Charlas sobre Zen



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Segundo Discurso:
¡Deshazte De Ella!
Joshu fue un maestro que empezó a estudiar zen a los se­senta años.

A los ochenta, encontró la iluminación. Dicen que enseñó durante

los cuarenta años posteriores. Una vez, un dis­cípulo le preguntó al

viejo Joshu:

-Nos enseñas que debemos vaciar nuestras mentes. No

tengo nada en la mente, ¿qué debo hacer ahora?

-¡Deshaz te de ella! -le dijo Joshu.

-Pero si no tengo nada, ¿cómo podría deshacerme de ella?

Joshu dijo:

-Si no puedes deshacerte de ella, carga con ella, échala afuera,

vacíala, pero no te quedes ahí parado frente a mí sin

nada en la cabeza.

Cuál es la nota única de Joshu? Su única nota es el va­cío. Ésta es la flor de loto que Buda le entregó a Maha­kashyapa. Y es lo que todos los Budas han transmitido a través de diversas épocas: el vacío. El yo quiere ser todo. El todo se produ­ce, pero se produce a través del vacío, y aquí reside la dificultad, la imposibilidad. Puedes perfeccionarte pero, si la perfección fun­ciona como ideal, no lo lograrás. Puedes perfeccionarte a través de quedarte completamente vacío. Parece inconcebible para la mente, pues ésta indica que, para perfeccionarse, uno debe hacer grandes esfuerzos, debe crear un ideal para el futuro, debe esfor­zarse por alcanzar ese objetivo.

El objetivo se da. La perfección llega al hombre; no es necesa­rio que el hombre la alcance. El objetivo se acerca a uno. Nadie jamás ha llegado al objetivo. Siempre ha sido de otra manera: el objetivo te alcanza cuando estás vacío. Y estar vacío es lo contra­rio, justamente lo contrario de todo esfuerzo hacia la perfección, pues la perfección implica que te gustaría ser como Dios mismo. La perfección implica que querrías ser eterno, infinito, desplega­do por todas partes. El vacío es exactamente lo contrario: debes destruirte por completo. Ni siquiera tiene que quedar un rastro. Una vez que tu hogar está vacío, llega el invitado. Cuando ya no estás, se ha logrado el objetivo.

Entonces, no hagas de la perfección tu objetivo; ésta se da en forma indirecta. Quédate vacío y habrás generado la situación pa­ra que se produzca. Como la naturaleza repudia el vacío, nada puede quedar vacío. Si te vacías por completo, te llenarás de lo desconocido. De repente, desde todos lados, lo divino correrá ha­cia ti. Habrás creado la situación; hay que hacerlo. Cuando tú no estás, está Dios.

Entonces, recuerda: no puede haber encuentro entre tú y Dios. Nunca lo ha habido y nunca lo habrá. Cuando tú no estás, está Dios. Cuando tú estás, Dios no está. No pueden estar los dos al mismo tiempo. Cuando tú desapareces; de repente aparece lo perfecto, lo absoluto, el todo. Siempre ha estado allí, pero tú es­tabas tan lleno de ti mismo que no quedaba espacio para que en­trara. Estaba por todas partes, pero no estabas vacío.

Eres como una casa sin puertas: sólo paredes y paredes, y ca­pas y capas de paredes. Y recuerda: de hecho, una casa es más las puertas que las paredes. Dice Lao Tse: "¿Qué es una puerta? Una puerta no es nada, es un vacío. Y, a través de una puerta, se entra”. Una pared es algo, mientras que una puerta no es nada. ¿Y te has dado cuenta de que una casa no consiste en las paredes sino en el vacío interior? La misma palabra "habitación" implica vacío, espacio. No vives en las paredes, sino en el espacio, en el vacío. Todo lo que existe, existe en el vacío. Todo lo que vive, vi­ve en el vacío.

No eres tu cuerpo. Dentro de tu cuerpo, igual que dentro de tu casa, existe espacio. El espacio eres tú. Tu cuerpo no forma más que las paredes. Piensa en una persona sin ojos, ni orejas, ni na­riz, sin ventanas ni puertas en su cuerpo: estaría muerta. Los ojos, las orejas, la nariz y la boca son las puertas: son vacíos. Y, a tra­vés de este vacío, la existencia penetra en ti. Lo exterior y lo in­terior se unen, pues el espacio exterior y el espacio interior no son dos cosas separadas; son una sola. Y la división no es una ver­dadera división.

Es como... puedes ir al río y puedes llenar de agua un pote de barro. Cuando el agua entra al pote de barro, el río de afuera y el agua de adentro del pote son iguales. Sólo existe la pared de ba­rro, que inclusive es porosa. El agua fluye permanentemente ha­cia adentro y hacia afuera. Tu cuerpo también es una superficie porosa: la existencia fluye hacia adentro y hacia afuera continua­mente. ¿Qué es la respiración? Es la existencia que entra y sale. Y los científicos afirman que hay millones de agujeros en la piel que inhalan y exhalan permanentemente. Eres poroso. Si todo tu cuerpo tuviera una capa gruesa de pintura, y únicamente la nariz pudiera quedar abierta, podrías seguir respirando, pero a las tres horas estarías muerto: porque todo el cuerpo respira, es poroso. La existencia continuamente te renueva.

Interiormente, ¿quién eres tú? El interior es un vacío. Cuando uno descubre este vacío, el yo simplemente desaparece. Es un mi­to, es un sueño, es una falacia. Porque nunca has observado tu in­terior, has creado un falso yo.

Hay una necesidad, porque ningún hombre puede vivir sin centro. Y no conoces tu propio centro, por lo tanto la mente crea un centro falso: ese falso centro es el yo. Cuando te desplazas ha­cia adentro y buscas al yo, nunca lo encuentras allí. Cuanto más profundamente vayas, tanto más te reirás, porque el yo no está allí, tú no estás allí. A veces, cierra los ojos y busca al yo. ¿Dón­de estás? ¿Quién eres? Un vacío te rodea por todas partes. No hay nadie allí adentro. Y este momento, en el que sientes que no hay yo, es el momento más hermoso y extático que puede existir.


Cuando no hay yo, estás vacío. Y, cuando estás vacío, lo divi­no se precipita hacia ti. Has generado la situación.

Ésta era la nota única de Kakua, y es también la mía. Este re­lato es muy hermoso. Trata de comprender cada palabra.


