo? ¿Y cómo podría salir vic­toriosa una parte, enfrentándose al todo? Es absurdo, pero un hombre joven necesita intentarlo.

Un hombre viejo llega a la aceptación total y, en ella; es el más bello. Y no tiene autoconsciencia; no puede tenerla, porque el yo y la autoconsciencia se generan porque uno lucha. Entonces, pri­mero hay que aprender a no tener autoconsciencia. Sí consciencia, pero no autoconsciencia: consciencia sin el yo, sólo estar alerta. ¿Y cuál es la diferencia? Cuando tienes consciencia, tienes consciencia de ti mismo; cuando tienes autoconsciencia, tienes consciencia de ti mismo en relación con otros: qué piensan de ti los demás, qué sienten por ti los demás, si te consideran bello o no. Entras a una habitación donde los demás están sentados: adquieres autoconsciencia. Eras una persona diferente, algunos minutos antes, cuan­do estabas afuera: estabas solo. En tu baño, eres completamente distinto: cantas, silbas, y hasta haces muecas delante del espejo. Eres en todo como un niño que se divierte. No te preocupas por nada más: no tienes autoconsciencia. Pero, de pronto, tomas consciencia de que alguien te espía por el agujerito de la cerradura. To­do cambia de inmediato. Ya no eres el mismo: has tomado auto­consciencia.
La autoconsciencia tiene que ver con los otros; y en eso consis­te el yo. El yo implica considerar continuamente lo que los demás están pensando de ti, si te aprecian o no, si te prestan atención o no. Y, cuando estás tan pendiente de los demás, te sentirás mal contigo mismo. No puedes estar cómodo porque no puedes con­trolar a los demás. Los otros cambian tanto como el clima. A ve­ces te aprecian (en realidad, no te aprecian: ¡por azar, apareciste ante ellos en un momento en que están de buen humor!). Te apre­cian porque se sienten generosos y de buen humor. Si apareces ante ellos cuando están de mal humor, no podrán apreciarte, les parecerás desagradable. La apreciación que ellos hacen no de­pende de ti; su apreciación o su condena depende de sus propios estados de ánimo. ¿Y cómo podrías controlar los estados de áni­mo de los demás? Son millones: no hay forma. No puedes con­trolar tu propio estado de ánimo, ¿cómo puedes esperar contro­lar el de los demás? Si dependes de los demás, estarás siempre en una continua confusión y agitación.

Un hombre maduro, un hombre que comprende, simplemen­te desecha toda la idea. Es absurda y no tiene sentido. Simple­mente, vive toda su vida sin autoconsciencia. Y entonces aparece la belleza y emerge la gracia; luego, algo del más allá empieza a descender sobre él. Y ésta es la paradoja: cuando esto sucede, muchos toman consciencia de ti. Muchos perciben la belleza, la bendición con que cargas, la gracia que aparece sólo en tu pre­sencia. Muchos lo sienten cuando no tienes autoconsciencia. Cuando tienes autoconsciencia, el esfuerzo mismo por impresio­nar te torna desagradable.

Y esto lo puedes observar en la vida. Puede ser difícil para ti verlo en ti mismo, porque es muy difícil observarse a uno mismo. Observa a otros. ¿Por qué parece desagradable una prostituta? Puede tener un cuerpo hermoso, ¿pero por qué parece desagra­dable? Porque tiene demasiada autoconsciencia: depende de la atención de los demás; es una mercancía; está a la venta; siempre está en la vidriera para que la aprecien y la miren, pues así es to­da su vida y su negocio. Una prostituta no puede vivir sin auto­consciencia. ¿Cómo podría vivir sin atraer a los otros? Aunque el cuerpo sea hermoso, no podrás encontrar belleza en una prosti­tuta: es imposible.

Y a veces un ama de casa, de repente, parece hermosa; sólo un ama de casa haciendo sus tareas domésticas: preparando la comida por si está llegando su marido, esperando a sus hijos, es­perando al amante, sentada en los escalones contemplando la dis­tancia. De pronto, sientes toda la belleza que la rodea. Es muy co­mún; no puedes decir, de ninguna manera, que sea hermosa. Pe­ro percibes la belleza. ¿Por qué? ¿Qué pasa allí? Al esperar al amante, ella no tiene autoconsciencia. No se preocupa por ti, no quiere llamar la atención de nadie, está totalmente absorta. No tiene autoconsciencia; ama a alguien.

