Charlas sobre Zen



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Cuarto Discurso:
La Buena Esposa
Mokusen Hiki vivía en un templo en la provincia de Tamba.

Uno de sus seguidores se quejaba de la avaricia de su esposa.

Mokusen fue a visitar a la mujer del seguidor y sostuvo

su pu­ño apretado ante su cara.

-¿Qué quieres decir? -preguntó la sorprendida mujer.

-Supón que mi mano estuviera siempre así, ¿cómo la

defi­nirías?

-Como deformada -replicó la mujer.

Entonces, él abrió la mano ante su rostro y le preguntó:

-Supón que estuviera siempre así,

¿cómo la definirías en­tonces?
-Sería otro tipo de deformación -dijo la mujer.

-Si comprendes tanto -concluyó Mokusen-, eres una

buena esposa.

Entonces se fue. Después de su visita, esta esposa ayudó a

su marido tanto a gastar como a ahorrar.

El mayor desafío es alcanzar un equilibrio, un equilibrio en­tre todos los opuestos, un equilibrio entre todos los polos. El desequilibrio es la enfermedad, y el equilibrio, la salud. El dese­quilibrio es neurosis, y el equilibrio, bienestar.


Me enteré de que Mulla Nasruddin fue al psiquiatra. Descubrió sus miserias, sus problemas, y finalmente concluyó:

-Tengo miedo. Parece que me estoy volviendo neurótico.

El psiquiatra sonrió y dijo:

-Nasruddin, si eso fuera cierto, deberías estar contento y agra­decido por ser neurótico.

Nasruddin quedó conmovido. Exclamó:

-¿Qué? ¿Contento de ser neurótico? ¿Por qué?

Respondió el psiquiatra:

-Porque es lo único normal en lo que a ti respecta.


La neurosis es lo único normal, pero no sólo en lo que respec­ta a Nasruddin sino a todo el mundo. La mente tiene que ser neu­rótica. La neurosis no es una enfermedad; la neurosis es la men­te misma, por eso la neurosis no se puede curar. Al seguir allí la mente, seguro que la neurosis la seguirá como una sombra. Por eso, toda la psiquiatría fracasa. Cuanto mucho, puede normalizar­te, pero ser normal no significa otra cosa que ser normalmente neurótico, neurótico como todos los demás, no según tu propia modalidad. Simplemente, sigues la autopista general; no un sen­dero individual. La gente que está internada en los manicomios tiene su neurosis privada; tú, en cambio, tienes una neurosis de masa. Por eso no se te puede detectar: porque eres como todos los demás. Y quienes están en los manicomios trataron de encon­trar su propio estilo de neurosis; son individualistas. Esa es la úni­ca diferencia. Y así debe ser, ya que la mente misma, el funciona­miento propio de la mente, es neurótico, Trata de entenderlo.

La mente nunca está en el medio; no podría estarlo. Cuando tú estás en el medio, la mente simplemente desaparece. La men­te siempre está en el extremo: en éste o en aquél. Por eso la men­te divide al mundo en blanco y negro, en vida y muerte, en odio y amor, en amigos y enemigos. El mundo no es ni blanco ni ne­gro, sino de algún tono del gris. Un polo es blanco, y el otro, ne­gro. Justo en el medio, donde se encuentran lo blanco y lo negro, unificándose, está la realidad. Pero la mente se maneja con pola­ridades. Dice: "O es verdad o no es verdad”.

Nunca conocí una verdad que no contuviera alguna mentira. Tampoco supe nunca de una mentira que, en cierto sentido, no fuera real. Las mentiras tienen fragmentos de verdad; por eso fun­cionan. De no ser así, ¿cómo podría funcionar una mentira? ¿Por qué la gente mentiría tanto? Toda mentira contiene parte de ver­dad. No puedes inventar una absoluta mentira: es imposible. Y no puedes hablar de la verdad absoluta: eso también es imposible. Por esa razón, Lao Tse repite continuamente que, si uno habla, ya ha entrado al mundo de las mentiras. La verdad no puede ser dicha. En el momento en que, se la pronuncia, seguro que una parte de ella se transforma en una mentira.

La existencia no está dividida en un "o bien... o bien..”. No hay dualidad, sino una sola energía que circula de un extremo al otro; las dos márgenes del río se juntan por debajo: forman par­te de un terreno. Te parece que son dos, porque no has entrado al río y nunca has llegado al fondo del mismo; las márgenes no son dos, pertenecen a un mismo terreno. Pero, ante el río que pa­sa, parecen ser dos. La existencia es como las dos márgenes que se unen por debajo, cuando la mente sólo observa la superficie. Entonces la mente dice: "Estoy en esta margen y tú en la otra; estás en mi contra. Si eres un amigo, estás conmigo en esta mar­gen; si estás del otro lado, eres un enemigo”. Pero ambas márge­nes pertenecen a un mismo terreno.


La mente no tiene una visión tan profunda. La mente es el fe­nómeno de la superficie; de ahí las dualidades. La existencia es una sola; no puede ser de otra manera. No hay dos existencias; sólo hay una pero, gracias al ritmo, estás vivo.

Inhalas y exhalas: la inhalación y la exhalación se vuelven co­mo las dos márgenes por donde circulará tu río; pero tú no eres ninguna de ellas. El aire entra y sale; aporta un ritmo: dos márge­nes. Y ese ritmo es hermoso si no te quedas pegado a uno de los extremos. Aun al respirar, la mente siempre está optando. Es ra­ro que puedas encontrar a una persona que inhale y exhale equi­tativamente. Si llegas a un punto en que puedes inhalar y exhalar y seguir exactamente en el medio, alcanzarás la iluminación. Tal como estás, siempre inhalas; nunca exhalas. El cuerpo exhala y obliga a salir al aire; tú vuelves a inhalar. Observa tu respiración: prestas más atención a la inhalación; inhalas continuamente. Le dejas al cuerpo la exhalación. El cuerpo expulsa al aire; tú vuelves a inhalar, porque en el fondo piensas que la inhalación es vida y la exhalación es muerte. En cierto modo, es verdad, ya que lo pri­mero que hace un niño al nacer es inhalar.

La vida comienza a funcionar con la inhalación. Por eso, iden­tificas la vida con la inhalación. Y lo último que hará un hombre que esté a punto de morir será exhalar. No se puede morir con la inhalación, ¿no es cierto? No es posible morir inhalando; hay que morir exhalando. Entonces, en el fondo, el inconsciente siente que la exhalación es muerte, y la inhalación, vida. Te apegas a la inhalación. Y, si te apegas a uno de los polos, te volverás una mente. Exhala e inhala; quédate en el punto medio, sin escoger. No elijas. No elijas entre los opuestos: quédate en el medio pues, si optas entre los opuestos, pierdes el equilibrio. El desequilibrio es la neurosis.