Joshu fue un maestro que empezó a estudiar zen a los se­senta años...
Recuerda: la edad que tengas no es importante. Puedes ser un niño o puedes ser muy, muy viejo. Puedes ser joven, saludable, o puedes estar enfermo: no hace diferencia, porque lo fundamental es estar interiormente vacío. No tiene relevancia el hecho de que tus paredes sean jóvenes o viejas. Un niño puede lograr la ilumi­nación, un hombre a punto de morir puede lograr la iluminación, porque ésta no tiene que ver con el cuerpo. Concierne a algo ab­solutamente sin cuerpo. Concierne a lo interior, que no tiene edad. Es no temporal. El tiempo no es en absoluto un problema.

Tal vez no lo hayas observado, porque vives una vida falta de consciencia, y la observación requiere consciencia, atención, conoci­miento.

Si miras hacia adentro, ¿puedes sentir la edad, cuántos años tienes? Si cierras los ojos y miras hacia adentro, el vacío interior parece no tener edad. ¿Eres un niño? ¿Eres joven? ¿Eres viejo? El espacio interior parece ser no temporal, ¡y lo es! Por eso te vuel­ves viejo a través de los ojos de los demás. Te vuelves viejo a cau­sa del espejo. Si los espejos desaparecieran y nadie hablara de tu edad, y no hubiera calendarios ni medidas del tiempo, seguirías siendo siempre joven.

En los viejos tiempos, la gente envejecía mucho más tarde. Se dice que vivían cientos de años (a veces, hasta trescientos, cuatro­cientos o quinientos). Ahora, estas cosas parecen cuentos, mitos, ficciones. No son ficciones. Deben haber vivido, pero no tenían forma de medir el tiempo. No existían los espejos; nadie hablaba de la edad; nadie sabía cuándo había nacido ni cuándo cumplía años. No sabían contar más allá de los diez dedos. Y nunca nadie preguntaba: "¿Cuántos años tienes?". La gente vivía, simplemen­te vivía, sin saber su edad. Vivían muchos años. Así sucedía en muchos casos.


Hace unos días, estaba leyendo acerca de un hombre, un holan­dés. Pocos años atrás cumplió ciento sesenta y cinco años. Y traba­jaba cuando los cumplió, hacía todo normalmente. Vivía en un pue­blo muy, muy lejano. Entonces, un periódico se enteró y se publicó su nombre, su fotografía, y la gente empezó a ir a verlo. Los médicos se interesaron y también fueron a examinarlo. Lo mataron en el lap­so de dos años, porque, al ir todo el mundo y preguntarle cuántos años tenía, el pobre viejo tomó consciencia, por primera vez, de que tenía ciento sesenta y cinco años, ¡lo cual era increíble! Nunca se habría preocupado si nadie se lo hubiera preguntado. Sencillamen­te, hubiera vivido, sin consciencia del tiempo.

Cuando tienes consciencia del tiempo, estás en manos de la muerte. Cuando no la tienes, la muerte, simplemente, no puede en­trar. Ella ingresa a través del tiempo. La muerte es tiempo, y la vida es eterna, atemporal. Tú eres la vida, y no la muerte.

¿Qué le hicieron los médicos a ese pobre viejo? Le sugirieron de­jar de trabajar y descansar, suponiendo que, si descansaba, podría vivir aún más; incluso que podría alcanzar los dos siglos, ¡lo cual se­ría un fenómeno para la ciencia médica! Entonces, lo ayudaron a descansar: lo metieron en una cama y empezaron a aplicarle inyec­ciones y a darle vitaminas. En el lapso de dos años, estaba muerto: había tomado consciencia y se había preocupado.
Si te interesas demasiado por el cuerpo, te transformas en el cuerpo. Si te miras permanentemente en el espejo, te transfor­mas en el cuerpo. Por eso las mujeres envejecen antes que los hombres: por el espejo. Y el milagro es, básicamente, que viven más que los hombres, pero envejecen más rápidamente. En pro­medio, en todo el mundo las mujeres viven cuatro años más que los hombres, pero envejecen más rápidamente. Pierden su belle­za y su juventud rápidamente. El espejo las mata, con su continuo pensar en el cuerpo.

Medita sobre el ser interior, y no sobre el cuerpo. Encuentra un espejo que te refleje a ti y no al cuerpo. El espejo que te refleja a ti es la meditación. Cuanto más meditas, más eterno te vuelves.



Joshu fue un maestro que empezó a estudiar zen a los se­senta años... Entonces, nunca es demasiado tarde. No te preocu­pes. En cualquier momento en que empieces, está bien. Nunca es demasiado tarde; siempre estás a tiempo. Entonces, no pienses en esto.
Muchos vienen y me dicen:

"Ahora ya estamos muy viejos..”..

Y la mente es tan aguda. Los jóvenes acuden a mí y me dicen:

"¿Cómo podemos meditar? Somos demasiado jóvenes”. Y los viejos vienen y me dicen:

"¿Cómo podemos meditar? Somos demasiado viejos".
Otros se presentan y me piden que no inicie a los niños, pues son sólo niños. Me piden que no los inicie, que no les de sann­yas. Entonces, ¿a quién debo iniciar? ¿A los muertos? No queda nadie. Unos son niños, otros son jóvenes y otros son viejos.

La mente es aguda. Cuando eres un niño, dices que eres un ni­ño. Cuando eres joven, afirmas que eres joven y que tienes que experimentar un poco más la vida. Para cuando eres viejo, te sientes exhausto, cansado y sin energías. Entonces, te dices: "¿Qué puedo hacer ahora? No queda nada. Sólo me queda espe­rar la muerte, sin esperanzas".

Nunca en la historia humana ha estado el hombre tan deses­peranzado ante la muerte como lo está ahora, ¡y con tan impor­tantes avances en la medicina! Nunca ha estado el hombre tan de­sesperanzado ante la muerte. Nunca se ha preocupado tanto el hombre por la muerte como lo hace ahora.

¿A qué se debe tanta desesperanza? Porque no estás en con­tacto con lo eterno, porque tus raíces no están en lo eterno. Has vivido una vida temporal y la muerte es el final del tiempo, no de ti. Recuerda que la muerte pone fin al tiempo, pero no a ti. Y, si has vivido en el tiempo, sólo con objetivos temporales, entonces la muerte constituye un problema. Pero, si has vivido más profun­damente en tu interior, en las montañas más remotas donde se mudó Kakua, en el interior, donde nadie pudiera visitarte, completamente solo, entonces la muerte no será un problema, porque conoces la inmortalidad. Se esconde allí.

Sobre la superficie está el tiempo; en el centro, la eternidad. Recuerda: la eternidad no es un período largo, largo. La eterni­dad no es tiempo. La eternidad implica "no-tiempo".