Cuando amas a alguien, no necesitas tener autoconsciencia; y, si la tienes, no podrás amar, pues el yo se transformará en una barrera. Si no tienes autoconsciencia, sólo entonces será posible el amor. Por eso, cuanto más egoísta sea una persona, menos posi­bilidades de amar tendrá. Y, cuando no hay amor, estás en un cír­culo vicioso: crees que la gente no te ama porque no eres hermo­so; entonces, tratas de embellecerte; cada vez adquieres más au­toconsciencia. A medida que aumenta la autoconsciencia, disminu­yen las posibilidades; y, si te vuelves totalmente autoconsciente, es casi imposible: nadie podrá amarte. Simplemente, expulsas a todo el que se acerque. Eres una persona cerrada; nadie puede...ac­ceder a ti.

Una persona sin autoconsciencia es totalmente abierta. No es­pera mucho, pero sucede. Si uno espera demasiado, no pasa na­da. Este relato es hermoso; intenta comprenderlo.


Cuando Yang Chu estaba atravesando Sung, pasó la

noche en una posada. El posadero tenía dos concubinas:

una hermo­sa y otra fea. A la fea la valoraba ya la

hermosa la rechazaba.
Es una parábola; por lo tanto, no debes tomarla literalmente. De hecho, todo el mundo tiene dos concubinas. Puedes tener una sola esposa, pero eso sólo en la superficie. Todo el mundo tiene dos mujeres: una bella y una fea; porque todo el mundo tiene dos aspectos, uno bello y uno feo. Hasta una persona hermosa, en determinados momentos, es desagradable; y lo opuesto también se da: una persona fea, en determinados momentos, es linda. Es­to se debe a que la fealdad y la belleza no pertenecen a la forma; pertenecen al interior.

¿Has visto a una persona hermosa, en determinados momen­tos, cuando se vuelve totalmente desagradable? ¿Has visto a una mujer hermosa con los ojos lascivos? De pronto, todo se torna de­sagradable, porque eso es desagradable. ¿Has visto a una mujer fea con los ojos llenos de amor? De pronto, todo se torna hermo­so. El amor embellece; la lascivia te pone feo. La ira te pone feo; la compasión embellece.

Cuanto más trabaja tu mente, más tenso y feo se pone tu ros­tro. Si no piensas, si vives sin pensar mucho, en forma más me­ditativa, todo se torna hermoso. Los rostros de los Budas siempre se vuelven femeninos. Por eso los hindúes nunca pintan a sus per­sonas iluminadas con barba y bigotes; no. ¿Has visto algún cua­dro de Buda, o Mahavira, o Krishna, o Rama, con barba y bigo­tes? No es que nunca les salga barba, pues esto sería una malfor­mación: significaría qué algo funcionó mal en el aspecto biológi­co y psicológico, que faltó alguna hormona. No; tenían barba y bigotes, pero los hindúes los dejan totalmente de lado. No los pin­tan porque están retratando algo de lo interior. Están mostrando, a través de las estatuas de los Budas, que estos hombres se han vuelto completamente femeninos. ¿Por qué femeninos? Porque la gracia y la belleza son femeninas.

El cuerpo pierde todas sus connotaciones violentas; se pone más redondo. Los músculos no son necesarios para un Buda; per­tenecen a la animalidad salvaje. El cuerpo toma formas más y más redondeadas, más y más femeninas. Cuando desaparece la agre­sión, también desaparecen los músculos, pues éstos existen con una finalidad particular: la agresión, la violencia.

Observa o los cuerpos de los Mister Universo: son animales salvajes, ya no son seres humanos. Y sus cuerpos tampoco son saludables. Han estado forzando sus cuerpos hasta darles formas antinaturales. Tal vez, parezcan leones; pero ya no son seres hu­manos. Se los aprecia porque aún somos animalistas.

Si te tornas más gracioso y bello, menos agresivo y violento, elegirás a un hombre como Buda como el Mister Universo; no los animales que eliges, sino un cuerpo que ha perdido toda agresión y violencia, que está totalmente en paz, relajado, dispuesto a amar, y no a pelear.

Todo el mundo tiene dos aspectos. Simplemente, observa a la gente. Digo que observes a la gente para que, finalmente, puedas observarte a ti mismo. Es muy difícil observarse a uno mismo, pues uno está muy cerca de sí mismo. Como no hay distancia, se dificulta la observación.
Una vez, Mulla Nasruddin fue internado en un hospital para en­fermos mentales; tuvo que serlo. Pero, después de unos minutos, hi­zo sonar el llamador. La enfermera entró corriendo y le preguntó:

-¿Qué sucede?