Entonces, te vuelves adicto a uno de los polos, cuando la vida es un ritmo que necesita del otro. No es ni sonido ni silencio, si­no las dos cosas. El silencio es un polo y el sonido es el otro; la vida es simplemente el ritmo entre estas dos polaridades. ¡No eli­jas! Si optas por el sonido, te volverás adicto al sonido, al ruido, al afuera. Te harás extravertido, pues el sonido es el afuera. El si­lencio es el adentro. Si optas por el silencio, te volverás introver­tido. Entonces, te cerrarás por completo a la existencia que exis­te afuera. Te volverás cada vez más hacia adentro, y ese movi­miento no será un ritmo, porque negaste el otro polo. Más bien, este movimiento será un estancamiento muerto. Te quedarás es­tancado con él; no podrás alcanzar el éxtasis.

Con el silencio y el sonido, simplemente te desplazas entre es­tas dos polaridades, porque no eres ninguna de las dos. Estás en el medio; eres el ritmo. Tanto mi mano izquierda como la derecha forman parte de mí; tanto el sonido como el silencio forman par­te de mí; tanto la muerte como la vida forman parte de mí. No te apegues. Exhalación, inhalación: las dos forman parte de mí.

Si te apegas a un polo, tu vida será una neurosis, pues ¿qué harás con el otro? Allí está. Y, lo quieras o no, tienes que pasar por el otro. ¿Cómo puedes detener la exhalación? Y, si dejaras de exhalar, ¿cómo podrías inhalar? Observa qué hermoso; tú exha­las y, en el momento en que lo haces, creas una situación para una profunda exhalación. Los rivales no son en realidad tan opuestos. ¿Cómo pueden ser rivales? La inhalación depende de la exhalación, y ésta, a su vez, depende de la inhalación. ¿Cómo pueden ser rivales? ¿Cómo puede haber algún antagonismo? Son amigos, no enemigos. Están jugando a parecer enfrentados pero, en el fondo, forman un solo terreno.

No optes por el amor en lugar del odio, pues entonces estarás en problemas: ¿dónde colocarás el odio? El odio está allí, tan tu­yo como el amor. Quédate en el medio. Deja que el odio encuen­tre su propia vía, y que el amor halle la suya propia. Tú simple­mente observa desde el medio; no te vayas a un extremo. Si te vas a un extremo, ¿qué harás con el otro? Entonces, tendrás mie­do del otro. Y el otro aparecerá, pues el polo que elegiste no pue­de quedarse solo: depende del otro.

Te enamoras de un hombre o una mujer, y después temes al odio, a la ira y al conflicto. Pero ¿qué puedes hacer? Seguro que van a surgir. Tu así llamado amor depende de ellos. No podría existir solo: es un ritmo y necesita del polo opuesto. ¿Viste algu­na vez un río con una sola orilla? La vida es un río, y la mente in­tenta flotar con una sola orilla: eso es la neurosis. Hay picos y va­lles; hay momentos altos y bajos. No te obsesiones con ningún pi­co alto; si no, ¿qué pasará con los valles? ¿Viste alguna vez un pi­co sin un valle?

Ve al Himalaya. Cuanto más alta es la cima del monte, tanto más profundo será el valle. El valle más profundo está cerca del Everest; únicamente allí podría estar. Sólo una cima tan alta pue­de tener un valle tan profundo. Y hay un equilibrio: el valle tiene que ser profundo en la misma medida en que el pico montañoso haya crecido. Se equilibran mutuamente. Observa un árbol alto, elevado hacia el cielo: las raíces están ocultas, pero penetran ha­cia abajo hasta cierta medida... Si el árbol creció un metro, las raí­ces deben crecer un metro para abajo. Si no, ¿qué va a sostener al árbol? ¿Qué va a sostener a un árbol de un metro? Y si el ár­bol intentara elegir la altura y negar las raíces, moriría. Y esto es lo que estuviste haciendo. Por eso toda la humanidad está retraí­da, rendida. Todo ha salido mal, porque sólo quieres momentos elevados.
La gente acude a mí y me dice: "Ayer me sentía extático y aho­ra estoy decaído”. Tienes que estarlo. ¿Qué va a sostener al éxta­sis? ¿Qué va a sostener al pico? El pico no podría existir solo; es seguro que va a seguirlo este valle.

Contempla las olas del océano. Cuanto más sube la ola, más profunda será la estela posterior. En un momento eres la ola y, al momento siguiente, eres la estela que la sigue. Disfruta de ambas, sin hacerte adicto a ninguna de las dos. No digas: "Me gustaría es­tar siempre en la cima”. No es posible. Simplemente, date cuen­ta de que no es posible. Jamás sucedió ni habrá de suceder. Es sencillamente imposible: no está en la naturaleza de las cosas. ¿Qué hacer entonces? Disfruta de la cima mientras dure y, des­pués, goza del valle, cuando éste llegue. ¿Qué hay de malo en el valle? ¿Qué hay de malo en estar decaído? Es una relajación.

Un pico es una excitación y nadie puede existir excitado per­manentemente, pues se volvería completamente loco. Por eso, cuando amas a alguien, tienes que odiar a esa misma persona. Pe­ro no tengas miedo del odio; acéptalo. Si amas profundamente, odiarás profundamente. Si no amas mucho, no odiarás. En el mo­mento en que los maridos y las mujeres dejan de pelearse, desa­parece el amor. Si ves una pareja totalmente serena, es una pare­ja muerta, en la cual hace mucho tiempo que desapareció el amor. Ya no se pelean; entonces, ya no están enamorados. Ahora no hay más cimas ni más valles.

Quienes se aman, se pelean. Sólo quienes se aman se pueden pelear; dependen de la pelea. Y saben que no tiene nada de ma­lo pues, cuando se pelean, crean una situación para llegar a amar­se más profundamente. Es un ritmo: si alguna vez fuiste un aman­te, lo cual es poco frecuente, sabes que antes de hacer el amor, si te peleaste con tu pareja, tuviste ira y ganas de matar al otro, y luego haces el amor, el orgasmo llega a ser tan intenso como nun­ca lo hubiera sido en situaciones comunes. Porque, cuando las energías van más allá (el odio implica que las energías van más allá), llega un punto en el cual estás tan lejos del otro como lo es­tabas antes de enamorarte. Has llegado nuevamente al mismo punto. Son dos individuos, completamente independientes; se ha perdido toda comunicación. Nuevamente son extraños que no sa­ben quién es el otro. Así estaba la situación cuando se enamora­ron. Si no escapas, se enamorarán nuevamente: todo el romanti­cismo, una nueva luna de miel. Y, si no pueden repetir una y otra vez la luna de miel, el amor se pondrá rancio. Será algo muerto, y tendrás que cargarlo como un peso.

Por eso existe el matrimonio. El matrimonio fue creado por personas inteligentes y agudas: por los matemáticos. En el matri­monio no hay picos ni valles; sencillamente te mueves sobre un terreno plano. Nunca te enamoras y nunca tienes problemas. El matrimonio es seguridad, no amor. El matrimonio no es roman­ce, es aritmética. Fue creado por gente aguda. Detienen sencilla­mente toda posibilidad de pelea, enojo, odio; detienen toda posi­bilidad de situaciones peligrosas, las inseguridades. El matrimonio es siempre un asunto sereno: nunca en una cima en la que pue­das bailar, nunca en un valle en el que puedas llorar. Pero quien nunca bailó de alegría y nunca lloró, sencillamente, no está vivo.