A los sesenta años, Joshu empezó. Se puede comenzar en cualquier momento; siempre lo he sentido así. Joshu vivió mucho: vivió ciento veinte años. Debe haber vivido ciento veinte años por haber comenzado a los sesenta. Y, cuando empiezas a meditar, rejuveneces y te renuevas tanto que puedes vivir mucho tiempo sin hacer esfuerzo alguno.

Quien está dispuesto a aprender, siempre se transforma en ni­ño. Joshu se volvió niño nuevamente a los sesenta años. Si no es posible iniciarse a los sesenta años, es porque uno ya sabe dema­siado; esto hace que no pueda aprender, que no pueda transfor­marse en un discípulo. Está tan bien informado que sabe mucho. Ha aprendido demasiado, experimentado demasiado, juntado mucha hojarasca. Es un depósito de chatarra, pero cree ser muy, muy experimentado. ¿En qué consiste su experiencia? ¿Qué ha aprendido exactamente? Nada. Pero sus manos están vacías, su ser está empobrecido. No ha adquirido una experiencia interna que lo enriquezca, que lo torne significativo.

Pero, por supuesto, solamente por el hecho de ser viejo, uno ha pasado por muchas cosas, ha transitado muchos caminos. Frustrado, desesperanzado, desvalido, se enfrenta a la muerte temblando, sólo esperando, sin saber qué hacer. En Occidente, especialmente, el hombre viejo se ha transformado en un fenó­meno tan impotente: sólo espera la muerte, sin nada que hacer. No puedes imaginar...

En el pasado, sólo unas pocas personas debían esperar morir: quienes estaban sentenciados a muerte. Debían esperar en cárce­les durante algunos días; sólo esperar: era una terrible agonía. Pe­ro ahora, todos deben esperar. Retirado de tus actividades, estás sentenciado a muerte. No hay nada más que hacer, salvo espe­rar... que en cualquier momento llegue la muerte. Y la agonía es aún más alimentada por ì¥Á9 ø¿4…

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蟥Ÿ¥4ÿÿᄂÿÿᄂÿÿᄂl:::::::¤Ž¢æ¢æ¢æ¢æ, ì¥Á9 ø¿4…

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蟥Ÿ¥4ÿÿᄂÿÿᄂÿÿᄂl:::::::¤Ž¢æ¢æ¢æ¢æ, enta. La muerte era una puerta y no el final. Algo nuevo estaba por comenzar. Y no era el enemigo, sino Dios quien se acercaba en el ropaje de la muerte. Llegaban a saber que no eran el cuerpo y que no iban a morir, sino que el cuerpo queda­ría atrás y ellos comenzarían un viaje eterno. La muerte no era el final; era un encuentro, un encuentro con lo desconocido. La muerte era un momento esperado larga, largamente; un momen­to deseado, soñado, esperado. Era el último deseo: dejar el cuer­po y fusionarse con lo divino, unirse a ello de manera tan com­pleta que ni siquiera quedara un rastro de uno. El cuerpo era vis­to cómo una barrera; por lo tanto, cuando se lo abandonaba, uno era completamente libre. La muerte era una liberación y la culmi­nación de la vida; no sólo el final de ella.

Si la muerte sólo es el final y uno simplemente termina, la vi­da no podría tener importancia. ¿Cómo podría tener importancia cuando simplemente termina? La vida toda se tornaría sombría; la sombra de la muerte la entristecería. Cualquier cosa que hicie­ras no tendría sentido, porque algún día tu vida se terminará. Cualquier cosa que crearas no tendría sentido porque un día tu vi­da se terminará. Todo lo que hicieras sería una tontería porque al­gún día tu vida se terminará.

Si la muerte es un nuevo comienzo, si la muerte es un renaci­miento, si la muerte es un encuentro con lo divino, entonces la vi­da tiene importancia. Todo lo que hagas es significativo. Enton­ces, eres algo relevante, y la existencia espera que muchas, mu­chas cosas se produzcan por tu intermedio.

A los sesenta años, Joshu estaba nuevamente empezando a ser un niño; comenzó a aprender zen. Recuerda: si eres capaz de aprender hasta el final, nunca envejecerás. Un hombre que pue­de aprender nunca es viejo. Un hombre que ya no puede apren­der está viejo. Un hombre que no puede aprender más está muer­to. Entonces no tiene sentido seguir estando allí. La vida es una escuela, una disciplina, un proceso de aprendizaje. Si has dejado de aprender, ya estás muerto. Los sufíes afirman que, por lo ge­neral, la gente muere a los treinta años y es enterrada a los sesen­ta. Una vez que dejas de aprender, estás muerto.


Joshu... empezó... a los sesenta años. A los ochenta,

encon­tró la iluminación.
Recuerda: la iluminación no es un juego. Todo lo demás es un juego, pero la iluminación no. No es un juego; debes tener pa­ciencia. Y Joshu debe haber sido un hombre de una paciencia in­finita. Empezando a los sesenta años, es difícil esperar, pues uno piensa en la muerte. Uno piensa: "Y si la muerte llega antes que la iluminación, ¿qué?". Entonces, uno tiene que apurarse. Pero Joshu no se apresuró. Recuerda, cuanto más apurado estés, me­nos posibilidades tendrás de lograrla. Cuanto más paciente seas, más posibilidades tendrás.
Te contaré una breve anécdota hindú.

Sucedió que un mensajero se dirigía hacia Dios y pasó por don­de estaba un anciano muy ascético, viejo, muy viejo, sentado deba­jo de un árbol, meditando. Éste lo miró y le dijo:

-Espera, ¿vas hacia Dios? Pregúntale por mí. Ha pasado dema­siado tiempo. He realizado miles de esfuerzos, y ya los he repetido durante tres vidas; pregúntale cuánto tiempo más tendré que espe­rar.
Cuando uno pregunta cuánto tiempo más tendrá que esperar, es­tá impaciente, está apurado. Y con Dios nada se logra con apuro, porque Él no está apurado. Él no tiene problemas de tiempo: es eter­nidad.
El mensajero le respondió: -Sí, preguntaré.

Y, sólo por hacer una broma, le preguntó a otro hombre joven que bailaba debajo de otro árbol y dirigía oraciones cantadas a Dios. Le preguntó:

-¿A ti también te interesa saber cuánto tiempo más te llevará ser iluminado?

El joven ni siquiera se inmutó; ni siquiera se detuvo y no dejó de bailar.

El mensajero regresó. Le dijo al viejo:

-Le pregunté y Dios respondió: "Tres vidas más". El viejo tiró su rosario y dijo:

-¡Lo suficiente es suficiente! ¿Es justo esto? He estado conti­nuamente desperdiciando mi vida durante tres vidas, y ahora, ¿tres vidas más?... ¡Esto es demasiado!