Nasruddin exclamó:

-¿Tienen que dejarme en esta habitación con este loco? (Había otra persona allí) ¿Por qué me dejaron aquí con este loco?

La enfermera respondió:

-El hospital está lleno de gente y es difícil encontrar una habi­tación individual para ti. Sabemos que está loco, pero ¿acaso te es­tá molestando de alguna manera?

Dijo Nasruddin:

-Sí, me resulta imposible estar aquí con él. Me está molestan­do. Da vueltas mirando a su alrededor y diciendo: "Aquí no hay leo­nes, ni escorpiones, ni víboras, ni tigres, ni cocodrilos; no, aquí no hay nada”. Sigue repitiendo esto y esto me irrita. Como puede usted ver claramente, el cuarto está lleno de esos animales.


Es muy fácil ver lo que anda mal en otro; pero es muy difícil observarse a uno mismo. Por eso digo que empieces observando a las personas. Ellas son tú: a través de ellas, te comprenderás. Sólo empieza a mirar a las personas: son tú. Observándolas, lle­garás a un punto en el cual serás capaz de comprenderte mejor. Mira a la gente en la calle, presta atención de cuán autoconscien­tes son, de cómo los guía el yo continuamente. Observa a tus líde­res, a los políticos, a tus así llamados santos, cuán autoconscien­tes son: siempre en exposición, en el mercado, en la vidriera, pe­ro nunca en paz. Son como mercancías a la venta. Y no importa si eres una mercancía cara o barata; una persona no es una mer­cancía.
Mulla Nasruddin conoció una vez a una mujer en un tren, y le di­jo:
-¿Quieres dormir conmigo? Te daré mil rupias. La mujer dudó un momento y, después, replicó: -No. ¿Qué te crees que soy?

Mulla Nasruddin dijo:

-Entonces, te puedo dar diez mil rupias.

Ahora, resultaba difícil rechazar la oferta, porque para todos se llega a un límite cuando el precio alcanza cierto monto.

La mujer aceptó.

Nasruddin preguntó:

-¿Y por cien rupias?

La mujer replicó:

-¿Qué dices? ¿Qué te crees que soy?

Nasruddin le respondió:

-Eso ya lo decidimos. Ahora, estamos regateando un poco el precio. Qué eres, ya lo decidimos.
Sean diez mil rupias o diez, ese no es el punto. ¿Eres una mer­cancía? ¿Por qué te preocupa tanto qué piensa la gente de ti? ¿Eres falso? Entonces, ¿por qué tanta autoconsciencia? Y todo sa­le mal.

Ves a una persona hablando en forma hermosa con otra; todo el mundo habla. Pero, si colocas al hombre o a la mujer sobre una plataforma y le dices que "te hable, algo saldrá mal. Nunca antes le faltaron las palabras, pero ahora no las encuentra. Empieza a tartamudear y a temblar. ¿Qué sucede? Y es un buen orador; con sus amigos, habla perfectamente bien. Ahora, se ha vuelto auto­consciente. Al pararse sobre la plataforma, se ha transformado en una mercancía: "Ahora, ¿qué dirá la gente? ¿Me apreciarán o no?". Ahora, está preocupado. Es un desliz del yo. Cuando habla con los amigos, no se trata de un desliz del yo; él es un charlatán encantador. Pero, sobre la plataforma, casi todo el mundo se vuel­ve aburrido.


Mulla Nasruddin una vez fue alcalde de su ciudad. Era un gran conversador; se podía hablar con él durante horas; era un buen na­rrador de historias, un hermoso hombre. Pero se tornó muy difícil cuando se transformó en alcalde. Empezó a aburrir a la gente del pueblo: hablaba demasiado y no sabía cuándo detenerse. Entonces, le ordenó a su secretaria que no le escribiera discursos tan largos, porque la gente se aburría.

Al día siguiente dio un discurso; había alguna celebración por fin de año, pero la gente igual se aburrió. Entonces, le dijo a su secre­taria:

-¿Qué sucede? Le pedí que escribiera un discurso corto, y us­ted hizo lo mismo de siempre: la gente se aburrió.

La secretaria replicó:

-Yo escribí un discurso corto, pero usted leyó las tres copias.
Cuando tienes autoconsciencia , eres totalmente inconsciente: no sabes lo que haces. Estás tan asustado que ignoras qué suce­de. La auto- consciencia es una enfermedad.