Uno debe reírse y también debe llorar. La risa y el llanto son dos márgenes. Es necesario un equilibrio. Si realmente te ríes, también llorarás. ¿Y qué tiene de malo llorar? Las lágrimas son hermosas. Si te has reído, y lo has hecho profundamente, las lá­grimas se vuelven muy, muy hermosas. Conservan algo de la ri­sa, porque en el fondo las orillas son una sola, no son dos. En un polo, la risa; en otro, las lágrimas. Un polo sonríe y el otro llora, pero en el fondo están unidos. Si te reíste íntegramente, llorarás íntegramente, y ambas cosas son hermosas. La integridad es lo hermoso.

Pero, si te apegas a una cosa, nunca podrás ser íntegro. Cuan­do lloras, te agarras de la risa: tratas de sonreír, intentas forzar una sonrisa porque no quieres este llanto. Dices: "Esto está mal; es horrible", y tratas de forzar una sonrisa. Tienes lágrimas en los ojos y fuerzas una sonrisa. La sonrisa es falsa: esto es la neurosis. Cuando el cuerpo quiere llorar y tú sonríes, eso se llama esquizo­frenia. Así comienza la fractura con la cual una persona se trans­forma en dos. Se pierde la unidad. Entonces recuerda: cuando te rías, nunca podrá ser total.

Si te apegas a un polo, surge el temor de la totalidad. Si no puedes llorar íntegramente, ¿cómo reírte íntegramente? Por eso la carcajada simplemente ha desaparecido del mundo. No sabes qué es una carcajada; es cuando no sólo te ríes, sino que la risa te sale de adentro, haciendo vibrar al cuerpo entero. No sólo te ríes tú, sino que lo hace todo tu cuerpo desde la cabeza a los pies. La risa es loca porque estás íntegramente en ella.

Observa lo absurdo que es el mundo: sólo un loco puede ser íntegro. Tienes miedo porque sabes bien que has reprimido las lá­grimas; por lo tanto, si te ríes profundamente, pueden surgir las lágrimas. Y así sucede. Tal vez lo hayas notado muchas veces: si empiezas a reírte profundamente, de inmediato sientes que se aproximan las lágrimas. Te sientes confundido: ¿por qué se apro­ximan las lágrimas? Porque las estuviste reprimiendo, sin permitir nunca una unidad. Y ahora te ríes íntegramente: lo reprimido ne­cesita expresarse, lo reprimido fluye, lo reprimido busca su mo­mento. Una puerta se abre; eso fluye.

Cuando abres la puerta, recuerda que, junto con el amigo, en­trará un rival. Si quieres que solamente ingrese el amigo, es im­posible. Entonces, tendrás que cerrar la puerta para que no pue­da entrar el enemigo; pero entonces tampoco podrá ingresar el amigo. Estará cerrada, porque es la misma puerta. Y, si lo miras profundamente, el amigo y el enemigo son la misma persona. En­tonces, si le niegas la entrada al enemigo, también rechazas al amigo. Si dices "No voy a llorar", estás afirmando que no vas a reír. Si dices "No voy a odiar", estás afirmando que no vas a amar. Si dices "No voy a estar decaído, deprimido ni triste", estás afir­mando que no vas a sentirte extático. Las dos cosas son una sola y no se puede elegir. Simplemente, puedes tener consciencia y quedarte en el medio. Cuando estás en el medio, puedes ver que las dos son tus alas.

Piensa en esta situación: si un ave vuela con una sola ala, ¿qué le pasará? Si puedo moverme en forma total, íntegra, hacia la de­recha, me quedaré paralizado. El ala izquierda se quedará parali­zada. Y, si el ala izquierda se queda inmóvil, ¿te parece que el ala derecha podrá seguir viva? ¿Cómo podría vivir el ala derecha es­tando la izquierda paralizada? Viven en dependencia mutua; ni si­quiera dependencia, viven en una unidad. ¿Puedes decir dónde termina tu lado derecho y comienza el izquierdo? ¿Dónde está exactamente el límite? No hay fronteras allí. Es un círculo: el lado izquierdo se mete en el derecho, y el derecho en el izquierdo. Es un círculo.
Por eso en China crearon el símbolo del yin y el yang. Es un círculo, pero este círculo, móvil, existe en todas las dimensiones. Un hombre no es sólo un hombre; también es una mujer. Una mujer no es sólo una mujer; también es un hombre. Hay momen­tos en los que una mujer es hombre, y hay momentos en los que un hombre es mujer. Y uno se asusta: "No debo ser mujer. No soy afeminado, soy macho y no tengo que dejar ver ningún rasgo fe­menino”. Esto se enseña en todo el mundo desde hace siglos. Uno les dice hasta a los niños pequeños: "No seas afeminado”. ¡Qué estupidez! Ya estamos contaminando a un niño pequeño con esto: "Eres un hombre; compórtate como tal y no seas afe­minado”. El lado derecho es el masculino, y el izquierdo, el feme­nino, en el varón. En la nena sucede lo mismo. Si la niña comien­za a comportarse como marimacho, todos nos asustamos. Si em­pieza a treparse a los árboles, le decimos: "¿Qué estás haciendo? ¡Eres una nena! Compórtate como tal! Las nenas no hacen estas cosas. Sólo juegan con muñecas, piensan en casarse y en formar un hogar”.
Yo estaba con una familia. Mi amigo y su esposa habían salido y tres niños jugaban. Dos estaban en la habitación y el más pequeño estaba sentado junto a la entrada, en los escalones. Entonces, le pregunté:

-¿Por qué no estás jugando?

Me dijo:

-Yo también estoy jugando.

Pero yo lo había estado mirando y exclamé: -Sólo estuviste sentado aquí afuera, en la entrada. Y explicó:

-Sí, porque soy el bebé que va a nacer. Ellos son la mamá y el papá, y yo estoy esperando el momento justo para aparecer.


Las nenas juegan a "la casita"; de los varones no se espera que hagan esto. Eres tú quien crea esta división, esta fractura, desde el comienzo mismo. Y después, no habrá ni hombres ni mujeres íntegros, porque el hombre, siempre medio paralizado, no puede ser una mujer. Ésta es la razón de que al hombre no se le permi­ta llorar. Sólo las mujeres lloran. ¡El hombre se cree más inteligen­te que Dios! Entonces, ¿por qué hay glándulas lagrimales en los ojos de los hombres? Si se supone que el hombre no llora, enton­ces Dios parece un tonto por seguir poniendo glándulas lagrima­les en los ojos de los hombres. Y tú nunca lloras, nunca utilizas tus glándulas lagrimales. Entonces tampoco te puedes reír, porque la mitad está paralizada y no te puedes mover. Y se supone que una mujer no debe reírse fuerte; no es visto como femenino, no se considera digno de una dama. Entonces, allí también una mitad está paralizada.