El mensajero se acercó al otro árbol donde el hombre joven aún estaba bailando en estado de éxtasis. Le dijo:

-Aunque no preguntaste, yo lo hice. Dios respondió: "¿Ese jo­ven? Falta mucho, mucho tiempo para que alcance la iluminación: una cantidad de vidas equivalente al número de hojas que tiene el árbol bajo el cual está bailando".

Al oír esto, el joven se inundó más aún de dicha, se enloqueció, y empezó a bailar más y más rápidamente. Y dijo:

-Entonces no es mucho tiempo pues, en toda la Tierra, ¿cuán­tas hojas y cuántos árboles existen? ¿Ves este árbol, únicamente éste? ¿Y estas hojas? Entonces no es demasiado tiempo, ¡ya lo he conseguido!

Y se dice que, en ese mismo instante, al joven le llegó la ilumina­ción.

Puede traerla una paciencia infinita, en este mismo momento, porque la paciencia infinita modifica todo tu ser. Cuando tienes una paciencia infinita, no tienes tensiones internas, pues todas las tensiones son para el futuro. Todas las tensiones son: ¿cuándo, cómo, en cuánto tiempo más, lo lograré o no, me lo voy a per­der? Todas las tensiones se vinculan a la impaciencia. Si tienes pa­ciencia, no pueden existir tensiones dentro de ti. La paciencia es la única relajación. Una mente guiada por objetivos no puede re­lajarse: el mañana es demasiado pesado y estás demasiado preo­cupado por él.

Al pasar por un jardín, Jesús les dijo a sus discípulos que ob­servaran a los lirios, que no se preocupan por el futuro y por eso son tan hermosos. Ni siquiera Salomón en sus días de gloria es­taba tan bello. Contempla los lirios: son tan hermosos y tan agra­ciados porque no se preocupan por el mañana, por lo que va a ocurrir. No se preocupan para nada; simplemente, están en el aquí y ahora.

Veinte años es demasiado tiempo cuando un hombre cumplió sesenta. He conocido a hombres jóvenes que acudían a mí y me decían:

"Pasaron tres días. Estuve meditando durante tres días, y toda­vía no ha sucedido nada".

¿Cuántas vidas tendrán que esperar estos jóvenes? Calculas: cuántos árboles y cuántas hojas hay en la Tierra entera, y todos los árboles de la Tierra y todas las hojas. No; no será esa canti­dad.
"Tres días", afirman.

He conocido a una mujer, y no una mujer del montón: una profesora de una universidad. Había meditado una vez, y vino y me dijo:

-Aún no he descubierto a Dios.
¡Una meditación! ¡Cuánto exiges de Dios! Sólo por sentarte tontamente durante unos cuarenta minutos (y estarás sentado ton­tamente, porque un tonto no puede sentarse de otra manera).

Puedes aparentar ser un Buda, pero se trata de algo meramente superficial. Por dentro circula y dialoga el tonto. Adentro de ti hay un mono. Puedes controlar tu cuerpo, pero el mono que hay adentro salta permanentemente de una rama a otra y parlotea permanentemente.

Por eso, siempre pienso que Darwin debía tener razón. No sé si su teoría es científicamente correcta o no pero, desde el punto de vista espiritual, cuanto más observo al hombre, más convenci­do estoy de que debía tener razón. El hombre tiene que derivar del mono porque, en el fondo, sigue siendo un mono. Sólo la su­perficie ha cambiado; sólo el cuerpo es algo diferente, pero la mente es igual. ¿Y sólo por sentarse una vez puede alguien em­pezar a esperar lo infinito?

Joshu, a los sesenta años, pudo esperar veinte. Era un hombre raro. A los ochenta años, encontró la iluminación, y dicen que en­señó durante cuarenta años a partir de ella. No tenía apuro: es­peró veinte años. Se dice que nunca le preguntó a su maestro cuándo sucedería. Se comenta que hasta el maestro estaba un po­co preocupado porque este hombre era tan mayor. Pero Joshu ja­más lo estuvo; nunca le preguntó al maestro: "¿Cuándo?". Sólo es­peraba y meditaba, y esperaba y meditaba. Lo logró. Y, cuando lo logró, el maestro dijo:

-Hasta yo estaba un poco preocupado, siendo este hombre tan mayor.

Después de su iluminación, siguió enseñando durante cuaren­ta años. Pero la nota es una sola, la misma que la de Kakua. La nota es el vacío. Enseñó durante cuarenta años cómo estar vacío. Y en esto consiste la enseñanza de toda religión. Si se te enseña alguna otra cosa, ten claro que no se trata de una religión. Puede ser alguna otra cosa, pero no religión.

A la religión le interesa vaciarte para que Dios pueda entrar en ti; le interesa crear un espacio dentro de ti. Esto es muy frustran­te. Te gustaría ser alguien, no transformarte en nadie. Impercep­tiblemente, intentas ser alguien; cuán sutiles son las técnicas que utilizas para ser alguien; alguien en este mundo o en aquél, pero alguien.

En la última noche, cuando Jesús estaba por partir y casi esta­ba establecido que al día siguiente lo matarían, los discípulos le preguntaban:

-En el Reino de Dios, estarás sentado a la derecha de Dios. ¿Dónde nos sentaremos nosotros? ¿Dónde?

No estaban preocupados por Jesús, porque iba a morir al día siguiente; esto no los inquietaba. Lo que les preocupaba eran sus posiciones: doce apóstoles, ¿en qué orden jerárquico? Por su­puesto, Jesús se sentaría a la derecha de Dios (hasta allí, podían tolerar), pero ¿quién estaría al lado, quién después, y después...?

La política no te abandona hasta el final. Esta mente es políti­ca, no religiosa. A la política le interesa saber quién eres en el or­den jerárquico. A la religión no le preocupa quién eres; la religión no tiene jerarquías porque sólo entra a la religión quien se ha transformado en nadie. Entonces, ¿cómo podría existir una jerar­quía? Sólo ingresa quien se ha dejado atrás a sí mismo.
Hay un breve poema acerca de una pequeña secta que existía en Bengala, conocida como los bauls. Baul quiere decir loco. La pala­bra "baul" significa loco. Eran una de las más hermosas, una secta pequeña. Estaban verdaderamente locos, eran locos de Dios. Tenían un pequeño cuento que narraban en sus cánticos. Decían: "Un po­bre hombre, un ascético muy profundo que había renunciado a todo, llegó a la puerta del Cielo. No llevaba nada con él, estaba desnudo. Había sido un faquir desnudo durante muchas vidas. No había toca­do el oro en muchas vidas, y no había acumulado nada en muchas vidas. Era un perfecto ascético. Golpeó la puerta del Cielo y ésta se abrió. El hombre que abrió la puerta miró al ascético y le dijo:

-Podrás entrar sólo cuando te hayas deshecho de todas tus po­sesiones.