Los animales son hermosos; todos los animales. ¿Viste alguna vez un animal feo? ¿Viste alguna vez un pájaro feo, un ciervo feo? ¿Puede haber un árbol feo? ¿Qué pasó con el hombre? Siendo to­do tan bello en el mundo, ¿qué pasó con el hombre? No existe un árbol feo, un pájaro feo o un animal feo. Todos son hermosos, to­dos tienen gracia; y todos son perfectamente similares. Si te vas al bosque y ves mil ciervos en movimiento, no distinguirás un cier­vo demasiado gordo, ni demasiado flaco, ni hermoso ni horrible. No podrás distinguirlos: todos son parecidos.

Entonces, ¿qué le pasó al hombre? ¿Por qué tanta gente se po­ne tan fea y gorda, o demasiado gorda o demasiado flaca, pero nunca equilibrada? No existen de manera relajada. Están tensos y autoconscientes. Cuando estás tenso, empiezas a comer más; cuando estás relajado, comes únicamente lo que necesitas. El cuerpo decide; no tú. Si estás tenso, comes más. La gente tensa tiende a comer más, porque el comer se transforma en una ocu­pación más y, a través de ella, se pueden olvidar de sí mismos. La gente tensa se pone fea porque la tensión no está únicamente en la mente; afecta al cuerpo.

La mente y el cuerpo no son dos cosas separadas; no hay di­visión. La mente es la otra cara del cuerpo, y el cuerpo es la otra cara de la mente. El lado visible de la mente es el cuerpo; y el la­do invisible del cuerpo es la mente. El lado imperceptible del cuer­po es la mente; y el lado evidente de la mente es el cuerpo. Tie­nes una estructura psicosomática única.

Cuando la mente está tensa, en tu rostro se empiezan a notar las preocupaciones; después, tu piel comienza a dar muestras de la tensión. Y, si se vuelve algo profundamente arraigado, el cuer­po se amolda; la mente hace de molde y el cuerpo se adapta a ella. Con sólo observar el rostro de un hombre, puedes averiguar qué pasa en su mente. Por eso, existe la ciencia de la lectura de rostros. Es una ciencia, porque el rostro demuestra lo que sucede en la mente. Ves que, hagas lo que hagas (ya sea comer, dormir, moverte, caminar, relacionarte con otras personas, sentarte solo, o lo que sea), la mente y el cuerpo están siempre unidos.

Si comes más, eso indica que tu mente necesita amor, y que es tal tu necesidad de amor que la comida se transforma en un sus­tituto. Quienes necesitan amor comerán más y, cuanto más co­man, menos posibilidades habrá de que alguien se enamore de ellos. Entonces, se forma un círculo vicioso: comen más. Existe un estrecho vinculo entre el amor y el alimento: como todo niño los recibe juntos de la misma madre, el amor y el alimento que­dan profundamente vinculados. En realidad, el niño recibe prime­ro el alimento, la leche, y luego, poco a poco, se da cuenta del amor que proviene de su madre. Entonces, cuando no puedes en­contrar el amor, retornas a la comida y empiezas a comer más; se transforma en un sustituto.

Caminas y, a tu alrededor, todo se nota. Si estás tenso, cami­nas en forma tensa, como si llevaras un gran peso, una montaña, sobre tu cabeza; como si algo estuviera colgándote del cuello. In­cluso si le estrechas la mano a alguien, si estás tenso y preocupa­do, tu mano estará muerta, sin calidez alguna: estará fría. Es co­mo la rama muerta de un árbol: por ella no circula más vida. Cuando estás tenso, toda la energía se concentra en la cabeza. En cambio, cuando estás relajado, la energía circula por todo el cuer­po, fluye. Pero, cuando estás tenso, se bloquea. Al estar tenso, eres como un río en un cálido verano: sólo en algunos puntos se forman pequeños charcos, pero el lecho del río está seco. En al­gún punto, puedes encontrar un charco sucio, pero no hay co­rriente; después, por supuesto, arena, y nuevamente un pequeño charco.
Así está un hombre tenso: no hay corriente de energía; hay muchos bloqueos, muchos lechos fluviales secos y, en algún pun­to, existe un charco, que seguramente se ensuciará. Cuando la energía circula, estás fresco. Cuando la energía circula sin blo­queos, estás como un río, y el océano no está lejos. Cuando es­tás como un río en verano, cuando todo está seco y sólo existen algunos charcos de energía, y no hay conexiones entre ellos, nun­ca podrás llegar al océano; Dios es lo más lejano que puede ha­ber. Al moverse, se acerca; al no moverse, se aleja más y más. Es necesario fluir; y, cuando fluyes, eres hermoso. Observa a un ni­ño, mira a un niño: es una corriente, una corriente como la de un río. Se mueve como el viento y no se cansa nunca. Si caminas co­mo un niño...
Han estado experimentando en Harvard. A una persona muy, muy saludable, se la hizo seguir a un niño durante veinticuatro ho­ras. Tenía que hacer todo lo que hacía el niño; todo. Si el niño sal­taba, tenía que saltar; si el niño salía, tenía que salir; si el niño se acostaba, tenía que acostarse. A las ocho horas, estaba completa­mente exhausto; no pudo seguirlo veinticuatro horas. Y el niño, en tanto, no se cansó nunca.