Recuerda: eres las dos mitades. Y siempre ten en cuenta esto: dondequiera que veas una polaridad de opuestos, eres los dos, y no debes elegir ninguno. Eres los dos; tienes que aceptar los dos y disfrutar de ambos. Y no hay nada de malo. Si eres un hombre, no hay nada de malo en irte a veces al otro polo y ser femenino. Sólo llora como una mujer: es tan hermoso, tan relajante. Es una enorme bendición. Simplemente, llora y gime como una mujer, y ríe como un hombre. Es un fenómeno muy importante porque, cuando vas hacia el polo opuesto, te vuelves íntegro.

El psicoanálisis y la psiquiatría en realidad no pueden ayudar demasiado, porque básicamente siguen aceptando la división. Hasta Freud tenía una personalidad tan reprimida como la de cualquier otra persona; incluso a veces más... muy rígida. Nadie parece estar relajado. Si estuvieras relajado, no habría necesidad de meditar, ya que la meditación es terapéutica: es una medicina. Si eres saludable, no la necesitas. Y jamás he encontrado un solo ser humano que no necesite meditación. Esto quiere decir que la humanidad entera está enferma; toda la Tierra es un gran hospi­tal.
Trata de verlo. Y, cuando digo que trates de verlo, míralo en tu interior. No mires a la izquierda y a la derecha; te estoy hablando a ti. Sólo observa todo el asunto. Y, si puedes ver todo el tema de tu ser dividido, no hay nada que hacer. Sólo deja de contribuir a esta división. Poco a poco, pasa de los extremos al centro; así, Buda llamó a su paso al centro majjhim nikaya. Así, Lao Tse de­nominó a su camino "el medio de oro".
Se dice que Confucio pasó por un pueblo y le preguntó a uno de sus habitantes:

-¿Hay algún hombre sabio en este pueblo?

El poblador le respondió:

-Sí, aquí tenemos nuestro propio sabio.

Confucio cuestionó:

-¿Por qué razón lo llamas sabio? ¿Puedes decirme algo?

El hombre dijo:

-Sí, es un gran pensador. Antes de salir de su casa, se detiene y piensa tres veces si salir o no.

-¿Tres veces? -exclamó Confucio-. Tres veces son demasia­das. Una vez no alcanza, pero tres son demasiadas; con dos estaría bien.
¿Te das cuenta? Él dice que estaría bien en el medio. Una vez no alcanza. Tres son demasiadas: te has ido al otro extremo. Hay gente que no piensa ni una vez. Esos son los tontos acerca de quienes se dice: "Donde los ángeles temen pisar, los tontos sim­plemente se precipitan”. Éstos son los tontos. Pero la persona que piensa tres veces se ha ido al otro extremo. Nuevamente, ha entrado la tontería, desde el otro extremo.

Ser extremo es ser tonto. Nuevamente es estúpido. La gente lo puede llamar sabio, porque ellos son parte del primer tipo de tontos y este hombre es lo opuesto. Pero, oponiéndote a un ton­to, serás tonto. Peleando con un tonto, ¿cómo te harás un hom­bre inteligente? Este extremo y aquel son ambos tontos. Por eso Confucio dice: "En el medio... con dos estaría bien”.

Hay que recordar esto porque éste es todo el sentido del rela­to zen. Trata de comprenderlo.
Mokusen Hiki vivía en un templo en la provincia de Tamba.

Uno de sus seguidores se quejaba de la avaricia de su esposa.

Mokusen visitó a la mujer del seguidor y sostuvo su puño

apre­tado ante su cara.

-¿Qué quieres decir? -preguntó la sorprendida mujer.

-Supón que mi mano estuviera siempre así,

¿cómo la defi­nirías?

-Como deformada -replicó la mujer.

Entonces, él abrió la mano ante su rostro y le preguntó:

-Supón que siempre estuviera así, ¿cómo la definirías

en­tonces?

-Sería otro tipo de deformación -dijo la mujer.

-Si comprendes tanto -concluyó Mokusen-, eres una

buena esposa.

Entonces se fue.

Después de su visita, esta esposa ayudó a

su marido tanto a gastar como a ahorrar.
Lo primero: el zen no cree en la enseñanza sino en las situa­ciones. Este Mokusen Hiki podía haber hablado, podía haber da­do un largo sermón, pero no hizo nada de eso. Simplemente, se acercó a la mujer y sostuvo su puño apretado ante la cara de ella; creó una situación.

Una situación es un fenómeno existencial. No alcanza con ha­blar y enseñar solamente, porque el diálogo y la enseñanza se di­rigen a la cabeza. Y, aunque se logre convencer a la cabeza, na­da sucede fuera de ella. Lo sabes muy bien. Estás convencido de muchas cosas, pero sigues haciendo lo contrario. Estás convenci­do de que la ira es venenosa, pero ¿implica esto alguna diferen­cia para ti? Digas que la ira es venenosa o no, sigues estando fu­rioso. Te has arrepentido continuamente, y lo mismo sucede una y otra vez. Parece un fenómeno tan automático que te sientes to­talmente impotente. La cabeza sabe que la ira es mala, pero no por eso se modifica nada.

Sabes muy bien qué es malo y, sin embargo, ello no altera tu vida. Sabes muy bien qué es bueno, pero ello no es asimilado por tu ser. Queda algo en la cabeza: una convicción, un argumento, una racionalización. Sigue siendo un conocimiento, pero nunca se transforma en comprensión. El conocimiento no sirve. Y ésta es la diferencia entre el conocimiento y la comprensión. La com­prensión implica haber aprendido algo con todo tu ser, haber aprendido algo a través de una situación existencial. No ha pasa­do sólo por las palabras. Todos los maestros hacen eso: crear si­tuaciones. En una situación, tienes que actuar. En una situación, tu integridad es convocada, desafiada.

Esta mujer debe haberse sentido conmovida. ¿Qué hace este hombre iluminado? ¡Qué cosa más tonta!". No dijo ni una palabra; vino nada más que a incitar. Sostuvo un puño apretado frente a su cara: simplemente, debe haberse sentido conmovida. Ésta no era manera de comportarse, cuando no había pronunciado ni una sola palabra. No le había dado ni siquiera una oportunidad a la ca­beza de participar. La mujer toda era desafiada: debe haber esta­do preparada para la lucha. Algo iba a pasar. "¡Este hombre pa­rece un loco!". Y entonces le hizo una pregunta: "¿Cómo defini­rías a mi mano si siempre estuviera así?". Ella respondió: "Como deformada, por supuesto”.

Ésta fue una percepción. Comenzó a caer en la cuenta. Toda la situación indicaba que estaba deformada: si no puedes abrir la mano, si siempre está cerrada, esto es una deformación.