Estaba desnudo y sin posesión alguna. El faquir desnudo se lan­zó a reír. Dijo:

-¿Eres tonto? No tengo nada. ¿No ves? ¿Eres ciego? Estoy com­- pletamente desnudo, sin ninguna posesión.

El hombre empezó a reírse y dijo:

-Sí que puedo ver, pero veo más profundamente. Adentro, te tienes a ti mismo, y esa es la única posesión que obstaculiza tu in­greso. No nos preocupa qué ropa tienes puesta, o que no tengas ro­pas. Ese no es el punto. Lo fundamental es si te traes a ti mismo o no. Debes deshacerte de ti mismo; sólo entonces podrás entrar.

El ascético se puso furioso. Tuvo un ataque. Dijo:

-¡Soy un gran ascético, tengo miles de seguidores en la Tierra!

Le replicó el hombre, el cuidador de la puerta:

-Justamente ese es el problema, que tienes miles de seguido­res y que eres un gran ascético. ¡Deja eso de lado! Si no lo haces, tendré que cerrar la puerta.

Y tuvo que cerrarla. El ascético tuvo que regresar. Recuerda: so­lamente tú eres la barrera; por eso, el vacío es la puerta.
Una vez, un discípulo le preguntó al viejo Joshu:

-Nos enseñas que debemos vaciar nuestras mentes. No

tengo nada en la mente, ¿qué debo hacer ahora?
Escucha con atención, porque seguramente, uno u otro día, te llegará este momento. Un discípulo le preguntó a Joshu:

"Nos enseñas que debemos vaciar nuestras mentes. No

tengo nada en la mente, ¿qué debo hacer ahora?".
Recuerda bien esto: cuando se produce un verdadero vacío, no puede surgir esta pregunta (¿qué debo hacer ahora?) porque, en un verdadero vacío, no hay "yo".

Te has transformado en un medio, en una flauta. Y Dios toca o no; ahora, depende de Él. Si quiere hacer algo, lo hará a través de ti; si no quiere, no lo hará a través de ti; pero tú ya no eres quien elige. Ya no eres quien toma las decisiones. Ya no eres el ac­tor. Esto es el vacío: que el actor ha desaparecido. Ahora, eres só­lo un medio. Si elige, es su problema. No es para que preguntes y cuestiones.

Joshu solía decir: "Cuando Él tiene hambre dentro de mí, co­mo. Cuando Él tiene sueño dentro de mí, me voy a dormir. Aho­ra no hago nada. A veces duerme un poco más, entonces, ¿quién soy yo para despertarlo con un reloj despertador? A veces, no tie­ne ganas de comer, entonces, ¿quién soy yo para obligarlo a co­mer? Entonces, hay ayuno. A veces, quiere ir a caminar a las montañas y debo seguirlo. Ahora, es Él el agente.

Ésta es la transformación.

Si tú eres el agente, es porque no estás vacío. Cuando Él es el agente, el todo, cuando la existencia es el agente y tú eres sólo una ola sobre el océano, y el océano se mueve (no tú), entonces simplemente lo disfrutas. Pase lo que pase, solamente miras. Y, cuando el agente desaparece en tu interior, llega el observador. Él es el agente y tú, el observador, un testigo.

En este momento, es exactamente al revés: tú eres el agente y Él, el testigo. Él es el testigo, y tú, el agente. Ésta es una situación incorrecta. Todo está al revés. Tú deberías ser el testigo, y Él, el agente. Cuando eres testigo, ¿cómo puedes acumular yo? Un tes­tigo no es más que un testigo: no puede decir "yo". Cuando eres testigo, el "yo" desaparece. Sólo observas. Y, cuando únicamen­te observas, no hay nadie en tu interior: sólo existe la mirada.

Este discípulo se acercó a Joshu y le dijo: "Nos enseñas que debemos vaciar nuestras mentes". La pregunta misma, su for­mulación misma, es absolutamente errónea.
Joshu no enseña que "debes" vaciar tu mente; pues, si "debes" hacerlo, nunca estarás vacío. No es un deber, algo que hay que hacer. Si lo haces, ¿cómo desaparecerá el agente? Sólo puede de­saparecer en tu inacción. Sólo puede irse cuando dejes de hacer esfuerzos. Si haces algo, no podrá desaparecer. Entonces, no hay "debes".

Y ésta es la diferencia entre la moral y la religión. La moral existe en torno del "debes": debes hacer esto, no debes hacer lo otro. Pero el acento está puesto en el hacer, y ésta es la diferen­cia. La religión no se ocupa en absoluto del "debes". Que la reli­gión afirme "debes" o "no debes" no es el punto, pues lo funda­mental no es la acción. Sé un observador: simplemente, observa; no decidas. Cuando miras, Él decide; y cuando lo hace, no hay arrepentimiento. Cuando Él decide, no hay retorno posible. Cuando él decide, no hay defectos. Cuando Él decide, siempre es­tá todo absolutamente bien. Entonces, nunca te equivocas. Es hu­mano equivocarse; es divino no hacerlo. Deja todo en manos del todo; puedes llamarlo Dios. Déjalo en manos del Todo y vuélvete una sombra: sea cual sea su voluntad, deja que la tenga. No te in­volucres; observa. Entonces, no hay cuestiones de "debes".

Este discípulo dijo: "Nos enseñas que debemos vaciar nues­tras mentes". Es así como se malentiende a un maestro cuando hace algún comentario. Joshu nunca enseñó que debes hacer es­to o aquello. Pero nuestra mente siempre transforma todo en tér­minos de acción. Nuestro lenguaje es la acción.

Le digo a la gente que sea meditativa, y ¿qué entienden? Que les enseño que deben meditar. Hay una gran diferencia. Cuando digo que seas meditativo, no afirmo que debes meditar, ya que la meditación no es una acción; no puedes hacerlo. Puedes estar en ese estado, pero no hacerla. Es un estado y no una acción. Digo "Sé amor" y ¿qué entiendes? Que enseño que deberías amar. Lo has modificado todo. Ahora, sea lo que sea lo que estés hacien­do, no me hago responsable por ello, pues no has escuchado pa­ra nada lo que se dijo. El amor no es una acción, es un estado del ser. Puedes ser amable, puedes ser amor, pero no puedes hacer­lo. ¿Cómo podrías cumplirlo? ¿Has observado alguna vez? ¿Có­mo se puede "hacer" amor? ¿Cómo podrías forzarlo? Por supues­to que puedes actuar. Por eso hay tantos actores que actúan el amor y tantos que actúan la meditación. Pero has perdido el pun­to fundamental: es un estado del ser. Pero nuevamente pregunta­rás: "Entonces, ¿qué hay que hacer? Si es un estado del ser, en­tonces, ¿qué hacer?, ¿qué debemos hacer?". Nuevamente, te pier­des.