¿Qué sucedía? El río estaba circulando. Cuando un río se mue­ve, hay disponible una fuente permanente de energía. El hombre simplemente dijo que no podía seguirlo más, pues el niño lo esta­ba volviendo loco y se sentía cansado, exhausto. Agregó que sen­tía que en cualquier momento se le partiría la cabeza, debido a que el niño hacía cosas tan absurdas, sin ton ni son, y él tenía que seguirlo. Y el niño disfrutaba enormemente de que alguien lo es­tuviera siguiendo y él se hubiera transformado en el líder.

Sólo observa a un niño pequeño. ¿Qué sucede? Nada; sólo que no es un río seco en verano, sino que tiene una crecida. Es un río en la estación lluviosa: hacia él derivan millones de corrientes. Y tú puedes ser igual; pero, cuanto más autoconsciencia adquieres, más te invade una profunda tensión. Al tener autoconsciencia, em­piezas a pensar;. al no tenerla, te abres y te esparces.

Y todo hombre tiene dos concubinas. Todo hombre es él mis­mo las dos concubinas.


Cuando Yang Chu estaba atravesando Sang, pasó la noche

en una posada. El posadero tenía dos concubinas: una

hermo­sa y otra fea. A la fea la valoraba y a la hermosa la

rechaza­ba.
Esto parece irracional, pero hay una profunda razón.
Cuando Yang Chu le preguntó por qué, el tipo le contestó:
-La hermosa se considera hermosa y yo no percibo su

be­lleza. La fea se considera fea y yo no percibo su fealdad.
Trata de entender esta aritmética de la existencia, real aunque paradójica. Y, si puedes comprenderla, de inmediato cambiarán en ti muchas cosas.

Si demandas algo, no te será dado. Si no lo pides, de repente encontrarás millones de corrientes que llegan a ti y todas las puer­tas se abrirán. Cuando demandas, se te niegan las cosas; cuando no demandas, la existencia toda te pertenece. Si posees, perde­rás; si no posees, no se te puede sacar nada. Si tienes autoconsciencia, no accederás al ser; si no tienes autoconsciencia, llegarás a la cristalización interior, a la integridad del ser.

El tipo dijo: "Una se considera hermosa..”. Cuando alguien se considera hermoso, hay un pedido constante: "Mírenme, pues soy hermoso. Aprécienme”. Y la belleza es un fenómeno delica­do que no se puede demandar. Si pides, en la demanda misma te vuelves desagradable. Si pides, repito, en la demanda misma, te vuelves desagradable, porque la demanda es desagradable. Si lo pides y lo demandas demasiado, nadie te lo va a dar. Tu deman­da se torna agresiva; es violenta. ¿Y cómo podría ser hermosa la violencia? ¿Cómo puede ser hermosa la agresión?

Alguien que se cree hermoso está permanentemente agresivo. No puedes ser feliz con una persona así; es prácticamente impo­sible, porque la demanda es demasiado grande. Y, cuando alguien demanda, sentirás un súbito deseo de no dar, porque uno quiere compartir, uno quiere dar, pero sin dejar de ser su propio amo. Si uno tiene que satisfacer una demanda, se transforma en un escla­vo. Nadie quiere ser un esclavo.

Y esto no es así únicamente para la belleza, sino para todos los aspectos de la vida. Si alguien dice "Soy un hombre esclarecido" y pide continuamente que se lo reconozca, es difícil. En su deman­da misma, demuestra su ignorancia.