Y una deformación así ha caído sobre ti. No puedes exhalar, sólo inhalas: eso es una deformación. No puedes dar, sólo puedes poseer: eso es una deformación. No puedes compartir, sólo pue­des seguir acaparando. Continúas acaparando todo, sin poder compartirlo. Has perdido por completo el idioma del compartir, pero esto es una deformación. Un ser avaro es un ser humano de­formado. Ha perdido por completo algo en su interior, algo capaz de compartir. Acumula, acumula, y acumula, y esta acumulación se transforma sólo en una tumba.

¿Para qué acumular si no puedes compartir? ¿Para qué estar vivo si no puedes amar? ¿Qué buscas si no puedes sentir el éxta­sis? Y el éxtasis llega a través de un equilibrio: si posees algo na­da más que para compartirlo, la posesión no es algo reprobable, pues entonces sólo esperas compartirlo.
Sucedió que dos monjes estaban viajando. Uno creía que había que renunciar a todo, entonces no llevaba ni un solo paise. Se opo­nía al dinero; se oponía completamente, y no estaba dispuesto a to­carlo.

Al atardecer, se acercaron al río y tuvieron que cruzarlo. El río era muy grande y tuvieron que pedirle al remero que los llevara. Él les pidió dinero. El otro monje era un acumulador: todo lo que podía, lo acaparaba. Era un avaro. Y habían tenido una discusión, una dis­cusión permanente entre ellos acerca de qué era lo correcto. Uno decía que el dinero no servía y era sucio; así lo sostuvieron siempre los ascéticos, pero no tiene sentido. El otro replicaba: "¿El dinero? El dinero es vida. Sin él, no se puede vivir. No es sucio”. Y esta discu­sión no terminaba nunca.


El remero les pidió dinero. El acumulador de dinero, el tacaño, le dijo:

-Ahora, ¿qué vas a hacer? Yo tengo dinero; cruzaré a la otra ori­lla, iré al pueblo, y tú tendrás que quedarte aquí. Ésta es una zona salvaje y peligrosa. ¿Qué dices ahora?

El otro monje simplemente sonrió y no dijo nada. Por supuesto que el amigo pagó por él también, y ambos cruzaron el río.

Cuando cruzaron, el hombre que había sonreído, que se oponía al dinero, dijo:

-Ahora veamos lo que pasó. Porque le diste el dinero al reme­ro, pudimos cruzar. Si hubieras sido avaro con esto, habríamos muerto del otro lado. Renunciaste a ese dinero: por eso llegamos a esta orilla. Ahora, estamos seguros. Y yo siempre digo que hay que renunciar al dinero. ¡Ahí lo ves...!

La discusión nuevamente llegó al mismo punto.


¿Quién tenía razón? Ninguno de los dos. En las discusiones, siempre están equivocadas las dos partes pues, de no ser así, la discusión no podría sostenerse por siempre. La gente mundana está equivocada y la gente del otro mundo está tan equivocada co­mo la gente mundana. De no ser así, la discusión no podría se­guir por los siglos de los siglos. Las personas avaras se equivocan y las que renuncian también. En algún lugar debe existir un pun­to intermedio, en el cual veas que el dinero es necesario y renun­cies a él también. Acumular dinero es necesario, y compartirlo no lo es menos. Si puedes crear un equilibrio entre el acumular y el compartir, habrás llegado al punto desde el cual se posibilita la comprensión.

Entonces, no te pongas a favor ni en contra; sólo trata de com­prender. Allí donde hay una oposición, recuerda siempre no ele­gir uno de ellos, en contra del otro. Te equivocarás. No hace nin­guna diferencia cuál elijas. Para mí, estar en un extremo es equi­vocarse. Ambos monjes se equivocaron. Pero yo no estaba allí... Deben haber tenido la misma discusión en otros cuerpos, pues es­te tipo de discusiones no se pueden terminar.

Por eso, la gente que dice que Dios existe no ha probado na­da, y la gente que sostiene que Dios no existe tampoco ha proba­do nada. Porque Dios existe y no existe al mismo tiempo: vida y muerte, positivo y negativo, presencia y ausencia. Por eso no pu­dieron probar nada. Ambas partes discutieron esto continuamen­te. Pasaron millones de épocas y nunca se ha llegado a ninguna conclusión a través de una argumentación filosófica. Puedes se­guir y seguir... si tienes una mente ágil, puedes seguir y seguir. La mente nunca arriba a ninguna conclusión; no puede hacerlo. Eli­ge una parte y la otra está comprometida en ella; no puedes ne­garla.

La gente que dice que Dios no existe, si verdaderamente cree que no existe, ¿por qué se preocupa? Y se molestan todavía más: discuten continuamente, escriben grandes libros, dedican toda su vida a demostrar que Dios no existe. ¿Qué clase de tontería...? Si Dios no existe, ¿por qué malgastar toda tu vida para demostrarlo?


Conozco a un hombre que escribió continuamente en contra de Dios, durante treinta años. Vino a verme y dijo:

-Me gustaría tener un debate contigo.

Le respondí:

-No es posible, porque diré que sí a cualquier cosa que digas.

Exclamó:

-¿A cualquier cosa que yo diga? ¿Qué quieres decir? Me pasé treinta años tratando de demostrar que Dios no existe.

Le dije:

-Si Dios existe o no, es irrelevante. Pero ¿por qué has desper­diciado treinta años? ¿Ahora quién te los va a devolver? No hay Dios, así que ni siquiera puedes pedirle otra vida. Pero ¿por qué te preocupas? Es una obsesión. Estás neurótico. Si Dios no existe, sim­plemente deja de lado la idea y vive.

-No -respondió-. Tengo que demostrarlo para convencer a los demás.

-Pero, si Dios no existe, deja que los demás crean. ¿Por qué preocuparte tú?


Él estaba preocupado, terriblemente preocupado: Dios era una obsesión en su aspecto negativo.

Y después hay gente que continuamente demuestra que Dios existe. También pierden el tiempo. Si Dios existe, ¡ámalo! Si no existe, vive su ausencia. ¿Por qué preocuparse?

Pero no. Cuando la mente opta por un extremo, siempre sien­te que algo está mal: el desequilibrio. Tienes que demostrarlo. ¿Por qué? Porque sientes un desequilibrio. Si Dios existe, el dese­quilibrio se vuelve más manifiesto; entonces tratas de probarlo. No estás tratando de convencer a los demás, sino de convencer­te a ti mismo de que no puede haber desequilibrio alguno, porque Dios no existe. Estás tratando de demostrar que tienes razón. ¿Y qué necesidad? Si tienes razón, ¿qué necesidad habría de probar­lo? Tienes razón, alégrate, vive alegre y satisfecho. Dios se cuida­rá solo.

Pero no. No puedes dormir porque Dios no existe. Te preocu­pa que Dios no exista. Hay gente que se preocupa porque Dios tiene que existir. Se la pasan haciendo que los demás crean; tratan de convencerlos. ¿A quién tratan de convencer? No es un diá­logo; es un monólogo. Todo lo que intentas demostrar es en ver­dad tu desequilibrio interior. Te gustaría que el otro no existiera. Entonces, podrías sentirte en equilibrio.