No; sólo trata de comprender. Trata de comprender, y la mis­ma comprensión se transforma en meditación. Simplemente, tra­ta de comprender la naturaleza de la mente, que se dirige a la iz­quierda y a la derecha, hacia el pasado y hacia el futuro, que pa­sa de una idea a otra. Es un mono. Simplemente, trata de com­prender, trata de observar lo que es la mente. Y, al observar qué es la mente, de repente, un día, sentirás que algo ha sucedido, que algo ha cambiado de velocidad y que ya no eres el mismo. Algo desconocido ha entrado en ti: no hay mente. Ha llegado la medi­tación, solamente al tratar de comprender.

Cuando estés enojado, trata de entender lo que pasa. En el odio, el amor, en toda relación, trata de comprender lo que suce­de. Cuando estés triste, trata de entender lo que ocurre, ¡y te que­darás atónito! Si intentas comprender qué sucede cuando estás enojado, sentirás de inmediato un cambio cualitativo. A través de tu observación, ya está cambiando algo: la furia ya no es la mis­ma, la violencia de ella ha desaparecido. Hay aún un nubarrón allí, pero no hay agresión en él. Sigue observando y percibirás có­mo desaparece también ese nubarrón y van entrando los rayos del Sol.


Observando la furia, la furia desaparece. Observando el odio, el odio desaparece. Si puedes observar algo, de inmediato ingre­sa en ti una nueva dimensión. Ha entrado el observador, que es el fenómeno más importante del mundo. Dios llega a través de tu observación y no a través de tus acciones.

Lo que debes o no debes hacer no es la forma. Sólo observa, mantente alerta y, a veces, si dejas de prestar atención, entonces registì¥Á9 ø¿4…

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蟥Ÿ¥4ÿÿᄂÿÿᄂÿÿᄂl:::::::¤Ž¢æ¢æ¢æ¢æ, padezcas de ti y no te arrepientas. Cuando te olvidaste, te olvidaste; ahora ob­serva este olvido y recuerda, porque lo único importante es recor­dar lo que pasa. Se está produciendo una falta de atención: ob­sérvala. Sólo sigue observando y pronto comprenderás una nue­va dimensión en tu interior y esa dimensión viene a través de la observación. Los problemas comienzan a desaparecer.

Nadie puede controlar la ira. A través del control, te entriste­ces. Todo este montón triste de humanidad está así debido al con­trol. Nadie puede controlarse. Si lo haces, el veneno entra a cada fibra de tu ser. Simplemente, observa, y la observación se vuelve transformación. Y, cuando observas, no es una cuestión de "de­bes" o "no debes".
Este discípulo se olvidó. Dijo: "Nos enseñas que debemos va­ciar nuestras mentes". Nunca nadie enseñó eso. Todos los que sa­ben enseñan que, si observas, la mente se vaciará sola. Si obser­vas, la mente se queda vacía. La observación es vacío; es la puer­ta a través de la cual entra en ti el vacío.
No tengo nada en la mente, ¿qué debo hacer ahora?
Recuerda: el vacío que Buda le entregó a Mahakashyapa, el va­cío que Kakua tocaba con su flauta, el vacío que Joshu estuvo transmitiendo durante cuarenta años, y el vacío que evoco aquí an­te ti, no es un estado negativo. No es vacío en realidad. Se lo lla­ma vacío porque allí no existe el yo. Se lo llama vacío porque allí no existe la mente. Se lo llama vacío porque allí no existes tú. Es por ti: tú ya no estás allí; por eso se lo llama vacío. Por el contra­rio, es el estado más grande y más positivo. Está lleno, inundado por lo divino, por el todo, por la existencia. De tu lado, es vacío.

Sólo observa: un hombre está enfermo, hay muchas dolencias a su alrededor, pero él sólo conoce la enfermedad. No ha conoci­do la salud, no sabe qué es la salud. No ha conocido el bienestar. Siempre ha estado enfermo. Y pregunta:

-¿Qué es la salud?

¿Qué le responderías? ¿Cómo la definirías? Le dirías:

-Es un vacío, pues todas tus dolencias no están allí. Es un va­cío porque tú, con tu sensación de enfermedad, con tu ser enfer­mo, no estás allí.

¿Pero es eso un vacío? ¿Es la salud un vacío? Sí, es un vacío si observas desde la enfermedad. Pero, si lo ves desde el punto de vista de la salud misma, el punto de vista intrínseco, entonces es un todo, un todo rebosante; no un vacío, sino lo más positivo del mundo.

Entonces, no confundas la distracción con el vacío. Hay mo­mentos en los que estás distraído, sin nada en la mente. No creas que es esto lo que Buda le transmitió a Mahakashyapa: no se tra­ta de la distracción. Hay momentos en los que estás tan aburrido que no se te pasa nada por la cabeza. No hablamos de ese abu­rrimiento. Los idiotas no tienen nada en la cabeza: por eso son idiotas. Los estúpidos no tienen nada en sus mentes; simplemen­te, carecen de esa energía. Son tan lentos que la mente no les funciona; aún son como animales. Éste no es el estado de vacío mental del zen; es un estado negativo: ni siquiera hay allí pensa­mientos.

Y esos momentos también llegan en tu vida. A veces, cuando estás conmovido, cuando alguien muere y es tal la conmoción que se produce un pequeño paréntesis antes de que la mente pueda volver a funcionar. En ese paréntesis, estás ausente, no vacío, porque toda la agitación se produce en el inconsciente. A través de la conmoción, la consciencia ha quedado vacía, pues la mente siempre se vacía por un shock cuando sucede algo que no puede controlar, que no puede comprender. Pero, más tarde o más tem­prano, toma el control nuevamente y empieza a funcionar.

Alguien muere o tiene un accidente, un accidente automovilís­tico. Tú manejas. De repente, sientes que el accidente va a suce­der. Los frenos no funcionan, estás bajando la montaña y viene un ómnibus, o el volante funciona mal. Hagas lo que hagas, no puedes cambiar nada, y sabes que el accidente está a punto de producirse. Sólo un instante más... en ese momento la mente se detiene, porque esto es algo desconocido. Es tal el shock que la mente no puede pensar. Por eso se utiliza el tratamiento de shock para los locos. El electroshock puede ayudar pero, cada vez que se usa este tratamiento, la persona queda más estúpida que antes pues, a través del shock eléctrico, se fuerza la energía a disminuir; entonces, la persona no puede pensar.