Por eso, los Upanishads dicen que el hombre que piensa que sabe, no sabe. Por eso, Sócrates afirma: "Al transformarme en sabio, me di cuenta de que era el más ignorante”.

Un hombre que sabe se vuelve ignorante, y todos aquellos que son ignorantes saben mucho. Demandan: "Soy un sabio..”. Es la demanda de una mente ignorante. Aquellos que saben, nunca de­mandan porque, en el momento en que surge el saber, sabes. ¿Qué sabes? Nada. La existencia es tan vasta, tan misteriosa, ¿có­mo podrías conocerla? Todos los reclamos de conocimientos son egoístas, y sólo alguien que no es egoísta y que carece de toda au­toconsciencia, que no sabe quién es, penetra los misterios.
Sucedió que Bodhidharma llegó a China. Tomó la flor de loto del silencio, la luz del Buda, la toma de consciencia, el secreto, la clave. El emperador fue a visitarlo y le hizo muchas preguntas. Le dijo:

¡Hice muchas, muchas cosas; buenas acciones. ¿Cuál será el resultado?

Bodhidharma le respondió:

-Nada. Caerás en el más profundo de los infiernos. Quien ha hecho una buena acción, no debe tener autoconsciencia de la mis­ma, ya que una buena acción se vuelve mala si existe autoconsciencia de ella; es sólo un pecado.

El emperador se quedó perturbado. Hizo otras preguntas y reci­bió únicamente perturbaciones. Le pidió:

-Cuéntame algo sobre lo bendito, sagrado Buda. Bodhidharma replicó:

-No hay nada bendito y no hay nada sagrado.

Porque, si crees que algo es bendito, la autoconsciencia lo anula. Si piensas "Soy sagrado", seguro que verás a los demás como pecadores. Entonces, Bodhidharma dijo que no existía nada bendito; n¡ nada sagrado.

Furioso, el emperador preguntó:

-¿Quién eres tú para hablar de esta manera ante mí?

Dijo Bodhidharma: -No lo sé.
Éste es el conocimiento perfecto. Bodhidharma dijo: "No sé quién soy para estar hablando así ante ti”. Fíjate en la belleza de es­to. Él afirma no saber quién es. En este no reclamo, lo dice todo.
Cuando uno demanda, pierde. Al decir "No sé", se eclipsó ab­soluta y totalmente. Este hombre carece por completo de autoconsciencia; ha accedido al ser.
-La hermosa se considera hermosa y yo no percibo su belleza...
Ella quería ser notada. Cuando quieres que los demás te noten, nunca lo harán. Serás un permanente drenaje de energía; les sacarás su energía, serás una carga, un fastidio. Y todo el mundo huirá de ti; nadie querrá estar cerca de ti.

Una persona con autoconsciencia es como una pesada carga: te acercas y pronto te sientes afiebrado, porque esta persona es­tá demandando algo.


-La fea se considera fea y yo no percibo su fealdad.
Y la fea se considera fea... Es humilde, no reclama nada, no pide, no demanda que se la note. No dice que ella es esto o aque­llo; simplemente, sabe que es fea. Entonces, si la amas, se siente agradecida. Si alguien le presta atención, se siente agradecida. Y, cuando te sientes agradecido, te vuelves hermoso. Todo lo que al­guien le diga, a ella le parece demasiado: "Yo no lo merecía para nada; soy fea". Ella no espera nada; entonces, todo lo que pasa es una alegría, una sensación de éxtasis. Si esperas, te sentirás frustrado. Si no esperas, te sentirás satisfecho.

Dijo el hombre: "La fea se considera fea y yo no percibo su fealdad. Ella se ha vuelto tan humilde, tan simple, tan sin yo, tan falta de autoconsciencia, que no puedo ver fealdad alguna en ella”.



Yang Chu les dijo a sus discípulos: "Recordad esto: si os comportáis noblemente y desterráis de vuestras mentes toda idea de ser nobles, ¿adónde podéis ir y no ser amados?".

Te estás destruyendo al reclamar cosas. Reclamas que eres sa­bio y, después, la vida prueba que eres un tonto; te reclamas atractivo y la vida no se anoticia de ti. Intentas probar que eres hermoso y todo demuestra que eres feo, pues no hay nada más desagradable que el yo, y todo reclamo es egoísta.