Pero el otro existe, existe... Te persigue. Los ateos, los teístas los que están a favor y en contra... Los persigue. Tienes que equi­librarte y, entonces, esto simplemente cae. Cuando estás equili­brado, caen todos los problemas. Recuerda que no puedes solu­cionar ningún problema; éstos simplemente desaparecen cuando estás equilibrado. Los problemas son como indicaciones simbóli­cas; no son verdaderas enfermedades. La única enfermedad real es el desequilibrio.

Hay gente que vive con un puño apretado. Acaparan; acapa­ran todo. No lo saben, porque acaparar se les vuelve un hábito. Acaparan todo: hasta la basura. Tal vez no sepas que incluso se constipan de tanto acumular. Siempre se encuentran avaros cons­tipados. No se pueden relajar; no pueden desprenderse de nada: retienen hasta los excrementos. Y buscan un remedio para la constipación. El remedio es relajarse y abrirse. Cuando uno se abre, el cuerpo se relaja por completo, pues constituye una uni­dad orgánica total. Una persona capaz de amar nunca se consti­pa; es imposible, porque abre todas sus energías. Y, si puede abrir su corazón, ¿por qué tendría que retener excrementos? No; aca­parar es un cierre: te retraes en tu interior, no puedes dar nada, pierdes la dimensión del dar.


Ve a la casa de los avaros... Hace pocos días oí esta noticia. Dos hermanos vivían en Nueva York. Durante treinta años, no dejaron entrar a nadie a su casa. Nadie sabía qué hacían allí adentro. Jamás se casaron, ya que los avaros nunca quieren enamorarse: una mu­jer puede resultar peligrosa. Y, cuando entra una mujer, uno nunca sabe qué hará con su dinero. Seguro que se lo gasta. Entonces, nun­ca se casaron, nunca se enamoraron, y acumularon objetos, toda clase de objetos.

Hace unos pocos días, hace dos o tres meses, murieron los dos por una descarga eléctrica. Entonces, la policía entró a la casa. En­contró toda clase de objetos, por valor de varios millones de dóla­res. Era imposible entrar en la casa: había cincuenta aparatos de te­levisión, cuarenta y nueve sin abrir (en sus cajas), radios, heladeras, muchas aún sin desempacar, pues nunca las habían usado.

En general, vivían tomando leche. Uno de los hermanos iba y traía la leche por la mañana: eso era todo. Traía la leche y un periódico, y leían las noticias. ¿Y qué hacían adentro? Arreglaban cosas. ¡Y habían hecho un desastre tal! Era un edificio de tres pisos, todos llenos de cosas. Había que arrastrarse porque no quedaba espacio.

A la policía le llevó muchos días sacar las cosas, contar cuántas cosas había y cuántos dólares quedaban. Nunca habían depositado ni un peso en el banco (uno nunca sabe, el banco puede quebrar), y vivían como pobres diablos. Podían haber vivido como ricos, pero un avaro siempre se da una vida de pobre diablo. Un avaro siempre es un mendigo, el último de los mendigos. No puedes encontrar un mendigo más grande que el avaro: lo tiene y no lo puede usar.


Después hay otro tipo de personas: son la otra cara del avaro. Renuncian a todo, se escapan. Se decía de Vinoba Bhave que, si le traías dinero, lo único que hacía era cerrar los ojos. No lo toca­ba, ni lo miraba. Éste parece ser otro extremo. ¿Por qué tanto te­mor al dinero? ¿Por qué tanto miedo? ¿Por qué cerrar los ojos? ¿Qué tiene de malo el dinero? El dinero no tiene nada de malo, pero igual tienes miedo. Ésta es la otra cara del avaro, porque el hombre tiene miedo de que, si mira el dinero, surja el deseo de te­nerlo.

Recuerda: si temes mirar el dinero, o mirar a una mujer her­mosa, si te da miedo mirar, ¿qué indica esto? Indica que existe el temor de que, si miras a una mujer hermosa, surja el deseo. Te asusta el deseo y lo has reprimido; entonces, ni siquiera puedes mirar. Ésta es la clase de mentalidad más obscena. Si no puedes mirar a una mujer hermosa, ¿qué estás haciendo? Tu sexualidad toda se ha vuelto cerebral. Ahora, ni siquiera puedes usar los ojos. No; no son ojos: se han transformado en órganos genitales. Es­tás asustado; porque, si miras, no sabes qué puede suceder. Tie­nes miedo de ti mismo. Por eso no puedes mirar. Uno puede pa­sar de un extremo al otro: uno puede acumular dinero o tirarlo a la basura e irse al Himalaya, pero las dos reacciones son iguales.

Alcanza con dos veces; una no es suficiente; tres son demasia­das. ¿Por qué no puedes encontrar un término medio? Porque, en el medio, la mente desaparece. Es como un péndulo: el péndulo se mueve continuamente a la derecha y a la izquierda. Sabes que, si el péndulo se mueve de derecha a izquierda, funciona. Si el pén­dulo se queda en el medio, equilibrado, sin moverse, el reloj se de­tiene. Y, cuando el péndulo se mueve hacia la izquierda, piensas que sólo se desplaza hacia la izquierda, pero está juntando impul­so para moverse hacia la derecha. Entonces, ¿hacia dónde va? Cuando va hacia la izquierda, está juntando impulso; este movi­miento hacia la izquierda no es más que un preparativo para diri­girse a la derecha. Va hacia la izquierda, junta energía, impulso, y después va hacia la derecha. Se mueve de izquierda a derecha: es­tos dos extremos hacen que se siga moviendo.

La mente implica un movimiento entre dos extremos: es un re­corrido, un movimiento continuo entre ambos. En el medio, la mente simplemente desaparece, porque desaparece el movimien­to. Cuando no hay movimiento, eres por primera vez un ser, es­tás en un estado de ser. Todo se detiene: el tiempo, el espacio. Todo desaparece. No significa que dejes de funcionar; simplemen­te significa que ahora cambió tu centro de operaciones: está en el medio. Ahora, funcionarás a partir del medio. Irás a la izquierda y a la derecha. Puedes moverte hacia la izquierda sin temor algu­no; puedes moverte hacia la derecha sin temor alguno. Puedes moverte hacia la derecha y hacia la izquierda, quedándote en el medio. Por eso llamo al arte de estar en el medio, el arte princi­pal.

Si eres un avaro, es muy probable que te canses de tu avaricia, y que entonces te vayas al otro extremo y lo derroches todo, re­nunciando a todo y volviéndote un ascético. Si eres un donjuán, es muy sencillo que te transformes en un monje e ingreses a un monasterio católico, o que te hagas jainita, o que te vayas a la In­dia a algún templo. Si eres un donjuán, esto es muy, muy senci­llo, porque ya has conocido uno de los extremos. Ahora te sien­tes frustrado con eso; se acabó. Crees que se acabó, pero te per­sigue aunque te vayas al otro extremo, te impulsa hacia el otro ex­tremo. Una orilla se terminó, pero te impulsa hacia la otra.