Entonces, hay dos aspectos del vacío: uno es negativo y el otro es positivo. Al aspecto negativo se puede acceder a través del shock, del shock eléctrico. Al aspecto positivo se llega a través de la meditación y la observación. Si hay allí demasiados pensamien­tos y no puedes meditar, te vuelves loco. Y entonces hay única­mente una forma: una especie de shock profundo para que tu mente pierda energía, se haga añicos. Entonces, no te volverás lo­co, pero tampoco serás iluminado. Te quedarás en un nivel bajo de energía. Seguirás distraído. Por eso alguien estúpido o un imbécil o un idiota puede sentarse sin hacer nada, con la cabeza col­gando hacia abajo. Pues, cuando piensas, la cabeza es necesaria y debes levantarla. Si no estás pensando, no necesitas levantarla; cuelga. Ve a un manicomio y observa a los imbéciles o a los idio­tas: están idos, no les pasa nada por la mente.

Este discípulo de Joshu dice: "No tengo nada en la mente, ¿qué debo hacer ahora?". Este estado puede llegarte también a ti. Pensando demasiado en el estado de "no-mente", puedes crear un estado de distracción; y es más fácil. Y esto le sucedió a mu­cha gente, particularmente en la India. Pronto esta gente también estará en Occidente, porque muchos hindúes enseñan allí cosas. sin sentido.

En la India, uno va a los ashrams y a los monasterios, y sien­te que la gente no es mala, no es mala de ninguna manera; es moral, puritana, pero estúpida. Al observar sus caras, no se ve nin­guna energía, ninguna vitalidad. No se ve frescura alguna; están aburridas. Mira a las monjes jainitas; están casi siempre aburridos. En sus rostros no se refleja energía, ni brilla, ni vida; sólo aburri­miento. No crean problemas; eso está bien. No hacen nada mal; eso está bien. Pero se apagan a sí mismas.

Hay métodos para apagarse a uno mismo y a su sensibilidad. Si comes menos, poco a poco irá desapareciendo el sexo, pues el sexo necesita energía. Si el alimento que consumes apenas alcan­za para generar la energía que utilizas en tus actividades cotidia­nas, no habrá sexo. Pero entonces no estás más allá del sexo, si­no debajo del sexo. Si ayunas durante veintiún días, el sexo habrá desaparecido por completo. Aunque pase la mujer más hermosa, no te interesará mirarla. No es que te hayas transformado, sino que no tienes energías ni siquiera para mirar. Y, cuando la ener­gía no está allí, no puedes equivocarte; eso está bien. Pero éste es un tipo de hombre negativo: no puede equivocarse. Entonces, es mejor morir, pues los muertos nunca se equivocan; siempre son buenos. Por eso, cada vez que alguien muere, nadie dice nada malo de esa persona. Un muerto siempre es bueno.
Me enteré de que un amigo de Mulla Nasruddin lo llamó por te­léfono y le preguntó:

-¿Qué pasa? ¿Estás muerto?

Mulla Nasruddin le respondió: -¿Quién te dijo que estoy muerto?

El amigo le explicó:

-¡En el pueblo todos hablan de ti en tan buenos términos que pensé que debías estar muerto!
Es más fácil amortiguar tu sensibilidad, tu energía; te vuelves insulso. En India, hay muchas técnicas para apagarse. Cuando es­tás apagado, no tienes nada en la mente, pero esto no es la ilu­minación. Es simplemente que no tienes energías para que la mente funcione. Si la energía estuviera disponible, la mente vol­vería a funcionar. Entonces, alimenta bien a tus monjes y fíjate: tendrán miedo. Por eso los monjes jainitas temen comer cualquier cosa que pueda darles vitalidad. Comen cosas no vitales para mantener un bajo nivel de energía. Pero eso no es brahmachar­ya, no es celibato; es sólo suicidio. Te estás matando: por supues­to, en cuotas, lentamente, no dando un salto, porque ni siquiera tienes el coraje necesario para hacerlo. Si no, lo harías y termina­rías. ¿Por qué este suicidio largo y gradual?

Este discípulo debe haber estado en el aspecto negativo del va­cío. Dijo: "No tengo nada en la mente, ¿qué debo hacer aho­ra?". Joshu es maravilloso. Le responde: "¡Deshazte de ella!". In­cluso el vacío, incluso la nada, es algo; deshazte de ello. Porque, si piensas que estás vacío, no lo estás. Está allí la idea misma de estar vacío. La idea está allí, el pensamiento está allí, la mente es­tá allí. Si dices "Estoy vacío", no lo estás, porque nunca puedes decir que estás vacío. Eso no se puede decir. ¿Quién lo diría? Y quien lo dice adentro, está aún allí. Antes, poseía otras cosas; ahora, posee el vacío.


-¡Deshazte de ella! -le dijo Joshu.
No puedes engañar a un maestro. Es imposible, porque ve a través de ti; eres transparente para él. Sabe más de ti de lo que puedes saber ahora, porque en tu interior hay niveles más profun­dos. También puede acceder a ellos.
-¡Deshazte de ella! -le dijo Joshu.

-Pero si no tengo nada, ¿cómo podría deshacerme de ella?
Si el hombre estuviera simplemente vacío, en ese momento se hubiera reído. En ese momento hubiera sucedido un satori. En ese momento, cuando el maestro dice "¡Deshazte de ella!", hu­biera captado la idea. ¿Cuál es la idea? No cargues con el vacío. Está vacío, pero no lo cargues como un pensamiento, porque el pensamiento te llena y no estás vacío. Un solo pensamiento es su­ficiente para llenar tu mente. No se necesitan millones de pensa­mientos; alcanza con uno solo: aún tienes algo. Todavía no estás en ese estado que Jesús llama "pobreza de espíritu": aún eres ri­co. Ahora, una nueva riqueza: que eres meditativo, que estás va­cío, que ahora tu mente no tiene pensamientos. Una nueva pose­sión, una nueva dolencia ha entrado en ti, y ésta es la última do­lencia.

Si el discípulo ya hubiera estado vacío, habría entendido. Y, en la comprensión misma, el pensamiento es desechado. Por su­puesto, no puedes desprenderte del vacío; Joshu lo sabe. Nadie puede deshacerse del vacío. Pero sí de la idea de estar vacío.