Deja de lado los discursos y quédate con la realidad. No recla­mes nada, no pidas nada, no demandes. No creas que eres muy, muy valioso, y entonces, te sucederán muchas cosas. La existen­cia toda te aceptará. Cuando tú aceptas la existencia, la existen­cia te acepta a ti. Cuando reclamas, en cada reclamo te estás que­jando: "Yo soy más valioso”.

Hace apenas unos días me vino a ver un hombre; insistió. Por lo general, no quiero ver a personas que nunca han meditado, que nunca me

han escuchado, pues será inútil. Pero, como este hombre insistió, accedí. Me había estado escribiendo cartas durante mu­chos años y en ellas decía que

había un gran problema que quería discutir conmigo, y estaba muy triste. Habló sin parar durante media hora, diciendo que era graduado de la Universidad de Oxford, que ocupaba un secretariado de un puesto muy alto del Ministerio de Educación de Nueva Delhi, que había hecho esto y aquello. Una y otra vez traté de llevarlo al punto:

-¿Cuál es el problema?

Pero no iba al punto. Daba vueltas y vueltas. Le dije:

-Pero tu tiempo está por terminarse; ve al punto. Éstos no son problemas. Eres un graduado de Oxford: bien, eso no es un proble­ma. ¿Cuál es el problema?

Entonces dijo:

-El problema es que se han cometido muchas injusticias conmi­go. Soy un hombre muy capaz, con muchos títulos y logros importan­tes, y nadie se anoticia de mí. ¿Cómo puedo tolerar esta injusticia?

A él le hubiera gustado ser el primer ministro, el presidente o al­go así, pero entonces tampoco sería justo, porque nada puede ser justo cuando tienes expectativas.

Le respondí:

-No hay problema. El problema no es cómo tolerar lo injusto, si­no cómo dejar de reclamar el propio valor.

Si piensas demasiado en ti mismo, si piensas en ti como si fue­ras alguien muy importante, cada día, en cada momento, descu­brirás que se está cometiendo una injusticia contigo. Nadie está siendo injusto. ¿A quién le importas? ¿Quién tiene tiempo de co­meter injusticias contigo? ¿A quién le interesa? Pero tú sientes que el mundo entero es injusto contigo. Nadie está cometiendo injus­ticias contigo; es tu reclamo.

Dice Lao Tse: "Si quieres ser el número uno del mundo, te en­contrarás siendo el último. Y, si puedes pararte al final de la fila, ser el último, puedes encontrarte siendo el número uno”.

Bórrate por completo; una pizarra en blanco, sin pedir nada, sin nada escrito en ella. Límpiate, no tengas autoconsciencia y, de repente, sentirás que todas las puertas que estaban cerradas se abren. Nunca habían estado cerradas; eras tú.

Ocurrió un extraño fenómeno. Debes haber oído hablar de Houdini, el gran mago. Sólo falló una vez en su vida. Salvo esa vez, podía abrir cualquier tipo de cerradura, sin llave, en unos po­cos segundos. Cómo lo hacía sigue siendo todavía un misterio. Lo ataban con cadenas, lo encerraban en un baúl y lo tiraban al mar; en el lapso de algunos segundos, salía. Gran Bretaña tiene una de las mejores fuerzas policiales y uno de los mejores departamentos de investigaciones (Scotland Yard), pero no podían hacer nada. Hicieran lo que hicieran, Houdini siempre salía en el lapso de unos segundos. Sólo falló una vez: fue en Francia. Lo arrojaron dentro de una celda, en una cárcel, de donde no pudo salir por tres horas. Nadie podía creer lo que había pasado: "¿Está muer­to?". Entonces, salió, transpirando y muy cansado. Le habían he­cho una jugarreta y él no se había dado cuenta: no habían traba­do la puerta. Y él estaba tratando de destrabarla.

¿Cómo puedes destrabar una puerta que no está trabada? Si está trabada, existe una forma; algo se puede hacer. Ni se le ocu­rrió que la puerta no estaba trabada. Probó y probó de todas las maneras, pero la puerta estaba destrabada, no tenía cerradura, si bien él no pudo percibirlo durante tres horas. Entonces, ¿cómo salió? A raíz del cansancio, se cayó contra ella, y la puerta se abrió.
La existencia no te está negando nada. No hay injusticia; nun­ca la hubo ni puede haberla. ¿Cómo puede ser injusta la madre con el hijo? La existencia es tu madre: provienes de ella, y a ella retornas. ¿Cómo puede ser injusta contigo la existencia? Son tus reclamos, tus reclamos egoístas, los que causan el problema.
Yang Chu les dijo a sus discípulos: "Recordad esto: si os

comportáis noblemente y desterráis de vuestras mentes

toda idea de ser nobles,

¿adónde podéis ir y no ser amados?".
Si te retiras, el amor se precipita hacia ti desde todas partes. Todo el mundo se enamora de ti. Si te retiras, si no eres nadie, todo el mundo se enamora de ti. Todo el mundo: incluso a un des­conocido le surge un repentino amor por ti. Esto lo digo en base a mi propia experiencia: si te retiras, todo el mundo se enamora de ti. Si intentas ser alguien, es imposible: nadie podrá amarte.