Ambas orillas son iguales: ninguna de las dos es el río. Debes estar en el medio para poder flotar con el río. Esta orilla o la otra; ¿cuál es la diferencia? Estabas estancado en una orilla; ahora, és­ta te impulsa hacia la otra y te estancarás en ella. ¿Y cuál es la di­ferencia? La "otra" orilla es la otra únicamente porque tú estás aquí. Cuando estés allí, esta orilla se transformará en la otra. Y eso es lo que le pasa a mucha gente: dejan el mundo en busca del otro mundo; luego, se estancan en la otra orilla. Este mundo mi­ra hacia el otro y entonces surge el deseo de éste.

Si pudieras leer la mente de los monjes, de los ascéticos, te sor­prenderías. Si pudieras hacer una ventana en sus cabezas y mirar a través de ella, verías que el mundo entero, este mundo, sigue igual. El hombre que escapó de las mujeres pensará todo el tiem­po en las mujeres y en ninguna otra cosa.
Mulla Nasruddin me contaba un día sobre su nueva novia y fan­farroneaba mucho. Decía:

-Es la mujer más hermosa del mundo: un verdadero sueño.

Pregunté:

-Tal vez tengas razón y ella sea la mujer más hermosa del mun­do, pero estás usando una expresión incorrecta. ¿Por qué un verda­dero sueño? Un sueño es algo que se puede ver, pero no se puede tocar.


Mulla Nasruddin dijo:

-Exacto. Así es mi novia. Uno la puede ver, pero no la puede to­car: un verdadero sueño.


Observa a tus monjes: viven en un verdadero sueño. Las chi­cas están allí: pueden verlas, pero no tocarlas. Esa es la única di­ferencia. A tus chicas también las puedes tocar. Ellos no pueden; viven en sus sueños. Si te escapas de algo, ese algo se transfor­mará para ti en un sueño, te perseguirá. Nunca trates de escapar de nada. El miedo no sirve. Escaparse es simplemente una tonte­ría. Las situaciones ayudan; nunca las huidas. Sólo intenta encon­trar el término medio de cada situación. ¿Y qué hay en el medio? ¿ Cómo se lo puede mantener?

Hablé sobre un pico y un valle. Puedes encontrar un punto in­termedio; ese no es el medio al que me refiero. Puedes hacer una cabaña en el medio, ni en el pico ni en el valle. Puedes medir to­do, llegar a un punto que sea el centro, construir tu cabaña y vi­vir allí. Pero ese no es el término medio al que me refiero. Eso es muy sencillo; también se puede hacer eso. También se puede ha­cer eso; puedes vivir mitad y mitad: retienes la mitad y compartes la mitad. Ese no es el punto medio, pues un punto medio no es un punto fijo; cambia en cada situación. Se modifica en cada si­tuación, no es algo estático; es una consciencia dinámica. Y uno nunca sabe...


Mulla Nasruddin le dijo una vez a su mujer:

-Salgo. Organicé una gran comida para un amigo: es un gran hombre de negocios y hay posibilidades de que lleguemos a algún acuerdo y podamos comenzar algún negocio nuevo.

Y tenía muchas, muchas esperanzas.

Su esposa también estaba contenta. Respondió que estaba bien. Así que él fue, y más tarde regresó. Estaba bien entrada la noche: eran casi las dos de la mañana. Su mujer, que lo estaba esperando, le preguntó:

-¿Qué pasó? ¿Cómo fue el trato?

-Cincuenta y cincuenta -replicó él.

Ella le preguntó:

-¿Qué quieres decir con "cincuenta y cincuenta"?

Él explicó:

-Sólo estaba yo: mi amigo no apareció.


Tu "cincuenta y cincuenta" puede ser una decepción. No es un punto fijo; no puedes medirlo. Es un flujo de consciencia que cam­bia constantemente, y a cada momento tienes que volver a recu­perar el equilibrio. No es algo que, una vez que lo obtienes, per­sista para siempre... Es como alguien que camina sobre la cuerda floja: no es que, una vez que ha logrado el equilibrio, ya está; con­tinúa. A cada paso, hay que lograr nuevamente el equilibrio. A ve­ces, siente que se cae hacia la izquierda; de inmediato, se inclina hacia la derecha para equilibrarse. Luego, cuando siente que pa­sa lo contrario, que se está yendo mucho hacia la derecha, de in­mediato se inclina hacia la izquierda. A cada paso, uno debe al­canzar el equilibrio. No es algo con lo que termines una vez que lo consigues. Es un proceso.

Se más consciente. Se más consciente cuando exhales, se más consciente cuando inhales. Y no te apegues ni a una cosa ni a otra. Gana dinero, compártelo, con consciencia. No pienses en la cantidad. Hay gente, en especial los mahometanos, que compar­ten una cantidad establecida: tienen que compartir una quinta par­te de sus ingresos. Entonces comparten, pero eso no hace ningu­na diferencia, pues no es cuestión de monto fijo, sino de consciencia. A veces, debes entregarlo todo, porque ese es el punto me­dio. Uno nunca sabe, pero se mueve, y no hay que quedarse pe­gado a un extremo.

Y no se puede planificar. La mente siempre aspira a planificar, porque, una vez que lo haces, no es necesario estar consciente. Puedes transformarte en un autómata, seguir como un robot: tie­nes una disciplina fija. Por eso en todos los monasterios tienen una disciplina establecida: no hay necesidad de estar consciente. "Haz esto; esto está bien. No hagas eso; eso está mal”. Y listo. No necesitas estar consciente; simplemente, te transformas en un robot. Sabes qué está bien y qué está mal.

Te digo que lo correcto se vuelve incorrecto y viceversa cuando las situaciones cambian. A veces, algo está bien, porque la si­tuación es completamente diferente; otra vez, lo mismo es inco­rrecto. Y nadie puede decir de antemano qué está bien y qué es­tá mal. Entonces, no es posible dar un código moral. Todo códi­go moral te mata, te envenena. Todas las órdenes son venenosas porque te ordenan algo fijo: "Haz esto”. Pero las situaciones cam­bian y, en situaciones cambiantes, lo mismo puede volverse inmo­ral.


La moralidad y la inmoralidad no son mercancías, objetos. No son cosas; son procesos. Y éste es el punto más sutil para com­prender acerca de la vida. La gente viene a mí y me dice que me escucha, pero que es demasiado difícil; me piden que les de una disciplina -qué hacer y qué no hacer- para seguir.

Si quieres códigos morales, no puedo ofrecerte ninguno, por­que sé que todos los códigos son venenosos. Y tú pides códigos: es un truco para evitar tomar consciencia, pues sin códigos ten­drás que estar permanentemente consciente y deberás sentir to­do el tiempo en qué situación estás y qué es lo correcto en ese momento. Ese momento es lo decisivo; nadie más puede decidir­lo. Entonces, debes estar muy, muy alerta. Para que estés alerta, no te doy códigos. No tengo códigos. La consciencia es la única disciplina, el único mandamiento.