Pero el discípulo se equivocó por completo porque estaba en un bajo nivel de energía. Acababa de alcanzar el aspecto negati­vo del vacío: la distracción. "Pero si no tengo nada, ¿cómo po­dría deshacerme de ella?". Con sólo preguntar cómo deshacerse de ella, no se ha dado cuenta.
Joshu dijo:

-Si no puedes deshacerte de ella, carga con ella, échala afuera, vacíala, pero no te quedes ahí parado frente a mí, sin nada en la cabeza.
¡Haz algo! La última barrera es la idea de estar vacío, de estar iluminado, de haberlo conseguido, de haber accedido, de haber conocido, de haber descubierto a Dios. Ésta es la última barrera; porque, al darse cuenta de esto, aún está pendiente el "yo". Los objetos han cambiado, pero tú no. Primero, estabas pendiente de los ricos, de tu prestigio, de tu poder, de tu dominio, de tu casa, de tu auto; ahora, estas cosas han cambiado: ahora, es el vacío, la iluminación, Dios. Pero tus manos aún no están abiertas, y lle­vas algo dentro de ellas. Tus manos están cerradas. La misma pa­labra "vacío" significa que ahora no tienes nada, ni siquiera al­guien que pueda declarar. Por eso Joshu indica hacer algo, poner fin a esa idea.
-Si no puedes deshacerte de ella, carga con ella, échala afuera, vacíala, pero no te quedes ahí parado frente a mí, sin nada en la cabeza.
Sucedió que un místico sufí, Bayazid de Bistam, se acercó a su maestro y le dijo:

-¡Lo descubrí!

El maestro no lo miró, como si no lo hubiera oído. No le prestó atención, como si no estuviera allí. Y traía noticias tan importantes:

-¡Lo conseguí!

El maestro no le prestó ninguna atención; siguió hablando con los demás.

Bayazid creyó que el maestro no lo había oído, y volvió a decirle:

-¡Lo conseguí, logré el objetivo!

El maestro replicó:

-Cállate, cállate. Cuéntame cuando no haya nadie. Entonces, tuvo que esperar.

Era demasiado tiempo, pues el yo siempre está impaciente. Y la gente no dejaba de ir y venir. Al atardecer, no hubo gente durante un rato, y Bayazid dijo:

-Escúchame ahora: ¡lo he conseguido!

Dijo el maestro:

-¿Todavía estás ahí? Cuando no haya nadie, cuéntame.

Si estás ahí, ¿cómo puedes lograrlo? Contigo ahí, todo sigue igual, de un modo sutil. Si no te abandonas por completo, no puede suceder.


Sucedió que un rey acudió a Buda con diamantes preciosos en una mano y hermosas flores en la otra. Pensó que tal vez a Buda no le gustaran los diamantes y entonces llevó, como alternativa, algu­nas flores: unas rosas extrañas. Cuando se acercó a Buda, Buda lo miró. Llevaba los diamantes en la mano derecha; estaba por deposi­tarlos a los pies de Buda, y éste dijo:

-¡Déjalo!

Entonces pensó que tenía razón, que a Buda no le gustaban los diamantes, y los dejó.

Luego, estaba por depositar las flores a los pies de Buda y éste dijo:

-¡Déjalo!

Se preocupó un poco; las dejó porque Buda se lo ordenó. No po­día hacer otra cosa, así que dejó también las flores.

Entonces, se quedó allí de pie con las manos vacías. Buda dijo:

-¡Déjalo!

El rey pensó: "Este hombre está loco. Ahora no hay nada que de­jar". Miró a su alrededor buscando una pista. ¿Qué podía dejar aho­ra?
Un discípulo, Sariputra, dijo:

-Buda no se refería a los diamantes ni a las rosas. Deja a quien ha dejado las cosas, ¡déjate a ti mismo!

Ese hombre debe haber tenido una rara capacidad de compren­sión. No era como el discípulo de Joshu. De inmediato, como si una luz hubiera descendido hasta él, lo sintió. Se abandonó a sí mismo, verdaderamente se entregó. Y se dice que en ese momento fue ilu­minado sin esfuerzo alguno. No había hecho nada para conseguirlo, simplemente se abandonó... un hombre con una rara capacidad de comprensión.
Depende de tu capacidad de comprensión. Si colocas toda tu comprensión en este momento, y te digo "¡Déjalo!", y lo haces sin pensar ni un momento, entonces la iluminación puede produ­cirse en este mismo instante. Pero, si piensas, habrás perdido la oportunidad. Si piensas, estás allí. Y si decides "Está bien, lo de­jaré", el "yo" sigue estando por detrás.

"¡Déjalo!" significa sola­mente dejarlo: no decidir, no pensar en ello.

Esto es lo que Joshu le estaba diciendo:

-Carga con ella, échala afuera, vacíala (haz algo de inme­diato), pero no te quedes ahí parado frente a mí sin nada en la cabeza.

El discípulo perdió la oportunidad. Muchos discípulos la pier­den. Debe haberse visto sorprendido. Debe haber pensado: "Este hombre se volvió loco. Este viejo Joshu ya no está en sus cabales. Digo que no tengo nada en la mente y lo primero que me dice es que lo abandone. ¿Cómo puedo desprenderme de nada?". El dis­cípulo debe haber sido muy lógico: "¿Cómo abandonarlo? Y cuando digo que no puedo hacerlo (porque ¿cómo abandonar o desprenderse de la nada?), este viejo me dice que cargue con ella, o la vacíe, o la expulse... Pero ¿cómo puedo desprenderme de nada?". Y el discípulo debe haber dejado a este viejo pensando que se había vuelto loco o demente. Absurdo, Joshu le pareció absur­do.


Pero, si lo entiendes, Joshu le estaba dando una oportunidad.

Había abierto una puerta. En ese momento, como el rey que se dejó a sí mismo ante Buda, si se hubiera dejado, hubiera dicho: "¡Bien, comprendo!". Se hubiera dejado a sí mismo y se hubiera reído. Pero se debe haber ido. El relato no dice nada más acerca de él. Debe haber dejado a Joshu.

Uno de los pensadores más agudos de Occidente es Arthur Koestler. Viajó a Oriente para comprender el zen. Fue a Japón y volvió pensando que esa gente era absolutamente ridícula y loca. Si le fueras a contar este relato de Joshu a Koestler, lo convence­ría más el discípulo que Joshu. Diría: "¡Tiene toda la razón! ¿Y qué es lo que está mal? El discípulo pregunta cómo puede uno desprenderse de nada. ¿Cómo puedes deshacerte de nada? Si fuera algo, podrías abandonarlo".

Pero, en el reino del ser, hasta nada es algo, y puedes despren­derte de ello. Ha sido abandonado. Y, si no lo abandonas, no es­tarás disponible para que la completud, el todo, llegue a ti.

Suficiente por hoy.




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