Sin el yo, eres aceptado en todas partes: se te invita y se te acepta en todas partes. Sin el yo, pase lo que pase, sentirás una bendición. Con el yo, pase lo que pase, te sentirás desdichado. Porque lo importante no es lo que pasa, sino que es a ti a quien le pasa.

El yo es un profundo insatisfecho: no se puede satisfacer, es un barril sin fondo; todo lo que tiras en su interior, desaparece; se mantiene siempre hambriento; es su naturaleza misma. No se puede hacer nada al respecto.

Puedes dejarlo de lado, sencilla­mente. Si no, siempre seguirás insatisfecho.

La falta de yo es una satisfacción. Sin yo, no esperas nada, y apenas te sonríe un niño pequeño... ¡te parece tan hermoso! ¿Qué más podrías necesitar? De repente, ves una flor cuyo perfu­me te alcanza. ¿Qué más podrías necesitar? ¿Qué más podrías querer? Todo el cielo sigue llenándose de estrellas, la vida entera se convierte en una fiesta, porque ahora todo es hermoso. Al no tener expectativas, todo es satisfactorio. Alcanza con sólo respi­rar; con esto ya nos sentimos felices. De otra manera, con el yo...
Supe que Mulla Nasruddin fue al banco. El banco festejaba el centenario de su fundación; por lo tanto, se proponía entregar al pri­mero que llegara muchos regalos: un automóvil, un televisor, esto y aquello, y un cheque por mil rupias. Por casualidad, entró Mulla Nasruddin. Se lo premió, se lo fotografió, se lo entrevistó y se lo lle­nó de regalos: dinero en efectivo, un televisor y un automóvil que es­taba estacionado afuera. Cuando todo esto hubo terminado, dijo:

-Ahora, ¿terminaron con todo esto? Así puedo seguir mi camino.

Le preguntaron adónde iba.
-Al departamento de quejas -respondió.

Había ido al banco para quejarse, pues incluso todo lo sucedido no tendría que haber pasado. No podía dejar de lado su queja.


El yo siempre se dirige al departamento de quejas. Lo que pa­sa carece de significado pues, incluso si Dios llegara a ti, le dirías: "Espera, déjame buscar el libro de quejas”. El yo siempre se diri­ge al libro de quejas; nada logra satisfacer al yo.

Todo esfuerzo es inútil; abandónalo. Simplemente, retírate, quédate sin yo, consérvate en la falta de yo. Deja de lado la auto­consciencia y adquiere más consciencia; entonces, de repente, to­do encaja, todo entra en armonía. Nada está mal; no se cometen injusticias; te sientes cómodo en todas partes, y sólo en este mo­mento de comodidad, la existencia adquiere otro color; se torna divina, se vuelve espiritual, como nunca antes lo fuera.

Entonces, la búsqueda de Dios no es la búsqueda de una per­sona por fuera de ti. La búsqueda de Dios es una búsqueda de es­te momento de satisfacción total. De repente, se abre la puerta: nunca estuvo cerrada. Al yo le parecía que estaba cerrada. Pero, sin que el yo esté en el medio, la puerta está abierta: siempre ha estado abierta.
La existencia está abierta, y tú, cerrado. La existencia es sim­ple, y tú, complicado. La existencia es saludable, y tú, enfermo. No hay nada que hacer con la existencia, y sí contigo. Y nadie puede hacerla por ti: tienes que hacerla tú.

Fíjate en tu autoconsciencia, siente la desdicha que la sigue co­mo una sombra. Si quieres deshacerte de la sombra, tienes que desprenderte del yo. Estuviste tratando de deshacerte de la som­bra, pero ¿cómo podrías hacerlo, si la sombra sigue siempre al yo? Tienes que desprenderte del yo y, entonces, desaparece la sombra.

Suficiente por hoy.




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