Me enteré de que esto sucedió en una pequeña clase: la maes­tra preguntó quién era el hombre más importante del mundo. Suce­dió en Estados Unidos de América; así que un chico respondió:

-Abraham Lincoln.

A la maestra no le satisfizo la respuesta y le preguntó a otro alumno. Este otro chico era negro, y dijo:

-Martin Luther King.

Entonces, un niño pequeño levantó la mano. La maestra pregun­tó nuevamente quién era el hombre más importante del mundo. Dijo:

-Jesús, por supuesto; Jesús.

La maestra se sorprendió.

-Sí, tu respuesta es correcta, pero me sorprendo porque eres judío

-dijo.

Entonces el chico dijo:



-Sí, yo, usted y todo el mundo sabe que Moisés es el hombre más importante del mundo. Pero negocios son negocios.
La vida es siempre cambiante: nada es estático, y cualquier co­sa que sepas no será de gran ayuda. Debes observar la situación; toda la situación. Y, si tu respuesta a ella la das con perfecta consciencia, está bien: nunca te arrepentirás de ella. Y entonces cre­ces a través de ella, adquieres más consciencia.
La consciencia no tiene pasado ni futuro; la consciencia tiene só­lo este aquí y ahora. Y un hombre de consciencia nunca vuelve a pensar en el pasado: ya pasó. Hizo todo lo que se podía hacer. Nunca se arrepiente; no guarda rencor. Nunca piensa en térmi­nos de lo que debía haber hecho. Una persona que sigue un có­digo muerto siempre piensa: "Debí haber hecho esto o aquello. Éste debe haber sido el caso; no aquél”. Se arrepiente, se lamen­ta todo el tiempo, porque actuó en función de un código muerto. Y un código muerto nunca encaja. No puede encajar, porque la situación es nueva.

Se más consciente y no crees un código en tu mente. Sólo vi­ve momento a momento y deja que la vida elija el código por sí misma. Deja que la consciencia sienta el código por sí misma. Y entonces ya no habrá pasado porque, cuando nunca piensas que ha sucedido algo malo en el pasado, no hay heridas. Estás com­pletamente limpio del pasado; nunca se adhiere a ti como polvo, o mugre. Estás completamente fresco. Y, si estás consciente, ha­brás encontrado el punto medio.


La consciencia es el punto medio. Entonces, a veces, cuando es necesario, abres la mano; y a veces, cuando es necesario, cierras el puño. No te haces adicto al puño apretado. La consciencia es el punto medio. Entonces, a veces, cuando es necesario, abres la mano; y a veces, cuando es necesario, cierras el puño. No te haces adicto al puño apretado

ni a la mano abier­ta. No tienes adicciones ni neurosis. No eres cristiano, ni hindú, ni jainita, ni budista, pues éstas son adicciones, son todas actitu­des neuróticas. Tú simplemente eres consciente.

Y, cuando eres consciente, a veces actúas como un cristiano, perfectamente cristiano; a veces, como un perfecto budista; y, a veces, te comportarás como un perfecto mahometano. Nadie sa­be. A veces, el Corán; a veces, el Gita; y, a veces, la Biblia. Pero nunca lo decides de antemano, nunca estás preparado; todo el que está preparado se equivoca.

En la vida no hay ensayos. No puedes ensayar una situación; no puedes estar preparado para ella. Te mueves sin estar prepa­rado. Y, cuando descubres este hecho (que moverse sin estar pre­parado es crear una situación en la que estemos más conscientes), entonces es la situación, y no tú en realidad, la que decide. Todo, tú y la situación total, se juntan y ocurre. Tú no eres el que deci­de y tampoco eres la víctima. Actuaste como la unidad orgánica de la existencia lo decidió en ese momento. No eres responsable: no hiciste nada; sólo fuiste el vehículo. Éste es el punto medio. Ser testigo, estar alerta, actuar conscientemente, con atención, es el punto medio.

Entonces recuerda: no trates de encontrar un punto medio fi­jo. No hay dónde hallarlo. Y nadie más puede decidir por ti. Ni si­quiera tú puedes tomar decisiones para el futuro. Éstos son todos trucos de la mente que te neurotizan. Sólo muévete sin estar pre­parado. Ésta es la preparación: muévete sin estar preparado; muévete y deja que las cosas pasen. Sólo conserva la consciencia y deja que las cosas decidan por sí mismas. Y te digo que, cuan­do estás consciente, todo encaja. De repente, todo encaja en el cosmos; no es un caos. A partir de eso desconocido, ocurre lo co­rrecto. Si tú decides, a partir de ti, se produce lo incorrecto.
Entonces, él abrió la mano ante su rostro y le preguntó:

-Supón que estuviera siempre así, ¿cómo la definirías

en­tonces?

-Sería otro tipo de deformación -dijo la mujer.
La situación era tal que la mujer llegó a comprender. La mujer fue capaz de comprender y el maestro no dijo nada más. Comen­tó:

-Comprendes mucho; no tengo nada más para decirte. Eres una buena esposa.

Después se fue y la mujer se transformó. Fue capaz de com­prender y de sentir. Todo lo que él hizo en ese momento se trans­formó en iluminación. Desapareció el apego, pero no fue sustitui­do por lo contrario. Ella pudo compartir.

¿Pero cómo puedes compartir si no tienes nada? Por eso en India encuentras gente que ha renunciado: no tienen nada para compartir, nada. Simplemente, no comparten, porque han pasa­do de acaparar al otro extremo. Ahora, ni siquiera pueden com­partir, porque no tienen nada que compartir.

No te vayas al extremo: conserva algo para compartir. Y no hablo sólo de objetos, sino de ti. Solamente si te tienes a ti mis­mo puedes compartir. Sólo si tienes individualidad puedes com­partir. Sólo puedes compartir si tienes amor adentro. Sólo si existes hay una posibilidad de compartir.

Y éste es el misterio: tienes que estar allí para, en algunos mo­mentos, no estar allí, desaparecer. Debes alcanzar una presencia; entonces, también puedes estar ausente. Si te vuelves demasiado presente y no puedes ausentarte, estás acaparando. Si te vuelves absolutamente ausente, no tienes presencia, has renunciado.

Pero recuerda: ni acaparar es compartir ni renunciar es com­partir. Compartir es algo intermedio. Guardas un poco, compar­tes un poco, y siempre estableces un equilibrio. Te mueves en el medio. A veces, te vas hacia una orilla; y, a veces, hacia la otra. A veces te inclinas hacia la izquierda y, a veces, hacia la derecha. Pero te inclinas hacia la derecha o hacia la izquierda, de manera de seguir en el medio.

Vuélvete como alguien que camina sobre la cuerda floja, pues eso es la vida: no es más que caminar sobre la cuerda floja.

Suficiente por hoy.





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